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DOMINGO II DE PASCUA – DIVINA MISERICORDIA -C-

DOMINGO II DE PASCUA – DIVINA MISERICORDIA -C-

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO» 

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 42-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Terminamos con este domingo la Octava de Pascua. Han sido ocho días que la Iglesia ha considerado como uno solo, en que hemos estado celebrando la victoria del Señor Jesús sobre la muerte.

 Quizá no acabamos de ser conscientes de lo que significa este acontecimiento, en el que el Señor, venciendo las ataduras de la muerte, resucita glorioso después de estar tres días en el sepulcro.

 La importancia que demos al hecho de la resurrección del Señor está directamente relacionada, con la percepción que tengamos del grado de esclavitud en el que vivimos a causa de nuestros pecados. ¿Sientes sinceramente que vives sometido al dominio del pecado y de la muerte, o más bien te encuentras cómodo en tu situación y no necesitas que nadie te libere? Según la respuesta que demos a esta pregunta, daremos más o menos importancia al acontecimiento primordial de la historia, por el que el Señor Jesús, rompiendo las ataduras de la muerte, resucita victorioso para ya nunca más morir.

 La muerte y resurrección del Señor están íntimamente relacionadas con el pecado. La noche de Pascua cantábamos: “Sin el pecado de Adán, Cristo, no nos habría rescatado. ¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor…!” Es el pecado, como dice san Pablo, el que nos hace penetrar en la muerte. Es él el que nos ata, el que impide que seamos felices. Si en tu vida experimentas que eso es así, anhelarás que Cristo venza a la muerte y que te haga partícipe de su resurrección. La resurrección del Señor dejará de ser para ti un acontecimiento histórico, para convertirse en un hecho real, un hecho vivencial.

En la primera aparición a los discípulos que hoy nos narra san Juan, se pone de manifiesto la razón última de la Pasión y Resurrección del Señor. Se ha hecho uno de nosotros, ha cargado con la cruz, ha muerto en ella y ha resucitado del sepulcro para traernos la paz. Él es nuestra paz. Una paz de la que no podemos disfrutar si nos encontramos bajo el dominio del pecado y de la muerte. Por eso, lo primero que hace el Señor es hacer partícipes de su poder como Dios a sus discípulos, dándoles autoridad para perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Quizá no acabamos de ser conscientes de que todo el mal que existe en el mundo, abusos de los poderosos, mal reparto de las riquezas, enfrentamientos entre naciones, razas, grupos sociales y hasta a nivel familiar, tienen su origen en el pecado. Él es el que mata en nosotros el amor de Dios y nos hace caer en el más grande egoísmo. Erradicar el pecado y con él el mal en el mundo es imposible. Pero el Señor sabe que el mejor antídoto contra el veneno del pecado es el perdón. Eso es lo que nos ha ofrecido desde la Cruz. Su corazón misericordioso atravesado por la lanza del soldado es testigo del perdón sin condiciones que nos otorga. Prueba de ello son las primeras palabras que hoy dirige a sus discípulos: «Paz a vosotros». No son palabras de reproche. Son las palabras de amor y comprensión que sus discípulos, y también tú y yo, necesitan escuchar de sus labios.

Sin duda, para beneficiarnos de ese perdón es condición indispensable reconocer delante de él nuestras miserias. Pero no temamos, Él es el único que nos ama tal y como somos, y es incapaz de escandalizarse de nuestros defectos. Lo único que quiere es devolvernos la paz que nos ha arrebatado el pecado.

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«NO ESTÁ AQUÍ. HA RESUCITADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a. 37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

Celebramos en este domingo el acontecimiento más importante de toda la Historia de Salvación. La noticia que desde Adán ha esperado la humanidad: la muerte, ha sido vencida en la Resurrección del Señor Jesús.

