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DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«COMIERON Y SE SACIARON»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,42-44 * Ef 4, 1-6 * Jn 6, 1-15

Aunque durante el presente ciclo litúrgico las palabras para la misa están tomadas del evangelio según san Marcos, dejaremos durante unos domingos este evangelio para escuchar pasajes del evangelio según san Juan.

En la palabra de hoy san Juan nos narra uno de los signos, así llama él a los milagros, que el Señor realiza ante una gran multitud de gente que lo acompaña a todas partes.

Jesús atraviesa el lago, llega a la otra orilla, y tiene ante sí a un enorme gentío que le sigue atraído por sus enseñanzas y por las curaciones que realiza en los enfermos. El Señor contempla a la multitud y le dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». San Juan añade: «se lo pregunta para tantearle, pues él bien sabe lo que va a hacer». Felipe, un tanto extrañado por la pregunta, le responde: «doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Se repite la situación que nos ha narrado la primera palabra. El criado pregunta al profeta Eliseo: «¿Qué hago yo con esto?, veinte panes de cebada, ¿para dar de comer a cien personas?». Hoy, en el pasaje que nos narra san Juan, el Señor Jesús sólo dispone de cinco panes y dos peces y hace lo mismo que Eliseo. Después de hacer la acción de gracias, ordena a sus discípulos que los repartan entre todos los asistentes. El prodigio se repite. En aquella ocasión dice la Palabra, «comieron y sobró». En esta ocasión el evangelista nos dice: «Comieron y se saciaron». La diferencia entre los dos pasajes estriba en que Eliseo da de comer con veinte panes a cien personas, mientras que el Señor con solo cinco, alimenta a cinco mil sin contar mujeres y niños.

Después de comer todo lo que quieren y de quedar saciados, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Los recogen y llenan con ellos doce canastas.

Con este milagro el Señor Jesús pone de manifiesto qué Él es el enviado del Padre, el profeta anunciado desde antiguo en las Escrituras que iba a venir para salvar a todos los hombres. Los presentes, que conocen bien la Escritura, al ser testigos de este prodigio no tienen la menor duda de que éste es el Mesías, por eso exclaman: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo».

Este signo, la multiplicación de los panes, en el que el Señor da alimento material y sacia el hambre física de estos miles de personas, preanuncia ya el alimento que el Señor Jesús tiene preparado para todos los hombres. Si estos panes han servido de comida a estas gentes, aquel otro alimento saciará el hambre de amor y de vida eterna que todos los hombres, también nosotros, experimentamos cada día.

Será durante los evangelios de las próximas semanas cuando el Señor nos hablará de ese pan, de ese alimento que libra al que lo come de la muerte y le proporciona la vida eterna.

Para terminar, diremos que hay un detalle en el evangelio de hoy que no podemos pasar por alto. Después que las gentes comen y se sacian el Señor Jesús dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Dice el evangelista que con los pedazos que recogieron se llenaron doce canastas. Este número doce hace alusión directa al número de apóstoles del Señor y nos hace presente la evangelización. Ellos serán los encargados de hacer llegar esa comida, la comida de la Palabra de Dios, a todas las gentes del mundo.

Nosotros no estuvimos presentes en la multiplicación de los panes y de los peces, pero también hasta nosotros ha llegado ese alimento que es capaz de saciar nuestra sed de felicidad, que es capaz de hacernos saborear ya aquí la vida eterna. Además, hoy ocupamos el lugar de aquellos discípulos, y somos nosotros los encargados de hacer llegar el alimento de la Palabra de Dios a los que nos rodean. 

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Y SE PUSO A ENSEÑARLES CON CALMA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 23,1-6 * Ef 2,13-18 * Mc 6,30-34

El evangelio de este domingo es un breve fragmento sacado del evangelio escrito por san Marcos, que es el que estamos siguiendo en el presente ciclo B de la liturgia.

Los apóstoles regresan junto a Jesús una vez terminada la misión que el Señor les ha encomendado, de anunciar la conversión a las gentes. Vienen cansados, agotados, pero contentos. Han sido testigos de cómo los espíritus inmundos se sometían ante su palabra, y de cómo por la imposición de sus manos, devolvían la salud a los enfermos. Están ansiosos por contar al Señor sus experiencias.

