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DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

DOMINGO IV DE CUARESMA  -A-

«VE A LAVARTE A LA PISCINA DE SILOÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 16, 1b. 6-7.10-13a * Ef 5, 8-14 * Jn 9, 1-41

Estamos acercándonos a la Pascua. Durante la celebración de la Vigilia Pascual, desde los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia administra el sacramento del Bautismo a los catecúmenos que han estado durante años preparándose para recibirlo. Por eso, en estos domingos que preceden a la celebración más importante de toda la liturgia de la Iglesia, se nos proponen evangelios que son, en realidad, catequesis bautismales.

Hoy va a ser la catequesis sobre el Ciego de Nacimiento. Hay dos curaciones importantes llevadas a cabo por el Señor Jesús devolviendo la vista a un ciego. La primera es la que realiza a un ciego en Jericó. Se trata de una persona que ha perdido la vista y que, por tanto, no ha sido desde siempre ciego. Por el contrario, el ciego del evangelio de hoy no sabe lo que es la luz porque ha nacido ciego.

Veamos lo que hace el Señor para devolverle la vista. Es de notar que este ciego, que está pidiendo limosna, no le pide al señor que lo cure, son los discípulos los que lo llevan a Jesús. Éste, escupiendo en el suelo hace un poco de barro con la saliva y se lo aplica a los ojos mientras le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». El ciego, obedece, va a la piscina, se lava y recupera la vista.

Esta Palabra, si la aceptamos con un corazón humilde, puede iluminar nuestra realidad haciendo crecer nuestra fe, porque, aún sin darnos cuenta, la situación de nuestra vida es semejante a la del ciego. ¿Cómo? Puede preguntar alguno ¿Es que yo también soy ciego? Pues sí, es el pecado, y en particular el egoísmo y la soberbia el que nos ciega, nos encierra en nosotros mismos e impide abrirnos a las necesidades de los demás. Somos ciegos porque somos incapaces de reconocer nuestras limitaciones y defectos. Somos ciegos porque no somos capaces de ver en nuestra historia de cada día, el cuidado y el amor que Dios-Padre tiene para con cada uno de nosotros sin exigirnos nada a cambio.

El ciego del evangelio, como nunca ha conocido la luz, vive su vida mendigando y conformado a su situación. Por eso el señor Jesús le pone barro en los ojos para bajarle a su realidad, para provocar en él la necesidad de lavarse. Eso mismo hace con nosotros para hacernos ver nuestra realidad de egoísmo y de ceguera. Nos hace ver que estamos sucios, que somos pecadores y necesitamos lavarnos. Necesitamos acudir a Aquel que tiene poder para devolver la vista a los ciegos.

El ciego después de lavarse y recobrar la vista, descubre un mundo maravilloso. Algo totalmente desconocido para él. Es lo mismo que experimentaremos nosotros cuando el Señor nos abra los ojos y salgamos de nuestro egoísmo y de nuestro orgullo. Descubriremos que junto a nosotros hay personas que sufren, que tienen ilusiones, que necesitan muchas veces de nuestra ayuda. Descubriremos el amor y la felicidad inmensa que proporciona darse a los demás, a tu mujer, a tus hijos, a tus padres, a tus vecinos, o a tus compañeros de trabajo… Saldremos de la vida mezquina que supone vivir encerrados en nosotros mismos.

Cuando esto suceda, tenemos que hacer lo mismo que hace el ciego de nacimiento. Dar testimonio de Aquel que nos ha abierto los ojos. Confesar que éramos ciegos, pero que ese hombre que se llama Jesús, poniéndonos barro en los ojos nos ha devuelto la vista, nos ha abierto los ojos dándonos a conocer lo que es de verdad la vida.   

 

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA  -A-

«EL QUE BEBA DEL AGUA QUE YO LE DARÉ, NUNCA TENDRÁ MÁS SED»

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 17, 3-7 * Rm 5, 1-2.5-8 * Jn 4, 5-42    

El agua es un elemento indispensable para la vida del hombre, de los animales y de las plantas. El agua a través de la historia de salvación tiene un doble significado. Es signo de muerte y destrucción como podemos comprobar en el diluvio universal y también en el Mar Rojo, cuando destruye por completo al ejército del Faraón que persigue a los israelitas. Es, así mismo, signo de vida. Podemos comprobarlo si viajamos por distintas regiones,  pues, viendo el paisaje podemos adivinar de inmediato cuáles son ricas en agua y cuáles son zonas de secano.

