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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

«GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * 2Cor 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

Terminado el Tiempo Pascual con la solemnidad de Pentecostés, y antes de continuar con los domingos de tiempo ordinario que interrumpimos al iniciar la Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a nuestro Dios en la figura de la Santísima Trinidad.

Como ya hemos afirmado en otras ocasiones, ni queremos enzarzarnos en consideraciones teológicas, ni esta publicación es el lugar idóneo para hacerlo. Baste con que tengamos en cuenta que nuestro Dios, a través de la historia de la salvación, se ha dado a conocer como Padre-Creador del universo, como Hijo-Redentor del hombre pecador, y como Espíritu Santo-Santificador.

El móvil que ha impulsado a obrar a las tres divinas personas a través de toda la historia, ha sido siempre el mismo: el Amor. No podía ser de otro modo como ya lo atestigua san Juan en su primera epístola: «Dios es Amor», y así ha querido que nosotros lo conozcamos. La esencia de Dios, permítaseme decir una barbaridad, la materia de la que Dios está formado, es el Amor. Este hecho es para nosotros de vital importancia. Afirmar que Dios es Amor, significa borrar de un plumazo toda acción que implique castigo o condenación. A diferencia de lo que ocurre en nuestra vida, en la existencia de Dios no cabe el odio, ni el rencor, ni la revancha. Esos sentimientos son humanos y son totalmente contrarios a la misma esencia del propio Dios. Dios solo puede amar, perdonar y sentir compasión sin medida ni limitación, por cada uno de nosotros. Esto no excluye, desde luego, la posibilidad de la condenación, pero no como castigo divino, sino como elección voluntaria y libre del propio condenado.

Desde que Dios-Padre decidió la creación del hombre, todo lo que la Santísima Trinidad ha hecho a través de la historia, ha girado alrededor de esa criatura que con tanto mimo creó. Primero, le dio el ser creándolo a su imagen y semejanza. Es decir, quiso darle un corazón capaz de experimentar el amor, y a la vez capaz de amar. Como complemento a esa capacidad, le dio la libertad, de manera que no se viera empujado a amar a la fuerza, sino voluntariamente. Aunque la obra de la creación incumbe a toda la Trinidad, la Iglesia atribuye la función creadora al Padre.

Todos conocemos la historia. El hombre, no un ente abstracto, sino tú y yo, utilizando mal el don de la libertad, se aparta de Dios y cae en el pecado. Y aquí aparece otra función de la Trinidad manifestada en el Hijo: la redención. Dios no podía consentir que por nuestra mala cabeza nos viéramos privados de una vida eterna y feliz. Quiso por eso, con la encarnación de la Segunda Persona, restablecer el orden primero, el plan inicial de la creación. Si era el pecado el origen de nuestra desgracia y de la muerte, era necesario cargar con él y destruirlo. Con su encarnación, pasión, muerte y resurrección, el Hijo, asumiendo una naturaleza humana como la tuya y la mía, destruye en su cuerpo al pecado, muere, y en su resurrección nos regala su victoria sobre la Muerte, para que nunca más vivamos sometidos a su esclavitud.

La salvación que el Hijo logró para toda la humanidad, era necesario actualizarla en cada generación. Ésta es la razón por la que el Hijo de Dios, antes de ascender a los cielos, funda su Iglesia. Ella será la encargada de anunciar a los hombres de todos los tiempos, que han sido redimidos y salvados por la sangre derramada por el Hijo de Dios en la Cruz.

Llega ahora la acción santificadora de la Tercera Persona: El Espíritu Santo. Es Él, el motor que mueve con su presencia la vida entera de la Iglesia. Él es el santificador, el defensor, el que está presente en cada una de las acciones que lleva a cabo la Iglesia para cumplir con la misión que le asignó el Señor Jesús. Su presencia es indispensable en toda acción litúrgica. Él derrama su gracia santificadora sobre nosotros a través de cada uno de los sacramentos. Es Él, el que desde nuestro interior da testimonio de que somos hijos de Dios. Con sus dones y con sus frutos enriquece y santifica nuestra vida.