El Señor Jesús les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Lo hace así porque, eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se hacen a la mar buscando un sitio tranquilo y apartado, en donde, con mayor intimidad, poder hablar tranquilamente y descansar. Sin embargo, las gentes, adivinando cuál era su intención, se les adelantan, de manera que al desembarcar se encuentran con una gran multitud que les está esperando.

Sin duda, si esto nos hubiera ocurrido a nosotros nos hubiéramos contrariado al comprobar que no teníamos ni derecho al descanso. Pero la reacción del Señor fue muy distinta. San Marcos nos dice: «Jesús al ver a la multitud tuvo lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma».

Esta frase tiene la virtud de mostrarnos de manera fehaciente el interior del corazón del Señor. Jesús vio, que de la misma manera que las ovejas necesitan la presencia continua del pastor, aquellos que iban tras él necesitaban también su presencia, su palabra, sus cuidados. Por eso, su corazón misericordioso no pudo resistirse y, dejando de lado el descanso merecido, se puso a enseñarles con calma.

También tú y yo andamos muchas veces vagando sin sentido en la vida. Buscamos una felicidad que nadie es capaz de darnos y, quizá, vamos en pos de falsos pastores que son incapaces de saciar los deseos del corazón. En esas circunstancias los ojos del Señor también sienten lástima de nosotros, y su corazón misericordioso se apresta a ayudarnos mostrándonos el camino verdadero.

Resulta consolador saber que la mirada del Señor es siempre para nosotros, una mirada cariñosa, una mirada comprensiva, que nunca exige ni reprende, porque conoce de antemano nuestra debilidad, nuestra pobreza. Conoce también la facilidad con la que nos dejamos engañar por el maligno. Por eso, como en este pasaje, quiere quedarse con nosotros una y otra vez, para, con calma y mucha paciencia, hablarnos al corazón dándonos a conocer hasta qué punto nos ama.

No seamos reacios a sus cuidados. Dejémonos llevar por Él. Sólo Él tiene palabras de vida y es el único que, viendo nuestra debilidad y nuestros pecados, no se escandaliza de nosotros, y nos ama en nuestra realidad sin exigirnos nada a cambio.




DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ELLOS SALIERON A PREDICAR LA CONVERSIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7,12-15 * Ef 1,13-14 * Mc 6,7-13

En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús que envía a los Doce de dos en dos, a anunciar el Evangelio. Los envía con poder, con autoridad, sobre los espíritus inmundos. Quiere que su equipaje sea lo más ligero posible. Por eso les encarga que no lleven pan, ni alforja, ni dinero, ni una túnica de repuesto. Sólo un bastón y unas sandalias.  De este modo, serán totalmente libres y no tendrán nada que defender.

La misión de los discípulos será, fundamentalmente, llevar la buena noticia del evangelio a todas las gentes. Esta buena noticia trae consigo la paz. Por eso los discípulos serán portadores de paz. Esta paz es la que proporciona tener conocimiento del amor de un Dios que es Padre, y que ama sin distinción a todos los hombres. Un Dios que, estando al corriente de la pobreza y debilidad del hombre, no se acerca a él con exigencias, sino todo lo contrario, lo que desea es que tenga conocimiento de su amor y su perdón, por encima de cualquier pecado por grave o enorme que sea.

El Señor da a sus discípulos autoridad sobre los espíritus inmundos. Nosotros, podemos preguntarnos porqué. La respuesta es sencilla. El maligno, enemigo acérrimo de Dios, tiene como objetivo enemistar al hombre, a ti y a mí, con su Creador, sembrando en el corazón la duda sobre el amor de Dios, cuando, por nuestra debilidad caemos en el pecado. Lo hace de una manera sutil, para que al comprobar que lo que hacemos nos es conforme a la voluntad de Dios, nos escandalicemos de nosotros mismos, poniendo en duda que merezcamos ser perdonados por el Señor.

