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DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DICHOSOS VUESTROS OJOS PORQUE VEN Y VUESTROS OÍDOS PORQUE OYEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

La parábola del Sembrador que hoy se ha proclamado en el evangelio, pone en evidencia las distintas formas que adopta la gente ante el anuncio de la Buena Noticia.

El Señor, una vez más, para hacer más comprensible su predicación, recurre a las parábolas. En esta ocasión, la imagen que elige es la de un sembrador. Lo hace porque, para aquellos que le escuchan, la figura del sembrador es harto familiar. Todos conocen los trabajos del campo porque pertenecen a un pueblo de agricultores y pastores.

El Señor Jesús explica en la parábola, que no toda la semilla alcanza a caer en tierra fértil. El motivo es que, a diferencia de lo que hoy se hace con máquinas, el sistema de siembra utilizado entonces era el conocido como siembra a voleo, que consiste en coger un puñado de semillas y lanzarlas con la mayor destreza posible para que queden esparcidas uniformemente por el terreno de cultivo. El problema surge cuando se siembra cerca de zonas pedregosas próximas al camino o en los zarzales que limitan el campo, ya que involuntariamente parte de las semillas caen en estas zonas. Significa esto que, de toda la semilla esparcida, una buena parte cae en tierra fértil, otra sobre pedregal o en los zarzales y finalmente otra cae en el camino.

El Señor utiliza el símil entre la siembra del grano de trigo y la siembra de la Palabra de Dios, para hacernos comprender lo que de verdad nos sucede a nosotros cuando nos disponemos a escuchar la Buena Noticia del Evangelio. No todos adoptamos la misma actitud. Para unos la Palabra de Dios no se diferencia en nada de la palabra de los hombres. No son permeables a la Palabra y por lo tanto no penetra en su interior. Les ocurre exactamente como a la semilla que cae en el camino. No tiene ninguna opción de germinar y sólo sirve como alimento de las aves o para ser pisoteada por los caminantes.

A la semilla que cae en pedregal le sucede que es capaz de germinar aprovechando la poca humedad de que dispone, pero que acaba secándose porque esa humedad resulta insuficiente para crecer. En este grupo se encuentran aquellos que, al escuchar la Palabra reconocen en ella la verdad, pero se cansan, abandonan pronto y no son capaces de dar fruto.

El grano caído entre zarzas consigue crecer y se desarrolla considerablemente, pero los abrojos y las malas hierbas, finalmente, le impiden dar fruto. Esto mismo ocurre a aquellos que descubren en la Palabra la verdad, pero son tantas las preocupaciones sobre la salud, el dinero, el trabajo, la vida social, etc., que acaban sofocando a la Palabra y son incapaces de dar fruto.

La semilla caída en tierra fértil, que da fruto abundante, representa a aquellos que han descubierto en la Palabra la razón de ser de su vida. Para ellos todo lo demás es relativo, sólo la Palabra es capaz de dar sentido a su existencia, y como consecuencia el fruto que dan es muy abundante.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos ¿a qué grupo pertenezco? ¿Soy de los que la predicación les resbala o soy de los que escuchan, pero están demasiado preocupados por las cosas del mundo y no intentan vivir según el Evangelio? Si es así, no pierdas de vista que esa actitud embota el corazón, cierra los oídos e impide la conversión.

Pidamos humildemente al Señor su gracia, para ser conscientes de que lo que hoy el Señor nos regala muchos lo han deseado sin conseguirlo, mientras que, a ti y a mí, se nos da sin merecerlo.


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Zac 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

Santiago nos dice en su carta: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes». ¿Por qué dirá esto el apóstol, podemos preguntarnos? La respuesta es muy sencilla. El corazón de Dios, que tiene entrañas de madre, se conmueve cuando el hombre, tú y yo, es consciente de su debilidad, de sus fallos, de su impotencia a la hora de obrar el bien. Dios sabe que nos ha dado un corazón que ansía continuamente ser feliz y sabe, también, que por más que nos esforcemos nunca llegaremos a alcanzar esa felicidad.

