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FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

¡¡¡GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO!!!

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * 2Cor 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

Finalizado el tiempo pascual celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Este gran misterio se refiere a la misma esencia de Dios.

            El trabajo de los teólogos es necesario y encomiable, pero sabemos por experiencia que no es la sabiduría la que nos salva. Ya san Pablo, que buceó penetrando en la sabiduría de Dios, dice al respecto: "No quise saber entre vosotros sino a Cristo y éste crucificado". Ésta es la sabiduría que salva, no la abundancia de conocimientos, fechas o datos.           

Otro apóstol, aquel que sondeó el corazón del Señor recostando la cabeza sobre su pecho, nos muestra cuál es la esencia del mismo Dios. Dios es Amor, nos dice. Ninguna palabra define con mayor fidelidad lo que es Dios y la manera en que Dios se nos manifiesta. Ahora bien, para que pueda darse el amor, son indispensables, por lo menos, dos personas: la persona que ama y aquella que es objeto de su amor.

            En el caso de la Santísima Trinidad la existencia de tres personas distintas hace posible la presencia del amor. La Palabra del Padre tiene tal consistencia, tal fuerza, que engendra desde toda la eternidad a una Persona distinta a Él que conocemos como al Hijo. Luego, entre el Padre y el Hijo surge una relación de amor de tan gran intensidad, que es el origen de la Tercera Persona: el Espíritu Santo.

            Evidentemente, en este intento de simplificar lo que es la Santísima Trinidad, los conceptos que empleamos no dejan de ser meras palabras que aclaran poco el misterio de Dios. Pero, aun logrando explicar algo de su esencia, de nada nos serviría conocerlo.

            Para nosotros es mucho más fácil conocer a la Trinidad por la obra que cada una de las divinas personas ha realizado en nuestras vidas.

            El Padre, amándonos a cada uno desde toda la eternidad, hizo que en un momento de la historia apareciéramos como personas. Nos dio la vida y nos hizo libres, para que pudiéramos amarle libremente sin coacción alguna.

            El Hijo apareció en nuestras vidas, cuando, usando mal del don de la libertad volvimos la espalda al Padre, y en nuestro desvarío, en vez de buscar la felicidad en su amor, la buscamos en sus criaturas. Él se hizo próximo a nosotros tomando nuestra misma naturaleza, para librarnos de la muerte en cuyas redes habíamos caído. Nos mostró el amor del Padre que nunca nos ha rechazado, amándonos hasta el extremo, hasta la muerte en cruz.

            Finalmente, para llevar a plenitud su obra, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, para que fuera fortaleza en nuestra debilidad, consuelo en nuestros sufrimientos y compañía en nuestra soledad. Él es nuestro defensor ante las asechanzas del maligno. Él, morando en nuestro interior, hace que experimentemos la filiación divina, que nos sintamos hijos de Dios y, por lo tanto, podamos llamarle, Abba, papá.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

El Tiempo Pascual culmina con la fiesta de Pentecostés que celebramos hoy. El Señor Jesús había dicho a sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré». Hoy, pues, con el envío del Espíritu Santo halla cumplimiento la promesa del Padre.

Con el envío del Espíritu Santo alcanza plenitud la Iglesia fundada por el Señor Jesús. Era mucho lo que los discípulos habían oído de labios del Señor, tanto que en una ocasión llegó a decirles que sabía que no podían con todo. Por eso les dijo: «Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Antes de ascender al cielo, el Señor había dicho a sus discípulos: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado». Por eso hoy, diez días después de la Ascensión, encontramos a los dicípulos reunidos en Jerusalén temerosos de los judíos, cuando de repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resuena por toda la casa donde se encuentran y ven aparecer unas lenguas, como llamaradas que se reparten y se posan encima de cada uno de ellos. En aquel momento la vida de los discípulos se transforma totalmente. La fuerza del Espíritu Santo les impulsa a  abrir las puertas y a salir a anunciar la resurrección del Señor, libres y sin temor alguno. De discípulos temerosos pasan a ser testigos valerosos del Señor Jesús, anunciando a todos que sigue vivo porque está resucitado en medio de ellos.