Este envío a la misión que el Señor Jesús hace a sus discípulos, se actualiza en cada generación, porque a cada generación es necesario hacer llegar la noticia, la Buena Nueva, de la salvación que el Señor Jesús con su Pasión, ha ganado para todos los hombres. Hoy, somos nosotros, tú y yo, que nos llamamos discípulos de Jesús, los que recibimos el encargo. De nosotros depende que los que se relacionan contigo y conmigo, familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo o de estudio, etc., se enteren de que Dios-Padre los ama con locura, y que desea para ellos una vida y una felicidad eternas. Necesitan saber que ese amor es de tal magnitud, que el Señor no ha tenido inconveniente de entregar a su Hijo a una muerte horrorosa, para que todos, también tú y yo, nos veamos libres del pecado que cada día engendra en nosotros la muerte.

También nosotros, como los primeros discípulos, somos portadores de paz. Una paz muy diferente a la que da el mundo, porque es una paz que nace del corazón del hombre, al sentirse amado y perdonado por Dios.

Ciertamente, si nos miramos a nosotros mismos, veremos que somos pobres siervos cargados de defectos sin ningún merecimiento por nuestra parte. Sin embargo, como el Señor gusta escoger a los pequeños, a los que no valen, para confundir a los que valen, se ha complacido en nosotros dejando en nuestras manos una misión tan grande.

Agradezcamos al Señor su dignación, y pidámosle la ayuda del Espíritu Santo, para cumplir fielmente la misión para la que nos ha elegido.   


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2,2-5 * 2Co 12,7-10 * Mc 6,1-6

Hoy vemos en el trozo del evangelio de san Marcos, la actitud de los habitantes de Nazaret ante las palabras del Señor Jesús. Ponen de manifiesto su mala voluntad, porque en vez de estar pendientes del contenido de la predicación, sin importar quién la lleva a cabo, lo primero en que se fijan es en la persona del Señor. «¿No es éste, el carpintero, el hijo de María…? ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? Y desconfiaban de él».

Esta actitud de los habitantes de Nazaret es la misma que presentaba el pueblo de Israel en la palabra que se ha proclamado del profeta Ezequiel. El Señor dice de ellos: «Son rebeldes, testarudos y obstinados». Sin embargo, no los abandona a su suerte. Los llama a conversión a través de la predicación del profeta, aunque sabe de antemano que no lo van a escuchar. Le dice a Ezequiel: «Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos». Dicho de otra manera, sabrán que yo, a pesar de su tozudez y su pecado, les he enviado la palabra de salvación que necesitan.

Esta actitud del pueblo también ha sido frecuente dentro de la Iglesia. Recuerdo que, en mi infancia y juventud, cuando la vivencia religiosa era mucho más fuerte que ahora, existía la costumbre en acontecimientos importantes, como fiestas patronales, sermones de Cuaresma, etc., de llamar a predicadores relevantes para que fueran ellos los que se encargaran de, como se decía entonces, ocupar la sagrada cátedra. Dicho de otra manera, predicar a los fieles.

En aquellas ocasiones el contenido del sermón era importante, pero no tanto como la persona que lo llevaba a cabo. Los fieles, no adoptaban una actitud tan radical como la del pueblo de Israel, pero, sin embargo, quizá sin ser conscientes, se dejaban llevar por la personalidad del predicador, en detrimento del contenido del sermón. Vemos pues que la historia se repite. También nosotros tenemos que estar alerta, para no caer en el mismo pecado. Es necesario valorar más el mensaje, que al mensajero que lo trae.

En toda la historia de salvación, Dios ha elegido siempre a gente sencilla y humilde, para poner en sus manos la salvación del pueblo. Lo hizo con Abraham, un pastor nómada sin hijos; con David, el último de los hijos de Jesé, que nadie tenía en cuenta porque estaba cuidando el rebaño. Volvió a hacerlo al elegir a los apóstoles, sencillos pescadores o cobradores de impuestos. Él mismo, se despojó de su rango, de su categoría de Dios, para hacerse uno de nosotros y nacer en un establo, porque nadie quiso acogerlo en su casa.

Cuando nos llamó a nosotros, tampoco buscó a sabios y entendidos, sino que eligió a lo que no vale, para confundir a lo que vale. De modo que, a través de nuestras obras, mostráramos a los que nos contemplan, lo que puede hacer su gracia y su poder, en aquellos que no tienen nada de qué presumir. Todo para que no quedara ninguna duda sobre quién realizaba la obra, y quedara patente que era cosa personal de Dios.

