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DOMINGO V DE PASCUA -C-

DOMINGO V DE PASCUA -C-

«AMAOS COMO YO OS HE AMADO»

 

Lecturas bíblicas:   Hch 14, 21-27 * Ap 21, 1-5 * Jn 13, 31-35

San Juan nos dice en su primera epístola que Dios es Amor. No sé si llegamos a penetrar lo que esta afirmación o definición encierra. Todo lo que nos rodea y aún nosotros mismos está formado por materia, algo que se puede percibir mediante nuestros sentidos y que puede evaluarse o medirse con distintos instrumentos. Dios es espíritu y por lo tanto, inmaterial. Es algo que escapa a la forma que tenemos nosotros de percibir las cosas. Por eso, la frase de san Juan, viene en nuestra ayuda para descubrirnos cuál es la esencia de Dios. De qué está hecho, podríamos decir.

El amor es algo inmaterial, algo que nosotros no podemos constatar físicamente y del que únicamente podemos experimentar su manifestación, por las consecuencias que aparecen ante su presencia. Su fuerza, es algo imposible de ocultar, de manera que cuando vemos las obras que el amor lleva a término, aparece delante de nosotros Aquel que es el origen de ese amor.

Dejemos aparte estos razonamientos un tanto filosóficos y fijémonos en hechos concretos de nuestra vida ordinaria. Toda la creación es obra del Amor. Por eso, cuando contemplamos un hermosa puesta de sol, la furia del mar embravecido o la serenidad de una noche estrellada, si somos un poco sensibles y no nos encontramos embrutecidos por los afanes mundanos, nuestro espíritu se eleva y hace presente a Aquel que es el origen de tanta belleza.

Cuando en  la vida del hombre, herido por el pecado e incapaz de hacer el bien, se manifiestan obras como el perdón auténtico, aquel que es capaz de olvidar totalmente la ofensa; el amor al enemigo, a aquel que sabemos que deliberadamente viene a hacernos daño; la entrega total al otro sin condiciones olvidándose de uno mismo, etc., aparece de manera meridiana Aquel que es el origen, el motor de todas esas acciones.

Todo esto quiere decir que la forma más excelente que existe para que los hombres lleguen a descubrir la presencia de Dios, es hacer manifiestas las obras del amor. El Amor (con mayúscula) es una tarea totalmente inalcanzable para el hombre. Desde que por el pecado de origen el hombre expulsó de su corazón  el amor de Dios, hemos quedado encerrados en nuestro egoísmo, de manera que estamos incapacitados para poder darnos al otro sin condiciones. Por eso, cuando entre dos o más personas se da el amor auténtico, el amor sin restricciones, no tenemos más remedio que reconocer en este hecho la obra de Dios. Amar en esta dimensión, hace presente al mismo Dios en medio de los hombres.

De ahí que san Juan en el evangelio de hoy, dentro del discurso llamado de las despedidas, nos presente la última recomendación o consigna del Señor Jesús a sus discípulos. Les dirá: «Hijos míos, voy a estar ya muy poco con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros».

¿Cuál es pues la señal distintiva del cristiano? ¿Cómo haremos presente a Cristo en medio de esta generación? Sin duda, a través del amor. El Amor es Dios y cuando un grupo de hermanos, contra todo pronóstico, contra lo que sería lógico por su naturaleza de pecado, hacen presente el Amor, hacen presente a Dios. Esta señal, junto a la de la unidad, hace visible al mismo Cristo sobre la tierra. Estas dos señales son signos tangibles que llaman a los hombres a la fe, porque les interrogan al constatar que hombres y mujeres pecadores y egoístas, puedan, contra toda lógica, amarse sinceramente y perdonarse.

 

 


DOMINGO IV DE PASCUA -C-

DOMINGO IV DE PASCUA -C-

«YO CONOZCO A MIS OVEJAS Y ELLAS ME SIGUEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 13, 14.43-52 * Ap 7, 9.14b-17 * Jn 10, 27-30  

Este cuarto domingo de Pascua se ha denominado tradicionalmente “Domingo del Buen Pastor.”

Para los que somos de ciudad, urbanitas, nos resulta un poco difícil entender la especial relación que existe entre el pastor y las ovejas de su rebaño. Para el pastor, el rebaño no está formado por un conjunto de animales anónimos. El pastor ama a sus ovejas, conoce a cada una, la llama por su nombre y conoce sus preferencias y caprichos. Pastor y rebaño forman como una gran familia.

