Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO IV DE PASCUA -DOMINGO DEL BUEN PASTOR

DOMINGO IV DE PASCUA -DOMINGO DEL BUEN PASTOR

«YO SOY EL BUEN PASTOR Y CONOZCO A MIS OVEJAS»

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos hace presente al Señor Jesús en la figura del Buen Pastor. Durante su vida son bastantes las ocasiones en las que el Señor gusta presentarse ante sus discípulos, encarnando la figura entrañable del pastor. Dios-Padre también lo hace en distintos pasajes del Antiguo Testamento.

 

Tenemos el peligro de dejarnos influenciar por esas estampas bucólicas en las que aparece la figura del Buen Pastor, y llegar pensar que ese trabajo es algo idílico. No nos equivoquemos. Ser un buen pastor significa estar dispuesto por completo a defender al rebaño, y llegar a dar la vida por él si llega el caso. El Señor lo dice en repetidas ocasiones: «Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas».

 

Hoy, en esta sociedad tecnificada en la que vivimos, son muchas las personas que ignoran cuál es el trabajo, la misión, que desarrolla el pastor al frente a su rebaño. Ser pastor es algo más que dedicarse al cuidado de unos animales. Entre el pastor y las ovejas se establece un notable vínculo afectivo. El pastor conoce a cada una de sus ovejas por su nombre y ellas conocen su voz y le obedecen, como hoy lo dice el Señor en el evangelio: «Él va llamando por el nombre a sus ovejas… y ellas lo siguen porque conocen su voz».

 

El buen pastor ama a sus ovejas y las defiende de los ladrones y de las fieras del campo, hasta el extremo de dar su vida por el rebaño. Cuando se le pierde alguna no tiene inconveniente en dejar a las otras en el aprisco, y lanzarse en su búsqueda entre breñas y barrancos, poniendo en peligro su propia vida. Al encontrarla, no la maltrata ni la hace caminar a empellones. La oveja, por el miedo, está sucia, está mojada, llena de orines y suciedad, pero al pastor esto no le importa, y cargándola sobre sus hombros la devuelve con cariño al redil.

 

El trato que el buen pastor brinda a sus ovejas, es el mismo que el Señor usa con cada uno de nosotros. Él ha dicho repetidas veces: «Yo soy el Buen Pastor y vosotros sois mis ovejas». Para Él, no somos un simple número como lo somos en la sociedad civil, donde se nos identifica por el DNI. Él te conoce a ti y me conoce a mí por nuestro nombre. Conoce nuestras debilidades y nuestros gustos, como el pastor conoce los gustos y caprichos de cada una de sus ovejas. Él, no solo está dispuesto a dar su vida por cada uno de nosotros, sino que de hecho ya la ha dado. Él ha cargado sobre sus hombros toda nuestra suciedad y nuestro pecado y, como oveja muda, ha ido al matadero para que no fuéramos ni tú ni yo. Él es el único que nos ama incondicionalmente sin exigirnos nada, sin exigirnos para querernos que cambiemos de vida.

 

De la misma manera que el pastor marcha al frente del rebaño para llevarlo a frescos pastos y a fuentes tranquilas, el Señor camina delante de nosotros para llevarnos a la vida eterna. Para lograrlo es necesario que estemos atentos a su voz. Que seamos dóciles a su llamada y a sus indicaciones. Nuestra misión, pues, no es otra que la de seguir sus pasos y obedecerle. Él es también, como dice el evangelio de hoy, la puerta de las ovejas. La única puerta que lleva a la verdadera vida: «Quien entre por mí, dice, se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».

 

 

 

DOMINGO III DE PASCUA

DOMINGO III DE PASCUA

"QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE Y EL DÍA VA DE CAÍDA"


 

El pasaje del evangelio que hoy la Iglesia nos propone pertenece a san Lucas. Se desarrolla en la tarde del domingo de la resurrección del Señor. Se trata de un hermoso pasaje en el que podemos ver con facilidad reflejada nuestra vida.

