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LA SALVACIÓN ¿CUÁNDO?

LA SALVACIÓN ¿CUÁNDO?

          José-Miguel Rubert Aymerich

 

LA SALVACIÓN ¿CUÁNDO?

 

El apóstol san Pablo en su primera carta a Timoteo (2, 4) afirma: “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

LA SALVACIÓN Y LA LEY

Cuando se habla de la salvación, para la mayoría de los creyentes se hace presente la salvación final, la del último día. Todos refieren este término a la salvación eterna. Si preguntamos, además, qué es necesario para lograr esta salvación, muchos responderán que es necesario cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. De este modo vemos como establecen una íntima relación entre la Ley y la salvación, de manera que para salvarse es necesario esforzarse para poner en práctica los Mandamientos de la Ley.

Nosotros nos preguntamos, ¿fue esa la intención del Señor cuando en el Sinaí entregó a Moisés las tablas de piedra con los diez mandamientos grabados? Hay motivos para pensar que no. En primer lugar, para el pueblo hebreo, las Tablas no contenían mandamientos, sino que eran palabras de vida. Ha sido nuestra mentalidad occidental influenciada por el Derecho Romano, la que ha transformado las palabras de vida en leyes de obligado cumplimiento. 

¿Por qué Dios ha entregado estas palabras de vida a los hombres? La razón es muy sencilla. Cada uno de nosotros por el estigma del pecado de origen, nos vemos inclinados sin remedio hacia el mal. No ignoramos lo que es el bien, pero estamos incapacitados para llevarlo a la práctica. Esta circunstancia la expresa san Pablo de una manera magistral en el capítulo 7 de la Carta a los Romanos. Dice así: «Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo» (Rm 7,14-18)

Ante esta situación, el Señor viene en nuestra ayuda y nos muestra con las diez palabras de vida, cuál es el camino de la felicidad. Nos hace ver también cómo vivir de espaldas a estas palabras, conduce irremediablemente a la muerte. Como nuestra sabiduría es limitada, y nuestra libertad a causa del pecado está disminuida, necesitamos que la sabiduría divina nos dé a conocer el camino para desenvolvernos en la vida. Por otra parte, el maligno, enemigo acérrimo de Dios, padre de la mentira y mucho más inteligente que nosotros, no pudiendo hacerle a él directamente ningún daño, busca dañar a la criatura que Dios tanto ama, al hombre. Lo vemos en el capítulo 12 de Apocalipsis: «Entonces (el dragón) despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús». (Ap 12,17) Es necesario, pues, que el Señor alumbre mediante su Ley el camino de oscuridad de nuestra vida. El salmo 119 lo pone de manifiesto cuando dice: «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi sendero».

Ahora podemos preguntarnos, ¿Es la salvación consecuencia del cumplimiento de la Ley? De ninguna manera. El hombre, como hemos visto en la carta a los Romanos,  se encuentra con el dilema de que, aun sabiendo que en el cumplimiento de la ley está la vida, conoce por experiencia su incapacidad para observarla. ¿Por qué, podemos preguntarnos, se da esta circunstancia? ¿Cómo es posible que Dios promulgue una ley que desborda por completo la capacidad del hombre para cumplirla? La respuesta nos la da san Pablo en su carta a los Romanos: «Nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado» (Rm 3, 20). De esto se deduce que Dios no promulgó la ley para que el hombre la cumpliera, sino para que viendo su incapacidad, el hombre tuviera que recurrir necesariamente a Él. Si el hombre se pudiera justificar por la ley, la salvación dejaría de ser gratuita. Dios no podría manifestar al hombre su amor y su infinita misericordia. Precisamente por esto leemos en la carta a los Romanos que: «Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia». (Rm 11,32)

En resumen, a través de la ley conocemos la verdad. Ella es la que impide que el maligno nos haga caer en el error, mostrándonos caminos falsos de felicidad. Ella al mismo tiempo, nos da conocimiento de nuestro pecado y nuestra debilidad, y hace que tengamos que recurrir a Aquel que no se escandaliza de nuestras flaquezas, sino que está siempre dispuesto a mirarnos con ojos de misericordia.

Siendo la ley un rasgo del amor de Dios, un regalo que conduce a descubrir nuestro pecado y la necesidad que tenemos de ser salvados, durante muchos siglos los cristianos han pretendido con su cumplimiento hacerse acreedores de la salvación. De regalo, la ley ha pasado a ser maldición, convirtiéndose en una losa insoportable o un corsé que aprisiona la vida. La expresión “vivir en gracia” ha atormentado a muchos cristianos de buena voluntad durante gran parte su vida. No llegaron a descubrir que vivir en gracia era vivir en la gratuidad, teniendo la certeza de que Dios no se escandalizaba de ninguno de sus pecados. Vivir reconociendo sin miedo sus limitaciones y pecados, pero teniendo a la vez la certeza de que Dios es Padre, que, como dice el salmo 32, «Ha formado el corazón del hombre y comprende todas sus acciones». No llegaron a descubrir a Dios como al padre del Hijo Pródigo, que respeta hasta el extremo su libertad y permanece noche y día vigilante, con los brazos abiertos a la espera de su regreso. Y a su llegada no sale de su boca ni un solo reproche, todo lo contrario, ni siquiera deja que el hijo le presente sus excusas.

