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DOMINGO IV DE ADVIENTO

DOMINGO IV DE ADVIENTO

«HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16 * Rom 16, 25-27 * Lc 1, 26-38-37

 

Llegamos al final del Adviento. Durante todo este tiempo litúrgico, tanto Isaías que es el profeta del Adviento, como Juan el Bautista que es el Precursor del Mesías, nos han invitado a estar expectantes porque el Señor llega. El Señor está cerca y viene a salvar lo que no tiene salvación. Nos han invitado también a convertirnos, a reconocer que nuestra existencia no lleva la dirección correcta, porque pedimos la vida y la felicidad a los ídolos del mundo que son incapaces de dárnoslas. Reconocer esto es indispensable para ser salvados. Si tú y yo no pensamos que necesitamos la salvación, de nada sirve que llegue el Señor.

Hoy nuestra salvación está más cerca que nunca. Es el ángel Gabriel el que anuncia a María, que la promesa de salvación que Dios-Padre hizo a Adán y Eva en el Paraíso, y que fue haciendo presente a través de la historia a los patriarcas y profetas, encuentra por fin su cumplimiento. Dios, como dice el salmo 97, «se ha acordado de su misericordia y su fidelidad en favor de Casa de Israel». Se ha acordado de ti y de mí haciendo que en el seno purísimo de María, empiece a formarse aquel que es el deseado de las naciones. Aquel que viene a restaurar lo que nuestro pecado ha destruido.

El pasaje da la anunciación y encarnación del Hijo de Dios en el seno de María, que hoy nos narra san Lucas, no es algo que solamente nos recuerda lo que ocurrió hace más de dos mil años. No es solo historia, es una realidad actual que arroja luz sobre la obra de salvación que Dios está llevando a cabo en cada uno de nosotros. En cuanto María da su conformidad a la obra que Dios ha proyectado realizar en ella, es el Espíritu Santo el que la cubre y hace que empiece a gestarse en su seno, el que será a la vez Hijo de Dios e hijo del hombre.

También nosotros somos fecundados cuando aceptamos y guardamos en nuestro corazón, la Palabra de la salvación, el Kerigma. Esta Palabra, cuando se nos predica y es aceptada por nosotros, actúa en nuestro interior de manera semejante al esperma, al semen que el hombre deposita en el cuerpo de la mujer. Tiene el poder de fecundarnos y de hacer que en el interior de nuestro hombre viejo, de nuestro hombre de pecado, empiece a gestarse una criatura nueva, un hijo de Dios.

Es posible que si eres lo suficientemente humilde como para reconocer tus defectos y tus muchos pecados, exclames como María: «¿Cómo será eso pues no conozco varón?». Dicho con otras palabras: ¿Cómo es posible que nazca en mí un hijo de Dios si yo sé que soy un egoísta, un soberbio, un lujurioso, que solo piensa en sí mismo y que es incapaz de hacer nada que no sea darse gusto en todo? El ángel nos responde como a María: Esto no va a ser obra tuya. Será obra del Espíritu Santo en ti. No te mires a ti mismo. Confía en el Señor, abandónate en sus manos y ten en cuenta que «para Dios nada hay imposible». 

Ante esto, a nosotros solo nos resta exclamar con María: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Es decir, es necesario que demos permiso a Dios para que lleve adelante su obra en nosotros. Él nunca violentará nuestra libertad, siempre podremos decirle que no nos interesa lo que nos ofrece. Lo que ocurre es que eso supone rechazar la auténtica felicidad. Aquella que el mundo no puede  proporcionarnos y que solo en Él encontraremos.    

 

DOMINGO III DE ADVIENTO -B-

DOMINGO III DE ADVIENTO  -B-

«ESTAD SIEMPRE ALEGRES. EL SEÑOR ESTÁ CERCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 61, 1-2a.10-11 * 1Tes 5, 16-24 * Jn 1, 6-8.19-28

 

Llegamos al tercer domingo de Adviento, conocido como domingo de “Gaudete”. Esta palabra latina que podemos traducir por “alegraos”, hace referencia a la primera carta a los Tesalonicenses de san Pablo que se proclama hoy, en la que el Apóstol nos dice: «Estad siempre alegres». La razón de esta alegría no es otra que la proximidad de la venida del Señor.

