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DOMINGO IV DE PASCUA -C-

DOMINGO IV DE PASCUA -C-

«YO CONOZCO A MIS OVEJAS Y ELLAS ME SIGUEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 13, 1-4.43-52 * Ap 7, 9.14b-17 * Jn 10, 17-30

Tradicionalmente se conoce a este domingo cuarto de Pascua, como al Domingo del Buen Pastor. Los evangelios que corresponden a los tres ciclos litúrgicos, sacados todos del evangelio de san Juan, nos muestran al Señor Jesús asumiendo la figura entrañable del pastor.

No es de extrañar que el Señor gustase presentarse ante sus discípulos como el Buen Pastor, pues, ya, en el Antiguo Testamento, Dios-Padre se muestra al Pueblo como su pastor. Así los vemos en el salmo 80 que empieza diciendo: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño…» También en el salmo 23 el salmista dice: «El Señor es mi pastor, nada me falta…».

Siguiendo esta tradición bíblica, al Señor Jesús le gusta mostrarse como un pastor que cuida con mimo a sus ovejas. Podemos preguntarnos, cuál es el motivo de esta preferencia. En primer lugar, porque el pueblo de Israel es en sus orígenes un pueblo de pastores y por tanto la figura del pastor es muy familiar para todos aquellos que escuchan a Señor. Y, en segundo lugar, porque el trato que el pastor brinda a sus ovejas no puede ser más delicado.

El pastor conoce a sus ovejas una por una, conoce sus caprichos y preferencias y las llama por su nombre. Busca para ellas los mejores pastos y las aguas más frescas. Las defiende de los peligros que las acechan hasta exponer su propia vida. Finalmente, busca a la que se ha extraviado sin arredrarse por las dificultades, y cuando la encuentra, no la hace volver al rebaño a trompicones, sino que cargándola sobre sus hombros la lleva con mimo hasta el redil.

Todo lo que el pastor hace con sus ovejas tiene un paralelismo con lo que el Señor hace cada día con cada uno de nosotros. También para él no somos un número más como sucede en algunos ejércitos o en las cárceles. Él nos conoce a cada uno por nuestro nombre. Conoce nuestra manera de ser, nuestro carácter y nuestros caprichos y pecados. Nos alimenta con su Palabra y su Eucaristía, dándonos fortaleza para resistir a las asechanzas del enemigo, y, para que nosotros no nos perdiéramos atrapados por la muerte, no solo puso en peligro su vida, sino que la entregó por completo para nuestra salvación. Finalmente, cuando nosotros usando mal de nuestra libertad nos apartamos del rebaño, no usa la violencia para hacernos volver al redil, sino que con inmenso amor y con una enorme paciencia, espera nuestro regreso sin reprocharnos absolutamente nada.

Las ovejas corresponden a los cuidados y mimos del pastor siendo dóciles a sus indicaciones. Conocen la voz del pastor y lo siguen confiadas. Hoy, así nos lo dice el Señor en el evangelio: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna». Es necesario, pues, que tengamos el oído abierto para escuchar el silbo amoroso del Pastor. Él sólo quiere para nosotros la felicidad y la vida. Sabe que son muchos los peligros que nos acechan, y está dispuesto a librarnos de la mano del enemigo, que es mucho más fuerte que nosotros, si nosotros le dejamos actuar en nuestra vida.

Como a veces tenemos dificultad en reconocer a nuestro Pastor, su amor por el rebaño llega al extremo de ponernos pastores cercanos a nosotros, para que nos guíen y nos acompañen en nuestro caminar por la vida. También a ellos debemos escuchar para evitar que, pastores asalariados, que no buscan el bien de las ovejas sino su propio interés, en vez de llevarnos a frescos pastos y fuentes tranquilas, nos lleven por el camino de la perdición.


