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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

«DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ap 7, 2-4.9-14 * 1Jn 3, 1-3 * Mt 5, 1-12a 

En este día, solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos ofrece un evangelio que debería alegrarnos profundamente. Decimos esto, porque, tanto en nuestro tiempo como a través de toda la historia, el hombre de toda condición, se ha esforzado por encontrar la fórmula mágica que le proporcionara la auténtica felicidad.

¿Cuál es la razón que impulsa al hombre para lograr alcanzar la felicidad? ¿Por qué nos empeñamos todos en ser felices? La respuesta es muy sencilla: porque para eso precisamente hemos sido creados, para ser inmensamente felices. Si eso, hoy, no es posible, es precisamente porque, utilizando mal nuestra libertad, hemos dado la espalda por el pecado, a Aquel que es el origen y la meta de nuestra existencia.

La clave para alcanzar esa ansiada felicidad, nos la ofrece el Señor Jesús en el evangelio de hoy. Lo que nos propone es la antítesis de lo que cada día nos presenta el mundo. Si preguntamos a nuestros conocidos qué necesitamos para ser felices, ninguna respuesta coincidiría con lo que hoy nos dice el Señor.

Empieza llamando dichosos o bienaventurados a los pobres de espíritu. Llama también dichosos a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los que usan de misericordia con los demás, a los limpios de corazón, a los que se esfuerzan por conseguir la paz, y por fin, a los perseguidos por causa de la justicia.

Todos estos valores o virtudes que el Señor ensalza son para el mundo una total necedad, porque, ¿cómo es posible pensar que uno que sufre, uno que llora, o uno que es pobre de espíritu, etc., pueda alcanzar ninguna meta importante en la vida? El mundo te dice, si quieres ser alguien, pasa por encima de quien sea para lograr tu objetivo. No seas blando, no te dejes arrastrar por sentimentalismos, lo importante es que tu medres caiga quien caiga.

Resumiendo, estas enseñanzas del Señor Jesús, son el inicio del Sermón del Monte, y encierran la clave de la verdadera felicidad, porque el común denominador de todas ellas, no es otro que el amor. Tú y yo hemos sido creados por amor y para amar, y únicamente lograremos ser felices si, teniendo en nuestro corazón el amor de Dios, somos capaces de amar al otro olvidándonos de nosotros mismos. Esto, desde luego, no está al alcance de nuestro esfuerzo, pero sí que podemos desearlo. Si lo hacemos así, el Señor derramará sobre nosotros su Espíritu, para que sea él, el que realice aquello que para nosotros es imposible.

Esta manera diferente de vivir el mundo no la tolerará, no consentirá que nosotros vayamos en contra de sus dictados. Por eso, por causa del Señor, seremos insultados, perseguidos y calumniados, pero no debemos temer nada, escuchemos lo que nos dice al respecto el Señor al final del evangelio: «Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos, hace presente a todos aquellos hermanos nuestros, anónimos o conocidos, en los que, por obra del Espíritu Santo, se cumplieron estas bienaventuranzas. Padres, hermanos, amigos o conocidos, que desde el cielo interceden por nosotros para que nos dejemos llevar por ese mismo Espíritu, y podamos un día gozar con ellos de la felicidad eterna.  


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, CON TODA TU ALMA, Y CON TODO TU SER

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 22, 20-26 * 1Tes1, 5c-10 * Mt 22, 34-40

Existe una pregunta que todos debemos hacernos en nuestra vida. De la respuesta que demos dependerá que nuestra existencia tenga una explicación, tenga un fin, tenga sentido, o sea un absurdo total. La pregunta en cuestión es la siguiente: Yo, ¿para qué estoy en el mundo? ¿Mi vida qué finalidad tiene?

La respuesta del ateo, del no creyente, puede ser que la creación, que nuestra vida, es un mero accidente. Que todo ha aparecido por pura casualidad. Que la presencia del hombre sobre la tierra, del propio universo, de la creación, es semejante a la aparición de las setas en un bosque, que, incomprensiblemente, de la noche a la mañana nacen como por arte de magia. Según esta forma de pensar, tendríamos que afirmar que el hombre, tú y yo, ha aparecido sobre la tierra por generación espontánea.