Vemos pues, la presencia continua de la Santísima Trinidad en nuestra vida. Ella nos recrea, nos redime y nos santifica.    

 


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

«VEN ESPÍRITU SANTO Y RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA»

 

CITAS BIBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

El tiempo Pascual culmina hoy con la solemnidad de Pentecostés. El Señor Jesús, cumpliendo la promesa hecha a sus discípulos, envía desde el seno del Padre al Espíritu Santo. Será Él, el encargado de dirigir, guardar y defender, a la Iglesia que el Señor ha fundado.

El Señor Jesús antes de subir al cielo nos dijo: «No os dejaré solos». Hoy cumple esta promesa derramando sobre los discípulos al Consolador, al Paráclito, al Espíritu Santo. Él conocía demasiado las dificultades, las persecuciones y los problemas a los que tenía que hacer frente su Iglesia, y conocía también la debilidad de aquellos en cuyas manos la dejaba. Necesitaban un defensor, y eso es precisamente lo que la palabra paráclito significa. En la antigüedad, cuando se llevaba a un acusado ante el tribunal, podía suceder que de momento apareciera en la sala un personaje, el paráclito, que sin intervenir para nada en la causa, y solo dando una vuelta por la estancia, dejaba patente al tribunal la inocencia del acusado. Ésta es una de las múltiples funciones que el Espíritu Santo lleva acabo en su Iglesia, y también en tu vida y en la mía, como miembros que somos de la Iglesia de Cristo.

La acción de Espíritu santo está siempre presente en la Iglesia y en cada una de nuestras vidas. Reproducimos un fragmento del sermón de san Cirilo de Jerusalén sobre el Espíritu Santo, que reafirma lo que estamos diciendo. Dice S. Cirilo: «El Espíritu Santo se sirve de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste le enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio. El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo… Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien le recibe; luego mediante éste, las de los demás».

La acción del Espíritu Santo está, pues, omnipresente en la vida de la Iglesia y en cada una de nuestras vidas como creyentes. El Espíritu Santo conoce nuestra debilidad a la hora de enfrentarnos a las asechanzas del maligno, dándonos fuerza en los momentos de la lucha. Nos consuela en los sufrimientos que nos acarrea nuestra condición de pecadores. Nos da el discernimiento y la sabiduría necesaria para enfrentarnos a los problemas que nos plantea la vida, ayudándonos a descubrir cuál es la voluntad de Dios en cada caso.

Sin la presencia del Espíritu Santo la Iglesia no podría cumplir su misión de dar a conocer a los hombres el amor de Dios, el perdón de los pecados, y la salvación que Dios Padre nos ha otorgado en la persona de su Hijo Jesucristo. Es significativo que en el evangelio de hoy, junto al don del Espíritu Santo, el Señor otorgue a continuación a sus discípulos el poder de perdonar los pecados. El Señor Jesús les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». ¿Por qué el Señor da prioridad a este poder pudiendo darles otros poderes más llamativos, como por ejemplo el poder de hacer milagros? La razón es obvia. Aunque la gente no lo sabe o no quiere reconocerlo, el origen del mal, de los abusos, de los enfrentamientos fratricidas entre los hombres, de todo tipo de sufrimiento, y por lo tanto también de la muerte, es el pecado.

El Señor Jesús hace partícipe a su Iglesia de un poder que sólo él como Dios posee. La Iglesia destruyendo el pecado elimina de tu vida y de la mía el veneno que nos mata, y, a través del Espíritu Santo, nos otorga el don de hacer presente en la vida de los demás, el amor y la misericordia entrañable que Dios-Padre siente, hacia cada uno de los hombres.  

 


 


DOMINGO VII DE PASCUA -A- ASCENSIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO VII DE PASCUA -A- ASCENSIÓN DEL SEÑOR

«SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS, HASTA EL FIN DEL MUNDO»

 

CITAS BIBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

La misión que el Padre había encomendado al Señor Jesús en este mundo, toca a su fin. Vino para dar cumplimiento a las promesas que Dios había formulado a su pueblo a lo largo de la historia.