Me viene a la mente un ejemplo que escuché en una catequesis y que, a pesar de los años transcurridos, es de palpitante actualidad. Decía el ejemplo que, en Normandía, durante la ocupación alemana, a altas horas de la noche en que desembarcaron las tropas aliadas, una mujer, quizá de conducta poco recomendable, fue llamando de casa en casa diciendo a todos los vecinos: “han desembarcado.” Era la gran noticia. Por fin, se verían libres de los alemanes.

Muchos de los que nos rodean viven en una situación semejante a la de los habitantes de Normandía. La esclavitud en la que viven, aún sin acabar de ser conscientes, condiciona por completo su vida. No son libres a la hora de tratar con el dinero y las riquezas, que les dominan. Tampoco lo son a la hora de relacionarse con los demás. Mucho menos en lo relativo al dominio de sí mismos. Están dominados por el sexo, las drogas, el juego, la ambición, el egoísmo y un largo etcétera. Todos están necesitados de recibir la noticia que tendrá el poder de transformar sus vidas. Es la noticia que el ángel da a las mujeres cuando llegan de madrugada al sepulcro: «No está aquí. Ha resucitado». Dicho con otras palabras: «la muerte ha sido vencida». Aquello que nos hacía sufrir: la enfermedad, la falta de dinero, el paro, la poca consideración de los demás, el vicio oculto, el rencor y la dificultad de perdonar a los demás… Resumiendo, todo lo que nos impedía ser felices, ha sido destruido. La muerte, fruto de nuestros pecados y desvaríos, ha sido destruida por la Resurrección del Señor Jesús.

Ésta es la noticia que nosotros, discípulos del Señor Jesús, hemos de dar a conocer a los que nos rodean. Es necesario que, a semejanza de lo que hizo la mujer de Normandía, lancemos con insistencia a los cuatro vientos la gran noticia: «Cristo ha resucitado. La muerte ha sido vencida». No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento de los demás. Es necesario anunciarles que para ese sufrimiento hay una solución. Que el Señor Jesús en la Cruz absorbió todo el veneno de nuestros pecados que nos llevaba a la muerte, y que era el origen de todos nuestros sufrimientos. Él esta sentado a la derecha del Padre con todo poder para que nosotros podamos experimentar que, en su muerte, dio muerte a todo aquello que nos esclaviza y nos impide ser felices.  

 

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«AQUÍ ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD» 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26, 14-27,66

Damos comienzo con este domingo a la Semana Mayor, la Semana Santa. En ella no solo recordaremos los grandes misterios de nuestra salvación, sino que a través de la liturgia los reviviremos actualizados en nuestra propia historia.

En la vida del hombre el sufrimiento se hace continuamente presente. Es el peaje que nos hace pagar el pecado. No fue así desde el principio porque en plan de Dios al crearnos no estaba presente el sufrimiento, ya que su voluntad para con nosotros era la felicidad plena. Sin embargo, al hacer mal uso de nuestra libertad elegimos separarnos de Dios y, como consecuencia, saboreamos la muerte y el sufrimiento que ella acarrea.

El Señor Jesús, a pesar de no haber conocido el pecado, no estuvo exento de sufrimiento. Quiso asemejarse en todo a nosotros para poder llevar a la práctica, con conocimiento de causa, la misión de ayudador, de salvador, que el Padre le había encomendado.

San Pablo nos dice hoy en su carta a los Filipenses que el Señor, «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos». De manera que no tuvo inconveniente en rebajarse hasta el extremo, sometiéndose incluso a la muerte y una muerte horrenda, la muerte de cruz.

El profeta Isaías, unos 700 años antes de Jesucristo, nos narra con una fidelidad asombrosa toda la Pasión del Señor. Lo muestra como varón de dolores, despreciado, golpeado, escupido y entregado a una muerte inicua. Él, dice Isaías, fue herido por nuestras faltas y molido por nuestras culpas. Él, soportó todos nuestros pecados y fue contado entre los malhechores, aunque no hallaron en él delito alguno.