El Señor nos llama pues, en este evangelio, a no dejarnos llevar por las apariencias y a contemplar con los ojos de la fe, las maravillas que Él obra en aquellos que nos envía, y que, probablemente, valen poco a los ojos de los hombres. Tenemos que valorar más el mensaje, que al mensajero que nos lo trae.


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1,13-15 * 2Cor 8,7-9.13-15 * Mc 5,21-43

La semana pasada veíamos a los discípulos atravesando un mar embravecido en medio de una tremenda tempestad, que se calma obediente a la voz del Señor.

Cuando llegan a la orilla una gran multitud les espera dispuesta a escuchar al Maestro. De pronto, llega uno de los jefes de la sinagoga llamado Jairo que, echándose a los pies de Jesús, le ruega que cure a su hija gravemente enferma.

El Señor accede a acompañarle y se pone en camino. En el trayecto, una mujer que desde hacía doce años sufría pérdidas de sangre, se acerca a Jesús con el convencimiento de que, si llega a tocar por lo menos el borde de su manto, quedará sana. Consigue hacerlo y experimenta cómo de repente, recobra por completo la salud.

  EL Señor se detiene y pregunta: «¿Quién me ha tocado?». Los discípulos, extrañados, porque la multitud casi lo lleva en volandas, no acaban de comprender la pregunta. Ante su insistencia, la mujer, asustada y temblorosa, cuenta al Señor lo ocurrido. Éste, por toda respuesta le dice: «Hija, tu fe te ha curado; vete en paz, libre ya de tu enfermedad».

        En esto llegan algunos de casa del jefe de la sinagoga que le dicen: «Tu hija ha muerto. No molestes ya al maestro». Pero Jesús, sin hacer caso de ellos, dice al jefe de la sinagoga: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta».

     Llegados a la casa y después de hacer salir a los que lloran y se lamentan, acompañado de Pedro, Santiago, Juan y los padres de la niña, coge a ésta de la mano mientras le ordena: «Muchacha, yo te digo: ¡Levántate!». Al momento la niña se incorpora y el Señor la entrega sana a sus padres.

        A través del acontecimiento de la curación de la hemorroísa, el Señor nos llama a conversión a aquellos que desde siempre hemos estado en la Iglesia, quizá porque así nos educaron nuestros padres. En el evangelio de hoy sucede que junto al Señor Jesús hay muchos que lo tocan y están cercanos a él, pero sólo una mujer que se acerca con fe, convencida de su poder, queda curada. Con nosotros puede ocurrir lo mismo. Muchos asistimos a la Eucaristía y comulgamos con el Cuerpo del Señor, pero, ¿creemos sinceramente que Jesús es el Señor y que tiene poder para curarnos, o lo seguimos por inercia sin mucho convencimiento? ¿Cuál es tu actitud?

       En nuestra vida, como Jairo, nos encontraremos también ante acontecimientos de muerte que no seremos capaces de superar. Como entonces, el Señor viene en nuestra ayuda y nos dice: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta». Si lo haces así, también escucharás las palabras de Jesús: «¡Levántate!». ¡Sal de ese vicio¡! No te hundas en la depresión¡! Perdona a tu enemigo que yo estoy contigo ¡

       Acude a Él porque, yo te aseguro que, como la hemorroísa o como Jairo, serás testigo de la obra y el poder del Señor en tu vida.


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO, ¿NO TE IMPORTA QUE NOS HUNDAMOS?»

 

CITAS BÍBLICAS: Job 38,1.8-11 * 2Cor 5,14-17 * Mc 4,35-40 

San Marcos, en el evangelio de este domingo nos cuenta que al atardecer, después de despedir a la gente, el Señor dice a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla».       

Embarcan y, ya en medio del mar, se desata una terrible tempestad que amenaza con hacer naufragar la barca. Jesús se ha dormido. Los discípulos amedrentados por la violencia de las olas, lo despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Jesús, puesto en pie increpa al viento y dice al lago: «¡Silencio, cállate!». Al momento, el viento cesa y una gran calma se hace presente en el lago.  Jesús dice a sus discípulos: «Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?» 

