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DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«GUARDAOS DE TODA CODICIA...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ecle 1, 2; 2, 21-23 * Col 3, 1-5.9-11 * Lc 12, 13-21

El evangelio de hoy está centrado en un tema que quizá es el motor de toda la actividad humana. Se trata de nuestra relación con las riquezas y por tanto con el dinero.

San Lucas nos presenta la siguiente escena. Un hombre se acerca a Jesús para hacerle una petición: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia». No es difícil adivinar el problema que tiene este hombre. Su hermano se ha apoderado de toda la herencia de su padre y lo ha dejado a él en la miseria. Visto así, es lógico que pensemos que solo exige aquello que en justicia le pertenece. Por tanto, podemos pensar que la petición que hace a Jesús es del todo justa.

Hemos de darnos cuenta de que nuestro juicio sobre este particular se basa en las apariencias. No es esa la visión del Señor. El Señor ve mucho más allá porque penetra el corazón del hombre y, por tanto, no aprueba el comportamiento de ninguno de los dos hermanos. Es consciente de que los dos se mueven por un amor desmedido a las riquezas. El primero de ellos no ha tenido inconveniente en dejar a su hermano en la miseria, porque por encima de los lazos de sangre está su amor al dinero. Al segundo, por la misma razón, no le importa en dejar a su hermano en evidencia delante de todos acusándole de ladrón.

El Señor Jesús aprovecha la ocasión y tomando pie de estos acontecimientos dice a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Luego, para aclarar más aún el tema, les propone una parábola.

Un hombre rico, previendo que su cosecha va a ser extraordinaria hasta el punto de no poder almacenarla en sus graneros, decide derribarlos y construir otros nuevos de mayor capacidad. Su deseo es poder decirse a sí mismo contemplando sus riquezas: “Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años. Come, bebe, y date buena vida”. Pero Dios le dice: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?»

No está lejos de nosotros el comportamiento de estos dos hermanos. Ya hemos dicho al principio que el motor que mueve la vida del hombre, no es otro que el gran aprecio que tiene a los bienes materiales, representados fundamentalmente por el dinero. También nosotros, aunque no siempre lo reconozcamos, nos movemos por el interés.

La razón de este comportamiento es evidente. Desterrado de nuestro corazón por el pecado el amor de Dios, único capaz de satisfacer nuestras ansias de felicidad, pretendemos llenar el hueco que ha dejado mediante las riquezas y los bienes materiales. Lo que ocurre, y esto hemos de considerarlo como una gracia del Señor, es que nada hay capaz de sustituir al amor de Dios. Todo son sucedáneos incapaces de llenarnos plenamente y que, cuando por fin los conseguimos, en vez de satisfacernos, provocan un deseo incontrolable de conseguir muchas más. Así se explica que aquellos que logran tener grandes fortunas, no se conformen con ellas y sientan un desmedido afán y una gran avidez en hacerlas crecer continuamente. Ese es el castigo que llevan consigo para el hombre las riquezas. Una continua insatisfacción y la evidencia de que, como dice el Señor en otro lugar, la vida y la felicidad no están aseguradas por las riquezas.

No seamos, por tanto, necios. Disfrutemos de los bienes que el Señor nos concede y no dejemos que nuestro corazón se apegue a ellos. La mejor forma de conseguirlo consiste en compartirlos generosamente, ya que es mucho mayor la felicidad que se alcanza cuando se da, que cuando se recibe.


DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 20-32 * Col 2, 12-14 * Lc 11, 1-13

La semana pasada hablábamos de la importancia de la oración y de cómo el Señor Jesús buscaba momentos de intimidad con el Padre. Hoy, precisamente, san Lucas nos habla de uno de esos momentos y de cómo los discípulos, viéndole en oración, le piden que les enseñe a orar.

El regalo que el Señor les va a hacer, tanto a ellos como a nosotros, tiene un valor inconmensurable, pues se trata, ni más ni menos, que de la entrega del Padrenuestro. Una oración que, sin duda, recitamos en muchísimas ocasiones durante nuestra vida, pero, seguramente, sin ser demasiado conscientes de lo que decimos. Veámoslo con un poco de detenimiento.