Con la venida del Espíritu Santo se completa el plan de salvación que Dios-Padre había preparado desde antiguo para ti y para mí. De ahora en adelante será el Espíritu Santo el que permaneciendo en medio de la Iglesia, la fortalecerá, la hará crecer y la santificará. Todo lo que ocurra en ella tendrá como origen, como motor, la fuerza de Espíritu santo. Será Él, el que habitando en nuestro interior transformará nuestro hombre de pecado en una criatura nueva. De pecadores hará de nosotros santos de altar, algo imposible de lograr para ti y para mí.

Todo aquello en lo que reside la auténtica felicidad, como amar sin límites, perdonar sin límites, entregarse sin límites a los demás, se hará realidad en nosotros por la acción del Espíritu Santo. Nada de esto está a nuestro alcance. Si no fuera por la obra del Espíritu Santo en nosotros, estaríamos condenados a ser esclavos de nuestros cuerpos, de nuestras bajas pasiones, de nuestros vicios y pecados. Es él el que nos libera de nuestra esclavitud, y el que desde nuestro interior testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo.

Ciertamente es el Señor Jesús el que ha ganado para nosotros con su Pasión, Muerte y Resurrección la salvación, pero, esta salvación no sería aplicable a nuestra vida, si no fuera por la obra santificadora del Espíritu Santo. Es Él, el que como dice san Pablo, obra en nosotros el querer y el obrar. Es cierto que el Señor Jesús está vivo y resucitado entre nosotros, pero el Padre ha dispuesto que el canal por el que llegue a nosotros esa salvación, sea el Espíritu Santo.


DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

«ID Y HACED DISCÍPULOS DE TODOS LOS PUEBLOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

Aunque correspondía celebrar esta fiesta de la Ascensión del Señor el jueves pasado, cuarenta días después de su Resurrección, la Iglesia, por ser ese jueves un día laborable, la traslada a este séptimo domingo de Pascua.

El Señor Resucitado ha estado manifestándose a sus discípulos en diversas ocasiones, a través de los cuarenta días que han transcurrido desde su resurrección. De esta forma ha afianzado su fe, haciéndolos al mismo tiempo testigos delante del pueblo, de que sigue vivo y está resucitado. Al mismo tiempo, les ha ido dando sus últimas instrucciones.

Hoy, en Galilea, les dice a sus discípulos: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado»

El Señor Jesús deja en manos de sus discípulos la misión de hacer llegar la Buena Noticia de Evangelio a todas las naciones de la tierra. La salvación que ha ganado para el hombre en la Cruz es universal, pero necesita ser dada a conocer a todas las gentes. Esa es, precisamente, la misión que encarga a sus discípulos. Es necesario que la Buena Nueva del Evangelio llegue hasta el último rincón de la tierra.

Hoy, tú y yo, ocupamos el lugar de aquellos discípulos, por tanto, las palabras que ha pronunciado el Señor Jesús, las ha pronunciado para ti y para mí. El Señor nos ha dado el don inestimable de ser miembros de su Iglesia, y la principal misión de la Iglesia, no es otra que dar conocimiento a todos los hombres de la salvación que ha ganado para todos en la Cruz el Señor Jesús.

