Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO VIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VIII DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«BUSCAD PRIMERO EL REINO DE DIOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 49, 14-15 * 1Cor 4, 1-5 * Mt 6, 24-34 

También el evangelio de hoy pertenece al Sermón del Monte. Recordemos que en este discurso, el Señor nos muestra lo que es un cristiano y por lo tanto lo que Él desea para cada uno de nosotros que queremos ser sus discípulos.

Empieza el evangelio con una frase lapidaria, una frase que no tiene vuelta de hoja: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo». ¿Por qué nos dice esto el Señor? Sencillamente, porque nos conoce. Sabe que en nuestra vida tiene más importancia el dinero que el mismo Dios. Aunque hemos repetido en el catecismo aquello del primer mandamiento, “amar al Señor sobre todas las cosas”, lo cierto es que creemos que dominamos el dinero, pero es el dinero el que nos esclaviza. Por el dinero el hombre es capaz de robar, de matar, de romper una familia, de extorsionar, etc. En el fondo de todo enfrentamiento ya sea a nivel familiar, nacional o internacional, se encuentra el dinero. Él es el origen de las guerras y de todas las injusticias que se cometen en el mundo. Por eso el Señor continúa diciendo: «No podéis servir a Dios y al dinero».

¿Cuál es nuestra reacción ante esta verdad? Los cimientos de nuestra vida se tambalean. Lo primero que se nos ocurre decir es, ¿cómo es posible esto? ¿Cómo me voy a desprender del dinero si lo necesito para vivir? ¿Qué comeré? ¿Con qué me vestiré? La razón de esta zozobra, de esta actitud, tenemos que buscarla en nuestra falta fe. Pensamos que el Dios en el que creemos es un Dios que está en el cielo, pero nosotros vivimos aquí en la tierra y aquí es donde hemos de procurarnos el alimento y el vestido.

Esta reacción la conoce el Señor perfectamente, por eso nos dice: «No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni en el cuerpo pensando con qué os vais a vestir».  Y a continuación nos invita a fijarnos en la naturaleza, en los pájaros y en las flores. ¿Quién los alimenta? ¿Quién las viste con tan bellos colores? Si Dios se preocupa de ellos y los atiende, «No valéis vosotros más que ellos? ¿No hará mucho más con vosotros, gente de poca fe?».

Permíteme que te pregunte, ¿estás convencido de verdad de que Dios es tu padre, o esta frase es solo algo que has aprendido y que no acabas de creer? Aquí está de verdad la razón de tus dudas y preocupaciones. ¿Crees de verdad que Dios es tu padre? ¡Puede un padre no preocuparse de sus hijos para darles alimento y vestido? Lo que ocurre es que como no te fías de tu Padre del cielo, procuras asegurarte la vida a base de acumular dinero en la tierra. Te pasa como a aquel niño del ejemplo que ponía un buen amigo, que ya está en el cielo. Decía, que nos sucede como al niño de una familia rica que por temor a que su padre en algún momento no le diera de comer, iba guardándose mendrugos de pan.

Parece absurdo ¿no? Pues ese somos tú y yo cuando dudando del amor inmenso de nuestro Padre y del cuidado especial que tiene con todos sus hijos, ponemos nuestra seguridad en el dinero, sin tener en cuenta que con el dinero ni se compra la felicidad, ni se evita la enfermedad, ni se logra la paz interior. Por el dinero y los bienes materiales se afana la gente del mundo. ¿Qué diferencia hay entre ellos y nosotros? Malgastamos nuestras energías por un pan que no sacia, y por un agua que no apaga la sed. Por eso es necesario tener presentes las últimas palabras del Señor: «Vuestro Padre del cielo sabe que tenéis necesidad de todo eso. Vosotros buscad el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura».

DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS Y HACED EL BIEN A LOS QUE OS ABORRECEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 19, 1-2.17-18 * 1Cor 3, 16-23 * Mt 5, 38-48

El evangelio de hoy nos sitúa ante lo que es el centro neurálgico de la Buena Noticia, aquella que ha venido a traernos el Señor Jesús, que continúa desarrollando su doctrina en el Sermón de las Bienaventuranzas. Nos referimos concretamente al amor y perdón al enemigo.

