Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DADLES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21          

En el evangelio de hoy vemos que Jesús al tener conocimiento de que Herodes ha ordenado decapitar a Juan el Bautista, afectado por la noticia, se embarca buscando un lugar tranquilo y apartado donde descansar. La gente al saberlo le sigue por tierra, de manera que, al desembarcar, el Señor se encuentra con un gran gentío que le espera.

La reacción del Señor al ver a la gente es, con toda seguridad, muy distinta a la que hubiéramos tenido nosotros. Es fácil que nosotros hubiéramos sentido fastidio al comprobar que ni siquiera podíamos disponer de unos momentos de descanso. Jesús, por el contrario, nos dice san Mateo, «al ver el gentío le dio lástima y curó a los enfermos». Comprendía la necesidad que tenían de escuchar su palabra y el cansancio que sentían por la caminata que habían llevado a cabo. Esa es la mirada del Señor cuando se fija en ti y en mí, cansados del camino y heridos por el pecado. Nunca tiene una mirada de reproche, al contrario, conoce nuestra situación. Sabe que los problemas de la vida a veces nos agobian, y está dispuesto a echarnos una mano. Nos mira con cariño.

Entre tanto, se ha hecho tarde. El día va de caída y el lugar en donde están dista bastante de las aldeas. Los discípulos, preocupados, dicen al Señor: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer». La respuesta del Señor les deja un tanto descolocados: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». «Sólo tenemos cinco panes y dos peces», responden. El Señor les dice: «Traédmelos».

El Señor Jesús hace que la gente se recueste sobre la hierba. Coge los cinco panes y los dos peces, pronuncia la bendición, los parte y los entrega sus discípulos para que los repartan entre la gente. Comieron todos hasta saciarse, dice el evangelio, y con los trozos sobrantes llenaron doce cestos. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

La situación que san Mateo nos narra en este evangelio, se repite hoy entre nosotros casi al pie de la letra. Si nos fijamos en la sociedad actual, en aquellos que nos rodean, comprobaremos que todos se afanan en buscar una vida mejor, en buscar una felicidad que no llega. Es hambre de ser felices lo que la gente siente, aunque, ni el dinero, ni la amistad, ni los afectos, ni el sexo, ni el trabajo o la familia, consigan llenar el corazón. Desconocen que lo único que puede saciarles, lo único que puede hacerles felices dándoles paz en el corazón, es el amor de Dios. Un amor distinto a todos. Un amor que no conoce exigencias. Un amor que perdona sin límite. Un amor dispuesto siempre a dar, aunque no reciba nada.

Tú y yo, discípulos de Jesucristo, elegidos por Él como colaboradores suyos, hemos de mirar con cariño a todos los que, por vivir alejados de Él, no encuentran sentido a su vida, no encuentran nada que sacie de verdad su corazón. El Señor nos llama a hacer llegar a todos el conocimiento de su amor. Hoy, como a los discípulos de entonces, nos dice: «dadles vosotros de comer». Decidles que existe un pan que sacia, un pan capaz de llenar los deseos de felicidad que todos sienten.

Es urgente que lo que nosotros, por gracia de Dios, hemos experimentado en mayor o menor grado, lo hagamos llegar a los demás.

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO EN EL CAMPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 3 5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52

El evangelio de hoy nos presenta las tres últimas Parábolas del Reino. La primera, el tesoro escondido en el campo, y la segunda la del comerciante en perlas finas, nos muestran a dos personajes que, al encontrar un objeto de gran valor, no dejan pasar la ocasión, y deshaciéndose de todos sus bienes, consiguen adquirir el valioso objeto.

En el primer caso se trata de un tesoro inmenso hallado en un campo, y el que lo encuentra no duda en vender todos sus bienes, con tal de poder adquirir aquel campo y entrar en posesión del tesoro.

En el segundo caso el protagonista es un mercader en perlas finas que, al descubrir una de un gran valor, sin pensarlo dos veces, vende cuanto tiene con tal de poder adquirir aquella la valiosa perla.

A través de estas dos parábolas el Señor nos invita a considerar nuestra vida de fe. Quizá tú pienses que no has sido tan afortunado como los personajes de estas dos parábolas. Ni has descubierto un tesoro escondido en el campo, ni has encontrado una perla de valor extraordinario.

