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DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«TODO LO QUE ATÉIS EN LA TIERRA QUEDARÁ ATADO EN EL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 33, 7-9 * Rm 13, 8-10 * Mt 18, 15-20

Es posible que haya muchos creyentes preocupados por obedecer al Señor cumpliendo los Mandamientos, que nunca se han detenido a considerar cuál es el eje principal de cada uno de ellos. No han descubierto cuál es el denominador común de la Ley de Dios. Les preocupa amar de Dios, no blasfemar, santificar las fiestas, no matar, no fornicar, no robar, no mentir, etc., considerando cada uno de los mandamientos de una manera individual, cuando la realidad es que todos hacen referencia a un solo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo.

A esto que acabamos de afirmar hace referencia san Pablo con una claridad meridiana en la epístola. Lo expresa así: «El que ama tiene cumplido el resto de la ley». De manera que cuando eres dócil y obedeces a tus padres, es porque los amas. Cuando respetas la vida de los demás y evita hacerles un daño físico, es porque los amas. No fornicar o no adulterar, es también un signo de que amas al otro y lo respetas. Cuando no te apoderas de sus bienes, no mientes, etc., etc., lo que te mueve a obrar así es el amor. Se entiende ahora el final de la epístola, cuando san Pablo dice: «Por eso amar es cumplir la ley entera».

El evangelio de hoy transcurre también siguiendo la misma línea. Trata de lo que se conoce como la corrección fraterna. Todos nosotros nos equivocamos muchas veces porque somos imperfectos, y, aún cuando deseamos hacer las cosas bien, no siempre acertamos en su realización. Lo dice san Pablo en su carta a los Romanos: «Desear hacer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el realizarlo» «Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta» Por eso hoy, el Señor Jesús, que conoce mejor que nosotros nuestra condición pecadora, nos dice: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano».

Esta reprensión, como ya hemos dicho, es lo que se conoce como corrección fraterna, y ha de hacerse siempre por amor. Quiere decir esto, que no hemos de corregir al hermano humillándole, lo corregimos porque lo queremos. De ahí que el Señor recomiende corregirlo en privado, para que no quede en una situación desairada delante de los demás.

Hemos dicho muchas veces que como cristianos hemos de defender siempre la verdad, pero sin convertirnos en jueces y teniendo en cuenta que con la verdad podemos matar al otro. Queremos decir que, sin renunciar a la verdad, en toda corrección ha de estar presente la misericordia. Tú no pretendes aplastar al otro poniéndolo en la verdad, sino que procuras que, aunque la verdad escueza, quede claro que lo corriges porque lo amas y deseas su bien. Si obramos así, si nos mueve el amor al hermano, se cumplirá todo lo que nos dice el Señor: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».

Al final del evangelio de hoy, el Señor Jesús hace hincapié en la importancia de la oración en común y nos dice: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo, porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Como veis, palabras consoladoras, porque nos dan la certeza de la presencia cercana del Señor en nuestra vida.


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SI UNO QUIERE GANAR SU VIDA, LA PERDERÁ...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 7-9 * Rm 12, 1-2 * Mt 16, 21-27

El evangelio de este domingo es continuación del de la semana pasada. Allí veíamos cómo ante la pregunta de Jesús «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», Pedro confiesa al Señor Jesús como al Mesías, al Hijo de Dios vivo. Esta respuesta trae como consecuencia la elección que de Pedro hace el Señor, como piedra sobre la que desea construir su Iglesia, dándole a la vez la primacía sobre el resto de los discípulos.

El pasaje continúa diciendo que, Jesús, ante los acontecimientos que le esperan en Jerusalén, empieza a preparar a sus discípulos poniéndoles al corriente de todo lo que va a acontecer. Entrega a las autoridades, sufrimientos, ejecución y finalmente la resurrección al tercer día. Desea desmontar con ello la imagen idílica que tienen sobre la próxima restauración del Reino de Israel. «Mi reino, dirá más adelante ante Pilato, no es de este mundo». Sin embargo, esa no es la idea que ellos tienen sobre lo que va a hacer el Señor.

