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DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -A-

«ESTAD EN VELA PORQUE NO SABÉIS NI EL DÍA NI LA HORA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 2, 1-5 * Rm 13, 11-14a * Mt 24, 37-44

Damos comienzo con este domingo a un nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento que iniciamos hoy es un tiempo de preparación a la venida del Señor. Esa venida puede considerarse bajo dos aspectos. Por una parte, el Adviento prepara para la venida del Señor Jesús y su nacimiento que celebraremos en Navidad. Por otra, nos hace presente a los creyentes una realidad que muchas veces no tenemos en cuenta: el hecho de que esta vida, la que vivimos cada día, no es algo definitivo, sino que solo es un tiempo en que tenemos que estar vigilantes ante la segunda venida del Señor, y la vida eterna a la que todos estamos llamados.

Durante casi todo el año, los evangelios que se proclamarán estarán tomados del evangelio según san Mateo. El de hoy, nos va a presentar una situación muy semejante a la que vive nuestra sociedad. La gente, también tú y yo muchas veces, vive como si la clase de vida que llevamos fuera la definitiva. Trabajan, se divierten, se casan, tienen hijos, hacen planes de futuro, viven preocupados por la ecología y el cambio climático, y echan cálculos sobre lo que pasará dentro de cincuenta o cien años, sin tener en cuenta que ellos no serán testigos de esos acontecimientos. No son conscientes de que nada de lo que ahora sucede es definitivo. No se dan cuenta de que estamos continuamente en camino. Han montado su tienda en este mundo y viven sin preocuparse como si tuvieran su vida asegurada.

Esa misma situación es la que vivían las gentes en tiempos de Noé. Por eso Jesús nos dice hoy en el evangelio: «Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre». ¿Cómo vivían en tiempos de Noé? «La gente comía y bebía y se casaba hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos…»

No queremos ser agoreros ni profetas de catástrofes, pero afirmamos que esta palabra hallará cumplimiento cuando menos lo esperemos. No es necesario que llegue el final del mundo. Para ti y para mí se cumplirá, sin duda mucho antes, y será en el momento menos esperado. Por eso el Señor Jesús viene en nuestra ayuda y nos dice: «Estad en vela, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre».

Son muchos los que viven de espaldas a esta realidad viviendo despreocupadamente como si su vida fuera eterna. Por eso, cuando se enfrentan de momento con una muerte, un cáncer o cualquier otra desgracia grave, se quedan descolocados. Vivían como si estas esas cosas solo les pasaran a los demás. Entonces, se encuentran solos y sin saber a quién acogerse.

No seamos necios y tomemos nuestra vida en peso, es decir, sin perder de vista de dónde venimos y cuál es la meta hacia la que caminamos. Mantengámonos vigilantes. Que los avatares, alegrías y sufrimientos de esta vida, y los señuelos que nos muestra el mundo, no nos hagan olvidar cuál es el objetivo de nuestra vida. Esta sabiduría es la que nos ofrece la Iglesia, que nos ayuda a vivir con intensidad el presente, y a la vez nos recuerda que nuestro fin último es alcanzar la vida eterna.


DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TODO FUE CREADO POR ÉL Y PARA ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 5, 1-13 * Col 1, 12-20 * Lc 23, 35-43

Con este domingo damos fin al año litúrgico 2019. El próximo corresponderá al domingo primero de Adviento con el que daremos inicio a un nuevo año de la Iglesia. El año litúrgico sigue el desarrollo de la historia de salvación. De manera que a través de él vamos recorriendo todos los acontecimientos que de esta historia de salvación fue viviendo el Señor Jesús.

            Hoy culminamos esta historia y no podíamos hacerlo de otra manera, que considerando la figura de Jesucristo Rey del Universo. San Pablo en su epístola a los Colosenses nos ha dicho refiriéndose al Señor Jesús: «Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en él. Él es la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo». Ante esta afirmación tan rotunda de la primacía del Señor Jesús, poco podemos añadir nosotros. El Señor, para nuestra salvación, dejó el cielo, se humilló, vivió, sufrió y padeció como uno de nosotros, o quizá deberíamos decir más que nosotros, porque su sufrimiento alcanzó cotas casi imposibles de ser asumidas.