También en el terreno espiritual el agua tiene para nosotros una importancia primordial, manteniendo esa dicotomía entre aguas de vida y aguas de muerte. En el Bautismo el agua es signo de vida ya que de ella, por obra del Espíritu Santo, nace una criatura nueva y a la vez es signo de muerte porque en ella queda sumergido el hombre viejo, el hombre de pecado.

El evangelio de hoy nos va a hablar precisamente del agua. Encontramos a Jesús en Samaría cerca del pueblo de Sicar, junto al pozo de Jacob. Cansado se sienta junto al manantial. Está solo porque los discípulos han ido al pueblo cercano a comprar comida.

Una mujer del lugar llega al pozo a sacar agua. El Señor le dice: «Dame de beber». La Samaritana, extrañada, responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?» El evangelista aclara, que la extrañeza de la mujer se debe a la enemistad que existe entre judíos y samaritanos. Pero el Señor le responde: «Si conocieras el donde Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer, asombrada, pregunta a Jesús cómo es posible eso si el pozo es hondo y él no dispone de un cubo.

La respuesta del Señor sorprende a la mujer cuando le dice: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La respuesta de la mujer no se hace esperar: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

El Señor Jesús se acerca hoy a ti y a mí para decirnos: «Dame de beber». ¿Qué clase de agua nos pide? Nos pide nuestro pobre amor. Nos pide algo que nosotros somos incapaces de darle. Por eso, nosotros, a la vez, podemos preguntarle: ¿Cómo tú, que eres el mismo amor me pides a mí que soy un egoísta, que va de un lado para otro pidiendo que le quieran, un poco de amor? Soy yo el que necesito de esa agua, de ese amor para vivir. Él sabe que somos nosotros los que vamos bebiendo aguas que no sacian, y que cada vez nos dan más sed.

Por eso hoy sale a nuestro encuentro para ofrecernos un agua viva, un agua que satisfaga por completo nuestro deseo de felicidad. Un agua que dentro de nosotros se convierta en un verdadero manantial, un manantial de agua que salte hasta la vida eterna. Esa agua no es otra cosa que el Espíritu Santo, manantial inagotable de amor, capaz de hacernos experimentar ya aquí, la vida eterna. Digámosle nosotros, como la samaritana: danos, Señor, de esa agua. 


DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 12, 1-4ª * 2Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9

En unos tiempos un tanto convulsos en los que el mal se enseñorea en la sociedad, y en los que ha desaparecido de la vida del hombre la trascendencia, o dicho de otra manera, en los que la vida se vive de tejas abajo sin tener en cuenta que hemos sido creados para una vida eterna, la palabra del evangelio de hoy, debe ser para todos nosotros una inyección de esperanza.

Vemos al Señor Jesús que acompañado de Pedro, Santiago y Juan se transfigura, es decir, desaparece de él la presencia caduca y mortal, para mostrar la realidad interior que esa presencia oculta. San Mateo lo expresa diciendo: «Se transfigura delante de ellos de manera que su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz».

¿Por qué decimos que la transfiguración del Señor sirve para acrecentar en nosotros la esperanza? Sencillamente, porque anticipa lo que va a suceder con nuestro cuerpo mortal. Hoy, para mucha gente, quizá para la mayoría, la vida del hombre es semejante a la de los animales. Desconocen el origen de su existencia, es decir, ignoran de dónde vienen y para qué han nacido. Están durante un tiempo determinado en este mundo y, finalmente, desaparecen del él sin dejar el menor rastro. Es una manera materialista de entender la vida del hombre.

Para nosotros, los creyentes, la realidad es otra. Sabemos que venimos de Dios que nos ha creado, y que nuestra vida en la tierra es un camino de esperanza que nos lleva hacia la vida eterna. Sabemos perfectamente de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sabemos que nuestra existencia tiene sentido, que nuestra vida no es un absurdo. Sabemos y creemos que debajo de nuestra carne mortal, existe, por don gratuito de Dios, un hijo de Dios, creado para una vida eterna y feliz. Sabemos que al igual que hoy sucede en la persona del Señor Jesús, como afirma san Pablo, también nosotros seremos transformados.

