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DOMINGO II DE PASCUA

DOMINGO II DE PASCUA

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 2, 41-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Éste segundo domingo, domingo de la octava de Pascua, tiene la misma categoría litúrgica que el Domingo de Resurrección. Para la liturgia de la Iglesia toda la semana siguiente al Domingo de Pascua, forma con él un solo día. Por eso la Palabra de hoy narra en presente el hecho trascendental de la Resurrección del Señor. Veremos, incluso, que en el prefacio de la Misa el presidente dirá que es necesario glorificar siempre al Señor, pero más que nunca «En este día en que Cristo nuestra pascua ha sido inmolado».

 

Este preámbulo no tiene otra razón de ser, que el invitarnos a que sigamos viviendo en la alegría y el gozo propios de la Pascua, bendiciendo a nuestro Padre-Dios, por el don, por el regalo, que nos ha hecho al resucitar al Señor Jesús de la muerte, y hacernos a la vez partícipes de su resurrección.

Otra particularidad de este domingo hay que buscarla en el deseo de S. Juan Pablo II, que dispuso que se celebrara en él, el Domingo de la Divina Misericordia. No hay otro rasgo que defina mejor a nuestro de Dios, que sus entrañas de misericordia hacia aquellos que, como tú y como yo, son ingratos y viven sus vidas a espaldas de su voluntad. San Juan define a Dios diciendo: «Dios es Amor», pues bien, la manifestación más eminente de este amor, es, sin duda, la misericordia entrañable de su corazón.

Es posible que algunos hayamos vivido o quizá sigamos viviendo nuestra fe, como un conjunto de leyes, exigencias, y normas de obligado cumplimiento para lograr nuestra salvación. Nada más lejos de la realidad. No es esa la voluntad de nuestro Dios. Los mal llamados mandamientos, no son cargas colocadas por Dios sobre nuestras espaldas para al final premiarnos o castigarnos. Los mandamientos, o palabras de vida, son focos de luz que alumbran el sendero de nuestra vida, para que no nos extraviemos. Nuestra naturaleza humana está dañada a causa del pecado de origen. Aunque queremos hacer el bien, nos vemos irremediablemente inclinados hacia el mal. Necesitamos, pues, la luz de la Palabra para discernir lo bueno de lo malo, lo que es agradable a Dios o lo que le entristece.

Esta misericordia de Dios de la que hablamos, queda manifiesta en el evangelio de este segundo domingo de Pascua. Los discípulos se encuentran reunidos al atardecer de este domingo. Están amedrentados por los acontecimientos que acaban de vivir. Tienen miedo de correr la misma suerte que el Maestro. Por eso tienen cerradas puertas y ventanas. De pronto, Jesús aparece en medio de ellos. Sus primeras palabras son: «Paz a vosotros», mientras les muestra las manos taladradas por los clavos y su pecho traspasado por la lanza. «Paz a vosotros, repite. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Hacíamos mención a las entrañas de misericordia del Señor, que ahora quedan patentes en estas primeras palabras del Señor Jesús al encontrase con sus discípulos después de su Pasión y Resurrección. Humanamente son incomprensibles. Lejos de reprocharles su cobardía y de echarles en cara su traición al abandonarlo, les desea la paz. En su corazón no caben el resquemor y la revancha. Es más, a continuación les hace partícipes de un poder reservado únicamente a Dios, el perdón de los pecados. Les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos».

Esta misericordia se manifiesta de nuevo ocho días después, cuando llama a Tomás, que no había estado presente el domingo anterior, y en vez de recriminarle su incredulidad, le invita a poner su mano en la herida del costado. Tomás, abrumado por tanta bondad, solo acierta a exclamar: «¡Señor mío y Dios mío!» Éste es tu Dios y mi Dios. Un Dios al que, si le importan nuestros pecados, solo es por el daño que nos acarrean a cada uno de nosotros.

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA  RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«YA QUE HABÉIS RESUCITADO CON CRISTO, BUSCAD LOS BIENES DE ALLÁ ARRIBA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Lc 24,13-35

Celebramos hoy el domingo más importante del año. Hoy, el Señor Jesús, rotas las ataduras de la muerte sale victorioso del sepulcro. Éste es el acontecimiento primordial de la historia de salvación.

