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DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS OS PRECEDERÁN EN EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 18, 25-28 * Flp 2, 1-11 * Mt 21, 28-32

El evangelio de este domingo nos sitúa ante una cuestión que, sobre todo, para aquellos que intentamos vivir nuestra vida de fe en la Iglesia, puede plantearnos un serio interrogante.

El Señor Jesús propone a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo una parábola. En ella habla de un hombre que tenía dos hijos a los que encarga ir a trabajar a la viña. El primero se niega en redondo, pero al rato, después de recapacitar, marcha a la viña. El segundo, por el contrario, acepta sin protestar el encargo de su padre, pero no va a la viña.

El Señor, pregunta: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» Le contestan: «El primero». El Señor Jesús continúa diciendo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Los que estamos viviendo nuestra vida de fe en la Iglesia, tenemos el peligro de obrar como el segundo hijo. Aparentemente aceptamos todo lo que se nos enseña. No solemos protestar. Sin embargo, nuestras obras no concuerdan con lo que de palabra profesamos. Dicho de otra manera, nuestra vida de fe, discurre por derroteros muy diferentes a lo que demuestran nuestras obras.

Esta manera de actuar nos hace daño en primer lugar a nosotros, y en segundo lugar a aquellos que, contemplando el divorcio que existe entre lo que decimos creer y nuestras obras, en vez de sentirse atraídos por la Iglesia, la rechazan de plano.

Sin embargo, si en vez de aparecer como cumplidores de la ley, que es lo que hacían los escribas y fariseos, se hace manifiesta nuestra pobreza, nuestro pecado, como ocurría en el caso de las prostitutas y de los publicanos, seremos objeto de la misericordia de Dios, que se complace en aquellos que son pobres, que son pecadores, que conocen la ley, pero que son incapaces de cumplirla. De este modo será realidad lo que dice el Señor: «Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos».

 Llegados a este punto sería bueno preguntarnos: ¿En cuál de los dos hijos me veo representado? ¿Soy de los rebeldes, de los que protestan, de los pecadores, aunque al final reconozco que no tengo razón y acabo obedeciendo? O más bien ¿aparento ser cumplidor y obediente, aunque esto sólo sea un barniz exterior con el que pretendo tapar mi pobreza y mis pecados?

El Señor no se fija en las apariencias. El Señor penetra el corazón y conoce todas nuestras intenciones. Ante Él nada hay oculto. Por eso vale la pena no esconder nuestra limitación, nuestros pecados, para poder experimentar su amor, su misericordia y su perdón. Por muchos que sean nuestros pecados, mayor es su misericordia y comprensión. 


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ASÍ, LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS Y LOS PRIMEROS LOS ÚLTIMOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 6-9 * Flp 1, 20c-24. 27a * Mt 20, 1-16        

Una vez más, el Señor, expone su doctrina por medio de parábolas. De este modo, recurriendo a situaciones de la vida ordinaria, hace que sus enseñanzas lleguen con mayor facilidad a la gente sencilla que le sigue.

Hoy compara al Reino de los Cielos a un propietario que sale al clarear el alba a la plaza, con objeto de contratar trabajadores que vayan a su viña. Ajusta con ellos el jornal quedando en cobrar un denario por jornada.

A media mañana sale de nuevo y viendo a otros que está en la plaza sin trabajar, les envía a la viña con el compromiso de pagarles lo debido. Esta acción se repite de nuevo a mediodía y también a la caída de la tarde. A estos últimos les dice: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Ellos le responden: «Nadie nos ha contratado». «Id también vosotros a mi viña».

Al oscurecer, el dueño dice al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros». La sorpresa y el disgusto de los llamados a primera hora es enorme, porque viendo que a los últimos se les ha entregado un denario, ellos esperan recibir un sueldo superior. La respuesta del amo no da lugar a discusión: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete».

Quizá alguno de nosotros también considere injusta la manera de obrar del propietario de la viña. Tenemos muy grabada en nuestro interior la llamada justicia distributiva. Cada uno, según este concepto, debe recibir la paga que corresponda al trabajo realizado. El propietario de la parábola, pues, habría actuado injustamente con sus trabajadores.

