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DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

"VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS"

 

CITAS BÍBLICAS: Za 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

 

El evangelio de este domingo pone de manifiesto la relación filial del Señor Jesús con el Padre. De su corazón, un corazón que es todo amor, sale un profundo agradecimiento por la obra que el Padre a través de él, ha hecho con sus discípulos.

 

El Señor Jesús, en primer lugar, agradece al Padre que  se complazca al hacer partícipes de sus designios, a los pequeños, a los pobres, a aquellos que no cuentan para los demás. Son ellos los depositarios de una sabiduría que el mundo desconoce. ¿A qué sabiduría se refiere el Señor? La sabiduría escondida, aquella que el mundo desconoce es la sabiduría de la Cruz.

 

La cruz, dice san Pablo, es escándalo para los judíos y necedad para los griegos. Para el mundo es maldición, pero para los elegidos es señal de salvación. Esta sabiduría no es posible alcanzarla si no es por medio de la revelación. Ha de ser el señor el que abra la inteligencia para hacer ver como una bendición, lo que para el mundo es un escándalo.

 

Contra lo que pudiéramos pensar, la cruz de cada día no es una carga que el Señor deposita sobre nuestros hombros. La cruz, de la que no podemos escapar, es fruto de nuestro pecado. Es el peaje que todos tenemos que pagar por haber elegido hacer nuestra voluntad dejando de lado lo que era la voluntad del Señor.

 

La Cruz en contra de lo que piensa el mundo, es para el cristiano signo de salvación y de vida. Cada vez que contemplamos la Cruz se nos hace presente el gran amor con que el Padre nos ha amado. Su amor por nosotros ha superado toda medida, al permitir que su querido Hijo derramara en ella hasta la última gota de sangre. Ver en la cruz y en los acontecimientos de la vida ordinaria que la hacen presente, como enfermedades, problemas económicos, enfrentamientos familiares graves, etc., un medio de salvación, requiere la iluminación de lo alto. Esa es la sabiduría que el Padre ha dado a los pequeños, a los pobres, a aquellos que no cuentan para la sociedad.

 

Sin la cruz no hay salvación. Así lo manifestó el Señor Jesús cuando afirmó: «El que no tome su cruz y me siga, no puede ser discípulo mío». Pero, tomar la cruz, no es algo que podamos llevar a cabo con solo nuestro esfuerzo. Soportar la cruz agobia y cansa. La cruz aplasta. Por eso hoy, el Señor Jesús nos dice, «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo (mi cruz) y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón… porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

 

Dicho en otras palabras: No puedes soportar esa enfermedad grave y los dolores que te acarrea; no puedes asumir tu situación de paro y las consecuencias que tiene en tu familia, gastos necesarios a los que no puedes hacer frente; es insoportable el enfrentamiento que vives con tus hermanos, con tus padres o con tus hijos, a causa de malos entendidos o por motivos de una herencia. No eres capaz de hacer frente a ese vicio oculto que te humilla; estás esclavizado por el sexo, las drogas, el alcohol o el tabaco… etc., etc. ¿Es esa tu situación? ¿Vives amargado, aunque intentas disimularlo, y la vida se te hace excesivamente pesada? Ven a mí. La cruz que yo he soportado es infinitamente más pesada que la tuya. Yo he cargado con ella, para poder hacer más ligera la tuya. Yo, quiero ser tu cirineo, yo quiero ayudarte a llevar tu cruz de cada día. Quiero que experimentes que conmigo, con mi ayuda, la vida es mucho más soportable.



SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

«TÚ ERES EL MESÍAS, EL HIJO DEL DIOS VIVO»

En este domingo celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo, por lo tanto las lecturas de la misa serán las que corresponden a esta solemnidad de la Iglesia.

 

           San Pedro y san Pablo son los dos candelabros, los dos olivos que aparecen en el Apocalipsis. Son las columnas de la fe. Pedro, elegido por el Señor para ser la roca sobre la que edificará su Iglesia. Pablo, vaso de elección para hacer llegar la Buena Nueva a todos los gentiles.

