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LAS COMUNIDADES NEOCATECUMENALES EN BURRIANA

LAS COMUNIDADES NEOCATECUMENALES EN BURRIANA

Las Comunidades

Neocatecumenales en Burriana

A través de los años nuestra Ciudad ha destacado en muchos aspectos y ha estado en vanguardia del desarrollo y la modernidad. No es ahora el momento de hacer una relación de todas las actividades en las que Burriana, ha sido “capdavantera”. Utilizo esta expresión valenciana por la fuerza expresiva que contiene y porque retrata con exactitud la situación de nuestro Pueblo en muchos aspectos de la vida, en los que ha destacado respecto a todas las poblaciones de nuestra Comarca. Sin duda, esta situación y el noble orgullo del que hemos hecho gala los burrianeros, ha hecho que se nos colgara el sambenito de fanfarrones. “Bendita fanfarronería”, como dijo el cardenal Tarancón, si ha servido de acicate para continuar con ilusión, trabajando por el desarrollo de nuestro Pueblo.


En el aspecto religioso, nuestra Ciudad ha podido hacer gala de una fe sencilla pero acendrada, que se ha quedado corta comparada con la vitalidad que en este terreno han demostrado poblaciones como Vila-real. Sin embargo nuestros mayores fueron honestos y religiosos y defendieron la honradez como norma de vida.


Todo este preámbulo viene a cuento porque hoy quiero señalar una faceta de la vida de fe en la que, por gracia de Dios, Burriana también ha sido pionera. Me refiero al Neocatecumenado o Comunidades Neocatecumenales, como se las conoce con mayor frecuencia. Esta realidad eclesial nació durante la segunda mitad de la década de los sesenta, en un barrio de barracas de Madrid, llamado Palomeras Altas. Allí, Francisco José Argüello, Kiko, una joven promesa del arte, Premio Nacional de Pintura, después de sufrir una fuerte crisis existencial, marchó con el deseo de buscar sentido a su vida y encontrarse con Dios. Había escuchado unas palabras de Juan XXIII en las que decía que la renovación de la Iglesia y la salvación vendrían de los pobres. Por eso, dejando una vida más que acomodada, con una guitarra y una Biblia, marchó como pobre a vivir entre los pobres, sin perseguir ningún objetivo concreto. Eligió una barraca abandonada hecha de maderas viejas, cartones y hoja de lata, y para mantenerse buscó trabajo en un instituto próximo, dando clases de dibujo.


Durante este tiempo, Kiko, tuvo una revelación de la Virgen en la que le decía: “Hay que hacer comunidades cristianas como la familia de Nazaret, que vivan en humildad, sencillez y alabanza y en donde el otro, es Cristo”. Esta revelación no cambió para nada su vida, ya que no tenía la menor idea de cómo llevar adelante este encargo. Siguió viviendo en Palomeras totalmente solo. Durante los seis primeros meses, nadie se acercó a su chabola. Después, poco a poco, sus vecinos, gitanos, quinquis, chatarreros, borrachos, ladrones…, fueron acercándose a su barraca para pasar el tiempo y llenar largas horas de charla con él. Kiko, en estos ratos, solía abrir la Biblia al azar y comentaba con ellos lo que aparecía en las Escrituras. Aficionado a tocar la guitarra, compuso cantos partiendo de los salmos y de otros fragmentos de lo que leían. En este tiempo nacieron composiciones como Hacia ti morada santa o el Resucitó, que luego se hicieron populares en toda la Iglesia.

Poco a poco, aquel abigarrado grupo de personas tan dispares fue consolidándose y tomando cuerpo. Había algo que no sabían a ciencia cierta lo que era, pero que hacía que los lazos de amistad y aprecio se fueran consolidando. Las vidas de estas personas se fueron transformando progresivamente, sin que nadie hiciera violencia sobre ellas para que cambiaran de vida. Todo era un regalo de la palabra de Dios escuchada y aceptada, que obraba con fuerza sin necesidad de que existiera compromiso alguno.

El mayor descubrimiento fue comprobar la necesidad de realizar un catecumenado que hiciera crecer la pequeña semilla de fe que todos habían recibido en el Bautismo, con el fin de que diera frutos abundantes. Era inútil pedir esfuerzos y compromisos a unas personas que eran totalmente incapaces de cambiar sus vidas y costumbres con sólo su esfuerzo.


