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DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

«YO OS ENVIARÉ LO QUE MI PADRE HA PROMETIDO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Lc 24, 46-53

La solemnidad de la Ascensión del Señor correspondía celebrarla el pasado jueves, pero dado que se trataba de un día laboral, la Iglesia la traslada a este domingo séptimo de Pascua.

La misión que el Padre había encargado al Señor Jesús ha llegado a su fin. Él mismo resume esta misión en el evangelio de hoy cuando dice: «El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos».

Tú y yo, habíamos sido creados para una vida plena y feliz. Dios-Padre quería que participáramos de su propia vida siendo felices eternamente junto a Él. Sin embargo, no supimos hacer buen uso del regalo de la libertad que nos había dado, y llevamos nuestra vida lejos de lo que era su voluntad. Como resultado, al separarnos de la Vida nos encontramos con el sufrimiento y la muerte.

La misión encargada por el Padre al Señor Jesús no fue otra que, tomando nuestra condición humana y cargando con nuestro pecado, liberarnos de las garras de la muerte y devolvernos a nuestra condición original de hijos de Dios. Todo esto lo ha llevado a cabo el Señor a través de su Encarnación, Pasión y Muerte y finalmente su Resurrección.

Vencida la muerte y liberados del pecado, era necesario que esta Buena Noticia alcanzara a todos los hombres, de manera que, conscientes de su error, aceptaran el perdón que sin limitación alguna les ofrecía Dios-Padre, a través de la persona de su Hijo Jesucristo.

Éste es el último encargo del Señor a sus discípulos. Tienen la misión de hacer llegar esta noticia hasta el último rincón de la tierra, porque el que la crea se salvará y aquel que, conociéndola la rechace, se condenará. Hay que dejar bien claro que está condenación no proviene de Dios, porque Dios no condena a nadie, sino de la mala voluntad de aquel que rechace la Buena Noticia. Es, él mismo, el que elige la condenación. Se entiende mejor poniendo un ejemplo. Si estoy aquejado por una enfermedad mortal, y alguien me ofrece una medicina para curarme y la rechazo, soy yo mismo el que elige voluntariamente morir.

Dice el evangelio de hoy, que el Señor, después de hablar a sus discípulos, «los sacó hacia Betania y después de bendecirlos se separó de ellos subiendo hacia el cielo». San marcos añade: «Y se sentó a la derecha de Dios». El hecho de que el Señor Jesús esté en cielo sentado a la derecha de Dios, tiene para nosotros una enorme importancia. Significa, que un hombre como tú y como yo, conocedor de todos nuestros sufrimientos y problemas, recibe en favor nuestro todo poder. Todo lo que tú y yo no podemos lograr con nuestro esfuerzo, perdonar a nuestros enemigos, vencer los vicios que nos dominan, amar a los demás sin esperar recompensa, etc., puede realizarlo Él si se lo pedimos. Él ha sido constituido por el Padre, como Kyrios, como Señor de todo lo que nos agobia, de todo lo que nos hace sufrir e impide que seamos felices.

Otro aspecto importante de esta fiesta es considerar que nosotros, miembros de la Iglesia, formamos con Cristo un solo cuerpo del que Él es la cabeza y tú y yo somos el resto del cuerpo. Si nuestra cabeza está ya en el cielo, sucederá como cuando nace un niño, que en cuanto asoma la cabeza, todo el cuerpo le sigue. Del mismo modo, Cristo, nuestra cabeza, nos arrastrará con Él hacia el Cielo.  


DOMINGO VI DE PASCUA -C-

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

«ME VOY, PERO VOLVERÉ A VUESTRO LADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 15, 1-2.22-29 * Ap 21, 10-14.22-23 * Jn 14, 23-29

El evangelio de este domingo está sacado del llamado Discurso de Despedida del evangelio de san Juan, que tiene lugar en le celebración de la Cena de Pascua.

