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DIOS Y SU PLAN DE SALVACIÓN PARA EL HOMBRE

DIOS Y SU PLAN DE SALVACIÓN PARA EL HOMBRE

Dice san Pablo que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 4). Esta voluntad salvífica de Dios la expresamos con frecuencia diciendo que Dios ha preparado para cada hombre una historia de salvación particular. Sin embargo, esta creencia puede llevarnos a sacar una conclusión errónea, al considerar que nuestra salvación solo depende de Dios. Una cosa es la voluntad salvífica de Dios, que es la misma para todas las personas, y otra cosa es cómo esa salvación llega a realizarse en cada una de ellas.

La salvación no solo depende de la voluntad Dios, porque para conseguirla entra en juego otro factor: la libertad particular de cada persona. Significa esto que Dios no puede salvar a una persona con solo desearlo. No es cierto lo que afirmamos con frecuencia al decir que la historia la lleva Dios, ya que todas las cosas no suceden, necesariamente, porque esa sea la voluntad de Dios. Lo vemos cuando el libro de la Sabiduría afirma: "No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera." (Sab, 1, 13)

Significa esto que cuando en la historia aparece el mal no es Dios el que lo provoca, sino que tiene su origen en el mal uso que hacemos nosotros de la libertad que de Él hemos recibido. No debemos en modo alguno achacar al buen Dios todas las desgracias y todo aquello que nos hace sufrir. Las desgracias y los sufrimientos tienen su origen, cuando apartándonos de Dios obramos según nuestro libre albedrío.

Es cierto que Dios tiene trazada para cada uno de nosotros una historia, pero no es menos cierto que la realización de esa historia no depende únicamente de Dios. La historia de salvación no es una historia predeterminada y estática diseñada por Dios de antemano para cada persona. Es una historia dinámica que se va construyendo paulatinamente y que tiene como autores a Dios por una parte y al hombre por la otra, ya que éste último, haciendo uso de su libertad tiene capacidad para modificarla. No ocurre lo mismo con la voluntad salvífica de Dios, que es universal e inamovible.

Hay un ejemplo que nos hará ver de una manera práctica, cuál es la actuación de Dios en nuestra historia y cómo Él intenta cada día reconducirla. Dios actúa en nuestra vida, salvando las distancias, como lo hace un navegador en el coche. El navegador tiene una ruta trazada que nos indica con seguridad el mejor camino para alcanzar felizmente la meta del viaje. Una voz va indicándonos cuáles han de ser las maniobras que hemos de llevar a cabo para seguir correctamente la ruta.

Puede suceder que, ya sea porque conocemos un atajo o porque cometemos un error, abandonemos la ruta que señala el navegador. En ese caso, la voz dice: “recalculando”, que significa que va a buscar un camino alternativo para conducirnos de nuevo a la ruta correcta.

Tú y yo somos ese vehículo que circula por la vida. El Señor, a través de su Palabra va marcando el camino idóneo para alcanzar el objetivo de nuestro viaje: la salvación. Ocurre, con demasiada frecuencia, que, siguiendo nuestros impulsos, nos apartamos del camino recto. Cuando esto sucede, el Señor no tiene más remedio que hacer lo mismo que hace el navegador: “recalcular”, o sea, introducir acontecimientos en la vida que nos hagan ver nuestro error, de manera que, siempre con su ayuda, podamos corregirlo. Está en nuestras manos seguir sus indicaciones o continuar empecinados haciendo nuestra voluntad.  

¿Qué queremos demostrar con este ejemplo? Sencillamente que son dos los artífices de nuestra historia: Dios y tú. Es por lo tanto demasiado simple afirmar que la historia únicamente la lleva Dios. La voluntad de Dios está clara: nuestra salvación. Sin embargo, Dios se ha atado las manos y no puede hacer su voluntad, desde el momento que nos ha concedido el don de la libertad. Nos ha hecho libres y nunca violentará esa libertad.

