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DOMINGO XXX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXX DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN»

CITAS BÍBLICAS: Éx 22, 20-26 * 1Tes 1, 5c-10 * Mt 22, 34-40

El hombre siente la necesidad imperiosa de llegar a ser feliz. Esta necesidad condiciona de manera más o menos consciente todas sus obras. Quizá no nos demos cuenta, pero casi todo lo que hacemos persigue en último término satisfacer nuestro yo, de manera que en el fondo, en nuestros actos, buscamos el ser, el construirnos personalmente. Este impulso es totalmente normal, porque el deseo de felicidad lo llevamos grabado en nuestros genes. Para eso y no para otra cosa hemos sido creados. Para ser felices eternamente.

 

Lo que sucede es que al desaparecer de nuestra vida la figura del Creador, buscando la satisfacción personal, buscando la felicidad, nos pasamos la vida dando palos de ciego. Queremos decir que el hombre pasa su existencia pidiendo la felicidad a los ídolos del mundo. Pide la felicidad en primer lugar al dinero, luego a la salud, al trabajo, a la familia, a la afectividad, al sexo, etc., pero halla como resultado que nada de eso logra satisfacer su corazón.

 

Hoy, precisamente, es un fariseo el que se acerca al Señor Jesús para plantearle esta cuestión. Le formula la pregunta del millón: «Maestro,  le dice, ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Dicho de otra forma ¿qué hemos hacer para ser felices, para alcanzar la vida eterna? La respuesta del Señor es inmediata: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser».  Y luego añade:  El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

 

Con esta respuesta el Señor Jesús nos da la clave para encontrar la verdadera y única felicidad. Poner a Dios como al único, como al primero, y amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, es el único camino para lograr la felicidad total. Aquí en el mundo con las restricciones propias que conlleva nuestra condición de pecadores, y luego en la otra vida, la felicidad plena y absoluta por toda la eternidad.

 

No podía ser de otra manera. La razón de nuestra existencia no es otra. Contra lo que el mundo diga, contra la opinión de los ateos y agnósticos, tú y yo hemos sido creados para ser amados y para amar. Ser amados, por Aquel que nos dio la vida por amor, y amar, a Aquel que nos dio la existencia. Porque Él nos amó primero, podemos nosotros a la vez devolverle el amor. Por otra parte, y aquí llega el segundo mandamiento, si mi corazón rebosa del amor de Dios, que es el que me da la razón de ser, no habrá ningún impedimento para que ame a mi prójimo con la misma intensidad con que me amo yo.

 

El problema se presenta cuando tú y yo hacemos mal uso de la libertad que Dios nos ha regalado. Él, quiso hacernos libres porque no podía soportar que nosotros le amáramos a la fuerza. Nosotros, sin embargo, llevados por nuestro orgullo, quisimos asemejarnos a Él y decidir por nuestra cuenta aquello que nos era o no era, conveniente. Esta conducta rompió por completo el lazo que nos unía a Dios y que nos hacía experimentar la felicidad. Ahora, lejos de Aquel que nos dio la vida, pedimos a los ídolos del mundo que satisfagan nuestra hambre de ser felices, sin poder llegar a alcanzarlo.

 

Por eso, el Señor Jesús viene hoy en nuestra ayuda y nos recuerda que lo único que cuenta, lo único que nos hará felices, es arrojar lejos de nosotros esos ídolos que en vez de darnos la vida nos esclavizan, y volver a tener al Señor Dios como al único. Amarle con todo nuestro ser, y amar a aquellos que nos rodean con la misma intensidad con que nos amamos a nosotros mismos, colmará por completo el ansia de felicidad de nuestro corazón. Esta tarea, que para nosotros resulta imposible, Él la hará posible con la fuerza de su Espíritu, si de verdad nosotros lo deseamos.    

 

DOMINGO XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

«DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

 

Los escribas y fariseos, contrarios a la predicación del Señor, están al acecho intentando encontrar algo de que acusarle para dejarle en evidencia delante del pueblo. No encontrando nada al respecto, toman la iniciativa planteándole una cuestión casi insoluble humanamente.

Israel se encuentra bajo el dominio de los romanos. Esta situación supone para el pueblo la carga de tener que pagar impuestos a aquellos que les oprimen. Como es lógico los israelitas sienten odio hacia los romanos y no pueden aceptar de ningún modo esta obligación.