DOMINGO III DE PASCUA -C-

DOMINGO III DE PASCUA -C-

«SIMÓN, HIJO DE JUAN, ¿ME AMAS MÁS QUE ESTOS?»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 5, 27b-32.40b-41 * Ap 5, 11-14 * Jn 21, 1-19

El apóstol san Juan nos sitúa hoy en su evangelio a orillas del mar de Galilea. Están presentes Simón Pedro, Tomás, Natanael, los Zebedeos y dos discípulos más. De momento Pedro dice: «Me voy a pescar». Los demás, contestan: «Vamos nosotros también contigo».

Dice san Juan que aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, alguien desde la orilla pregunta: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Le responden, no. Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Lo hacen así y no tenían fuerzas para sacarla. Juan dice a Pedro: «Es el Señor». Pedro, sin dudarlo, se ata la túnica y se echa al agua.

Al llegar a tierra ven unas brasas con un pescado encima y pan. Jesús les dice: «vamos, almorzad». Pedro arrastra la red hasta la orilla repleta con 153 peces grandes. Nadie se atreve a preguntar tú ¿quién eres? Saben muy bien que se trata del Señor.

Después de comer Jesús pregunta a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» Pedro responde: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero». La pregunta del Señor va mucho más allá de la respuesta que le da Pedro. El señor habla de amar y Pedro responde con querer. Quizá alguno diga: y ¿Qué diferencia hay entre lo uno y lo otro? Mucha. Amar es desear la felicidad para el otro, aun cuando su camino sea diferente al nuestro. Amar es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse. Amar es darse por completo desde el corazón, es entrega total. El que ama no pide el amor del otro, de ahí que el amor nunca será causa de sufrimiento.

Por el contario, querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás lo que llena nuestras necesidades personales de afecto, de compañía. El querer exige correspondencia de parte del ser querido.

El Amor del Señor es entrega total, sin condiciones. Nos ama, seamos como seamos. Por eso su amor ni nos exige nada ni desea que cambiemos para podernos amar. Sin embargo, nosotros, como Pedro, queremos al otro porque tenemos la necesidad de sentirnos a la vez queridos. Necesitamos para poder vivir experimentar el amor de Dios que nos ama sin condiciones.

Por tres veces hace el Señor la pregunta a Pedro, y por tres veces recibe de Pedro la misma respuesta. Por tres veces Pedro negó al Señor y por tres veces el Señor le muestra su amor sin condiciones.

El Señor, hoy nos dice: Juan, María, Lucía, José… ¿Me amas? Pensemos que respuesta podemos dar al Señor. ¿Lo amamos verdaderamente con todo el corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas? ¿O más bien, en vez de amarlo nos limitamos a quererlo de una manera egoísta porque lo necesitamos? Aunque así sea, no debemos entristecernos, porque el Señor conoce nuestra realidad. Conoce nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestros desánimos y nuestra impotencia.

Aunque muchas veces, como Pedro, si no de palabra, sí con los hechos le neguemos, su amor, está por encima de todo esto. Él sigue amándonos y sigue dándonos su amor, porque sabe que es lo único que puede hacernos felices.

Por nuestra parte hagamos como Pedro. No nos miremos a nosotros mismos, sino mirémosle a Él y digámosle también: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que, en nuestra pobreza, también nosotros queremos quererte”.

DOMINGO II DE PASCUA -In Albis- C

DOMINGO II DE PASCUA -In Albis- C

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 5, 12-16 * Ap 1, 9-11a.12-13.17-19 *Jn 20, 19-31

San Juan en su evangelio nos sitúa hoy en la tarde del domingo, primer día de la semana y día de la Resurrección del Señor. Los discípulos están reunidos en una sala, probablemente en el Cenáculo, con puertas y ventanas atrancadas por miedo a los judíos. Temen que, si al Maestro lo han ajusticiado, ellos puedan correr la misma suerte.