Como es lógico, Dios no se queda conforme cuando nos apartamos de Él y navegamos a nuestro antojo por la vida. Dios nos ha creado con una finalidad muy concreta: que unidos a Él seamos plenamente felices y disfrutemos para siempre de su presencia en una vida eterna. Para conseguir su objetivo, dispone de múltiples recursos y no tiene inconveniente en utilizarlos, siempre respetando nuestra libertad.

Uno de los recursos que emplea Dios para atraernos hacia Él es la seducción. En nuestra vida de fe, Dios ocupa el lugar del Esposo. A nosotros nos corresponde ocupar el lugar de la esposa. De la misma manera que un esposo se deshace en atenciones para lograr atraer a la esposa, y la llena de regalos como muestra del amor que le profesa, así también el Señor está pendiente de nosotros hasta en los últimos detalles, rodeándonos con sus brazos amorosos.

Así lo hizo en otro tiempo con el Pueblo de Israel cuando dice a través del profeta, la llevaré a desierto y allí la seduciré (Os 2, 14). Colocó a su pueblo en un lugar inhóspito en donde era imposible que se diera la vida, y allí estuvo pendiente de él durante cuarenta años, proporcionándole todo lo necesario para la vida. Fue el esposo amante que cuidó de la esposa procurando que nada le faltara.

También a nosotros quiere seducirnos. Para ello nos ha colocado en el desierto de la vida, camina a nuestro lado y nos va mostrando la ruta que conduce a la felicidad. No escatima esfuerzo alguno para mostrarnos el inmenso amor que siente por nosotros. Como un padre corrige con amor a sus hijos, también el Señor aprovecha cada acontecimiento para corregirnos, poniendo de manifiesto nuestros errores, pero sin llegar a violentar nunca nuestra libertad.

Esta manera de actuar del Señor está reservada únicamente para aquellos a los que ha elegido para formar parte de su pueblo, de su Iglesia. Sucede así, porque ha puesto en nuestras manos la misión de hacer llegar la Buena Nueva de la salvación que nos ha otorgado en su Hijo Jesús, al resto de los hombres. Los dones con los que nos adorna son muy superiores a los que concede al resto de seres humanos, pero lo hace, precisamente, porque ama así mismo intensamente a ese resto de personas, por las que también el Señor Jesús ha derramado su Sangre.

A nosotros nos resta estar pendientes del “navegador”, interpretando los acontecimientos que nos suceden a fin de descubrir cuál es la voluntad del Señor en cada momento. Dos son los medios de que disponemos para lograrlo. En primer lugar, tenemos a la Palabra de Dios, que como dice el salmo, es «lámpara para mis pasos y luz en mi sendero» (Salmo 118) En segundo lugar, necesitamos recurrir a la oración a fin de que el Señor nos conceda el don de discernir en cada momento y en cada acontecimiento, cuál es la voluntad de Dios y qué es lo que a Él le agrada. 

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«¿PENSÁIS QUE HE VENIDO A TRAER AL MUNDO LA PAZ? NO, SINO DIVISIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6.8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

Cuando pensamos en la figura del Señor Jesús, lo primero que se nos hace presente es su amor hacia el pecador, hacia ti y hacia mí, que se manifiesta en la total entrega de su vida por aquellos que somos sus enemigos. También nos llama la atención la invitación que nos hace a nosotros, sus discípulos, de practicar el amor al enemigo perdonando por completo las ofensas de los demás y deseando que vivamos unidos unos a otros, como prueba de su permanente presencia entre nosotros.

Esta visión que nosotros tenemos del Señor, hace que el evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo sea un poco difícil de entender. Por eso, nos sabemos cómo interpretar las palabras de Jesús cuando nos dice: «¿Pensáis que he venido al mundo a traer paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres… el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

¿Cómo pueden entenderse estas palabras? ¿Cómo es posible que el Rey de la Paz diga que ha venido a traer guerra y división? Es muy fácil. La figura del Señor Jesús y su Evangelio fueron en su tiempo y siguen siendo hasta hoy, signo de contradicción. Significa esto que sus palabras y los signos que realizaba, eran vistos por unos, los pobres, los humildes, los necesitados, como obra del enviado de Dios que traía la salvación, mientras que otros, los sabios, los cultos, los inteligentes, los conocedores de la Escritura, no veían en él más que a un impostor, un infractor de la Ley, que se presentaba como el Mesías.

