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DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«TODO EL MUNDO TE BUSCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Job 7, 1-4.6-7 * 1Cor 9, 16-19.22-23 * Mc 1, 29-39

En este evangelio Jesús y sus discípulos se encuentran en Cafarnaúm. El Señor anuncia la Buena Nueva y cura a todos los enfermos y poseídos. Pasa la noche en oración, y cuando los discípulos de madrugada lo encuentran le dicen: «Todo el mundo te busca». Vale la pena que nos detengamos en esta frase. Podemos preguntarnos, ¿por qué la gente busca al Señor? La respuesta es sencilla. Buscan al Señor porque lo necesitan. Han descubierto su poder, y como son conscientes de sus limitaciones, de sus dolencias y enfermedades, acuden a Aquel que tiene poder de remediarlas.

El Señor ha dado comienzo a su misión. Ha venido para anunciar la Buena Noticia a los hombres. Ha venido para que todos conozcan el amor de Dios y el perdón de sus pecados. Con señales extraordinarias, curaciones y expulsión de demonios, muestra su corazón compasivo hacia todos los que le escuchan y que están sufriendo, y pone de manifiesto la veracidad de su doctrina.

En su manera de actuar podemos considerar una doble vertiente. Por un lado, como dice el profeta Isaías, hace andar a los cojos, devuelve la vista a los ciegos, pone la palabra en la boca de los mudos… cura toda dolencia física. Por otra parte, su palabra, no procura solo la salud física de los que le escuchan. Él, ha sido enviado por el Padre para liberar a todos los oprimidos por las ataduras del pecado, a aquellos que viven esclavos de sus cuerpos. A aquellos que están sometidos a la muerte, porque desconocen el amor de un Padre que nunca rechaza al pecador.

Nosotros, ahora, podemos preguntarnos. ¿somos también de los que buscan al Señor? ¿Hemos descubierto que lo necesitamos? Si somos conscientes de que estamos cansados de luchar contra nuestras malas inclinaciones, nuestros vicios ocultos, nuestras manías y obsesiones. Si estamos agobiados, porque, aunque conocemos que amar a los demás y perdonar a los que nos hacen daño es la única manera de ser felices, pero día tras día, comprobamos nuestra impotencia para llevarlo a la práctica. Si nos damos cuenta de que quisiéramos hacer el bien, pero todo lo que tocamos lo estropeamos. Que somos incapaces de salir de nosotros mismos, de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, para beneficiar a los demás. Si todo esto es así, sin duda, tenemos necesidad de encontrarnos con urgencia con el Señor.

Porque en nosotros, por el pecado de origen que hemos heredado de nuestros padres, nuestro hombre viejo, nuestro hombre de la carne, se resiste y no quiere morir. El maligno quiere convencernos de que la felicidad está en que los demás nos consideren, en destacar. En conseguir ser a toda costa, sin darnos cuenta de que la verdadera felicidad no consiste en recibir sino en dar. Pero, ¿cómo vamos a dar nada? ¿Cómo vamos a renunciar a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestras aficiones, a nuestro dinero, si pensamos que eso es lo único que nos puede hacer felices?

Por eso necesitamos acudir al Señor. Conocerlo y amarlo es el único camino para ser verdaderamente felices. Él es el enviado de nuestro Padre Dios, precisamente, para destruir nuestro pecado y para liberarnos de los lazos del maligno y del mundo que quieren llevarnos a la perdición.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«ÉSTE ENSEÑAR CON AUTORIDAD ES NUEVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 18, 15-25 * 1Cor 7, 32-35 * Mc 1, 21-28

San Marcos nos muestra al Señor Jesús predicando la Buena Noticia. Lo hace, de un modo muy especial: lo hace, con autoridad. ¿Qué significa esto? La predicación de la Buena Noticia, difiere significativamente del simple discurso o de la disertación.

Hoy vemos al Señor Jesús hablar con autoridad, hasta el punto de ordenar al maligno salir del cuerpo de un hombre y hacer que el espíritu inmundo le obedezca. Esto para los que lo presencian es nuevo. Ellos están acostumbrados a escuchar las largas peroratas de los escribas y maestros de la Ley, sin que nada extraordinario suceda. Por eso hoy, al escuchar al Señor se admiran: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen» 

Normalmente, no son las palabras las que convencen al auditorio. El anuncio del Evangelio, ha de venir refrendado por el testimonio y la vivencia del que lo anuncia. Nuestra sociedad está harta de palabras huecas. Hay un refrán que dice: “Predicar no es dar trigo”, y otro “Obras son amores y no buenas razones”.