Hay dos caminos para salir de esta situación. Por una parte, podemos rebelarnos, endiosarnos y creer que esforzándonos podemos lograr la felicidad, es lo que hizo Lucifer alzándose en contra de Dios, y también Adán y Eva que quisieron igualarse a Él. Los habitantes de la tierra después del diluvio, intentaron también, por soberbia, perpetuar su nombre construyendo una torre que alcanzara al cielo. Unos y otros, así como los soberbios que a través de la historia han querido destacar y dominar por su esfuerzo, han fracasado estrepitosamente. Dios no permite que nadie le arrebate su gloria.

El otro camino para alcanzar la felicidad es el de la humildad. Es el de aquellos que, reconociendo su inutilidad, su impotencia y su pecado, se acogen a la misericordia de Dios.  A Dios se le ensancha el corazón cada vez que puestos en su presencia, somos conscientes de que nada bueno puede salir de nosotros. Por eso, hoy, en el evangelio, el Señor Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Obrando así, Dios-Padre, ha querido manifestar que la obra de salvación la ha iniciado Él, la sostiene Él actualmente, y será Él el que por fin la llevará término. Nosotros no seremos nunca los protagonistas, seremos los beneficiarios de esa salvación. El Señor sólo nos pide que seamos dóciles a sus inspiraciones, que no opongamos resistencia, que le dejemos llevar adelante su obra en nosotros.

Si hoy te consideras pequeño, pobre, pecador, tienes que alegrarte, porque las palabras del Señor Jesús están dichas para ti. Él se complace viendo cómo el Padre obra maravillas en tu vida, sin que tu condición pecadora sea impedimento. Al contrario, si el Señor te ha elegido, es, precisamente, por tu pobreza y pequeñez, a fin de que no haya duda de que es Él, el que lleva adelante esta empresa.

El Señor Jesús sabe que tu vida y la mía es una lucha constante, una lucha con grandes agobios, muchos sufrimientos y muchas caídas. Sabe, también, que pesa sobre nosotros el yugo y la esclavitud al pecado y la muerte. Por eso viene en nuestra ayuda. Quiere ser nuestro Cirineo, quiere ayudarnos a llevar esa cruz que muchas veces nos aplasta. Por eso nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso».

Si es el Señor el que viene en nuestra ayuda, si es Él el que camina junto a nosotros, ¿qué debemos temer? ¿Quién nos hará temblar? Como dice san Pablo en su carta a los Romanos, «ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro…podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro».  


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE AMA A SU PADRE O A SU MADRE MÁS QUE A MÍ, NO ES DIGNO DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4, 8-11.14-16ª * Rm 6, 3-4.8-11 * Mt 10, 37-42

Tanto en el evangelio de la semana pasada como en éste, el Señor Jesús nos habla con una claridad meridiana. No se anda con rodeos. No quiere que nos podamos llamar a engaño. Quiere que sepamos qué conlleva la misión para la que nos ha elegido.

Sus palabras tienen hoy una íntima relación con el primero y a la vez principal mandamiento de la Alianza del Sinaí: «Yo soy el único Dios. Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». De ahí que el Señor nos diga hoy en el evangelio: «El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí». Dicho de otra manera: el amor que tú y yo profesamos a Dios, ha de estar por encima del amor que sentimos hacia nuestros padres o hacia nuestros hijos.

Esta frase del Señor Jesús podría hacernos considerar que es egoísta por su parte, y a la vez, también podría hacernos pensar que es totalmente imposible cumplirla. Sin embargo, ambas consideraciones son falsas.

El Señor Jesús no es egoísta al decirnos esto. Él, conoce nuestro corazón y sabe qué es lo que puede hacerlo completamente feliz. Él sabe, que el amor humano, el tuyo y el mío, a causa de nuestro pecado, tiene siempre un substrato egoísta. Amamos, sí, pero en el fondo, deseamos ser correspondidos.

No ocurre así cuando nuestro corazón está repleto del amor de Dios. El que tiene en su corazón el amor de Dios no tiene necesidad de nada. No necesita el amor o aprecio del otro para ser feliz, hasta el punto de que es capaz incluso de entregar gratuitamente su vida por amor al otro.