 Tenemos un falso concepto de lo que supone la cercanía del Señor. Pensamos que cuando se hace presente siempre viene a complicarnos la vida. Esta idea es por completo falsa y es fruto de la religiosidad natural, en la que la figura de Dios no provoca una respuesta de amor, sino de miedo. ¿Cómo es posible que pensemos así, cuando Dios es un Padre que ama con locura a su criatura, al hombre, y se complace en verle feliz? El Señor Jesús dice al respecto refiriéndose a los hombres: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

 La invitación del Apóstol a la alegría, está en consonancia con la que ha de ser la actitud permanente del cristiano. El cristiano es el hombre feliz porque en su interior se sabe hijo de Dios. Sabe también que todos los acontecimientos que le ocurren, buenos o aparentemente malos, son fruto de la voluntad de su Padre del cielo, que no puede desear ni darle nada que no sea para su bien. El cristiano es el hombre feliz que vive abandonado a la voluntad de Dios. Por eso dirá san Francisco de Sales refiriéndose al cristiano: “Un santo triste, es un triste santo”.

 En el evangelio de hoy, san Juan, nos presenta a otro Juan. Se trata de Juan el Bautista, que ante la inminente llegada del Mesías está en el Jordán impartiendo un bautismo de conversión. Está llamando al hombre a ser sincero consigo mismo. Le invita a reconocer sus miserias y pecados, para poder recibir al Señor con un corazón contrito y humillado. Un corazón limpio de odios y rencores.

 Juan es el Precursor humilde que no se arroga ningún título ni privilegio. Él solo es la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino al Señor. Enderezad sus senderos». «Yo, dirá Juan, bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia… Él os bautizará con Espíritu Santo».

Hoy las palabras de Juan han resonado para nosotros. Hoy, Juan, nos dice: ¡Convertíos! No tengáis miedo de reconocer vuestras infidelidades y pecados. El Señor viene a perdonar, a sanar lo que está enfermo. No viene a exigirnos nada. No viene a pedirnos cuenta de nuestras faltas. Viene como luz a iluminar las tinieblas en las que nos tiene sumergido el pecado.

 El Señor se conforma con que nosotros, humildemente, reconozcamos que queremos hacer las cosas bien, pero que somos incapaces de llevarlas a cabo. Que reconozcamos que nuestras pasiones nos dominan y que somos impotentes para frenarlas. Él, no pide más, se conforma con un corazón humilde, con un corazón que no se defienda, que no tenga miedo a reconocer sus debilidades y sus pecados. En resumen, un corazón bien dispuesto. El resto corre por su cuenta. 

 

DOMINGO II DE ADVIENTO -B-

DOMINGO II DE ADVIENTO  -B-

«PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 40, 1-5.9-11*2Pe 3, 8-14*Mc 1,1-8

En este inicio de su evangelio, san Marcos, cita a Isaías recordando una de sus profecías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino… Una voz grita en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos». A continuación, el evangelista, ve en la figura de Juan el Bautista, que está en el desierto invitando a las gentes a convertirse, el cumplimiento de la profecía de Isaías. Juan, en el Jordán, aplica un bautismo de conversión anunciando la venida inminente del Mesías.

 Este pasaje del evangelio de san Marcos halla hoy, entre nosotros pleno cumplimiento. La Iglesia, como Juan, anuncia la próxima manifestación del Señor. Lo hace también como él en medio del desierto. Un desierto en el que el hombre camina siguiendo su instinto y sus pasiones, dándole la espalda o ignorando al que es la Verdad. El hombre ha dejado de lado la trascendencia y solo le importa el goce inmediato. Busca cubrir sus necesidades materiales y afectivas, al margen de Aquel que le ofrece una felicidad auténtica y a la vez eterna.

