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DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 8, 4-7 * 1Tim, 2, 1-8 * Lc 16, 1-13

Este domingo comenzaremos el comentario al evangelio empezando por el final. En el último párrafo, san Lucas, pone en labios del Señor Jesús estas palabras: «Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Es curioso que el Señor a la hora de buscar cómo debe ser el comportamiento de un discípulo, no enumere otros tipos de pecados. No habla del sexo, ni de respetar la vida de los demás, ni tampoco alude a la mentira o al falso testimonio, etc., sólo hace referencia a la relación que tenemos con el dinero. Quizá sería interesante averiguar cuál es la razón para obrar así.

Para el hombre, huérfano del amor de Dios por el pecado, es indispensable encontrar una razón de ser a su existencia. Sería absurdo pensar que aparecemos en el mundo igual que las setas, de la noche a la mañana, sin que nadie las siembre. El mundo nos brinda esa razón de ser, presentándonos a las riquezas como aquello por lo que vale la pena vivir. Contrapone, entonces, el amor de Dios con el dinero, dos cosas que son totalmente incompatibles.

Cuando en otros pasajes del evangelio preguntan al Señor Jesús cuál es el mandamiento más importante de la Ley, responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Amar al Señor con todo el corazón y con toda la mente significa amarlo con todo nuestro ser, y amarlo con todas las fuerzas significa amarlo con todos nuestros bienes, con todas nuestras riquezas. Que quede claro, pues, que cuando en nuestro corazón asienta sus reales el dinero no queda espacio para el amor de Dios. Por eso el Señor nos dice: «No podéis servir a Dios y al dinero».

Con todo lo que estamos diciendo sobre las riquezas no queremos decir que sean malas en sí mismas. Todo lo que somos y tenemos proviene de Dios, pero existe un orden de valores que hay que respetar.

Hoy, el Señor, en el evangelio nos dice: «Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». ¿Cómo interpretar estas palabras del Señor? ¿Cuál es ese dinero injusto? Muy sencillo. Hemos de convencernos de que no tenemos nada que no hayamos recibido. Quizás pienses: con mi esfuerzo y mi trabajo he conseguido una posición social y unas riquezas. Nadie me ha regalado nada. Sin embargo, yo te digo: mira a tu alrededor. Fíjate cuántas personas son tan inteligentes como tú, tan trabajadoras o más trabajadoras que tú, y cuánto se esfuerzan por conseguir lo que tú tienes sin conseguirlo. ¿Eres tú más guapo que ellas? No me digas que han tenido mala suerte. La suerte o el azar no existe. Existe, desde luego, la Providencia de Dios. Recuerda las palabras de Job que tenía muy presente que todas sus riquezas provenían de Dios cuando afirmaba: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó».

A través de la parábola, el Señor nos invita a hacer lo mismo que el mal administrador, utilizando las riquezas que hemos recibido de sus manos y de las que solo somos meros administradores. Con esas riquezas podemos conseguir aquí amigos, que un día testifiquen ante Él a nuestro favor. «El amor, dice san Pedro en su primera carta, cubre multitud de pecados», y una manifestación eminente del amor es la limosna. También leemos en el Libro del Eclesiástico: «El agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados».

No seamos, por tanto, necios. No permitamos que nuestro corazón se pegue demasiado al dinero. Hagamos caso al Señor cuya palabra es fuente de vida, y cómo él nos dice: «Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«CELEBREMOS UN BANQUETE, PORQUE ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 32, 7-11 * 1Tim 1, 12-17 * Lc 15, 1-32

A través de la historia, en la vida de la Iglesia y en su predicación, se ha hecho hincapié en diferentes aspectos de la Palabra de Dios, entre los que ha destacado la importancia de la Ley y su cumplimiento, así como los frutos que debe dar todo cristiano. Se ha insistido más sobre el esfuerzo personal, que sobre la misericordia de Dios-Padre y su entrañable amor hacia el pecador, manifestados en la Cruz de nuestro Señor Jesús.