¿Acaso Abraham no amaba con verdadera locura a Isaac cuando estaba dispuesto a ofrecerlo a Dios? O acaso el Niño Jesús perdido en Jerusalén, ¿no amaba a sus padres cuando éstos lo encuentran en el Templo y les reprocha que le hayan estado buscando? El amor de Dios no es excluyente. El amor de Dios en nuestro corazón, es el único que nos posibilita amar a los demás sin pedirles nada a cambio.

Un amor humano desordenado, a nuestra mujer, a nuestro marido, a nuestros padres o a nuestros hijos, puede ser impedimento serio para que amemos a Dios con todo nuestro corazón. Por eso, se entienden perfectamente las palabras del Señor en el evangelio de hoy: «El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí». ¿Nos invita el Señor a no amar a los nuestros? Todo lo contrario. El que ama a Dios sobre todo, es él único capaz de amar sin limitación a los suyos.

No solo el amor desordenado a los demás nos impide seguir al Señor. Existe otro amor que es todavía un impedimento mayor: el amor a nuestra propia vida. Nadie está dispuesto a perderla. Todos queremos defenderla. Por eso el Señor, hoy, nos advierte: «El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Perder la vida por el Señor es no tener inconveniente en cargar con la cruz de cada día y seguirle. La cruz es signo de salvación y es, a la vez, el único camino que tenemos para salvarnos.

Todos tenemos una o varias cruces en nuestra vida, como consecuencia de nuestra condición de pecadores. Tu carácter, tu físico, tu salud, tu familia, tu trabajo, tus vicios ocultos… todo lo que te hace sufrir y que no puedes soportar, hace presente tu cruz. Esa cruz, unida a Cristo, es llevadera y salva. De lo contrario, aplasta y es motivo de condenación.

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO TENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO, PERO NO PUEDEN MATAR EL ALMA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rm 5, 12-15 * Mt 10, 26-33

Estamos empezando a vivir, en cuanto a nuestra vida de fe se refiere, momentos un tanto difíciles. Son muchos los acontecimientos que suceden en nuestra nación, que ponen de manifiesto sentimientos de revancha por parte personas descreídas. Amparados en una mal entendida libertad de expresión, se ensañan atacando a la Iglesia directamente, poniendo de manifiesto su odio mediante pintadas en las puertas y muros de los templos, o destrozando imágenes religiosas. Se está perdiendo el respeto a lo sagrado.

Estos hechos no son extraños al cristianismo. La Iglesia ha sufrido persecución, ya lo advirtió el Señor Jesús, en todas las épocas. Si hoy nos llama la atención, es porque durante bastantes años hemos podido practicar nuestra fe sin grandes dificultades, en medio del respeto de unos o la indiferencia de otros. Hoy las cosas empiezan a cambiar, pero, como ha ocurrido siempre en la historia, las dificultades y persecuciones han sido las que han dado mayor vigor a la Iglesia.

Quizá por haber vivido una época de bonanza en la práctica de nuestra fe, nos hemos aburguesado un tanto. Es fácil que hayamos perdido de vista cuál es nuestra misión como discípulos del Señor. No hemos sido llamados a la Iglesia para asegurarnos nuestra salvación personal, sino para trabajar extendiendo el Reino de Dios, dando a conocer a los que nos rodean el perdón de los pecados y la vida eterna que el Señor Jesús nos ha ganado, con su Muerte y Resurrección.  

Todo este preámbulo viene a cuento por el evangelio que hoy nos propone al Iglesia. El Señor Jesús dice a sus apóstoles, o sea a ti y a mí: «No tengáis miedo a los hombres… lo que os digo de noche decidlo a pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea». Y sigue diciendo: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» «Temed al que puede destruir con fuego el alma y el cuerpo».

