Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE AMA A SU PADRE O A SU MADRE MÁS QUE A MÍ, NO ES DIGNO DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4, 8-11.14-16ª * Rm 6, 3-4.8-11 * Mt 10, 37-42

Tanto en el evangelio de la semana pasada como en éste, el Señor Jesús nos habla con una claridad meridiana. No se anda con rodeos. No quiere que nos podamos llamar a engaño. Quiere que sepamos qué conlleva la misión para la que nos ha elegido.

Sus palabras tienen hoy una íntima relación con el primero y a la vez principal mandamiento de la Alianza del Sinaí: «Yo soy el único Dios. Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». De ahí que el Señor nos diga hoy en el evangelio: «El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí». Dicho de otra manera: el amor que tú y yo profesamos a Dios, ha de estar por encima del amor que sentimos hacia nuestros padres o hacia nuestros hijos.

Esta frase del Señor Jesús podría hacernos considerar que es egoísta por su parte, y a la vez, también podría hacernos pensar que es totalmente imposible cumplirla. Sin embargo, ambas consideraciones son falsas.

El Señor Jesús no es egoísta al decirnos esto. Él, conoce nuestro corazón y sabe qué es lo que puede hacerlo completamente feliz. Él sabe, que el amor humano, el tuyo y el mío, a causa de nuestro pecado, tiene siempre un substrato egoísta. Amamos, sí, pero en el fondo, deseamos ser correspondidos.

No ocurre así cuando nuestro corazón está repleto del amor de Dios. El que tiene en su corazón el amor de Dios no tiene necesidad de nada. No necesita el amor o aprecio del otro para ser feliz, hasta el punto de que es capaz incluso de entregar gratuitamente su vida por amor al otro.

¿Acaso Abraham no amaba con verdadera locura a Isaac cuando estaba dispuesto a ofrecerlo a Dios? O acaso el Niño Jesús perdido en Jerusalén, ¿no amaba a sus padres cuando éstos lo encuentran en el Templo y les reprocha que le hayan estado buscando? El amor de Dios no es excluyente. El amor de Dios en nuestro corazón, es el único que nos posibilita amar a los demás sin pedirles nada a cambio.

Un amor humano desordenado, a nuestra mujer, a nuestro marido, a nuestros padres o a nuestros hijos, puede ser impedimento serio para que amemos a Dios con todo nuestro corazón. Por eso, se entienden perfectamente las palabras del Señor en el evangelio de hoy: «El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí». ¿Nos invita el Señor a no amar a los nuestros? Todo lo contrario. El que ama a Dios sobre todo, es él único capaz de amar sin limitación a los suyos.

No solo el amor desordenado a los demás nos impide seguir al Señor. Existe otro amor que es todavía un impedimento mayor: el amor a nuestra propia vida. Nadie está dispuesto a perderla. Todos queremos defenderla. Por eso el Señor, hoy, nos advierte: «El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Perder la vida por el Señor es no tener inconveniente en cargar con la cruz de cada día y seguirle. La cruz es signo de salvación y es, a la vez, el único camino que tenemos para salvarnos.

Todos tenemos una o varias cruces en nuestra vida, como consecuencia de nuestra condición de pecadores. Tu carácter, tu físico, tu salud, tu familia, tu trabajo, tus vicios ocultos… todo lo que te hace sufrir y que no puedes soportar, hace presente tu cruz. Esa cruz, unida a Cristo, es llevadera y salva. De lo contrario, aplasta y es motivo de condenación.

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO TENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO, PERO NO PUEDEN MATAR EL ALMA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rm 5, 12-15 * Mt 10, 26-33

Estamos empezando a vivir, en cuanto a nuestra vida de fe se refiere, momentos un tanto difíciles. Son muchos los acontecimientos que suceden en nuestra nación, que ponen de manifiesto sentimientos de revancha por parte personas descreídas. Amparados en una mal entendida libertad de expresión, se ensañan atacando a la Iglesia directamente, poniendo de manifiesto su odio mediante pintadas en las puertas y muros de los templos, o destrozando imágenes religiosas. Se está perdiendo el respeto a lo sagrado.