No es de extrañar, pues, que el Señor Jesús, con frecuencia, guste compararse al pastor, y se refiera a sus discípulos como a sus ovejas. Ya en el Antiguo Testamento se hace alusión a la figura de Dios-Padre, como la del pastor que apacienta a su rebaño. Lo vemos, por ejemplo, en el salmo 80 cuando se dice “Pastor de Israel, tú que guías a José como a un rebaño…” o en el salmo 22 donde el salmista dice: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”

Sin duda, esta alusión a Dios como pastor de su pueblo que el Señor Jesús usa repetidas veces, tiene como razón de ser el hecho de que el pueblo de Israel en sus orígenes era un pueblo nómada, que se dedicaba al pastoreo (recordemos a Abraham). Por tanto, sus gentes, conocen de primera mano la especial relación que existe entre el pastor y sus ovejas.

El paralelismo entre la figura del pastor y la figura del Señor Jesús es evidente. El pastor conoce a sus ovejas una a una y las llama por su nombre. También el Señor nos conoce a ti y a mí por nuestro nombre, y conoce también lo que necesitamos para ser felices. De la misma manera que el pastor busca pastos frescos para alimentar a sus ovejas, nuestro Pastor, nos alimenta con su Palabra y con los Sacramentos. El buen pastor arriesga su vida, e incluso llega a perderla, defendiendo a sus ovejas de los ataques de las fieras salvajes. También el Señor Jesús, para librarnos del maligno y del pecado, no tuvo inconveniente en entregar por nosotros hasta la última gota de su sangre.

Podemos preguntarnos, ¿cómo corresponden las ovejas a los cuidados del pastor? Con su obediencia, y con su docilidad. Veamos cómo nos lo dice hoy el Señor: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano.» Significa esto que, nuestra seguridad, nuestra salvación, depende de que tú y yo, estemos atentos a la voz del Pastor, y al mismo tiempo estemos dispuestos a obedecer aquello que nos indique. No es tarea fácil, porque por nuestro pecado, sin duda, no poseemos la docilidad de las ovejas. Sin embargo, es cierto que sabemos por experiencia que cuando más felices somos, es cuando más cerca estamos de nuestro Pastor.

Hoy no podemos gozar de la presencia física de nuestro Pastor, por eso él, conociendo esta circunstancia, ha dispuesto que otros pastores que le son fieles, ocupen su lugar y estén dispuestos también a entregar su vida por las ovejas. A nosotros corresponde ver en ellos la figura del único Pastor, estando dispuestos a obedecer aquellas indicaciones que, por amor y para nuestro bien, nos hagan.

 

DOMINGO III DE PASCUA -C-

DOMINGO III DE PASCUA -C-

«SIMÓN, HIJO DE JUAN, ¿ME AMAS MÁS QUE ESTOS?»

 

 CITAS BÍBLICAS:  Hch 5, 27b-32, 40b-41 * Ap 5, 11-14 * Jn 21, 1-19

San Juan nos narra en el evangelio de este domingo la tercera aparición del Señor Resucitado a sus discípulos. Pedro, Tomás, Natanael y los dos Zebedeos, Santiago y Juan, se encuentran a orillas del mar de Galilea. De pronto, Pedro dice: «Me voy a pescar». Los demás le dicen: «También nosotros vamos contigo».

            Se pasan la noche bregando sin conseguir pescar nada. Ya al amanecer, cuando se acercan a la playa, alguien desde la orilla les grita: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestan: «No», y él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Lo hacen así, y la red se llena de tantos peces que nos son capaces de sacarla. Juan, le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír estas palabras, Pedro, siempre tan impulsivo, se ata la túnica y se echa al mar.

            El resto de discípulos se acercan con la barca remolcando la red con los peces. El Señor, que tiene un fuego encendido y un pescado asándose, les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Pedro sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. El Señor Jesús les dice: «Vamos, almorzad». San Juan dice: nadie se atrevía a preguntarle quién eres, porque sabían que era el Señor.