 

  En el evangelio de hoy vemos al Señor que lleva a sus discípulos a un lugar apartado, a Banias en Cesarea de Filipo, cerca de las fuentes del Jordán. Va instruyéndoles y les va preparando para los acontecimientos que Él ha de vivir en Jerusalén. De momento se detiene y les hace la siguiente pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Los discípulos le dan respuestas para todos los gustos, que si Elías, que si alguno de los antiguos profetas, etc. Parece ser que al Señor Jesús no le importa demasiado lo que digan las gentes. Lo que sí le importa es lo que piensan sus discípulos de él, por eso les pregunta sin rodeos: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?».

 

  Pedro, sin dar opción a que los demás respondan, dice de inmediato: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La respuesta del Señor tampoco se hace esperar: «¡Dichoso tú Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… te daré las llaves de reino de los cielos… » Con estas palabras, el Señor Jesús otorga a Pedro la primacía sobre los demás apóstoles y sobre sus discípulos.

 

  Hoy, en esta asamblea han resonado estas mismas palabras. Hoy, ha sido el señor el que nos ha preguntado a ti y a mí: «Y tú, quién dices que soy yo?» ¿Qué podemos responder? Tengamos en cuenta que esta pregunta es vivencial, o sea que no puede ser contestada mediante teorías o cosas aprendidas en el catecismo. La pregunta es directa. El Señor nos dice: vamos a ver, ¿tú me conoces o no? Tú, que te llamas cristiano, ¿a quién sigues? ¿Crees verdaderamente que yo soy el Hijo de Dios?

 

  Pedro, al responder al Señor lo hace desde su experiencia. Hace cerca de tres años que le sigue. Ha sido testigo de su predicación y de los signos, milagros, que la han acompañado. No tiene ninguna duda de que está delante del Mesías, delante del Hijo de Dios hecho hombre. Y tú, ¿tienes acontecimientos en la vida en los que has visto con toda seguridad que eran obra de Dios?

 

  Quizá nunca te has hecho esta pregunta. Quizá si hoy el Señor te la formulara, no sabrías qué responder. Por eso te invito a tener los ojos muy abiertos. A analizar los acontecimientos de tu vida, para comprobar que el Señor no ha subido al cielo y se ha desentendido de ti. Que en muchas ocasiones, cuando los problemas de todo tipo, familiares, de salud, de dinero, etc., te han desbordado por completo y no has sido capaz de encontrarles solución, ha sido Él, el que ha intervenido en tu vida ayudándote. No se te ocurra achacar estas cosas a la suerte o al azar. Ni la suerte ni el azar existen. Lo que sí existe es la providencia de Dios. Lo que sí existe es la presencia del Señor Resucitado entre nosotros, dispuesto a ayudarnos siempre que lo invoquemos. Comprobar cómo actúa en nuestra existencia, es lo que hace crecer nuestra fe en Él. Una fe que nos son creencias o teorías. Una fe que es experiencia de la obra del Señor en nuestra vida. 

 

 

 

 

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

"TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO..."

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3.14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

 

San Juan en su evangelio pocas horas antes de la Pasión dice refiriéndose al Señor, «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo». Esta frase, sin duda, hace referencia a la entrega total del señor Jesús por todos los hombres, al asumir, cumpliendo la voluntad del Padre, la hora de su entrega total por cada uno de nosotros.

 

           Esta frase, sin embargo, se sitúa inmediatamente antes de que el Señor, en la Última Cena, en la Cena de Pascua, dispusiera ocupar con su propio cuerpo el lugar del cordero pascual que presidía la mesa, convirtiéndose de esa manera en el alimento de todos los presentes. Él, como más tarde dirá a sus discípulos, deseaba de este modo permanecer con ellos y con nosotros, hasta la consumación de los siglos.

 

No contento con alimentarnos con su Palabra, y conociendo de antemano nuestra debilidad y pobreza, transforma su carne para cada uno de nosotros en el alimento espiritual que nos dé fuerza para llevar adelante la misión, que como miembros de su Iglesia, ha dejado en nuestras manos.