Esta realidad de incipiente comunidad fue conocida por el entonces Arzobispo de Madrid Dr. Casimiro Morcillo, que la apoyo y defendió delante de sus curas, invitándoles a iniciar en sus parroquias esta actividad. Después de intentar trasplantar esta experiencia a algunas parroquias cercanas, con el correspondiente fracaso, en 1967 el grupo de hermanos de Palomeras, fue requerido por el párroco de San Frontis de Zamora para intentar iniciar en su parroquia este catecumenado post bautismal. Es para imaginar lo que pensaría la gente al ver llegar a su parroquia a un equipo de personas procedentes de los estratos más bajos de la sociedad. Hoy, cuarenta años después, todavía continúan en San Frontis hermanos que iniciaron esta nueva forma de vida en aquella ocasión.


Todo lo expuesto anteriormente, surgía en una Iglesia que acababa de salir del Concilio Vaticano II y que deseaba renovarse interiormente, mostrando al mundo un rostro acorde con los nuevos tiempos y dando a la vez respuestas a las necesidades del hombre de hoy.
Estas inquietudes y estos deseos de renovación y autenticidad también llegaron a los creyentes de Burriana. No sabíamos a ciencia cierta cómo, pero todos deseábamos tomar parte en esta nueva primavera de la Iglesia.


A finales de 1970 fue nombrado párroco de María Auxiliadora don Antonio Garciandía Gorriti, que procedía del colegio de los salesianos de Cuenca, en donde había tenido ocasión de conocer las que entonces se llamaban Comunidades Cristianas. Queriendo implantar esta experiencia en su parroquia fue preparando el terreno manteniendo diversos contactos con sus feligreses y hablándoles con gran ilusión de estas comunidades. Celebramos con él varias eucaristías con la particularidad de que en vez de comulgar con formas lo hacíamos con pan ácimo, y participábamos también comulgando todos del cáliz. Hoy, estas novedades nos parecen nimias, pero en aquellos años suponían una auténtica revolución.

En febrero de 1972 se iniciaban en María Auxiliadora las catequesis que habían de poner en marcha la primera comunidad Neocatecumenal de la diócesis. Sólo tres meses antes se había iniciado el Camino en Barcelona, fruto de una catequización que llevaron a cabo Kiko Argüello y Carmen Hernández, en la parroquia de María Auxiliadora de Sarriá.


En nuestro caso el equipo de catequistas estaba formado por cinco jóvenes de la parroquia de San Pedro el Real (La Paloma) de Madrid: Antonio González, Félix Villegas, Enrique Callejo y Virginia Baeyens. La convivencia final tuvo lugar en el Desierto de las Palmas en donde el día 26 de marzo, Domingo de Ramos, 68 hermanos se ponían en marcha dentro de esta nueva realidad de la Iglesia.
Burriana fue la primera población de todo el Levante español, desde Barcelona hasta Sevilla, que tuvo Comunidades Neocatecumenales. Desde María Auxiliadora se evangelizó posteriormente en Castellón, Segorbe, Alfondeguilla, Almenara, Nules, Moncófar, Alquerías, Vila-Real, Val d’Uixó, etc.
Hoy el Camino Neocatecumenal está ubicado en la Parroquia de la Merced, en donde existen ocho comunidades con una cifra de miembros próxima a los 300. De ellos, unos doscientos todavía no han cumplido los cuarenta años. Esto es prueba evidente de que la figura de Cristo y de su Iglesia sigue siendo atractiva para lo jóvenes.


Aparte de la actividad evangelizadora llevada a cabo en parroquias de nuestra diócesis, nuestra parroquia alarga sus brazos hasta diversas partes del mundo. Sus miembros están, o han estado presentes en: Portugal, Australia, Perú, Argentina, Panamá, Costa Rica, Brasil, Santo Domingo, Costa de Marfil, Israel y Colombia. Las gentes de estos lugares han tenido conocimiento de una pequeña ciudad del levante español que, a través de alguno de sus habitantes, les ha hecho llegar la noticia de la salvación. En la actualidad son ocho los miembros del Camino Neocatecumenal que permanecen en la misión: dos en Costa Rica, uno en Perú, otro en Brasil, dos en Colombia e Israel y finalmente un matrimonio y su hija pequeña en Santo Domingo. Otro fruto del Camino en Burriana ha sido la ordenación de dos presbíteros, que ya mayores, sintieron la llamada del Señor dentro de su comunidad.
El Neocatecumenado es hoy en la Iglesia una hermosa realidad. Está implantado en más de 150 países con más de un millón de miembros. Tiene abiertos cerca de 70 seminarios misioneros, entre los que se cuenta el de nuestra diócesis, con 24 seminaristas mayores de siete u ocho nacionalidades diferentes. Cinco de ellos ya han recibido la ordenación como diáconos.