Sin embargo, las enseñanzas del Señor Jesús, siguen otros derroteros. Veámoslos. El dueño de la viña es Dios-Padre y los trabajadores son los llamados a pertenecer al Pueblo de Dios. Significa esto que la llamada de Dios a pertenecer a su Iglesia, que es el Reino de Dios en este mundo, puede sobrevenirnos en cualquier momento de nuestra vida. Unos, hemos sido llamados desde nuestra niñez. Otros, han conocido al Señor en la juventud o en la madurez. Finalmente, otros, han entrado a formar parte de la Iglesia de Jesucristo en la ancianidad. El resultado para todos es el mismo: la paga que recibimos de nuestro Padre-Dios es la vida eterna, simbolizada en el denario que reciben los viñadores.

Según nuestra concepción moralista, podríamos pensar: si la salvación es la misma, si puede obtenerse en la vejez, ¿qué ventaja supone pertenecer a la Iglesia desde la niñez o la juventud? Si pensamos así, es porque no hemos descubierto el gran regalo que supone vivir nuestra vida de fe en el seno de la Iglesia. Cuanto antes se conoce al Señor Jesús, cuanto antes tenemos experiencia de que vive resucitado a nuestro lado, siempre dispuesto a ayudarnos en las contrariedades, en los sufrimientos, y en nuestra impotencia de hacer el bien, más pronto se saborea como anticipo la vida eterna que nuestro Padre-Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros. Nuestra vida, entonces, adquiere desde el principio sentido, a diferencia de lo que les ocurre a aquellos que, por no conocer al Señor, sufren de una manera ciega sin encontrar la razón última de su existencia.  


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SEÑOR, ¿CUÁNTAS VECES HE DE PERDONAR A MI HERMANO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27,30—28, 7 * Rm 14, 7-9 * Mt 18, 21-35

Para reconocer a un cristiano existen dos signos que son inequívocos: el perdón mutuo y el amor al enemigo. Los dos son signo del amor, y son para nosotros imposibles de llevar a la práctica sin la presencia de Dios en la vida, ya que Dios es amor. El amor es entrega, es donación, es renuncia a uno mismo en favor de la persona amada. El verdadero amor siempre está dispuesto a dar sin esperar recompensa alguna.

Hoy el evangelio trata de uno de estos signos: el perdón. Pedro quiere saber hasta donde debe llegar el perdón, y por eso plantea al Señor esta cuestión: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». La respuesta del Señor no deja lugar a ninguna duda: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». El siete es un número que en la Biblia hace referencia a una empresa, a una labor completada, terminada. Lo vemos en los siete días de la creación y en otras muchas circunstancias de la Escritura. Teniendo en cuenta esto, la respuesta del Señor, setenta veces siete, indica que el número de veces que hay que perdonar es infinito.

El Señor Jesús, para aclarar más este tema propone a sus discípulos la parábola del siervo sin entrañas. La deuda que un siervo mantiene con el rey, su señor, es desorbitante, diez mil talentos, unos trescientos mil euros oro. No teniendo con qué pagar, el señor ordena que sea vendido él con su familia y sus bienes. El siervo se arroja a los pies de su señor implorando clemencia. Éste, conmovido, le deja ir perdonándole la deuda.

Al salir, el siervo encuentra a un compañero que le debe cien denarios, medio euro aproximadamente. Le exige pagar la deuda, y al no poder hacerlo manda que lo encierren en la cárcel. El hecho llega a oídos del señor que, irritado, dice al siervo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» E irritado lo entrega al verdugo hasta que pague el último céntimo. Jesús termina diciendo: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Esta puede ser tu historia y mi historia. Nuestros muchos pecados nos hacen deudores de Dios-Padre. Él, para librarnos de la muerte que acarrea necesariamente el pecado, nos entrega la Sangre de su querido Hijo. No puede darnos un tesoro más grande. Su misericordia se derrama abundantemente sobre nosotros. Y, nosotros, ¿qué hacemos con los hermanos que nos ofenden? Exigimos justicia. Reclamamos nuestros derechos. Somos unos egoístas incapaces de perdonar de corazón.

Lo cierto es que nuestro hombre de la carne nos impide ser generosos con el hermano que nos ha ofendido, y nos hace incapaces de perdonar. Por eso, el Señor Jesús, está dispuesto a entregarnos la fuerza de su Espíritu, si nosotros se la pedimos. Somos miembros de la Iglesia, y, por tanto, estamos llamados a hacer presente el amor de Dios a los hombres. Con nuestro perdón al hermano, haremos presente el perdón que Dios nos ha otorgado primero.