Si tú, que te confiesas discípulo de Cristo, no realizas en tu vida obras que son propias de un discípulo del Señor, lo que digas serán palabras vanas que se llevará el viento. Si anuncias el perdón y el amor al enemigo y resulta que todos saben que estás enemistado con tu hermano, o que eres incapaz de perdonar y comprender al que te hace daño, ¿crees tú que los te escuchan darán crédito a tus palabras?

Estamos llamados a una misión muy grande. Estamos llamados a ser la boca, los brazos y el corazón del Señor Jesús en esta generación. Los que te vean han de reconocer al Señor no solo a través de tus palabras, sino principalmente por tu forma de obrar. Ha de ser suficiente verte a ti, para que los demás, detrás de tu figura adivinen la presencia de Cristo. Para eso nos llama el Señor. San Pablo dirá: “Para ser otros cristos”. Esa es la empresa que el Señor ha dejado en nuestras manos. Que los demás viendo nuestras obras tengan conocimiento de la salvación. Que conozcan a Jesucristo, que se enteren de que sus pecados están perdonados, y que lleguen a creer en la existencia de la vida eterna.

Ciertamente, esta empresa sobrepasa con mucho nuestras fuerzas, pero eso no ha de ser motivo para que nos echemos atrás. Si el Señor hubiera elegido a personas sabias, inteligentes, esforzadas, santas, etc., su obra no se vería. Serían esas personas las que recibirían las alabanzas de las gentes. Por eso, el señor ha querido elegirnos a nosotros, a ti y a mí, que no valemos, para confundir a los sabios e inteligentes, a los que valen.  

El Señor, para que podamos llevar a cabo esta obra, ha derramado sobre nosotros de manera gratuita dones abundantes que no ha dado a otras personas. Sin embargo, no lo ha hecho para que nosotros nos beneficiemos y engordemos. Lo ha hecho en función de los demás. En función del mundo, porque ama al mundo. Quiere la salvación para todos los hombres, y nos elige a ti y a mí, para que seamos instrumentos de salvación en sus manos.

La importancia de esta obra, de esta misión que nos encomienda el Señor, desborda lo que nosotros pudiéramos imaginar. Pone en nuestras manos llevar el conocimiento de la salvación del Señor Jesús, a los que nos rodean, a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. Si tú y yo no lo hacemos, es posible que nunca conozcan el amor que Dios les tiene.

La misión sobrepasa nuestras pocas fuerzas, por eso, para que esto se dé, para que sea una realidad, necesitamos la asistencia del Espíritu Santo. Él permanece en su Iglesia y está dispuesto a ayudarnos en cuanto lo invoquemos.

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VENID EN POS DE MÍ Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Jon 3, 1-5.10 * 1Cor 7, 29-31 * Mc 1, 14-20

El evangelio de este domingo está tomado del principio del evangelio de san Marcos. El Señor Jesús ha dado inicio a su misión anunciando la próxima llegada del reino de Dios. Dice: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

San Marcos, a continuación, nos narra cómo el Señor llama a sus primeros discípulos, a Pedro y a su hermano Andrés, que están pescando en la playa, y les promete que, de ahora en adelante, van a ser «pescadores de hombres». Ellos, sin dudarlo, dejan las redes y le siguen.

Más adelante encuentra a Santiago y a su hermano Juan que están en la barca con su padre. Les llama, y ellos al igual que han hecho Pedro y Andrés, dejan a su padre en la barca y le siguen.

Es importante señalar que, el Señor, al elegir a aquellos con los que va a compartir su misión evangelizadora, pudiendo elegir a personas formadas, entendidas en la Ley, y respetadas por todos, lo que hace es elegir a unos sencillos pescadores que no tienen ninguna formación religiosa, ni un estatus social elevado. Esta circunstancia ha de animarnos y ha de hacernos ver que, para anunciar la Buena Noticia del Evangelio, no es necesario tener títulos o categoría social, sino todo lo contrario, El Señor llama a gente sencilla, gente que no cuestiona la llamada y que está dispuesta a dejarlo todo, para seguir a Aquel que le llama.