Como final, quisiera hacer un esbozo de lo que pretende conseguir el Camino Neocatecumenal. En primer lugar sostiene que es inútil exigir a la persona que cambie de vida cuando el motor de este cambio, que es la fe, prácticamente no existe, o no ha habido ocasión de que se desarrolle y crezca. Por lo tanto se requiere todo un proceso similar al catecumenado de la Iglesia primitiva, en donde paso a paso se vayan reviviendo de una manera libre y consciente, cada uno de los ritos que conforman la liturgia del Bautismo. Esto explica que dentro de una misma parroquia, cada comunidad esté en una determinada altura dentro del proceso neocatecumenal.


La noticia que anuncia el Camino y que verdaderamente cambia la vida, es saber que Dios nos ama a cada uno con verdadera locura. Que no exige que cambiemos de vida, o que seamos mejores para querernos. Que su amor es totalmente gratuito y que, por lo tanto, no exige nada a cambio.


En mi caso esta noticia aceptada tuvo la fuerza de cambiar mi vida por completo. Con toda la buena fe, tanto en casa como en el colegio, se me había dado a conocer a un Dios que tomaba muy en cuenta todas mis transgresiones y pecados. Que vigilaba el cumplimiento por mi parte de todos sus Mandamientos. Con esta carga era muy difícil vivir. Cada día me encontraba desazonado en el quiero pero no puedo. Esta situación sólo tenía dos salidas: abandonar las prácticas religiosas o vivir continuamente en el temor de la condenación.


Por suerte, la Iglesia me dio a conocer a un Dios totalmente distinto. Un Dios amor que sabe de todas mis limitaciones. Un Dios que es Padre y que ante mi pecado vuelve la mirada hacia otro lado. Un Dios que habiendo formado mi corazón conoce y entiende todas mis acciones. Un Dios que siempre me espera, y que ante mis desvaríos no tiene ni una sola palabra de reproche. Un Dios, en fin, que no ha dudado en llevar a su Hijo a la Cruz para que con su resurrección también yo me viera libre de la muerte.
Con un Dios así, con un Padre todo amor que está dispuesto a ayudarte cada día, la vida cambia por completo, se pierde el miedo al final y se puede ser feliz, en la medida en que la felicidad es posible en este mundo.

El autor de este artículo fue el primer responsable del Camino Neocatecumenal en Burriana.

EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN

EL SACRAMENTO DE LA  RECONCILIACIÓN

Hablábamos la semana pasada sobre el Bautismo y la filiación divina.

Vamos a detenernos hoy un poco en un sacramento que se relaciona directamente con el bautismo, hasta el punto que en la Iglesia Primitiva, era considerado como un segundo bautismo.

Estamos refiriéndonos al sacramento de la Reconciliación o Penitencia.

Dios-Padre cuando nos creó, nos hizo un regalo de un valor incalculable: la libertad. Él, deseaba que nosotros pudiéramos amarle libremente, sin ninguna coacción. Conocía sin embargo, que nuestra debilidad nos llevaría a alejarnos de él. Por eso a la vez que nos hacía libres, creaba el camino del regreso: la conversión.

Convertirse no es otra cosa que cambiar de dirección. Reconocer que el camino que hemos elegido no es el adecuado, que en vez de llevarnos a la felicidad y a la vida, nos lleva al sufrimiento y a la muerte. Esto es lo que le ocurre al Hijo Pródigo, que da un giro a la vida que ha elegido lejos del padre, y regresa a él pidiéndole perdón.

Dios-Padre en la cruz de Jesucristo ha perdonado todos nuestros pecados. Ha roto la nota de cargo, la factura, que nosotros debíamos satisfacer como consecuencia de nuestros desvaríos, pero ha dispuesto que ese perdón se haga manifiesto a través de un signo, un sacramento, que el Señor dejó en su Iglesia. No podemos decir que Jesús delegara el perdón en su Iglesia, ya que la Iglesia es el mismo cuerpo de Jesucristo. Cuando la Iglesia perdona, es Cristo mismo el que perdona.

Hoy constatamos con tristeza que al sacramento de la reconciliación, no se le da la importancia que realmente tiene. Los fieles participan con mucha frecuencia en la Eucaristía, pero lo hacen de una manera esporádica en la Confesión. Pierden la oportunidad de festejar el hecho de sentirse perdonados por Dios.

