Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«TODO EL MUNDO TE BUSCA»

CITAS BÍBLICAS: Job 7, 1-4.6-7 * 1Cor 9, 16-19.22-23 * Mc 1, 29-39

Vimos el pasado sábado al Señor Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm manifestando su poder, al expulsar un demonio del cuerpo de uno de los asistentes. Hoy, san Marcos, nos dice que al salir de la sinagoga, Jesús, se dirige con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. Allí se entera de que la suegra de Simón se encuentra en cama y con fiebre. Se acerca a ella, la toma de la mano y la levanta. Al punto se le pasa la fiebre, la abandona la enfermedad y se dispone, sin más, a servirles.

La noticia de que el Maestro se encuentra en la casa de Simón, corre por toda la población, de manera que al atardecer todos los enfermos, lisiados y poseídos, se agolpan a la puerta pidiendo ser curados de sus males. El Señor, con paciencia y mucha más misericordia, los atiende y va curando sus dolencias.

De madrugada sale de la casa y se dirige al descampado en donde solo, entabla mediante la oración un diálogo con su Padre. Los discípulos, al notar su ausencia lo buscan, y cuando lo hallan le dicen: «Todo el mundo te busca». Él, les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido».

San Marcos nos hace ver en este pasaje el dominio del Señor sobre las enfermedades y su poder frente a los espíritus del mal. Sin embargo, si nos quedamos con eso y no vamos más allá, recortamos drásticamente la misión del Señor. Es verdad que si leemos a Isaías, comprobamos que ha venido a abrir los ojos de los ciegos, a hacer andar a los cojos, hablar a los mudos y oír a los sordos. Sin embargo no es ese el fin último de su visita. Esos hechos asombrosos, esos milagros, solo tienen lugar en función de la misión que el Padre ha puesto en sus manos. Él ha venido a anunciar la Buena Nueva a los pobres. A salvar a todos aquellos que el pecado mantiene en esclavitud. A resucitar a aquellos que creen que viven porque andan por la calle, pero que tienen el alma muerta porque su vida no tiene sentido. Ha venido a ser fortaleza del débil, consuelo del que sufre…

No sé si habéis descubierto la necesidad que tenéis del Señor en vuestras vidas. Se necesita humildad para reconocer que a pesar de tener los ojos y los oídos abiertos, tenemos dificultad para ver como bueno todo lo que viene de su mano.  Por eso, si no acabamos de entender lo que quiere decirnos a través de los acontecimientos del día a día, es porque también somos ciegos y sordos, y necesitamos, como las gentes que hoy se acercaban a Él, que tenga misericordia de nosotros y nos ayude.

También tenemos peligro de caer en las manos del maligno. Él es muchísimo más sabio e inteligente que nosotros. Normalmente no notaremos su presencia en nuestra vida, porque sabe que lo rechazaremos si nos damos cuenta de que se trata de él. Todo lo que nos ofrece parece a simple vista bueno y nos lo da con palabras halagüeñas. Nos da siempre la razón. Difícilmente nos echa nada en cara. Sabe presentarnos las cosas de manera que cuando tomamos una decisión, creemos sinceramente que ha sido idea nuestra. De esta manera nos lleva de un lado para otro, sin que nos demos cuenta de que es él el que hace y deshace. Por todo esto, luchar con él es muy difícil, porque su manera sutil de actuar difícilmente lo delata.

Sin embargo, nada hay oculto a los ojos del Señor. Él ha venido a salvarnos, a librarnos de las garras del maligno. A defendernos de sus asechanzas y mentiras. Ha venido a darnos a conocer el amor del Padre que no tiene límite, y que, conociendo tu debilidad y la mía, nada nos exige para querernos. Acudamos, pues, al Señor, como lo hacían los habitantes de Cafarnaúm, con la seguridad de encontrar remedio a nuestras dolencias y perdón a nuestras faltas.

 

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«SÉ QUIÉN ERES: EL SANTO DE DIOS»

CITAS BÍBLICAS:  Dt 18, 15-20 * 1Cor 7, 32-35 * Mc 1, 21-28

El Señor Jesús da inicio a su misión. Ha venido a anunciar la llegada del Reino de Dios.  El Señor ya se lo había anunciado a Moisés muchos años antes: “Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. A quien  no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas”.