 

Los escribas y fariseos, aprovechando esta situación, plantean al Señor Jesús un dilema: «¿Es lícito pagar impuestos al César?» Ellos conocen la complejidad de la cuestión. Si el Señor dice que sí, automáticamente se granjea la repulsa de los que le siguen. Si dice que no, tienen un motivo grave para acusarle delante de las autoridades romanas, que no tardarán en detenerle.

 

El Señor se limita a pedirles la moneda con la que se pagan los impuestos. Ellos le muestran un denario. El Señor pregunta: «¿De quién es esta inscripción y a quién corresponde esta imagen?» Al César le responden. Entonces, les dice: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Ante la sabiduría que encierra esta respuesta, nada pueden objetar y se retiran.

 

Nosotros podemos preguntarnos: ¿Cuál es nuestra postura con relación a Dios y a nuestros deberes como miembros de la sociedad? ¿Somos conscientes de que debemos cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos? La Iglesia, basándose en la Escritura, reconoce que toda autoridad proviene de Dios. Por lo tanto, las leyes que la autoridad promulgue son para nosotros de obligado cumplimiento. ¿Todas?, nos preguntamos. No. Solo aquellas que estén de acuerdo con la ley de Dios o con la ley natural. Tenemos, pues, obligación de cumplir todas aquellas leyes que sean justas, que busquen el bien común y que respeten la ley natural que Dios ha grabado en el corazón del hombre.

Lo expuesto significa la prevalencia de la voluntad de Dios por encima de las leyes de los hombres. «Dad a Dios lo que es de Dios», dice el Señor Jesús. ¿Qué significa esto? Significa que por encima de toda ley humana está el precepto «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Toda norma, ley o decreto humano que no respete este precepto, debe ser rechazada por aquel que se considere cristiano.

 

Nos ha tocado vivir en una sociedad que está dando la espalda a Dios. Una sociedad desorientada, insensata y ególatra, de la que emanan leyes perversas que no respetan la vida, como las que se refieren al aborto o la eutanasia, que no defienden a la familia, y que presumen de ser legales, porque las han promulgado cámaras legislativas elegidas democráticamente. Normas tan absurdas y destructivas como las que emanan de la ideología de género, que defiende que el sexo no tiene su origen en la naturaleza, sino que es algo que cada individuo puede elegir siguiendo sus preferencias particulares.

 

Con todas estas leyes, contrarias a la ley natural, el hombre pretende ocupar el lugar de Dios. Ya no es Él el primero. Por tanto, no solo no deben ser acatadas por un cristiano, sino que tienen que ser combatidas.

 


DOMINGO XXVIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVIII DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«PORQUE MUCHOS SON LOS LLAMADOS Y POCOS LOS ESCOGIDOS»

CITAS BÍBLICAS:  Is 25, 6-10a * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

Hoy, como en semanas anteriores, el Señor Jesús mediante parábolas muestra a sus discípulos cómo es o a qué se asemeja el Reino de los Cielos.

Como ya hemos dicho en repetidas ocasiones, cuando el Señor alude al Reino de los Cielos, no está haciendo referencia a lo que nosotros conocemos como el cielo. El Reino de los Cielos, como dirá en otro evangelio, está en medio de nosotros, porque el Reino de los Cielos es precisamente su Iglesia. Es interesante, pues, que cuando oigamos estas parábolas, tengamos in mente que está refiriéndose al Reino de los Cielos aquí en la tierra que es su Iglesia.

Hoy compara a su Iglesia con un rey que celebra la boda de su hijo. Todo está a punto para el banquete. Solo faltan los invitados. Por eso, envía a sus criados para que comuniquen a aquellos a los que ha invitado, que se apresuren porque está todo ya dispuesto. Sin embrago, cuál no será su sorpresa cuando uno a uno van excusándose todos, porque tienen alguna obligación que cumplir, que les impide la asistencia. Incluso hay algunos llegan a maltratar a los enviados.

El rey monta en cólera y ordena a sus criados que salgan a los cruces de los caminos, para que inviten a todos aquellos que encuentren, malos y buenos, de manera que se llene la sala del banquete.