Una vez más es Pedro el que toma la iniciativa, y tomando a Jesús aparte lo increpa diciéndole que eso que dice no pude suceder. El Señor, dejando aparte las alabanzas que había dedicado a Pedro, le dice con dureza: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».

Muchas veces en la vida nos ocurre como a Pedro. Leemos la historia, interpretamos los acontecimientos que vivimos con ojos humanos. Nos dejamos llevar por nuestra razón y sacamos conclusiones erróneas de lo que nos ocurre. Esto, sin duda, es muy humano, porque, ¿cómo podía llegar a pensar Pedro que aquello que decía el Maestro era lo conveniente y era lo dispuesto por el Padre? ¿Cómo era posible que el Mesías, el enviado de Dios para restaurar el Reino de Israel, terminara ejecutado como un malhechor en una cruz?

Somos muy dados a dejarnos llevar por las apariencias. No tenemos en cuenta lo que el Señor dice a través del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos…». Precisamente por esto, el Señor Jesús, aprovecha la ocasión para ponernos en la verdad, rechazando la misma tentación que tuvieron los discípulos, el triunfalismo. Él no vino a este mundo buscando la aceptación y el éxito, todo lo contrario, renunció a su categoría de Dios apareciendo como uno de tantos. Por eso, hoy nos dice: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».

¿Por qué el Señor nos invita a cargar con nuestra cruz? Lo lógico, humanamente, sería que nos la quitara. ¿Cómo se entiende esto? La cruz de cada día no nos la envía Dios, sino que es fruto de nuestro pecado. Tu orgullo, tu lujuria, tu enfermedad, tu carácter, tu falta de recursos económicos, todo lo que te hace infeliz, etc. no tiene su origen en Dios, es fruto tu pecado, es tu cruz. Tú, con sólo tu esfuerzo, eres incapaz de soportar esa cruz que con frecuencia te aplasta. Es en este punto, precisamente, donde aparece la obra de Dios, donde se hace presente el Salvador que el Padre nos ha enviado.

De la cruz nadie puede escapar, pero es al mismo tiempo es necesaria, para experimentar la salvación del Señor Jesús. Lo que para ti sólo es imposible, se convierte en posible con su ayuda. Sin tu cruz, nunca experimentarías el poder del Señor que salva. Por eso, no hemos de huir de ella, sino, como hoy dice el Señor, cargarla, ya que tenemos un Cirineo que nos ayuda a llevarla.    

 

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«TÚ ERES EL MESÍAS, TU ERES EL HIJO DEL DIOS VIVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 * Rm 11, 33-36 * Mt 16, 13-20

Si siempre la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda y es como una lámpara que alumbra nuestra vida de fe, la que hoy nos propone la Iglesia, si prestamos atención, pondrá ante nosotros un tema que, como creyentes, quizá nunca nos hayamos planteado, pero que necesariamente tenemos que afrontar.

El Señor Jesús, de camino hacia Cesarea de Filipo, de momento se detiene y hace a sus discípulos la siguiente pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Las respuestas de los discípulos son de lo más variadas. Unos dicen que Juan Bta. que ha vuelto a la vida, otros que Elías o Jeremías o alguno de los profetas.

El Señor no busca precisamente saber lo que la gente opina sobre él, sino que lo que le interesa es poder plantear a los discípulos una pregunta cuya respuesta es para él muy importante. Por eso, sin hacer demasiado caso a las respuestas que le van dando, pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Seguramente esta pregunta les pilla desprevenidos. Ellos le siguen, escuchan su predicación y son testigos de los muchos milagros que realiza, pero, ¿quién es en verdad para ellos Jesús de Nazaret?

Pedro, siempre tan dispuesto, no duda en responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». El Señor, complacido por la respuesta de Pedro, le dice: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo».