Jesús se encuentra en Cafarnaúm. Según su costumbre, el sábado se dirige a la sinagoga a enseñar.

La gente le escucha asombrada. Habla de un modo distinto. Su manera de enseñar es diferente a la que acostumbran los letrados y fariseos. Dicen que habla con autoridad.

Su misión queda definida a la perfección en la antífona que la liturgia nos ofrece en el Aleluya de la Misa: “El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una intensa luz; a los que habitaban en tierra y en sombras de muerte una luz les brilló”.

Cristo es esa luz. Cristo es el enviado del Padre, es el profeta del que habla la primera lectura. Ha venido a hacernos conocer el amor de un Dios, al que no importan nuestros desvaríos. Un Dios que nos ama en nuestras limitaciones y miserias. Un Dios que odia al pecado, pero que ama con locura al pecador.

Cristo nos habla con autoridad, y esa autoridad queda demostrada por las palabras que le dirige en la sinagoga el endemoniado: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios?”

Efectivamente, el espíritu inmundo que habitaba en aquel pobre hombre, conocía perfectamente a qué había venido el Señor. A acabar con su dominio.

Por el pecado, el maligno es nuestro dueño. Nos atenaza y nos obliga a hacer su voluntad. Nos esclaviza y  nos coloca bajo el dominio de la muerte.

El Señor viene a romper esa esclavitud. Viene a alumbrar a los que viven en tinieblas. A nosotros, que pedimos la vida a los ídolos, al dinero, a los afectos, a la salud... Viene a anunciarnos que el Reino de Dios ha llegado, y que con él llega también nuestra liberación.

¿Te lo crees? ¿Crees que él es el Profeta? ¿Crees que es el Hijo de Dios? ¿Crees que tú vives bajo el dominio del Mal? ¿Ves en Él al enviado del Padre que viene a salvarte? ¿Estás dispuesto a escucharle?

El Señor dice a Moisés en la primera lectura: “A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas.”

Seamos consecuentes. No cerremos los ojos. Aceptemos  que  no somos santos, que necesitamos su ayuda. Él está dispuesto a ayudarnos. Ese es el mandato que ha recibido del Padre.

 

 

 

DOMINGO III DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO III DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«VENID Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

CITAS BÍBLICAS: Jon 3, 1-5.10 * 1Cor 7, 29-31 * Mc 1, 14-20

Juan ha sido arrestado y el Señor Jesús se dirige a Galilea para anunciar allí la Buena Nueva. Va diciendo a las gentes: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia».

Juan en su predicación anunciaba la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Hoy el Señor anuncia que ese Reino ha llegado ya, que el plazo dispuesto por Dios-Padre se ha cumplido. Con el Señor Jesús llega la instauración del Reino de Dios, tanto tiempo anunciado por los profetas y esperado con ansia por el pueblo de Israel.

El Señor, como ya hizo Juan, llama a las gentes a conversión y llama a todos a escuchar la Buena Noticia del Reino. Esta llamada a conversión la realiza también hoy para cada uno de nosotros. Llamar a conversión significa llamar a reconocer que nuestra vida  discurre por caminos errados. Que estamos buscando la felicidad en los ídolos del mundo, cuando éstos no nos la pueden dar. Que pedimos a los afectos, al dinero, al sexo, a las diversiones, al trabajo, etc., que satisfagan los deseos de felicidad de nuestro corazón, sin lograr conseguirlo. Convertirnos es, pues, reconocer que en vano nos estamos fatigando.

Convertirnos es también, reconocer en aquel que nos llama, en el Señor Jesús, al único que puede llenar por completo nuestro corazón. El único que puede hacernos felices totalmente. Él pasa por nuestro lado, como lo hace en este evangelio junto a Andrés y Simón, y nos invita a seguirle, nos invita a ser sus discípulos.