            Como consecuencia de ese anonadamiento y de esa humillación, dirá san Pablo en su carta a los Filipenses, «Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre». Esto es lo que la Iglesia celebra hoy, la solemnidad de Cristo Rey del Universo, colocado por Dios por encima de todo poder, dominación y potestad.

            Esta primacía del Señor Jesús sobre todo lo creado, tiene para nosotros una importancia primordial. Sin embargo, antes de ver el beneficio que nos reporta, es necesario hacer una aclaración con el fin de que se comprenda la expresión «Dios le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre». En la Escritura, hacer alusión al nombre es lo mismo que aludir al poder. Nombre equivale a poder. Por eso decir que se le ha dado «el Nombre sobre todo nombre», es lo mismo que decir, se le ha dado el poder sobre todo poder.

            ¿Por qué la primacía del Señor Jesús sobre todo lo creado es tan importante para nosotros? La respuesta es la siguiente: nosotros, por el pecado de origen, tenemos debilitada nuestra voluntad y nuestra libertad. Así lo constata en sí mismo san Pablo cuando afirma: «Mi proceder no lo comprendo. Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta». No me cabe la menor duda de que también tú y yo queremos hacer el bien. Sin embargo, nos vemos impotentes para realizarlo. Tu orgullo, tu egoísmo, tu sexualidad, tu amor al dinero, tu genio y también ese vicio oculto que tienes y que te avergüenza, impiden continuamente que obres según la voluntad de Dios. Si eres sincero, confesarás que te sientes esclavo de muchas cosas y que no puedes evitarlo.

            Pues bien. En este panorama nada halagüeño para ti, aparece Aquel que ha recibido todo poder: el Señor Jesús. Dios-Padre lo ha constituido Señor de todo lo que te esclaviza. Señor de tu genio exigente, dominador e intolerante. Señor de tu amor al dinero que hace que en vez de corazón tengas una caja fuerte. Señor de tu orgullo que más de una vez, aunque quieres disimularlo, te hace mirar a los demás por encima del hombro. Señor de tu sexualidad que te tiene atado a la masturbación, etc. Es Señor de todas esas inclinaciones que son mucho más fuertes que tu voluntad. Dios-Padre lo ha puesto, precisamente como eso, como Señor, para que te ayude en aquello que para ti es imposible. Solo hace falta que tú lo invoques, que le grites, que le digas: ¡Señor, ayúdame que no puedo! ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Llámalo, pídele ayuda, y te aseguro que no fallará. No existe nadie que haya invocado el Nombre de Jesús que no haya sido escuchado.

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«CUIDADO QUE NADIE OS ENGAÑE, PORQUE MUCHOS VENDRÁN USANDO MI NOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 19-20ª * 2Tes 3, 7-12 * Lc 21, 5-19

Llegamos al penúltimo domingo del tiempo ordinario. La liturgia nos ha ido mostrando a través de todo el año las distintas etapas de la historia de salvación. Hoy, la Palabra, trae a nuestra consideración el final de los tiempos.

El Señor toma pie para hablar de ese final, al ver la admiración que muestran los discípulos contemplando la belleza del templo. Les dice: «Esto que contempláis, llegará día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Esta afirmación de Jesús halló cumplimiento en el transcurso de la historia, pero tiene para nosotros un significado mucho más profundo porque afecta directamente a la Iglesia la que conocemos. En la destrucción del templo podemos ver el final de la Antigua Alianza, que abre camino a la Nueva Alianza y al nacimiento de la Iglesia de Jesucristo, que ya no está construida con bloques de piedra, sino con piedras vivas como afirma san Pedro.

Al final de los tiempos todo esto que estamos viviendo también será transformado, de manera que esta Iglesia peregrina, esta Iglesia militante en la que nos encontramos, también llegará a su fin, dando paso a la nueva Iglesia, aquella que Juan vio en el Apocalipsis bajar del cielo, cuando decía: «Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo».

El Señor prepara a sus discípulos poniéndoles en guardia ante los acontecimientos que precederán a este final. Van a ser tiempos muy duros porque las fuerzas del mal intentarán jugar sus últimas cartas, para arrebatar al Señor a aquellos que le son fieles. Por eso el Señor advierte: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: “Yo soy” o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos». Y añade: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre».

