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DOMINGO IV DE CUARESMA (Laetare) -B-

DOMINGO IV DE CUARESMA (Laetare)  -B-

«DIOS NO MANDÓ A SU HIJO AL MUNDO PARA CONDENAR AL MUNDO».

 

CITAS BÍBLICAS: Cro 36,14-16 * Ef 2,4-10 * Jn 3,14-21

Nicodemo era un rico fariseo, maestro en Israel, miembro del Sanedrín y «principal entre los judíos».​ San Juan en su evangelio nos dice de él, que de una manera discreta se entrevista con el Señor Jesús por la noche. El evangelio de hoy es, precisamente, un fragmento de esta entrevista que Nicodemo mantiene con el Señor.

El Señor dice a Nicodemo que de la misma manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, y todos los que la miraban quedaban curados, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, refiriéndose a su muerte en cruz, para que todo el que crea en Él, se vea libre de la muerte que produce el pecado.

 A los israelitas, en el desierto, les causaba la muerte la mordedura de pequeñas víboras. A ti y a mí es el veneno del pecado el que nos mata. Ellos mirando a la serpiente se veían libres de la muerte. También para nosotros, contemplar al señor crucificado es contemplar el amor de Dios-Padre, que ha borrado en esa Cruz la nota de cargo que exigía nuestra muerte.

Para nosotros son consoladoras y reconfortantes las palabras del Señor a Nicodemo cuando le dice: «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.» Para experimentar esa salvación, lo único que se nos exige es creer en ella. Creer que en la Cruz del Señor Jesús está nuestra salvación. Una salvación que es universal, es decir para todos. Para todos los que en la Cruz del Señor Jesús descubran el amor y la misericordia de un Padre que sólo quiere lo mejor para sus hijos. No cabe duda de que, en el desierto, si uno era mordido por una serpiente y no creía que su curación estaba en mirar a la serpiente de bronce, moría. De la misma manera, si uno de nosotros, es mordido por el pecado, que es el aguijón de la muerte, y no cree que en la Cruz del Señor Jesús está la salvación, indudablemente, él mismo elige su condenación.

El Señor continúa diciendo a Nicodemo: «Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas».  Lo que dice el señor aquí lo hemos experimentado todos. Todos tenemos experiencia de que cuando vamos a hacer una acción reprobable, procuramos que no haya testigos, que nadie nos vea. Esto ya sucede desde la niñez. Desde la niñez tenemos cierta consciencia de lo que está bien y lo que está mal. Por eso, el niño, cuando va hacer alguna travesura procura no ser visto por sus padres.

Podemos poner un ejemplo que corrobora lo que dice el Señor. Nuestra vida puede compararse a una habitación. Si la luz de la habitación es tenue, aparentemente todo parece estar limpio y en orden. Sin embargo, al encender un gran foco, empieza a verse el desorden, el polvo, las telarañas y la suciedad. Eso mismo sucede en nuestra vida, preferimos las tinieblas, la poca luz, porque de esa manera nuestros defectos y pecados pasan más desapercibidos. De ahí que el Señor diga que, «todo el que obra perversamente detesta la luz, para no verse acusado por sus obras»

Uno de los beneficios que comporta la escucha de la Palabra de Dios, es, precisamente, iluminar nuestro interior para que aparezcan nuestras faltas y pecados. De esta manera nos muestra cómo somos de verdad. Nos convence de que no somos tan buenos como creemos o aparentamos. Sin embargo, no nos deja sólo acusándonos de pecado, sino que, levanta nuestro ánimo dándonos a conocer la debilidad que Dios-Padre siente por nosotros, pecadores, y su misericordia sin límites que, ante nuestras faltas y miserias, nunca se escandaliza y nos ofrece continuamente su perdón sin límites.  


DOMINGO III DE CUARESMA -B-

DOMINGO III DE CUARESMA  -B-

«EL CELO POR TU CASA ME DEVORA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 20, 1-17 * 1Cor 1, 22-25 * Jn 2, 13-25  

El pasaje del evangelio de hoy contrasta con la imagen del Señor Jesús que muchas veces presenta la devoción popular. Estamos acostumbrados a ver pinturas retocadas un tanto irreales, representando escenas bucólicas del Señor, que no tienen nada que ver con lo que en realidad era la verdadera imagen, que ofrecía el Señor Jesús.