El hombre, tú y yo, creado por Dios para participar de la vida eterna y para disfrutar de la felicidad que proporciona vivir en su presencia, cae en el lazo que le tiende el maligno y elige vivir su vida lejos del Creador. Como consecuencia de esta decisión conoce la muerte. Le sucede algo semejante a lo que ocurre con una bombilla que, fabricada para dar luz, se queda totalmente a oscuras si rechaza estar unida a la electricidad.

Ante este panorama, Dios decide, en su inmenso amor hacia el hombre, enviar a su único Hijo revestido de una carne mortal como la tuya y como la mía, para que penetrando en la muerte, lograra destruirla con su resurrección. Al mismo tiempo, con su total entrega, hacía patente que el amor inmenso del Padre hacia su criatura, no había disminuido en lo más mínimo como consecuencia del pecado. Era el hombre el que rechazaba el amor de Dios, pero éste lo seguía amando sin ninguna limitación.

Hoy el Señor Jesús regresa al cielo para sentarse a la derecha de Dios. Sin embargo, sabe que es necesario perpetuar a través de todas la generaciones su obra de salvación. Es necesario que existan a través de los siglos, testigos que den a conocer a todos los hombres el amor de Dios, el perdón de los pecados, y su victoria sobre la muerte.

Por eso, a punto de ascender a los cielos dice a sus discípulos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». San Marcos añadirá en su evangelio: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios».

¿Qué significa y qué importancia tiene para nosotros que el Señor Jesús esté sentado en el cielo a la derecha de Dios? Estar sentado a la derecha de Dios significa estar investido de todo poder. Para nosotros esto tiene una importancia primordial. Aunque por nuestro bautismo vivido conscientemente alcancemos a ser hijos de Dios, nuestra naturaleza humana está dañada por el pecado de origen. No somos impecables. El poder del maligno y la atracción del mundo nos empujan hacia el pecado. Sabemos lo que es bueno y conveniente, pero nos damos cuenta que nos encontramos imposibilitados de llevarlo a la práctica.

Quiero perdonar al que me ofende. Quiero no guardar rencor. Quiero evitar caer en el pecado de la lujuria, quiero no juzgar a mi prójimo, quiero aceptar de buen grado la enfermedad que me mata, etc., y ¿con qué me encuentro? En que quiero y no puedo. Soy débil y caigo. Para estas y otras muchas circunstancias necesitamos la ayuda del Señor. Él es más fuerte que mi egoísmo, más fuerte que mi mal genio, más fuerte que el rencor que siento hacia quien me hace daño, más fuerte que mi dolor, etc. Por eso, está esperando a que, reconociendo nuestra incapacidad de obrar el bien, le invoquemos, le pidamos ayuda, le digamos: Señor, yo no puedo, tú sí. El Padre te ha puesto como Señor de todo lo que a mí me mata y me destruye. ¡Ayúdame!

Hoy en el evangelio nos dice que, no por el hecho de estar en el cielo está lejos de nosotros. Todo lo contrario. Está junto a ti y junto a mí, cumpliendo la promesa que nos hizo antes de su ascensión: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

 


 

 

 

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«SI ME AMÁIS, GUARDARÉIS MIS MANDAMIENTOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21

Con frecuencia no tenemos un concepto claro de lo que significa amar. Confundimos el amor con el afecto o incluso con la mera atracción sexual. De esta forma de pensar, la responsable, las más de las veces, es la caja tonta que con sus novelas, folletines y crónica social, nos catequiza diariamente sin tener necesidad de salir de casa.

El verdadero amor implica negación. Por amor a otra persona yo soy capaz de renunciar a lo que me gusta. Soy capaz de negarme a mí mismo en favor de la persona amada. Cuando de verdad amamos no hacemos lo que a nosotros nos agrada, sino que procuramos hacer lo que le agrada a la persona que amamos. El que ama de verdad es capaz de entregar su propia vida por aquella persona a la que ama.

