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DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«NO OS DEJARÉ DESAMPARADOS, VOLVERÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21 

Estamos acercándonos al final del Tiempo Pascual que culminará con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En el evangelio de hoy, que pertenece al Discurso de las Despedidas de la noche de la Última Cena, el Señor Jesús anuncia a sus discípulos el envío del Espíritu Santo. En esta ocasión lo llama el Defensor, el Espíritu de la verdad, que el Padre derramará sobre cada uno de ellos.

El Señor conoce la debilidad de su rebaño. Conoce también el ambiente hostil en al que tendrán que enfrentarse sus discípulos. Por eso le da al Espíritu Santo la misión de Defensor, de Paráclito. Esta figura que está sacada de la antigua Grecia, pone de relieve con claridad la misión del Espíritu Santo. Cuando en aquel tiempo se llevaba a juicio a una persona, podía ocurrir que en el transcurso de la vista, se hiciera presente un personaje, el Paráclito, que sin decir ninguna palabra, solo con su presencia y después de dar una vuelta por el interior de la sala, pusiera de manifiesto la inocencia del acusado.

Esa es una de las misiones del Espíritu Santo en nuestra vida. Con su presencia deja demostrada frente al enemigo, que desea nuestra perdición, nuestra inocencia, ya que pone de manifiesto que nuestras culpas han sido lavadas y blanqueadas con creces por la Sangre del Cordero.

El Señor Jesús afirma también en el evangelio: «No os dejaré desamparados, volveré». Se va, pero volverá para quedarse siempre con nosotros hasta la consumación de los siglos. El mundo no lo verá, porque para verlo hacen falta unas gafas especiales. Pero nosotros lo veremos presente en su Iglesia, en la Eucaristía, en los pequeños, en los pobres, en los enfermos y necesitados… Recordemos sus palabras cuando nos dijo: «Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis».

Antes de terminar quisiéramos destacar una frase con la que empieza el evangelio de hoy: El Señor empieza diciendo: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Una frase semejante es la que utiliza al final: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama». En las dos frases aparece la palabra “mandamientos”, y por eso queremos detenernos en ella. No cabe duda de que el amor impulsa al que ama a hacer aquello que le agrada a la persona amada, a darle gusto, podríamos decir. El que ama de verdad, llega a olvidarse por completo de sí mismo sin ningún esfuerzo, en favor de aquella persona a la que ama.

Sin embargo, la palabra “mandamientos” lleva consigo una carga considerable de esfuerzo. Por nuestra educación, es fácil entender que los mandamientos del Señor se han de cumplir mediante nuestro esfuerzo, y eso no es cierto. El cumplimiento de la Ley, o los mandamientos del Señor, está totalmente fuera de nuestro alcance. No podemos cumplirlos en modo alguno, solo con nuestro esfuerzo.

Cuando el Señor dice a sus discípulos: «Amaos», parece que esté echando sobre sus espaldas una orden, una carga, que no serán capaces de cumplir. Amar es darse al otro por completo, y eso solo ha podido hacerlo Él. De ahí, que, conociendo su impotencia, les prometa el envío del Espíritu Santo. Será Él, el que habitando en su interior, les dará fuerza para hacer lo que para ellos es imposible. Fue el Espíritu Santo el que les dio la fuerza y nos la dará también a nosotros, para amar a los demás en la dimensión que lo hizo el Señor Jesús, entregando su vida por nosotros.


DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA  -A-

«YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6, 1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12

El fragmento del evangelio de hoy está sacado del Discurso de las Despedidas del evangelio de san Juan. Tiene lugar la noche de la Última Cena. El Señor Jesús, conociendo todo lo que va a suceder en esa noche, en la intimidad, reunido con los suyos, les va preparando para que los acontecimientos que se presentan, no les pillen por sorpresa. Por eso, empieza diciéndoles: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo... Adonde yo voy ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Los acontecimientos que iban a acontecer aquella noche y al día siguiente, era tan graves y de tal importancia, que desmontaban por completo  la idea que del Señor tenían sus discípulos. Ellos esperaban un Mesías que librara a Israel del sometimiento a los romanos, y ahora ven al Señor Jesús sometido a tormentos atroces y clavado en una cruz. Esto es algo totalmente irracional.