 Juan anuncia la conversión, que hace referencia directa al pecado. El pecado es algo que en la actualidad no tiene muy buena prensa, y el hombre de hoy vive al margen de él porque lo considera cosa de beatos, de curas y frailes. Él se considera adulto y no necesita que nadie, y mucho menos la Iglesia, venga a decirle lo que está bien o lo que está mal.

 Sin embargo, no por ignorar el pecado éste deja de existir. Somos pecadores por más que nos esforcemos en pensar lo contrario. El pecado existe, nos hace daño y nos impide ser felices. De ahí, precisamente, nace la necesidad de conversión. ¿Y qué es convertirse? Convertirse es cambiar de dirección en la vida. Es reconocer que aunque buscamos la felicidad en el dinero, en los afectos, en el sexo, en la salud, en el trabajo o en la diversión, todo esto no llena de verdad nuestro corazón. No es capaz de saciarlo plenamente. El pecado, queramos o no, es el origen del mal en el mundo. El egoísmo conduce a los enfrentamientos y a los abusos de todo tipo. El hombre, por medrar, por ser, por destacar por encima de los demás, no tiene inconveniente en pisotear y abusar del débil, en robar o matar si es necesario.    

El Señor está cerca. Viene precisamente a salvarnos de esta situación, de este sinsentido que es la vida del hombre sin Dios. No hemos sido creados para el sufrimiento y la muerte. Hemos sido creados para la vida, y eso es lo que el Señor viene a traernos. Quiere que vivamos, quiere que seamos felices. Por eso es necesario prepararle el camino. La mejor forma de llevar acabo esta preparación consiste en reconocer nuestras limitaciones y nuestras infidelidades, siendo conscientes de la necesidad que tenemos de su presencia en medio de nosotros. Cuando el Señor aparece en nuestra vida lo hace siempre para salvar. Viene a darnos vida. Nunca viene a exigirnos ni a reprocharnos nada. Él se complace en vernos felices.

 Nosotros, que necesitamos su presencia, tenemos que estar preparados para su venida. Hemos de vigilar y hacer nuestra la frase de Isaías de la lectura del domingo pasado: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!». ¿Qué montes? Los montes de nuestro egoísmo, de nuestra lujuria, de nuestra soberbia, y de todo aquello que nos impide darnos a los demás. 


 

 

DOMINGO I DE ADVIENTO

DOMINGO I DE ADVIENTO

«MIRAD, VIGILAD: PUES NO SABÉIS CUÁNDO ES EL MOMENTO».

CITAS BÍBLICAS:  Is 63, 16b-17.19b; 64 2b-7 * 1Cor 1, 3-9 * Mc 13, 33-37

Hoy, primer domingo de Adviento, damos comienzo al año litúrgico, o sea, al año eclesiástico. El Adviento constituye uno de los tiempos fuertes de la vida de la Iglesia. El Adviento nos recuerda que nuestra vida en este mundo no es algo permanente, sino que es un camino más o menos largo que nos lleva a nuestro verdadero destino, a aquel para el que fuimos creados. Hemos de tener muy presente que salimos de Dios y hacia Él camina nuestra vida. Somos criaturas para la eternidad.

Lo afirmado hasta aquí no tiene vuelta de hoja. Sería un absurdo pensar que nuestra vida es semejante a la de las setas, que aparecen en el campo de la noche a la mañana, para desparecer al poco tiempo sin dejar rastro de su existencia. Sin embargo, así actuamos cuando desaparece de nuestra vida el sentido de la trascendencia. Con gran facilidad nos acomodamos a esta vida tomando como definitivo algo que solo es temporal. En vez de actuar como peregrinos en camino hacia la vida eterna, montamos nuestra tienda aceptando como meta lo que solo es un paréntesis en nuestra existencia.

El Adviento, pues, nos invita a la trascendencia y a la vigilancia. A la trascendencia porque nos hace presente que existe un más allá. A la vigilancia porque nos hace ver que la vida no está en nuestras manos y que, por lo tanto, desconocemos cuándo terminará nuestra peregrinación en este mundo, para entrar en la vida definitiva.