Esta parábola se refiere en un principio a la invitación que Dios-Padre hizo a través de la historia al pueblo elegido, para formar parte del Reino del Mesías. Sabemos ya su respuesta. No solo despreciaron tomar parte en Él, sino que atropellaron y mataron a los enviados, a los profetas. Esta actitud benefició a todos aquellos que no siendo miembros del Pueblo de Dios, los gentiles, respondieron a la invitación y tomaron parte en el banquete mesiánico. Entre ellos estamos tú y yo, como ya señalábamos la semana pasada. La obcecación y ceguera de la mayor parte del pueblo elegido, nos abrió a nosotros las puertas de la Iglesia, haciéndonos partícipes de los dones que hasta entonces solo habían disfrutado los miembros del pueblo hebreo.

Es necesario ser conscientes de que esta parábola, que en un principio iba dirigida a los escribas y fariseos y a todos aquellos que no supieron descubrir en el Señor Jesús al Mesías, tiene también hoy aplicación a nuestra vida. Como ya hemos dicho, tú y yo hemos sido llamados a formar parte de la Iglesia. El Señor ha dispuesto para nosotros la misión de anunciar y de hacer presente su Reino a través de nuestras vidas. Nos ha invitado a disfrutar de las bodas de su Hijo. Yo, sin embargo, me pregunto: ¿Cuál ha sido y sigue siendo nuestra respuesta? ¿Hemos sido dóciles a su llamada y estamos dispuestos a extender su reino para que otros lleguen a conocer su amor, o por el contrario, atendemos a nuestros negocios, familia, trabajo, diversión, etc., y dejamos de lado la misión que el Señor ha dejado en nuestras manos?

Con frecuencia no nos damos cuenta de lo que supone ser miembros de la Iglesia. Nos limitamos a cumplir con las prácticas de devoción. Vamos a misa, confesamos nuestros pecados de vez en cuando, colaboramos con mayor o menor entusiasmo en las colectas que se llevan a cabo durante el año, y poco más. En eso se resume nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana. Todo lo que hacemos tiene para nosotros solo la finalidad de alcanzar nuestra salvación. Esa manera de ser cristianos carece de proyección hacia el exterior, hacia los demás. Para eso no nos ha llamado el Señor a su Iglesia. El Señor nos ha llamado a ti y a mí, para que la salvación llegue también a aquellos que conviven con nosotros y que están alejados de su Iglesia. Es necesario que también a esos llegue la buena noticia. Es necesario que también esos lleguen a conocer cómo les ama el Señor. Mira, es posible que si tú y yo con nuestro comportamiento, con nuestro testimonio no hacemos que el Reino de Dios les alcance, nunca lleguen a enterarse del inmenso amor que Dios siente por ellos.

Ciertamente, para que todo esto sea una realidad, necesitamos fortalecer nuestra fe. Necesitamos ponernos a la escucha de la Palabra de Dios y atender a la predicación. Necesitamos mediante la oración pedir al Señor que nuestras obras de cada día estén siempre de acuerdo con su voluntad, de manera que no seamos escándalo para nadie. Nosotros, que somos débiles, necesitamos la fuerza del Espíritu Santo para llevar a cabo la misión a la que el Señor nos invita.

Sepamos, pues, responder a la llamada del Señor. No seamos como el invitado que no supo estar a la altura del banquete al que se le invitaba. Que por nuestra docilidad al aceptar la voluntad del Señor, seamos contados no solo entre los llamados, sino también entre los escogidos.

 



 

DOMINGO XXVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«LA PIEDRA QUE DESECHARON LOS ARQUITECTOS ES AHORA LA PIEDRA ANGULAR»

CITAS BÍBLICAS:  Is 5, 1-7 * Flp 4, 6-9 * Mt 21, 33-43

La parábola del evangelio de los viñadores homicidas, halla pleno cumplimiento en la figura del Señor Jesús. Dios-Padre para poder llevar a cabo la obra de salvación de todos los hombres, eligió a un pueblo, el pueblo de Israel. Lo trató con mimo exquisito. Le dio patriarcas y profetas. Lo sacó de la esclavitud de Egipto y le dio una tierra que, como dice la Escritura, era una tierra que manaba leche y miel.

Educó a Israel para que abandonando los ritos sacrificiales del resto de los pueblos, le diera culto en espíritu y verdad, de manera que lo fue llevando de los sacrificios rituales con animales, al verdadero sacrificio, a aquel que es el único que le agrada. Lo dice David en el salmo 40 «Mi sacrificio es un espíritu quebrantado. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias». 