Yo, sin embargo, me atrevo a preguntarte: ¿eres consciente del don que el Señor te ha dado gratuitamente a través de su Palabra? ¿Qué don, preguntas? Conocer el amor de Dios, el perdón de tus pecados, la misericordia divina y al final, una vida eterna e inmensamente feliz. ¿Lo has pensado alguna vez, o te pasa como a Esaú que no sabe valorar el don que tiene, y por un placer pasajero, un simple plato de lentejas, es capaz de renunciar a la primogenitura y a la bendición de Dios?

La felicidad que el mundo te ofrece es fugaz y a la vez falsa. Dinero, poder, sexo… nada de esto puede llenar por completo el corazón del hombre. Esforzarse por todos estos bienes, al final sólo produce hastío y desencanto, y lo peor, nos priva de libertad y nos esclaviza. Ya lo decía muy bien aquella vieja canción ranchera: “Todos queremos más”. Nunca nos encontramos saciados. Esto, que visto con ojos humanos parece una maldición, es, sin embargo, un don del Señor. Si las cosas del mundo fueran capaces de satisfacer a nuestro corazón, nunca buscaríamos al Señor.

Por el contrario, vivir con la certeza del amor de Dios que nos capacita para amarnos y perdonarnos, saber que después de un breve tiempo nos espera una vida eterna y feliz, nos empuja a considerar basura todo lo que nos ofrece el mundo. Ya lo dice el Cantar de los Cantares: «Dar por ese Amor todos los bienes de la casa, sería despreciarlo». Por eso, los protagonistas de las parábolas, no dudan en deshacerse de todos sus bienes, para adquirir el tesoro y la perla preciosa.

No seamos, por tanto, necios y no sigamos pidiendo la vida a las cosas materiales. No nos dejemos engañar. Recordemos las palabras de san Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti”.

La tercera parábola de hoy, la de la red, nos recuerda que estamos viviendo un tiempo de gracia. Vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios, disfrutando del don de la libertad personal que el Señor nos ha dado y que nunca violentará. Pero, ciertamente, nuestro tiempo, el tuyo y el mío, un día terminará. Aprovechemos, pues, este tiempo, para que cuando finalice, seamos contados entre aquellos que se han acogido a la misericordia de Dios, y son contados entre los buenos.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A...

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12,13.16-19 * Rm 8, 26-27 * Mt 13, 24-43

El Señor Jesús sigue hablando a las gentes mediante parábolas. Hoy son tres las que la Iglesia nos propone en el evangelio. La primera es la parábola de la cizaña. Esta parábola pone de manifiesto el antagonismo que desde el principio de los tiempos ha existido entre el bien y el mal.

Sabemos que antes de la creación del mundo, Dios, supremo bien, creó a los ángeles. Conocemos también por las Escrituras cómo un grupo de esos ángeles, capitaneado por Luzbel, se rebeló contra su Creador. Finalmente, conocemos también, cómo Miguel y sus ángeles entablaron batalla contra los rebeldes, les vencieron y les arrojaron del cielo.

Este enfrentamiento entre el bien y el mal, ha estado presente desde el principio en toda la historia de la salvación. El maligno, con su soberbia, ha intentado desde siempre hacer daño al Creador, sin conseguirlo. Por eso, no pudiendo atacarle personalmente, ha pretendido hacerle daño atacando al hombre que es la criatura predilecta de Dios.

Hoy, por una parte, vemos al sembrador, al Señor Jesús, sembrando buena semilla en el campo del mundo, y vemos también cómo el enemigo, por la noche, siembra en el campo la cizaña. Al crecer, empiezan a distinguirse las plantas de trigo y también las de cizaña, pero, como muestra de la paciencia de Dios y de su amor hacia el que se equivoca, no se arranca de inmediato la cizaña, sino que se deja que crezca junto con el trigo. Se trata de dar un tiempo de gracia, un tiempo que permita al pecador dar un giro a su vida, abriéndose a la misericordia de Dios y a su perdón.

¿Qué sería de nosotros si, cuando pecamos, cuando damos la espalda a Dios, él actuara de inmediato como lo hacen los hombres aplicando la justicia humana? Ninguno de nosotros alcanzaría la salvación. Por eso es necesario estar atentos continuamente porque no todo lo que encontramos en el mundo es trigo limpio. Necesitamos que el Señor nos conceda discernimiento para poder distinguir el bien de aquello que no lo es, a pesar de parecerlo.

Otra parábola del Señor Jesús es la del grano de mostaza. Se trata de una parábola que hace referencia directa a la Iglesia. La semilla de mostaza es una de las semillas más diminutas que podamos encontrar. Sin embargo, cuando se deposita en la tierra y germina, crece hasta convertirse en un arbusto más alto que las hortalizas, de manera que permite que los pájaros aniden en sus ramas.