Estando así, se hace presente el Señor en medio de ellos y les dice mostrándoles las manos y el costado: «Paz a vosotros». Ellos, llenos de alegría, no acaban de dar crédito a lo que ven sus ojos. El Señor, repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Dicho esto, exhala su aliento sobre ellos y les dice: «recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Éste es pues, el primer encuentro del Señor con sus discípulos después de resucitado. Vale la pena fijarnos en algunos de aspectos de esta aparición del Señor Jesús, en la que destaca en primer lugar, la manera de comportarse con los discípulos, que es totalmente contraria a lo que haríamos nosotros en una situación semejante. Recordemos lo ocurrido. En Getsemaní Jesús es traicionado, apresado por los judíos, sometido a juicio y entregado a los romanos a fin de ser condenado a muerte. ¿Cuál es entre tanto la actitud de sus discípulos? El más representativo, es capaz de negar ante una criada que le conoce. Los demás, a excepción de Juan, desaparecen de escena, sin que ninguno de ellos mueva un solo dedo para defenderlo.

¿Qué hubiéramos hecho nosotros si hubiéramos estado en el lugar de Jesús? Como mínimo echarles en cara su cobardía afeándoles su comportamiento. Ésta hubiera sido una reacción humana. Sin embargo, por suerte para nosotros, el Señor actúa como Dios y no como hombre. «Sus pensamientos, como dice en Isaías, distan tanto de nuestros pensamientos, como el cielo de la tierra». Por eso su primer saludo es para desearles la paz. No contento, pone en sus manos para que la lleven adelante la misma misión que el Padre puso en sus manos, haciéndoles partícipes, además, del poder que, como Dios, tiene para perdonar pecados. Su manera de obrar debe movernos a la gratitud, ya que, mereciendo ser castigados, sólo recibimos de sus manos perdón y misericordia.

San Juan nos dice en este evangelio que, en esta primera aparición de Jesucristo, el apóstol Tomás no se encontraba con los otros apóstoles y que cuando ellos le dicen que han visto al Señor, contesta: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

Ocho días después se presenta de nuevo el Señor estando cerradas puertas y ventanas y dirigiéndose a Tomás le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente». Tomás, asombrado, se limita a decir: «Señor mío y Dios mío». Jesús añade: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

¡Cuántas veces nos comportamos como Tomás! Cuántas veces ponemos en duda las obras del Señor, porque nos dejamos guiar por nuestra razón poniendo de manifiesto nuestro orgullo al afirmar: “Si no lo veo no lo creo”. De este modo damos prioridad a nuestra razón convencidos de ser poseedores de la verdad.

Seamos humildes y aceptemos la actuación del Señor en nuestra vida, en nuestra historia, aunque a veces no la acabemos de entender. No queramos pasarlo todo por la razón. Si lo hacemos así, se cumplirán en nosotros las palabras del Señor Jesús: «Dichosos los que crean sin haber visto».


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«EL SEÑOR HA RESUCITADO DEL SEPULCRO COMO HABÍA DICHO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

Llegamos al punto culminante de toda la Historia de Salvación. Todos los acontecimientos que nos narra la Escritura en el Antiguo Testamento, alcanzan su plenitud y cumplimiento en la Pascua del Señor Jesús.

A causa del pecado de nuestros primeros padres, todo el plan que Dios-Padre había concebido al crear el universo y en él al hombre para que lo dominara, se desmorona por completo. El Señor nos creó para la felicidad y la vida, de manera que la muerte era algo ajeno a sus planes. Dios, como dice el Libro de la Sabiduría, «no creó la muerte ni se complace en la destrucción del hombre». Sin embargo, éste, haciendo mal uso de la libertad que ha recibido, se separa de Dios que es origen y principio de la misma vida, y queda sumergido en las tinieblas esclavo de la muerte.

Ante esta situación y movido por un amor que sólo Dios es capaz de manifestar, el Señor concibe un plan de salvación para el hombre. Su propio Hijo, Dios como Él, se revestirá de una carne mortal como la nuestra, haciéndose en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, de manera que nada de la que nos suceda a ti y a mí, será extraño para él.

La finalidad de la encarnación del Hijo de Dios era hacer posible que su carne mortal conociera la muerte, de manera que, penetrando en ella, la fuerza de su divinidad la venciera totalmente. Esto es, precisamente, lo que celebramos en la Pascua. Cristo, cargado con todos los pecados de la humanidad, también con los tuyos y los míos, dócil a la voluntad del Padre, sufre una pasión ignominiosa que termina entregando en la cruz hasta la última gota de su sangre.

