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DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES? VENID Y LO VERÉIS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 3, 3b-10.19 * 1Cor 6, 13c-15a.17-20 * Jn 1, 35-42

El Señor Jesús ha sido bautizado por Juan en el Jordán. Poco después, estando el Bautista con dos de sus discípulos, lo ve pasar y dice: «Este es el cordero de Dios». Al oír estas palabras, los dos dejan a Juan y siguen a Jesús.

Cuando el Señor advierte que le siguen pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos responden con otra pregunta: «Maestro, ¿dónde vives?» A lo que él contesta: «Venid y lo veréis». Ellos le siguen y se quedan con él aquel día.

También nosotros estamos siguiendo al Señor, y él, como a los dos discípulos, hoy nos pregunta. «¿Qué buscáis?» ¿Te lo has preguntado alguna vez? ¿Por qué estamos siguiendo al Señor?

Los dos discípulos se fueron con el Señor y pasaron el resto del día con él. Vieron cómo vivía. También nosotros, en compañía del Señor podemos descubrir una manera distinta de vivir. Una manera de vida que no tiene nada que ver con la que cada día nos ofrece el mundo. Una vida plena y con sentido, donde todos los acontecimientos, buenos y malos, tienen una razón de ser, tienen un sentido.

Con estas escuetas palabras, el evangelista san Marcos, nos narra la elección por parte del Señor, de sus dos primeros discípulos.

Uno de ellos, Andrés, encuentra a su hermano Simón y le dice alborozado: «Hemos encontrado al Mesías.» Y lo lleva ante el Señor. Éste, al verlo, se le queda mirando y le dice: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa piedra)».

En este pasaje vemos cómo Juan lleva a cabo su misión. Él ha venido a preparar el camino al Señor. Él, como dirá en repetidas ocasiones, no es el Cristo. Es aquel que tiene por misión mostrarlo a todos los hombres. Por eso no tiene inconveniente en indicar a dos de sus discípulos quién es el Señor, sin intentar retenerles a su lado. Él, como dirá en otro lugar, necesita menguar, pasar a un discreto segundo plano, para que el otro, el Mesías, crezca y se manifieste.

Hay otro aspecto de este pasaje que merece nuestra atención, es el comportamiento de Andrés. Está pletórico, es feliz, porque ha encontrado al Mesías, al Deseado, al que ha esperado durante toda su vida. Por eso, no duda en correr hacia su hermano, para llevarlo ante el Maestro.

Las figuras de Juan y Andrés, tienen para nosotros una gran importancia. En primer lugar, como Juan, no estamos llamados a ocupar el primer lugar. Sólo somos el amigo del novio. Nuestra misión es mostrar a los demás quién es el Señor.

Como Andrés, tenemos la misión de llevar a Cristo a los demás, a aquellos que todavía no lo conocen, para que de la misma manera que nuestro encuentro con Él, ha supuesto para nosotros la salvación y el descubrimiento de una manera distinta de vivir la vida, también ellos encuentren en el Señor esa salvación, y el sentido pleno a su vida. 


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREFERIDO».

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mc 1, 6b-11

Con este domingo damos fin al tiempo de Navidad. Será mañana lunes cuando retomaremos el tiempo ordinario. El ciclo litúrgico de la Navidad, culmina con la Fiesta del Bautismo del Señor. Este acontecimiento supone el fin de la vida oculta del Señor, y es el inicio de la vida pública, en la que llevará acabo la misión para la que el Padre lo ha enviado.

Durante los treinta primeros años de su vida, la existencia del Señor no ha diferido en nada de la de cualquier habitante de Nazaret. Han sido años en los que, como dice san Lucas en su evangelio, ha crecido en estatura, sabiduría y gracia, delante de Dios y de los hombres. Nazaret ha sido la escuela en la que, sin llamar la atención a nadie, el pequeño que vimos nacer en Belén, ha crecido, ha pasado por la infancia, la pubertad, la adolescencia y la juventud, hasta alcanzar la plenitud de la edad adulta. Han sido años de aprendizaje tanto en el terreno humano como en la vida del espíritu. Sus padres, José y María, le han enseñado, antes que nada, a conocer a Dios y amarle con todo el corazón. Ha aprendido el oficio de su padre, colaborando con su trabajo al mantenimiento de la familia, y ha sido educado en la fe y en las costumbres del pueblo hebreo al que pertenece.