Hoy, san Lucas, en su evangelio, conocido como el “evangelio de la misericordia”, va a mostrarnos el que es, para nosotros, el verdadero rostro de Dios-Padre. Lo hará tomando como punto de partida el rechazo que produce entre los escribas y fariseos, la cercanía y compresión que el Señor Jesús manifiesta hacia todos los pecadores. Ellos, escandalizados por este comportamiento, murmurarán diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

A fin de hacer patente la importancia de la misericordia y mostrar como en una radiografía el interior del corazón de Dios, el Señor Jesús recurre a tres parábolas: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la parábola del Hijo Pródigo. En las dos primeras y particularmente en la de la oveja perdida, destaca la fiesta y el regocijo que hay en el cielo, cuando un pecador, reconociendo sus debilidades, vuelve el rostro hacia Dios. Es necesario señalar en esta parábola, el hecho de que la oveja no hace nada, y que es el pastor el que, incluso poniendo en peligro su vida, se afana por encontrarla.

En la tercera parábola, la del Hijo Pródigo, queda de manifiesto que el Señor Jesús conocía mejor que nadie el interior del corazón de Dios. Es imposible que alguien que no tuviera ese mismo corazón, llegara, ni por asomo, a imaginar el comportamiento de Dios-Padre ante la forma de actuar del hijo.

No vamos a exponer la parábola, solo vamos a considerar algunos aspectos de la misma, para poner de manifiesto el inmenso amor y a la vez el exquisito respeto que Dios siente por cada uno de nosotros sus hijos.

Cuando el hijo pide al padre la parte de la herencia, éste, pudiendo negársela, no lo hace, aún a sabiendas de que va a ser su perdición. También a ti y a mí, el Padre, a pesar de que sabía el mal uso que íbamos a hacer de la libertad, no dudó en ningún momento en concedérnosla.

El padre no desespera del regreso del hijo y, podemos imaginarlo, oteando cada día el camino a la espera de distinguir la silueta del hijo que regresa. Cuando esto sucede, no duda en echarse a correr para abrazarlo. También tú y yo abandonamos la casa paterna muchas veces para llevar nuestra vida siguiendo nuestros caprichos. Merecemos un buen azote, pero la respuesta del Padre es otra, espera con los brazos abiertos y con infinita paciencia nuestro regreso.

Cuando el hijo intenta pedir perdón, el padre lo abraza y lo llena de besos. Sobran las explicaciones, no hay reproches. Lo importante es que de nuevo tiene junto a sí, al hijo que tanto ama. Es la misma actitud del pastor al encontrar la oveja perdida, no la maltrata, al contrario, la carga sobre sus hombros. Tampoco a ti y a mí el Señor nos pide explicaciones. Lo que le importa es que nos volvamos hacia él, reconociendo nuestra mala cabeza y acogiéndonos a su misericordia.

El Señor Jesús nos muestra con esta parábola el interior del corazón del Padre. Un corazón que ama sin medida. Un corazón en donde no cabe el rencor. Un corazón que perdona sin límite. Un corazón, lo vamos a decir con una expresión humana, que goza inmensamente cuando nos ve a nosotros felices.

Todo esto nos lleva a eliminar de nuestro interior todo temor, aún a sabiendas de que somos hijos infieles. La magnitud de nuestro pecado será siempre infinitamente menor, que el amor y la misericordia que Dios siente por cada uno de nosotros.

DOMINGO XXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«QUIEN NO LLEVE SU CRUZ DETRÁS DE MÍ, NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 9, 13-18 * Flm 9b-10.12-17 * Lc 14, 25-35

Hemos hablado en distintas ocasiones sobre la radicalidad del Evangelio. Podemos decir que uno de los pasajes del evangelio en el que se muestra con mayor fuerza esa radicalidad, es aquel en el que el Señor Jesús afirma: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.». Decimos esto, porque también hoy, en el evangelio, el Señor Jesús es radical, tajante en sus afirmaciones.

