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DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«JESÚS, MAESTRO, TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 5, 14-17 * 2Tim 2, 8-13 * Lc 17, 11-19

En el evangelio de este domingo, san Lucas nos narra la curación de diez leprosos llevada a cabo por el Señor Jesús.

En tiempos de Jesús la lepra era una enfermedad bastante frecuente. La vemos aparecer en distintos pasajes de los evangelios. La lepra era una enfermedad terrible que no tenía cura. Los que estaban afectados por ella, veían como su cuerpo se llenaba de pústulas y la carne caía a pedazos. El leproso para el pueblo era como un maldito, que debía abandonar su casa y a los suyos para ir a vivir lejos de la población. Si andaba por algún camino tenía la obligación de hacer sonar una campanilla y gritar, ¡impuro, impuro!

Esta era la situación de los diez leprosos que aparecen en el evangelio y que de lejos gritan al Señor: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros». Jesús les dice: «Id a presentaros a los sacerdotes». Les habla así, porque en la Ley de Moisés estaba establecido que, si alguno curaba de la lepra, debía presentarse al sacerdote para que testificara su curación.

San Lucas continúa diciendo: «Y mientras iban de camino quedaron limpios». De los diez, solo uno regresó de inmediato donde Jesús, para dar gloria a Dios por su curación.

En la tradición de la Iglesia se considera como lepra al pecado. Si somos sinceros, reconoceremos que también nosotros somos pecadores, aunque muchas veces intentemos ocultarlo. Llevamos el pecado encima como una segunda piel, y tenemos la experiencia de que con solo nuestro esfuerzo es muy difícil librarnos de él.

Los diez leprosos están convencidos de dos cosas. La primera, que son leprosos, y la segunda, que hay uno que puede librarles de la lepra: el Señor Jesús. Persuadidos de esto, y resueltos a verse libres de la enfermedad, ¿qué hacen? Gritan, es decir, piden, rezan y son escuchados.

Es muy fácil de aplicar este evangelio a nuestra vida, si desde el principio estamos convencidos de nuestros pecados. Si nos vemos pecadores reconoceremos que el pecado nos cubre como la lepra cubría a aquellos diez enfermos. Ellos no podían librarse de la enfermedad. También nosotros, a pesar de nuestros esfuerzos, reconocemos que, con facilidad, caemos en el juicio, en la crítica, en la presunción, en la masturbación, etc., a pesar de los buenos propósitos que hacemos cada vez. Se trata de algo superior a nuestras fuerzas. Si esto es así, ya tenemos la primera parte. La segunda nos la muestran los leprosos: reconocer que hay uno con poder de limpiar la lepra, con poder de perdonar los pecados. Está a nuestro alcance decir: “Señor, ya lo ves. Soy un desastre. Una y otra vez caigo en los mismos pecados. Ten misericordia de mí”. Te aseguro que, si lo haces así, recibirás la ayuda que necesitas.

Nosotros vamos a fijarnos en otro detalle, ¿cuándo los leprosos se ven libres de la enfermedad? «Mientras iban de camino quedaron limpios», dice el evangelio. En la Iglesia, también nosotros vamos de camino. Y es en el camino de la vida, en el día a día, donde experimentaremos la acción salvadora del Señor Jesús, porque Él, está a nuestro lado, camina con nosotros.

Finalmente, notemos que solo uno de los leprosos regresa agradecido dando gloria a Dios, es un samaritano, un extranjero. Quiere esto decir que, si te ves libre del pecado, de tu vicio, de tu mala inclinación, no te lo apuntes como un éxito personal, no ocultes que ha sido la misericordia y el amor de Dios el que te ha liberado. No tengas miedo de decir a los tuyos que el Señor se ha compadecido de ti, ha sido bueno contigo y te ha salvado.


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«SEÑOR, AUMÉNTANOS LA FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hab 1, 2-3;2, 2-4 * 2Tim 1, 6-8.13-14*Lc 17, 5-10

Estamos atravesando tiempos difíciles en lo que respecta a la vida de fe. La mayoría de la gente que vive a nuestro alrededor, incluyendo alguno de nuestros familiares, aunque están bautizados viven de espaldas a Dios y a su Iglesia. Hace tiempo que en la sociedad se constata una auténtica crisis de fe.