            Es muy probable que, en más de una ocasión, en nuestra vida nos suceda algo semejante a lo que narra el evangelio. Los discípulos son incapaces de reconocer al Señor, como también nosotros lo somos cuando se acerca en la persona de un pobre que te alarga la mano, de un anciano o de un niño que se acerca pidiéndote ayuda, etc. No somos conscientes de que el Señor está de verdad resucitado y que camina junto a nosotros. Nos pasa como a los Discípulos de Emaús, está a nuestro lado y no somos capaces de verle. Ocurre lo que dijo a los discípulos en la noche de la Última Cena: «Me voy, pero volveré». Es cierto, se fue, pero ha vuelto para quedarse, para caminar a nuestro lado. Para ser nuestro compañero en el camino de la vida.

            En la segunda parte del evangelio vemos el diálogo que mantiene con Pedro. Por tres veces le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» Lo pregunta tres veces, porque por tres veces Pedro dijo que no lo conocía. También nosotros lo hemos negado muchas veces, si no de palabra, sin duda lo hemos hecho con nuestras obras. Sin embargo, como a Pedro, al que pone como cabeza de su Iglesia, tampoco a nosotros nos lo toma en cuenta. Conoce nuestra debilidad, nuestros miedos, el respeto humano que nos impide manifestar abiertamente lo que pensamos, pero no nos rechaza. Nos ama a pesar de todo.

            Hoy, a ti y a mí, nos hace la misma pregunta: José, María, Luís, Rosa… «¿me amas? ¿me amas más que estos?» Pensemos cuál es nuestra respuesta, sin engañarnos a nosotros mismos ni intentar engañarle a Él. No tengamos miedo en reconocer que le amamos, pero con un amor un tanto egoísta. No tengamos miedo de reconocerlo. Él no se escandaliza de nuestra debilidad y nos ama intensamente a pesar del poco amor que nosotros le manifestamos. En nuestra respuesta, digámosle: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que, por lo menos, quiero quererte.


DOMINGO II DE PASCUA -C-

DOMINGO II DE PASCUA -C-

«DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN VER»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 5, 12-16 * Ap 1, 9-11a.12-13.17-19 * Jn 20, 19-31

Con este domingo damos fin a la Octava de Pascua. La Palabra de hoy nos muestra a los discípulos en una casa con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. Es la tarde del primer día de la semana, o sea del domingo de la Resurrección del Señor.

De momento, el Señor se hace presente en medio de ellos saludándoles con la frase «Paz a vosotros», mientras les muestra sus manos con la herida de los clavos, y su costado con la herida de la lanza. Ellos le miran asombrados llenos de alegría. El Señor Jesús repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y a continuación, exhala su aliento sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos».

Una vez más es de notar la comprensión y la misericordia del Señor, hacia aquellos que, unos días atrás, en los momentos más duros de su vida, le han abandonado o, como Pedro, han sido capaces de negarlo. Está claro que el Señor, que nos conoce mucho mejor que nosotros nos conocemos, nunca toma en cuenta nuestras debilidades y pecados, sino que la magnitud de su amor cubre por completo todas nuestras infidelidades y miserias. Como dice el salmo, su misericordia llena la tierra.

La misericordia del Señor va mucho más allá. No sólo no toma en cuenta la cobardía de sus discípulos, sino que les hace partícipes del don de perdonar los pecados, que es potestativo de Dios.

El Señor ha venido al mundo para destruir el pecado que nos hace infelices, y que nos lleva a la muerte. Precisamente por esto, hace partícipes a sus discípulos del poder que únicamente Él tiene. De esta forma, la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, hace efectivo en la vida del hombre, en la tuya y en la mía, el perdón de los pecados que Cristo nos ganó con su Sangre.

Dice el evangelio que Tomás, uno de los Doce, no estaba presente cuando se apareció el Señor. Por más que los demás le aseguran haberlo visto, él no cree. Para creer pone como condición ver las señales de los clavos y meter la mano en el costado del Señor. ¡Cuántas veces hemos hecho nosotros lo mismo, no aceptando el testimonio de los demás!

Ocho días después se repite la escena anterior. En esta ocasión si que está Tomás. El Señor después de saludarles con las palabras «Paz a vosotros», se dirige a Tomás y le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás, asombrado le dice: «¡Señor mío y Dios mío!». El Señor le contesta: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Estas últimas palabras del Señor han de llenarnos de gozo. Tú y yo, somos de los que no hemos visto al Señor en persona, sin embargo, creemos en Él. Creemos en su Palabra. Sabemos por experiencia que, a pesar de no verlo físicamente, el está a nuestro lado, que, como les ocurrió a los Discípulos de Emaús, camina junto a nosotros.

