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DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD -A-

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD -A-

«Y LA PALABRA SE HIZO CARNE»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-2.8-12 * Ef 1, 3-6.15-18 * Jn 1, 1-18

Nos encontramos dentro del tiempo de Navidad. La palabra que la Iglesia nos propone corresponde al inicio del evangelio de san Juan, en donde el apóstol nos habla de la Palabra.

El significado que nosotros damos a nuestra palabra es totalmente distinto al significado que tiene cuando nos referimos a la palabra de Dios-Padre. Para nosotros la palabra es un sonido que se forma por un instante al vibrar nuestras cuerdas vocales cuando pasa el aire a través de ellas, de manera que después de pronunciada su efecto desaparece de inmediato. No sucede así con la Palabra de Dios, que tiene tal entidad, tal fuerza, que saliendo de la boca de Dios, engendra una persona que, aunque también es Dios, es completamente distinta al Padre y que conocemos como a Dios-Hijo. Esta Palabra tiene también otra peculiaridad. Nuestra palabra no deja de ser un sonido, pero la Palabra de Dios tiene la virtud y el poder de llevar a cabo todo lo que manifiesta.

San Juan nos presente a esta Palabra explicándonos cómo estaba junto al Padre desde el principio, y cómo es el origen de todo lo creado. De ella recibimos nosotros la vida y ella destruyó las tinieblas para que no camináramos en oscuridad. Ella era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Sin embargo, los hombres, tú y yo, por nuestro pecado, rechazamos la luz y amamos más las tinieblas.

A continuación, el evangelista se refiere a una circunstancia que halló cumplimiento en su tiempo. Por eso dice: «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Ciertamente, cuando acampó entre nosotros lo hizo en medio del pueblo escogido. Sin embargo, aquel pueblo que durante siglos mantuvo la esperanza de la llegada del Mesías, no supo reconocerlo.

Hoy, la historia se repite. El Señor aparece en cada generación para salvarla. También en la nuestra, pero nuestros ojos, cegados por el pecado y por los atractivos del mundo, no saben reconocerlo. El viene a tu casa y a la mía porque sabe que necesitamos ser salvados del pecado y de la muerte, pero nosotros, como en otro tiempo hizo su pueblo, no somos capaces de experimentar su presencia. Esto es una lástima, porque a aquellos que le reciben les cambia totalmente la vida convirtiéndolos en hijos de Dios.

Así lo ha expresado san Pablo en la carta a los Efesios. Hemos sido elegidos por Dios-Padre desde antes de la creación del mundo para ser santos. Para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo. Esa es la voluntad del Padre para ti y para mí. Para eso nos ha llamado a su Iglesia. Para eso ha derramado sobre nosotros toda clase de bendiciones espirituales. No seamos necios como el Pueblo. No opongamos resistencia a su gracia haciendo caso a los señuelos que nos presenta el mundo. Con la Sangre de su Hijo ha borrado todos nuestros pecados. No hagamos inútil esa Sangre, y con la ayuda del Espíritu Santo estemos dispuestos a cumplir su voluntad para con nosotros, que no es otra que la felicidad y la vida eterna.

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

«LOS PASTORES ENCONTRARON A MARÍA Y A JOSÉ Y AL NIÑO ACOSTADO EN EL PESEBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo  3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Mt 2, 13-15.19-23

En el domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia pone a nuestra consideración la figura de la Sagrada familia: Jesús, María y José. Esta familia ha sido la que Dios-Padre ha elegido como escuela para que su Hijo se formara como ciudadano y como miembro del Pueblo Elegido. José y María han llevado adelante la tarea de que su Hijo no solo creciera y se desarrollara como hombre, sino que, lo que es más importante, creciera conociendo a Dios como Padre y lo amara con todo el corazón.