La situación del hombre después del pecado es totalmente contradictoria. Tú y yo, creados por Dios para disfrutar de una existencia plenamente feliz experimentado en nuestro corazón su amor, y habiendo hecho un mal uso de nuestra libertad, nos encontramos sumidos en el pecado y esclavos de la muerte. Esta situación es absurda y totalmente contraria a la voluntad de Dios-Padre.

Ninguno de nosotros es capaz de salir del círculo vicioso en el que nos encontramos. Por el temor que tenemos a la muerte, al no ser, nos vemos abocados una y otra vez al pecado. Sabemos que la verdadera felicidad radica en el amor, pero, amar supone negarnos a nosotros mismos en favor del otro. Amar supone crucificar nuestra razón para que prevalezca la razón del otro. Pero esto es imposible, porque supone morir a mis razones y principios, y aceptar sin discusión las razones del otro. Para esta situación hay una palabra que define fielmente lo que experimenta nuestro ser: insatisfacción. Ahora, ya nada complace por completo a nuestro corazón. Después de conseguir una meta, no somos capaces de disfrutar de ella, porque ya estamos empeñados en conseguir la siguiente. Siempre queremos más.

Esta situación es totalmente contraria a la voluntad de Dios. Dios nos creó para la vida, pero nosotros nos empeñamos en vivir sumergidos en la muerte. Y, para nuestra desgracia, lo que hemos elegido es irreversible. Hemos sido capaces de entrar en la muerte, pero no somos capaces de escapar de ella. Por eso Dios, desde el principio, concibió un plan de salvación. Dispuso que su Hijo, Dios como Él, se revistiera de una naturaleza capaz de morir. De esta manera podría experimentar como hombre la muerte, y podría a la vez como Dios recuperar la vida. Por eso, el Hijo de Dios, sabiendo que lo que a ti y a mí nos mata es el veneno del pecado, lo primero que hizo fue cargar con nuestros pecados para impedir que continuaran llevándonos a la muerte. Tus pecados y los míos, fueron los que le hicieron sufrir a él una muerte ignominiosa.

Nos encontramos así al Señor Jesús después de su Pasión, enterrado y con una enorme piedra cerrando su sepulcro. Dios-Padre, no podía quedarse impasible al contemplar aquella situación. En aquel cuerpo sepultado a las afueras de Jerusalén, veía un reflejo de su propio ser. Era el Amor, aquel amor que había llevado a Señor Jesús a la muerte por tus pecados y los míos. Por eso, dirá san Pablo, Dios-Padre lo resucitó, lo ensalzó y le dio el nombre sobre todo nombre.  Hoy, por tanto, celebramos que después de permanecer tres días en el sepulcro, vencida por completo la muerte, el Señor Jesús vuelve a la vida y nos hace partícipes de su resurrección. Con su victoria nos arrastra a nosotros, vence nuestra muerte y nos hace partícipes de su vida inmortal.

Con la resurrección del Señor, Dios-Padre, lleva a cabo en nosotros una nueva creación. Nos devuelve a la inocencia original, haciendo que recuperemos la condición de ser sus hijos. Esto lo hemos explicitado en la Vigilia Pascual al hacer presente nuestro Bautismo. Sus aguas lavaron nuestras culpas y nos convirtieron en criaturas nuevas, vencedoras de la muerte. Con Cristo resucitamos también nosotros. Celebremos con Él su amor y el amor de nuestro Padre Dios, que ha provisto para nosotros un Salvador.

 


 


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR  -A-

«NO OCULTÉ EL ROSTRO A INSULTOS Y SALIVAZOS. MI SEÑOR ME AYUDABA»

 

CITAS BÍBLICAS:Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26,14—27, 66

 

Este domingo con la entrada del Señor Jesús en Jerusalén, se abre para nosotros la Semana Grande, en la que la Iglesia nos invita a contemplar el culmen de la obra de salvación concebida por el Padre, no solo para la humanidad de una manera abstracta, sino de un modo especial y concreto para ti y para mí.

Cristo Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre en el seno de María, va a dar cumplimiento a la voluntad del Padre, cargando con el peso de nuestros pecados, muriendo de manera ignominiosa en una Cruz, y resucitando a una vida gloriosa. Así, tú y yo,  liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte, por su muerte y resurrección, recuperamos la condición de hijos de Dios, que habíamos perdido por nuestros pecados.