Empieza diciendo: «Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia… ». Quizá, este precepto de la antigua ley lo enfoquemos de una manera equivocada. Para los tiempos en que fue establecido, no era precisamente una revancha lo que proponía. Dios, en su sabiduría, puso un límite a la respuesta que podía salir de nosotros, ante una ofensa o un agravio,  ya que existía el peligro de que en nuestro furor, si te habían sacado un ojo, tú, sacaras los dos a tu adversario. Hoy, el Señor, dirigiéndose a sus discípulos es tajante cuando afirma: «Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas».

No es preciso que nos esforcemos demasiado para comprobar que, con frecuencia, estamos muy lejos de hacer realidad lo que el Señor nos pide. ¿Quién es capaz de soportar sin defenderse un insulto o una agresión, y mucho menos, si la razón está de nuestra parte? Recuerda que el Señor, siendo inocente, soportó por ti y por mí, insultos y salivazos.

El Señor sigue diciendo: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian». Hemos afirmado al principio que nos encontramos en el corazón del Evangelio, y así es. No existe ninguna religión en el mundo con un precepto semejante a éste. El amor al enemigo es fundamental en el cristianismo. Si no se da en una persona, podemos afirmar que,  aunque dé limosnas a raudales y haga multitud de obras en favor de los más necesitados, no se trata de un cristiano. Será una buena persona, un filántropo, pero nunca un discípulo de Jesucristo.

Nos podemos preguntar ¿por qué esto es así? Sencillamente, porque la misión a la que como cristianos estamos llamados, es la de hacer presente a Dios en la sociedad. Yo te pregunto, ¿qué es lo que Dios ha hecho contigo y conmigo? ¿Ha tomado en cuenta nuestras infidelidades y nuestros muchos pecados? Ciertamente, no. A ti y a mí, que somos sus enemigos, que con nuestros pecados hemos crucificado a su Hijo una y otra vez, nos ha respondido con el amor de un Padre que perdona y que no solo perdona, sino que olvida por completo nuestras malas acciones.

El Señor Jesús viene por tanto a decirnos, amad y perdonad sin límites, porque así, «seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos». No le demos más vueltas. Los que nos rodean conocerán a través de nosotros el amor de Dios, si tú y yo, amamos y perdonamos como el Padre hace cada día con nosotros.

¿Cuál ha de ser nuestra respuesta? Decir que sí, aunque sabemos de antemano que somos incapaces de hacer lo que el Señor nos pide. Entonces, ¿qué? Si el Señor pone en nuestras manos esta tarea y nosotros aceptamos, sin duda, recibiremos de lo alto la fuerza necesaria. No serás tú, ni seré yo, será el Espíritu Santo el que obrará en nosotros, para que lleguemos a ser perfectos, como perfecto es nuestro Padre del cielo. 

 

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY Y LOS PROFETAS:

HE VENIDO A DARLES PLENITUD»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 15, 15-20 * 1Cor 2, 6-10 * Mt 5, 17-37

Decíamos la semana pasada que en el Sermón del Monte o delas Bienaventuranzas, podíamos contemplar el perfil o la foto de lo que es un cristiano. Hoy el Señor Jesús continúa mostrándonos la forma de actuar de uno de sus discípulos, comparándola a lo que indicaba la Antigua Alianza.

  Contra lo que pudieran pensar los que le escuchan afirma: «No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud a darle cumplimiento». ¿Cómo podemos entender esto? Muchos creyentes piensan que los mandamientos son una serie de normas que debemos cumplir para alcanzar la salvación. Sin embargo, comprobamos que nosotros no podemos de ningún modo cumplirlos. Los mandamientos son palabras de vida que nos muestran el camino de la auténtica felicidad. Lo que ocurre es que cuando pretendemos vivir como ellos nos señalan, nos damos cuenta que para nosotros es imposible cumplirlos. Por eso dirá san Pablo en la carta a los Gálatas, que la ley está puesta para denunciar los delitos hasta la llegada el Mesías. Está puesta, pues, para que nos veamos pecadores y sintamos la necesidad de un Salvador. Ahora se entienden las palabras del Señor. Él no ha venido a abolir la ley, sino a cumplirla y a dárnosla cumplida a todos nosotros. Tú y yo, unidos a Jesucristo podemos vivir según lo que nos enseñan estas Palabras de Vida.

