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DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

 

El segundo domingo de Pascua, por deseo de san Juan Pablo II, está dedicado a contemplar las entrañas de misericordia del Señor.

Hemos dicho muchas veces que la esencia, si utilizáramos el lenguaje humano diríamos la materia, de la que está hecho nuestro Dios, es el amor, y una de las manifestaciones más eminentes de ese amor, es la misericordia.

Entre las definiciones que el Diccionario de la RAE da de la palabra misericordia, queremos señalar dos: «Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos». Y también, «atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas». Sería inconcebible pensar en Dios de una manera distinta. No cabe otra manera de entender el comportamiento de Dios de una manera diferente.  

En nuestro origen hemos salido de las manos de Dios como criaturas perfectas, pero al utilizar mal nuestra libertad dando la espalda a nuestro Creador, el pecado ha afeado nuestra hermosura primera.

La reacción del corazón de Dios-Padre ante tu infidelidad y la mía, que somos sus hijos, la expresa maravillosamente el profeta Oseas, cuando, ante el pecado de Israel, pone en boca del Señor: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím? ¿Cómo entregarte, Israel? ...Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím...» El Señor nos ama por encima de nuestros pecados. Si en Él tuviera cabida el sufrimiento, afirmaríamos que, como padre que ama intensamente a sus hijos, su corazón sufre viendo la esclavitud y el dolor al que nos somete el pecado.

Por otra parte, es consolador saber que por grande que sea nuestro pecado, nunca el Señor se escandaliza de nosotros. Dice el salmo 32: «Él formó cada corazón y comprende todas sus acciones». Nada hay, pues, de nuestro comportamiento que pueda escandalizarle. La respuesta ante nuestros desvaríos y pecados, es siempre la misma: comprensión, amor y misericordia, y como consecuencia, perdón sin límites.

¿Queremos decir con todo esto que no nos ha de preocupar nuestra condición de pecadores? No. El pecado nunca es un placer o una cosa buena que se nos prohíbe. El pecado engendra siempre sufrimiento y muerte. Por eso, nuestro Padre-Dios, odia al pecado y ama con locura al pecador, siendo siempre su respuesta para nosotros, pecadores, el perdón y la misericordia.

 

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

«COMO EL PADRE ME HA ENVIADO, ASÍ TAMBIÉN OS ENVÍO YO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4,32-35 * 1Jn 5,1-6 * Jn 20,19-31

En el evangelio de hoy encontramos a los discípulos reunidos en una casa con las puertas cerradas, temerosos de los judíos, al anochecer del primer día de la semana, o sea, del domingo. Están consternados y muy afectados por los acontecimientos que han tenido lugar durante esos días en Jerusalén. Sólo hace tres días en que han sido testigos del prendimiento, la pasión y la muerte en cruz del Señor Jesús. Temen caer en las manos de los judíos y correr la misma suerte que su Maestro.

De pronto aparece el Señor en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros» a la vez que les muestra las manos y el costado con las heridas de los clavos y la lanza. Ellos se llenan de alegría al ver a su Señor resucitado. Jesús repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

En este primer encuentro de Jesús Resucitado, merece destacarse la actitud del Señor Jesús con sus discípulos. Hubiera sido de esperar que, ante el comportamiento que han tenido con él durante toda la Pasión, merecieran, por lo menos, un reproche. Ninguno, excepto Juan, ha estado a su lado. Pedro, por temor, lo ha negado tres veces, y del resto nadie ha sido capaz de alzar la voz para defenderlo. Todos lo han abandonado.

Sin embargo, la respuesta del Señor ante la cobardía y la ingratitud de sus discípulos, es muy diferente. Ni un reproche, ni una queja, sino todo lo contrario. Hace llegar a ellos la paz, de la que están muy necesitados, y a la vez les hace un gran regalo al hacerles partícipes de un don que únicamente Dios posee: el poder de perdonar pecados.

Ver esta actitud del Señor ante el pecador ha de hacernos entrar en paz, apartando de nosotros todo temor. También tú y yo somos ingratos con el Señor. Sin embargo, su respuesta ante nuestra infidelidad y pecado sigue siendo la misma: amor y comprensión ante nuestra debilidad. Hemos de tener siempre presente que, nunca el Señor aparecerá en nuestra vida para exigirnos y reprendernos. Él, que formó nuestro corazón, jamás se escandaliza de nuestra pobreza.

