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DOMINGO I DE CUARESMA -A-

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

«NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE... »

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 7-9; 3, 1-7 * Rm 5, 12-19 * Mt 4, 1-11

Celebramos hoy el primer domingo de Cuaresma. Ya tuvimos ocasión de hablar de este tiempo litúrgico la semana pasada. La Cuaresma es un tiempo de gracia y esperanza, que nos prepara a celebrar la liberación de nuestra esclavitud al pecado y a la muerte.

Hoy vamos a ver al Señor Jesús sometido a la tentación de parte del maligno. También el Pueblo de Israel en su camino hacia la Tierra Prometida fue tentado con las mismas tentaciones. La tentación del pan, la tentación de no aceptar la historia de cada día, y finalmente la tentación de los ídolos.

El Señor, en el monte Sinaí, había dado al pueblo la fórmula primordial para que alcanzara la felicidad. Le dijo: «Escucha, Israel. Yo soy el Señor tu Dios. Yo soy el único. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Haz esto y vivirás».

Durante los cuarenta años que el pueblo está en el desierto en muchas ocasiones es infiel al Señor. No tiene en cuenta estas palabras de vida. Por eso, exige a Dios pan y agua para asegurarse la existencia, ahora. Rechaza tener que caminar por el desierto, en donde no hay vida, dejando que otro lo guie. Y, finalmente, no acepta a aquel Dios del que no conoce el rostro y por eso se construye un ídolo de metal.

Estas tres tentaciones son las que padece hoy el Señor Jesús. Después de cuarenta días de ayuno, el maligno le invita a procurarse la comida convirtiendo las piedras en panes. En segundo lugar le invita a rechazar su condición de artesano humilde, realizando un milagro que ponga de manifiesto su poder. Finalmente quiere que doble sus rodillas ante los ídolos del mundo: riquezas, poder, afectos, etc. como medio de alcanzar la felicidad. La respuesta del Señor no puede ser otra. Sabe que lo que le ofrece el maligno el falso y que la verdadera felicidad consiste en «amar a Dios con todo el corazón con toda el alma y con todas las fuerzas».

De la misma manera que en el Señor Jesús se repiten las tentaciones que sufrió el pueblo en el desierto, también en nuestra vida somos tentados de la misma manera. Fijémonos: ¿Cuál es la mayor preocupación de nuestros padres y también nuestra mayor preocupación? Asegurarnos la vida. Tener pan en abundancia y lograr el mayor bienestar posible. Nuestro objetivo es labrarnos un buen porvenir. En este asunto somos de los que estamos de acuerdo con lo que dice el mundo: “Es antes la obligación que la devoción”. Dicho de otra manera: ganarnos el pan es más importante que tener a Dios en nuestra vida.

Ante la tentación de la historia, ninguno aceptamos nuestra vida tal y como se nos presenta. Todos haríamos algún retoque, en nuestro físico, en nuestra familia, en nuestro trabajo, etc. La vida que nosotros diseñaríamos sería mucho mejor que la que el Señor nos ofrece. Todos cambiaríamos algo.

Finalmente, todos adoramos en nuestra vida a los ídolos. Como dice la copla, todos buscamos salud, dinero y amor, y es a estos ídolos a los que pedimos la vida, fundamentalmente al dinero.

Si caemos en estas tres tentaciones, en vez de encontrar la felicidad, solo encontraremos insatisfacción y amargura. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude, como al Señor Jesús, a no dejarnos embaucar por el maligno.

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 19, 1-2.17-18 * 1Cor 3, 16-23 * Mt 5, 38-48 

Si tuviéramos que averiguar cuál es el distintivo principal de un cristiano, o sea, en qué se distingue del resto de las personas, tendríamos que concluir que al cristiano se le distingue principalmente, por el amor y el perdón que otorga a todos sus enemigos. Perdón y amor totalmente gratuitos, que, por otro lado, no exigen compensación alguna de parte de la persona que ha sido perdonada. El cristiano ama y perdona gratuitamente.

Sin ninguna duda, el cristiano ama y perdona porque es, precisamente, lo que él ha experimentado de parte de Dios. Él tiene experiencia de que siendo un malvado y un pecador, egoísta, ambicioso, lujurioso y soberbio, etc., Dios lo ha perdonado sin exigirle nada a cambio. Ha sido un perdón sin condiciones.