  Desde el principio el Señor anunció a su pueblo la salvación, ya que el hombre por haber usado mal del don de la libertad que había recibido, había caído en el pecado, le había abandonado y había buscado la vida dando culto a los ídolos. Pero, como vemos, la respuesta del pueblo de Israel escribas y fariseos, al plan de salvación de Dios, estuvo muy lejos de dar los frutos que el Señor esperaba. Él había ido a través de la historia a buscar fruto a su viña, pero los labradores, aquellos estaban al frente de la misma para trabajarla, se negaron a dar los frutos a sus enviados los profetas, y, no contentos con ello, acabaron con sus vidas.

Por último, en la plenitud de los tiempos, envió a su propio Hijo, pero, como dice la parábola, lo agarraron, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Vemos en esta descripción la figura del Señor Jesús, maltratado, despreciado y arrojado fuera de Jerusalén para ser clavado en una cruz.

Llega el momento de preguntarnos, ¿cómo es nuestra actitud? También nosotros formamos parte de la viña del Señor. Él nos ha llamado a formar parte de su Iglesia, y ¿cuál es con frecuencia nuestra respuesta ante los mimos y cuidados del Señor? ¿No usamos también los dones y beneficios que recibimos de sus manos, solo en nuestro provecho en vez de usarlos para bien de los que nos rodean? ¿Cuántas veces organizamos nuestra vida según nuestras conveniencias sin tener en cuenta al Señor?

Somos también como aquellos constructores, arquitectos, los llama el Señor, que en vez de edificar nuestra vida sobre la roca firme que es Él, la construimos sobre arena, sobre cosas materiales que no tienen consistencia y que cuando llegan las dificultades hacen que se derrumbe como un castillo de naipes.

El Señor dice a los escribas y fariseos: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». Esto ya ha ocurrido en la historia. Si tú y yo estamos ahora en la Iglesia, que es el reino de los cielos aquí en la tierra, se debe a que el pueblo elegido por Dios no ha reconocido en el Señor Jesús al Mesías enviado por el Padre. Dice san Pablo que, hasta el día de hoy, un velo cubre sus mentes. Somos, pues, los beneficiarios de esta ceguera momentánea que sufre el pueblo de Israel, y que supone un tiempo de gracia para los gentiles, para ti y para mí. Sin embargo, hemos de tener presente que la historia se puede repetir. Se nos puede quitar el Reino. Hemos de pedir por tanto al Señor, la fuerza de su Espíritu para mantenernos fieles y poder dar así los frutos que Él espera de nosotros. 


 

DOMINGO XXVI DE TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXVI DE TIEMPO ORDINARIO

"LOS PUBLICANOS Y LAS PROTITUTAS OS LLEVAN LA DELANTERA EN EL REINO DE DIOS"

CITAS BÍBLICAS: Ez 18, 25-28 * Flp 2, 1-11 * Mt 21, 28-32

Hoy, para empezar, podríamos hacernos las siguientes preguntas: ¿Cómo vivo yo mi vida de fe? ¿Cuál es mi actitud ante lo que el Señor y la Iglesia me piden?

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, para ayudarnos a responder a estas cuestiones, nos presenta una parábola. Un padre, figura de Dios-Padre, llama a uno de sus hijos y le manda ir a trabajar a la viña. La reacción del hijo es inmediata: «No quiero». Sin embargo, al cabo de un rato recapacita y sin decir nada, obedece a su padre y va a la viña.

El padre llama a su otro hijo y le hace el mismo encargo. La respuesta de este hijo es totalmente diferente a la de su hermano: «Voy, señor», pero sin embargo, todo se queda en palabras porque en realidad, no va.

¿En cuál de los dos hijos ves reflejada tu vida? ¿Eres de los que siempre reniegan, que todo les parece mal, pero que al final obedecen? O más bien, ¿eres de los que no osan replicar, y que aparentemente todo les parece bien, pero al final hacen lo que les da la gana?

Son dos actitudes diametralmente opuestas. ¿Cuál es tu actitud frente a lo que es la voluntad del Señor? ¿Protestas y todo te parece absurdo, pero al final acomodas tu vida a lo que es voluntad del Señor? o por el contrario, ¿aparentemente eres fiel en el cumplimiento de la ley, pero vives tu vida  y todo lo que muestras ante los demás es mera fachada?

