Blogia

Buenasnuevas

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA B. VIRGEN MARÍA

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA B. VIRGEN MARÍA

«EL SEÑOR LO PUSO AL FRENTE DE SU FAMILIA»

 

Celebramos esta semana la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y Padre Legal del Señor Jesús.

San José es una figura indispensable  en la historia de la salvación. Dios lo eligió para llevar adelante el plan que, desde toda la eternidad, había preparado para el hombre, para ti y para mí, a fin de salvarnos del pecado y de la muerte

Queremos fijarnos hoy en los títulos que acumula una de las figuras más humildes de toda la Historia de la salvación.

 El mayor título que ostenta es el de Esposo de la Virgen María y, por tanto, padre legal del Hijo de Dios, con todos los derechos y obligaciones que la Ley reconocía al hombre, como cabeza de la familia.

El Papa Francisco dice al respecto:

 “De este hombre que se hizo cargo de la paternidad y del misterio se dice que era la sombra del Padre: la sombra de Dios Padre. Y si Jesús hombre aprendió a decir ‘papá’, ‘padre’, a su Padre que conocía como Dios, fue gracias a que lo aprendió de la vida, del testimonio de José: el hombre que custodia, el hombre que hace crecer, el hombre que lleva adelante la paternidad y el misterio, y que no toma nada para sí mismo.”

San José tiene múltiples “patronazgos”.

Destacamos los tres más importantes

 San José patrono de la Iglesia Universal.

En el concilio Vaticano I, más de 300 padres solicitaron la elevación de San José como santo patrono de la Iglesia Universal. Así como Jesucristo es el cuerpo de la Iglesia y María Madre de la Iglesia, también a San José se le ha puesto como protector de la Iglesia Universal. Fue el Papa Pío IX, en el Concilio Vaticano I, quien declaró y constituyó a San José Patrono Universal de la Iglesia el 8 de diciembre de 1870.

San José es el patrono de los Seminarios.

Hubiera sido más acorde con el sentido común que el patrón fuera, por ejemplo, un apóstol, o un santo obispo o sacerdote cuya vida y escritos estuvieran dirigidos principalmente a la formación sacerdotal. Pero no, es San José. Lo es porque toda su vida es una enseñanza para aquellos que sienten la llamada a trabajar en la mies.

 San José, patrono de la Buena Muerte.

No podía ser de otro modo. ¿Quién no desearía entregar el último aliento antes de entrar en la vida eterna como lo hizo san José, en los brazos de su hijo Jesús y junto a María su esposa?

Es, además, patrón de las familias, los padres, las mujeres embarazadas, viajeros, inmigrantes, artesanos, ingenieros y trabajadores. Es también el patrón de las Américas, Canadá, China, Croacia, México, Corea, Austria, Bélgica, Perú, Filipinas y Vietnam.

Pongamos nuestra vida bajo la protección de este gran santo que, según santa Teresa, nunca desatendió ninguna de sus súplicas.

 

 

 

 


DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 15, 5-12. 17-18 * Flp 3, 17—4-1 * Lc 9, 28b-36

Tenemos el peligro de considerar nuestra presencia en este mundo de una manera meramente humana. Podemos pensar que, como todo ser viviente, nacemos, crecemos, nos reproducimos y finalmente morimos. Pensar así nos llevaría a valorar nuestra existencia comparándola con la de cualquier ser viviente, animal o planta.

Esta manera de enfocar nuestra vida tiene lugar, cuando eliminamos de ella la trascendencia. Es decir, cuando la contemplamos de tejas abajo. Cuando borramos de nuestra existencia la figura del Dios creador. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Tenemos nuestro origen en Dios y hacia Él caminamos. Dirá san Pablo, «en Él vivimos nos movemos y existimos.»

Somos seres trascendentes, o sea, seres llamados a una vida eterna. A una vida muy superior a la que experimentamos cada día. A una vida que, citamos de nuevo a san Pablo, «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.»

Precisamente hoy, en el evangelio, el Señor Jesús quiere que tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, sean testigos de esa vida superior, de esa felicidad sin límites, que Dios preparó para el hombre cuando lo hizo aparecer sobre la tierra. Para eso, sube con ellos a un monte alto y en su presencia se transfigura, se transforma, es decir, permite que los tres contemplen su condición divina.