A través de la historia, la figura de la Sagrada Familia se ha idealizado e incluso se ha llegado a deformar. Una devoción sensiblera nos ha mostrado una Sagrada Familia que no tiene nada que ver con la original. La familia de Jesús, María y José, era una familia que no destacaba de las demás de Nazaret. Si en algo era distinta era que en ella, hallaba total cumplimiento la primera Palabra de Vida, o mandamiento, como estamos acostumbrados a decir, que había dado Dios a su pueblo: «Amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas». Esto fue lo que, desde un principio, grabaron María y José en el corazón del Niño Jesús.

Es importante que los creyentes, en una sociedad empeñada en destruir o descafeinar lo que de verdad es la familia, tengamos como modelo a la Sagrada Familia. Para conseguirlo podemos preguntarnos: ¿Cómo era aquella Familia y cómo debe ser una familia cristiana? Ante todo, vemos que lo más importante es que era una comunidad de amor, en la que cada miembro cumplía con su misión en beneficio de los restantes miembros. José, como cabeza, con su trabajo cubría las necesidades de la familia ayudado por María. No existía ninguna competencia entre ellos. Los dos se esforzaban con su trabajo en llevar adelante aquella comunidad de amor que tenía como misión la educación integral del Hijo de Dios encarnado.

Hemos hecho referencia muchas veces al catecumenado de la Iglesia como tiempo de preparación y maduración antes de recibir el Bautismo. Pues bien, podemos decir que el Señor Jesús durante los treinta años que vivó en Nazaret junto a María y José, llevó adelante su propio catecumenado que lo preparaba para afrontar la misión que Dios-Padre había dispuesto para él. Los que lo formaron durante este tiempo de preparación fueron sus padres.

Si la familia cristiana y también la familia tradicional es perseguida y encuentra hoy en día dificultades para educar íntegramente a sus hijos, no es por otra cosa sino porque tiene la misión de educar a los niños y a los jóvenes, transmitiéndoles los valores cristianos y también tradicionales, con objeto de que lleguen a ser ciudadanos ejemplares. Las fuerzas que se autodenominan progresistas están en contra de este derecho de los padres a educar según sus convicciones y creencias, porque lo que pretenden es inculcar a la juventud su particular ideología. Por eso, hoy en día es necesario que los padres vigilen de cerca lo que se enseña a sus hijos. La misión principal de la escuela es instruir y también educar, pero esto último, respetando siempre la voluntad de los progenitores.

Es necesario pedir a Jesús, María y José, la sabiduría y la fuerza necesaria para que nuestras familias sean semejantes a la suya, en donde los hijos encuentren las dos columnas indispensables, padre y madre, para apoyarse, con objeto de crecer como lo hizo el Niño Jesús, en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Finalmente, constatar, que si hoy las fuerzas del mal están empeñadas en destruir la familia, es porque es el paso necesario para acabar con la Iglesia. Se trata de la guerra particular que el demonio lleva contra Dios. No nos dejemos engañar, pues, por el continuo bombardeo que recibimos desde los medios de comunicación, esforzándose para que lleguemos a considerar como normales los tipos de relación que nos ofrecen, y que no tienen nada que ver con la familia tradicional y cristiana.

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

«DARÁ A LUZ UN HIJO AL TÚ LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 7, 10-14 * Rm 1, 1-7 * Mt 1, 18-24

Llegamos al domingo IV de Adviento con el que iniciamos la última semana de preparación, en este caso de manera inmediata, a la Navidad.

El evangelio nos hace presente una figura de importancia primordial en la historia de salvación: la figura de José. Fue deseo de Dios-Padre que la entrada en la esfera del tiempo de su Hijo se realizara con toda normalidad, a semejanza de la cualquier otra persona, o sea, que naciera en una familia formada por un hombre y una mujer. La persona que había de llevar en su seno a su Hijo fue la de María, a la que preservó de toda mancha de pecado desde su concepción. El hombre elegido para ser el padre legal de este Hijo, fue José, de la casa de David.