El Señor mostrará su misericordia dando a los hombres una última oportunidad de conversión. Para ello permitirá que se persiga a sus fieles, a sus discípulos, para que tengan oportunidad de confesar su nombre ante reyes y gobernadores, siendo testigos ante ellos del amor y la misericordia de Dios hacia todos los hombres. Serán perseguidos incluso en su misma familia, llegando algunos a derramar su sangre.

Hasta ahora hemos estado hablando en tercera persona, pero todo lo que anuncia el Señor, lo anuncia también para nosotros. Estamos viviendo un tiempo en el que las fuerzas del mal dominan casi por completo a nuestra sociedad. Se persigue a todo aquel que confiese defender los valores cristianos y, so capa de defender las libertades, se permiten, incluso a niveles judiciales, toda clase de atropellos y burlas soeces contra la Iglesia y los cristianos.  Se persigue y mata a aquellos que, en países islámicos, se confiesan fieles a Cristo, etc.

Con todo esto, no pretendemos afirmar que el fin del mundo esté próximo, pero sí es cierto que estamos entrando en los últimos tiempos. La maldad, como anuncia el Apocalipsis, se enseñorea en la sociedad. Cada batalla que gana el mal, no tiene retroceso. La Iglesia necesita testigos que, aún con su propia vida, anuncien al mundo que el mal no prevalecerá, que el amor de Dios y su voluntad de salvación para todos los hombres es irrevocable.

Tú y yo, seguramente, no seremos testigos del fin del mundo, pero el mundo terminará para nosotros cuando menos lo esperemos, por eso es necesario que nos mantengamos vigilantes. No tengamos miedo al rechazo de los demás, y anunciémosles con nuestra vida que Dios los ama y que, también para ellos, ha dispuesto un vida eterna y feliz.


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO ES UN DIOS DE MUERTOS SINO DE VIVOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Mac 7, 1-2.9-14 * 2Tes 2, 16—3,5 * Lc 20, 27-38

La cuestión que aborda el evangelio de este domingo es tan importante, que de ella depende la misma existencia del cristianismo. Nos estamos refiriendo al hecho mismo de la resurrección de los muertos y de la existencia de la vida eterna.

Entre los diferentes grupos de tipo religioso existentes en Israel en tiempos de Jesús, destaca, junto a los fariseos, el de los saduceos. A este grupo pertenecían judíos de la clase alta, formada sobre todo por miembros de la casta sacerdotal.

Los saduceos, como afirma san Lucas en el evangelio, niegan la resurrección de los muertos. Esta circunstancia hace que estén enfrentados con los fariseos, que sí creen en ella.

Hoy, con el fin de poner al Señor en un aprieto, le plantean el caso de los siete hermanos que casaron uno tras otro con la misma mujer, sin que llegara a darles descendencia. Ellos se preguntan, si la mujer estuvo casada con los siete, en la resurrección, ¿de quién de ellos será esposa?

El Señor, después de afirmar que la vida de los resucitados en el cielo no tiene nada que ver con la nuestra, recurre a la Escritura, de la que ellos son grandes estudiosos, para demostrarles su error. Cita el pasaje en el Éxodo de la zarza ardiente, en el que el Señor se da a conocer a Moisés, diciendo: «Yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, añade el Señor, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Hemos afirmado al principio de que en el hecho de la resurrección del Señor y de nuestra propia resurrección, se sustenta totalmente el cristianismo, de manera que, si esa resurrección no existe, podemos decir con san Pablo: «Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe: estáis todavía en vuestros pecados… y los que durmieron en Cristo también perecieron… somos los más dignos de compasión de todos los hombres». A continuación, sin embargo, el mismo Pablo se reafirma en la certeza de la resurrección diciendo: «¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron».

Yo ahora, te pregunto: ¿Crees, ciertamente, que Cristo ha resucitado y que existe una vida eterna que Dios ha preparado para todos nosotros? No te extrañe la pregunta. Lamentablemente encontramos entre nuestros conocidos, a muchos de ellos que, a pesar de que acuden a misa, no tienen demasiado claro el tema de la resurrección y de la vida eterna. Lo comprobamos, cuando, al encontrarse en un acontecimiento de muerte de un familiar o de un conocido, y al darles ánimo recordándoles la existencia de la vida eterna, tuercen el ceño e incluso llegan a decir: si, si, pero, ¿quién sabe?

