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DOMINGO IV DE PASCUA -A-

DOMINGO IV DE PASCUA  -A-

«HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA Y LA TENGAN ABUNDANTE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10

La Iglesia, en este cuarto domingo del tiempo pascual, nos muestra al Señor Jesús encarnando la figura del Buen Pastor. Una figura de hondo raigambre en las Escrituras ya desde el Antiguo Testamento. Dios-Padre gusta presentarse a su Pueblo como el pastor que cuida con esmero a su rebaño, porque ama de un modo particular a cada una de las ovejas que lo forman y a cada uno de los corderillos.

No es de extrañar que el Señor elija esta figura del pastor, a fin de que los israelitas entiendan cómo es la relación especial que Dios quiere mantener con su Pueblo. El pueblo de Israel, desde los patriarcas, ha sido un pueblo de pastores que conoce la especial relación que el pastor mantiene con cada una de sus ovejas. Para él, no son un conjunto de animales. Una oveja no es número más del rebaño. El pastor conoce una a una a sus ovejas y las llama por su propio nombre. Conoce sus caprichos y sus debilidades. Por eso, esa relación es el paradigma de la relación que Dios quiere mantener con su pueblo.

También tú y yo, no somos para el Señor un número más como sucede en el ejército o en una cárcel. A ti y a mí, Dios-Padre nos conoce por nuestro nombre. Conoce nuestras debilidades, nuestros pecados y nuestras miserias. Conoce nuestro carácter y también conoce aquellas obras buenas que con su ayuda llevamos a cabo. Nada hay en nuestra conducta que pueda escandalizarle. Conoce también a cuántos peligros estamos expuestos por nuestra ignorancia o nuestra insensatez. Por eso, lo mismo que el pastor   prepara para el rebaño un aprisco donde se encuentre a salvo de los lobos y de las fieras salvajes que quieren cebarse con el rebaño, ha preparado para nosotros un aprisco que es la Iglesia. En ella podemos vivir tranquilos y confiados bajo la atenta mirada del pastor, siempre dispuesto a defendernos incluso poniendo en peligro su propia vida.

Hoy, precisamente, el evangelio nos habla de ese aprisco al que llega el Señor para coger a su rebaño y llevarlo a pastos frescos y fuentes tranquilas, en donde pueda pastar sin temor. El pastor llama a sus ovejas, a cada una por su nombre. Ellas, que conocen su voz, salen y lo siguen dóciles y confiadas. Él camina delante mostrándoles el camino verdadero.

El Señor Jesús se compara también hoy, con la puerta del aprisco. Nos dice: «Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».

Significa esto, que solo a través del Señor podremos encontrar la salvación. Él, es el único que ha entregado su vida para que tú y yo, «tengamos vida y la tengamos en abundancia». Por eso, en otra para dirá: «Nadie va al Padre sino por mí».

A nosotros nos toca actuar como a las ovejas que siguen a su pastor confiadas y sin temor alguno. Quiere esto decir que, ante los cuidados y desvelos del Pastor, nuestra respuesta ha de ser la docilidad. Como las ovejas, hemos de ser dóciles a la voz del Pastor y seguirlo confiados


DOMINGO III DE PASCUA -A-

DOMINGO III DE PASCUA  -A-

«QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14.22-33 * 1Pe 1, 17-21 * Lc 24, 13-35

San Lucas nos narra en el evangelio de hoy el pasaje de los discípulos de Emaús. Ocurre el mismo domingo de la resurrección del Señor por la tarde. El evangelista, nos dice, que dos discípulos, solo conocemos el nombre de uno, Cleofás, caminan hacia una aldea llamada Emaús. Van preocupados y pensativos. Han sido testigos de todo lo que ha ocurrido con el Señor Jesús en Jerusalén y no acaban de entender estos acontecimientos.

