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DOMINGO IV DE PASCUA -B-

DOMINGO IV DE PASCUA  -B-

«YO SOY EL BUEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4,8-12 * 1Jn 3,1-2 * Jn 10,11-18

Hoy la Iglesia nos muestra en el evangelio una figura del Señor Jesús muy entrañable. Nos lo muestra como al Buen Pastor. Así era como gustaba presentarse el Señor en muchas ocasiones ante aquellos que lo escuchaban. Sin embargo, lo único que hacía era hacer suya una figura, la del pastor, que ya se aplicaba a Dios en el Antiguo Testamento. Recordemos lo que dice el salmo 80: «Pastor de Israel escucha, tú que guías a José como a un rebaño… despierta tu poder y ven a salvarnos».

Podemos preguntarnos: ¿por qué razón la Escritura atribuye a Dios esta figura y el Señor Jesús la hace suya también en el Evangelio? La respuesta es muy sencilla. El Pueblo de Israel, en sus orígenes, estaba formado por pastores, como Abraham, que llevaban sus rebaños de un lugar a otro buscando los mejores pastos. Por eso, para aquellos a los que se dirige el Señor, la figura del pastor es, pues, muy familiar. Ellos están al corriente del comportamiento del pastor. Saben que conoce a cada una de las ovejas por su nombre, y que conoce también su carácter y sus caprichos. Saben, así mismo, que el amor del pastor por las ovejas, llega al extremo de exponer su vida para defenderlas ante los ataque del lobo o de otras fieras del campo.

En compensación a los cuidados del pastor, es de notar la respuesta que las ovejas dan a todos sus cuidados. Son dóciles, obedientes y atienden a su voz, cosa que no hacen con la voz de un extraño.

Hoy, en el evangelio de san Juan, el señor Jesús se presenta ante los fariseos como el Buen Pastor. Un pastor dispuesto a dar su vida por las ovejas. Un pastor que, a diferencia del pastor asalariado, no abandona al rebaño cuando ve venir al lobo. Un pastor, dice El Señor, que conoce a sus ovejas, y que ellas, a su vez, lo conocen. Un pastor, en fin, que se entrega por completo al rebaño, hasta el punto de llegar a dar su vida por las ovejas.

A nosotros, que nos llamamos discípulos del Señor, nos corresponde ocupar el lugar de las ovejas. Somos las ovejas del rebaño del Señor. Esto significa que somos objeto preferente de sus cuidados. Que para él no somos un número más del rebaño, sino que nos conoce a cada uno por nuestro propio nombre. Él ama al rebaño, pero no lo ama de una manera genérica, sino que ama y cuida de sus ovejas de una manera individual. Por eso, conoce nuestros afanes, nuestros deseos, nuestras ilusiones, y conoce también nuestros sufrimientos, nuestros fracasos, nuestras infidelidades y pecados. Su amor por ti y por mí, cubre todas nuestras deficiencias. A sus ojos somos perfectos.

Nosotros tenemos experiencia de cómo el Señor, cuando nos hemos separado del rebaño, ha venido en nuestra búsqueda, porque conocía los peligros a que estábamos expuestos. No lo ha hecho con malos tratos, sino que, exponiendo su vida, no ha descansado hasta devolvernos al redil.

Él quiere llevarnos a frescos pastos donde podamos alimentarnos y reposar. En nuestros sufrimientos quiere ser el consuelo. En nuestra debilidad quiere ser nuestra fortaleza y quiere ser compañía para nuestra soledad. Quiere defendernos de los lobos rapaces que, disfrazados de ovejas, pretenden que nos apartemos de su lado.

Por nuestra parte, hemos de ser dóciles y caminar a su lado. Si no lo hacemos así y creemos que nos bastamos solos y que no necesitamos su ayuda, caeremos en las garras de nuestro enemigo, que es mucho más inteligente que nosotros. Es necesario, pues, que seamos conscientes de nuestra debilidad, y estar prontos en recurrir a Él, que, sin duda, está pendiente de nosotros y siempre dispuesto a ayudarnos


DOMINGO III DE PASCUA -B-

DOMINGO III DE PASCUA -B-

«VOSOTROS SOIS TESTIGOS DE ESTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 3,13-15.17-19 * 1Jn 2,1-5a *Lc 24,35-48

El Evangelio de este domingo es continuación del pasaje de los Discípulos de Emaús. Cleofás y su compañero regresan a Jerusalén gozosos, para contar a los apóstoles y al resto de los discípulos que, en el camino, se han encontrado con el Señor Resucitado, y que le han reconocido en el momento de partir el pan.