El evangelio de hoy nos narra cómo se desarrollaron los acontecimientos. María y José están desposados aunque todavía no han convivido juntos. José, observa en su esposa una serie de cambios que le hacen sospechar que María está encinta. Ante esta circunstancia toma una decisión, no quiere denunciar a su esposa y decide repudiarla en secreto. Obrando así, carga la responsabilidad sobre sus hombros y a la vez evita que María, según la ley, sea lapidada.

Sin embargo, los planes del Señor son otros. Envía a su ángel que, en sueños, da cumplida explicación a José de lo que está sucediendo. Le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de los pecados». José, al despertar, sigue las instrucciones del ángel y se lleva a María a su casa.

La humildad y docilidad de José, nos ha de ayudar a entrar en los acontecimientos que  nos envía el Señor, con la convicción de que todo lo que viene de su parte sucede para nuestro bien, aunque de momento no lo parezca. Humanamente, la misión encargada por el Padre a José, venía a complicarle la vida totalmente. Por una parte desmonta por completo los planes con los que todo joven llega al matrimonio, y por otra, acepta vivir su relación esponsal con María en castidad, o sea evitando la unión carnal lógica en el matrimonio. José, como afirma el Señor Jesús en un pasaje del evangelio, se convertirá en eunuco por el Reino de Dios.

La compensación a esta entrega supera todo deseo. José tendrá la dicha de vivir junto a su esposa, la presencia real y física del Hijo de Dios. Será su padre legal. Por eso, siguiendo las instrucciones del ángel, será él, el que imponga el nombre al Niño, será él el cabeza de familia y llevará acabo la misión de educar en la fe al propio Hijo de Dios.

José nos enseña a aceptar y entrar en la voluntad del Otro, sin pedir explicaciones. Dios no puede desearnos nada malo. Pero sucede que, con frecuencia, le pedimos explicaciones. ¿Cuántas veces decimos, Señor, y esto, por qué? Nos resistimos a no pasar por nuestra razón los acontecimientos que Él pone en nuestra historia. Somos incapaces de abandonarnos a su voluntad, con la plena convicción de que viniendo de Él, nada malo puede sucedernos.

José no pide explicaciones al ángel, como tampoco lo hizo María en la Anunciación. Por eso, hemos de pedir al Espíritu Santo la docilidad de María y de José, con el convencimiento de que la voluntad de Dios para nosotros es lo mejor que puede sucedernos.


DOMINGO III DE ADVIENTO -GAUDETE- A

DOMINGO III DE ADVIENTO -GAUDETE- A

«ESTAD ALEGRES, EL SEÑOR ESTÁ CERCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 1-6a.10 * Sant 5, 7-10 * Mt 11, 2-11

La antífona de entrada en la Eucaristía de hoy nos invita a estar alegres. Esta alegría está motivada por lo que nos dice el apóstol Santiago en la segunda lectura: «La venida del Señor está cerca». También contribuyen a nuestra alegría las palabras del profeta Isaías: «El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa». Ese yermo y ese desierto somos tú y yo, porque de la misma manera que el desierto y el yermo están secos y no dan frutos, así es tu vida y la mía, que andamos buscando la felicidad en las cosas del mundo y no logramos satisfacer los deseos de nuestro corazón.

Ver nuestra realidad de pecado y nuestra falta de buenas obras no ha de ser motivo de desesperanza, porque el Señor trae el desquite, viene a salvarnos. El profeta nos dice: «Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis... El Señor viene en persona, resarcirá y os salvará». Viene a abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. Tus ojos y los míos, que, cegados por el mundo son incapaces de ver la obra de salvación que el Señor está llevando en nuestras vidas. También abrirá nuestros oídos que con frecuencia son incapaces de escuchar su Palabra. Como vemos todo es motivo de alegría. El Señor viene a salvar, nunca a condenar. Tú y yo nunca nos condenaremos si, expresamente, no lo deseamos.