Hemos dicho al principio que esta palabra era importante para nuestra vida, porque, hoy, el Señor, nos la formula a ti y a mí. Yo me pregunto, ¿alguna vez hemos pensado seriamente quién es Jesucristo en nuestra vida? Es posible que sólo seamos capaces de contestarla recurriendo a lo que de pequeños aprendimos en el Catecismo. Quizá digamos: Jesús es el Hijo de Dios. Pero yo pregunto ¿tenemos experiencia en nuestra vida de que esto sea así? ¿Para qué nos ha servido que Jesús sea el Hijo de Dios?

Muchos eran los que seguían a Jesús en su vida pública y fueron testigos de sus milagros, sin embargo, unos veían en él a un enviado de Dios, a un gran profeta, mientras que otros, viendo exactamente lo mismo, lo acusaban de endemoniado y falso profeta. La clave para entender esta diferencia nos la da el Señor Jesús cuando dice a Pedro: «Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo». Yo me pregunto ¿tenemos dispuesto nuestro corazón para escuchar humildemente la voz del Padre, o por el contrario cerramos los oídos y nos dejamos llevar por nuestra razón? ¿Qué actitud adoptamos cuando se proclama la Palabra de Dios? ¿Somos tierra buena o por el contrario rechazamos todo aquello que no encaja con lo que nos dicta la razón?

Hoy, el Señor te ha preguntado: ¿Quién dices tú que soy yo? Él es el enviado del Padre para tu salvación. ¿Lo crees? Para creerlo, es necesario estar convencido de que necesitas que te salven. ¿Quieres saber de qué te han de salvar? Voy a ayudarte. Han de salvarte de tu soberbia, que te hace pensar que tú harías las cosas mejor que los demás. Han de salvarte de tu egoísmo que hace que en todo busques tu conveniencia. Han de salvarte de tu sexualidad descontrolada que te domina, aunque tú intentes disimularlo. Han de librarte de tu esclavitud al trabajo, a la familia, a la salud, al qué dirán, etc.

Si en todas estas circunstancias llegas a tener experiencia de que el Señor Jesús actúa en tu vida, que el Señor Jesús salva, entonces, sin duda, podrás decirle de verdad con Pedro: «Tú eres el Mesías, tú eres el Hijo del Dios vivo».


DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

 

 CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1.6-7 * Rm 11, 13-15 * 29-32 * Mt 15, 21-28

Cuando hacemos uso de la exresión "madre coraje", pensamos enseguida en una mujer decidida que ha plantado cara a todas las dificultades que se le han presentado, con tal de defender a sus hijos, sin amilanarse y poniendo incluso su vida en peligro.

 En el evangelio de hoy, muchos siglos antes de que se nombrara así a esta clase de madres, encontramos a una madre coraje. Se trata de una mujer cananea, y por tanto extranjera a los ojos de los judíos. Tiene una hija poseída por un mal espíritu y ha tenido conocimiento de que Jesús, el profeta de Nazaret, está por el lugar. Lo busca y cuando lo encuentra se pone a gritar: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El Señor se hace el sordo y no la atiende. Viendo que insiste y que no cesa en su petición, los discípulos se acercan para decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta del Señor es tajante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Llega la mujer y postrándose a los pies del Señor le dice: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es desconcertante y a nosotros nos resulta difícil ponerla en labios del Señor: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». (Perro es el nombre que los judíos empleaban cuando se referían a aquellos que no pertenecían al Pueblo de Dios). La respuesta del Señor es muy dura, pero el amor de aquella madre por su hija es mucho mayor. No se arredra, insiste diciéndole al Señor: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

La respuesta de esta madre coraje, no tiene vuelta de hoja. El Señor, admirado, le responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija.