Hoy, como ayer, Él tiene necesidad de que le ayudemos a propagar la Buena Noticia, porque ama a todos los hombres ya que por todos ha dado su vida. Necesita testigos que anuncien que está vivo y resucitado, que está dispuesto a ayudarnos en todos los acontecimientos de nuestra vida. Él es Señor de todo aquello que nos hace sufrir, enfermedades, problemas de padres con hijos y de hijos con padres, problemas en el trabajo, problemas familiares, etc., También es Señor de aquellos defectos personales, de aquellos vicios, que nos hacen sufrir y que procuramos que los demás desconozcan. Tu carácter, tu mal genio, tu avaricia, tus impulsos sexuales mal controlados, etc., etc. de todo esto, Él es Señor.

¿Y qué significa que es Señor? Que puede llegar donde tú no puedes llegar. Que puede ayudarte a superar todos estos problemas ante los que tú te sientes impotente. Ser discípulo es ser testigo de que todo esto es verdad, de que tiene poder para ayudarte, porque tú lo has experimentado en tu vida.

También hoy el Señor pasa por nuestro lado y nos invita a seguirle. Quiere hacer de nosotros pescadores de hombres. No nos confundamos, esta invitación no va dirigida únicamente a curas y frailes. Va dirigida a hombres y mujeres como tú y como yo, que están dispuestos a trabajar por la extensión del Reino de Dios, cada uno en su propio ambiente, en el trabajo, en la familia, con los amigos, etc. Tu misión como cristiano no se limita a venir a Misa, a dar limosna y a rezar tus oraciones. Un cristiano es aquel que trabaja para que los que lo rodean lleguen a conocer el amor de Dios, lleguen a conocer al Señor Jesús, el único que puede hacer que la vida del hombre en este mundo tenga sentido. Esto es ser pescadores de hombres, esto es ser discípulos del Señor.

Andrés y Simón dejan las redes. No tengas miedo en dejar todo aquello que te impide seguir al Señor, Él sabrá compensarte con creces.

 

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 3, 3b-10.19 * 1Cor 6, 13c-15ª.17-20 * Jn 1, 35-42

 

 En el evangelio de hoy san Juan nos dice que estando Juan con dos de sus discípulos, al ver pasar a Jesús, les dice: «Éste es el Cordero de Dios». Ellos, sin dudarlo, se ponen a seguir al Señor, que al darse cuenta se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos, a su vez, le dicen: «Rabí, ¿dónde moras?» A lo que el Señor les responde: «Venid y lo veréis». Le siguen y pasan con él el resto del día.

 

Uno de ellos es Andrés, hermano de Simón Pedro, que al encontrarse con su hermano se apresura a decirle: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y a continuación lo lleva ante Jesús. Éste al ver a Pedro se le queda mirando y le dice: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)». De esta manera empieza el Señor Jesús a elegir a sus discípulos.

 

En este fragmento de su evangelio, nos narra  san Juan cómo fue el encuentro del Señor con sus primeros discípulos. Nosotros, no podemos tomar este pasaje como una mera narración informativa. Hemos dicho repetidamente que la Palabra, cuando se proclama en la asamblea, viene a buscarnos a cada uno de una manera individual, porque quiere hacernos llegar la vida que ella encierra.

 

Hoy, por ejemplo, podemos pensar que a nosotros, que nos consideramos discípulos del Señor, es Él el que nos pregunta: «¿Qué buscáis?» Será muy interesante que intentemos responder a esta pregunta. ¿Qué busco yo cuando sigo al Señor Jesús? ¿Por qué le sigo? ¿Porque me han educado así? ¿Porque si no lo hago tengo miedo a condenarme? O, por el contrario ¿le sigo porque he descubierto que unido a Él todo en mi vida tiene sentido? O, ¿porque encuentro en Él al único que comprende mis debilidades y al único que no toma en cuenta mis faltas? Finalmente, nos podemos preguntar también: ¿Le sigo movido por el amor o por el miedo?

 

Dice san Juan que los dos discípulos preguntan al Señor: ¿Dónde vives?, y que Él se limita a decirles: «Venid y lo veréis». Fueron, lo vieron y se quedaron con él aquel día. Podemos preguntarnos ¿qué es lo que vieron los discípulos? ¿Qué les llamó la atención? Con toda seguridad, lo que vieron fue una forma distinta de vivir. Una forma de vida que les satisfizo plenamente, por eso, no dudaron en quedarse todo el día.

