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DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO ES UN DIOS DE MUERTOS SINO DE VIVOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Mac 7, 1-2.9-14 * 2Tes 2, 16—3,5 * Lc 20, 27-38

La cuestión que aborda el evangelio de este domingo es tan importante, que de ella depende la misma existencia del cristianismo. Nos estamos refiriendo al hecho mismo de la resurrección de los muertos y de la existencia de la vida eterna.

Entre los diferentes grupos de tipo religioso existentes en Israel en tiempos de Jesús, destaca, junto a los fariseos, el de los saduceos. A este grupo pertenecían judíos de la clase alta, formada sobre todo por miembros de la casta sacerdotal.

Los saduceos, como afirma san Lucas en el evangelio, niegan la resurrección de los muertos. Esta circunstancia hace que estén enfrentados con los fariseos, que sí creen en ella.

Hoy, con el fin de poner al Señor en un aprieto, le plantean el caso de los siete hermanos que casaron uno tras otro con la misma mujer, sin que llegara a darles descendencia. Ellos se preguntan, si la mujer estuvo casada con los siete, en la resurrección, ¿de quién de ellos será esposa?

El Señor, después de afirmar que la vida de los resucitados en el cielo no tiene nada que ver con la nuestra, recurre a la Escritura, de la que ellos son grandes estudiosos, para demostrarles su error. Cita el pasaje en el Éxodo de la zarza ardiente, en el que el Señor se da a conocer a Moisés, diciendo: «Yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, añade el Señor, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Hemos afirmado al principio de que en el hecho de la resurrección del Señor y de nuestra propia resurrección, se sustenta totalmente el cristianismo, de manera que, si esa resurrección no existe, podemos decir con san Pablo: «Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe: estáis todavía en vuestros pecados… y los que durmieron en Cristo también perecieron… somos los más dignos de compasión de todos los hombres». A continuación, sin embargo, el mismo Pablo se reafirma en la certeza de la resurrección diciendo: «¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron».

Yo ahora, te pregunto: ¿Crees, ciertamente, que Cristo ha resucitado y que existe una vida eterna que Dios ha preparado para todos nosotros? No te extrañe la pregunta. Lamentablemente encontramos entre nuestros conocidos, a muchos de ellos que, a pesar de que acuden a misa, no tienen demasiado claro el tema de la resurrección y de la vida eterna. Lo comprobamos, cuando, al encontrarse en un acontecimiento de muerte de un familiar o de un conocido, y al darles ánimo recordándoles la existencia de la vida eterna, tuercen el ceño e incluso llegan a decir: si, si, pero, ¿quién sabe?

Yo, hoy, te puedo decir, sino existe la resurrección y la vida eterna somos unos necios abocados a la nada, a los que les sería mejor decir aquello que dice el profeta Isaías: «¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!» ¿Para qué vives? ¿De qué te sirve esta vida? Al negar la resurrección y la vida eterna, haces que tu vida sea semejante a la de cualquier animal irracional. Nacer, crecer, reproducirse y morir. Volver a la nada de donde fuiste sacado. Negar la resurrección y la vida eterna, es negar la misma existencia de Dios. Y si Dios no existe, el hombre, tú y yo, somos un auténtico absurdo.

Sin embargo, esto no es así. El mundo no es un absurdo, y de la misma manera que la existencia de Dios es indiscutible, lo es también que Él nos ha creado para una vida eterna y feliz. Para eso se encarnó el Hijo de Dios y sufrió su Pasión, para que al resucitar tuviéramos nosotros la certeza de nuestra propia resurrección libres del pecado y de la muerte. Tenemos nuestro origen en el cielo y hacia él peregrinamos, para disfrutar junto al Señor, a la Virgen y todos los santos, muchos conocidos nuestros, de una vida eterna y feliz.


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HOY HA SIDO LA SALVACIÓN DE ESTA CASA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 11, 22—12, 2 * 2Tes 1,11—2,2 * Lc 19, 1-10

San Lucas nos narra en el evangelio de hoy el pasaje de Zaqueo, que puede ayudarnos mucho porque una vez más pone de manifiesto el amor de Dios hacia el pecador. Es importante escucharlo con un corazón sencillo sin defendernos ante la Palabra. No defendernos ante la Palabra significa aceptarla teniendo presente nuestra condición de pecadores.