Ese es nuestro Dios, el Dios que nos ha revelado el Señor Jesús. Un Dios, que si alguna limitación tiene, es la de ser incapaz de odiar. La de ser incapaz de sentir rencor hacia su criatura. Un Dios que como dice san Pablo en la primera carta a Timoteo,  «Es nuestro Salvador, y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2, 4)

Esta certeza del amor de Dios y su perdón, no debe llevarnos de ninguna manera a pecar, pensando que todo está perdonado. Ciertamente, todo está perdonado, pero quien obra así pensando aquello de “ancha es Castilla”, no ha descubierto que el pecado no es algo bueno  que la ley nos prohíbe realizar, sino todo lo contrario, la ley nos advierte, nos pone en guardia, ante una acción que irremediablemente nos acarreará un daño.

LA SALVACIÓN, ¿PARA CUÁNDO?

Pero, esta salvación, ¿para cuándo? Podemos afirmar que hay dos momentos bien definidos en que se realiza  la salvación. Por una parte, y es por la que tanto han tenido que sufrir muchos cristianos, está la salvación que tendrá lugar para cada hombre después de la muerte y que un día culminará con el Juicio Universal.

Dios ha creado al hombre y después del don de la vida, el mayor regalo que ha podido hacerle es la libertad. Dios creó al hombre por amor y dispuso que solo en el amor, alcanzara la felicidad y la plenitud. Esta felicidad y esa plenitud radicaba en que el hombre, experimentado en su corazón el amor Dios, pudiera, en primer lugar, corresponder a es amor amando a su Creador con todo su ser, y a la vez pudiera también amar a sus semejantes. Crearlo a su imagen y semejanza, era crearlo libre y con capacidad de amar. Lo hizo libre, para que el hombre no se viera obligado a amarle a la fuerza, sino que correspondiera a su amor libremente.

La historia ya la conocemos. La felicidad del hombre provocó la envidia del maligno, que siendo incapaz de hacerle daño a su Creador, y conociendo al mismo tiempo el amor que éste sentía hacia su criatura, consiguió a través de la mentira, romper los lazos de amor que les unían. Había aparecido el mal, el pecado, en el mundo.

La acción del hombre y el mal uso de su libertad, dio al traste con la obra que Dios había diseñado para su criatura. Sin embargo, dice san Pablo, «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia». El hombre estaba perdido, había saboreado la muerte, pero el amor de Dios hacia él, no había menguado en nada. Dios-Padre diseñó de inmediato un plan de salvación, que únicamente Él era capaz de concebir. Era necesario destruir el pecado y como consecuencia a la muerte que éste había engendrado. Para destruir la muerte era necesario penetrar en ella para de nuevo volver a la vida. Solo Dios tenía el poder de lograr esta victoria sobre la muerte, pero para ello era necesario revestirse previamente de una naturaleza mortal.

La Segunda Persona de la Trinidad, el Señor Jesús, es el que asumió la tarea de redimir al hombre del pecado y liberarlo de las ataduras de la muerte. Esa era la voluntad del Padre. Encarnado en el seno de María Virgen, se rebajó hasta el punto de hacer semejantes a la criatura y al Creador. Al revestirse de la naturaleza humana aceptó pasar por lo que es inherente a esa naturaleza humana. Quiso experimentar en su cuerpo todo aquello que es propio de la vida de un hombre: alegrías, sufrimientos, enfermedades, cansancio, hambre, sed… nada de lo que tú y yo experimentamos cada día, fue extraño para él. Solo en un aspecto fue totalmente distinto: no conoció lo que era el pecado.

Vino al mundo con una misión exclusiva: dar conocimiento al hombre del amor de Dios, a pesar de que aquel le rechace mil veces por el pecado. Vino a decirnos a nosotros, pecadores, que El Padre no toma en cuenta nuestras infidelidades y pecados, sino que nos ama tiernamente en nuestra debilidad. Que Él, ama con locura al pecador y odia intensamente al pecado, porque nos hace daño a nosotros que somos sus hijos.  Como el pecado es un veneno que mata, san Pablo dice que es «el aguijón de la muerte», por eso Él vino a librarnos de ese veneno cargándolo sobre su ser, y aceptando que ese veneno lo llevara a la muerte.  

 La vida del hombre en el mundo ni es un castigo ni es un destierro. Dios al crearnos deseaba que nuestra vida terrena fuera una vida feliz, anticipo de aquella que nos reservaba por toda la eternidad en su presencia. Hemos sido nosotros los que al apartarnos de Él, aquello que estaba concebido como un edén, lo hemos convertido en un valle de lágrimas. Cuando Dios desaparece de nuestra vida por el pecado, en vez de regirnos por el amor, es el egoísmo el que nos impulsa a buscar todo aquello que sea capaz de llenar el hueco que el amor de Dios ha dejado en el corazón.

Nuestro corazón ha sido creado para amar, siendo la fuente de este amor el mismo amor que Dios ha sembrado en él. Al desaparecer por el pecado el amor de Dios, la insatisfacción impulsa al hombre a buscar sustitutos al amor perdido. Los afectos, las riquezas, el poder, el sexo como fin y no como medio, etc., son los ídolos a los que el hombre pide la vida sin lograr alcanzarla, porque lo único que puede devolver al hombre la felicidad es tener de nuevo en su corazón el amor de Dios. San Agustín, que ha tenido experiencia de esta situación, exclama en el libro de las Confesiones: «Señor, nos ha hecho para ti y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti».