 A través de nuestra vida encontramos también muchos acontecimientos para los que no tenemos respuesta. Nuestra mente y nuestra razón son muy limitadas, por eso tenemos el peligro de quedarnos bloqueados y no saber a ciencia cierta qué hacer. Un ejemplo muy actual lo tenemos en lo que está ocurriendo en estos momentos en nuestra sociedad. ¿Quién hubiera imaginado esta catástrofe hace tan solo medio año? El corazón se nos encoge al comprobar la enorme cantidad de fallecimientos ocurridos, y al ver la falta absoluta de medios para atender a tanto enfermo. Hospitales colapsados hasta el punto de dejar de atender a personas mayores a causa de su edad. Imposibilidad de prestar el mínimo acompañamiento a los moribundos por parte de sus familiares, etc., etc. Y todo esto sucede en una sociedad tecnológica que ha alcanzado metas insospechables en el terreno científico. Un insignificante virus microscópico ha echado por los suelos toda la soberbia y prepotencia de nuestra sociedad.

Ante esta situación de impotencia total, hoy, el Señor nos dice: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… Vosotros creíais que tenías respuesta para todo. Creías que todo estaba controlado. Habíais plantado vuestra tienda en este mundo olvidando que vuestro destino final era el cielo. Que vuestra impotencia no os conduzca a la desesperación. No miréis hacia la tierra, mirad hacia el cielo en donde yo os he preparado un lugar, un lugar en donde no hay llanto, ni fatiga ni muerte. Yo mismo soy el camino que os conducirá hacia el Padre. Él os ama intensamente y solo desea para vosotros la felicidad.

Como el Señor ha estado durante todo el rato refiriéndose al Padre, Felipe, exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Podemos imaginarnos al Señor Jesús que, un tanto extrañado por la petición de Felipe, le dice: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». La Escritura nos dice que nadie puede ver el rostro de Dios y continuar con vida. Por eso, Dios-Padre, quiso que la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, tomara una naturaleza humana, mortal como la tuya y la mía, a fin de que nosotros pudiéramos contemplar su rostro y continuáramos con vida. Por eso, ahora se entiende lo que dice Jesús: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Esta circunstancia la tenían muy clara los primeros cristianos, que afirmaban que en el señor Jesús en la Cruz, veían el rostro radiante del Padre.

DOMINGO IV DE PASCUA -A-

DOMINGO IV DE PASCUA  -A-

«HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA Y LA TENGAN ABUNDANTE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10

La Iglesia, en este cuarto domingo del tiempo pascual, nos muestra al Señor Jesús encarnando la figura del Buen Pastor. Una figura de hondo raigambre en las Escrituras ya desde el Antiguo Testamento. Dios-Padre gusta presentarse a su Pueblo como el pastor que cuida con esmero a su rebaño, porque ama de un modo particular a cada una de las ovejas que lo forman y a cada uno de los corderillos.

No es de extrañar que el Señor elija esta figura del pastor, a fin de que los israelitas entiendan cómo es la relación especial que Dios quiere mantener con su Pueblo. El pueblo de Israel, desde los patriarcas, ha sido un pueblo de pastores que conoce la especial relación que el pastor mantiene con cada una de sus ovejas. Para él, no son un conjunto de animales. Una oveja no es número más del rebaño. El pastor conoce una a una a sus ovejas y las llama por su propio nombre. Conoce sus caprichos y sus debilidades. Por eso, esa relación es el paradigma de la relación que Dios quiere mantener con su pueblo.