Hemos dicho que esta parábola hace referencia a la Iglesia, que es el Reino de los cielos en el mundo, porque en el transcurso de la historia, el crecimiento que ha experimentado ha sido semejante al de la semilla de mostaza. Comenzó con doce pobres hombres, la mayoría pescadores, que no tenían una gran cultura, sino todo lo contrario, y que en los momentos difíciles abandonaron a su Maestro y se escondieron temerosos. Este material humano es que eligió el Señor Jesús para dar comienzo a su Iglesia, y fue la humildad, la pobreza y la sencillez de aquellos hombres, unida a la acción del Espíritu Santo en ellos, la que hizo que Iglesia se extendiera por todo el mundo como una mancha de aceite. Aquella semilla, ahora árbol frondoso, es la que hoy nos da cobijo a todos los creyentes.

Finalmente, una tercera parábola, la de la levadura, es la que pone de manifiesto la misión que Dios desea que llevemos a cabo los creyentes. Para hacer fermentar una gran masa de harina, sólo hace falta una pequeña cantidad de levadura. Esa levadura somos tú y yo, que somos muy poca cosa, pero que podemos ser capaces de hacer fermentar a una gran masa de personas, si dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas. El mérito no será nuestro, será del Señor, pero nosotros habremos sido instrumento en sus manos para que su salvación alcance a todos los que nos rodean. Dejémonos, pues, llevar por Él, si lo hacemos seremos los primeros beneficiarios.

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DICHOSOS VUESTROS OJOS PORQUE VEN Y VUESTROS OÍDOS PORQUE OYEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

La parábola del Sembrador que hoy se ha proclamado en el evangelio, pone en evidencia las distintas formas que adopta la gente ante el anuncio de la Buena Noticia.

El Señor, una vez más, para hacer más comprensible su predicación, recurre a las parábolas. En esta ocasión, la imagen que elige es la de un sembrador. Lo hace porque, para aquellos que le escuchan, la figura del sembrador es harto familiar. Todos conocen los trabajos del campo porque pertenecen a un pueblo de agricultores y pastores.

El Señor Jesús explica en la parábola, que no toda la semilla alcanza a caer en tierra fértil. El motivo es que, a diferencia de lo que hoy se hace con máquinas, el sistema de siembra utilizado entonces era el conocido como siembra a voleo, que consiste en coger un puñado de semillas y lanzarlas con la mayor destreza posible para que queden esparcidas uniformemente por el terreno de cultivo. El problema surge cuando se siembra cerca de zonas pedregosas próximas al camino o en los zarzales que limitan el campo, ya que involuntariamente parte de las semillas caen en estas zonas. Significa esto que, de toda la semilla esparcida, una buena parte cae en tierra fértil, otra sobre pedregal o en los zarzales y finalmente otra cae en el camino.

El Señor utiliza el símil entre la siembra del grano de trigo y la siembra de la Palabra de Dios, para hacernos comprender lo que de verdad nos sucede a nosotros cuando nos disponemos a escuchar la Buena Noticia del Evangelio. No todos adoptamos la misma actitud. Para unos la Palabra de Dios no se diferencia en nada de la palabra de los hombres. No son permeables a la Palabra y por lo tanto no penetra en su interior. Les ocurre exactamente como a la semilla que cae en el camino. No tiene ninguna opción de germinar y sólo sirve como alimento de las aves o para ser pisoteada por los caminantes.

A la semilla que cae en pedregal le sucede que es capaz de germinar aprovechando la poca humedad de que dispone, pero que acaba secándose porque esa humedad resulta insuficiente para crecer. En este grupo se encuentran aquellos que, al escuchar la Palabra reconocen en ella la verdad, pero se cansan, abandonan pronto y no son capaces de dar fruto.

El grano caído entre zarzas consigue crecer y se desarrolla considerablemente, pero los abrojos y las malas hierbas, finalmente, le impiden dar fruto. Esto mismo ocurre a aquellos que descubren en la Palabra la verdad, pero son tantas las preocupaciones sobre la salud, el dinero, el trabajo, la vida social, etc., que acaban sofocando a la Palabra y son incapaces de dar fruto.