Junto a Jesús transfigurado, aparecen, por una parte, Moisés, que representa la Ley, y por otra Elías como representación de los profetas, significando que, en Él, alcanzan su plenitud tanto la Ley como los profetas. Dice el evangelista que los tres conversan sobre la cercana muerte que va a consumar en Jerusalén. Jesús desea preparar a sus discípulos para que no ignoren cuál es su principal misión en este mundo. Quiere que estén al corriente de que, para llevar a cabo la salvación de los hombres, es necesario pasar primero por la ignominia de la Pasión.

La sensación que viven los tres discípulos es sumamente placentera, hasta el punto de hacer exclamar a Pedro: «Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». San Lucas añade: «No sabía lo que decía».

Todavía está hablando cuando una nube los envuelve, y de dentro de la nube se oye una voz que dice: «Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Es la voz del Padre que confirma de este modo que aquel al que ellos siguen, es el Hijo de Dios.

Esta frase del Padre dirigida a Jesús en aquel momento, ha de llenarnos hoy de gozo y agradecimiento, a nosotros que, por el Bautismo y unidos a Jesucristo, hemos recibido la filiación divina. El Padre, hoy, a ti y a mí, nos ha dicho que somos sus hijos escogidos. Por tanto, como dice san Pablo a los filipenses, «somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos la venida de un Salvador: Nuestro hermano mayor, el Señor Jesús. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición divina».

Hoy, pues, en la Transfiguración del Señor, el Padre nos muestra lo que un día será nuestra propia transfiguración. «Este ser corruptible, en palabras de san Pablo, se revestirá de incorruptibilidad y este ser mortal se revestirá de inmortalidad».

Estemos agradecidos por tanto a Dios, porque se ha complacido en nosotros, pobres y pecadores, y nos ha elegido en su Hijo Jesucristo para ser sus hijos, sin que por nuestra parte hayamos hecho merecimiento alguno.

CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO

CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO

Hemos iniciado la Cuaresma recibiendo sobre nuestras cabezas la ceniza.

Este sacramental nos recuerda las penitencias que antiguamente llevaban a cabo los pecadores públicos que, a causa de sus pecados, se veían imposibilitados de tomar parte en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Dado que su pecado era conocido por todos, la penitencia correspondiente tenía que ser también pública.

Hasta el Concilio la fórmula que se empleaba al imponer la ceniza era: “Recuerda, hombre, que eres polvo y que en polvo te has de convertir”. Se trataba de una fórmula eminentemente penitencial que hacía presente el origen del hombre hecho del barro de la tierra y también su final, donde el cuerpo se descompondrá en cenizas.

Esta fórmula adolece de no empujar al hombre hacia la esperanza. Está centrada únicamente en la condición perecedera del hombre.

La fórmula que ahora emplea la Iglesia es muy diferente. Hace referencia a la conversión y a creer en el Evangelio. «Conviértete y cree en el Evangelio». Es una fórmula que nos abre un camino a la esperanza.

Por una parte, nos invita a la conversión. Y ¿qué es la conversión, podemos preguntar? Convertirse significa asumir, reconocer delante de Dios nuestra naturaleza de pecado. Nuestra pequeñez, nuestra debilidad… que hacen que seamos incapaces de obrar el bien. De hacer lo que es la voluntad de Dios para nosotros. La conversión implica, por tanto, la humildad y también el reconocimiento de la misericordia de Dios, que no abandona al pecador.

La segunda parte de la fórmula dice: «Cree en el Evangelio». Creer en el Evangelio significa creer en la Buena Noticia. ¿Cuál es la Buena Noticia? La buena noticia es tener la certeza del inmenso amor que Dios-Padre siente por el hombre pecador. Es tener el convencimiento de que el Señor nos ama en nuestra realidad. Que no pone condiciones ni nos exige nada. Que su amor llega hasta el extremo de entregar a su propio Hijo a la muerte, para que tú y yo no nos perdamos para siempre. Esa es la gran noticia. Un Dios que odia al pecado, pero que ama entrañablemente al pecador. Un Dios que ha resucitado a su Hijo de la muerte y nos ha regalado su Espíritu, que clama dentro de nosotros: Abbá, papá. Esa es la Buena Noticia. Esa es la gran noticia.