Hoy, a sus treinta años, teniendo conocimiento de la predicación de Juan el Bautista y del bautismo de conversión que administra en las orillas del Jordán, se dirige allá para recibir también ese bautismo. San Marcos nos cuenta que, desde Nazaret de Galilea, el Señor Jesús se dirige al Jordán para recibir el bautismo de manos de Juan, y que, apenas salido del agua, se rasga el cielo y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma, mientras se oye una voz del cielo que dice: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido».

Este acontecimiento es el punto de partida de la misión del Señor Jesús, que, durante tres años, con su predicación y con sus obras, dará a conocer a los hombres el amor sin límites del Padre, su misericordia y el perdón de los pecados, y que culminará entregando su vida por todos nosotros.

Para ti y para mí, el bautismo del Señor nos hace presente un acontecimiento fundamental de nuestra vida de fe. También nosotros hemos recibido de manos de la Iglesia el Bautismo, como preparación a la misión para la que el Señor Jesús nos ha elegido. Estamos llamados a dar testimonio en medio de una sociedad descreída, que ha dado la espalda a Dios, del amor sin condiciones de un Padre, que, volviendo la espalda a todos nuestros pecados, nos ama con un amor sin límites. No encontraremos a nadie que nos ame sin condiciones en nuestras rebeldías, en nuestros pecados, en nuestras ingratitudes. En este mundo, todos, para querernos ponen sus condiciones, el único que nos ama porque sí, es el Señor.

Por eso, la voz del Padre que se ha escuchado en el Bautismo del Señor, ha resonado hoy para ti y para mí. Tú y yo, sin merecimiento alguno, somos esos hijos preferidos del Padre. Es por voluntad suya que desciende sobre nosotros el Espíritu Santo para santificarnos con su gracia, y para, desde nuestro interior, darnos testimonio de que somos los hijos amados del Padre.  

DOMINGO II DE NAVIDAD

DOMINGO II DE NAVIDAD

«LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-4.12-16 * Ef 1, 3-6.15-18 * Jn 1, 1-18

En este tiempo de Navidad, podemos contemplar en un pesebre de un establo de las afueras de Belén, a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que ha tomado carne humana, y se ha hecho igual a cada uno de nosotros, con la única diferencia de no haber conocido el pecado.

Hoy, en el principio de su evangelio, san Juan identifica a esa Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y nos la muestra como la Palabra eterna del Padre. Quizá nos sea un poco difícil entender esto, porque estamos acostumbrados a considerar las palabras como meros sonidos, que no están formados por ninguna clase de materia. Las palabras son algo etéreo, que como dice la sabiduría popular, es algo que se lleva el viento.

No sucede lo mismo con la Palabra de Dios. La Palabra de Dios tiene una fuerza tal, que ella misma es el origen de la Segunda Persona de la Trinidad: el Hijo. El Hijo es una persona distinta al Padre y a la vez Dios como Él. La Palabra de Dios, distinta de la nuestra, es una palabra potente que tiene la fuerza de hacer realidad aquello que dice. De manera que fue suficiente que Dios dijera en el principio: Hágase la luz, para que la luz apareciese.

Hoy, san Juan, en su evangelio, nos dará a conocer cómo esa Palabra eterna del Padre, por designio del mismo Dios, vino al mundo tomando una naturaleza humana. La palabra era la luz, y apareció en el mundo que estaba sumido en las tinieblas del pecado. Ella era la vida y venía a dar la vida a aquellos que, por haberse separado de Dios, vivían en sombras de muerte. Sin embargo, la tiniebla no la recibió, sino que la rechazó. Ella, que era la luz verdadera, vino al mundo que había sido hecho por ella, pero el mundo no la conoció.

San Juan continúa diciendo algo muy importante: «La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron». Sin duda, en el momento en que hablaba el evangelista, esta afirmación hacía referencia al pueblo hebreo. Durante siglos, el Señor, a través de los profetas, había estado anunciando la llegada de un salvador, de un Mesías que vendría a restaurar el orden primero, destruyendo el pecado y devolviendo al hombre la filiación divina. Sin embargo, cuando ese Mesías apareció en el mundo, los suyos, los de su casa, no lo recibieron, lo rechazaron.

