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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 42, 1-4. 6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-17

Celebramos en este domingo la Fiesta del Bautismo del Señor. Concluimos con él, el Tiempo de Navidad y damos comienzo a la vez al tiempo ordinario.

El último acontecimiento de la vida del Señor que conocemos antes de su mayoría de edad, es el pasaje del Niño Perdido en el Templo que nos narra san Lucas en su evangelio. Ese pasaje termina diciendo: «Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres». En ese momento empieza un largo período de tiempo en la vida del Señor Jesús que conocemos como Vida Oculta. Se trata de un tiempo semejante al de cualquier hijo de familia de Nazaret, sin manifestaciones especiales de ninguna clase. José y María preparan al Niño, lo educan, para que sea un miembro consciente del pueblo de Israel. Atienden a sus necesidades físicas y, sobre todo, lo educan en la fe, dándole a conocer a Dios como Padre. Graban en su corazón el Shemá. Asisten los tres cada sábado a los oficios de la sinagoga y se ganan el pan de cada día con su trabajo. María en las labores del hogar, José y Jesús con su oficio de carpinteros.

Cuando Jesús cumple treinta años, Juan se encuentra en el Jordán anunciando un bautismo de conversión. Sin duda, impulsado por el Espíritu, Jesús acude también para ser bautizado. El pasaje nos lo narra hoy san Mateo en su evangelio. Al llegar, Juan, reconoce a Jesús y se resiste a bautizarlo. «Soy yo, le dirá, el que necesito que tú me bautices». Al salir del agua, apenas bautizado, desciende sobre él el Espíritu Santo y se oye la voz del Padre que testifica: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Este acontecimiento supondrá para el Señor Jesús el pistoletazo de salida para iniciar la misión que el Padre ha puesto en sus manos. Han sido necesarios treinta años de preparación, treinta años de catecumenado hasta llegar a este momento crucial de la vida del Señor.

Ante el hecho del Bautismo del Señor no podemos quedarnos como meros espectadores. Este acontecimiento nos hace presente nuestro propio bautismo. De la misma forma que el Padre testifica la filiación divina del Señor Jesús, declarando que es su Hijo Amado, también fue en nuestro bautismo donde nos hizo hijos suyos y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo. No escuchamos entonces de una manera física su voz, lo hacemos ahora al proclamarse esta Palabra. Hoy, para ti y para mí a resonado la Palabra del Padre afirmando, como entonces, que somos sus hijos amados y predilectos. Por el bautismo hemos recibido una naturaleza nueva. Por el poder del Espíritu Santo hemos renacido del agua como criaturas nuevas. Es ese mismo Espíritu el que testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.

Ser conscientes de este don gratuito recibido del Padre debe dejarnos anonadados y a la vez movernos a una inmensa gratitud. ¿Cómo es posible, podemos preguntarnos, que el Señor derrame sobre nosotros tanta bendición, hasta el punto de elevarnos de meras criaturas a la condición de ser sus hijos?

DOMINGO II DE NAVIDAD -A-

DOMINGO II DE NAVIDAD -A-

Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-4.12-16 * Ef 1, 3-6.15-18 * Jn 1, 1-18

 La liturgia de hoy, segundo domingo de Navidad, está centrada en la Palabra. San Juan en su evangelio nos dice que esa Palabra que ha estado por toda la eternidad junto al Padre, se ha hecho hombre. Ha tomado una carne como la nuestra del seno virginal de María, y ha venido a ser como uno cualquiera de nosotros, haciendo la salvedad de que nosotros somos pecadores, y que esta palabra venida del Padre no ha conocido nunca el pecado.

Identificar al Hijo de Dios como la Palabra tiene para nosotros una gran dificultad. Tú y yo, cuando nos referimos a la palabra lo hacemos pensando en un sonido intangible que se desplaza a través del aire. No podemos imaginar una palabra que se puede tocar con las manos y que en todo se asemeja a nosotros. Sucede esto, porque la Palabra de Dios Padre tiene tal fuerza, tiene tal entidad que salida de la boca de Dios no es un simple sonido, sino que se presenta como una persona, Dios como el Padre, pero a la vez distinta de él. Esa Palabra salida de la boca del Padre, para hacerse visible necesitaba un soporte físico, de ahí que decidiera revestirse de una carne como la nuestra, a fin de ser como cada uno de nosotros.