Bendigamos, pues, al Señor, que no se cansa en perdonar y que cada día espera nuestro regreso con ansia, si nos hemos apartado de su amor.

 

 

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

«ESTÁ ESCRITO: NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 26, 4-10 * Rm 10, 8-13 * Lc 4, 1-13

Estamos en el primer domingo de la Cuaresma, que dio comienzo el pasado miércoles con la imposición de la ceniza.

La Cuaresma es un tiempo de preparación a la celebración de la gran fiesta cristiana de la Pascua. La Pascua del Señor Jesús es el hecho primordial de nuestra fe. De nada hubieran servido el resto de acontecimientos de la vida del Señor, si no hubieran culminado con la Pascua. Por eso, por la importancia que tiene, la Iglesia la prepara durante los cuarenta días que la preceden, o sea los cuarenta días de la Cuaresma.

En nuestra vida, aunque no somos conscientes de ello, está presente el maligno que, como enemigo acérrimo de Dios, pretende desbaratar el plan de salvación que el Señor ha preparado para nosotros. Lo hace, como un día lo hizo con nuestros primeros padres, mostrándonos como bueno y apetecible aquello que el Señor, a fin de que seamos felices, nos aconseja no hacer.

La tentación, en nuestra vida, es indispensable porque nos ayuda a ejercitar nuestra libertad. El Señor no desea que lo amemos a la fuerza, sino que quiere que lo hagamos de una manera libre y consciente.

Las tres tenciones a las que el demonio somete hoy al Señor Jesús, son las mismas que sufrieron nuestros padres cuando salieron de Egipto y se dirigieron a la Tierra Prometida. Son tres: en primer lugar, exigieron a Dios comida y agua. Hoy el maligno ha dicho al Señor: «¿Tienes hambre? ¿No eres el Hijo de Dios? Di, pues, que estas piedras se conviertan en panes».

En la segunda tentación, el Pueblo se niega a caminar por el desierto. No acepta la historia, el plan que Dios ha preparado para ellos. El maligno hace lo mismo con el Señor. Le invita a no aceptar su condición de aldeano de Nazaret, y a mostrar su condición de Dios, a fin de que la gente crea en él.

En la tercera tentación vemos al Pueblo que, harto de seguir a un Dios al que no pueden ver, un Dios al que no pueden manejar y llevar de un lugar a otro, se construyen un ídolo de plata y oro, proclamando que es él, el que los ha sacado de Egipto. El maligno tienta al Señor Jesús, mostrándole todas las naciones y sus riquezas, y prometiendo entregárselas si lo adora. Le invita, pues, a dar culto a los ídolos, al dinero, a las riquezas, al poder. La respuesta del Señor es tajante: «Sólo Dios merece ser adorado. Sólo a Él debemos dar culto».

También en nuestra vida somos tentados como el Pueblo o como el Señor. El maligno, sobre todo, nos invita a asegurarnos la vida. El alimento, el bienestar. La meta fundamental de todo hombre es alcanzar una situación económica holgada, pensando con ello vivir feliz y sin preocupaciones. La realidad es que para ser felices necesitamos algo más que tener nuestro estómago satisfecho. «No sólo de pan vive el hombre, dice el Señor, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Tampoco nosotros estamos de acuerdo con nuestra historia, con nuestra manera de ser, con nuestro físico, con nuestra situación familiar o de trabajo. Todos, si pudiéramos, cambiaríamos algo de nuestra vida. No somos conscientes de que el Señor nos da a cada uno aquello que es más conveniente para nuestra felicidad.

Finalmente, también nosotros, como el Pueblo, damos culto a los ídolos. Todos, consciente o inconscientemente, pedimos la vida al dinero. Es nuestro ídolo. Nadie concebiría una vida en la que no estuviera presente el dinero. Sin embargo, El Señor Jesús nos dice claramente en el Evangelio: «No podéis servir a Dios y al dinero»

 

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¿ACASO PUEDE UN CIEGO GUIAR A OTRO CIEGO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 4-7 * 1Cor 15, 54-58 * Lc 6, 39-45

Con este domingo damos por finalizada la primera parte del tiempo ordinario, ya que el próximo domingo, si Dios quiere, daremos comienzo a los domingos de Cuaresma.