 

Dos discípulos del Señor Jesús se dirigen desde Jerusalén a la pequeña aldea de Emaús. Comentan preocupados los acontecimientos que han tenido lugar durante esos días en la ciudad. Otro caminante, el Señor, les alcanza y al verlos tan metidos en la conversación les pregunta: ¿De qué habláis con tanto interés? Ellos le miran extrañados y le dicen: ¡Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días? Él les pregunta: ¿Qué? Ellos le explican todo lo sucedido al Maestro de Nazaret y cómo después de crucificado y sepultado, han sucedido una serie de cosas inexplicables. A él nadie lo ha visto, pero lo cierto es que el cuerpo ha desaparecido del sepulcro, sin encontrar para ello una explicación.

 

Dice san Lucas, que a continuación el Señor Jesús les va adoctrinando y les va explicando las profecías que se refieren a Él. Ya cerca de la posada, el Señor, al que todavía no han reconocido, hace ademán de seguir el camino, pero ellos le apremian a quedarse diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída».

 

Ya en la mesa, lo reconocen en el momento de partir el pan pero él desaparece de su vista. Entonces, admirados exclaman: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y sin dudarlo más vuelven sobre sus pasos y regresan a Jerusalén para contar al resto de discípulos lo que les ha ocurrido en el camino.

 

A muchos de nosotros puede ocurrirnos lo mismo que a estos dos discípulos. Hemos dicho muchas veces que el Señor Jesús no ha ascendido al cielo y se ha despreocupado de nosotros. Eso iría en contra de sus mismas palabras, cuando momentos antes de su ascensión dice a los discípulos: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Él, pues, permanece en medio de nosotros aunque seamos incapaces de verlo. No nos ha abandonado, no se ha desentendido de nosotros. Los discípulos de Emaús se han dado cuenta de quién era a través de dos signos. En primer lugar en la Fracción del Pan y en segundo lugar, ha sido la manera especial de exponerles la Palabra la que ha hecho que su corazón ardiera.

 

Tenemos la certeza de que el Señor camina junto a nosotros, que como a los discípulos del evangelio, nos acompaña en el camino de nuestra vida. Unas veces se acerca a nosotros a través del mendigo, del indigente que nos alarga la mano. Otras veces lo hace a través de ese niño indefenso o de esa mujer de la que nadie se preocupa. El partir el pan del evangelio, encierra el mayor signo de amor del Señor. Parte el pan, parte su cuerpo y se entrega totalmente a nosotros, para que nosotros no tengamos miedo en hacer lo propio. Él sabe que esa entrega nuestra nos proporcionará la experiencia de encontrarnos con Él resucitado. Ese encuentro nos lanzará como los discípulos de Emaús, a anunciar a los que nos rodean que está vivo y resucitado.

 

Otra manera de reconocerle es poniéndonos a la escucha de la Palabra. La palabra proclamada es, como dice la Carta a los Hebreos, como espada de dos filos que penetra hasta el corazón. Es palabra de salvación, palabra que ilumina la vida, que tiene poder para salvar. Palabra que, a diferencia de la nuestra, hace realidad aquello que expresa. No podemos, por tanto, quedar impasibles cuando se proclama, sino ver en ella al mismo Señor Jesús que nos habla, nos adoctrina y a través de ella nos manifiesta su inmenso amor.

 

DOMINGO II DE PASCUA - DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

Terminamos con este domingo la Octava de Pascua. Han sido ocho días, que la Iglesia ha considerado como uno solo, en que hemos estado celebrando la victoria del Señor Jesús sobre la muerte.

 Quizá no acabamos de ser conscientes de lo que significa este acontecimiento, en el que el Señor, venciendo las ataduras de la muerte, resucita glorioso después de estar tres días en el sepulcro.

 La valoración que hagamos del hecho de la resurrección del Señor, está directamente relacionado con la convicción personal que tengamos del grado de esclavitud en el que vivimos a causa de nuestros pecados. ¿Sientes sinceramente que vives sometido al dominio del pecado y de la muerte, o más bien te encuentras cómodo en tu situación y no necesitas que nadie te libere? Según la respuesta que demos a esta pregunta, daremos más o menos importancia al acontecimiento primordial de la historia, por el que el Señor Jesús, rompiendo las ataduras de la muerte, resucita victorioso para ya nunca más morir.