Ahora podemos preguntarnos: ¿Ha pretendido el Señor al darnos la ley restaurar el orden primero? ¿Es la ley la que nos ha de salvar de la situación en que nos hemos quedado después del pecado? No, la ley no está puesta para que con su cumplimiento logremos alcanzar la salvación. Ya hemos visto lo que dice san Pablo al respecto: «Nadie será justificado ante Él, por las obras de la ley».

La ley era necesaria, porque el hombre había perdido por completo el norte a causa del pecado. Vivía desorientado y solo se regía por su egoísmo. Había perdido la razón de su existencia. La ley pretendía que la vida de los hombres no fuera semejante a la de las fieras, que se devoran entre ellas pretendiendo dominar unas sobre otras. La ley quería arrojar luz en la existencia del hombre que vivía en las tinieblas, por haber expulsado a Dios de su vida. La ley no era un fin, la ley era un medio.

La ley cumple también un cometido muy importante en la vida del hombre: le da conocimiento del pecado, lo dice san Pablo en la carta a los Romanos. Le ayuda, pues, a verse pecador y al propio tiempo le hace comprender el origen del sufrimiento y de la muerte en el mundo. Hoy mucha gente, ante acontecimientos negativos de la vida del hombre, enfermedades, sufrimientos de todo tipo, abusos a inocentes, guerras, extorsiones, etc., se interroga o blasfema de Dios como si él fuera el responsable de esas desgracias. No comprenden que el origen de esos males hay que buscarlo en la ambición y el egoísmo del hombre. Es el pecado el que convierte al hombre en enemigo del hombre. El sufrimiento y la muerte no son castigos de Dios, son el peaje que el hombre debe pagar a causa de su pecado.

De esta situación es de la que el hombre necesita ser salvado en este mundo en primer lugar. Dios nos ha dado a través de Jesucristo conocimiento de la verdad, de manera que la fe en Él nos hace recuperar el sentido profundo de nuestra existencia. Abre ante nosotros la esperanza y nos anticipa ya aquí, la vida eterna. La vida terrena del hombre deja de ser un fin, para convertirse en un medio, un camino, que nos conduce a la vida eterna. Es decir, la salvación que Dios Padre nos ha concedido en su querido Hijo, no es solo aplicable a la salvación última, a la salvación del final de los tiempos. La salvación del Señor Jesús es una salvación actual, que podemos experimentar en el día a día. Hoy, para mí, es esa la salvación útil, la que me importa.

Ciertamente, no hemos de perder de vista la salvación eterna. Ella ha de estar presente en el horizonte de nuestra vida, pero es hoy, precisamente hoy, cuando yo necesito del poder del Señor para ser salvo. Si hoy, en los sufrimientos y avatares de la vida, experimento que está presente, que está vivo y resucitado, que camina junto a mí, y que como a Pedro me hace andar por encima de las aguas turbulentas, no me cabrá la menor duda de que también en el momento final y decisivo de mi vida, estará a mi lado para salvarme.

Experimentar ya ahora esta salvación es fruto de la fe, y san Pablo añadirá, independientemente de las obras de la ley. Pero ¿de qué fe estamos hablando? Por supuesto, no se trata de una fe meramente intelectual. No se trata de decir que creemos en Dios. Santiago dice que «también los demonios creen en Dios y tiemblan» (St 2, 19) Esa fe intelectual no es mala, pero no salva de nada. La única fe que salva es aquella que nace de la experiencia del encuentro personal con el Señor Resucitado. ¿Has experimentado en alguna ocasión la auténtica impotencia, la angustia, el ver el cielo totalmente cerrado, el no tener un asidero a dónde cogerte, y al invocar el nombre, el poder, del Señor Jesús, comprobar que lo humanamente imposible, se ha hecho de momento posible? ¿Has vivido esta experiencia? ¿Qué sacas en conclusión? Sin duda alguna te sirve para comprobar que el Señor Jesús está vivo, que está resucitado y que siempre está cercano a ti. Ésta es la fe experimental, ésta es la fe que salva. Este acontecimiento, este encuentro con el Señor, te impulsará a hacerlo presente en tu vida en otras muchas ocasiones, haciendo que crezca y se fortalezca tu fe.

Esta fe es la que produce obras de vida eterna, porque, ¿es posible que tú después de encontrarte con el Señor sigas enemistado con tu hermano, o sigas negando tu ayuda al que te tiende la mano? Imposible. Si has experimentado lo bueno que el Señor ha sido contigo, sin duda, encontrarás fuerzas para serlo tú también con tu hermano.  Estas son las obras de la fe a las que alude Santiago en su carta cuando dice: « ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?» (St 2, 14).

Todos estos hechos vividos, estos acontecimientos en los que se ha hecho presente el Señor, son prueba y hacen presente su salvación, hoy. Son los que transforman este valle de lágrimas fruto del pecado, en un esperanzado peregrinaje hacia la casa del Padre.

Es lamentable que personas creyentes que se consideran cristianas, vivan su vida solo en función de la salvación última, desaprovechando la oportunidad de experimentar la presencia real del Señor Resucitado, siempre dispuesto a actuar en sus vidas si se le invoca.

Si vivimos atormentados pensando en nuestra salvación o condenación última, es porque no hemos descubierto en Dios la figura de nuestro Padre, o porque todavía tenemos el convencimiento de que esa salvación depende de nuestro esfuerzo. “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2, 4).