Esta manera de pensar, sin duda, repugna a la razón mucho más que aceptar que nuestra existencia y la de toda la creación, tienen como origen la existencia de un ser superior, de un creador, que los creyentes llamamos Dios.

Volviendo pues, a la pregunta inicial: ¿cuál es el sentido de la vida del hombre, de tu vida y de mi vida? Los creyentes, tenemos la suerte de conocer, por la revelación, la respuesta. En primer lugar, sabemos que nuestro origen es Dios y que, así mismo, nuestra meta es también Dios. Sabemos que hemos sido creados por amor y con la capacidad de poder amar. Resumiendo, somos fruto del amor y estamos hechos para amar. Esta es la razón de nuestra existencia.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, con su respuesta a los fariseos, confirmará todo lo que acabamos de exponer. A la pregunta, «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» El Señor responderá: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todo tu ser. El segundo es, amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Esto significa que, en nuestra vida, nada ha de ser tan importante como amar a Dios sobre todo, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Fuera de esto, nuestra existencia no tiene sentido alguno.

Nuestro Dios, nos ha creado y nos ha dado la vida por amor. Nos ha amado hasta el extremo cuando nos hemos apartado de Él, entregando a su Hijo a la muerte por nuestros pecados. No tenía una forma más sublime de demostrarnos su amor. Lo ha hecho, para que, siendo conscientes de cuánto nos ama, seamos capaces de, en nuestra limitación, devolverle ese amor.

La experiencia de ese amor en nuestro corazón, es la que nos posibilita a amar a nuestro prójimo. Si tu corazón y el mío rebosan del amor de Dios, será muy fácil amar a nuestros hermanos, dándoles un poco de lo que nosotros recibimos en abundancia de Dios. Ésta es pues la razón de nuestra existencia, y es el camino para lograr alcanzar la felicidad completa para la que hemos sido creados. Dios en nosotros, y nosotros en Él, y en nuestros hermanos. No puede haber felicidad más grande.  


 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«PAGADLE AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

San Mateo, en el evangelio de hoy, nos narra un pasaje en el que queda clara la mala voluntad con la que los escribas y fariseos se acercan al Señor.

En esta ocasión le plantean una cuestión, no sin antes alabar y ponderar su sabiduría y amor a la verdad: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios... ¿es lícito pagar el impuesto al César o no?» La mala fe es evidente. Ponen al Señor en un dilema. Si afirma que sí, aquellos que le siguen quedarán defraudados, porque el pueblo es contrario a los impuestos. Si dice que no, serán los propios romanos los que le encarcelarán considerándolo enemigo de Roma.

El Señor Jesús, dándose cuenta de la mala voluntad de aquellas personas, les dice: «¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Ellos le muestran un denario. «¿De quién es esta cara y esta inscripción?», pregunta. Del César, le responden. «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», responde zanjando la cuestión.

Nosotros podemos preguntarnos: ¿Cuál es nuestra postura con relación a Dios y a nuestros deberes como miembros de la sociedad? ¿Somos conscientes de que debemos cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos? La Iglesia, basándose en la Escritura, reconoce que toda autoridad proviene de Dios. Por lo tanto, las leyes que la autoridad promulgue son para nosotros de obligado cumplimiento. ¿Todas?, nos podemos preguntar. No, sólo aquellas que estén de acuerdo con la ley de Dios o con la ley natural. Tenemos, pues, obligación de cumplir todas aquellas leyes que sean justas, que busquen el bien común y que respeten la ley natural que Dios ha grabado en el corazón del hombre.

Lo expuesto significa la prevalencia de la voluntad de Dios por encima de las leyes de los hombres. «Dad a Dios lo que es de Dios», dice el Señor Jesús. ¿Qué significa esto? Significa que por encima de toda ley humana está el precepto «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Toda norma, ley o decreto humano que no respete este precepto, debe ser rechazada por aquel que se considere cristiano.