El Señor sabe las dificultades y persecuciones que van a sufrir sus discípulos, ya se lo advirtió cuando les dijo: «En el mundo tendréis tribulación». Esta frase también es para nosotros que somos, hoy, sus discípulos. El mundo nos odiará porque no somos del mundo, pero el Padre, que se preocupa hasta de los pajarillos, también se preocupa de nosotros, pues como dice el Señor Jesús, «hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

El evangelio termina con una frase que ha de hacer que tengamos las orejas bien tiesas. Dice el Señor: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo». Esto, amigos míos, es muy serio, y nos ha de hacer reflexionar. La misión que el Señor ha puesto en tus manos y en las mías, no puede ser más importante. De nosotros depende que la Buena Noticia de la salvación alcance a todos los que nos rodean. Ciertamente, somos pecadores y débiles, y en ocasiones callamos por respeto humano cuando deberíamos ser testigos valientes del Señor. Tenemos miedo al mundo, pero, cuando el Señor nos eligió, ya conocía nuestra debilidad y nuestra condición pecadora, por eso, hoy, dispuesto siempre a ayudarnos en nuestra misión, nos dice: «Ánimo, no temas, estoy contigo. Yo he vencido al mundo». 


 

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

SANTÍSIMO CUERPO Y  SANGRE DE CRISTO

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3.14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

El jueves siguiente al domingo de la Stma. Trinidad la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi. Como ya ocurrió en el jueves de la Ascensión, esta solemnidad se traslada a este domingo por razones laborales.

En este día celebramos la institución de la Eucaristía llevada a cabo por el Señor Jesús en la noche de la Última Cena. La Iglesia lo hace así, para dar mayor realce a este acontecimiento celebrándolo en un día que no estuviera marcado por la inminente Pasión del Señor.

La delicia del Señor, lo dice el Libro de los Proverbios, es estar con los hijos de los hombres. Por eso, sus últimas palabras antes de su Ascensión al cielo fueron precisamente estas: «Ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Este deseo y esta promesa del Señor, han hallado cumplimiento por partida doble. Por un lado, sabemos que el Señor Resucitado está vivo de manera permanente en su Iglesia, por otro lado, lo está también de una manera eminente en el Sacramento del Altar.

San Juan en la noche de la Última Cena nos dice: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Anteriormente, en el discurso que pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm, el Señor había dicho: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Ahora, en la noche que precede a su Pasión, no contento con haber alimentado a los suyos son su Palabra, el Señor quiere que su carne y su sangre sirvan de alimento a sus discípulos. Quiere dejarse comer y lo hace realidad transformando el pan y el vino en su propia carne y en su propia sangre. Quiere permanecer junto a los suyos no solo con su cuerpo glorioso y resucitado, sino también de una manera física bajo las especies de pan y vino.

El Señor nos ha amado hasta el extremo porque, no solo ha entregado su vida derramando hasta la última gota de su sangre por ti y por mí, sino que ha transformado su carne y su sangre en tu alimento y mi alimento. Un alimento diferente al resto de alimentos que tomamos, porque, como dice san Agustín, no se transforma dentro de nosotros en carne y sangre, sino que hace que seamos nosotros los que nos transformemos en Él. Por eso, por las venas de un cristiano fluye la misma sangre de Cristo. Para nosotros es imposible entender lo que este misterio significa. Tú y yo, pecadores, infieles al Señor, convertidos en hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Nosotros, pues, estamos llamados a ser otros cristos, como dice san Pablo, pero esta transformación no podemos conseguirla con solo nuestro esfuerzo. Somo débiles, y nuestro hombre de la carne está sometido al pecado y a la muerte. Por eso, el Señor, que conoce nuestra situación y nuestra debilidad, viene en nuestra ayuda dándonos a comer su propia carne y su propia sangre.

A la Eucaristía se la ha llamado “el Pan de los fuertes”. Nosotros, sin embargo, la consideramos el “Pan de los débiles”. El pan de aquellos que se ven incapaces para obrar el bien y cumplir la voluntad de Dios. Esos, somos tú y yo, que, aunque nos gustaría obrar el bien, nos gustaría amar y perdonar, comprobamos que nuestras obras distan mucho de hacer lo que a Dios le agrada. Precisamente por esto, el Señor quiere alimentarnos con su Carne y con su Sangre, para que desde nuestro interior obren en nosotros aquello que para nosotros es totalmente imposible realizar.

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

¡¡¡GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO!!!

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * 2Cor 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

Finalizado el tiempo pascual celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Este gran misterio se refiere a la misma esencia de Dios.

            El trabajo de los teólogos es necesario y encomiable, pero sabemos por experiencia que no es la sabiduría la que nos salva. Ya san Pablo, que buceó penetrando en la sabiduría de Dios, dice al respecto: "No quise saber entre vosotros sino a Cristo y éste crucificado". Ésta es la sabiduría que salva, no la abundancia de conocimientos, fechas o datos.           

