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DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«NOTENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rom 15, 12-15 * Mt 10, 23-33

Hemos dicho en repetidas ocasiones que la llamada del Señor a ser sus discípulos, o lo que es lo mismo a ser cristianos, implica dar testimonio de Él a todos aquellos que nos rodean, ya sea en la familia, en el trabajo o en los lugares de ocio o esparcimiento que frecuentamos. Hemos insistido también al afirmar, que la noticia de la salvación que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, era necesario hacerla llegar a todas las personas en todas las generaciones, y que era precisamente a nosotros, que nos llamamos creyentes, a quienes el Señor ha elegido en esta generación para ser sus testigos.

Quiere decir esto, que no has sido llamado a la Iglesia para salvarte, que también, sino para que los demás a través de ti, lleguen a salvarse. Eres un instrumento en manos del Señor para hacer llegar a todos la noticia del perdón de los pecados, del amor incondicional de Dios, y de la salvación que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, con su muerte y resurrección.

Estamos atravesando unos tiempos difíciles para todos aquellos que nos confesamos discípulos de Jesucristo. La sociedad ya no se queda indiferente ante todo lo que hace referencia a la Iglesia o a los cristianos, la indiferencia se ha convertido en menosprecio y rencor. La tan cacareada libertad en la democracia, está siendo negada a los que quieren vivir su fe de acuerdo con lo que la Iglesia enseña. Se intenta poner una mordaza a todos aquellos que ya sea en la familia, en el templo, en la escuela, o en otros medios sociales, manifiestan su deseo de ser fieles a la voluntad de Dios, mostrando una manera de vivir la vida, diferente a lo que preconiza el mundo. Como resultado de esta situación, aparece de una manera más o menos solapada la persecución.

El Señor Jesús todo esto ya lo sabía, por eso nos dice hoy en el evangelio: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno sólo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre… Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones»

A continuación el Señor nos hace una advertencia que no debemos dejar pasar por alto. Es muy serio lo que nos dice. Él conoce nuestra debilidad. Sabe que con frecuencia rehuimos dar la cara por él, a causa del respeto humano. ¡Cuántas veces nos avergüenza confesar ante los demás que somos discípulos del Señor! Por eso nos dice: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me podré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre del cielo».

Es cierto que necesitamos ayuda para dar testimonio del Señor delante de los demás, sin miedo a la persecución o al ridículo; pero también es cierto que el Señor está dispuesto a ayudarnos para cumplir esa misión. La cuestión es: ¿quieres que el Señor te dé fortaleza, la misma que dio a tantísimos mártires, para ser su testigo delante de los demás? Piensa esto y decide. La paga, es la seguridad de que también un día el Señor dará la cara por ti, delante de su Padre del cielo. 

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO  -A-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3. 14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

Antes de subir al cielo el Señor Jesús nos hizo una promesa, dijo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Esta promesa ha hallado cumplimiento de dos maneras. En primer lugar sabemos que el Señor está vivo y resucitado en su Iglesia a través de su Espíritu. Sin embargo, existe otra presencia más eminente: el Señor está presente en su Iglesia de una manera real, física, podríamos decir, en la sagrada Eucaristía.

Fue Él, el que en la Última Cena quiso realizar el milagro de que aquel pan que tenía en sus manos, y aquel vino con el que había llenado su copa, se convirtieran para nosotros en su Cuerpo y en su Sangre. Además dio poder a sus discípulos para que a través de todos los siglos repitieran en su Iglesia aquel prodigio.

Podemos preguntarnos, ¿qué pretendía el Señor al hacernos este regalo? ¿Para qué quiso quedarse bajo las especies de pan y vino? Algunos pueden pensar que lo hizo para estar más próximo a nosotros, para que pudiéramos adorarlo, para que pudiéramos estar en su compañía. Aunque esto es, desde luego, una consecuencia de tenerlo entre nosotros, podemos afirmar que no era esa su intención. El Señor Jesús escogió dos alimentos corrientes que no pueden conservarse indefinidamente, sino que están sujetos a la descomposición, porque lo que él deseaba era que aquel pan y aquel vino nos sirvieran a nosotros como comida. Eso es precisamente a lo que invita a sus discípulos al decirles: «Tomad y comed… Tomad y bebed… ».