Las celebraciones de esta semana no se van a quedar en un mero recuerdo de lo que sucedió hace dos mil años. Tú y yo, somos los que hoy necesitamos esa redención, esa salvación. Por eso, la celebración de la Pascua del Señor, se actualizará una vez más para que nosotros experimentemos personalmente esa liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte, a la que estamos sometidos. Cristo morirá de nuevo en la Cruz por ti y por mí cargando con nuestros pecados, y resucitará de nuevo por ti y por mí, para hacernos vencedores con Él de la muerte que padecemos. La obra redentora del Señor Jesús es siempre actual y se mantiene operante para cada uno de los hombres en cada generación.

En la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo de san Mateo, veremos en primer lugar al Señor celebrando la Cena Pascual. Él sabe que será la última que celebrará con sus discípulos. Se marcha, pero a la vez, conociendo que lobos feroces atacarán a sus ovejas y las dispersarán cuando Él no esté, se va y a la vez se queda para siempre como alimento que fortalezca a su débil rebaño. «Tomad, comed; esto es mi cuerpo… ésta es mi sangre».

En la Pasión del Señor podremos ver reflejadas con toda claridad situaciones de nuestra vida. El Señor nos ha elegido como discípulos suyos, y por lo tanto, partícipes con Él de sus sufrimientos y de sus alegrías. Por eso, como Él, nos veremos débiles en Getsemaní, pidiendo al Padre que aparte de nosotros los sufrimientos y las desgracias a las que, sin duda, tendremos que hacer frente en nuestra vida. Es fácil que, como Judas, también alguno de nosotros lo traicionemos y le volvamos la espalda y vivamos nuestra vida como si nunca le hubiéramos conocido. Seguro que, como Pedro, lo negaremos delante de los demás y diremos, por respeto humano, por temor o por miedo al qué dirán, que no lo conocemos.

El Señor conoce éstas y otras muchas debilidades nuestras y no se escandaliza. Conoce la materia prima de la que fuimos creados y sabe que, aun queriendo, no somos capaces por nosotros mismos de hacer el bien. Lo importante es reaccionar ante esas debilidades y flaquezas. Por supuesto, no lo hagamos como Judas. No desesperemos del amor de Dios. No seamos orgullosos. No hagamos como Caín y exclamemos: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla». No caigamos en la desesperación. Acojámonos a la infinita misericordia del Señor, que como el Padre del Hijo Pródigo, espera nuestro regreso día y noche. Hagamos como Pedro, reconozcamos nuestros fallos y no tengamos vergüenza de llorar amargamente, como él, nuestro pecado.

Que hoy, al escuchar la proclamación de la Pasión del Señor, nuestras entrañas se ablanden y se conmuevan al comprobar hasta dónde llega el amor del Señor Jesús por ti y por mí, y hasta dónde llega el amor del Padre que no duda en entregar a su Hijo a la muerte, para que tú y yo nos veamos libres de la muerte eterna. 

 

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

DOMINGO V DE CUARESMA  -A-

«YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 37, 12-14 * Rm 8, 8-11 * Jn 11, 1-45 

El Problema más grande con el que se encuentra cada hombre, tú y yo, es el problema de la muerte. El hecho de tener que morir es algo que rompe por completo nuestros esquemas. La razón de que nos suceda esto hay que buscarla en el origen de nuestra propia persona. No somos seres creados para la muerte, sino para la vida. Haber nacido para caminar irremediablemente hacia nuestra destrucción total sería un fraude, algo que repugna por completo a nuestra razón. Tu vida y la mía, no es semejante a la de los animales. Tú y yo, no solo vivimos, sino que tenemos consciencia de que vivimos. Esto es algo que no se da en los animales.

Hay tres preguntas cuya respuesta es fundamental a la hora de tomar en peso nuestra existencia. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? La fe nos ayuda a encontrar las respuestas. Tú y yo, somos seres inteligentes creados por Dios, que hemos salido de Él, y hacia Él caminamos. Dios nos creó para una vida feliz y eterna, unidos a Él por su amor. Lo que sucede es que usando mal el regalo inconmensurable de la libertad, preferimos vivir nuestra existencia separados de Él. Consecuencia: quien se aparta y niega a la Vida, se encuentra irremediablemente con la muerte. Ésta es nuestra situación actual.