Hoy, el Señor, volviéndose hacia la muchedumbre que lo sigue dice: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Esta traducción del evangelio es un tanto suave. No ocurre lo mismo con la que nos ofrece la Biblia de Jerusalén, que es una de las más fieles a los textos originales. En ella, se pone de manifiesto mucho más la radicalidad de la que hablamos, ya que dice textualmente: «Si alguno se viene conmigo y no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos…, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío».

Vemos, pues, que no habla de posponer, sino que dice odiar. Es fácil que a más de uno esta expresión odiar, le haga daño a los oídos y le haga pensar: ¿Cómo es posible que el Señor, que tanto insistió en su vida hablando del amor hoy nos empuje a odiar a los nuestros? La respuesta la hallamos al fijarnos en el Mandamiento principal de la Ley que dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo».

Si amamos a Dios con todo el corazón y con toda el alma, es imposible que no amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Lo que no podemos hacer es invertir los términos. Si amamos a los nuestros más que a Dios, se convierten en ídolos para nosotros ya que ocupan el lugar que solo Dios merece. Dicho con otras palabras: aparta de ti y odia todo aquello que se interpone entre Dios y tú. Todo aquello que impide que Dios sea lo primero en tu vida. Te aseguro que, si Dios es lo primero en tu vida, podrás amar a los tuyos si ninguna limitación, hasta el extremo de estar dispuesto a dar tu vida por ellos.

Es tan importante la misión que Dios pone en nuestras manos como cristianos, que nos invita a seguirle cargando con nuestra cruz de cada día. ¿Cuál es mi cruz, puedes preguntar? Tu cruz es todo aquello que en tu vida que no puedes soportar, que te impide ser feliz. Tu genio, tus vicios ocultos, el carácter de tu mujer, de tus padres o de tus hijos. La falta de dinero que te impide atender a tus necesidades, la falta de trabajo, la enfermedad… etc. Todo aquello de tu vida que escapa a tu control, que te impide ser feliz y que pone de manifiesto tu impotencia.

Quizá sigas preguntado: ¿Por qué el Señor en vez de quitarme esa cruz quiere que cargue con ella y le siga? Sencillamente, porque por un lado te hace ver que eres impotente para cargar con tu cruz, con tu realidad de cada día. Por otro lado, quiere que experimentes su poder, ya que está siempre contigo dispuesto a echarte una mano. Es muy importante también tener en cuenta que el Señor dice: «Quien no lleve su cruz detrás de mí…», significando que es él, el que va abriendo camino. San Pablo lo tenía muy presente cuando exclamaba: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».  

El Señor nos ha elegido para una gran empresa: dar a conocer su salvación a todos los hombres. Y como no quiere que te llames a engaño, te pregunta: «¿Has calculado los gastos? ¿Sabes qué significa ser discípulo mío? ¿Estás dispuesto a seguirme sin condiciones?» La empresa que pone en nuestras manos es demasiado importante como para no tomarla en serio. De ahí la radicalidad del Evangelio. No podemos jugar con dos barajas. Por eso también es importante tener en cuenta el premio que nos otorga, y que no es otro, que empezar ya aquí y ahora a vivir la vida eterna.


DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TODO EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO; Y EL SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 17-20.28-29 * Heb 12, 18-19.22-24ª * Lc 14, 1.7-14

Una vez más el evangelio pone de manifiesto un aspecto de nuestra vida, de nuestro carácter, que es como el leitmotiv de la existencia del hombre. Nadie podemos escapar a este impulso. Nos referimos al ansia, muchas veces incontrolada, que tenemos de ser, de destacar, de que se nos considere.