En la Pasión, que hoy se proclama, vemos cumplida en el Señor Jesús la profecía de Isaías. En ella no vemos otra cosa que el amor con que el Esposo se entrega por completo a la esposa, en una donación total. Le hace entrega hasta de la última gota de su sangre. La esposa es la Iglesia. Tú y yo somos la amada por la que el Señor entrega totalmente su vida.

Has pensado ¿Para qué el Señor Jesús se somete a ese sufrimiento inhumano? La respuesta es sencilla: se anonada hasta ese extremo y se somete a ese sufrimiento brutal, para que tú y yo no tengamos que sufrir en nuestra carne, la principal consecuencia de nuestro pecado, es decir, la muerte. Tú y yo no tenemos salvación. Si algo merecemos es la muerte eterna, pero el amor de Dios-Padre es infinitamente mayor que nuestras debilidades y pecados. Por eso no acepta que el plan que él diseñó desde el principio para ti y para mí, se vea destruido por nuestra conducta, con la consiguiente victoria del maligno.

Con su entrega total el Señor Jesús nos muestra cuál es nuestra misión en este mundo. Somos sus discípulos. Hemos sido elegidos por Él como sus colaboradores. Por lo tanto, nuestra misión es también morir por nuestros semejantes cada día. Si no es con una muerte cruenta, que también es posible, al menos muriendo a nosotros mismos en favor de los que nos rodean y en particular de nuestros enemigos, mostrándoles con nuestro amor y perdón, el amor y el perdón que Dios-Padre les otorga. No debe amedrentarnos esta muerte porque sabemos que fue vencida por la resurrección del Señor, de manera que tenemos la certeza de que también nosotros resucitaremos con Él. 

 

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 37, 12-14 * Rm 8, 8-11 * Jn 11, 1-45

El mayor problema al que el hombre se enfrenta en esta vida es, precisamente, la muerte.

Todos los hombres, también tú y yo, a causa del pecado, nos hemos apartado de Dios que es el origen de la vida, y como consecuencia hemos caído en la esclavitud de la muerte. San Pablo dirá, acertadamente, que “el aguijón de la muerte es el pecado”. Y nosotros, que hemos pecado, saboreamos cada día la muerte a través de las enfermedades, a través de los enfrentamientos familiares, a través de la esclavitud a nuestros vicios, de los desprecios o del poco afecto que nos demuestran los demás. También experimentamos la muerte en los graves problemas económicos a los que tenemos que enfrentarnos, en el paro, etc., etc. En fin, todo sufrimiento que no somos capaces de afrontar nos recuerda que somos limitados y que estamos sujetos inexorablemente a la muerte.

El evangelio de hoy, último de las catequesis bautismales que nos preparan a la celebración de la Pascua, nos trae la gran noticia: hay uno que tiene poder sobre la muerte, que puede liberarnos de su esclavitud y devolvernos la vida que tanto deseamos.

Hoy vemos al Señor Jesús que se dirige a Betania. Sabe que su amigo Lázaro está enfermo, pero ha dejado pasar unos días antes de ponerse en camino. Cuando llega a la aldea ya hace cuatro días que Lázaro ha muerto y está enterrado. Marta, hermana de Lázaro, al conocer que Jesús se acerca sale a su encuentro y al verle exclama: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano…» «Tu hermano resucitará», dice el Señor. «Ya sé que resucitará en el último día», responde Marta. Pero El Señor Jesús, dándole la gran noticia, prosigue diciendo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

El Señor se dirige con Marta y María hacia la tumba de Lázaro. Está conmovido y no puede reprimir el llanto. El amigo al que tanto quería está muerto. Está reacción del Señor nos hace patente una vez más su humanidad. Jesús, no es sólo hombre en apariencia, lo es en toda la acepción de la palabra. Tampoco es un superhombre. En su anonadamiento, en su humillación al tomar nuestra condición mortal, su naturaleza divina ha quedado eclipsada por completo. Es totalmente hombre como tú y como yo, y sus sentimientos son como los de cualquier hombre.

