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DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO, ¿NO TE IMPORTA QUE NOS HUNDAMOS?»

 

CITAS BÍBLICAS: Job 38,1.8-11 * 2Cor 5,14-17 * Mc 4,35-40 

San Marcos, en el evangelio de este domingo nos cuenta que al atardecer, después de despedir a la gente, el Señor dice a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla».       

Embarcan y, ya en medio del mar, se desata una terrible tempestad que amenaza con hacer naufragar la barca. Jesús se ha dormido. Los discípulos amedrentados por la violencia de las olas, lo despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Jesús, puesto en pie increpa al viento y dice al lago: «¡Silencio, cállate!». Al momento, el viento cesa y una gran calma se hace presente en el lago.  Jesús dice a sus discípulos: «Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?» 

Este pasaje del Evangelio es fiel reflejo de lo que sucede en nuestras vidas. Vivimos aposentados en esta tierra como si nuestra vida fuera definitiva. Hemos montado nuestra tienda sin pensar que en este mundo sólo somos peregrinos, y que caminamos hacia la plenitud, hacia la vida eterna, que es para lo que hemos sido creados.

El Señor, como a los discípulos, nos invita a subir a la barca, a lanzarnos, a caminar hacia la vida verdadera. Quiere sacarnos de nuestra vida acomodada, chata y sin sentido en la que nos encontramos. Quiere que abandonemos la vida burguesa y cómoda, que no es capaz de llenar nuestro corazón. Quiere llevarnos a la otra orilla, a la plenitud, a la felicidad.

Pero en este trayecto vamos a encontrar multitud de problemas y dificultades. No se trata de un viaje de placer. Nuestro hombre viejo, que lleva sobre sí el lastre del pecado, tendrá que enfrentarse a situaciones de sufrimiento. A situaciones que no podrá resolver con sólo su esfuerzo: enfermedades, falta de recursos necesarios para vivir, enfrentamientos a nivel familiar o entre vecinos y amigos. Fracasos en el trabajo, desilusiones porque aquellos en los que confiábamos, nos han fallado. Vicios ocultos que nos amargan la existencia... Son las olas que están a punto de anegar la barca de nuestra vida.

La mayoría de las veces nos encontraremos solos sin saber a quién recurrir. Pensaremos que Dios nos ha abandonado, porque no le veremos por ninguna parte. Sin embargo, eso no es así. Como en este evangelio, el Señor está cerca de nosotros. Aparentemente está dormido, pero él camina a nuestro lado, está junto a nosotros, aunque nosotros no seamos capaces de verlo.

Con su actitud, pretende hacernos ver nuestra realidad, nuestra impotencia y la necesidad que tenemos de Él. Quiere que, como los discípulos, le llamemos, le gritemos: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Hagámoslo así, con la seguridad de que nadie que ha invocado el nombre del Señor, ha quedado defraudado. 


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL REINO DE DIOS SE PARECE A UN GRANO DE MOSTAZA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17,22-24 * 2Cor 5,6-10 * Mc 4,26-34

Al igual que hace en otras ocasiones, el Señor Jesús, en el evangelio de hoy recurre a las parábolas para hacer más asequible su doctrina. La gente que le sigue, por lo general, es una gente sencilla que conoce muy bien los trabajos del campo, y que por tanto comprende perfectamente todo lo relativo al cultivo y cuidado de todo tipo de plantas y hortalizas.

En la primera parábola de hoy el Señor compara el Reino de Dios a lo que ocurre con una semilla. Una vez que el labrador la deposita en la tierra, sin que él sepa cómo, germina y crece porque tiene en su interior el germen de vida necesario para desarrollarse, independientemente de la voluntad del labrador. También la Palabra de Dios, cuando cae en una tierra fértil, arraiga, crece, y al final da el fruto correspondiente. Significa esto que, con tal de que nosotros no la rechacemos conscientemente, la Palabra tiene el potencial necesario para desarrollarse en nuestro interior y fructificar. No depende, pues, de nuestro esfuerzo en entenderla, es suficiente que la aceptemos y la dejemos obrar en nuestra vida.