Me atrevo a decir que nuestra salvación no está en las manos de Dios, sino en las nuestras. Me explico. Dios ya nos ha dado todo aquello que como padre podía darnos. Nos ha entregado a su Hijo, que en su Pasión Muerte y Resurrección, ha ganado para todos los hombres la salvación. Dice san Pablo: «El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? » (Rm 8,32-34ª)

Dios-Padre, pues, ya ha hecho por nosotros todo aquello que podía hacer. Ahora nos toca a nosotros aceptar o no, la salvación que nos ofrece. Decíamos al hablar del don de la libertad que el Señor nos había dado, que lo que pretendía era que fuéramos libres a la hora de amarlo. Del mismo modo, también en el tema de la salvación continúa respetando nuestra libertad. Dice san Agustín: «Aquel que te creó sin ti, no te salvará sin ti». El que no te pidió permiso para crearte, no te salvará a la fuerza. O sea que, la salvación que nos ha ganado el Señor Jesús es universal, pero siempre queda supeditada a que cada uno de nosotros la aceptemos.

Dios es nuestro Padre, no es un monstruo. No se complace en ponernos las cosas difíciles. Su voluntad es que nadie se pierda. Se conforma con que nosotros en su presencia reconozcamos nuestra pequeñez y nuestra indignidad, para de lo pequeño hacer algo grande y hacer digno lo indigno. Su complacencia radica en elevarnos de meras criaturas a la categoría de hijos de Dios, pero eso sí, siempre respetando nuestra libertad.

Aquellos que con su ayuda han vivido según su voluntad, han obtenido como ganancia vivir la vida terrena con sabor a eternidad. Han adelantado en cierto modo el cielo y han sido sus colaboradores, al arrojar luz sobre la vida de los demás. Han sido la sal que el mundo necesitaba y con su presencia han hecho presente la figura de Dios-Padre a todos los hombres, y han hecho que la salvación del Señor Jesús fuera universal, conocida por todos.

Finalmente, la condición que el Señor pone a todos los hombres para que les alcance la salvación última, es que la deseen con todo su corazón.

DOMINGO II DE CUARESMA

DOMINGO II DE CUARESMA

«ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

Todo hombre, a pesar de que los agnósticos o los ateos lo pongan en duda, lleva sembrada en su corazón una semilla de eternidad. Todos tenemos ansia de permanencia. Nuestra naturaleza se resiste a aceptar volver a la nada sin más.  Prueba de ello es esa conocida frase de que todo hombre ha de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Tres cosas tras de las cuales se esconde ese deseo íntimo de permanecer aun después de la muerte. ¿Somos acaso como los animales? De ninguna manera. Ellos no poseen, como nosotros, una inteligencia racional y no pueden tener consciencia de ese deseo de que la vida no termine aquí para siempre.

 

En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús transfigurado, mostrando su naturaleza divina oculta bajo la naturaleza humana. Detrás de lo que pueden captar los sentidos, hay una realidad que desborda por completo lo que puede observarse a simple vista. A través de esta transfiguración, el Señor nos permite ver aquello a lo que está destinado nuestro cuerpo mortal, aquello para lo que hemos sido creados.

 

No somos seres abocados a la extinción. De ser así, Dios nos habría hecho un flaco favor al crearnos. Nuestra vida sería un absurdo si después de unos años disfrutando de la vida y de todo lo creado, tuviéramos que volver, como los animales, a la nada. Somos criaturas de Dios y estamos llamados a ser elevados a la categoría de hijos de Dios. Las palabras que hoy dice el Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo», se dijeron entonces referidas al Señor Jesús, pero hoy han resonado aquí para cada uno de nosotros.

 

Tú y yo, somos hoy ese hijo amado del Padre en el que Él se complace. Tú y yo, a través de la redención llevada a cabo por el Señor Jesús en su Pascua, hemos sido adoptados por el Padre como hijos, con los mismos derechos que los hijos naturales. Hoy, vivimos esta adopción de manera precaria, porque esa adopción filial descansa en una naturaleza humana débil y herida por el pecado. San Juan en su primera epístola nos dice: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.  Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

 

San Juan dice que no se ha manifestado lo que seremos. Efectivamente, esta naturaleza mortal de la que estamos revestidos, esconde una realidad muy distinta que es la que hoy nos da a conocer el Señor Jesús en su transfiguración. Seremos, ha dicho san Juan, semejantes a él. San Pablo dice también en su primera carta a los Corintios, que seremos transformados. Seremos semejantes a lo que hoy vemos en la figura del Señor Jesús. A esto estamos llamados, y para esto hemos sido creados.

 

Hoy vivimos en esperanza desando que el Señor realice en nosotros esta obra que, por supuesto, ni merecemos ni depende de nuestro esfuerzo. Todo lo contrario, es un don gratuito, un don que se nos regala independientemente de las obras de la ley.

 

Por nuestra parte, lo único que debemos hacer es ser dóciles y dejarnos modelar por el Señor, como la vasija en manos del alfarero. Hemos de aprender de María y decirle al Padre que estamos de acuerdo con el plan que ha diseñado para nuestra vida. Que se haga en nosotros según su voluntad. Y su voluntad no es otra que la felicidad plena, aquella que nada ni nadie en el mundo nos podrá dar.

 

En esta Cuaresma caminamos hacia la Pascua. Hacia la victoria del señor Jesús sobre la muerte, que con su resurrección transformará también nuestros cuerpos mortales en cuerpos gloriosos, semejantes al suyo.