De nuevo podemos preguntarnos: ¿Qué interés movía al Señor para desear convertirse en nuestro alimento? La respuesta es sencilla. Hemos dicho en repetidas ocasiones que la salvación que el Señor Jesús ha conseguido es universal, es decir alcanza a todos los hombres de cualquier época, pero él llevó a cabo su obra de redención en un momento determinado de la historia. Por eso es necesario que en cada generación, esta salvación se haga presente de nuevo.

Y aquí llega nuestra misión. La misión de aquellos que en cada época han de hacer presente su persona y su obra salvadora. Nosotros estamos llamados a ser en esta generación otros cristos, de manera que podamos afirmar con san Pablo en su carta a los Gálatas: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí». ¿Cómo puede ser eso posible, te preguntarás, si yo soy un pecador y soy débil y me dejo arrastrar por lo que continuamente me ofrece el mundo? Por eso, precisamente, porque eres débil, necesitas alimentarte de este Pan y de este Vino que fortalecerán tu debilidad.

San Agustín nos explica cómo actúa en nosotros este alimento que nos brinda el Señor. Cuando tú y yo comemos cualquier alimento, nuestro aparato digestivo va obteniendo de él, los nutrientes que necesitan las células de nuestro cuerpo. Así, la carne, el pescado, el pan, etc., va transformándose en nuestros músculos y les permiten crecer. No ocurre así con el alimento Eucarístico. Cuando comulgamos el Cuerpo y la Sangre del Señor, no se convierten en alimento de nuestros músculos, sino que tú y yo nos vamos transformando poco a poco en otros cristos, de manera que llegue a ser la Sangre de Cristo la que circule por nuestras venas. La consecuencia de esta transformación es, que llega un momento en que nuestras obras son las obras de Cristo, y a través de ellas alcanza la salvación a los que viven con nosotros.

Hoy celebramos una vez más el inmenso amor con el que nos ama el Señor. Somos invitados a una Mesa en la que no pueden sentarse los ángeles. Es en ti y en mí, en quien se ha desbordado ese amor. Somos unos privilegiados que no merecemos este regalo. Seamos, pues, agradecidos y bendigamos al Señor Jesús que nos llama, nos elige, nos alimenta, y nos fortalece con su Cuerpo y su Sangre, para que podamos amar a los demás, con el mismo amor que nosotros recibimos de Él.           

 

 

 

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

«GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * 2Cor 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

Terminado el Tiempo Pascual con la solemnidad de Pentecostés, y antes de continuar con los domingos de tiempo ordinario que interrumpimos al iniciar la Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a nuestro Dios en la figura de la Santísima Trinidad.

Como ya hemos afirmado en otras ocasiones, ni queremos enzarzarnos en consideraciones teológicas, ni esta publicación es el lugar idóneo para hacerlo. Baste con que tengamos en cuenta que nuestro Dios, a través de la historia de la salvación, se ha dado a conocer como Padre-Creador del universo, como Hijo-Redentor del hombre pecador, y como Espíritu Santo-Santificador.

El móvil que ha impulsado a obrar a las tres divinas personas a través de toda la historia, ha sido siempre el mismo: el Amor. No podía ser de otro modo como ya lo atestigua san Juan en su primera epístola: «Dios es Amor», y así ha querido que nosotros lo conozcamos. La esencia de Dios, permítaseme decir una barbaridad, la materia de la que Dios está formado, es el Amor. Este hecho es para nosotros de vital importancia. Afirmar que Dios es Amor, significa borrar de un plumazo toda acción que implique castigo o condenación. A diferencia de lo que ocurre en nuestra vida, en la existencia de Dios no cabe el odio, ni el rencor, ni la revancha. Esos sentimientos son humanos y son totalmente contrarios a la misma esencia del propio Dios. Dios solo puede amar, perdonar y sentir compasión sin medida ni limitación, por cada uno de nosotros. Esto no excluye, desde luego, la posibilidad de la condenación, pero no como castigo divino, sino como elección voluntaria y libre del propio condenado.