San Lucas sitúa al Señor Jesús entrando en la ciudad de Jericó. Hay una multitud que se agolpa para verlo pasar. Entre toda la gente que desea verlo se encuentra un hombre llamado Zaqueo. Su baja estatura le impide ver a Jesús, por eso, se le ocurre encaramarse a una higuera para desde lo alto poder contemplar al Señor. Cual no sería su sorpresa, al comprobar que Jesús se detiene ante él para decirle: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Esta indicación del Señor no tendría más importancia si Zaqueo fuera una persona corriente. Pero no, Zaqueo es jefe de publicanos y rico.

Ya hablamos la semana pasada sobre quiénes eran los publicanos. Gente aborrecida por el pueblo porque no solo cobraban los impuestos para Roma, sino que se enriquecían a costa de los demás. Y Zaqueo, no solo es publicano, sino jefe de publicanos. De ahí que la decisión del Señor causara el correspondiente escándalo entre la gente, que murmuraba diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Ya sentados a la mesa, Zaqueo, puesto en pie, dice al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Ante estas palabras de Zaqueo el Señor responde: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Para nosotros, esta palabra lleva implícito un mensaje de salvación. A través de ella el Señor Jesús ha pasado por nuestra vida y nos ha dicho: «Hoy tengo que alojarme en tu casa». Del mismo modo que a Zaqueo, que sabe que es un gran pecador, te lo ha dicho a ti y me lo ha dicho a mí. No importa que no lo merezcamos. No importan nuestros pecados, sean cuales fueren. El Señor quiere entrar en nuestro corazón, quiere entrar en nuestra casa para darnos su salvación.

La reacción de Zaqueo es muy importante. Tocado por el amor de Dios, ha experimentado también el amor hacia sus semejantes. El amor que el Señor le ha manifestado, ha llenado de tal manera su ser, que ya no le importan sus riquezas. Tiene el corazón totalmente satisfecho. Comprobamos de este modo, cómo ha cambiado su vida, y cómo cambiará la nuestra ante un encuentro con el Señor.

Hay una frase del Señor dirigida a Zaqueo, que hoy puede resonar para cada uno de nosotros: «Hoy, ha sido la salvación de esta casa». También hoy el Señor nos visita con esta palabra. Trae para nosotros la salvación, como la trajo para Zaqueo. Una salvación, que no solo hace referencia a la salvación final, sino que habla de la salvación de cada día, porque, lo mismo que Zaqueo, también nosotros necesitamos encontrarnos cada día con el Señor, porque cada día nos enfrentamos a problemas, tentaciones y sufrimientos, que no somos capaces de afrontar y que solo con su ayuda podremos llegar a resolver.

No tengamos miedo de contemplar nuestra vida llena de infidelidades y pecados, porque, como dice el evangelio, «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». 

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¡OH DIOS!, TEN COMPASIÓN DE ESTE PECADOR» 

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 35, 12-14. 16-19ª * 2Tim 4, 6-8.16-19ª * Lc 18, 9-14

No hace muchos domingos los discípulos pedían al Señor que les enseñase a orar. Lo hizo dándoles a conocer la oración del Padrenuestro. Durante las últimas semanas han sido varios los evangelios que han tratado de la oración. El Señor, mediante parábolas, nos ha ido adoctrinando sobre la forma en que debemos orar. La semana pasada nos decía que había que orar con insistencia, con machaconería, diríamos nosotros. También vimos la importancia de que en el momento de orar tengamos la certeza de que el Señor puede ayudarnos en aquello que le pedimos, o sea que nuestra oración ha de ser hecha con fe y con confianza.

En la parábola del evangelio de hoy, el Señor nos habla de la actitud con la que debemos acercarnos a la oración. Por eso nos pone la parábola del publicano y el fariseo, que son los dos protagonistas que aparecen en la narración. Por una parte, aparece el fariseo. Aprovechamos la ocasión para aclarar que los fariseos, en contra de lo que pensamos en muchas ocasiones, no eran malas personas, sino que eran devotos que hacían del cumplimiento de la Ley el objetivo de su vida.

