FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-
«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»
CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4. 6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-17
Celebramos en este domingo la Fiesta del Bautismo del Señor. Concluimos con él, el Tiempo de Navidad y damos comienzo a la vez al tiempo ordinario.
El último acontecimiento de la vida del Señor que conocemos antes de su mayoría de edad, es el pasaje del Niño Perdido en el Templo que nos narra san Lucas en su evangelio. Ese pasaje termina diciendo: «Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres». En ese momento empieza un largo período de tiempo en la vida del Señor Jesús que conocemos como Vida Oculta. Se trata de un tiempo semejante al de cualquier hijo de familia de Nazaret, sin manifestaciones especiales de ninguna clase. José y María preparan al Niño, lo educan, para que sea un miembro consciente del pueblo de Israel. Atienden a sus necesidades físicas y, sobre todo, lo educan en la fe, dándole a conocer a Dios como Padre. Graban en su corazón el Shemá. Asisten los tres cada sábado a los oficios de la sinagoga y se ganan el pan de cada día con su trabajo. María en las labores del hogar, José y Jesús con su oficio de carpinteros.
Cuando Jesús cumple treinta años, Juan se encuentra en el Jordán anunciando un bautismo de conversión. Sin duda, impulsado por el Espíritu, Jesús acude también para ser bautizado. El pasaje nos lo narra hoy san Mateo en su evangelio. Al llegar, Juan, reconoce a Jesús y se resiste a bautizarlo. «Soy yo, le dirá, el que necesito que tú me bautices». Al salir del agua, apenas bautizado, desciende sobre él el Espíritu Santo y se oye la voz del Padre que testifica: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».
Este acontecimiento supondrá para el Señor Jesús el pistoletazo de salida para iniciar la misión que el Padre ha puesto en sus manos. Han sido necesarios treinta años de preparación, treinta años de catecumenado hasta llegar a este momento crucial de la vida del Señor.
Ante el hecho del Bautismo del Señor no podemos quedarnos como meros espectadores. Este acontecimiento nos hace presente nuestro propio bautismo. De la misma forma que el Padre testifica la filiación divina del Señor Jesús, declarando que es su Hijo Amado, también fue en nuestro bautismo donde nos hizo hijos suyos y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo. No escuchamos entonces de una manera física su voz, lo hacemos ahora al proclamarse esta Palabra. Hoy, para ti y para mí a resonado la Palabra del Padre afirmando, como entonces, que somos sus hijos amados y predilectos. Por el bautismo hemos recibido una naturaleza nueva. Por el poder del Espíritu Santo hemos renacido del agua como criaturas nuevas. Es ese mismo Espíritu el que testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.
Ser conscientes de este don gratuito recibido del Padre debe dejarnos anonadados y a la vez movernos a una inmensa gratitud. ¿Cómo es posible, podemos preguntarnos, que el Señor derrame sobre nosotros tanta bendición, hasta el punto de elevarnos de meras criaturas a la condición de ser sus hijos?