Todavía están contando su experiencia, cuando Jesús se hace presente en medio de ellos y les saluda con estas palabras: “Paz a vosotros”. Una mezcla de asombro, alegría y a la vez temor, invade a todos.

Dándose cuenta de la situación, Jesús les dice: ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”.  Y como hizo en el camino con los discípulos de Emaús, abre también ahora sus inteligencias para que comprendan las Escrituras. Todo lo que le ha sucedido ya fue anunciado por Moisés y los profetas. Su Pascua era necesaria. Era necesario que entrara en la muerte cargado con todos nuestros pecados, para poder destruir aquello que nos mantenía de por vida esclavos del maligno: el temor a la muerte.

El evangelio de hoy termina con una frase lapidaria: “Vosotros sois testigos de esto”. Y ésta es, precisamente, la misión que el Señor deja en manos de sus discípulos. Dar testimonio a todos de haberlo visto resucitado.  

Como en aquella ocasión, también hoy el Señor se hace presente en tu vida y en la mía. Nosotros no lo vemos físicamente como lo vieron los discípulos, pero no por eso experimentamos su presencia de una manera menos real. Él está vivo y resucitado. Está junto al Padre, y al mismo tiempo está con nosotros como ayudador hasta el final de los tiempos, como prometió en el Evangelio.

También nosotros somos testigos de que cuando en los momentos de dificultad y desánimo le hemos gritado, le hemos invocado, se ha hecho presente, porque el Señor está vivo y está resucitado. Camina junto a nosotros en el camino de la vida, como lo hizo en otro tiempo al lado de los discípulos de Emaús. Él está siempre dispuesto a echarnos una mano en las dificultades que se presentan en nuestra vida.

Es necesario que esta experiencia la conozcan los que nos rodean. Que testifiquemos que el Señor no nos ha abandonado, que no estamos solos, sino que permanece entre nosotros vivo y resucitado. No lo vemos en persona, pero vemos su acción en nosotros. Ser testigos de esta realidad, dar a conocer esta presencia invisible, pero cierta, es el encargo que hoy nos hace el Señor.

PASCUA: FIESTA DE LA LIBERACIÓN

PASCUA: FIESTA DE LA LIBERACIÓN

Hay varios elementos que forman parte de la Pascua. Si alguno de ellos faltara no podría darse este acontecimiento de importancia primordial, tanto en la vida del Pueblo de Israel, como en la de la Iglesia. Esclavitud, libertad, muerte, vida y Tierra Prometida, forman un todo con el acontecimiento de la Pascua.

      El pueblo de Israel se halla en Egipto sometido a dura esclavitud. La vida de un hebreo carece por completo de valor. El sometimiento es tal, que hasta tienen que acatar la orden del Faraón que les obliga a matar a sus propios hijos, si al nacer son varones.

      En esta situación, Dios suscita un salvador, Moisés, al que encarga la tarea de conseguir la libertad de su pueblo. Por su mano, obra el Señor grandes prodigios que no logran doblegar la voluntad del Faraón. El último y definitivo, es la muerte de todos los primogénitos de hombres y animales.

       Los hebreos, en la noche de la Pascua, ven pasar al exterminador que daña a Egipto pero que respeta a Israel. Este paso de la muerte, saltando las moradas de los hebreos, constituirá lo que a partir de entonces el Pueblo de Israel celebrará como la Pascua.

       Muchos más prodigios llevará a cabo el Señor, para llevar a su pueblo de la esclavitud de Egipto a la libertad a la Tierra de Promisión, durante los cuarenta años que durará el viaje. Destacamos por su relevancia el paso a pie enjuto de Israel por el Mar Rojo, mientras las tropas del Faraón quedan anegadas en las aguas formidables. Esta es, otra Pascua. Otro paso del Señor que hace pasar de la muerte a la Vida.

