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DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID Y SEGUIDME Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 8, 23b-9,3 * 1Cor, 1, 10-13.17 * Mt 4, 12-23

En estos primeros domingos del tiempo ordinario, la Iglesia nos muestra los inicios de la misión que el Padre ha encomendado al Señor Jesús. Hoy lo vemos eligiendo a los primeros discípulos. A aquellos que lo acompañarán durante toda su vida pública y que, sobre todo, serán los testigos de su resurrección.

Dice san Mateo que paseando por la orilla del mar de Galilea ve a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro y a su hermano Andrés. Son pescadores y se hallan faenando, y les dice: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres». Ellos, sin dudarlo, dejan las redes y lo siguen.

Un poco más adelante ve a otros dos hermanos, Santiago y Juan, que están en la barca con su padre repasando las redes. Jesús los llama y al igual que hicieron Pedro y Andrés, dejan todo, y sin pedir explicaciones, lo siguen.

Con estos discípulos empieza a recorrer toda Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios, y curando toda clase de enfermedades y dolencias. Se cumple así la palabra del profeta cuando anuncia que para la Galilea de los gentiles, para aquellos que caminaban en tinieblas, ha brillado una luz grande.

Hoy somos nosotros los llamados por el Señor a continuar la misión que el Señor Jesús inició en su vida mortal. Desde toda la eternidad, nuestro Padre-Dios, pensó en ti y en mí para que también nosotros fuéramos seguidores del Señor Jesús, y continuáramos su misión en este mundo. Hemos de considerarnos muy afortunados por eso, porque aunque la salvación que el Señor ganó para nosotros en la Cruz, por voluntad del Padre, alcanza a todos los hombres sin distinción de raza ni religión, somos nosotros los encargados de, como testigos, hacer que esa Buena Noticia alcance a todos.

Podemos poner un ejemplo, un tanto prosaico, para que esto se comprenda fácilmente. La muerte y resurrección del Señor Jesús, ha supuesto para todos los hombres, que vivieron en el pasado, que viven ahora, y que vivirán en lo sucesivo, algo así, como si les hubiera tocado el Gordo de la Lotería. A los que vivimos en la Iglesia, tener conocimiento de que nos ha tocado la Lotería, nos permite disfrutar sin límite de esas riquezas. No ocurre así con los de fuera, porque aunque también han sido agraciados con ese premio, por desconocer esta particularidad, siguen viviendo en la miseria.

La misión de la Iglesia, tu misión y mi misión como miembros de ella, es hacer llegar a todos los hombres la gran Noticia de la Salvación y del perdón de nuestros pecados, que el Señor Jesús nos ha ganado con su Muerte y resurrección. Es necesario hacerles saber que les ha tocado el Gordo, que pueden vivir una vida distinta a la que viven ahora. Que existe un Dios, que es Padre, y que como buen Padre les ama sin ninguna limitación. Que sepan que nuestra condición de pecadores, que nuestros pecados, son algo así como una diminuta gota de agua que cae en la inmensidad del océano de la misericordia de Dios. Que sepan que la salvación que nos ha ganado el Señor Jesús es universal, que la única condición que Dios-Padre, que quiere que todos los hombres se salven, nos pone para disfrutar de ella, es que conscientemente no la rechacemos, sino que la deseemos. Tú y yo, en la Iglesia, ya disfrutamos de las primicias de esa salvación, por eso Dios quiere que, como discípulos, demos conocimiento de esa salvación al resto de los hombres.   


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS, QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 49, 3.5-6 * 1Cor 1, 1-3 * Jn 1, 29-34

El Bautismo del Señor que celebrábamos el domingo pasado, da inicio a la que llamamos vida pública de Jesús.

Juan Bautista ha sido elegido por Dios para preparar el camino al Mesías y a la vez mostrar su presencia en medio del pueblo. Vemos que esto último es, precisamente, lo que hace en el evangelio de hoy. Cuando ve acercarse al Señor Jesús, lo muestra a sus discípulos y exclama: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”».