  La forma de vida que nos propone el Señor, es mucho más exigente que la que nos planteaban los mandamientos. Así, no es suficiente no matar, sino que hay que excluir de la vida por completo el insulto o el rencor hacia el hermano. De manera que dice el Señor: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas  tu ofrenda». Significa esto que para el Señor Jesús es mucho más importante pedir perdón al hermano y reconciliarte con él, que cualquier cosa que podamos ofrecer sobre el altar.

  Más adelante nos dice: «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón». O sea, que para ser adúltero no es necesario unirse físicamente a una mujer, el mero hecho de verla y desearla, ya nos convierte en adúlteros. Trata más tarde un tema de palpitante actualidad en la sociedad en que vivimos. Dice: «También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio».

  Podemos comprobar que si la antigua ley era imposible cumplirla, la que en el Sermón del Monte nos propone el Señor Jesús lo es mucho más. No está a nuestro alcance llevar a la práctica con nuestro esfuerzo lo que nos pide el Señor. Es totalmente imposible para el hombre. Sin embargo reconocemos que Él tiene razón. Que vivir tal y como nos propone sería lo ideal. Entonces, ¿Por qué sucede esto? Pues, sencillamente porque en el substrato, en la base de todos estos preceptos, se encuentra el amor. El que ama es capaz de perdonar y de no tomar en cuenta las ofensas. El que ama respeta a la mujer y no ve solo en ella un objeto de placer. El que ama es capaz de perdonar y de procurar para el marido o la mujer, aquello que le hace feliz. El que ama no se busca a sí mismo sino que busca la felicidad del otro o de la otra.

  El Señor ha dicho al principio que ha venido a cumplir la ley hasta en la última letra. Lo ha hecho para que la ley no se convierta para nosotros en condenación. Él ha hecho por ti y por mí lo que nosotros no podemos hacer, y nos lo entrega cumplido en su cuerpo. Nosotros, con Él, lo podemos todo.  

 

 

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA. VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 58, 7-10 * 1Cor 2, 1-5 * Mt 5, 13-16

Hacemos referencia muchas veces en estos comentarios, a la misión que cada uno tenemos como discípulos de Cristo. Sabemos que, aunque la redención ya tuvo lugar en el tiempo y la llevó a cabo el Señor Jesús, es voluntad de Dios-Padre que en cada generación se haga presente y se actualice esta salvación. Es imprescindible que para todos aquellos que no lo conocimos físicamente, llegue la salvación que el Señor ganó para toda la humanidad, al entregar su sangre en la Cruz.

Hemos visto en anteriores evangelios, que una de las primeras acciones que el Señor llevó a cabo, fue la elección de sus discípulos. Hoy también el Señor pasa por la orilla de nuestras vidas, y va llamándonos como a Pedro y Andrés, o a Santiago y Juan, para que le sigamos. Él necesita tu boca, para que proclames sus maravillas. Necesita también tus brazos y tus pies y  el esfuerzo de todo tu ser, para vayas en busca de la oveja perdida, la misma que él cargó sobre sus hombros.

Por si tienes alguna duda de tu misión, hoy, en el evangelio, nos lo explica con todo detalle. Nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?... Vosotros sois la luz del mundo…» Quizá te preguntes: ¿Qué significa ser sal, o qué significa ser luz?

La sal la añadimos en una pequeña cantidad a todos nuestros guisos, para que cada uno de los elementos que hemos colocado en la paella o en la olla, adquiera su sabor particular, y que a la vez todo el conjunto esté sabroso.