También tú y yo, no somos para el Señor un número más como sucede en el ejército o en una cárcel. A ti y a mí, Dios-Padre nos conoce por nuestro nombre. Conoce nuestras debilidades, nuestros pecados y nuestras miserias. Conoce nuestro carácter y también conoce aquellas obras buenas que con su ayuda llevamos a cabo. Nada hay en nuestra conducta que pueda escandalizarle. Conoce también a cuántos peligros estamos expuestos por nuestra ignorancia o nuestra insensatez. Por eso, lo mismo que el pastor   prepara para el rebaño un aprisco donde se encuentre a salvo de los lobos y de las fieras salvajes que quieren cebarse con el rebaño, ha preparado para nosotros un aprisco que es la Iglesia. En ella podemos vivir tranquilos y confiados bajo la atenta mirada del pastor, siempre dispuesto a defendernos incluso poniendo en peligro su propia vida.

Hoy, precisamente, el evangelio nos habla de ese aprisco al que llega el Señor para coger a su rebaño y llevarlo a pastos frescos y fuentes tranquilas, en donde pueda pastar sin temor. El pastor llama a sus ovejas, a cada una por su nombre. Ellas, que conocen su voz, salen y lo siguen dóciles y confiadas. Él camina delante mostrándoles el camino verdadero.

El Señor Jesús se compara también hoy, con la puerta del aprisco. Nos dice: «Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».

Significa esto, que solo a través del Señor podremos encontrar la salvación. Él, es el único que ha entregado su vida para que tú y yo, «tengamos vida y la tengamos en abundancia». Por eso, en otra para dirá: «Nadie va al Padre sino por mí».

A nosotros nos toca actuar como a las ovejas que siguen a su pastor confiadas y sin temor alguno. Quiere esto decir que, ante los cuidados y desvelos del Pastor, nuestra respuesta ha de ser la docilidad. Como las ovejas, hemos de ser dóciles a la voz del Pastor y seguirlo confiados


DOMINGO III DE PASCUA -A-

DOMINGO III DE PASCUA  -A-

«QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14.22-33 * 1Pe 1, 17-21 * Lc 24, 13-35

San Lucas nos narra en el evangelio de hoy el pasaje de los discípulos de Emaús. Ocurre el mismo domingo de la resurrección del Señor por la tarde. El evangelista, nos dice, que dos discípulos, solo conocemos el nombre de uno, Cleofás, caminan hacia una aldea llamada Emaús. Van preocupados y pensativos. Han sido testigos de todo lo que ha ocurrido con el Señor Jesús en Jerusalén y no acaban de entender estos acontecimientos.

Mientras caminan, el Señor se pone a su lado e interviene en la conversación. ¿De qué habláis? les pregunta. Ellos, asombrados de su ignorancia, le ponen al corriente de todo lo ocurrido en Jerusalén, y al final añaden: «Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo».

El Señor, después de escucharles les dice: « ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?». Y a continuación, empezando por Moisés y siguiendo por los profetas les va explicando todo lo que las Escrituras dicen sobre Él.

Cerca ya de una posada, el Señor Jesús hace ademán de seguir su camino, pero ellos insisten para que se quede diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Consiente, y ya sentados a la mesa parte el pan, y es en ese momento cuando ellos lo reconocen, pero él, desaparece de su vista.

Si, como hemos dicho muchas veces, la Palabra de Dios es una palabra viva que busca encarnarse en la vida de aquellos que la escuchan, la de hoy tiene el poder de aterrizar en nuestra existencia de un modo muy especial. Tú y yo, como estos discípulos, caminamos por la vida si ser conscientes de que el Señor se hace presente, que está resucitado y camina a nuestro lado, aunque no seamos capaces de reconocerlo. Él ha dicho que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos y su palabra no puede fallar.

¿Dónde poder ver al Señor?, quizá, preguntes. El Señor se acerca a ti en la persona de ese pobre indigente que te alarga la mano pidiendo ayuda. De ese inmigrante, de ese forastero que está solo, lejos de su tierra y que no conoce a nadie que pueda ayudarle. De ese niño mocoso y de esa mujer hambrienta que cada noche rebuscan en los contenedores de basura, lo que tú y yo hemos desechado para llevárselo a la boca. También está en los ancianos y los enfermos abandonados o en ese pobre padre de familia que se ha quedado en el paro y no puede atender a las necesidades de su familia. A través de todos ellos se nos acerca el Señor. Él ha dicho, «lo que hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Además, no hemos de ignorar, que serán ellos los que un día darán testimonio de nosotros y nos abrirán las puertas del cielo. Es necesario, pues, tener los ojos bien abiertos para descubrir al Señor cada vez que se nos acerque.