El brazo de Dios, aquel que camino de la Tierra Prometida abrió el Mar Rojo para que Israel lo atravesara a pie enjuto, fue el que, sacando al Señor Jesús del sepulcro, lo resucitó, para que su muerte no cayera sobre nuestras conciencias y pudiéramos también nosotros, libres del pecado, experimentar en nuestras vidas su victoria sobre la muerte.

Ésta es la gran noticia. Ya no somos deudores de la muerte, porque el Señor, cargando sobre sí todos nuestros pecados, le ha arrancado el aguijón con el veneno que nos mataba. Podemos decir, por tanto, con el Apóstol Pablo «¡Oh muerte! ¿dónde está tu victoria? ¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?» La resurrección de Cristo es para nosotros la garantía de nuestra propia resurrección. Ella nos abre de nuevo las puertas del cielo, devolviéndonos la condición de hijos adoptivos de Dios.

La resurrección del Señor es el centro del cristianismo, el centro de nuestra fe. De manera que, sin ella, lo que llamamos historia de salvación no tendría razón de ser. La Pascua, o sea el paso de la muerte a la vida del Señor Jesús que celebramos en la Vigilia Pascual, es tan importante en la vida del cristiano, que la Iglesia la prolonga durante todo el año, mediante la celebración de la Eucaristía de cada domingo.

De nosotros ha de nacer un profundo agradecimiento a Dios-Padre, porque, sin merecerlo, nos ha devuelto en la resurrección del Señor, la vida y la alegría. Nuestra existencia vuelve a tener sentido. No somos seres que caminamos hacia la muerte por causa del pecado, sino que somos criaturas nuevas llamadas a heredar con Cristo el reino de los cielos, la vida eterna.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR  -C-

¡BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR!

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14 – 23, 56

Celebramos este domingo la Entrada triunfal del Señor en Jerusalén. Con él damos comienzo a la Semana Mayor o Semana Santa. En ella viviremos actualizados los grandes misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, o sea, la Pascua del Señor Jesús.

Hemos dicho de manera actualizada, para significar que en esta semana no nos limitamos a hacer un recuerdo de lo que hace más de dos mil años sucedió en Jerusalén, sino que aquellos acontecimientos se harán presentes hoy en nuestra vida a través de la liturgia de la Iglesia.

Todos esto significa que no vamos a quedarnos como meros espectadores de esta historia, sino que entraremos a formar parte de ella como protagonistas. De manera que hoy, formaremos parte de la multitud que aclama al Señor como al Mesías- Salvador, acompañándolo en su entrada triunfal en la Ciudad Santa.

El Señor viene decidido a culminar la obra de salvación que Dios-Padre ha dispuesto para toda la humanidad, para ti y para mí. Sabe perfectamente todo lo que le espera, y si en algún momento su humanidad flaquea, cosa que nos conforta al ver que su condición humana es idéntica a la nuestra, sabe sobreponerse y exclama: «¡Si para esto he venido!».

Hemos dicho que también nosotros seremos protagonistas, porque también el Señor nos sentará a su Mesa y nos alimentará, como a los apóstoles, con su Cuerpo y con su Sangre. Estaremos junto a Él en Getsemaní, porque también en nuestra vida tenemos momentos de profundo sufrimiento, y deseamos que el Señor aparte de nosotros aquello que nos mata y nos destruye. Seremos protagonistas con Judas y con Pedro porque, con nuestro comportamiento, lo traicionamos muchas veces volviéndole la espalda y dejándolo sólo.

Pediremos junto a la muchedumbre, no de palabra, pero sí con los hechos, que Pilato crucifique al Señor. Y, ¡ojalá! como Pedro, viendo nuestras infidelidades y pecados, lloremos pidiendo al Señor misericordia.

Veremos al Señor colgando de la Cruz y entregando por nosotros hasta la última gota de su sangre. Al besar esa Cruz de la que pende nuestra salvación, besaremos nuestras miserias y limitaciones, nuestras debilidades, fracasos, enfermedades, incomprensiones, todo aquello que nos hace presente que somos limitados y que necesitamos la ayuda del Señor para vivir.