Hoy el Señor, que conoce perfectamente lo que es el verdadero amor, nos dice al principio del evangelio: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Significa esto, que la mejor manera que tenemos de demostrar al Señor que lo amamos, es procurar hacer su voluntad, renunciando a lo que a nosotros nos gustaría hacer. ¿Por qué dice esto el Señor? Sencillamente, porque nos ama y desea para nosotros lo mejor.

Quizá no acabemos de entender esto, si nosotros consideramos los mandamientos como cargas y obligaciones insoportables. Sin embargo, no es así. El Señor viene en nuestra ayuda con esas Palabras de Vida, sencillamente porque a través de ellas se ilumina el camino de nuestras vidas, a fin de que no nos perdamos. Nuestro conocimiento de la vida es limitado. Por culpa del pecado buscamos la felicidad, por ejemplo, dando culto a nuestro cuerpo y siguiendo los dictados del mundo. El demonio, como a Eva, nos seduce mostrándonos un fruto hermoso y apetecible, pero que lleva en su interior el aguijón de la muerte.

Hay que advertir que el Señor no dice, quien cumpla mis mandamientos, sino que en vez de cumplir, dice guardar. Cumplir y guardar no es lo mismo. El cumplimiento hace referencia al esfuerzo, y el esfuerzo en este caso es inútil. Por eso el Señor Jesús nos invita a guardar sus mandamientos en el corazón, reconociendo en ellos la verdad y estando dispuestos a que por su fuerza, por la fuerza del Señor, lleguen a ser una realidad en nuestra vida.

Como el Señor conoce nuestra inferioridad de condición en la lucha contra el mundo, nos promete un Defensor, el Espíritu de la verdad. El mundo es incapaz de recibirlo, porque no lo conoce. Nosotros, sin embargo, lo conocemos porque por la gracia del bautismo vive en nosotros y está con nosotros.

En la última parte del evangelio el Señor vuelve a referirse a su inminente partida. Sabe la gran tristeza que esto provoca en sus discípulos, por eso, para animarlos les dice: «No os dejaré desamparados, volveré». La partida del Señor está cerca, es inmediata, pero no definitiva. «Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo». ¿Dónde veremos al Señor? Lo veremos en los hermanos. Lo veremos en las obras que realizarán y que son totalmente imposibles de llevar a cabo sin la presencia del Señor. Cada vez que se hace presente en nuestra vida y en la de los que nos rodean el verdadero amor, se hace presente el Señor. El mundo está ciego ante esta clase amor y lo desconoce. No lo entiende.

El Señor al final del evangelio vuelve a insistir en la idea que ha expresado al principio: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él». Ciertamente, tenemos la experiencia de no poder guardar los mandamientos del Señor, con nuestro esfuerzo. Pero eso no ha de preocuparnos demasiado. El Señor conoce nuestra debilidad y la facilidad con la que caemos en el pecado. Por eso, es bueno recordar sus palabras: «No os dejaré desamparados, volveré». Con Él a nuestro lado y con la presencia del Espíritu Defensor, nada nos será imposible.

 

 

DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA -A-

«YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6, 1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12

Encontramos al Señor con sus discípulos en la noche de la Última Cena. Sabe que su partida es inminente y se da cuenta de que los suyos sospechan algo que no acaban de comprender, por eso les dice: «No perdáis la calma». Luego, les habla claro de su partida. Se va a la casa del Padre en donde les preparará un lugar.  A continuación, para animarles, les dice: «Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo».

Tomás, intrigado, le dice: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?» La respuesta que el Señor da es fundamental para ellos y lo sigue siendo para cada uno de nosotros. Le dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí…».

Hemos dicho en diversas ocasiones que cuando nacemos iniciamos un camino que nos ha de conducir a la vida eterna. Somos seres creados para la eternidad. El fin último de nuestra existencia es, pues, el encuentro con el Padre. Por eso hoy el Señor nos da a conocer que Él mismo, es el camino que nos ha de conducir al Padre y por tanto a la vida eterna. «Nadie va al Padre sino por mí», dirá.

Cristo no es solo para nosotros el camino, es también la verdad y la vida. «En él, dirá san Pablo en los Hechos de los Apóstoles, vivimos nos movemos y existimos». Esa es la única verdad. Esa es la razón última de nuestra existencia. El hombre, tú y yo, nada es separado de Cristo. Siendo Cristo la vida, nosotros, vivimos en tanto en cuanto estamos unidos a Él. Si nos apartamos de Él, lo único que encontramos es la muerte.