Entre otros motivos para que se dé esta crisis encontramos dos muy importantes. En primer lugar, los adelantos científicos que están dando respuestas a situaciones a las que antes no se encontraba solución, hacen que desaparezca el sentido de lo sobrenatural. En segundo lugar, la forma de vivir de los que nos llamamos católicos, la mayoría de las veces, no es nada atractiva para los que no creen. Vivimos nuestra fe en un estadio infantil, aunque nos cuesta reconocerlo.

Nuestra vida, quizás, podríamos compararla a de los Apóstoles que hoy se acercan al Señor para decirle: «Auméntanos la fe». Ellos son testigos de cuántas veces el Señor a aquellos que le pedían ayuda les ha dicho: «Tu fe te ha salvado». Necesitan tener también esa fe, como lo necesitamos nosotros. La respuesta del Señor no puede ser más clara: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería». Hasta ese punto estaban ellos, y también nosotros, equivocados y necesitados de la fe.

Ahora nosotros podemos preguntarnos, ¿qué tenemos que hacer para que nuestra fe crezca? La fe es un don, un regalo de Dios, por lo tanto, no puede adquirirse a base de esfuerzo. San Pablo, en su Carta a los Romanos, nos dice que «la fe viene de la predicación, y la predicación, de la Palabra de Cristo». Significa esto que no se obtiene la fe a través de largas oraciones y sacrificios, sino que nuestra fe crecerá si abrimos el oído a la Palabra, y si la escuchamos como salida de los labios del Señor. De ahí la importancia del encargo del Señor cuando envía a los discípulos anunciar a todo el mundo la Buena Noticia diciendo: «el crea se salvará y el que no crea se condenará».

Pongámonos, pues, a la escucha de la Palabra, y pidamos al Señor que nos conceda el don de la fe.

La segunda parte del evangelio viene a ayudarnos especialmente, a aquellos que nos llamamos discípulos del Señor, y que vivimos nuestra fe cercanos a la Parroquia, y que de una forma u otra colaboramos activamente con ella.

Ser discípulo del Señor supone estar dispuesto a, con su ayuda, hacerlo presente en medio de los que nos rodean. Estar dispuestos, también, a no limitarnos exclusivamente a nuestra eucaristía semanal, sino a involucrarnos en las distintas actividades de la Parroquia, en el culto y la liturgia, en las tareas de caridad, en la visita a los enfermos, etc. Resumiendo, a no ser un miembro pasivo de la comunidad parroquial, sino un miembro activo, dispuesto a arrimar el hombro siempre que sea necesario.

Si te ves reflejado en lo que hemos descrito tienes el peligro complacerte en la actividad que desarrollas, y pensar que mereces una recompensa. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. ¿Tienes algo que no hayas recibido gratuitamente? ¿No es el Señor el que cada día te potencia para llevar adelante tu actividad? ¿De qué presumes, entonces?

Atiende a las palabras del Señor y pídele que esa sea tu actitud: «Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer» 


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«AMA A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 6, 1a.4-7 * 1Tim 6, 11-16 * Lc 16, 19-31

En el evangelio de la semana pasada el Señor Jesús nos decía: «Ganaos amigos con el dinero injusto…». Decíamos, entonces, que el dinero o las riquezas injustas eran todos aquellos bienes que habíamos recibido del Señor durante nuestra vida, con el fin de que los administráramos adecuadamente.

La mayoría de nosotros, si hemos de ser sinceros, consideramos lo poco o mucho que tenemos, como propiedad personal. No se nos ocurre pensar que lo hayamos recibido de nadie, y mucho menos, que tengamos la obligación de compartirlo con los demás. Sin embargo, estamos muy equivocados.

