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ESTAMOS VIVIENDO MOMENTOS DIFÍCILES

ESTAMOS VIVIENDO MOMENTOS DIFÍCILES

VIVIMOS MOMENTOS DIFÍCILES

 

A causa de la pandemia del coronavirus estamos viviendo momentos muy difíciles, que pueden provocar en nosotros ansiedad y frustración. Vivimos como si tuviéramos encima la espada de Damocles. Es cierto, que por nuestra parte nos esforzamos en poner los medios necesarios para evitar la enfermedad. Sin embargo, no es menos cierto, que cada día nos llegan noticias nada tranquilizadoras sobre el avance de esta pandemia, y la cifra desorbitada de muertes que produce. Es necesario ser inconscientes para que esta situación no mine nuestro estado de ánimo.

Añoramos los días en que vivimos en paz libres de estas preocupaciones. En estas circunstancias podemos hacer nuestra la frase del salmista cuando en el salmo cuatro dice: «¿Quién nos hará ver la dicha» ¿Cuándo terminará este mal sueño? Quizá también tengamos facilidad para identificamos con el levita que en el salmo 41, recuerda con añoranza y congoja «cómo marchaba en medio de un pueblo en fiesta».

Esta es, sin duda, nuestra realidad y la de la mayoría de personas que nos rodean, contemplando impotentes el avance de la enfermedad. Sin embargo, nosotros, los creyentes, hemos de tener muy presente las palabras de Apóstol: «Todo sucede para bien de aquellos a los que el Señor ama». Nosotros no somos gente sin esperanza. Por eso, entrando en nosotros mismos hemos de hacer nuestras las palabras del salmo 41: «¿Por qué te acongojas, alma mía?¿Por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío.

Es un don del cielo tener la certeza de que el Señor no nos abandonará. Dios es nuestro auxilio y escudo. Es auxilio, en estos momentos de sufrimiento que cada día nos muestran, para nuestro bien, nuestra limitación y nuestra pequeñez. Es escudo, siempre dispuesto a defendernos  si nosotros imploramos su ayuda, porque, como dice la Escritura: «Nadie que invoque el nombre (el poder) del Señor será confundido»

Con el Señor a nuestro lado nada debemos temer. Hagamos nuestras las palabras del salmista: «Señor, tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan». Digamos con confianza: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! Señor, tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo. En paz, todo a una, yo me acuesto y me duermo, pues tú solo, Señor, me asientas en seguro». (sal. 4)

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

DOMINGO V DE CUARESMA  -A-

«YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 37, 12-14 * Rm 8, 8-11 * Jn 11, 1-45

Con este domingo damos comienzo a la última semana de Cuaresma, ya que con el próximo daremos inicio a la Semana Santa. A este domingo y a la semana que se inicia con él, tradicionalmente, hasta la llegada de la reforma que hizo de la liturgia el Concilio Vaticano II, se le denominaba Domingo de Pasión.

El evangelio de hoy nos muestra al Señor Jesús como dueño y Señor de la vida. Lo podremos comprobar a través del pasaje que nos narra, la resurrección de Lázaro.

Lázaro y sus hermanas Marta y María viven en una aldea cercana a Jerusalén, Betania, y se cuentan entre los discípulos de Jesús. Con frecuencia es en casa de estos hermanos donde se aloja cuando visita la ciudad. Sucede en esta ocasión que Lázaro enferma de gravedad mientras el Señor se halla lejos. Las hermanas le envían aviso, pero el Señor retrasa adrede su salida hacia Betania, de manera que, cuando llega, Lázaro ya ha muerto y lleva cuatro días enterrado.

Marta, al enterarse de la llegada de Jesús sale a su encuentro y al encontrarle le dice: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». El Señor le responde: «Tu hermano resucitará». «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día» dice Marta, pero el Señor a su vez le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

María, al conocer la llegada de Jesús, sale de la casa deprisa y llorando se echa a los pies del Señor diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». El Señor Jesús viéndola llorar a ella y a los que la acompañaban, solloza, y conmovido hace que lo lleven hasta la tumba. Una vez allí, de nuevo no puede reprimir las lágrimas y ordena: «Quitad la losa». Aunque ya huele mal, abren la tumba. Jesús, puestos los ojos en el cielo y después de dar gracias al Padre, dice con potente voz: «Lázaro, ven afuera». Ante el asombro de todos, el muerto sale con los pies y manos atados. El Señor dice: «Desatadlo y dejadlo andar».