Todo lo que anuncia el profeta Isaías halla su cumplimiento en la persona del Señor Jesús. Por eso, cuando los discípulos de Juan, enviados por él, le preguntan: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?», el Señor responde, precisamente, haciendo alusión al pasaje del profeta Isaías: «Id a decirle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos que dan limpios y los muertos resucitan…».

Hoy, como entonces, también el Señor Jesús viene a salvarnos. Viene a abrirnos los ojos y los oídos. Viene a fortalecer nuestras rodillas vacilantes y a resucitar a los muertos, aunque esto parezca imposible. ¡Cuántos andamos por la calle como vivos, pero estamos muertos en nuestro interior por el pecado! Por eso, el Señor, con la fuerza de su Palabra viene a sacarnos de nuestros sepulcros y nos entrega su vida, una vida nueva, una vida de resucitados.

No hemos de tener miedo al contemplar nuestra realidad. No hay entre nosotros ningún justo. Todos tenemos necesidad de salvación. El Señor nos conoce a fondo y no se escandaliza de nuestros pecados por grandes que sean. Su venida no tiene otra finalidad que salvar. Él no ha creado la desgracia y la desdicha, somos nosotros los que usando mal de nuestra libertad, obtenemos como fruto de nuestro pecado el sufrimiento.

Si verdaderamente reconocemos nuestra limitación y nuestra maldad, estamos de enhorabuena. El Adviento nos recuerda que la salvación está cerca, porque el Señor llega con poder. Viene a salvar lo que está perdido sin remedio.

DOMINGO II DE ADVIENTO - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

DOMINGO II DE ADVIENTO - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

«ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 3, 9-15 *Rm 15, 4-9 * Lc 1, 26-38 

Hoy la Iglesia Universal celebra el segundo domingo de Adviento. Sin embargo, para España, la Congregación para el Culto Divino, atendiendo la solicitud de la Conferencia Episcopal Española, ha dispensado la observancia de las normas litúrgicas, autorizando la celebración de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que es la Patrona de nuestra Patria, y una devoción de gran raigambre entre los españoles. El evangelio que comentaremos será, pues, el que corresponde a esta advocación de la Virgen.

En el evangelio de san Lucas contemplaremos al arcángel Gabriel que saluda a María llamándola “llena de gracia”, porque, por voluntad de Aquel que todo lo puede, no ha sido contaminada por el pecado ni en un solo instante desde su concepción. No podía ser de otra forma. ¿Cómo imaginar que aquella que había sido elegida desde toda la eternidad como madre del Hijo de Dios, iba a estar ni un solo segundo en poder de su enemigo mortal? La sola idea de que esto fuera posible, repugna a nuestra razón.

María, abandonándose a la voluntad del Señor, accede. El Espíritu Santo la cubre y es por obra de ese Espíritu, por el que, desde aquel mismo instante, empieza a formarse en su seno una criatura nueva que es a la vez Hijo del Altísimo e Hijo de María. La obra de salvación diseñada desde antiguo por Dios, entra así en la recta final.

¿En qué medida nos afecta a ti y a mí este acontecimiento primordial de la historia de salvación? Aunque no lo parezca nos coge de lleno, no solo porque este hecho supone el inicio del cumplimiento de la promesa continuada de Dios de enviarnos un Salvador, sino porque la historia de María es tu historia y es mi historia. María eres tú y María soy yo.

Nosotros, los creyentes, estamos llamados a ver transformada nuestra naturaleza de pecado, en la naturaleza de los hijos de Dios. Esto se lleva a cabo, como le ocurrió a María, en un proceso de gestación. A María fue el esperma del Espíritu el que la fecundó. A nosotros es el esperma de la Palabra, como la llaman los santos padres, la que penetrando en nuestro interior nos fecunda y hace que empiece en nosotros la gestación de un hijo de Dios.