El Señor Jesús había dicho a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá». Ahora, frente a la tumba de su amigo muerto, grita con fuerte voz: «¡Lázaro, ven afuera!». Al instante, y ante el asombro de todos, Lázaro aparece resucitado a la puerta de la gruta.

Hemos dicho al principio que tú y yo, a causa de nuestros pecados, estamos sometidos a la esclavitud de la muerte. Algo que, por más que nos empeñemos, no podemos evitar. No está en nuestras fuerzas vencer a la muerte que cada día nos cerca. Por eso, hoy, el Señor Jesús nos dice como a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Nosotros que, como Lázaro, estamos atados por los lazos de la muerte y no tenemos poder para luchar contra ella, ¿creemos de verdad que el Señor Jesús tiene poder para salvarnos? ¿Qué Él es la solución que el mundo espera? No tengamos miedo, pues, acudamos a Él. La única condición que nos pone para liberarnos de la muerte es que creamos en Él, en su poder.

 

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

Celebramos hoy la solemnidad de san José, esposo de la Bienaventurada Virgen María y Padre Legal del Hijo de Dios. Quiero con este comentario reivindicar la figura de este gran santo que es, además, mi santo Patrón.

San José es una figura de contrastes. Por una parte, es un hombre humilde, carpintero de profesión, que seguramente pasaba desapercibido en una pequeña población de Galilea llamada Nazaret, y que, por otra parte, es la persona elegida por Dios para la misión más alta a la que podía aspirar un hombre, ser el padre legal del mismo Hijo de Dios hecho hombre.

Dios-Padre puso bajo el cuidado de José a los dos seres que más amaba: a su mismo Hijo y a la que fue su Madre, la Virgen María. El Señor lo eligió para que, según las costumbres del Pueblo de Israel, fuera el padre legal del Niño Jesús, con todos los derechos y obligaciones que ello implicaba. Esta condición le daba derecho, en primer lugar, a elegir el nombre del recién nacido, como así lo hace por indicación del ángel. Como consecuencia de esta paternidad legal, José educó, junto con María, al Niño Jesús, en la fe de Israel. Le dio a conocer a Dios como Padre y le enseñó a amarlo sobre todas las cosas. Le enseñó a caminar y lo tomaba en sus brazos, como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer. Finalmente, en lo humano tuvo la dicha de escuchar de labios del mismo Hijo de Dios, llamarle a él, “papá”.
 
Durante muchos siglos y dentro de la Iglesia, su figura no ha ocupado del todo el lugar que le correspondía. Se quería hacer hincapié, dejando claro, que el único Padre del Señor Jesús era el del cielo. Se le denominaba por eso como custodio, padre putativo, etc. del Señor, sin reconocer que no sólo hacía las veces de padre, sino que era, según la ley, el auténtico padre legal de Jesucristo, con todas las obligaciones y con todos los derechos que ese título le otorgaba. Sólo grandes santos como Bernardino de Siena o Teresa de Jesús, constataron la importancia de san José en la historia de la salvación.

Ha tenido que pasar mucho tiempo, siglos, para que oficialmente se hiciera justicia a este gran santo. No fue hasta el 8 de diciembre de 1870, en que el papa Pio IX lo declaró Patrono de la Iglesia Universal, significando que realizaba con la Iglesia, la misma función protectora que en otro tiempo había llevado a cabo con la Sagrada Familia. Fue el papa Juan XXIII el que introdujo el nombre de san José en el Canon Romano y, finalmente, ha sido el papa Francisco el que ha añadido su nombre en las Plegarias eucarísticas II, III y IV del Misal Romano.

Nosotros queremos fijarnos hoy, en una figura de José de Nazaret, alejada de la iconografía tradicional y mucho más próxima a la que tuvo en realidad. José era un mozo de Nazaret, carpintero de profesión, que estaba enamorado de la joven María, hija de Joaquín y Ana, y que soñaba con formar una familia con su prometida. Ninguno de los dos destacaba por nada extraordinario, a no ser por su honda religiosidad y su trato afable.

