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DOMINGO II DE PASCUA -A-

DOMINGO II DE PASCUA -A-

«PAZ A VOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 42-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Con este segundo domingo cerramos la Octava de Pascua. Una semana que la liturgia considera como un solo día, el de la Resurrección del Señor. Hoy volvemos a aquel primer día de la semana, el domingo, que al alborear fue testigo de la Resurrección del Señor Jesús. Cristo salía vencedor de la muerte como garantía de nuestra propia resurrección.

Hoy, el evangelio nos lo muestra en el atardecer de aquel domingo, mostrándose vivo y resucitado a sus discípulos. Están encerrados, probablemente en el Cenáculo, atemorizados y sin acabar de digerir los acontecimientos que acaban de vivir. No saben a ciencia cierta qué pensar. A pesar de las repetidas veces que han oído de labios del Señor qué es lo que iba a acontecer, se resisten a pensar que todo acabe así.

El saludo del Señor no puede ser más tranquilizador «Paz a vosotros», si tenemos en cuenta su comportamiento durante toda la Pasión. Solo uno ha sido capaz de estar a su lado acompañándole en su agonía. Los demás han desaparecido acosados por el miedo, y uno lo ha hecho después de negar por tres veces que le conoce. «Paz a vosotros, repite, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». No solo evita todo reproche, sino que, olvidando por completo su cobardía y su pecado, los elige para que sean en el mundo los que continúen su misión.

¿Te das cuenta que tú y yo ocupamos en estos momentos el lugar de aquellos discípulos? Como ellos, hemos negado delante de los demás, por respeto humano, que le conocemos. Vivimos nuestra fe de una forma muy particular procurando que nuestra condición de creyentes pase inadvertida. Tampoco en nuestros actos personales somos consecuentes con la fe que decimos profesar: Juzgamos, amamos el dinero, nos complacemos dando a nuestros cuerpos el placer que nos exigen, etc. Sin embargo, el Señor, se ha fijado en ti y en mí, y sin importarle para nada nuestras infidelidades y pecados, hoy, también nos dice. «Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Nos envía a ser portadores de su paz. Una paz que hoy la sociedad necesita de una manera perentoria. Los acontecimientos que vivimos con esta pandemia universal, pueden arrastrarnos a la desesperanza e incluso hacernos dudar del amor de Dios. Si Dios nos ama, podemos pensar, ¿por qué permite tanto dolor y tanto sufrimiento? ¿Dónde está ese Dios que tanto ama al hombre?

La primera tentación que hemos de rechazar de plano, es la de pensar que Dios es el origen de toda esta situación. Él lo dice así través del profeta Daniel: «Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere». Por eso, el Señor, en estos momentos de sufrimiento está resucitado junto a nosotros. Es Él que mueve las voluntades y da fortaleza a aquellos que se juegan la vida atendiendo a los enfermos. Es Él, el que está allí donde alguien hace una buena acción en favor de los que sufren. Es Él,  el que, respetando la libertad personal, nos impulsa a favorecer al débil. Es Él, en fin, el que hoy nos dice: «Paz a vosotros». No temáis, no estáis solos. Yo, que he resucitado estoy junto a vosotros para animaros, para consolaros y para libraros del temor y la desesperación. Por eso, san Pedro, dice refiriéndose a Dios: «Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros». Seamos, pues, portadores de esa paz a todos los que nos rodean y de un modo especial a los que más sufren.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«ESTE ES EL DÍA EN QUE ACTUÓ EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

La Pascua es, para el cristiano, la mayor y la más grande noticia que pueda recibir. Para comprender mejor esta afirmación, quizá este confinamiento y este un sin vivir que supone vernos inmersos en un problema de salud, que desborda por completo nuestras posibilidades, y hace patente nuestra impotencia, nos sirva para entender lo que es la gran noticia de la Pascua.

Imaginemos, por unos instantes que, de momento, nos llega la noticia de que está disponible en la farmacia, un medicamento que con solo una pastilla es capaz de borrar por completo el coronavirus. No creo exagerar si digo que echaríamos al vuelo todas las campanas celebrando la gran noticia.