El otro protagonista es el publicano. ¿Quiénes eran los publicanos? Unas personas para las que, en opinión del pueblo, no había salvación. ¿Por qué podéis preguntaros? Porque su trabajo consistía en recaudar los impuestos que Roma, la opresora, cargaba sobre los hombros de los judíos. Y no solo eso, sino que, como contaban con la protección de los romanos, al cobrar los impuestos los aumentaban considerablemente en beneficio propio. Resumiendo, eran ladrones que se dedicaban a robar a su propio pueblo para enriquecerse. No es de extrañar que fueran personas odiadas y aborrecidas por todos.

En la parábola, aparece el fariseo plantado en medio del templo presentando su oración al Señor, dándole gracias y enumerando todos sus méritos. Él, no es como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como el miserable publicano que se encuentra en la puerta. Ayuna dos veces por semana y paga todos sus diezmos. Queremos aclarar, que nada de lo que dice el fariseo es falso. Es cierto que cumple con todo lo que está diciendo.

Por otro lado, a la puerta del templo, sin atreverse a entrar, se halla el publicano postrado en el suelo, dándose golpes de pecho y repitiendo una y otra vez: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

El Señor Jesús termina la parábola diciendo: «Os digo que éste, el publicano, bajó a su casa justificado y aquel, el fariseo, no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». Se cumple, así, lo que dice el salmo: «Dios mira de lejos al soberbio y se complace en el humilde».

Dios no soporta al soberbio porque en su vida no cabe la misericordia. Es exigente con los demás y la dureza de su corazón le impide experimentar el amor y la gratuidad de los dones de Dios. No quiere deber nada a nadie. Quiere salvarse mediante su esfuerzo. Para estas personas, la salvación que nos ha otorgado el Señor en la Cruz, no sirve para nada.

No ocurre lo mismo con el publicano, que, reconociendo su miseria, su pecado y su pobreza delante del Señor, hace que el corazón de Dios se derrita como la manteca, porque es un corazón en el que no cabe ni el odio ni el reproche, solo cabe el amor y la misericordia.

Ésta ha de ser nuestra actitud en la oración, la del publicano. Humillémonos ante el Señor y no tengamos miedo de reconocer nuestra inutilidad y nuestro pecado. Hagamos nuestra su oración: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HAZME JUSTICIA CONTRA MI ADVERSARIO»

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 17, 8-13 * 2Tim 3, 14—4,2 * Lc 18, 1-8  

Hemos hablado en otras ocasiones de la importancia de la oración y de cómo ésta hay que hacerla sin desanimarse. Hoy, el Señor Jesús, insiste en esta condición que ha de tener la oración.

Nos presenta a una viuda a la que un desalmado ha despojado de sus bienes, y también a un juez injusto que no tiene para nada temor de Dios. La viuda recurre a él y le dice de una manera harto insistente: «Hazme justicia frente a mi adversario», pero la respuesta del juez se hace esperar. Sin embargo, la viuda, que necesita recuperar sus bienes para no morir de hambre, acosa al juez cada vez que lo ve. No lo deja ni a sol ni a sombra.

Harto el juez de tanta molesta insistencia, piensa para sí mismo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».

El Señor concluye la parábola diciendo: «Fijaos lo que dice el juez injusto: pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?... os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

En varias ocasiones en el evangelio el Señor nos dice: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos». Quizá os preguntéis ¿a qué viene ahora citar este pasaje? Muy sencillo, los niños reúnen dos de las condiciones necesarias para entrar en el Reino de Dios. Por una parte, son crédulos. Es decir, todo lo que les dice su padre es dogma de fe. De manera que están dispuestos a defender a puñetazos lo que les ha dicho el padre. Por otra parte, cuando desean algo, en algún mercadillo o en una feria, se vuelven insistentes hasta el punto de casi romper los nervios al padre. Una y otra vez, repiten como un disco rayado: cómprame esto o lo otro, y lo bueno es, que casi siempre se salen con la suya.

Los adultos, necesitamos ese mismo espíritu. Por una parte, no cuestionar en modo alguno aquello que el Señor nos dice a través de su Palabra. Es decir, no pasarlo por la razón como tantas veces hacemos. Por otra parte, y nos lo muestra el Señor en la parábola de hoy, ser insistentes en la oración hasta el extremo. Es decir, darle la lata al Señor una y otra vez.