Queremos incidir, finalmente, en la frase que emplean los discípulos para que el Señor se quede con ellos y no pase de largo: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Para muchos, el día de nuestra vida va de caída y muy especialmente en estos tiempos difíciles que estamos atravesando. Por eso, esa ha de ser siempre nuestra oración: “Quédate, Señor, no pases de largo porque te necesitamos”.

LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA 

 

En el segundo domingo de Pascua, la Iglesia celebra el Domingo de la Divina Misericordia. Esta fiesta tiene su origen en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

 En el año 2000, san Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia dijo que “es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de Domingo de la Divina Misericordia”. (Homilía, 30 de Abril, 2000).

 El Diccionario de la Real Academia Española define así la palabra MISERICORDIA: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos”. Y refiriéndola a Dios dice: “Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas”.

 Hemos dicho en repetidas ocasiones que la esencia, la materia, hablando en términos humanos, de la que está hecho Dios, es el amor. Pues bien, la manifestación más elevada,  más eminente de ese amor, es la misericordia. Por eso se dice que Dios es un Padre que nos ama con un corazón de madre. Las entrañas de Dios son las entrañas de una madre que ama a su hijo, hasta el extremo de ser capaz de dar físicamente su vida por él. Y esto es precisamente lo que hizo Dios por ti y por mí. San Pablo dice en su epístola a los Romanos: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». Significa esto que Dios no esperó a que nosotros fuéramos buenos para enviarnos a su Hijo como premio, nos lo envió, cuando éramos, por el pecado, sus enemigos. Su  amor llegó al extremo de que para salvar tu vida y la mía de la condenación eterna, no dudó en entregar a su Hijo, Dios como Él, a una muerte infamante.

 Si Dios, cegado por el amor que nos profesa, obró así, ¿cómo no van a removerse sus entrañas cuando nos ve sufriendo día tras día esclavos del pecado y de la muerte?

 Nada malo debemos esperar de Él, porque lo quiere es vernos felices experimentando su gran misericordia, para que también nosotros podamos ser misericordiosos no solo con nuestros hermanos, sino incluso con nuestros enemigos.

 

DOMINGO II DE PASCUA -A-

DOMINGO II DE PASCUA -A-

«PAZ A VOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 42-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Con este segundo domingo cerramos la Octava de Pascua. Una semana que la liturgia considera como un solo día, el de la Resurrección del Señor. Hoy volvemos a aquel primer día de la semana, el domingo, que al alborear fue testigo de la Resurrección del Señor Jesús. Cristo salía vencedor de la muerte como garantía de nuestra propia resurrección.

Hoy, el evangelio nos lo muestra en el atardecer de aquel domingo, mostrándose vivo y resucitado a sus discípulos. Están encerrados, probablemente en el Cenáculo, atemorizados y sin acabar de digerir los acontecimientos que acaban de vivir. No saben a ciencia cierta qué pensar. A pesar de las repetidas veces que han oído de labios del Señor qué es lo que iba a acontecer, se resisten a pensar que todo acabe así.

El saludo del Señor no puede ser más tranquilizador «Paz a vosotros», si tenemos en cuenta su comportamiento durante toda la Pasión. Solo uno ha sido capaz de estar a su lado acompañándole en su agonía. Los demás han desaparecido acosados por el miedo, y uno lo ha hecho después de negar por tres veces que le conoce. «Paz a vosotros, repite, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». No solo evita todo reproche, sino que, olvidando por completo su cobardía y su pecado, los elige para que sean en el mundo los que continúen su misión.