 La muerte y resurrección del Señor están íntimamente relacionadas con el pecado. La noche de Pascua cantábamos: “Sin el pecado de Adán, Cristo, no nos habría rescatado. ¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor!...” Ese pecado, como dice san Pablo, es el que nos hace penetrar en la muerte. Es el que nos ata, el que impide que seamos felices. Si en tu vida experimentas que eso es así, anhelarás que Cristo venza a la muerte y que te haga partícipe de su resurrección. La resurrección del Señor dejará de ser para ti un acontecimiento histórico, para convertirse en un hecho real que afecta directamente a tu vida.

En la primera aparición a los discípulos que hoy nos narra san Juan, se pone de manifiesto la razón última de la Pasión y Resurrección del Señor. Se ha hecho uno de nosotros, ha cargado con la cruz, ha muerto en ella y ha resucitado del sepulcro, para traernos la paz. Él es nuestra paz. Una paz de la que no podemos disfrutar si nos encontramos bajo el dominio del pecado y de la muerte. Por eso, lo primero que hace el Señor es hacer partícipes de su poder como Dios a sus discípulos, dándoles autoridad para perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Quizá no acabamos de ser conscientes de que todo el mal que existe en el mundo, abusos de los poderosos, mal reparto de las riquezas, enfrentamientos entre naciones, razas, grupos sociales y hasta a nivel familiar, tienen su origen en el pecado. Él es el que mata en nosotros el amor de Dios y nos hace caer en el más grande egoísmo. Erradicar el pecado y con él el mal en el mundo es imposible. Pero el Señor sabe que el mejor antídoto contra el veneno del pecado es el perdón. Eso es lo que nos ha ofrecido desde la Cruz. Su corazón misericordioso atravesado por la lanza del soldado es testigo del perdón sin condiciones que nos otorga. Prueba de ello son las primeras palabras que hoy dirige a sus discípulos: «Paz a vosotros». No son palabras de reproche. Son las palabras de amor y comprensión que sus discípulos, y también tú y yo, necesitan escuchar de sus labios.

Sin duda, para beneficiarnos de ese perdón, es condición indispensable reconocer delante de él nuestras miserias. Pero no temamos, Él es el único que nos ama tal y como somos, y es incapaz de escandalizarse de nuestros defectos. Lo único que quiere es devolvernos la paz que nos ha arrebatado el pecado.

 

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«HA RESUCITADO DEL SEPULCRO NUESTRO SALVADOR»

 

Después de cuarenta días de preparación con abundante Palabra de Dios, poniendo los signos de la limosna, la oración, y el ayuno, ante el Señor, llegamos, por fin, al día más grande de la historia de la creación. La muerte ha tenido que doblegarse ante la Vida y ha sido destruida. El yugo que oprimía irremediablemente al hombre y que lo tenía esclavo de la muerte ha sido roto. La creación entera celebra hoy, la victoria de la Vida.

 

           La historia de la humanidad gira entorno a este acontecimiento: Cristo, muerto en la Cruz cargado con todas las iniquidades de los hombres y sepultado, ha resucitado del sepulcro venciendo las ataduras de la muerte. Es la gran noticia que durante innumerables siglos ha deseado escuchar todo hombre.

 

Antes de la Resurrección del Señor, nuestra situación como hombres era totalmente anómala. Se daba el absurdo de que habiendo sido creados para vivir felices eternamente, lo que cada día saboreábamos era la finitud y la muerte. La vida del hombre se había convertido en un sinsentido, y lo peor era que nos encontrábamos totalmente impotentes para cambiar esta realidad. Nosotros, que amamos como un don maravilloso nuestra libertad, estábamos sumidos en la esclavitud del pecado, sin poder librarnos de él.