Decimos todo esto porque la figura de Jesucristo que nos presenta hoy el evangelio, es diametralmente opuesta a la idea que, con frecuencia, se tiene de su persona.

Hoy vemos al Señor que sube con sus discípulos a Jerusalén próxima la Pascua. Al llegar al templo encuentra el recinto convertido en un auténtico mercado. Por un lado, vendedores de bueyes, ovejas y palomas, para poder ofrecerlos en sacrificio. Por otro lado, las mesas de los cambistas llenas de monedas.

Irritado al ver aquel espectáculo, forma un látigo con un manojo de cordeles, vuelca las mesas de los cambistas y echa a todos los vendedores de animales fuera del templo, mientras dice: «Quitad todo esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Los judíos, al verle actuar de este modo, le preguntan: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» A lo que el Señor responde: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replican: «Cuarenta y seis años ha costado en construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». El evangelista aclara que ellos no sabían que estaba hablando del templo de su cuerpo. Los discípulos comprendieron sus palabras y encontraron su cumplimiento, cuando resucitó de entre los muertos.

Este templo del que habla el evangelio es figura de nuestro cuerpo. De la misma manera que Dios-Padre había elegido al templo de Jerusalén como morada y lugar de su reposo en medio de su pueblo, también nosotros, por nuestro bautismo, hemos sido elegidos por Dios como templos del Espíritu Santo.

Con el templo de nuestro cuerpo sucede con frecuencia, lo mismo que ocurría en el templo de Jerusalén. En lugar de ser un lugar de reposo y encuentro personal con el Señor, lo tenemos lleno de ídolos y de suciedad. Es nuestra naturaleza tarada por el pecado de origen, la que introduce en nuestro corazón el culto al dinero y las riquezas. Allí, también pedimos la vida a la familia, la afectividad, al sexo, al trabajo, o al poder. Ocurre por eso que, el lugar preparado para acoger al amor de Dios y ser felices con él, se encuentra atiborrado de ídolos que no nos dan la vida, y que no dejan espacio a la presencia del Espíritu Santo.

Conocer esta realidad nos ha de mantener vigilantes para que el maligno o la influencia del mundo, no hagan de nuestro interior un templo para sus ídolos. Que no nos engañen con sus señuelos de felicidad, y que nuestro interior sólo esté ocupado por el amor de Dios, él único capaz de dar sentido a nuestra vida y hacernos auténticamente felices.


DOMINGO II DE CUARESMA -B-

DOMINGO II DE CUARESMA  -B-

«ÉSTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 22,1-2.9a.15-18 * Rm 8,31b-34 * Mc 9,1-9

En este segundo domingo de Cuaresma contemplamos en el evangelio de san Marcos la Transfiguración del Señor.

El Señor Jesús coge a Pedro, a Santiago y Juan, se los lleva a un monte alto y en su presencia se transfigura por completo. El evangelista lo explica diciendo que sus vestidos se vuelven de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Junto a él aparecen conversando Moisés y Elías.

Pedro, asombrado, sin saber mucho lo que dice exclama: «Maestro. ¡qué bien se está aquí!». Se forma una nube que cubre a los tres y se oye una voz desde el interior de la nube que dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

De este pasaje del evangelio podemos sacar varias conclusiones. En primer lugar, lo que pretende el Señor al transfigurarse delante de los apóstoles, es afianzar la fe en su persona. Sabe que se acercan momentos muy difíciles que no podrán ser asumidos por aquellos que le acompañan. La próxima pasión y muerte del Señor, serán acontecimientos incomprensibles para ellos. Por eso, a fin de que su fe no se tambalee, el Señor les muestra por unos momentos lo que se esconde debajo de su presencia humana, su divinidad.

Por otra parte, para nosotros, ver la figura del Señor transfigurado es un anticipo de aquello que Él nos tiene reservado. Por su gracia, o sea, como don gratuito, también nuestro cuerpo mortal será transformado en un cuerpo glorioso. No somos seres destinados a la corrupción como el resto de los seres vivos. Nuestra condición de hijos de Dios nos asegura una vida eterna y feliz en su presencia.

Esa filiación divina que Dios-Padre nos ha otorgado a través de la persona de su Hijo Jesucristo, hace que, también nosotros, hoy, seamos los destinatarios de las palabras que ha pronunciado la voz del Padre: «Éste es mi hijo amado». ¿Eres consciente de lo que esto significa? ¿Que tú y yo, egoístas, lujuriosos, orgullosos, pecadores, en fin, podamos, por los méritos del Señor Jesús, aparecer ante Dios-Padre, como santos e inmaculados, y escuchar de sus labios que somos sus hijos amados?