No nos equivoquemos, la principal misión de la Iglesia no es celebrar eucaristías, hacer procesiones, administrar sacramentos y hacer otros actos de culto, ni tampoco llevar a cabo obras de caridad. Todo esto está muy bien y es necesario, pero el principal encargo del Señor, el más importante de todos, es hacer llegar al hombre pecador la buena noticia del amor de Dios manifestado en el perdón de los pecados, y la vida eterna que nos está reservada a todos, fruto de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

Si nos consideramos discípulos del Señor, no podemos renunciar a ser portadores de esa gran noticia a todos los que nos rodean, empezando por aquellos que están más cerca de nosotros. El Señor tiene dispuesto que nuestro testimonio, el tuyo y el mío, llegue a una serie de personas, a las que, quizá, si no lo hacemos, no llegue nunca esa gran noticia. Hemos de ser, por tanto, conscientes de la importancia de la misión que el Señor ha dejado en nuestras manos.

Es posible que, siendo conscientes de nuestra pobreza, la misión nos venga grande, pero eso solo sucede si únicamente confiamos en nuestro esfuerzo. No te mires a ti mismo. Que no te asusten tus miserias y pecados. El Señor te conoce y sabe a quién ha elegido. Por eso, para tu tranquilidad y la mía, para darnos ánimos, nos dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». ¿Hay algo que pueda darnos mayor seguridad que la continua presencia del Señor junto a nosotros?

 

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«NO OS DEJARÉ DESAMPARADOS, VOLVERÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21 

Estamos acercándonos al final del Tiempo Pascual que culminará con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En el evangelio de hoy, que pertenece al Discurso de las Despedidas de la noche de la Última Cena, el Señor Jesús anuncia a sus discípulos el envío del Espíritu Santo. En esta ocasión lo llama el Defensor, el Espíritu de la verdad, que el Padre derramará sobre cada uno de ellos.

El Señor conoce la debilidad de su rebaño. Conoce también el ambiente hostil en al que tendrán que enfrentarse sus discípulos. Por eso le da al Espíritu Santo la misión de Defensor, de Paráclito. Esta figura que está sacada de la antigua Grecia, pone de relieve con claridad la misión del Espíritu Santo. Cuando en aquel tiempo se llevaba a juicio a una persona, podía ocurrir que en el transcurso de la vista, se hiciera presente un personaje, el Paráclito, que sin decir ninguna palabra, solo con su presencia y después de dar una vuelta por el interior de la sala, pusiera de manifiesto la inocencia del acusado.

Esa es una de las misiones del Espíritu Santo en nuestra vida. Con su presencia deja demostrada frente al enemigo, que desea nuestra perdición, nuestra inocencia, ya que pone de manifiesto que nuestras culpas han sido lavadas y blanqueadas con creces por la Sangre del Cordero.

El Señor Jesús afirma también en el evangelio: «No os dejaré desamparados, volveré». Se va, pero volverá para quedarse siempre con nosotros hasta la consumación de los siglos. El mundo no lo verá, porque para verlo hacen falta unas gafas especiales. Pero nosotros lo veremos presente en su Iglesia, en la Eucaristía, en los pequeños, en los pobres, en los enfermos y necesitados… Recordemos sus palabras cuando nos dijo: «Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis».

Antes de terminar quisiéramos destacar una frase con la que empieza el evangelio de hoy: El Señor empieza diciendo: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Una frase semejante es la que utiliza al final: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama». En las dos frases aparece la palabra “mandamientos”, y por eso queremos detenernos en ella. No cabe duda de que el amor impulsa al que ama a hacer aquello que le agrada a la persona amada, a darle gusto, podríamos decir. El que ama de verdad, llega a olvidarse por completo de sí mismo sin ningún esfuerzo, en favor de aquella persona a la que ama.

Sin embargo, la palabra “mandamientos” lleva consigo una carga considerable de esfuerzo. Por nuestra educación, es fácil entender que los mandamientos del Señor se han de cumplir mediante nuestro esfuerzo, y eso no es cierto. El cumplimiento de la Ley, o los mandamientos del Señor, está totalmente fuera de nuestro alcance. No podemos cumplirlos en modo alguno, solo con nuestro esfuerzo.