Lo que ocurre es que, al desaparecer Dios de nuestra vida a causa del pecado, nos aferramos a todo lo que nos brinda el mundo, a fin de llenar el hueco dejado en nuestro corazón por el amor de Dios. Todos deseamos ser felices y nos agarramos a un clavo ardiendo con tal de conseguirlo. Rechazamos todo aquello que nos hace presente nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestra limitación… Todos deseamos por encima de todo, ser, ser más, que nos consideren, que nos tengan en cuenta. Fruto de esta ansia de ser, es el hecho de que todos nos volvemos egoístas. Solo estamos de acuerdo con los demás, en tanto en cuanto su manera de obrar o de sentir, no sea una merma para nuestra persona.

El rico de la parábola del evangelio de hoy, es el paradigma de esta persona egoísta que solo utiliza sus riquezas en provecho propio. Come, bebe, banquetea, sin importarle que a la puerta de su casa un pobre hambriento y enfermo, desee, al menos, recibir para alimentarse las migajas y mendrugos que caen de su mesa. Vive para sí mismo sin preocuparse para nada de los demás.

Ignora que aquel mendigo es un predilecto del Señor, ya que el Señor se complace en el pobre, en el humilde, en aquel que no cuenta para nadie. Lo vemos, con frecuencia en la Escritura, cuando el Señor se erige en defensor de los pobres, de los huérfanos, de las viudas y de los forasteros. Veamos cómo lo dice en el Deuteronomio: «Cuando siegues la mies en tu campo, si dejas en él olvidada una gavilla, no volverás a buscarla. Será para el forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yahveh tu Dios te bendiga en todas tus obras. Cuando varees tus olivos, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda».  

Citábamos la semana pasada el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma…», pero no hemos de olvidar que existe un segundo mandamiento ligado íntimamente al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esto es lo que ha olvidado el rico de la parábola y esto es lo que con demasiada facilidad podemos olvidar nosotros, apropiándonos de aquellos bienes de los que solo somos administradores.

No olvidemos las palabras del Señor Jesús: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis." Yo ahora pregunto: ¿somos capaces de ver en el mendigo que nos alarga su mano o en el emigrante o el forastero que nos pide ayuda, la figura del Señor Jesús que se acerca a nosotros? ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado o sencillamente decimos “otra vez será”?

Como vemos en la parábola, el Señor se encarga de hacer justicia a los pobres. Son sus predilectos. Pero no olvides que a ti y a mí que somos sus discípulos, nos ha elegido para que también en estos casos, a la hora de salir en defensa de los pequeños, ocupemos su lugar.


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 8, 4-7 * 1Tim, 2, 1-8 * Lc 16, 1-13

Este domingo comenzaremos el comentario al evangelio empezando por el final. En el último párrafo, san Lucas, pone en labios del Señor Jesús estas palabras: «Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Es curioso que el Señor a la hora de buscar cómo debe ser el comportamiento de un discípulo, no enumere otros tipos de pecados. No habla del sexo, ni de respetar la vida de los demás, ni tampoco alude a la mentira o al falso testimonio, etc., sólo hace referencia a la relación que tenemos con el dinero. Quizá sería interesante averiguar cuál es la razón para obrar así.

Para el hombre, huérfano del amor de Dios por el pecado, es indispensable encontrar una razón de ser a su existencia. Sería absurdo pensar que aparecemos en el mundo igual que las setas, de la noche a la mañana, sin que nadie las siembre. El mundo nos brinda esa razón de ser, presentándonos a las riquezas como aquello por lo que vale la pena vivir. Contrapone, entonces, el amor de Dios con el dinero, dos cosas que son totalmente incompatibles.

Cuando en otros pasajes del evangelio preguntan al Señor Jesús cuál es el mandamiento más importante de la Ley, responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Amar al Señor con todo el corazón y con toda la mente significa amarlo con todo nuestro ser, y amarlo con todas las fuerzas significa amarlo con todos nuestros bienes, con todas nuestras riquezas. Que quede claro, pues, que cuando en nuestro corazón asienta sus reales el dinero no queda espacio para el amor de Dios. Por eso el Señor nos dice: «No podéis servir a Dios y al dinero».

Con todo lo que estamos diciendo sobre las riquezas no queremos decir que sean malas en sí mismas. Todo lo que somos y tenemos proviene de Dios, pero existe un orden de valores que hay que respetar.