Parecía imposible que el Señor atendiera a aquella madre. Había razones de peso para que no lo hiciera. Sin embargo, el Señor Jesús, fiel a la respuesta que da al padre del endemoniado epiléptico en el evangelio de san Marcos, obra el milagro. En aquella ocasión dijo al padre: «¡qué es eso de si puedes! Todo es posible para el que cree», y esta madre ha demostrado que tenía por completo puesta su fe en el Señor.

No lo olvidemos, nada es imposible para el que cree. En la vida encontraremos montañas que son imposibles de escalar, pero la fe mueve montañas. Tendremos que enfrentarnos a problemas que superan con mucho nuestra capacidad para resolverlos, pero lo que para nosotros es imposible, es posible para el Señor. Lo que hace falta es apoyarnos en él, poner nuestra confianza en él, porque dice la Escritura que quien se apoye en él, no quedará confundido.

Otra cosa que debemos aprender de esta madre es la insistencia en la petición. No hemos de temer hacernos demasiado pesados. Al Señor le gusta que insistamos, porque al insistir por una parte palpamos nuestra impotencia y por otra reconocemos su poder. Hoy lo ha hecho con esta madre y en otra ocasión lo hizo con el Ciego de Jericó. Con la oración insistente hacemos presente al Señor, la necesidad y el interés que tenemos en aquello que pedimos.

Al Señor le gusta que nosotros recurramos a él porque conoce nuestra limitación, y porque está puesto por el Padre como Señor de aquello que para nosotros es imposible, de aquello que nos oprime, nos esclaviza y nos hace infelices. Hablando con lenguaje humano podemos decir, que él es feliz, cuando nos ve felices.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«¡Ánimo, no tengáis miedo, soy yo!»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 9a.11-13a * Rm 9, 1-5 * Mt 14, 22-33 

El evangelio de hoy es continuación del que se proclamó el domingo pasado. Recordemos que se trataba de la multiplicación de los panes y los peces. El Señor Jesús, con sólo cinco panes y dos peces, dio de comer a unas cinco mil personas sin contar mujeres y niños.

Hoy, vemos en el evangelio que, después que la gente se ha saciado, el Señor apremia a sus discípulos a que embarquen y vayan a la otra orilla. Seguramente lo hace para evitarles la tentación del protagonismo. Es sólo Él, el que se queda para despedir a la gente. Luego sube al monte y permanece en oración hasta bien entrada la noche.

Mientras tanto, los discípulos, en la barca, lejos de tierra, no lo están pasando muy bien. El viento les es contrario y el mar está encrespado. De madrugada, el Señor Jesús se acerca a la barca caminando sobre el mar. Ellos, creyendo que se trata de un fantasma, empiezan a gritar de miedo. «¡Ánimo, no tengáis miedo, soy yo!», les dice el Señor Jesús.

Pedro, siempre tan impetuoso, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ira ti andando sobre el agua». Él le contesta: «Ven». Pedro no lo duda. Baja de la barca y empieza a caminar sobre el mar, pero viendo la fuerza del viento y las olas, se mira a sí mismo y empieza a hundirse. «Señor, sálvame» grita. Jesús se acerca, lo coge de la mano y le dice: «¡Que poca fe! ¿Por qué has dudado?».

Estamos frente a un fragmento del evangelio que puede arrojar luz sobre nuestra vida, al dar respuesta a situaciones que no acabamos de entender. Veamos. Si somos sinceros y analizamos nuestra situación en este mundo, es posible que nos identifiquemos con los discípulos, bregando en la barca, de noche y encontrando en nuestra vida dificultades que somos incapaces de afrontar. Situaciones económicas y de trabajo. Problemas familiares que nos desbordan. Condicionamientos sociales que, a distintos niveles, nos impiden actuar según nuestro criterio y que, por tanto, en ciertas circunstancias nos esclavizan. No hablemos ya, de esas inclinaciones de tipo sexual o afectivo, que nos dominan y que con frecuencia hasta nos escandalizan. Nuestra vida se parece mucho a la barca zarandeada en la noche por el viento y el mar.