Esta palabra de la resurrección de Lázaro encaja perfectamente en tu vida y en la mía. Creo que a estas alturas no tenemos la menor duda de que somos pecadores. El pecado, como dice san Pablo, es el aguijón de la muerte. Es decir, que es él, el que introduce en nosotros el veneno de la muerte. Por lo tanto también nosotros, como Lázaro, estamos muertos. Como él, también estamos atados y somos incapaces de devolvernos la vida. Pesa sobre nosotros una enorme losa que nos priva de libertad y nos esclaviza a la acción del mal. Por eso, tu y yo, podemos exclamar con san Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?»

La respuesta a esta situación nos la da el mismo Señor Jesús cuando dice a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Él, entrando en la muerte la ha derrotado, la ha destruido. Ha quitado la losa que nos aplastaba y ha abierto para nosotros una vida nueva, una vida eterna y feliz. ¿Creemos esto? Si lo creemos experimentaremos como Lázaro la resurrección, de lo contrario seguiremos muertos en nuestros pecados. Pensemos que todos tenemos experiencia de que en nuestra vida el Señor ha ido venciendo pequeñas o grades muertes. Esta experiencia es la que ha de acrecentar en nosotros la esperanza de nuestra resurrección última.


DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

DOMINGO IV DE CUARESMA  -A-

«VE A LAVARTE A LA PISCINA DE SILOÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 16, 1b. 6-7.10-13a * Ef 5, 8-14 * Jn 9, 1-41

Estamos acercándonos a la Pascua. Durante la celebración de la Vigilia Pascual, desde los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia administra el sacramento del Bautismo a los catecúmenos que han estado durante años preparándose para recibirlo. Por eso, en estos domingos que preceden a la celebración más importante de toda la liturgia de la Iglesia, se nos proponen evangelios que son, en realidad, catequesis bautismales.

Hoy va a ser la catequesis sobre el Ciego de Nacimiento. Hay dos curaciones importantes llevadas a cabo por el Señor Jesús devolviendo la vista a un ciego. La primera es la que realiza a un ciego en Jericó. Se trata de una persona que ha perdido la vista y que, por tanto, no ha sido desde siempre ciego. Por el contrario, el ciego del evangelio de hoy no sabe lo que es la luz porque ha nacido ciego.

Veamos lo que hace el Señor para devolverle la vista. Es de notar que este ciego, que está pidiendo limosna, no le pide al señor que lo cure, son los discípulos los que lo llevan a Jesús. Éste, escupiendo en el suelo hace un poco de barro con la saliva y se lo aplica a los ojos mientras le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». El ciego, obedece, va a la piscina, se lava y recupera la vista.

Esta Palabra, si la aceptamos con un corazón humilde, puede iluminar nuestra realidad haciendo crecer nuestra fe, porque, aún sin darnos cuenta, la situación de nuestra vida es semejante a la del ciego. ¿Cómo? Puede preguntar alguno ¿Es que yo también soy ciego? Pues sí, es el pecado, y en particular el egoísmo y la soberbia el que nos ciega, nos encierra en nosotros mismos e impide abrirnos a las necesidades de los demás. Somos ciegos porque somos incapaces de reconocer nuestras limitaciones y defectos. Somos ciegos porque no somos capaces de ver en nuestra historia de cada día, el cuidado y el amor que Dios-Padre tiene para con cada uno de nosotros sin exigirnos nada a cambio.

El ciego del evangelio, como nunca ha conocido la luz, vive su vida mendigando y conformado a su situación. Por eso el señor Jesús le pone barro en los ojos para bajarle a su realidad, para provocar en él la necesidad de lavarse. Eso mismo hace con nosotros para hacernos ver nuestra realidad de egoísmo y de ceguera. Nos hace ver que estamos sucios, que somos pecadores y necesitamos lavarnos. Necesitamos acudir a Aquel que tiene poder para devolver la vista a los ciegos.