Esta palabra de Dios, que es siempre viva y actual, no se refiere hoy al pueblo de Israel, sino que se ha proclamado para nosotros. También hoy la sociedad vive inmersa en las tinieblas, porque ha dado la espalda a Dios. Nos sucede lo que dice san Juan en otra parte de su evangelio: «Vino la luz, pero los hombres amaron más las tinieblas, porque no querían que quedara al descubierto su pecado». Hoy somos nosotros, tú y yo, los que tenemos el peligro de rechazar la luz, para que no queden al descubierto nuestras miserias.

El evangelio sigue diciendo algo que, para nosotros, para los que formamos el nuevo Israel, es transcendental. La Palabra tiene la fuerza de transformar la vida de aquellos que la reciben, porque dice san Juan que: «A los que la reciben les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre… porque no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.»

Es una gran noticia saber, que Dios-Padre tiene para nosotros designios de amor y misericordia, porque su Palabra, luz del mundo, hecha carne, habita entre nosotros, camina junto a nosotros, destruyendo las sombras de la muerte y dándonos testimonio de su amor.


FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

«SANTA FAMILIA DE NAZARET: ESPEJO DE LA FAMILIA CRISTIANA»

 

CITAS BÍBLICAS : Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 22-40

En el domingo que cae dentro de la octava de Navidad, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Una fiesta en la que la Iglesia nos invita a contemplar a la familia de Jesús, María y José, modelo de toda familia cristiana.

La sociedad actual sufre grandes turbulencias en muchos aspectos de la vida, pero, de un modo especial, en aquellos que hacen referencia a la familia. Todos los estamentos sociales, empezando por los políticos, tienen sumo interés en apropiarse el control de la familia, con objeto de afianzar sus intereses ideológicos, económicos, sociales o de cualquier otro tipo. La razón última de este interés, hay que buscarla en el hecho de que aquel que sea capaz de controlar a la familia, conseguirá el dominio de la sociedad.

La familia es la célula principal del tejido social. A través de ella, una generación transmite a otra los valores propios de la persona humana. Ella es la escuela en la que los padres transmiten a los hijos el conocimiento de Dios, y les enseñan a amarlo como al origen de todo bien. Otra misión, y no de menor importancia, es la de educar a los hijos integrándolos en la sociedad, a fin de que se formen como ciudadanos conscientes de los deberes y obligaciones que conlleva la convivencia humana.

Estas dos tareas son las que Dios-Padre puso en manos de María y de José, a fin de que el Niño Jesús creciera, en primer lugar, conociendo y amando a Dios sobre todas las cosas, a la vez que se formaba como un miembro consciente de lo que suponía su pertenencia al pueblo de Israel, el Pueblo de Dios.

Esta es la misión que hoy tienen los padres cristianos. Educar a sus hijos dándoles conocimiento de Dios, para que lo amen sobre todas las cosas, y al mismo tiempo, educándolos y formándolos como miembros de la familia humana. Por estar comprometida en alcanzar estos dos objetivos, es por lo que hoy, sufre persecución la familia cristiana. Para los grupos de presión como los que buscan la manipulación genética, y también los políticos, urge controlar a la familia, para que no cumpla su misión de ser la cuna donde se transmite la fe. Llega hasta tal punto su obsesión, que no hay inconveniente en afirmar sin rubor, que “los hijos no pertenecen a los padres, sino al estado”.

El maligno, enemigo acérrimo de Dios, en cuyas manos está el mundo, tiene marcado como objetivo primordial la destrucción de la familia. Sabe que destruyendo a la familia, logrará destruir a la Iglesia. Es por eso que instiga a los gobernantes para que hagan leyes que minen los cimientos de la familia: aborto, divorcio, la pretensión de equiparar a las uniones del mismo sexo, dándoles el nombre de matrimonio, etc. no son más que acciones que provocan confusión y desdibujan la figura de la verdadera familia.

Nosotros, miembros de la Iglesia, no podemos caer en la trampa que diariamente nos tienden los medios de comunicación, mostrándonos continuamente lo que ellos llaman otros modelos de familia, a fin de que, inconscientemente, los aceptemos como válidos. El único modelo válido de familia es el que nos muestran en Nazaret Jesús, María y José. A ellos hemos de recurrir pidiendo ayuda, para que nuestras familias sean fiel reflejo de lo que fue la suya. Familias en donde el amor de Dios y el amor al prójimo, sean el fundamento de nuestra vida de fe.     