Hoy el evangelio nos muestra al Señor Jesús, como dueño de la vida y vencedor de la muerte. Lázaro, su amigo de Betania, ha muerto y lleva ya cuatro días en el sepulcro. La hermana de lázaro, Marta, al ver a Jesús le dice desconsolada: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»… Tu hermano resucitará, le dice el Señor. Ya sé que resucitará en la resurrección del último día», responde Marta, a lo que añade el Señor: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y que el está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

Llega María, la otra hermana de Lázaro, y echándose a los pies del Señor le dice llorando: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». El Señor, al verla llorar y ver llorar a todos los que la acompañan, conmovido, se echa a llorar también. Al verlo, los presentes exclaman: «¡Cómo lo quería!». Esta actitud del Señor Jesús ante la muerte del amigo, es la misma que adopta el Señor, cuando tú y yo, rechazando su amor, nos vamos en pos de los ídolos del mundo a quienes en vano pedimos la vida. Él es nuestro amigo, y nos ve, como a Lázaro, esclavos de la muerte, e incapaces de salir de ella.

Ya delante de la tumba, el Señor ordena: «Quitad la losa». Marta responde: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Jesús insiste diciendo: «¿No te he dicho que,  si crees, verás la gloria de Dios? Esta orden de Jesús es la misma que formula a su Iglesia cuando, a ti y a mí, nos ve en la muerte debido a nuestros pecados. También nosotros, como Lázaro, tenemos encima una pesada losa que nos impide ser libres. El pecado nos esclaviza. Queremos salir de él, pero no podemos. Nos ocurre como a san Pablo en el capítulo 7 de la Carta a los Romanos: «Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta». Por eso el Señor Jesús ha dado poder a su Iglesia, a sus ministros, para levantar la losa que nos oprime.

Una vez retirada la losa y abierto el sepulcro, el Señor grita: «Lázaro, ven afuera». Lázaro aparece resucitado a la entrada de la tumba, pero atado de pies y manos. «Desatadlo, y dejadlo andar» dice el Señor. También la Iglesia, a nosotros, a ti y a mí, nos rompe las ataduras de los vicios que nos impiden caminar, para que podamos seguir libremente al Señor Jesús. Él es para nosotros, como lo fue para Lázaro, la resurrección y la vida.


 

 

DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

DOMINGO IV DE CUARESMA  -A-

«VE A LAVARTE A LA PISCINA DE SILOÉ»                                                   FUE, SE LAVÓ Y VOLVIÓ CON VISTA.

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 16, 1b.6-7.10-13ª * Ef 5, 8-14 * Jn 9, 1-41

Hoy la Iglesia también nos ofrece una buena ración de Palabra de Dios tomada del evangelio según san Juan. Nos habla de un ciego de nacimiento. En Israel era creencia general que las enfermedades, los defectos físicos, en incluso la pobreza, eran consecuencia del pecado. Tener riquezas, por ejemplo, era signo de la bendición de Dios.

En el evangelio de hoy, Jesús y sus discípulos se encuentran en Jerusalén. Un mendigo ciego está pidiendo limosna. Siguiendo la creencia que comentábamos anteriormente, y suponiendo que la ceguera tiene su origen en el pecado, lo llevan ante Jesús y preguntan: «Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús responde: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios…» A continuación Jesús escupe en la tierra, hace barro con la saliva, le unta los ojos al ciego y le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». El evangelista sigue diciendo: «Fue, se lavó y volvió con vista».

La situación del ciego de nacimiento del evangelio de hoy, difiere sustancialmente de la del ciego de Jericó que aparece en otros evangelios. En aquella ocasión se trataba de una persona que había perdido la vista, y que a gritos pedía al Señor la curación. El ciego de hoy, por serlo de nacimiento, no desea ser curado porque no conoce lo que es la luz. Vive conformado en su situación. ¿A qué viene, te preguntarás, hacer esta comparación? Pues, sencillamente a que ésta es la situación de la mayor parte de las personas. Es la situación de aquellos que por no haber conocido una vida mejor, viven una vida chata sin ninguna trascendencia. Su vida es semejante a la de los animales: nacen, crecen, se reproducen y luego mueren.

También nosotros, muchas veces, vivimos como el ciego. Vamos pidiendo una limosna de amor. Pedimos que los demás nos quieran, aunque solo sea a una poquito. Pedimos la vida al dinero, a las riquezas, a los afectos, al sexo, al poder, a las diversiones, sin darnos cuenta que todo esto es pasajero, que se acaba y que no nos hace de verdad felices. Vivimos metidos como en un búnker desde el que es imposible ver el cielo.