El Señor sabe que su Pasión es inminente, y en un largo discurso condensa las últimas recomendaciones antes de su partida. El fragmento de hoy empieza diciendo: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Vemos, pues, la importancia de la Palabra. Cristo mismo es la Palabra, es la Palabra del Padre. Una palabra con potencia para cambiar la vida de aquellos que la escuchan y la guardan. Una manera de expresar el amor, el aprecio que sentimos hacia el Señor, es precisamente aceptar todo aquello que sale de su boca, convencidos de que a través de esa palabra nos llega la felicidad y la vida.

El Señor Jesús sabe que es mucho lo que quiere decir a sus discípulos y que con toda seguridad no pueden ahora con ello. Por eso promete el envío del Espíritu Santo para que sea él, el que abra sus inteligencias para comprenderlo todo, y a la vez les recuerde todas sus enseñanzas.

A continuación, el Señor dice a sus discípulos: «La Paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la del mundo». La Paz que trae el Señor es muy diferente a la que nos ofrece el mundo. La paz del mundo proviene de circunstancias externas a nosotros, que pueden variar. Los acontecimientos del día a día pueden romper esa paz con mucha facilidad. La salud, el dinero, la diversión, la familia, etc., pueden hacernos la vida más o menos agradable, pero se trata de algo momentáneo que puede cambiar de repente. La Paz que nos trae el Señor brota de nuestro interior, de manera que los acontecimientos externos, aunque sean negativos, no pueden romperla. Esa Paz interior nace de tener la certeza del amor de Dios, que no hace distinción de personas y que nos ama profundamente a pesar de nuestras deficiencias y pecados. La mejor fuente de Paz interior es, pues, sabernos amados por Dios sin condiciones.

Después, el señor, sabiendo las dificultades que se encontrarán los discípulos cuando él no esté a su lado, les dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde… me voy, pero volveré a vuestro lado». Y les advierte: «Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».  Esta situación también podemos experimentarla nosotros. Sucede que tener paz interior cuando todas las cosas nos van bien, es relativamente fácil, pero cuando en la vida llegan los nubarrones, llegan acontecimientos que no podemos controlar, como enfermedades, problemas económicos serios, diferencias insalvables entre familiares, y otros tantos, parece que la presencia del Señor desaparezca de nuestras vidas. Nos da la sensación de quedarnos solos. Para esos momentos es para cuando el Señor nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…», yo estoy cerca de vosotros, aunque no me veáis.

Hay otros momentos en los que, aparentemente, el Señor desaparece de nuestra vida. Son momentos de sequedad como los que pasó, por ejemplo, santa Teresa de Jesús. El Señor permite estas ausencias aparentes, para que nos sirvan de acicate a fin de que lo busquemos con mayor intensidad. Es el Esposo que desaparece de la vida de la esposa, que somos nosotros, para que deseemos con mayor vehemencia su compañía. Hoy, para tranquilidad nuestra, nos dice como a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón. Me voy, pero volveré a vuestro lado».  


DOMINGO V DE PASCUA -C-

DOMINGO V DE PASCUA -C-

«AMAOS COMO YO OS HE AMADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 14, 21b-27 * Ap 21, 1-5a * Jn 13, 31-33a.34-35

El evangelio de este domingo es muy breve. Nos muestra al Señor Jesús con sus discípulos en la Noche de la Última Cena, cuando Judas ya ha marchado a entrevistarse con los sumos sacerdotes con la intención de entregarles al Señor.

El Señor sabe que se acerca el momento de su inmolación, pero sabe que ese es el camino para ser glorificado por el Padre. San Juan en su evangelio no muestra la Pasión y Muerte del Señor como lo que humanamente parece, un fracaso, sino que la muestra como una victoria, como una exaltación. Ya el Señor lo había anunciado con anterioridad cuando dijo: «Cuando yo sea elevado, atraeré a todos hacia mí». Por eso, esta noche, dirigiéndose a sus discípulos les dice: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él».