Cuando Dios desaparece, la vida del hombre pierde por completo su sentido, se vuelve insípida, no encuentra su razón de ser. La vida del hombre sin Dios se asemeja a la vida de los animales. Los perros callejeros andan de contenedor en contenedor, buscando entre las basuras de qué alimentarse. Su vida carece de trascendencia. Van de aquí para allá sin demasiados alicientes. Solo les guía el instinto de supervivencia. La vida del hombre sin Dios, se limita como la de los animales a nacer, crecer, reproducirse y morir. Ese hombre, esa sociedad en la que Dios ha desaparecido, necesita ser salada. El hombre necesita recuperar la razón de su existencia, la razón que explique la finalidad por la que se encuentra en el mundo. Esa razón, ese sentido último de la vida, solo se recupera cuando Dios aparece de nuevo en la vida. Y esa es precisamente la misión del cristiano. Salar a la sociedad, haciendo que de nuevo aparezca Dios como principio y fin de la vida.

La Biblia, en su primer libro, el Génesis, dice que sobre la faz del abismo estaba la tiniebla, la oscuridad. Es la presencia de Dios la que ilumina el mundo. Dios es luz, dirá san Juan, en Él no hay tiniebla alguna. También en el evangelio dice Jesús: Yo soy la luz. Consecuencia de esto es que cuando el hombre da la espalda a Dios, queda inmerso en las tinieblas. Por este motivo, Jesús, que conoce la oscuridad en la que vive el mundo, nos llama a ser la luz del mundo. «Vosotros sois la luz del mundo», nos dice. Y somos la luz, para que puestos sobre el candelero, iluminemos los caminos del mundo para que el hombre no tropiece y caiga.

¿Cómo salar o iluminar? te preguntas. Al final del evangelio de hoy el Señor Jesús nos dice, qué hacer, cómo obrar, para salar e iluminar a los que están a nuestro alrededor. Tú y yo somos pecadores y por tanto, somos impotentes a la hora de obrar el bien. Los que nos rodean conocen nuestros defectos, nuestro carácter egoísta, nuestros vicios y pecados, de manera que si en un momento dado, somos capaces de amar, de perdonar sinceramente, de ser solidarios con los pobres y con los que sufren, su extrañeza será enorme y deducirán que no lo hacemos con nuestro esfuerzo. ¿Cómo es posible, dirán, si yo conozco a ese más que su madre? Entonces dice el Señor: «Viendo vuestras buenas obras, glorificarán a vuestro Padre del Cielo» Así se sala y se ilumina. Haciendo de nuevo presente en la vida del hombre a Dios.

 

 

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sof 2, 3;3, 12-13 * 1Cor 1, 26-31 * Mt 5, 1-12a

San Mateo nos dice hoy en su evangelio que una gran multitud seguía al Señor. Lo hacían porque creían ver en él a un profeta, y por porque estaban expectantes ante la llegada del Mesías.

 El pueblo de Israel se encontraba bajo el dominio de los romanos, y anhelaba la llegada del Mesías esperando de él la liberación de la opresión romana y la vuelta de la nación al esplendor y poderío de antaño. Sin embargo, la misión que trae el Señor Jesús es radicalmente opuesta. Él viene a romper una esclavitud diferente, la del pecado y de la muerte, y a devolver al hombre  la amistad con Dios.

Hoy lo vemos sobre la montaña, como hace muchos siglos vimos a Moisés sobre el Sinaí. En aquella ocasión Dios hizo una alianza con el pueblo, mostrándoles a través de las diez palabras de vida, cuál era el camino de la felicidad y la plenitud. Hoy, el Señor Jesús, en el Sermón del Monte, hace con nosotros una Nueva Alianza, que sellará posteriormente con su sangre, mostrando a sus discípulos y al pueblo, quiénes en este mundo son verdaderamente felices y dichosos.

Se trata de una doctrina radicalmente contraria a la que preconiza el mundo. El mundo menosprecia a los pobres y se jacta de los débiles, mientras que el Señor afirma que de ellos es el Reino de los Cielos. El mundo rechaza de plano todo sufrimiento, mientras que el Señor dice de los sufridos que son los que van a heredar la tierra. Proclama también dichosos a los que ahora lloran, porque luego serán consolados.

El mundo es inclemente e inflexible con los que se equivocan, por el contrario el Señor Jesús se muestra misericordioso con ellos, y proclama que aquel que se muestre misericordioso, hallará también para él misericordia.