Esta manera distinta de vivir es la que hoy nos presenta el evangelio que, como en semanas anteriores, pertenece la Sermón del Monte. Hoy, el Señor Jesús empieza diciendo: «Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pues yo os digo: No hagas frente al que te agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra… » Antes de continuar, quisiéramos hacer una aclaración. Es posible que juzguemos mal la ley antigua cuando aconseja “ojo por ojo y diente por diente”, pensando que es exagerada. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Esta norma de la antigua ley, pretende que a la hora de tomar represalias ante un daño que se ha infringido, el ofendido, no reaccione de una manera exagerada y se pase de raya.

Más adelante el Señor dice: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo, en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos…»   

Como hemos empezado diciendo, esta manera de actuar es la que corresponde a un cristiano de verdad. No hay duda de que es totalmente opuesta a lo que exige el mundo cuya norma de conducta es: “El que la hace, la paga”. Sin embargo, yo, a ti que dices ser discípulo de Cristo, te pregunto: ¿Cuál ha sido la respuesta de Dios-Padre ante tus rebeldías y pecados y también ante las mías? ¿Ha descargado sobre nosotros su ira? ¿Nos ha destruido como merecíamos? Para saber cuál ha sido la respuesta de Dios ante nuestras rebeldías, solo tenemos que mirar la Cruz del Señor Jesús. Para que tú y yo no muriéramos a causa del veneno del pecado, ha sido Él, el que ha entregado por nosotros hasta la última gota de sangre, mientras pedía al Padre que no nos tomara en cuenta nuestro pecado.

El perdón y la misericordia que nosotros experimentamos de parte de Dios, son los mismos que él quiere que tengamos con los que nos ofenden y hacen daño. Es cierto que, por nuestra condición de pecadores, no podemos amar y perdonar como Él lo hace con nosotros, pero también es cierto que, su Espíritu, habitando en nuestro interior, puede hacer realidad, si nosotros lo queremos, ese amor y es perdón hacia todos aquellos que conscientemente nos hacen daño. Obrando así, los que nos rodean, conocerán a través de nosotros, el amor, la misericordia y el perdón de los pecados, que Él, gratuitamente, ha ofrecido a todos los hombres.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY, SINO A DARLE CUMPLIMIENTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 15, 15-20 * 1Cor 2, 6-10 * Mt 5, 17-37

El Señor Jesús continúa este domingo exponiendo su doctrina en el Sermón del Monte. Podríamos pensar que con sus palabras intenta modificar la Ley de Moisés y de los profetas. Sin embargo, él mismo afirma que no ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento.

¿Cómo podemos entender esto? La ley que el Señor entregó a su pueblo en el monte Sinaí y que posteriormente fueron ratificando los profetas, fue dada por Dios no como un instrumento de salvación, sino como una luz que alumbrara el sendero de la vida del hombre, para que conociera cuál era el camino de la felicidad y la vida. Sin embargo, para el pueblo, como para ti y para mí hoy, esa ley es imposible cumplirla. Por eso, el Señor Jesús, nos dice que su intención no es anularla, que él ha venido, precisamente, a darle cumplimiento, porque para nosotros eso es imposible. La cumple él, y nos la entrega cumplida a todos nosotros.

A través de los distintos preceptos de la ley que el Señor va citando, podemos comprobar que el camino que nos va mostrando supera en dificultad a los preceptos que recibió Moisés en el Sinaí. El Señor eleva más el listón, porque no pretende que con nuestro esfuerzo, como hicieron los escribas y fariseos que se cogían a la letra de la ley, nosotros llevemos a cumplimiento esas palabras. Él no mira a letra sino al corazón.

Son varios los preceptos a los que hace referencia el Señor. Vamos a fijarnos en dos que están muy presentes en nuestra vida. El Señor Jesús dice: «Habéis oído que se dijo: no matarás… pues yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado». Por eso añade más adelante: «Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda».

Vemos, pues, que es mucho más importante tener el corazón limpio, perdonar o pedir perdón, que acercarnos al Señor con nuestras ofrendas y sacrificios. Por otra parte hemos de tener presente que, pedir perdón es propio de los cristianos, de los discípulos de Cristo, que, en su Cruz, nos obtuvo el perdón total de su Padre Dios, y que, cuando pedimos perdón, somos nosotros los primeros beneficiarios. Pedir perdón nos produce paz interior y a la vez nos ayuda a humillarnos delante de los demás. Esta humillación es una buena cura contra nuestro orgullo.