Yo, hoy, te puedo decir, sino existe la resurrección y la vida eterna somos unos necios abocados a la nada, a los que les sería mejor decir aquello que dice el profeta Isaías: «¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!» ¿Para qué vives? ¿De qué te sirve esta vida? Al negar la resurrección y la vida eterna, haces que tu vida sea semejante a la de cualquier animal irracional. Nacer, crecer, reproducirse y morir. Volver a la nada de donde fuiste sacado. Negar la resurrección y la vida eterna, es negar la misma existencia de Dios. Y si Dios no existe, el hombre, tú y yo, somos un auténtico absurdo.

Sin embargo, esto no es así. El mundo no es un absurdo, y de la misma manera que la existencia de Dios es indiscutible, lo es también que Él nos ha creado para una vida eterna y feliz. Para eso se encarnó el Hijo de Dios y sufrió su Pasión, para que al resucitar tuviéramos nosotros la certeza de nuestra propia resurrección libres del pecado y de la muerte. Tenemos nuestro origen en el cielo y hacia él peregrinamos, para disfrutar junto al Señor, a la Virgen y todos los santos, muchos conocidos nuestros, de una vida eterna y feliz.


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HOY HA SIDO LA SALVACIÓN DE ESTA CASA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 11, 22—12, 2 * 2Tes 1,11—2,2 * Lc 19, 1-10

San Lucas nos narra en el evangelio de hoy el pasaje de Zaqueo, que puede ayudarnos mucho porque una vez más pone de manifiesto el amor de Dios hacia el pecador. Es importante escucharlo con un corazón sencillo sin defendernos ante la Palabra. No defendernos ante la Palabra significa aceptarla teniendo presente nuestra condición de pecadores.

San Lucas sitúa al Señor Jesús entrando en la ciudad de Jericó. Hay una multitud que se agolpa para verlo pasar. Entre toda la gente que desea verlo se encuentra un hombre llamado Zaqueo. Su baja estatura le impide ver a Jesús, por eso, se le ocurre encaramarse a una higuera para desde lo alto poder contemplar al Señor. Cual no sería su sorpresa, al comprobar que Jesús se detiene ante él para decirle: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Esta indicación del Señor no tendría más importancia si Zaqueo fuera una persona corriente. Pero no, Zaqueo es jefe de publicanos y rico.

Ya hablamos la semana pasada sobre quiénes eran los publicanos. Gente aborrecida por el pueblo porque no solo cobraban los impuestos para Roma, sino que se enriquecían a costa de los demás. Y Zaqueo, no solo es publicano, sino jefe de publicanos. De ahí que la decisión del Señor causara el correspondiente escándalo entre la gente, que murmuraba diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Ya sentados a la mesa, Zaqueo, puesto en pie, dice al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Ante estas palabras de Zaqueo el Señor responde: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Para nosotros, esta palabra lleva implícito un mensaje de salvación. A través de ella el Señor Jesús ha pasado por nuestra vida y nos ha dicho: «Hoy tengo que alojarme en tu casa». Del mismo modo que a Zaqueo, que sabe que es un gran pecador, te lo ha dicho a ti y me lo ha dicho a mí. No importa que no lo merezcamos. No importan nuestros pecados, sean cuales fueren. El Señor quiere entrar en nuestro corazón, quiere entrar en nuestra casa para darnos su salvación.

La reacción de Zaqueo es muy importante. Tocado por el amor de Dios, ha experimentado también el amor hacia sus semejantes. El amor que el Señor le ha manifestado, ha llenado de tal manera su ser, que ya no le importan sus riquezas. Tiene el corazón totalmente satisfecho. Comprobamos de este modo, cómo ha cambiado su vida, y cómo cambiará la nuestra ante un encuentro con el Señor.

Hay una frase del Señor dirigida a Zaqueo, que hoy puede resonar para cada uno de nosotros: «Hoy, ha sido la salvación de esta casa». También hoy el Señor nos visita con esta palabra. Trae para nosotros la salvación, como la trajo para Zaqueo. Una salvación, que no solo hace referencia a la salvación final, sino que habla de la salvación de cada día, porque, lo mismo que Zaqueo, también nosotros necesitamos encontrarnos cada día con el Señor, porque cada día nos enfrentamos a problemas, tentaciones y sufrimientos, que no somos capaces de afrontar y que solo con su ayuda podremos llegar a resolver.