Tener la certidumbre de nuestra filiación divina, de la predilección que el Señor siente por cada uno de nosotros, es razón más que suficiente para que nuestra existencia tenga sentido pleno, para que, las dificultades y contrariedades de la vida, no consigan hacernos caer en el desánimo. Si vivir unos instantes en esa vida que Dios nos prepara, fue suficiente para hacer exclamar a Pedro «Maestro. ¡qué bien se está aquí!», ¿qué no será vivir para siempre esa vida eterna que Dios-Padre ha dispuesto para cada uno de nosotros?

Ciertamente, somos incapaces de devolver a Dios un poco del amor que él siente por nosotros, sin embargo, a Él le basta con vernos felices y agradecidos disfrutando plenamente de todo lo que cada día recibimos de su mano.



DOMINGO I DE CUARESMA -B-

DOMINGO I DE CUARESMA  -B-

«CONVERTÍOS Y CREED LA BUENA NOTICIA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Gén 9, 8-15 * 1Pe 3, 18-22 * Mc 1, 12-15

En este primer domingo de Cuaresma el evangelio nos presenta al Señor Jesús, empujado por el Espíritu al desierto.

Ha sido bautizado por Juan en el Jordán y durante cuarenta días permanece en oración y en ayuno. Al final de este período de tiempo es tentado por Satanás. Es la preparación inmediata, para dar comienzo a su misión.

San Marcos no detalla cuáles fueron las tentaciones a las que fue sometido el Señor. Las conocemos por la narración que de este pasaje nos ofrecen san Mateo y san Lucas.

Tres son los aspectos de la vida en los que incide el tentador: Asegurarse el alimento material, aceptar la realidad de cada día y rechazar en la vida el culto a los ídolos.

Resolver estas tres tentaciones es un reto, ante el que se encuentra todo hombre en la vida, y, por lo tanto, también nosotros.

El Señor, aunque sabemos que no podía pecar, quiere pasar por la experiencia de ser tentado, para asemejarse en todo a nosotros, y a la vez, mostrarnos cómo hemos de defendernos del maligno.

La principal preocupación de todo hombre es asegurarse la vida. Asegurarse el alimento de cada día. Asegurarse el pan. Tener todas las necesidades diarias cubiertas. Esto nos sucede a todos. Sin embargo, el Señor, nos muestra la existencia de otra escala de valores: Pon a Dios como primero en tu vida, que todo lo demás se te dará por añadidura.

Ninguno de nosotros está totalmente de acuerdo con la vida que le ha tocado vivir. Todos cambiaríamos algo. Todos mejoraríamos en algo nuestra vida, si tuviéramos poder para hacerlo. El Señor Jesús nos invita a aceptar nuestra historia, todo lo que Dios permite en ella porque nos ama, y porque no es capaz de consentir nada que no sea para nuestro bien.

Finalmente, nos muestra la necesidad de tener a Dios como al único, como al primero. Rechazar de nuestra vida a todos los ídolos, la salud, la afectividad, el sexo y sobre todo al dinero, que es al ídolo al que la mayoría pide la vida. La verdadera vida, la felicidad, no la proporcionan el dinero, ni los demás ídolos, sino que lo único capaz de satisfacer al hombre es tener a Dios como al primero, y tener en el corazón su amor.

Hoy, el Señor, nos llama a conversión, es decir, a reconocer que, con frecuencia, hacemos caso al maligno. Nos llama a creer en la Buena Noticia, en el Evangelio. Nos llama a prepararnos para celebrar su victoria sobre la muerte, que ya se vislumbra en la próxima Pascua.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SEÑOR, SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 13, 1-2.44-46 * 1Cor 10-31 – 11,1 * Mc 1, 40-45

En el evangelio de hoy vemos a un leproso que se acerca a Jesucristo suplicándole de rodillas que lo cure. El leproso dice al Señor: «Si quieres, puedes limpiarme». El evangelio continúa diciendo que el Señor, al verlo siente lástima, extiende la mano, lo toca y dice: «Quiero: queda limpio». Al momento la lepra desaparece y el enfermo queda completamente sano.