El origen de este impulso generalizado que tenemos, hay que buscarlo, lo hemos dicho muchas veces, en el pecado de origen, en aquel con el que nacemos todos. Cuando el Señor nos creó, puso en nuestro interior un corazón capaz de experimentar el amor que Él nos profesaba, y a la vez, capaz de devolverle ese amor. De tal manera que en esa relación de amor, estribara toda nuestra felicidad. Sin embargo, y queriendo llevar hasta el extremo el amor que sentía por nosotros, el Señor quiso hacernos el regalo de la libertad porque no toleraba que tuviéramos que amarle a la fuerza.

El uso desordenado de esa libertad nos condujo al extremo de apartarle de nuestra vida, dejando su amor un enorme hueco en nuestro corazón. De esta forma el Señor dejó de ser el centro de nuestra existencia. La situación en la que quedamos era complicada. Aparecía en nosotros la insatisfacción. No encontrábamos nuestra razón de ser, el motivo por el cual vivir. Por lo tanto, era necesario llenar a toda costa el hueco que el amor de Dios había dejado en nuestro corazón.

Para llenar ese hueco pretendemos que los demás nos quieran, que nos respeten, que nos tengan en cuenta. Nosotros pensamos que eso es posible conseguirlo si tenemos riquezas, si alcanzamos poder, si logramos destacar por encima de los demás. Eso es precisamente lo que pretenden los invitados a la boda que hoy nos narra el evangelio. Buscan los primeros puestos, buscan destacar, buscan ser más que los demás. Necesitan llenar su corazón con el aprecio y el respeto de los otros.

Como el plan de Dios para con nosotros es otro, sucede que ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., consiguen llenar el hueco que el amor de Dios ha dejado en nuestro corazón. De la misma manera que cuando tenemos sed, solo podemos apagarla bebiendo agua, así también, lo único que es capaz de llenar de nuevo nuestro corazón, es el amor de Dios.

San Agustín, en el Libro de las Confesiones, expresa esta circunstancia de una manera genial. Dice así: «Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti». Quiere decir esto que nada del mundo, ni el amor humano, ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., serán capaces nunca de devolvernos la felicidad que teníamos antes de haber pecado. Lo que nos ofrece el mundo son sucedáneos del amor. Son aguas turbias incapaces de saciar por completo nuestra sed. El dinero, el poder, el amor humano, el sexo, en vez de devolvernos la felicidad, nos esclavizan y nos exigen cada vez más, de manera que nunca llegamos a encontrarnos saciados.

Esta impotencia para alcanzar la felicidad, en apariencia parece una condenación, sin embargo, no es sino un rasgo más del amor inmenso que el Señor siente por ti y por mí. Él ha dispuesto, para que tengamos necesidad de buscarlo y logremos por tanto ser felices, que nada de este mundo sea capaz de llenar nuestro corazón.

No malgastemos, pues, nuestras energías, busquemos su rostro. Él está muy cerca de nosotros y está deseando que lo encontremos. No seamos obstinados pidiendo la vida al mundo. Volvámonos hacia Él, que como Padre amoroso nos espera con los brazos abiertos.


DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 18-21 * Heb 12, 5-7.11-13 * Lc 13, 22-30

En el evangelio de hoy, uno de los seguidores de Jesús le hace una pregunta muy importante: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Esta cuestión es fácil que muchos de nosotros nos la hayamos planteado en algún momento.

Antes de continuar quisiéramos hacer una aclaración al respecto. ¿De qué salvación estamos hablando? Podemos considerar dos formas de salvación. Por una parte, la salvación del último día, aquella que tendrá lugar al fin de los tiempos, y que para cada uno de nosotros llegará en el momento de nuestra muerte. Esta salvación, lo hemos dicho en varias ocasiones, es una salvación universal. Una salvación que ha conseguido para toda la humanidad el Señor Jesús, mediante su Pasión, Muerte y Resurrección. De esta manera se ha cumplido la voluntad del Padre, tal como lo expresa san Pablo en la primera carta de Timoteo cuando dice. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Esta salvación es, pues, universal. Poco valdría la sangre de Cristo si no fuera motivo de salvación para todos los hombres que han existido y que existirán. Lo que ocurre es que, para ser beneficiarios de esta salvación, se ha de cumplir una premisa: que nadie haciendo uso de nuestra libertad, rechacemos la salvación que Dios nos ofrece. Dios no salvará a nadie a la fuerza.