 

DOMINGO I DE CUARESMA

DOMINGO I DE CUARESMA

Damos comienzo hoy a la Cuaresma que nos preparará a celebrar adecuadamente la Pascua. A través de la historia este tiempo no ha tenido demasiado buen cartel. Nombrar la Cuaresma era hacer referencia a un tiempo más bien desagradable. Las penitencias, los ayunos, la supresión de la celebración de nupcias solemnes, el color morado de los ornamentos y la prohibición de comer carne en determinados días, entre otras cosas, hacían que la gente no simpatizara demasiado con este tiempo litúrgico.

 

Esta visión negativa de la Cuaresma, ha sido debida principalmente a que hemos mal interpretado la importancia que tiene en nuestra vida fe. Todos los acontecimientos relevantes de la vida, como unas bodas o una primera comunión, etc., van precedidos de un tiempo en el que hacemos esfuerzos considerables para que todo salga de la mejor manera posible. También lo deportistas se someten a duros entrenamientos antes de entrar en competición. Para nosotros, los creyentes, el acontecimiento primordial, el más importante en nuestra vida de fe es la Pascua. En ella celebramos la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor Jesús, su Pascua. Para nosotros supone vernos libres de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, hemos de ver este tiempo como un tiempo de gracia, un tiempo de ilusionada espera, ante la proximidad de nuestra liberación.

 

La Iglesia, para este primer domingo de Cuaresma nos presenta al Señor que es tentado en el desierto por el maligno. Ha estado en oración continua y en ayuno durante cuarenta días. Se encuentra débil y hambriento. El demonio aprovecha la ocasión para invitarle a que sacie su hambre convirtiendo unas piedras en pan, pero el Señor, que sabe que hay cosas en la vida más importantes que comer, que no quiere perder de vista la misión que el Padre le ha encomendado y responde: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

 

Con frecuencia nos ocurre a nosotros lo mismo. Una de las tentaciones más importantes que tenemos en la vida, es asegurarnos el pan, asegurarnos los garbanzos. Nos esforzamos, trabajamos noche y día, incluso no cuidando adecuadamente de nuestra familia. Queremos asegurar el porvenir de nuestros hijos, dando prioridad a las riquezas materiales. Y, cuando llega el fracaso, cuando nuestros hijos muestran inquietudes diferentes que no entendemos, solo se nos ocurre decirles: ¿qué quieres más? Te he dado todo. ¿Todo? No. Solo te has preocupado de lo material, y eso solo llena el estómago. No te dabas cuenta de que tu hijo necesitaba algo más.

 

A continuación, el maligno tienta a Jesús para que no acepte su realidad. ¿Cuál? Pues, que es un aldeano, con las manos llenas de callos por el trabajo manual y que no pertenece a ninguna clase social elevada. Así, ¿quién va a creer que eres el Mesías? Échate de la torre abajo, haz un milagro gordo delante de todos y creerán en ti. En otras palabras sal de tu realidad. No aceptes tu historia. Respuesta del Señor: «No tentarás al Señor tu Dios». No le harás hacer un milagro en vano.

 

Y tú, cuando te pones delante del espejo, cuando contemplas tu vida, la que el Señor quiere para ti, ¿cuántas cosas cambiarías? ¿Por qué estas insatisfecho y no aceptas tu historia, la de cada día, tu realidad? El maligno te invita a escapar de esa realidad y tú piensas que, si el Señor lo dejara en tus manos, lo harías mucho mejor.

 

Finalmente, la tentación de los ídolos: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». El maligno invita al Señor, a pedir la vida a los ídolos. También a ti te tienta del mismo modo. Te presenta al dinero, al poder, al sexo, etc., como a las fuentes de la felicidad. Todo lo tendrás, si les pides la vida, te dice. Pero la vida, la felicidad, únicamente reside en hacer la voluntad de Dios. Todo lo demás, es un espejismo. No te dejes engañar.

DOMINGO VIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

El Señor en el evangelio de hoy plantea una cuestión de vital importancia para nuestra vida. Todos, a causa del pecado, tenemos puesto nuestro corazón en el dinero. No sabemos vivir sin él. Como nuestro corazón no está repleto del amor de Dios, la seguridad que nos daría en la vida experimentar ese amor, la tenemos que buscar en los bienes materiales y en especial en el dinero.

 

           El Señor eso lo sabe. Sabe hasta qué punto damos culto al ídolo del dinero. Por eso, empieza el evangelio con una afirmación radical: «Nadie puede estar al servicio de dos amos». Si atiende y sirve a uno, no podrá hacer a la vez lo mismo con el otro, por tanto: «No podéis servir a Dios y al dinero». No hay vuelta de hoja. Se podrá hablar más alto, pero no más claro. Esto significa que para servir a Dios, no es lo más importante ser honestos, ser castos, ser honrados, ser piadosos, etc., todas estas actitudes o virtudes son magníficas, pero lo único que impide de verdad servir a Dios, es dar culto al dinero.

 

¿Cuál es nuestra reacción inmediata ante esta afirmación categórica del Señor? Si debo despreocuparme del dinero para servir al Señor, decimos, ¿con qué comeré? ¿Con qué me vestiré? Es el propio Señor Jesús el que responde a nuestra inquietud: «No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir». Esa preocupación es normal que la tengan los paganos, pero esa preocupación no es lógica en la vida de una persona que tiene la certeza de que Dios es su Padre.