Desde que Dios-Padre decidió la creación del hombre, todo lo que la Santísima Trinidad ha hecho a través de la historia, ha girado alrededor de esa criatura que con tanto mimo creó. Primero, le dio el ser creándolo a su imagen y semejanza. Es decir, quiso darle un corazón capaz de experimentar el amor, y a la vez capaz de amar. Como complemento a esa capacidad, le dio la libertad, de manera que no se viera empujado a amar a la fuerza, sino voluntariamente. Aunque la obra de la creación incumbe a toda la Trinidad, la Iglesia atribuye la función creadora al Padre.

Todos conocemos la historia. El hombre, no un ente abstracto, sino tú y yo, utilizando mal el don de la libertad, se aparta de Dios y cae en el pecado. Y aquí aparece otra función de la Trinidad manifestada en el Hijo: la redención. Dios no podía consentir que por nuestra mala cabeza nos viéramos privados de una vida eterna y feliz. Quiso por eso, con la encarnación de la Segunda Persona, restablecer el orden primero, el plan inicial de la creación. Si era el pecado el origen de nuestra desgracia y de la muerte, era necesario cargar con él y destruirlo. Con su encarnación, pasión, muerte y resurrección, el Hijo, asumiendo una naturaleza humana como la tuya y la mía, destruye en su cuerpo al pecado, muere, y en su resurrección nos regala su victoria sobre la Muerte, para que nunca más vivamos sometidos a su esclavitud.

La salvación que el Hijo logró para toda la humanidad, era necesario actualizarla en cada generación. Ésta es la razón por la que el Hijo de Dios, antes de ascender a los cielos, funda su Iglesia. Ella será la encargada de anunciar a los hombres de todos los tiempos, que han sido redimidos y salvados por la sangre derramada por el Hijo de Dios en la Cruz.

Llega ahora la acción santificadora de la Tercera Persona: El Espíritu Santo. Es Él, el motor que mueve con su presencia la vida entera de la Iglesia. Él es el santificador, el defensor, el que está presente en cada una de las acciones que lleva a cabo la Iglesia para cumplir con la misión que le asignó el Señor Jesús. Su presencia es indispensable en toda acción litúrgica. Él derrama su gracia santificadora sobre nosotros a través de cada uno de los sacramentos. Es Él, el que desde nuestro interior da testimonio de que somos hijos de Dios. Con sus dones y con sus frutos enriquece y santifica nuestra vida.

Vemos pues, la presencia continua de la Santísima Trinidad en nuestra vida. Ella nos recrea, nos redime y nos santifica.    

 


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

«VEN ESPÍRITU SANTO Y RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA»

 

CITAS BIBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

El tiempo Pascual culmina hoy con la solemnidad de Pentecostés. El Señor Jesús, cumpliendo la promesa hecha a sus discípulos, envía desde el seno del Padre al Espíritu Santo. Será Él, el encargado de dirigir, guardar y defender, a la Iglesia que el Señor ha fundado.

El Señor Jesús antes de subir al cielo nos dijo: «No os dejaré solos». Hoy cumple esta promesa derramando sobre los discípulos al Consolador, al Paráclito, al Espíritu Santo. Él conocía demasiado las dificultades, las persecuciones y los problemas a los que tenía que hacer frente su Iglesia, y conocía también la debilidad de aquellos en cuyas manos la dejaba. Necesitaban un defensor, y eso es precisamente lo que la palabra paráclito significa. En la antigüedad, cuando se llevaba a un acusado ante el tribunal, podía suceder que de momento apareciera en la sala un personaje, el paráclito, que sin intervenir para nada en la causa, y solo dando una vuelta por la estancia, dejaba patente al tribunal la inocencia del acusado. Ésta es una de las múltiples funciones que el Espíritu Santo lleva acabo en su Iglesia, y también en tu vida y en la mía, como miembros que somos de la Iglesia de Cristo.

La acción de Espíritu santo está siempre presente en la Iglesia y en cada una de nuestras vidas. Reproducimos un fragmento del sermón de san Cirilo de Jerusalén sobre el Espíritu Santo, que reafirma lo que estamos diciendo. Dice S. Cirilo: «El Espíritu Santo se sirve de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste le enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio. El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo… Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien le recibe; luego mediante éste, las de los demás».