Otra cosa que merece destacarse de estos primeros discípulos, es la disponibilidad que presentan hacia aquel que los llama. En los dos casos no dudan ni se cuestionan dejar su trabajo, ni aquellos instrumentos que hasta ahora les han servido para ganarse la vida. Lo dejan todo. Sin duda, han encontrado la perla preciosa de la parábola, han encontrado a Aquel por el que han suspirado toda su vida: al Mesías.

Hoy, Pedro y Andrés, Santiago y Juan, somos nosotros. También a ti y a mí nos llama el Señor para que seamos sus discípulos. Yo pregunto, ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Estamos dispuestos a seguirle sin calcular demasiado los gastos, o quizá no hemos descubierto, como los discípulos del evangelio, la perla preciosa? Si tenemos miedo, es porque no acabamos de creernos que aquello que nos ofrece el Señor, es mucho más valioso que nuestros afectos, nuestras riquezas, nuestro trabajo, etc.

Lo más seguro es que veamos que no podemos compararnos con aquellos primeros discípulos. Estamos demasiado pegados a nuestro trabajo, a nuestros afectos, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros bienes, etc. Sin embargo, yo quiero señalar que esta resistencia a la llamada del Señor, no ha de hacernos caer en malhumor al comprobar nuestra impotencia. El Señor conoce perfectamente de qué pasta estamos hechos. Conoce nuestras miserias, nuestra cobardía, nuestro respeto humano, nuestra burguesía, y, sin embargo, mantiene en pie su llamada. Él está dispuesto a suplir estas deficiencias, con tal de que nosotros no tengamos inconveniente en reconocerlas, y le dejemos obrar en nuestras vidas. Si tu actitud y la mía, es una actitud de humildad al reconocer nuestra impotencia para seguir al Señor, confiemos en él, porque el resto quedará en sus manos.  

 


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES? VENID Y LO VERÉIS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 3, 3b-10.19 * 1Cor 6, 13c-15a.17-20 * Jn 1, 35-42

El Señor Jesús ha sido bautizado por Juan en el Jordán. Poco después, estando el Bautista con dos de sus discípulos, lo ve pasar y dice: «Este es el cordero de Dios». Al oír estas palabras, los dos dejan a Juan y siguen a Jesús.

Cuando el Señor advierte que le siguen pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos responden con otra pregunta: «Maestro, ¿dónde vives?» A lo que él contesta: «Venid y lo veréis». Ellos le siguen y se quedan con él aquel día.

También nosotros estamos siguiendo al Señor, y él, como a los dos discípulos, hoy nos pregunta. «¿Qué buscáis?» ¿Te lo has preguntado alguna vez? ¿Por qué estamos siguiendo al Señor?

Los dos discípulos se fueron con el Señor y pasaron el resto del día con él. Vieron cómo vivía. También nosotros, en compañía del Señor podemos descubrir una manera distinta de vivir. Una manera de vida que no tiene nada que ver con la que cada día nos ofrece el mundo. Una vida plena y con sentido, donde todos los acontecimientos, buenos y malos, tienen una razón de ser, tienen un sentido.

Con estas escuetas palabras, el evangelista san Marcos, nos narra la elección por parte del Señor, de sus dos primeros discípulos.

Uno de ellos, Andrés, encuentra a su hermano Simón y le dice alborozado: «Hemos encontrado al Mesías.» Y lo lleva ante el Señor. Éste, al verlo, se le queda mirando y le dice: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa piedra)».

En este pasaje vemos cómo Juan lleva a cabo su misión. Él ha venido a preparar el camino al Señor. Él, como dirá en repetidas ocasiones, no es el Cristo. Es aquel que tiene por misión mostrarlo a todos los hombres. Por eso no tiene inconveniente en indicar a dos de sus discípulos quién es el Señor, sin intentar retenerles a su lado. Él, como dirá en otro lugar, necesita menguar, pasar a un discreto segundo plano, para que el otro, el Mesías, crezca y se manifieste.

Hay otro aspecto de este pasaje que merece nuestra atención, es el comportamiento de Andrés. Está pletórico, es feliz, porque ha encontrado al Mesías, al Deseado, al que ha esperado durante toda su vida. Por eso, no duda en correr hacia su hermano, para llevarlo ante el Maestro.

Las figuras de Juan y Andrés, tienen para nosotros una gran importancia. En primer lugar, como Juan, no estamos llamados a ocupar el primer lugar. Sólo somos el amigo del novio. Nuestra misión es mostrar a los demás quién es el Señor.