La viuda, al dirigirse al juez insiste diciendo: «Hazme justicia frente a mi adversario». Esa frase necesitamos incorporarla a nuestra oración. Nuestro adversario, el maligno, es muchísimo más fuerte y más inteligente que nosotros. Como enemigo de Dios, su misión es conseguir que nos apartemos de Él, para hacernos, incluso, dudar de su amor. Poco podemos hacer nosotros en una lucha tan desigual, pero sí que lo podemos todo con un aliado como Dios. En vez de entrar en diálogo con el demonio, porque tenemos las de perder, hagamos como la viuda. Digámosle al Señor con insistencia: «Hazme justicia frente a mi adversario».

El pasaje termina con una frase del Señor que debe hacernos reflexionar un poco: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». El Señor está dispuesto a ayudarnos, a hacernos justicia de nuestro adversario, pero nunca lo hará a la fuerza. Respetará siempre nuestra libertad. ¿Seremos capaces nosotros de insistir las veces que haga falta como la viuda? ¿Tendremos la fe suficiente para estar convencidos de que nuestra oración insistente dará resultado? Dejemos, pues, de lado nuestra razón y no pretendamos interpretar la obra del Señor. Recordemos que lo que hace el Señor, no siempre se acomoda a lo que dice nuestra razón.


EL DIOS DEL A.T. Y EL DIOS DEL N.T.

EL DIOS DEL A.T. Y EL DIOS DEL N.T.

EL DIOS DEL ANTIGUO Y EL DIOS DEL NUEVO TESTAMENTO

 

Comenzaremos diciendo que se puede considerar herético afirmar que el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo, no sean el mismo Dios. Sin embargo, lo que sí es cierto es que la pedagogía que el Señor utiliza con el hombre, antes de Jesucristo y después de él, es completamente distinta.

Durante muchos siglos la Iglesia, en la predicación de sus ministros, ha hecho hincapié insistiendo en los castigos y correctivos que Yahvé-Dios aplicaba a su Pueblo. Se nos ha mostrado un Dios exigente, que como dice el Éxodo, «castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación».

Con esta predicación y con la exigencia del cumplimiento de la Ley, se ha cargado sobre los hombros de los fieles una carga insoportable, y se ha conseguido que en la relación hombre-Dios, prevaleciera el miedo en detrimento del amor y la misericordia.

Podemos preguntarnos por qué ha sucedido esto. En la historia de salvación que, desde el pecado de Adán hasta la Pascua del Señor Jesús, ha llevado a cabo Dios-Padre, podemos comprobar que ha habido dos épocas radicalmente distintas, que coinciden con los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo.

Cuando Dios elige a Abraham para sacar de él un gran pueblo del que nazca el Salvador, la materia prima, o sea los miembros de ese pueblo, provienen de la gentilidad y son, como Abraham politeístas, acostumbrados a los sacrificios, incluso humanos, y a las ofrendas de todo tipo a la divinidad.

El Señor va educando a ese pueblo mostrándoles a través de los patriarcas la forma de vida que le agrada. Sin embargo, no será hasta Moisés que les dé la Ley para que les sirva de foco de luz que ilumine su sendero.

Si hasta Moisés se presenta como un Dios más grande que los demás dioses, será a partir de la promulgación de la Ley, cuando se presente como el Dios Único. Mostrará al Pueblo cuál es el culto que le agrada, tomando como punto de partida las costumbres cultuales de los pueblos que ellos conocen, rechazando de plano los sacrificios humanos, pero no los que tienen como víctimas a los animales.

El cumplimiento de la Ley será para el pueblo su objetivo primordial. Sin embargo, serán muchas las ocasiones en las que el pueblo será infiel a la Alianza que Dios ha sellado con él en el Sinaí, dejándose arrastrar por las costumbres de los pueblos paganos que les rodean.

Ante estas transgresiones el Señor responderá corrigiendo a su Pueblo con diferentes castigos. Es Él mismo el que nos dice en el libro de los Proverbios: «El Señor a quien ama reprende, como un padre al hijo en quien se deleita.». Como vemos este castigo o corrección es fruto del amor de Dios, porque lo que pretende es educar convenientemente al hijo.

El Señor irá purificando la religión del pueblo, haciendo que vayan desapareciendo elementos del culto de manera que, por ejemplo, con el destierro de Babilonia, el pueblo deberá aprender a dar culto a Dios lejos del templo de Jerusalén y lo hará en espíritu y verdad.