En la vida cristiana es fundamental tener conocimiento de nuestra limitación y de nuestros fallos. Es muy fácil caer en la tentación de creernos superiores a los demás, y, por tanto, enjuiciar sus obras.

La presunción o el engreimiento, puede hacernos mucho daño a nosotros y también a aquellos que nos rodean. De ahí, que el Señor, en el evangelio quiera prevenirnos de ese mal cuando hoy nos dice: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?». Yo te digo ¿Quién te crees tú para ir dando consejos? ¿Acaso te consideras superior a los demás? Antes de erigirte en maestro será conveniente que tengas muy presente tus fallos, tus defectos, tu ignorancia.

A la hora de juzgar a los demás, será bueno considerar que podemos ver sus defectos porque los tenemos delante, mientras que los nuestros no podemos evaluarlos, porque los llevamos a la espalda como en una mochila. Por eso el Señor nos dice: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

El Señor sigue diciendo: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano». El hombre, tú y yo, a causa del pecado original es un árbol dañado. Significa esto que el pecado de origen nos incapacita para dar frutos buenos. Dicho de otra manera, por más que nos esforcemos, sin la ayuda del Señor no podemos obrar el bien. El motor que mueve nuestros actos, aunque a veces no nos demos cuenta, es el egoísmo. Queremos, al precio que sea, alcanzar la felicidad. Es lo que nos pide el corazón.

Esta ansia de ser, de destacar, tiene como origen el hueco que ha dejado en nuestro corazón el amor de Dios a causa del pecado. Nada de lo que nos rodea, familia, dinero, sexo, poder, diversión, etc., puede dar satisfacción a nuestro corazón. Estamos condenados a vivir insatisfechos.

Para mejor comprensión ponemos un ejemplo. Imaginemos una bombilla que pueda razonar. Si está fabricada para que unida a la corriente eléctrica produzca luz, quedará frustrada si se le corta la corriente. Se convertirá en un objeto inservible, en un trasto. Eso mismo le ocurre al hombre. Dios lo ha creado con un corazón hecho para amar y para ser amado. Si en un momento dado se encuentra imposibilitado de amar, experimentará el fracaso y no encontrará sentido a la vida.

Esta es la situación del hombre después del pecado. Hemos cortado la corriente, el lazo de amor que nos unía a Dios, le hemos vuelto la espalda y ya no encontramos una razón por la que valga la pena vivir. Sin embargo, Dios, no se da por vencido. Él nos ha creado para una existencia feliz y no puede consentir que las fuerzas del mal se alcen victoriosas. Por eso, ha dispuesto realizar en nosotros una nueva creación. Lo ha hecho cancelando la deuda que por el pecado habíamos contraído con él. Ha sido el Señor Jesús el que con su sangre ha pagado nuestra factura y nos ha sacado del dominio de la muerte. Su Espíritu, dentro de nosotros, ha restaurado el lazo que nos unía a Dios, devolviendo el sentido a nuestra vida y llenando de nuevo nuestro corazón de su amor.


DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23 *1Cor 15, 45-49* Lc 6, 27-38

La Iglesia continúa ofreciéndonos hoy el Sermón llamado del Llano, que es una versión distinta y algo más corta que el Sermón del Monte de san Mateo.

Lo que nos dice el Señor Jesús en el evangelio cae por completo dentro de lo que la sociedad de hoy denomina lo políticamente incorrecto. Exceptuando aquellos que deseamos ser y obrar como discípulos de Jesús, lo que el Señor nos propone es inaceptable para la gente del mundo.

No se nos puede pedir que amemos a nuestros enemigos, que hagamos el bien a aquellos que nos odian y que recemos por los que nos injurian. Lo correcto sería defendernos de nuestros enemigos, de los que nos odian y de aquellos que hablan mal de nosotros.

Cuando en los medios de comunicación un padre o una madre perdona públicamente a alguien que ha abusado o asesinado a uno de sus hijos, en gran parte de la población se levanta una oleada de indignación. ¿Cómo es posible perdonar a un malhechor o a un asesino? Eso es injusto, afirman. Lo correcto es protegernos de esos delincuentes y hacer que paguen por sus fechorías.