El egoísmo del mundo y de los hombres, hace imposible la paz. Todos buscan dominar sobre los otros, ocupar los primeros puestos, enriquecerse sin tener en cuenta los intereses de los demás. Esta actitud del hombre es la que provoca guerras, contiendas, injusticias y abusos de todas clases. Por eso el Señor declara bienaventurados, dichosos, a aquellos que trabajan y se esfuerzan para procurar la paz, porque ellos, dice, serán llamados hijos de Dios.

El mundo, finalmente, no tolera la verdad, y persiguió hasta la muerte a Aquel que se definió así mismo «como la Verdad y la Vida». Por eso aquel que defiende la verdad y la justicia también es objeto de persecución.

La justicia del Señor es totalmente distinta a la que aplica el mundo. Por la justicia del mundo el que la hace la paga, mientras que para el Señor, la justicia consiste en hacer justos a los que no lo son. A ti y a mí, que si no fuera por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, no tendríamos salvación. El mundo no entiende de perdón. Para el mundo, perdonar es signo de debilidad y los débiles no tienen cabida en él. El discípulo de Cristo es aquel que es capaz de perdonar, porque también él, ha experimentado el perdón.

Como ya habremos observado, los caminos del Señor son, como dice Isaías, totalmente distintos a los nuestros. El Señor, en el Sermón del Monte nos ha mostrado el retrato de lo que es un cristiano, un hijo de Dios. El único que ha cumplido totalmente este sermón es el propio Jesús. Para nosotros es imposible cumplirlo por más que nos esforcemos, sin embargo, está a nuestro alcance cuando nuestra vida está unida a la del Señor. Es su Espíritu el que habitando dentro de nosotros, lo lleva a total cumplimiento.

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 8, 23b-9,3 * 1Cor 1, 10-13.17 * Mt 4, 12-23

Decíamos la semana pasada que con el bautismo del Señor, y el posterior testimonio de Juan al señalarlo como al Hijo de Dios, y como al cordero que quita el pecado del mundo, la misión del Bautista llega a su término. Ciertamente, él solo es el precursor, el que ha recibido el encargo de preparar el camino al Mesías.

Hoy el evangelista nos lo muestra encarcelado por haber sido testigo de la verdad, al denunciar a Herodes por haberse unido ilícitamente a la mujer de su hermano. Por esta circunstancia el Señor abandona Nazaret y se dirige a Cafarnaúm, en donde fijará su residencia. Allí empieza su predicación invitando a la conversión, ante la inminente llegada del Reino de cielos. Dice: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos».

San Mateo nos cuenta que paseando el Señor por la orilla del lago, ve a dos hermanos, a Simón llamado Pedro y a Andrés su hermano, que está echando el copo en el lago. Se acerca y les dice: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres». Ellos, lo dejan todo e inmediatamente le siguen. Un poco más adelante ve a otros dos hermanos, a Santiago y a Juan, que están en la barca con su padre. Los llama y ellos dejando la barca a su padre le siguen de inmediato. De este modo, san Mateo nos cuenta cómo el Señor va llamando a aquellos que ha elegido como discípulos, y a la vez  como colaboradores en su obra evangelizadora. Desde ese momento el Señor Jesús se dedica a recorrer toda Galilea, anunciando en sus sinagogas la llegada del Reino, y curando a enfermos y poseídos del diablo.

La Buena Noticia del Reino, que el Señor anunció a aquella generación, ha de continuar llegando a todas las generaciones, también a la nuestra. Sin embargo, hoy no está junto a nosotros de una manera física el Señor, pero sigue estando en medio del mundo resucitado, aunque nuestros ojos no sean capaces de verle.

Por esto, hoy, como ayer, el Señor sigue llamando a sus colaboradores, a aquellos que van a ser sus manos, su boca y su corazón. Hoy el Señor pasa como lo hizo entonces por la orilla del lago, diciéndonos: «Sígueme». Te lo dice a ti y me lo dice a mí. A nosotros que nos consideramos discípulos suyos. De nuestra respuesta depende que aquellos que están junto a nosotros, nuestros familiares, nuestros amigos y conocidos o nuestros compañeros de trabajo, lleguen a conocerle.

