Blogia

Buenasnuevas

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

«SANTA FAMILIA DE NAZARET: ESPEJO DE LA FAMILIA CRISTIANA»

 

CITAS BÍBLICAS : Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 22-40

En el domingo que cae dentro de la octava de Navidad, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Una fiesta en la que la Iglesia nos invita a contemplar a la familia de Jesús, María y José, modelo de toda familia cristiana.

La sociedad actual sufre grandes turbulencias en muchos aspectos de la vida, pero, de un modo especial, en aquellos que hacen referencia a la familia. Todos los estamentos sociales, empezando por los políticos, tienen sumo interés en apropiarse el control de la familia, con objeto de afianzar sus intereses ideológicos, económicos, sociales o de cualquier otro tipo. La razón última de este interés, hay que buscarla en el hecho de que aquel que sea capaz de controlar a la familia, conseguirá el dominio de la sociedad.

La familia es la célula principal del tejido social. A través de ella, una generación transmite a otra los valores propios de la persona humana. Ella es la escuela en la que los padres transmiten a los hijos el conocimiento de Dios, y les enseñan a amarlo como al origen de todo bien. Otra misión, y no de menor importancia, es la de educar a los hijos integrándolos en la sociedad, a fin de que se formen como ciudadanos conscientes de los deberes y obligaciones que conlleva la convivencia humana.

Estas dos tareas son las que Dios-Padre puso en manos de María y de José, a fin de que el Niño Jesús creciera, en primer lugar, conociendo y amando a Dios sobre todas las cosas, a la vez que se formaba como un miembro consciente de lo que suponía su pertenencia al pueblo de Israel, el Pueblo de Dios.

Esta es la misión que hoy tienen los padres cristianos. Educar a sus hijos dándoles conocimiento de Dios, para que lo amen sobre todas las cosas, y al mismo tiempo, educándolos y formándolos como miembros de la familia humana. Por estar comprometida en alcanzar estos dos objetivos, es por lo que hoy, sufre persecución la familia cristiana. Para los grupos de presión como los que buscan la manipulación genética, y también los políticos, urge controlar a la familia, para que no cumpla su misión de ser la cuna donde se transmite la fe. Llega hasta tal punto su obsesión, que no hay inconveniente en afirmar sin rubor, que “los hijos no pertenecen a los padres, sino al estado”.

El maligno, enemigo acérrimo de Dios, en cuyas manos está el mundo, tiene marcado como objetivo primordial la destrucción de la familia. Sabe que destruyendo a la familia, logrará destruir a la Iglesia. Es por eso que instiga a los gobernantes para que hagan leyes que minen los cimientos de la familia: aborto, divorcio, la pretensión de equiparar a las uniones del mismo sexo, dándoles el nombre de matrimonio, etc. no son más que acciones que provocan confusión y desdibujan la figura de la verdadera familia.

Nosotros, miembros de la Iglesia, no podemos caer en la trampa que diariamente nos tienden los medios de comunicación, mostrándonos continuamente lo que ellos llaman otros modelos de familia, a fin de que, inconscientemente, los aceptemos como válidos. El único modelo válido de familia es el que nos muestran en Nazaret Jesús, María y José. A ellos hemos de recurrir pidiendo ayuda, para que nuestras familias sean fiel reflejo de lo que fue la suya. Familias en donde el amor de Dios y el amor al prójimo, sean el fundamento de nuestra vida de fe.     

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-

DOMINGO IV DE ADVIENTO  -B-

«AQUÍ ESTÁ LA ESCLAVA DEL SEÑOR, HÁGASE EN MÍ

SEGÚN TU PALABRA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 1-5.8b-12.14a.16 * Rm 16, 25-27 * Lc 1, 26-38

Llegamos al final del Adviento. Durante los tres domingos anteriores, la Palabra nos ha anunciado la segunda venida del Señor, sin hacer un hincapié demasiado especial en su primera venida, que tuvo lugar en Belén hace más de dos mil años.

En este domingo, como una preparación inmediata a este acontecimiento que ha supuesto un antes y un después en la historia de la humanidad, la Iglesia nos propone un evangelio realmente entrañable.  En él, tiene lugar el diálogo más importante, más primordial, de toda la Historia de Salvación.