La acción del Espíritu Santo está, pues, omnipresente en la vida de la Iglesia y en cada una de nuestras vidas como creyentes. El Espíritu Santo conoce nuestra debilidad a la hora de enfrentarnos a las asechanzas del maligno, dándonos fuerza en los momentos de la lucha. Nos consuela en los sufrimientos que nos acarrea nuestra condición de pecadores. Nos da el discernimiento y la sabiduría necesaria para enfrentarnos a los problemas que nos plantea la vida, ayudándonos a descubrir cuál es la voluntad de Dios en cada caso.

Sin la presencia del Espíritu Santo la Iglesia no podría cumplir su misión de dar a conocer a los hombres el amor de Dios, el perdón de los pecados, y la salvación que Dios Padre nos ha otorgado en la persona de su Hijo Jesucristo. Es significativo que en el evangelio de hoy, junto al don del Espíritu Santo, el Señor otorgue a continuación a sus discípulos el poder de perdonar los pecados. El Señor Jesús les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». ¿Por qué el Señor da prioridad a este poder pudiendo darles otros poderes más llamativos, como por ejemplo el poder de hacer milagros? La razón es obvia. Aunque la gente no lo sabe o no quiere reconocerlo, el origen del mal, de los abusos, de los enfrentamientos fratricidas entre los hombres, de todo tipo de sufrimiento, y por lo tanto también de la muerte, es el pecado.

El Señor Jesús hace partícipe a su Iglesia de un poder que sólo él como Dios posee. La Iglesia destruyendo el pecado elimina de tu vida y de la mía el veneno que nos mata, y, a través del Espíritu Santo, nos otorga el don de hacer presente en la vida de los demás, el amor y la misericordia entrañable que Dios-Padre siente, hacia cada uno de los hombres.  

 


 


DOMINGO VII DE PASCUA -A- ASCENSIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO VII DE PASCUA -A- ASCENSIÓN DEL SEÑOR

«SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS, HASTA EL FIN DEL MUNDO»

 

CITAS BIBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

La misión que el Padre había encomendado al Señor Jesús en este mundo, toca a su fin. Vino para dar cumplimiento a las promesas que Dios había formulado a su pueblo a lo largo de la historia.

El hombre, tú y yo, creado por Dios para participar de la vida eterna y para disfrutar de la felicidad que proporciona vivir en su presencia, cae en el lazo que le tiende el maligno y elige vivir su vida lejos del Creador. Como consecuencia de esta decisión conoce la muerte. Le sucede algo semejante a lo que ocurre con una bombilla que, fabricada para dar luz, se queda totalmente a oscuras si rechaza estar unida a la electricidad.

Ante este panorama, Dios decide, en su inmenso amor hacia el hombre, enviar a su único Hijo revestido de una carne mortal como la tuya y como la mía, para que penetrando en la muerte, lograra destruirla con su resurrección. Al mismo tiempo, con su total entrega, hacía patente que el amor inmenso del Padre hacia su criatura, no había disminuido en lo más mínimo como consecuencia del pecado. Era el hombre el que rechazaba el amor de Dios, pero éste lo seguía amando sin ninguna limitación.

Hoy el Señor Jesús regresa al cielo para sentarse a la derecha de Dios. Sin embargo, sabe que es necesario perpetuar a través de todas la generaciones su obra de salvación. Es necesario que existan a través de los siglos, testigos que den a conocer a todos los hombres el amor de Dios, el perdón de los pecados, y su victoria sobre la muerte.

Por eso, a punto de ascender a los cielos dice a sus discípulos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». San Marcos añadirá en su evangelio: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios».

¿Qué significa y qué importancia tiene para nosotros que el Señor Jesús esté sentado en el cielo a la derecha de Dios? Estar sentado a la derecha de Dios significa estar investido de todo poder. Para nosotros esto tiene una importancia primordial. Aunque por nuestro bautismo vivido conscientemente alcancemos a ser hijos de Dios, nuestra naturaleza humana está dañada por el pecado de origen. No somos impecables. El poder del maligno y la atracción del mundo nos empujan hacia el pecado. Sabemos lo que es bueno y conveniente, pero nos damos cuenta que nos encontramos imposibilitados de llevarlo a la práctica.