Hoy, el Señor, en el evangelio nos dice: «Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». ¿Cómo interpretar estas palabras del Señor? ¿Cuál es ese dinero injusto? Muy sencillo. Hemos de convencernos de que no tenemos nada que no hayamos recibido. Quizás pienses: con mi esfuerzo y mi trabajo he conseguido una posición social y unas riquezas. Nadie me ha regalado nada. Sin embargo, yo te digo: mira a tu alrededor. Fíjate cuántas personas son tan inteligentes como tú, tan trabajadoras o más trabajadoras que tú, y cuánto se esfuerzan por conseguir lo que tú tienes sin conseguirlo. ¿Eres tú más guapo que ellas? No me digas que han tenido mala suerte. La suerte o el azar no existe. Existe, desde luego, la Providencia de Dios. Recuerda las palabras de Job que tenía muy presente que todas sus riquezas provenían de Dios cuando afirmaba: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó».

A través de la parábola, el Señor nos invita a hacer lo mismo que el mal administrador, utilizando las riquezas que hemos recibido de sus manos y de las que solo somos meros administradores. Con esas riquezas podemos conseguir aquí amigos, que un día testifiquen ante Él a nuestro favor. «El amor, dice san Pedro en su primera carta, cubre multitud de pecados», y una manifestación eminente del amor es la limosna. También leemos en el Libro del Eclesiástico: «El agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados».

No seamos, por tanto, necios. No permitamos que nuestro corazón se pegue demasiado al dinero. Hagamos caso al Señor cuya palabra es fuente de vida, y cómo él nos dice: «Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«CELEBREMOS UN BANQUETE, PORQUE ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 32, 7-11 * 1Tim 1, 12-17 * Lc 15, 1-32

A través de la historia, en la vida de la Iglesia y en su predicación, se ha hecho hincapié en diferentes aspectos de la Palabra de Dios, entre los que ha destacado la importancia de la Ley y su cumplimiento, así como los frutos que debe dar todo cristiano. Se ha insistido más sobre el esfuerzo personal, que sobre la misericordia de Dios-Padre y su entrañable amor hacia el pecador, manifestados en la Cruz de nuestro Señor Jesús.

Hoy, san Lucas, en su evangelio, conocido como el “evangelio de la misericordia”, va a mostrarnos el que es, para nosotros, el verdadero rostro de Dios-Padre. Lo hará tomando como punto de partida el rechazo que produce entre los escribas y fariseos, la cercanía y compresión que el Señor Jesús manifiesta hacia todos los pecadores. Ellos, escandalizados por este comportamiento, murmurarán diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

A fin de hacer patente la importancia de la misericordia y mostrar como en una radiografía el interior del corazón de Dios, el Señor Jesús recurre a tres parábolas: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la parábola del Hijo Pródigo. En las dos primeras y particularmente en la de la oveja perdida, destaca la fiesta y el regocijo que hay en el cielo, cuando un pecador, reconociendo sus debilidades, vuelve el rostro hacia Dios. Es necesario señalar en esta parábola, el hecho de que la oveja no hace nada, y que es el pastor el que, incluso poniendo en peligro su vida, se afana por encontrarla.

En la tercera parábola, la del Hijo Pródigo, queda de manifiesto que el Señor Jesús conocía mejor que nadie el interior del corazón de Dios. Es imposible que alguien que no tuviera ese mismo corazón, llegara, ni por asomo, a imaginar el comportamiento de Dios-Padre ante la forma de actuar del hijo.

No vamos a exponer la parábola, solo vamos a considerar algunos aspectos de la misma, para poner de manifiesto el inmenso amor y a la vez el exquisito respeto que Dios siente por cada uno de nosotros sus hijos.

Cuando el hijo pide al padre la parte de la herencia, éste, pudiendo negársela, no lo hace, aún a sabiendas de que va a ser su perdición. También a ti y a mí, el Padre, a pesar de que sabía el mal uso que íbamos a hacer de la libertad, no dudó en ningún momento en concedérnosla.