La semilla caída en tierra fértil, que da fruto abundante, representa a aquellos que han descubierto en la Palabra la razón de ser de su vida. Para ellos todo lo demás es relativo, sólo la Palabra es capaz de dar sentido a su existencia, y como consecuencia el fruto que dan es muy abundante.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos ¿a qué grupo pertenezco? ¿Soy de los que la predicación les resbala o soy de los que escuchan, pero están demasiado preocupados por las cosas del mundo y no intentan vivir según el Evangelio? Si es así, no pierdas de vista que esa actitud embota el corazón, cierra los oídos e impide la conversión.

Pidamos humildemente al Señor su gracia, para ser conscientes de que lo que hoy el Señor nos regala muchos lo han deseado sin conseguirlo, mientras que, a ti y a mí, se nos da sin merecerlo.


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Zac 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

Santiago nos dice en su carta: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes». ¿Por qué dirá esto el apóstol, podemos preguntarnos? La respuesta es muy sencilla. El corazón de Dios, que tiene entrañas de madre, se conmueve cuando el hombre, tú y yo, es consciente de su debilidad, de sus fallos, de su impotencia a la hora de obrar el bien. Dios sabe que nos ha dado un corazón que ansía continuamente ser feliz y sabe, también, que por más que nos esforcemos nunca llegaremos a alcanzar esa felicidad.

Hay dos caminos para salir de esta situación. Por una parte, podemos rebelarnos, endiosarnos y creer que esforzándonos podemos lograr la felicidad, es lo que hizo Lucifer alzándose en contra de Dios, y también Adán y Eva que quisieron igualarse a Él. Los habitantes de la tierra después del diluvio, intentaron también, por soberbia, perpetuar su nombre construyendo una torre que alcanzara al cielo. Unos y otros, así como los soberbios que a través de la historia han querido destacar y dominar por su esfuerzo, han fracasado estrepitosamente. Dios no permite que nadie le arrebate su gloria.

El otro camino para alcanzar la felicidad es el de la humildad. Es el de aquellos que, reconociendo su inutilidad, su impotencia y su pecado, se acogen a la misericordia de Dios.  A Dios se le ensancha el corazón cada vez que puestos en su presencia, somos conscientes de que nada bueno puede salir de nosotros. Por eso, hoy, en el evangelio, el Señor Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Obrando así, Dios-Padre, ha querido manifestar que la obra de salvación la ha iniciado Él, la sostiene Él actualmente, y será Él el que por fin la llevará término. Nosotros no seremos nunca los protagonistas, seremos los beneficiarios de esa salvación. El Señor sólo nos pide que seamos dóciles a sus inspiraciones, que no opongamos resistencia, que le dejemos llevar adelante su obra en nosotros.

Si hoy te consideras pequeño, pobre, pecador, tienes que alegrarte, porque las palabras del Señor Jesús están dichas para ti. Él se complace viendo cómo el Padre obra maravillas en tu vida, sin que tu condición pecadora sea impedimento. Al contrario, si el Señor te ha elegido, es, precisamente, por tu pobreza y pequeñez, a fin de que no haya duda de que es Él, el que lleva adelante esta empresa.

El Señor Jesús sabe que tu vida y la mía es una lucha constante, una lucha con grandes agobios, muchos sufrimientos y muchas caídas. Sabe, también, que pesa sobre nosotros el yugo y la esclavitud al pecado y la muerte. Por eso viene en nuestra ayuda. Quiere ser nuestro Cirineo, quiere ayudarnos a llevar esa cruz que muchas veces nos aplasta. Por eso nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso».

Si es el Señor el que viene en nuestra ayuda, si es Él el que camina junto a nosotros, ¿qué debemos temer? ¿Quién nos hará temblar? Como dice san Pablo en su carta a los Romanos, «ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro…podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro».  


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE AMA A SU PADRE O A SU MADRE MÁS QUE A MÍ, NO ES DIGNO DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4, 8-11.14-16ª * Rm 6, 3-4.8-11 * Mt 10, 37-42

Tanto en el evangelio de la semana pasada como en éste, el Señor Jesús nos habla con una claridad meridiana. No se anda con rodeos. No quiere que nos podamos llamar a engaño. Quiere que sepamos qué conlleva la misión para la que nos ha elegido.

Sus palabras tienen hoy una íntima relación con el primero y a la vez principal mandamiento de la Alianza del Sinaí: «Yo soy el único Dios. Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». De ahí que el Señor nos diga hoy en el evangelio: «El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí». Dicho de otra manera: el amor que tú y yo profesamos a Dios, ha de estar por encima del amor que sentimos hacia nuestros padres o hacia nuestros hijos.