Hemos dicho al principio que este evangelio era muy breve, pero sucede con él, como con las esencias y perfumes, que siempre se presentan en frascos pequeños. Por eso, con pocas palabras, pero con hondo significado, el Señor da a sus discípulos la clave para que, a través de sus vidas, Él pueda estar siempre presente en todas las generaciones. ¿Cuál es esta clave? No es otra que hacer presente entre ellos el amor.

El Señor les dice: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». ¿Cómo es ese amor? podemos preguntarnos. ¿Cómo ha amado el Señor a sus discípulos y cómo nos sigue amando a cada uno de nosotros? Sin límites, sin condiciones, sin exigir en la vida cambio alguno, con una entrega total. Recordemos lo que decíamos hace unos domingos sobre la diferencia entre el amar y el querer. Amar es donarse desinteresadamente. Amar es darse por completo desde el corazón con una entrega total, de manera que el que ama no exige del otro que le corresponda. Así es como Dios nos ama y así es como nos invita el Señor a amarnos.

Manifestar ese amor sólo es posible para Dios, porque precisamente la esencia de Dios, aquella materia, con perdón por la expresión, que conforma a la persona divina, no es otra que el amor. Por eso se entiende el interés del Señor al darnos este nuevo mandamiento. Él sabe que la única forma visible de hacerse presente como Dios en medio de los hombres, es hacer que ese amor se dé entre nosotros.

El Señor Jesús dice a sus discípulos: «Como yo os he amado». El Señor les ha amado cuando se han comportado como sus enemigos. Judas, ciertamente, lo traicionó entregándolo a los judíos, pero el resto de discípulos, Pedro incluido, lo traicionaron abandonándolo a su suerte sin mover ni un dedo en su favor. Actuaron más como enemigos que como verdaderos amigos. Sin embargo, el Señor los amó, y perdonó sin condiciones su traición.

También tú y yo traicionamos una y mil veces al Señor. Lo abandonamos siguiendo nuestros bajos instintos. No somos mejores que aquellos que un día lo dejaron sólo delante de los judíos. Y, sin embargo, ¿cuál es su respuesta? El perdón y la misericordia sin límites. San Pablo, en su primera carta a los Corintios, dice: «En Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones…» significa esto que, en Cristo, tú y yo, hemos sido reconciliados con el Padre. Así lo afirma el Apóstol en su carta a los Romanos cuando dice: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». ¿Qué prueba queremos más del amor que el Padre nos profesa?

El evangelio termina diciendo: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros», porque, donde se da la caridad y el amor, allí mismo está Dios.


DOMINGO IV DE PASCUA -C-

DOMINGO IV DE PASCUA -C-

«YO CONOZCO A MIS OVEJAS Y ELLAS ME SIGUEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 13, 1-4.43-52 * Ap 7, 9.14b-17 * Jn 10, 17-30

Tradicionalmente se conoce a este domingo cuarto de Pascua, como al Domingo del Buen Pastor. Los evangelios que corresponden a los tres ciclos litúrgicos, sacados todos del evangelio de san Juan, nos muestran al Señor Jesús asumiendo la figura entrañable del pastor.

No es de extrañar que el Señor gustase presentarse ante sus discípulos como el Buen Pastor, pues, ya, en el Antiguo Testamento, Dios-Padre se muestra al Pueblo como su pastor. Así los vemos en el salmo 80 que empieza diciendo: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño…» También en el salmo 23 el salmista dice: «El Señor es mi pastor, nada me falta…».

Siguiendo esta tradición bíblica, al Señor Jesús le gusta mostrarse como un pastor que cuida con mimo a sus ovejas. Podemos preguntarnos, cuál es el motivo de esta preferencia. En primer lugar, porque el pueblo de Israel es en sus orígenes un pueblo de pastores y por tanto la figura del pastor es muy familiar para todos aquellos que escuchan a Señor. Y, en segundo lugar, porque el trato que el pastor brinda a sus ovejas no puede ser más delicado.