El padre no desespera del regreso del hijo y, podemos imaginarlo, oteando cada día el camino a la espera de distinguir la silueta del hijo que regresa. Cuando esto sucede, no duda en echarse a correr para abrazarlo. También tú y yo abandonamos la casa paterna muchas veces para llevar nuestra vida siguiendo nuestros caprichos. Merecemos un buen azote, pero la respuesta del Padre es otra, espera con los brazos abiertos y con infinita paciencia nuestro regreso.

Cuando el hijo intenta pedir perdón, el padre lo abraza y lo llena de besos. Sobran las explicaciones, no hay reproches. Lo importante es que de nuevo tiene junto a sí, al hijo que tanto ama. Es la misma actitud del pastor al encontrar la oveja perdida, no la maltrata, al contrario, la carga sobre sus hombros. Tampoco a ti y a mí el Señor nos pide explicaciones. Lo que le importa es que nos volvamos hacia él, reconociendo nuestra mala cabeza y acogiéndonos a su misericordia.

El Señor Jesús nos muestra con esta parábola el interior del corazón del Padre. Un corazón que ama sin medida. Un corazón en donde no cabe el rencor. Un corazón que perdona sin límite. Un corazón, lo vamos a decir con una expresión humana, que goza inmensamente cuando nos ve a nosotros felices.

Todo esto nos lleva a eliminar de nuestro interior todo temor, aún a sabiendas de que somos hijos infieles. La magnitud de nuestro pecado será siempre infinitamente menor, que el amor y la misericordia que Dios siente por cada uno de nosotros.

DOMINGO XXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«QUIEN NO LLEVE SU CRUZ DETRÁS DE MÍ, NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 9, 13-18 * Flm 9b-10.12-17 * Lc 14, 25-35

Hemos hablado en distintas ocasiones sobre la radicalidad del Evangelio. Podemos decir que uno de los pasajes del evangelio en el que se muestra con mayor fuerza esa radicalidad, es aquel en el que el Señor Jesús afirma: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.». Decimos esto, porque también hoy, en el evangelio, el Señor Jesús es radical, tajante en sus afirmaciones.

Hoy, el Señor, volviéndose hacia la muchedumbre que lo sigue dice: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Esta traducción del evangelio es un tanto suave. No ocurre lo mismo con la que nos ofrece la Biblia de Jerusalén, que es una de las más fieles a los textos originales. En ella, se pone de manifiesto mucho más la radicalidad de la que hablamos, ya que dice textualmente: «Si alguno se viene conmigo y no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos…, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío».

Vemos, pues, que no habla de posponer, sino que dice odiar. Es fácil que a más de uno esta expresión odiar, le haga daño a los oídos y le haga pensar: ¿Cómo es posible que el Señor, que tanto insistió en su vida hablando del amor hoy nos empuje a odiar a los nuestros? La respuesta la hallamos al fijarnos en el Mandamiento principal de la Ley que dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo».

Si amamos a Dios con todo el corazón y con toda el alma, es imposible que no amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Lo que no podemos hacer es invertir los términos. Si amamos a los nuestros más que a Dios, se convierten en ídolos para nosotros ya que ocupan el lugar que solo Dios merece. Dicho con otras palabras: aparta de ti y odia todo aquello que se interpone entre Dios y tú. Todo aquello que impide que Dios sea lo primero en tu vida. Te aseguro que, si Dios es lo primero en tu vida, podrás amar a los tuyos si ninguna limitación, hasta el extremo de estar dispuesto a dar tu vida por ellos.

Es tan importante la misión que Dios pone en nuestras manos como cristianos, que nos invita a seguirle cargando con nuestra cruz de cada día. ¿Cuál es mi cruz, puedes preguntar? Tu cruz es todo aquello que en tu vida que no puedes soportar, que te impide ser feliz. Tu genio, tus vicios ocultos, el carácter de tu mujer, de tus padres o de tus hijos. La falta de dinero que te impide atender a tus necesidades, la falta de trabajo, la enfermedad… etc. Todo aquello de tu vida que escapa a tu control, que te impide ser feliz y que pone de manifiesto tu impotencia.