El barro que el Señor coloca en los ojos del ciego, sirve para hacerle presente que la vida es algo más, y que tiene necesidad de limpiarse. El barro es signo del pecado, de los vicios y de esa vida intrascendente y chata de la que hablábamos antes. Vete a Siloé, le dice, y lávate. Siloé es símbolo de la piscina bautismal. Sus aguas son las aguas del Bautismo, capaces de lavar los pecados. Capaces de abrir los ojos ciegos al amor de Dios.

También nosotros, como el ciego, tenemos necesidad de descubrir que estamos sucios, que tenemos pecados y precisamos lavarnos. Que es necesario abrir los ojos a una vida distinta, a la vida verdaderamente feliz, que nos proporciona el conocimiento del amor de Dios y su perdón. Por eso, también el Señor pone en nuestros ojos barro para que seamos conscientes de la necesidad que tenemos de limpiarnos. Necesitamos descubrir sin miedo que somos pecadores. Descubrir que buscamos la felicidad en las cosas del mundo, ignorando que nuestro corazón solo descansará de verdad y será feliz, cuando experimente el amor y la misericordia de Dios. 

El Señor nos ayuda a descubrir nuestra realidad de pecado, nuestra ceguera y la necesidad que tenemos de limpiarnos, a través de la Palabra de Dios y de la predicación de la Iglesia. Es ella la que coloca el barro en nuestros ojos. La Palabra, rompe el hormigón del bunker y abre delante de nosotros una vida nueva, plena y feliz, que es la que el Señor nos tiene reservada a cada uno.    

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva…»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 17, 3-7 * Rm 5, 1-2.5-8 * Jn 4, 5-42

La Iglesia nos ofrece hoy una ración abundante de Palabra, algo por lo que debemos estar agradecidos. Estamos en Cuaresma, un tiempo propicio para la conversión, que es, en muchas ocasiones, fruto de la escucha atenta de la Palabra de Dios. La Palabra tiene la misión de iluminar nuestro interior, de manera que al mismo tiempo que nos hace ver nuestros pecados, nos hace patente el gran amor y misericordia de Dios hacia todos aquellos que como tú y como yo, le somos infieles.

Jesús camina de Jerusalén hacia Galilea. En Samaría se detiene a descansar junto al pozo de Jacob, mientras sus discípulos marchan al pueblo para comprar comida. En esto, una mujer samaritana llega con su cántaro al pozo. El Señor se dirige a ella y le dice: «Dame de beber». La samaritana, extrañada le dice: «¿Cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?». La extrañeza de la mujer se debe a que judíos y samaritanos no se hablan porque está enemistados. El Señor le contesta: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva… El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La Samaritana, asombrada ante estas palabras, responde: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed…»

La Iglesia ha referido siempre este pasaje del evangelio a la oración. La sed que siente el Señor, más que sed física es un deseo del amor de la mujer. Es un deseo de colmar por completo el ansia de amor que siente la mujer, representado en el agua del pozo, que no es capaz de satisfacerla. Bebe, pero al poco tiempo vuelve a sentir sed. Eso, precisamente, es lo que te ocurre a ti y me ocurre a mí. Nuestro corazón no encuentra satisfacción plena en todo aquello que nos ofrece el mundo. Tenemos sed de amor. Sed de que nos quieran. Queremos satisfacer estas ansias de amor, con los afectos, con las riquezas, con los placeres del sexo, etc., pero una y otra vez comprobamos que cuanto más bebemos, mayor sed tenemos. Nuestro corazón queda insatisfecho y sediento. Sólo hay uno que es capaz de llenar por completo nuestro corazón. El salmo 32 nos dice: «Tú has modelado nuestro corazón y comprendes todas sus acciones» Tú sabes que lo único que puede llenar nuestro corazón es tu amor.

El Señor, pues, está dispuesto a darnos un agua viva, un agua que tiene poder para saciar nuestra sed. Un agua que es capaz de transformar nuestro corazón en una fuente que salta hasta la vida eterna. Ese pozo en el que encontrar esa agua viva, no es otro que el pozo de la oración. El Señor, como a la Samaritana, nos espera junto a ese pozo. Él espera que lo hagamos partícipe de nuestras inquietudes, de nuestros sufrimientos y de nuestras alegrías. Él desea tener intimidad con nosotros. Es el novio, el esposo, que aguarda a la novia para hablarle al corazón.