Estos hechos no son extraños al cristianismo. La Iglesia ha sufrido persecución, ya lo advirtió el Señor Jesús, en todas las épocas. Si hoy nos llama la atención, es porque durante bastantes años hemos podido practicar nuestra fe sin grandes dificultades, en medio del respeto de unos o la indiferencia de otros. Hoy las cosas empiezan a cambiar, pero, como ha ocurrido siempre en la historia, las dificultades y persecuciones han sido las que han dado mayor vigor a la Iglesia.

Quizá por haber vivido una época de bonanza en la práctica de nuestra fe, nos hemos aburguesado un tanto. Es fácil que hayamos perdido de vista cuál es nuestra misión como discípulos del Señor. No hemos sido llamados a la Iglesia para asegurarnos nuestra salvación personal, sino para trabajar extendiendo el Reino de Dios, dando a conocer a los que nos rodean el perdón de los pecados y la vida eterna que el Señor Jesús nos ha ganado, con su Muerte y Resurrección.  

Todo este preámbulo viene a cuento por el evangelio que hoy nos propone al Iglesia. El Señor Jesús dice a sus apóstoles, o sea a ti y a mí: «No tengáis miedo a los hombres… lo que os digo de noche decidlo a pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea». Y sigue diciendo: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» «Temed al que puede destruir con fuego el alma y el cuerpo».

El Señor sabe las dificultades y persecuciones que van a sufrir sus discípulos, ya se lo advirtió cuando les dijo: «En el mundo tendréis tribulación». Esta frase también es para nosotros que somos, hoy, sus discípulos. El mundo nos odiará porque no somos del mundo, pero el Padre, que se preocupa hasta de los pajarillos, también se preocupa de nosotros, pues como dice el Señor Jesús, «hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

El evangelio termina con una frase que ha de hacer que tengamos las orejas bien tiesas. Dice el Señor: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo». Esto, amigos míos, es muy serio, y nos ha de hacer reflexionar. La misión que el Señor ha puesto en tus manos y en las mías, no puede ser más importante. De nosotros depende que la Buena Noticia de la salvación alcance a todos los que nos rodean. Ciertamente, somos pecadores y débiles, y en ocasiones callamos por respeto humano cuando deberíamos ser testigos valientes del Señor. Tenemos miedo al mundo, pero, cuando el Señor nos eligió, ya conocía nuestra debilidad y nuestra condición pecadora, por eso, hoy, dispuesto siempre a ayudarnos en nuestra misión, nos dice: «Ánimo, no temas, estoy contigo. Yo he vencido al mundo». 


 

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

SANTÍSIMO CUERPO Y  SANGRE DE CRISTO

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3.14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

El jueves siguiente al domingo de la Stma. Trinidad la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi. Como ya ocurrió en el jueves de la Ascensión, esta solemnidad se traslada a este domingo por razones laborales.

En este día celebramos la institución de la Eucaristía llevada a cabo por el Señor Jesús en la noche de la Última Cena. La Iglesia lo hace así, para dar mayor realce a este acontecimiento celebrándolo en un día que no estuviera marcado por la inminente Pasión del Señor.

La delicia del Señor, lo dice el Libro de los Proverbios, es estar con los hijos de los hombres. Por eso, sus últimas palabras antes de su Ascensión al cielo fueron precisamente estas: «Ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Este deseo y esta promesa del Señor, han hallado cumplimiento por partida doble. Por un lado, sabemos que el Señor Resucitado está vivo de manera permanente en su Iglesia, por otro lado, lo está también de una manera eminente en el Sacramento del Altar.

San Juan en la noche de la Última Cena nos dice: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Anteriormente, en el discurso que pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm, el Señor había dicho: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Ahora, en la noche que precede a su Pasión, no contento con haber alimentado a los suyos son su Palabra, el Señor quiere que su carne y su sangre sirvan de alimento a sus discípulos. Quiere dejarse comer y lo hace realidad transformando el pan y el vino en su propia carne y en su propia sangre. Quiere permanecer junto a los suyos no solo con su cuerpo glorioso y resucitado, sino también de una manera física bajo las especies de pan y vino.