Uno de los significados que se han atribuido al mar, es ser signo de muerte. Recordemos a los israelitas frente al Mar Rojo incapaces de cruzarlo porque hacerlo significaba la muerte. También hoy los discípulos están en peligro de naufragio, o sea, en peligro de muerte. Sin embargo, en estas circunstancias es cuando aparece el Señor. Él camina por encima de la muerte y Él es también capaz de hacer caminar a Pedro por encima de las olas encrespadas. Solo es necesario cumplir una condición: caminar con los ojos puestos en el Señor. Es precisamente, lo que no ha sabido hacer Pedro. En vez de caminar mirando al Señor, ha mirado su realidad y por eso ha empezado a hundirse.

Tú y yo, caminamos por el mar encrespado de la vida. Si hacemos como Pedro y nos miramos el ombligo, o sea, nos fijamos en nuestras debilidades y pecados, en nuestra impotencia para obrar el bien, en nuestro egoísmo…, no habrá quien nos salve. Nos hundiremos. Sin embargo, si caminamos con los ojos puestos en el Señor, que nos conoce, nos ama y no nos reprocha nada, seremos capaces de caminar por encima de la muerte de cada día. Él nos ama en nuestra realidad y nunca nos exigirá lo que nosotros no podemos darle.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DADLES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21          

En el evangelio de hoy vemos que Jesús al tener conocimiento de que Herodes ha ordenado decapitar a Juan el Bautista, afectado por la noticia, se embarca buscando un lugar tranquilo y apartado donde descansar. La gente al saberlo le sigue por tierra, de manera que, al desembarcar, el Señor se encuentra con un gran gentío que le espera.

La reacción del Señor al ver a la gente es, con toda seguridad, muy distinta a la que hubiéramos tenido nosotros. Es fácil que nosotros hubiéramos sentido fastidio al comprobar que ni siquiera podíamos disponer de unos momentos de descanso. Jesús, por el contrario, nos dice san Mateo, «al ver el gentío le dio lástima y curó a los enfermos». Comprendía la necesidad que tenían de escuchar su palabra y el cansancio que sentían por la caminata que habían llevado a cabo. Esa es la mirada del Señor cuando se fija en ti y en mí, cansados del camino y heridos por el pecado. Nunca tiene una mirada de reproche, al contrario, conoce nuestra situación. Sabe que los problemas de la vida a veces nos agobian, y está dispuesto a echarnos una mano. Nos mira con cariño.

Entre tanto, se ha hecho tarde. El día va de caída y el lugar en donde están dista bastante de las aldeas. Los discípulos, preocupados, dicen al Señor: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer». La respuesta del Señor les deja un tanto descolocados: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». «Sólo tenemos cinco panes y dos peces», responden. El Señor les dice: «Traédmelos».

El Señor Jesús hace que la gente se recueste sobre la hierba. Coge los cinco panes y los dos peces, pronuncia la bendición, los parte y los entrega sus discípulos para que los repartan entre la gente. Comieron todos hasta saciarse, dice el evangelio, y con los trozos sobrantes llenaron doce cestos. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

La situación que san Mateo nos narra en este evangelio, se repite hoy entre nosotros casi al pie de la letra. Si nos fijamos en la sociedad actual, en aquellos que nos rodean, comprobaremos que todos se afanan en buscar una vida mejor, en buscar una felicidad que no llega. Es hambre de ser felices lo que la gente siente, aunque, ni el dinero, ni la amistad, ni los afectos, ni el sexo, ni el trabajo o la familia, consigan llenar el corazón. Desconocen que lo único que puede saciarles, lo único que puede hacerles felices dándoles paz en el corazón, es el amor de Dios. Un amor distinto a todos. Un amor que no conoce exigencias. Un amor que perdona sin límite. Un amor dispuesto siempre a dar, aunque no reciba nada.