Los planes de vida de José cambiaron radicalmente con la intervención de Dios-Padre, dándole a conocer la elección que había hecho sobre él. Supo renunciar entonces al proyecto que se había trazado, y aceptó convertirse en eunuco por el Reino de los Cielos. Desde entonces su vida familiar se desarrolló como la de cualquier otro matrimonio joven de Nazaret, con las preocupaciones y desvelos propios de cualquier padre de familia. No es difícil imaginar a María y a José viendo crecer al pequeño Jesús, celebrando sus sonrisas, sus llantos, sus pequeños berrinches o el balbuceo de su primera palabra. Todo igual a lo que hemos vivido nosotros con nuestros hijos.

Con toda esta exposición, pretendemos acercar a nosotros la auténtica figura de José, lejos de las imágenes que nos han llegado a través de la devoción popular. José es un marido ejemplar, un padre de familia con las mismas preocupaciones que tenemos tú y yo, y que, por lo tanto, está pronto a echarnos una mano ante las dificultades cotidianas. Por otra parte, su intercesión es muy poderosa, no en vano escuchó de labios de su hijo Jesús, llamarle papá.

DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

«VE A LAVARTE A LA PISCINA DE SILOÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: 1S 16, 1b.6-7.10-13a * Ef 5, 8-14 * Jn 9, 1-41

A este domingo, cuarto de Cuaresma, dentro de la liturgia se le denomina de “laetare”. Supone un alto en el camino penitencial de la Cuaresma. Algo así como de luto aliviado podríamos decir. Por eso, cambiamos el color morado de los ornamentos, por el color rosa. De este modo la liturgia nos dice: ánimo que la Pascua se acerca. Estad alegres.

Continuamos con evangelios que la Iglesia primitiva usaba como catequesis bautismales. Hoy nos encontramos con la del ciego de nacimiento que está pidiendo limosna cuando pasa Jesús. Los discípulos al verlo preguntan al Señor: «¿Quién pecó: éste o sus padres?» Hoy quizá nos extrañe esta pregunta, pero no ocurría lo mismo en tiempos de Jesús. Las enfermedades o deficiencias físicas eran tenidas como castigos del cielo a causa del pecado. Jesús es tajante en su respuesta: «Ni el pecó ni pecaron sus padres. Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios».

San Juan nos cuenta que el Señor Jesús se acerca al ciego y después de hacer un poco de barro con su saliva, se lo aplica a los ojos al tiempo que le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». Esta piscina es para nosotros figura del Bautismo. El ciego obedece, va a lavarse y, con gran asombro de su parte, observa que ha recuperado la vista.

Fijémonos en la situación de este ciego. Se halla, probablemente, a la entrada de la población pidiendo limosna. Al contrario de lo que sucede en el pasaje del ciego de Jericó, éste ciego, que nunca ha conocido lo que es la luz, acepta su situación y no pide ser curado. En aquel caso, es el ciego el que busca al Señor, en éste, es el Señor el que va al encuentro del ciego.

Sin duda, la situación del ciego de nacimiento tiene mucho que ver con la nuestra. Muchas veces hemos dicho que también nosotros somos ciegos, pero, tenemos dificultad en reconocer nuestra ceguera. ¿Por qué? Porque nos pasa lo mismo que al ciego. Consideramos que nuestra vida, nuestra historia, es tal cual como se nos presenta y no ambicionamos una vida mejor. Vivimos resignados al día a día sin tener otras expectativas.

En esta situación el Señor viene a nuestro encuentro y, como al ciego, nos pone barro en los ojos y nos dice «Ve a Siloé a lavarte». Lávate, abre los ojos y comprueba que existe una vida mejor. Tú te conformas con tener una vida semejante a la de los animales, a la de un perro. Te levantas, desayunas, te vas a trabajar, comes, terminas la jornada, descansas y vuelta a empezar. No tienes más preocupación que la de llegar con dinero a fin de mes. Pasarás la vida como uno más, y al poco tiempo de tu muerte nadie guardará memoria de ti. ¿Crees que esta vida de verdad merece vivirse?