 

Ante esta realidad, podemos proclamar con la Escritura que la misericordia de Dios es eterna. Dios-Padre, puso en marcha desde el principio un plan para sacarnos de la muerte que habíamos ganado con nuestro pecado, enviando al mundo a su único Hijo, el único capaz de destruir nuestra muerte y devolvernos la vida. Lo hemos visto durante estos días, despreciado, abofeteado, con el cuerpo destrozado por los latigazos, coronado de espinas y derramando en la Cruz hasta la última gota de su sangre. Ha sido la mayor muestra de amor que nadie haya podido dar jamás. Y todo, para que tú y yo no recibiéramos el castigo que merecían nuestros pecados.

 

Hoy celebramos que Dios-Padre lo ha resucitado, lo ha exaltado y le ha dado el Nombre sobre todo nombre. Ha querido de esta manera que nosotros no carguemos con la culpa de haber llevado a la muerte a un inocente. Además, y para más abundamiento, nos ha regalado su victoria para que también nosotros podamos resucitar con Él. 

 

Al decir que la muerte ha sido vencida, no pensemos únicamente en nuestra muerte física, que también, sino en la muerte de cada día. Aquella que nos amarga la vida continuamente y que nos hace infelices. Qué muerte es ésta, preguntas. La que nos produce todo sufrimiento que no somos capaces de evitar. La enfermedad, los problemas laborales, paro incluido; los enfrentamientos familiares, los juicios que, sin razón, hacen los demás de nosotros; los problemas económicos que con frecuencia nos quitan el sueño; la esclavitud a esos vicios inconfesables que solo cada uno conoce; la adicción al sexo, al juego o a las drogas. En fin, todo aquello que no está bajo control y frente a lo que nos encontramos impotentes. Esa es en verdad la muerte que nos aplasta cada día y que, a unos los hace caer en depresión, a otros los empuja al suicidio y a todos nos hace infelices.

 

El Señor, con su resurrección, destruye también esas muertes y nos concede la paz interior. Él solo quiere que nosotros lo invoquemos, que le pidamos a gritos, si hace falta, que nos ayude. El Padre le ha dado todo poder. Acudamos a él con humildad, reconociendo nuestra impotencia y nuestra debilidad. Si lo hacemos así no quedaremos confundidos, porque Él, se complace en ayudarnos.

 


 

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«AQUÍ ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD»

 

Abrimos con este domingo la Semana Mayor, la Semana Santa, en la que no solo recordamos los grandes misterios de nuestra salvación, sino que los revivimos actualizados en nuestra historia y los aplicamos a nuestra vida de fe.

En la vida del hombre el sufrimiento se hace continuamente presente, por ser el peaje que nos hace pagar el pecado. No fue así desde el principio, porque en plan de Dios al crearnos no estaba presente el sufrimiento, ya que su voluntad para con nosotros era la felicidad plena. Sin embargo, utilizando mal nuestra libertad, elegimos separarnos de Dios y como consecuencia saboreamos la muerte y el sufrimiento que ella acarrea.

El Señor Jesús, a pesar de no haber conocido el pecado, no estuvo exento del sufrimiento. Quiso asemejarse en todo a nosotros, para poder llevar a la práctica, con conocimiento de causa, la misión de ayudador, de salvador, que el Padre le había encomendado.

San Pablo nos dice hoy en su carta a los Filipenses, que el Señor, «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos». De manera que no tuvo inconveniente en rebajarse hasta el extremo, sometiéndose incluso a la muerte y una muerte horrenda, la muerte de cruz.

El profeta Isaías, unos 700 años antes de Jesucristo, nos narra con una fidelidad asombrosa toda la Pasión del Señor. Lo muestra como varón de dolores, despreciado, golpeado, escupido, y entregado a una muerte inicua. Él, dice Isaías, Fue herido por nuestras faltas y molido por nuestras culpas. Él, soportó todos nuestros pecados y fue contado entre los malhechores, aunque no hallaron en él delito alguno.