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-

DOMINGO IV DE ADVIENTO  -B-

«AQUÍ ESTÁ LA ESCLAVA DEL SEÑOR, HÁGASE EN MÍ

SEGÚN TU PALABRA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 1-5.8b-12.14a.16 * Rm 16, 25-27 * Lc 1, 26-38

Llegamos al final del Adviento. Durante los tres domingos anteriores, la Palabra nos ha anunciado la segunda venida del Señor, sin hacer un hincapié demasiado especial en su primera venida, que tuvo lugar en Belén hace más de dos mil años.

En este domingo, como una preparación inmediata a este acontecimiento que ha supuesto un antes y un después en la historia de la humanidad, la Iglesia nos propone un evangelio realmente entrañable.  En él, tiene lugar el diálogo más importante, más primordial, de toda la Historia de Salvación.

Se trata del diálogo mantenido por una jovencita de Nazaret llamada María, con un ángel enviado por Dios llamado Gabriel. Del resultado de este diálogo depende el cumplimiento de las promesas hechas por Dios al Pueblo de Israel, desde tiempo inmemorial.

El saludo del ángel deja perpleja a la joven María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres». A continuación, el ángel Gabriel le da la gran noticia: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo…». María, queda atónita, pero no opone resistencia a lo anunciado por el ángel. Únicamente pregunta: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel la tranquiliza diciendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por es el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios». La respuesta de María no se hace esperar: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Hemos dicho al principio que se trataba de un pasaje del evangelio realmente entrañable. Es entrañable por la delicadeza, la profundidad y a la vez la importancia que encierra este diálogo de la Virgen con el ángel. Pero, no es menos entrañable por el significado que tiene para nuestra vida de fe.

Hemos de considerar que, con la respuesta de María, una criatura nueva empieza a formarse en el seno de la Virgen. La obra del Espíritu Santo a través de la palabra del ángel, obra esa maravilla. Del mismo modo obra en cada uno de nosotros la Palabra de Dios, la Palabra de la Salvación, el Kerigma. También en nosotros, por obra del Espíritu Santo, en el bautismo, se inició la gestación de un hombre nuevo. Un hombre nuevo que crece a impulsos de la Palabra y la predicación de la Iglesia. La misma maravilla que tuvo lugar en el seno de la Virgen, cuando aceptó la voluntad de Dios, tiene lugar en nuestro interior al quedar destruido el hombre viejo fruto del pecado, dando paso a una nueva criatura que tiene a Dios como Padre.  

Por esto, el pasaje de la Anunciación del Evangelio de hoy, es para todos aquellos que, como María, aceptamos la voluntad de Dios, una gran noticia. Tú y yo, por la fuerza del Espíritu Santo y a través de la Palabra, podemos ser testigos de cómo en nuestro interior se desarrolla un hijo de Dios, un nuevo Cristo. La única condición que existe para que esto sea una realidad, es pedir al Señor que nos conceda la misma docilidad de María. Que nosotros, por la fuerza del Espíritu Santo, estemos dispuestos a decirle al Señor: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».


DOMINGO III DE ADVIENTO (GAUDETE) -B-

DOMINGO III DE ADVIENTO (GAUDETE) -B-

«YO SOY LA VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO: ALLANAD EL CAMINO DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 61, 1-2ª.10-11 * 1Tes 5, 16-24 * Jn 1, 6-8.19-28

Hemos llegado al tercer domingo de Adviento. A este domingo en la liturgia se le llama “domingo de gaudete”, porque, como veremos en la epístola de san Pablo, el Apóstol nos invita a la alegría, diciéndonos: «Estad siempre alegres». El color litúrgico del Adviento, el morado, se transformará en el color rosa, queriendo unirse de ese modo los ornamentos a la alegría a la que nos invita san Pablo.

La alegría es una manifestación propia del cristiano. La alegría a la que nos invita la Palabra, es totalmente distinta a la que nos ofrece el mundo. La sana alegría es el fruto que produce en el hombre vivir según la voluntad de Dios. La alegría del cristiano nace de un corazón sereno, que se siente amado por Dios. Dios no puede en ningún modo desearnos mal alguno. Es un Padre bueno que, hablando humanamente, disfruta viendo felices a sus hijos.