        La Pascua celebrada por Israel, preanuncia la que celebrará el Señor Jesús en la plenitud de los tiempos. El hombre, tú y yo, desde que usando mal la libertad nos apartamos de Dios, caemos automáticamente en la esclavitud del pecado y saboreamos la muerte. Habiendo sido creados para la felicidad y la vida, experimentamos cada día el sufrimiento y la destrucción.

       En esta situación, Dios suscita un Salvador: su propio Hijo, que tomando una naturaleza como la nuestra, se anonada y se hace pecado, para penetrar así en la muerte y poder destruir su poder, haciéndonos partícipes de su victoria. Hace Pascua pasando de la muerte a la vida, y en este paso, nos arrastra a todos abriéndonos las puertas del Paraíso, de la Vida Eterna.

         La Pascua del Señor Jesús se realiza en cada generación. En cada generación Cristo muere y resucita en la figura del cristiano, que perdonando al enemigo y dando la vida por él, actualiza la obra redentora del Señor.

        Hoy la Pascua no es sólo un recuerdo, es un acontecimiento real. Cristo sigue salvando a los hombres mostrándoles su amor y su perdón. Cada vez que tú y yo amamos y perdonamos a aquel que por el pecado, vive sometido a esclavitud y nos ofende haciéndonos daño, volvemos a hacer presente la salvación del Señor Jesús, dándole opción a pasar de la esclavitud a la libertad, de la muerte del pecado a la vida.

 

 

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

 

El segundo domingo de Pascua, por deseo de san Juan Pablo II, está dedicado a contemplar las entrañas de misericordia del Señor.

Hemos dicho muchas veces que la esencia, si utilizáramos el lenguaje humano diríamos la materia, de la que está hecho nuestro Dios, es el amor, y una de las manifestaciones más eminentes de ese amor, es la misericordia.

Entre las definiciones que el Diccionario de la RAE da de la palabra misericordia, queremos señalar dos: «Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos». Y también, «atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas». Sería inconcebible pensar en Dios de una manera distinta. No cabe otra manera de entender el comportamiento de Dios de una manera diferente.  

En nuestro origen hemos salido de las manos de Dios como criaturas perfectas, pero al utilizar mal nuestra libertad dando la espalda a nuestro Creador, el pecado ha afeado nuestra hermosura primera.

La reacción del corazón de Dios-Padre ante tu infidelidad y la mía, que somos sus hijos, la expresa maravillosamente el profeta Oseas, cuando, ante el pecado de Israel, pone en boca del Señor: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím? ¿Cómo entregarte, Israel? ...Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím...» El Señor nos ama por encima de nuestros pecados. Si en Él tuviera cabida el sufrimiento, afirmaríamos que, como padre que ama intensamente a sus hijos, su corazón sufre viendo la esclavitud y el dolor al que nos somete el pecado.

Por otra parte, es consolador saber que por grande que sea nuestro pecado, nunca el Señor se escandaliza de nosotros. Dice el salmo 32: «Él formó cada corazón y comprende todas sus acciones». Nada hay, pues, de nuestro comportamiento que pueda escandalizarle. La respuesta ante nuestros desvaríos y pecados, es siempre la misma: comprensión, amor y misericordia, y como consecuencia, perdón sin límites.

¿Queremos decir con todo esto que no nos ha de preocupar nuestra condición de pecadores? No. El pecado nunca es un placer o una cosa buena que se nos prohíbe. El pecado engendra siempre sufrimiento y muerte. Por eso, nuestro Padre-Dios, odia al pecado y ama con locura al pecador, siendo siempre su respuesta para nosotros, pecadores, el perdón y la misericordia.

 

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

«COMO EL PADRE ME HA ENVIADO, ASÍ TAMBIÉN OS ENVÍO YO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4,32-35 * 1Jn 5,1-6 * Jn 20,19-31

En el evangelio de hoy encontramos a los discípulos reunidos en una casa con las puertas cerradas, temerosos de los judíos, al anochecer del primer día de la semana, o sea, del domingo. Están consternados y muy afectados por los acontecimientos que han tenido lugar durante esos días en Jerusalén. Sólo hace tres días en que han sido testigos del prendimiento, la pasión y la muerte en cruz del Señor Jesús. Temen caer en las manos de los judíos y correr la misma suerte que su Maestro.