Convencidos de todo esto, no hemos de dudar que las palabras que el Padre pronuncia hoy sobre el Señor Jesús «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto», han resonado también aplicadas sobre cada uno de nosotros. Hoy, el Padre, a ti y a mí, nos ha dicho que somos sus hijos amados. Que nos quiere y que por los méritos alcanzados por el Señor en su Muerte y Resurrección, nos ha adoptado como hijos.

La transfiguración del Señor fue muy importante para acrecentar la fe de los tres discípulos que lo acompañaban, y lo ha de ser también para nosotros moviéndonos al agradecimiento, ya que, sin mérito alguno por nuestra parte, el Padre nos ha llamado a participar de la vida y la naturaleza divina. Como dice san Juan en su primera carta, «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él…»  

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

«NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE... »

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 7-9; 3, 1-7 * Rm 5, 12-19 * Mt 4, 1-11

Celebramos hoy el primer domingo de Cuaresma. Ya tuvimos ocasión de hablar de este tiempo litúrgico la semana pasada. La Cuaresma es un tiempo de gracia y esperanza, que nos prepara a celebrar la liberación de nuestra esclavitud al pecado y a la muerte.

Hoy vamos a ver al Señor Jesús sometido a la tentación de parte del maligno. También el Pueblo de Israel en su camino hacia la Tierra Prometida fue tentado con las mismas tentaciones. La tentación del pan, la tentación de no aceptar la historia de cada día, y finalmente la tentación de los ídolos.

El Señor, en el monte Sinaí, había dado al pueblo la fórmula primordial para que alcanzara la felicidad. Le dijo: «Escucha, Israel. Yo soy el Señor tu Dios. Yo soy el único. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Haz esto y vivirás».

Durante los cuarenta años que el pueblo está en el desierto en muchas ocasiones es infiel al Señor. No tiene en cuenta estas palabras de vida. Por eso, exige a Dios pan y agua para asegurarse la existencia, ahora. Rechaza tener que caminar por el desierto, en donde no hay vida, dejando que otro lo guie. Y, finalmente, no acepta a aquel Dios del que no conoce el rostro y por eso se construye un ídolo de metal.

Estas tres tentaciones son las que padece hoy el Señor Jesús. Después de cuarenta días de ayuno, el maligno le invita a procurarse la comida convirtiendo las piedras en panes. En segundo lugar le invita a rechazar su condición de artesano humilde, realizando un milagro que ponga de manifiesto su poder. Finalmente quiere que doble sus rodillas ante los ídolos del mundo: riquezas, poder, afectos, etc. como medio de alcanzar la felicidad. La respuesta del Señor no puede ser otra. Sabe que lo que le ofrece el maligno el falso y que la verdadera felicidad consiste en «amar a Dios con todo el corazón con toda el alma y con todas las fuerzas».

De la misma manera que en el Señor Jesús se repiten las tentaciones que sufrió el pueblo en el desierto, también en nuestra vida somos tentados de la misma manera. Fijémonos: ¿Cuál es la mayor preocupación de nuestros padres y también nuestra mayor preocupación? Asegurarnos la vida. Tener pan en abundancia y lograr el mayor bienestar posible. Nuestro objetivo es labrarnos un buen porvenir. En este asunto somos de los que estamos de acuerdo con lo que dice el mundo: “Es antes la obligación que la devoción”. Dicho de otra manera: ganarnos el pan es más importante que tener a Dios en nuestra vida.

Ante la tentación de la historia, ninguno aceptamos nuestra vida tal y como se nos presenta. Todos haríamos algún retoque, en nuestro físico, en nuestra familia, en nuestro trabajo, etc. La vida que nosotros diseñaríamos sería mucho mejor que la que el Señor nos ofrece. Todos cambiaríamos algo.

Finalmente, todos adoramos en nuestra vida a los ídolos. Como dice la copla, todos buscamos salud, dinero y amor, y es a estos ídolos a los que pedimos la vida, fundamentalmente al dinero.

Si caemos en estas tres tentaciones, en vez de encontrar la felicidad, solo encontraremos insatisfacción y amargura. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude, como al Señor Jesús, a no dejarnos embaucar por el maligno.