En resumen, ¿eres sincero como el primer hijo y respondes con aquello que nace de tu corazón? o ¿te acomodas a las circunstancias y aparentas una bondad y una buena disposición que están muy lejos de reflejar lo que realmente eres?

El Señor aterriza la palabra contraponiendo la actitud de los escribas y fariseos con la de las prostitutas y los publicanos. Los primeros, son aparentemente religiosos y cumplidores de la ley hasta en sus menores detalles, pero sin embargo esa manera de comportarse no va más allá de las apariencias. Dentro están llenos de rapiña, de orgullo, de lascivia. El Señor Jesús en otro pasaje del evangelio les llamará «sepulcros blanqueados», muy hermosos por fuera pero dentro llenos de podredumbre y de miseria. Representan al hijo que no discute la orden del padre, pero que luego no la lleva a la práctica.

Los segundos, prostitutas y publicanos, son gente para los que no existe salvación posible. Se han puesto la ley por montera y viven su vida por completo al margen de la misma. Son los que dicen: «no quiero». Sin embargo, no están ciegos a su realidad. A diferencia de los escribas y fariseos, tienen presente su condición de pecadores. Por eso, su actitud interior es la del publicano de la parábola, que se ve indigno de entrar en el templo, y desde la puerta, golpeándose el pecho exclama: «Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador»

 Ésta es la actitud que agrada al Señor. No le importan nuestras rebeldías. El conoce nuestras miserias y pecados y se alegra cuando nosotros nos humillamos ante Él, reconociendo nuestras faltas. Se entiende ahora que, dirigiéndose a los escribas y fariseos, el Señor les diga: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas o llevan la delantera en el camino del Reino de Dios».



DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS Y LOS PRIMEROS LOS ÚLTIMOS

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 55, 6-9 * Flp 1, 20c-24.27a * Mt 20, 1-16

 

La parábola que hoy nos propone el Señor Jesús, la del propietario que envía trabajadores a su viña, debe hacernos meditar sobre nuestra actitud en lo que se refiere a nuestra situación dentro de la Iglesia.

Aquellos que desde nuestra niñez hemos estado dentro de la Iglesia, corremos el peligro de creernos con derecho a juzgar a los que han vivido su vida al margen de la misma. Por eso es fácil que no acabemos de entender el comportamiento del propietario de la parábola, con los que solo han trabajado un breve espacio de tiempo al final del día.

Conocí a un hermano, ya mayor, profundamente religioso, que se había esforzado durante toda su vida intentando cumplir la ley de Dios, que cuando se le explicaba esta parábola exclamaba fuera de sí: “¿Para eso me he estado fastidiando toda la vida?”. Dicho de otra manera, ¿van a tener la misma paga aquellos que han vivido su existencia al margen de los Mandamientos, que yo que me he reprimido y me he fastidiado durante toda la vida, privándome de todos los placeres? Hablaba así, porque no había sabido disfrutar de los dones que el Señor le había estado regalando. Para él todo habían sido cargas y obligaciones. 

Esta misma reacción es la de los trabajadores que han soportado todo el peso del día con su calor, al ver que el capataz les entrega el mismo salario que a aquellos que han acudido a la viña a última hora de la tarde. Pretenden que el dueño reconozca su esfuerzo, abonándoles una cantidad mayor. Quizá también nosotros consideremos que es injusta la manera de actuar del dueño de la viña. ¡Qué falta de consideración, pensamos, con aquellos que se han esforzado trabajando todo el día!

¿Cómo interpretar el significado de esta parábola? Veamos. El propietario de la viña es figura de Dios-Padre. La viña es la Iglesia y los trabajadores de la viña somos los llamados a formar parte de la misma. El salario que Dios-Padre paga a los que trabajan en ella es la vida eterna. Se entiende ahora que el Señor pague por igual a todos los trabajadores. La vida eterna es única. Dios no puede dar a unos más cantidad de vida eterna que a otros.

Dios-Padre no hace distinción entre los llamados a primera hora y aquellos que lo son al final de su vida. Sin embargo, entre unos y otros existe una diferencia notable, que depende de cómo considere cada uno su trabajo en la viña, su trabajo en la Iglesia. Para aquellos que descubran que es la mejor forma de vida, que es un regalo del Señor poder vivirla de una manera diferente a la que propone el mundo, y que esta forma de vivir les ha reportado felicidad, paz interior y aceptación de toda clase de acontecimientos, el trabajo en la viña es un trabajo gratificante que llena por completo la existencia.