En el Antiguo Testamento, que es para nosotros la historia con la que Dios ha llevado a los hombres a la salvación, el Pueblo de Israel, al referirse a Dios, lo hace dándole el título de Padre, pero más bien de una manera colectiva e histórica, pero no tanto de manera personal.

Hoy, el Señor Jesús es el que nos enseña a dirigirnos a Dios con el título de Padre. Algo totalmente incomprensible para nuestra mentalidad. ¿Cómo es posible que el propio Señor, a nosotros, infieles y pecadores, nos enseñe no sólo a considerarnos hijos de Dios, sino a dirigirnos a Él llamándole Padre? Si no fuera porque es el mismo Hijo el que nos enseña a dirigirnos a Dios como padre, hacerlo sería un verdadero atrevimiento.

El Señor nos enseña, también, a ponernos ante nuestro Padre-Dios sin temor a ocultar nuestra condición de pecadores. Es más, siendo conscientes de nuestra debilidad, nos invita a acudir a Él, para que, perdonando nuestras culpas, nos ayude a no caer en tentación.

Después de enseñarnos el padrenuestro, el Señor Jesús pone una parábola para darnos a conocer cómo debemos rezar. Nuestra oración ha de ser confiada e insistente. El personaje que pide los tres panes sabe de antemano que su amigo acabará ayudándole, a pesar de la hora intempestiva y de las circunstancias en las que él le pide ayuda. Ha de ser también insistente. Es necesario poner de manifiesto que aquello que pedimos tiene gran importancia para nuestra vida.

Muchas veces nos da la sensación de que el Señor pone oídos sordos ante nuestra plegaria. Sin embargo, eso no es así. Lo que ocurre es que el Señor nos pone a prueba para comprobar hasta qué punto llega nuestro interés, y hasta qué punto necesitamos lo que pedimos. Si el protagonista de la parábola se hubiera dado por vencido ante las primeras negativas de su amigo, nunca hubiera conseguido que le ayudara. Por eso, necesitamos, por una parte, acercarnos al Señor con la confianza de que obtendremos lo que pedimos, y por otra, hemos de pedirlo con insistencia.

Si Dios es nuestro Padre, como nos lo ha enseñado el Señor Jesús, ¿cómo, conociendo nuestras necesidades va a negarnos su ayuda? Lo que ocurre es que dudamos de la fuerza de la oración y también del entrañable amor que siente por nosotros nuestro Padre.

El Señor pone en nuestras manos un arma poderosa, la oración. Seguramente no acabamos de valorar la fuerza y la importancia que tiene. Baste recordar, como lo demuestran varios pasajes de la Escritura, que es lo único capaz de hacer que el Señor cambie sus planes para con nosotros. La oración todo puede alcanzarlo, y más, si se hace con confianza y a la vez con insistencia.    

 

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«MARÍA HA ESCOGIDO LA PARTE MEJOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 1-10ª * Col 1, 24-28 * Lc 10, 38-42 

San Lucas nos presenta a Jesús en Betania en casa de Lázaro y de sus hermanas Marta y María, en donde suele descansar cuando se encuentra en Jerusalén. En esta ocasión, el evangelista nos dice que, ha sido Marta la que lo ha acogido.

Podemos imaginarnos al Señor sentado en el patio de la casa disfrutando de unos momentos de descanso. Sentada a sus pies se encuentra María que no pierde detalle de lo que dice Jesús. Entre tanto, Marta, va de acá para allá dirigiendo a la servidumbre y preparándolo todo con el fin de agasajar lo mejor posible al Maestro. Está nerviosa y pasa una y otra vez dejándose ver, como diríamos en lenguaje taurino, pero sin conseguir lo que pretende, pues desea que su hermana María le ayude a prepararlo todo.

En vista de que María no se da por aludida, tira por la calle de en medio y sin más dice a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano». Sin duda, pensaremos que Marta tiene toda la razón, ya que la actitud de María no es, precisamente, la más correcta. Sin embargo, no es esa la opinión del Señor que, cariñosamente, da a Marta un buen tirón de orejas. «Marta, Marta, le contesta: andas inquieta y nerviosa por tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán».