El ciego después de lavarse y recobrar la vista, descubre un mundo maravilloso. Algo totalmente desconocido para él. Es lo mismo que experimentaremos nosotros cuando el Señor nos abra los ojos y salgamos de nuestro egoísmo y de nuestro orgullo. Descubriremos que junto a nosotros hay personas que sufren, que tienen ilusiones, que necesitan muchas veces de nuestra ayuda. Descubriremos el amor y la felicidad inmensa que proporciona darse a los demás, a tu mujer, a tus hijos, a tus padres, a tus vecinos, o a tus compañeros de trabajo… Saldremos de la vida mezquina que supone vivir encerrados en nosotros mismos.

Cuando esto suceda, tenemos que hacer lo mismo que hace el ciego de nacimiento. Dar testimonio de Aquel que nos ha abierto los ojos. Confesar que éramos ciegos, pero que ese hombre que se llama Jesús, poniéndonos barro en los ojos nos ha devuelto la vista, nos ha abierto los ojos dándonos a conocer lo que es de verdad la vida.   

 

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA  -A-

«EL QUE BEBA DEL AGUA QUE YO LE DARÉ, NUNCA TENDRÁ MÁS SED»

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 17, 3-7 * Rm 5, 1-2.5-8 * Jn 4, 5-42    

El agua es un elemento indispensable para la vida del hombre, de los animales y de las plantas. El agua a través de la historia de salvación tiene un doble significado. Es signo de muerte y destrucción como podemos comprobar en el diluvio universal y también en el Mar Rojo, cuando destruye por completo al ejército del Faraón que persigue a los israelitas. Es, así mismo, signo de vida. Podemos comprobarlo si viajamos por distintas regiones,  pues, viendo el paisaje podemos adivinar de inmediato cuáles son ricas en agua y cuáles son zonas de secano.

También en el terreno espiritual el agua tiene para nosotros una importancia primordial, manteniendo esa dicotomía entre aguas de vida y aguas de muerte. En el Bautismo el agua es signo de vida ya que de ella, por obra del Espíritu Santo, nace una criatura nueva y a la vez es signo de muerte porque en ella queda sumergido el hombre viejo, el hombre de pecado.

El evangelio de hoy nos va a hablar precisamente del agua. Encontramos a Jesús en Samaría cerca del pueblo de Sicar, junto al pozo de Jacob. Cansado se sienta junto al manantial. Está solo porque los discípulos han ido al pueblo cercano a comprar comida.

Una mujer del lugar llega al pozo a sacar agua. El Señor le dice: «Dame de beber». La Samaritana, extrañada, responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?» El evangelista aclara, que la extrañeza de la mujer se debe a la enemistad que existe entre judíos y samaritanos. Pero el Señor le responde: «Si conocieras el donde Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer, asombrada, pregunta a Jesús cómo es posible eso si el pozo es hondo y él no dispone de un cubo.

La respuesta del Señor sorprende a la mujer cuando le dice: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La respuesta de la mujer no se hace esperar: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

El Señor Jesús se acerca hoy a ti y a mí para decirnos: «Dame de beber». ¿Qué clase de agua nos pide? Nos pide nuestro pobre amor. Nos pide algo que nosotros somos incapaces de darle. Por eso, nosotros, a la vez, podemos preguntarle: ¿Cómo tú, que eres el mismo amor me pides a mí que soy un egoísta, que va de un lado para otro pidiendo que le quieran, un poco de amor? Soy yo el que necesito de esa agua, de ese amor para vivir. Él sabe que somos nosotros los que vamos bebiendo aguas que no sacian, y que cada vez nos dan más sed.

Por eso hoy sale a nuestro encuentro para ofrecernos un agua viva, un agua que satisfaga por completo nuestro deseo de felicidad. Un agua que dentro de nosotros se convierta en un verdadero manantial, un manantial de agua que salte hasta la vida eterna. Esa agua no es otra cosa que el Espíritu Santo, manantial inagotable de amor, capaz de hacernos experimentar ya aquí, la vida eterna. Digámosle nosotros, como la samaritana: danos, Señor, de esa agua. 


DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 12, 1-4ª * 2Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9

En unos tiempos un tanto convulsos en los que el mal se enseñorea en la sociedad, y en los que ha desaparecido de la vida del hombre la trascendencia, o dicho de otra manera, en los que la vida se vive de tejas abajo sin tener en cuenta que hemos sido creados para una vida eterna, la palabra del evangelio de hoy, debe ser para todos nosotros una inyección de esperanza.

Vemos al Señor Jesús que acompañado de Pedro, Santiago y Juan se transfigura, es decir, desaparece de él la presencia caduca y mortal, para mostrar la realidad interior que esa presencia oculta. San Mateo lo expresa diciendo: «Se transfigura delante de ellos de manera que su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz».

¿Por qué decimos que la transfiguración del Señor sirve para acrecentar en nosotros la esperanza? Sencillamente, porque anticipa lo que va a suceder con nuestro cuerpo mortal. Hoy, para mucha gente, quizá para la mayoría, la vida del hombre es semejante a la de los animales. Desconocen el origen de su existencia, es decir, ignoran de dónde vienen y para qué han nacido. Están durante un tiempo determinado en este mundo y, finalmente, desaparecen del él sin dejar el menor rastro. Es una manera materialista de entender la vida del hombre.

Para nosotros, los creyentes, la realidad es otra. Sabemos que venimos de Dios que nos ha creado, y que nuestra vida en la tierra es un camino de esperanza que nos lleva hacia la vida eterna. Sabemos perfectamente de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sabemos que nuestra existencia tiene sentido, que nuestra vida no es un absurdo. Sabemos y creemos que debajo de nuestra carne mortal, existe, por don gratuito de Dios, un hijo de Dios, creado para una vida eterna y feliz. Sabemos que al igual que hoy sucede en la persona del Señor Jesús, como afirma san Pablo, también nosotros seremos transformados.

Convencidos de todo esto, no hemos de dudar que las palabras que el Padre pronuncia hoy sobre el Señor Jesús «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto», han resonado también aplicadas sobre cada uno de nosotros. Hoy, el Padre, a ti y a mí, nos ha dicho que somos sus hijos amados. Que nos quiere y que por los méritos alcanzados por el Señor en su Muerte y Resurrección, nos ha adoptado como hijos.

La transfiguración del Señor fue muy importante para acrecentar la fe de los tres discípulos que lo acompañaban, y lo ha de ser también para nosotros moviéndonos al agradecimiento, ya que, sin mérito alguno por nuestra parte, el Padre nos ha llamado a participar de la vida y la naturaleza divina. Como dice san Juan en su primera carta, «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él…»  

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

«NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE... »

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 7-9; 3, 1-7 * Rm 5, 12-19 * Mt 4, 1-11

Celebramos hoy el primer domingo de Cuaresma. Ya tuvimos ocasión de hablar de este tiempo litúrgico la semana pasada. La Cuaresma es un tiempo de gracia y esperanza, que nos prepara a celebrar la liberación de nuestra esclavitud al pecado y a la muerte.

Hoy vamos a ver al Señor Jesús sometido a la tentación de parte del maligno. También el Pueblo de Israel en su camino hacia la Tierra Prometida fue tentado con las mismas tentaciones. La tentación del pan, la tentación de no aceptar la historia de cada día, y finalmente la tentación de los ídolos.

El Señor, en el monte Sinaí, había dado al pueblo la fórmula primordial para que alcanzara la felicidad. Le dijo: «Escucha, Israel. Yo soy el Señor tu Dios. Yo soy el único. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Haz esto y vivirás».

Durante los cuarenta años que el pueblo está en el desierto en muchas ocasiones es infiel al Señor. No tiene en cuenta estas palabras de vida. Por eso, exige a Dios pan y agua para asegurarse la existencia, ahora. Rechaza tener que caminar por el desierto, en donde no hay vida, dejando que otro lo guie. Y, finalmente, no acepta a aquel Dios del que no conoce el rostro y por eso se construye un ídolo de metal.