La otra salvación, y es a la que el Señor se refiere en este evangelio, es la salvación actual. Es la salvación que supone adelantar al día de hoy la salvación final. Esa salvación está reservada únicamente a los elegidos, a aquellos que el Señor ha dispuesto para que la Buena Nueva, la noticia de la salvación, alcance a todas las generaciones. Esos elegidos, no son otros que aquellos que hemos sido llamados a formar parte de la Iglesia de Jesucristo. No todos los hombres han sido llamados a formar parte de esta Iglesia, pero sí que a todos ha de llegar la luz que irradia esa Iglesia, tal como lo expresa el Señor en el Sermón del Monte.

¿Por qué el Señor nos dice hoy «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha»? Porque la puerta para entrar en el Reino, la puerta para entrar en la Iglesia, es muy estrecha y solo pueden pasar por ella «los niños y aquellos que se hacen como niños», tal como nos lo recuerda el Señor Jesús en otro pasaje del Evangelio.

Tú y yo, a causa del pecado de origen, somos orgullosos y soberbios, y esa condición nos impide absolutamente entrar en la Iglesia. Es necesario que descubramos nuestra limitación, nuestro pecado y lo poco que valemos, para que nos convenzamos de que nada merecemos, de que nada podemos exigir. Esta actitud es precisamente la que más le agrada al Señor, porque así, la transformación que Él desea realizar en nuestras vidas, nunca pensaremos que ha sido fruto de nuestro esfuerzo y no caeremos en la tentación de robarle la gloria.

Cuando las puertas del Reino, de la Iglesia, se cierren a aquellos que convencidos por sus méritos deseen entrar, escucharán de labios del Señor una expresión terrible: «No os conozco». Y cuando digan «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas», escucharán de nuevo: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados».

Atentos pues, si nosotros, convencidos de nuestra valía, del hecho de estar en la Iglesia desde pequeños, de pensar que somos fieles cumplidores de la Ley y que, por eso precisamente, nos tomamos la libertad de juzgar a los alejados que llevan el pecado en su mano, sin tener misericordia de ellos, lamentablemente estas frases pueden sonar también hoy para nosotros.

DIOS Y SU PLAN DE SALVACIÓN PARA EL HOMBRE

DIOS Y SU PLAN DE SALVACIÓN PARA EL HOMBRE

Dice san Pablo que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 4). Esta voluntad salvífica de Dios la expresamos con frecuencia diciendo que Dios ha preparado para cada hombre una historia de salvación particular. Sin embargo, esta creencia puede llevarnos a sacar una conclusión errónea, al considerar que nuestra salvación solo depende de Dios. Una cosa es la voluntad salvífica de Dios, que es la misma para todas las personas, y otra cosa es cómo esa salvación llega a realizarse en cada una de ellas.

La salvación no solo depende de la voluntad Dios, porque para conseguirla entra en juego otro factor: la libertad particular de cada persona. Significa esto que Dios no puede salvar a una persona con solo desearlo. No es cierto lo que afirmamos con frecuencia al decir que la historia la lleva Dios, ya que todas las cosas no suceden, necesariamente, porque esa sea la voluntad de Dios. Lo vemos cuando el libro de la Sabiduría afirma: "No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera." (Sab, 1, 13)

Significa esto que cuando en la historia aparece el mal no es Dios el que lo provoca, sino que tiene su origen en el mal uso que hacemos nosotros de la libertad que de Él hemos recibido. No debemos en modo alguno achacar al buen Dios todas las desgracias y todo aquello que nos hace sufrir. Las desgracias y los sufrimientos tienen su origen, cuando apartándonos de Dios obramos según nuestro libre albedrío.