 

Su carne y su sangre nos acompañarán en nuestro peregrinar hacia la vida eterna, como la roca espiritual que, como dice san Pablo, acompañaba al Pueblo por el desierto, y esa roca era Cristo.

 

Estar participando con asiduidad de este Alimento, hace que tengamos el peligro de caer en la rutina y no seamos capaces de evaluar la grandeza de este don que el Señor nos da gratuitamente. Somos ciertamente afortunados. Somos la envidia de los propios ángeles. Ellos contemplan de continuo el rostro del Señor, pero no les es dado alimentarse, como nosotros lo hacemos, con su Cuerpo y con su Sangre. No somos conscientes de que cada día que asistimos a la Eucaristía, en el altar tiene lugar un acontecimiento, un milagro, más grande que la propia creación del mundo.

 

Es el mismo Dios, el que acontece y se hace presente realmente sobre el altar. Viene a nosotros con su cuerpo y con su sangre. Quiere transformar nuestra debilidad en fortaleza. Quiere que sea su propia Sangre la que circule por nuestras venas. Quiere que nuestro cuerpo se vaya transformando paulatinamente en el suyo. Es la manera de que tú y yo, pecadores y poca cosa, lleguemos a ser otros cristos.

 

¿Qué méritos o qué razones podemos esgrimir para que esto sea así? ¿Quién eres tú o quién soy yo, para que no solo hayamos sido lavados con la sangre del Señor, sino que lleguemos a alimentarnos con su Cuerpo?

 

Nuestra existencia es un camino hacia la vida eterna, pero el lastre de nuestros pecados hace demasiado pesada la marcha. Con nuestras fuerzas, por más que lo pretendamos, nunca llegaremos a la meta. Nuestra vida por tanto no dejará de ser un fracaso. Por eso el Señor viene en nuestra ayuda como lo hizo con los panes que dio al profeta Elías cuando huía de Ajab. Como a él, también a ti y a mí nos dice: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti».

 

Bendigamos al Señor. Démosle gracias por el inmenso amor que ha mostrado hacia nosotros en este Sacramento. Participemos asiduamente de este Banquete. Ciertamente, no somos dignos de hacerlo, pero Él penetrando en nosotros hará digno lo indigno y hará santos a los que somos pecadores.

 


DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

"GLORIA AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO"

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * ICo 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

 

En el domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia pone ante nuestra consideración la figura de la Santísima Trinidad, que no es más, que el misterio que encierra la misma esencia de Dios.

 

Podríamos caer en la tentación, como ya ocurrió en los primeros siglos de la Iglesia, de intentar razonar y comprender lo que no está al alcance de nuestra razón, y por lo tanto es incomprensible para el hombre. Querer dar explicación a la misma esencia de Dios, es pretender con nuestra razón igualarnos a Él.

 

San Juan define a Dios en su primera epístola diciendo que Dios es amor. Para que el amor pueda manifestarse, es necesaria, al menos, la existencia de dos personas. Dentro de la Santísima Trinidad estas dos personas son, el Padre y el Hijo, que amándose profundamente desde toda la eternidad, son el origen de la tercera persona: el Espíritu Santo.

 

Las tres personas de la Santísima Trinidad que constituyen un solo Dios, se manifiestan a través de acciones muy definidas en tu vida y en la mía. Dios Padre pensó en ti desde toda la eternidad y te amó. Ese amor es el que te dio la vida y te hizo semejante a Él. Somos semejantes a Dios en dos aspectos. En primer lugar porque somos hechura de sus manos con la facultad de poder experimentar el amor, y a la vez, poder amar. Y por otra parte nos parecemos a Él, porque estamos dotados de libertad para no tener que amar a la fuerza.