Debemos estar agradecidos al Señor por tenernos en su Iglesia. Pero no nos equivoquemos, no nos ha llamado a la Iglesia para que nos salvemos de una manera individual. Esa salvación ya la consiguió para todos el Señor Jesús en la Cruz. Nos concede estar en la Iglesia, porque es la voluntad del Padre «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». ¿Pero cómo llegarán a ese conocimiento si no hay testigos que hagan presente a todos, su amor, su misericordia y el perdón de los pecados?

No pensemos que esa llamada va dirigida solo a los presbíteros, religiosos o a la gente consagrada. Va dirigida a todos los que nos llamamos creyentes. El Señor ya tiene dispuesto a quiénes llegará la buena noticia a través de ti y de mí, y sería imperdonable que por nuestra desidia o abandono, esas personas, por nuestra culpa, no llegaran a conocerle.

Quizá te preguntes ¿cómo puedo llevar a la práctica esta misión? No son necesarias muchas palabras. No se trata de predicar. Lo importante son las obras. Ama, perdona, se comprensivo con el que se equivoca. Ayuda al débil. Ponte junto al que sufre y sé su consuelo. Si estás dispuesto a hacerlo, el Señor te ayudará. Él es el primer interesado en que la gente a través de ti, llegue a conocerlo.

 

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 49,3.5-6 * 1Cor 1, 1-3 * Jn 1, 29-34

En el evangelio de hoy san Juan nos muestra a Juan bautista dando testimonio del Señor, al verlo llegar que adonde él se encuentra. Lo hace delante de sus discípulos y afirma: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Juan afirma también: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que va a bautizar con Espíritu Santo”. Yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

La misión de Juan termina aquí. Él solo ha sido enviado a preparar el camino al Mesías. Ahora, cumplido este cometido, y después de haber dado testimonio de Jesús mostrándolo a sus discípulos, llega el momento de que se cumpla aquello que afirma en otro lugar: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».

La noticia que nos da Juan al presentar a Jesús como al «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», es la gran noticia. Es la noticia esperada por todas las generaciones. El hombre, desde Adán, ha preferido vivir su vida al margen de Dios, y el resultado ha sido nefasto. El pecado y la muerte se han enseñoreado del mundo, y como consecuencia el hombre se ha vuelto enemigo del hombre. El plan de amor que Dios había diseñado para el hombre y la mujer, ha quedado por completo destruido. Como consecuencia han parecido el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Así mismo, el egoísmo ha venido a ocupar en el corazón del hombre el lugar que ocupaba el amor. Esta circunstancia ha dado origen a las guerras, a los abusos y a toda clase de injusticias.

Juan nos anuncia la llegada de Aquel que viene a restaurar el orden primero. De Aquel que es capaz de arrancar el egoísmo del corazón humano, y de hacer que de nuevo resida en él el amor. Es el único que tiene poder para perdonar los pecados, poder para sacarnos de la muerte y devolvernos la mistad con Dios.

Si nos fijamos en la sociedad de hoy observaremos que el hombre, de nuevo, vuelve a dar la espalda a Dios. El hombre, como Adán, ambiciona otra vez ser el dios de su vida. Por orgullo no admite que nadie le indique lo que ha de hacer y mucho menos que se le corrija. Con su inteligencia y su razón le basta. Los frutos de esta actitud están patentes: conflictos armados en varios lugares del mundo, millones de desplazados sin recursos que no hallan quien los acoja, violencia, abusos y maltratos a niños, mujeres y ancianos, y un largo etcétera. Cuando Dios desaparece de la vida del hombre, éste se embrutece y solo ve su propio interés.

La sociedad de hoy tiene necesidad de un nuevo Juan el Bautista que le muestre el camino de la salvación. Un profeta que no tenga miedo en afirmar que Dios no tiene la culpa de que haya tanto mal en el mundo, porque el origen de las guerras, los abusos y las injusticias, no hay que buscarlo en Dios, sino en el egoísmo del hombre, en su pecado. Dios nos ama y nos deja libres, somos nosotros los que utilizamos mal esa libertad.