La tradición ha querido ver en estas dos hermanas las dos facetas de la vida cristiana: la acción y la oración. O, dicho de otro modo: la vida activa y la vida contemplativa. Si embargo esto no es del todo exacto, ya que, en la vida de fe, en la vida cristiana, la acción y la oración son complementarias y no pueden darse la una sin la otra. No pueden permanecer separadas.

Si nos fijamos en lo que referente a Jesús nos dice el Evangelio, comprobaremos que la vida del Señor es muy activa, ya que anda sin parar de un lugar para otro anunciando la llegada del Reino de Dios. Sin embargo, en diferentes ocasiones, los evangelistas nos muestran al Señor retirándose a un lugar apartado para entregarse a la oración. Necesita alimentar su espíritu, ponerse en contacto con el Padre a fin de recibir la fuerza necesaria para continuar su misión.

La tentación que muchas veces tenemos los que trabajamos en las distintas actividades que se llevan a cabo en la Iglesia, es dedicarnos en exceso a la acción, en detrimento de nuestra vida interior. Es estupendo colaborar con Caritas, visitar enfermos, dar catequesis, prestar ayuda a la Parroquia en distintos aspectos, etc., pero sin olvidar que es preciso buscar momentos de soledad para compartirlos con el Señor, que es el que nos da la fuerza para seguir trabajando. La acción por la acción acaba quemando al que la practica.

«María ha escogido la parte mejor». ¿Por qué? Podemos preguntarnos. Porque es imposible vivir una intensa vida interior a través de la oración, sin que automáticamente aparezcan las obras de misericordia, las obras de vida eterna. Amar al enemigo, perdonar sin condiciones las ofensas, prestar ayuda material o moral al que la necesita, estar siempre dispuestos a echar una mano al necesitado sin esperar recompensa, etc., Resumiendo: «amando al prójimo como a uno mismo». Eso es lo que nos decía el Señor la semana pasada: «Ve, y haz tú lo mismo». Pero todo esto es imposible para nosotros sin el substrato de la oración. Nada podemos hacer si no recibimos la ayuda de lo alto. María sabía muy bien lo que había escogido.


DIMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DIMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 30, 10-14 * Col 1, 15-20 * Lc 10, 25-37

Nos dice el evangelista san Lucas que un letrado, queriendo poner al Señor a prueba, le hace una pregunta primordial: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» Por toda respuesta, el Señor Jesús, sabiendo que tiene delante a un conocedor de la Ley, le hace a su vez otra pregunta: «¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees?» El letrado, sin dudar, responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» La respuesta del Señor no se hace esperar: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida»

Vemos, pues, que, por voluntad de Dios, tu felicidad y la mía, se apoyan en dos pivotes: el amor a Dios y el amor al prójimo. Dos pivotes que son indispensables para conseguir el objetivo y que son, a la vez, complementarios, ya que no puede darse el uno sin el otro. Es imposible amar con todo el corazón a Dios y no hacer lo mismo con el prójimo. De la misma manera, todo aquel que ame al prójimo como a sí mismo, es imposible que no ame a Dios con todo el corazón. El amor al prójimo, al que ves, como dice san Juan en su primera carta, lleva necesariamente al amor a Dios, al que no ves. De la misma manera el amor a Dios da como fruto el amor al prójimo.

En amar al Señor con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo, radica la razón de nuestra propia existencia. Hemos sido creados por Dios por amor, para experimentar su amor y a la vez poder amarle con todo nuestro ser. En esto se basa tu felicidad y la mía.

El amor es algo que no puede darse cuando sólo existe una persona. Queremos decir que para que pueda darse el amor son necesarias por lo menos dos personas. Por eso el Señor no nos creó como seres individualistas, sino que nos hizo seres sociales. Quiso que su amor, el amor que tú y yo experimentamos en el corazón, lo compartiéramos con los demás. Por eso, si quieres saber hasta qué punto amas a Dios, fíjate primero si amas a tu prójimo. San Juan expresa esto con una gran sabiduría, cuando en su primera carta afirma: «Quien dice “yo amo a Dios” y odia a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, cómo puede amar a Dios a quien no ve».,   

El evangelio continúa diciendo que, el letrado, queriendo aparecer como justo, pregunta al Señor: «¿Y quién es mi prójimo?» Para responder adecuadamente a esta pregunta, el Señor le expone la parábola del Buen Samaritano y al final le pregunta: ¿Quién de los tres, el levita, el sacerdote o el samaritano, se portó como prójimo de aquel que había caído en manos de los bandidos? El letrado responde: «El que practicó la misericordia con él». Dícele entonces Jesús: «Anda, haz tú lo mismo».