Hoy, sabemos que, aunque la lepra es una enfermedad grave, es posible curarla. No ocurría lo mismo en tiempos del Señor. Entonces se trataba de una enfermedad terrible e incurable. Los que la padecían tenían que vivir aislados fuera de los poblados esperando la muerte, mientras tremendas llagas cubrían el cuerpo y hacían que la carne se les cayera a pedazos. Si circulaban por los caminos debían hacer sonar una campanita, mientras decían a voz en grito: ¡Impuro, impuro!

En este breve relato de san Marcos, podemos destacar varias cosas. En primer lugar, a través de las palabras del evangelista, «sintiendo lástima», asoma el corazón del Señor Jesús. Un corazón lleno de amor y de misericordia que se conmueve ante el sufrimiento de aquel pobre hombre.

En segundo lugar, vemos que el leproso es consciente de la gravedad de su situación. Sabe que no existe remedio para su enfermedad, y por eso acude a aquel que puede curarle. Merece destacarse, pues, la fe de aquel enfermo en la persona del Señor. No duda de que tiene poder para curarle.

Este pasaje tiene una aplicación directa a nuestra vida. La lepra, desde siempre, ha sido considerada en la Iglesia como símbolo del pecado. Por eso, de la misma manera que la enfermedad cubre el cuerpo del enfermo, nuestro pecado, es como una capa que cubre y aprisiona nuestro espíritu. Nosotros, al igual que le sucede al leproso con su enfermedad, también somos incapaces de librarnos de esa capa sucia que nos envuelve.

Ante esta situación, podemos comportarnos de dos maneras. O intentamos acostumbrarnos a vivir con la lacra del pecado encima siguiendo los dictados del mundo, sin aspirar a nada mejor, o, como el leproso, queremos para nosotros una vida diferente, una vida plena, una vida mejor, libre de la esclavitud del pecado.

El leproso, con su actitud, nos demuestra su inconformismo. Quiere a toda costa recuperar la salud, por eso acude a Aquel que, con su poder, puede liberarlo de la lepra. En nuestro caso, si tú y yo, tampoco estamos conformes con vivir esclavizados por el pecado y por tanto bajo el dominio de la muerte, no tenemos otra solución que acudir a Aquel que Dios-Padre ha colocado por encima de toda dominación y potestad, y hacer nuestra con humildad la petición del leproso: «Señor, si quieres puedes limpiarme».

No nos quepa la menor duda, el Señor, que conoce el sufrimiento y el desasosiego que nos produce el pecado, también sentirá lástima de nosotros. Su corazón no resistirá vernos sufrir por el gran amor que nos tiene, y, con toda seguridad, atenderá a nuestra oración y nos dirá: «Quiero: queda limpio».   


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«TODO EL MUNDO TE BUSCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Job 7, 1-4.6-7 * 1Cor 9, 16-19.22-23 * Mc 1, 29-39

En este evangelio Jesús y sus discípulos se encuentran en Cafarnaúm. El Señor anuncia la Buena Nueva y cura a todos los enfermos y poseídos. Pasa la noche en oración, y cuando los discípulos de madrugada lo encuentran le dicen: «Todo el mundo te busca». Vale la pena que nos detengamos en esta frase. Podemos preguntarnos, ¿por qué la gente busca al Señor? La respuesta es sencilla. Buscan al Señor porque lo necesitan. Han descubierto su poder, y como son conscientes de sus limitaciones, de sus dolencias y enfermedades, acuden a Aquel que tiene poder de remediarlas.

El Señor ha dado comienzo a su misión. Ha venido para anunciar la Buena Noticia a los hombres. Ha venido para que todos conozcan el amor de Dios y el perdón de sus pecados. Con señales extraordinarias, curaciones y expulsión de demonios, muestra su corazón compasivo hacia todos los que le escuchan y que están sufriendo, y pone de manifiesto la veracidad de su doctrina.

En su manera de actuar podemos considerar una doble vertiente. Por un lado, como dice el profeta Isaías, hace andar a los cojos, devuelve la vista a los ciegos, pone la palabra en la boca de los mudos… cura toda dolencia física. Por otra parte, su palabra, no procura solo la salud física de los que le escuchan. Él, ha sido enviado por el Padre para liberar a todos los oprimidos por las ataduras del pecado, a aquellos que viven esclavos de sus cuerpos. A aquellos que están sometidos a la muerte, porque desconocen el amor de un Padre que nunca rechaza al pecador.