Acompañaremos a la Virgen que, con el corazón traspasado por el dolor, al pie de la Cruz nos recibe como a hijos. Esa ha sido la voluntad del Señor. Hasta ese punto nos ha amado y ha querido cuidar de nosotros. Él ha experimentado en la Cruz la mayor soledad posible cuando ha dicho: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Por eso, conociendo nuestra debilidad, no ha querido dejarnos solos, sino que, en su Madre, nos ha dado una Madre que cuide de nosotros y que nos acompañe en el camino para llegar a encontrarnos con Él.

Finalmente, ¡ojalá! estemos todos como María junto al sepulcro y podamos ser testigos de que, con la resurrección del Señor, la muerte, nuestra muerte, ha sido vencida y han quedado abiertas para nosotros las puertas del Paraíso.


DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

«TAMPOCO YO TE CONDENO. ANDA, Y EN ADELANTE NO PEQUES MÁS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11

El domingo pasado tuvimos ocasión de ver el corazón misericordioso de Dios-Padre, que nos mostró el Señor a través de la parábola del Hijo Pródigo. Hoy, san Juan, nos va a mostrar esa misma misericordia de Dios, pero en la persona del propio Señor Jesús.

El evangelio nos dice que los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La Ley era muy estricta en estos casos y castigaba con la muerte a pedradas a las mujeres adúlteras. «Esta mujer, dicen al Señor, ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?».

La pregunta, hecha con muy mala fe, sitúa al Señor ante un gran dilema. Si se inclina hacia el perdón será acusado de ir contra la Ley. Si por el contrario afirma que ésta debe cumplirse, se situará en contra de lo que cada día predica a las gentes: el amor y la misericordia de Dios hacia el pecador, hacia aquel que, equivocado, no obra el bien.

El Señor, no responde. Se limita a agacharse y a escribir con el dedo en el suelo. Ellos, insisten exigiéndole una respuesta. Puesto en pie les dice: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». El evangelista continúa diciendo: «Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos hasta el último». Finalmente, queda sólo Jesús y la mujer en medio. «Mujer, le dice, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno de ha condenado? Ella responde: Ninguno, Señor. Jesús añade: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Si hubiéramos estado en el lugar del Señor Jesús, probablemente nuestra respuesta hubiera sido diferente. Es cierto que el Señor nos dice en el evangelio que tenemos que perdonar al pecador, pero nosotros pensamos que perdonar no quita el tener que recriminar la conducta al pecador, afeando su comportamiento. Pensamos que, perdonar sin más, no evita que el pecador reincida. En vez de cerrar nuestros ojos a la maldad como nos pide el Señor, de nosotros sale un impulso justiciero que exige al otro que cambie de actitud para poder perdonarle. La razón de esta postura hay que buscarla en el convencimiento que tenemos de que, si nosotros somos capaces de hacer las cosas bien, el otro no tiene excusa para hacer otro tanto. Somos unos inconscientes porque negamos la misericordia al prójimo, y la pedimos a Dios para nosotros.

Quisiera hacer una pregunta: ¿qué pasaría en tu vida y en la mía, si Dios actuara con nosotros con la misma exigencia que nosotros usamos para con los demás? La respuesta es sencilla. Ni para ti ni para mí existiría salvación. Por suerte para nosotros el amor de Dios es un amor, como dice san Pablo, que todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera, soporta todo… Es un amor incapaz de condenar al pecador. Es un amor que no nos exige que cambiemos de vida para querernos. Dios odia al pecado porque nos mata a nosotros que somos sus hijos, pero nunca, nunca, rechaza al pecador. Para salvarnos de la muerte y del pecado, no ha dudado en sacrificar a su Hijo en la Cruz. Usando una expresión humana, podemos decir que, en un momento dado de la historia, Dios nos amó a ti y a mí, más que a su propio Hijo.