En la Pasión que hoy se ha proclamado, vemos cumplida en el Señor Jesús la profecía de Isaías. En la Pasión no vemos otra cosa que el amor con que el Novio se entrega por completo a la amada, en una donación total. Le hace entrega hasta de la última gota de su sangre. La novia es la Iglesia. Tú y yo somos la amada por la que el Señor entrega totalmente su vida.

Has pensado ¿Para qué el Señor Jesús se somete a ese sufrimiento inhumano? La respuesta es sencilla: se anonada hasta ese extremo y se somete a ese sufrimiento brutal, para que tú y yo no tengamos que sufrir en nuestra carne, las consecuencias de nuestro pecado, es decir, la muerte. Tú y yo no tenemos salvación, si algo merecemos es la muerte eterna, pero el amor de Dios-Padre es infinitamente mayor que nuestras debilidades y pecados. Por eso no acepta, que el plan que él diseñó desde el principio para ti y para mí, se vea destruido por nuestra conducta, con la consiguiente victoria del maligno.

Al mismo tiempo, con su entrega total, el Señor Jesús nos muestra cuál es nuestra misión en este mundo. Somos sus discípulos. Hemos sido elegidos por Él como sus colaboradores. Por lo tanto, nuestra misión es también morir por nuestros semejantes cada día. Si no con una muerte cruenta, que también es posible, al menos muriendo a nosotros mismos en favor de los que nos rodean y en particular de nuestros enemigos, mostrándoles con nuestro amor y perdón, el amor y el perdón que el Padre les otorga. No debe amedrentarnos esta muerte, porque sabemos que fue vencida por la resurrección del Señor, de manera que tenemos la certeza de que también nosotros resucitaremos con Él. 

DOMINGO V DE CUARESMA

DOMINGO V DE CUARESMA

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

 

Aunque algunos no seamos conscientes de ello y otros no lo confesemos abiertamente, el mayor problema al que nos enfrentamos en esta vida, es precisamente la muerte.

 

            Todos los hombres, también tú y yo, a causa del pecado nos hemos apartado de Dios que es el origen de la vida, y como consecuencia hemos caído en la esclavitud de la muerte. San Pablo dirá, muy acertadamente, que “el aguijón de la muerte es el pecado”. Y nosotros, que hemos pecado, saboreamos cada día la muerte a través de las enfermedades, a través de los enfrentamientos familiares, a través de la esclavitud a nuestros vicios, de los desprecios o del poco afecto que nos demuestran los demás. También experimentamos la muerte en los graves problemas económicos a los que tenemos que enfrentarnos, en el paro, etc., etc. en fin, todo sufrimiento que no somos capaces de afrontar, nos recuerda que somos limitados y que estamos sujetos inexorablemente a la muerte.

 

            El evangelio de hoy, último de las catequesis bautismales que nos preparan a la celebración de la Pascua, nos trae la gran noticia: hay uno que tiene poder sobre la muerte, que puede liberarnos de su esclavitud y devolvernos la vida que tanto deseamos.

 

            Hoy vemos al Señor Jesús que se dirige a Betania. Sabe que su amigo Lázaro está enfermo, pero ha dejado pasar unos días antes de ponerse en camino. Cuando llega a la aldea ya hace cuatro días que Lázaro ha muerto y está enterrado. Marta, hermana de Lázaro, al conocer que Jesús se acerca sale a su encuentro y al verle exclama: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano…» «Tu hermano resucitará», dice el Señor. «Ya sé que resucitará en el último día», responde Marta. Pero El Señor Jesús, dándole la gran noticia, prosigue diciendo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

 

            El Señor se dirige con Marta y María hacia la tumba de Lázaro. Está conmovido y no puede reprimir el llanto. El amigo al que tanto quería está muerto. Está reacción del Señor nos hace patente una vez más su humanidad. Jesús, no es solo hombre en apariencia, lo es en toda la acepción de la palabra. En su anonadamiento, en su humillación al tomar nuestra condición mortal, su naturaleza divina ha quedado eclipsada por completo. Es totalmente hombre como tú y como yo, y sus sentimientos son como los de cualquier hombre.