Hoy, son las palabras del Señor Jesús las que no invitan a estar vigilantes. Nos dice en el evangelio: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Él, que conoce nuestra tendencia a instalarnos, compara nuestra vida a la de unos criados a los que su señor deja encargados de su casa, hasta que regrese del viaje que va a emprender. Nos dice a ti y a mí: «Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. Si al atardecer, o a medianoche, al canto del gallo o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos».

Pienso que toda advertencia es poca, porque en nuestra inconsciencia consideramos definitivo lo que es solo temporal. Nos aferramos a nuestra existencia terrena y vivimos ignorando cuál es nuestro verdadero destino. No valoramos en lo que cabe lo que el Señor nos ofrece para después de esta vida. Si alguien viniera y nos dijera: “Vigila, porque en esta noche a una hora que desconoces, alguien te entregará un sobre con un millón de euros. Procura estar atento porque solo se detendrá en tu puerta durante cinco segundos”. Sin duda alguna haríamos lo imposible para no adormecernos, y aprovechar los cinco segundos a fin de recibir el regalo.

La vida del verdadero cristiano es una continua espera, es un continuo Adviento.  El Señor, que vino un día en pobreza y debilidad, ha prometido volver con toda su gloria para arrebatarnos e introducirnos en su Reino. Ignoramos cuando sucederá esto, pero tenemos la certeza de que un día ha de ocurrir. Mientras tanto, sabemos que el Señor también puede manifestarse a cada uno en particular. Se trata de un encuentro personal. Él nos visita en el día a día a través de distintos acontecimientos. Unas veces se encarna en el pobre que nos tiende la mano, en el enfermo del que nadie se acuerda, en el emigrante que no tiene quien le dé cobijo, o en la debilidad del niño del que nadie se preocupa. Por eso es necesario mantener nuestros ojos abiertos y estar al tanto, para saber descubrirlo y hacer que no sea vano su encuentro. Recordemos lo que nos dice hoy: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento».



 

DOMINGO XXXIV - JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

DOMINGO XXXIV - JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

«VENID VOSOTROS BENDITOS DE MI PADRE...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 34, 11-12.15-17*1Cor 15,20-26a.28*Mt 25, 31-46

Hoy, último domingo del año litúrgico, celebramos la solemnidad de Cristo Rey del Universo. Este título no es algo que le atribuyamos nosotros por devoción, sino que es la propia Escritura la que se lo otorga.

Ya en los salmos se anuncia esta prerrogativa. En el salmo 110 leemos: «Dice el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». En el libro del profeta Daniel vemos cómo se alude a la figura de Cristo cuando se dice: «… A Él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará». Y ya en el Nuevo Testamento vemos cómo san Pablo en su carta a los Colosenses afirma que, «todo fue creado por Él y para Él… Él, es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda criatura». Y también en su primera carta a los Corintios leemos: «Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte».

Visto todo esto, y no podía ser de otro modo, la Iglesia como colofón al año litúrgico nos presenta la figura de Cristo como Rey y Señor de toda la Creación. Nosotros podemos preguntarnos, ¿qué clase de reinado lleva a cabo el Señor Jesús, y cómo nos afecta a cada uno en particular?

El reino del Señor es, sobre todo, un reino de amor. Lo vemos en el evangelio de hoy. Es el evangelio que nos narra el Juicio Final. ¿De qué se nos juzgará el último día? Como dice el canto: Al atardecer de la vida te examinarán del amor… No te preguntarán por tu familia, por tus bienes, por tus títulos, por las obras o negocios que has llevado a cabo. El examen tendrá como único tema el amor. Lo vemos en el evangelio de hoy que tiene un denominador común, que no es otro que el amor. El Señor quiere que en el hambriento, el sediento, el encarcelado, el enfermo, el forastero, etc., le veamos a Él. Él nos visita a menudo a través de estos hermanos que encontramos por la calle y a los que, las más de las veces, no hacemos caso. Él nos dirá entonces: ¿Supiste ver en cada uno de estos hermanos necesitados que era yo el que te visitaba?