El Señor hoy nos dice: ¿Has experimentado mi amor y el perdón de tus pecados? Ve, y con la fuerza de mi Espíritu, haz tú lo mismo con los que te rodean.


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«TODO LO QUE ATÉIS EN LA TIERRA QUEDARÁ ATADO EN EL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 33, 7-9 * Rm 13, 8-10 * Mt 18, 15-20

Es posible que haya muchos creyentes preocupados por obedecer al Señor cumpliendo los Mandamientos, que nunca se han detenido a considerar cuál es el eje principal de cada uno de ellos. No han descubierto cuál es el denominador común de la Ley de Dios. Les preocupa amar de Dios, no blasfemar, santificar las fiestas, no matar, no fornicar, no robar, no mentir, etc., considerando cada uno de los mandamientos de una manera individual, cuando la realidad es que todos hacen referencia a un solo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo.

A esto que acabamos de afirmar hace referencia san Pablo con una claridad meridiana en la epístola. Lo expresa así: «El que ama tiene cumplido el resto de la ley». De manera que cuando eres dócil y obedeces a tus padres, es porque los amas. Cuando respetas la vida de los demás y evita hacerles un daño físico, es porque los amas. No fornicar o no adulterar, es también un signo de que amas al otro y lo respetas. Cuando no te apoderas de sus bienes, no mientes, etc., etc., lo que te mueve a obrar así es el amor. Se entiende ahora el final de la epístola, cuando san Pablo dice: «Por eso amar es cumplir la ley entera».

El evangelio de hoy transcurre también siguiendo la misma línea. Trata de lo que se conoce como la corrección fraterna. Todos nosotros nos equivocamos muchas veces porque somos imperfectos, y, aún cuando deseamos hacer las cosas bien, no siempre acertamos en su realización. Lo dice san Pablo en su carta a los Romanos: «Desear hacer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el realizarlo» «Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta» Por eso hoy, el Señor Jesús, que conoce mejor que nosotros nuestra condición pecadora, nos dice: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano».

Esta reprensión, como ya hemos dicho, es lo que se conoce como corrección fraterna, y ha de hacerse siempre por amor. Quiere decir esto, que no hemos de corregir al hermano humillándole, lo corregimos porque lo queremos. De ahí que el Señor recomiende corregirlo en privado, para que no quede en una situación desairada delante de los demás.

Hemos dicho muchas veces que como cristianos hemos de defender siempre la verdad, pero sin convertirnos en jueces y teniendo en cuenta que con la verdad podemos matar al otro. Queremos decir que, sin renunciar a la verdad, en toda corrección ha de estar presente la misericordia. Tú no pretendes aplastar al otro poniéndolo en la verdad, sino que procuras que, aunque la verdad escueza, quede claro que lo corriges porque lo amas y deseas su bien. Si obramos así, si nos mueve el amor al hermano, se cumplirá todo lo que nos dice el Señor: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».

Al final del evangelio de hoy, el Señor Jesús hace hincapié en la importancia de la oración en común y nos dice: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo, porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Como veis, palabras consoladoras, porque nos dan la certeza de la presencia cercana del Señor en nuestra vida.


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SI UNO QUIERE GANAR SU VIDA, LA PERDERÁ...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 7-9 * Rm 12, 1-2 * Mt 16, 21-27

El evangelio de este domingo es continuación del de la semana pasada. Allí veíamos cómo ante la pregunta de Jesús «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», Pedro confiesa al Señor Jesús como al Mesías, al Hijo de Dios vivo. Esta respuesta trae como consecuencia la elección que de Pedro hace el Señor, como piedra sobre la que desea construir su Iglesia, dándole a la vez la primacía sobre el resto de los discípulos.

El pasaje continúa diciendo que, Jesús, ante los acontecimientos que le esperan en Jerusalén, empieza a preparar a sus discípulos poniéndoles al corriente de todo lo que va a acontecer. Entrega a las autoridades, sufrimientos, ejecución y finalmente la resurrección al tercer día. Desea desmontar con ello la imagen idílica que tienen sobre la próxima restauración del Reino de Israel. «Mi reino, dirá más adelante ante Pilato, no es de este mundo». Sin embargo, esa no es la idea que ellos tienen sobre lo que va a hacer el Señor.