Todo esto que acabamos de exponer no son solo teorías. Son realidades que podemos constatar al contemplar cómo vive las personas separadas de Dios. La gente está desquiciada y pide la vida a los ídolos muertos del mundo. Pide la vida al dinero que la esclaviza haciendo que nunca se sacie y volviéndola egoísta y avara. Da culto al cuerpo que acaba envejeciendo a pesar de los esfuerzos que se hacen para evitarlo. Busca el placer en el sexo que acaba produciéndole hastío. Se refugia en la afectividad pidiendo a los demás que le quieran, sin darse cuenta que todos exigen lo mismo para cada uno, etc. Podemos preguntarnos ¿se asemejan estas circunstancias con algo que se parezca a la vida? ¿No son todo situaciones que conducen a la muerte? Esta es nuestra realidad, aunque intentemos ignorarla.

El domingo pasado el Señor nos decía: «Yo soy la puerta de las ovejas. Quien entra por mí se salvará». Hoy nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida». Si, pues, queremos encontrar la vida, si queremos hallar la felicidad, no podemos elegir otro camino. No hay otra puerta que se abra hacia la vida. Somos el rebaño del Señor que camina delante de nosotros para llevarnos a pastos frescos y fuentes tranquilas. Él, es el único que nos defiende del enemigo y está dispuesto a dar su vida por cada uno de nosotros. Podemos preguntarnos ¿a cambio de qué? ¿Qué nos exige? Absolutamente nada. Solo desea que seamos dóciles y que sigamos sus pasos. San Juan de la Cruz dirá: “Para ir adonde no sabes has de ir por donde no sabes”. Por eso si no quieres perderte, si quieres encontrar el camino de la vida que desconoces, si quieres encontrarte con el Padre, no tienes más remedio que seguir las huellas de tu Pastor.

No seamos como Felipe, que después de haber convivido con el Señor durante tres años, todavía le pide: «Muéstranos al Padre». No es consciente de que si Cristo se ha encarnado, lo ha hecho precisamente para hacernos accesible el rostro del Padre. «Quien me ha visto a mí, dirá el Señor, ha visto al Padre».

 


DOMINGO IV PASCUA -A-

DOMINGO IV PASCUA  -A-

«YO SOY LA PUERTA: QUIEN ENTRE POR MÍ SE SALVARÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10

En este cuarto domingo de Pascua la Iglesia nos presenta la figura del Buen Pastor. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé, Dios-Padre, gusta mostrarse a su pueblo como el pastor que cuida de su rebaño. Isaías dirá al respecto: «Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas». El mismo pueblo de Israel se considera así mismo como el rebaño que Dios cuida con cariño. Así lo manifiesta, por ejemplo, en los salmos 23 y 80. En el primero el salmista dice: «El Señor es mi pastor, nada me falta» y en el segundo vemos que se dirige al Señor diciendo: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño…».

Podemos preguntarnos ¿por qué Dios elige la figura del pastor para poner de manifiesto la relación que mantiene con su pueblo? Porque en su origen, el pueblo de Israel es un pueblo de pastores, y precisamente por esto, conoce de primera mano hasta qué punto el pastor siente cariño por cada una de sus ovejas. Cómo las conoce por su nombre, está al corriente de sus gustos y de sus caprichos, y está dispuesto a arriesgar su vida por cada una de ellas. El Señor quiere significar que, el mismo amor, la misma pasión que el pastor siente por cada oveja de su rebaño, lo siente Él por cada uno de sus hijos.

En los evangelios también el Señor Jesús, hablando a sus discípulos, gusta mostrarse como el Buen Pastor, que cuida y defiende a su rebaño, estando dispuesto, incluso, a dar su vida por las ovejas.