Nos ha tocado vivir en una sociedad que está dando la espalda a Dios. Una sociedad desorientada, insensata y ególatra, de la que emanan leyes perversas que no respetan la vida, como las que se refieren al aborto o la eutanasia, que no defienden a la familia, y que presumen de ser legales, porque las han promulgado cámaras legislativas elegidas democráticamente. Normas tan absurdas y destructivas como las que emanan de la ideología de género, que defiende que el sexo no tiene su origen en la naturaleza, sino que es algo que cada individuo puede elegir siguiendo sus preferencias particulares.

Con todas estas leyes contrarias a la ley natural, el hombre pretende ocupar el lugar de Dios. Ya no es Dios el primero. Por tanto, moralmente, no solo no deben ser acatadas por un cristiano, sino que tienen que ser combatidas. Sin duda, esto, nos puede acarrear persecución, pero nos dará también ocasión de ser testigos de la Verdad, que es lo mismo que ser testigos de Jesucristo.


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«CONVIDAD A LA BODA A CUANTOS ENCONTRÉS EN LOS CUCES DE LOS CAMINOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 25, 6-10a * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

El Señor Jesús continúa dirigiéndose a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Les habla a ellos, porque son los que están al frente del pueblo elegido por Dios como heredero de las promesas hechas a los antiguos padres. Hoy, utilizará también una parábola.

Comparará el Reino de los Cielos a un rey que preparó un gran banquete para celebrar la boda de su hijo. Cuando todo estuvo a punto mandó aviso a los convidados, pero todos se fueron excusando. Hubo incluso algunos que se atrevieron a maltratar a los criados hasta llegar a matarlos.

El rey, irritado, envió a sus tropas para que acabaran con aquellos asesinos e incendiaran su ciudad. Luego, llamó a sus criados y les dijo: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda».

El Señor Jesús quiere hacer ver a los notables de Israel, que son ellos los que están rechazando entrar en el Reino de Dios, simbolizado en las bodas. Son ellos los que han encontrado mil excusas para no atender la invitación de Dios. Han hecho oídos sordos a los profetas que se les han enviado y, en alguna ocasión, han llegado incluso a quitarles la vida.

La aplicación práctica de esta parábola a nuestra vida podemos considerarla desde un doble punto de vista. Por una parte, hemos de estar agradecidos al Señor porque, ante la negativa del pueblo, hemos sido nosotros, los gentiles, los que no pertenecemos al pueblo de Israel, los que nos hemos beneficiado. Somos de los que los criados han buscado por las plazas, las calles y los cruces del camino para invitarlos a las bodas. No estaba previsto así, pero la rebeldía de unos ha servido para que otros se beneficien.

El segundo enfoque de la parábola que también afecta directamente a nuestra vida es el siguiente. Nosotros somos ahora los invitados a las bodas. Pertenecemos a la Iglesia, que es el nuevo pueblo de Israel, pero no estamos exentos de actuar como los primeros invitados de la parábola. Los intereses personales, la atracción de los placeres del mundo, las preocupaciones de la vida, etc., pueden resultar una tentación para que les demos prioridad, nos comportemos como aquellos convidados, y releguemos lo que de verdad es importante para la vida: poner al Señor Jesús en el centro y, con su ayuda, estar abiertos a cumplir la voluntad de Dios.

Referente al endurecimiento del corazón del pueblo de Israel, san Pablo, en su Carta a los Romanos dice que durará sólo hasta que el Evangelio llegue a todos los gentiles, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Nosotros, por tanto, nos beneficiamos de esa rebeldía temporal, pero hemos de tener en cuenta que ellos son el olivo verdadero, y que nosotros somos los que estamos injertados en él.

En la parábola aparece un invitado que ha acudido a la boda sin llevar el traje de fiesta. El rey, al verlo, extrañado le pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» Al no saber qué contestar, el rey ordena que sea arrojado a las tinieblas del exterior. Nos preguntamos: ¿cuál es el vestido, el manto capaz de cubrir nuestra desnudez y nuestros pecados? Sólo hay uno. El manto de la misericordia divina, manifestada en la Sangre derramada por el Señor Jesús en la Cruz, que es capaz de blanquear hasta nuestros mayores pecados.  