De pronto aparece el Señor en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros» a la vez que les muestra las manos y el costado con las heridas de los clavos y la lanza. Ellos se llenan de alegría al ver a su Señor resucitado. Jesús repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

En este primer encuentro de Jesús Resucitado, merece destacarse la actitud del Señor Jesús con sus discípulos. Hubiera sido de esperar que, ante el comportamiento que han tenido con él durante toda la Pasión, merecieran, por lo menos, un reproche. Ninguno, excepto Juan, ha estado a su lado. Pedro, por temor, lo ha negado tres veces, y del resto nadie ha sido capaz de alzar la voz para defenderlo. Todos lo han abandonado.

Sin embargo, la respuesta del Señor ante la cobardía y la ingratitud de sus discípulos, es muy diferente. Ni un reproche, ni una queja, sino todo lo contrario. Hace llegar a ellos la paz, de la que están muy necesitados, y a la vez les hace un gran regalo al hacerles partícipes de un don que únicamente Dios posee: el poder de perdonar pecados.

Ver esta actitud del Señor ante el pecador ha de hacernos entrar en paz, apartando de nosotros todo temor. También tú y yo somos ingratos con el Señor. Sin embargo, su respuesta ante nuestra infidelidad y pecado sigue siendo la misma: amor y comprensión ante nuestra debilidad. Hemos de tener siempre presente que, nunca el Señor aparecerá en nuestra vida para exigirnos y reprendernos. Él, que formó nuestro corazón, jamás se escandaliza de nuestra pobreza.

Esta actitud de comprensión es la misma que emplea con Tomás ante su incredulidad. No tiene inconveniente en rebajarse a su exigencia de querer meter su dedo en el agujero de los clavos, y su mano en la herida del costado. Es precisamente esa incredulidad, la que impide a Tomás experimentar el gozo de la resurrección del Señor. Eso mismo puede sucedernos a nosotros. Que nuestra dureza de cerviz en reconocerlo en los acontecimientos, buenos o malos de nuestra vida, nos impida experimentar su presencia y su ayuda.

El Señor, hoy, vive resucitado en medio de nosotros, y nos invita a creer en Él y en su presencia continua. No lo vemos físicamente, pero, le ha dicho a Tomás, que somos dichosos por creer en Él sin haberlo visto.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA  DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«VERDADERAMENTE HA RESUCITADO EL SEÑOR, ALELUYA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10,34a. 37-43 * Col 3, 1-4 *  Jn 20, 1-9

Llegamos en este domingo a la cumbre de toda la historia de salvación. El acontecimiento que celebramos, la Resurrección del Señor Jesús, es el culmen de toda la historia que nuestro Padre Dios, ha diseñado para el hombre, para ti y para mí.

Hoy, clavados todos nuestros pecados en la Cruz, y rotas las ataduras de la muerte, el Señor Jesús resurge del sepulcro y da comienzo para nosotros una vida nueva. Tus pecados y los míos destruyeron su cuerpo mortal, pero el brazo de Dios, que no se ha secado y continúa con vigor, no ha permitido que ese cuerpo experimentara la corrupción, y sacándolo del sepulcro lo ha resucitado para nuestra justificación.

Este acontecimiento de la resurrección del Señor, lo ha estado esperando durante siglos toda la creación. Era necesario que el Señor Jesús, único que tenía poder para hacerlo, destruyera todo el mal que había caído sobre cada uno de nosotros, en el momento en que nuestro primer padre, Adán, pecó y volvió la espalda a Dios.

Dios-Padre, desde toda la eternidad, había concebido la idea de crear una criatura hecha a su imagen y semejanza, capaz de amar y ser amada. Quería que, unida a Él, participara eternamente en la inmensa felicidad que él disfrutaba. Sin embargo, Adán, usando mal de la libertad que Dios le había regalado, haciendo caso al maligno pecó. Tuvo la osadía de querer ser semejante al Creador. De esta manera, el primer plan concebido por el Padre para su criatura, quedaba invalidado.

Como consecuencia de este primer pecado apareció en el mundo algo que Dios no había creado: la muerte. El hombre, tú y yo, al volver la espalda a Dios que es el origen de la vida, quedó esclavo para siempre en los lazos de la muerte. Sin embargo, Dios-Padre, que continuaba amando con locura a su criatura, dispuso realizar una nueva creación en la persona de su Hijo, el Señor Jesús. Dispuso pues, que, tomando una carne mortal semejante a la nuestra, absorbiera como una esponja el veneno del pecado que nos llevaba a la muerte. Su naturaleza humana fue incapaz de resistir ese veneno y quedó exánime pendiente en la cruz.