Con la encarnación del Hijo, el Padre empezaba a dar cumplimiento a la promesa hecha nuestros padres en el paraíso. Dios había dicho a la Serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te herirá en la cabeza…» El Hijo de la Mujer del que habla este pasaje no es otro, que aquel que hemos visto nacer humilde en un pesebre de Belén. Él, Palabra eterna del Padre hecha carne, nace para que tú y yo nos veamos libres de la muerte que nos atenaza debido a nuestro pecado. Él, Dios por esencia y hombre por su nacimiento, es el único que como ser humano es capaz de entrar en la muerte, pero al mismo tiempo, como Dios tiene poder para vencerla resucitando.

San Juan dirá que esa Palabra es enviada por el Padre a los suyos, pero que los suyos no la recibieron. No pensemos que cuando dice suyos hace referencia únicamente al pueblo de Israel. Ciertamente también se refiere a él, pero, ese rechazo ocurrió en el tiempo, por eso hoy, es bueno recordar que la Palabra es siempre actual, de ahí que hemos de estar alerta porque hoy está dicha para nosotros, para ti y para mí. Y nosotros, con gran facilidad podemos no escucharla o rechazarla. La consecuencia sería lamentable, porque, como dice el evangelio, «a los que la reciben les da el poder de hacerse hijos de Dios». Les da poder para experimentar existencialmente que para ellos la muerte está vencida.

Es consolador para nosotros que san Juan nos diga que, «la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros». Que puso su tienda entre nosotros para quedarse. Que no sólo vivió en el tiempo, sino que hoy sigue a nuestro lado para continuar salvándonos del pecado y de la muerte. Contemplar este don recibido de nuestro Dios, ha de mover nuestra gratitud empujándonos a bendecir su nombre, dándole gracias por un don tan grande que, por supuesto, no merecemos.

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

 «TOMA AL NIÑO Y A SU MADRE Y HUYE A EGIPTO»

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Mt 2, 13-15.19-23

En el domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia pone a nuestra consideración la figura de la Sagrada familia: Jesús, María y José. Esta familia ha sido la que Dios-Padre ha elegido como escuela para que su Hijo se formara como ciudadano y como miembro del Pueblo Elegido. José y María han llevado adelante la tarea de que su Hijo no solo creciera y se desarrollara como hombre, sino que, lo que es más importante, creciera conociendo a Dios como Padre y lo amara con todo el corazón.

 La familia de Jesús, María y José era una familia normal que no destacaba de las demás familias de Nazaret. Si en algo en ella era distinto era que era una familia en la que hallaba cumplimiento, la primera Palabra de Vida que Dios había dado a su pueblo en el Sinaí: «Amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas». Esto fue lo que, desde un principio, grabaron María y José en el corazón del Niño Jesús.

La Familia de Nazaret es el paradigma de lo que desea para cada una de nuestras familias Dios-Padre. Nuestra misión como creyentes, como miembros de la Iglesia, es mostrar a la sociedad, al mundo, lo que es una verdadera familia. Esta misión es necesaria porque vivimos en una sociedad, empeñada en destruir o descafeinar lo que de verdad es la familia según el plan original de Dios. Nosotros, hoy, podemos preguntarnos: ¿Cómo era aquella Familia y cómo debe ser una familia cristiana? Lo más importante que vemos es que era una comunidad de amor, en la que cada miembro cumplía con su misión en beneficio de los restantes miembros. José, como cabeza, con su trabajo cubría las necesidades de la familia ayudado por María. No existía ninguna competencia entre ellos. Los dos se esforzaban con su trabajo en llevar adelante aquella comunidad de amor que tenía como principal misión, la educación integral del Hijo de Dios encarnado.

El camino para llegar a tener una fe adulta es el tiempo del catecumenado, que es un tiempo de preparación y maduración antes de recibir el Bautismo. Pues bien, podemos decir que el Señor Jesús durante los treinta años que vivió en Nazaret junto a María y José, llevó adelante su propio catecumenado que lo llevó a conocer paulatinamente el amor de Dios-Padre, preparándolo para afrontar la misión que Dios había dispuesto para él. Los que lo formaron durante este tiempo fueron sus padres.