Esta frase del Señor Jesús podría hacernos considerar que es egoísta por su parte, y a la vez, también podría hacernos pensar que es totalmente imposible cumplirla. Sin embargo, ambas consideraciones son falsas.

El Señor Jesús no es egoísta al decirnos esto. Él, conoce nuestro corazón y sabe qué es lo que puede hacerlo completamente feliz. Él sabe, que el amor humano, el tuyo y el mío, a causa de nuestro pecado, tiene siempre un substrato egoísta. Amamos, sí, pero en el fondo, deseamos ser correspondidos.

No ocurre así cuando nuestro corazón está repleto del amor de Dios. El que tiene en su corazón el amor de Dios no tiene necesidad de nada. No necesita el amor o aprecio del otro para ser feliz, hasta el punto de que es capaz incluso de entregar gratuitamente su vida por amor al otro.

¿Acaso Abraham no amaba con verdadera locura a Isaac cuando estaba dispuesto a ofrecerlo a Dios? O acaso el Niño Jesús perdido en Jerusalén, ¿no amaba a sus padres cuando éstos lo encuentran en el Templo y les reprocha que le hayan estado buscando? El amor de Dios no es excluyente. El amor de Dios en nuestro corazón, es el único que nos posibilita amar a los demás sin pedirles nada a cambio.

Un amor humano desordenado, a nuestra mujer, a nuestro marido, a nuestros padres o a nuestros hijos, puede ser impedimento serio para que amemos a Dios con todo nuestro corazón. Por eso, se entienden perfectamente las palabras del Señor en el evangelio de hoy: «El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí». ¿Nos invita el Señor a no amar a los nuestros? Todo lo contrario. El que ama a Dios sobre todo, es él único capaz de amar sin limitación a los suyos.

No solo el amor desordenado a los demás nos impide seguir al Señor. Existe otro amor que es todavía un impedimento mayor: el amor a nuestra propia vida. Nadie está dispuesto a perderla. Todos queremos defenderla. Por eso el Señor, hoy, nos advierte: «El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Perder la vida por el Señor es no tener inconveniente en cargar con la cruz de cada día y seguirle. La cruz es signo de salvación y es, a la vez, el único camino que tenemos para salvarnos.

Todos tenemos una o varias cruces en nuestra vida, como consecuencia de nuestra condición de pecadores. Tu carácter, tu físico, tu salud, tu familia, tu trabajo, tus vicios ocultos… todo lo que te hace sufrir y que no puedes soportar, hace presente tu cruz. Esa cruz, unida a Cristo, es llevadera y salva. De lo contrario, aplasta y es motivo de condenación.

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO TENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO, PERO NO PUEDEN MATAR EL ALMA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rm 5, 12-15 * Mt 10, 26-33

Estamos empezando a vivir, en cuanto a nuestra vida de fe se refiere, momentos un tanto difíciles. Son muchos los acontecimientos que suceden en nuestra nación, que ponen de manifiesto sentimientos de revancha por parte personas descreídas. Amparados en una mal entendida libertad de expresión, se ensañan atacando a la Iglesia directamente, poniendo de manifiesto su odio mediante pintadas en las puertas y muros de los templos, o destrozando imágenes religiosas. Se está perdiendo el respeto a lo sagrado.

Estos hechos no son extraños al cristianismo. La Iglesia ha sufrido persecución, ya lo advirtió el Señor Jesús, en todas las épocas. Si hoy nos llama la atención, es porque durante bastantes años hemos podido practicar nuestra fe sin grandes dificultades, en medio del respeto de unos o la indiferencia de otros. Hoy las cosas empiezan a cambiar, pero, como ha ocurrido siempre en la historia, las dificultades y persecuciones han sido las que han dado mayor vigor a la Iglesia.

Quizá por haber vivido una época de bonanza en la práctica de nuestra fe, nos hemos aburguesado un tanto. Es fácil que hayamos perdido de vista cuál es nuestra misión como discípulos del Señor. No hemos sido llamados a la Iglesia para asegurarnos nuestra salvación personal, sino para trabajar extendiendo el Reino de Dios, dando a conocer a los que nos rodean el perdón de los pecados y la vida eterna que el Señor Jesús nos ha ganado, con su Muerte y Resurrección.  

Todo este preámbulo viene a cuento por el evangelio que hoy nos propone al Iglesia. El Señor Jesús dice a sus apóstoles, o sea a ti y a mí: «No tengáis miedo a los hombres… lo que os digo de noche decidlo a pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea». Y sigue diciendo: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» «Temed al que puede destruir con fuego el alma y el cuerpo».

