Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«ID Y ANUNCIAD A TODAS LAS GENTES: ESTÁ CERCA DE VOSOTROS EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 10-14c * Gál 6, 14-18 * Lc 10, 1-12.17-20

Este evangelio es para nosotros de gran actualidad. El Señor Jesús elige a aquellos que van a ser sus colaboradores inmediatos en la misión que le ha encomendado el Padre: el anuncio de la Buena Nueva a toda la creación. Su encarnación no tiene otra finalidad que la de hacer llegar a todos los hombres, la gran noticia de que el amor del Padre, a pesar de los pecados de la humanidad, también de los tuyos y los míos, está por encima de toda transgresión. Que Él, a diferencia de lo que nosotros solemos hacer, no se reserva la nota de cargo para presentarnos un día la factura de todo lo malo que hayamos hecho.

Era necesario, pues, que, en aquella generación, todos conocieran este amor que era totalmente gratuito, es decir, que no exigía nada del hombre para que este lo recibiera. Ante una misión tan importante y a la vez tan ingente, escuchemos cómo lo dice Él, «La mies es abundante y los obreros pocos». El Señor Jesús necesita colaboradores, necesita bocas que anuncien por todas partes la Buena Nueva. Por eso vemos hoy, cómo hace con los discípulos una primera experiencia. Los envía de dos en dos a todos los pueblos y lugares donde él tiene previsto pasar, y les da instrucciones muy concretas de qué es lo que deben hacer, resumiendo su trabajo con el anuncio de la frase: «Está cerca de vosotros el reino de Dios».

Hemos empezado haciendo alusión a la gran actualidad que hoy tiene este evangelio, porque la misión que el Padre encomienda a su Hijo, y que este a su vez pone en nuestras manos, es totalmente intemporal, es decir, no halla solo cumplimiento en un momento de la historia, sino que ha de llevarse a cabo hasta la consumación de los siglos. El anuncio del Reino y de la salvación que hemos obtenido por la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, ha de llegar a todas las generaciones. Los hombres de todos los tiempos, tienen, porque así lo ha dispuesto el Padre, el derecho de conocer esta salvación.

El testigo, como en las carreras de relevos, lo tenemos hoy en nuestras manos. Hoy es a nosotros a los que el Señor Jesús dice: «¡Poneos en camino! Y anunciad a todas las gentes que está cerca el reino de Dios». El Señor al llamarnos a la fe nos ha dado abundantes gracias. Estas gracias no se nos dan para nuestra salvación individual. Esas gracias las derrama sobre nosotros en función de la misión que nos encomienda, por eso, en otra parte del evangelio, nos recuerda: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Quizá algunos piensen que eso de predicar no va con ellos. Muy bien, hay dos maneras de evangelizar: la predicación y el testimonio personal. Las dos formas son válidas y las podemos usar indistintamente. No es preciso tener gran elocuencia, basta con saber decir una palabra de ánimo a aquellos que vemos atribulados y en sufrimiento. Una palabra en la que les hagamos presente el amor de Dios, aún en los momentos más tristes de la vida. Que sepan que Dios es Padre y no abandona nunca a sus hijos; que está siempre cercano cuando se le invoca.

La otra forma de evangelizar y que todos podemos llevar a cabo, es nuestro testimonio, nuestra forma de vida. Dice el Señor en el Sermón del Monte: «Para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo». El testimonio de vida es quizá la forma más eminente y eficaz de evangelización. Dice la sabiduría popular, que “Predicar no es dar trigo”, por eso convencerá mucho más tu manera de actuar que mil palabras.

Tú, con frecuencia, atraviesas en la vida momentos de gran tribulación y sufrimiento. ¿Cuál es tu respuesta? ¿Cómo reaccionas? Si los demás ven en ti que no reniegas, que a pesar de todo no has perdido la paz y que aceptas no con resignación, sino con serenidad lo que es voluntad de Dios, sabiendo que un padre nada malo puede dar a sus hijos, entonces comprenderán que esa manera de actuar no está basada en tus fuerzas, sino que la fuerza te viene de lo alto. De esta manera evangelizarás, porque harás presente en la vida de los demás, la obra del Señor en tu vida.  


DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TÚ VETE A ANUNCIAR EL REINO DE DIOS».

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 16b.19-21 * Gal 5, 1.13-18 * Lc 9, 51-62

Jesús y sus discípulos, llegan a una aldea de Samaría. Antes de entrar en ella, buscan alojamiento para pasar la noche. Ante la negativa de los habitantes, Santiago y Juan, haciendo gala de su carácter vehemente, dicen al Señor: «¿Señor, quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?» Jesús les reprende, y sin más, marcha a otra aldea, dando a entender con su actitud que no ha venido a destruir al pecador sino a salvarlo.

            Ciertamente, es una suerte para nosotros la forma de actuar del Señor. ¡Cuántas veces nos comportamos igual que los samaritanos! ¡Cuántas veces merecemos más que ellos que baje fuego del cielo y nos consuma! Porque ellos, no sabían a quién rechazaban, mientras que nosotros con nuestras infidelidades sabemos a quién estamos volviendo la espalda. Es fácil, además, que con frecuencia adoptemos la postura justiciera de los dos hermanos, no teniendo misericordia de aquellos que se equivocan y siguiendo nuestros criterios les condenemos. El Señor, pues, con esta palabra, nos invita a usar de misericordia con los demás, de la misma manera que Él usa de misericordia con nosotros.

En la segunda parte del evangelio podemos constatar lo que ha venido en llamarse la radicalidad del Evangelio. En muchas ocasiones la palabra del Señor llega a escandalizarnos porque la encontramos dura y exigente. No es raro escuchar comentarios e incluso alguna homilía en la que el que habla, precisamente por parecerle la Palabra demasiado dura, dice aquello de: “Bueno, aquí, lo que el Señor quería decir, era que…” y a continuación añade una buena ración de aceite, para que la enseñanza del Señor pueda aceptarse sin demasiados reparos.

Hoy el Señor usa de expresiones duras hacia aquellos que se acercan y que pretenden seguirle. A uno que ha manifestado el deseo de seguirle le responde: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro es él mismo el que le llama diciéndole: «Sígueme». Y ante la objeción que éste le pone: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre», el Señor le contesta: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios».  Finalmente, a uno que le dice: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi padre», le responde: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios».  

Podemos pensar, si el Señor muestra siempre una actitud misericordiosa hacia el débil y pecador, ¿cómo es posible que esta ocasión actúe así? La respuesta es la siguiente: es tal la importancia que tiene el anuncio del Evangelio para la vida de los hombres, que sus enseñanzas no pueden en modo alguno tomarse a la ligera. No vale emplear paños calientes. No podemos contemporizar con el mundo. Ya lo dijo el Señor en otra ocasión: «El que no está conmigo, está contra mí y el que no recoge conmigo, desparrama».

Por eso, hoy, nos invita el Señor a ti y a mí, a tomarnos muy en serio la llamada que nos ha hecho para colaborar con Él en la salvación de aquellos que nos rodean. Podemos pensar que sus palabras son a veces duras y difíciles de cumplir, pero el Evangelio no puede descafeinarse, no puede rebajarse. Nosotros podremos llevarlo a la práctica si tenemos presente que Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos en nuestra impotencia. No se trata de esforzarnos, se trata de pedir ayuda, de pedir fortaleza y sabiduría al Espíritu Santo, para que, en nuestras deficiencias, incluso en nuestros pecados, sea Él el que actúe a través de nosotros. Sólo necesitamos ser dóciles y dejarnos llevar por sus inspiraciones.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI -C-

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI -C-

«ESTO ES MI CUERPO QUE SE ENTREGA POR VOSOTROS»

 

CITAS BIBLICAS: Gén 14, 19-20 * 1Cor 11, 23-26 * Lc 9, 11b-17

Hemos dicho repetidamente que si pudiéramos imaginar una materia de la que estuviera hecho Dios, esa materia sería el amor. Así lo afirma repetidamente san Juan en su primera carta cuando dice: «Dios es amor». Ahora bien, para que ese amor que es Dios se manifieste, hacen falta, por lo menos, dos personas. Tuvimos ocasión de hablar de ello la semana pasada al contemplar el misterio de la Santísima Trinidad: Dios-Padre es el Creador, su Palabra tiene tal entidad y tal fuerza que engendra a la Segunda Persona: El Hijo, y finalmente, el amor surgido entre el Padre y el Hijo es de tal intensidad, que es el origen de la tercera Persona: el Espíritu Santo.

El amor que desde toda la eternidad ha mostrado Dios por el hombre es un amor esponsal. Dios es el esposo y cada uno de nosotros somos la esposa. Este amor ha quedado plenamente de manifiesto cuando el Señor Jesús tomando una naturaleza como la nuestra, se ha entregado totalmente por cada uno de nosotros. Dirá san Juan: «Nos amó hasta el extremo». O sea, se entregó por ti y por mí, sin reserva alguna.

El impulso del Amado es permanecer continuamente al lado de la amada. Ya lo puso de relieve en el Libro de los Proverbios cuando dijo: «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres». Por eso, el Señor Jesús antes de partir hacia el cielo pone de manifiesto este deseo diciendo: «Me voy, pero volveré», y en otra ocasión: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Esta presencia continua del Señor podría considerarse como una presencia espiritual, sin embargo, el amor del Señor hacia ti y hacia mí es tan grande que, no contento con estar junto a nosotros en espíritu, decidió quedarse a nuestro lado de una forma mucho más real, física, podríamos decir. Lo hizo a través del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Es precisamente eso, lo que celebramos en esta solemnidad.

Conocemos cómo en la Última Cena el Señor Jesús llevó a cabo el milagro más grande de toda su vida. Mucho más grande que la propia resurrección de Lázaro. Tomó pan, dio gracias, lo bendijo y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Hizo lo mismo al terminar la cena con la copa de vino diciendo: «Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados». Finalmente añadió: «Haced esto en conmemoración mía». Con este mandato quedaba claro que el milagro que acababa de realizar, no era algo puntual, sino que era su deseo que sus discípulos continuaran realizándolo en su poder, a través de todos los siglos.

Al Señor, que es nuestro Esposo, para quedarse con nosotros, no sólo le movía el deseo de permanecer junto a su amada, sino que, conociendo nuestra debilidad y a la vez el poder del maligno, quiso que su Carne y su Sangre fueran para nosotros verdaderos alimentos que nos fortalecieran ante las dificultades. Quiso que fueran nuestro viático, o sea, el alimento necesario para recorrer el camino de nuestra vida hasta alcanzar la meta del cielo.

Como vemos, el amor de Dios se ha desbordado totalmente sobre su criatura. Nada de esto merecemos. Todo lo recibimos por pura gracia. Somos afortunados al poder alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Algo que no pueden hacer ni los mismos ángeles. Por eso de nuestro corazón ha de brotar un gran agradecimiento hacia el Señor, y a la vez, aprovechándonos de su cercanía, pedirle que nos ayude a ser de verdad su esposa fiel.

 

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

«GLORIA AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 8, 22-31 * Rm 5, 1-5 * Jn 16, 12-15 

En este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad. Se trata del misterio que contempla la misma esencia de nuestro Dios. Intentar penetrar en este misterio es totalmente imposible para nuestra limitada inteligencia. Bástenos recordar el pasaje de la vida de un gran teólogo y a la vez un gran santo: san Agustín. Nos cuentan que un día, paseando por la orilla del mar enfrascado en esclarecer el misterio de la Trinidad, contempló a un niño que se afanaba haciendo continuos viajes al mar, intentando con una concha llenar un pequeño pozo que había excavado en la arena.

El santo no pudo resistir la curiosidad y le preguntó qué pretendía hacer. El niño le contestó: Quiero meter en el pozo toda el agua del mar. Eso es imposible, repuso el santo. La respuesta del niño dejó pasmado a Agustín: Más imposible resulta con tu inteligencia penetrar en el misterio de la Trinidad. Y desapareció.

Nosotros ni tenemos la inteligencia de san Agustín, ni podemos ni queremos en modo alguno desentrañar este admirable misterio. Lo que sí que podemos hacer, es comprobar cuáles son las obras que cada una de las divinas personas, ha llevado y continúa llevando a cabo en nuestra vida.

Nuestro origen, el de nuestra vida, es sin duda la persona de Dios-Padre. Desde toda la eternidad pensó de una manera individual en cada uno de nosotros. Nos amó intensamente y ese amor fue el origen de nuestra existencia. Nuestros padres colaboraron con esa voluntad creadora del Padre, y el resultado fuimos tú y yo.

El Señor nos creó para que tuviéramos por toda la eternidad una vida feliz a su lado. Sin embargo, no supimos valorar ese deseo y, haciendo mal uso de nuestra libertad, lo sacamos fuera de nuestra existencia. A pesar de nuestra infidelidad, Él, no dejó nunca de amarnos y dispuso que fuera su propio Hijo el que tomando una naturaleza igual a la nuestra, viniera en nuestra ayuda para sacarnos del pecado y de la muerte. De ahí que, para nosotros, la segunda Persona de la Santísima Trinidad sea nuestro Salvador. Aquel que, con su Pasión, Muerte y Resurrección, nos devolvió la categoría de hijos de Dios que nos había arrebatado el pecado.

Todos nosotros estamos llamados a la santidad. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Porque Dios es santo. Dios, que es la misma santidad, quiere que también nosotros seamos santos. Así lo expresa en la Escritura: «Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo». El encargado de hacer realidad esa santidad en nosotros es el Espíritu Santo. Él, penetrando en nuestro interior, nos empuja, respetando siempre nuestra libertad, hacia el bien. Él, nos da la garantía de que somos hijos de Dios. Él, está siempre pronto a ayudarnos en todas las dificultades de la vida. Es para nosotros, fortaleza en la debilidad, consuelo en la tristeza, defensa frente a las tentaciones del maligno. Él, como dice el Apóstol, realiza en nosotros el querer y el obrar. Nada bueno llevamos a cabo en nuestra vida que no tenga su origen en el Espíritu Santo.

A pesar de la ingente obra que lleva adelante el Espíritu Santo en la Iglesia, ha sido hasta hace poco “el gran desconocido”. Hasta el Concilio Vaticano II, tanto en la liturgia como en la vida corriente de la Iglesia, eran el Padre y el Hijo los que acaparaban toda nuestra atención. Exagerando un poco podríamos decir que sólo se hacía referencia al Espíritu Santo de pasada. Sin embargo, y como ya hemos expuesto, es de Él, de quien depende toda la vida de la Iglesia. Sin su acción no se podría aplicar la obra redentora del Señor Jesús.

Finalmente decir que, el Espíritu Santo, Persona de la Trinidad engendrada por el amor entre el Padre y el Hijo, es el que, derramando ese amor en nosotros, hace posible la recomendación del Señor: «Amaos como yo os he amado»   


DOMINGO DE PENTECOSTÉS -C-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -C-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés. Han pasado cincuenta días de la Resurrección del Señor que, como veíamos la semana pasada, después de estar mostrándose a sus discípulos durante cuarenta días, ascendió al cielo para sentarse a la derecha de Dios. Él, había recomendado a sus discípulos: «Quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto»

El Señor Jesús, hablando a sus discípulos poco antes de su Pasión, les había dicho: «Mucho me queda por deciros, pero ahora no podéis con ello… el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Hoy, domingo de Pentecostés celebramos el cumplimiento de la promesa del Padre. La Iglesia, fundada por Jesucristo alcanza hoy su madurez. Aunque, como Él prometió, la presencia del Señor Jesús en su iglesia es continua, ya nada de lo que ocurra en ella sucederá sin la acción del Espíritu Santo.

Ahora podemos preguntarnos ¿quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es la persona que encarna el Amor mutuo entre el Padre y el Hijo. Antes de continuar hay que hacer una aclaración, el hecho de que sea la Tercera Persona no significa que sea menor que la otras dos, sino que es igual al Padre y al Hijo. Aunque las tres divinas personas son iguales, dentro de nuestra limitación, atribuimos a cada una, una función que la distingue de las otras. Así decimos, que el Padre es el Creador, el Hijo es el Redentor y el Espíritu Santo es el Santificador.

Con frecuencia hemos hablado de la impotencia que tenemos para obrar el bien, de nuestra debilidad a la hora de enfrentarnos a las tentaciones, de la incapacidad que sentimos a la hora de perdonar a aquellos que nos hacen daño, de nuestra flaqueza a la hora de afrontar sufrimientos o enfermedades, etc., es precisamente, en estas situaciones que nos desbordan, cuando se hace sentir la acción del Espíritu Santo.

La Secuencia que precede a la proclamación del evangelio de hoy, expresa admirablemente algunas de las acciones que el Espíritu Santo lleva a cabo en nuestra vida. Veamos alguna de ellas: Se le llama Padre amoroso del pobre, fuente del mayor consuelo, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo y brisa en las horas de fuego. Gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

En la misma Secuencia, un poco más adelante pedimos al Espíritu Santo: Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito y guía al que tuerce el sendero. Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Como podemos ver, nada de lo que ocurre en nuestra vida es ajeno a la obra del Espíritu santo. Él es, además, nuestro Defensor. Eso es lo que significa la palabra Paráclito. El Maligno, enemigo de Dios y, por lo tanto, envidioso de nuestra condición, es el Acusador, el que pone de manifiesto nuestra debilidad y nuestros pecados exigiendo el castigo que merecemos por ellos. Como contrapartida, es el Espíritu Santo el que testifica a nuestro espíritu que, el amor que el Padre nos ha manifestado en la Cruz de su Hijo Jesucristo, desborda por completo nuestra culpa y hace que podamos presentarnos ante Él limpios de todo pecado. El mismo Espíritu en nuestro interior da testimonio de que somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos de Jesucristo.

Si tú y yo hoy estamos en la Iglesia de Jesucristo, es para que seamos delante de los que nos rodean sus testigos, testigos de su Resurrección y de la Vida Eterna. Pidamos al Espíritu Santo el don de fortaleza para llevar adelante esta misión.

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

«YO OS ENVIARÉ LO QUE MI PADRE HA PROMETIDO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Lc 24, 46-53

La solemnidad de la Ascensión del Señor correspondía celebrarla el pasado jueves, pero dado que se trataba de un día laboral, la Iglesia la traslada a este domingo séptimo de Pascua.

La misión que el Padre había encargado al Señor Jesús ha llegado a su fin. Él mismo resume esta misión en el evangelio de hoy cuando dice: «El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos».

Tú y yo, habíamos sido creados para una vida plena y feliz. Dios-Padre quería que participáramos de su propia vida siendo felices eternamente junto a Él. Sin embargo, no supimos hacer buen uso del regalo de la libertad que nos había dado, y llevamos nuestra vida lejos de lo que era su voluntad. Como resultado, al separarnos de la Vida nos encontramos con el sufrimiento y la muerte.

La misión encargada por el Padre al Señor Jesús no fue otra que, tomando nuestra condición humana y cargando con nuestro pecado, liberarnos de las garras de la muerte y devolvernos a nuestra condición original de hijos de Dios. Todo esto lo ha llevado a cabo el Señor a través de su Encarnación, Pasión y Muerte y finalmente su Resurrección.

Vencida la muerte y liberados del pecado, era necesario que esta Buena Noticia alcanzara a todos los hombres, de manera que, conscientes de su error, aceptaran el perdón que sin limitación alguna les ofrecía Dios-Padre, a través de la persona de su Hijo Jesucristo.

Éste es el último encargo del Señor a sus discípulos. Tienen la misión de hacer llegar esta noticia hasta el último rincón de la tierra, porque el que la crea se salvará y aquel que, conociéndola la rechace, se condenará. Hay que dejar bien claro que está condenación no proviene de Dios, porque Dios no condena a nadie, sino de la mala voluntad de aquel que rechace la Buena Noticia. Es, él mismo, el que elige la condenación. Se entiende mejor poniendo un ejemplo. Si estoy aquejado por una enfermedad mortal, y alguien me ofrece una medicina para curarme y la rechazo, soy yo mismo el que elige voluntariamente morir.

Dice el evangelio de hoy, que el Señor, después de hablar a sus discípulos, «los sacó hacia Betania y después de bendecirlos se separó de ellos subiendo hacia el cielo». San marcos añade: «Y se sentó a la derecha de Dios». El hecho de que el Señor Jesús esté en cielo sentado a la derecha de Dios, tiene para nosotros una enorme importancia. Significa, que un hombre como tú y como yo, conocedor de todos nuestros sufrimientos y problemas, recibe en favor nuestro todo poder. Todo lo que tú y yo no podemos lograr con nuestro esfuerzo, perdonar a nuestros enemigos, vencer los vicios que nos dominan, amar a los demás sin esperar recompensa, etc., puede realizarlo Él si se lo pedimos. Él ha sido constituido por el Padre, como Kyrios, como Señor de todo lo que nos agobia, de todo lo que nos hace sufrir e impide que seamos felices.

Otro aspecto importante de esta fiesta es considerar que nosotros, miembros de la Iglesia, formamos con Cristo un solo cuerpo del que Él es la cabeza y tú y yo somos el resto del cuerpo. Si nuestra cabeza está ya en el cielo, sucederá como cuando nace un niño, que en cuanto asoma la cabeza, todo el cuerpo le sigue. Del mismo modo, Cristo, nuestra cabeza, nos arrastrará con Él hacia el Cielo.  


DOMINGO VI DE PASCUA -C-

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

«ME VOY, PERO VOLVERÉ A VUESTRO LADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 15, 1-2.22-29 * Ap 21, 10-14.22-23 * Jn 14, 23-29

El evangelio de este domingo está sacado del llamado Discurso de Despedida del evangelio de san Juan, que tiene lugar en le celebración de la Cena de Pascua.

El Señor sabe que su Pasión es inminente, y en un largo discurso condensa las últimas recomendaciones antes de su partida. El fragmento de hoy empieza diciendo: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Vemos, pues, la importancia de la Palabra. Cristo mismo es la Palabra, es la Palabra del Padre. Una palabra con potencia para cambiar la vida de aquellos que la escuchan y la guardan. Una manera de expresar el amor, el aprecio que sentimos hacia el Señor, es precisamente aceptar todo aquello que sale de su boca, convencidos de que a través de esa palabra nos llega la felicidad y la vida.

El Señor Jesús sabe que es mucho lo que quiere decir a sus discípulos y que con toda seguridad no pueden ahora con ello. Por eso promete el envío del Espíritu Santo para que sea él, el que abra sus inteligencias para comprenderlo todo, y a la vez les recuerde todas sus enseñanzas.

A continuación, el Señor dice a sus discípulos: «La Paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la del mundo». La Paz que trae el Señor es muy diferente a la que nos ofrece el mundo. La paz del mundo proviene de circunstancias externas a nosotros, que pueden variar. Los acontecimientos del día a día pueden romper esa paz con mucha facilidad. La salud, el dinero, la diversión, la familia, etc., pueden hacernos la vida más o menos agradable, pero se trata de algo momentáneo que puede cambiar de repente. La Paz que nos trae el Señor brota de nuestro interior, de manera que los acontecimientos externos, aunque sean negativos, no pueden romperla. Esa Paz interior nace de tener la certeza del amor de Dios, que no hace distinción de personas y que nos ama profundamente a pesar de nuestras deficiencias y pecados. La mejor fuente de Paz interior es, pues, sabernos amados por Dios sin condiciones.

Después, el señor, sabiendo las dificultades que se encontrarán los discípulos cuando él no esté a su lado, les dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde… me voy, pero volveré a vuestro lado». Y les advierte: «Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».  Esta situación también podemos experimentarla nosotros. Sucede que tener paz interior cuando todas las cosas nos van bien, es relativamente fácil, pero cuando en la vida llegan los nubarrones, llegan acontecimientos que no podemos controlar, como enfermedades, problemas económicos serios, diferencias insalvables entre familiares, y otros tantos, parece que la presencia del Señor desaparezca de nuestras vidas. Nos da la sensación de quedarnos solos. Para esos momentos es para cuando el Señor nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…», yo estoy cerca de vosotros, aunque no me veáis.

Hay otros momentos en los que, aparentemente, el Señor desaparece de nuestra vida. Son momentos de sequedad como los que pasó, por ejemplo, santa Teresa de Jesús. El Señor permite estas ausencias aparentes, para que nos sirvan de acicate a fin de que lo busquemos con mayor intensidad. Es el Esposo que desaparece de la vida de la esposa, que somos nosotros, para que deseemos con mayor vehemencia su compañía. Hoy, para tranquilidad nuestra, nos dice como a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón. Me voy, pero volveré a vuestro lado».  


DOMINGO V DE PASCUA -C-

DOMINGO V DE PASCUA -C-

«AMAOS COMO YO OS HE AMADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 14, 21b-27 * Ap 21, 1-5a * Jn 13, 31-33a.34-35

El evangelio de este domingo es muy breve. Nos muestra al Señor Jesús con sus discípulos en la Noche de la Última Cena, cuando Judas ya ha marchado a entrevistarse con los sumos sacerdotes con la intención de entregarles al Señor.

El Señor sabe que se acerca el momento de su inmolación, pero sabe que ese es el camino para ser glorificado por el Padre. San Juan en su evangelio no muestra la Pasión y Muerte del Señor como lo que humanamente parece, un fracaso, sino que la muestra como una victoria, como una exaltación. Ya el Señor lo había anunciado con anterioridad cuando dijo: «Cuando yo sea elevado, atraeré a todos hacia mí». Por eso, esta noche, dirigiéndose a sus discípulos les dice: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él».

Hemos dicho al principio que este evangelio era muy breve, pero sucede con él, como con las esencias y perfumes, que siempre se presentan en frascos pequeños. Por eso, con pocas palabras, pero con hondo significado, el Señor da a sus discípulos la clave para que, a través de sus vidas, Él pueda estar siempre presente en todas las generaciones. ¿Cuál es esta clave? No es otra que hacer presente entre ellos el amor.

El Señor les dice: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». ¿Cómo es ese amor? podemos preguntarnos. ¿Cómo ha amado el Señor a sus discípulos y cómo nos sigue amando a cada uno de nosotros? Sin límites, sin condiciones, sin exigir en la vida cambio alguno, con una entrega total. Recordemos lo que decíamos hace unos domingos sobre la diferencia entre el amar y el querer. Amar es donarse desinteresadamente. Amar es darse por completo desde el corazón con una entrega total, de manera que el que ama no exige del otro que le corresponda. Así es como Dios nos ama y así es como nos invita el Señor a amarnos.

Manifestar ese amor sólo es posible para Dios, porque precisamente la esencia de Dios, aquella materia, con perdón por la expresión, que conforma a la persona divina, no es otra que el amor. Por eso se entiende el interés del Señor al darnos este nuevo mandamiento. Él sabe que la única forma visible de hacerse presente como Dios en medio de los hombres, es hacer que ese amor se dé entre nosotros.

El Señor Jesús dice a sus discípulos: «Como yo os he amado». El Señor les ha amado cuando se han comportado como sus enemigos. Judas, ciertamente, lo traicionó entregándolo a los judíos, pero el resto de discípulos, Pedro incluido, lo traicionaron abandonándolo a su suerte sin mover ni un dedo en su favor. Actuaron más como enemigos que como verdaderos amigos. Sin embargo, el Señor los amó, y perdonó sin condiciones su traición.

También tú y yo traicionamos una y mil veces al Señor. Lo abandonamos siguiendo nuestros bajos instintos. No somos mejores que aquellos que un día lo dejaron sólo delante de los judíos. Y, sin embargo, ¿cuál es su respuesta? El perdón y la misericordia sin límites. San Pablo, en su primera carta a los Corintios, dice: «En Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones…» significa esto que, en Cristo, tú y yo, hemos sido reconciliados con el Padre. Así lo afirma el Apóstol en su carta a los Romanos cuando dice: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». ¿Qué prueba queremos más del amor que el Padre nos profesa?

El evangelio termina diciendo: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros», porque, donde se da la caridad y el amor, allí mismo está Dios.