Hoy, la familia cristiana y también la familia tradicional es perseguida y encuentra dificultades para educar de manera integral a sus hijos. También la Familia de Nazaret, en el evangelio de este domingo, sufrió persecución. Era necesario acabar con aquel Niño enviado por Dios para la salvación del mundo, como es necesario hoy acabar con la forma de vida que muestra a la sociedad la familia cristiana, radicalmente distinta a la que preconiza el mundo. Las fuerzas que se autodenominan progresistas están en contra del derecho que tienen los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y creencias, pretendiendo inculcar a la juventud su particular ideología. Por eso, hoy en día es necesario que los padres vigilen de cerca lo que se enseña a sus hijos en la escuela. La misión principal de la escuela es instruir y también educar, pero esto último, respetando siempre la voluntad de los progenitores.

Es necesario pedir a Jesús, María y José, la sabiduría y la fuerza necesaria para que nuestras familias sean semejantes a la suya, en donde los hijos encuentren las dos columnas indispensables, padre y madre, para apoyarse, con objeto de crecer como lo hizo el Niño Jesús, en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Finalmente, constatar que, si hoy las fuerzas del mal están empeñadas en destruir la familia, es porque es el paso necesario para acabar con la Iglesia. Se trata de la guerra particular que el demonio lleva contra Dios. No nos dejemos engañar, pues, por el continuo bombardeo que recibimos desde los medios de comunicación, esforzándose para que lleguemos a considerar como normales los tipos de relación que nos ofrecen. No temamos ser tratados de fachas por defender, como hace poco lo ha hecho el Papa, que lo único que se puede llamar matrimonio es la unión de un hombre con una mujer. Las restantes uniones podrán recibir nombres distintos, pero nunca deberán llamarse matrimonio.

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

«DARÁ A LUZ UN HIJO, Y TÚ LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 7, 10-14 * Rm 1, 1-7 * Mt 1, 18- 24

Llegamos a la cuarta y última semana del Adviento que desembocará en un acontecimiento inaudito: el Nacimiento del Hijo de Dios. La liturgia de esta semana nos dará multitud de detalles de cómo tuvo lugar este hecho, no sólo dentro de la Historia de Salvación sino también dentro de la historia de la humanidad.

En el evangelio de hoy san Mateo nos presenta una figura de vital importancia, a la que durante muchos siglos no se le ha hecho justicia incluso dentro de la Iglesia. Nos estamos refiriendo a la figura de José, Esposo de la Virgen María. Durante mucho tiempo en la Iglesia se ha desdibujado esta figura, con la pretensión de remarcar que, en la persona del Hijo de Dios encarnado no hubo intervención de hombre alguno. Es hijo de María Virgen y fue engendrado por obra del Espíritu Santo.

Dios Padre había determinado que la entrada del Señor Jesús en este mundo fuera completamente normal. Dispuso, por eso, que fuera un hombre, José, el que legalmente y con todos los derechos inherentes, ocupara el lugar de padre de su Hijo encarnado. Sería él, de la familia de David, el que lo entroncaría dentro del Pueblo de Dios, teniendo la alta misión de educarlo en la fe, dándole a conocer a Dios como Padre.

Ajeno al plan que Dios-Padre tenía para él, lo vemos hoy desposado con María y sin haber cohabitado con ella, descubriendo su embarazo. Podemos imaginar cómo el mundo se le viene encima. ¿Qué hacer? El es justo y está enamorado de María. No quiere, por tanto, hacerle ningún daño. Resuelve, pues, cargar con el pecado repudiándola en secreto.

Dios interviene, como no podía ser de otro modo, dándole a conocer por medio de un ángel el plan que tiene preparado para él. José obedece poniendo su vida a disposición del Señor, dispuesto a ocupar el lugar de padre legal del Niño Jesús, formando junto con María la Sagrada Familia. Se convierte, como el Señor Jesús alude en un pasaje del evangelio, en eunuco por el Reino de Dios.

La humildad y obediencia de José lo llevan a convertirse en este mundo en la figura señera elegida por Dios-Padre, como depositaria de los dos tesoros más grades que posee: su Hijo Jesús y a la Madre de su Hijo, María. José tiene la dicha, no compartida con ningún mortal, de oír de labios del mismo Dios llamarle Abbá, papá.

José, en este domingo, nos invita a ser testigos en Belén de un acontecimiento primordial, el nacimiento del Niño Dios. Aprovechemos la invitación y pongamos en sus manos todas nuestras inquietudes. Él, las hará llegar con toda seguridad hasta su Hijo, y nos concederá vivir intensamente el misterio de la Redención. 