Este pasaje del Evangelio es fiel reflejo de lo que sucede en nuestras vidas. Vivimos aposentados en esta tierra como si nuestra vida fuera definitiva. Hemos montado nuestra tienda sin pensar que en este mundo sólo somos peregrinos, y que caminamos hacia la plenitud, hacia la vida eterna, que es para lo que hemos sido creados.

El Señor, como a los discípulos, nos invita a subir a la barca, a lanzarnos, a caminar hacia la vida verdadera. Quiere sacarnos de nuestra vida acomodada, chata y sin sentido en la que nos encontramos. Quiere que abandonemos la vida burguesa y cómoda, que no es capaz de llenar nuestro corazón. Quiere llevarnos a la otra orilla, a la plenitud, a la felicidad.

Pero en este trayecto vamos a encontrar multitud de problemas y dificultades. No se trata de un viaje de placer. Nuestro hombre viejo, que lleva sobre sí el lastre del pecado, tendrá que enfrentarse a situaciones de sufrimiento. A situaciones que no podrá resolver con sólo su esfuerzo: enfermedades, falta de recursos necesarios para vivir, enfrentamientos a nivel familiar o entre vecinos y amigos. Fracasos en el trabajo, desilusiones porque aquellos en los que confiábamos, nos han fallado. Vicios ocultos que nos amargan la existencia... Son las olas que están a punto de anegar la barca de nuestra vida.

La mayoría de las veces nos encontraremos solos sin saber a quién recurrir. Pensaremos que Dios nos ha abandonado, porque no le veremos por ninguna parte. Sin embargo, eso no es así. Como en este evangelio, el Señor está cerca de nosotros. Aparentemente está dormido, pero él camina a nuestro lado, está junto a nosotros, aunque nosotros no seamos capaces de verlo.

Con su actitud, pretende hacernos ver nuestra realidad, nuestra impotencia y la necesidad que tenemos de Él. Quiere que, como los discípulos, le llamemos, le gritemos: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Hagámoslo así, con la seguridad de que nadie que ha invocado el nombre del Señor, ha quedado defraudado. 


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL REINO DE DIOS SE PARECE A UN GRANO DE MOSTAZA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17,22-24 * 2Cor 5,6-10 * Mc 4,26-34

Al igual que hace en otras ocasiones, el Señor Jesús, en el evangelio de hoy recurre a las parábolas para hacer más asequible su doctrina. La gente que le sigue, por lo general, es una gente sencilla que conoce muy bien los trabajos del campo, y que por tanto comprende perfectamente todo lo relativo al cultivo y cuidado de todo tipo de plantas y hortalizas.

En la primera parábola de hoy el Señor compara el Reino de Dios a lo que ocurre con una semilla. Una vez que el labrador la deposita en la tierra, sin que él sepa cómo, germina y crece porque tiene en su interior el germen de vida necesario para desarrollarse, independientemente de la voluntad del labrador. También la Palabra de Dios, cuando cae en una tierra fértil, arraiga, crece, y al final da el fruto correspondiente. Significa esto que, con tal de que nosotros no la rechacemos conscientemente, la Palabra tiene el potencial necesario para desarrollarse en nuestro interior y fructificar. No depende, pues, de nuestro esfuerzo en entenderla, es suficiente que la aceptemos y la dejemos obrar en nuestra vida.

El Señor Jesús sigue diciendo que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. ¿Por qué, podemos preguntarnos, elige una semilla tan pequeña? La semilla de mostaza es, probablemente, la más pequeña de las semillas de las hortalizas, pero, sin embargo, después que brota, se hace más alta que las demás hortalizas, hasta el punto que los pájaros pueden anidar en sus ramas.