Mientras caminan, el Señor se pone a su lado e interviene en la conversación. ¿De qué habláis? les pregunta. Ellos, asombrados de su ignorancia, le ponen al corriente de todo lo ocurrido en Jerusalén, y al final añaden: «Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo».

El Señor, después de escucharles les dice: « ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?». Y a continuación, empezando por Moisés y siguiendo por los profetas les va explicando todo lo que las Escrituras dicen sobre Él.

Cerca ya de una posada, el Señor Jesús hace ademán de seguir su camino, pero ellos insisten para que se quede diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Consiente, y ya sentados a la mesa parte el pan, y es en ese momento cuando ellos lo reconocen, pero él, desaparece de su vista.

Si, como hemos dicho muchas veces, la Palabra de Dios es una palabra viva que busca encarnarse en la vida de aquellos que la escuchan, la de hoy tiene el poder de aterrizar en nuestra existencia de un modo muy especial. Tú y yo, como estos discípulos, caminamos por la vida si ser conscientes de que el Señor se hace presente, que está resucitado y camina a nuestro lado, aunque no seamos capaces de reconocerlo. Él ha dicho que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos y su palabra no puede fallar.

¿Dónde poder ver al Señor?, quizá, preguntes. El Señor se acerca a ti en la persona de ese pobre indigente que te alarga la mano pidiendo ayuda. De ese inmigrante, de ese forastero que está solo, lejos de su tierra y que no conoce a nadie que pueda ayudarle. De ese niño mocoso y de esa mujer hambrienta que cada noche rebuscan en los contenedores de basura, lo que tú y yo hemos desechado para llevárselo a la boca. También está en los ancianos y los enfermos abandonados o en ese pobre padre de familia que se ha quedado en el paro y no puede atender a las necesidades de su familia. A través de todos ellos se nos acerca el Señor. Él ha dicho, «lo que hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Además, no hemos de ignorar, que serán ellos los que un día darán testimonio de nosotros y nos abrirán las puertas del cielo. Es necesario, pues, tener los ojos bien abiertos para descubrir al Señor cada vez que se nos acerque.

Queremos incidir, finalmente, en la frase que emplean los discípulos para que el Señor se quede con ellos y no pase de largo: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Para muchos, el día de nuestra vida va de caída y muy especialmente en estos tiempos difíciles que estamos atravesando. Por eso, esa ha de ser siempre nuestra oración: “Quédate, Señor, no pases de largo porque te necesitamos”.

LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA 

 

En el segundo domingo de Pascua, la Iglesia celebra el Domingo de la Divina Misericordia. Esta fiesta tiene su origen en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

 En el año 2000, san Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia dijo que “es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de Domingo de la Divina Misericordia”. (Homilía, 30 de Abril, 2000).

 El Diccionario de la Real Academia Española define así la palabra MISERICORDIA: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos”. Y refiriéndola a Dios dice: “Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas”.

 Hemos dicho en repetidas ocasiones que la esencia, la materia, hablando en términos humanos, de la que está hecho Dios, es el amor. Pues bien, la manifestación más elevada,  más eminente de ese amor, es la misericordia. Por eso se dice que Dios es un Padre que nos ama con un corazón de madre. Las entrañas de Dios son las entrañas de una madre que ama a su hijo, hasta el extremo de ser capaz de dar físicamente su vida por él. Y esto es precisamente lo que hizo Dios por ti y por mí. San Pablo dice en su epístola a los Romanos: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros». Significa esto que Dios no esperó a que nosotros fuéramos buenos para enviarnos a su Hijo como premio, nos lo envió, cuando éramos, por el pecado, sus enemigos. Su  amor llegó al extremo de que para salvar tu vida y la mía de la condenación eterna, no dudó en entregar a su Hijo, Dios como Él, a una muerte infamante.

 Si Dios, cegado por el amor que nos profesa, obró así, ¿cómo no van a removerse sus entrañas cuando nos ve sufriendo día tras día esclavos del pecado y de la muerte?