Es necesario recuperar en la vida de fe este sacramento, que por otra parte es indispensable para acercarnos adecuadamente a recibir el resto de los sacramentos.

Celebrar la reconciliación, además de hacernos experimentar el amor de Dios y su perdón, nos proporciona la fuerza de Espíritu Santo, para resistir las muchas tentaciones a las que nos vemos expuestos cada día. Además, si nos sentimos perdonados por nuestro Padre-Dios, podremos también perdonar a nuestros semejantes, cuando recibamos de ellos alguna ofensa.

LA FILIACIÓN DIVINA

LA FILIACIÓN DIVINA

Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo del Señor, que nos hace presente al primero y más importante de los sacramentos. Por él, entramos a formar parte de la Iglesia que es el cuerpo místico de Jesucristo. Por él, llegamos a ser hijos adoptivos de Dios. Hemos dicho llegamos a ser, porque el Bautismo siembra en nosotros la semilla de la Fe. Una semilla que convenientemente cuidada y cultivada, llegará a convertirse en una planta adulta que dará abundantes frutos de vida eterna.

El bautismo no actúa en nosotros de una manera mágica. En el bautismo existe el embrión de un hijo de Dios, que necesita crecer y desarrollarse hasta alcanzar la edad adulta, de manera que, como dice San Pablo, sea otro Cristo.

Con frecuencia escuchamos una afirmación que no es del todo cierta. Se dice que todos los hombres son hijos de Dios. Sería más exacto afirmar que todos los hombres son criaturas de Dios. Lo que no puede negarse es que todos los hombres están llamados en Cristo, a ser hijos de Dios.

La filiación divina sólo es real, en tanto en cuanto poseemos en nuestro interior el espíritu de Jesucristo. Dice San Pablo en la carta a los Gálatas: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! “ (Ga 4,6-6).

Para que la filiación divina sea efectiva, es condición previa haber recibido el espíritu del hombre nuevo, el espíritu del resucitado. Esto se hace evidente al comprobar cómo son nuestras obras. Si nuestras obras son las obras de Dios, queda demostrado que el espíritu de su Hijo Jesucristo habita en nosotros. Y ¿cuáles son las obras de Dios? Fundamentalmente, el amor y la misericordia, que quedan manifiestas cuando por el Espíritu que habita en nosotros, somos capaces de perdonar por completo a aquel que gravemente nos hace daño, ya sea terrorista, violador, asesino, ladrón, etc., así actuó en la cruz el que era hijo de Dios por naturaleza y que fundó su Iglesia para que esta manera de actuar, se perpetuara a través de los siglos.

San Juan nos dice en su primera epístola:

“En esto se reconocen

los hijos de Dios y los hijos del Diablo:

todo el que no obra la justicia

no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”. (1Jn 3-10)

Obrar la justicia no es otra cosa, que obrar como Dios obra, perdonándonos y amándonos siempre, sin ponernos ninguna condición previa.

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA

En este domingo que se halla dentro de la Octava de Navidad, la Iglesia pone ante nuestra consideración a la Sagrada Familia de Nazaret.

En el evangelio, San Lucas nos cuenta cómo a los doce años, Jesús sube con sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua. Al finalizar la fiesta, en vez de ponerse en camino, se queda él sólo en la ciudad.

Después de hacer una jornada de camino, María y José advierten que su hijo no se encuentra en la caravana y, preocupados, regresan a Jerusalén en su búsqueda. Preguntan a sus amigos y familiares por él, y después de tres angustiosos días, lo encuentran en el Templo sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Cuando María le reprocha su conducta, reciben por única respuesta una frase que no entienden y que les deja perplejos: “Por qué me buscabais? ¿No sabías que yo debía estar en la casa de mi Padre?

Esta respuesta quizá nos resulte un tanto extraña, sin embargo es importante ver como Jesús, tiene muy claro lo que comentábamos hace algunas semanas al hablar del Shemá. A nada, ni a nadie, incluso a nuestros familiares más cercanos, padres o hijos, debemos anteponer a Dios. Si Él es el primero, todo ocupará en nuestra vida el lugar adecuado.

La respuesta de Jesús, no implica desamor o falta de respeto hacia sus padres, sino que pone de manifiesto que Dios-Padre, es lo primero, lo más importante en su vida.

El pasaje termina diciendo que Jesús bajó con sus padres a Nazaret, que les estaba sujeto, o lo que es lo mismo les era obediente, y que crecía en estatura y gracia, delante de Dios y de los hombres.