Hoy, es a nosotros a los que el Señor Jesús dice: «Anda, haz tú lo mismo», muestra también tú, misericordia hacia tu prójimo. Seguramente también te preguntes ¿a quién debo considerar mi prójimo? ¿A mi mujer, a mis hijos, a mis familiares y amigos, a mis vecinos…? Fíjate que el samaritano de la parábola no conocía para nada a aquel hombre al que prestaba su ayuda. Es más, el que había caído en manos de los bandidos era su enemigo, ya que los samaritanos, por motivos de religión, consideran enemigos a los judíos. Esta situación, sin embargo, no fue motivo para negarle su ayuda mostrando misericordia hacia él. Está claro, pues, que tu prójimo, es todo aquel que, conocido o desconocido, y en cualquier circunstancia, necesita de tu ayuda en un momento dado. Aquella frase que dice: “Haz siempre el bien, sin mirar a quien”, está claro que resume perfectamente cuál ha de ser nuestro comportamiento con los demás.


DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«ID Y ANUNCIAD A TODAS LAS GENTES: ESTÁ CERCA DE VOSOTROS EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 10-14c * Gál 6, 14-18 * Lc 10, 1-12.17-20

Este evangelio es para nosotros de gran actualidad. El Señor Jesús elige a aquellos que van a ser sus colaboradores inmediatos en la misión que le ha encomendado el Padre: el anuncio de la Buena Nueva a toda la creación. Su encarnación no tiene otra finalidad que la de hacer llegar a todos los hombres, la gran noticia de que el amor del Padre, a pesar de los pecados de la humanidad, también de los tuyos y los míos, está por encima de toda transgresión. Que Él, a diferencia de lo que nosotros solemos hacer, no se reserva la nota de cargo para presentarnos un día la factura de todo lo malo que hayamos hecho.

Era necesario, pues, que, en aquella generación, todos conocieran este amor que era totalmente gratuito, es decir, que no exigía nada del hombre para que este lo recibiera. Ante una misión tan importante y a la vez tan ingente, escuchemos cómo lo dice Él, «La mies es abundante y los obreros pocos». El Señor Jesús necesita colaboradores, necesita bocas que anuncien por todas partes la Buena Nueva. Por eso vemos hoy, cómo hace con los discípulos una primera experiencia. Los envía de dos en dos a todos los pueblos y lugares donde él tiene previsto pasar, y les da instrucciones muy concretas de qué es lo que deben hacer, resumiendo su trabajo con el anuncio de la frase: «Está cerca de vosotros el reino de Dios».

Hemos empezado haciendo alusión a la gran actualidad que hoy tiene este evangelio, porque la misión que el Padre encomienda a su Hijo, y que este a su vez pone en nuestras manos, es totalmente intemporal, es decir, no halla solo cumplimiento en un momento de la historia, sino que ha de llevarse a cabo hasta la consumación de los siglos. El anuncio del Reino y de la salvación que hemos obtenido por la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, ha de llegar a todas las generaciones. Los hombres de todos los tiempos, tienen, porque así lo ha dispuesto el Padre, el derecho de conocer esta salvación.

El testigo, como en las carreras de relevos, lo tenemos hoy en nuestras manos. Hoy es a nosotros a los que el Señor Jesús dice: «¡Poneos en camino! Y anunciad a todas las gentes que está cerca el reino de Dios». El Señor al llamarnos a la fe nos ha dado abundantes gracias. Estas gracias no se nos dan para nuestra salvación individual. Esas gracias las derrama sobre nosotros en función de la misión que nos encomienda, por eso, en otra parte del evangelio, nos recuerda: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Quizá algunos piensen que eso de predicar no va con ellos. Muy bien, hay dos maneras de evangelizar: la predicación y el testimonio personal. Las dos formas son válidas y las podemos usar indistintamente. No es preciso tener gran elocuencia, basta con saber decir una palabra de ánimo a aquellos que vemos atribulados y en sufrimiento. Una palabra en la que les hagamos presente el amor de Dios, aún en los momentos más tristes de la vida. Que sepan que Dios es Padre y no abandona nunca a sus hijos; que está siempre cercano cuando se le invoca.