 

Dios, pues, te creó semejante a Él, para que como Él y con Él, fueras feliz. Sin embargo, tu soberbia y la mía, nos hizo romper con el Amor. Quisimos ser autónomos y no aceptamos que otro fuera el que trazara las reglas del juego. Esta rebeldía nos hizo caer en la infelicidad y a la vez nos sometió a la muerte. Dios-Padre podría habernos dejado abandonados a nuestra suerte, pero sus entrañas de misericordia se rebelaron ante esta posibilidad, y trazó de inmediato para ti y para mí un plan de salvación.

 

Dispuso que su Hijo único se revistiera de una naturaleza mortal como la nuestra, se encarnara y hecho semejante a nosotros, experimentara todo lo que es inherente a la persona humana. Quiso Dios que nada humano fuera extraño a la existencia de su Hijo. Solo en un aspecto fue totalmente distinto a ti y a mí: no pudo en modo alguno, conocer el pecado. Sin embargo, lo que sí experimentó fueron las consecuencias que trae consigo: enfermedades, sufrimientos, angustias, cansancio, soledad y finalmente la muerte, de nada de todo esto se libró el Señor.

 

Con su palabra y con su vida vino a darnos conocimiento de que nunca Dios-Padre, había retirado de nosotros su amor. Que nos seguía y nos sigue queriendo a pesar de nuestros desvaríos. Nos mostró el camino de la verdadera felicidad, nos liberó de la esclavitud de la muerte y nos abrió de nuevo las puertas del paraíso.

 

Después de realizada su Pascua y para que se cumplieran las palabras del Padre «Seréis santos porque yo vuestro Dios soy santo», envió desde el seno del Padre al Amor, al Consolador, al Santificador, al Espíritu Santo. Él tiene como misión hacernos presente cada día el amor sin condiciones del Padre. Él tiene como misión estar con nosotros hasta la consumación de los siglos, defendiéndonos del maligno, fortaleciéndonos en nuestras luchas diarias, consolándonos en nuestras caídas y fracasos y arraigando en nuestra vida la esperanza de la vida eterna.

 

Ésta es la acción de las Tres Divinas Personas, que si bien no llega a desvelarnos su esencia, sí nos da conocimiento de cada una de ellas por las obras que realizan en nuestra vida. 


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 2, 1-11 * 1Co 12, 3b-7. 12-13 * Jn 20, 19-23

Damos fin con este domingo a la Cincuentena Pascual. Han sido cincuenta días en las que hemos celebrado el acontecimiento primordial de nuestra fe: la Resurrección del Señor Jesús. Un acontecimiento que en ningún modo es ajeno a nuestra vida, ya que, como dice san Pablo, “Si hemos muerto con Él, sabemos que también resucitaremos con Él”.

El Señor Jesús, hombre como tú y yo, conoce nuestra debilidad. Conoce también la fuerza de la seducción del pecado, y conoce, por experiencia, la fuerza de la tentación. Sabe también, que el pequeño rebaño que ha elegido se encuentra sin Él, totalmente indefenso ante la sagacidad del maligno. Sabe que, cuando se han presentado las dificultades, sus discípulos le han abandonado a su suerte.

Hasta ahora, su presencia fortalecía la debilidad de aquellos que le seguían, que han entrado en tristeza ante el anuncio de su partida. Por eso les ha dicho: «No os dejaré huérfanos». Y también, «Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté con vosotros, el Espíritu de la Verdad».

Hoy, diez días después de su Ascensión a los cielos, el Señor Jesús cumple su promesa derramando abundantemente sobre su Iglesia el Espíritu Santo. Él va a tener como misión reunir y fortalecer a los que el miedo ha dispersado, haciéndolos testigos ante el pueblo de la Resurrección del Señor Jesús.

Todo lo que la Iglesia lleva a término en medio del mundo, es obra del Espíritu Santo. Por su acción hallan cumplimiento todas las promesas del Señor. Por su impulso podemos llevar a la práctica las enseñanzas que Él nos ha dejado. Sin Él, nos veríamos incapacitados para obrar el bien.