¿Sabes que la vida del cristiano a pesar de que tiene que cubrir las mismas necesidades vitales que los demás, es totalmente distinta? Existe una diferencia fundamental entre el cristiano y el que no lo es. La gente se agobia por los bienes materiales, en especial por el dinero. El cristiano sabe vivir en la riqueza y en la pobreza, en la abundancia y en la precariedad, porque tiene presente que Dios es su Padre, y que un padre nunca abandona a sus hijos, sino que está pronto a satisfacer sus necesidades. Por otra parte, el norte de la vida del cristiano es el amor, el perdón, la comprensión, que hace que su vida sea distinta a la de las demás. Por el contrario, en el mundo abunda el egoísmo que impide amar de verdad y perdonar de corazón. Finalmente, aunque en la vida del cristiano se dan los mismos acontecimientos negativos, las enfermedades, los fracasos, la muerte, etc., nunca aparece en ella la desesperación. Los sufrimientos de todo tipo se asumen sin perder la paz del corazón, mientras que en el resto del mundo, las personas se desesperan, caen en depresión y llegan hasta a quitarse la vida.

 

Los discípulos, pues, vieron una forma diferente de vivir la vida, que les encantó. Por eso no tuvieron prisa en marcharse y se quedaron con el Señor todo el día. También a nosotros el Señor nos invita a vivir junto a Él, de una manera distinta. Vivir la vida, vivir cada día como una gracia, como un don de Dios, que llame la atención de los demás y les haga encontrarse con el Señor Jesús.

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR  -B-

«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREFERIDO»

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mc 1, 7-11

En este domingo damos fin al Tiempo de Navidad. Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor. En la vida del Señor Jesús este acontecimiento supone el inicio de su vida pública. Significa esto el abandono de la vida tranquila de Nazaret, que ha sido la escuela en la que sus padres lo han ido educando en el amor de Dios, y lo han preparado para la misión que Dios-Padre había diseñado para Él.

Durante estos treinta años su vida ha sido la de cualquier otro miembro del Pueblo de Dios. Ha trabajado junto a su padre José para ganar el sustento de la familia. Ha acudido los sábados a la sinagoga para escuchar la Palabra y participar en la oración de la comunidad. Ha peregrinado todos los años a Jerusalén para celebrar la Pascua y ha tomado parte en las fiestas y acontecimientos familiares como cualquier otro miembro de la familia. Ha sido un niño totalmente normal que ha experimentado los problemas que acarrea el desarrollo físico, tanto en la pubertad, en la adolescencia como en la juventud. En nada se ha diferenciado de sus primos y de sus amigos, y ha vivido sumiso a María y a José, creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Hoy lo vemos dirigiéndose desde Nazaret en Galilea hacia el Jordán, donde su primo Juan está bautizando y llamando al pueblo a conversión, mientras anuncia la inminente manifestación del Mesías. Son muchísimos los que acuden a escuchar a Juan y a hacerse bautizar por él. Jesús se acerca como uno más y penetrando en el río es bautizado por Juan.

Dice san Marcos en el evangelio de hoy, que apenas Jesús sale del agua se rasga el cielo y baja sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras se oye una voz que dice: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido». Es la voz de Dios-Padre la que da testimonio de que aquel es el Mesías, de que aquel es su enviado para la salvación de todos los hombres.

También a nosotros nos llevaron un día a la Iglesia. Nos llevaron a la Pila Bautismal que era nuestro Jordán, y el Espíritu Santo sembró en nuestro interior la semilla de la fe, con capacidad de desarrollarse y hacer de nosotros hijos de Dios. En aquella ocasión no se escuchó físicamente la voz del Padre, pero tenemos la seguridad que también de sus labios brotaron para cada uno de nosotros estas palabras: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido».