Es de admirar la actitud de Juan, que, aunque son muchos los discípulos que le siguen y muchas más las personas que acuden a él para ser bautizadas, no pretende ningún protagonismo y tiene clara la misión que le ha sido encomendada. Dirá san Juan en su evangelio: «No era él la luz, sino testigo de la luz». Por eso hoy, da testimonio de Jesús diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él». Y añade después: «Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

Es necesario insistir sobre Juan como testigo del Mesías, porque también nosotros, los creyentes, hemos sido llamados a dar testimonio del Señor en medio de una generación incrédula y pervertida. Somos tú y yo los que, como miembros de la Iglesia y discípulos del Señor Jesús, hemos de hacerle presente con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra conducta y con nuestras buenas obras. Estamos llamados a que, en primer lugar en la familia, después en nuestro trabajo, entre nuestros vecinos, entre todos aquellos que nos rodean, cuando nos vean, vean a Jesucristo. Dice el Señor Jesús en el Sermón del Monte: «Para que, viendo vuestra buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Hoy nuestra sociedad adolece de testigos que con su vida hagan presente una forma distinta de vivir. Testigos, que hagan presente que aquí solo estamos de paso, que caminamos hacia una vida plena y eternamente feliz. Testigos que al amar a los enemigos, al perdonar las ofensas de los demás, les muestren la manera de cómo Dios también a ellos les ama y perdona.

El Señor, para cumplir nuestra misión nos ha dado gracias abundantes que no ha dado a todos. No seamos egoístas, compartamos con los demás los dones del Señor. Y todo esto sin colgarnos medallas, haciendo realidad sus palabras: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Juan dice en otra parte del Evangelio «Yo soy la voz que clama en el desierto». Quizá también nosotros estemos clamando en el desierto de una sociedad que se ha apartado de Dios, pero esa no es razón para que nos callemos. Es necesario que con nuestras vidas anunciemos que Jesús es el Salvador, porque tenemos experiencia de que día a día nos está salvando, y porque Él quiere que esa salvación alcance a todos los hombres.

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-1

Con este domingo, que es el tercero después de Navidad, la Iglesia da por terminado el más corto de los tiempos litúrgicos, el de Navidad. Al mismo tiempo, con él, se inicia el tiempo litúrgico que conocemos como tiempo ordinario.

Al hablar de la vida del Señor Jesús, se distinguen dos tiempos o épocas distintas. La primera, que corresponde desde el nacimiento hasta los treinta años, se conoce como la vida oculta. Los tres años siguientes que terminan con la Pascua del Señor, los conocemos como los de la vida pública.

Ya hemos hecho alusión en otras ocasiones al tiempo de la vida oculta, comparándolo al catecumenado que tuvo que hacer el Señor, para prepararse y afrontar la misión que el Padre le había encargado. Durante este tiempo el Niño Jesús atraviesa las etapas propias del desarrollo humano: primero la niñez, luego la adolescencia y finalmente la edad adulta. Significa esto que nada de lo que es propio de la vida del hombre le es ajeno. Desde los enfados y caprichos de un niño pequeño, los cambios físicos que se presentan en la pubertad-adolescencia acompañados de muchos interrogantes a los que cuesta encontrar respuestas, hasta llegar alrededor de los veinte años a la edad adulta, nada le es ajeno o desconocido. Por eso conoce todas tus inquietudes, es capaz de compartir tus interrogantes y se hace solidario contigo en tus sufrimientos. Solo en un aspecto es diferente: nunca en su vida se ha dado el pecado.

Sabemos  que el catecumenado conduce al Bautismo. Eso es precisamente lo que hoy nos cuenta en su evangelio san Mateo. Jesús, que ha oído hablar de la predicación de Juan el Bautista, se acerca al Jordán para ser bautizado por él. Es el broche final al tiempo de preparación que María y José le han dedicado, dándole a conocer el amor de Dios sobre todas las cosas, y también el amor al prójimo, a los hermanos. Será así mismo el momento elegido por el Padre para dar testimonio de Él, afirmando públicamente: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Este acontecimiento clave de la vida del Señor, hace presente para cada uno de nosotros nuestro propio bautismo. Por él fuimos incorporados a la Iglesia y entramos a formar parte del Pueblo de Dios. Por eso, esas misma palabras que el Padre ha pronunciado sobre el Señor Jesús, han resonado también para cada uno de nosotros. ¿Podemos aspirar a algo más grande en este mundo? Tú y yo, pecadores recalcitrantes, somos por la gracia del Señor Jesús considerados, nada menos, que hijos de Dios. ¿Qué méritos hemos hecho para que esto sea así? Ninguno. Pero el amor del Padre hacia nosotros es tan grande, que sus ojos, como los de una madre, no alcanzan a ver nuestros defectos, sino que para Él todos somos perfectos.