Muchas veces nos hemos referido a la misión para la que nos ha elegido el Señor. Hemos de continuar y actualizar su obra redentora en cada generación. El amor y la misericordia que él demostró tener hacia el pecador, hacia aquel que se equivoca, lo hemos de manifestar hoy nosotros. Tú y yo, estamos llamados a ocupar su lugar. Él nos ha elegido para que los demás, viéndonos a nosotros le vean a Él.

El Señor nos dijo un día: «Amaos como yo os he amado». Y, ¿cómo nos ha amado Él? Ha dado por completo hasta la última gota de su sangre para que tú y yo, que no teníamos remedio, que no teníamos salvación, pudiéramos salvarnos. Nos amó hasta el extremo cuando éramos sus enemigos. No nos exigió que cambiáramos de vida para poder amarnos. Nos amó en nuestro pecado y en nuestras miserias y nunca nos rechazó. Pues bien, ahora nos dice: «De la misma manera que yo os he amado, gratuitamente, sin exigiros nada, amaos unos a otros».

Tú, viendo cual es la misión que el Señor pone en tus manos, le dices: Señor, ¿Cómo voy a amar así, si soy un egoísta, si solo pienso en mí mismo, ¿cómo voy a amar a los que me hacen daño y me fastidian, si a duras penas me amo a mí mismo?

La respuesta del Señor es el envío del Espíritu Santo. Él es el que realiza en nosotros el querer y el obrar. Él es fortaleza en nuestra debilidad, sabiduría en nuestra necedad. Él viene a realizar en nosotros todo aquello que es voluntad del Señor y que nosotros, tarados por el pecado, somos incapaces de llevar a la práctica. Él está continuamente presente en su Iglesia. Invoquémosle, pidamos que venga en nuestra ayuda, y todo lo imposible se hará posible.

DOMINGO VII DE PASCUA -LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO VII DE PASCUA -LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO»

 

En este día celebramos que el Señor Jesús, después de consumar su Pascua  y de estar durante cuarenta días resucitado apareciéndose a sus discípulos, ascendió al cielo y está sentado a la derecha de poder de Dios.

San Pablo, en su carta a los Filipenses, nos dirá que por haber asumido la condición de esclavo, por no haber retenido ávidamente su divinidad, por haberse humillado hasta el extremo, Dios Padre lo levantó, lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Celebramos, pues, que uno de los nuestros, con la misma naturaleza humana, con un cuerpo, que si bien ahora es glorioso, es idéntico al nuestro, está sentado a la derecha de Dios y ha sido constituido Señor del universo.

Este acontecimiento no es en modo alguno ajeno a nuestra vida. El Hombre-Dios, Cristo Jesús, ha penetrado en el cielo. Nosotros, que somos su Iglesia, somos miembros de un cuerpo, del que Él es la cabeza. Del mismo modo que en el nacimiento de una criatura, cuando ésta saca la cabeza del vientre de la madre, inmediatamente le sigue el resto del cuerpo, así también nos ocurre a nosotros. Nuestra cabeza que es Cristo está en el cielo, y nosotros, su cuerpo, unidos a Él somos arrastrados penetrando también en el cielo.

Los acontecimientos vividos por el Señor Jesús a lo largo de su vida terrena, su entrega, su humillación y su muerte, hechos extremadamente negativos a los ojos del mundo, han sido el motivo de su glorificación. Si Cristo no hubiera pasado por ellos, no hubiera sido constituido por el Padre como Señor todo lo creado. La negación de sí mismo, los sufrimientos, los desprecios que padeció, fueron el camino de su exaltación.

Lo ocurrido al Señor Jesús, arroja luz sobre todo aquello que nos sucede a nosotros. Todos los acontecimientos de nuestra vida tienen sentido. Nada sucede en vano. Todo entra dentro del plan de salvación que ha diseñado el Padre para nosotros. Las humillaciones, los sufrimientos, la muerte, que tienen su origen en el pecado, escandalizan al mundo y le hacen blasfemar de Dios. Sin embargo, para los elegidos, para los creyentes, para nosotros, son el camino que lleva a la salvación.