Una vez más es Pedro el que toma la iniciativa, y tomando a Jesús aparte lo increpa diciéndole que eso que dice no pude suceder. El Señor, dejando aparte las alabanzas que había dedicado a Pedro, le dice con dureza: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».

Muchas veces en la vida nos ocurre como a Pedro. Leemos la historia, interpretamos los acontecimientos que vivimos con ojos humanos. Nos dejamos llevar por nuestra razón y sacamos conclusiones erróneas de lo que nos ocurre. Esto, sin duda, es muy humano, porque, ¿cómo podía llegar a pensar Pedro que aquello que decía el Maestro era lo conveniente y era lo dispuesto por el Padre? ¿Cómo era posible que el Mesías, el enviado de Dios para restaurar el Reino de Israel, terminara ejecutado como un malhechor en una cruz?

Somos muy dados a dejarnos llevar por las apariencias. No tenemos en cuenta lo que el Señor dice a través del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos…». Precisamente por esto, el Señor Jesús, aprovecha la ocasión para ponernos en la verdad, rechazando la misma tentación que tuvieron los discípulos, el triunfalismo. Él no vino a este mundo buscando la aceptación y el éxito, todo lo contrario, renunció a su categoría de Dios apareciendo como uno de tantos. Por eso, hoy nos dice: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».

¿Por qué el Señor nos invita a cargar con nuestra cruz? Lo lógico, humanamente, sería que nos la quitara. ¿Cómo se entiende esto? La cruz de cada día no nos la envía Dios, sino que es fruto de nuestro pecado. Tu orgullo, tu lujuria, tu enfermedad, tu carácter, tu falta de recursos económicos, todo lo que te hace infeliz, etc. no tiene su origen en Dios, es fruto tu pecado, es tu cruz. Tú, con sólo tu esfuerzo, eres incapaz de soportar esa cruz que con frecuencia te aplasta. Es en este punto, precisamente, donde aparece la obra de Dios, donde se hace presente el Salvador que el Padre nos ha enviado.

De la cruz nadie puede escapar, pero es al mismo tiempo es necesaria, para experimentar la salvación del Señor Jesús. Lo que para ti sólo es imposible, se convierte en posible con su ayuda. Sin tu cruz, nunca experimentarías el poder del Señor que salva. Por eso, no hemos de huir de ella, sino, como hoy dice el Señor, cargarla, ya que tenemos un Cirineo que nos ayuda a llevarla.    

 

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«TÚ ERES EL MESÍAS, TU ERES EL HIJO DEL DIOS VIVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 * Rm 11, 33-36 * Mt 16, 13-20

Si siempre la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda y es como una lámpara que alumbra nuestra vida de fe, la que hoy nos propone la Iglesia, si prestamos atención, pondrá ante nosotros un tema que, como creyentes, quizá nunca nos hayamos planteado, pero que necesariamente tenemos que afrontar.

El Señor Jesús, de camino hacia Cesarea de Filipo, de momento se detiene y hace a sus discípulos la siguiente pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Las respuestas de los discípulos son de lo más variadas. Unos dicen que Juan Bta. que ha vuelto a la vida, otros que Elías o Jeremías o alguno de los profetas.

El Señor no busca precisamente saber lo que la gente opina sobre él, sino que lo que le interesa es poder plantear a los discípulos una pregunta cuya respuesta es para él muy importante. Por eso, sin hacer demasiado caso a las respuestas que le van dando, pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Seguramente esta pregunta les pilla desprevenidos. Ellos le siguen, escuchan su predicación y son testigos de los muchos milagros que realiza, pero, ¿quién es en verdad para ellos Jesús de Nazaret?

Pedro, siempre tan dispuesto, no duda en responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». El Señor, complacido por la respuesta de Pedro, le dice: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo».

Hemos dicho al principio que esta palabra era importante para nuestra vida, porque, hoy, el Señor, nos la formula a ti y a mí. Yo me pregunto, ¿alguna vez hemos pensado seriamente quién es Jesucristo en nuestra vida? Es posible que sólo seamos capaces de contestarla recurriendo a lo que de pequeños aprendimos en el Catecismo. Quizá digamos: Jesús es el Hijo de Dios. Pero yo pregunto ¿tenemos experiencia en nuestra vida de que esto sea así? ¿Para qué nos ha servido que Jesús sea el Hijo de Dios?