Finalmente, señalar, que no solo hay que pedir perdón cuando hayamos hecho daño a alguien, sino que hay que hacerlo si sospechamos que el otro tiene algo contra nosotros, aunque no nos consideremos culpables.

Otro precepto que en la vida presente se tiene poco en cuenta, es el referente a la unión del hombre con la mujer. Moisés estableció que se podía dar acta de repudio. Hoy el Señor nos dice que «el que se divorcie de su mujer la induce al adulterio y que el que se casa con una divorciada comete adulterio». Esto no solo se refiere al sacramento del matrimonio instituido por Jesucristo, sino también al matrimonio natural que fue instituido en el principio por Dios. Por desgracia, en la sociedad actual, incluyendo a muchos bautizados, se vive de espaldas a lo que es la voluntad de Dios.


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA Y LA LUZ DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 58, 7-10 * 1Cor 2, 1-5 * Mt 5, 13-16

Con el evangelio del domingo pasado, que no pudimos comentar por coincidir con la Presentación del Señor, se iniciaba el Sermón del Monte o de las Bienaventuranzas. Hoy la Iglesia nos propone otro fragmento de esta Palabra tan importante en la vida del cristiano.

En estos tres capítulos del evangelio de san Mateo, el Señor Jesús nos muestra la fotografía de lo que es un cristiano, de manera que, si tú deseas saber hasta qué punto eres fiel como discípulo de Jesucristo, solo tienes que comprobar hasta qué extremo esta palabra halla cumplimiento en tu vida.

Hoy, el Señor empieza diciendo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?» Más adelante sigue diciendo: «Vosotros sois la luz del mundo… No se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa».

Podemos preguntarnos, ¿por qué el Señor compara a sus discípulos con la sal y también con la luz? Sencillamente, porque esa es la misión que les encomienda realizar en medio del mundo. Esa es la misión a la que nos llama a ti y a mí. La sal, aunque en un guiso se pone en muy pequeña cantidad, tiene la virtud hacer que la comida esté sabrosa. Es decir, que tenga un sabor agradable. Esa es la misión de la Iglesia, tu misión y mi misión. Los hombres se afanan por encontrar sentido a su vida. Saber por qué están en el mundo y cuál es la finalidad de su existencia. De no encontrar respuesta, pueden llegar a la conclusión de que su vida en nada se diferencia de la de un animal. Nacer, crecer, reproducirse y volver a la nada. De ser así, afirmaríamos que la vida del hombre sobre la tierra es totalmente un sinsentido.

No encontrar razón de ser, no encontrar sentido a la vida, es lo mismo que vivir en oscuridad. En nuestra vida necesitamos la luz para ver por dónde vamos, para constatar que no estamos solos. Que otros seres como nosotros se mueven a nuestro alrededor. Por eso, hoy, el Señor, nos llama a ser la luz que rompa las tinieblas de aquellos que nos rodean. Nos lo dice a continuación en el evangelio: «Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».

El Señor en el evangelio de san Juan nos dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas…» Hoy quiere que tú y yo, que somos sus discípulos, seamos en esta generación la sal que dé sentido al mundo y la luz que rompa las tinieblas de la vida. Somos afortunados porque para esta misión solo llama a unos pocos. La Iglesia en el mundo es muy pequeña comparada con los millones de personas que pueblan la tierra. Nuestra presencia, la tuya y la mía, ha de servir para que aquellos que están con nosotros y no pertenecen a la Iglesia, conozcan a través de nuestra vida, el amor de Dios y el perdón de sus pecados.

Una particularidad tiene nuestra misión. La sal en el guiso desaparece dando sabor, muere, podríamos decir. También la vela se consume lentamente mientras alumbra a los de la casa. Quiere decir esto que, cumplir nuestra misión, supone la entrega al otro, morir por el otro, de la misma manera que el Señor Jesús murió por ti y por mí, para salvarnos.


FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR -A-

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR -A-

«LUZ PARA ALUMBRAR A LAS NACIONES Y GLORIA DE TU PUEBLO ISRAEL»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 1-4 * Heb 2, 14-18 * Lc 2, 22-40

Las lecturas de este domingo deberían ser las que corresponden al domingo cuarto de tiempo ordinario, pero como se da la circunstancia de que en este día se celebra una de las fiestas del Señor, la Presentación en el Templo, serán las lecturas correspondientes a esta festividad las que se proclamarán.