Se trata del diálogo mantenido por una jovencita de Nazaret llamada María, con un ángel enviado por Dios llamado Gabriel. Del resultado de este diálogo depende el cumplimiento de las promesas hechas por Dios al Pueblo de Israel, desde tiempo inmemorial.

El saludo del ángel deja perpleja a la joven María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres». A continuación, el ángel Gabriel le da la gran noticia: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo…». María, queda atónita, pero no opone resistencia a lo anunciado por el ángel. Únicamente pregunta: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel la tranquiliza diciendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por es el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios». La respuesta de María no se hace esperar: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Hemos dicho al principio que se trataba de un pasaje del evangelio realmente entrañable. Es entrañable por la delicadeza, la profundidad y a la vez la importancia que encierra este diálogo de la Virgen con el ángel. Pero, no es menos entrañable por el significado que tiene para nuestra vida de fe.

Hemos de considerar que, con la respuesta de María, una criatura nueva empieza a formarse en el seno de la Virgen. La obra del Espíritu Santo a través de la palabra del ángel, obra esa maravilla. Del mismo modo obra en cada uno de nosotros la Palabra de Dios, la Palabra de la Salvación, el Kerigma. También en nosotros, por obra del Espíritu Santo, en el bautismo, se inició la gestación de un hombre nuevo. Un hombre nuevo que crece a impulsos de la Palabra y la predicación de la Iglesia. La misma maravilla que tuvo lugar en el seno de la Virgen, cuando aceptó la voluntad de Dios, tiene lugar en nuestro interior al quedar destruido el hombre viejo fruto del pecado, dando paso a una nueva criatura que tiene a Dios como Padre.  

Por esto, el pasaje de la Anunciación del Evangelio de hoy, es para todos aquellos que, como María, aceptamos la voluntad de Dios, una gran noticia. Tú y yo, por la fuerza del Espíritu Santo y a través de la Palabra, podemos ser testigos de cómo en nuestro interior se desarrolla un hijo de Dios, un nuevo Cristo. La única condición que existe para que esto sea una realidad, es pedir al Señor que nos conceda la misma docilidad de María. Que nosotros, por la fuerza del Espíritu Santo, estemos dispuestos a decirle al Señor: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».


DOMINGO III DE ADVIENTO (GAUDETE) -B-

DOMINGO III DE ADVIENTO (GAUDETE) -B-

«YO SOY LA VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO: ALLANAD EL CAMINO DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 61, 1-2ª.10-11 * 1Tes 5, 16-24 * Jn 1, 6-8.19-28

Hemos llegado al tercer domingo de Adviento. A este domingo en la liturgia se le llama “domingo de gaudete”, porque, como veremos en la epístola de san Pablo, el Apóstol nos invita a la alegría, diciéndonos: «Estad siempre alegres». El color litúrgico del Adviento, el morado, se transformará en el color rosa, queriendo unirse de ese modo los ornamentos a la alegría a la que nos invita san Pablo.

La alegría es una manifestación propia del cristiano. La alegría a la que nos invita la Palabra, es totalmente distinta a la que nos ofrece el mundo. La sana alegría es el fruto que produce en el hombre vivir según la voluntad de Dios. La alegría del cristiano nace de un corazón sereno, que se siente amado por Dios. Dios no puede en ningún modo desearnos mal alguno. Es un Padre bueno que, hablando humanamente, disfruta viendo felices a sus hijos.

¿Por qué, podemos preguntarnos, hemos de vivir este tiempo con ánimo alegre? La respuesta, la hallamos en otro pasaje del evangelio en el que, el Señor Jesús nos dice: «Alzad la cabeza. Se acerca vuestra liberación». Yo, me atrevo a preguntarte, ¿Eres consciente de que tus pecados, tus deficiencias, tus deseos insatisfechos de felicidad, etc. te privan de libertad? ¿Has experimentado aquella situación de la que habla san Pablo en su carta a los Romanos, cuando dice: «Mi proceder no lo comprendo, ¿quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta»? Hemos de admitir que, aunque no lo parezca, vivimos esclavizados por nuestras bajas pasiones, por los condicionamientos sociales, por la salud, el trabajo, el dinero, etc.