No tenemos ninguna excusa. No podemos mirar hacia otro lado. No cabe hacer otras interpretaciones de las palabras del Señor. Como se dice en el lenguaje corriente, el Señor podía haber hablado más alto, pero no más claro. Somos nosotros los que en muchas ocasiones buscamos excusas sin fundamento a nuestra manera de obrar. Seamos, pues consecuentes.

Es cierto que al querer poner en práctica la voluntad del Señor, nos encontramos muchas veces sin fuerza para hacerlo. Estamos inclinados hacia el mal. El pecado nos domina y nos incapacita para obrar el bien. Esto lo sabía muy bien san Pablo cuando en su carta a los Romanos dice: «Mi proceder no lo comprendo. Quiero hacer el bien, pero es el mal el que se me presenta». Sin embargo, no debemos desesperar. Cristo Rey es Señor de toda dominación, principado y potestad. Es Señor de todo lo que nos domina y esclaviza. Es Señor de la muerte, y es precisamente la muerte lo que nos muestra el maligno para hacernos pecar. Él sabe que el hombre, por el miedo que tiene a la muerte vive esclavo del pecado. Esclavo de su egoísmo, de su lujuria, de su orgullo, etc. Por eso, la solución a nuestros miedos y a nuestra debilidad, está en invocar el nombre de Señor. Unidos a Él, podremos amar a nuestros semejantes sin juzgarles ni exigirles nada. Unidos a Él seremos los que ocuparemos un lugar a su derecha, disfrutando de una felicidad que nunca hallará su fin.     

 

 

 

 

 

 

DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«ERES UN EMPLEADO FIEL. PASA AL BANQUETE DE TU SEÑOR»

CITAS BÍBLICAS:  Prov 31, 10-13.19-20.30-31*1Tes 5,1-6*Mt 25, 14-30

En el evangelio de hoy el Señor Jesús nos presenta una parábola. Nos muestra a un hombre rico que teniendo que ausentarse de su casa, pone sus bienes en manos de sus empleados. Les reparte a cada uno, según su capacidad, unos talentos de plata con objeto de que negociándolos, le produzcan pingues beneficios. Le entrega cinco talentos al primero, dos al segundo y finalmente uno al tercero.

Los dos primeros empleados se ponen a trabajar inmediatamente, pero el tercero, temiendo perder el dinero, esconde en la tierra el talento de su señor. Cuando éste regresa y ajusta cuentas con sus empleados, los dos primeros le muestran cómo ha crecido su capital, en cambio el tercero se limita a devolver el talento a su señor. Éste alaba a los dos empleados trabajadores, mientras que rechaza de plano la forma de actuar del tercero y  retirándole el talento se lo entrega al que tiene diez.

¿Qué aplicación tiene para tu vida y para mi vida este evangelio? Acostumbramos a decir, y es cierto, que en nuestra vida el Señor nos ha concedido una serie de talentos. Unos son bienes de tipo material, mientras que otros como la inteligencia, la tenacidad, la simpatía, el don de gentes, la sabiduría, etc., lo son de tipo inmaterial.

En el mundo, por regla general, las personas utilizan estos dones en beneficio propio, porque les ayudan a consolidar su posición dentro de la sociedad. A todos les gusta destacar mostrando aquellas habilidades que son fruto de los talentos recibidos, sin llegar a ser conscientes de que esos talentos los han recibido gratuitamente. Llegan, incluso, a apropiárselos.

Para nosotros, creyentes, esto no puede ser así. El Señor nos ha elegido para ser sus colaboradores, y sabemos que lo que somos y tenemos a Él se lo debemos. Él nos ha hecho depositarios de estos dones con una doble finalidad. En primer lugar, sin duda, para que los disfrutemos y en segundo lugar para hacerlos producir y a la vez hacer partícipes de ellos a todos los que nos rodean.