Nosotros, ahora, podemos preguntarnos. ¿somos también de los que buscan al Señor? ¿Hemos descubierto que lo necesitamos? Si somos conscientes de que estamos cansados de luchar contra nuestras malas inclinaciones, nuestros vicios ocultos, nuestras manías y obsesiones. Si estamos agobiados, porque, aunque conocemos que amar a los demás y perdonar a los que nos hacen daño es la única manera de ser felices, pero día tras día, comprobamos nuestra impotencia para llevarlo a la práctica. Si nos damos cuenta de que quisiéramos hacer el bien, pero todo lo que tocamos lo estropeamos. Que somos incapaces de salir de nosotros mismos, de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, para beneficiar a los demás. Si todo esto es así, sin duda, tenemos necesidad de encontrarnos con urgencia con el Señor.

Porque en nosotros, por el pecado de origen que hemos heredado de nuestros padres, nuestro hombre viejo, nuestro hombre de la carne, se resiste y no quiere morir. El maligno quiere convencernos de que la felicidad está en que los demás nos consideren, en destacar. En conseguir ser a toda costa, sin darnos cuenta de que la verdadera felicidad no consiste en recibir sino en dar. Pero, ¿cómo vamos a dar nada? ¿Cómo vamos a renunciar a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestras aficiones, a nuestro dinero, si pensamos que eso es lo único que nos puede hacer felices?

Por eso necesitamos acudir al Señor. Conocerlo y amarlo es el único camino para ser verdaderamente felices. Él es el enviado de nuestro Padre Dios, precisamente, para destruir nuestro pecado y para liberarnos de los lazos del maligno y del mundo que quieren llevarnos a la perdición.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«ÉSTE ENSEÑAR CON AUTORIDAD ES NUEVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 18, 15-25 * 1Cor 7, 32-35 * Mc 1, 21-28

San Marcos nos muestra al Señor Jesús predicando la Buena Noticia. Lo hace, de un modo muy especial: lo hace, con autoridad. ¿Qué significa esto? La predicación de la Buena Noticia, difiere significativamente del simple discurso o de la disertación.

Hoy vemos al Señor Jesús hablar con autoridad, hasta el punto de ordenar al maligno salir del cuerpo de un hombre y hacer que el espíritu inmundo le obedezca. Esto para los que lo presencian es nuevo. Ellos están acostumbrados a escuchar las largas peroratas de los escribas y maestros de la Ley, sin que nada extraordinario suceda. Por eso hoy, al escuchar al Señor se admiran: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen» 

Normalmente, no son las palabras las que convencen al auditorio. El anuncio del Evangelio, ha de venir refrendado por el testimonio y la vivencia del que lo anuncia. Nuestra sociedad está harta de palabras huecas. Hay un refrán que dice: “Predicar no es dar trigo”, y otro “Obras son amores y no buenas razones”.

Si tú, que te confiesas discípulo de Cristo, no realizas en tu vida obras que son propias de un discípulo del Señor, lo que digas serán palabras vanas que se llevará el viento. Si anuncias el perdón y el amor al enemigo y resulta que todos saben que estás enemistado con tu hermano, o que eres incapaz de perdonar y comprender al que te hace daño, ¿crees tú que los te escuchan darán crédito a tus palabras?

Estamos llamados a una misión muy grande. Estamos llamados a ser la boca, los brazos y el corazón del Señor Jesús en esta generación. Los que te vean han de reconocer al Señor no solo a través de tus palabras, sino principalmente por tu forma de obrar. Ha de ser suficiente verte a ti, para que los demás, detrás de tu figura adivinen la presencia de Cristo. Para eso nos llama el Señor. San Pablo dirá: “Para ser otros cristos”. Esa es la empresa que el Señor ha dejado en nuestras manos. Que los demás viendo nuestras obras tengan conocimiento de la salvación. Que conozcan a Jesucristo, que se enteren de que sus pecados están perdonados, y que lleguen a creer en la existencia de la vida eterna.

Ciertamente, esta empresa sobrepasa con mucho nuestras fuerzas, pero eso no ha de ser motivo para que nos echemos atrás. Si el Señor hubiera elegido a personas sabias, inteligentes, esforzadas, santas, etc., su obra no se vería. Serían esas personas las que recibirían las alabanzas de las gentes. Por eso, el señor ha querido elegirnos a nosotros, a ti y a mí, que no valemos, para confundir a los sabios e inteligentes, a los que valen.  