Sin embargo, hay un detalle que no debemos perder de vista. A casi todos nosotros se nos bautizó de pequeños, por tanto, no tuvimos ocasión de prepararnos a ese bautismo como lo hizo el Señor Jesús durante treinta años. En nuestro bautismo recibimos de la Iglesia algo así como un embrión de hijo de Dios, y un embrión necesita cuidados para crecer y desarrollarse. Esos cuidados nos los brinda hoy la Iglesia, la Parroquia, a través del catecumenado de adultos, y a través de la predicación basada en la Palabra de Dios. Por tanto, si queremos que nuestra fe crezca y se desarrolle hasta dar frutos abundantes, es necesario que, como hizo primero el Niño y luego el joven Jesús con sus padres, seamos dóciles a las enseñanzas de la Iglesia, que, como madre, cuida de todos nosotros.

 

 

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD -A-

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD -A-

«Y LA PALABRA SE HIZO CARNE»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-2.8-12 * Ef 1, 3-6.15-18 * Jn 1, 1-18

Nos encontramos dentro del tiempo de Navidad. La palabra que la Iglesia nos propone corresponde al inicio del evangelio de san Juan, en donde el apóstol nos habla de la Palabra.

El significado que nosotros damos a nuestra palabra es totalmente distinto al significado que tiene cuando nos referimos a la palabra de Dios-Padre. Para nosotros la palabra es un sonido que se forma por un instante al vibrar nuestras cuerdas vocales cuando pasa el aire a través de ellas, de manera que después de pronunciada su efecto desaparece de inmediato. No sucede así con la Palabra de Dios, que tiene tal entidad, tal fuerza, que saliendo de la boca de Dios, engendra una persona que, aunque también es Dios, es completamente distinta al Padre y que conocemos como a Dios-Hijo. Esta Palabra tiene también otra peculiaridad. Nuestra palabra no deja de ser un sonido, pero la Palabra de Dios tiene la virtud y el poder de llevar a cabo todo lo que manifiesta.

San Juan nos presente a esta Palabra explicándonos cómo estaba junto al Padre desde el principio, y cómo es el origen de todo lo creado. De ella recibimos nosotros la vida y ella destruyó las tinieblas para que no camináramos en oscuridad. Ella era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Sin embargo, los hombres, tú y yo, por nuestro pecado, rechazamos la luz y amamos más las tinieblas.

A continuación, el evangelista se refiere a una circunstancia que halló cumplimiento en su tiempo. Por eso dice: «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Ciertamente, cuando acampó entre nosotros lo hizo en medio del pueblo escogido. Sin embargo, aquel pueblo que durante siglos mantuvo la esperanza de la llegada del Mesías, no supo reconocerlo.

Hoy, la historia se repite. El Señor aparece en cada generación para salvarla. También en la nuestra, pero nuestros ojos, cegados por el pecado y por los atractivos del mundo, no saben reconocerlo. El viene a tu casa y a la mía porque sabe que necesitamos ser salvados del pecado y de la muerte, pero nosotros, como en otro tiempo hizo su pueblo, no somos capaces de experimentar su presencia. Esto es una lástima, porque a aquellos que le reciben les cambia totalmente la vida convirtiéndolos en hijos de Dios.

Así lo ha expresado san Pablo en la carta a los Efesios. Hemos sido elegidos por Dios-Padre desde antes de la creación del mundo para ser santos. Para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo. Esa es la voluntad del Padre para ti y para mí. Para eso nos ha llamado a su Iglesia. Para eso ha derramado sobre nosotros toda clase de bendiciones espirituales. No seamos necios como el Pueblo. No opongamos resistencia a su gracia haciendo caso a los señuelos que nos presenta el mundo. Con la Sangre de su Hijo ha borrado todos nuestros pecados. No hagamos inútil esa Sangre, y con la ayuda del Espíritu Santo estemos dispuestos a cumplir su voluntad para con nosotros, que no es otra que la felicidad y la vida eterna.

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -A-

«LOS PASTORES ENCONTRARON A MARÍA Y A JOSÉ Y AL NIÑO ACOSTADO EN EL PESEBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo  3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Mt 2, 13-15.19-23

En el domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia pone a nuestra consideración la figura de la Sagrada familia: Jesús, María y José. Esta familia ha sido la que Dios-Padre ha elegido como escuela para que su Hijo se formara como ciudadano y como miembro del Pueblo Elegido. José y María han llevado adelante la tarea de que su Hijo no solo creciera y se desarrollara como hombre, sino que, lo que es más importante, creciera conociendo a Dios como Padre y lo amara con todo el corazón.