Otro apóstol, aquel que sondeó el corazón del Señor recostando la cabeza sobre su pecho, nos muestra cuál es la esencia del mismo Dios. Dios es Amor, nos dice. Ninguna palabra define con mayor fidelidad lo que es Dios y la manera en que Dios se nos manifiesta. Ahora bien, para que pueda darse el amor, son indispensables, por lo menos, dos personas: la persona que ama y aquella que es objeto de su amor.

            En el caso de la Santísima Trinidad la existencia de tres personas distintas hace posible la presencia del amor. La Palabra del Padre tiene tal consistencia, tal fuerza, que engendra desde toda la eternidad a una Persona distinta a Él que conocemos como al Hijo. Luego, entre el Padre y el Hijo surge una relación de amor de tan gran intensidad, que es el origen de la Tercera Persona: el Espíritu Santo.

            Evidentemente, en este intento de simplificar lo que es la Santísima Trinidad, los conceptos que empleamos no dejan de ser meras palabras que aclaran poco el misterio de Dios. Pero, aun logrando explicar algo de su esencia, de nada nos serviría conocerlo.

            Para nosotros es mucho más fácil conocer a la Trinidad por la obra que cada una de las divinas personas ha realizado en nuestras vidas.

            El Padre, amándonos a cada uno desde toda la eternidad, hizo que en un momento de la historia apareciéramos como personas. Nos dio la vida y nos hizo libres, para que pudiéramos amarle libremente sin coacción alguna.

            El Hijo apareció en nuestras vidas, cuando, usando mal del don de la libertad volvimos la espalda al Padre, y en nuestro desvarío, en vez de buscar la felicidad en su amor, la buscamos en sus criaturas. Él se hizo próximo a nosotros tomando nuestra misma naturaleza, para librarnos de la muerte en cuyas redes habíamos caído. Nos mostró el amor del Padre que nunca nos ha rechazado, amándonos hasta el extremo, hasta la muerte en cruz.

            Finalmente, para llevar a plenitud su obra, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, para que fuera fortaleza en nuestra debilidad, consuelo en nuestros sufrimientos y compañía en nuestra soledad. Él es nuestro defensor ante las asechanzas del maligno. Él, morando en nuestro interior, hace que experimentemos la filiación divina, que nos sintamos hijos de Dios y, por lo tanto, podamos llamarle, Abba, papá.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

El Tiempo Pascual culmina con la fiesta de Pentecostés que celebramos hoy. El Señor Jesús había dicho a sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré». Hoy, pues, con el envío del Espíritu Santo halla cumplimiento la promesa del Padre.

Con el envío del Espíritu Santo alcanza plenitud la Iglesia fundada por el Señor Jesús. Era mucho lo que los discípulos habían oído de labios del Señor, tanto que en una ocasión llegó a decirles que sabía que no podían con todo. Por eso les dijo: «Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Antes de ascender al cielo, el Señor había dicho a sus discípulos: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado». Por eso hoy, diez días después de la Ascensión, encontramos a los dicípulos reunidos en Jerusalén temerosos de los judíos, cuando de repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resuena por toda la casa donde se encuentran y ven aparecer unas lenguas, como llamaradas que se reparten y se posan encima de cada uno de ellos. En aquel momento la vida de los discípulos se transforma totalmente. La fuerza del Espíritu Santo les impulsa a  abrir las puertas y a salir a anunciar la resurrección del Señor, libres y sin temor alguno. De discípulos temerosos pasan a ser testigos valerosos del Señor Jesús, anunciando a todos que sigue vivo porque está resucitado en medio de ellos.

Con la venida del Espíritu Santo se completa el plan de salvación que Dios-Padre había preparado desde antiguo para ti y para mí. De ahora en adelante será el Espíritu Santo el que permaneciendo en medio de la Iglesia, la fortalecerá, la hará crecer y la santificará. Todo lo que ocurra en ella tendrá como origen, como motor, la fuerza de Espíritu santo. Será Él, el que habitando en nuestro interior transformará nuestro hombre de pecado en una criatura nueva. De pecadores hará de nosotros santos de altar, algo imposible de lograr para ti y para mí.