Nosotros hemos escuchado en la predicación de la Iglesia, en el Kerigma, en la palabra de salvación, la gran noticia: “Dios te ama tal y como eres, con tus defectos, tus vicios, tus pecados y tus manías. Él no ha esperado que fueras bueno para amarte, te ama tal y como eres, pecador. Él, para amarte, nunca te ha exigido que cambies de vida. Te ama con locura en tu realidad de pecado. No ama al pecado porque sabe que te hace infeliz, que te hace sufrir, pero a ti, pecador, te ama hasta el extremo de entregar a la muerte a su único Hijo, para liberarte a ti de la muerte, y con su resurrección devolverte a la vida. No contento con esto, lo ha constituido Señor y Kyrios de todo lo que para ti es imposible lograr, y que por no lograrlo te hace infeliz. Unido a Él, ya nada para ti es imposible”.

Las palabras del Kerigma, la Buena Nueva de la salvación, que nos da a conocer la Iglesia, aceptadas por nosotros de la misma manera que hizo María, son en nuestro interior el esperma del Espíritu que hace que, en nuestro cuerpo de pecado, empiece a desarrollarse una nueva criatura, un hijo de Dios. Esta transformación es obra del Bautismo recibido y desarrollado conscientemente. Por medio de él quedan borrados todos nuestros pecados, y nosotros quedamos llenos de gracia y elevados a la categoría de hijos de Dios, siendo por tanto coherederos con Cristo del Reino de los Cielos. 


DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -A-

«ESTAD EN VELA PORQUE NO SABÉIS NI EL DÍA NI LA HORA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 2, 1-5 * Rm 13, 11-14a * Mt 24, 37-44

Damos comienzo con este domingo a un nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento que iniciamos hoy es un tiempo de preparación a la venida del Señor. Esa venida puede considerarse bajo dos aspectos. Por una parte, el Adviento prepara para la venida del Señor Jesús y su nacimiento que celebraremos en Navidad. Por otra, nos hace presente a los creyentes una realidad que muchas veces no tenemos en cuenta: el hecho de que esta vida, la que vivimos cada día, no es algo definitivo, sino que solo es un tiempo en que tenemos que estar vigilantes ante la segunda venida del Señor, y la vida eterna a la que todos estamos llamados.

Durante casi todo el año, los evangelios que se proclamarán estarán tomados del evangelio según san Mateo. El de hoy, nos va a presentar una situación muy semejante a la que vive nuestra sociedad. La gente, también tú y yo muchas veces, vive como si la clase de vida que llevamos fuera la definitiva. Trabajan, se divierten, se casan, tienen hijos, hacen planes de futuro, viven preocupados por la ecología y el cambio climático, y echan cálculos sobre lo que pasará dentro de cincuenta o cien años, sin tener en cuenta que ellos no serán testigos de esos acontecimientos. No son conscientes de que nada de lo que ahora sucede es definitivo. No se dan cuenta de que estamos continuamente en camino. Han montado su tienda en este mundo y viven sin preocuparse como si tuvieran su vida asegurada.

Esa misma situación es la que vivían las gentes en tiempos de Noé. Por eso Jesús nos dice hoy en el evangelio: «Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre». ¿Cómo vivían en tiempos de Noé? «La gente comía y bebía y se casaba hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos…»

No queremos ser agoreros ni profetas de catástrofes, pero afirmamos que esta palabra hallará cumplimiento cuando menos lo esperemos. No es necesario que llegue el final del mundo. Para ti y para mí se cumplirá, sin duda mucho antes, y será en el momento menos esperado. Por eso el Señor Jesús viene en nuestra ayuda y nos dice: «Estad en vela, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre».

Son muchos los que viven de espaldas a esta realidad viviendo despreocupadamente como si su vida fuera eterna. Por eso, cuando se enfrentan de momento con una muerte, un cáncer o cualquier otra desgracia grave, se quedan descolocados. Vivían como si estas esas cosas solo les pasaran a los demás. Entonces, se encuentran solos y sin saber a quién acogerse.