¿Dónde encontraremos ese nuevo Juan el Bautista? Ese profeta que muestre a los que le rodean al único que es capaz de perdonar los pecados, somos tú y yo. Nosotros, los que nos llamamos discípulos de Cristo, hemos recibido de Dios-Padre la misma misión que en otro tiempo se le encomendó a Juan. Mostrar a los que nos rodean al único capaz de perdonar sin pedir explicaciones. Al único que ama al hombre tal como es, sin exigirle que cambie. Somos tú y yo los que hemos de ser testigos de que el único que puede salvar al hombre de este desmadre y de esta vorágine de pecado, es el Señor Jesús, que por amor a todos cargo sobre sí todos los pecados del mundo, a fin de que nos viéramos libres de la muerte.  

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR  -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-17

Con este domingo cerramos el tiempo litúrgico de Navidad, y a la vez damos comienzo al tiempo ordinario. Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo del Señor.

La  Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se ha encarnado tomando una naturaleza como la tuya y como la mía, con una misión concreta que el Padre le ha encomendado: cargar con nuestros pecados que son los que nos producen la muerte, y hacernos a la vez partícipes de su naturaleza divina. Tú y yo, haciendo caso a la voz del maligno, hemos roto el plan que Dios-Padre había diseñado para nosotros, y que no era otro que ser eternamente felices unidos a Él, experimentando su amor en nuestro corazón, y pudiendo a la vez amarle libremente con todo nuestro ser.

Durante el tiempo de Navidad, con el nacimiento del Niño-Dios, hemos sido testigos de cómo el Padre daba comienzo a su plan de salvación para nosotros. Hemos contemplado a un niño indefenso naciendo en un humilde portal y teniendo como cuna un pobre pesebre. Se hubiera podido manifestar de otro modo llamando más  la atención, pero no, ha decidido hacerlo con mesura, para respetar nuestra libertad.

Los evangelios, después de estos pasajes de la Navidad, ya es muy poco lo que narran de la vida del Señor. Solo sabemos que José, cuando el ángel le comunica que puede regresar desde Egipto a Israel, decide establecerse con su familia en Nazaret, pequeña ciudad de Galilea. También nos cuentan que, siguiendo las normas establecidas por la ley, José, con María y el Niño, visitan todos los años el templo de Jerusalén durante las fiestas de Pascua. Transcurren, pues, cerca de treinta años sin que tengamos noticias de la Sagrada familia.

Treinta años en los que Jesús, el hijo del carpintero, vivirá sumiso y obediente a sus padres, como un vecino más de Nazaret. Crecerá, pasando por todos los estadios del desarrollo humano, con todos los problemas que se presentan en cada uno: infancia, pubertad, adolescencia, juventud y finalmente madurez. Su padre, José, junto con María, su madre, será el encargado de educarle enseñándole a amar a Dios sobre todas las cosas y dándole a conocer a través de las Escrituras la Ley, y la historia de Israel, del Pueblo de Dios.

Hoy, encontramos a Jesús con una edad cercana a los treinta años. Consciente de que ha llegado la hora de iniciar su misión se dirige al Jordán, donde Juan, su primo, está anunciando la inminente venida del Mesías, y prepara su llegada administrando un bautismo de conversión.

Al acercarse Jesús, Juan se resiste a bautizarlo diciendo: «Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» Jesús insiste, y apenas bautizado y fuera del agua, se abre el cielo y el Espíritu de Dios baja sobre él como una paloma, a la vez que se oye una voz del cielo que dice: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Hoy es un día muy especial para nosotros. El bautismo del Señor nos hace presente nuestro propio Bautismo. Por el fuimos agregados a la Iglesia y en nuestra familia, nuestros padres, tuvieron la misma misión que José. Educarnos en la fe, haciéndonos conocer  y amar a nuestro Padre del Cielo.

Hoy sabemos que la voz del Padre cuando ha dicho «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto», ha resonado para cada uno de nosotros que, unidos al Señor Jesús, le tenemos también por Padre. Es un don inmenso saber que en ti y en mí, pecadores e infieles, el Señor se complace. Su amor y su misericordia cubren por completo todas nuestras faltas. Él nos ve perfectos. Nos ama con locura y solo quiere para nosotros la felicidad y la vida.