 

DOMINGO III DE ADVIENTO -A- GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -A- GAUDETE

«MIRAD A VUESTRO DIOS QUE VIENE EN PERSONA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 1-6a. 10 * Sant 5, 7-10 * Mt 11, 2-11

Dentro de la austeridad de los signos litúrgicos del tiempo de Adviento, que nos lo muestran como un tiempo de conversión, un tiempo de espera de la manifestación del Señor, la liturgia en este domingo hace como un paréntesis de alivio. Cambiará el color morado de las vestiduras litúrgicas por el color rosa, y las perícopas de la Misa, en particular la de Isaías, contendrán una marcada invitación a la esperanza.

La Iglesia, en este tiempo litúrgico nos empuja a estar preparados para una doble venida del Señor. Por un lado, en la primera parte del Adviento nos hace presente la segunda venida del Señor, invitándonos a mantenernos en una vigilante espera. Desconocemos el día y la hora y el Señor puede sorprendernos cuando menos lo esperemos. No bajemos la guardia y procuremos, pues, estar vigilantes.

La otra venida del Señor para la que nos prepara el Adviento tiene carácter inmediato. Nos prepara a revivir hoy, el nacimiento en Belén de la Segunda Persona de la Stma. Trinidad: el Hijo. La liturgia de la Iglesia tiene tal fuerza que no sólo rememora los acontecimientos ocurridos en la Historia de Salvación, sino que los actualiza, los hace de nuevo presentes, de manera que en los días de Navidad volveremos a vivir que hace más de dos mil años, el Hijo de Dios nació, igual que lo hemos hecho cada uno de nosotros, pero él lo hizo en un establo de las afueras de Belén.

Viene a nuestra vida porque también nosotros, como aquellas gentes de entonces, necesitamos un Salvador. Alguien con poder para librarnos del pecado y de la muerte en los que estamos sumidos. Una realidad de la que no podemos escapar por mucho que nos esforcemos.

El profeta Isaías, que conoce nuestra realidad, nos da ánimo diciendo: «Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará». Viene a abrir nuestros ojos para que seamos capaces de ver las maravillas de su amor; a abrir nuestros oídos para que su Palabra llegue a nuestro corazón y lo transforme; a desatar nuestra lengua para que sea capaz de alabar y bendecir a nuestro Dios, agradeciéndole todos sus dones. Viene con poder para romper nuestras esclavitudes, esos vicios que nos dominan: orgullo, egoísmo, vanidad, sexualidad sin control, juicios contra el hermano y enorme dificultad para perdonar sus fallos y ofensas. Todo lo que nos amarga la vida. Isaías lo resume diciendo que con su venida «Pena y aflicción se alejarán».

A nosotros nos concierne estar expectantes siendo conscientes de nuestra realidad, y esperando con ilusión su venida. Hemos de vivir este tiempo como el preso que espera su liberación cuando ya le han anunciado la libertad. Nuestro deseo ha de ser que el Señor encuentre en nosotros un corazón bien dispuesto.

 

DOMINGO II DE ADVIENTO -A-

DOMINGO II DE ADVIENTO -A-

«CONVERTÍOS PORQUE EL REINO ESTÁ CERCA»

 

CITAS BIBLICAS: Is 11, 1-10 * Rom 15, 4-9 * Mt 3, 1-12

En este segundo domingo de Adviento nos encontramos con uno de los tres protagonistas del Adviento: Juan el Bautista. Los otros dos son, la Virgen María, y el profeta Isaías del que escucharemos hoy un fragmento de su profecía. Los tres nos ayudarán a penetrar en un tiempo fundamental, el Adviento, dentro de la Historia de la Salvación.

Juan es el Precursor del Mesías. El anuncio del Mesías lo encontramos a través de toda la Escritura. Los patriarcas y los profetas anunciaron durante siglos que Dios-Padre enviaría al mundo un Mesías, un Salvador, que libraría del pecado a todos los hombres. Ellos fueron los encargados de mantener viva esta esperanza en el pueblo. Llegada la plenitud de los tiempos y a punto de cumplirse la promesa de Dios, es Juan el encargado de preparar al pueblo para que cuando llegue el Mesías encuentre un pueblo bien dispuesto. Hoy lo vemos encarnando la figura que anuncia el profeta Isaías cuando dice: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».