Al hablar de la oración, no sólo nos referimos a aquellas oraciones que recitamos de memoria, nos referimos a la oración del corazón. A aquella en la que manifestamos nuestra situación personal, aquella en la que hacemos partícipe al Señor de nuestras luchas, de nuestros fracasos, de nuestros deseos más profundos. Al Señor le gusta que le pongamos al día de lo que nos sucede en la familia, en el trabajo, en la diversión. Le complace también que le hablemos de nuestra debilidad, de nuestra impotencia, de nuestros pecados. Él tiene para cada caso el bálsamo capaz de curar todas nuestras heridas.

Acudamos, pues, a la oración y experimentemos la fuerza que tiene. Es lo único capaz de hacer cambiar los planes del Señor, como podemos constatar en varios pasajes de la Escritura. Saciemos nuestra sed en ella y comprobemos que teniendo al Señor, todo lo demás es relativo y deja de tener importancia.  

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA  -A-

«ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO. ESCUCHADLE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gn 12, 1-4a * 2Tm 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9

El Evangelio de san Mateo nos narra hoy la transfiguración del Señor. Nos dice que el Señor Jesús sube a un monte alto acompañado de Pedro, Santiago y Juan, y que, ya en la cima su cuerpo se transfigura. Su rostro aparece resplandeciente como el sol y sus vestidos adquieren una blancura semejante a la de la luz. A su lado aparecen dos personajes, Moisés y Elías, que se ponen a conversar con él.

Pedro, fuera de sí, ante la contemplación de esta visión, exclama: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!». De momento, una nube luminosa los cubre con su sombra y una voz desde la nube dice: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle». Los discípulos amedrentados caen de bruces, pero unos instantes después todo vuelve a la normalidad.

Dos cuestiones podemos plantearnos ante este pasaje del evangelio. En primer lugar podemos preguntarnos el porqué de esta transfiguración. Jesús camina con sus discípulos y se dirige a Jerusalén. Va a consumar su Pascua. Los discípulos no ven en él a un Mesías que viene a perdonar los pecados, más bien ven a un Mesías-caudillo, que va a librar a Israel del domino de los romanos. Van a ser tan difíciles y tan amargos los acontecimientos que les esperan, que el Señor quiere de este modo fortalecer su fe en él. Por otra parte, al mostrarles por un momento su gloria, les hace partícipes de aquello que tiene reservado a los suyos, a sus discípulos. Es tal el placer que experimenta Pedro al contemplar por un instante al Señor Jesús en su gloria, que ya no desea nada más: «Hagamos tres tiendas, dirá. ¡Qué hermoso es estar aquí!» San Pablo, que ha tenido la experiencia de ser arrebatado al cielo, dirá también: «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman».

Tú y yo, sin merecerlo, somos afortunados. Es cierto que vivimos atados a un cuerpo mortal, que por el pecado está sujeto al sufrimiento y a la muerte, pero el Señor ha preparado para nosotros una vida eterna plenamente feliz. Dios no nos ha creado para sufrir y finalmente morir. Nos ha creado para llegar a ser sus hijos unidos a Jesucristo. Las palabras del Padre en la montaña: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle», sonaron en aquel momento referidas a Jesucristo. El Padre confirmó delante de los discípulos que Aquel era su Hijo amado, pero hoy esas mismas palabras han resonado para ti y para mí. Tú y yo somos esos hijos amados del Señor. Por el Bautismo hemos recibido la filiación divina. Somos hijos de Dios, porque el espíritu de Cristo resucitado habita en nosotros, y se dirige al Padre llamándolo “Abba” “Papá”.

A pesar de que todo esto es cierto, es necesario que el embrión de hijo de Dios que la Iglesia nos entregó en el Bautismo crezca, como lo hace cualquier embrión en el seno de la madre, y se desarrolle hasta la alcanzar la madurez para poder dar como fruto obras de vida eterna. Sabremos que ciertamente somos hijos de Dios, cuando seamos capaces de hacer las obras de Jesucristo. Y, ¿cuáles son las obras de Jesucristo? Fundamentalmente dos: el perdón a los que nos hagan daño sin razón, y el amor a nuestros enemigos. El seno en el que creceremos es el seno de la Iglesia, que es madre y que a través del cordón umbilical nos mantendrá unidos a Jesucristo. Quiere decir esto que fuera de la Iglesia nunca llegaremos a ser hijos de Dios. Hoy el Señor ha dicho en la montaña: «Escuchadle». Nosotros creceremos en la fe poniéndonos a la escucha de la Palabra que es el mismo Cristo, y que como alimento nos da nuestra Madre la Iglesia.