El pastor conoce a sus ovejas una por una, conoce sus caprichos y preferencias y las llama por su nombre. Busca para ellas los mejores pastos y las aguas más frescas. Las defiende de los peligros que las acechan hasta exponer su propia vida. Finalmente, busca a la que se ha extraviado sin arredrarse por las dificultades, y cuando la encuentra, no la hace volver al rebaño a trompicones, sino que cargándola sobre sus hombros la lleva con mimo hasta el redil.

Todo lo que el pastor hace con sus ovejas tiene un paralelismo con lo que el Señor hace cada día con cada uno de nosotros. También para él no somos un número más como sucede en algunos ejércitos o en las cárceles. Él nos conoce a cada uno por nuestro nombre. Conoce nuestra manera de ser, nuestro carácter y nuestros caprichos y pecados. Nos alimenta con su Palabra y su Eucaristía, dándonos fortaleza para resistir a las asechanzas del enemigo, y, para que nosotros no nos perdiéramos atrapados por la muerte, no solo puso en peligro su vida, sino que la entregó por completo para nuestra salvación. Finalmente, cuando nosotros usando mal de nuestra libertad nos apartamos del rebaño, no usa la violencia para hacernos volver al redil, sino que con inmenso amor y con una enorme paciencia, espera nuestro regreso sin reprocharnos absolutamente nada.

Las ovejas corresponden a los cuidados y mimos del pastor siendo dóciles a sus indicaciones. Conocen la voz del pastor y lo siguen confiadas. Hoy, así nos lo dice el Señor en el evangelio: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna». Es necesario, pues, que tengamos el oído abierto para escuchar el silbo amoroso del Pastor. Él sólo quiere para nosotros la felicidad y la vida. Sabe que son muchos los peligros que nos acechan, y está dispuesto a librarnos de la mano del enemigo, que es mucho más fuerte que nosotros, si nosotros le dejamos actuar en nuestra vida.

Como a veces tenemos dificultad en reconocer a nuestro Pastor, su amor por el rebaño llega al extremo de ponernos pastores cercanos a nosotros, para que nos guíen y nos acompañen en nuestro caminar por la vida. También a ellos debemos escuchar para evitar que, pastores asalariados, que no buscan el bien de las ovejas sino su propio interés, en vez de llevarnos a frescos pastos y fuentes tranquilas, nos lleven por el camino de la perdición.


DOMINGO III DE PASCUA -C-

DOMINGO III DE PASCUA -C-

«SIMÓN, HIJO DE JUAN, ¿ME AMAS MÁS QUE ESTOS?»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 5, 27b-32.40b-41 * Ap 5, 11-14 * Jn 21, 1-19

El apóstol san Juan nos sitúa hoy en su evangelio a orillas del mar de Galilea. Están presentes Simón Pedro, Tomás, Natanael, los Zebedeos y dos discípulos más. De momento Pedro dice: «Me voy a pescar». Los demás, contestan: «Vamos nosotros también contigo».

Dice san Juan que aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, alguien desde la orilla pregunta: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Le responden, no. Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Lo hacen así y no tenían fuerzas para sacarla. Juan dice a Pedro: «Es el Señor». Pedro, sin dudarlo, se ata la túnica y se echa al agua.

Al llegar a tierra ven unas brasas con un pescado encima y pan. Jesús les dice: «vamos, almorzad». Pedro arrastra la red hasta la orilla repleta con 153 peces grandes. Nadie se atreve a preguntar tú ¿quién eres? Saben muy bien que se trata del Señor.

Después de comer Jesús pregunta a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» Pedro responde: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero». La pregunta del Señor va mucho más allá de la respuesta que le da Pedro. El señor habla de amar y Pedro responde con querer. Quizá alguno diga: y ¿Qué diferencia hay entre lo uno y lo otro? Mucha. Amar es desear la felicidad para el otro, aun cuando su camino sea diferente al nuestro. Amar es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse. Amar es darse por completo desde el corazón, es entrega total. El que ama no pide el amor del otro, de ahí que el amor nunca será causa de sufrimiento.