Muchos eran los que seguían a Jesús en su vida pública y fueron testigos de sus milagros, sin embargo, unos veían en él a un enviado de Dios, a un gran profeta, mientras que otros, viendo exactamente lo mismo, lo acusaban de endemoniado y falso profeta. La clave para entender esta diferencia nos la da el Señor Jesús cuando dice a Pedro: «Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo». Yo me pregunto ¿tenemos dispuesto nuestro corazón para escuchar humildemente la voz del Padre, o por el contrario cerramos los oídos y nos dejamos llevar por nuestra razón? ¿Qué actitud adoptamos cuando se proclama la Palabra de Dios? ¿Somos tierra buena o por el contrario rechazamos todo aquello que no encaja con lo que nos dicta la razón?

Hoy, el Señor te ha preguntado: ¿Quién dices tú que soy yo? Él es el enviado del Padre para tu salvación. ¿Lo crees? Para creerlo, es necesario estar convencido de que necesitas que te salven. ¿Quieres saber de qué te han de salvar? Voy a ayudarte. Han de salvarte de tu soberbia, que te hace pensar que tú harías las cosas mejor que los demás. Han de salvarte de tu egoísmo que hace que en todo busques tu conveniencia. Han de salvarte de tu sexualidad descontrolada que te domina, aunque tú intentes disimularlo. Han de librarte de tu esclavitud al trabajo, a la familia, a la salud, al qué dirán, etc.

Si en todas estas circunstancias llegas a tener experiencia de que el Señor Jesús actúa en tu vida, que el Señor Jesús salva, entonces, sin duda, podrás decirle de verdad con Pedro: «Tú eres el Mesías, tú eres el Hijo del Dios vivo».


DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

 

 CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1.6-7 * Rm 11, 13-15 * 29-32 * Mt 15, 21-28

Cuando hacemos uso de la exresión "madre coraje", pensamos enseguida en una mujer decidida que ha plantado cara a todas las dificultades que se le han presentado, con tal de defender a sus hijos, sin amilanarse y poniendo incluso su vida en peligro.

 En el evangelio de hoy, muchos siglos antes de que se nombrara así a esta clase de madres, encontramos a una madre coraje. Se trata de una mujer cananea, y por tanto extranjera a los ojos de los judíos. Tiene una hija poseída por un mal espíritu y ha tenido conocimiento de que Jesús, el profeta de Nazaret, está por el lugar. Lo busca y cuando lo encuentra se pone a gritar: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El Señor se hace el sordo y no la atiende. Viendo que insiste y que no cesa en su petición, los discípulos se acercan para decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta del Señor es tajante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Llega la mujer y postrándose a los pies del Señor le dice: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es desconcertante y a nosotros nos resulta difícil ponerla en labios del Señor: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». (Perro es el nombre que los judíos empleaban cuando se referían a aquellos que no pertenecían al Pueblo de Dios). La respuesta del Señor es muy dura, pero el amor de aquella madre por su hija es mucho mayor. No se arredra, insiste diciéndole al Señor: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

La respuesta de esta madre coraje, no tiene vuelta de hoja. El Señor, admirado, le responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija.

Parecía imposible que el Señor atendiera a aquella madre. Había razones de peso para que no lo hiciera. Sin embargo, el Señor Jesús, fiel a la respuesta que da al padre del endemoniado epiléptico en el evangelio de san Marcos, obra el milagro. En aquella ocasión dijo al padre: «¡qué es eso de si puedes! Todo es posible para el que cree», y esta madre ha demostrado que tenía por completo puesta su fe en el Señor.

No lo olvidemos, nada es imposible para el que cree. En la vida encontraremos montañas que son imposibles de escalar, pero la fe mueve montañas. Tendremos que enfrentarnos a problemas que superan con mucho nuestra capacidad para resolverlos, pero lo que para nosotros es imposible, es posible para el Señor. Lo que hace falta es apoyarnos en él, poner nuestra confianza en él, porque dice la Escritura que quien se apoye en él, no quedará confundido.