Recordemos, si no, la reacción de los que presencian la expulsión de un demonio mudo. Unos se llenan de admiración por el poder de Dios que ven en Jesús. Otros, sin embargo, afirman que tiene un demonio y que arroja los demonios por el poder de Belcebú, príncipe de los demonios.

Después de muchos siglos, en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, la figura de Jesús sigue siendo signo de contradicción. Cuando se anuncia la verdad, los que la escuchan forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. Nosotros, los creyentes, vemos en la persona de Jesús al Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación. Otros, sin embargo, ven en él, como mucho, una figura histórica sin la menor influencia para sus vidas. Esta división se constata perfectamente ante la reacción que tienen los que escuchan el evangelio y la predicación. Para unos, la predicación aceptada tiene fuerza para transformar su vida, haciéndoles experimentar la paz interior. Otros, en cambio, se aburren y no ven más que palabras huecas que solo producen hastío.

Esta posibilidad de no aceptar al Señor de los que convivieron con él, y también la actitud de aquellos que hoy le rechazan, constituye una prueba más del amor que Dios nos tiene. El pensamiento único, la uniformidad de opinión, etc., no son posibles, por el regalo que Dios nos ha dado al hacernos libres. Nosotros, utilizando mal esa libertad, podemos rechazarlo y decir que no queremos saber nada de Él. Hasta ese punto llega el amor que Dios siente por el hombre, por ti y también por mí, y su exquisito respeto por tu libertad y la mía.   

Finalmente, queremos destacar que el enfrentamiento familiar al que alude el Señor en el evangelio, ha sido una constante en toda la historia de la Iglesia. Siempre, también hoy, la figura del Señor Jesús, ha sido y es motivo de enfrentamiento entre padres e hijos. Entre los que creen y los que no creen. Entre los que ven en Él al Salvador y los que reniegan de su figura.

 


DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TENED CEÑIDA LA CINTURA Y ENCENDIDAS LAS LÁMPARAS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 18, 6-9 * Heb 11, 1-2.8-19 * Lc 12, 32-49 

El Señor Jesús en el evangelio de este domingo nos muestra cuál ha de ser la actitud de un cristiano en esta vida. Tener esto en cuenta es algo muy importante para los que nos consideramos discípulos del Señor.

La vida que disfrutamos, por gracia de Dios, puede considerarse desde dos puntos de vista distintos. Para el mundo la vida es un período de tiempo que hay que vivir de la mejor forma posible, evitando, por tanto, todo sufrimiento. En esta forma de enfocar la vida, está ausente por completo la realidad de la vida eterna. El mundo niega que exista otra vida y por lo tanto lo que desea es sacar el mayor provecho de ésta. Podemos decir que esta forma de vida no difiere en nada a la que vive cualquier animal

No piensa así el cristiano. El cristiano no considera la vida presente como un fin absoluto, sino como un medio, un camino que conduce a la verdadera vida, a la vida eterna. Se entienden, por tanto, las palabras del Señor Jesús en el evangelio de hoy cuando dice: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame». No somos, pues, ciudadanos de este mundo. Somos forasteros que caminamos hacia nuestra verdadera patria que es el cielo.

Hay un escrito del siglo II llamado Carta a Diogneto, que muestra perfectamente cuál es la vida del cristiano en este mundo. Citamos un pequeño fragmento: «Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho». Viven, añadimos nosotros, de una forma distinta al resto de los hombres, porque tienen puesta la mirada en la vida eterna. En la patria del cielo.