 Nada malo debemos esperar de Él, porque lo quiere es vernos felices experimentando su gran misericordia, para que también nosotros podamos ser misericordiosos no solo con nuestros hermanos, sino incluso con nuestros enemigos.

 

DOMINGO II DE PASCUA -A-

DOMINGO II DE PASCUA -A-

«PAZ A VOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 42-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Con este segundo domingo cerramos la Octava de Pascua. Una semana que la liturgia considera como un solo día, el de la Resurrección del Señor. Hoy volvemos a aquel primer día de la semana, el domingo, que al alborear fue testigo de la Resurrección del Señor Jesús. Cristo salía vencedor de la muerte como garantía de nuestra propia resurrección.

Hoy, el evangelio nos lo muestra en el atardecer de aquel domingo, mostrándose vivo y resucitado a sus discípulos. Están encerrados, probablemente en el Cenáculo, atemorizados y sin acabar de digerir los acontecimientos que acaban de vivir. No saben a ciencia cierta qué pensar. A pesar de las repetidas veces que han oído de labios del Señor qué es lo que iba a acontecer, se resisten a pensar que todo acabe así.

El saludo del Señor no puede ser más tranquilizador «Paz a vosotros», si tenemos en cuenta su comportamiento durante toda la Pasión. Solo uno ha sido capaz de estar a su lado acompañándole en su agonía. Los demás han desaparecido acosados por el miedo, y uno lo ha hecho después de negar por tres veces que le conoce. «Paz a vosotros, repite, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». No solo evita todo reproche, sino que, olvidando por completo su cobardía y su pecado, los elige para que sean en el mundo los que continúen su misión.

¿Te das cuenta que tú y yo ocupamos en estos momentos el lugar de aquellos discípulos? Como ellos, hemos negado delante de los demás, por respeto humano, que le conocemos. Vivimos nuestra fe de una forma muy particular procurando que nuestra condición de creyentes pase inadvertida. Tampoco en nuestros actos personales somos consecuentes con la fe que decimos profesar: Juzgamos, amamos el dinero, nos complacemos dando a nuestros cuerpos el placer que nos exigen, etc. Sin embargo, el Señor, se ha fijado en ti y en mí, y sin importarle para nada nuestras infidelidades y pecados, hoy, también nos dice. «Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Nos envía a ser portadores de su paz. Una paz que hoy la sociedad necesita de una manera perentoria. Los acontecimientos que vivimos con esta pandemia universal, pueden arrastrarnos a la desesperanza e incluso hacernos dudar del amor de Dios. Si Dios nos ama, podemos pensar, ¿por qué permite tanto dolor y tanto sufrimiento? ¿Dónde está ese Dios que tanto ama al hombre?

La primera tentación que hemos de rechazar de plano, es la de pensar que Dios es el origen de toda esta situación. Él lo dice así través del profeta Daniel: «Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere». Por eso, el Señor, en estos momentos de sufrimiento está resucitado junto a nosotros. Es Él que mueve las voluntades y da fortaleza a aquellos que se juegan la vida atendiendo a los enfermos. Es Él, el que está allí donde alguien hace una buena acción en favor de los que sufren. Es Él,  el que, respetando la libertad personal, nos impulsa a favorecer al débil. Es Él, en fin, el que hoy nos dice: «Paz a vosotros». No temáis, no estáis solos. Yo, que he resucitado estoy junto a vosotros para animaros, para consolaros y para libraros del temor y la desesperación. Por eso, san Pedro, dice refiriéndose a Dios: «Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros». Seamos, pues, portadores de esa paz a todos los que nos rodean y de un modo especial a los que más sufren.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«ESTE ES EL DÍA EN QUE ACTUÓ EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

La Pascua es, para el cristiano, la mayor y la más grande noticia que pueda recibir. Para comprender mejor esta afirmación, quizá este confinamiento y este un sin vivir que supone vernos inmersos en un problema de salud, que desborda por completo nuestras posibilidades, y hace patente nuestra impotencia, nos sirva para entender lo que es la gran noticia de la Pascua.