Reconocida nuestra situación de esclavitud, es motivo de alegría saber que Dios-Padre ha provisto un Salvador, y que el que viene a liberarnos está cerca. A esperar a este Salvador allanando sus caminos, y preparándole un corazón bien dispuesto a recibirle, es a lo que nos invita hoy Juan el Bautista. Él, dice en el evangelio, es «la voz que clama en el desierto: Allanad el camino del Señor».

Si nosotros experimentamos esa liberación, es, precisamente, para que hoy ocupemos el lugar de Juan el Bautista en esta generación en la que nos ha tocado vivir. Muchos de los que nos rodean, familia, amigos, compañeros de trabajo, etc., sufren también, muchas veces sin saberlo, la esclavitud del pecado que les impide ser felices. Buscan la felicidad en lo que el mundo les ofrece, pero no alcanzan a lograrla. Por eso, nuestra voz, ha de resonar en medio de este desierto en el que se encuentra la sociedad actual. El Señor necesita testigos. Tú y yo, no estamos en la Iglesia solo para conseguir nuestra salvación. Si el Señor se ha fijado en nosotros y nos ha elegido, lo ha hecho para que los demás a través de nuestra palabra y de nuestras obras, lo hagamos presente.

Alegrémonos y demos gracias a Dios porque se ha fijado en nosotros y nos ha elegido para que, como Juan el Bautista, anunciemos que el Señor viene, que está cerca, y viene para salvarnos.


DOMINGO II DE ADVIENTO - B -

DOMINGO II DE ADVIENTO - B -

«PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 40, 1-5.9-11 * 2Pe 3, 8-14 * Mc 1, 1-8                    

Como decíamos la semana pasada, son tres las figuras representativas del Adviento: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Hoy, san Marcos, en el inicio de su evangelio, nos presenta a Juan el Bautista cumpliendo una de las profecías de Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino». Juan, pues, precede al Mesías, anunciando su llegada.

«Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos». Juan anunciaba esto hace dos mil años, pero su predicación es hoy de una gran actualidad. Tú y yo, estamos llamados por el Señor desde su Iglesia, a anunciar en el desierto donde vivimos, que hay uno que puede devolver la razón de ser y el sentido de la vida, a una sociedad totalmente apartada de Dios. Una sociedad que, por haber dado la espalda a Dios, no halla respuestas adecuadas a unas preguntas que son fundamentales, a la hora de entender el porqué y el cómo de la vida del hombre.

Yo, ¿qué pinto en este mundo? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es la razón principal de mi vida? Cuando se ha cerrado el cielo, cuando se vive como dentro de un bunker porque se niega la trascendencia, estas preguntas no pueden hallar respuesta adecuada. Sólo desde la fe, es posible responderlas.

Juan, invita con su predicación a reconocer esta realidad que tiene como origen al pecado. Es necesario reconocer nuestra debilidad, nuestro pecado, aceptando que estamos equivocados, que pedimos la vida a ídolos que no nos la pueden dar: riquezas, honores, sexo, salud, trabajo, belleza, afectos, drogas, política, poder, etc. Cuántas personas que tú conoces, piden la vida cada día a estos ídolos sin lograr alcanzar la felicidad. La vida del hombre, si nos fijamos, transcurre en ese desierto al que alude el evangelio, aunque hacemos lo posible para alienarnos con mil cosas, intentando ignorar esta realidad.

Juan nos llama a conversión.  Nos llama a reconocer sin miedo nuestras debilidades y pecados, porque está para llegar aquel que viene a perdonar y borrar nuestras deficiencias, nuestros pecados y nuestras rebeldías.

Cuando parece que en la sociedad todo está perdido, que los hombres están atrapados por las redes del mal, que el maligno es el que gobierna al mundo, de nuevo Juan nos invita a no desesperar. Viene a decirnos, no todo está perdido. Dios-Padre nos envía un Salvador. Preparaos, estad vigilantes. Se acerca vuestra liberación.

Como ya hemos dicho anteriormente, hoy, la figura de Juan se encarna en cada uno de nosotros. Somos nosotros, los creyentes, los que tenemos la misión de anunciar de palabra y sobre todo con nuestras obras, que el Padre nos quiere, que no juzga nuestras debilidades, y que nos suscita un Salvador. Con Juan podemos decir: nosotros valemos poco, pero detrás de nosotros viene uno que llega para salvar, para devolver el sentido a la vida.