Por el contario, querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás lo que llena nuestras necesidades personales de afecto, de compañía. El querer exige correspondencia de parte del ser querido.

El Amor del Señor es entrega total, sin condiciones. Nos ama, seamos como seamos. Por eso su amor ni nos exige nada ni desea que cambiemos para podernos amar. Sin embargo, nosotros, como Pedro, queremos al otro porque tenemos la necesidad de sentirnos a la vez queridos. Necesitamos para poder vivir experimentar el amor de Dios que nos ama sin condiciones.

Por tres veces hace el Señor la pregunta a Pedro, y por tres veces recibe de Pedro la misma respuesta. Por tres veces Pedro negó al Señor y por tres veces el Señor le muestra su amor sin condiciones.

El Señor, hoy nos dice: Juan, María, Lucía, José… ¿Me amas? Pensemos que respuesta podemos dar al Señor. ¿Lo amamos verdaderamente con todo el corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas? ¿O más bien, en vez de amarlo nos limitamos a quererlo de una manera egoísta porque lo necesitamos? Aunque así sea, no debemos entristecernos, porque el Señor conoce nuestra realidad. Conoce nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestros desánimos y nuestra impotencia.

Aunque muchas veces, como Pedro, si no de palabra, sí con los hechos le neguemos, su amor, está por encima de todo esto. Él sigue amándonos y sigue dándonos su amor, porque sabe que es lo único que puede hacernos felices.

Por nuestra parte hagamos como Pedro. No nos miremos a nosotros mismos, sino mirémosle a Él y digámosle también: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que, en nuestra pobreza, también nosotros queremos quererte”.

DOMINGO II DE PASCUA -In Albis- C

DOMINGO II DE PASCUA -In Albis- C

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 5, 12-16 * Ap 1, 9-11a.12-13.17-19 *Jn 20, 19-31

San Juan en su evangelio nos sitúa hoy en la tarde del domingo, primer día de la semana y día de la Resurrección del Señor. Los discípulos están reunidos en una sala, probablemente en el Cenáculo, con puertas y ventanas atrancadas por miedo a los judíos. Temen que, si al Maestro lo han ajusticiado, ellos puedan correr la misma suerte.

Estando así, se hace presente el Señor en medio de ellos y les dice mostrándoles las manos y el costado: «Paz a vosotros». Ellos, llenos de alegría, no acaban de dar crédito a lo que ven sus ojos. El Señor, repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Dicho esto, exhala su aliento sobre ellos y les dice: «recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Éste es pues, el primer encuentro del Señor con sus discípulos después de resucitado. Vale la pena fijarnos en algunos de aspectos de esta aparición del Señor Jesús, en la que destaca en primer lugar, la manera de comportarse con los discípulos, que es totalmente contraria a lo que haríamos nosotros en una situación semejante. Recordemos lo ocurrido. En Getsemaní Jesús es traicionado, apresado por los judíos, sometido a juicio y entregado a los romanos a fin de ser condenado a muerte. ¿Cuál es entre tanto la actitud de sus discípulos? El más representativo, es capaz de negar ante una criada que le conoce. Los demás, a excepción de Juan, desaparecen de escena, sin que ninguno de ellos mueva un solo dedo para defenderlo.

¿Qué hubiéramos hecho nosotros si hubiéramos estado en el lugar de Jesús? Como mínimo echarles en cara su cobardía afeándoles su comportamiento. Ésta hubiera sido una reacción humana. Sin embargo, por suerte para nosotros, el Señor actúa como Dios y no como hombre. «Sus pensamientos, como dice en Isaías, distan tanto de nuestros pensamientos, como el cielo de la tierra». Por eso su primer saludo es para desearles la paz. No contento, pone en sus manos para que la lleven adelante la misma misión que el Padre puso en sus manos, haciéndoles partícipes, además, del poder que, como Dios, tiene para perdonar pecados. Su manera de obrar debe movernos a la gratitud, ya que, mereciendo ser castigados, sólo recibimos de sus manos perdón y misericordia.