Imaginemos, por unos instantes que, de momento, nos llega la noticia de que está disponible en la farmacia, un medicamento que con solo una pastilla es capaz de borrar por completo el coronavirus. No creo exagerar si digo que echaríamos al vuelo todas las campanas celebrando la gran noticia.

Pues bien, tú y yo, desde que tenemos uso de razón nos hallamos confinados, privados de libertad, a causa de un virus mucho más dañino que el Cob-19, que nos arrastra al mal irremediablemente. Es un virus mortal que destruye nuestro ser y nos hace esclavos de la muerte. Ese virus es el pecado que, como dice san Pablo, a través de su aguijón inyecta en nosotros un veneno mortal. Lo más grave es que por más adelantos técnicos de que dispongamos en nuestra vida, por más estudios que hayamos realizado y por más dinero que hayamos acumulado, somos incapaces de hacer frente a este mal. Nadie, ni tú ni yo, ni persona humana alguna, es capaz de librarse de la atadura de la muerte.

En estas circunstancias llega hoy a nosotros la gran noticia: Dios-Padre ha tenido compasión de su criatura y ha enviado para nuestra salvación a su querido Hijo. Él, tomado nuestra carne mortal se ha hecho uno de nosotros. Ha vivido entre nosotros dándonos a conocer el amor sin medida que el Padre nos tiene, a pesar de nuestros pecados. Ha echado sobre sus hombros el mal que nos oprime y que nos mantiene esclavos de la muerte. Finalmente ha permitido que la muerte se ensañe con Él, llevándolo al sepulcro. Sin embargo, ese cuerpo que la muerte ha destruido tiene en su interior la fuerza de la divinidad, por eso, resucitando ha destruido por completo a su enemigo, arrancándole el aguijón venenoso, e impidiendo que continúe sembrando entre nosotros la muerte.

Ésta es para ti y para mí la gran noticia, si tenemos la certeza de que por nuestros pecados vivimos en esclavitud; si hemos descubierto que estamos sometidos al pecado, que queremos salir de él pero que con solo nuestras fuerzas nos es imposible, la solución está en nuestras manos. Él, nos dice el evangelio, en el momento de morir exhaló su Espíritu, y ese Espíritu es el que nos entrega para que, habitando en nosotros, participemos de su resurrección y de su victoria sobre la muerte. Por Él, la muerte ya no tiene sobre nosotros ningún poder. Hemos sido liberados de sus garras y nos hemos convertido en criaturas nuevas.

Todo esto es lo que celebramos en esta Noche Santa. La luz del Resucitado ha destruido, ha vencido a la oscuridad de la noche  y abre para nosotros un día nuevo, un día eterno, un día sin ocaso.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -A-

«MI SEÑOR ME AYUDA, POR ESO NO QUEDARÉ CONFUNDIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26, 14—27, 66

El largo camino de la Cuaresma nos ha conducido a este domingo con el que la Iglesia inicia la Semana Grande, la Semana Santa. Una semana en la que veremos al Señor Jesús culminando la misión para la que el Padre lo envió al mundo. Podremos contemplar de cerca la gran epopeya de nuestra salvación. Celebraremos en una sola semana acontecimientos tan importantes como la Institución de la Eucaristía, La Pasión del Señor y su Muerte en Cruz y, finalmente, el sábado, nos preparará para celebrar en el domingo la victoria del Señor Jesús sobre la muerte. El Señor había dicho: «No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén». Por eso hoy, lo vemos  entrar con resolución en la Ciudad Santa para culminar allí su misión.