En el evangelio de hoy encontramos una variante. En vez de presentarse como el Buen Pastor, el Señor Jesús prefiere mostrarse como la puerta del aprisco por el que necesariamente han de pasar las ovejas. Por la puerta es por donde cada mañana entra el pastor, para llamar una a una a sus ovejas y llevarlas hacia buenos pastos y fuentes tranquilas. A aquellos que entran por la puerta, las ovejas los siguen porque conocen su voz. No sucede lo mismo con los ladrones y bandidos, que saltan por otras partes con objeto de arrebatar al rebaño. A esos las ovejas no los conocen y huyen de ellos.

El Señor nos dice hoy: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon». De esta manera nos pone en alerta para saber a quién debemos seguir. Hoy, como entonces, son muchos los falsos profetas, que nos muestran caminos que llevan según ellos a la felicidad. Son los profetas del mundo que muestran al dinero, al poder, a la fama, al sexo, el consumismo, etc., como medios para lograr la felicidad. Utilizan para embaucar a las gentes los medios de comunicación, en particular la televisión. Somos nosotros mismos los que actuando de una forma un tanto irreflexiva, les abrimos las puertas de nuestros hogares.

Hoy en día son raros los programas, series o películas, en las que sin levantar demasiado polvo, se nos adoctrina sobre la familia y en particular sobre las conductas sexuales. Ya no nos llama la atención y aceptamos como normal las distintas formas de familia que se nos ofrecen: tradicional, gay, lésbica, etc. No hablemos ya de los divorcios y las rupturas matrimoniales o del aborto. La continua catequesis de la televisión ha adormecido nuestras conciencias, y al final todo nos parece aceptable y correcto. Estos son los falsos profetas de hoy que no utilizan la puerta (Cristo), para entrar en el aprisco. El Señor, hoy, nos alerta de su presencia.

Es necesario, pues, estar vigilantes para que no nos pasen gato por liebre. Es necesario cuidar a nuestros hijos evitando la influencia de estos falsos profetas, que tienen la mirada puesta en los adolescentes y en los jóvenes, porque saben que ellos serán los ciudadanos del mañana. Recordemos finalmente las palabras del Señor: «Quien entra por mí se salvará…» Fuera de Él no hay salvación.

 

LA ALEGRÍA PASCUAL

LA ALEGRÍA PASCUAL

«NO TEMÁIS. SOY YO»  

 

Si nos fijamos en los pasajes de Evangelio en que se narra el encuentro del Señor Resucitado con sus discípulos, descubriremos que existe un denominador común. Al asombro lógico que provoca el encuentro, se une la alegría por ver de nuevo al Señor.

El Señor ha vuelto del sepulcro y está vivo y resucitado. Como dirá a sus discípulos en la primera aparición en la tarde del domingo, no se trata de un fantasma. No es un espíritu, es un hombre de carne y hueso. Esta realidad provoca en ellos un gozo reverente. La alegría de volverle a ver, hace que los acontecimientos de dolor y sufrimiento que acaban de vivir pasen a un segundo plano.

Para nosotros, que hemos acompañado al Señor en su Pasión y hemos celebrado en la Vigilia Pascual su victoria sobre la muerte, tener la certeza de que está vivo y resucitado, ha de cambiar por completo nuestra actitud ante la vida. La resurrección del Señor devuelve el sentido último a nuestra existencia. Saber que de nuevo están abiertas para nosotros las puertas del cielo, que tenemos un Padre que nos ama y que nada malo quiere para nosotros, es razón más que suficiente para que nuestra vida sea una continua fiesta.

Antes, detrás del pecado estaba la muerte, pero esa muerte ha sido vencida por el SeñorJesús. Por eso, ahora, detrás de nuestros pecados, de nuestras flaquezas, lo que encontramos es el perdón y la misericordia de Dios, que nos ama por encima y a pesar de nuestras infidelidades. Dirá san Pablo: «Si Dios es quien justifica ¿quién condenará?»

Cristiano es aquel que no pierde la paz, a pesar de las dificultades y problemas que tiene que afrontar cada día. Vive en la alegría de saberse salvado, y acepta de buen grado aquellos acontecimientos que el mundo considera negativos, porque tiene la certeza de que en su vida todo sucede para bien.