Como Andrés, tenemos la misión de llevar a Cristo a los demás, a aquellos que todavía no lo conocen, para que de la misma manera que nuestro encuentro con Él, ha supuesto para nosotros la salvación y el descubrimiento de una manera distinta de vivir la vida, también ellos encuentren en el Señor esa salvación, y el sentido pleno a su vida. 


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREFERIDO».

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mc 1, 6b-11

Con este domingo damos fin al tiempo de Navidad. Será mañana lunes cuando retomaremos el tiempo ordinario. El ciclo litúrgico de la Navidad, culmina con la Fiesta del Bautismo del Señor. Este acontecimiento supone el fin de la vida oculta del Señor, y es el inicio de la vida pública, en la que llevará acabo la misión para la que el Padre lo ha enviado.

Durante los treinta primeros años de su vida, la existencia del Señor no ha diferido en nada de la de cualquier habitante de Nazaret. Han sido años en los que, como dice san Lucas en su evangelio, ha crecido en estatura, sabiduría y gracia, delante de Dios y de los hombres. Nazaret ha sido la escuela en la que, sin llamar la atención a nadie, el pequeño que vimos nacer en Belén, ha crecido, ha pasado por la infancia, la pubertad, la adolescencia y la juventud, hasta alcanzar la plenitud de la edad adulta. Han sido años de aprendizaje tanto en el terreno humano como en la vida del espíritu. Sus padres, José y María, le han enseñado, antes que nada, a conocer a Dios y amarle con todo el corazón. Ha aprendido el oficio de su padre, colaborando con su trabajo al mantenimiento de la familia, y ha sido educado en la fe y en las costumbres del pueblo hebreo al que pertenece.

Hoy, a sus treinta años, teniendo conocimiento de la predicación de Juan el Bautista y del bautismo de conversión que administra en las orillas del Jordán, se dirige allá para recibir también ese bautismo. San Marcos nos cuenta que, desde Nazaret de Galilea, el Señor Jesús se dirige al Jordán para recibir el bautismo de manos de Juan, y que, apenas salido del agua, se rasga el cielo y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma, mientras se oye una voz del cielo que dice: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido».

Este acontecimiento es el punto de partida de la misión del Señor Jesús, que, durante tres años, con su predicación y con sus obras, dará a conocer a los hombres el amor sin límites del Padre, su misericordia y el perdón de los pecados, y que culminará entregando su vida por todos nosotros.

Para ti y para mí, el bautismo del Señor nos hace presente un acontecimiento fundamental de nuestra vida de fe. También nosotros hemos recibido de manos de la Iglesia el Bautismo, como preparación a la misión para la que el Señor Jesús nos ha elegido. Estamos llamados a dar testimonio en medio de una sociedad descreída, que ha dado la espalda a Dios, del amor sin condiciones de un Padre, que, volviendo la espalda a todos nuestros pecados, nos ama con un amor sin límites. No encontraremos a nadie que nos ame sin condiciones en nuestras rebeldías, en nuestros pecados, en nuestras ingratitudes. En este mundo, todos, para querernos ponen sus condiciones, el único que nos ama porque sí, es el Señor.

Por eso, la voz del Padre que se ha escuchado en el Bautismo del Señor, ha resonado hoy para ti y para mí. Tú y yo, sin merecimiento alguno, somos esos hijos preferidos del Padre. Es por voluntad suya que desciende sobre nosotros el Espíritu Santo para santificarnos con su gracia, y para, desde nuestro interior, darnos testimonio de que somos los hijos amados del Padre.  

DOMINGO II DE NAVIDAD

DOMINGO II DE NAVIDAD

«LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-4.12-16 * Ef 1, 3-6.15-18 * Jn 1, 1-18

En este tiempo de Navidad, podemos contemplar en un pesebre de un establo de las afueras de Belén, a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que ha tomado carne humana, y se ha hecho igual a cada uno de nosotros, con la única diferencia de no haber conocido el pecado.

Hoy, en el principio de su evangelio, san Juan identifica a esa Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y nos la muestra como la Palabra eterna del Padre. Quizá nos sea un poco difícil entender esto, porque estamos acostumbrados a considerar las palabras como meros sonidos, que no están formados por ninguna clase de materia. Las palabras son algo etéreo, que como dice la sabiduría popular, es algo que se lleva el viento.