La Palabra central de la liturgia de hoy es la Pasión según san Mateo, sin embargo, nosotros vamos a fijarnos en la primera y segunda lectura que hoy nos ofrece la Iglesia. La primera es un fragmento del libro del Profeta Isaías. En ella podremos comprobar cómo la afirmación que hizo en otra ocasión el Señor Jesús hablando de sí mismo es cierta, y halla cumplimiento en su persona. El Señor había dicho: «Escrutad las Escrituras porque ellas hablan de mí».

Isaías empieza diciendo: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento». Esa ha sido la predicación del Señor. No ha venido a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido. Ha venido a darnos ánimo en nuestra lucha diaria contra el mal. Ha venido a darnos ánimo en esta situación particular de impotencia que vivimos en estos días. «Cada día, sigue diciendo, me espabila el oído». «El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás». ¿Sabes qué significa tener el oído abierto? Significa saber interpretar a través de los acontecimientos de cada día cuál es la voluntad de Dios, con la certeza de que es lo que más nos conviene.

Lo que sigue diciendo el profeta es un anuncio de la Pasión del Señor echo más de doscientos años antes: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba… por eso ofrecí el rostro como pedernal, y no quedaré avergonzado».

Esta palabra es la que ha dado fortaleza a los mártires para afrontar la muerte si miedo. Esta palabra ha de animarnos a la lucha diaria contra el mal, teniendo el convencimiento de que Dios está a nuestro lado y nos sostiene.

El Señor ha dicho: «No quedaré avergonzado». Esto es precisamente lo que el apóstol san Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy. El Señor Jesús no tuvo inconveniente en despojarse de su categoría de Dios, para tomar una carne mortal como la tuya y la mía. Sufrió una pasión atroz y se sometió a una muerte afrentosa indigna de un ser humano. Precisamente por eso, para que no quedara avergonzado, «Dios lo levantó sobre todo y le dio el nombre (el poder) sobre todo nombre (sobre todo poder)».

La humillación, el anonadamiento que padeció el Señor Jesús, es el único camino que tenemos nosotros para ser un día también glorificados con Él. La diferencia entre Él y nosotros estriba, en que en esta lucha contra el mal y contra el mundo, Él nos ha precedido abriéndonos el camino, y permaneciendo constantemente a nuestro lado como ayudador.

 

ESTAMOS VIVIENDO MOMENTOS DIFÍCILES

ESTAMOS VIVIENDO MOMENTOS DIFÍCILES

VIVIMOS MOMENTOS DIFÍCILES

 

A causa de la pandemia del coronavirus estamos viviendo momentos muy difíciles, que pueden provocar en nosotros ansiedad y frustración. Vivimos como si tuviéramos encima la espada de Damocles. Es cierto, que por nuestra parte nos esforzamos en poner los medios necesarios para evitar la enfermedad. Sin embargo, no es menos cierto, que cada día nos llegan noticias nada tranquilizadoras sobre el avance de esta pandemia, y la cifra desorbitada de muertes que produce. Es necesario ser inconscientes para que esta situación no mine nuestro estado de ánimo.

Añoramos los días en que vivimos en paz libres de estas preocupaciones. En estas circunstancias podemos hacer nuestra la frase del salmista cuando en el salmo cuatro dice: «¿Quién nos hará ver la dicha» ¿Cuándo terminará este mal sueño? Quizá también tengamos facilidad para identificamos con el levita que en el salmo 41, recuerda con añoranza y congoja «cómo marchaba en medio de un pueblo en fiesta».

Esta es, sin duda, nuestra realidad y la de la mayoría de personas que nos rodean, contemplando impotentes el avance de la enfermedad. Sin embargo, nosotros, los creyentes, hemos de tener muy presente las palabras de Apóstol: «Todo sucede para bien de aquellos a los que el Señor ama». Nosotros no somos gente sin esperanza. Por eso, entrando en nosotros mismos hemos de hacer nuestras las palabras del salmo 41: «¿Por qué te acongojas, alma mía?¿Por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío.