Hemos dicho que el Señor Jesús está sentado a la derecha del poder de Dios. ¿Qué importancia tiene esto para nuestra vida? Cristo Jesús ascendido al cielo posee todo poder. Todo le ha sido sometido. Nosotros, que somos miembros de su cuerpo, aquí en la tierra seguimos bajo el dominio de mal. Muchos acontecimientos de nuestra vida nos desbordan. Con frecuencia no podemos resistir a las seducciones del mal. Se nos presentan enfermedades, problemas económicos, problemas familiares, etc., ante los cuales nos hallamos totalmente indefensos. Nos desbordan y hacen que experimentemos nuestra impotencia. También nos hacen sufrir nuestras inclinaciones pecaminosas, nuestros vicios ocultos, nuestro genio, nuestra soberbia, que van minando nuestro carácter y nos amargan la existencia. Pues bien, el Señor Jesús ha sido constituido por el Padre Señor de todo lo que nos amarga y nos hace infelices. Donde está tu impotencia, aparece su poder, donde está tu debilidad, se manifiesta su fuerza. Solo hace falta que tú y yo, en esos momentos en que se nos cierra el cielo, lo invoquemos, lo llamemos, le digamos con fuerza: ¡Señor, no puedo! ¡Ayúdame! Tengamos la certeza de que si ponemos en Él nuestra confianza, no quedaremos nunca defraudados.

 

DOMINGO VI DE PASCUA

DOMINGO VI DE PASCUA

«SI ME AMÁIS GUARDARÉIS MIS MANDAMIENTOS»

 

Una de las formas o actitudes que adoptamos en la vida para demostrar nuestro amor o nuestro aprecio hacia otra persona, consiste en hacer aquello que a ella le agrada. Esto se ve con claridad en la relación entre los esposos, los novios, los padres e hijos o entre los verdaderos amigos. Precisamente por esto, hoy, el Señor, empieza el evangelio diciendo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».

Podemos preguntarnos por qué el Señor Jesús hace esta observación a los discípulos, a la vez que hoy, nos la hace a nosotros. ¿Por qué el Señor nos invita a guardar sus mandamientos? ¿Necesita para algo nuestra obediencia? Evidentemente, no. Nuestra obediencia o nuestra desobediencia, no le afectan para nada, ni le añaden ni le quitan gloria. Lo que pasa es que como siente hacia nosotros un amor inmenso, sabe que nuestra felicidad estriba en cumplir su voluntad siendo dóciles a sus indicaciones. Dicho de otro modo, con sus mandamientos nos está mostrando el único camino que conduce a la verdadera felicidad.

Por otra parte, el Señor sabe de nuestra imposibilidad material de cumplir aquello que nos manda. Sabe que por el pecado estamos tarados y que para cumplir sus mandamientos no basta con que nosotros lo queramos. Necesitamos su ayuda, pero Él se marcha, por eso nos promete el envío del Paráclito, del Defensor, del Espíritu de la Verdad. Necesitamos a alguien que por un lado nos dé fuerzas para obrar el bien, y que por otro lado nos defienda del enemigo que no solo nos empuja hacia el mal, sino que además, cuando caemos, nos echa en cara nuestra debilidad y nuestro pecado, para hacernos dudar del perdón de Dios.

La misión del maligno es sembrar en nosotros el desasosiego. Es hacernos ver que no servimos para esto, porque en cada una de nuestras confesiones, repetimos una y otra vez los mismos pecados. Nuestro deseo de no volver a pecar, de no caer en las mismas debilidades, solo dura unas pocas horas o a lo sumo unos cuantos días. Somos reincidentes. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra, sin que seamos capaces de enmendar nuestra conducta. Esta situación la aprovecha el demonio para decirnos que es tonto que nos resistamos. Para qué continuar dándole vueltas. Dejémonos de mandamientos y obligaciones, y dediquémonos a vivir la vida sin complicarnos demasiado la existencia.