Somos creyentes, decimos que somos cristianos, pero ¿somos capaces aquilatar lo que esto significa? ¿Que a ti y a mí, sin haber hecho ningún mérito por nuestra parte se nos conceda el honor más grande que pueda existir, y se nos eleve a la categoría de hijos De Dios? ¿Hay algún don superior a este? Hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. Esta es la obra del Padre en cada uno de nosotros, cuando el bautismo que recibimos alcanza su plenitud.

Tengamos en cuenta sin embargo, ya lo hemos repetido en distintas ocasiones, que el Bautismo no obra por arte de magia. El Bautismo requiere desarrollarse. Lo que nos dio la Iglesia el día en que nos bautizaron era una semilla, un embrión que requería cuidados para germinar, crecer, desarrollarse y dar fruto. Se nos bautizó en la fe de la Iglesia y se encargó a nuestros padres y padrinos, que cultivaran adecuadamente la semilla que el Espíritu Santo sembraba en nosotros.

¿Qué hemos de hacer para que nuestra fe crezca y se desarrolle? Iniciar un camino en el que la Iglesia nos lleve a revivir conscientemente cada una de las partes de nuestro Bautismo, y abrir los oídos a la Palabra de Dios que es la única que tiene poder para hacernos criaturas nuevas, hijos de Dios, como afirmó san Juan el domingo pasado: «A cuantos la recibieron (está hablando de la Palabra), les da poder para ser hijos de Dios».



 

DOMINGO II DE NAVIDAD -B-

DOMINGO II DE NAVIDAD  -B-

«LA PALABRA SE HIZO CARNE Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS»

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-2.8-12 * Ef 1, 3-6.15-18 * Jn 1, 1-18

El evangelio que se proclama hoy es un fragmento del principio del evangelio según san Juan. Todo él está centrado en la Palabra, o sea en la figura del Señor Jesús, que es la Palabra eterna del Padre. La Palabra de Dios no es como la nuestra. Nuestra palabra está formada por sonidos que no tienen consistencia alguna. Sin embargo, la Palabra de Dios tiene una entidad tal, que es el origen de una persona distinta del que la pronuncia, y esa persona nos es otra, que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo.

San Juan nos dice que todo el universo emergió de la nada por la fuerza de esa Palabra. Nada de lo que existe ha tenido otro origen. La vida surgió porque la Palabra es la vida misma y fue ella la que, por ser también la luz, disipó las tinieblas que cubrían el abismo.

Para nosotros, que vivimos sumergidos en las tinieblas a causa de pecado, ha brillado esa luz. Sin embargo, dirá san Juan en otra parte de su evangelio, nosotros, tú y yo, rechazamos la luz porque ella pone al descubierto nuestras miserias y pecados. No queremos que la luz ponga a la vista de todos, que somos débiles, que pecamos, que solo buscamos nuestra complacencia y todo aquello que nos hace destacar por encima de los demás.

Se cumple así lo que hoy nos dice el evangelio. «La Palabra, que era la luz verdadera, vino al mundo y en el mundo estaba… pero el mundo no la conoció». «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». No caigamos en la tentación de aplicar estas palabras al pueblo escogido por Dios, al pueblo hebreo. Ciertamente esta palabra se cumplió en aquella ocasión, en la que Israel no supo descubrir en el Señor Jesús, en la Palabra hecha carne, a su Mesías y Salvador. Sin embargo, como siempre hemos dicho, la Palabra es actual y tiene que hallar cumplimiento en cada generación.

Por eso, observamos cómo en la sociedad actual, cómo en naciones que han sido tradicionalmente cristianas, sus miembros están renegando de sus raíces y están volviendo la espalda a Dios, esforzándose por dar complacencia en todo al cuerpo y poniendo como centro de la vida al dinero.

Hablamos de la sociedad y de las naciones, dando la sensación de que todo queda un poco en las nubes, pero no es así. Somos tú y yo los que aceptamos sin rubor alguno que esa forma de vivir no nos desagrada. Estamos cansados de llevar sobre nosotros el yugo de la ley, y queremos vivir según nos dicta nuestro libre albedrío. Estamos endiosados y no toleramos que nadie nos diga qué es lo que debemos hacer. Y así, sin darnos cuenta, lo que hacemos es cerrar las puertas a la verdadera vida. Pero no nos engañemos. La Palabra es veraz y dice que: «A cuantos la reciben, a cuantos ven en ella la única forma de ser felices en este mundo, les da poder para ser hijos de Dios».