El Señor, para que podamos llevar a cabo esta obra, ha derramado sobre nosotros de manera gratuita dones abundantes que no ha dado a otras personas. Sin embargo, no lo ha hecho para que nosotros nos beneficiemos y engordemos. Lo ha hecho en función de los demás. En función del mundo, porque ama al mundo. Quiere la salvación para todos los hombres, y nos elige a ti y a mí, para que seamos instrumentos de salvación en sus manos.

La importancia de esta obra, de esta misión que nos encomienda el Señor, desborda lo que nosotros pudiéramos imaginar. Pone en nuestras manos llevar el conocimiento de la salvación del Señor Jesús, a los que nos rodean, a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. Si tú y yo no lo hacemos, es posible que nunca conozcan el amor que Dios les tiene.

La misión sobrepasa nuestras pocas fuerzas, por eso, para que esto se dé, para que sea una realidad, necesitamos la asistencia del Espíritu Santo. Él permanece en su Iglesia y está dispuesto a ayudarnos en cuanto lo invoquemos.

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VENID EN POS DE MÍ Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Jon 3, 1-5.10 * 1Cor 7, 29-31 * Mc 1, 14-20

El evangelio de este domingo está tomado del principio del evangelio de san Marcos. El Señor Jesús ha dado inicio a su misión anunciando la próxima llegada del reino de Dios. Dice: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

San Marcos, a continuación, nos narra cómo el Señor llama a sus primeros discípulos, a Pedro y a su hermano Andrés, que están pescando en la playa, y les promete que, de ahora en adelante, van a ser «pescadores de hombres». Ellos, sin dudarlo, dejan las redes y le siguen.

Más adelante encuentra a Santiago y a su hermano Juan que están en la barca con su padre. Les llama, y ellos al igual que han hecho Pedro y Andrés, dejan a su padre en la barca y le siguen.

Es importante señalar que, el Señor, al elegir a aquellos con los que va a compartir su misión evangelizadora, pudiendo elegir a personas formadas, entendidas en la Ley, y respetadas por todos, lo que hace es elegir a unos sencillos pescadores que no tienen ninguna formación religiosa, ni un estatus social elevado. Esta circunstancia ha de animarnos y ha de hacernos ver que, para anunciar la Buena Noticia del Evangelio, no es necesario tener títulos o categoría social, sino todo lo contrario, El Señor llama a gente sencilla, gente que no cuestiona la llamada y que está dispuesta a dejarlo todo, para seguir a Aquel que le llama.

Otra cosa que merece destacarse de estos primeros discípulos, es la disponibilidad que presentan hacia aquel que los llama. En los dos casos no dudan ni se cuestionan dejar su trabajo, ni aquellos instrumentos que hasta ahora les han servido para ganarse la vida. Lo dejan todo. Sin duda, han encontrado la perla preciosa de la parábola, han encontrado a Aquel por el que han suspirado toda su vida: al Mesías.

Hoy, Pedro y Andrés, Santiago y Juan, somos nosotros. También a ti y a mí nos llama el Señor para que seamos sus discípulos. Yo pregunto, ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Estamos dispuestos a seguirle sin calcular demasiado los gastos, o quizá no hemos descubierto, como los discípulos del evangelio, la perla preciosa? Si tenemos miedo, es porque no acabamos de creernos que aquello que nos ofrece el Señor, es mucho más valioso que nuestros afectos, nuestras riquezas, nuestro trabajo, etc.

Lo más seguro es que veamos que no podemos compararnos con aquellos primeros discípulos. Estamos demasiado pegados a nuestro trabajo, a nuestros afectos, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros bienes, etc. Sin embargo, yo quiero señalar que esta resistencia a la llamada del Señor, no ha de hacernos caer en malhumor al comprobar nuestra impotencia. El Señor conoce perfectamente de qué pasta estamos hechos. Conoce nuestras miserias, nuestra cobardía, nuestro respeto humano, nuestra burguesía, y, sin embargo, mantiene en pie su llamada. Él está dispuesto a suplir estas deficiencias, con tal de que nosotros no tengamos inconveniente en reconocerlas, y le dejemos obrar en nuestras vidas. Si tu actitud y la mía, es una actitud de humildad al reconocer nuestra impotencia para seguir al Señor, confiemos en él, porque el resto quedará en sus manos.