El Señor Jesús sigue diciendo que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. ¿Por qué, podemos preguntarnos, elige una semilla tan pequeña? La semilla de mostaza es, probablemente, la más pequeña de las semillas de las hortalizas, pero, sin embargo, después que brota, se hace más alta que las demás hortalizas, hasta el punto que los pájaros pueden anidar en sus ramas.

Nosotros nos preguntamos: ¿Por qué el Señor Jesús para hablar del Reino de Dios, que es la Iglesia, recurre a compararlo con la más pequeña de las semillas? Sin duda, para que se cumplan las palabras de la Escritura: «Dios se complace en el humilde, pero mira al soberbio desde lejos». El Señor, para fundar su Iglesia, no elige a hombres inteligentes, cultos y poderosos, sino que elige a lo pequeño, a lo que vale poco: sencillos pescadores y cobradores de impuestos. Con ellos lleva adelante la inmensa obra de su Iglesia. Elige a lo pequeño, para confundir a los sabios y poderosos.

A ti y a mí, quizá nos resulte difícil vernos reflejados en la figura de los primeros discípulos. En el fondo estaos convencidos de que nosotros valemos, de que no somos unos sencillos patanes. Sin embargo, no es así. Si estamos llamados a la Iglesia, es porque el Señor, que nos conoce mejor que nos conocemos nosotros, está al tanto de nuestra pobreza. Él está empeñado en hacer valer lo que no vale, de manera, que los demás, que nos conocen, cuando nos vean realizar obras grandes, nunca pensarán que son fruto de nuestra valía, sino de la obra del Señor en nuestras vidas.

Nosotros somos, aunque a veces no estemos muy convencidos, estériles en buenas obras. Si algo bueno hacemos es por la fuerza del Señor y la de su Santo Espíritu. Es ella la que obrando en nosotros nos hace capaces de hacer obras de vida eterna. Si de algo podemos gloriarnos es, precisamente, de la obra llevada a cabo en nosotros por la fuerza del Señor. Si contemplamos nuestra vida siendo objetivos y sin ninguna pasión, nos identificaremos con esa pequeña semilla de mostaza, símbolo de la Palabra que un día se nos anunció, y que hoy, sin mérito por nuestra parte, ha crecido y está dando frutos de vida eterna.


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

«TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 24,3-8 * Heb 9,11-15 * Mc 14,12-16.22-26

En la noche del Jueves Santo, el Señor Jesús, cerca ya de consumar su vida entregándola por todos los hombres, por todos nosotros, pecadores, no queriendo dejarnos huérfanos, se quedó para siempre bajo las especies de pan y vino.

            Deseando celebrar como es debido esta entrega total del Maestro, y no pudiendo hacerlo el Jueves Santo debido a la proximidad de su Pasión, la Iglesia celebra en este domingo la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

            No sé hasta qué punto somos conscientes de lo que supone el hecho de que todo un Dios, aquel que creó cielos y tierra, aquel que nos dio la vida modelándonos con sus manos y haciéndonos a su imagen y semejanza, aquel que murió exangüe en la Cruz para rescatarnos del poder del pecado y que, resucitando, nos dio una vida eterna, decidiera permanecer entre nosotros hasta la consumación de los siglos sirviéndonos de alimento.

            El Señor Jesús, conociendo nuestra debilidad, nuestra impotencia para obrar el bien, quiso, no sólo estar entre nosotros resucitado, sino que quiso quedarse físicamente, para ser en nuestra fragilidad fortaleza, y hacer fecunda nuestra esterilidad en obras buenas.

            Cada vez que, sobre la mesa del altar, el presbítero, en la persona de Cristo, convierte por las palabras de la consagración el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, tiene lugar el milagro más grande del universo. Un milagro que no tiene parangón. Un milagro mucho mayor que la propia creación del mundo. Somos testigos de un acontecimiento que asombra a los propios ángeles. Somos más afortunados que ellos, porque no sólo somos testigos de ese milagro, sino que tenemos acceso a ese alimento espiritual, cosa que no está a su alcance.

            El Señor nos ha elegido para reproducir en el mundo su imagen siendo “otros cristos”, a fin de que hagamos actual su salvación en cada generación. Por eso, ha querido que su Cuerpo y su Sangre nos sirvan de alimento, pero no un alimento corriente. San Agustín dice que los alimentos corrientes se transforman en nosotros mismos, haciendo que nuestros miembros crezcan y se desarrollen. Por el contrario, el alimento eucarístico hace que seamos nosotros los que nos transformemos en Cristo.