 

            El Señor Jesús había dicho a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá». Ahora, frente a la tumba de su amigo muerto, grita con fuerte voz: «¡Lázaro, ven afuera!». Al instante, y ante el asombro de todos, Lázaro aparece resucitado a la puerta de la gruta.

 

            Hemos dicho al principio que tú y yo, a causa de nuestros pecados, estamos sometidos a la esclavitud de la muerte. Algo que, por más que nos empeñemos, no podemos evitar. No está en nuestras fuerzas derrotar a la muerte que cada día nos cerca. Por eso, hoy, el Señor Jesús nos dice como a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

 

            Nosotros que, como Lázaro, estamos atados por los lazos de la muerte y no tenemos poder para luchar contra ella, ¿creemos de verdad que el Señor Jesús tiene poder para salvarnos? ¿Qué Él es la solución que el mundo espera? No tengamos miedo, pues, acudamos a Él. La única condición que nos pone para liberarnos de la muerte, es que creamos en Él, en su poder.

DOMINGO IV DE CUARESMA

DOMINGO IV DE CUARESMA

«VETE A LAVARTE A LA PISCINA DE SILOÉ»

 

Continuamos con evangelios que la Iglesia primitiva usaba como catequesis bautismales. Hoy nos encontramos con el ciego de nacimiento. Está pidiendo limosna cuando pasa Jesús. Los discípulos al verlo, preguntan al Señor: ¿Quién pecó Él o sus padres? Hoy quizá nos extrañe esta pregunta, pero no ocurría lo mismo en tiempos de Jesús. Las enfermedades o deficiencias físicas, eran tenidas como castigos del cielo a causa del pecado. Jesús es tajante en su respuesta: «Ni el pecó ni pecaron sus padres. Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios».

 

            San Juan nos cuenta que el Señor Jesús se acerca al ciego y después de hacer un poco de barro con su saliva, se lo aplica a los ojos al tiempo que le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». Esta piscina es aquí, figura del Bautismo. El ciego obedece, va a lavarse y, con gran asombro de su parte, observa que ha recuperado la vista.

 

            Fijémonos en la situación de este ciego, se halla, probablemente, a la entrada de la población pidiendo limosna. Al contrario de lo que sucede en el pasaje del ciego de Jericó, éste ciego acepta su situación y no pide ser curado. Quizá se deba a que nunca ha conocido lo que es la luz, ya que es ciego de nacimiento, por tanto, no siente una necesidad perentoria de recuperar la vista. En aquel caso es el ciego el que busca al Señor, en éste es el Señor el que va al encuentro del ciego.

 

            Sin duda, la situación del ciego de nacimiento tiene mucho que ver con la nuestra. Con frecuencia hemos dicho que también nosotros somos ciegos, pero, tenemos dificultad en reconocer nuestra ceguera. ¿Por qué? Porque nos pasa lo mismo que al ciego. Consideramos que nuestra vida, nuestra historia, es tal cual como se nos presenta y no ambicionamos una vida mejor. Vivimos resignados el día a día sin tener otras expectativas.

 

            En esta situación el Señor viene a nuestro encuentro y, como al ciego, nos pone barro en los ojos y nos dice «Ve a Siloé a lavarte». Lávate, abre los ojos y comprueba que existe una vida mejor. Tú te conformas con tener una vida semejante a la de los animales, a la de un perro. Te levantes, desayunas, te vas a trabajar, comes, terminas la jornada, descansas y vuelta a empezar. No tienes más preocupación que la de llegar con dinero a fin de mes. Pasarás la vida como uno más, y al poco tiempo de tu muerte nadie guardará memoria de ti. ¿Crees que esta vida de verdad merece vivirse?