Estas tres tentaciones son las que padece hoy el Señor Jesús. Después de cuarenta días de ayuno, el maligno le invita a procurarse la comida convirtiendo las piedras en panes. En segundo lugar le invita a rechazar su condición de artesano humilde, realizando un milagro que ponga de manifiesto su poder. Finalmente quiere que doble sus rodillas ante los ídolos del mundo: riquezas, poder, afectos, etc. como medio de alcanzar la felicidad. La respuesta del Señor no puede ser otra. Sabe que lo que le ofrece el maligno el falso y que la verdadera felicidad consiste en «amar a Dios con todo el corazón con toda el alma y con todas las fuerzas».

De la misma manera que en el Señor Jesús se repiten las tentaciones que sufrió el pueblo en el desierto, también en nuestra vida somos tentados de la misma manera. Fijémonos: ¿Cuál es la mayor preocupación de nuestros padres y también nuestra mayor preocupación? Asegurarnos la vida. Tener pan en abundancia y lograr el mayor bienestar posible. Nuestro objetivo es labrarnos un buen porvenir. En este asunto somos de los que estamos de acuerdo con lo que dice el mundo: “Es antes la obligación que la devoción”. Dicho de otra manera: ganarnos el pan es más importante que tener a Dios en nuestra vida.

Ante la tentación de la historia, ninguno aceptamos nuestra vida tal y como se nos presenta. Todos haríamos algún retoque, en nuestro físico, en nuestra familia, en nuestro trabajo, etc. La vida que nosotros diseñaríamos sería mucho mejor que la que el Señor nos ofrece. Todos cambiaríamos algo.

Finalmente, todos adoramos en nuestra vida a los ídolos. Como dice la copla, todos buscamos salud, dinero y amor, y es a estos ídolos a los que pedimos la vida, fundamentalmente al dinero.

Si caemos en estas tres tentaciones, en vez de encontrar la felicidad, solo encontraremos insatisfacción y amargura. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude, como al Señor Jesús, a no dejarnos embaucar por el maligno.

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 19, 1-2.17-18 * 1Cor 3, 16-23 * Mt 5, 38-48 

Si tuviéramos que averiguar cuál es el distintivo principal de un cristiano, o sea, en qué se distingue del resto de las personas, tendríamos que concluir que al cristiano se le distingue principalmente, por el amor y el perdón que otorga a todos sus enemigos. Perdón y amor totalmente gratuitos, que, por otro lado, no exigen compensación alguna de parte de la persona que ha sido perdonada. El cristiano ama y perdona gratuitamente.

Sin ninguna duda, el cristiano ama y perdona porque es, precisamente, lo que él ha experimentado de parte de Dios. Él tiene experiencia de que siendo un malvado y un pecador, egoísta, ambicioso, lujurioso y soberbio, etc., Dios lo ha perdonado sin exigirle nada a cambio. Ha sido un perdón sin condiciones.

Esta manera distinta de vivir es la que hoy nos presenta el evangelio que, como en semanas anteriores, pertenece la Sermón del Monte. Hoy, el Señor Jesús empieza diciendo: «Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pues yo os digo: No hagas frente al que te agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra… » Antes de continuar, quisiéramos hacer una aclaración. Es posible que juzguemos mal la ley antigua cuando aconseja “ojo por ojo y diente por diente”, pensando que es exagerada. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Esta norma de la antigua ley, pretende que a la hora de tomar represalias ante un daño que se ha infringido, el ofendido, no reaccione de una manera exagerada y se pase de raya.

Más adelante el Señor dice: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo, en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos…»   

Como hemos empezado diciendo, esta manera de actuar es la que corresponde a un cristiano de verdad. No hay duda de que es totalmente opuesta a lo que exige el mundo cuya norma de conducta es: “El que la hace, la paga”. Sin embargo, yo, a ti que dices ser discípulo de Cristo, te pregunto: ¿Cuál ha sido la respuesta de Dios-Padre ante tus rebeldías y pecados y también ante las mías? ¿Ha descargado sobre nosotros su ira? ¿Nos ha destruido como merecíamos? Para saber cuál ha sido la respuesta de Dios ante nuestras rebeldías, solo tenemos que mirar la Cruz del Señor Jesús. Para que tú y yo no muriéramos a causa del veneno del pecado, ha sido Él, el que ha entregado por nosotros hasta la última gota de sangre, mientras pedía al Padre que no nos tomara en cuenta nuestro pecado.