Pues bien, tú y yo, desde que tenemos uso de razón nos hallamos confinados, privados de libertad, a causa de un virus mucho más dañino que el Cob-19, que nos arrastra al mal irremediablemente. Es un virus mortal que destruye nuestro ser y nos hace esclavos de la muerte. Ese virus es el pecado que, como dice san Pablo, a través de su aguijón inyecta en nosotros un veneno mortal. Lo más grave es que por más adelantos técnicos de que dispongamos en nuestra vida, por más estudios que hayamos realizado y por más dinero que hayamos acumulado, somos incapaces de hacer frente a este mal. Nadie, ni tú ni yo, ni persona humana alguna, es capaz de librarse de la atadura de la muerte.

En estas circunstancias llega hoy a nosotros la gran noticia: Dios-Padre ha tenido compasión de su criatura y ha enviado para nuestra salvación a su querido Hijo. Él, tomado nuestra carne mortal se ha hecho uno de nosotros. Ha vivido entre nosotros dándonos a conocer el amor sin medida que el Padre nos tiene, a pesar de nuestros pecados. Ha echado sobre sus hombros el mal que nos oprime y que nos mantiene esclavos de la muerte. Finalmente ha permitido que la muerte se ensañe con Él, llevándolo al sepulcro. Sin embargo, ese cuerpo que la muerte ha destruido tiene en su interior la fuerza de la divinidad, por eso, resucitando ha destruido por completo a su enemigo, arrancándole el aguijón venenoso, e impidiendo que continúe sembrando entre nosotros la muerte.

Ésta es para ti y para mí la gran noticia, si tenemos la certeza de que por nuestros pecados vivimos en esclavitud; si hemos descubierto que estamos sometidos al pecado, que queremos salir de él pero que con solo nuestras fuerzas nos es imposible, la solución está en nuestras manos. Él, nos dice el evangelio, en el momento de morir exhaló su Espíritu, y ese Espíritu es el que nos entrega para que, habitando en nosotros, participemos de su resurrección y de su victoria sobre la muerte. Por Él, la muerte ya no tiene sobre nosotros ningún poder. Hemos sido liberados de sus garras y nos hemos convertido en criaturas nuevas.

Todo esto es lo que celebramos en esta Noche Santa. La luz del Resucitado ha destruido, ha vencido a la oscuridad de la noche  y abre para nosotros un día nuevo, un día eterno, un día sin ocaso.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

«MI SEÑOR ME AYUDA, POR ESO NO QUEDARÉ CONFUNDIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26, 14—27, 66

El largo camino de la Cuaresma nos ha conducido a este domingo con el que la Iglesia inicia la Semana Grande, la Semana Santa. Una semana en la que veremos al Señor Jesús culminando la misión para la que el Padre lo envió al mundo. Podremos contemplar de cerca la gran epopeya de nuestra salvación. Celebraremos en una sola semana acontecimientos tan importantes como la Institución de la Eucaristía, La Pasión del Señor y su Muerte en Cruz y, finalmente, el sábado, nos preparará para celebrar en el domingo la victoria del Señor Jesús sobre la muerte. El Señor había dicho: «No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén». Por eso hoy, lo vemos  entrar con resolución en la Ciudad Santa para culminar allí su misión.

La Palabra central de la liturgia de hoy es la Pasión según san Mateo, sin embargo, nosotros vamos a fijarnos en la primera y segunda lectura que hoy nos ofrece la Iglesia. La primera es un fragmento del libro del Profeta Isaías. En ella podremos comprobar cómo la afirmación que hizo en otra ocasión el Señor Jesús hablando de sí mismo es cierta, y halla cumplimiento en su persona. El Señor había dicho: «Escrutad las Escrituras porque ellas hablan de mí».

Isaías empieza diciendo: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento». Esa ha sido la predicación del Señor. No ha venido a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido. Ha venido a darnos ánimo en nuestra lucha diaria contra el mal. Ha venido a darnos ánimo en esta situación particular de impotencia que vivimos en estos días. «Cada día, sigue diciendo, me espabila el oído». «El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás». ¿Sabes qué significa tener el oído abierto? Significa saber interpretar a través de los acontecimientos de cada día cuál es la voluntad de Dios, con la certeza de que es lo que más nos conviene.