El Señor nos ha amado hasta el extremo porque, no solo ha entregado su vida derramando hasta la última gota de su sangre por ti y por mí, sino que ha transformado su carne y su sangre en tu alimento y mi alimento. Un alimento diferente al resto de alimentos que tomamos, porque, como dice san Agustín, no se transforma dentro de nosotros en carne y sangre, sino que hace que seamos nosotros los que nos transformemos en Él. Por eso, por las venas de un cristiano fluye la misma sangre de Cristo. Para nosotros es imposible entender lo que este misterio significa. Tú y yo, pecadores, infieles al Señor, convertidos en hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Nosotros, pues, estamos llamados a ser otros cristos, como dice san Pablo, pero esta transformación no podemos conseguirla con solo nuestro esfuerzo. Somo débiles, y nuestro hombre de la carne está sometido al pecado y a la muerte. Por eso, el Señor, que conoce nuestra situación y nuestra debilidad, viene en nuestra ayuda dándonos a comer su propia carne y su propia sangre.

A la Eucaristía se la ha llamado “el Pan de los fuertes”. Nosotros, sin embargo, la consideramos el “Pan de los débiles”. El pan de aquellos que se ven incapaces para obrar el bien y cumplir la voluntad de Dios. Esos, somos tú y yo, que, aunque nos gustaría obrar el bien, nos gustaría amar y perdonar, comprobamos que nuestras obras distan mucho de hacer lo que a Dios le agrada. Precisamente por esto, el Señor quiere alimentarnos con su Carne y con su Sangre, para que desde nuestro interior obren en nosotros aquello que para nosotros es totalmente imposible realizar.

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

¡¡¡GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO!!!

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * 2Cor 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

Finalizado el tiempo pascual celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Este gran misterio se refiere a la misma esencia de Dios.

            El trabajo de los teólogos es necesario y encomiable, pero sabemos por experiencia que no es la sabiduría la que nos salva. Ya san Pablo, que buceó penetrando en la sabiduría de Dios, dice al respecto: "No quise saber entre vosotros sino a Cristo y éste crucificado". Ésta es la sabiduría que salva, no la abundancia de conocimientos, fechas o datos.           

Otro apóstol, aquel que sondeó el corazón del Señor recostando la cabeza sobre su pecho, nos muestra cuál es la esencia del mismo Dios. Dios es Amor, nos dice. Ninguna palabra define con mayor fidelidad lo que es Dios y la manera en que Dios se nos manifiesta. Ahora bien, para que pueda darse el amor, son indispensables, por lo menos, dos personas: la persona que ama y aquella que es objeto de su amor.

            En el caso de la Santísima Trinidad la existencia de tres personas distintas hace posible la presencia del amor. La Palabra del Padre tiene tal consistencia, tal fuerza, que engendra desde toda la eternidad a una Persona distinta a Él que conocemos como al Hijo. Luego, entre el Padre y el Hijo surge una relación de amor de tan gran intensidad, que es el origen de la Tercera Persona: el Espíritu Santo.

            Evidentemente, en este intento de simplificar lo que es la Santísima Trinidad, los conceptos que empleamos no dejan de ser meras palabras que aclaran poco el misterio de Dios. Pero, aun logrando explicar algo de su esencia, de nada nos serviría conocerlo.

            Para nosotros es mucho más fácil conocer a la Trinidad por la obra que cada una de las divinas personas ha realizado en nuestras vidas.

            El Padre, amándonos a cada uno desde toda la eternidad, hizo que en un momento de la historia apareciéramos como personas. Nos dio la vida y nos hizo libres, para que pudiéramos amarle libremente sin coacción alguna.

            El Hijo apareció en nuestras vidas, cuando, usando mal del don de la libertad volvimos la espalda al Padre, y en nuestro desvarío, en vez de buscar la felicidad en su amor, la buscamos en sus criaturas. Él se hizo próximo a nosotros tomando nuestra misma naturaleza, para librarnos de la muerte en cuyas redes habíamos caído. Nos mostró el amor del Padre que nunca nos ha rechazado, amándonos hasta el extremo, hasta la muerte en cruz.