San Lucas nos dice en el evangelio de hoy, que siguiendo lo prescrito por la ley, cuarenta días después del nacimiento de Niño Jesús, sus padres lo llevan al Templo para ser presentado al Señor, entregando la oblación correspondiente.

Al entrar en el templo, un anciano, Simeón, que se había acercado al templo impulsado por el Espíritu Santo, pues aguardaba el consuelo de Israel, cogiendo al Niño en brazos, exclama: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Simeón ve así cumplida la promesa del Señor, de que no moriría sin ver antes al Mesías.

Simeón proclama que aquel Niño llega al mundo para alumbrar a las naciones. Esta afirmación de Simeón es de gran importancia, porque desvela cuál es la misión que Dios-Padre ha puesto en manos de aquel Niño, que el anciano sostiene en sus brazos.

De las palabras de Simeón se deduce que el mundo vive en oscuridad y tinieblas. Nosotros podemos comprobar la veracidad de esta afirmación, en el hecho de que a través  de la Escritura abundan las referencias a esta oscuridad. San Juan dirá: «Dios es luz y en Él no existe tiniebla alguna». Si es así, ¿por qué, podemos preguntarnos, existe en el mundo esa oscuridad? La respuesta nos la da también san Juan: «Los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas».

Como vivimos inmersos en la luz, nos resulta difícil imaginar que el mundo vive en la oscuridad. Sin embargo, si tenemos en cuenta cuáles son las obras de las tinieblas, comprenderemos, en efecto, que la luz no esté presente en el mundo. Los hombres han apartado de su vida a Dios que es la luz, y han colocado en su lugar al dios Mammón, que es el dios que simboliza la avaricia material, el dios del dinero.

La avaricia nos ciega. Ella es la causa de las extorsiones, de los robos, de las guerras y de toda clase de abusos, que al final siempre pagan los más débiles. Quitar a Dios de la vida, como lo hacemos cuando buscamos nuestra conveniencia o capricho, cuando, en resumen, pecamos, es quitar la luz de nuestras vidas, es vivir ciegamente para nosotros mismos sin importarnos para nada los demás. Se hace realidad aquello de “primero yo, después yo y siempre yo”, que nos impide entregarnos de verdad a los otros. El egoísmo hace que el hombre se refugie en la sexualidad, buscando únicamente su propio placer. No es de extrañar, por tanto, que fracasen tantos matrimonios, porque cada uno de los contrayentes busca consciente o inconscientemente, que el otro lo haga feliz. No tenemos en cuenta que esa misma necesidad es la que experimenta la otra persona.

Ante este panorama tan poco halagüeño, hoy, el anciano Simeón, nos muestra a Aquel que viene a iluminar nuestras tinieblas. Aquel que rompiendo la oscuridad de nuestra vida, nos hace ver que no estamos solos, que a nuestro lado viven seres que sufren, aman y sienten, y que tienen las mismas necesidades que nosotros. Viene a romper el caparazón del egoísmo que nos aísla. Viene a darnos por medio de su Espíritu, la fuerza para poder pasar del “yo”, al “tú”, porque sabe que éste es únicamente el camino que lleva a la felicidad y a la vida.


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID Y SEGUIDME Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 8, 23b-9,3 * 1Cor, 1, 10-13.17 * Mt 4, 12-23

En estos primeros domingos del tiempo ordinario, la Iglesia nos muestra los inicios de la misión que el Padre ha encomendado al Señor Jesús. Hoy lo vemos eligiendo a los primeros discípulos. A aquellos que lo acompañarán durante toda su vida pública y que, sobre todo, serán los testigos de su resurrección.

Dice san Mateo que paseando por la orilla del mar de Galilea ve a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro y a su hermano Andrés. Son pescadores y se hallan faenando, y les dice: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres». Ellos, sin dudarlo, dejan las redes y lo siguen.

Un poco más adelante ve a otros dos hermanos, Santiago y Juan, que están en la barca con su padre repasando las redes. Jesús los llama y al igual que hicieron Pedro y Andrés, dejan todo, y sin pedir explicaciones, lo siguen.