¿Por qué, podemos preguntarnos, hemos de vivir este tiempo con ánimo alegre? La respuesta, la hallamos en otro pasaje del evangelio en el que, el Señor Jesús nos dice: «Alzad la cabeza. Se acerca vuestra liberación». Yo, me atrevo a preguntarte, ¿Eres consciente de que tus pecados, tus deficiencias, tus deseos insatisfechos de felicidad, etc. te privan de libertad? ¿Has experimentado aquella situación de la que habla san Pablo en su carta a los Romanos, cuando dice: «Mi proceder no lo comprendo, ¿quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta»? Hemos de admitir que, aunque no lo parezca, vivimos esclavizados por nuestras bajas pasiones, por los condicionamientos sociales, por la salud, el trabajo, el dinero, etc.

Reconocida nuestra situación de esclavitud, es motivo de alegría saber que Dios-Padre ha provisto un Salvador, y que el que viene a liberarnos está cerca. A esperar a este Salvador allanando sus caminos, y preparándole un corazón bien dispuesto a recibirle, es a lo que nos invita hoy Juan el Bautista. Él, dice en el evangelio, es «la voz que clama en el desierto: Allanad el camino del Señor».

Si nosotros experimentamos esa liberación, es, precisamente, para que hoy ocupemos el lugar de Juan el Bautista en esta generación en la que nos ha tocado vivir. Muchos de los que nos rodean, familia, amigos, compañeros de trabajo, etc., sufren también, muchas veces sin saberlo, la esclavitud del pecado que les impide ser felices. Buscan la felicidad en lo que el mundo les ofrece, pero no alcanzan a lograrla. Por eso, nuestra voz, ha de resonar en medio de este desierto en el que se encuentra la sociedad actual. El Señor necesita testigos. Tú y yo, no estamos en la Iglesia solo para conseguir nuestra salvación. Si el Señor se ha fijado en nosotros y nos ha elegido, lo ha hecho para que los demás a través de nuestra palabra y de nuestras obras, lo hagamos presente.

Alegrémonos y demos gracias a Dios porque se ha fijado en nosotros y nos ha elegido para que, como Juan el Bautista, anunciemos que el Señor viene, que está cerca, y viene para salvarnos.


DOMINGO II DE ADVIENTO - B -

DOMINGO II DE ADVIENTO - B -

«PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 40, 1-5.9-11 * 2Pe 3, 8-14 * Mc 1, 1-8                    

Como decíamos la semana pasada, son tres las figuras representativas del Adviento: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Hoy, san Marcos, en el inicio de su evangelio, nos presenta a Juan el Bautista cumpliendo una de las profecías de Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino». Juan, pues, precede al Mesías, anunciando su llegada.

«Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos». Juan anunciaba esto hace dos mil años, pero su predicación es hoy de una gran actualidad. Tú y yo, estamos llamados por el Señor desde su Iglesia, a anunciar en el desierto donde vivimos, que hay uno que puede devolver la razón de ser y el sentido de la vida, a una sociedad totalmente apartada de Dios. Una sociedad que, por haber dado la espalda a Dios, no halla respuestas adecuadas a unas preguntas que son fundamentales, a la hora de entender el porqué y el cómo de la vida del hombre.

Yo, ¿qué pinto en este mundo? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es la razón principal de mi vida? Cuando se ha cerrado el cielo, cuando se vive como dentro de un bunker porque se niega la trascendencia, estas preguntas no pueden hallar respuesta adecuada. Sólo desde la fe, es posible responderlas.

Juan, invita con su predicación a reconocer esta realidad que tiene como origen al pecado. Es necesario reconocer nuestra debilidad, nuestro pecado, aceptando que estamos equivocados, que pedimos la vida a ídolos que no nos la pueden dar: riquezas, honores, sexo, salud, trabajo, belleza, afectos, drogas, política, poder, etc. Cuántas personas que tú conoces, piden la vida cada día a estos ídolos sin lograr alcanzar la felicidad. La vida del hombre, si nos fijamos, transcurre en ese desierto al que alude el evangelio, aunque hacemos lo posible para alienarnos con mil cosas, intentando ignorar esta realidad.