 

            El Señor no te ha creado para eso y no puede consentir que continúes con esa vida chata y amorfa, que al final no tiene ningún sentido. Él quiere abrirte los ojos. Quiere que conozcas que existe algo más. Que existe una vida diferente, una vida feliz y plena, para la que has sido creado. Para eso pone barro en tus ojos. Pone acontecimientos, enfermedades, problemas, disgustos, que te hagan ver tu impotencia para ser feliz y la necesidad  que tienes de lavarte. «Ve a Siloé», te dice, lávate, redescubre tu bautismo. Por él, has recibido el don de ser hijo de Dios. Por él estás llamado a vivir una vida eterna y feliz, muy diferente a la vida chata y sin horizontes que estás viviendo ahora

 

            Abrir los ojos significa también reconocer al Señor, reconocer al que te salva. Comprobar su poder y confesarle, como el ciego, delante de los demás. Decir, yo era ciego, y ese al que llaman Jesús, hizo barro, me lo puso en los ojos, me lavé y ahora veo. Veo que no estoy solo, que existen los demás, a los que antes mi egoísmo me impedía ver. Veo que con Él la vida es diferente, que merece vivirse. Tengo los ojos abiertos a su amor y puedo también yo amar a los demás. Esto es de verdad vivir, no lo que hacía antes, cuando mendigaba un poco de amor a los que me rodeaban.  


 

 

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA  -A-

¡SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS...!


Caminamos hacia la Pascua. La Vigilia Pascual ha sido desde los orígenes del cristianismo, la celebración idónea para la administración del sacramento del Bautismo. Recordemos que precisamente en ella se bendice de una manera solemne la fuente bautismal. Por eso, durante los domingos de la Cuaresma, y en particular a partir del domingo tercero, los evangelios que se proclaman son, sobre todo en el ciclo A, catequesis bautismales.

Hoy, encontramos al Señor Jesús junto al pozo de Jacob, descansando del largo viaje  que acaba de realizar. Está sediento y solo, porque los discípulos se han ido al pueblo a comprar provisiones. De pronto llega una mujer a sacar agua. Se trata de una mujer samaritana. Contra lo que es habitual, ya que los judíos no se tratan con los samaritanos, el Señor le dice: «Dame de beber». Ante la extrañeza de la samaritana, el Señor Jesús añade: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La samaritana replica: Señor, ¿cómo puedes sacar agua si no tienes cubo y el pozo es hondo? A lo que el Señor responde: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed».

También hoy el Señor Jesús se hace el encontradizo con nosotros. Pasa a nuestro lado en la figura de ese hermano necesitado, de ese niño o ese anciano indefensos y nos pide un poco de agua, un poco de amor. Pero, ¿cómo vamos a darles un poco de amor, pensamos, si eso es precisamente lo que nosotros necesitamos, eso es lo que desea nuestro corazón? También nosotros andamos sedientos por la vida. Hemos intentado saciar nuestra sed en las mil cosas que nos ofrece el mundo: dinero, diversión, sexo, ambición, poder, etc. Hemos buscado ansiosamente que el amor de los demás llene nuestro corazón, pero no lo hemos conseguido.

 Por eso hoy, el Señor, que nos conoce, que sabe que estamos sedientos, nos dice: «Si conocieras el don de Dios». ¿Cuál es ese donde Dios que desconocemos y al que se refiere el Señor? Ese donde Dios no es otro que el Espíritu Santo. Él es el único capaz de llenar por completo nuestro corazón. Él es el agua viva a la que se refiere el Señor. Agua que sacia la sed, «Agua que se convertirá dentro de él en un surtidor que salta hasta la vida eterna».

Esta agua es signo del Bautismo. Agua viva que tiene el poder de lavar nuestros pecados, de hacer de nosotros criaturas nuevas, de transformar este cuerpo esclavo de mil apetencias humanas, en el cuerpo de un hijo de Dios. Nosotros, como la samaritana, hemos de decirle al Señor: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a buscarla». Ya no buscaré satisfacer mi sed, ya no buscaré la felicidad en las cosas del mundo, porque sé por experiencia que, cuando más intento calmar mi sed con ellas, más grande es la necesidad que tengo de beber y más grande la insatisfacción que me producen. Dame, pues, el agua viva. Dame tu Espíritu para que sacie las apetencias de felicidad de mi corazón. Concédeme experimentar tu amor y haz que brote en mi interior esa fuente capaz de amar a los demás, tal y como tú me amas a mí.