Con estos discípulos empieza a recorrer toda Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios, y curando toda clase de enfermedades y dolencias. Se cumple así la palabra del profeta cuando anuncia que para la Galilea de los gentiles, para aquellos que caminaban en tinieblas, ha brillado una luz grande.

Hoy somos nosotros los llamados por el Señor a continuar la misión que el Señor Jesús inició en su vida mortal. Desde toda la eternidad, nuestro Padre-Dios, pensó en ti y en mí para que también nosotros fuéramos seguidores del Señor Jesús, y continuáramos su misión en este mundo. Hemos de considerarnos muy afortunados por eso, porque aunque la salvación que el Señor ganó para nosotros en la Cruz, por voluntad del Padre, alcanza a todos los hombres sin distinción de raza ni religión, somos nosotros los encargados de, como testigos, hacer que esa Buena Noticia alcance a todos.

Podemos poner un ejemplo, un tanto prosaico, para que esto se comprenda fácilmente. La muerte y resurrección del Señor Jesús, ha supuesto para todos los hombres, que vivieron en el pasado, que viven ahora, y que vivirán en lo sucesivo, algo así, como si les hubiera tocado el Gordo de la Lotería. A los que vivimos en la Iglesia, tener conocimiento de que nos ha tocado la Lotería, nos permite disfrutar sin límite de esas riquezas. No ocurre así con los de fuera, porque aunque también han sido agraciados con ese premio, por desconocer esta particularidad, siguen viviendo en la miseria.

La misión de la Iglesia, tu misión y mi misión como miembros de ella, es hacer llegar a todos los hombres la gran Noticia de la Salvación y del perdón de nuestros pecados, que el Señor Jesús nos ha ganado con su Muerte y resurrección. Es necesario hacerles saber que les ha tocado el Gordo, que pueden vivir una vida distinta a la que viven ahora. Que existe un Dios, que es Padre, y que como buen Padre les ama sin ninguna limitación. Que sepan que nuestra condición de pecadores, que nuestros pecados, son algo así como una diminuta gota de agua que cae en la inmensidad del océano de la misericordia de Dios. Que sepan que la salvación que nos ha ganado el Señor Jesús es universal, que la única condición que Dios-Padre, que quiere que todos los hombres se salven, nos pone para disfrutar de ella, es que conscientemente no la rechacemos, sino que la deseemos. Tú y yo, en la Iglesia, ya disfrutamos de las primicias de esa salvación, por eso Dios quiere que, como discípulos, demos conocimiento de esa salvación al resto de los hombres.   


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS, QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 49, 3.5-6 * 1Cor 1, 1-3 * Jn 1, 29-34

El Bautismo del Señor que celebrábamos el domingo pasado, da inicio a la que llamamos vida pública de Jesús.

Juan Bautista ha sido elegido por Dios para preparar el camino al Mesías y a la vez mostrar su presencia en medio del pueblo. Vemos que esto último es, precisamente, lo que hace en el evangelio de hoy. Cuando ve acercarse al Señor Jesús, lo muestra a sus discípulos y exclama: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”».

Es de admirar la actitud de Juan, que, aunque son muchos los discípulos que le siguen y muchas más las personas que acuden a él para ser bautizadas, no pretende ningún protagonismo y tiene clara la misión que le ha sido encomendada. Dirá san Juan en su evangelio: «No era él la luz, sino testigo de la luz». Por eso hoy, da testimonio de Jesús diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él». Y añade después: «Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

Es necesario insistir sobre Juan como testigo del Mesías, porque también nosotros, los creyentes, hemos sido llamados a dar testimonio del Señor en medio de una generación incrédula y pervertida. Somos tú y yo los que, como miembros de la Iglesia y discípulos del Señor Jesús, hemos de hacerle presente con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra conducta y con nuestras buenas obras. Estamos llamados a que, en primer lugar en la familia, después en nuestro trabajo, entre nuestros vecinos, entre todos aquellos que nos rodean, cuando nos vean, vean a Jesucristo. Dice el Señor Jesús en el Sermón del Monte: «Para que, viendo vuestra buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Hoy nuestra sociedad adolece de testigos que con su vida hagan presente una forma distinta de vivir. Testigos, que hagan presente que aquí solo estamos de paso, que caminamos hacia una vida plena y eternamente feliz. Testigos que al amar a los enemigos, al perdonar las ofensas de los demás, les muestren la manera de cómo Dios también a ellos les ama y perdona.