Sin embargo, la muerte ignoraba que aquel cuerpo tenía en su interior un germen de vida. Por eso, hallaron en él cumplimiento las palabras de Oseas: «¡Oh muerte, yo seré tu muerte!». Lo que hoy celebramos pues, es que, rotas las ataduras de la muerte, el cuerpo del Señor Jesús resucitó triunfante. El Señor, no sólo venció en su cuerpo a la muerte, sino que, por aquel Espíritu que exhaló en la Cruz y del que nos hizo entrega, nosotros participamos también de su resurrección. Ésta es la gran noticia. Tú y yo, pecadores irredentos, participando de la Pascua del Señor Jesús, nos vemos libres del pecado y de la muerte. Somos una nueva creación. Nuestro hombre viejo ha sido clavado en la Cruz del Señor Jesús, para resucitar con Él revestidos de una nueva naturaleza.

Yo me pregunto, ¿qué méritos hemos hecho tu y yo para ser merecedores de tanta misericordia? Por supuesto que ninguno. Ha sido por pura dignación de Dios, que nosotros podamos participar gratuitamente de esta salvación. Una vez más, lo único que podemos devolver a Dios es nuestra gratitud, nuestro imperfecto amor, con el ruego de que nos asista para que, siendo testigos de su obra, todos los que nos rodean lleguen a conocer su amor sin límites.  


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26,14-27,66

Con el Domingo de Ramos damos comienzo a la Semana Mayor o Semana Santa. Una semana en la que reviviremos de una forma sacramental, los acontecimientos más importantes de la Historia de Salvación. El protagonista principal de esta historia es el Señor Jesús que, fiel a la voluntad del Padre, dará cumplimiento al plan de salvación que, desde toda la eternidad, había sido trazado por el Creador.

El amor desbordante y sin límite que siente Dios-Padre por ti y por mí, que somos sus criaturas, hará que su propio Hijo, el Señor Jesús, como cordero manso, entregue por completo su vida derramando por nosotros hasta la última gota de su sangre.

En esta ocasión, no vamos a ser meros espectadores de la obra de Dios-Padre en la persona del Señor Jesús, como hicimos en Navidad recordando su nacimiento. La Pascua del Señor Jesús, Pasión Muerte y Resurrección, es un acontecimiento que supera y desborda el mero recuerdo. No sólo haremos memoria de unos acontecimientos sucedidos hace dos mil años, sino que serán esos mismos acontecimientos los que de nuevo se harán presentes para nosotros. Por lo tanto, no sólo los recordaremos, sino que los reviviremos. Será la Pascua la que nos busque para arrastrarnos, haciéndonos experimentar que esa salvación que el Señor Jesús ha ganado para nosotros, nos alcanza de lleno.

En este Domingo de Ramos contemplaremos al Señor que entra en la Ciudad Santa de Jerusalén, dispuesto a culminar su misión redentora. Cumpliendo la profecía del profeta Zacarías, hará su entrada montado en un pollino, y será aclamado por una gran multitud que gritará: «¡Bendito el que viene como rey en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto». Será la única ocasión del evangelio en la que el Señor permite que el pueblo lo aclame, de tal manera que cuando los fariseos, escandalizados, le dicen: «Maestro, reprende a tus discípulos». Él replica: «Os digo, que si estos callan, gritarán las piedras».

Es de señalar que ese pueblo enfervorizado que aclama al Señor, será el mismo que cinco días después pedirá a Pilato que lo crucifique.

San Pablo, en el fragmento de su carta a los Filipenses que se proclama hoy, nos mostrará cómo el camino de la humildad elegido por el Señor, es el único que de verdad lleva a la exaltación. Cristo se humilla lo indecible. Se despoja por completo de su condición divina, hasta el punto de tomar la condición de esclavo y se rebaja hasta someterse a la muerte y una muerte de cruz. San Pablo seguirá diciendo que, ese anonadamiento y humillación, es el motivo para que Dios-Padre lo ensalce y lo levante sobre todo, dándole el «Nombre-sobre-todo-nombre». Nos muestra así, cómo, a diferencia de lo que pregona el mundo, es a través de la humillación, cómo también nosotros seremos ensalzados por el Padre.