 

Recuerdo las palabras que decía hace años un catequista que ya está en el cielo, hablando de este evangelio. Comparaba nuestra actitud, a la de un niño hijo de un padre multimillonario que iba escondiendo en su cuarto mendrugos de pan, por si un día su padre no le daba de comer. Esa es nuestra actitud cuando dudamos del cuidado amoroso de Dios. Nosotros tenemos un Padre, que como dice el Señor en el evangelio, se preocupa de alimentar a los pajarillos y a todas las aves del cielo. Ellos no se preocupan en sembrar, cosechar o guardar en graneros. Ellos viven tranquilos y confiados en que será el Señor el que provea a sus necesidades. ¿Y tú,  te angustias y preocupas por la comida? Tu vida, ¿no vale más que la de mil pajarillos? Solo la duda, ya ofende.

 

También nos agobia el pensar cómo vestirnos. La respuesta también nos la da el Señor. Nos invita a contemplar la hermosura de los lirios del campo. Unas plantas que hoy están y que mañana se marchitan. ¿Te has fijado en la hermosura de sus flores? Nada de lo que hace el hombre se le puede comparar. Dice al respecto el Señor Jesús: «Si Dios así los viste, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?»

 

En esta última frase se encuentra el meollo de la cuestión. ¿Por qué actuamos así? ¿Por qué nos comportamos como el niño rico del ejemplo? ¿Por qué nos empeñamos en dar solución solos, a nuestros problemas? Porque nuestra fe es prácticamente nula. Porque mucho hablar de Dios pero no confiamos en Él. Actuamos como si ese Dios en el que creemos, estuviera tranquilo en el cielo sin interesarse por nosotros. Si nuestros hijos actuaran así, seguro que nos enojarían. Nos sentaría muy mal que obraran de este modo. Menos mal que la paciencia del Señor es infinita. Menos mal que no toma en cuenta nuestra poca confianza en Él.

 

El Señor Jesús termina invitándonos a vivir el día a día. El pasado ya no tiene remedio y el futuro no está en nuestras manos. Vivamos el hoy, con la confianza de que tenemos un Padre que se preocupa de cada uno de nosotros, que nos ama y que nos conoce a cada uno por su nombre.

DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS. HACED EL BIEN A LOS QUE OS ODIAN»

La parte del Sermón del Monte que se proclama hoy, es quizá para nuestra mentalidad occidental la más difícil de entender, y por supuesto la más difícil de llevar a la práctica.

 

           Nosotros tenemos un concepto de lo que es hacer justicia totalmente opuesto al que tiene el Señor. Pensamos que aquel que hace daño a un inocente merece un castigo. Pensamos que lo normal y justo es que aquel que obra en detrimento de otro, tenga que recibir la corrección adecuada. La sociedad civil actúa de este modo. Se defiende de los ladrones, asesinos, violadores, terroristas, etc., aislándolos en la cárcel de manera que no puedan volver a hacer daño de nuevo.

 

Eso mismo estaba contemplado en la Ley de Moisés: «Ojo por ojo, diente por diente», dice la Escritura. Tomada esta regla al pie de la letra, quizá nos parezca una barbaridad. ¿Cómo es posible, pensamos, que se exija al que ha hecho un daño que lo repare sufriendo la misma pena que él ha infligido? ¿Sacarle los ojos porque ha cegado a una persona? Parece una barbaridad. Sin embargo este precepto dado por Dios a su Pueblo, impedía que el castigo que se aplicara a un malhechor, superara, al tomar la revancha, el daño que él había causado.

 

Hoy el Señor, contra lo que nosotros podamos considerar justo, nos dice: Nada de «Ojo por ojo y diente por diente». «No os resistáis al mal». «Si te abofetean en la mejilla derecha, presenta también la otra». «Si te quitan la túnica, entrega también el manto». «Al que te pide, da, y al que te pida prestado no se lo reclames». Ante esto tú dices: ¡Imposible, esto es imposible! Esto supera mis fuerzas.

 

El Señor continúa diciendo: «Se dijo a los antepasados: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pues yo os digo: “Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian. Rezad por lo que os persiguen. Bendecid a los que os calumnian». Si hacéis esto, seréis hijos de vuestro Padre del Cielo que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda también la lluvia sobre los malvados».

 

Lo normal es que al escuchar esto digas: “Yo no puedo, yo no soy un santo”. Pues mira, el Señor, a sus discípulos, y tú quieres ser su discípulo, los elige para que sean santos, de manera que el los vea, vea en ellos al Señor Jesús. Esa es la misión del cristiano. ¿Cómo se enterará tu vecino del cuarto que te ha robado, o la vecina del sexto que te ha calumniado que Dios les ama y perdona? Cuando tú, discípulo del Señor, les ames y perdones.

 

El Señor quiere que tu comportamiento con los demás, sea el mismo que Él emplea contigo. ¿Sabes que nosotros no tenemos derecho al perdón? ¿Sabes que por nuestros pecados estamos condenados? Tú, que te llamas cristiano, sueles decir: “Yo al que me ha hecho daño, lo perdono, pero no olvido”. ¿Qué clase de perdón es ese? ¿Cómo se comporta el Señor contigo y conmigo? ¿Se apunta todas nuestras infidelidades, traiciones y pecados? Nuestro corazón, nuestro interior, es como una taza preciosa de porcelana fina, que se rompe en pedazos cada vez que pecamos. Cuando recibimos del Señor el perdón en el sacramento de la reconciliación, Él, no reconstruye de nuevo la taza pegando sus fragmentos, lo que hace es darnos una taza nueva. Borra y olvida por completo todo lo que hemos hecho mal. Volvemos a ser criaturas nuevas.