No tengamos miedo de contemplar nuestra vida llena de infidelidades y pecados, porque, como dice el evangelio, «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». 

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¡OH DIOS!, TEN COMPASIÓN DE ESTE PECADOR» 

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 35, 12-14. 16-19ª * 2Tim 4, 6-8.16-19ª * Lc 18, 9-14

No hace muchos domingos los discípulos pedían al Señor que les enseñase a orar. Lo hizo dándoles a conocer la oración del Padrenuestro. Durante las últimas semanas han sido varios los evangelios que han tratado de la oración. El Señor, mediante parábolas, nos ha ido adoctrinando sobre la forma en que debemos orar. La semana pasada nos decía que había que orar con insistencia, con machaconería, diríamos nosotros. También vimos la importancia de que en el momento de orar tengamos la certeza de que el Señor puede ayudarnos en aquello que le pedimos, o sea que nuestra oración ha de ser hecha con fe y con confianza.

En la parábola del evangelio de hoy, el Señor nos habla de la actitud con la que debemos acercarnos a la oración. Por eso nos pone la parábola del publicano y el fariseo, que son los dos protagonistas que aparecen en la narración. Por una parte, aparece el fariseo. Aprovechamos la ocasión para aclarar que los fariseos, en contra de lo que pensamos en muchas ocasiones, no eran malas personas, sino que eran devotos que hacían del cumplimiento de la Ley el objetivo de su vida.

El otro protagonista es el publicano. ¿Quiénes eran los publicanos? Unas personas para las que, en opinión del pueblo, no había salvación. ¿Por qué podéis preguntaros? Porque su trabajo consistía en recaudar los impuestos que Roma, la opresora, cargaba sobre los hombros de los judíos. Y no solo eso, sino que, como contaban con la protección de los romanos, al cobrar los impuestos los aumentaban considerablemente en beneficio propio. Resumiendo, eran ladrones que se dedicaban a robar a su propio pueblo para enriquecerse. No es de extrañar que fueran personas odiadas y aborrecidas por todos.

En la parábola, aparece el fariseo plantado en medio del templo presentando su oración al Señor, dándole gracias y enumerando todos sus méritos. Él, no es como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como el miserable publicano que se encuentra en la puerta. Ayuna dos veces por semana y paga todos sus diezmos. Queremos aclarar, que nada de lo que dice el fariseo es falso. Es cierto que cumple con todo lo que está diciendo.

Por otro lado, a la puerta del templo, sin atreverse a entrar, se halla el publicano postrado en el suelo, dándose golpes de pecho y repitiendo una y otra vez: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

El Señor Jesús termina la parábola diciendo: «Os digo que éste, el publicano, bajó a su casa justificado y aquel, el fariseo, no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». Se cumple, así, lo que dice el salmo: «Dios mira de lejos al soberbio y se complace en el humilde».

Dios no soporta al soberbio porque en su vida no cabe la misericordia. Es exigente con los demás y la dureza de su corazón le impide experimentar el amor y la gratuidad de los dones de Dios. No quiere deber nada a nadie. Quiere salvarse mediante su esfuerzo. Para estas personas, la salvación que nos ha otorgado el Señor en la Cruz, no sirve para nada.

No ocurre lo mismo con el publicano, que, reconociendo su miseria, su pecado y su pobreza delante del Señor, hace que el corazón de Dios se derrita como la manteca, porque es un corazón en el que no cabe ni el odio ni el reproche, solo cabe el amor y la misericordia.

Ésta ha de ser nuestra actitud en la oración, la del publicano. Humillémonos ante el Señor y no tengamos miedo de reconocer nuestra inutilidad y nuestro pecado. Hagamos nuestra su oración: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HAZME JUSTICIA CONTRA MI ADVERSARIO»

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 17, 8-13 * 2Tim 3, 14—4,2 * Lc 18, 1-8  

Hemos hablado en otras ocasiones de la importancia de la oración y de cómo ésta hay que hacerla sin desanimarse. Hoy, el Señor Jesús, insiste en esta condición que ha de tener la oración.