Todo lo que la Iglesia nos mostrará en la liturgia de esta semana, ha de movernos a un profundo agradecimiento al Señor. Si hoy, tú y yo, que somos pecadores y rebeldes tenemos acceso a la salvación, es porque con un amor y una misericordia desbordantes, el Señor Jesús se ha entregado por nosotros destruyendo al pecado y la muerte, y abriendo para nosotros las puertas de la vida eterna.


DOMINGO V DE CUARESMA -B-

DOMINGO V DE CUARESMA  -B-

«EL QUE SE ABORRECE A SÍ MISMO EN ESTE MUNDO, SE GUARDA PARA LA VIDA ETERNA.».

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 31-34 * Heb 5, 7-9 * Jn 12, 20-30

San Juan nos cuenta en el evangelio de hoy, que la fama del Señor Jesús ha crecido hasta tal punto, que incluso unos gentiles que han llegado a Jerusalén para celebrar las fiestas, sienten el deseo de conocerlo personalmente. Se acercan por ello a Felipe el de Betsaida y le dicen: «Señor, quisiéramos ver a Jesús». Felipe, quizá un poco extrañado, se lo comenta a Andrés, y los dos, Andrés y Felipe, se lo dicen al Señor.

La respuesta del Señor es un poco desconcertante. Nosotros, seguramente, hubiéramos respondido de otro modo. Para nosotros, el hecho de que unos forasteros desconocidos pretendieran conocer al Señor, hubiera sido motivo de satisfacción. Nos hubiera alegrado que su fama llegara más allá de las fronteras de Israel.

No es esa visión la que tiene el Señor Jesús. Él sabe que únicamente ha sido enviado a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel, como dice en otro momento del evangelio. Por eso, ante la pretensión de estos gentiles, responde: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Dicho de otra manera, a través de aquel acontecimiento descubre que su misión está llegando a su fin.

A continuación, el Señor añade: «Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo en este mundo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». Ese grano de trigo del que habla el Señor, no es otro que Él mismo. Él sabe que ha venido al mundo, precisamente, para morir. Para entregar su vida en rescate de todos nosotros, a fin de reconciliarnos con el Padre.

Destacamos de este pasaje dos aspectos que inciden directamente en nuestra vida de fe. En primer lugar, el Señor nos enseña a saber leer los acontecimientos de cada día. Dios-Padre continúa interviniendo en tu vida y en mi vida. Ahora ya no lo hace mediante palabras. Lo sigue haciendo a través de lo que cada día nos sucede. Por eso, de la misma manera que el Señor Jesús ve en el interés de aquellos extranjeros que quieren verle, que la misión llega a su fin, también nos da a nosotros, sus discípulos, el don de discernimiento, para saber leer en los acontecimientos de cada día, cuál es la voluntad de Dios, qué es lo que en cada momento quiere decirnos.

El otro aspecto a tener en cuenta es que, a nosotros, que somos sus discípulos, nos llama a entregar nuestra vida en bien de todos los que nos rodean. Nos llama a morir por nuestro marido o por nuestra esposa. Morir por nuestros hijos y familiares, por nuestros vecinos y compañeros de trabajo, etc. Nos dice que no tengamos miedo en perder nuestra vida, porque sólo el que pierde esta vida alcanza a tener la verdadera vida. Si nos encerramos en nosotros mismos, si queremos defender nuestra vida, al final lo único que conseguiremos es perderla. Si sólo nos amamos a nosotros mismos, y somos incapaces de darnos a los demás, nunca daremos fruto y quedaremos como el grano de trigo que cae, y por resistirse a morir, queda infecundo.

A simple vista, esta misión a la que nos llama el Señor, nos puede parecer algo imposible. Tú y yo, que somos egoístas integrales, ¿cómo vamos a poder darnos a los demás olvidándonos de nosotros mismos? Sin embargo, como este negocio a quien le interesa es al Señor, será Él el que derrame en nosotros su Espíritu para que podamos llevar adelante esta misión. Como compensación, viviremos una vida plena y feliz como no podemos imaginar. Algo que el mundo ignora, y que será un anticipo de la vida eterna.