            Finalmente, para llevar a plenitud su obra, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, para que fuera fortaleza en nuestra debilidad, consuelo en nuestros sufrimientos y compañía en nuestra soledad. Él es nuestro defensor ante las asechanzas del maligno. Él, morando en nuestro interior, hace que experimentemos la filiación divina, que nos sintamos hijos de Dios y, por lo tanto, podamos llamarle, Abba, papá.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

El Tiempo Pascual culmina con la fiesta de Pentecostés que celebramos hoy. El Señor Jesús había dicho a sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré». Hoy, pues, con el envío del Espíritu Santo halla cumplimiento la promesa del Padre.

Con el envío del Espíritu Santo alcanza plenitud la Iglesia fundada por el Señor Jesús. Era mucho lo que los discípulos habían oído de labios del Señor, tanto que en una ocasión llegó a decirles que sabía que no podían con todo. Por eso les dijo: «Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Antes de ascender al cielo, el Señor había dicho a sus discípulos: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado». Por eso hoy, diez días después de la Ascensión, encontramos a los dicípulos reunidos en Jerusalén temerosos de los judíos, cuando de repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resuena por toda la casa donde se encuentran y ven aparecer unas lenguas, como llamaradas que se reparten y se posan encima de cada uno de ellos. En aquel momento la vida de los discípulos se transforma totalmente. La fuerza del Espíritu Santo les impulsa a  abrir las puertas y a salir a anunciar la resurrección del Señor, libres y sin temor alguno. De discípulos temerosos pasan a ser testigos valerosos del Señor Jesús, anunciando a todos que sigue vivo porque está resucitado en medio de ellos.

Con la venida del Espíritu Santo se completa el plan de salvación que Dios-Padre había preparado desde antiguo para ti y para mí. De ahora en adelante será el Espíritu Santo el que permaneciendo en medio de la Iglesia, la fortalecerá, la hará crecer y la santificará. Todo lo que ocurra en ella tendrá como origen, como motor, la fuerza de Espíritu santo. Será Él, el que habitando en nuestro interior transformará nuestro hombre de pecado en una criatura nueva. De pecadores hará de nosotros santos de altar, algo imposible de lograr para ti y para mí.

Todo aquello en lo que reside la auténtica felicidad, como amar sin límites, perdonar sin límites, entregarse sin límites a los demás, se hará realidad en nosotros por la acción del Espíritu Santo. Nada de esto está a nuestro alcance. Si no fuera por la obra del Espíritu Santo en nosotros, estaríamos condenados a ser esclavos de nuestros cuerpos, de nuestras bajas pasiones, de nuestros vicios y pecados. Es él el que nos libera de nuestra esclavitud, y el que desde nuestro interior testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo.

Ciertamente es el Señor Jesús el que ha ganado para nosotros con su Pasión, Muerte y Resurrección la salvación, pero, esta salvación no sería aplicable a nuestra vida, si no fuera por la obra santificadora del Espíritu Santo. Es Él, el que como dice san Pablo, obra en nosotros el querer y el obrar. Es cierto que el Señor Jesús está vivo y resucitado entre nosotros, pero el Padre ha dispuesto que el canal por el que llegue a nosotros esa salvación, sea el Espíritu Santo.


DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

«ID Y HACED DISCÍPULOS DE TODOS LOS PUEBLOS...»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

Aunque correspondía celebrar esta fiesta de la Ascensión del Señor el jueves pasado, cuarenta días después de su Resurrección, la Iglesia, por ser ese jueves un día laborable, la traslada a este séptimo domingo de Pascua.

El Señor Resucitado ha estado manifestándose a sus discípulos en diversas ocasiones, a través de los cuarenta días que han transcurrido desde su resurrección. De esta forma ha afianzado su fe, haciéndolos al mismo tiempo testigos delante del pueblo, de que sigue vivo y está resucitado. Al mismo tiempo, les ha ido dando sus últimas instrucciones.

Hoy, en Galilea, les dice a sus discípulos: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado»

El Señor Jesús deja en manos de sus discípulos la misión de hacer llegar la Buena Noticia de Evangelio a todas las naciones de la tierra. La salvación que ha ganado para el hombre en la Cruz es universal, pero necesita ser dada a conocer a todas las gentes. Esa es, precisamente, la misión que encarga a sus discípulos. Es necesario que la Buena Nueva del Evangelio llegue hasta el último rincón de la tierra.