Quiero perdonar al que me ofende. Quiero no guardar rencor. Quiero evitar caer en el pecado de la lujuria, quiero no juzgar a mi prójimo, quiero aceptar de buen grado la enfermedad que me mata, etc., y ¿con qué me encuentro? En que quiero y no puedo. Soy débil y caigo. Para estas y otras muchas circunstancias necesitamos la ayuda del Señor. Él es más fuerte que mi egoísmo, más fuerte que mi mal genio, más fuerte que el rencor que siento hacia quien me hace daño, más fuerte que mi dolor, etc. Por eso, está esperando a que, reconociendo nuestra incapacidad de obrar el bien, le invoquemos, le pidamos ayuda, le digamos: Señor, yo no puedo, tú sí. El Padre te ha puesto como Señor de todo lo que a mí me mata y me destruye. ¡Ayúdame!

Hoy en el evangelio nos dice que, no por el hecho de estar en el cielo está lejos de nosotros. Todo lo contrario. Está junto a ti y junto a mí, cumpliendo la promesa que nos hizo antes de su ascensión: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

 


 

 

 

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«SI ME AMÁIS, GUARDARÉIS MIS MANDAMIENTOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21

Con frecuencia no tenemos un concepto claro de lo que significa amar. Confundimos el amor con el afecto o incluso con la mera atracción sexual. De esta forma de pensar, la responsable, las más de las veces, es la caja tonta que con sus novelas, folletines y crónica social, nos catequiza diariamente sin tener necesidad de salir de casa.

El verdadero amor implica negación. Por amor a otra persona yo soy capaz de renunciar a lo que me gusta. Soy capaz de negarme a mí mismo en favor de la persona amada. Cuando de verdad amamos no hacemos lo que a nosotros nos agrada, sino que procuramos hacer lo que le agrada a la persona que amamos. El que ama de verdad es capaz de entregar su propia vida por aquella persona a la que ama.

Hoy el Señor, que conoce perfectamente lo que es el verdadero amor, nos dice al principio del evangelio: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Significa esto, que la mejor manera que tenemos de demostrar al Señor que lo amamos, es procurar hacer su voluntad, renunciando a lo que a nosotros nos gustaría hacer. ¿Por qué dice esto el Señor? Sencillamente, porque nos ama y desea para nosotros lo mejor.

Quizá no acabemos de entender esto, si nosotros consideramos los mandamientos como cargas y obligaciones insoportables. Sin embargo, no es así. El Señor viene en nuestra ayuda con esas Palabras de Vida, sencillamente porque a través de ellas se ilumina el camino de nuestras vidas, a fin de que no nos perdamos. Nuestro conocimiento de la vida es limitado. Por culpa del pecado buscamos la felicidad, por ejemplo, dando culto a nuestro cuerpo y siguiendo los dictados del mundo. El demonio, como a Eva, nos seduce mostrándonos un fruto hermoso y apetecible, pero que lleva en su interior el aguijón de la muerte.

Hay que advertir que el Señor no dice, quien cumpla mis mandamientos, sino que en vez de cumplir, dice guardar. Cumplir y guardar no es lo mismo. El cumplimiento hace referencia al esfuerzo, y el esfuerzo en este caso es inútil. Por eso el Señor Jesús nos invita a guardar sus mandamientos en el corazón, reconociendo en ellos la verdad y estando dispuestos a que por su fuerza, por la fuerza del Señor, lleguen a ser una realidad en nuestra vida.

Como el Señor conoce nuestra inferioridad de condición en la lucha contra el mundo, nos promete un Defensor, el Espíritu de la verdad. El mundo es incapaz de recibirlo, porque no lo conoce. Nosotros, sin embargo, lo conocemos porque por la gracia del bautismo vive en nosotros y está con nosotros.