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LO EMPUJARON, LO SACARON FUERA DE LA CIUDAD Y LO MATARON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 5, 1-7 * Flp 4, 6-9 * Mt 21, 33-43

En el evangelio de este domingo, el Señor Jesús, habla a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, y lo hace, una vez más, utilizando una parábola. En ella refiere que un propietario plantó una viña, la cercó, construyó un lagar y la casa del guarda y luego la arrendó a unos labradores.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para que cobraran la parte que le correspondía. La respuesta de los trabajadores fue tremenda. Se negaron a pagar, maltrataron a los criados e incluso llegaron a dar muerte a uno. De nuevo envió a otros criados en mayor número, pero la respuesta por parte de los labradores fue la misma.

Finalmente decidió enviar a su propio hijo, pensando que, por lo menos, lo respetarían. Sin embargo, al verlo los labradores dijeron: «Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Lo empujaron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.

Llegado a este punto el Señor pregunta: «¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos labradores?» Le contestan: «Hará morir de mala muerte a aquellos malvados y arrendará la viña a otros labradores»

Si observamos la parábola nos daremos cuenta que en ella está reflejada toda la historia de salvación. La viña cuidada y mimada es el Pueblo de Israel. Los labradores son aquellos que el Señor ha puesto al frente para que la cuiden y hagan que produzca frutos abundantes. Los criados enviados por el amo son los profetas que señalan el camino y llaman al pueblo a conversión.

¿Cuál fue la respuesta de Israel a los mimos y cuidados del Señor? Dio culto a otros dioses, se apropió de sus bienes y maltrató, incluso hasta la muerte, a aquellos que el Señor enviaba para llamarles a conversión. Y, no sólo eso, sino que cuando el enviado fue el propio Hijo del Amo, lo maltrataron y empujándolo fuera de la ciudad, lo clavaron en una cruz.

Esta parábola, como ya hemos indicado, va dirigida a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Sin embargo, halla también cumplimiento en nuestra vida. No estamos nosotros muy lejos del comportamiento de los sumos sacerdotes. También a nosotros el Señor nos ha llamado a trabajar en su viña, que es la Iglesia, para que demos los frutos correspondientes. Tú y yo, no hemos dado muerte físicamente a los que se nos han enviado, pero, obrando según nuestro criterio, nos hemos aprovechado egoístamente de los dones del Señor, y hemos hecho oídos sordos a aquellos que, de su parte, nos han llamado a conversión. También, por nuestros pecados, merecemos la muerte.

Sin embargo, por misericordia de Dios, nuestra suerte es muy distinta a de la de aquellos labradores homicidas. Ellos vivían bajo el régimen de la ley y, por tanto, estaban sometidos a los castigos que su incumplimiento acarreaba. Nuestra situación es diferente. Nosotros, gracias a la Sangre derramada por el Señor Jesús que ha pagado con creces por todos nuestros pecados, vivimos en el régimen de la gracia. Significa esto que, acogiéndonos a la misericordia de Dios, estamos salvados. Depende de nosotros aceptar o rechazar esa salvación.


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS OS PRECEDERÁN EN EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 18, 25-28 * Flp 2, 1-11 * Mt 21, 28-32

El evangelio de este domingo nos sitúa ante una cuestión que, sobre todo, para aquellos que intentamos vivir nuestra vida de fe en la Iglesia, puede plantearnos un serio interrogante.

El Señor Jesús propone a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo una parábola. En ella habla de un hombre que tenía dos hijos a los que encarga ir a trabajar a la viña. El primero se niega en redondo, pero al rato, después de recapacitar, marcha a la viña. El segundo, por el contrario, acepta sin protestar el encargo de su padre, pero no va a la viña.