Todo aquello en lo que reside la auténtica felicidad, como amar sin límites, perdonar sin límites, entregarse sin límites a los demás, se hará realidad en nosotros por la acción del Espíritu Santo. Nada de esto está a nuestro alcance. Si no fuera por la obra del Espíritu Santo en nosotros, estaríamos condenados a ser esclavos de nuestros cuerpos, de nuestras bajas pasiones, de nuestros vicios y pecados. Es él el que nos libera de nuestra esclavitud, y el que desde nuestro interior testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo.

Ciertamente es el Señor Jesús el que ha ganado para nosotros con su Pasión, Muerte y Resurrección la salvación, pero, esta salvación no sería aplicable a nuestra vida, si no fuera por la obra santificadora del Espíritu Santo. Es Él, el que como dice san Pablo, obra en nosotros el querer y el obrar. Es cierto que el Señor Jesús está vivo y resucitado entre nosotros, pero el Padre ha dispuesto que el canal por el que llegue a nosotros esa salvación, sea el Espíritu Santo.


DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

«ID Y HACED DISCÍPULOS DE TODOS LOS PUEBLOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

Aunque correspondía celebrar esta fiesta de la Ascensión del Señor el jueves pasado, cuarenta días después de su Resurrección, la Iglesia, por ser ese jueves un día laborable, la traslada a este séptimo domingo de Pascua.

El Señor Resucitado ha estado manifestándose a sus discípulos en diversas ocasiones, a través de los cuarenta días que han transcurrido desde su resurrección. De esta forma ha afianzado su fe, haciéndolos al mismo tiempo testigos delante del pueblo, de que sigue vivo y está resucitado. Al mismo tiempo, les ha ido dando sus últimas instrucciones.

Hoy, en Galilea, les dice a sus discípulos: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado»

El Señor Jesús deja en manos de sus discípulos la misión de hacer llegar la Buena Noticia de Evangelio a todas las naciones de la tierra. La salvación que ha ganado para el hombre en la Cruz es universal, pero necesita ser dada a conocer a todas las gentes. Esa es, precisamente, la misión que encarga a sus discípulos. Es necesario que la Buena Nueva del Evangelio llegue hasta el último rincón de la tierra.

Hoy, tú y yo, ocupamos el lugar de aquellos discípulos, por tanto, las palabras que ha pronunciado el Señor Jesús, las ha pronunciado para ti y para mí. El Señor nos ha dado el don inestimable de ser miembros de su Iglesia, y la principal misión de la Iglesia, no es otra que dar conocimiento a todos los hombres de la salvación que ha ganado para todos en la Cruz el Señor Jesús.

No nos equivoquemos, la principal misión de la Iglesia no es celebrar eucaristías, hacer procesiones, administrar sacramentos y hacer otros actos de culto, ni tampoco llevar a cabo obras de caridad. Todo esto está muy bien y es necesario, pero el principal encargo del Señor, el más importante de todos, es hacer llegar al hombre pecador la buena noticia del amor de Dios manifestado en el perdón de los pecados, y la vida eterna que nos está reservada a todos, fruto de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

Si nos consideramos discípulos del Señor, no podemos renunciar a ser portadores de esa gran noticia a todos los que nos rodean, empezando por aquellos que están más cerca de nosotros. El Señor tiene dispuesto que nuestro testimonio, el tuyo y el mío, llegue a una serie de personas, a las que, quizá, si no lo hacemos, no llegue nunca esa gran noticia. Hemos de ser, por tanto, conscientes de la importancia de la misión que el Señor ha dejado en nuestras manos.

Es posible que, siendo conscientes de nuestra pobreza, la misión nos venga grande, pero eso solo sucede si únicamente confiamos en nuestro esfuerzo. No te mires a ti mismo. Que no te asusten tus miserias y pecados. El Señor te conoce y sabe a quién ha elegido. Por eso, para tu tranquilidad y la mía, para darnos ánimos, nos dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». ¿Hay algo que pueda darnos mayor seguridad que la continua presencia del Señor junto a nosotros?