Los correctivos que Dios aplica al Pueblo, en muchas ocasiones nos pueden parecer hasta excesivos, como por ejemplo lo que hizo a Datán y Abiram, los hijos de Eliab, hijo de Rubén, cuando la tierra abrió su boca y los tragó a ellos, a sus familias, a sus tiendas y a todo ser viviente que los seguía, en medio de todo Israel.

También nos pueden parecer extrañas en boca de Dios, las expresiones de castigo que a través de los profetas hace llegar a su pueblo infiel. Sin embargo, no debemos olvidar que el Señor con estas actuaciones está educando a su pueblo. Lo está preparando para la venida del Mesías. En este tiempo, Israel vive en la economía de la Ley, por lo tanto, a pesar de la misericordia de Dios, lo importante es que el pueblo intente cumplir la ley comprobando a la vez, la imposibilidad de hacerlo.

«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva».

Cristo con su Pasión, Muerte y resurrección, cierra el período de la economía de la Ley y abre para toda la humanidad el período de la economía de la gracia. Significa esto que la salvación deja de estar ligada al cumplimiento de la Ley. San Pablo lo expresa claramente en su carta a los Gálatas: «Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado». San Pablo no puede ser más radical. La Ley no tiene ningún poder salvífico. En la carta a los Romanos insiste de nuevo diciendo: «Nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado».

Cuando el Señor promulga la Ley en el Sinaí, da al hombre, mediante ella, conocimiento de pecado. Antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. San pablo nos dice: «La ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».

A nosotros, por puro don y sin merecimiento alguno, nos ha tocado vivir, no bajo la ley, sino en la economía de la gracia. Por eso, el rostro de Dios que nos ha mostrado el Señor Jesús, es radicalmente distinto al rostro que observamos en el Dios del Antiguo Testamento. No se trata de dioses distintos, pero sí de dos maneras distintas de actuar del Señor en la historia. El objetivo que quiere alcanzar en el Antiguo Testamento es el de educar al pueblo, quiere conseguir que sea un pueblo bien dispuesto para recibir al Mesías. Por eso, dándole la ley, le da al mismo tiempo conocimiento de pecado; pecado que quedará borrado por completo en la Cruz del Señor Jesús.

Ahora podemos preguntarnos, a nosotros que vivimos en el Nuevo Testamento, ¿de qué nos sirve el Antiguo Testamento? El Antiguo Testamento contiene la Historia de Salvación que el Señor ha llevado a cabo con su pueblo, para que, al llegar a la plenitud de los tiempos, se hiciera presente en el mundo el Salvador que Dios había dispuesto desde los comienzos para el hombre. Todos los acontecimientos que tienen lugar en el Antiguo Testamento, son figura del presente, como dice la carta a los Hebreos. Esto quiere decir que lo que a ti y a mí nos sucede en la vida, queda iluminado por los acontecimientos que el pueblo vivió en el Antiguo Testamento. También quiere decir que no podemos vivir nuestra vida a espaldas de aquel período de la historia de salvación. Pero que también sería absurdo continuar viviendo anclados en aquel tiempo. El tiempo de la ley ha sido superado con creces por el tiempo de la gracia.

Por desgracia, abundan los fieles y también miembros de la Jerarquía, que viven anclados en el Antiguo Testamento. Les sucede algo parecido a lo que le sucedió al segundo hijo de la Parábola del Hijo Prodigo. No son capaces de disfrutar de los dones que nos ha ganado el Señor Jesús con su Pasión Muerte y Resurrección. Viven constreñidos por el peso de la ley con el convencimiento de que tienen que ganarse la salvación con sus puños. En sus vidas es más importante la ley que la misericordia. No entienden aquella frase del Señor: «Misericordia quiero que no sacrificios».

El Apóstol nos dice que «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Por eso, la salvación que Dios-Padre nos ha otorgado en su Hijo Jesucristo es universal. No hace distinción ni de raza, ni de sexo, ni de condición humana alguna. Tampoco está subordinada al cumplimiento de ninguna ley. Solo tiene una limitación, y es la de que el Señor no salva a nadie a la fuerza, sino que respeta escrupulosamente el don de la libertad que él nos ha otorgado. Solo un mal uso de nuestra libertad puede excluirnos de la salvación que el Padre ha dispuesto para todos nosotros. De manera que cuando una persona rechaza conscientemente la salvación y se condena, hace fracasar el plan de Dios, porque todos hemos sido creados para la vida. El Señor dice por boca de Ezequiel: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del impío y no en que se aparte de sus caminos y viva?». Y en el libro de la Sabiduría leemos: «Que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes».