El Señor, pregunta: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» Le contestan: «El primero». El Señor Jesús continúa diciendo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Los que estamos viviendo nuestra vida de fe en la Iglesia, tenemos el peligro de obrar como el segundo hijo. Aparentemente aceptamos todo lo que se nos enseña. No solemos protestar. Sin embargo, nuestras obras no concuerdan con lo que de palabra profesamos. Dicho de otra manera, nuestra vida de fe, discurre por derroteros muy diferentes a lo que demuestran nuestras obras.

Esta manera de actuar nos hace daño en primer lugar a nosotros, y en segundo lugar a aquellos que, contemplando el divorcio que existe entre lo que decimos creer y nuestras obras, en vez de sentirse atraídos por la Iglesia, la rechazan de plano.

Sin embargo, si en vez de aparecer como cumplidores de la ley, que es lo que hacían los escribas y fariseos, se hace manifiesta nuestra pobreza, nuestro pecado, como ocurría en el caso de las prostitutas y de los publicanos, seremos objeto de la misericordia de Dios, que se complace en aquellos que son pobres, que son pecadores, que conocen la ley, pero que son incapaces de cumplirla. De este modo será realidad lo que dice el Señor: «Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos».

 Llegados a este punto sería bueno preguntarnos: ¿En cuál de los dos hijos me veo representado? ¿Soy de los rebeldes, de los que protestan, de los pecadores, aunque al final reconozco que no tengo razón y acabo obedeciendo? O más bien ¿aparento ser cumplidor y obediente, aunque esto sólo sea un barniz exterior con el que pretendo tapar mi pobreza y mis pecados?

El Señor no se fija en las apariencias. El Señor penetra el corazón y conoce todas nuestras intenciones. Ante Él nada hay oculto. Por eso vale la pena no esconder nuestra limitación, nuestros pecados, para poder experimentar su amor, su misericordia y su perdón. Por muchos que sean nuestros pecados, mayor es su misericordia y comprensión. 


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ASÍ, LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS Y LOS PRIMEROS LOS ÚLTIMOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 6-9 * Flp 1, 20c-24. 27a * Mt 20, 1-16        

Una vez más, el Señor, expone su doctrina por medio de parábolas. De este modo, recurriendo a situaciones de la vida ordinaria, hace que sus enseñanzas lleguen con mayor facilidad a la gente sencilla que le sigue.

Hoy compara al Reino de los Cielos a un propietario que sale al clarear el alba a la plaza, con objeto de contratar trabajadores que vayan a su viña. Ajusta con ellos el jornal quedando en cobrar un denario por jornada.

A media mañana sale de nuevo y viendo a otros que está en la plaza sin trabajar, les envía a la viña con el compromiso de pagarles lo debido. Esta acción se repite de nuevo a mediodía y también a la caída de la tarde. A estos últimos les dice: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Ellos le responden: «Nadie nos ha contratado». «Id también vosotros a mi viña».

Al oscurecer, el dueño dice al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros». La sorpresa y el disgusto de los llamados a primera hora es enorme, porque viendo que a los últimos se les ha entregado un denario, ellos esperan recibir un sueldo superior. La respuesta del amo no da lugar a discusión: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete».

Quizá alguno de nosotros también considere injusta la manera de obrar del propietario de la viña. Tenemos muy grabada en nuestro interior la llamada justicia distributiva. Cada uno, según este concepto, debe recibir la paga que corresponda al trabajo realizado. El propietario de la parábola, pues, habría actuado injustamente con sus trabajadores.

Sin embargo, las enseñanzas del Señor Jesús, siguen otros derroteros. Veámoslos. El dueño de la viña es Dios-Padre y los trabajadores son los llamados a pertenecer al Pueblo de Dios. Significa esto que la llamada de Dios a pertenecer a su Iglesia, que es el Reino de Dios en este mundo, puede sobrevenirnos en cualquier momento de nuestra vida. Unos, hemos sido llamados desde nuestra niñez. Otros, han conocido al Señor en la juventud o en la madurez. Finalmente, otros, han entrado a formar parte de la Iglesia de Jesucristo en la ancianidad. El resultado para todos es el mismo: la paga que recibimos de nuestro Padre-Dios es la vida eterna, simbolizada en el denario que reciben los viñadores.