Nos presenta a una viuda a la que un desalmado ha despojado de sus bienes, y también a un juez injusto que no tiene para nada temor de Dios. La viuda recurre a él y le dice de una manera harto insistente: «Hazme justicia frente a mi adversario», pero la respuesta del juez se hace esperar. Sin embargo, la viuda, que necesita recuperar sus bienes para no morir de hambre, acosa al juez cada vez que lo ve. No lo deja ni a sol ni a sombra.

Harto el juez de tanta molesta insistencia, piensa para sí mismo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».

El Señor concluye la parábola diciendo: «Fijaos lo que dice el juez injusto: pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?... os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

En varias ocasiones en el evangelio el Señor nos dice: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos». Quizá os preguntéis ¿a qué viene ahora citar este pasaje? Muy sencillo, los niños reúnen dos de las condiciones necesarias para entrar en el Reino de Dios. Por una parte, son crédulos. Es decir, todo lo que les dice su padre es dogma de fe. De manera que están dispuestos a defender a puñetazos lo que les ha dicho el padre. Por otra parte, cuando desean algo, en algún mercadillo o en una feria, se vuelven insistentes hasta el punto de casi romper los nervios al padre. Una y otra vez, repiten como un disco rayado: cómprame esto o lo otro, y lo bueno es, que casi siempre se salen con la suya.

Los adultos, necesitamos ese mismo espíritu. Por una parte, no cuestionar en modo alguno aquello que el Señor nos dice a través de su Palabra. Es decir, no pasarlo por la razón como tantas veces hacemos. Por otra parte, y nos lo muestra el Señor en la parábola de hoy, ser insistentes en la oración hasta el extremo. Es decir, darle la lata al Señor una y otra vez.

La viuda, al dirigirse al juez insiste diciendo: «Hazme justicia frente a mi adversario». Esa frase necesitamos incorporarla a nuestra oración. Nuestro adversario, el maligno, es muchísimo más fuerte y más inteligente que nosotros. Como enemigo de Dios, su misión es conseguir que nos apartemos de Él, para hacernos, incluso, dudar de su amor. Poco podemos hacer nosotros en una lucha tan desigual, pero sí que lo podemos todo con un aliado como Dios. En vez de entrar en diálogo con el demonio, porque tenemos las de perder, hagamos como la viuda. Digámosle al Señor con insistencia: «Hazme justicia frente a mi adversario».

El pasaje termina con una frase del Señor que debe hacernos reflexionar un poco: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». El Señor está dispuesto a ayudarnos, a hacernos justicia de nuestro adversario, pero nunca lo hará a la fuerza. Respetará siempre nuestra libertad. ¿Seremos capaces nosotros de insistir las veces que haga falta como la viuda? ¿Tendremos la fe suficiente para estar convencidos de que nuestra oración insistente dará resultado? Dejemos, pues, de lado nuestra razón y no pretendamos interpretar la obra del Señor. Recordemos que lo que hace el Señor, no siempre se acomoda a lo que dice nuestra razón.


EL DIOS DEL A.T. Y EL DIOS DEL N.T.

EL DIOS DEL A.T. Y EL DIOS DEL N.T.

EL DIOS DEL ANTIGUO Y EL DIOS DEL NUEVO TESTAMENTO

 

Comenzaremos diciendo que se puede considerar herético afirmar que el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo, no sean el mismo Dios. Sin embargo, lo que sí es cierto es que la pedagogía que el Señor utiliza con el hombre, antes de Jesucristo y después de él, es completamente distinta.

Durante muchos siglos la Iglesia, en la predicación de sus ministros, ha hecho hincapié insistiendo en los castigos y correctivos que Yahvé-Dios aplicaba a su Pueblo. Se nos ha mostrado un Dios exigente, que como dice el Éxodo, «castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación».

Con esta predicación y con la exigencia del cumplimiento de la Ley, se ha cargado sobre los hombros de los fieles una carga insoportable, y se ha conseguido que en la relación hombre-Dios, prevaleciera el miedo en detrimento del amor y la misericordia.

Podemos preguntarnos por qué ha sucedido esto. En la historia de salvación que, desde el pecado de Adán hasta la Pascua del Señor Jesús, ha llevado a cabo Dios-Padre, podemos comprobar que ha habido dos épocas radicalmente distintas, que coinciden con los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo.

Cuando Dios elige a Abraham para sacar de él un gran pueblo del que nazca el Salvador, la materia prima, o sea los miembros de ese pueblo, provienen de la gentilidad y son, como Abraham politeístas, acostumbrados a los sacrificios, incluso humanos, y a las ofrendas de todo tipo a la divinidad.