Juan nos llama a conversión.  Nos llama a reconocer sin miedo nuestras debilidades y pecados, porque está para llegar aquel que viene a perdonar y borrar nuestras deficiencias, nuestros pecados y nuestras rebeldías.

Cuando parece que en la sociedad todo está perdido, que los hombres están atrapados por las redes del mal, que el maligno es el que gobierna al mundo, de nuevo Juan nos invita a no desesperar. Viene a decirnos, no todo está perdido. Dios-Padre nos envía un Salvador. Preparaos, estad vigilantes. Se acerca vuestra liberación.

Como ya hemos dicho anteriormente, hoy, la figura de Juan se encarna en cada uno de nosotros. Somos nosotros, los creyentes, los que tenemos la misión de anunciar de palabra y sobre todo con nuestras obras, que el Padre nos quiere, que no juzga nuestras debilidades, y que nos suscita un Salvador. Con Juan podemos decir: nosotros valemos poco, pero detrás de nosotros viene uno que llega para salvar, para devolver el sentido a la vida.

No tengamos miedo o respeto humano a ser testigos, a dar la cara por el único que salva, el único que perdona los pecados, el único capaz de librar de la muerte de cada día. El Señor lo ha hecho contigo, con su ayuda, haz tú lo mismo.  


DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -B-

«A VOSOTROS OS DIGO: ¡VELAD!»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16c-17. 19c;64, 2b-7 * 1Cor, 1, 3-9 * Mc 13, 33-37

Iniciamos con este domingo un nuevo año litúrgico. Empezamos con él, el Adviento, dando comienzo a toda la historia de salvación, que podremos contemplar en el transcurso de este año que iniciamos. Nos ayudarán a hacer este recorrido, las lecturas del Evangelio, pertenecientes al ciclo B de la liturgia, tomadas del evangelio según san Marcos.   

Tres serán las figuras fundamentales, protagonistas en la liturgia de la Palabra durante este tiempo de Adviento. El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Las tres nos ayudarán a vivir expectantes el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que culminará con su nacimiento en Belén el día de Navidad.

El Adviento es un tiempo de espera que implica algo más que la preparación al nacimiento del Hijo de Dios. Ciertamente, este tiempo nos prepara a vivir este acontecimiento, pero hay otra espera que debe estar presente siempre en la vida del cristiano. Nos referimos a la segunda venida del Señor Jesús que tendrá lugar al final de los tiempos. Esta espera, no es menos importante que la de esperar el nacimiento del Niño-Dios porque, aunque lejana en el tiempo, significará la culminación de toda la obra de la creación llevada a cabo por las Tres Divinas Personas de la Trinidad.

Para nosotros, es importante hacer presente esta expectación, porque, con frecuencia, vivimos el día a día, como si nuestra vida en este mundo fuera definitiva y por lo tanto no tuviera que terminar. El Adviento nos recuerda que en este mundo sólo somos peregrinos que caminamos hacia una vida plena y feliz, hacia el encuentro definitivo con el Señor en una vida eterna.

El Señor Jesús quiere que nos mantengamos vigilantes, por eso hoy nos dice en el evangelio: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Es necesario, pues, estar expectantes, pero sin que esta venida del Señor cree en nosotros inquietud, porque sabemos que siempre que Él aparece, lo hace para salvar.

Si somos conscientes de que de verdad necesitamos vernos libres de nuestras malas inclinaciones, de los vicios que nos dominan, de todo aquello que nos impide ser felices, esperaremos con ilusión la manifestación del Señor en nuestras vidas. De ese encuentro depende nuestra felicidad eterna.

El Señor nos propone una parábola. Un hombre va a iniciar un largo viaje. Antes de partir reparte tareas a sus criados, encargando al portero que vigile. «Velad, dice, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche o al canto del gallo… no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos»

Nosotros somos esos sirvientes. El Señor nos ha colocado provisionalmente en este mundo. Sólo estamos de paso. No lo tomemos como nuestra residencia definitiva. Nosotros no pertenecemos a este mundo. Somos ciudadanos del cielo, y debemos mantenernos alerta esperando la llamada del Señor para que, acompañados por Él, entremos en la vida eterna, que es la vida para la que hemos sido creados. Que cuando venga, no nos sorprenda dormidos o empeñados en negocios de este mundo que no dan la felicidad, sino atentos y dispuestos a seguirle de inmediato.