Es hora, pues, de abandonar el corsé de la ley para entrar en la dimensión nueva que supone la misericordia infinita de Dios. Si continuamos aferrados a la ley, hacemos vano el sacrificio de Cristo en la Cruz. Así lo expresa san pablo en su carta a los Gálatas: «No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano».

Seríamos necios si después de que Cristo nos ha obtenido la salvación, independientemente del cumplimiento de la ley, continuáramos aferrados a ella. La ley solo me ayuda a ver mi impotencia para cumplirla, dejando a la vista mis pecados. De ahí que san Pablo exclame: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí».  

No podemos continuar viviendo en la Antigua Alianza que tenía por eje a la ley. Somos beneficiarios de la Nueva Alianza, aquella que el Padre ha sellado en la Cruz del Señor Jesús. Así lo tenía dispuesto desde antiguo cuando decía por el profeta: «concertaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una nueva Alianza…» y la carta a los hebreos añade: «Al decir nueva, declaró anticuada la primera; y lo anticuado y viejo está a punto de cesar». San Pablo en su segunda carta a los Corintios reafirmando esto nos dirá: «Lo viejo ha pasado y una nueva realidad está presente».

El Señor, refiriéndose a esta Nueva Alianza nos dice: «Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.  Y no habrá de instruir cada cual a su conciudadano… diciendo: «¡Conoce al Señor!», pues todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque me apiadaré de sus iniquidades y de sus pecados no me acordaré ya».

Con estas frases el Señor anuncia el fin de la economía de la ley, y abre la puerta a la economía de la gracia y de la misericordia.

No seamos ciegos como el hermano mayor del Hijo Pródigo, que no sabe disfrutar de los bienes de su casa, aferrándonos al cumplimiento de la ley, para obtener una salvación, que nuestro Padre-Dios ya nos ha otorgado en la Cruz del Señor Jesús.

Rechacemos todo temor y dejémonos envolver por la misericordia de nuestro Padre que, diríamos usando una expresión humana, es mucho más feliz cuando nos ve a nosotros, sus hijos, felices.

Íbamos a decir por suerte, pero en este caso no es la suerte sino la acción del Espíritu Santo, la que ha hecho que el Papa Francisco, desde su elección, haya tenido en su predicación como leitmotiv, el anuncio de la misericordia de Dios Padre para con todos los hombres. 

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«JESÚS, MAESTRO, TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 5, 14-17 * 2Tim 2, 8-13 * Lc 17, 11-19

En el evangelio de este domingo, san Lucas nos narra la curación de diez leprosos llevada a cabo por el Señor Jesús.

En tiempos de Jesús la lepra era una enfermedad bastante frecuente. La vemos aparecer en distintos pasajes de los evangelios. La lepra era una enfermedad terrible que no tenía cura. Los que estaban afectados por ella, veían como su cuerpo se llenaba de pústulas y la carne caía a pedazos. El leproso para el pueblo era como un maldito, que debía abandonar su casa y a los suyos para ir a vivir lejos de la población. Si andaba por algún camino tenía la obligación de hacer sonar una campanilla y gritar, ¡impuro, impuro!

Esta era la situación de los diez leprosos que aparecen en el evangelio y que de lejos gritan al Señor: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros». Jesús les dice: «Id a presentaros a los sacerdotes». Les habla así, porque en la Ley de Moisés estaba establecido que, si alguno curaba de la lepra, debía presentarse al sacerdote para que testificara su curación.

San Lucas continúa diciendo: «Y mientras iban de camino quedaron limpios». De los diez, solo uno regresó de inmediato donde Jesús, para dar gloria a Dios por su curación.

En la tradición de la Iglesia se considera como lepra al pecado. Si somos sinceros, reconoceremos que también nosotros somos pecadores, aunque muchas veces intentemos ocultarlo. Llevamos el pecado encima como una segunda piel, y tenemos la experiencia de que con solo nuestro esfuerzo es muy difícil librarnos de él.

Los diez leprosos están convencidos de dos cosas. La primera, que son leprosos, y la segunda, que hay uno que puede librarles de la lepra: el Señor Jesús. Persuadidos de esto, y resueltos a verse libres de la enfermedad, ¿qué hacen? Gritan, es decir, piden, rezan y son escuchados.