Esta experiencia no la han tenido los que han llegado a la viña al caer de la tarde. Ellos han tenido una vida azarosa y con muchos sufrimientos, y han encontrado por fin en la Iglesia la paz interior y la felicidad que no ha sido capaz de darles el mundo. Como vemos la paga para unos y para los otros es la misma.

Es consolador comprobar que el dueño de la viña, Dios-Padre, llama continuamente a los hombres a vivir en su Iglesia sin tener en cuenta ni edad ni condición. Nadie queda excluido de tener un encuentro personal con Él. Lo único indispensable es atender a su llamada.      

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

LA CRUZ NOS MUESTRA EL ROSTRO RADIANTE DEL PADRE

 

CITAS BÍBLCAS: Núm 21, 4b-9 * Flp 2, 6-11 * Jn 3, 13-17

Como la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz coincide con el domingo XXIV de tiempo ordinario, la liturgia de la Iglesia celebra hoy esta fiesta del Señor.

 

Cristo en la Cruz es, como dice san Pablo, «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles». Cristo en la Cruz abandonado por todos. Sólo, solo hasta el extremo de sentirse abandonado por su mismo Padre, es, para los llamados, (para nosotros), siguiendo las palabras de san Pablo, lo mismo para judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

 

Esto es precisamente lo que celebra la Iglesia en este día. La victoria de la Cruz. Pero no una victoria abstracta y etérea, una victoria real, porque en esa Cruz quedó destruido el pecado y con el pecado la muerte.

 

Cuando hablamos de aceptar la cruz, aquellos que nos escuchan pueden considerar que lo que decimos, es el resultado de una actitud cobarde porque con la excusa de que la cruz es necesaria, nos resignamos y la aceptamos como algo inevitable, no siendo capaces de rebelarnos contra todo aquello que nos hace sufrir y que nos impide ser felices. Piensan que aceptamos la cruz porque no tenemos otro remedio, porque no tenemos el valor de afrontar los hechos, evitando todo aquello que nos hace daño.

 

Ellos no distinguen entre aceptación y resignación. El cristiano ante la cruz no se resigna, la acepta como voluntad de Dios. Resignarse es sinónimo de aguantarse. Equivale a soportar la adversidad de una manera un tanto cobarde, sin osar rebelarse, y sin ser capaz de levantar la voz para protestar. Es algo que resume perfectamente la frase popular: "Sin derecho al pataleo”. En esta actitud no cabe la alegría.

 

La razón de que se juzgue así la actitud del cristiano ante la cruz, hay que buscarla en el desconocimiento que el mundo tiene de la función de la cruz en la vida de todo hombre. Para el mundo, la cruz es algo de lo que hay que huir. Es algo que hay que evitar a toda costa. La cruz destruye. La cruz aplasta. De la cruz no puede deducirse nada bueno. Así piensa el mundo, por eso no entiende ni acepta que el cristiano vea en ella, el amor de Dios-Padre hacia su criatura.

 

Tener iluminada la cruz, conocer su significado, saber las razones por las que aparece en la vida, no es algo a lo que se pueda llegar con nuestra inteligencia. Todo lo que la cruz representa en nuestra vida lo sabemos por la revelación. La mente del hombre no es capaz de descubrir que algo que destruye, que muchas veces lleva a la desesperación, que es insoportable, sea el camino que conduce a la felicidad y la paz. Ocurre lo mismo cuando se piensa en la muerte. Si no se nos revela, ¿cómo podemos deducir que la muerte es puerta que se abre a la vida en plenitud?

 

Tanto para el cristiano como para el que no lo es, la cruz es una realidad ineludible. La aceptemos, la rechacemos o huyamos de ella, está siempre presente en la vida del hombre. Lo queramos o no, no podemos escapar de la enfermedad, del sufrimiento, de los problemas familiares, laborales, económicos o de convivencia. Las cosas no son casi nunca como nosotros las desearíamos. Los de fuera achacan estos problemas al azar, a la mala suerte o al destino. El cristiano, por el contrario, conoce cuál es el origen del mal, de las injusticias, de los atropellos. El cristiano sabe que ha sido el pecado del hombre, el tuyo y el mío, el que ha roto el plan de Dios y como consecuencia ha hecho que el mal apareciera en el mundo.