Para ayudarnos a vivir de esta forma, el Señor, al principio del evangelio nos da la clave: «Vended vuestros bienes, y dad limosna: haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones y roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Si en el camino de la vida vamos excesivamente cargados con el dinero y los bienes materiales, tendremos necesidad de defenderlos y nuestro caminar se hará lento y pesado, hasta el punto de dificultarnos llegar a la meta. Necesitamos, por tanto, estar alerta y no dejarnos arrastrar por el mundo. Lo que el mundo nos ofrece solo son señuelos falsos. Es necesario velar y resistir sin miedo a sus tentaciones.

El Señor sabe que tendremos dificultades en el camino de la vida porque los enemigos a afrontar son poderosos, por eso empieza el evangelio diciéndonos: «No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino». Tú y yo, pertenecemos por gracia de Dios a ese pequeño rebaño y el Padre ha tenido a bien darnos el reino. ¿Sabes cuál es ese reino? No es el reino que se ha de establecer al final de los tiempos. Ese reino es la Iglesia, en la que encontramos la salvación ya ahora. Ya ahora podemos pregustar la salvación, pregustar la vida eterna.

La salvación final la ganó para todos los hombres el Señor Jesús mediante su Pascua. Es una salvación universal, para todos los hombres, quedando solo excluidos de ella los que conscientemente la rechacen. Sin embargo, para nosotros, para los que nos llamamos discípulos del Señor, existe una salvación actual, una salvación para hoy, que solo pueden experimentar aquellos que viven en la Iglesia. Ese es el reino que ha tenido a bien darnos el Padre.


DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«GUARDAOS DE TODA CODICIA...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ecle 1, 2; 2, 21-23 * Col 3, 1-5.9-11 * Lc 12, 13-21

El evangelio de hoy está centrado en un tema que quizá es el motor de toda la actividad humana. Se trata de nuestra relación con las riquezas y por tanto con el dinero.

San Lucas nos presenta la siguiente escena. Un hombre se acerca a Jesús para hacerle una petición: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia». No es difícil adivinar el problema que tiene este hombre. Su hermano se ha apoderado de toda la herencia de su padre y lo ha dejado a él en la miseria. Visto así, es lógico que pensemos que solo exige aquello que en justicia le pertenece. Por tanto, podemos pensar que la petición que hace a Jesús es del todo justa.

Hemos de darnos cuenta de que nuestro juicio sobre este particular se basa en las apariencias. No es esa la visión del Señor. El Señor ve mucho más allá porque penetra el corazón del hombre y, por tanto, no aprueba el comportamiento de ninguno de los dos hermanos. Es consciente de que los dos se mueven por un amor desmedido a las riquezas. El primero de ellos no ha tenido inconveniente en dejar a su hermano en la miseria, porque por encima de los lazos de sangre está su amor al dinero. Al segundo, por la misma razón, no le importa en dejar a su hermano en evidencia delante de todos acusándole de ladrón.

El Señor Jesús aprovecha la ocasión y tomando pie de estos acontecimientos dice a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Luego, para aclarar más aún el tema, les propone una parábola.

Un hombre rico, previendo que su cosecha va a ser extraordinaria hasta el punto de no poder almacenarla en sus graneros, decide derribarlos y construir otros nuevos de mayor capacidad. Su deseo es poder decirse a sí mismo contemplando sus riquezas: “Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años. Come, bebe, y date buena vida”. Pero Dios le dice: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?»

No está lejos de nosotros el comportamiento de estos dos hermanos. Ya hemos dicho al principio que el motor que mueve la vida del hombre, no es otro que el gran aprecio que tiene a los bienes materiales, representados fundamentalmente por el dinero. También nosotros, aunque no siempre lo reconozcamos, nos movemos por el interés.