Cuando el Señor dice a sus discípulos: «Amaos», parece que esté echando sobre sus espaldas una orden, una carga, que no serán capaces de cumplir. Amar es darse al otro por completo, y eso solo ha podido hacerlo Él. De ahí, que, conociendo su impotencia, les prometa el envío del Espíritu Santo. Será Él, el que habitando en su interior, les dará fuerza para hacer lo que para ellos es imposible. Fue el Espíritu Santo el que les dio la fuerza y nos la dará también a nosotros, para amar a los demás en la dimensión que lo hizo el Señor Jesús, entregando su vida por nosotros.


DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA  -A-

«YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6, 1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12

El fragmento del evangelio de hoy está sacado del Discurso de las Despedidas del evangelio de san Juan. Tiene lugar la noche de la Última Cena. El Señor Jesús, conociendo todo lo que va a suceder en esa noche, en la intimidad, reunido con los suyos, les va preparando para que los acontecimientos que se presentan, no les pillen por sorpresa. Por eso, empieza diciéndoles: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo... Adonde yo voy ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Los acontecimientos que iban a acontecer aquella noche y al día siguiente, era tan graves y de tal importancia, que desmontaban por completo  la idea que del Señor tenían sus discípulos. Ellos esperaban un Mesías que librara a Israel del sometimiento a los romanos, y ahora ven al Señor Jesús sometido a tormentos atroces y clavado en una cruz. Esto es algo totalmente irracional.

 A través de nuestra vida encontramos también muchos acontecimientos para los que no tenemos respuesta. Nuestra mente y nuestra razón son muy limitadas, por eso tenemos el peligro de quedarnos bloqueados y no saber a ciencia cierta qué hacer. Un ejemplo muy actual lo tenemos en lo que está ocurriendo en estos momentos en nuestra sociedad. ¿Quién hubiera imaginado esta catástrofe hace tan solo medio año? El corazón se nos encoge al comprobar la enorme cantidad de fallecimientos ocurridos, y al ver la falta absoluta de medios para atender a tanto enfermo. Hospitales colapsados hasta el punto de dejar de atender a personas mayores a causa de su edad. Imposibilidad de prestar el mínimo acompañamiento a los moribundos por parte de sus familiares, etc., etc. Y todo esto sucede en una sociedad tecnológica que ha alcanzado metas insospechables en el terreno científico. Un insignificante virus microscópico ha echado por los suelos toda la soberbia y prepotencia de nuestra sociedad.

Ante esta situación de impotencia total, hoy, el Señor nos dice: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí Vosotros creíais que tenías respuesta para todo. Creías que todo estaba controlado. Habíais plantado vuestra tienda en este mundo olvidando que vuestro destino final era el cielo. Que vuestra impotencia no os conduzca a la desesperación. No miréis hacia la tierra, mirad hacia el cielo en donde yo os he preparado un lugar, un lugar en donde no hay llanto, ni fatiga ni muerte. Yo mismo soy el camino que os conducirá hacia el Padre. Él os ama intensamente y solo desea para vosotros la felicidad.

Como el Señor ha estado durante todo el rato refiriéndose al Padre, Felipe, exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Podemos imaginarnos al Señor Jesús que, un tanto extrañado por la petición de Felipe, le dice: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». La Escritura nos dice que nadie puede ver el rostro de Dios y continuar con vida. Por eso, Dios-Padre, quiso que la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, tomara una naturaleza humana, mortal como la tuya y la mía, a fin de que nosotros pudiéramos contemplar su rostro y continuáramos con vida. Por eso, ahora se entiende lo que dice Jesús: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Esta circunstancia la tenían muy clara los primeros cristianos, que afirmaban que en el señor Jesús en la Cruz, veían el rostro radiante del Padre.