Tú y yo, discípulos de Jesucristo, elegidos por Él como colaboradores suyos, hemos de mirar con cariño a todos los que, por vivir alejados de Él, no encuentran sentido a su vida, no encuentran nada que sacie de verdad su corazón. El Señor nos llama a hacer llegar a todos el conocimiento de su amor. Hoy, como a los discípulos de entonces, nos dice: «dadles vosotros de comer». Decidles que existe un pan que sacia, un pan capaz de llenar los deseos de felicidad que todos sienten.

Es urgente que lo que nosotros, por gracia de Dios, hemos experimentado en mayor o menor grado, lo hagamos llegar a los demás.

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO EN EL CAMPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 3 5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52

El evangelio de hoy nos presenta las tres últimas Parábolas del Reino. La primera, el tesoro escondido en el campo, y la segunda la del comerciante en perlas finas, nos muestran a dos personajes que, al encontrar un objeto de gran valor, no dejan pasar la ocasión, y deshaciéndose de todos sus bienes, consiguen adquirir el valioso objeto.

En el primer caso se trata de un tesoro inmenso hallado en un campo, y el que lo encuentra no duda en vender todos sus bienes, con tal de poder adquirir aquel campo y entrar en posesión del tesoro.

En el segundo caso el protagonista es un mercader en perlas finas que, al descubrir una de un gran valor, sin pensarlo dos veces, vende cuanto tiene con tal de poder adquirir aquella la valiosa perla.

A través de estas dos parábolas el Señor nos invita a considerar nuestra vida de fe. Quizá tú pienses que no has sido tan afortunado como los personajes de estas dos parábolas. Ni has descubierto un tesoro escondido en el campo, ni has encontrado una perla de valor extraordinario.

Yo, sin embargo, me atrevo a preguntarte: ¿eres consciente del don que el Señor te ha dado gratuitamente a través de su Palabra? ¿Qué don, preguntas? Conocer el amor de Dios, el perdón de tus pecados, la misericordia divina y al final, una vida eterna e inmensamente feliz. ¿Lo has pensado alguna vez, o te pasa como a Esaú que no sabe valorar el don que tiene, y por un placer pasajero, un simple plato de lentejas, es capaz de renunciar a la primogenitura y a la bendición de Dios?

La felicidad que el mundo te ofrece es fugaz y a la vez falsa. Dinero, poder, sexo… nada de esto puede llenar por completo el corazón del hombre. Esforzarse por todos estos bienes, al final sólo produce hastío y desencanto, y lo peor, nos priva de libertad y nos esclaviza. Ya lo decía muy bien aquella vieja canción ranchera: “Todos queremos más”. Nunca nos encontramos saciados. Esto, que visto con ojos humanos parece una maldición, es, sin embargo, un don del Señor. Si las cosas del mundo fueran capaces de satisfacer a nuestro corazón, nunca buscaríamos al Señor.

Por el contrario, vivir con la certeza del amor de Dios que nos capacita para amarnos y perdonarnos, saber que después de un breve tiempo nos espera una vida eterna y feliz, nos empuja a considerar basura todo lo que nos ofrece el mundo. Ya lo dice el Cantar de los Cantares: «Dar por ese Amor todos los bienes de la casa, sería despreciarlo». Por eso, los protagonistas de las parábolas, no dudan en deshacerse de todos sus bienes, para adquirir el tesoro y la perla preciosa.

No seamos, por tanto, necios y no sigamos pidiendo la vida a las cosas materiales. No nos dejemos engañar. Recordemos las palabras de san Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti”.

La tercera parábola de hoy, la de la red, nos recuerda que estamos viviendo un tiempo de gracia. Vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios, disfrutando del don de la libertad personal que el Señor nos ha dado y que nunca violentará. Pero, ciertamente, nuestro tiempo, el tuyo y el mío, un día terminará. Aprovechemos, pues, este tiempo, para que cuando finalice, seamos contados entre aquellos que se han acogido a la misericordia de Dios, y son contados entre los buenos.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A...