No sucede lo mismo con la Palabra de Dios. La Palabra de Dios tiene una fuerza tal, que ella misma es el origen de la Segunda Persona de la Trinidad: el Hijo. El Hijo es una persona distinta al Padre y a la vez Dios como Él. La Palabra de Dios, distinta de la nuestra, es una palabra potente que tiene la fuerza de hacer realidad aquello que dice. De manera que fue suficiente que Dios dijera en el principio: Hágase la luz, para que la luz apareciese.

Hoy, san Juan, en su evangelio, nos dará a conocer cómo esa Palabra eterna del Padre, por designio del mismo Dios, vino al mundo tomando una naturaleza humana. La palabra era la luz, y apareció en el mundo que estaba sumido en las tinieblas del pecado. Ella era la vida y venía a dar la vida a aquellos que, por haberse separado de Dios, vivían en sombras de muerte. Sin embargo, la tiniebla no la recibió, sino que la rechazó. Ella, que era la luz verdadera, vino al mundo que había sido hecho por ella, pero el mundo no la conoció.

San Juan continúa diciendo algo muy importante: «La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron». Sin duda, en el momento en que hablaba el evangelista, esta afirmación hacía referencia al pueblo hebreo. Durante siglos, el Señor, a través de los profetas, había estado anunciando la llegada de un salvador, de un Mesías que vendría a restaurar el orden primero, destruyendo el pecado y devolviendo al hombre la filiación divina. Sin embargo, cuando ese Mesías apareció en el mundo, los suyos, los de su casa, no lo recibieron, lo rechazaron.

Esta palabra de Dios, que es siempre viva y actual, no se refiere hoy al pueblo de Israel, sino que se ha proclamado para nosotros. También hoy la sociedad vive inmersa en las tinieblas, porque ha dado la espalda a Dios. Nos sucede lo que dice san Juan en otra parte de su evangelio: «Vino la luz, pero los hombres amaron más las tinieblas, porque no querían que quedara al descubierto su pecado». Hoy somos nosotros, tú y yo, los que tenemos el peligro de rechazar la luz, para que no queden al descubierto nuestras miserias.

El evangelio sigue diciendo algo que, para nosotros, para los que formamos el nuevo Israel, es transcendental. La Palabra tiene la fuerza de transformar la vida de aquellos que la reciben, porque dice san Juan que: «A los que la reciben les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre… porque no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.»

Es una gran noticia saber, que Dios-Padre tiene para nosotros designios de amor y misericordia, porque su Palabra, luz del mundo, hecha carne, habita entre nosotros, camina junto a nosotros, destruyendo las sombras de la muerte y dándonos testimonio de su amor.


FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

«SANTA FAMILIA DE NAZARET: ESPEJO DE LA FAMILIA CRISTIANA»

 

CITAS BÍBLICAS : Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 22-40

En el domingo que cae dentro de la octava de Navidad, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Una fiesta en la que la Iglesia nos invita a contemplar a la familia de Jesús, María y José, modelo de toda familia cristiana.

La sociedad actual sufre grandes turbulencias en muchos aspectos de la vida, pero, de un modo especial, en aquellos que hacen referencia a la familia. Todos los estamentos sociales, empezando por los políticos, tienen sumo interés en apropiarse el control de la familia, con objeto de afianzar sus intereses ideológicos, económicos, sociales o de cualquier otro tipo. La razón última de este interés, hay que buscarla en el hecho de que aquel que sea capaz de controlar a la familia, conseguirá el dominio de la sociedad.

La familia es la célula principal del tejido social. A través de ella, una generación transmite a otra los valores propios de la persona humana. Ella es la escuela en la que los padres transmiten a los hijos el conocimiento de Dios, y les enseñan a amarlo como al origen de todo bien. Otra misión, y no de menor importancia, es la de educar a los hijos integrándolos en la sociedad, a fin de que se formen como ciudadanos conscientes de los deberes y obligaciones que conlleva la convivencia humana.

Estas dos tareas son las que Dios-Padre puso en manos de María y de José, a fin de que el Niño Jesús creciera, en primer lugar, conociendo y amando a Dios sobre todas las cosas, a la vez que se formaba como un miembro consciente de lo que suponía su pertenencia al pueblo de Israel, el Pueblo de Dios.

Esta es la misión que hoy tienen los padres cristianos. Educar a sus hijos dándoles conocimiento de Dios, para que lo amen sobre todas las cosas, y al mismo tiempo, educándolos y formándolos como miembros de la familia humana. Por estar comprometida en alcanzar estos dos objetivos, es por lo que hoy, sufre persecución la familia cristiana. Para los grupos de presión como los que buscan la manipulación genética, y también los políticos, urge controlar a la familia, para que no cumpla su misión de ser la cuna donde se transmite la fe. Llega hasta tal punto su obsesión, que no hay inconveniente en afirmar sin rubor, que “los hijos no pertenecen a los padres, sino al estado”.