Hoy, tú y yo, ocupamos el lugar de aquellos discípulos, por tanto, las palabras que ha pronunciado el Señor Jesús, las ha pronunciado para ti y para mí. El Señor nos ha dado el don inestimable de ser miembros de su Iglesia, y la principal misión de la Iglesia, no es otra que dar conocimiento a todos los hombres de la salvación que ha ganado para todos en la Cruz el Señor Jesús.

No nos equivoquemos, la principal misión de la Iglesia no es celebrar eucaristías, hacer procesiones, administrar sacramentos y hacer otros actos de culto, ni tampoco llevar a cabo obras de caridad. Todo esto está muy bien y es necesario, pero el principal encargo del Señor, el más importante de todos, es hacer llegar al hombre pecador la buena noticia del amor de Dios manifestado en el perdón de los pecados, y la vida eterna que nos está reservada a todos, fruto de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

Si nos consideramos discípulos del Señor, no podemos renunciar a ser portadores de esa gran noticia a todos los que nos rodean, empezando por aquellos que están más cerca de nosotros. El Señor tiene dispuesto que nuestro testimonio, el tuyo y el mío, llegue a una serie de personas, a las que, quizá, si no lo hacemos, no llegue nunca esa gran noticia. Hemos de ser, por tanto, conscientes de la importancia de la misión que el Señor ha dejado en nuestras manos.

Es posible que, siendo conscientes de nuestra pobreza, la misión nos venga grande, pero eso solo sucede si únicamente confiamos en nuestro esfuerzo. No te mires a ti mismo. Que no te asusten tus miserias y pecados. El Señor te conoce y sabe a quién ha elegido. Por eso, para tu tranquilidad y la mía, para darnos ánimos, nos dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». ¿Hay algo que pueda darnos mayor seguridad que la continua presencia del Señor junto a nosotros?

 

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«NO OS DEJARÉ DESAMPARADOS, VOLVERÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21 

Estamos acercándonos al final del Tiempo Pascual que culminará con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En el evangelio de hoy, que pertenece al Discurso de las Despedidas de la noche de la Última Cena, el Señor Jesús anuncia a sus discípulos el envío del Espíritu Santo. En esta ocasión lo llama el Defensor, el Espíritu de la verdad, que el Padre derramará sobre cada uno de ellos.

El Señor conoce la debilidad de su rebaño. Conoce también el ambiente hostil en al que tendrán que enfrentarse sus discípulos. Por eso le da al Espíritu Santo la misión de Defensor, de Paráclito. Esta figura que está sacada de la antigua Grecia, pone de relieve con claridad la misión del Espíritu Santo. Cuando en aquel tiempo se llevaba a juicio a una persona, podía ocurrir que en el transcurso de la vista, se hiciera presente un personaje, el Paráclito, que sin decir ninguna palabra, solo con su presencia y después de dar una vuelta por el interior de la sala, pusiera de manifiesto la inocencia del acusado.

Esa es una de las misiones del Espíritu Santo en nuestra vida. Con su presencia deja demostrada frente al enemigo, que desea nuestra perdición, nuestra inocencia, ya que pone de manifiesto que nuestras culpas han sido lavadas y blanqueadas con creces por la Sangre del Cordero.

El Señor Jesús afirma también en el evangelio: «No os dejaré desamparados, volveré». Se va, pero volverá para quedarse siempre con nosotros hasta la consumación de los siglos. El mundo no lo verá, porque para verlo hacen falta unas gafas especiales. Pero nosotros lo veremos presente en su Iglesia, en la Eucaristía, en los pequeños, en los pobres, en los enfermos y necesitados… Recordemos sus palabras cuando nos dijo: «Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis».

Antes de terminar quisiéramos destacar una frase con la que empieza el evangelio de hoy: El Señor empieza diciendo: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Una frase semejante es la que utiliza al final: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama». En las dos frases aparece la palabra “mandamientos”, y por eso queremos detenernos en ella. No cabe duda de que el amor impulsa al que ama a hacer aquello que le agrada a la persona amada, a darle gusto, podríamos decir. El que ama de verdad, llega a olvidarse por completo de sí mismo sin ningún esfuerzo, en favor de aquella persona a la que ama.