El Señor no te ha creado para eso y no puede consentir que continúes con esa vida chata y fofa, que al final no tiene ningún sentido. Él quiere abrirte los ojos. Quiere que conozcas que existe algo más. Que existe una vida diferente, una vida feliz y plena, para la que has sido creado. Para eso pone barro en tus ojos. Pone acontecimientos, enfermedades, problemas, disgustos, que te hagan ver tu impotencia para ser feliz y la necesidad que tienes de lavarte. «Ve a Siloé», te dice, lávate, redescubre tu bautismo. Por él, has recibido el don de ser hijo de Dios. Por él estás llamado a vivir una vida eterna y feliz, muy diferente a la vida chata y sin horizontes que estás viviendo ahora

Abrir los ojos significa también reconocer al Señor, reconocer al que te salva. Comprobar su poder y confesarle, como el ciego, delante de los demás. Decir, yo era ciego, y ese al que llaman Jesús hizo barro, me lo puso en los ojos, me lavé y ahora veo. Veo que no estoy solo, que existen los demás, a los que antes mi egoísmo me impedía ver. Veo que con Él la vida es diferente, que merece vivirse. Tengo los ojos abiertos a su amor y puedo también yo amar a los demás. Esto es de verdad vivir, no lo que hacía antes cuando mendigaba un poco de amor a los que me rodeaban.  

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

«SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 17, 3-7 * Rom 5, 1-2. 5-8 * Jn 4, 5-42 

La Cuaresma ha sido en la vida de la Iglesia un tiempo de preparación inmediata a la recepción del Bautismo, de los catecúmenos que habían de recibir este sacramento en la Vigilia Pascual. Por eso, durante los domingos de la Cuaresma, y en particular a partir del domingo tercero, los evangelios que se proclaman son, sobre todo en el ciclo A, catequesis bautismales.

  Hoy, tercer domingo, la Iglesia nos ofrece la primera de estas catequesis centrada en el pasaje de la Samaritana. Encontramos al Señor Jesús junto al pozo de Jacob descansando del largo viaje que acaba de realizar. Está sediento y solo, porque los discípulos se han ido al pueblo a comprar provisiones. De pronto llega una mujer a sacar agua del pozo. Se trata de una mujer samaritana. Contra lo que es habitual, ya que los judíos no se tratan con los samaritanos, el Señor le dice: «Dame de beber». Ante la extrañeza de la mujer, el Señor Jesús añade: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La samaritana replica: Señor, ¿cómo puedes sacar agua si no tienes cubo y el pozo es hondo? A lo que el Señor Jesús responde: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed».

  Detengámonos en este punto. También hoy, el Señor Jesús, que está vivo y resucitado, se hace el encontradizo con nosotros. Pasa a nuestro lado en la figura de ese hermano necesitado, de ese niño o ese anciano indefensos y nos pide un poco de agua, un poco de amor. Pero, nosotros pensamos, ¿cómo vamos a darles un poco de amor si eso es precisamente lo que nosotros necesitamos, si eso es lo que desea nuestro corazón? Tú y yo que andamos sedientos por la vida, hemos intentado saciar nuestra sed en las mil cosas que nos ofrece el mundo: dinero, diversión, sexo, ambición, poder, etc. Hemos buscado con ansia el amor de los demás para que llene nuestro corazón, pero no lo hemos conseguido.

  Por eso hoy, el Señor, que nos conoce, que sabe que estamos sedientos, nos dice: «Si conocieras el don de Dios». ¿Cuál es ese donde Dios que desconocemos y al que se refiere el Señor? Ese donde Dios no es otro que el Espíritu Santo. Él es el único capaz de llenar por completo nuestro corazón. Él es el agua viva a la que se refiere el Señor. Agua que sacia la sed, «Agua que se convertirá dentro de nosotros en un surtidor que salta hasta la vida eterna».