En la última parte del evangelio el Señor vuelve a referirse a su inminente partida. Sabe la gran tristeza que esto provoca en sus discípulos, por eso, para animarlos les dice: «No os dejaré desamparados, volveré». La partida del Señor está cerca, es inmediata, pero no definitiva. «Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo». ¿Dónde veremos al Señor? Lo veremos en los hermanos. Lo veremos en las obras que realizarán y que son totalmente imposibles de llevar a cabo sin la presencia del Señor. Cada vez que se hace presente en nuestra vida y en la de los que nos rodean el verdadero amor, se hace presente el Señor. El mundo está ciego ante esta clase amor y lo desconoce. No lo entiende.

El Señor al final del evangelio vuelve a insistir en la idea que ha expresado al principio: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él». Ciertamente, tenemos la experiencia de no poder guardar los mandamientos del Señor, con nuestro esfuerzo. Pero eso no ha de preocuparnos demasiado. El Señor conoce nuestra debilidad y la facilidad con la que caemos en el pecado. Por eso, es bueno recordar sus palabras: «No os dejaré desamparados, volveré». Con Él a nuestro lado y con la presencia del Espíritu Defensor, nada nos será imposible.

 

 

DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA -A-

«YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6, 1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12

Encontramos al Señor con sus discípulos en la noche de la Última Cena. Sabe que su partida es inminente y se da cuenta de que los suyos sospechan algo que no acaban de comprender, por eso les dice: «No perdáis la calma». Luego, les habla claro de su partida. Se va a la casa del Padre en donde les preparará un lugar.  A continuación, para animarles, les dice: «Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo».

Tomás, intrigado, le dice: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?» La respuesta que el Señor da es fundamental para ellos y lo sigue siendo para cada uno de nosotros. Le dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí…».

Hemos dicho en diversas ocasiones que cuando nacemos iniciamos un camino que nos ha de conducir a la vida eterna. Somos seres creados para la eternidad. El fin último de nuestra existencia es, pues, el encuentro con el Padre. Por eso hoy el Señor nos da a conocer que Él mismo, es el camino que nos ha de conducir al Padre y por tanto a la vida eterna. «Nadie va al Padre sino por mí», dirá.

Cristo no es solo para nosotros el camino, es también la verdad y la vida. «En él, dirá san Pablo en los Hechos de los Apóstoles, vivimos nos movemos y existimos». Esa es la única verdad. Esa es la razón última de nuestra existencia. El hombre, tú y yo, nada es separado de Cristo. Siendo Cristo la vida, nosotros, vivimos en tanto en cuanto estamos unidos a Él. Si nos apartamos de Él, lo único que encontramos es la muerte.

Todo esto que acabamos de exponer no son solo teorías. Son realidades que podemos constatar al contemplar cómo vive las personas separadas de Dios. La gente está desquiciada y pide la vida a los ídolos muertos del mundo. Pide la vida al dinero que la esclaviza haciendo que nunca se sacie y volviéndola egoísta y avara. Da culto al cuerpo que acaba envejeciendo a pesar de los esfuerzos que se hacen para evitarlo. Busca el placer en el sexo que acaba produciéndole hastío. Se refugia en la afectividad pidiendo a los demás que le quieran, sin darse cuenta que todos exigen lo mismo para cada uno, etc. Podemos preguntarnos ¿se asemejan estas circunstancias con algo que se parezca a la vida? ¿No son todo situaciones que conducen a la muerte? Esta es nuestra realidad, aunque intentemos ignorarla.

El domingo pasado el Señor nos decía: «Yo soy la puerta de las ovejas. Quien entra por mí se salvará». Hoy nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida». Si, pues, queremos encontrar la vida, si queremos hallar la felicidad, no podemos elegir otro camino. No hay otra puerta que se abra hacia la vida. Somos el rebaño del Señor que camina delante de nosotros para llevarnos a pastos frescos y fuentes tranquilas. Él, es el único que nos defiende del enemigo y está dispuesto a dar su vida por cada uno de nosotros. Podemos preguntarnos ¿a cambio de qué? ¿Qué nos exige? Absolutamente nada. Solo desea que seamos dóciles y que sigamos sus pasos. San Juan de la Cruz dirá: “Para ir adonde no sabes has de ir por donde no sabes”. Por eso si no quieres perderte, si quieres encontrar el camino de la vida que desconoces, si quieres encontrarte con el Padre, no tienes más remedio que seguir las huellas de tu Pastor.