 

El Señor te dice: "¿Ves lo que he hecho contigo, que no he tomado en cuenta tus infidelidades y pecados, que te amo y que te perdono una y mil veces? Pues, con la ayuda de mi Espíritu, eso es lo que quiero que tú hagas con los demás. Tú no puedes, pero yo estoy en ti para que puedas".

 

 

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

Continuamos con el Sermón del Monte, que no es otra cosa que el retrato, el perfil, de un verdadero cristiano.

 

           El Señor Jesús dice que no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento. Esto es así, porque como ya hemos dicho en otras ocasiones, la ley no está puesta para ser cumplida y conseguir la salvación a través de ella, sino para ayudar al hombre a reconocer sus pecados y a tener necesidad de recurrir a Dios ante su impotencia.

 

Nadie de nosotros puede conseguir la salvación mediante su esfuerzo. Para salvarnos es inútil apretar los puños. Si consiguieras tu salvación de esta manera, llegarías a exigirle a Dios que te la concediera. Ya no se haría presente su amor y misericordia hacia ti que eres pecador. Por el contrario, si Él te muestra el camino de la santificación y tú ves que no eres capaz de seguirlo, no tendrás más remedio que volver tu mirada hacia Él para decirle: “Señor, no puedo. Yo sé que lo que me propones es la verdad, pero aunque me esfuerzo, soy incapaz de llevarlo a la práctica. ¡Ayúdame!” Será entonces cuando experimentarás que Él está a tu lado dispuesto a echarte una mano. Será entonces cuando se cumplirá lo hoy dice el Señor, «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento». Será Él que cumpla la ley en ti.

 

Lo que hoy nos dice el Señor, echa por tierra lo que nosotros creemos que es justo, según la justicia humana. En la ley antigua se decía: «No matarás». Hoy el Señor te dice: para matar no es necesario pegarle un tiro a otro, basta con que sientas en tu corazón rencor hacia él. Basta con que no perdones el daño que te ha hecho. Si obras así, ya estás matándolo en tu corazón. Si éste es tu caso, dice el Señor, antes de acercarte al altar, antes de ir a misa y comulgar, pídele perdón. Reconcíliate con él. Es más importante esto, que cumplir con tus deberes religiosos.

 

Otro mandamiento de la ley antigua decía: «No cometerás adulterio». En aquel tiempo, para cometer adulterio era necesario que un casado se uniera carnalmente a una mujer que no fuera la suya. Hoy el Señor nos dice: «También comete adulterio aquel que mira a una mujer casada deseándola en su corazón». ¡Qué diferente es todo esto a lo que vive hoy nuestra sociedad!

 

Hoy, que el divorcio está al orden del día, es interesante conocer lo que el Señor nos dice al respecto: «El que se divorcie de su mujer, la induce a adulterio y el que se case con una divorciada comete adulterio». No ocurría así en la antigua ley, porque estaba contemplado entregar a la mujer acta de repudio. Sin embargo, no es esa la voluntad de Dios. Dios quiere que por el bien de los propios esposos y también por el de sus hijos, el matrimonio sea indisoluble. Por eso, en la actualidad, la Iglesia no tiene potestad alguna para romper el vínculo de un matrimonio. Lo que si hace, es declarar la nulidad de un enlace, o sea, declarar que entre los contrayentes nunca existió matrimonio. Como vemos, no es lo mismo anular, que declarar nulo.

 

Si nos fijamos, todo lo que nos propone el Señor requiere navegar siempre contra corriente. Los valores que nos ofrece el mundo, están en contraposición con la voluntad del Señor.  Es imposible hacer nada sin su  ayuda. Pero nosotros tenemos la seguridad de que todo es posible cuando Él está a nuestro lado. Y Él está siempre con nosotros vivo y resucitado, y se complace en suplir con su poder nuestra debilidad.

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO

La Iglesia nos está ofreciendo en estos domingos la lectura continuada del Sermón del Monte o de las Bienaventuranzas. Si en el evangelio de la semana pasada el anciano Simeón proclamaba con el Niño en brazos que era «Luz para alumbrar a las naciones», hoy es el Señor Jesús el que nos muestra cuál es la misión que Él ha encomendado a la Iglesia, para que la lleve a cabo en medio del mundo. Dice, que ha de ser sal que dé sabor, que dé sentido al mundo, y al mismo tiempo ha de ser luz que brille en la oscuridad, alumbrando el camino de los hombres.

 

Durante muchos siglos se ha tenido un concepto falso de la misión de la Iglesia. Se pensaba que era indispensable que mediante el anuncio de la Buena Nueva, todos los hombres llegaran a incorporarse a ella. A tal punto llegó esta creencia, que durante muchísimo tiempo la Cruz y la espada caminaron juntas en el anuncio del Evangelio. Esta manera de pensar es errónea y ha tenido que ser el Concilio Vaticano II en la Constitución “Lumen Gentium” quien ha arrojado luz sobre el tema.

 

Hoy el Señor Jesús nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra…» y «Vosotros sois la luz del mundo». La sal tiene como misión salar, dar sabor a la comida. No se puede pretender que toda la comida se convierta en sal. Una pequeña cantidad hace que todos los alimentos de un guiso adquieran su sabor peculiar. La luz, por su parte, está hecha para alumbrar. De manera que no se puede pretender que todo sea luz. La luz brilla en función de aquellos que son alumbrados. Si estos no existieran, la luz no haría falta para nada.