San Juan nos dice en este evangelio que, en esta primera aparición de Jesucristo, el apóstol Tomás no se encontraba con los otros apóstoles y que cuando ellos le dicen que han visto al Señor, contesta: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

Ocho días después se presenta de nuevo el Señor estando cerradas puertas y ventanas y dirigiéndose a Tomás le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente». Tomás, asombrado, se limita a decir: «Señor mío y Dios mío». Jesús añade: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

¡Cuántas veces nos comportamos como Tomás! Cuántas veces ponemos en duda las obras del Señor, porque nos dejamos guiar por nuestra razón poniendo de manifiesto nuestro orgullo al afirmar: “Si no lo veo no lo creo”. De este modo damos prioridad a nuestra razón convencidos de ser poseedores de la verdad.

Seamos humildes y aceptemos la actuación del Señor en nuestra vida, en nuestra historia, aunque a veces no la acabemos de entender. No queramos pasarlo todo por la razón. Si lo hacemos así, se cumplirán en nosotros las palabras del Señor Jesús: «Dichosos los que crean sin haber visto».


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«EL SEÑOR HA RESUCITADO DEL SEPULCRO COMO HABÍA DICHO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

Llegamos al punto culminante de toda la Historia de Salvación. Todos los acontecimientos que nos narra la Escritura en el Antiguo Testamento, alcanzan su plenitud y cumplimiento en la Pascua del Señor Jesús.

A causa del pecado de nuestros primeros padres, todo el plan que Dios-Padre había concebido al crear el universo y en él al hombre para que lo dominara, se desmorona por completo. El Señor nos creó para la felicidad y la vida, de manera que la muerte era algo ajeno a sus planes. Dios, como dice el Libro de la Sabiduría, «no creó la muerte ni se complace en la destrucción del hombre». Sin embargo, éste, haciendo mal uso de la libertad que ha recibido, se separa de Dios que es origen y principio de la misma vida, y queda sumergido en las tinieblas esclavo de la muerte.

Ante esta situación y movido por un amor que sólo Dios es capaz de manifestar, el Señor concibe un plan de salvación para el hombre. Su propio Hijo, Dios como Él, se revestirá de una carne mortal como la nuestra, haciéndose en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, de manera que nada de la que nos suceda a ti y a mí, será extraño para él.

La finalidad de la encarnación del Hijo de Dios era hacer posible que su carne mortal conociera la muerte, de manera que, penetrando en ella, la fuerza de su divinidad la venciera totalmente. Esto es, precisamente, lo que celebramos en la Pascua. Cristo, cargado con todos los pecados de la humanidad, también con los tuyos y los míos, dócil a la voluntad del Padre, sufre una pasión ignominiosa que termina entregando en la cruz hasta la última gota de su sangre.

El brazo de Dios, aquel que camino de la Tierra Prometida abrió el Mar Rojo para que Israel lo atravesara a pie enjuto, fue el que, sacando al Señor Jesús del sepulcro, lo resucitó, para que su muerte no cayera sobre nuestras conciencias y pudiéramos también nosotros, libres del pecado, experimentar en nuestras vidas su victoria sobre la muerte.

Ésta es la gran noticia. Ya no somos deudores de la muerte, porque el Señor, cargando sobre sí todos nuestros pecados, le ha arrancado el aguijón con el veneno que nos mataba. Podemos decir, por tanto, con el Apóstol Pablo «¡Oh muerte! ¿dónde está tu victoria? ¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?» La resurrección de Cristo es para nosotros la garantía de nuestra propia resurrección. Ella nos abre de nuevo las puertas del cielo, devolviéndonos la condición de hijos adoptivos de Dios.