Es un don del cielo tener la certeza de que el Señor no nos abandonará. Dios es nuestro auxilio y escudo. Es auxilio, en estos momentos de sufrimiento que cada día nos muestran, para nuestro bien, nuestra limitación y nuestra pequeñez. Es escudo, siempre dispuesto a defendernos  si nosotros imploramos su ayuda, porque, como dice la Escritura: «Nadie que invoque el nombre (el poder) del Señor será confundido»

Con el Señor a nuestro lado nada debemos temer. Hagamos nuestras las palabras del salmista: «Señor, tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan». Digamos con confianza: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! Señor, tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo. En paz, todo a una, yo me acuesto y me duermo, pues tú solo, Señor, me asientas en seguro». (sal. 4)

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

DOMINGO V DE CUARESMA  -A-

«YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 37, 12-14 * Rm 8, 8-11 * Jn 11, 1-45

Con este domingo damos comienzo a la última semana de Cuaresma, ya que con el próximo daremos inicio a la Semana Santa. A este domingo y a la semana que se inicia con él, tradicionalmente, hasta la llegada de la reforma que hizo de la liturgia el Concilio Vaticano II, se le denominaba Domingo de Pasión.

El evangelio de hoy nos muestra al Señor Jesús como dueño y Señor de la vida. Lo podremos comprobar a través del pasaje que nos narra, la resurrección de Lázaro.

Lázaro y sus hermanas Marta y María viven en una aldea cercana a Jerusalén, Betania, y se cuentan entre los discípulos de Jesús. Con frecuencia es en casa de estos hermanos donde se aloja cuando visita la ciudad. Sucede en esta ocasión que Lázaro enferma de gravedad mientras el Señor se halla lejos. Las hermanas le envían aviso, pero el Señor retrasa adrede su salida hacia Betania, de manera que, cuando llega, Lázaro ya ha muerto y lleva cuatro días enterrado.

Marta, al enterarse de la llegada de Jesús sale a su encuentro y al encontrarle le dice: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». El Señor le responde: «Tu hermano resucitará». «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día» dice Marta, pero el Señor a su vez le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

María, al conocer la llegada de Jesús, sale de la casa deprisa y llorando se echa a los pies del Señor diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». El Señor Jesús viéndola llorar a ella y a los que la acompañaban, solloza, y conmovido hace que lo lleven hasta la tumba. Una vez allí, de nuevo no puede reprimir las lágrimas y ordena: «Quitad la losa». Aunque ya huele mal, abren la tumba. Jesús, puestos los ojos en el cielo y después de dar gracias al Padre, dice con potente voz: «Lázaro, ven afuera». Ante el asombro de todos, el muerto sale con los pies y manos atados. El Señor dice: «Desatadlo y dejadlo andar».

Esta palabra de la resurrección de Lázaro encaja perfectamente en tu vida y en la mía. Creo que a estas alturas no tenemos la menor duda de que somos pecadores. El pecado, como dice san Pablo, es el aguijón de la muerte. Es decir, que es él, el que introduce en nosotros el veneno de la muerte. Por lo tanto también nosotros, como Lázaro, estamos muertos. Como él, también estamos atados y somos incapaces de devolvernos la vida. Pesa sobre nosotros una enorme losa que nos priva de libertad y nos esclaviza a la acción del mal. Por eso, tu y yo, podemos exclamar con san Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?»

La respuesta a esta situación nos la da el mismo Señor Jesús cuando dice a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Él, entrando en la muerte la ha derrotado, la ha destruido. Ha quitado la losa que nos aplastaba y ha abierto para nosotros una vida nueva, una vida eterna y feliz. ¿Creemos esto? Si lo creemos experimentaremos como Lázaro la resurrección, de lo contrario seguiremos muertos en nuestros pecados. Pensemos que todos tenemos experiencia de que en nuestra vida el Señor ha ido venciendo pequeñas o grades muertes. Esta experiencia es la que ha de acrecentar en nosotros la esperanza de nuestra resurrección última.