            Este don rompe por completo todos nuestros esquemas. Participamos gratuitamente de un banquete del que ni a los propios ángeles les es dado participar. Es la locura de un Dios que, después de su Pascua, ya no sabía cómo demostrarnos de una manera más patente, hasta donde llegaba su amor.


DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

«GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 4,32-34.39-40 * Rm 8,14-17 * Mt 28,16-20

Reanudamos con este domingo dentro de la liturgia el tiempo ordinario. Las palabras que la Iglesia propone para la Eucaristía de hoy, son por una parte bellísimas y por otra, muy adecuadas para nuestra vida de fe.

En el trasfondo de las tres aparece la figura de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No en balde, este domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés, está dedicado por la Iglesia de un modo especial, a contemplar al Dios uno y trino.

Por nuestra fe, creemos en la existencia de un solo Dios. Sin embargo, reconocemos en él, la presencia de tres personas distintas. Las diferenciamos por las diversas funciones que han llevado a cabo a través de la historia de la creación. Así, reconocemos en el Padre al Dios Creador, en el Hijo al Dios Redentor y en el Espíritu Santo al Dios Santificador.

No queremos profundizar en razonamientos teológicos, que, por otra parte, serían estériles y nos servirían de poco. Lo que sí queremos señalar, es que las tres divinas personas han intervenido directamente en nuestra existencia. Sin duda, si hoy tú y yo existimos es por una acto voluntario de Dios-Padre, que desde toda la eternidad pensó en nosotros, nos amó y como consecuencia nos creó dándonos la vida.

Creemos que el Hijo, a causa de nuestra rebeldía, de nuestro pecado, tuvo que tomar una naturaleza semejante a la nuestra, con el fin de poder vencer a la muerte penetrando en ella, librándonos de ese modo de la esclavitud a la que ella nos tenía sometidos. Finalmente, creemos en el Espíritu Santo, que, penetrando en nuestro interior, nos santifica, nos da fortaleza para enfrentarnos en nuestra lucha diaria contra el mal, y testifica desde nuestro interior, que somos hijos de Dios.

Deteniéndonos ahora en los tres fragmentos de la Escritura que la Iglesia nos propone para esta Solemnidad, podemos ver, en la palabra del Deuteronomio, cómo Moisés recuerda al pueblo, que Dios ha estado desde siempre interviniendo en su historia, no como un Dios lejano, sino un Dios cercano que conoce y se preocupa de cada uno de ellos. También en tu vida y en la mía Dios ha estado siempre presente, porque nuestro Dios, es un Dios próximo, cercano, es un Padre que cuida con cariño a sus hijos y se preocupa de sus necesidades.

San Pablo, en su carta, nos habla de ese Espíritu que el Padre ha derramado sobre nosotros, que nos libra de la esclavitud, que nos hace vivir en la libertad, y que elimina de nuestra vida todo temor. Un espíritu que, anidando en nuestro interior, nos hace llamar a Dios Papá, dándonos la certeza de que de verdad somos sus hijos, y que, como tales, somos herederos de vida eterna, y coherederos con nuestro hermano Jesucristo.

Finalmente, en el evangelio, tomado del final del evangelio de san Mateo, vemos cómo, terminada la misión que el Padre le ha encomendado, el Señor Jesús, deja en manos de sus discípulos, en las tuyas y en las mías, anunciar al mundo entero la Buena Nueva de la salvación. Les dice a ellos y hoy nos dice a nosotros: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Luego, para darles ánimo en esta misión, añade: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». 


SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

«ENVÍA, SEÑOR, TU ESPÍRITU Y RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2,1-11 * 1Co 12,3b-7.12-13 * Jn 20,19-23

El Tiempo Pascual culmina con la Solemnidad de Pentecostés. El Señor Jesús antes de su Ascensión a los cielos prometió a sus discípulos el envío del Consolador, el envío del Espíritu Santo. Era Él el que debía dar plenitud a su obra redentora.

El Señor Jesús dio cumplimiento a la voluntad del Padre, que deseaba restaurar la obra creadora realizada en el hombre, y que había sido destruida por el pecado. La muerte no entraba en el plan inicial de la creación, pero hizo su aparición en el momento en que el hombre, por el pecado, dio la espalda a la Vida. Se hizo necesario para vencerla, que alguien, con poder, penetrara en ella a fin de destruirla.