No seamos como Felipe, que después de haber convivido con el Señor durante tres años, todavía le pide: «Muéstranos al Padre». No es consciente de que si Cristo se ha encarnado, lo ha hecho precisamente para hacernos accesible el rostro del Padre. «Quien me ha visto a mí, dirá el Señor, ha visto al Padre».

 


DOMINGO IV PASCUA -A-

DOMINGO IV PASCUA  -A-

«YO SOY LA PUERTA: QUIEN ENTRE POR MÍ SE SALVARÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10

En este cuarto domingo de Pascua la Iglesia nos presenta la figura del Buen Pastor. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé, Dios-Padre, gusta mostrarse a su pueblo como el pastor que cuida de su rebaño. Isaías dirá al respecto: «Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas». El mismo pueblo de Israel se considera así mismo como el rebaño que Dios cuida con cariño. Así lo manifiesta, por ejemplo, en los salmos 23 y 80. En el primero el salmista dice: «El Señor es mi pastor, nada me falta» y en el segundo vemos que se dirige al Señor diciendo: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño…».

Podemos preguntarnos ¿por qué Dios elige la figura del pastor para poner de manifiesto la relación que mantiene con su pueblo? Porque en su origen, el pueblo de Israel es un pueblo de pastores, y precisamente por esto, conoce de primera mano hasta qué punto el pastor siente cariño por cada una de sus ovejas. Cómo las conoce por su nombre, está al corriente de sus gustos y de sus caprichos, y está dispuesto a arriesgar su vida por cada una de ellas. El Señor quiere significar que, el mismo amor, la misma pasión que el pastor siente por cada oveja de su rebaño, lo siente Él por cada uno de sus hijos.

En los evangelios también el Señor Jesús, hablando a sus discípulos, gusta mostrarse como el Buen Pastor, que cuida y defiende a su rebaño, estando dispuesto, incluso, a dar su vida por las ovejas.

En el evangelio de hoy encontramos una variante. En vez de presentarse como el Buen Pastor, el Señor Jesús prefiere mostrarse como la puerta del aprisco por el que necesariamente han de pasar las ovejas. Por la puerta es por donde cada mañana entra el pastor, para llamar una a una a sus ovejas y llevarlas hacia buenos pastos y fuentes tranquilas. A aquellos que entran por la puerta, las ovejas los siguen porque conocen su voz. No sucede lo mismo con los ladrones y bandidos, que saltan por otras partes con objeto de arrebatar al rebaño. A esos las ovejas no los conocen y huyen de ellos.

El Señor nos dice hoy: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon». De esta manera nos pone en alerta para saber a quién debemos seguir. Hoy, como entonces, son muchos los falsos profetas, que nos muestran caminos que llevan según ellos a la felicidad. Son los profetas del mundo que muestran al dinero, al poder, a la fama, al sexo, el consumismo, etc., como medios para lograr la felicidad. Utilizan para embaucar a las gentes los medios de comunicación, en particular la televisión. Somos nosotros mismos los que actuando de una forma un tanto irreflexiva, les abrimos las puertas de nuestros hogares.

Hoy en día son raros los programas, series o películas, en las que sin levantar demasiado polvo, se nos adoctrina sobre la familia y en particular sobre las conductas sexuales. Ya no nos llama la atención y aceptamos como normal las distintas formas de familia que se nos ofrecen: tradicional, gay, lésbica, etc. No hablemos ya de los divorcios y las rupturas matrimoniales o del aborto. La continua catequesis de la televisión ha adormecido nuestras conciencias, y al final todo nos parece aceptable y correcto. Estos son los falsos profetas de hoy que no utilizan la puerta (Cristo), para entrar en el aprisco. El Señor, hoy, nos alerta de su presencia.

Es necesario, pues, estar vigilantes para que no nos pasen gato por liebre. Es necesario cuidar a nuestros hijos evitando la influencia de estos falsos profetas, que tienen la mirada puesta en los adolescentes y en los jóvenes, porque saben que ellos serán los ciudadanos del mañana. Recordemos finalmente las palabras del Señor: «Quien entra por mí se salvará…» Fuera de Él no hay salvación.