La razón de este comportamiento es evidente. Desterrado de nuestro corazón por el pecado el amor de Dios, único capaz de satisfacer nuestras ansias de felicidad, pretendemos llenar el hueco que ha dejado mediante las riquezas y los bienes materiales. Lo que ocurre, y esto hemos de considerarlo como una gracia del Señor, es que nada hay capaz de sustituir al amor de Dios. Todo son sucedáneos incapaces de llenarnos plenamente y que, cuando por fin los conseguimos, en vez de satisfacernos, provocan un deseo incontrolable de conseguir muchas más. Así se explica que aquellos que logran tener grandes fortunas, no se conformen con ellas y sientan un desmedido afán y una gran avidez en hacerlas crecer continuamente. Ese es el castigo que llevan consigo para el hombre las riquezas. Una continua insatisfacción y la evidencia de que, como dice el Señor en otro lugar, la vida y la felicidad no están aseguradas por las riquezas.

No seamos, por tanto, necios. Disfrutemos de los bienes que el Señor nos concede y no dejemos que nuestro corazón se apegue a ellos. La mejor forma de conseguirlo consiste en compartirlos generosamente, ya que es mucho mayor la felicidad que se alcanza cuando se da, que cuando se recibe.


DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 20-32 * Col 2, 12-14 * Lc 11, 1-13

La semana pasada hablábamos de la importancia de la oración y de cómo el Señor Jesús buscaba momentos de intimidad con el Padre. Hoy, precisamente, san Lucas nos habla de uno de esos momentos y de cómo los discípulos, viéndole en oración, le piden que les enseñe a orar.

El regalo que el Señor les va a hacer, tanto a ellos como a nosotros, tiene un valor inconmensurable, pues se trata, ni más ni menos, que de la entrega del Padrenuestro. Una oración que, sin duda, recitamos en muchísimas ocasiones durante nuestra vida, pero, seguramente, sin ser demasiado conscientes de lo que decimos. Veámoslo con un poco de detenimiento.

En el Antiguo Testamento, que es para nosotros la historia con la que Dios ha llevado a los hombres a la salvación, el Pueblo de Israel, al referirse a Dios, lo hace dándole el título de Padre, pero más bien de una manera colectiva e histórica, pero no tanto de manera personal.

Hoy, el Señor Jesús es el que nos enseña a dirigirnos a Dios con el título de Padre. Algo totalmente incomprensible para nuestra mentalidad. ¿Cómo es posible que el propio Señor, a nosotros, infieles y pecadores, nos enseñe no sólo a considerarnos hijos de Dios, sino a dirigirnos a Él llamándole Padre? Si no fuera porque es el mismo Hijo el que nos enseña a dirigirnos a Dios como padre, hacerlo sería un verdadero atrevimiento.

El Señor nos enseña, también, a ponernos ante nuestro Padre-Dios sin temor a ocultar nuestra condición de pecadores. Es más, siendo conscientes de nuestra debilidad, nos invita a acudir a Él, para que, perdonando nuestras culpas, nos ayude a no caer en tentación.

Después de enseñarnos el padrenuestro, el Señor Jesús pone una parábola para darnos a conocer cómo debemos rezar. Nuestra oración ha de ser confiada e insistente. El personaje que pide los tres panes sabe de antemano que su amigo acabará ayudándole, a pesar de la hora intempestiva y de las circunstancias en las que él le pide ayuda. Ha de ser también insistente. Es necesario poner de manifiesto que aquello que pedimos tiene gran importancia para nuestra vida.

Muchas veces nos da la sensación de que el Señor pone oídos sordos ante nuestra plegaria. Sin embargo, eso no es así. Lo que ocurre es que el Señor nos pone a prueba para comprobar hasta qué punto llega nuestro interés, y hasta qué punto necesitamos lo que pedimos. Si el protagonista de la parábola se hubiera dado por vencido ante las primeras negativas de su amigo, nunca hubiera conseguido que le ayudara. Por eso, necesitamos, por una parte, acercarnos al Señor con la confianza de que obtendremos lo que pedimos, y por otra, hemos de pedirlo con insistencia.