A través de la historia, la figura de la Sagrada Familia se ha idealizado e incluso se ha llegado a deformar. Una devoción sensiblera nos ha mostrado una Sagrada Familia que no tiene nada que ver con la original. La familia de Jesús, María y José, era una familia que no destacaba de las demás de Nazaret. Si en algo era distinta era que en ella, hallaba total cumplimiento la primera Palabra de Vida, o mandamiento, como estamos acostumbrados a decir, que había dado Dios a su pueblo: «Amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas». Esto fue lo que, desde un principio, grabaron María y José en el corazón del Niño Jesús.

Es importante que los creyentes, en una sociedad empeñada en destruir o descafeinar lo que de verdad es la familia, tengamos como modelo a la Sagrada Familia. Para conseguirlo podemos preguntarnos: ¿Cómo era aquella Familia y cómo debe ser una familia cristiana? Ante todo, vemos que lo más importante es que era una comunidad de amor, en la que cada miembro cumplía con su misión en beneficio de los restantes miembros. José, como cabeza, con su trabajo cubría las necesidades de la familia ayudado por María. No existía ninguna competencia entre ellos. Los dos se esforzaban con su trabajo en llevar adelante aquella comunidad de amor que tenía como misión la educación integral del Hijo de Dios encarnado.

Hemos hecho referencia muchas veces al catecumenado de la Iglesia como tiempo de preparación y maduración antes de recibir el Bautismo. Pues bien, podemos decir que el Señor Jesús durante los treinta años que vivó en Nazaret junto a María y José, llevó adelante su propio catecumenado que lo preparaba para afrontar la misión que Dios-Padre había dispuesto para él. Los que lo formaron durante este tiempo de preparación fueron sus padres.

Si la familia cristiana y también la familia tradicional es perseguida y encuentra hoy en día dificultades para educar íntegramente a sus hijos, no es por otra cosa sino porque tiene la misión de educar a los niños y a los jóvenes, transmitiéndoles los valores cristianos y también tradicionales, con objeto de que lleguen a ser ciudadanos ejemplares. Las fuerzas que se autodenominan progresistas están en contra de este derecho de los padres a educar según sus convicciones y creencias, porque lo que pretenden es inculcar a la juventud su particular ideología. Por eso, hoy en día es necesario que los padres vigilen de cerca lo que se enseña a sus hijos. La misión principal de la escuela es instruir y también educar, pero esto último, respetando siempre la voluntad de los progenitores.

Es necesario pedir a Jesús, María y José, la sabiduría y la fuerza necesaria para que nuestras familias sean semejantes a la suya, en donde los hijos encuentren las dos columnas indispensables, padre y madre, para apoyarse, con objeto de crecer como lo hizo el Niño Jesús, en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Finalmente, constatar, que si hoy las fuerzas del mal están empeñadas en destruir la familia, es porque es el paso necesario para acabar con la Iglesia. Se trata de la guerra particular que el demonio lleva contra Dios. No nos dejemos engañar, pues, por el continuo bombardeo que recibimos desde los medios de comunicación, esforzándose para que lleguemos a considerar como normales los tipos de relación que nos ofrecen, y que no tienen nada que ver con la familia tradicional y cristiana.

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

«DARÁ A LUZ UN HIJO AL TÚ LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 7, 10-14 * Rm 1, 1-7 * Mt 1, 18-24

Llegamos al domingo IV de Adviento con el que iniciamos la última semana de preparación, en este caso de manera inmediata, a la Navidad.

El evangelio nos hace presente una figura de importancia primordial en la historia de salvación: la figura de José. Fue deseo de Dios-Padre que la entrada en la esfera del tiempo de su Hijo se realizara con toda normalidad, a semejanza de la cualquier otra persona, o sea, que naciera en una familia formada por un hombre y una mujer. La persona que había de llevar en su seno a su Hijo fue la de María, a la que preservó de toda mancha de pecado desde su concepción. El hombre elegido para ser el padre legal de este Hijo, fue José, de la casa de David.

El evangelio de hoy nos narra cómo se desarrollaron los acontecimientos. María y José están desposados aunque todavía no han convivido juntos. José, observa en su esposa una serie de cambios que le hacen sospechar que María está encinta. Ante esta circunstancia toma una decisión, no quiere denunciar a su esposa y decide repudiarla en secreto. Obrando así, carga la responsabilidad sobre sus hombros y a la vez evita que María, según la ley, sea lapidada.