San Pablo en la carta a los Romanos y en un arranque de entusiasmo exclama: «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará?» Pero, ojo, el Señor nos ha llamado a ti y a mí a su Iglesia, precisamente para que a través de nuestras vidas se haga presente para los demás, ese amor de Dios que no hace acepción de personas, que nunca condena, que ama hasta el extremo y que quiere la salvación para todos los hombres, sin distinción de raza, lengua o religión.

Por nuestra parte lo único que hemos de pedir es que, por nuestra mala cabeza, no seamos impedimento para que ese amor de Dios, sea conocido por todos, empezando por los que viven más cerca de nosotros. 


DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

«ALEGRAOS, PORQUE ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Jos 5, 9a.10-12 * 2Cor 5, 17-21 * Lc 15, 1-3.11-32

Llegamos al domingo cuarto de Cuaresma llamado de “laetare”, debido a que en la antífona de entrada se invita a Jerusalén, a la Iglesia, a la alegría: “Festejad a Jerusalén, alegraos de su alegría”. Alegraos con la Iglesia, viene a decir, porque la Pascua está ya cerca. La liturgia resalta esta alegría cambiando el color morado de los ornamentos, por el color rosa.

            En este ciclo C, con lecturas tomadas del evangelio de san Lucas hay otro motivo de alegría, porque se proclama una de las palabras más hermosas de todos los evangelios. Una parábola en la que el Señor Jesús pone al descubierto el corazón misericordioso de Dios-Padre. Un corazón en el que no cabe, de ningún modo, el menor rechazo hacia el pecador. Un corazón que se derrite como cera cada vez que, reconociendo nuestras miserias, volvemos nuestro rostro hacia Él.

            Todos conocemos esta parábola. La resumimos. Un hombre tiene dos hijos y en un momento dado el menor pide al padre la parte de la herencia que le corresponde. El padre accede y el hijo marcha a tierras lejanas en donde dilapida todo lo que ha heredado. Sólo y sin amigos, se ve en la situación de aceptar trabajar como porquerizo. Añora el bienestar de la casa paterna y decide ponerse en camino, para pedir a su padre que lo acepte como a uno de sus criados. El padre, lleno de gozo al reencontrar a su hijo, organiza un gran banquete para celebrar su regreso.

            En esta parábola, en contra de lo que acostumbramos, el Señor no pretende resaltar la figura del hijo sino la del padre. Veamos cómo actúa éste a través de toda la narración. Primeramente, el padre, que ama su hijo con toda el alma, respeta hasta el extremo su libertad y no se opone a la hora de darle la herencia, pese a ser conocedor de los peligros a los que se va a enfrentar.

            En segundo lugar, destaca también la actitud del padre que espera ansioso la vuelta del hijo atisbando cada día el camino que lleva a la casa. De modo que cuando adivina a lo lejos la silueta del hijo que regresa, sale presuroso a su encuentro para echarle los brazos al cuello y llenarlo de besos, sin hacerle un reproche ni pedirle ninguna justificación. El hijo pretende darle explicaciones, pero él no las atiende y ordena a la servidumbre: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo, ponedle un anillo en la mano… matad el ternero cebado y celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».

            Ese hijo pródigo que se aprovecha de la bondad del padre somos tú y yo. Tú y yo que, habiendo recibido de Dios todo lo que tenemos: la vida, la libertad, la familia, la salud, el trabajo, etc., lo malgastamos buscado egoístamente medrar nosotros, sin preocuparnos demasiado de los demás. Damos la espalda a nuestro Padre-Dios viviendo la vida alejados de él, y aunque conocemos su voluntad, lo que nos importa es salir con la nuestra. Y, ¿cuál es su respuesta? La misma que la del padre de la parábola. El Señor respeta nuestra libertad y espera un día y otro día, a que, hastiados y cansados de buscar la felicidad sin encontrarla, regresemos a la casa paterna. Y ¿cómo nos recibe? Siempre con los brazos abiertos y sin pedirnos explicaciones. Ni se cansa de esperar, ni se cansa de perdonar.