Ésta fue la misión principal que el Señor Jesús llevó a cabo con su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección. Dio a conocer, además, el amor y la misericordia de un Padre, que nunca dejó de amar intensamente a su criatura. Para dar continuidad a su misión redentora y actualizarla en cada generación, el Señor dejó en medio del mundo a su Iglesia, como cuerpo que hiciera visible su amor, dando conocimiento de salvación a todas las gentes. Él, como cabeza, está en el cielo, y son sus miembros, sus discípulos, los que en este mundo lo hacen presente en cada generación.

Con su Ascensión al cielo, quedó completada la obra redentora del Señor y cumplido el encargo recibido del Padre. Es ahora el Espíritu Santo, el protagonista que tiene como misión llevar adelante la salvación del hombre en el mundo hasta la consumación de los tiempos. No significa esto que queramos desplazar la figura del Señor Jesús, que, como Él mismo afirmó, está entre nosotros hasta el fin del mundo, lo que sí que queremos señalar es que, absolutamente todo, lo que ocurre en la Iglesia tiene como autor al Espíritu Santo. Sin su acción no se llevaría a cabo ni la consagración del pan y del vino, ni tampoco se daría el perdón de los pecados.

Queremos señalar una circunstancia que nos duele. La figura y la obra del Señor Jesús es algo tan gigantesco, que a través de la historia e incluso dentro de la Iglesia, ha eclipsado en cierto modo la figura del Espíritu Santo, hasta el extremo de que, al hablar de Él, se le llamase el Gran Desconocido.

No podemos resistirnos a reproducir unas frases de san Cirilo de Jerusalén hablando del Espíritu Santo: «Es un auténtico protector que viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien le recibe; luego mediante éste, las de los demás».

El Señor, en el Evangelio, nos ha mostrado el camino, pero para nosotros es imposible seguirlo si no es con la ayuda del Espíritu Santo. La obra redentora del Señor Jesús sería vana si no fuera por la acción del Espíritu Santo que la actualiza y la aplica a cada uno de nosotros. Él es el que, como dice san Pablo a los Filipenses, mueve en nosotros el querer y el obrar. Él, nos impulsa a desear obrar el bien, y a la vez nos da fuerza para realizarlo.

Que esta meditación sobre el Espíritu Santo nos mueva a colocarlo en nuestra vida en un lugar preeminente. Que sea Él el que dirija todas nuestras acciones y que esté siempre a nuestro lado, para darnos fortaleza en nuestras luchas, consuelo en nuestro sufrimiento y, sobre todo, que por su acción se santifiquen nuestras vidas.


DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -B-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -B-

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO A TODA LA CREACIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1,1-11 * Ef 1, 17-23 * Mc 16,15-20             

Celebramos este domingo la solemnidad de la Ascensión del Señor, que tuvo lugar a los cuarenta días de la Resurrección. Lo tendríamos que haber celebrado el pasado jueves, pero, por ser un día laborable, la Iglesia traslada la celebración de esta solemnidad al séptimo domingo de Pascua.

Con el acontecimiento de la Ascensión, el Señor Jesús da por finalizada la misión que el Padre le ha encomendado en este mundo. Salió del Padre y vuelve al Padre. De ahora en adelante serán sus discípulos, tú y yo, los encargados de proclamar la Buena Nueva a toda la creación. Así lo deja establecido hoy cuando les dice: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado».

San Marcos continúa diciendo: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». 

Hay varias consideraciones a tener en cuenta en este pasaje que afectan a nuestra vida de fe. En primer lugar, si de veras nos consideramos discípulos del Señor, tenemos que ser conscientes de que somos nosotros los que hoy, recibimos el encargo de anunciar a todos los que nos rodean la Buena Noticia. ¿Cuál es esa Buena Noticia que el mundo desconoce? Es necesario dar a conocer a todos los que cada día entren en contacto con nosotros, el amor sin mesura que Dios-Padre siente por cada una de sus criaturas, y el perdón de los pecados que nos ha otorgado en su Hijo Jesús, que nos libra de toda condenación.