Los bienes materiales, dinero incluido, no te los ha dado el Señor para que los utilices según tu capricho haciendo con ellos lo que te dé la gana. Y no digas que los has ganado con tu trabajo, con tu esfuerzo, con tu inteligencia, porque hay personas mucho más inteligentes que tú y mucho más trabajadoras que se han pasado la vida esforzándose y no han logrado alcanzar una vida digna. ¿Qué méritos has hecho tú? No digas que has tenido más suerte. La suerte no existe. Existe la providencia de Dios, que nos da a cada uno aquello que más nos conviene. Tenemos, pues, nuestros bienes, nuestro dinero, para compartirlos con los hermanos que pasan necesidad. Recuerda aquello del evangelio: «Tuve hambre, tuve sed… etc.», de eso seremos juzgados al final. Del amor que mostramos a nuestros hermanos menos favorecidos.

Sucede lo mismo con los bienes inmateriales, la sabiduría, la inteligencia, la capacidad de gobierno, de organización o de trabajo, etc., son talentos que has recibido gratuitamente del Señor y que de ningún modo puedes apropiártelos. Los has recibido para ponerlos a disposición de los demás. Tu obligación es hacerlos producir como lo hicieron los dos empleados de la parábola.

No olvidemos nunca que lo que poseemos lo tenemos en depósito, que solo somos administradores de los bienes del Señor, y que un día se nos pedirá cuenta de cómo hemos administrado los dones que hemos recibido. 

 

 

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

«NO CONVIRTÁIS EN UN MERCADO LA CASA DE MI PADRE» 

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 47, 1-2. 8-9. 12 * 1Cor 3, 9c-11. 16-17 * Jn 2, 13-22

Hoy correspondería celebrar el domingo treinta y dos de tiempo ordinario, pero por coincidir con la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, la liturgia estará toda ella centrada en esta fiesta.

La Basílica de Letrán fue construida por el emperador romano Constantino en honor de Cristo Salvador, como sede de los obispos de Roma. Es pues la catedral del Papa en Roma. Es una de las iglesias más antiguas de la cristiandad y es el nexo de la unidad entre todas las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo, con Roma.

El templo es símbolo de Cristo Resucitado. De él, como dice el profeta Ezequiel en la primera lectura, brota una corriente de agua viva símbolo del Bautismo. Esta agua capaz de regenerar y limpiar los pecados de aquellos que se bañen en ella, hace que, por su virtud, lleguen a dar abundantes frutos de vida eterna. Este templo es casa de oración, lugar de encuentro con el Señor Resucitado. Él es el Camino, la verdad y la Vida. Es el único a través del cual podemos alcanzar la salvación.

En el evangelio de hoy nos muestra san Juan al Señor Jesús en el templo de Jerusalén, arrojando irritado a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, que sin tener consideración al lugar santo, lo han convertido en un mercado. «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre», dice el Señor.

Este pasaje encuentra exacto cumplimiento en nuestra vida. Nuestro cuerpo es templo del Dios vivo. Así nos lo dice san Pedro en su primera carta: «Vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo». También lo dice san Pablo en su primera carta a los Corintios: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis?».

Teniendo esto presente podemos preguntarnos ahora: ¿Qué uso hacemos de nuestro cuerpo como templo de Dios? ¿Es nuestro interior semejante al que encuentra el Señor en el evangelio de hoy? Si pudiéramos hacer una radiografía de nuestro interior, seguramente nos asombraría descubrir que el panorama es muy semejante al que aparece ante el Señor Jesús al llegar al templo.

En primer lugar, en vez de encontrar habitando en él al Espíritu Santo, nos encontraríamos con multitud de ídolos. En el centro nuestro amor al dinero. A él le pedimos cada día la felicidad. También encontraríamos otros ídolos: los afectos, la familia, el sexo, el trabajo, las diversiones, etc., cada uno con su altar particular en nuestro corazón. Ese panorama es muy semejante a lo que vemos televisión, cuando nos muestran el interior de las casas orientales. Nos llama la atención la multitud de pequeñas imágenes rodeadas de velas encendidas, y ver cómo los habitantes de la casa les piden ayuda en sus oraciones. Pues bien, exactamente así es nuestro interior, y exactamente eso es lo que hacemos con nuestros ídolos.