Lo que sigue diciendo el profeta es un anuncio de la Pasión del Señor echo más de doscientos años antes: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba… por eso ofrecí el rostro como pedernal, y no quedaré avergonzado».

Esta palabra es la que ha dado fortaleza a los mártires para afrontar la muerte si miedo. Esta palabra ha de animarnos a la lucha diaria contra el mal, teniendo el convencimiento de que Dios está a nuestro lado y nos sostiene.

El Señor ha dicho: «No quedaré avergonzado». Esto es precisamente lo que el apóstol san Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy. El Señor Jesús no tuvo inconveniente en despojarse de su categoría de Dios, para tomar una carne mortal como la tuya y la mía. Sufrió una pasión atroz y se sometió a una muerte afrentosa indigna de un ser humano. Precisamente por eso, para que no quedara avergonzado, «Dios lo levantó sobre todo y le dio el nombre (el poder) sobre todo nombre (sobre todo poder)».

La humillación, el anonadamiento que padeció el Señor Jesús, es el único camino que tenemos nosotros para ser un día también glorificados con Él. La diferencia entre Él y nosotros estriba, en que en esta lucha contra el mal y contra el mundo, Él nos ha precedido abriéndonos el camino, y permaneciendo constantemente a nuestro lado como ayudador.

 

ESTAMOS VIVIENDO MOMENTOS DIFÍCILES

ESTAMOS VIVIENDO MOMENTOS DIFÍCILES

VIVIMOS MOMENTOS DIFÍCILES

 

A causa de la pandemia del coronavirus estamos viviendo momentos muy difíciles, que pueden provocar en nosotros ansiedad y frustración. Vivimos como si tuviéramos encima la espada de Damocles. Es cierto, que por nuestra parte nos esforzamos en poner los medios necesarios para evitar la enfermedad. Sin embargo, no es menos cierto, que cada día nos llegan noticias nada tranquilizadoras sobre el avance de esta pandemia, y la cifra desorbitada de muertes que produce. Es necesario ser inconscientes para que esta situación no mine nuestro estado de ánimo.

Añoramos los días en que vivimos en paz libres de estas preocupaciones. En estas circunstancias podemos hacer nuestra la frase del salmista cuando en el salmo cuatro dice: «¿Quién nos hará ver la dicha» ¿Cuándo terminará este mal sueño? Quizá también tengamos facilidad para identificamos con el levita que en el salmo 41, recuerda con añoranza y congoja «cómo marchaba en medio de un pueblo en fiesta».

Esta es, sin duda, nuestra realidad y la de la mayoría de personas que nos rodean, contemplando impotentes el avance de la enfermedad. Sin embargo, nosotros, los creyentes, hemos de tener muy presente las palabras de Apóstol: «Todo sucede para bien de aquellos a los que el Señor ama». Nosotros no somos gente sin esperanza. Por eso, entrando en nosotros mismos hemos de hacer nuestras las palabras del salmo 41: «¿Por qué te acongojas, alma mía?¿Por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío.

Es un don del cielo tener la certeza de que el Señor no nos abandonará. Dios es nuestro auxilio y escudo. Es auxilio, en estos momentos de sufrimiento que cada día nos muestran, para nuestro bien, nuestra limitación y nuestra pequeñez. Es escudo, siempre dispuesto a defendernos  si nosotros imploramos su ayuda, porque, como dice la Escritura: «Nadie que invoque el nombre (el poder) del Señor será confundido»

Con el Señor a nuestro lado nada debemos temer. Hagamos nuestras las palabras del salmista: «Señor, tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan». Digamos con confianza: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! Señor, tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo. En paz, todo a una, yo me acuesto y me duermo, pues tú solo, Señor, me asientas en seguro». (sal. 4)

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

DOMINGO V DE CUARESMA  -A-

«YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 37, 12-14 * Rm 8, 8-11 * Jn 11, 1-45

Con este domingo damos comienzo a la última semana de Cuaresma, ya que con el próximo daremos inicio a la Semana Santa. A este domingo y a la semana que se inicia con él, tradicionalmente, hasta la llegada de la reforma que hizo de la liturgia el Concilio Vaticano II, se le denominaba Domingo de Pasión.