No tengamos miedo o respeto humano a ser testigos, a dar la cara por el único que salva, el único que perdona los pecados, el único capaz de librar de la muerte de cada día. El Señor lo ha hecho contigo, con su ayuda, haz tú lo mismo.  


DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -B-

«A VOSOTROS OS DIGO: ¡VELAD!»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16c-17. 19c;64, 2b-7 * 1Cor, 1, 3-9 * Mc 13, 33-37

Iniciamos con este domingo un nuevo año litúrgico. Empezamos con él, el Adviento, dando comienzo a toda la historia de salvación, que podremos contemplar en el transcurso de este año que iniciamos. Nos ayudarán a hacer este recorrido, las lecturas del Evangelio, pertenecientes al ciclo B de la liturgia, tomadas del evangelio según san Marcos.   

Tres serán las figuras fundamentales, protagonistas en la liturgia de la Palabra durante este tiempo de Adviento. El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Las tres nos ayudarán a vivir expectantes el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que culminará con su nacimiento en Belén el día de Navidad.

El Adviento es un tiempo de espera que implica algo más que la preparación al nacimiento del Hijo de Dios. Ciertamente, este tiempo nos prepara a vivir este acontecimiento, pero hay otra espera que debe estar presente siempre en la vida del cristiano. Nos referimos a la segunda venida del Señor Jesús que tendrá lugar al final de los tiempos. Esta espera, no es menos importante que la de esperar el nacimiento del Niño-Dios porque, aunque lejana en el tiempo, significará la culminación de toda la obra de la creación llevada a cabo por las Tres Divinas Personas de la Trinidad.

Para nosotros, es importante hacer presente esta expectación, porque, con frecuencia, vivimos el día a día, como si nuestra vida en este mundo fuera definitiva y por lo tanto no tuviera que terminar. El Adviento nos recuerda que en este mundo sólo somos peregrinos que caminamos hacia una vida plena y feliz, hacia el encuentro definitivo con el Señor en una vida eterna.

El Señor Jesús quiere que nos mantengamos vigilantes, por eso hoy nos dice en el evangelio: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Es necesario, pues, estar expectantes, pero sin que esta venida del Señor cree en nosotros inquietud, porque sabemos que siempre que Él aparece, lo hace para salvar.

Si somos conscientes de que de verdad necesitamos vernos libres de nuestras malas inclinaciones, de los vicios que nos dominan, de todo aquello que nos impide ser felices, esperaremos con ilusión la manifestación del Señor en nuestras vidas. De ese encuentro depende nuestra felicidad eterna.

El Señor nos propone una parábola. Un hombre va a iniciar un largo viaje. Antes de partir reparte tareas a sus criados, encargando al portero que vigile. «Velad, dice, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche o al canto del gallo… no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos»

Nosotros somos esos sirvientes. El Señor nos ha colocado provisionalmente en este mundo. Sólo estamos de paso. No lo tomemos como nuestra residencia definitiva. Nosotros no pertenecemos a este mundo. Somos ciudadanos del cielo, y debemos mantenernos alerta esperando la llamada del Señor para que, acompañados por Él, entremos en la vida eterna, que es la vida para la que hemos sido creados. Que cuando venga, no nos sorprenda dormidos o empeñados en negocios de este mundo que no dan la felicidad, sino atentos y dispuestos a seguirle de inmediato.


DOMINGO XXXIV-- SOLEM. DE CRISTO REY -- A

DOMINGO XXXIV-- SOLEM. DE CRISTO REY -- A

«CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 34, 11-12.1517 * 1Cor 15, 20-26.28 * Mt 25, 31-46

La liturgia de la Iglesia resume a través de todo un año la historia de salvación. Toda esta historia de salvación converge en Jesucristo. Lo comprobamos cuando san Pablo afirma en su carta a los Colosenses que «por medio de Cristo fueron creadas todas las cosas… que todo fue creado por él y para él … que él es principio… y que es el primero en todo». En su carta a los Corintios que se proclama hoy, dice también: «Cristo debe reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies». No es de extrañar, pues, que la Iglesia nos presente la figura de Cristo Rey, como cumbre en este domingo con el que damos fin al año litúrgico.