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 19, 1-2.17-18 * 1Cor 3, 16-23 * Mt 5, 38-48 

Si tuviéramos que averiguar cuál es el distintivo principal de un cristiano, o sea, en qué se distingue del resto de las personas, tendríamos que concluir que al cristiano se le distingue principalmente, por el amor y el perdón que otorga a todos sus enemigos. Perdón y amor totalmente gratuitos, que, por otro lado, no exigen compensación alguna de parte de la persona que ha sido perdonada. El cristiano ama y perdona gratuitamente.

Sin ninguna duda, el cristiano ama y perdona porque es, precisamente, lo que él ha experimentado de parte de Dios. Él tiene experiencia de que siendo un malvado y un pecador, egoísta, ambicioso, lujurioso y soberbio, etc., Dios lo ha perdonado sin exigirle nada a cambio. Ha sido un perdón sin condiciones.

Esta manera distinta de vivir es la que hoy nos presenta el evangelio que, como en semanas anteriores, pertenece la Sermón del Monte. Hoy, el Señor Jesús empieza diciendo: «Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pues yo os digo: No hagas frente al que te agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra… » Antes de continuar, quisiéramos hacer una aclaración. Es posible que juzguemos mal la ley antigua cuando aconseja “ojo por ojo y diente por diente”, pensando que es exagerada. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Esta norma de la antigua ley, pretende que a la hora de tomar represalias ante un daño que se ha infringido, el ofendido, no reaccione de una manera exagerada y se pase de raya.

Más adelante el Señor dice: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo, en cambio os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos…»   

Como hemos empezado diciendo, esta manera de actuar es la que corresponde a un cristiano de verdad. No hay duda de que es totalmente opuesta a lo que exige el mundo cuya norma de conducta es: “El que la hace, la paga”. Sin embargo, yo, a ti que dices ser discípulo de Cristo, te pregunto: ¿Cuál ha sido la respuesta de Dios-Padre ante tus rebeldías y pecados y también ante las mías? ¿Ha descargado sobre nosotros su ira? ¿Nos ha destruido como merecíamos? Para saber cuál ha sido la respuesta de Dios ante nuestras rebeldías, solo tenemos que mirar la Cruz del Señor Jesús. Para que tú y yo no muriéramos a causa del veneno del pecado, ha sido Él, el que ha entregado por nosotros hasta la última gota de sangre, mientras pedía al Padre que no nos tomara en cuenta nuestro pecado.

El perdón y la misericordia que nosotros experimentamos de parte de Dios, son los mismos que él quiere que tengamos con los que nos ofenden y hacen daño. Es cierto que, por nuestra condición de pecadores, no podemos amar y perdonar como Él lo hace con nosotros, pero también es cierto que, su Espíritu, habitando en nuestro interior, puede hacer realidad, si nosotros lo queremos, ese amor y es perdón hacia todos aquellos que conscientemente nos hacen daño. Obrando así, los que nos rodean, conocerán a través de nosotros, el amor, la misericordia y el perdón de los pecados, que Él, gratuitamente, ha ofrecido a todos los hombres.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY, SINO A DARLE CUMPLIMIENTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 15, 15-20 * 1Cor 2, 6-10 * Mt 5, 17-37

El Señor Jesús continúa este domingo exponiendo su doctrina en el Sermón del Monte. Podríamos pensar que con sus palabras intenta modificar la Ley de Moisés y de los profetas. Sin embargo, él mismo afirma que no ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento.

¿Cómo podemos entender esto? La ley que el Señor entregó a su pueblo en el monte Sinaí y que posteriormente fueron ratificando los profetas, fue dada por Dios no como un instrumento de salvación, sino como una luz que alumbrara el sendero de la vida del hombre, para que conociera cuál era el camino de la felicidad y la vida. Sin embargo, para el pueblo, como para ti y para mí hoy, esa ley es imposible cumplirla. Por eso, el Señor Jesús, nos dice que su intención no es anularla, que él ha venido, precisamente, a darle cumplimiento, porque para nosotros eso es imposible. La cumple él, y nos la entrega cumplida a todos nosotros.

A través de los distintos preceptos de la ley que el Señor va citando, podemos comprobar que el camino que nos va mostrando supera en dificultad a los preceptos que recibió Moisés en el Sinaí. El Señor eleva más el listón, porque no pretende que con nuestro esfuerzo, como hicieron los escribas y fariseos que se cogían a la letra de la ley, nosotros llevemos a cumplimiento esas palabras. Él no mira a letra sino al corazón.