El evangelio de hoy nos muestra al Señor Jesús como dueño y Señor de la vida. Lo podremos comprobar a través del pasaje que nos narra, la resurrección de Lázaro.

Lázaro y sus hermanas Marta y María viven en una aldea cercana a Jerusalén, Betania, y se cuentan entre los discípulos de Jesús. Con frecuencia es en casa de estos hermanos donde se aloja cuando visita la ciudad. Sucede en esta ocasión que Lázaro enferma de gravedad mientras el Señor se halla lejos. Las hermanas le envían aviso, pero el Señor retrasa adrede su salida hacia Betania, de manera que, cuando llega, Lázaro ya ha muerto y lleva cuatro días enterrado.

Marta, al enterarse de la llegada de Jesús sale a su encuentro y al encontrarle le dice: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». El Señor le responde: «Tu hermano resucitará». «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día» dice Marta, pero el Señor a su vez le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

María, al conocer la llegada de Jesús, sale de la casa deprisa y llorando se echa a los pies del Señor diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». El Señor Jesús viéndola llorar a ella y a los que la acompañaban, solloza, y conmovido hace que lo lleven hasta la tumba. Una vez allí, de nuevo no puede reprimir las lágrimas y ordena: «Quitad la losa». Aunque ya huele mal, abren la tumba. Jesús, puestos los ojos en el cielo y después de dar gracias al Padre, dice con potente voz: «Lázaro, ven afuera». Ante el asombro de todos, el muerto sale con los pies y manos atados. El Señor dice: «Desatadlo y dejadlo andar».

Esta palabra de la resurrección de Lázaro encaja perfectamente en tu vida y en la mía. Creo que a estas alturas no tenemos la menor duda de que somos pecadores. El pecado, como dice san Pablo, es el aguijón de la muerte. Es decir, que es él, el que introduce en nosotros el veneno de la muerte. Por lo tanto también nosotros, como Lázaro, estamos muertos. Como él, también estamos atados y somos incapaces de devolvernos la vida. Pesa sobre nosotros una enorme losa que nos priva de libertad y nos esclaviza a la acción del mal. Por eso, tu y yo, podemos exclamar con san Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?»

La respuesta a esta situación nos la da el mismo Señor Jesús cuando dice a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Él, entrando en la muerte la ha derrotado, la ha destruido. Ha quitado la losa que nos aplastaba y ha abierto para nosotros una vida nueva, una vida eterna y feliz. ¿Creemos esto? Si lo creemos experimentaremos como Lázaro la resurrección, de lo contrario seguiremos muertos en nuestros pecados. Pensemos que todos tenemos experiencia de que en nuestra vida el Señor ha ido venciendo pequeñas o grades muertes. Esta experiencia es la que ha de acrecentar en nosotros la esperanza de nuestra resurrección última.


DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

DOMINGO IV DE CUARESMA  -A-

«VE A LAVARTE A LA PISCINA DE SILOÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 16, 1b. 6-7.10-13a * Ef 5, 8-14 * Jn 9, 1-41

Estamos acercándonos a la Pascua. Durante la celebración de la Vigilia Pascual, desde los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia administra el sacramento del Bautismo a los catecúmenos que han estado durante años preparándose para recibirlo. Por eso, en estos domingos que preceden a la celebración más importante de toda la liturgia de la Iglesia, se nos proponen evangelios que son, en realidad, catequesis bautismales.

Hoy va a ser la catequesis sobre el Ciego de Nacimiento. Hay dos curaciones importantes llevadas a cabo por el Señor Jesús devolviendo la vista a un ciego. La primera es la que realiza a un ciego en Jericó. Se trata de una persona que ha perdido la vista y que, por tanto, no ha sido desde siempre ciego. Por el contrario, el ciego del evangelio de hoy no sabe lo que es la luz porque ha nacido ciego.