Esta actitud de comprensión es la misma que emplea con Tomás ante su incredulidad. No tiene inconveniente en rebajarse a su exigencia de querer meter su dedo en el agujero de los clavos, y su mano en la herida del costado. Es precisamente esa incredulidad, la que impide a Tomás experimentar el gozo de la resurrección del Señor. Eso mismo puede sucedernos a nosotros. Que nuestra dureza de cerviz en reconocerlo en los acontecimientos, buenos o malos de nuestra vida, nos impida experimentar su presencia y su ayuda.

El Señor, hoy, vive resucitado en medio de nosotros, y nos invita a creer en Él y en su presencia continua. No lo vemos físicamente, pero, le ha dicho a Tomás, que somos dichosos por creer en Él sin haberlo visto.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA  DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«VERDADERAMENTE HA RESUCITADO EL SEÑOR, ALELUYA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10,34a. 37-43 * Col 3, 1-4 *  Jn 20, 1-9

Llegamos en este domingo a la cumbre de toda la historia de salvación. El acontecimiento que celebramos, la Resurrección del Señor Jesús, es el culmen de toda la historia que nuestro Padre Dios, ha diseñado para el hombre, para ti y para mí.

Hoy, clavados todos nuestros pecados en la Cruz, y rotas las ataduras de la muerte, el Señor Jesús resurge del sepulcro y da comienzo para nosotros una vida nueva. Tus pecados y los míos destruyeron su cuerpo mortal, pero el brazo de Dios, que no se ha secado y continúa con vigor, no ha permitido que ese cuerpo experimentara la corrupción, y sacándolo del sepulcro lo ha resucitado para nuestra justificación.

Este acontecimiento de la resurrección del Señor, lo ha estado esperando durante siglos toda la creación. Era necesario que el Señor Jesús, único que tenía poder para hacerlo, destruyera todo el mal que había caído sobre cada uno de nosotros, en el momento en que nuestro primer padre, Adán, pecó y volvió la espalda a Dios.

Dios-Padre, desde toda la eternidad, había concebido la idea de crear una criatura hecha a su imagen y semejanza, capaz de amar y ser amada. Quería que, unida a Él, participara eternamente en la inmensa felicidad que él disfrutaba. Sin embargo, Adán, usando mal de la libertad que Dios le había regalado, haciendo caso al maligno pecó. Tuvo la osadía de querer ser semejante al Creador. De esta manera, el primer plan concebido por el Padre para su criatura, quedaba invalidado.

Como consecuencia de este primer pecado apareció en el mundo algo que Dios no había creado: la muerte. El hombre, tú y yo, al volver la espalda a Dios que es el origen de la vida, quedó esclavo para siempre en los lazos de la muerte. Sin embargo, Dios-Padre, que continuaba amando con locura a su criatura, dispuso realizar una nueva creación en la persona de su Hijo, el Señor Jesús. Dispuso pues, que, tomando una carne mortal semejante a la nuestra, absorbiera como una esponja el veneno del pecado que nos llevaba a la muerte. Su naturaleza humana fue incapaz de resistir ese veneno y quedó exánime pendiente en la cruz.

Sin embargo, la muerte ignoraba que aquel cuerpo tenía en su interior un germen de vida. Por eso, hallaron en él cumplimiento las palabras de Oseas: «¡Oh muerte, yo seré tu muerte!». Lo que hoy celebramos pues, es que, rotas las ataduras de la muerte, el cuerpo del Señor Jesús resucitó triunfante. El Señor, no sólo venció en su cuerpo a la muerte, sino que, por aquel Espíritu que exhaló en la Cruz y del que nos hizo entrega, nosotros participamos también de su resurrección. Ésta es la gran noticia. Tú y yo, pecadores irredentos, participando de la Pascua del Señor Jesús, nos vemos libres del pecado y de la muerte. Somos una nueva creación. Nuestro hombre viejo ha sido clavado en la Cruz del Señor Jesús, para resucitar con Él revestidos de una nueva naturaleza.