Éste es el gran regalo que nos brinda el Señor, cada vez que poniéndonos a la escucha de la Palabra, la guardamos en el corazón con la certeza de que tiene poder para cambiar nuestras vidas, haciendo de nosotros criaturas nuevas. Lo que nos ofrece el mundo es fugaz, no tiene consistencia, no permanece, es una felicidad pasajera y falsa. Por el contrario, lo que nos brinda la Palabra es seguro, es permanente, es veraz, porque esa Palabra es el mismo Hijo de Dios, que ha tomado nuestra carne y ha acampado entre nosotros.   

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

«EL NIÑO CRECÍA Y SE ROBUESTECÍA Y LA GRACIA DE DIOS LO ACOMPAÑABA»

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 22-40-37

En el domingo que cae dentro de la octava de Navidad, la Iglesia celebra la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

 Si siempre ha sido necesario hacer presente a la Familia de Nazaret, es hoy para la Iglesia una necesidad ineludible. La familia es para la Iglesia la garantía de su permanencia en el mundo. Esta afirmación parecerá a muchos exagerada, sin embargo, es así, porque así lo ha dispuesto Dios-Padre. En la plenitud de los tiempos, cuando el Señor consideró conveniente llevar a cumplimiento la promesa hecha a su pueblo, no fue otro el medio elegido para que la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, se encarnara. Dios eligió a una familia, para que su Hijo entrara en el mundo de la manera más adecuada.

 Sin la familia, no existiría la Iglesia, ya que el Señor ha dispuesto que sea ella el lugar idóneo en donde se geste y se transmita la fe. Esto es de sobra conocido por el Maligno, que en su lucha acérrima contra Dios, tiene en la familia el flanco adecuado para intentar destruir la obra del Señor que es la Iglesia. Destruida la familia cristiana, se destruiría al mismo tiempo el semillero de los hijos de Dios.

 Hemos citado al Maligno y es fácil que esto a más de uno le haga esbozar una sonrisa condescendiente. Hoy, incluso en el interior de la Iglesia, no se cree en el demonio, y esta es precisamente su mayor victoria. ¿Cómo se va a luchar contra alguien en el que no se cree? Sin embargo, ¿quién incitó al hombre a ocupar el lugar de Dios? ¿Quién ha sembrado en el interior del hombre la conveniencia e incluso la necesidad, de acabar con la vida de un ser indefenso en el seno de la madre? ¿Quién nos ha hecho dar un sinfín de razones para que aquellos matrimonios que encuentran dificultades para la vida en común, se rompan sin tener en cuenta el daño que se hace a los hijos? ¿Quién ha sembrado en el corazón del hombre el falso derecho a decidir sobre la orientación sexual y el género que quiera elegir para su vida? ¿Quién, con la excusa de defender la libertad personal, nos hace aceptar modelos de familia tales como aquellas que están formadas por dos hombres o por dos mujeres, negando el derecho de los hijos a tener un padre y una madre?  Todo esto son cargas de profundidad que el maligno coloca en la línea de flotación de la familia. Él ha convencido al hombre y a la mujer, de  que nadie de fuera debe decidir sobre su cuerpo. “Mi cuerpo es mío, y solo yo decido lo que es o no conveniente para él”.

 Lo peor de todo lo que llevamos dicho, lo más grave, es que esta manera de enfrentar la vida que solapadamente nos ofrece el maligno, va penetrando en aquellos que formamos parte de la Iglesia, de manera que acabamos considerando como normal lo que a los ojos de Dios es totalmente reprobable. Por eso, hoy, la Iglesia, nos hace dirigir la mirada hacia la que ha de ser modelo y paradigma de la familia y en especial de la familia cristiana. Nos muestra a la Santa Familia de Nazaret. Una familia en la que el amor es el lazo que da cohesión a la vida. Una familia en la que el padre hace presente a Dios ejerciendo la autoridad, como un servicio amoroso a los restantes miembros del grupo familiar. Jesús y María se someten a la autoridad, no al autoritarismo ni a la tiranía de José como cabeza de familia. Una familia en la que los padres enseñan al hijo a conocer y a amar al Padre del cielo. Una familia que además de la fe, se afana en transmitir al hijo los valores cívicos que harán de él un ciudadano ejemplar.