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12,13.16-19 * Rm 8, 26-27 * Mt 13, 24-43

El Señor Jesús sigue hablando a las gentes mediante parábolas. Hoy son tres las que la Iglesia nos propone en el evangelio. La primera es la parábola de la cizaña. Esta parábola pone de manifiesto el antagonismo que desde el principio de los tiempos ha existido entre el bien y el mal.

Sabemos que antes de la creación del mundo, Dios, supremo bien, creó a los ángeles. Conocemos también por las Escrituras cómo un grupo de esos ángeles, capitaneado por Luzbel, se rebeló contra su Creador. Finalmente, conocemos también, cómo Miguel y sus ángeles entablaron batalla contra los rebeldes, les vencieron y les arrojaron del cielo.

Este enfrentamiento entre el bien y el mal, ha estado presente desde el principio en toda la historia de la salvación. El maligno, con su soberbia, ha intentado desde siempre hacer daño al Creador, sin conseguirlo. Por eso, no pudiendo atacarle personalmente, ha pretendido hacerle daño atacando al hombre que es la criatura predilecta de Dios.

Hoy, por una parte, vemos al sembrador, al Señor Jesús, sembrando buena semilla en el campo del mundo, y vemos también cómo el enemigo, por la noche, siembra en el campo la cizaña. Al crecer, empiezan a distinguirse las plantas de trigo y también las de cizaña, pero, como muestra de la paciencia de Dios y de su amor hacia el que se equivoca, no se arranca de inmediato la cizaña, sino que se deja que crezca junto con el trigo. Se trata de dar un tiempo de gracia, un tiempo que permita al pecador dar un giro a su vida, abriéndose a la misericordia de Dios y a su perdón.

¿Qué sería de nosotros si, cuando pecamos, cuando damos la espalda a Dios, él actuara de inmediato como lo hacen los hombres aplicando la justicia humana? Ninguno de nosotros alcanzaría la salvación. Por eso es necesario estar atentos continuamente porque no todo lo que encontramos en el mundo es trigo limpio. Necesitamos que el Señor nos conceda discernimiento para poder distinguir el bien de aquello que no lo es, a pesar de parecerlo.

Otra parábola del Señor Jesús es la del grano de mostaza. Se trata de una parábola que hace referencia directa a la Iglesia. La semilla de mostaza es una de las semillas más diminutas que podamos encontrar. Sin embargo, cuando se deposita en la tierra y germina, crece hasta convertirse en un arbusto más alto que las hortalizas, de manera que permite que los pájaros aniden en sus ramas.

Hemos dicho que esta parábola hace referencia a la Iglesia, que es el Reino de los cielos en el mundo, porque en el transcurso de la historia, el crecimiento que ha experimentado ha sido semejante al de la semilla de mostaza. Comenzó con doce pobres hombres, la mayoría pescadores, que no tenían una gran cultura, sino todo lo contrario, y que en los momentos difíciles abandonaron a su Maestro y se escondieron temerosos. Este material humano es que eligió el Señor Jesús para dar comienzo a su Iglesia, y fue la humildad, la pobreza y la sencillez de aquellos hombres, unida a la acción del Espíritu Santo en ellos, la que hizo que Iglesia se extendiera por todo el mundo como una mancha de aceite. Aquella semilla, ahora árbol frondoso, es la que hoy nos da cobijo a todos los creyentes.

Finalmente, una tercera parábola, la de la levadura, es la que pone de manifiesto la misión que Dios desea que llevemos a cabo los creyentes. Para hacer fermentar una gran masa de harina, sólo hace falta una pequeña cantidad de levadura. Esa levadura somos tú y yo, que somos muy poca cosa, pero que podemos ser capaces de hacer fermentar a una gran masa de personas, si dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas. El mérito no será nuestro, será del Señor, pero nosotros habremos sido instrumento en sus manos para que su salvación alcance a todos los que nos rodean. Dejémonos, pues, llevar por Él, si lo hacemos seremos los primeros beneficiarios.