Juan decía: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos». Esta llamada a conversión de Juan resuena hoy aquí para ti y para mí. Hoy, somos nosotros, que no somos mejores que aquellos a los que predicada Juan, los que, viendo nuestra realidad de pecado, nuestras esclavitudes y defectos, hemos de volver los ojos hacia el cielo reconociendo que necesitamos también un Salvador.

La llamada a conversión de Juan alcanza también a los fariseos y saduceos, que constituían en Israel el estamento religioso por excelencia. No teme anunciarles que deben dar buenos frutos, porque el hacha ya está puesta a la base de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y arrojado al fuego. No pensemos que estas palabras fuertes eran dichas sólo para los escribas y saduceos, también nosotros debemos aplicárnoslas. También nosotros necesitamos convertir nuestro corazón, para poder recibir adecuadamente a Aquel que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego.

Convertirnos supone reconocer que no hacemos aquello que agrada a Dios. Reconocer, que nos buscamos a nosotros mismos. Que somos egoístas pegados a las cosas materiales y al dinero. Reconocer que no tenemos un corazón limpio, sino que las apetencias del sexo nos dominan. Reconocer, finalmente, que muchas veces somos rencorosos y tenemos dificultad en perdonar. Para librarnos de todo esto que, aunque muchas veces no lo reconozcamos, nos hace infelices, llega Él. Viene a salvarnos. Viene a librarnos de las esclavitudes que nos atan y que hacen pesada nuestra vida.

El primer paso para convertirnos es reconocer que todo lo que decimos de nuestra vida es verdad. No tratemos de esconder nuestras debilidades y flaquezas. Él, no se escandaliza de ellas porque nos conoce muy bien, y sabe que el Padre lo envía, precisamente, a salvar lo que no tiene salvación. Alegrémonos, pues, porque, como dice san Pablo a los Romanos, «La salvación está ahora más cerca que cuando empezamos a creer». Sería imperdonable rechazar la salvación que el Padre nos ofrece gratuitamente en la persona del Señor Jesús, que ya llega. 

 

DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

ESTAD EN VELA, PORQUE NO SABEIS NI EL DIA NI LA HORA.

CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16b-17.19b;64, 2b-7 * 1Cor 1,3-9 * Mt 13, 33-37  

Con este domingo, primero de Adviento, damos comienzo a un nuevo año litúrgico. La Iglesia nos hará presente a través de él, toda la historia de salvación. Lo hará, principalmente, mediante el evangelio de san Mateo que es el que corresponde al ciclo litúrgico A.

Son muchas las cosas de cada día que dependen de nuestra voluntad. Hay una, sin embargo, que es totalmente ajena a ella: la vida. Por eso hemos de considerar este nuevo año como un don del Señor, un tiempo de gracia que nos servirá para disfrutar del regalo de la vida, y a la vez, para bendecir al Señor del que depende nuestra existencia.

El Señor Jesús, en el evangelio de este primer domingo del año, nos invita, precisamente, a estar alerta aguardando su venida. Lo hace porque con facilidad podemos caer en la tentación de considerar nuestra vida terrena como algo definitivo. Así, nos dice, vivían los hombres en tiempos de Noé, comían, bebían, se casaban. Pero de improviso llegó el diluvio y se los llevó a todos. Cuando venga el Hijo del Hombre, sigue diciendo, dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán. Dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Son situaciones irreversibles que no dependen de nuestra voluntad, por eso, nos dice el Señor: «Por tanto estad en vela, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor».

Nuestro encuentro particular con el Señor será semejante a la llegada del ladrón. El dueño de la casa desconoce la hora en que llegara. Es necesario, por eso, «estar preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre».

Siempre hay que vivir alerta. Por eso la Iglesia, en este tiempo de Adviento insiste en la necesidad de estar siempre vigilantes. Tú y yo, por más que nos empeñemos, no podemos modificar el momento de nuestro encuentro con el Señor. Dios quiere que se mantenga oculta la hora en que sucederá esto, pero ni quiere que vivamos agobiados pensando en él, ni tampoco que vivamos ajenos a esta realidad, de modo que cuando llegue nos coja desprevenidos. Si recibiéramos un aviso de la visita de alguien que iba a traernos un gran regalo, estaríamos todo el tiempo pendientes de su llegada sin distraernos. ¿Hay algún regalo más grande que el que nos dará el Señor con su venida y que es la vida eterna? Es necesario, pues, estar alerta.