¿Te das cuenta que tú y yo ocupamos en estos momentos el lugar de aquellos discípulos? Como ellos, hemos negado delante de los demás, por respeto humano, que le conocemos. Vivimos nuestra fe de una forma muy particular procurando que nuestra condición de creyentes pase inadvertida. Tampoco en nuestros actos personales somos consecuentes con la fe que decimos profesar: Juzgamos, amamos el dinero, nos complacemos dando a nuestros cuerpos el placer que nos exigen, etc. Sin embargo, el Señor, se ha fijado en ti y en mí, y sin importarle para nada nuestras infidelidades y pecados, hoy, también nos dice. «Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Nos envía a ser portadores de su paz. Una paz que hoy la sociedad necesita de una manera perentoria. Los acontecimientos que vivimos con esta pandemia universal, pueden arrastrarnos a la desesperanza e incluso hacernos dudar del amor de Dios. Si Dios nos ama, podemos pensar, ¿por qué permite tanto dolor y tanto sufrimiento? ¿Dónde está ese Dios que tanto ama al hombre?

La primera tentación que hemos de rechazar de plano, es la de pensar que Dios es el origen de toda esta situación. Él lo dice así través del profeta Daniel: «Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere». Por eso, el Señor, en estos momentos de sufrimiento está resucitado junto a nosotros. Es Él que mueve las voluntades y da fortaleza a aquellos que se juegan la vida atendiendo a los enfermos. Es Él, el que está allí donde alguien hace una buena acción en favor de los que sufren. Es Él,  el que, respetando la libertad personal, nos impulsa a favorecer al débil. Es Él, en fin, el que hoy nos dice: «Paz a vosotros». No temáis, no estáis solos. Yo, que he resucitado estoy junto a vosotros para animaros, para consolaros y para libraros del temor y la desesperación. Por eso, san Pedro, dice refiriéndose a Dios: «Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros». Seamos, pues, portadores de esa paz a todos los que nos rodean y de un modo especial a los que más sufren.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«ESTE ES EL DÍA EN QUE ACTUÓ EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

La Pascua es, para el cristiano, la mayor y la más grande noticia que pueda recibir. Para comprender mejor esta afirmación, quizá este confinamiento y este un sin vivir que supone vernos inmersos en un problema de salud, que desborda por completo nuestras posibilidades, y hace patente nuestra impotencia, nos sirva para entender lo que es la gran noticia de la Pascua.

Imaginemos, por unos instantes que, de momento, nos llega la noticia de que está disponible en la farmacia, un medicamento que con solo una pastilla es capaz de borrar por completo el coronavirus. No creo exagerar si digo que echaríamos al vuelo todas las campanas celebrando la gran noticia.

Pues bien, tú y yo, desde que tenemos uso de razón nos hallamos confinados, privados de libertad, a causa de un virus mucho más dañino que el Cob-19, que nos arrastra al mal irremediablemente. Es un virus mortal que destruye nuestro ser y nos hace esclavos de la muerte. Ese virus es el pecado que, como dice san Pablo, a través de su aguijón inyecta en nosotros un veneno mortal. Lo más grave es que por más adelantos técnicos de que dispongamos en nuestra vida, por más estudios que hayamos realizado y por más dinero que hayamos acumulado, somos incapaces de hacer frente a este mal. Nadie, ni tú ni yo, ni persona humana alguna, es capaz de librarse de la atadura de la muerte.

En estas circunstancias llega hoy a nosotros la gran noticia: Dios-Padre ha tenido compasión de su criatura y ha enviado para nuestra salvación a su querido Hijo. Él, tomado nuestra carne mortal se ha hecho uno de nosotros. Ha vivido entre nosotros dándonos a conocer el amor sin medida que el Padre nos tiene, a pesar de nuestros pecados. Ha echado sobre sus hombros el mal que nos oprime y que nos mantiene esclavos de la muerte. Finalmente ha permitido que la muerte se ensañe con Él, llevándolo al sepulcro. Sin embargo, ese cuerpo que la muerte ha destruido tiene en su interior la fuerza de la divinidad, por eso, resucitando ha destruido por completo a su enemigo, arrancándole el aguijón venenoso, e impidiendo que continúe sembrando entre nosotros la muerte.