La otra forma de evangelizar y que todos podemos llevar a cabo, es nuestro testimonio, nuestra forma de vida. Dice el Señor en el Sermón del Monte: «Para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo». El testimonio de vida es quizá la forma más eminente y eficaz de evangelización. Dice la sabiduría popular, que “Predicar no es dar trigo”, por eso convencerá mucho más tu manera de actuar que mil palabras.

Tú, con frecuencia, atraviesas en la vida momentos de gran tribulación y sufrimiento. ¿Cuál es tu respuesta? ¿Cómo reaccionas? Si los demás ven en ti que no reniegas, que a pesar de todo no has perdido la paz y que aceptas no con resignación, sino con serenidad lo que es voluntad de Dios, sabiendo que un padre nada malo puede dar a sus hijos, entonces comprenderán que esa manera de actuar no está basada en tus fuerzas, sino que la fuerza te viene de lo alto. De esta manera evangelizarás, porque harás presente en la vida de los demás, la obra del Señor en tu vida.  


DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TÚ VETE A ANUNCIAR EL REINO DE DIOS».

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 16b.19-21 * Gal 5, 1.13-18 * Lc 9, 51-62

Jesús y sus discípulos, llegan a una aldea de Samaría. Antes de entrar en ella, buscan alojamiento para pasar la noche. Ante la negativa de los habitantes, Santiago y Juan, haciendo gala de su carácter vehemente, dicen al Señor: «¿Señor, quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?» Jesús les reprende, y sin más, marcha a otra aldea, dando a entender con su actitud que no ha venido a destruir al pecador sino a salvarlo.

            Ciertamente, es una suerte para nosotros la forma de actuar del Señor. ¡Cuántas veces nos comportamos igual que los samaritanos! ¡Cuántas veces merecemos más que ellos que baje fuego del cielo y nos consuma! Porque ellos, no sabían a quién rechazaban, mientras que nosotros con nuestras infidelidades sabemos a quién estamos volviendo la espalda. Es fácil, además, que con frecuencia adoptemos la postura justiciera de los dos hermanos, no teniendo misericordia de aquellos que se equivocan y siguiendo nuestros criterios les condenemos. El Señor, pues, con esta palabra, nos invita a usar de misericordia con los demás, de la misma manera que Él usa de misericordia con nosotros.

En la segunda parte del evangelio podemos constatar lo que ha venido en llamarse la radicalidad del Evangelio. En muchas ocasiones la palabra del Señor llega a escandalizarnos porque la encontramos dura y exigente. No es raro escuchar comentarios e incluso alguna homilía en la que el que habla, precisamente por parecerle la Palabra demasiado dura, dice aquello de: “Bueno, aquí, lo que el Señor quería decir, era que…” y a continuación añade una buena ración de aceite, para que la enseñanza del Señor pueda aceptarse sin demasiados reparos.

Hoy el Señor usa de expresiones duras hacia aquellos que se acercan y que pretenden seguirle. A uno que ha manifestado el deseo de seguirle le responde: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro es él mismo el que le llama diciéndole: «Sígueme». Y ante la objeción que éste le pone: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre», el Señor le contesta: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios».  Finalmente, a uno que le dice: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi padre», le responde: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios».  

Podemos pensar, si el Señor muestra siempre una actitud misericordiosa hacia el débil y pecador, ¿cómo es posible que esta ocasión actúe así? La respuesta es la siguiente: es tal la importancia que tiene el anuncio del Evangelio para la vida de los hombres, que sus enseñanzas no pueden en modo alguno tomarse a la ligera. No vale emplear paños calientes. No podemos contemporizar con el mundo. Ya lo dijo el Señor en otra ocasión: «El que no está conmigo, está contra mí y el que no recoge conmigo, desparrama».