El perdón y la misericordia que nosotros experimentamos de parte de Dios, son los mismos que él quiere que tengamos con los que nos ofenden y hacen daño. Es cierto que, por nuestra condición de pecadores, no podemos amar y perdonar como Él lo hace con nosotros, pero también es cierto que, su Espíritu, habitando en nuestro interior, puede hacer realidad, si nosotros lo queremos, ese amor y es perdón hacia todos aquellos que conscientemente nos hacen daño. Obrando así, los que nos rodean, conocerán a través de nosotros, el amor, la misericordia y el perdón de los pecados, que Él, gratuitamente, ha ofrecido a todos los hombres.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY, SINO A DARLE CUMPLIMIENTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 15, 15-20 * 1Cor 2, 6-10 * Mt 5, 17-37

El Señor Jesús continúa este domingo exponiendo su doctrina en el Sermón del Monte. Podríamos pensar que con sus palabras intenta modificar la Ley de Moisés y de los profetas. Sin embargo, él mismo afirma que no ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento.

¿Cómo podemos entender esto? La ley que el Señor entregó a su pueblo en el monte Sinaí y que posteriormente fueron ratificando los profetas, fue dada por Dios no como un instrumento de salvación, sino como una luz que alumbrara el sendero de la vida del hombre, para que conociera cuál era el camino de la felicidad y la vida. Sin embargo, para el pueblo, como para ti y para mí hoy, esa ley es imposible cumplirla. Por eso, el Señor Jesús, nos dice que su intención no es anularla, que él ha venido, precisamente, a darle cumplimiento, porque para nosotros eso es imposible. La cumple él, y nos la entrega cumplida a todos nosotros.

A través de los distintos preceptos de la ley que el Señor va citando, podemos comprobar que el camino que nos va mostrando supera en dificultad a los preceptos que recibió Moisés en el Sinaí. El Señor eleva más el listón, porque no pretende que con nuestro esfuerzo, como hicieron los escribas y fariseos que se cogían a la letra de la ley, nosotros llevemos a cumplimiento esas palabras. Él no mira a letra sino al corazón.

Son varios los preceptos a los que hace referencia el Señor. Vamos a fijarnos en dos que están muy presentes en nuestra vida. El Señor Jesús dice: «Habéis oído que se dijo: no matarás… pues yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado». Por eso añade más adelante: «Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda».

Vemos, pues, que es mucho más importante tener el corazón limpio, perdonar o pedir perdón, que acercarnos al Señor con nuestras ofrendas y sacrificios. Por otra parte hemos de tener presente que, pedir perdón es propio de los cristianos, de los discípulos de Cristo, que, en su Cruz, nos obtuvo el perdón total de su Padre Dios, y que, cuando pedimos perdón, somos nosotros los primeros beneficiarios. Pedir perdón nos produce paz interior y a la vez nos ayuda a humillarnos delante de los demás. Esta humillación es una buena cura contra nuestro orgullo.

Finalmente, señalar, que no solo hay que pedir perdón cuando hayamos hecho daño a alguien, sino que hay que hacerlo si sospechamos que el otro tiene algo contra nosotros, aunque no nos consideremos culpables.

Otro precepto que en la vida presente se tiene poco en cuenta, es el referente a la unión del hombre con la mujer. Moisés estableció que se podía dar acta de repudio. Hoy el Señor nos dice que «el que se divorcie de su mujer la induce al adulterio y que el que se casa con una divorciada comete adulterio». Esto no solo se refiere al sacramento del matrimonio instituido por Jesucristo, sino también al matrimonio natural que fue instituido en el principio por Dios. Por desgracia, en la sociedad actual, incluyendo a muchos bautizados, se vive de espaldas a lo que es la voluntad de Dios.