Por suerte, la manera de obrar de Dios es distinta a la de los hombres. Si Dios actuara sobre nuestras infidelidades y pecados, como nosotros actuamos ante un malhechor o un asesino, nadie tendríamos salvación. La Escritura pone en boca de Dios esta frase: «Pero yo soy Dios y no hombre» Lo que significa que nuestras maldades y pecados, tienen como respuesta de parte de Dios, siempre, el perdón y la misericordia.

El Señor continúa mostrándonos cómo hemos de obrar, si de veras queremos ser felices, pese a lo que quiere vendernos el mundo. «Al que te pide, dale». No se te ocurra pensar si va a malgastar tu limosna o se la va a beber en vino. «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? «Si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores lo hacen.

«Vosotros, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos».

Esto que nos dice el Señor Jesús es de suma importancia, porque quien obra así, hace presente a Dios en la vida de los demás. A Dios nadie puede verle, pero si nosotros, ruines y pecadores, por impulso del Espíritu Santo somos capaces de obrar así, será Dios mismo el que se hará presente en la vida de aquellos que nos vean. Estaremos evangelizando mediante nuestra propia vida.

Con la siguiente frase del Señor queda al descubierto el mismo corazón de Dios: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y nos seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados: perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará». Todo esto es, precisamente, lo que Dios está haciendo contigo y conmigo. Tiene misericordia de nosotros, aunque no lo merezcamos. Mereciendo ser juzgados por nuestros pecados y torpezas, nadie nos juzga. Finalmente, el Señor nos otorga siempre gratuitamente su perdón, aunque no hagamos ningún merecimiento para que así sea.

Ese es nuestros Dios. Ese es el Padre del Cielo que nos ha mostrado el Señor Jesús. Incapaz de odiar, incapaz de exigirnos que cambiemos, porque conoce mejor que nadie de qué material estamos hechos. Pidámosle que derrame sobre nosotros su Espíritu Santo, para que podamos llevar a cabo lo imposible, y los demás, viendo nuestras buenas obras, lo conozcan y glorifiquen.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«DICHOSOS LOS POBRES, PORQUE VUESTRO ES EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 17, 5-8 * 1Cor 15, 12.16-20 * Lc 6, 17.20-26

La forma que tenemos de entender la felicidad en este mundo difiere mucho de aquella que el Señor nos muestra en el evangelio de hoy.

La gente corriente nunca entenderá que los pobres, los que tienen hambre, los que lloran o los que se sienten perseguidos por causa del Evangelio, puedan ser felices. Sin embargo, esto es lo que el Señor Jesús nos da a conocer hoy a través de su Palabra.

San Lucas nos muestra a Jesús bajando de la montaña y deteniéndose en un llano. Allí, rodeado por una gran multitud, empieza a adoctrinarles. Lo hará de una manera muy semejante a lo que nos narra San Mateo en el Sermón del Monte, Jesús dará comienzo a lo que conocemos como las Bienaventuranzas.

Jesús sabe que hoy, son muchos los que sufren porque no disponen de lo más elemental para vivir. Sabe también, que otros nadan en la abundancia apropiándose de los muchos bienes que han recibido, sin compartirlos con los demás. Proclamará, por eso, dichosos a los primeros haciéndoles poseedores del reino, y recordará a los segundos que ya han recibido su recompensa.

«Dichosos, dirá el Señor, si ahora tenéis hambre, no sólo hambre física, sino hambre de justicia y de amor, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis porque seréis consolados. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

El Señor sabe que aquellos que ahora ríen, que tienen éxito, que se sienten ricos y autosuficientes, no necesitan de Él, por eso no lo buscarán nunca ni encontrarán de verdad la vida. Los que por el contrario se encuentran vacíos, son pobres, lloran, o son perseguidos, encontrarán en el Señor a quien los llene, los enriquezca y los consuele. Esos son, a los que Él llama bienaventurados.

¿En cuál de los dos grupos nos encontramos? ¿Somos de los pobres o de los ricos? ¿Reímos o lloramos? ¿Tenemos hambre o nos consideramos saciados? Si somos sinceros reconoceremos que, con frecuencia, nuestro egoísmo hace que nos encerremos en nosotros mismos y que nuestras preocupaciones sean motivo de que no tengamos en cuenta a los demás.