¿Para qué necesitamos nosotros la figura de Cristo Rey?, podemos preguntarnos. Con el pecado de Adán quedó establecido el mal en el mundo y con el pecado entró la muerte. Nosotros, pues, vivimos en una sociedad en la que se enseñorea el mal y que está dominada por la muerte. Una sociedad en manos del maligno, como él mismo lo afirma en una de las tentaciones a las que somete al Señor Jesús cuando le dice: «Todo esto te daré porque a mí me ha sido dado». La misión de Cristo es pues, precisamente, destruir el mal y la muerte, «aniquilando todo principado, poder y fuerza, para devolver a Dios Padre su reino».

Nuestra situación de pecado, la tuya y la mía, nos produce una constante insatisfacción. Creados para una vida eterna y feliz, nos encontramos esclavos de la muerte como consecuencia de nuestras rebeldías. Como dice san Pablo, «queremos obrar el bien, pero es el mal el que se nos presenta». Nuestro hombre viejo, el hombre de la carne nos domina, nos arrastra hacia el mal, buscando satisfacer nuestra ansia de felicidad sin lograrlo. Por eso, también nosotros podemos exclamar con san Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» La respuesta nos la da el mismo san Pablo cuando afirma: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!».

Es Cristo Jesús, Cristo Rey, el enviado por el Padre con poder para librarnos de todos nuestros pecados, de nuestras bajas pasiones. Él, sentado a la derecha del Padre, está puesto con poder para ayudarnos a dominar nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestra ansia de ser. Es Él el que te ayuda a refrenar tu ambición, tu sexualidad desbocada. Es Él el que te ayuda a amar a tu enemigo y a perdonar a quien te ofende. Con su fuerza, puedes, no sólo soportar, sino aceptar las humillaciones y exigencias injustas que padeces en tu trabajo. Él es el Señor de la enfermedad, la pobreza, la soledad, etc., que te hace la vida imposible, de aquello que te impide poder ser feliz. Él es, en fin, el que con su Muerte y Resurrección te ha reconciliado con el Padre y te ha devuelto la filiación divina. Es tu Hermano mayor, siempre dispuesto a defenderte de todos tus enemigos.

Invoquémoslo en todas nuestras necesidades. Él está esperando que le pidamos ayuda, así lo afirma cuando nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».


DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ERES UN EMPLEADO FIEL Y CUMPLIDOR; PASA AL BANQUETE DE TU SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 31, 10-13.19-20 * 1Tes 5, 1-6 * Mt 25, 14-30

El evangelio de hoy está relacionado con la segunda venida del Señor. Estamos terminando el año litúrgico y se nos hace presente la actitud de espera en que debemos permanecer.

Jesús nos dice, que un hombre que debía emprender un largo viaje, reunió a tres de sus siervos haciéndoles entrega de una suma de dinero para que, en su ausencia, lo hicieran producir.

Los dos primeros trabajaron de firme y duplicaron el capital recibido. El tercero, por miedo, enterró el talento bajo tierra dejándolo improductivo.

Cuando menos esperaban regresó el amo y felicitó a los dos primeros siervos y los hizo participar de su banquete. Al tercero, le recriminó su negligencia y holgazanería, le quitó el talento y ordenó que fuera echado a las tinieblas del exterior

Esta parábola está dicha especialmente para nosotros, los que nos consideramos creyentes. El Señor, ya desde antiguo, se eligió a un pueblo para que manifestara al mundo la existencia de un único Dios creador, que rige todo el universo y que con su sabiduría y poder lo mantiene. A nosotros, herederos de ese pueblo, nos ha elegido para que hagamos conocer a todos los hombres la misericordia de ese Dios creador, su amor, el perdón de los pecados y la existencia de una vida eterna a la que todos estamos llamados.

Para llevar a término esta misión, nos ha dado abundantes gracias, talentos, que no ha dado al resto de los hombres. Su voluntad es que, con nuestro trabajo, hagamos fructificar esos talentos, de manera que todos los que nos rodean lleguen al conocimiento de su persona. Le conozcan a Él y conozcan a su enviado Jesucristo, a través del cual hemos recibido la salvación.

El problema se presenta cuando nosotros no hacemos fructificar esos talentos adecuadamente. Hacemos como el empleado de la parábola que recibió un solo talento. Lo guardamos y no procuramos que produzca fruto

También llegará para nosotros el día en que el Señor nos pida cuentas. ¿Qué has hecho? nos dirá. ¿Has trabajado y has hecho fructificar los dones que te di, o te has beneficiado sólo tú? Yo te llamé a la fe y te di gracias abundantes para que fueras mi testigo. ¿Qué has hecho para que los demás me conocieran?