Por eso, hoy, nos invita el Señor a ti y a mí, a tomarnos muy en serio la llamada que nos ha hecho para colaborar con Él en la salvación de aquellos que nos rodean. Podemos pensar que sus palabras son a veces duras y difíciles de cumplir, pero el Evangelio no puede descafeinarse, no puede rebajarse. Nosotros podremos llevarlo a la práctica si tenemos presente que Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos en nuestra impotencia. No se trata de esforzarnos, se trata de pedir ayuda, de pedir fortaleza y sabiduría al Espíritu Santo, para que, en nuestras deficiencias, incluso en nuestros pecados, sea Él el que actúe a través de nosotros. Sólo necesitamos ser dóciles y dejarnos llevar por sus inspiraciones.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI -C-

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI -C-

«ESTO ES MI CUERPO QUE SE ENTREGA POR VOSOTROS»

 

CITAS BIBLICAS: Gén 14, 19-20 * 1Cor 11, 23-26 * Lc 9, 11b-17

Hemos dicho repetidamente que si pudiéramos imaginar una materia de la que estuviera hecho Dios, esa materia sería el amor. Así lo afirma repetidamente san Juan en su primera carta cuando dice: «Dios es amor». Ahora bien, para que ese amor que es Dios se manifieste, hacen falta, por lo menos, dos personas. Tuvimos ocasión de hablar de ello la semana pasada al contemplar el misterio de la Santísima Trinidad: Dios-Padre es el Creador, su Palabra tiene tal entidad y tal fuerza que engendra a la Segunda Persona: El Hijo, y finalmente, el amor surgido entre el Padre y el Hijo es de tal intensidad, que es el origen de la tercera Persona: el Espíritu Santo.

El amor que desde toda la eternidad ha mostrado Dios por el hombre es un amor esponsal. Dios es el esposo y cada uno de nosotros somos la esposa. Este amor ha quedado plenamente de manifiesto cuando el Señor Jesús tomando una naturaleza como la nuestra, se ha entregado totalmente por cada uno de nosotros. Dirá san Juan: «Nos amó hasta el extremo». O sea, se entregó por ti y por mí, sin reserva alguna.

El impulso del Amado es permanecer continuamente al lado de la amada. Ya lo puso de relieve en el Libro de los Proverbios cuando dijo: «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres». Por eso, el Señor Jesús antes de partir hacia el cielo pone de manifiesto este deseo diciendo: «Me voy, pero volveré», y en otra ocasión: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Esta presencia continua del Señor podría considerarse como una presencia espiritual, sin embargo, el amor del Señor hacia ti y hacia mí es tan grande que, no contento con estar junto a nosotros en espíritu, decidió quedarse a nuestro lado de una forma mucho más real, física, podríamos decir. Lo hizo a través del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Es precisamente eso, lo que celebramos en esta solemnidad.

Conocemos cómo en la Última Cena el Señor Jesús llevó a cabo el milagro más grande de toda su vida. Mucho más grande que la propia resurrección de Lázaro. Tomó pan, dio gracias, lo bendijo y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Hizo lo mismo al terminar la cena con la copa de vino diciendo: «Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados». Finalmente añadió: «Haced esto en conmemoración mía». Con este mandato quedaba claro que el milagro que acababa de realizar, no era algo puntual, sino que era su deseo que sus discípulos continuaran realizándolo en su poder, a través de todos los siglos.

Al Señor, que es nuestro Esposo, para quedarse con nosotros, no sólo le movía el deseo de permanecer junto a su amada, sino que, conociendo nuestra debilidad y a la vez el poder del maligno, quiso que su Carne y su Sangre fueran para nosotros verdaderos alimentos que nos fortalecieran ante las dificultades. Quiso que fueran nuestro viático, o sea, el alimento necesario para recorrer el camino de nuestra vida hasta alcanzar la meta del cielo.

Como vemos, el amor de Dios se ha desbordado totalmente sobre su criatura. Nada de esto merecemos. Todo lo recibimos por pura gracia. Somos afortunados al poder alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Algo que no pueden hacer ni los mismos ángeles. Por eso de nuestro corazón ha de brotar un gran agradecimiento hacia el Señor, y a la vez, aprovechándonos de su cercanía, pedirle que nos ayude a ser de verdad su esposa fiel.