La misión del Espíritu Santo es la contraria. Cada vez que caemos, cada vez que pecamos, nos susurra al oído: no te preocupes, no pasa nada. Yo te quiero. Yo amo al pecador y nunca nunca, lo rechazo. ¡Ánimo! Lo importante no es la caída, sino el levantarte y continuar el camino. Yo estoy a tu lado para ayudarte. No desmayes, confía en mí.

El Señor, que ha anunciado a sus discípulos su inminente partida, sabe que están tristes, por eso les dice: «No os dejaré desamparados, volveré. El mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo». Estas son palabras consoladoras. Aunque el Señor se va, no quiere dejarnos huérfanos, por eso nos promete que estará junto a nosotros hasta el fin de los tiempos. El mundo no lo verá porque tiene los ojos cegados por la ambición, el dinero, el sexo, el poder, etc., pero nosotros sí lo veremos, sí que constataremos su presencia y su ayuda en los acontecimientos buenos, y en aquellos que el mundo considera adversos.

Que nuestra oración diaria sea la de aquellos discípulos que, camino de Emaús, apremian al Señor diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y día va de caída».

 

DOMINGO V DE PASCUA

DOMINGO V DE PASCUA

"YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA"

 

El fragmento del evangelio que os hoy nos propone la Iglesia, está tomado del discurso de las despedidas del evangelio de san Juan. Jesús sabe que está cerca su hora y que está a punto de dar cumplimiento total a la misión que el Padre le ha encomendado. Está con sus discípulos de la Última Cena y quiere darles las últimas recomendaciones antes de separarse de ellos.

 

Después de los acontecimientos que han vivido los últimos días y de lo que el Señor Jesús les ha ido adelantando respecto a su persona, los discípulos están un tanto nerviosos e intranquilos. Por eso lo primero que el Señor les dice es: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo… y adonde yo voy ya sabéis el camino». Tomás, un tanto extrañado replica: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». El Señor Jesús le mira y responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Ante esta respuesta, Felipe, no puede contenerse y exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta del Señor no puede ser más contundente: «Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».

 

Este diálogo del Señor con sus discípulos, lo tiene hoy contigo y conmigo. En nosotros, viendo los acontecimientos que suceden en la sociedad, y recibiendo cada día el bombardeo continuo del mundo que nos ofrece una felicidad pasajera y barata, también surgen dudas que siembran en nuestro corazón la intranquilidad. Por otra parte, comprobamos como aquellos que ha vuelto la espalda a Dios y siguen sus apetencias viviendo según sus criterios, aparentemente prosperan y son felices. ¿Cómo es posible esto, nos preguntamos?

 

También a ti y a mí, el Señor Jesús nos responde hoy: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… No os dejéis arrastrar por esos espejismos del mundo. Todo son apariencias. La felicidad que os brinda el mundo es pasajera y falsa. Quizá como Tomás también nosotros preguntemos entonces al Señor ¿cuál, pues, es el camino para encontrar esa felicidad y esa paz verdaderas? La respuesta no se hace esperar y el Señor Jesús nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

 

Él es el camino que lleva a la verdad y a la vida. No nos equivoquemos, no nos dejemos confundir. El mundo, la sociedad, nos brindará medios y creencias para conseguir la paz interior. Nos mostrarán otras religiones, sobre todo orientales, para lograr el equilibrio interno. Nos dirán que todas llevan al encuentro con Dios, pero esa afirmación es falsa. A nuestro fin último, a aquel para el que fuimos creados, que es el encuentro con el Amor, el encuentro con nuestro Padre Dios, solo podremos llegar a través de su Hijo Jesucristo. No existe otro camino. Así quedó definido tajantemente en la declaración “Dominus Iesus” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada por Juan Pablo II, que ordenó su publicación. Solo en Él, y a través de Él, encuentra el hombre la salvación. San pedro lo afirma en los hechos de los Apóstoles cuando dice: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos». El único camino, la única manera que nosotros tenemos para llegar al Padre, es a través de su Hijo Jesucristo, que se hizo hombre para que Dios tuviera un rostro que nosotros pudiéramos contemplar. Así se lo dice el Señor hoy a Felipe en el evangelio: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».