Es cierto que Dios tiene trazada para cada uno de nosotros una historia, pero no es menos cierto que la realización de esa historia no depende únicamente de Dios. La historia de salvación no es una historia predeterminada y estática diseñada por Dios de antemano para cada persona. Es una historia dinámica que se va construyendo paulatinamente y que tiene como autores a Dios por una parte y al hombre por la otra, ya que éste último, haciendo uso de su libertad tiene capacidad para modificarla. No ocurre lo mismo con la voluntad salvífica de Dios, que es universal e inamovible.

Hay un ejemplo que nos hará ver de una manera práctica, cuál es la actuación de Dios en nuestra historia y cómo Él intenta cada día reconducirla. Dios actúa en nuestra vida, salvando las distancias, como lo hace un navegador en el coche. El navegador tiene una ruta trazada que nos indica con seguridad el mejor camino para alcanzar felizmente la meta del viaje. Una voz va indicándonos cuáles han de ser las maniobras que hemos de llevar a cabo para seguir correctamente la ruta.

Puede suceder que, ya sea porque conocemos un atajo o porque cometemos un error, abandonemos la ruta que señala el navegador. En ese caso, la voz dice: “recalculando”, que significa que va a buscar un camino alternativo para conducirnos de nuevo a la ruta correcta.

Tú y yo somos ese vehículo que circula por la vida. El Señor, a través de su Palabra va marcando el camino idóneo para alcanzar el objetivo de nuestro viaje: la salvación. Ocurre, con demasiada frecuencia, que, siguiendo nuestros impulsos, nos apartamos del camino recto. Cuando esto sucede, el Señor no tiene más remedio que hacer lo mismo que hace el navegador: “recalcular”, o sea, introducir acontecimientos en la vida que nos hagan ver nuestro error, de manera que, siempre con su ayuda, podamos corregirlo. Está en nuestras manos seguir sus indicaciones o continuar empecinados haciendo nuestra voluntad.  

¿Qué queremos demostrar con este ejemplo? Sencillamente que son dos los artífices de nuestra historia: Dios y tú. Es por lo tanto demasiado simple afirmar que la historia únicamente la lleva Dios. La voluntad de Dios está clara: nuestra salvación. Sin embargo, Dios se ha atado las manos y no puede hacer su voluntad, desde el momento que nos ha concedido el don de la libertad. Nos ha hecho libres y nunca violentará esa libertad.

Como es lógico, Dios no se queda conforme cuando nos apartamos de Él y navegamos a nuestro antojo por la vida. Dios nos ha creado con una finalidad muy concreta: que unidos a Él seamos plenamente felices y disfrutemos para siempre de su presencia en una vida eterna. Para conseguir su objetivo, dispone de múltiples recursos y no tiene inconveniente en utilizarlos, siempre respetando nuestra libertad.

Uno de los recursos que emplea Dios para atraernos hacia Él es la seducción. En nuestra vida de fe, Dios ocupa el lugar del Esposo. A nosotros nos corresponde ocupar el lugar de la esposa. De la misma manera que un esposo se deshace en atenciones para lograr atraer a la esposa, y la llena de regalos como muestra del amor que le profesa, así también el Señor está pendiente de nosotros hasta en los últimos detalles, rodeándonos con sus brazos amorosos.

Así lo hizo en otro tiempo con el Pueblo de Israel cuando dice a través del profeta, la llevaré a desierto y allí la seduciré (Os 2, 14). Colocó a su pueblo en un lugar inhóspito en donde era imposible que se diera la vida, y allí estuvo pendiente de él durante cuarenta años, proporcionándole todo lo necesario para la vida. Fue el esposo amante que cuidó de la esposa procurando que nada le faltara.

También a nosotros quiere seducirnos. Para ello nos ha colocado en el desierto de la vida, camina a nuestro lado y nos va mostrando la ruta que conduce a la felicidad. No escatima esfuerzo alguno para mostrarnos el inmenso amor que siente por nosotros. Como un padre corrige con amor a sus hijos, también el Señor aprovecha cada acontecimiento para corregirnos, poniendo de manifiesto nuestros errores, pero sin llegar a violentar nunca nuestra libertad.