El Señor sabe las dificultades y persecuciones que van a sufrir sus discípulos, ya se lo advirtió cuando les dijo: «En el mundo tendréis tribulación». Esta frase también es para nosotros que somos, hoy, sus discípulos. El mundo nos odiará porque no somos del mundo, pero el Padre, que se preocupa hasta de los pajarillos, también se preocupa de nosotros, pues como dice el Señor Jesús, «hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

El evangelio termina con una frase que ha de hacer que tengamos las orejas bien tiesas. Dice el Señor: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo». Esto, amigos míos, es muy serio, y nos ha de hacer reflexionar. La misión que el Señor ha puesto en tus manos y en las mías, no puede ser más importante. De nosotros depende que la Buena Noticia de la salvación alcance a todos los que nos rodean. Ciertamente, somos pecadores y débiles, y en ocasiones callamos por respeto humano cuando deberíamos ser testigos valientes del Señor. Tenemos miedo al mundo, pero, cuando el Señor nos eligió, ya conocía nuestra debilidad y nuestra condición pecadora, por eso, hoy, dispuesto siempre a ayudarnos en nuestra misión, nos dice: «Ánimo, no temas, estoy contigo. Yo he vencido al mundo». 


 

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

SANTÍSIMO CUERPO Y  SANGRE DE CRISTO

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3.14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

El jueves siguiente al domingo de la Stma. Trinidad la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi. Como ya ocurrió en el jueves de la Ascensión, esta solemnidad se traslada a este domingo por razones laborales.

En este día celebramos la institución de la Eucaristía llevada a cabo por el Señor Jesús en la noche de la Última Cena. La Iglesia lo hace así, para dar mayor realce a este acontecimiento celebrándolo en un día que no estuviera marcado por la inminente Pasión del Señor.

La delicia del Señor, lo dice el Libro de los Proverbios, es estar con los hijos de los hombres. Por eso, sus últimas palabras antes de su Ascensión al cielo fueron precisamente estas: «Ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Este deseo y esta promesa del Señor, han hallado cumplimiento por partida doble. Por un lado, sabemos que el Señor Resucitado está vivo de manera permanente en su Iglesia, por otro lado, lo está también de una manera eminente en el Sacramento del Altar.

San Juan en la noche de la Última Cena nos dice: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Anteriormente, en el discurso que pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm, el Señor había dicho: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Ahora, en la noche que precede a su Pasión, no contento con haber alimentado a los suyos son su Palabra, el Señor quiere que su carne y su sangre sirvan de alimento a sus discípulos. Quiere dejarse comer y lo hace realidad transformando el pan y el vino en su propia carne y en su propia sangre. Quiere permanecer junto a los suyos no solo con su cuerpo glorioso y resucitado, sino también de una manera física bajo las especies de pan y vino.

El Señor nos ha amado hasta el extremo porque, no solo ha entregado su vida derramando hasta la última gota de su sangre por ti y por mí, sino que ha transformado su carne y su sangre en tu alimento y mi alimento. Un alimento diferente al resto de alimentos que tomamos, porque, como dice san Agustín, no se transforma dentro de nosotros en carne y sangre, sino que hace que seamos nosotros los que nos transformemos en Él. Por eso, por las venas de un cristiano fluye la misma sangre de Cristo. Para nosotros es imposible entender lo que este misterio significa. Tú y yo, pecadores, infieles al Señor, convertidos en hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Nosotros, pues, estamos llamados a ser otros cristos, como dice san Pablo, pero esta transformación no podemos conseguirla con solo nuestro esfuerzo. Somo débiles, y nuestro hombre de la carne está sometido al pecado y a la muerte. Por eso, el Señor, que conoce nuestra situación y nuestra debilidad, viene en nuestra ayuda dándonos a comer su propia carne y su propia sangre.

A la Eucaristía se la ha llamado “el Pan de los fuertes”. Nosotros, sin embargo, la consideramos el “Pan de los débiles”. El pan de aquellos que se ven incapaces para obrar el bien y cumplir la voluntad de Dios. Esos, somos tú y yo, que, aunque nos gustaría obrar el bien, nos gustaría amar y perdonar, comprobamos que nuestras obras distan mucho de hacer lo que a Dios le agrada. Precisamente por esto, el Señor quiere alimentarnos con su Carne y con su Sangre, para que desde nuestro interior obren en nosotros aquello que para nosotros es totalmente imposible realizar.