Según nuestra concepción moralista, podríamos pensar: si la salvación es la misma, si puede obtenerse en la vejez, ¿qué ventaja supone pertenecer a la Iglesia desde la niñez o la juventud? Si pensamos así, es porque no hemos descubierto el gran regalo que supone vivir nuestra vida de fe en el seno de la Iglesia. Cuanto antes se conoce al Señor Jesús, cuanto antes tenemos experiencia de que vive resucitado a nuestro lado, siempre dispuesto a ayudarnos en las contrariedades, en los sufrimientos, y en nuestra impotencia de hacer el bien, más pronto se saborea como anticipo la vida eterna que nuestro Padre-Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros. Nuestra vida, entonces, adquiere desde el principio sentido, a diferencia de lo que les ocurre a aquellos que, por no conocer al Señor, sufren de una manera ciega sin encontrar la razón última de su existencia.  


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SEÑOR, ¿CUÁNTAS VECES HE DE PERDONAR A MI HERMANO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27,30—28, 7 * Rm 14, 7-9 * Mt 18, 21-35

Para reconocer a un cristiano existen dos signos que son inequívocos: el perdón mutuo y el amor al enemigo. Los dos son signo del amor, y son para nosotros imposibles de llevar a la práctica sin la presencia de Dios en la vida, ya que Dios es amor. El amor es entrega, es donación, es renuncia a uno mismo en favor de la persona amada. El verdadero amor siempre está dispuesto a dar sin esperar recompensa alguna.

Hoy el evangelio trata de uno de estos signos: el perdón. Pedro quiere saber hasta donde debe llegar el perdón, y por eso plantea al Señor esta cuestión: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». La respuesta del Señor no deja lugar a ninguna duda: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». El siete es un número que en la Biblia hace referencia a una empresa, a una labor completada, terminada. Lo vemos en los siete días de la creación y en otras muchas circunstancias de la Escritura. Teniendo en cuenta esto, la respuesta del Señor, setenta veces siete, indica que el número de veces que hay que perdonar es infinito.

El Señor Jesús, para aclarar más este tema propone a sus discípulos la parábola del siervo sin entrañas. La deuda que un siervo mantiene con el rey, su señor, es desorbitante, diez mil talentos, unos trescientos mil euros oro. No teniendo con qué pagar, el señor ordena que sea vendido él con su familia y sus bienes. El siervo se arroja a los pies de su señor implorando clemencia. Éste, conmovido, le deja ir perdonándole la deuda.

Al salir, el siervo encuentra a un compañero que le debe cien denarios, medio euro aproximadamente. Le exige pagar la deuda, y al no poder hacerlo manda que lo encierren en la cárcel. El hecho llega a oídos del señor que, irritado, dice al siervo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» E irritado lo entrega al verdugo hasta que pague el último céntimo. Jesús termina diciendo: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Esta puede ser tu historia y mi historia. Nuestros muchos pecados nos hacen deudores de Dios-Padre. Él, para librarnos de la muerte que acarrea necesariamente el pecado, nos entrega la Sangre de su querido Hijo. No puede darnos un tesoro más grande. Su misericordia se derrama abundantemente sobre nosotros. Y, nosotros, ¿qué hacemos con los hermanos que nos ofenden? Exigimos justicia. Reclamamos nuestros derechos. Somos unos egoístas incapaces de perdonar de corazón.

Lo cierto es que nuestro hombre de la carne nos impide ser generosos con el hermano que nos ha ofendido, y nos hace incapaces de perdonar. Por eso, el Señor Jesús, está dispuesto a entregarnos la fuerza de su Espíritu, si nosotros se la pedimos. Somos miembros de la Iglesia, y, por tanto, estamos llamados a hacer presente el amor de Dios a los hombres. Con nuestro perdón al hermano, haremos presente el perdón que Dios nos ha otorgado primero.

El Señor hoy nos dice: ¿Has experimentado mi amor y el perdón de tus pecados? Ve, y con la fuerza de mi Espíritu, haz tú lo mismo con los que te rodean.