El Señor va educando a ese pueblo mostrándoles a través de los patriarcas la forma de vida que le agrada. Sin embargo, no será hasta Moisés que les dé la Ley para que les sirva de foco de luz que ilumine su sendero.

Si hasta Moisés se presenta como un Dios más grande que los demás dioses, será a partir de la promulgación de la Ley, cuando se presente como el Dios Único. Mostrará al Pueblo cuál es el culto que le agrada, tomando como punto de partida las costumbres cultuales de los pueblos que ellos conocen, rechazando de plano los sacrificios humanos, pero no los que tienen como víctimas a los animales.

El cumplimiento de la Ley será para el pueblo su objetivo primordial. Sin embargo, serán muchas las ocasiones en las que el pueblo será infiel a la Alianza que Dios ha sellado con él en el Sinaí, dejándose arrastrar por las costumbres de los pueblos paganos que les rodean.

Ante estas transgresiones el Señor responderá corrigiendo a su Pueblo con diferentes castigos. Es Él mismo el que nos dice en el libro de los Proverbios: «El Señor a quien ama reprende, como un padre al hijo en quien se deleita.». Como vemos este castigo o corrección es fruto del amor de Dios, porque lo que pretende es educar convenientemente al hijo.

El Señor irá purificando la religión del pueblo, haciendo que vayan desapareciendo elementos del culto de manera que, por ejemplo, con el destierro de Babilonia, el pueblo deberá aprender a dar culto a Dios lejos del templo de Jerusalén y lo hará en espíritu y verdad.

Los correctivos que Dios aplica al Pueblo, en muchas ocasiones nos pueden parecer hasta excesivos, como por ejemplo lo que hizo a Datán y Abiram, los hijos de Eliab, hijo de Rubén, cuando la tierra abrió su boca y los tragó a ellos, a sus familias, a sus tiendas y a todo ser viviente que los seguía, en medio de todo Israel.

También nos pueden parecer extrañas en boca de Dios, las expresiones de castigo que a través de los profetas hace llegar a su pueblo infiel. Sin embargo, no debemos olvidar que el Señor con estas actuaciones está educando a su pueblo. Lo está preparando para la venida del Mesías. En este tiempo, Israel vive en la economía de la Ley, por lo tanto, a pesar de la misericordia de Dios, lo importante es que el pueblo intente cumplir la ley comprobando a la vez, la imposibilidad de hacerlo.

«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva».

Cristo con su Pasión, Muerte y resurrección, cierra el período de la economía de la Ley y abre para toda la humanidad el período de la economía de la gracia. Significa esto que la salvación deja de estar ligada al cumplimiento de la Ley. San Pablo lo expresa claramente en su carta a los Gálatas: «Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado». San Pablo no puede ser más radical. La Ley no tiene ningún poder salvífico. En la carta a los Romanos insiste de nuevo diciendo: «Nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado».

Cuando el Señor promulga la Ley en el Sinaí, da al hombre, mediante ella, conocimiento de pecado. Antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. San pablo nos dice: «La ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».

A nosotros, por puro don y sin merecimiento alguno, nos ha tocado vivir, no bajo la ley, sino en la economía de la gracia. Por eso, el rostro de Dios que nos ha mostrado el Señor Jesús, es radicalmente distinto al rostro que observamos en el Dios del Antiguo Testamento. No se trata de dioses distintos, pero sí de dos maneras distintas de actuar del Señor en la historia. El objetivo que quiere alcanzar en el Antiguo Testamento es el de educar al pueblo, quiere conseguir que sea un pueblo bien dispuesto para recibir al Mesías. Por eso, dándole la ley, le da al mismo tiempo conocimiento de pecado; pecado que quedará borrado por completo en la Cruz del Señor Jesús.