La resurrección del Señor es el centro del cristianismo, el centro de nuestra fe. De manera que, sin ella, lo que llamamos historia de salvación no tendría razón de ser. La Pascua, o sea el paso de la muerte a la vida del Señor Jesús que celebramos en la Vigilia Pascual, es tan importante en la vida del cristiano, que la Iglesia la prolonga durante todo el año, mediante la celebración de la Eucaristía de cada domingo.

De nosotros ha de nacer un profundo agradecimiento a Dios-Padre, porque, sin merecerlo, nos ha devuelto en la resurrección del Señor, la vida y la alegría. Nuestra existencia vuelve a tener sentido. No somos seres que caminamos hacia la muerte por causa del pecado, sino que somos criaturas nuevas llamadas a heredar con Cristo el reino de los cielos, la vida eterna.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR  -C-

¡BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR!

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14 – 23, 56

Celebramos este domingo la Entrada triunfal del Señor en Jerusalén. Con él damos comienzo a la Semana Mayor o Semana Santa. En ella viviremos actualizados los grandes misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, o sea, la Pascua del Señor Jesús.

Hemos dicho de manera actualizada, para significar que en esta semana no nos limitamos a hacer un recuerdo de lo que hace más de dos mil años sucedió en Jerusalén, sino que aquellos acontecimientos se harán presentes hoy en nuestra vida a través de la liturgia de la Iglesia.

Todos esto significa que no vamos a quedarnos como meros espectadores de esta historia, sino que entraremos a formar parte de ella como protagonistas. De manera que hoy, formaremos parte de la multitud que aclama al Señor como al Mesías- Salvador, acompañándolo en su entrada triunfal en la Ciudad Santa.

El Señor viene decidido a culminar la obra de salvación que Dios-Padre ha dispuesto para toda la humanidad, para ti y para mí. Sabe perfectamente todo lo que le espera, y si en algún momento su humanidad flaquea, cosa que nos conforta al ver que su condición humana es idéntica a la nuestra, sabe sobreponerse y exclama: «¡Si para esto he venido!».

Hemos dicho que también nosotros seremos protagonistas, porque también el Señor nos sentará a su Mesa y nos alimentará, como a los apóstoles, con su Cuerpo y con su Sangre. Estaremos junto a Él en Getsemaní, porque también en nuestra vida tenemos momentos de profundo sufrimiento, y deseamos que el Señor aparte de nosotros aquello que nos mata y nos destruye. Seremos protagonistas con Judas y con Pedro porque, con nuestro comportamiento, lo traicionamos muchas veces volviéndole la espalda y dejándolo sólo.

Pediremos junto a la muchedumbre, no de palabra, pero sí con los hechos, que Pilato crucifique al Señor. Y, ¡ojalá! como Pedro, viendo nuestras infidelidades y pecados, lloremos pidiendo al Señor misericordia.

Veremos al Señor colgando de la Cruz y entregando por nosotros hasta la última gota de su sangre. Al besar esa Cruz de la que pende nuestra salvación, besaremos nuestras miserias y limitaciones, nuestras debilidades, fracasos, enfermedades, incomprensiones, todo aquello que nos hace presente que somos limitados y que necesitamos la ayuda del Señor para vivir.

Acompañaremos a la Virgen que, con el corazón traspasado por el dolor, al pie de la Cruz nos recibe como a hijos. Esa ha sido la voluntad del Señor. Hasta ese punto nos ha amado y ha querido cuidar de nosotros. Él ha experimentado en la Cruz la mayor soledad posible cuando ha dicho: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Por eso, conociendo nuestra debilidad, no ha querido dejarnos solos, sino que, en su Madre, nos ha dado una Madre que cuide de nosotros y que nos acompañe en el camino para llegar a encontrarnos con Él.

Finalmente, ¡ojalá! estemos todos como María junto al sepulcro y podamos ser testigos de que, con la resurrección del Señor, la muerte, nuestra muerte, ha sido vencida y han quedado abiertas para nosotros las puertas del Paraíso.