Es muy fácil de aplicar este evangelio a nuestra vida, si desde el principio estamos convencidos de nuestros pecados. Si nos vemos pecadores reconoceremos que el pecado nos cubre como la lepra cubría a aquellos diez enfermos. Ellos no podían librarse de la enfermedad. También nosotros, a pesar de nuestros esfuerzos, reconocemos que, con facilidad, caemos en el juicio, en la crítica, en la presunción, en la masturbación, etc., a pesar de los buenos propósitos que hacemos cada vez. Se trata de algo superior a nuestras fuerzas. Si esto es así, ya tenemos la primera parte. La segunda nos la muestran los leprosos: reconocer que hay uno con poder de limpiar la lepra, con poder de perdonar los pecados. Está a nuestro alcance decir: “Señor, ya lo ves. Soy un desastre. Una y otra vez caigo en los mismos pecados. Ten misericordia de mí”. Te aseguro que, si lo haces así, recibirás la ayuda que necesitas.

Nosotros vamos a fijarnos en otro detalle, ¿cuándo los leprosos se ven libres de la enfermedad? «Mientras iban de camino quedaron limpios», dice el evangelio. En la Iglesia, también nosotros vamos de camino. Y es en el camino de la vida, en el día a día, donde experimentaremos la acción salvadora del Señor Jesús, porque Él, está a nuestro lado, camina con nosotros.

Finalmente, notemos que solo uno de los leprosos regresa agradecido dando gloria a Dios, es un samaritano, un extranjero. Quiere esto decir que, si te ves libre del pecado, de tu vicio, de tu mala inclinación, no te lo apuntes como un éxito personal, no ocultes que ha sido la misericordia y el amor de Dios el que te ha liberado. No tengas miedo de decir a los tuyos que el Señor se ha compadecido de ti, ha sido bueno contigo y te ha salvado.


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«SEÑOR, AUMÉNTANOS LA FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hab 1, 2-3;2, 2-4 * 2Tim 1, 6-8.13-14*Lc 17, 5-10

Estamos atravesando tiempos difíciles en lo que respecta a la vida de fe. La mayoría de la gente que vive a nuestro alrededor, incluyendo alguno de nuestros familiares, aunque están bautizados viven de espaldas a Dios y a su Iglesia. Hace tiempo que en la sociedad se constata una auténtica crisis de fe.

Entre otros motivos para que se dé esta crisis encontramos dos muy importantes. En primer lugar, los adelantos científicos que están dando respuestas a situaciones a las que antes no se encontraba solución, hacen que desaparezca el sentido de lo sobrenatural. En segundo lugar, la forma de vivir de los que nos llamamos católicos, la mayoría de las veces, no es nada atractiva para los que no creen. Vivimos nuestra fe en un estadio infantil, aunque nos cuesta reconocerlo.

Nuestra vida, quizás, podríamos compararla a de los Apóstoles que hoy se acercan al Señor para decirle: «Auméntanos la fe». Ellos son testigos de cuántas veces el Señor a aquellos que le pedían ayuda les ha dicho: «Tu fe te ha salvado». Necesitan tener también esa fe, como lo necesitamos nosotros. La respuesta del Señor no puede ser más clara: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería». Hasta ese punto estaban ellos, y también nosotros, equivocados y necesitados de la fe.

Ahora nosotros podemos preguntarnos, ¿qué tenemos que hacer para que nuestra fe crezca? La fe es un don, un regalo de Dios, por lo tanto, no puede adquirirse a base de esfuerzo. San Pablo, en su Carta a los Romanos, nos dice que «la fe viene de la predicación, y la predicación, de la Palabra de Cristo». Significa esto que no se obtiene la fe a través de largas oraciones y sacrificios, sino que nuestra fe crecerá si abrimos el oído a la Palabra, y si la escuchamos como salida de los labios del Señor. De ahí la importancia del encargo del Señor cuando envía a los discípulos anunciar a todo el mundo la Buena Noticia diciendo: «el crea se salvará y el que no crea se condenará».

Pongámonos, pues, a la escucha de la Palabra, y pidamos al Señor que nos conceda el don de la fe.

La segunda parte del evangelio viene a ayudarnos especialmente, a aquellos que nos llamamos discípulos del Señor, y que vivimos nuestra fe cercanos a la Parroquia, y que de una forma u otra colaboramos activamente con ella.