El Señor ha dicho: «el que se resista a creer, será condenado». Es necesario entender bien esta frase. Para eso, hemos de tener en cuenta que nadie, absolutamente, se condena por voluntad de Dios. Sólo se condenan aquellos que, voluntariamente, y haciendo uso de su libertad, rechazan las salvación que Dios-Padre les ha otorgado a través de Jesucristo.

Hay otra frase que merece también nuestra atención. El evangelista dice que «El Señor Jesús… ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». ¿Qué significa la expresión estar sentado a la derecha de Dios? Estar sentado a la derecha significa haber recibido todo poder. Dicho de otra manera: ser constituido Señor. Señor de cielo y tierra, y Señor de todo Principado y de toda Potestad. Señor, también, de todo lo que a ti y a mí nos esclaviza y nos hace sufrir. Señor de nuestro egoísmo que nos impide amar al otro sin poner condiciones. Señor de nuestra sexualidad desordenada que nos hace ser esclavos de nuestro cuerpo. Señor de esos vicios ocultos que nos hacen la vida imposible. Señor de todo tipo de carencia, ya sea de salud, de carácter económico, de trabajo, etc. Él, en todo esto es el Señor. Es el que, como a Pedro, puede salvarnos de las aguas cuando estamos a punto de ahogarnos. Ha subido al cielo, pero, como dijo en otra ocasión, permanece a nuestro lado para ayudarnos en todo aquello que supera nuestras fuerzas. Sólo espera que pongamos nuestra confianza en Él, y lo invoquemos con fuerza. Si lo hacemos así, con toda seguridad, no fallará.

Finalmente, esta solemnidad de la Ascensión nos hace presente lo que el Señor ha dispuesto para cada uno de nosotros. Somos seres creados por Dios no para una vida terrena, sino para una vida eterna. En este mundo sólo estamos de paso. Formamos parte de un cuerpo que tiene su Cabeza en el cielo. Y de la misma manera que en el nacimiento de un niño, en cuanto asoma la cabeza todo el cuerpo es arrastrado al exterior, también nosotros, siguiendo a nuestra Cabeza, seremos introducidos en el cielo.


DOMINGO VI DE PASCUA -B-

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

«ESTO OS MANDO: QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10,25-26.34-35.44-48 * 1Jn 4,7-10 * Jn 15,9-17

En el evangelio de san Juan, a los capítulos 14 al 17 se los conoce como el Discurso de Despedida, ya que faltan sólo unas horas para que dé comienzo la Pasión, y el Señor habla a los suyos queriendo dejarles como su testamento. El fragmento del evangelio que se proclama hoy, pertenece a este discurso.

El Señor sabe que está próxima su partida, y tiene la necesidad de dar a sus discípulos las últimas instrucciones o recomendaciones. El discurso es muy denso y tiene un gran contenido. Son muchas las cosas que el Señor desea decirles antes de partir. Son tantas que hasta llega a decirles: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello».

¿Cuál es el deseo más ferviente del Señor? Que sus discípulos se amen unos a otros como Él los ha amado. Así lo expresa hoy cuando les dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado». ¿Por qué este interés, podemos preguntarnos? La respuesta es muy sencilla. El fin último del hombre, el tuyo y el mío, el único que puede llenar por completo la vida, es el encuentro personal con el Señor. Si la Escritura dice que a Dios nadie lo ha visto jamás, ¿cómo podremos descubrir al Señor?

Dice san Juan: Dios es amor, y donde está el amor allí está Dios. No cabe duda, pues, que allí donde se manifieste el amor estará el Señor. Por tanto, si la misión a la que nos llama el Señor es hacerle presente en cada generación, allí en donde se dé el amor entre los discípulos, aparecerá el Señor. Por supuesto, que no estamos hablando del amor humano. El amor del que nos habla el Señor es el mismo con el que Él ha amado a los suyos. Y ¿cómo los ha amado? Con una entrega total, sin límites, san Juan dirá, hasta el extremo.

El amor del que nos habla el Señor es totalmente desconocido para el mundo. Es el mismo amor que une al Padre con el Hijo y con el Espíritu Santo. Es la misma esencia de Dios. Quiere decir esto, utilizando una expresión humana, que la materia de la que está hecho Dios, es el amor. Por eso el mandato del Señor es: «Que os améis unos a otros. Esta será la señal de que sois mis discípulos».