Son varios los preceptos a los que hace referencia el Señor. Vamos a fijarnos en dos que están muy presentes en nuestra vida. El Señor Jesús dice: «Habéis oído que se dijo: no matarás… pues yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado». Por eso añade más adelante: «Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda».

Vemos, pues, que es mucho más importante tener el corazón limpio, perdonar o pedir perdón, que acercarnos al Señor con nuestras ofrendas y sacrificios. Por otra parte hemos de tener presente que, pedir perdón es propio de los cristianos, de los discípulos de Cristo, que, en su Cruz, nos obtuvo el perdón total de su Padre Dios, y que, cuando pedimos perdón, somos nosotros los primeros beneficiarios. Pedir perdón nos produce paz interior y a la vez nos ayuda a humillarnos delante de los demás. Esta humillación es una buena cura contra nuestro orgullo.

Finalmente, señalar, que no solo hay que pedir perdón cuando hayamos hecho daño a alguien, sino que hay que hacerlo si sospechamos que el otro tiene algo contra nosotros, aunque no nos consideremos culpables.

Otro precepto que en la vida presente se tiene poco en cuenta, es el referente a la unión del hombre con la mujer. Moisés estableció que se podía dar acta de repudio. Hoy el Señor nos dice que «el que se divorcie de su mujer la induce al adulterio y que el que se casa con una divorciada comete adulterio». Esto no solo se refiere al sacramento del matrimonio instituido por Jesucristo, sino también al matrimonio natural que fue instituido en el principio por Dios. Por desgracia, en la sociedad actual, incluyendo a muchos bautizados, se vive de espaldas a lo que es la voluntad de Dios.


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA Y LA LUZ DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 58, 7-10 * 1Cor 2, 1-5 * Mt 5, 13-16

Con el evangelio del domingo pasado, que no pudimos comentar por coincidir con la Presentación del Señor, se iniciaba el Sermón del Monte o de las Bienaventuranzas. Hoy la Iglesia nos propone otro fragmento de esta Palabra tan importante en la vida del cristiano.

En estos tres capítulos del evangelio de san Mateo, el Señor Jesús nos muestra la fotografía de lo que es un cristiano, de manera que, si tú deseas saber hasta qué punto eres fiel como discípulo de Jesucristo, solo tienes que comprobar hasta qué extremo esta palabra halla cumplimiento en tu vida.

Hoy, el Señor empieza diciendo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?» Más adelante sigue diciendo: «Vosotros sois la luz del mundo… No se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa».

Podemos preguntarnos, ¿por qué el Señor compara a sus discípulos con la sal y también con la luz? Sencillamente, porque esa es la misión que les encomienda realizar en medio del mundo. Esa es la misión a la que nos llama a ti y a mí. La sal, aunque en un guiso se pone en muy pequeña cantidad, tiene la virtud hacer que la comida esté sabrosa. Es decir, que tenga un sabor agradable. Esa es la misión de la Iglesia, tu misión y mi misión. Los hombres se afanan por encontrar sentido a su vida. Saber por qué están en el mundo y cuál es la finalidad de su existencia. De no encontrar respuesta, pueden llegar a la conclusión de que su vida en nada se diferencia de la de un animal. Nacer, crecer, reproducirse y volver a la nada. De ser así, afirmaríamos que la vida del hombre sobre la tierra es totalmente un sinsentido.

No encontrar razón de ser, no encontrar sentido a la vida, es lo mismo que vivir en oscuridad. En nuestra vida necesitamos la luz para ver por dónde vamos, para constatar que no estamos solos. Que otros seres como nosotros se mueven a nuestro alrededor. Por eso, hoy, el Señor, nos llama a ser la luz que rompa las tinieblas de aquellos que nos rodean. Nos lo dice a continuación en el evangelio: «Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».

El Señor en el evangelio de san Juan nos dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas…» Hoy quiere que tú y yo, que somos sus discípulos, seamos en esta generación la sal que dé sentido al mundo y la luz que rompa las tinieblas de la vida. Somos afortunados porque para esta misión solo llama a unos pocos. La Iglesia en el mundo es muy pequeña comparada con los millones de personas que pueblan la tierra. Nuestra presencia, la tuya y la mía, ha de servir para que aquellos que están con nosotros y no pertenecen a la Iglesia, conozcan a través de nuestra vida, el amor de Dios y el perdón de sus pecados.