Ser discípulo del Señor supone estar dispuesto a, con su ayuda, hacerlo presente en medio de los que nos rodean. Estar dispuestos, también, a no limitarnos exclusivamente a nuestra eucaristía semanal, sino a involucrarnos en las distintas actividades de la Parroquia, en el culto y la liturgia, en las tareas de caridad, en la visita a los enfermos, etc. Resumiendo, a no ser un miembro pasivo de la comunidad parroquial, sino un miembro activo, dispuesto a arrimar el hombro siempre que sea necesario.

Si te ves reflejado en lo que hemos descrito tienes el peligro complacerte en la actividad que desarrollas, y pensar que mereces una recompensa. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. ¿Tienes algo que no hayas recibido gratuitamente? ¿No es el Señor el que cada día te potencia para llevar adelante tu actividad? ¿De qué presumes, entonces?

Atiende a las palabras del Señor y pídele que esa sea tu actitud: «Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer» 


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«AMA A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 6, 1a.4-7 * 1Tim 6, 11-16 * Lc 16, 19-31

En el evangelio de la semana pasada el Señor Jesús nos decía: «Ganaos amigos con el dinero injusto…». Decíamos, entonces, que el dinero o las riquezas injustas eran todos aquellos bienes que habíamos recibido del Señor durante nuestra vida, con el fin de que los administráramos adecuadamente.

La mayoría de nosotros, si hemos de ser sinceros, consideramos lo poco o mucho que tenemos, como propiedad personal. No se nos ocurre pensar que lo hayamos recibido de nadie, y mucho menos, que tengamos la obligación de compartirlo con los demás. Sin embargo, estamos muy equivocados.

Lo que ocurre es que, al desaparecer Dios de nuestra vida a causa del pecado, nos aferramos a todo lo que nos brinda el mundo, a fin de llenar el hueco dejado en nuestro corazón por el amor de Dios. Todos deseamos ser felices y nos agarramos a un clavo ardiendo con tal de conseguirlo. Rechazamos todo aquello que nos hace presente nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestra limitación… Todos deseamos por encima de todo, ser, ser más, que nos consideren, que nos tengan en cuenta. Fruto de esta ansia de ser, es el hecho de que todos nos volvemos egoístas. Solo estamos de acuerdo con los demás, en tanto en cuanto su manera de obrar o de sentir, no sea una merma para nuestra persona.

El rico de la parábola del evangelio de hoy, es el paradigma de esta persona egoísta que solo utiliza sus riquezas en provecho propio. Come, bebe, banquetea, sin importarle que a la puerta de su casa un pobre hambriento y enfermo, desee, al menos, recibir para alimentarse las migajas y mendrugos que caen de su mesa. Vive para sí mismo sin preocuparse para nada de los demás.

Ignora que aquel mendigo es un predilecto del Señor, ya que el Señor se complace en el pobre, en el humilde, en aquel que no cuenta para nadie. Lo vemos, con frecuencia en la Escritura, cuando el Señor se erige en defensor de los pobres, de los huérfanos, de las viudas y de los forasteros. Veamos cómo lo dice en el Deuteronomio: «Cuando siegues la mies en tu campo, si dejas en él olvidada una gavilla, no volverás a buscarla. Será para el forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yahveh tu Dios te bendiga en todas tus obras. Cuando varees tus olivos, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda».  

Citábamos la semana pasada el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma…», pero no hemos de olvidar que existe un segundo mandamiento ligado íntimamente al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esto es lo que ha olvidado el rico de la parábola y esto es lo que con demasiada facilidad podemos olvidar nosotros, apropiándonos de aquellos bienes de los que solo somos administradores.

No olvidemos las palabras del Señor Jesús: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis." Yo ahora pregunto: ¿somos capaces de ver en el mendigo que nos alarga su mano o en el emigrante o el forastero que nos pide ayuda, la figura del Señor Jesús que se acerca a nosotros? ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado o sencillamente decimos “otra vez será”?

Como vemos en la parábola, el Señor se encarga de hacer justicia a los pobres. Son sus predilectos. Pero no olvides que a ti y a mí que somos sus discípulos, nos ha elegido para que también en estos casos, a la hora de salir en defensa de los pequeños, ocupemos su lugar.