 

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

«GLORIA AL PADRE, AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 8, 22-31 * Rm 5, 1-5 * Jn 16, 12-15 

En este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad. Se trata del misterio que contempla la misma esencia de nuestro Dios. Intentar penetrar en este misterio es totalmente imposible para nuestra limitada inteligencia. Bástenos recordar el pasaje de la vida de un gran teólogo y a la vez un gran santo: san Agustín. Nos cuentan que un día, paseando por la orilla del mar enfrascado en esclarecer el misterio de la Trinidad, contempló a un niño que se afanaba haciendo continuos viajes al mar, intentando con una concha llenar un pequeño pozo que había excavado en la arena.

El santo no pudo resistir la curiosidad y le preguntó qué pretendía hacer. El niño le contestó: Quiero meter en el pozo toda el agua del mar. Eso es imposible, repuso el santo. La respuesta del niño dejó pasmado a Agustín: Más imposible resulta con tu inteligencia penetrar en el misterio de la Trinidad. Y desapareció.

Nosotros ni tenemos la inteligencia de san Agustín, ni podemos ni queremos en modo alguno desentrañar este admirable misterio. Lo que sí que podemos hacer, es comprobar cuáles son las obras que cada una de las divinas personas, ha llevado y continúa llevando a cabo en nuestra vida.

Nuestro origen, el de nuestra vida, es sin duda la persona de Dios-Padre. Desde toda la eternidad pensó de una manera individual en cada uno de nosotros. Nos amó intensamente y ese amor fue el origen de nuestra existencia. Nuestros padres colaboraron con esa voluntad creadora del Padre, y el resultado fuimos tú y yo.

El Señor nos creó para que tuviéramos por toda la eternidad una vida feliz a su lado. Sin embargo, no supimos valorar ese deseo y, haciendo mal uso de nuestra libertad, lo sacamos fuera de nuestra existencia. A pesar de nuestra infidelidad, Él, no dejó nunca de amarnos y dispuso que fuera su propio Hijo el que tomando una naturaleza igual a la nuestra, viniera en nuestra ayuda para sacarnos del pecado y de la muerte. De ahí que, para nosotros, la segunda Persona de la Santísima Trinidad sea nuestro Salvador. Aquel que, con su Pasión, Muerte y Resurrección, nos devolvió la categoría de hijos de Dios que nos había arrebatado el pecado.

Todos nosotros estamos llamados a la santidad. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Porque Dios es santo. Dios, que es la misma santidad, quiere que también nosotros seamos santos. Así lo expresa en la Escritura: «Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo». El encargado de hacer realidad esa santidad en nosotros es el Espíritu Santo. Él, penetrando en nuestro interior, nos empuja, respetando siempre nuestra libertad, hacia el bien. Él, nos da la garantía de que somos hijos de Dios. Él, está siempre pronto a ayudarnos en todas las dificultades de la vida. Es para nosotros, fortaleza en la debilidad, consuelo en la tristeza, defensa frente a las tentaciones del maligno. Él, como dice el Apóstol, realiza en nosotros el querer y el obrar. Nada bueno llevamos a cabo en nuestra vida que no tenga su origen en el Espíritu Santo.

A pesar de la ingente obra que lleva adelante el Espíritu Santo en la Iglesia, ha sido hasta hace poco “el gran desconocido”. Hasta el Concilio Vaticano II, tanto en la liturgia como en la vida corriente de la Iglesia, eran el Padre y el Hijo los que acaparaban toda nuestra atención. Exagerando un poco podríamos decir que sólo se hacía referencia al Espíritu Santo de pasada. Sin embargo, y como ya hemos expuesto, es de Él, de quien depende toda la vida de la Iglesia. Sin su acción no se podría aplicar la obra redentora del Señor Jesús.

Finalmente decir que, el Espíritu Santo, Persona de la Trinidad engendrada por el amor entre el Padre y el Hijo, es el que, derramando ese amor en nosotros, hace posible la recomendación del Señor: «Amaos como yo os he amado»