Yo me pregunto, ¿qué méritos hemos hecho tu y yo para ser merecedores de tanta misericordia? Por supuesto que ninguno. Ha sido por pura dignación de Dios, que nosotros podamos participar gratuitamente de esta salvación. Una vez más, lo único que podemos devolver a Dios es nuestra gratitud, nuestro imperfecto amor, con el ruego de que nos asista para que, siendo testigos de su obra, todos los que nos rodean lleguen a conocer su amor sin límites.  


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26,14-27,66

Con el Domingo de Ramos damos comienzo a la Semana Mayor o Semana Santa. Una semana en la que reviviremos de una forma sacramental, los acontecimientos más importantes de la Historia de Salvación. El protagonista principal de esta historia es el Señor Jesús que, fiel a la voluntad del Padre, dará cumplimiento al plan de salvación que, desde toda la eternidad, había sido trazado por el Creador.

El amor desbordante y sin límite que siente Dios-Padre por ti y por mí, que somos sus criaturas, hará que su propio Hijo, el Señor Jesús, como cordero manso, entregue por completo su vida derramando por nosotros hasta la última gota de su sangre.

En esta ocasión, no vamos a ser meros espectadores de la obra de Dios-Padre en la persona del Señor Jesús, como hicimos en Navidad recordando su nacimiento. La Pascua del Señor Jesús, Pasión Muerte y Resurrección, es un acontecimiento que supera y desborda el mero recuerdo. No sólo haremos memoria de unos acontecimientos sucedidos hace dos mil años, sino que serán esos mismos acontecimientos los que de nuevo se harán presentes para nosotros. Por lo tanto, no sólo los recordaremos, sino que los reviviremos. Será la Pascua la que nos busque para arrastrarnos, haciéndonos experimentar que esa salvación que el Señor Jesús ha ganado para nosotros, nos alcanza de lleno.

En este Domingo de Ramos contemplaremos al Señor que entra en la Ciudad Santa de Jerusalén, dispuesto a culminar su misión redentora. Cumpliendo la profecía del profeta Zacarías, hará su entrada montado en un pollino, y será aclamado por una gran multitud que gritará: «¡Bendito el que viene como rey en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto». Será la única ocasión del evangelio en la que el Señor permite que el pueblo lo aclame, de tal manera que cuando los fariseos, escandalizados, le dicen: «Maestro, reprende a tus discípulos». Él replica: «Os digo, que si estos callan, gritarán las piedras».

Es de señalar que ese pueblo enfervorizado que aclama al Señor, será el mismo que cinco días después pedirá a Pilato que lo crucifique.

San Pablo, en el fragmento de su carta a los Filipenses que se proclama hoy, nos mostrará cómo el camino de la humildad elegido por el Señor, es el único que de verdad lleva a la exaltación. Cristo se humilla lo indecible. Se despoja por completo de su condición divina, hasta el punto de tomar la condición de esclavo y se rebaja hasta someterse a la muerte y una muerte de cruz. San Pablo seguirá diciendo que, ese anonadamiento y humillación, es el motivo para que Dios-Padre lo ensalce y lo levante sobre todo, dándole el «Nombre-sobre-todo-nombre». Nos muestra así, cómo, a diferencia de lo que pregona el mundo, es a través de la humillación, cómo también nosotros seremos ensalzados por el Padre.

Todo lo que la Iglesia nos mostrará en la liturgia de esta semana, ha de movernos a un profundo agradecimiento al Señor. Si hoy, tú y yo, que somos pecadores y rebeldes tenemos acceso a la salvación, es porque con un amor y una misericordia desbordantes, el Señor Jesús se ha entregado por nosotros destruyendo al pecado y la muerte, y abriendo para nosotros las puertas de la vida eterna.


DOMINGO V DE CUARESMA -B-

DOMINGO V DE CUARESMA  -B-

«EL QUE SE ABORRECE A SÍ MISMO EN ESTE MUNDO, SE GUARDA PARA LA VIDA ETERNA.».

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 31-34 * Heb 5, 7-9 * Jn 12, 20-30

San Juan nos cuenta en el evangelio de hoy, que la fama del Señor Jesús ha crecido hasta tal punto, que incluso unos gentiles que han llegado a Jerusalén para celebrar las fiestas, sienten el deseo de conocerlo personalmente. Se acercan por ello a Felipe el de Betsaida y le dicen: «Señor, quisiéramos ver a Jesús». Felipe, quizá un poco extrañado, se lo comenta a Andrés, y los dos, Andrés y Felipe, se lo dicen al Señor.