Ésta es para ti y para mí la gran noticia, si tenemos la certeza de que por nuestros pecados vivimos en esclavitud; si hemos descubierto que estamos sometidos al pecado, que queremos salir de él pero que con solo nuestras fuerzas nos es imposible, la solución está en nuestras manos. Él, nos dice el evangelio, en el momento de morir exhaló su Espíritu, y ese Espíritu es el que nos entrega para que, habitando en nosotros, participemos de su resurrección y de su victoria sobre la muerte. Por Él, la muerte ya no tiene sobre nosotros ningún poder. Hemos sido liberados de sus garras y nos hemos convertido en criaturas nuevas.

Todo esto es lo que celebramos en esta Noche Santa. La luz del Resucitado ha destruido, ha vencido a la oscuridad de la noche  y abre para nosotros un día nuevo, un día eterno, un día sin ocaso.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

«MI SEÑOR ME AYUDA, POR ESO NO QUEDARÉ CONFUNDIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26, 14—27, 66

El largo camino de la Cuaresma nos ha conducido a este domingo con el que la Iglesia inicia la Semana Grande, la Semana Santa. Una semana en la que veremos al Señor Jesús culminando la misión para la que el Padre lo envió al mundo. Podremos contemplar de cerca la gran epopeya de nuestra salvación. Celebraremos en una sola semana acontecimientos tan importantes como la Institución de la Eucaristía, La Pasión del Señor y su Muerte en Cruz y, finalmente, el sábado, nos preparará para celebrar en el domingo la victoria del Señor Jesús sobre la muerte. El Señor había dicho: «No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén». Por eso hoy, lo vemos  entrar con resolución en la Ciudad Santa para culminar allí su misión.

La Palabra central de la liturgia de hoy es la Pasión según san Mateo, sin embargo, nosotros vamos a fijarnos en la primera y segunda lectura que hoy nos ofrece la Iglesia. La primera es un fragmento del libro del Profeta Isaías. En ella podremos comprobar cómo la afirmación que hizo en otra ocasión el Señor Jesús hablando de sí mismo es cierta, y halla cumplimiento en su persona. El Señor había dicho: «Escrutad las Escrituras porque ellas hablan de mí».

Isaías empieza diciendo: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento». Esa ha sido la predicación del Señor. No ha venido a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido. Ha venido a darnos ánimo en nuestra lucha diaria contra el mal. Ha venido a darnos ánimo en esta situación particular de impotencia que vivimos en estos días. «Cada día, sigue diciendo, me espabila el oído». «El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás». ¿Sabes qué significa tener el oído abierto? Significa saber interpretar a través de los acontecimientos de cada día cuál es la voluntad de Dios, con la certeza de que es lo que más nos conviene.

Lo que sigue diciendo el profeta es un anuncio de la Pasión del Señor echo más de doscientos años antes: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba… por eso ofrecí el rostro como pedernal, y no quedaré avergonzado».

Esta palabra es la que ha dado fortaleza a los mártires para afrontar la muerte si miedo. Esta palabra ha de animarnos a la lucha diaria contra el mal, teniendo el convencimiento de que Dios está a nuestro lado y nos sostiene.

El Señor ha dicho: «No quedaré avergonzado». Esto es precisamente lo que el apóstol san Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy. El Señor Jesús no tuvo inconveniente en despojarse de su categoría de Dios, para tomar una carne mortal como la tuya y la mía. Sufrió una pasión atroz y se sometió a una muerte afrentosa indigna de un ser humano. Precisamente por eso, para que no quedara avergonzado, «Dios lo levantó sobre todo y le dio el nombre (el poder) sobre todo nombre (sobre todo poder)».

La humillación, el anonadamiento que padeció el Señor Jesús, es el único camino que tenemos nosotros para ser un día también glorificados con Él. La diferencia entre Él y nosotros estriba, en que en esta lucha contra el mal y contra el mundo, Él nos ha precedido abriéndonos el camino, y permaneciendo constantemente a nuestro lado como ayudador.