 

¿Quiénes son más importantes los que son salados e iluminados o la sal y la luz que salan e iluminan? Sin lugar a duda los primeros. De nada servirían la sal y la luz sino hubiera nadie necesitado de ser salado e iluminado.

 

Hoy, el Señor, a los que queremos seguirle nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo». El Señor a ti y a mí nos llama a hacer este servicio al resto de los hombres, porque los ama y quiere su salvación. Para que podamos cumplir esta misión, nos ha elegido y nos dado gracias que no ha dado a los demás. Somos, sin duda, los primeros beneficiados, pero siempre en función de los otros, de los que conviven con nosotros y que no están en la Iglesia. La salvación llegará a ellos si nuestra sal no se corrompe, si como la sal somos capaces de salar muriendo, desapareciendo, disolviéndose, evitando todo protagonismo. Somos también la luz, y como la luz de una lámpara, de una vela, estamos llamados a alumbrar a los demás consumiéndonos, dándonos a los que nos rodean.

 

Ni la luz ni la sal son protagonistas de nada. A nadie al saborear un guiso se le ocurre alabar a la sal que le está dando sabor. Lo mismo sucede con la luz, los hombres disfrutan de ella sin que se les ocurra ensalzarla. Significa esto, que estamos llamados a ser como espejos que reflejen el amor y la misericordia de Dios. Seremos sal y luz, cuando los hombres, aquellos que conviven con nosotros y conocen nuestras debilidades y pecados, al ver nuestras buenas obras, y entendiendo que nosotros por nuestro esfuerzo somos incapaces de hacerlas, «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». De manera, que no seamos objeto de las alabanzas de los demás, sino que ellos lleguen al conocimiento de Dios, que es capaz de realizar obras sublimes, en unas personas que como tú y como yo son incapaces de llevarlas a término.

 

De esta manera la Iglesia cumple su misión de hacer llegar a todos la buena nueva del amor y de la salvación de Dios, sin pretender que todos los hombres pertenezcan a ella. Un pequeño resto sala e ilumina a la gran masa. 

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Las lecturas de este domingo deberían ser las que corresponden al domingo cuarto de tiempo ordinario, pero como se da la circunstancia de que en este día se celebra una de las fiestas del Señor, la Presentación en el Templo, serán las lecturas correspondientes a esta festividad las que se proclamarán.

 

           San Lucas nos dice en el evangelio de hoy, que siguiendo lo prescrito por la ley, cuarenta días después del nacimiento de Niño Jesús, sus padres lo llevan al Templo para ser presentado al Señor, entregando la oblación correspondiente.

 

  Al entrar en el templo, un anciano, Simeón, que se había acercado al templo impulsado por el Espíritu Santo pues aguardaba el consuelo de Israel, cogiendo al Niño en brazos, exclama: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Simeón ve así cumplida la promesa del Señor, de que no moriría sin ver antes al Mesías.

 

  Simeón proclama que aquel Niño llega al mundo para alumbrar a las naciones. Esta afirmación de Simeón es de gran importancia, porque desvela cuál es la misión que Dios-Padre ha puesto en manos de aquel Niño, que el anciano sostiene en sus brazos.

 

  De las palabras de Simeón se deduce que el mundo vive en oscuridad y tinieblas. Nosotros podemos comprobar la veracidad de esta afirmación, en el hecho de que a través  de la Escritura abundan las referencias a esta oscuridad. San Juan dirá: «Dios es luz y en Él no existe tiniebla alguna». Si es así, ¿por qué, podemos preguntarnos, existe en el mundo esa oscuridad? La respuesta nos la da también san Juan: «Los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas».

 

  Como vivimos inmersos en la luz, nos resulta difícil imaginar que el mundo vive en la oscuridad. Sin embargo, si tenemos en cuenta cuáles son las obras de las tinieblas, comprenderemos, en efecto, que la luz no esté presente en el mundo. Los hombres han apartado de su vida a Dios que es la luz, y han colocado en su lugar al dios Mammón, que es el dios que simboliza la avaricia material, el dios del dinero.

 

  La avaricia nos ciega. Ella es la causa de las extorsiones, de los robos, de las guerras y de toda clase de abusos, que al final siempre pagan los más débiles. Quitar a Dios de la vida, como lo hacemos cuando buscamos nuestra conveniencia o capricho, cuando, en resumen, pecamos, es quitar la luz de nuestras vidas, es vivir ciegamente para nosotros mismos sin importarnos para nada los demás. Se hace realidad aquello de “primero yo, después yo y siempre yo”, que nos impide entregarnos de verdad a los otros. El egoísmo hace que el hombre se refugie en la sexualidad, buscando únicamente su propio placer. No es de extrañar, por tanto, que fracasen tantos matrimonios, porque cada uno de los contrayentes busca consciente o inconscientemente, que el otro lo haga feliz. No tenemos en cuenta que esa misma necesidad es la que experimenta la otra persona.

 

  Ante este panorama tan poco halagüeño, hoy, el anciano Simeón, nos muestra a Aquel que viene a iluminar nuestras tinieblas. Aquel que rompiendo la oscuridad de nuestra vida, nos hace ver que no estamos solos, que a nuestro lado viven seres que sufren, aman y sienten, y que tienen las mismas necesidades que nosotros. Viene a romper el caparazón del egoísmo que nos aísla. Viene a darnos por medio de su Espíritu, la fuerza para poder pasar del “yo”, al “tú”, porque sabe que éste es únicamente el camino que lleva a la felicidad y a la vida.