Nosotros nos preguntamos: ¿Por qué el Señor Jesús para hablar del Reino de Dios, que es la Iglesia, recurre a compararlo con la más pequeña de las semillas? Sin duda, para que se cumplan las palabras de la Escritura: «Dios se complace en el humilde, pero mira al soberbio desde lejos». El Señor, para fundar su Iglesia, no elige a hombres inteligentes, cultos y poderosos, sino que elige a lo pequeño, a lo que vale poco: sencillos pescadores y cobradores de impuestos. Con ellos lleva adelante la inmensa obra de su Iglesia. Elige a lo pequeño, para confundir a los sabios y poderosos.

A ti y a mí, quizá nos resulte difícil vernos reflejados en la figura de los primeros discípulos. En el fondo estaos convencidos de que nosotros valemos, de que no somos unos sencillos patanes. Sin embargo, no es así. Si estamos llamados a la Iglesia, es porque el Señor, que nos conoce mejor que nos conocemos nosotros, está al tanto de nuestra pobreza. Él está empeñado en hacer valer lo que no vale, de manera, que los demás, que nos conocen, cuando nos vean realizar obras grandes, nunca pensarán que son fruto de nuestra valía, sino de la obra del Señor en nuestras vidas.

Nosotros somos, aunque a veces no estemos muy convencidos, estériles en buenas obras. Si algo bueno hacemos es por la fuerza del Señor y la de su Santo Espíritu. Es ella la que obrando en nosotros nos hace capaces de hacer obras de vida eterna. Si de algo podemos gloriarnos es, precisamente, de la obra llevada a cabo en nosotros por la fuerza del Señor. Si contemplamos nuestra vida siendo objetivos y sin ninguna pasión, nos identificaremos con esa pequeña semilla de mostaza, símbolo de la Palabra que un día se nos anunció, y que hoy, sin mérito por nuestra parte, ha crecido y está dando frutos de vida eterna.


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

«TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 24,3-8 * Heb 9,11-15 * Mc 14,12-16.22-26

En la noche del Jueves Santo, el Señor Jesús, cerca ya de consumar su vida entregándola por todos los hombres, por todos nosotros, pecadores, no queriendo dejarnos huérfanos, se quedó para siempre bajo las especies de pan y vino.

            Deseando celebrar como es debido esta entrega total del Maestro, y no pudiendo hacerlo el Jueves Santo debido a la proximidad de su Pasión, la Iglesia celebra en este domingo la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

            No sé hasta qué punto somos conscientes de lo que supone el hecho de que todo un Dios, aquel que creó cielos y tierra, aquel que nos dio la vida modelándonos con sus manos y haciéndonos a su imagen y semejanza, aquel que murió exangüe en la Cruz para rescatarnos del poder del pecado y que, resucitando, nos dio una vida eterna, decidiera permanecer entre nosotros hasta la consumación de los siglos sirviéndonos de alimento.

            El Señor Jesús, conociendo nuestra debilidad, nuestra impotencia para obrar el bien, quiso, no sólo estar entre nosotros resucitado, sino que quiso quedarse físicamente, para ser en nuestra fragilidad fortaleza, y hacer fecunda nuestra esterilidad en obras buenas.

            Cada vez que, sobre la mesa del altar, el presbítero, en la persona de Cristo, convierte por las palabras de la consagración el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, tiene lugar el milagro más grande del universo. Un milagro que no tiene parangón. Un milagro mucho mayor que la propia creación del mundo. Somos testigos de un acontecimiento que asombra a los propios ángeles. Somos más afortunados que ellos, porque no sólo somos testigos de ese milagro, sino que tenemos acceso a ese alimento espiritual, cosa que no está a su alcance.

            El Señor nos ha elegido para reproducir en el mundo su imagen siendo “otros cristos”, a fin de que hagamos actual su salvación en cada generación. Por eso, ha querido que su Cuerpo y su Sangre nos sirvan de alimento, pero no un alimento corriente. San Agustín dice que los alimentos corrientes se transforman en nosotros mismos, haciendo que nuestros miembros crezcan y se desarrollen. Por el contrario, el alimento eucarístico hace que seamos nosotros los que nos transformemos en Cristo.

            Este don rompe por completo todos nuestros esquemas. Participamos gratuitamente de un banquete del que ni a los propios ángeles les es dado participar. Es la locura de un Dios que, después de su Pascua, ya no sabía cómo demostrarnos de una manera más patente, hasta donde llegaba su amor.