Pedimos la vida al dinero, porque estamos convencidos de que sin él es muy difícil vivir. Queremos que los que nos rodean, padres, hermanos, esposo o esposa, hijos, novia, amigos, etc., sean capaces de darnos el amor que necesitamos para llenar nuestro corazón. Pedimos también la vida al sexo, al trabajo, a la diversión, etc., sin darnos cuenta de que estos ídolos, como los de los orientales, son incapaces de satisfacernos.

Nuestro interior, que debería ser templo del Espíritu Santo, está lleno de negocios improductivos, de negocios ruinosos que no dejan espacio para que Él habite en nosotros. Por eso también a nosotros nos dice hoy el Señor: «Quitad esto de aquí y no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».


CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

«YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA»

 CITAS BÍBLICAS: Las lecturas se toman de las Misas de difuntos.

Hoy correspondería celebrar el domingo XXXI de tiempo ordinario, pero como estamos a dos de noviembre y la Iglesia celebra en este día la Conmemoración de Todos los fieles Difuntos, la liturgia girará en torno a esta conmemoración.

 Existen dos visiones radicalmente opuestas sobre la muerte. En una se considera este acontecimiento de una manera muy negativa, ya que supone el fin absoluto de la vida, y por lo tanto, el que muere vuelve definitivamente a la nada y no existe para él el menor atisbo de esperanza. En este caso la existencia del hombre es comparable a la de cualquier animal, pero con una particularidad que deja al hombre en desventaja. El animal vive pero no tiene consciencia de lo que supone su vida, mientras que el hombre vive y tiene conocimiento pleno de su propia existencia.

 Esta concepción de la vida es rayana a lo absurdo. ¿Qué finalidad tiene mi existencia si emerjo de la nada y después de un tiempo más o menos largo vuelvo a la nada? ¿Cuántos han sido los millones de hombres que vivieron y de los que nadie guarda memoria? ¿Qué finalidad tuvo su existencia? ¿Se puede pensar en algo más absurdo?

 La otra concepción de la vida es radicalmente opuesta. El hombre, salido  de las manos del Creador, recibe la vida terrena como un regalo que es anticipo de la vida eterna, la vida sin fin para la que ha sido creado. Aparecemos en el mundo como fruto del amor de Dios, y tenemos como meta disfrutar de su presencia para toda la eternidad. Mi vida tiene así, una razón de ser.

 ¿Por qué si las cosas son así, el solo pensar en la muerte amedrenta? Porque hemos abandonado al Autor de la Vida y hemos perdido la razón última de nuestra existencia. Hemos pecado, y como dice san Pablo, el pecado, que es el aguijón de la muerte, ha sumido nuestra vida en un sinsentido. Si yo vivo en tanto en cuanto estoy unido a Dios, ¿qué sentido tiene mi vida cuando al pecar vivo como si Él no existiera? La muerte que engendra el pecado es una situación en la que ha desaparecido por completo la esperanza. Ni sé de dónde vengo, ni sé a dónde voy. La muerte me atenaza y no sé cómo vencerla.

Pero el Señor, rico en misericordia, no nos ha abandonado en nuestro desvarío. Ha suscitado una fuerza salvadora. Ha enviado al mundo a su propio Hijo con una carne mortal como la nuestra, para que como una esponja absorba por completo el veneno de nuestro pecado y nos veamos libres de la esclavitud de la muerte. Él, que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida», ha penetrado en la muerte, y con su resurrección la ha derrotado por completo. Él, le ha dicho a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre».

 Hoy, podemos preguntarnos como Jesús pregunta a Marta: «¿Crees esto?» ¿Crees que la muerte es solo una puerta que se abre a la vida en plenitud? ¿Crees que existe la vida eterna? Con nuestra manera de actuar demostramos todo lo contrario. Ante la muerte en vez de  reafirmar nuestra esperanza en la vida eterna, caemos con frecuencia en situaciones que están muy cercanas a la desesperación. Ciertamente, el dolor ante la separación física de aquellos a los que amamos, es completamente normal. Lo anormal sería lo contrario, pero ignorar que la muerte no es el final, que existe el cielo y que nuestros familiares y amigos gozan de una vida que no acaba, es señal evidente de que tenemos poco de cristianos. Cristiano es el que vive con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.