Ahora podemos preguntarnos, a nosotros que vivimos en el Nuevo Testamento, ¿de qué nos sirve el Antiguo Testamento? El Antiguo Testamento contiene la Historia de Salvación que el Señor ha llevado a cabo con su pueblo, para que, al llegar a la plenitud de los tiempos, se hiciera presente en el mundo el Salvador que Dios había dispuesto desde los comienzos para el hombre. Todos los acontecimientos que tienen lugar en el Antiguo Testamento, son figura del presente, como dice la carta a los Hebreos. Esto quiere decir que lo que a ti y a mí nos sucede en la vida, queda iluminado por los acontecimientos que el pueblo vivió en el Antiguo Testamento. También quiere decir que no podemos vivir nuestra vida a espaldas de aquel período de la historia de salvación. Pero que también sería absurdo continuar viviendo anclados en aquel tiempo. El tiempo de la ley ha sido superado con creces por el tiempo de la gracia.

Por desgracia, abundan los fieles y también miembros de la Jerarquía, que viven anclados en el Antiguo Testamento. Les sucede algo parecido a lo que le sucedió al segundo hijo de la Parábola del Hijo Prodigo. No son capaces de disfrutar de los dones que nos ha ganado el Señor Jesús con su Pasión Muerte y Resurrección. Viven constreñidos por el peso de la ley con el convencimiento de que tienen que ganarse la salvación con sus puños. En sus vidas es más importante la ley que la misericordia. No entienden aquella frase del Señor: «Misericordia quiero que no sacrificios».

El Apóstol nos dice que «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Por eso, la salvación que Dios-Padre nos ha otorgado en su Hijo Jesucristo es universal. No hace distinción ni de raza, ni de sexo, ni de condición humana alguna. Tampoco está subordinada al cumplimiento de ninguna ley. Solo tiene una limitación, y es la de que el Señor no salva a nadie a la fuerza, sino que respeta escrupulosamente el don de la libertad que él nos ha otorgado. Solo un mal uso de nuestra libertad puede excluirnos de la salvación que el Padre ha dispuesto para todos nosotros. De manera que cuando una persona rechaza conscientemente la salvación y se condena, hace fracasar el plan de Dios, porque todos hemos sido creados para la vida. El Señor dice por boca de Ezequiel: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del impío y no en que se aparte de sus caminos y viva?». Y en el libro de la Sabiduría leemos: «Que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes».

Es hora, pues, de abandonar el corsé de la ley para entrar en la dimensión nueva que supone la misericordia infinita de Dios. Si continuamos aferrados a la ley, hacemos vano el sacrificio de Cristo en la Cruz. Así lo expresa san pablo en su carta a los Gálatas: «No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano».

Seríamos necios si después de que Cristo nos ha obtenido la salvación, independientemente del cumplimiento de la ley, continuáramos aferrados a ella. La ley solo me ayuda a ver mi impotencia para cumplirla, dejando a la vista mis pecados. De ahí que san Pablo exclame: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí».  

No podemos continuar viviendo en la Antigua Alianza que tenía por eje a la ley. Somos beneficiarios de la Nueva Alianza, aquella que el Padre ha sellado en la Cruz del Señor Jesús. Así lo tenía dispuesto desde antiguo cuando decía por el profeta: «concertaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una nueva Alianza…» y la carta a los hebreos añade: «Al decir nueva, declaró anticuada la primera; y lo anticuado y viejo está a punto de cesar». San Pablo en su segunda carta a los Corintios reafirmando esto nos dirá: «Lo viejo ha pasado y una nueva realidad está presente».

El Señor, refiriéndose a esta Nueva Alianza nos dice: «Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.  Y no habrá de instruir cada cual a su conciudadano… diciendo: «¡Conoce al Señor!», pues todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque me apiadaré de sus iniquidades y de sus pecados no me acordaré ya».

Con estas frases el Señor anuncia el fin de la economía de la ley, y abre la puerta a la economía de la gracia y de la misericordia.

No seamos ciegos como el hermano mayor del Hijo Pródigo, que no sabe disfrutar de los bienes de su casa, aferrándonos al cumplimiento de la ley, para obtener una salvación, que nuestro Padre-Dios ya nos ha otorgado en la Cruz del Señor Jesús.

Rechacemos todo temor y dejémonos envolver por la misericordia de nuestro Padre que, diríamos usando una expresión humana, es mucho más feliz cuando nos ve a nosotros, sus hijos, felices.

Íbamos a decir por suerte, pero en este caso no es la suerte sino la acción del Espíritu Santo, la que ha hecho que el Papa Francisco, desde su elección, haya tenido en su predicación como leitmotiv, el anuncio de la misericordia de Dios Padre para con todos los hombres.