            Finalmente señalar que los que vivimos cerca de la Iglesia tenemos el peligro de actuar como el hijo mayor que, teniendo como él a nuestro alcance todos los bienes y gracias que Dios nos da, vivamos una vida mezquina y constreñida, juzgando a los demás sin saber disfrutar de los dones que hemos recibido.

 

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

DOMINGO III DE CUARESMA  -C-

«SI NO OS CONVERTÍS, TODOS PERECERÉIS DEL MISMO MODO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 3, 1-8a.13-15 * 1Cor 10, 1-6.10-12 * Lc 13, 1-9

Los que frecuentamos la iglesia y acudimos con regularidad a las celebraciones, tenemos el peligro de juzgar a aquellos que, aunque bautizados, solo se acercan al templo para algún entierro o para las primeras comuniones. Pensamos que somos mejores, aunque quizá no lo expresamos públicamente, porque cumplimos con lo que manda la Iglesia.

 Hoy se acercan al Señor Jesús un grupo de personas que, quizá, piensan del mismo modo. Están escandalizados y cuentan al Señor que Pilato después de matar a algunos galileos que se alzaron contra él, mezcló su sangre con la de sus sacrificios. Esto era inadmisible dado que para los hebreos la sangre es el lugar donde reside la vida.

El Señor Jesús aprovecha la ocasión para llamar a conversión a todos y en particular a aquellos que le traían la noticia. «¿Pensáis,  les dice,  que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos?» «Os digo que no; y si nos os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

También a nosotros nos invita a conversión el Señor. Él conoce, mejor que nosotros, lo que hay dentro nuestro corazón. Sabe con qué facilidad juzgamos a los demás. En muchas ocasiones estamos convencidos de que tenemos la razón, y nos tomamos la libertad de juzgar a los demás sólo por las apariencias. El Señor nos alerta para que no caigamos en el pecado del juicio. Un pecado al que, con demasiada frecuencia, no damos la importancia que tiene. Santiago nos dice en su carta: «No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez… ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano».

Estamos en Cuaresma, un tiempo especial de conversión. Por tanto, es necesario ser conscientes de este pecado y moderar no sólo nuestra lengua, sino también nuestros pensamientos. No hay que juzgar en ningún modo al otro, aunque sea evidente que obra mal. Tener presentes nuestras deficiencias y ponernos en su lugar, nos ayudará a no caer en este pecado. No olvidemos las palabras del Señor: «No juzguéis y no seréis juzgados».

El Señor nos pone una parábola para ayudarnos a ver cuál es nuestra situación en esta vida. Nos habla de un propietario que posee una viña con una higuera, y que lleva tres años buscando fruto en ella sin encontrarlo. Cansado dice al viñador: «Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador le responde: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás».

Quizá preguntes: ¿Qué tiene que ver esta parábola con tu vida o con la mía? Muy sencillo. La higuera somos tú y yo. El propietario es Dios Padre y el viñador es Jesucristo. El Padre nos ha dado la vida y la libertad junto con otros muchos dones, esperando que nosotros diéramos fruto. Sin embargo, incapacitados para obrar el bien a causa de nuestros pecados, hemos utilizado esos dones sólo en beneficio nuestro. Somos como la higuera que crece frondosa con muchas hojas, pero que no da fruto alguno.

¿Qué frutos espera el Señor de nosotros? Fundamentalmente estos: el amor, la misericordia y la comprensión para aquellos que nos rodean y que en muchas ocasiones se equivocan y nos hacen daño. Tus hijos, tus padres, tu suegra o tu suegro, tus hermanos o tus vecinos, tu jefe o tus compañeros de trabajo, etc. ¿Cuántas veces eres intolerante con ellos, no los soportas y no les perdonas? Merecemos, sin duda, un castigo. Sin embargo, por suerte para nosotros, tenemos a uno, al viñador, al Señor Jesús, que intercede por nosotros ante el Padre mostrándole sus llagas, y recordándole que ya Él pagó por nuestras infidelidades y pecados. Convirtamos, pues, nuestro corazón a Él y pidámosle su ayuda.