La respuesta del Señor es un poco desconcertante. Nosotros, seguramente, hubiéramos respondido de otro modo. Para nosotros, el hecho de que unos forasteros desconocidos pretendieran conocer al Señor, hubiera sido motivo de satisfacción. Nos hubiera alegrado que su fama llegara más allá de las fronteras de Israel.

No es esa visión la que tiene el Señor Jesús. Él sabe que únicamente ha sido enviado a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel, como dice en otro momento del evangelio. Por eso, ante la pretensión de estos gentiles, responde: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Dicho de otra manera, a través de aquel acontecimiento descubre que su misión está llegando a su fin.

A continuación, el Señor añade: «Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo en este mundo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». Ese grano de trigo del que habla el Señor, no es otro que Él mismo. Él sabe que ha venido al mundo, precisamente, para morir. Para entregar su vida en rescate de todos nosotros, a fin de reconciliarnos con el Padre.

Destacamos de este pasaje dos aspectos que inciden directamente en nuestra vida de fe. En primer lugar, el Señor nos enseña a saber leer los acontecimientos de cada día. Dios-Padre continúa interviniendo en tu vida y en mi vida. Ahora ya no lo hace mediante palabras. Lo sigue haciendo a través de lo que cada día nos sucede. Por eso, de la misma manera que el Señor Jesús ve en el interés de aquellos extranjeros que quieren verle, que la misión llega a su fin, también nos da a nosotros, sus discípulos, el don de discernimiento, para saber leer en los acontecimientos de cada día, cuál es la voluntad de Dios, qué es lo que en cada momento quiere decirnos.

El otro aspecto a tener en cuenta es que, a nosotros, que somos sus discípulos, nos llama a entregar nuestra vida en bien de todos los que nos rodean. Nos llama a morir por nuestro marido o por nuestra esposa. Morir por nuestros hijos y familiares, por nuestros vecinos y compañeros de trabajo, etc. Nos dice que no tengamos miedo en perder nuestra vida, porque sólo el que pierde esta vida alcanza a tener la verdadera vida. Si nos encerramos en nosotros mismos, si queremos defender nuestra vida, al final lo único que conseguiremos es perderla. Si sólo nos amamos a nosotros mismos, y somos incapaces de darnos a los demás, nunca daremos fruto y quedaremos como el grano de trigo que cae, y por resistirse a morir, queda infecundo.

A simple vista, esta misión a la que nos llama el Señor, nos puede parecer algo imposible. Tú y yo, que somos egoístas integrales, ¿cómo vamos a poder darnos a los demás olvidándonos de nosotros mismos? Sin embargo, como este negocio a quien le interesa es al Señor, será Él el que derrame en nosotros su Espíritu para que podamos llevar adelante esta misión. Como compensación, viviremos una vida plena y feliz como no podemos imaginar. Algo que el mundo ignora, y que será un anticipo de la vida eterna.


DOMINGO IV DE CUARESMA (Laetare) -B-

DOMINGO IV DE CUARESMA (Laetare)  -B-

«DIOS NO MANDÓ A SU HIJO AL MUNDO PARA CONDENAR AL MUNDO».

 

CITAS BÍBLICAS: Cro 36,14-16 * Ef 2,4-10 * Jn 3,14-21

Nicodemo era un rico fariseo, maestro en Israel, miembro del Sanedrín y «principal entre los judíos».​ San Juan en su evangelio nos dice de él, que de una manera discreta se entrevista con el Señor Jesús por la noche. El evangelio de hoy es, precisamente, un fragmento de esta entrevista que Nicodemo mantiene con el Señor.

El Señor dice a Nicodemo que de la misma manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, y todos los que la miraban quedaban curados, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, refiriéndose a su muerte en cruz, para que todo el que crea en Él, se vea libre de la muerte que produce el pecado.

 A los israelitas, en el desierto, les causaba la muerte la mordedura de pequeñas víboras. A ti y a mí es el veneno del pecado el que nos mata. Ellos mirando a la serpiente se veían libres de la muerte. También para nosotros, contemplar al señor crucificado es contemplar el amor de Dios-Padre, que ha borrado en esa Cruz la nota de cargo que exigía nuestra muerte.