DOMINGO IV DE PASCUA -A-

DOMINGO IV DE PASCUA  -A-

«HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA Y LA TENGAN ABUNDANTE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10

La Iglesia, en este cuarto domingo del tiempo pascual, nos muestra al Señor Jesús encarnando la figura del Buen Pastor. Una figura de hondo raigambre en las Escrituras ya desde el Antiguo Testamento. Dios-Padre gusta presentarse a su Pueblo como el pastor que cuida con esmero a su rebaño, porque ama de un modo particular a cada una de las ovejas que lo forman y a cada uno de los corderillos.

No es de extrañar que el Señor elija esta figura del pastor, a fin de que los israelitas entiendan cómo es la relación especial que Dios quiere mantener con su Pueblo. El pueblo de Israel, desde los patriarcas, ha sido un pueblo de pastores que conoce la especial relación que el pastor mantiene con cada una de sus ovejas. Para él, no son un conjunto de animales. Una oveja no es número más del rebaño. El pastor conoce una a una a sus ovejas y las llama por su propio nombre. Conoce sus caprichos y sus debilidades. Por eso, esa relación es el paradigma de la relación que Dios quiere mantener con su pueblo.

También tú y yo, no somos para el Señor un número más como sucede en el ejército o en una cárcel. A ti y a mí, Dios-Padre nos conoce por nuestro nombre. Conoce nuestras debilidades, nuestros pecados y nuestras miserias. Conoce nuestro carácter y también conoce aquellas obras buenas que con su ayuda llevamos a cabo. Nada hay en nuestra conducta que pueda escandalizarle. Conoce también a cuántos peligros estamos expuestos por nuestra ignorancia o nuestra insensatez. Por eso, lo mismo que el pastor   prepara para el rebaño un aprisco donde se encuentre a salvo de los lobos y de las fieras salvajes que quieren cebarse con el rebaño, ha preparado para nosotros un aprisco que es la Iglesia. En ella podemos vivir tranquilos y confiados bajo la atenta mirada del pastor, siempre dispuesto a defendernos incluso poniendo en peligro su propia vida.

Hoy, precisamente, el evangelio nos habla de ese aprisco al que llega el Señor para coger a su rebaño y llevarlo a pastos frescos y fuentes tranquilas, en donde pueda pastar sin temor. El pastor llama a sus ovejas, a cada una por su nombre. Ellas, que conocen su voz, salen y lo siguen dóciles y confiadas. Él camina delante mostrándoles el camino verdadero.

El Señor Jesús se compara también hoy, con la puerta del aprisco. Nos dice: «Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».

Significa esto, que solo a través del Señor podremos encontrar la salvación. Él, es el único que ha entregado su vida para que tú y yo, «tengamos vida y la tengamos en abundancia». Por eso, en otra para dirá: «Nadie va al Padre sino por mí».

A nosotros nos toca actuar como a las ovejas que siguen a su pastor confiadas y sin temor alguno. Quiere esto decir que, ante los cuidados y desvelos del Pastor, nuestra respuesta ha de ser la docilidad. Como las ovejas, hemos de ser dóciles a la voz del Pastor y seguirlo confiados


DOMINGO III DE PASCUA -A-

DOMINGO III DE PASCUA  -A-

«QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14.22-33 * 1Pe 1, 17-21 * Lc 24, 13-35

San Lucas nos narra en el evangelio de hoy el pasaje de los discípulos de Emaús. Ocurre el mismo domingo de la resurrección del Señor por la tarde. El evangelista, nos dice, que dos discípulos, solo conocemos el nombre de uno, Cleofás, caminan hacia una aldea llamada Emaús. Van preocupados y pensativos. Han sido testigos de todo lo que ha ocurrido con el Señor Jesús en Jerusalén y no acaban de entender estos acontecimientos.

Mientras caminan, el Señor se pone a su lado e interviene en la conversación. ¿De qué habláis? les pregunta. Ellos, asombrados de su ignorancia, le ponen al corriente de todo lo ocurrido en Jerusalén, y al final añaden: «Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo».