Sin embargo, los planes del Señor son otros. Envía a su ángel que, en sueños, da cumplida explicación a José de lo que está sucediendo. Le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de los pecados». José, al despertar, sigue las instrucciones del ángel y se lleva a María a su casa.

La humildad y docilidad de José, nos ha de ayudar a entrar en los acontecimientos que  nos envía el Señor, con la convicción de que todo lo que viene de su parte sucede para nuestro bien, aunque de momento no lo parezca. Humanamente, la misión encargada por el Padre a José, venía a complicarle la vida totalmente. Por una parte desmonta por completo los planes con los que todo joven llega al matrimonio, y por otra, acepta vivir su relación esponsal con María en castidad, o sea evitando la unión carnal lógica en el matrimonio. José, como afirma el Señor Jesús en un pasaje del evangelio, se convertirá en eunuco por el Reino de Dios.

La compensación a esta entrega supera todo deseo. José tendrá la dicha de vivir junto a su esposa, la presencia real y física del Hijo de Dios. Será su padre legal. Por eso, siguiendo las instrucciones del ángel, será él, el que imponga el nombre al Niño, será él el cabeza de familia y llevará acabo la misión de educar en la fe al propio Hijo de Dios.

José nos enseña a aceptar y entrar en la voluntad del Otro, sin pedir explicaciones. Dios no puede desearnos nada malo. Pero sucede que, con frecuencia, le pedimos explicaciones. ¿Cuántas veces decimos, Señor, y esto, por qué? Nos resistimos a no pasar por nuestra razón los acontecimientos que Él pone en nuestra historia. Somos incapaces de abandonarnos a su voluntad, con la plena convicción de que viniendo de Él, nada malo puede sucedernos.

José no pide explicaciones al ángel, como tampoco lo hizo María en la Anunciación. Por eso, hemos de pedir al Espíritu Santo la docilidad de María y de José, con el convencimiento de que la voluntad de Dios para nosotros es lo mejor que puede sucedernos.


DOMINGO III DE ADVIENTO -GAUDETE- A

DOMINGO III DE ADVIENTO -GAUDETE- A

«ESTAD ALEGRES, EL SEÑOR ESTÁ CERCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 1-6a.10 * Sant 5, 7-10 * Mt 11, 2-11

La antífona de entrada en la Eucaristía de hoy nos invita a estar alegres. Esta alegría está motivada por lo que nos dice el apóstol Santiago en la segunda lectura: «La venida del Señor está cerca». También contribuyen a nuestra alegría las palabras del profeta Isaías: «El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa». Ese yermo y ese desierto somos tú y yo, porque de la misma manera que el desierto y el yermo están secos y no dan frutos, así es tu vida y la mía, que andamos buscando la felicidad en las cosas del mundo y no logramos satisfacer los deseos de nuestro corazón.

Ver nuestra realidad de pecado y nuestra falta de buenas obras no ha de ser motivo de desesperanza, porque el Señor trae el desquite, viene a salvarnos. El profeta nos dice: «Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis... El Señor viene en persona, resarcirá y os salvará». Viene a abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. Tus ojos y los míos, que, cegados por el mundo son incapaces de ver la obra de salvación que el Señor está llevando en nuestras vidas. También abrirá nuestros oídos que con frecuencia son incapaces de escuchar su Palabra. Como vemos todo es motivo de alegría. El Señor viene a salvar, nunca a condenar. Tú y yo nunca nos condenaremos si, expresamente, no lo deseamos.

Todo lo que anuncia el profeta Isaías halla su cumplimiento en la persona del Señor Jesús. Por eso, cuando los discípulos de Juan, enviados por él, le preguntan: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?», el Señor responde, precisamente, haciendo alusión al pasaje del profeta Isaías: «Id a decirle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos que dan limpios y los muertos resucitan…».

Hoy, como entonces, también el Señor Jesús viene a salvarnos. Viene a abrirnos los ojos y los oídos. Viene a fortalecer nuestras rodillas vacilantes y a resucitar a los muertos, aunque esto parezca imposible. ¡Cuántos andamos por la calle como vivos, pero estamos muertos en nuestro interior por el pecado! Por eso, el Señor, con la fuerza de su Palabra viene a sacarnos de nuestros sepulcros y nos entrega su vida, una vida nueva, una vida de resucitados.