Esta manera de actuar del Señor está reservada únicamente para aquellos a los que ha elegido para formar parte de su pueblo, de su Iglesia. Sucede así, porque ha puesto en nuestras manos la misión de hacer llegar la Buena Nueva de la salvación que nos ha otorgado en su Hijo Jesús, al resto de los hombres. Los dones con los que nos adorna son muy superiores a los que concede al resto de seres humanos, pero lo hace, precisamente, porque ama así mismo intensamente a ese resto de personas, por las que también el Señor Jesús ha derramado su Sangre.

A nosotros nos resta estar pendientes del “navegador”, interpretando los acontecimientos que nos suceden a fin de descubrir cuál es la voluntad del Señor en cada momento. Dos son los medios de que disponemos para lograrlo. En primer lugar, tenemos a la Palabra de Dios, que como dice el salmo, es «lámpara para mis pasos y luz en mi sendero» (Salmo 118) En segundo lugar, necesitamos recurrir a la oración a fin de que el Señor nos conceda el don de discernir en cada momento y en cada acontecimiento, cuál es la voluntad de Dios y qué es lo que a Él le agrada. 

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«¿PENSÁIS QUE HE VENIDO A TRAER AL MUNDO LA PAZ? NO, SINO DIVISIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6.8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

Cuando pensamos en la figura del Señor Jesús, lo primero que se nos hace presente es su amor hacia el pecador, hacia ti y hacia mí, que se manifiesta en la total entrega de su vida por aquellos que somos sus enemigos. También nos llama la atención la invitación que nos hace a nosotros, sus discípulos, de practicar el amor al enemigo perdonando por completo las ofensas de los demás y deseando que vivamos unidos unos a otros, como prueba de su permanente presencia entre nosotros.

Esta visión que nosotros tenemos del Señor, hace que el evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo sea un poco difícil de entender. Por eso, nos sabemos cómo interpretar las palabras de Jesús cuando nos dice: «¿Pensáis que he venido al mundo a traer paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres… el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

¿Cómo pueden entenderse estas palabras? ¿Cómo es posible que el Rey de la Paz diga que ha venido a traer guerra y división? Es muy fácil. La figura del Señor Jesús y su Evangelio fueron en su tiempo y siguen siendo hasta hoy, signo de contradicción. Significa esto que sus palabras y los signos que realizaba, eran vistos por unos, los pobres, los humildes, los necesitados, como obra del enviado de Dios que traía la salvación, mientras que otros, los sabios, los cultos, los inteligentes, los conocedores de la Escritura, no veían en él más que a un impostor, un infractor de la Ley, que se presentaba como el Mesías.

Recordemos, si no, la reacción de los que presencian la expulsión de un demonio mudo. Unos se llenan de admiración por el poder de Dios que ven en Jesús. Otros, sin embargo, afirman que tiene un demonio y que arroja los demonios por el poder de Belcebú, príncipe de los demonios.

Después de muchos siglos, en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, la figura de Jesús sigue siendo signo de contradicción. Cuando se anuncia la verdad, los que la escuchan forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. Nosotros, los creyentes, vemos en la persona de Jesús al Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación. Otros, sin embargo, ven en él, como mucho, una figura histórica sin la menor influencia para sus vidas. Esta división se constata perfectamente ante la reacción que tienen los que escuchan el evangelio y la predicación. Para unos, la predicación aceptada tiene fuerza para transformar su vida, haciéndoles experimentar la paz interior. Otros, en cambio, se aburren y no ven más que palabras huecas que solo producen hastío.

Esta posibilidad de no aceptar al Señor de los que convivieron con él, y también la actitud de aquellos que hoy le rechazan, constituye una prueba más del amor que Dios nos tiene. El pensamiento único, la uniformidad de opinión, etc., no son posibles, por el regalo que Dios nos ha dado al hacernos libres. Nosotros, utilizando mal esa libertad, podemos rechazarlo y decir que no queremos saber nada de Él. Hasta ese punto llega el amor que Dios siente por el hombre, por ti y también por mí, y su exquisito respeto por tu libertad y la mía.   

Finalmente, queremos destacar que el enfrentamiento familiar al que alude el Señor en el evangelio, ha sido una constante en toda la historia de la Iglesia. Siempre, también hoy, la figura del Señor Jesús, ha sido y es motivo de enfrentamiento entre padres e hijos. Entre los que creen y los que no creen. Entre los que ven en Él al Salvador y los que reniegan de su figura.

 


DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TENED CEÑIDA LA CINTURA Y ENCENDIDAS LAS LÁMPARAS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 18, 6-9 * Heb 11, 1-2.8-19 * Lc 12, 32-49 

El Señor Jesús en el evangelio de este domingo nos muestra cuál ha de ser la actitud de un cristiano en esta vida. Tener esto en cuenta es algo muy importante para los que nos consideramos discípulos del Señor.

La vida que disfrutamos, por gracia de Dios, puede considerarse desde dos puntos de vista distintos. Para el mundo la vida es un período de tiempo que hay que vivir de la mejor forma posible, evitando, por tanto, todo sufrimiento. En esta forma de enfocar la vida, está ausente por completo la realidad de la vida eterna. El mundo niega que exista otra vida y por lo tanto lo que desea es sacar el mayor provecho de ésta. Podemos decir que esta forma de vida no difiere en nada a la que vive cualquier animal

No piensa así el cristiano. El cristiano no considera la vida presente como un fin absoluto, sino como un medio, un camino que conduce a la verdadera vida, a la vida eterna. Se entienden, por tanto, las palabras del Señor Jesús en el evangelio de hoy cuando dice: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame». No somos, pues, ciudadanos de este mundo. Somos forasteros que caminamos hacia nuestra verdadera patria que es el cielo.

Hay un escrito del siglo II llamado Carta a Diogneto, que muestra perfectamente cuál es la vida del cristiano en este mundo. Citamos un pequeño fragmento: «Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho». Viven, añadimos nosotros, de una forma distinta al resto de los hombres, porque tienen puesta la mirada en la vida eterna. En la patria del cielo.

Para ayudarnos a vivir de esta forma, el Señor, al principio del evangelio nos da la clave: «Vended vuestros bienes, y dad limosna: haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones y roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Si en el camino de la vida vamos excesivamente cargados con el dinero y los bienes materiales, tendremos necesidad de defenderlos y nuestro caminar se hará lento y pesado, hasta el punto de dificultarnos llegar a la meta. Necesitamos, por tanto, estar alerta y no dejarnos arrastrar por el mundo. Lo que el mundo nos ofrece solo son señuelos falsos. Es necesario velar y resistir sin miedo a sus tentaciones.

El Señor sabe que tendremos dificultades en el camino de la vida porque los enemigos a afrontar son poderosos, por eso empieza el evangelio diciéndonos: «No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino». Tú y yo, pertenecemos por gracia de Dios a ese pequeño rebaño y el Padre ha tenido a bien darnos el reino. ¿Sabes cuál es ese reino? No es el reino que se ha de establecer al final de los tiempos. Ese reino es la Iglesia, en la que encontramos la salvación ya ahora. Ya ahora podemos pregustar la salvación, pregustar la vida eterna.

La salvación final la ganó para todos los hombres el Señor Jesús mediante su Pascua. Es una salvación universal, para todos los hombres, quedando solo excluidos de ella los que conscientemente la rechacen. Sin embargo, para nosotros, para los que nos llamamos discípulos del Señor, existe una salvación actual, una salvación para hoy, que solo pueden experimentar aquellos que viven en la Iglesia. Ese es el reino que ha tenido a bien darnos el Padre.