Quizá sigas preguntado: ¿Por qué el Señor en vez de quitarme esa cruz quiere que cargue con ella y le siga? Sencillamente, porque por un lado te hace ver que eres impotente para cargar con tu cruz, con tu realidad de cada día. Por otro lado, quiere que experimentes su poder, ya que está siempre contigo dispuesto a echarte una mano. Es muy importante también tener en cuenta que el Señor dice: «Quien no lleve su cruz detrás de mí…», significando que es él, el que va abriendo camino. San Pablo lo tenía muy presente cuando exclamaba: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».  

El Señor nos ha elegido para una gran empresa: dar a conocer su salvación a todos los hombres. Y como no quiere que te llames a engaño, te pregunta: «¿Has calculado los gastos? ¿Sabes qué significa ser discípulo mío? ¿Estás dispuesto a seguirme sin condiciones?» La empresa que pone en nuestras manos es demasiado importante como para no tomarla en serio. De ahí la radicalidad del Evangelio. No podemos jugar con dos barajas. Por eso también es importante tener en cuenta el premio que nos otorga, y que no es otro, que empezar ya aquí y ahora a vivir la vida eterna.


DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TODO EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO; Y EL SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 17-20.28-29 * Heb 12, 18-19.22-24ª * Lc 14, 1.7-14

Una vez más el evangelio pone de manifiesto un aspecto de nuestra vida, de nuestro carácter, que es como el leitmotiv de la existencia del hombre. Nadie podemos escapar a este impulso. Nos referimos al ansia, muchas veces incontrolada, que tenemos de ser, de destacar, de que se nos considere.

El origen de este impulso generalizado que tenemos, hay que buscarlo, lo hemos dicho muchas veces, en el pecado de origen, en aquel con el que nacemos todos. Cuando el Señor nos creó, puso en nuestro interior un corazón capaz de experimentar el amor que Él nos profesaba, y a la vez, capaz de devolverle ese amor. De tal manera que en esa relación de amor, estribara toda nuestra felicidad. Sin embargo, y queriendo llevar hasta el extremo el amor que sentía por nosotros, el Señor quiso hacernos el regalo de la libertad porque no toleraba que tuviéramos que amarle a la fuerza.

El uso desordenado de esa libertad nos condujo al extremo de apartarle de nuestra vida, dejando su amor un enorme hueco en nuestro corazón. De esta forma el Señor dejó de ser el centro de nuestra existencia. La situación en la que quedamos era complicada. Aparecía en nosotros la insatisfacción. No encontrábamos nuestra razón de ser, el motivo por el cual vivir. Por lo tanto, era necesario llenar a toda costa el hueco que el amor de Dios había dejado en nuestro corazón.

Para llenar ese hueco pretendemos que los demás nos quieran, que nos respeten, que nos tengan en cuenta. Nosotros pensamos que eso es posible conseguirlo si tenemos riquezas, si alcanzamos poder, si logramos destacar por encima de los demás. Eso es precisamente lo que pretenden los invitados a la boda que hoy nos narra el evangelio. Buscan los primeros puestos, buscan destacar, buscan ser más que los demás. Necesitan llenar su corazón con el aprecio y el respeto de los otros.

Como el plan de Dios para con nosotros es otro, sucede que ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., consiguen llenar el hueco que el amor de Dios ha dejado en nuestro corazón. De la misma manera que cuando tenemos sed, solo podemos apagarla bebiendo agua, así también, lo único que es capaz de llenar de nuevo nuestro corazón, es el amor de Dios.

San Agustín, en el Libro de las Confesiones, expresa esta circunstancia de una manera genial. Dice así: «Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti». Quiere decir esto que nada del mundo, ni el amor humano, ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., serán capaces nunca de devolvernos la felicidad que teníamos antes de haber pecado. Lo que nos ofrece el mundo son sucedáneos del amor. Son aguas turbias incapaces de saciar por completo nuestra sed. El dinero, el poder, el amor humano, el sexo, en vez de devolvernos la felicidad, nos esclavizan y nos exigen cada vez más, de manera que nunca llegamos a encontrarnos saciados.