Para nosotros son consoladoras y reconfortantes las palabras del Señor a Nicodemo cuando le dice: «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.» Para experimentar esa salvación, lo único que se nos exige es creer en ella. Creer que en la Cruz del Señor Jesús está nuestra salvación. Una salvación que es universal, es decir para todos. Para todos los que en la Cruz del Señor Jesús descubran el amor y la misericordia de un Padre que sólo quiere lo mejor para sus hijos. No cabe duda de que, en el desierto, si uno era mordido por una serpiente y no creía que su curación estaba en mirar a la serpiente de bronce, moría. De la misma manera, si uno de nosotros, es mordido por el pecado, que es el aguijón de la muerte, y no cree que en la Cruz del Señor Jesús está la salvación, indudablemente, él mismo elige su condenación.

El Señor continúa diciendo a Nicodemo: «Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas».  Lo que dice el señor aquí lo hemos experimentado todos. Todos tenemos experiencia de que cuando vamos a hacer una acción reprobable, procuramos que no haya testigos, que nadie nos vea. Esto ya sucede desde la niñez. Desde la niñez tenemos cierta consciencia de lo que está bien y lo que está mal. Por eso, el niño, cuando va hacer alguna travesura procura no ser visto por sus padres.

Podemos poner un ejemplo que corrobora lo que dice el Señor. Nuestra vida puede compararse a una habitación. Si la luz de la habitación es tenue, aparentemente todo parece estar limpio y en orden. Sin embargo, al encender un gran foco, empieza a verse el desorden, el polvo, las telarañas y la suciedad. Eso mismo sucede en nuestra vida, preferimos las tinieblas, la poca luz, porque de esa manera nuestros defectos y pecados pasan más desapercibidos. De ahí que el Señor diga que, «todo el que obra perversamente detesta la luz, para no verse acusado por sus obras»

Uno de los beneficios que comporta la escucha de la Palabra de Dios, es, precisamente, iluminar nuestro interior para que aparezcan nuestras faltas y pecados. De esta manera nos muestra cómo somos de verdad. Nos convence de que no somos tan buenos como creemos o aparentamos. Sin embargo, no nos deja sólo acusándonos de pecado, sino que, levanta nuestro ánimo dándonos a conocer la debilidad que Dios-Padre siente por nosotros, pecadores, y su misericordia sin límites que, ante nuestras faltas y miserias, nunca se escandaliza y nos ofrece continuamente su perdón sin límites.  


DOMINGO III DE CUARESMA -B-

DOMINGO III DE CUARESMA  -B-

«EL CELO POR TU CASA ME DEVORA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 20, 1-17 * 1Cor 1, 22-25 * Jn 2, 13-25  

El pasaje del evangelio de hoy contrasta con la imagen del Señor Jesús que muchas veces presenta la devoción popular. Estamos acostumbrados a ver pinturas retocadas un tanto irreales, representando escenas bucólicas del Señor, que no tienen nada que ver con lo que en realidad era la verdadera imagen, que ofrecía el Señor Jesús.

Decimos todo esto porque la figura de Jesucristo que nos presenta hoy el evangelio, es diametralmente opuesta a la idea que, con frecuencia, se tiene de su persona.

Hoy vemos al Señor que sube con sus discípulos a Jerusalén próxima la Pascua. Al llegar al templo encuentra el recinto convertido en un auténtico mercado. Por un lado, vendedores de bueyes, ovejas y palomas, para poder ofrecerlos en sacrificio. Por otro lado, las mesas de los cambistas llenas de monedas.

Irritado al ver aquel espectáculo, forma un látigo con un manojo de cordeles, vuelca las mesas de los cambistas y echa a todos los vendedores de animales fuera del templo, mientras dice: «Quitad todo esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Los judíos, al verle actuar de este modo, le preguntan: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» A lo que el Señor responde: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replican: «Cuarenta y seis años ha costado en construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». El evangelista aclara que ellos no sabían que estaba hablando del templo de su cuerpo. Los discípulos comprendieron sus palabras y encontraron su cumplimiento, cuando resucitó de entre los muertos.