 Ese es el modelo a seguir por nuestras familias, que han de ser el lugar idóneo en el que deben crecer nuestros hijos para llegar a ser no solo miembros de la Iglesia, sino también miembros útiles a la sociedad.  

 

 

 

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO

DOMINGO IV DE ADVIENTO

«HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16 * Rom 16, 25-27 * Lc 1, 26-38-37

 

Llegamos al final del Adviento. Durante todo este tiempo litúrgico, tanto Isaías que es el profeta del Adviento, como Juan el Bautista que es el Precursor del Mesías, nos han invitado a estar expectantes porque el Señor llega. El Señor está cerca y viene a salvar lo que no tiene salvación. Nos han invitado también a convertirnos, a reconocer que nuestra existencia no lleva la dirección correcta, porque pedimos la vida y la felicidad a los ídolos del mundo que son incapaces de dárnoslas. Reconocer esto es indispensable para ser salvados. Si tú y yo no pensamos que necesitamos la salvación, de nada sirve que llegue el Señor.

Hoy nuestra salvación está más cerca que nunca. Es el ángel Gabriel el que anuncia a María, que la promesa de salvación que Dios-Padre hizo a Adán y Eva en el Paraíso, y que fue haciendo presente a través de la historia a los patriarcas y profetas, encuentra por fin su cumplimiento. Dios, como dice el salmo 97, «se ha acordado de su misericordia y su fidelidad en favor de Casa de Israel». Se ha acordado de ti y de mí haciendo que en el seno purísimo de María, empiece a formarse aquel que es el deseado de las naciones. Aquel que viene a restaurar lo que nuestro pecado ha destruido.

El pasaje da la anunciación y encarnación del Hijo de Dios en el seno de María, que hoy nos narra san Lucas, no es algo que solamente nos recuerda lo que ocurrió hace más de dos mil años. No es solo historia, es una realidad actual que arroja luz sobre la obra de salvación que Dios está llevando a cabo en cada uno de nosotros. En cuanto María da su conformidad a la obra que Dios ha proyectado realizar en ella, es el Espíritu Santo el que la cubre y hace que empiece a gestarse en su seno, el que será a la vez Hijo de Dios e hijo del hombre.

También nosotros somos fecundados cuando aceptamos y guardamos en nuestro corazón, la Palabra de la salvación, el Kerigma. Esta Palabra, cuando se nos predica y es aceptada por nosotros, actúa en nuestro interior de manera semejante al esperma, al semen que el hombre deposita en el cuerpo de la mujer. Tiene el poder de fecundarnos y de hacer que en el interior de nuestro hombre viejo, de nuestro hombre de pecado, empiece a gestarse una criatura nueva, un hijo de Dios.

Es posible que si eres lo suficientemente humilde como para reconocer tus defectos y tus muchos pecados, exclames como María: «¿Cómo será eso pues no conozco varón?». Dicho con otras palabras: ¿Cómo es posible que nazca en mí un hijo de Dios si yo sé que soy un egoísta, un soberbio, un lujurioso, que solo piensa en sí mismo y que es incapaz de hacer nada que no sea darse gusto en todo? El ángel nos responde como a María: Esto no va a ser obra tuya. Será obra del Espíritu Santo en ti. No te mires a ti mismo. Confía en el Señor, abandónate en sus manos y ten en cuenta que «para Dios nada hay imposible». 

Ante esto, a nosotros solo nos resta exclamar con María: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Es decir, es necesario que demos permiso a Dios para que lleve adelante su obra en nosotros. Él nunca violentará nuestra libertad, siempre podremos decirle que no nos interesa lo que nos ofrece. Lo que ocurre es que eso supone rechazar la auténtica felicidad. Aquella que el mundo no puede  proporcionarnos y que solo en Él encontraremos.