No seamos necios y tomemos nuestra vida en peso, es decir, sin perder de vista de dónde venimos y cuál es la meta hacia la que caminamos. Mantengámonos vigilantes. Que los avatares, alegrías y sufrimientos de esta vida, y los señuelos que nos muestra el mundo, no nos hagan olvidar cuál es el objetivo de nuestra vida. Esta sabiduría es la que nos ofrece la Iglesia, que nos ayuda a vivir con intensidad el presente, y a la vez nos recuerda que nuestro fin último es alcanzar la vida eterna.


DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TODO FUE CREADO POR ÉL Y PARA ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 5, 1-13 * Col 1, 12-20 * Lc 23, 35-43

Con este domingo damos fin al año litúrgico 2019. El próximo corresponderá al domingo primero de Adviento con el que daremos inicio a un nuevo año de la Iglesia. El año litúrgico sigue el desarrollo de la historia de salvación. De manera que a través de él vamos recorriendo todos los acontecimientos que de esta historia de salvación fue viviendo el Señor Jesús.

            Hoy culminamos esta historia y no podíamos hacerlo de otra manera, que considerando la figura de Jesucristo Rey del Universo. San Pablo en su epístola a los Colosenses nos ha dicho refiriéndose al Señor Jesús: «Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en él. Él es la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo». Ante esta afirmación tan rotunda de la primacía del Señor Jesús, poco podemos añadir nosotros. El Señor, para nuestra salvación, dejó el cielo, se humilló, vivió, sufrió y padeció como uno de nosotros, o quizá deberíamos decir más que nosotros, porque su sufrimiento alcanzó cotas casi imposibles de ser asumidas.

            Como consecuencia de ese anonadamiento y de esa humillación, dirá san Pablo en su carta a los Filipenses, «Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre». Esto es lo que la Iglesia celebra hoy, la solemnidad de Cristo Rey del Universo, colocado por Dios por encima de todo poder, dominación y potestad.

            Esta primacía del Señor Jesús sobre todo lo creado, tiene para nosotros una importancia primordial. Sin embargo, antes de ver el beneficio que nos reporta, es necesario hacer una aclaración con el fin de que se comprenda la expresión «Dios le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre». En la Escritura, hacer alusión al nombre es lo mismo que aludir al poder. Nombre equivale a poder. Por eso decir que se le ha dado «el Nombre sobre todo nombre», es lo mismo que decir, se le ha dado el poder sobre todo poder.

            ¿Por qué la primacía del Señor Jesús sobre todo lo creado es tan importante para nosotros? La respuesta es la siguiente: nosotros, por el pecado de origen, tenemos debilitada nuestra voluntad y nuestra libertad. Así lo constata en sí mismo san Pablo cuando afirma: «Mi proceder no lo comprendo. Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta». No me cabe la menor duda de que también tú y yo queremos hacer el bien. Sin embargo, nos vemos impotentes para realizarlo. Tu orgullo, tu egoísmo, tu sexualidad, tu amor al dinero, tu genio y también ese vicio oculto que tienes y que te avergüenza, impiden continuamente que obres según la voluntad de Dios. Si eres sincero, confesarás que te sientes esclavo de muchas cosas y que no puedes evitarlo.

            Pues bien. En este panorama nada halagüeño para ti, aparece Aquel que ha recibido todo poder: el Señor Jesús. Dios-Padre lo ha constituido Señor de todo lo que te esclaviza. Señor de tu genio exigente, dominador e intolerante. Señor de tu amor al dinero que hace que en vez de corazón tengas una caja fuerte. Señor de tu orgullo que más de una vez, aunque quieres disimularlo, te hace mirar a los demás por encima del hombro. Señor de tu sexualidad que te tiene atado a la masturbación, etc. Es Señor de todas esas inclinaciones que son mucho más fuertes que tu voluntad. Dios-Padre lo ha puesto, precisamente como eso, como Señor, para que te ayude en aquello que para ti es imposible. Solo hace falta que tú lo invoques, que le grites, que le digas: ¡Señor, ayúdame que no puedo! ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Llámalo, pídele ayuda, y te aseguro que no fallará. No existe nadie que haya invocado el Nombre de Jesús que no haya sido escuchado.