Esta impotencia para alcanzar la felicidad, en apariencia parece una condenación, sin embargo, no es sino un rasgo más del amor inmenso que el Señor siente por ti y por mí. Él ha dispuesto, para que tengamos necesidad de buscarlo y logremos por tanto ser felices, que nada de este mundo sea capaz de llenar nuestro corazón.

No malgastemos, pues, nuestras energías, busquemos su rostro. Él está muy cerca de nosotros y está deseando que lo encontremos. No seamos obstinados pidiendo la vida al mundo. Volvámonos hacia Él, que como Padre amoroso nos espera con los brazos abiertos.


DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 18-21 * Heb 12, 5-7.11-13 * Lc 13, 22-30

En el evangelio de hoy, uno de los seguidores de Jesús le hace una pregunta muy importante: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Esta cuestión es fácil que muchos de nosotros nos la hayamos planteado en algún momento.

Antes de continuar quisiéramos hacer una aclaración al respecto. ¿De qué salvación estamos hablando? Podemos considerar dos formas de salvación. Por una parte, la salvación del último día, aquella que tendrá lugar al fin de los tiempos, y que para cada uno de nosotros llegará en el momento de nuestra muerte. Esta salvación, lo hemos dicho en varias ocasiones, es una salvación universal. Una salvación que ha conseguido para toda la humanidad el Señor Jesús, mediante su Pasión, Muerte y Resurrección. De esta manera se ha cumplido la voluntad del Padre, tal como lo expresa san Pablo en la primera carta de Timoteo cuando dice. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Esta salvación es, pues, universal. Poco valdría la sangre de Cristo si no fuera motivo de salvación para todos los hombres que han existido y que existirán. Lo que ocurre es que, para ser beneficiarios de esta salvación, se ha de cumplir una premisa: que nadie haciendo uso de nuestra libertad, rechacemos la salvación que Dios nos ofrece. Dios no salvará a nadie a la fuerza.

La otra salvación, y es a la que el Señor se refiere en este evangelio, es la salvación actual. Es la salvación que supone adelantar al día de hoy la salvación final. Esa salvación está reservada únicamente a los elegidos, a aquellos que el Señor ha dispuesto para que la Buena Nueva, la noticia de la salvación, alcance a todas las generaciones. Esos elegidos, no son otros que aquellos que hemos sido llamados a formar parte de la Iglesia de Jesucristo. No todos los hombres han sido llamados a formar parte de esta Iglesia, pero sí que a todos ha de llegar la luz que irradia esa Iglesia, tal como lo expresa el Señor en el Sermón del Monte.

¿Por qué el Señor nos dice hoy «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha»? Porque la puerta para entrar en el Reino, la puerta para entrar en la Iglesia, es muy estrecha y solo pueden pasar por ella «los niños y aquellos que se hacen como niños», tal como nos lo recuerda el Señor Jesús en otro pasaje del Evangelio.

Tú y yo, a causa del pecado de origen, somos orgullosos y soberbios, y esa condición nos impide absolutamente entrar en la Iglesia. Es necesario que descubramos nuestra limitación, nuestro pecado y lo poco que valemos, para que nos convenzamos de que nada merecemos, de que nada podemos exigir. Esta actitud es precisamente la que más le agrada al Señor, porque así, la transformación que Él desea realizar en nuestras vidas, nunca pensaremos que ha sido fruto de nuestro esfuerzo y no caeremos en la tentación de robarle la gloria.

Cuando las puertas del Reino, de la Iglesia, se cierren a aquellos que convencidos por sus méritos deseen entrar, escucharán de labios del Señor una expresión terrible: «No os conozco». Y cuando digan «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas», escucharán de nuevo: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados».

Atentos pues, si nosotros, convencidos de nuestra valía, del hecho de estar en la Iglesia desde pequeños, de pensar que somos fieles cumplidores de la Ley y que, por eso precisamente, nos tomamos la libertad de juzgar a los alejados que llevan el pecado en su mano, sin tener misericordia de ellos, lamentablemente estas frases pueden sonar también hoy para nosotros.