Este templo del que habla el evangelio es figura de nuestro cuerpo. De la misma manera que Dios-Padre había elegido al templo de Jerusalén como morada y lugar de su reposo en medio de su pueblo, también nosotros, por nuestro bautismo, hemos sido elegidos por Dios como templos del Espíritu Santo.

Con el templo de nuestro cuerpo sucede con frecuencia, lo mismo que ocurría en el templo de Jerusalén. En lugar de ser un lugar de reposo y encuentro personal con el Señor, lo tenemos lleno de ídolos y de suciedad. Es nuestra naturaleza tarada por el pecado de origen, la que introduce en nuestro corazón el culto al dinero y las riquezas. Allí, también pedimos la vida a la familia, la afectividad, al sexo, al trabajo, o al poder. Ocurre por eso que, el lugar preparado para acoger al amor de Dios y ser felices con él, se encuentra atiborrado de ídolos que no nos dan la vida, y que no dejan espacio a la presencia del Espíritu Santo.

Conocer esta realidad nos ha de mantener vigilantes para que el maligno o la influencia del mundo, no hagan de nuestro interior un templo para sus ídolos. Que no nos engañen con sus señuelos de felicidad, y que nuestro interior sólo esté ocupado por el amor de Dios, él único capaz de dar sentido a nuestra vida y hacernos auténticamente felices.


DOMINGO II DE CUARESMA -B-

DOMINGO II DE CUARESMA  -B-

«ÉSTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 22,1-2.9a.15-18 * Rm 8,31b-34 * Mc 9,1-9

En este segundo domingo de Cuaresma contemplamos en el evangelio de san Marcos la Transfiguración del Señor.

El Señor Jesús coge a Pedro, a Santiago y Juan, se los lleva a un monte alto y en su presencia se transfigura por completo. El evangelista lo explica diciendo que sus vestidos se vuelven de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Junto a él aparecen conversando Moisés y Elías.

Pedro, asombrado, sin saber mucho lo que dice exclama: «Maestro. ¡qué bien se está aquí!». Se forma una nube que cubre a los tres y se oye una voz desde el interior de la nube que dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».

De este pasaje del evangelio podemos sacar varias conclusiones. En primer lugar, lo que pretende el Señor al transfigurarse delante de los apóstoles, es afianzar la fe en su persona. Sabe que se acercan momentos muy difíciles que no podrán ser asumidos por aquellos que le acompañan. La próxima pasión y muerte del Señor, serán acontecimientos incomprensibles para ellos. Por eso, a fin de que su fe no se tambalee, el Señor les muestra por unos momentos lo que se esconde debajo de su presencia humana, su divinidad.

Por otra parte, para nosotros, ver la figura del Señor transfigurado es un anticipo de aquello que Él nos tiene reservado. Por su gracia, o sea, como don gratuito, también nuestro cuerpo mortal será transformado en un cuerpo glorioso. No somos seres destinados a la corrupción como el resto de los seres vivos. Nuestra condición de hijos de Dios nos asegura una vida eterna y feliz en su presencia.

Esa filiación divina que Dios-Padre nos ha otorgado a través de la persona de su Hijo Jesucristo, hace que, también nosotros, hoy, seamos los destinatarios de las palabras que ha pronunciado la voz del Padre: «Éste es mi hijo amado». ¿Eres consciente de lo que esto significa? ¿Que tú y yo, egoístas, lujuriosos, orgullosos, pecadores, en fin, podamos, por los méritos del Señor Jesús, aparecer ante Dios-Padre, como santos e inmaculados, y escuchar de sus labios que somos sus hijos amados?

Tener la certidumbre de nuestra filiación divina, de la predilección que el Señor siente por cada uno de nosotros, es razón más que suficiente para que nuestra existencia tenga sentido pleno, para que, las dificultades y contrariedades de la vida, no consigan hacernos caer en el desánimo. Si vivir unos instantes en esa vida que Dios nos prepara, fue suficiente para hacer exclamar a Pedro «Maestro. ¡qué bien se está aquí!», ¿qué no será vivir para siempre esa vida eterna que Dios-Padre ha dispuesto para cada uno de nosotros?

Ciertamente, somos incapaces de devolver a Dios un poco del amor que él siente por nosotros, sin embargo, a Él le basta con vernos felices y agradecidos disfrutando plenamente de todo lo que cada día recibimos de su mano.