El maligno, enemigo acérrimo de Dios, en cuyas manos está el mundo, tiene marcado como objetivo primordial la destrucción de la familia. Sabe que destruyendo a la familia, logrará destruir a la Iglesia. Es por eso que instiga a los gobernantes para que hagan leyes que minen los cimientos de la familia: aborto, divorcio, la pretensión de equiparar a las uniones del mismo sexo, dándoles el nombre de matrimonio, etc. no son más que acciones que provocan confusión y desdibujan la figura de la verdadera familia.

Nosotros, miembros de la Iglesia, no podemos caer en la trampa que diariamente nos tienden los medios de comunicación, mostrándonos continuamente lo que ellos llaman otros modelos de familia, a fin de que, inconscientemente, los aceptemos como válidos. El único modelo válido de familia es el que nos muestran en Nazaret Jesús, María y José. A ellos hemos de recurrir pidiendo ayuda, para que nuestras familias sean fiel reflejo de lo que fue la suya. Familias en donde el amor de Dios y el amor al prójimo, sean el fundamento de nuestra vida de fe.     

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-

DOMINGO IV DE ADVIENTO  -B-

«AQUÍ ESTÁ LA ESCLAVA DEL SEÑOR, HÁGASE EN MÍ

SEGÚN TU PALABRA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sam 1-5.8b-12.14a.16 * Rm 16, 25-27 * Lc 1, 26-38

Llegamos al final del Adviento. Durante los tres domingos anteriores, la Palabra nos ha anunciado la segunda venida del Señor, sin hacer un hincapié demasiado especial en su primera venida, que tuvo lugar en Belén hace más de dos mil años.

En este domingo, como una preparación inmediata a este acontecimiento que ha supuesto un antes y un después en la historia de la humanidad, la Iglesia nos propone un evangelio realmente entrañable.  En él, tiene lugar el diálogo más importante, más primordial, de toda la Historia de Salvación.

Se trata del diálogo mantenido por una jovencita de Nazaret llamada María, con un ángel enviado por Dios llamado Gabriel. Del resultado de este diálogo depende el cumplimiento de las promesas hechas por Dios al Pueblo de Israel, desde tiempo inmemorial.

El saludo del ángel deja perpleja a la joven María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres». A continuación, el ángel Gabriel le da la gran noticia: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo…». María, queda atónita, pero no opone resistencia a lo anunciado por el ángel. Únicamente pregunta: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel la tranquiliza diciendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por es el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios». La respuesta de María no se hace esperar: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Hemos dicho al principio que se trataba de un pasaje del evangelio realmente entrañable. Es entrañable por la delicadeza, la profundidad y a la vez la importancia que encierra este diálogo de la Virgen con el ángel. Pero, no es menos entrañable por el significado que tiene para nuestra vida de fe.

Hemos de considerar que, con la respuesta de María, una criatura nueva empieza a formarse en el seno de la Virgen. La obra del Espíritu Santo a través de la palabra del ángel, obra esa maravilla. Del mismo modo obra en cada uno de nosotros la Palabra de Dios, la Palabra de la Salvación, el Kerigma. También en nosotros, por obra del Espíritu Santo, en el bautismo, se inició la gestación de un hombre nuevo. Un hombre nuevo que crece a impulsos de la Palabra y la predicación de la Iglesia. La misma maravilla que tuvo lugar en el seno de la Virgen, cuando aceptó la voluntad de Dios, tiene lugar en nuestro interior al quedar destruido el hombre viejo fruto del pecado, dando paso a una nueva criatura que tiene a Dios como Padre.  

Por esto, el pasaje de la Anunciación del Evangelio de hoy, es para todos aquellos que, como María, aceptamos la voluntad de Dios, una gran noticia. Tú y yo, por la fuerza del Espíritu Santo y a través de la Palabra, podemos ser testigos de cómo en nuestro interior se desarrolla un hijo de Dios, un nuevo Cristo. La única condición que existe para que esto sea una realidad, es pedir al Señor que nos conceda la misma docilidad de María. Que nosotros, por la fuerza del Espíritu Santo, estemos dispuestos a decirle al Señor: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».