Si queremos ser de verdad discípulos del Señor, hemos de insistir en la oración, para que, por la fuerza de su Espíritu, podamos, dentro de nuestra impotencia y de nuestra limitación, obrar como Él obró, para que, a través de nuestra vida, los demás lleguen a conocerle.

Finalmente debemos recordar que al final de nuestra vida, lo único que nos preguntará el Señor es si hemos practicado el amor y la misericordia con los demás. Como dice san Juan de la Cruz, sólo seremos examinados en el amor.


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«MAESTRO, POR TU PALABRA ECHARÉ LAS REDES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 6, 1-2a.3-8 * 1Cor 15, 1-11* Lc 5, 1-11 

Jesús se halla junto al lago de Galilea. Una multitud se agolpa a su alrededor. Él, desde una barca próxima a la orilla anuncia la Palabra de Dios. Al terminar dice a Simón que es el dueño de la barca: «Rema mar adentro y echad las redes para pescar». Simón responde: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

El evangelio sigue diciendo que, puestos a la obra, hacen una redada de peces tan grande, que casi revienta la red. Es necesario que desde otra barca vengan a echarles una mano. El resultado es, dos barcas llenas a rebosar que casi se hunden. Simón Pedro, lleno de asombro y fuera de sí, se arroja a los pies de Jesús y le dice: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Jesús responde: «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Ellos, sacando las barcas a tierra y dejándolo todo, le siguen.

Hay algunos aspectos de este evangelio que será bueno comentar. En primer lugar, la obediencia, la docilidad de Pedro a la palabra del Señor. Tiene motivos serios para dudar. En primer lugar, el experto en el arte de la pesca es él. En segundo lugar, deducimos por el evangelio que no es precisamente durante el día el momento más adecuado para pescar, sino la noche. Sin embargo, Pedro, no se deja llevar por su razón y se limita a responder: «En tu palabra Señor, echaré las redes».

¿Qué significa esta expresión «en tu palabra echaré las redes»? Equivale a decirle al Señor: me fío de ti. No quiero poner excusas ni quiero atender a mi experiencia ni a mi razón. Tú lo ordenas y yo obedezco. El resultado ya lo hemos visto.

¡Cuántas veces en la vida nos encontramos con situaciones muy parecidas a esta! Cuando se nos presentan dificultades serías, problemas en el trabajo, en la familia o en la salud, nos dejamos llevar por nuestra experiencia, y por nuestra razón, sin lograr encontrar la solución adecuada. Nuestra fe es tan insignificante que no somos capaces de abandonarnos en manos del Señor, confiando en su poder. No nos fiamos de Dios. No entra en nuestra vida como un ser real que está junto a nosotros dispuesto a ayudarnos. Sólo confiamos en nuestro esfuerzo.

El resultado es que, como Pedro, nos pasamos la noche bregando, afanándonos inútilmente. ¡Cuántos esfuerzos vanos! ¡Cuántas energías malgastadas! ¡Cuántos sufrimientos sin sentido y cuántos proyectos fracasados, por sólo querer utilizar nuestras fuerzas!

Si todo esto lo aplicamos a nuestra vida ordinaria, con cuánta más razón lo tenemos que aplicar a nuestra vida de fe. Sabemos con mayor o menor certeza qué es lo que deberíamos hacer ante situaciones complicadas en nuestra relación con los que nos rodean, padres, hijos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos, etc. Sin embargo, a la hora de actuar, nos encontramos en que somos incapaces de obrar adecuadamente. Nos pasa como a san Pablo: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el realizarlo… Quiero hacer el bien, pero es el mal el que se me presenta». 

Tenemos otro problema. Nos miramos demasiado a nosotros mismos. Si san Pedro se hubiera mirado a sí mismo convencido de su experiencia y de sus conocimientos en la práctica de la pesca, no hubiera contemplado jamás la maravilla de la pesca milagrosa. Pero no, no se miró a sí mismo, sino que puso su mirada, su confianza, en Aquel que tenía poder.

Hagamos nosotros lo mismo. Caminemos en la vida puestos los ojos en Aquel que conoce nuestra debilidad, pero que, como nos ama, está siempre a nuestro lado dispuesto a ayudarnos.