Una particularidad tiene nuestra misión. La sal en el guiso desaparece dando sabor, muere, podríamos decir. También la vela se consume lentamente mientras alumbra a los de la casa. Quiere decir esto que, cumplir nuestra misión, supone la entrega al otro, morir por el otro, de la misma manera que el Señor Jesús murió por ti y por mí, para salvarnos.


FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR -A-

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR -A-

«LUZ PARA ALUMBRAR A LAS NACIONES Y GLORIA DE TU PUEBLO ISRAEL»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 1-4 * Heb 2, 14-18 * Lc 2, 22-40

Las lecturas de este domingo deberían ser las que corresponden al domingo cuarto de tiempo ordinario, pero como se da la circunstancia de que en este día se celebra una de las fiestas del Señor, la Presentación en el Templo, serán las lecturas correspondientes a esta festividad las que se proclamarán.

San Lucas nos dice en el evangelio de hoy, que siguiendo lo prescrito por la ley, cuarenta días después del nacimiento de Niño Jesús, sus padres lo llevan al Templo para ser presentado al Señor, entregando la oblación correspondiente.

Al entrar en el templo, un anciano, Simeón, que se había acercado al templo impulsado por el Espíritu Santo, pues aguardaba el consuelo de Israel, cogiendo al Niño en brazos, exclama: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Simeón ve así cumplida la promesa del Señor, de que no moriría sin ver antes al Mesías.

Simeón proclama que aquel Niño llega al mundo para alumbrar a las naciones. Esta afirmación de Simeón es de gran importancia, porque desvela cuál es la misión que Dios-Padre ha puesto en manos de aquel Niño, que el anciano sostiene en sus brazos.

De las palabras de Simeón se deduce que el mundo vive en oscuridad y tinieblas. Nosotros podemos comprobar la veracidad de esta afirmación, en el hecho de que a través  de la Escritura abundan las referencias a esta oscuridad. San Juan dirá: «Dios es luz y en Él no existe tiniebla alguna». Si es así, ¿por qué, podemos preguntarnos, existe en el mundo esa oscuridad? La respuesta nos la da también san Juan: «Los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas».

Como vivimos inmersos en la luz, nos resulta difícil imaginar que el mundo vive en la oscuridad. Sin embargo, si tenemos en cuenta cuáles son las obras de las tinieblas, comprenderemos, en efecto, que la luz no esté presente en el mundo. Los hombres han apartado de su vida a Dios que es la luz, y han colocado en su lugar al dios Mammón, que es el dios que simboliza la avaricia material, el dios del dinero.

La avaricia nos ciega. Ella es la causa de las extorsiones, de los robos, de las guerras y de toda clase de abusos, que al final siempre pagan los más débiles. Quitar a Dios de la vida, como lo hacemos cuando buscamos nuestra conveniencia o capricho, cuando, en resumen, pecamos, es quitar la luz de nuestras vidas, es vivir ciegamente para nosotros mismos sin importarnos para nada los demás. Se hace realidad aquello de “primero yo, después yo y siempre yo”, que nos impide entregarnos de verdad a los otros. El egoísmo hace que el hombre se refugie en la sexualidad, buscando únicamente su propio placer. No es de extrañar, por tanto, que fracasen tantos matrimonios, porque cada uno de los contrayentes busca consciente o inconscientemente, que el otro lo haga feliz. No tenemos en cuenta que esa misma necesidad es la que experimenta la otra persona.

Ante este panorama tan poco halagüeño, hoy, el anciano Simeón, nos muestra a Aquel que viene a iluminar nuestras tinieblas. Aquel que rompiendo la oscuridad de nuestra vida, nos hace ver que no estamos solos, que a nuestro lado viven seres que sufren, aman y sienten, y que tienen las mismas necesidades que nosotros. Viene a romper el caparazón del egoísmo que nos aísla. Viene a darnos por medio de su Espíritu, la fuerza para poder pasar del “yo”, al “tú”, porque sabe que éste es únicamente el camino que lleva a la felicidad y a la vida.