Si Dios es nuestro Padre, como nos lo ha enseñado el Señor Jesús, ¿cómo, conociendo nuestras necesidades va a negarnos su ayuda? Lo que ocurre es que dudamos de la fuerza de la oración y también del entrañable amor que siente por nosotros nuestro Padre.

El Señor pone en nuestras manos un arma poderosa, la oración. Seguramente no acabamos de valorar la fuerza y la importancia que tiene. Baste recordar, como lo demuestran varios pasajes de la Escritura, que es lo único capaz de hacer que el Señor cambie sus planes para con nosotros. La oración todo puede alcanzarlo, y más, si se hace con confianza y a la vez con insistencia.    

 

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«MARÍA HA ESCOGIDO LA PARTE MEJOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 1-10ª * Col 1, 24-28 * Lc 10, 38-42 

San Lucas nos presenta a Jesús en Betania en casa de Lázaro y de sus hermanas Marta y María, en donde suele descansar cuando se encuentra en Jerusalén. En esta ocasión, el evangelista nos dice que, ha sido Marta la que lo ha acogido.

Podemos imaginarnos al Señor sentado en el patio de la casa disfrutando de unos momentos de descanso. Sentada a sus pies se encuentra María que no pierde detalle de lo que dice Jesús. Entre tanto, Marta, va de acá para allá dirigiendo a la servidumbre y preparándolo todo con el fin de agasajar lo mejor posible al Maestro. Está nerviosa y pasa una y otra vez dejándose ver, como diríamos en lenguaje taurino, pero sin conseguir lo que pretende, pues desea que su hermana María le ayude a prepararlo todo.

En vista de que María no se da por aludida, tira por la calle de en medio y sin más dice a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano». Sin duda, pensaremos que Marta tiene toda la razón, ya que la actitud de María no es, precisamente, la más correcta. Sin embargo, no es esa la opinión del Señor que, cariñosamente, da a Marta un buen tirón de orejas. «Marta, Marta, le contesta: andas inquieta y nerviosa por tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán».

La tradición ha querido ver en estas dos hermanas las dos facetas de la vida cristiana: la acción y la oración. O, dicho de otro modo: la vida activa y la vida contemplativa. Si embargo esto no es del todo exacto, ya que, en la vida de fe, en la vida cristiana, la acción y la oración son complementarias y no pueden darse la una sin la otra. No pueden permanecer separadas.

Si nos fijamos en lo que referente a Jesús nos dice el Evangelio, comprobaremos que la vida del Señor es muy activa, ya que anda sin parar de un lugar para otro anunciando la llegada del Reino de Dios. Sin embargo, en diferentes ocasiones, los evangelistas nos muestran al Señor retirándose a un lugar apartado para entregarse a la oración. Necesita alimentar su espíritu, ponerse en contacto con el Padre a fin de recibir la fuerza necesaria para continuar su misión.

La tentación que muchas veces tenemos los que trabajamos en las distintas actividades que se llevan a cabo en la Iglesia, es dedicarnos en exceso a la acción, en detrimento de nuestra vida interior. Es estupendo colaborar con Caritas, visitar enfermos, dar catequesis, prestar ayuda a la Parroquia en distintos aspectos, etc., pero sin olvidar que es preciso buscar momentos de soledad para compartirlos con el Señor, que es el que nos da la fuerza para seguir trabajando. La acción por la acción acaba quemando al que la practica.

«María ha escogido la parte mejor». ¿Por qué? Podemos preguntarnos. Porque es imposible vivir una intensa vida interior a través de la oración, sin que automáticamente aparezcan las obras de misericordia, las obras de vida eterna. Amar al enemigo, perdonar sin condiciones las ofensas, prestar ayuda material o moral al que la necesita, estar siempre dispuestos a echar una mano al necesitado sin esperar recompensa, etc., Resumiendo: «amando al prójimo como a uno mismo». Eso es lo que nos decía el Señor la semana pasada: «Ve, y haz tú lo mismo». Pero todo esto es imposible para nosotros sin el substrato de la oración. Nada podemos hacer si no recibimos la ayuda de lo alto. María sabía muy bien lo que había escogido.


DIMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DIMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 30, 10-14 * Col 1, 15-20 * Lc 10, 25-37

Nos dice el evangelista san Lucas que un letrado, queriendo poner al Señor a prueba, le hace una pregunta primordial: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» Por toda respuesta, el Señor Jesús, sabiendo que tiene delante a un conocedor de la Ley, le hace a su vez otra pregunta: «¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees?» El letrado, sin dudar, responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» La respuesta del Señor no se hace esperar: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida»

Vemos, pues, que, por voluntad de Dios, tu felicidad y la mía, se apoyan en dos pivotes: el amor a Dios y el amor al prójimo. Dos pivotes que son indispensables para conseguir el objetivo y que son, a la vez, complementarios, ya que no puede darse el uno sin el otro. Es imposible amar con todo el corazón a Dios y no hacer lo mismo con el prójimo. De la misma manera, todo aquel que ame al prójimo como a sí mismo, es imposible que no ame a Dios con todo el corazón. El amor al prójimo, al que ves, como dice san Juan en su primera carta, lleva necesariamente al amor a Dios, al que no ves. De la misma manera el amor a Dios da como fruto el amor al prójimo.

En amar al Señor con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo, radica la razón de nuestra propia existencia. Hemos sido creados por Dios por amor, para experimentar su amor y a la vez poder amarle con todo nuestro ser. En esto se basa tu felicidad y la mía.

El amor es algo que no puede darse cuando sólo existe una persona. Queremos decir que para que pueda darse el amor son necesarias por lo menos dos personas. Por eso el Señor no nos creó como seres individualistas, sino que nos hizo seres sociales. Quiso que su amor, el amor que tú y yo experimentamos en el corazón, lo compartiéramos con los demás. Por eso, si quieres saber hasta qué punto amas a Dios, fíjate primero si amas a tu prójimo. San Juan expresa esto con una gran sabiduría, cuando en su primera carta afirma: «Quien dice “yo amo a Dios” y odia a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, cómo puede amar a Dios a quien no ve».,   

El evangelio continúa diciendo que, el letrado, queriendo aparecer como justo, pregunta al Señor: «¿Y quién es mi prójimo?» Para responder adecuadamente a esta pregunta, el Señor le expone la parábola del Buen Samaritano y al final le pregunta: ¿Quién de los tres, el levita, el sacerdote o el samaritano, se portó como prójimo de aquel que había caído en manos de los bandidos? El letrado responde: «El que practicó la misericordia con él». Dícele entonces Jesús: «Anda, haz tú lo mismo».

Hoy, es a nosotros a los que el Señor Jesús dice: «Anda, haz tú lo mismo», muestra también tú, misericordia hacia tu prójimo. Seguramente también te preguntes ¿a quién debo considerar mi prójimo? ¿A mi mujer, a mis hijos, a mis familiares y amigos, a mis vecinos…? Fíjate que el samaritano de la parábola no conocía para nada a aquel hombre al que prestaba su ayuda. Es más, el que había caído en manos de los bandidos era su enemigo, ya que los samaritanos, por motivos de religión, consideran enemigos a los judíos. Esta situación, sin embargo, no fue motivo para negarle su ayuda mostrando misericordia hacia él. Está claro, pues, que tu prójimo, es todo aquel que, conocido o desconocido, y en cualquier circunstancia, necesita de tu ayuda en un momento dado. Aquella frase que dice: “Haz siempre el bien, sin mirar a quien”, está claro que resume perfectamente cuál ha de ser nuestro comportamiento con los demás.


DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«ID Y ANUNCIAD A TODAS LAS GENTES: ESTÁ CERCA DE VOSOTROS EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 10-14c * Gál 6, 14-18 * Lc 10, 1-12.17-20

Este evangelio es para nosotros de gran actualidad. El Señor Jesús elige a aquellos que van a ser sus colaboradores inmediatos en la misión que le ha encomendado el Padre: el anuncio de la Buena Nueva a toda la creación. Su encarnación no tiene otra finalidad que la de hacer llegar a todos los hombres, la gran noticia de que el amor del Padre, a pesar de los pecados de la humanidad, también de los tuyos y los míos, está por encima de toda transgresión. Que Él, a diferencia de lo que nosotros solemos hacer, no se reserva la nota de cargo para presentarnos un día la factura de todo lo malo que hayamos hecho.

Era necesario, pues, que, en aquella generación, todos conocieran este amor que era totalmente gratuito, es decir, que no exigía nada del hombre para que este lo recibiera. Ante una misión tan importante y a la vez tan ingente, escuchemos cómo lo dice Él, «La mies es abundante y los obreros pocos». El Señor Jesús necesita colaboradores, necesita bocas que anuncien por todas partes la Buena Nueva. Por eso vemos hoy, cómo hace con los discípulos una primera experiencia. Los envía de dos en dos a todos los pueblos y lugares donde él tiene previsto pasar, y les da instrucciones muy concretas de qué es lo que deben hacer, resumiendo su trabajo con el anuncio de la frase: «Está cerca de vosotros el reino de Dios».

Hemos empezado haciendo alusión a la gran actualidad que hoy tiene este evangelio, porque la misión que el Padre encomienda a su Hijo, y que este a su vez pone en nuestras manos, es totalmente intemporal, es decir, no halla solo cumplimiento en un momento de la historia, sino que ha de llevarse a cabo hasta la consumación de los siglos. El anuncio del Reino y de la salvación que hemos obtenido por la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, ha de llegar a todas las generaciones. Los hombres de todos los tiempos, tienen, porque así lo ha dispuesto el Padre, el derecho de conocer esta salvación.

El testigo, como en las carreras de relevos, lo tenemos hoy en nuestras manos. Hoy es a nosotros a los que el Señor Jesús dice: «¡Poneos en camino! Y anunciad a todas las gentes que está cerca el reino de Dios». El Señor al llamarnos a la fe nos ha dado abundantes gracias. Estas gracias no se nos dan para nuestra salvación individual. Esas gracias las derrama sobre nosotros en función de la misión que nos encomienda, por eso, en otra parte del evangelio, nos recuerda: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Quizá algunos piensen que eso de predicar no va con ellos. Muy bien, hay dos maneras de evangelizar: la predicación y el testimonio personal. Las dos formas son válidas y las podemos usar indistintamente. No es preciso tener gran elocuencia, basta con saber decir una palabra de ánimo a aquellos que vemos atribulados y en sufrimiento. Una palabra en la que les hagamos presente el amor de Dios, aún en los momentos más tristes de la vida. Que sepan que Dios es Padre y no abandona nunca a sus hijos; que está siempre cercano cuando se le invoca.

La otra forma de evangelizar y que todos podemos llevar a cabo, es nuestro testimonio, nuestra forma de vida. Dice el Señor en el Sermón del Monte: «Para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo». El testimonio de vida es quizá la forma más eminente y eficaz de evangelización. Dice la sabiduría popular, que “Predicar no es dar trigo”, por eso convencerá mucho más tu manera de actuar que mil palabras.

Tú, con frecuencia, atraviesas en la vida momentos de gran tribulación y sufrimiento. ¿Cuál es tu respuesta? ¿Cómo reaccionas? Si los demás ven en ti que no reniegas, que a pesar de todo no has perdido la paz y que aceptas no con resignación, sino con serenidad lo que es voluntad de Dios, sabiendo que un padre nada malo puede dar a sus hijos, entonces comprenderán que esa manera de actuar no está basada en tus fuerzas, sino que la fuerza te viene de lo alto. De esta manera evangelizarás, porque harás presente en la vida de los demás, la obra del Señor en tu vida.