El Señor, para cumplir nuestra misión nos ha dado gracias abundantes que no ha dado a todos. No seamos egoístas, compartamos con los demás los dones del Señor. Y todo esto sin colgarnos medallas, haciendo realidad sus palabras: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Juan dice en otra parte del Evangelio «Yo soy la voz que clama en el desierto». Quizá también nosotros estemos clamando en el desierto de una sociedad que se ha apartado de Dios, pero esa no es razón para que nos callemos. Es necesario que con nuestras vidas anunciemos que Jesús es el Salvador, porque tenemos experiencia de que día a día nos está salvando, y porque Él quiere que esa salvación alcance a todos los hombres.

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-1

Con este domingo, que es el tercero después de Navidad, la Iglesia da por terminado el más corto de los tiempos litúrgicos, el de Navidad. Al mismo tiempo, con él, se inicia el tiempo litúrgico que conocemos como tiempo ordinario.

Al hablar de la vida del Señor Jesús, se distinguen dos tiempos o épocas distintas. La primera, que corresponde desde el nacimiento hasta los treinta años, se conoce como la vida oculta. Los tres años siguientes que terminan con la Pascua del Señor, los conocemos como los de la vida pública.

Ya hemos hecho alusión en otras ocasiones al tiempo de la vida oculta, comparándolo al catecumenado que tuvo que hacer el Señor, para prepararse y afrontar la misión que el Padre le había encargado. Durante este tiempo el Niño Jesús atraviesa las etapas propias del desarrollo humano: primero la niñez, luego la adolescencia y finalmente la edad adulta. Significa esto que nada de lo que es propio de la vida del hombre le es ajeno. Desde los enfados y caprichos de un niño pequeño, los cambios físicos que se presentan en la pubertad-adolescencia acompañados de muchos interrogantes a los que cuesta encontrar respuestas, hasta llegar alrededor de los veinte años a la edad adulta, nada le es ajeno o desconocido. Por eso conoce todas tus inquietudes, es capaz de compartir tus interrogantes y se hace solidario contigo en tus sufrimientos. Solo en un aspecto es diferente: nunca en su vida se ha dado el pecado.

Sabemos  que el catecumenado conduce al Bautismo. Eso es precisamente lo que hoy nos cuenta en su evangelio san Mateo. Jesús, que ha oído hablar de la predicación de Juan el Bautista, se acerca al Jordán para ser bautizado por él. Es el broche final al tiempo de preparación que María y José le han dedicado, dándole a conocer el amor de Dios sobre todas las cosas, y también el amor al prójimo, a los hermanos. Será así mismo el momento elegido por el Padre para dar testimonio de Él, afirmando públicamente: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Este acontecimiento clave de la vida del Señor, hace presente para cada uno de nosotros nuestro propio bautismo. Por él fuimos incorporados a la Iglesia y entramos a formar parte del Pueblo de Dios. Por eso, esas misma palabras que el Padre ha pronunciado sobre el Señor Jesús, han resonado también para cada uno de nosotros. ¿Podemos aspirar a algo más grande en este mundo? Tú y yo, pecadores recalcitrantes, somos por la gracia del Señor Jesús considerados, nada menos, que hijos de Dios. ¿Qué méritos hemos hecho para que esto sea así? Ninguno. Pero el amor del Padre hacia nosotros es tan grande, que sus ojos, como los de una madre, no alcanzan a ver nuestros defectos, sino que para Él todos somos perfectos.

Sin embargo, hay un detalle que no debemos perder de vista. A casi todos nosotros se nos bautizó de pequeños, por tanto, no tuvimos ocasión de prepararnos a ese bautismo como lo hizo el Señor Jesús durante treinta años. En nuestro bautismo recibimos de la Iglesia algo así como un embrión de hijo de Dios, y un embrión necesita cuidados para crecer y desarrollarse. Esos cuidados nos los brinda hoy la Iglesia, la Parroquia, a través del catecumenado de adultos, y a través de la predicación basada en la Palabra de Dios. Por tanto, si queremos que nuestra fe crezca y se desarrolle hasta dar frutos abundantes, es necesario que, como hizo primero el Niño y luego el joven Jesús con sus padres, seamos dóciles a las enseñanzas de la Iglesia, que, como madre, cuida de todos nosotros.