  Esta agua es signo del Bautismo. Agua viva que tiene el poder de lavar nuestros pecados, de hacer de nosotros criaturas nuevas, de transformar este cuerpo esclavo de mil apetencias humanas, en el cuerpo de un hijo de Dios. Nosotros, como la samaritana, hemos de decirle al Señor: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a buscarla». Ya no buscaré satisfacer mi sed, ya no buscaré la felicidad en las cosas del mundo, porque sé por experiencia que, cuando más intento calmar mi sed con ellas, más grande es la necesidad que tengo de beber y más grande la insatisfacción que me producen. Dame, pues, el agua viva. Dame tu Espíritu para saciar las apetencias de felicidad de mi corazón. Concédeme experimentar tu amor y haz que brote en mi interior esa fuente de agua viva capaz de amar a los demás, tal y como tú me amas a mí.

 

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Gen 12, 1-4ª * 2 Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9 

La Iglesia pone hoy ante nosotros un pasaje del Evangelio de una importancia radical para la vida del hombre. Es tan importante que se repite en los tres ciclos litúrgicos, aunque cada vez lo hace de un evangelista distinto. Es la respuesta a una inquietud que tiene todo hombre al considerar su situación en este mundo.

El evangelio de hoy nos presenta al Señor Jesús transfigurado, mostrando su naturaleza divina oculta bajo la naturaleza humana. Nos hace ver que detrás de la humanidad que vemos a simple vista, hay una realidad que nos desborda por completo. La transfiguración del Señor nos permite ver aquello a lo que está destinado nuestro cuerpo mortal, aquello para lo que hemos sido creados.

No somos seres abocados a la extinción. De ser así, Dios nos habría hecho un flaco favor al crearnos. Nuestra vida sería un absurdo si después de unos años disfrutando de la vida y de todo lo creado, tuviéramos que volver, como los animales, a la nada. Somos criaturas de Dios y estamos por su voluntad llamados a ser elevados a la categoría de hijos de Dios. Las palabras que hoy dice el Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo», se dijeron entonces referidas al Señor Jesús, pero hoy han resonado aquí para cada uno de nosotros.

Tú y yo somos hoy ese hijo amado del Padre en el que Él se complace. Tú y yo, a través de la redención llevada a cabo por el Señor Jesús en su Pascua, hemos sido adoptados por el Padre como hijos, con los mismos derechos que los hijos naturales. Hoy, vivimos esta adopción de manera precaria, porque esa adopción filial descansa en una naturaleza humana débil y herida por el pecado. San Juan en su primera epístola nos dice: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.  Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

San Juan dice que no se ha manifestado lo que seremos. Efectivamente, esta naturaleza mortal de la que estamos revestidos esconde una realidad muy distinta que es la que hoy nos da a conocer el Señor Jesús en su transfiguración. Seremos, ha dicho san Juan, semejantes a él. San Pablo dice también en su primera carta a los Corintios, que seremos transformados. Seremos semejantes a lo que hoy vemos en la figura del Señor Jesús. A esto estamos llamados y para esto hemos sido creados.

Hoy vivimos en esperanza desando que el Señor realice en nosotros esta obra que, por supuesto, ni merecemos ni depende de nuestro esfuerzo. Todo lo contrario, es un don gratuito, un don que se nos regala independientemente de las obras de la ley.

Por nuestra parte, lo único que debemos hacer es ser dóciles y dejarnos modelar por el Señor, como la vasija en manos del alfarero. Hemos de aprender de María y decirle al Padre que estamos de acuerdo con el plan que ha diseñado para nuestra vida. Que se haga en nosotros según su voluntad. Y su voluntad no es otra que la felicidad plena, aquella que nada ni nadie en el mundo nos puede dar.

En esta Cuaresma caminamos hacia la Pascua. Hacia la victoria del señor Jesús sobre la muerte, que con su resurrección transformará también nuestros cuerpos mortales en cuerpos gloriosos, semejantes al suyo.