Veamos lo que hace el Señor para devolverle la vista. Es de notar que este ciego, que está pidiendo limosna, no le pide al señor que lo cure, son los discípulos los que lo llevan a Jesús. Éste, escupiendo en el suelo hace un poco de barro con la saliva y se lo aplica a los ojos mientras le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». El ciego, obedece, va a la piscina, se lava y recupera la vista.

Esta Palabra, si la aceptamos con un corazón humilde, puede iluminar nuestra realidad haciendo crecer nuestra fe, porque, aún sin darnos cuenta, la situación de nuestra vida es semejante a la del ciego. ¿Cómo? Puede preguntar alguno ¿Es que yo también soy ciego? Pues sí, es el pecado, y en particular el egoísmo y la soberbia el que nos ciega, nos encierra en nosotros mismos e impide abrirnos a las necesidades de los demás. Somos ciegos porque somos incapaces de reconocer nuestras limitaciones y defectos. Somos ciegos porque no somos capaces de ver en nuestra historia de cada día, el cuidado y el amor que Dios-Padre tiene para con cada uno de nosotros sin exigirnos nada a cambio.

El ciego del evangelio, como nunca ha conocido la luz, vive su vida mendigando y conformado a su situación. Por eso el señor Jesús le pone barro en los ojos para bajarle a su realidad, para provocar en él la necesidad de lavarse. Eso mismo hace con nosotros para hacernos ver nuestra realidad de egoísmo y de ceguera. Nos hace ver que estamos sucios, que somos pecadores y necesitamos lavarnos. Necesitamos acudir a Aquel que tiene poder para devolver la vista a los ciegos.

El ciego después de lavarse y recobrar la vista, descubre un mundo maravilloso. Algo totalmente desconocido para él. Es lo mismo que experimentaremos nosotros cuando el Señor nos abra los ojos y salgamos de nuestro egoísmo y de nuestro orgullo. Descubriremos que junto a nosotros hay personas que sufren, que tienen ilusiones, que necesitan muchas veces de nuestra ayuda. Descubriremos el amor y la felicidad inmensa que proporciona darse a los demás, a tu mujer, a tus hijos, a tus padres, a tus vecinos, o a tus compañeros de trabajo… Saldremos de la vida mezquina que supone vivir encerrados en nosotros mismos.

Cuando esto suceda, tenemos que hacer lo mismo que hace el ciego de nacimiento. Dar testimonio de Aquel que nos ha abierto los ojos. Confesar que éramos ciegos, pero que ese hombre que se llama Jesús, poniéndonos barro en los ojos nos ha devuelto la vista, nos ha abierto los ojos dándonos a conocer lo que es de verdad la vida.   

 

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA  -A-

«EL QUE BEBA DEL AGUA QUE YO LE DARÉ, NUNCA TENDRÁ MÁS SED»

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 17, 3-7 * Rm 5, 1-2.5-8 * Jn 4, 5-42    

El agua es un elemento indispensable para la vida del hombre, de los animales y de las plantas. El agua a través de la historia de salvación tiene un doble significado. Es signo de muerte y destrucción como podemos comprobar en el diluvio universal y también en el Mar Rojo, cuando destruye por completo al ejército del Faraón que persigue a los israelitas. Es, así mismo, signo de vida. Podemos comprobarlo si viajamos por distintas regiones,  pues, viendo el paisaje podemos adivinar de inmediato cuáles son ricas en agua y cuáles son zonas de secano.

También en el terreno espiritual el agua tiene para nosotros una importancia primordial, manteniendo esa dicotomía entre aguas de vida y aguas de muerte. En el Bautismo el agua es signo de vida ya que de ella, por obra del Espíritu Santo, nace una criatura nueva y a la vez es signo de muerte porque en ella queda sumergido el hombre viejo, el hombre de pecado.

El evangelio de hoy nos va a hablar precisamente del agua. Encontramos a Jesús en Samaría cerca del pueblo de Sicar, junto al pozo de Jacob. Cansado se sienta junto al manantial. Está solo porque los discípulos han ido al pueblo cercano a comprar comida.