Amar en esta dimensión es totalmente imposible para nosotros. De ahí que el Señor derrame sobre nosotros su Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el encargado de morar en nuestro interior para capacitarnos a amar en la misma dimensión en la que el Señor Jesús nos ha amado. Es Él el que nos ha elegido para realizar en nosotros esta obra admirable. Lo dice hoy en el evangelio: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure».

Somos muy afortunados. Tú y yo, pecadores, sin ningún merecimiento, hemos sido elegidos por el Señor Jesús para ser miembros activos en el plan de salvación que Dios-Padre ha diseñado para todos los hombres. Somos instrumentos en sus manos y a la vez los primeros beneficiarios. Lo único que nos pide es que seamos dóciles, que, como la arcilla en manos del alfarero, nos dejemos modelar. La obra es suya, y será Él el que la lleve a término.


 


DOMINGO V DE PASCUA -B-

DOMINGO V DE PASCUA  -B-

«SIN MÍ NO PODÉIS HACER NADA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 9,26-31 * 1Jn 3,18-24 * Jn 15,1-8

En el evangelio de la semana pasada, el Señor se nos mostraba como el Buen Pastor que cuida con mimo a cada una de sus ovejas y corderos. Hoy utiliza una figura que también para sus oyentes es muy familiar. Hoy nos dice: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto».

Si la semana pasada decíamos que a nosotros nos correspondía ser las ovejas del rebaño del Señor, hoy, nos corresponde ser los sarmientos de la vid. El sarmiento o rama de la vid, es la zona en la que aparecen los frutos, los racimos. No cabe duda de que para que en un sarmiento aparezcan los frutos, es indispensable que se mantenga unido al tronco de la vid. Esto es lo que afirma el Señor cuando nos dice: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí».

En las dos situaciones lo fundamental para nosotros es vivir unidos al Señor Jesús, ya sea como ovejas que buscan la proximidad del pastor para recibir de él sus cuidados, o ya como sarmientos que, deseando dar fruto, viven unidos al tronco de la vid.

Lo que es cierto es que en nuestra vida en general, y mucho más en nuestra vida de fe, no podemos actuar por nuestra cuenta como francotiradores. Lo expresa de una manera muy rotunda, hoy, el Señor cuando afirma: «Sin mí no podéis hacer nada». Queda claro, pues, que todo lo que hagamos separados del Señor, separados de la vid, está condenado al fracaso.

El Señor al principio del evangelio ha dicho: «Yo soy la vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto». ¿Qué significa que el Padre poda al sarmiento para que dé más fruto? ¿Cómo lo poda, podemos preguntarnos?

La poda, representa para el árbol una experiencia traumática. Le son cortadas ramas que le pertenecen. Sin embargo, este sufrimiento pasajero tiene como consecuencia un mejor desarrollo. Crece con mayor fuerza, se hace más frondoso, y a la hora de dar frutos, los da con mayor abundancia y de mejor calidad.

Nuestra naturaleza, dañada por el pecado, está inclinada hacia el mal. Sabemos lo que es bueno, como dice san Pablo, pero somos incapaces de llevarlo a la práctica. Somos como el árbol joven que necesita un tutor para crecer recto. Nosotros necesitamos que alguien nos indique el camino, y que nos corrija cuando erramos. Eso es lo que hace el Padre cuando permite en nuestra vida acontecimientos que no son de nuestro agrado. Nos pone ante nuestra limitación. Nos hace ver la necesidad que tenemos de su ayuda. De la misma manera que el podador busca el bien del árbol, el Señor, con la corrección, con la poda, nos ayuda también a dar mejores frutos, frutos de vida eterna.

La corrección, la poda, no es algo agradable, a nadie nos gusta que nos corrijan porque somos orgullosos, pero si el Señor lo hace es porque nos quiere. Obra así por amor. Ya lo dice la Palabra: «Yo a quien amo, corrijo y reprendo». Por nuestra parte, hemos de aceptar esa poda, esa corrección, ya que viene en nuestra ayuda. Dice la Carta a los Hebreos que el Señor nos corrige porque somos sus hijos, si no lo hiciera sería porque nos consideraría bastardos.