 


 


 

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

DOMINGO I DE CUARESMA  -A-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE, SINO DE TODA PALABRA QUE SALE DE LA BOCA DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 7-9; 3, 1-7*Rm 5, 12-19*Mt 4, 1-11 

El miércoles pasado, Miércoles de Ceniza, iniciamos el tiempo de Cuaresma. La Cuaresma es un tiempo especial dentro del Año Litúrgico, que nos prepara de una manera inmediata a la celebración de lo que es y debe ser, el eje y núcleo de nuestra vida cristiana: la Pascua del Señor Jesús. 

En el evangelio de este domingo, encontramos al Señor Jesús en el desierto sometiéndose a las tentaciones del maligno, antes de iniciar su misión del anuncio de la Buena Nueva. El Señor, hombre como tú y como yo, dispuso desde su encarnación en el seno de la Virgen, experimentar en su propia carne todas las situaciones a las que tú y yo debemos enfrentarnos en la vida, y que son inherentes a nuestra condición humana. Entre estas situaciones destaca el hecho de ser sometidos a tentación por el maligno.

A través de la tentación, el hombre, tú y yo, ejercita el don de la libertad regalado por Dios al crearlo. Sin la tentación, dice san Antonio del Desierto, es imposible para el hombre la salvación. Para dar cumplimiento a todo lo que hemos expuesto, hoy, el Señor Jesús, se somete a las tentaciones del diablo.

Tres son, fundamentalmente, las proposiciones que el maligno plantea al Señor: la tentación del pan, la tentación de la historia y la tentación de los ídolos. La tentación del pan, es la tentación de asegurarnos la vida con las cosas materiales. El Señor, después de los cuarenta días de ayuno, está hambriento y débil físicamente. Esta situación es aprovechada por el diablo para decirle: “¿No eres el Hijo de Dios? ¿Por qué entonces sufres? Di que estas piedras se conviertan en pan”. El Señor no duda en responder: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Después del primer asalto, el diablo tienta al Señor en la historia. Le hace ver que, con su porte físico, es un carpintero de aldea con las manos llenas de callos, es imposible que nadie crea en él. Le tienta, por tanto, a escapar de su historia haciendo delante de la gente un signo extraordinario. Sin embargo, el Señor resiste la tentación, respondiendo: «Está escrito: No tentarás al Señor tu Dios». Dicho de otro modo: no obligarás a Dios, solo por capricho, a hacer un milagro.

En la última tentación, el maligno muestra al Señor todas las riquezas de la tierra y le dice: «Todo esto te daré si te postras y me adoras». Invita pues al Señor a pedir la vida, la felicidad, el ser, a los ídolos del mundo, y de una manera particular al dinero. Ante el atrevimiento de Satanás, el Señor responde: «Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto».

Estas tres tentaciones son las mismas que tú y yo tenemos en el curso de nuestra vida. Por la tentación del pan, pretendemos asegurarnos la vida a toda costa. ¿Os suenan estas frases: “Hijo, estudia, esfuérzate, lábrate u porvenir. Quien guarda en el presente, se asegura el día de mañana…” ¡Qué lejos están estas palabras de las que oíamos en el evangelio de la semana pasada! “No te preocupes por el mañana. Confía en tu Padre del cielo. Busca primero el Reino de Dios y lo demás ya llegará.”

La segunda tentación la tenemos todos los días. No aceptamos la historia, la vida que Dios ha preparado para nosotros. Cuando te miras al espejo, cuando analizas tu vida, ¿eres capaz de decirle al Señor: “Gracias, Señor, porque todo lo has hecho bien. No quiero cambiar nada ni de mi vida ni de mi físico.” ¿Es así?

La tercera tentación es consecuencia de las anteriores. Como no estamos conformes con nuestra situación, pedimos la vida a los ídolos, al trabajo, a la familia, al sexo, a las riquezas, al dinero… Nos vendemos por afectividad, con tal de que nos quieran. Nos vendemos por dinero. No nos creemos lo que dice santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta”.