No hemos de tener miedo al contemplar nuestra realidad. No hay entre nosotros ningún justo. Todos tenemos necesidad de salvación. El Señor nos conoce a fondo y no se escandaliza de nuestros pecados por grandes que sean. Su venida no tiene otra finalidad que salvar. Él no ha creado la desgracia y la desdicha, somos nosotros los que usando mal de nuestra libertad, obtenemos como fruto de nuestro pecado el sufrimiento.

Si verdaderamente reconocemos nuestra limitación y nuestra maldad, estamos de enhorabuena. El Adviento nos recuerda que la salvación está cerca, porque el Señor llega con poder. Viene a salvar lo que está perdido sin remedio.

DOMINGO II DE ADVIENTO - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

DOMINGO II DE ADVIENTO - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

«ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 3, 9-15 *Rm 15, 4-9 * Lc 1, 26-38 

Hoy la Iglesia Universal celebra el segundo domingo de Adviento. Sin embargo, para España, la Congregación para el Culto Divino, atendiendo la solicitud de la Conferencia Episcopal Española, ha dispensado la observancia de las normas litúrgicas, autorizando la celebración de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que es la Patrona de nuestra Patria, y una devoción de gran raigambre entre los españoles. El evangelio que comentaremos será, pues, el que corresponde a esta advocación de la Virgen.

En el evangelio de san Lucas contemplaremos al arcángel Gabriel que saluda a María llamándola “llena de gracia”, porque, por voluntad de Aquel que todo lo puede, no ha sido contaminada por el pecado ni en un solo instante desde su concepción. No podía ser de otra forma. ¿Cómo imaginar que aquella que había sido elegida desde toda la eternidad como madre del Hijo de Dios, iba a estar ni un solo segundo en poder de su enemigo mortal? La sola idea de que esto fuera posible, repugna a nuestra razón.

María, abandonándose a la voluntad del Señor, accede. El Espíritu Santo la cubre y es por obra de ese Espíritu, por el que, desde aquel mismo instante, empieza a formarse en su seno una criatura nueva que es a la vez Hijo del Altísimo e Hijo de María. La obra de salvación diseñada desde antiguo por Dios, entra así en la recta final.

¿En qué medida nos afecta a ti y a mí este acontecimiento primordial de la historia de salvación? Aunque no lo parezca nos coge de lleno, no solo porque este hecho supone el inicio del cumplimiento de la promesa continuada de Dios de enviarnos un Salvador, sino porque la historia de María es tu historia y es mi historia. María eres tú y María soy yo.

Nosotros, los creyentes, estamos llamados a ver transformada nuestra naturaleza de pecado, en la naturaleza de los hijos de Dios. Esto se lleva a cabo, como le ocurrió a María, en un proceso de gestación. A María fue el esperma del Espíritu el que la fecundó. A nosotros es el esperma de la Palabra, como la llaman los santos padres, la que penetrando en nuestro interior nos fecunda y hace que empiece en nosotros la gestación de un hijo de Dios.

Nosotros hemos escuchado en la predicación de la Iglesia, en el Kerigma, en la palabra de salvación, la gran noticia: “Dios te ama tal y como eres, con tus defectos, tus vicios, tus pecados y tus manías. Él no ha esperado que fueras bueno para amarte, te ama tal y como eres, pecador. Él, para amarte, nunca te ha exigido que cambies de vida. Te ama con locura en tu realidad de pecado. No ama al pecado porque sabe que te hace infeliz, que te hace sufrir, pero a ti, pecador, te ama hasta el extremo de entregar a la muerte a su único Hijo, para liberarte a ti de la muerte, y con su resurrección devolverte a la vida. No contento con esto, lo ha constituido Señor y Kyrios de todo lo que para ti es imposible lograr, y que por no lograrlo te hace infeliz. Unido a Él, ya nada para ti es imposible”.

Las palabras del Kerigma, la Buena Nueva de la salvación, que nos da a conocer la Iglesia, aceptadas por nosotros de la misma manera que hizo María, son en nuestro interior el esperma del Espíritu que hace que, en nuestro cuerpo de pecado, empiece a desarrollarse una nueva criatura, un hijo de Dios. Esta transformación es obra del Bautismo recibido y desarrollado conscientemente. Por medio de él quedan borrados todos nuestros pecados, y nosotros quedamos llenos de gracia y elevados a la categoría de hijos de Dios, siendo por tanto coherederos con Cristo del Reino de los Cielos.