Esta alegría, esta forma de vivir diferente, es la que nos regala la Pascua. Cristo vive resucitado entre nosotros. Su victoria sobre la muerte es nuestra victoria. Lo que para nosotros era imposible, nos lo ha regalado Él cargando con nuestros pecados, librándonos de la esclavitud de la muerte y haciéndonos partícipes de su resurrección. 

DOMINGO III DE PASCUA -A-

DOMINGO III DE PASCUA  -A-

«QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 2, 14. 22-23 * 1Pe 1, 17-21 * Lc 24, 13-35

El pasaje del evangelio de san Lucas que hoy propone la Iglesia a nuestra consideración, se desarrolla el domingo de Resurrección por la tarde. Dos discípulos del Señor se dirigen desde Jerusalén a una pequeña aldea llamada Emaús. Caminan preocupados y apesadumbrados, mientras comentan todo lo que acaban de vivir en los últimos días durante la Pascua. Han sido acontecimientos muy desagradables. Aquel en quien habían puesto su esperanza como libertador de Israel, ha sido ajusticiado clavado en una cruz. Sin embargo se interrogan acerca de una información que les ha llegado a través de las mujeres del grupo. Afirman haberlo visto resucitado, pero ellos no saben muy bien a qué atenerse.

El Señor Jesús se acerca y se pone a caminar junto a ellos, aunque ellos no lo reconocen. Se interesa por la conversación que mantienen y aprovecha la ocasión para demostrarles, partiendo de las Escrituras, que todo lo sucedido a Jesús de Nazaret, estaba ya anunciado por los profetas. Ellos escuchan con atención y llegados a una posada, cuando él hace intención de seguir, le retienen diciendo: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída».

El Señor acepta la invitación, entra en la posada y se sienta a la mesa con ellos. Toma pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo entrega. En ese momento los dos discípulos lo reconocen, pero él desaparece. Ellos conmocionados comentan: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y levantándose emprenden el camino de regreso a Jerusalén para hacer partícipes a los demás discípulos, de aquel encuentro que en el camino han tenido con el Señor Resucitado.

 Son varias las enseñanzas que nos proporciona este pasaje. En primer lugar nos da la certeza de que en el camino de nuestra vida, el Señor Jesús, que está vivo y resucitado, camina junto a nosotros. Él sabe que nuestra felicidad radica en descubrir que no estamos solos, que Él está cercano y dispuesto a echarnos una mano en tantos y tantos problemas que nos agobian. No solo actúa en nuestra vida cuando nosotros lo invocamos. En el pasaje de los discípulos de Emaús, es Él el que sale a su encuentro, es Él el que se deja encontrar.

Lo que sucede es que con frecuencia nuestros ojos no son capaces de descubrirlo. Nos pasa como a aquellos dos discípulos. El Señor se acerca a nosotros en la persona de ese mendigo que, cuando pasas delante de él te alarga la mano para que le ayudes. En esa persona anciana, o enferma, tu vecina o tu familiar, que te busca para contarte sus cuitas, sus problemas, sus enfermedades, sus recuerdos. Lo que busca en el fondo es que llenes un poco su soledad. El Señor te busca cuando tu hija, tu hijo o tu mujer, esperan un poquito de compresión por tu parte o una palabra de ánimo, ante sus errores, sus caídas o sus fracasos. ¿Sabemos descubrir en cada uno de ellos la figura del Señor?

Otra cosa importante de este pasaje es comprobar, cómo al Señor lo podemos descubrir en las Escrituras, en la predicación y sobre todo en la Eucaristía, en la Fracción del Pan. A través de estas presencias reales nos llegará su ayuda para afrontar todos los acontecimientos, favorables o adversos de nuestra vida.

Finalmente, es importante hacer nuestra la oración de estos dos discípulos: «Quédate con nosotros, le dicen, porque atardece y el día va de caída». También para muchos de nosotros atardece en nuestra vida y el día va de caída, por eso es necesario experimentar a nuestro lado la presencia del Señor, para que nos fortalezca, y para que sea su amor el que nos dé fuerzas para vivir.