El Señor, después de escucharles les dice: « ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?». Y a continuación, empezando por Moisés y siguiendo por los profetas les va explicando todo lo que las Escrituras dicen sobre Él.

Cerca ya de una posada, el Señor Jesús hace ademán de seguir su camino, pero ellos insisten para que se quede diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Consiente, y ya sentados a la mesa parte el pan, y es en ese momento cuando ellos lo reconocen, pero él, desaparece de su vista.

Si, como hemos dicho muchas veces, la Palabra de Dios es una palabra viva que busca encarnarse en la vida de aquellos que la escuchan, la de hoy tiene el poder de aterrizar en nuestra existencia de un modo muy especial. Tú y yo, como estos discípulos, caminamos por la vida si ser conscientes de que el Señor se hace presente, que está resucitado y camina a nuestro lado, aunque no seamos capaces de reconocerlo. Él ha dicho que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos y su palabra no puede fallar.

¿Dónde poder ver al Señor?, quizá, preguntes. El Señor se acerca a ti en la persona de ese pobre indigente que te alarga la mano pidiendo ayuda. De ese inmigrante, de ese forastero que está solo, lejos de su tierra y que no conoce a nadie que pueda ayudarle. De ese niño mocoso y de esa mujer hambrienta que cada noche rebuscan en los contenedores de basura, lo que tú y yo hemos desechado para llevárselo a la boca. También está en los ancianos y los enfermos abandonados o en ese pobre padre de familia que se ha quedado en el paro y no puede atender a las necesidades de su familia. A través de todos ellos se nos acerca el Señor. Él ha dicho, «lo que hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Además, no hemos de ignorar, que serán ellos los que un día darán testimonio de nosotros y nos abrirán las puertas del cielo. Es necesario, pues, tener los ojos bien abiertos para descubrir al Señor cada vez que se nos acerque.

Queremos incidir, finalmente, en la frase que emplean los discípulos para que el Señor se quede con ellos y no pase de largo: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Para muchos, el día de nuestra vida va de caída y muy especialmente en estos tiempos difíciles que estamos atravesando. Por eso, esa ha de ser siempre nuestra oración: “Quédate, Señor, no pases de largo porque te necesitamos”.

LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA 

 

En el segundo domingo de Pascua, la Iglesia celebra el Domingo de la Divina Misericordia. Esta fiesta tiene su origen en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

 En el año 2000, san Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia dijo que “es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de Domingo de la Divina Misericordia”. (Homilía, 30 de Abril, 2000).

 El Diccionario de la Real Academia Española define así la palabra MISERICORDIA: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos”. Y refiriéndola a Dios dice: “Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas”.

 Hemos dicho en repetidas ocasiones que la esencia, la materia, hablando en términos humanos, de la que está hecho Dios, es el amor. Pues bien, la manifestación más elevada,  más eminente de ese amor, es la misericordia. Por eso se dice que Dios es un Padre que nos ama con un corazón de madre. Las entrañas de Dios son las entrañas de una madre que ama a su hijo, hasta el extremo de ser capaz de dar físicamente su vida por él. Y esto es precisamente lo que hizo Dios por ti y por mí. San Pablo dice en su epístola a los Romanos: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». Significa esto que Dios no esperó a que nosotros fuéramos buenos para enviarnos a su Hijo como premio, nos lo envió, cuando éramos, por el pecado, sus enemigos. Su  amor llegó al extremo de que para salvar tu vida y la mía de la condenación eterna, no dudó en entregar a su Hijo, Dios como Él, a una muerte infamante.

 Si Dios, cegado por el amor que nos profesa, obró así, ¿cómo no van a removerse sus entrañas cuando nos ve sufriendo día tras día esclavos del pecado y de la muerte?

 Nada malo debemos esperar de Él, porque lo quiere es vernos felices experimentando su gran misericordia, para que también nosotros podamos ser misericordiosos no solo con nuestros hermanos, sino incluso con nuestros enemigos.