Estemos alerta. Nuestra vida es un tiempo de gracia. Todavía estamos a tiempo para hacer fructificar nuestros talentos. Hagámoslo así, para que también el Señor nos haga participar del banquete que, para nosotros, ha dispuesto desde siempre.


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VELAD PORQUE NO SABÉIS NI EL DÍA NI LA HORA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 6, 12-16 * 1Tes 4, 13-18 * Mt 25, 1-13

El evangelio de hoy viene en nuestra ayuda, porque con facilidad olvidamos que en este mundo sólo estamos de paso. Montamos la tienda de nuestra vida y nos aposentamos como si esta tierra fuera para nosotros la morada definitiva. Tenemos el peligro de pensar que la única realidad que existe es la que estamos viviendo.

Esta forma de razonar borra de nuestra existencia la mitad de aquello para lo que hemos sido creados. Ignora que nuestro fin no es únicamente una sepultura en el cementerio, sino que estamos llamados a una vida eterna, a una vida que no termina. Si esta dimensión de eternidad desaparece de nuestra vida, nos asemejamos a los pájaros cuando se les cortan las plumas y no pueden volar. Se convierten en una figura grotesca y cómica.

Precisamente, a fin de que vivamos en este mundo como forasteros sin perder de vista que no estamos llamados a una vida caduca, sino a una vida eterna, el Señor Jesús, en la parábola que hoy nos presenta el evangelio, nos invita a estar vigilantes. Lo hace, comparando el Reino de los Cielos a diez doncellas que fueron invitadas a una boda. Tenían que esperar al esposo con antorchas encendidas para acompañarle y entrar con él al banquete de bodas. El Señor nos dice que cinco de ellas eran previsoras y, por si acaso los tratos con los padres de la novia se alargaban demasiado, tomaron alcuzas con aceite de repuesto. Las otras, por el contrario, no tuvieron esta precaución. 

Los tratos se alargaron muchísimo y todas se durmieron. A media noche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Sólo las doncellas que habían sido previsoras pudieron entrar al banquete de bodas acompañando al esposo, las cinco restantes no lo hicieron porque se habían quedado sin aceite y tuvieron que ir a comprarlo. Y la puerta de la sala se cerró. Cuando las otras doncellas llegaron, llamaron a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos». La respuesta del esposo fue tajante: «Os lo aseguro. No os conozco».

Tradicionalmente esta parábola se ha aplicado a las vírgenes que, dentro de la Iglesia, han entregado su vida al Señor como religiosas. Esta interpretación no es demasiado acertada porque, la llamada a estar vigilantes a la espera del Señor nos incumbe a todos. En tiempos del Señor Jesús no había ni monjas ni monasterios, por eso, los destinatarios de esta parábola, somos todos nosotros.

En esta vida, estamos en camino. Somos parroquianos, que significa peregrinos. Nuestra vida, unas veces muy corta y otras más larga, es un tiempo de gracia. Un tiempo de conversión. Un tiempo de espera para encontrarnos con el Señor Jesús. Sin embargo, como el Señor, al igual que el esposo de la parábola, tarda en aparecer, nosotros, como las doncellas, bajamos la guardia y nos dormimos. No tenemos en cuenta que no somos dueños de nuestra vida.

En esta situación y cuando menos lo esperemos, también para nosotros se escuchará esta voz: «Llega el esposo, salid a recibirlo». ¿Qué ocurrirá entonces? Pueden ocurrir dos cosas: si nuestras alcuzas están llenas de aceite, signo del Espíritu Santo, podremos entrar con el Esposo en la sala del banquete. Si por el contrario esta llamada nos encuentra inmersos en las preocupaciones del mundo: dinero, familia, trabajo, salud, diversiones, etc., faltos de aceite, con mucho espíritu mundano, pero carentes de Espíritu Santo, es posible que nos veamos imposibilitados a entrar en el banquete.

Las palabras del Señor, «Os lo aseguro: No os conozco», son ciertamente terribles. Debemos, por tanto, considerar un rasgo de su amor, la invitación a mantenernos vigilantes en espera de su venida, puesto que no conocemos ni el día ni la hora.