Una mujer del lugar llega al pozo a sacar agua. El Señor le dice: «Dame de beber». La Samaritana, extrañada, responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?» El evangelista aclara, que la extrañeza de la mujer se debe a la enemistad que existe entre judíos y samaritanos. Pero el Señor le responde: «Si conocieras el donde Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer, asombrada, pregunta a Jesús cómo es posible eso si el pozo es hondo y él no dispone de un cubo.

La respuesta del Señor sorprende a la mujer cuando le dice: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La respuesta de la mujer no se hace esperar: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

El Señor Jesús se acerca hoy a ti y a mí para decirnos: «Dame de beber». ¿Qué clase de agua nos pide? Nos pide nuestro pobre amor. Nos pide algo que nosotros somos incapaces de darle. Por eso, nosotros, a la vez, podemos preguntarle: ¿Cómo tú, que eres el mismo amor me pides a mí que soy un egoísta, que va de un lado para otro pidiendo que le quieran, un poco de amor? Soy yo el que necesito de esa agua, de ese amor para vivir. Él sabe que somos nosotros los que vamos bebiendo aguas que no sacian, y que cada vez nos dan más sed.

Por eso hoy sale a nuestro encuentro para ofrecernos un agua viva, un agua que satisfaga por completo nuestro deseo de felicidad. Un agua que dentro de nosotros se convierta en un verdadero manantial, un manantial de agua que salte hasta la vida eterna. Esa agua no es otra cosa que el Espíritu Santo, manantial inagotable de amor, capaz de hacernos experimentar ya aquí, la vida eterna. Digámosle nosotros, como la samaritana: danos, Señor, de esa agua. 


DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 12, 1-4ª * 2Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9

En unos tiempos un tanto convulsos en los que el mal se enseñorea en la sociedad, y en los que ha desaparecido de la vida del hombre la trascendencia, o dicho de otra manera, en los que la vida se vive de tejas abajo sin tener en cuenta que hemos sido creados para una vida eterna, la palabra del evangelio de hoy, debe ser para todos nosotros una inyección de esperanza.

Vemos al Señor Jesús que acompañado de Pedro, Santiago y Juan se transfigura, es decir, desaparece de él la presencia caduca y mortal, para mostrar la realidad interior que esa presencia oculta. San Mateo lo expresa diciendo: «Se transfigura delante de ellos de manera que su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz».

¿Por qué decimos que la transfiguración del Señor sirve para acrecentar en nosotros la esperanza? Sencillamente, porque anticipa lo que va a suceder con nuestro cuerpo mortal. Hoy, para mucha gente, quizá para la mayoría, la vida del hombre es semejante a la de los animales. Desconocen el origen de su existencia, es decir, ignoran de dónde vienen y para qué han nacido. Están durante un tiempo determinado en este mundo y, finalmente, desaparecen del él sin dejar el menor rastro. Es una manera materialista de entender la vida del hombre.

Para nosotros, los creyentes, la realidad es otra. Sabemos que venimos de Dios que nos ha creado, y que nuestra vida en la tierra es un camino de esperanza que nos lleva hacia la vida eterna. Sabemos perfectamente de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sabemos que nuestra existencia tiene sentido, que nuestra vida no es un absurdo. Sabemos y creemos que debajo de nuestra carne mortal, existe, por don gratuito de Dios, un hijo de Dios, creado para una vida eterna y feliz. Sabemos que al igual que hoy sucede en la persona del Señor Jesús, como afirma san Pablo, también nosotros seremos transformados.

Convencidos de todo esto, no hemos de dudar que las palabras que el Padre pronuncia hoy sobre el Señor Jesús «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto», han resonado también aplicadas sobre cada uno de nosotros. Hoy, el Padre, a ti y a mí, nos ha dicho que somos sus hijos amados. Que nos quiere y que por los méritos alcanzados por el Señor en su Muerte y Resurrección, nos ha adoptado como hijos.

La transfiguración del Señor fue muy importante para acrecentar la fe de los tres discípulos que lo acompañaban, y lo ha de ser también para nosotros moviéndonos al agradecimiento, ya que, sin mérito alguno por nuestra parte, el Padre nos ha llamado a participar de la vida y la naturaleza divina. Como dice san Juan en su primera carta, «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él…»