Otra cosa que debemos aprender de esta madre es la insistencia en la petición. No hemos de temer hacernos demasiado pesados. Al Señor le gusta que insistamos, porque al insistir por una parte palpamos nuestra impotencia y por otra reconocemos su poder. Hoy lo ha hecho con esta madre y en otra ocasión lo hizo con el Ciego de Jericó. Con la oración insistente hacemos presente al Señor, la necesidad y el interés que tenemos en aquello que pedimos.

Al Señor le gusta que nosotros recurramos a él porque conoce nuestra limitación, y porque está puesto por el Padre como Señor de aquello que para nosotros es imposible, de aquello que nos oprime, nos esclaviza y nos hace infelices. Hablando con lenguaje humano podemos decir, que él es feliz, cuando nos ve felices.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«¡Ánimo, no tengáis miedo, soy yo!»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 9a.11-13a * Rm 9, 1-5 * Mt 14, 22-33 

El evangelio de hoy es continuación del que se proclamó el domingo pasado. Recordemos que se trataba de la multiplicación de los panes y los peces. El Señor Jesús, con sólo cinco panes y dos peces, dio de comer a unas cinco mil personas sin contar mujeres y niños.

Hoy, vemos en el evangelio que, después que la gente se ha saciado, el Señor apremia a sus discípulos a que embarquen y vayan a la otra orilla. Seguramente lo hace para evitarles la tentación del protagonismo. Es sólo Él, el que se queda para despedir a la gente. Luego sube al monte y permanece en oración hasta bien entrada la noche.

Mientras tanto, los discípulos, en la barca, lejos de tierra, no lo están pasando muy bien. El viento les es contrario y el mar está encrespado. De madrugada, el Señor Jesús se acerca a la barca caminando sobre el mar. Ellos, creyendo que se trata de un fantasma, empiezan a gritar de miedo. «¡Ánimo, no tengáis miedo, soy yo!», les dice el Señor Jesús.

Pedro, siempre tan impetuoso, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ira ti andando sobre el agua». Él le contesta: «Ven». Pedro no lo duda. Baja de la barca y empieza a caminar sobre el mar, pero viendo la fuerza del viento y las olas, se mira a sí mismo y empieza a hundirse. «Señor, sálvame» grita. Jesús se acerca, lo coge de la mano y le dice: «¡Que poca fe! ¿Por qué has dudado?».

Estamos frente a un fragmento del evangelio que puede arrojar luz sobre nuestra vida, al dar respuesta a situaciones que no acabamos de entender. Veamos. Si somos sinceros y analizamos nuestra situación en este mundo, es posible que nos identifiquemos con los discípulos, bregando en la barca, de noche y encontrando en nuestra vida dificultades que somos incapaces de afrontar. Situaciones económicas y de trabajo. Problemas familiares que nos desbordan. Condicionamientos sociales que, a distintos niveles, nos impiden actuar según nuestro criterio y que, por tanto, en ciertas circunstancias nos esclavizan. No hablemos ya, de esas inclinaciones de tipo sexual o afectivo, que nos dominan y que con frecuencia hasta nos escandalizan. Nuestra vida se parece mucho a la barca zarandeada en la noche por el viento y el mar.

Uno de los significados que se han atribuido al mar, es ser signo de muerte. Recordemos a los israelitas frente al Mar Rojo incapaces de cruzarlo porque hacerlo significaba la muerte. También hoy los discípulos están en peligro de naufragio, o sea, en peligro de muerte. Sin embargo, en estas circunstancias es cuando aparece el Señor. Él camina por encima de la muerte y Él es también capaz de hacer caminar a Pedro por encima de las olas encrespadas. Solo es necesario cumplir una condición: caminar con los ojos puestos en el Señor. Es precisamente, lo que no ha sabido hacer Pedro. En vez de caminar mirando al Señor, ha mirado su realidad y por eso ha empezado a hundirse.

Tú y yo, caminamos por el mar encrespado de la vida. Si hacemos como Pedro y nos miramos el ombligo, o sea, nos fijamos en nuestras debilidades y pecados, en nuestra impotencia para obrar el bien, en nuestro egoísmo…, no habrá quien nos salve. Nos hundiremos. Sin embargo, si caminamos con los ojos puestos en el Señor, que nos conoce, nos ama y no nos reprocha nada, seremos capaces de caminar por encima de la muerte de cada día. Él nos ama en nuestra realidad y nunca nos exigirá lo que nosotros no podemos darle.