Sólo quisiera añadir que hasta ahora nos hemos referido a nuestro encuentro definitivo con el Señor, pero no debemos olvidar que, a través de los acontecimientos de cada día también el Señor se manifiesta. Lo hace acercándose a nosotros en la persona del pobre que nos alarga la mano, o del enfermo que necesita ánimo y consuelo, o de aquel familiar o conocido que se encuentra en una situación de dificultad, etc. Seamos conscientes de que, en todas estas ocasiones, es el Señor el que nos visita y obremos en consecuencia. Estemos siempre alerta. En la carta a los Hebreos podemos leer: «Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará».

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

«CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2 Sam 5, 1-3 * Col 1, 12-20 * Lc 23, 35-43

En el Año Litúrgico están recopilados y hechos presente los acontecimientos relativos a toda la Historia de Salvación. Una historia en la que ocupa un lugar relevante la Palabra, que fue el origen de todo lo creado. San Juan dice en el inicio de su evangelio refiriéndose a ella: «Todo se hizo por ella y sin ella nada se hizo». Esta Palabra, que es el Señor Jesús, es la que se hizo carne y acampó entre nosotros. San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos dice hoy que «todo fue creado por él y para el… que él es el principio, el primogénito entre los muertos, y así es el primero en todo». No nos ha de extrañar, por tanto, que, en este último domingo del año litúrgico, como culmen de toda la historia de salvación, la Iglesia nos muestre al Señor Jesús como Rey del Universo. Un Rey que ha de reinar hasta que bajo sus pies queden sometidos todos sus enemigos, incluyendo al más representativo de todos ellos que es la muerte.

La realeza de Cristo, que implica que se le ha dado todo poder, tiene para nuestra vida una significación fundamental. Somos criaturas de Dios llamados a disfrutar de una vida eterna y plenamente feliz junto a nuestro Creador. Nuestro Padre-Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Como su esencia es el amor, nos hizo seres capaces de experimentar el amor y a la vez capaces de amar. Esto significaba para nosotros la felicidad plena. No satisfecho con darnos la vida, su amor por ti y por mí llegó al extremo de querer darnos el mayor regalo posible después de la existencia: la libertad. Quería que fuéramos seres libres. No quería ser amado a la fuerza. Nosotros, sin embargo, ante la tentación del maligno, en vez de mantenernos fieles a nuestro Dios, le volvimos la espalda. Esta acción nos acarreó un sinfín de desgracias de todo tipo. Aparecieron las enfermedades, los odios, el egoísmo, el ansia insatisfecha de llenar con afectos humanos y riquezas de todo tipo, el hueco dejado en nuestro corazón por el amor de Dios, y mil sufrimientos más. Pero lo peor, fue que apareció en nuestra existencia la muerte, algo que no estaba contemplado cuando fuimos creados. Separados de Dios, que es la vida, nos encontramos sumidos en la muerte.

¿Cómo es la respuesta del Padre ante el pecado del hombre? Totalmente distinta a la respuesta que daríamos nosotros. El Padre, que nos ama sin ninguna limitación, pergeña de inmediato un plan de salvación. Enviará a su propio Hijo en una carne mortal como la nuestra, para que asumiendo nuestro pecado y penetrando en la muerte, dé muerte a la muerte resucitando en provecho nuestro. Lo eleva como Señor de la muerte y de todo lo que como consecuencia del pecado nos esclaviza y oprime. Todo lo que para ti y para mí es imposible: la muerte física que te amedrenta, tu orgullo desmedido, tu sexualidad desbocada, tu ambición sin control, la envidia que te corroe, la soberbia que te hace creer que eres el rey del universo, tus dolencias físicas, y un largo etcétera, encuentran en su poder sin límites la solución. Él es el Rey del Universo. Empezó a reinar desde la Cruz y está puesto por el Padre como nuestro Ayudador. Tiene sometidos bajos sus pies todos los principados y potestades. Está siempre atento para ayudarnos en cuanto le invoquemos. San Pablo resume su ayuda en una certera frase: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

Alegrémonos, por tanto, de tener un tal Ayudador. Él, que está resucitado, vive entre nosotros como lo prometió antes de subir al cielo cuando dijo: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». No desaprovechemos su ayuda porque es nuestro hermano mayor, y como dice en el Libro de los Proverbios, «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres».