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DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO SEGUNDO DE TIEMPO ORDINARIO

San Juan nos cuenta en el evangelio de hoy el encuentro de Juan el Bautista con el Señor Jesús, y el testimonio que da sobre Él.

Juan dice: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». En esta frase queda resumida toda la misión que Dios-Padre ha encomendado al Señor Jesús al tomar una carne mortal como la nuestra.

Lo hemos repetido en multitud de veces, pero no está demás que volvamos sobre ello, porque interesa que tengamos presente la situación del hombre después del pecado, la actitud de Dios ante nuestra rebeldía y la solución que Dios-Padre da al problema, para que todo vuelva al orden primero.

Desde toda la eternidad, Dios, que es amor, deseó hacer partícipes de su inmensa felicidad a otros seres. Ya había creado a los ángeles, espíritus puros, que le servían y que participaban de su misma gloria. Sin embargo, había pensado en crear otra criatura, el hombre, que fuera reflejo de su mismo ser y que estuviera hecho a su imagen y semejanza. Era tal el amor que ya sentía por él, que previamente creó el universo para que fuera el hábitat de su nueva criatura.

Dispuso así mismo que el hombre alcanzara la felicidad plena al experimentar en su corazón, hasta qué punto Él lo amaba, y que fuera capaz a su vez de devolver a su Creador el mismo amor. Sin embargo, no quiso que el hombre se viera obligado a amarle a la fuerza, por eso, junto con la vida, le dio el don inestimable de la libertad.

El hombre, usando mal el don de la libertad, pecó. Rompió el plan que Dios, amorosamente, había concebido para su criatura. Con esta acción, con la aparición del pecado en el mundo, se hizo presente la muerte. La vida del hombre, privado del amor de Dios por decisión propia, perdió todo sentido. Incapaz de amar, se volvió soberbio, egoísta, ambicioso. Buscó la vida acumulando bienes materiales y para conseguirlo no tuvo inconveniente en robar, extorsionar o matar. Cegado por el ansia de felicidad, se entregó a toda clase de vicios, desenfrenos e inmoralidades, sin conseguir ver saciado su corazón. Todo el mundo se encontró bajo la tiranía del pecado y de la muerte.

Mientras tanto, Dios-Padre, no se quedó indiferente ante la situación en la que había quedado la criatura que tanto amaba. Era necesario librar al hombre del veneno que le llevaba a la muerte. Era necesario aplastar la cabeza del maligno que, engañando al hombre lo sumía en una esclavitud de la que le era imposible salir.

¿Quién puede vencer a la muerte? ¿Quién puede extirpar el veneno del pecado que la produce? Sólo Dios que es la vida y origen de la vida. Por eso fue necesario que la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, asumiera una naturaleza mortal como la tuya y la mía. Era necesario que Él, el impecable, cargara con la ponzoña del pecado y nos librara de su mordedura, para que de nuevo, el amor de Dios llenara nuestro corazón, y quedara restablecido el plan primero que Dios había trazado para el hombre al crearlo.

Por eso, hoy, Juan, dando testimonio de él, nos da la gran noticia: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Éste es, el que llega dispuesto a absorber como una esponja el veneno que nos mata, y que al final acabará con su vida. Éste es el Cordero que es el llevado al matadero para que ni tú ni yo experimentemos la muerte, que es lo que a pulso nos hemos ganado pecando. Este es, finalmente, el que nos devolverá la condición de hijos de Dios. Reconozcamos en ÉL al que viene a salvar lo que no tiene salvación. Viene a dar su vida por ti y por mí, que no lo merecemos.

PRESBITERADO: ¿PROFESIÓN O VOCACIÓN?

PRESBITERADO: ¿PROFESIÓN O VOCACIÓN?

PRESBITERADO: ¿PROFESIÓN O VOCACIÓN?

Propongo esta cuestión, precisamente en el domingo en que la Iglesia celebra el Día del Buen Pastor.

Hace bastantes años se encontraban en los pueblos tres figuras, que tenían como denominador común la vocación: el cura, el médico y el maestro. El primero entregaba su vida al cuidado espiritual del rebaño que la Iglesia le había confiado. La preocupación del segundo era el cuidado de la salud corporal de los vecinos. El tercero dedicaba su vida a la formación integral de los futuros ciudadanos. Los tres, por vocación, trabajaban por el bienestar espiritual y material de las personas.

Los adelantos y el progreso de la sociedad, no siempre han supuesto mejoras en la vida de las personas. Lo que en otro tiempo suponía vocación y entrega al servicio de los demás, con frecuencia se ha corrompido. En nuestras relaciones ha puesto sus reales el individualismo. En nuestro trabajo lo que prima es la ganancia material, por lo que, lo que eran vocaciones han pasado a ser meras profesiones liberales.

Por desgracia, también la Iglesia se ha visto afectada por este cambio. Muchos de sus miembros se han convertido en funcionarios, a los que resulta difícil aplicar la figura del Buen pastor que hoy celebramos. Lamentablemente son demasiados los párrocos y presbíteros que se dedican a conservar a duras penas lo que tienen, sin lanzarse a la búsqueda de la oveja perdida. No entienden que para ellos no exista un horario laboral, que la vocación a la que les ha llamado el Señor, comporta la dedicación exclusiva; que sobre sus derechos, priman los derechos del rebaño.

Todo esto es lo que el papa Francisco pedía en su diócesis a sus sacerdotes y hoy lo sigue pidiendo a toda la Iglesia universal. “No os quedéis en la parroquia esperando que lleguen las personas. Si no vienen, id vosotros a buscarlas”.

Esta actitud también nos afecta a nosotros los fieles. Hemos de estar junto a nuestros pastores, ayudándoles con la oración y colaborando estrechamente con ellos en la misión que la Iglesia les ha confiado. Donde ellos no llegan, puedes llegar tú. Nuestra cercanía evitará que se sientan francotiradores. La misión es de todos y entre todos la tenemos que llevar adelante.  

FE, BAUTISMO Y MATRIMONIO

FE, BAUTISMO Y MATRIMONIO

 

FE, BAUTISMO Y MATRIMONIO

 

Estamos en el Año de la Fe. El nivel de fe de los católicos está en franca regresión, por lo que es indispensable encontrar los motivos de este déficit de fe entre los bautizados. Fe y Bautismo están íntimamente relacionados, por lo que nos vamos a detener en este sacramento, que abre a quien lo recibe las puertas de la Iglesia.

Contra lo que generalmente se pudiera pensar, el Bautismo no otorga la fe automáticamente a los que lo reciben. El Bautismo en la Iglesia Primitiva era el sello que garantizaba, que en el catecúmeno que lo recibía se había desarrollado la fe. Para que esto ocurriera, el candidato a ser bautizado tenía que vivir todo un proceso largo de preparación que podía durar varios años. Durante este tiempo se le instruía en las verdades de la fe y se le daba a conocer las Escrituras, mediante una abundante predicación de la Palabra, para que ésta, previamente aceptada, de una manera paulatina hiciera crecer en él la fe y las obras que son propias de la fe.

Estas obras de la fe, que no son otras que el amor a Dios y a los hermanos, y de un modo especial el perdón a los enemigos, eran señal y garantía de que el candidato podía recibir el Bautismo. San Juan Crisóstomo dice al respecto a un catecúmeno que le pedía ser bautizado: «No puedo darte el Bautismo, hasta que no practiques la virtud sin esfuerzo».

A través de la historia, y por motivos en los que no nos vamos a detener, esta preparación previa al Bautismo, o catecumenado, se suprimió casi por completo. Por una parte, se administraba el sacramento a adultos sin una preparación adecuada, quizá por la falta de catequistas, con la esperanza de que esa preparación previa tuviera lugar de una manera progresiva durante la vida. Por otra parte, se administraba el Bautismo a los niños recién nacidos, con la intención de que los padres fueran educándolos en la fe, desde la niñez hasta la edad adulta.

El resultado de esta manera de actuar lo estamos comprobando en la actualidad. Podríamos decir aquello de “De aquellos polvos, estos lodos”. Nos encontramos por una parte con un número enorme de bautizados, en los que el embrión de fe que la Iglesia les entregó en su bautismo, no se ha desarrollado y por lo tanto no ha dado ningún fruto. Por otra parte tenemos a aquellos fieles de buena voluntad, que, con “la fe del carbonero,” que se decía en otro tiempo, siguen acudiendo a las celebraciones de la Iglesia, pero viven su vida de fe a unos niveles muy próximos a la religiosidad natural.

Viendo este panorama que parte de la jerarquía no quiere aceptar, porque todavía viven en un concepto de cristiandad, se hace patente la necesidad imperiosa de una pastoral de catecumenado. Una pastoral que tenga por objetivo la maduración en la fe de aquellos que todavía vienen a la parroquia, antes de que nuestras iglesias se queden vacías por completo.

No hemos de venir a la Iglesia en busca de nuestra salvación personal. Esa salvación ya nos ha sido otorgada por el Señor Jesús en su Cruz y Resurrección. Lo que nos toca a nosotros es aceptarla. Venimos a la Iglesia para encontrarnos con el Señor y recibir fuerzas para llevar adelante la misión que Él ha puesto en nuestras manos.

El Señor, por el Bautismo, nos llama a ser sus colaboradores inmediatos en esta generación. Quiere que seamos su boca, sus manos y sobre todo su corazón. Un corazón capaz de perdonar al que nos hace daño. Un corazón capaz de amar al enemigo. Un corazón misericordioso con aquellos que se equivocan. Pero esta misión es imposible llevarla a cabo sin la fe. Una fe adulta. Una fe que nace del encuentro personal con el Señor. Una fe que crece y se desarrolla cuando nos ponemos a la escucha de la Palabra a través de la predicación de la Iglesia.

Esa fe es la que hace que para la Iglesia no exista el divorcio. El matrimonio cristiano, en contra de lo que la gente cree, no es una cosa de dos. Es una cosa de tres: esposo, esposa y Cristo Resucitado en medio de los dos. Sin la presencia de Cristo el matrimonio está abocado al fracaso. Él hace que el marido pueda amar a su esposa tal y como es. Con sus defectos, con sus manías y obsesiones. Con sus rarezas. Al mismo tiempo, la mujer puede amar a su esposo, a pesar de ser un egoísta que en las relaciones solo se busca a sí mismo. Lo ama en sus limitaciones, en su mal genio y en sus salidas de tono. Amar supone siempre sufrimiento, porque el que ama se niega a sí mismo, se olvida de sus derechos, en favor de la persona amada. El que verdaderamente ama, es el que es capaz de perdonar sin límites. Si en un matrimonio no se da el perdón, el fracaso está asegurado.  Por eso, si el Señor no está en medio del matrimonio, todo esto es imposible.

Y, ¿cómo van a vivir un matrimonio así, un matrimonio cristiano, aquellos que solo están bautizados, pero que no tienen fe? La fe es necesaria para que exista el vínculo. Ya lo hemos dicho antes. Haber recibido el Bautismo es condición indispensable para poder recibir el resto de sacramentos, pero ni el Bautismo obra por arte de magia, ni se debería considerar un matrimonio cristiano, solo por el hecho de que los contrayentes estén bautizados, y hayan elegido, quizá por meros condicionamientos sociales, una ceremonia religiosa para su enlace.  

No nos ha de extrañar que Benedicto XVI, haya decidido declarar el presente año como Año de la Fe, porque está al corriente de todo lo que hemos expuesto en este artículo. El gran problema de los que formamos la Iglesia de hoy, es la falta de fe. Aceptando esta premisa, serán bienvenidas todas aquellas iniciativas pastorales, que promuevan en los fieles el desarrollo de su fe. Pero no nos equivoquemos, no se trata de promover celebraciones especiales ni de organizar campañas, ni de tener un modélico plan pastoral. No olvidemos que desde siempre, el único camino que ha tenido la Iglesia para engendrar hijos en la fe, es el catecumenado. Todo lo demás está bien, pero sin duda, todo encontrará su lugar, cuando haya crecido y se haya fortalecido la fe de los creyentes.    

ACTITUD DEL CRISTIANO ANTE LA CRUZ

ACTITUD DEL CRISTIANO ANTE LA CRUZ

ACTITUD DEL CRISTIANO ANTE LA CRUZ

Cuando hablamos de aceptar la cruz, aquellos que nos escuchan pueden considerar  que lo que decimos, es el resultado de una actitud cobarde porque con la escusa de que la cruz es necesaria, nos resignamos y la aceptamos como algo inevitable, no siendo capaces de rebelarnos contra todo aquello que nos hace sufrir y que nos impide ser felices. Piensan que aceptamos la cruz porque no tenemos otro remedio, porque no tenemos el valor de afrontar los hechos, evitando todo aquello que nos hace daño.

Ellos no distinguen entre aceptación y resignación. El cristiano ante la cruz no se resigna. Resignarse es sinónimo de aguantarse. Equivale a soportar la adversidad de una manera un tanto cobarde, sin osar rebelarse, y sin ser capaz de levantar la voz para protestar. Es algo que resume perfectamente la frase popular: “Sin derecho al pataleo”. En esta actitud no cabe la alegría.

La razón de que se juzgue así la actitud del cristiano ante la cruz, hay que buscarla en el desconocimiento que el mundo tiene de la función de la cruz en la vida de todo hombre. Para el mundo, la cruz es algo de lo que hay que huir. Es algo que hay que evitar a toda costa. La cruz destruye. La cruz aplasta. De la cruz no puede deducirse nada bueno. Así piensa el mundo, por eso no entiende ni acepta que el cristiano vea en ella, el amor de Dios-Padre hacia su criatura. 

Tener iluminada la cruz, conocer su significado en la vida, saber las razones por las que aparece en la vida, no es algo a lo que se pueda llegar con nuestra inteligencia. Todo lo que la cruz representa en nuestra vida, lo sabemos por la revelación. La mente del hombre no es capaz de descubrir que algo que destruye, que muchas veces lleva a la desesperación, que es insoportable, sea el origen del camino que conduce a la felicidad y la paz. Ocurre lo mismo cuando se piensa en la muerte. Si no se nos revela, ¿cómo podemos deducir que la muerte es puerta que se abre a la vida en plenitud?

Tanto para el cristiano como para el que no lo es, la cruz es una realidad ineludible. La aceptemos, la rechacemos o huyamos de ella, está siempre presente en la vida del hombre. Lo queramos o no, no podemos escapar de la enfermedad, del sufrimiento, de los problemas familiares, laborales, económicos o de convivencia. Las cosas no son casi nunca como nosotros lo desearíamos. Los de fuera achacan estos problemas al azar, a la mala suerte o al destino. El cristiano, por el contrario, conoce cuál es el origen del mal, de las injusticias, de los atropellos. El cristiano sabe que ha sido el pecado del hombre, el tuyo y el mío, el que ha roto el plan de Dios y como consecuencia ha hecho que el mal apareciera en el mundo.

El cristiano, decíamos antes, ante la cruz no se resigna, sino que la acepta como un regalo del Señor. El cristiano sabe por experiencia, que la cruz no es losa que aplasta, sino que es cauce que lleva al encuentro con el Señor. El cristiano sabe que cuando se encuentra con acontecimientos imposibles de asumir, que le desbordan por completo, que superan con creces todas sus fuerzas, al invocar al Señor, se abren caminos insospechados que le permiten poder caminar sobre aguas encrespadas, como Pedro, cuando camina con los ojos puestos en el Señor Jesús. El cristiano sabe que si en su vida no apareciera la cruz, no podría tener experiencia de la presencia continua de Dios y de su poder. Finalmente, el cristiano no teme a la cruz, por   que sabe que el Señor está vivo y resucitado, que como en el camino a Emaús, está siempre a su lado dispuesto a echarle una mano,  para que  a diferencia de lo que sucede en el mundo, aquello que a todos aplasta, se transforme para él en cruz gloriosa en donde experimente el inmenso amor de Dios.       

LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO

LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO

 

Uno de los signos distintivos del cristiano es la alegría. Así lo manifiesta san Pablo,  cuando en el capítulo 4 de la carta a los Filipenses dice: “Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.”

Es posible que alguno piense que vivir en la alegría es muy difícil, cuando los acontecimientos de la vida en una sociedad totalmente desquiciada, invitan a todo lo contrario. ¿Cómo puedo ser feliz, nos preguntamos, cuando mi vida está llena de sufrimientos? ¿Es posible ser feliz, estar alegre, sufriendo enfermedades, soportando multitud de injusticias, estando sin trabajo y viendo, además, que los únicos que prosperan, los únicos que medran, son los que oprimen al débil, los que abusan de su situación privilegiada en beneficio propio y los que como sanguijuelas engordan a base de la extorsión y el robo?

Pues sí, se puede  estar alegre a pesar de los acontecimientos negativos que cada día nos presente la vida. Se puede estar alegre porque la alegría cristiana, a diferencia de la que nos ofrece el mundo, no viene de fuera sino que nace de lo profundo del ser. La alegría que proporciona el mundo, es, las más de las veces, una alegría ficticia, una alegría hueca, sin consistencia, vacía. La alegría a la que se refiere san Pablo, es una alegría interior que nace cuando cada uno de nosotros está reconciliado con su historia.

Al cristiano, como a toda persona humana, le afectan los acontecimientos adversos que se le presentan en la vida. No ha sido vacunado contra el sufrimiento. Sin embargo, a diferencia de los no creyentes, el sufrimiento no lo destruye, no le hace caer en la desesperación. Él sabe que todo lo que acontece en su vida proviene de Dios, y que por lo tanto, todo está orientado hacia su bien. Es consciente del amor que Dios le profesa. Sabe que un padre no puede desear mal alguno para sus hijos y que por eso, todo aquello que su Padre-Dios permite en su vida, nunca tiene como finalidad hacerle daño, sino que acontece para su bien. El cristiano tiene muy presente la palabra de la Escritura que dice: “Todo sucede para bien de los que Dios ama.”

En el mundo se ignora la trascendencia. Se ha cerrado el cielo a los hombres y por lo tanto, no se pueden asumir las dificultades, los sufrimientos, las contrariedades, que se oponen al proyecto hedonista, que resume la máxima aspiración de la sociedad. Recuerdo que mi primer catequista decía, “La máxima aspiración del hombre es vivir como las vacas en el prado, con fresca hierba, agua abundante, una temperatura agradable y por si fuera poco, un buen rabo para ir espantando a las moscas impertinentes.”A eso aspiramos. A vivir nuestra vida, evitando toda complicación, aparcando toda preocupación y procurando que los demás nos dejen vivir nuestra vida en paz.

La visión que tiene el cristiano de la vida, es totalmente opuesta a la del mundo. El cristiano no ignora, que aunque fue creado para una vida plena y feliz, la entrada del pecado en el mundo trajo consigo la aparición del sufrimiento y de la muerte. Al mismo tiempo cree firmemente que esta situación no es irreversible, sino que el Señor, en su infinita misericordia ha puesto en marcha un plan de salvación, para restaurar el orden primero. Por eso, ante las dificultades y sufrimientos de la vida, no desespera y no pierde la paz interior. Sabe que todos los acontecimientos están ordenados hacia su salvación. Sabe que todo lo que el  Señor  dispone, lo dispone para su bien. De ahí, que en medio de todas las adversidades, pueda vivir feliz, con paz interior y alegre, porque su alegría hunde las raíces en la esperanza.

Para el cristiano no existe el destino ni la fatalidad ni la suerte. El mundo es el que cree en todo esto y vive esclavo de premoniciones y fantasmas irreales. Para el cristiano existe la voluntad de Dios y su divina providencia, que amorosamente gobierna a sus criaturas, respetando en todo momento su libertad. La alegría es fruto de la sintonía entre nuestra vida, entre nuestra historia, con lo que Dios, Padre amoroso, desea para cada uno de nosotros. Vivir en la voluntad de Dios, es vivir en paz y con alegría. Es abandonarse en el regazo de Dios, como niño pequeño recienmamado en los brazos de su madre.

Esta manera de enfocar la vida, esta forma diferente de vivir, es necesario que quede manifiesta ante los hombres. Así lo desea san Pablo cuando dice: “Que vuestra alegría, vuestra mesura, la conozca todo el mundo.” ¿Por qué? nos preguntaremos. Porque esta alegría, esta paz interior, esta forma diferente de vivir, hace presente la persona de Dios en medio de los que nos rodean. En medio de una sociedad hedonista que ha perdido el verdadero sentido de la vida, la alegría cristiana es un grito de esperanza, de unos hombres y mujeres diferentes, que “brillan como lumbreras en medio del mundo.”

 

LA FAMILIA EN PELIGRO

LA FAMILIA EN PELIGRO

 

 

Vivimos en una sociedad, en la que cada vez con más insistencia se ataca a la familia. Aunque nos referimos a la familia en general, es a la familia cristiana a la que con mayor virulencia se agrede desde diferentes frentes, en particular desde el terreno político. 

              No es de extrañar que esto suceda así. Muchos políticos tienen como objetivo diseñar una sociedad a su imagen y semejanza. Una sociedad regida según sus criterios, en muchas ocasiones alejados o contrapuestos a  los valores tradicionales que defiende la cultura cristiana. 

Es necesario ridiculizar valores como la fidelidad, la castidad preconyugal, el respeto al propio cuerpo, etc., mostrándolos como ataduras trasnochadas que cercenan la libertad del individuo. Es necesario así mismo, legislar favoreciendo el divorcio o el aborto, so pretexto de que cada uno es dueño de su cuerpo. Esto último lleva también a defender la promiscuidad en las relaciones sexuales ya que, según defienden, el cuerpo es de cada uno y está hecho para gozarlo. Se hace necesario también reconocer el derecho que cada persona tiene, a elegir el género que más se adecue a sus inclinaciones sexuales. Es intolerable, se dice, obligar a una persona a permanecer dentro de un cuerpo con unos atributos, que no reconoce como propios. 

Para que estas teorías se lleven a la práctica y distorsionen lo que la ley natural muestra como correcto, se utilizan toda clase de medios. Cabe citar en especial la televisión, que de una manera solapada y amable, nos muestra lo felices que son las personas que siguen estos dictados.

No hay ninguna serie de televisión famosa, en la que no aparezcan escenas en que las relaciones sexuales fuera del matrimonio, no se den como lo más normal. Así mismo, es raro no encontrar parejas de homosexuales o lesbianas que vivan una relación envidiable.

Con esta política se nos empuja de una manera sutil, a considerar como normales, situaciones del todo reprobables. Es una manera solapada de minar a la familia y a los valores que representa. Porque es en ella la cuna en la que se transmiten los valores tradicionales y cristianos, se hace necesario desacreditarla, tachándola de retrógrada y de estar anclada en el pasado, defendiendo unos valores que hoy están superados.

Nuestra obligación como cristianos, es estar alerta para no dejarnos arrastrar por estos vientos de error, protegiendo a nuestros hijos de su nefasta influencia.

 

 

NOVIO-NOVIA, ESPOSO-ESPOSA, ¿PAREJA?

NOVIO-NOVIA, ESPOSO-ESPOSA, ¿PAREJA?

 

 

En la actualidad, tanto en la vida real como en los distintos medios de comunicación, prensa, radio, TV,… ha tomado carta de naturaleza referirse a los esposos o a los novios, denominándolos con la palabra genérica de “pareja”.

Quizá se deba esto, a que la relación entre los dos sexos se está devaluando a la carrera, y en vez de buscar en el otro o en la otra una ayuda adecuada (como dice el Génesis), un complemento tanto en lo espiritual como en lo físico, nos contentamos con emparejarnos.

Esta expresión, es perfecta cuando se refiere a los animales. El móvil que les impulsa a unirse, no es otro que el instinto de conservación de la especie. La única fuerza de atracción es la sexual.

No ocurre así entre el hombre y la mujer. Entre el hombre y la mujer se establecen vínculos que son muy superiores al mero impulso sexual. Dios hizo al hombre y la mujer complementarios. Los llamó a estar unidos en lo bueno y en lo adverso. Estableció entre ellos vínculos de amor y entrega que hicieran posible la renuncia al propio yo, en favor del otro.

El hombre y la mujer, no se emparejan. Se unen con lazos de amor. Se entregan totalmente el uno al otro formando un único cuerpo, no sólo en lo físico, sino también en lo espiritual.

Lo que ocurre es que la sociedad actual está empeñada en destruir estos valores y se nos catequiza para que en la relación entre hombre y mujer, sólo se dé importancia al componente sexual, haciendo ver en el otro o en la otra, únicamente, un objeto de deseo y de placer.

Visto así, es indudable que la expresión pareja, que nos hace semejantes a los animales, es la más adecuada. Presentar al marido o a la mujer como pareja es una manera sutil de catequesis, que nos aparta de la relación que entre el hombre y la mujer ha previsto Dios

No ha de ser así entre nosotros. Como cristiano no tengo a Cristo como pareja, sino como esposo. Él se ha entregado por mí, y ha establecido que esa entrega se visibilice en la relación entre los esposos cristianos. Marido y mujer unidos por el vínculo del Amor, y entregándose sin reservas el uno al otro, ponen de manifiesto ante esta sociedad, el verdadero amor, el amor de Cristo a su Iglesia.

PEDRO: ¿ME AMAS?

PEDRO: ¿ME AMAS?

MEDITANDO EN VOZ ALTA

La pregunta que hoy el Señor hace a Pedro ¿Pedro me amas?, como ya hemos comentado es una pregunta que nos dirige a cada uno de nosotros. Quizá nuestra respuesta al planteárnosla sea: Señor, es que haces unas preguntas… ¡Claro que te quiero! ¿Por qué, Señor, me preguntas eso? ¿Quizás dudas de mi amor?

No cabe duda de que lo que Él quiere al interrogarnos, es ayudarnos a que no vivamos engañados. Por eso será bueno preguntarnos seriamente: ¿Verdaderamente amo yo al Señor? ¿Es Él lo más importante de mi vida? ¿Cómo lo demuestro en cada día y en cada momento? San Juan dice en su primera epístola: Si no amas al hermano al que ves, ¿cómo dices que amas a Dios al que no ves? ¿Amo ciertamente a mis hermanos? ¿Sufro con los que sufren y me alegro con los que están contentos? ¿O más bien voy a lo mío intentando no complicarme la vida, porque bastante tengo ya con mis problemas? ¿Acaso no siento envidia, aunque no lo confiese, cuando lo demás prosperan, son apreciados y reconocidos y de mí nadie hace caso? ¿Comparto todo lo mío, aunque los demás no me hagan partícipe de lo suyo? ¿Soy capaz de excusar los fallos y errores de los demás, o los juzgo aunque sólo sea en mi corazón? ¿No uso más bien dos varas diferentes a la hora de medir mi comportamiento y el de los demás?

Muchas más preguntas podríamos hacernos, y quizá todas las respuestas pondrían en evidencia nuestro egoísmo, nuestro individualismo y nuestra ingratitud hacia Aquel de quien todo lo hemos recibido gratuitamente.

No intentemos poner paños calientes. Él, dice en el Evangelio: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo”.

¿Pensamos todavía que verdaderamente amamos al Señor? ¿Seguimos todavía tan ciegos?

Si hemos sido sinceros, quizá esta meditación en voz alta, nos haya hecho caer en tristeza. No es ese el deseo del Señor. Él, dice el salmo 32, “ha modelado cada corazón y conoce todas sus acciones”. El conoce nuestras limitaciones y sabe que hemos sido concebidos en pecado. Él, es único que no se escandaliza de nosotros. Por eso, descubriendo como Pedro nuestras infidelidades, lo único que podemos hacer es decirle: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que quiero quererte. ¡Ayúdame!