 

El cristiano, decíamos antes, ante la cruz no se resigna, sino que la acepta como un regalo del Señor. El cristiano sabe por experiencia, que la cruz no es losa que aplasta, sino que es cauce que lleva al encuentro con el Señor. El cristiano sabe que cuando se encuentra con acontecimientos imposibles de asumir, que le desbordan por completo, que superan con creces todas sus fuerzas, al invocar al Señor, se abren caminos insospechados que le permiten poder caminar sobre aguas encrespadas, como Pedro, cuando camina sobre el mar con los ojos puestos en el Señor Jesús. El cristiano sabe que si en su vida no apareciera la cruz, no podría tener experiencia de la presencia continua de Dios y de su poder. Finalmente, el cristiano no teme a la cruz, porque sabe que el Señor está vivo y resucitado, que como en el camino a Emaús está siempre a su lado dispuesto a echarle una mano, para que a diferencia de lo que sucede en el mundo, aquello que a todos aplasta, se transforme para él en cruz gloriosa en donde experimente el inmenso amor de Dios.

«LO QUE ATÉIS EN LA TIERRA QUEDARÁ ATADO EN EL CIELO »

 

CITAS BÍBLICAS:  Ez 33,7-9 * Rm 13, 8-10 * Mt 18, 15-20

 

El mandamiento principal de la ley es el amor. Amar no supone únicamente querer al hermano aceptando sus deficiencias y pecados. Amar supone también lo que se conoce como la corrección fraterna. Si tu hermano hace las cosas mal, se equivoca, callar no es precisamente una demostración del amor que le profesas.

 

           Con frecuencia tenemos una idea equivocada de lo que es amar al hermano. En unas ocasiones callamos ante lo que hace mal, movidos por una afectividad enfermiza. Tenemos miedo a que por decir la verdad, podamos perder su aprecio. En otras ocasiones pensamos que el amor se debe manifestar aceptando y dando como bueno todo lo que el hermano haga. Nos han hablado del Siervo de Yahvé que carga con los pecados de los demás, sin que de su boca salga ni una sola queja, y nosotros queremos hacer lo mismo, callando incluso ante situaciones injustas que dañan a otros hermanos. El Siervo de Yahvé nunca renunció a decir la verdad.

 

Amar al hermano implica corregirle con amor en todos sus errores. Es necesario no renunciar nunca a la verdad, pero también es necesario tener en cuenta que con la verdad en la mano, podemos hacer mucho daño al otro. Esto significa no utilizar nunca la verdad como arma arrojadiza, sino que, la corrección, sea una muestra del amor que le profesamos.

 

Hoy es el Señor Jesús el que en el evangelio puntualiza cómo debemos tratar al hermano cuando peca. El primer paso, corregirle en privado. No ponerlo en evidencia delante de los demás. Tratar el asunto con delicadeza pero con firmeza, haciéndole ver su falta, no para dejarlo en mal lugar, sino tratando de ayudarle a salir de su error. En esa forma de actuar queda claro que el motivo que mueve a la corrección no es otro que el amor que se profesa al hermano. Si se empecina y no quiere salir de su error, es cuando hay que recurrir a otros hermanos e incluso a la comunidad, pudiendo llegar a excluirlo de la misma. Pero insistimos, no para hacerle daño, sino para ayudarle. El Señor añade: «Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo». Demuestra de este modo su presencia constante en la comunidad, identificándose con las decisiones que ésta tome.

 

Al final del evangelio el Señor Jesús nos invita a la oración comunitaria. Sin duda, la oración personal es importantísima, pero tiene mucha más fuerza y es más eficaz la oración comunitaria: «Os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo». ¿Por qué?, preguntamos, «porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice el Señor.

 

Hemos dicho con frecuencia que el Señor resucitado está siempre presente en su Iglesia. Que no nos ha dejado abandonados a nuestra suerte al ascender a los cielos. Hoy, es Él mismo el que nos asegura su presencia real en medio de nosotros, cada vez que dos o más estamos reunidos en su nombre. No se trata de una ilusión, es la certeza que nos proporciona su palabra que es veraz, y que halla siempre cumplimiento.