Sin embargo, la palabra “mandamientos” lleva consigo una carga considerable de esfuerzo. Por nuestra educación, es fácil entender que los mandamientos del Señor se han de cumplir mediante nuestro esfuerzo, y eso no es cierto. El cumplimiento de la Ley, o los mandamientos del Señor, está totalmente fuera de nuestro alcance. No podemos cumplirlos en modo alguno, solo con nuestro esfuerzo.

Cuando el Señor dice a sus discípulos: «Amaos», parece que esté echando sobre sus espaldas una orden, una carga, que no serán capaces de cumplir. Amar es darse al otro por completo, y eso solo ha podido hacerlo Él. De ahí, que, conociendo su impotencia, les prometa el envío del Espíritu Santo. Será Él, el que habitando en su interior, les dará fuerza para hacer lo que para ellos es imposible. Fue el Espíritu Santo el que les dio la fuerza y nos la dará también a nosotros, para amar a los demás en la dimensión que lo hizo el Señor Jesús, entregando su vida por nosotros.


DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA  -A-

«YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6, 1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12

El fragmento del evangelio de hoy está sacado del Discurso de las Despedidas del evangelio de san Juan. Tiene lugar la noche de la Última Cena. El Señor Jesús, conociendo todo lo que va a suceder en esa noche, en la intimidad, reunido con los suyos, les va preparando para que los acontecimientos que se presentan, no les pillen por sorpresa. Por eso, empieza diciéndoles: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo... Adonde yo voy ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Los acontecimientos que iban a acontecer aquella noche y al día siguiente, era tan graves y de tal importancia, que desmontaban por completo  la idea que del Señor tenían sus discípulos. Ellos esperaban un Mesías que librara a Israel del sometimiento a los romanos, y ahora ven al Señor Jesús sometido a tormentos atroces y clavado en una cruz. Esto es algo totalmente irracional.

 A través de nuestra vida encontramos también muchos acontecimientos para los que no tenemos respuesta. Nuestra mente y nuestra razón son muy limitadas, por eso tenemos el peligro de quedarnos bloqueados y no saber a ciencia cierta qué hacer. Un ejemplo muy actual lo tenemos en lo que está ocurriendo en estos momentos en nuestra sociedad. ¿Quién hubiera imaginado esta catástrofe hace tan solo medio año? El corazón se nos encoge al comprobar la enorme cantidad de fallecimientos ocurridos, y al ver la falta absoluta de medios para atender a tanto enfermo. Hospitales colapsados hasta el punto de dejar de atender a personas mayores a causa de su edad. Imposibilidad de prestar el mínimo acompañamiento a los moribundos por parte de sus familiares, etc., etc. Y todo esto sucede en una sociedad tecnológica que ha alcanzado metas insospechables en el terreno científico. Un insignificante virus microscópico ha echado por los suelos toda la soberbia y prepotencia de nuestra sociedad.

Ante esta situación de impotencia total, hoy, el Señor nos dice: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí Vosotros creíais que tenías respuesta para todo. Creías que todo estaba controlado. Habíais plantado vuestra tienda en este mundo olvidando que vuestro destino final era el cielo. Que vuestra impotencia no os conduzca a la desesperación. No miréis hacia la tierra, mirad hacia el cielo en donde yo os he preparado un lugar, un lugar en donde no hay llanto, ni fatiga ni muerte. Yo mismo soy el camino que os conducirá hacia el Padre. Él os ama intensamente y solo desea para vosotros la felicidad.

Como el Señor ha estado durante todo el rato refiriéndose al Padre, Felipe, exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Podemos imaginarnos al Señor Jesús que, un tanto extrañado por la petición de Felipe, le dice: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». La Escritura nos dice que nadie puede ver el rostro de Dios y continuar con vida. Por eso, Dios-Padre, quiso que la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, tomara una naturaleza humana, mortal como la tuya y la mía, a fin de que nosotros pudiéramos contemplar su rostro y continuáramos con vida. Por eso, ahora se entiende lo que dice Jesús: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Esta circunstancia la tenían muy clara los primeros cristianos, que afirmaban que en el señor Jesús en la Cruz, veían el rostro radiante del Padre.