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«CUIDADO QUE NADIE OS ENGAÑE, PORQUE MUCHOS VENDRÁN USANDO MI NOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 19-20ª * 2Tes 3, 7-12 * Lc 21, 5-19

Llegamos al penúltimo domingo del tiempo ordinario. La liturgia nos ha ido mostrando a través de todo el año las distintas etapas de la historia de salvación. Hoy, la Palabra, trae a nuestra consideración el final de los tiempos.

El Señor toma pie para hablar de ese final, al ver la admiración que muestran los discípulos contemplando la belleza del templo. Les dice: «Esto que contempláis, llegará día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Esta afirmación de Jesús halló cumplimiento en el transcurso de la historia, pero tiene para nosotros un significado mucho más profundo porque afecta directamente a la Iglesia la que conocemos. En la destrucción del templo podemos ver el final de la Antigua Alianza, que abre camino a la Nueva Alianza y al nacimiento de la Iglesia de Jesucristo, que ya no está construida con bloques de piedra, sino con piedras vivas como afirma san Pedro.

Al final de los tiempos todo esto que estamos viviendo también será transformado, de manera que esta Iglesia peregrina, esta Iglesia militante en la que nos encontramos, también llegará a su fin, dando paso a la nueva Iglesia, aquella que Juan vio en el Apocalipsis bajar del cielo, cuando decía: «Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo».

El Señor prepara a sus discípulos poniéndoles en guardia ante los acontecimientos que precederán a este final. Van a ser tiempos muy duros porque las fuerzas del mal intentarán jugar sus últimas cartas, para arrebatar al Señor a aquellos que le son fieles. Por eso el Señor advierte: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: “Yo soy” o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos». Y añade: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre».

El Señor mostrará su misericordia dando a los hombres una última oportunidad de conversión. Para ello permitirá que se persiga a sus fieles, a sus discípulos, para que tengan oportunidad de confesar su nombre ante reyes y gobernadores, siendo testigos ante ellos del amor y la misericordia de Dios hacia todos los hombres. Serán perseguidos incluso en su misma familia, llegando algunos a derramar su sangre.

Hasta ahora hemos estado hablando en tercera persona, pero todo lo que anuncia el Señor, lo anuncia también para nosotros. Estamos viviendo un tiempo en el que las fuerzas del mal dominan casi por completo a nuestra sociedad. Se persigue a todo aquel que confiese defender los valores cristianos y, so capa de defender las libertades, se permiten, incluso a niveles judiciales, toda clase de atropellos y burlas soeces contra la Iglesia y los cristianos.  Se persigue y mata a aquellos que, en países islámicos, se confiesan fieles a Cristo, etc.

Con todo esto, no pretendemos afirmar que el fin del mundo esté próximo, pero sí es cierto que estamos entrando en los últimos tiempos. La maldad, como anuncia el Apocalipsis, se enseñorea en la sociedad. Cada batalla que gana el mal, no tiene retroceso. La Iglesia necesita testigos que, aún con su propia vida, anuncien al mundo que el mal no prevalecerá, que el amor de Dios y su voluntad de salvación para todos los hombres es irrevocable.

Tú y yo, seguramente, no seremos testigos del fin del mundo, pero el mundo terminará para nosotros cuando menos lo esperemos, por eso es necesario que nos mantengamos vigilantes. No tengamos miedo al rechazo de los demás, y anunciémosles con nuestra vida que Dios los ama y que, también para ellos, ha dispuesto un vida eterna y feliz.