Esa certeza ha de hacer que afrontemos con paz interior los acontecimientos de la vida, buenos y malos, sabiendo que Él está vivo y resucitado, que está a nuestro lado siempre dispuesto a ayudarnos.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR -C-

«NO ESTÁ AQUÍ. HA RESUCITADO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

El problema más grande que se le ha presentado al hombre desde el principio de los tiempos es la muerte. Se trata de un problema ante el cual no encuentra solución alguna, y que además, genera en él una enorme insatisfacción. La razón de esta insatisfacción hay que buscarla en el hecho de que, en el plan de Dios para el hombre, no aparecía la muerte. Dios, desde el principio, creó al hombre para la vida. Fue el mal uso que hizo el hombre de su libertad, la causa de que se hiciera presente en su vida la muerte.

Dios, que amaba a su criatura en extremo, no podía consentir que estuviera sometida a la tiranía de la muerte y del pecado. Por eso, ya que era el único que poseía poder para vencerla arrancando al hombre de sus redes, diseñó un plan de salvación. Dispuso que su Hijo, Dios como él, se revistiera de la naturaleza humana, sometida como la de cualquier otro hombre a la muerte. Dice san Pablo que se humilló y no retuvo ávidamente su condición divina. Quiso, no sólo parecerse a cualquier otro hombre, sino ser uno de tantos entre los hombres. Sólo en un aspecto fue distinto a los demás, nunca en su vida conoció el pecado.

¿Cuál fue la misión principal del Hijo de Dios hecho hombre? En primer lugar, dar conocimiento a la criatura del amor de un Dios, que no toma en cuenta tus pecados y los míos, y que no exige ningún cambio de actitud para seguir amándonos. Dios derrama sobre el hombre su amor, sin ponerle condiciones previas. En segundo lugar, cargar sobre sus hombros todos nuestros pecados que son el origen de nuestra muerte. El pecado es un veneno que mata, que destruye al que lo comete. El Señor Jesús sabía que cargar sobre sus hombros todos nuestros pecados le llevaría indefectiblemente a la muerte. Pero no se hizo atrás, y entregó su vida por tu vida y por la mía. La muerte destruyó la naturaleza humana del Señor Jesús, pero en aquel cuerpo exánime que pendía de la Cruz se hallaba oculta la vida.

Por eso, en este domingo celebramos cómo esa vida escondida en el cuerpo del Señor Jesús, le hizo romper las ataduras de la muerte, resucitando y volviendo a la vida. Celebramos, pues, que la muerte ha sido vencida, no sólo en la persona del Señor Jesús, sino en la tuya y en la mía. Por su resurrección, también tú y yo participamos de una nueva vida. Quedamos exentos de pagar nuestro tributo a la muerte. Seguimos siendo objeto del amor de Dios que nos ama en la persona del Señor Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.

¿Qué más podemos pedir? Sin ningún mérito de nuestra parte, el mismo Espíritu que resucitó a Jesús, nos devuelve la vida que perdimos por el pecado, haciendo en nosotros una nueva creación. Somos criaturas nuevas, hermanos del Señor Jesús y, por tanto, hijos de nuestro Padre Dios.

De nuestro corazón ha de brotar una alabanza agradecida hacia el Señor porque, a ti y a mí, pecadores, infieles, que nada merecemos, nos hace objeto de su amor. Un amor que no conoce límites y que, por otro lado, derrama sobre nosotros sin ninguna exigencia por su parte.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

«POR TI Y POR MÍ TOMÓ CONDICIÓN DE ESCLAVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14—23, 56

Damos comienzo con este domingo a la Semana Mayor, a la Semana Santa. En ella tendremos ocasión de revivir junto al Señor Jesús su Pasión y Muerte. Van a ser acontecimientos que pondrán de manifiesto ante nuestros ojos la magnitud inconmensurable del Amor de Dios por ti y por mí, que no hemos hecho ningún mérito para ser objeto de ese amor, sino todo lo contrario. Vivir estos acontecimientos nos llevará a celebrar con inmenso gozo la victoria del Señor sobre la muerte, que será a la vez su victoria sobre tu muerte y mi muerte.

Los fragmentos de la Escritura que en este domingo la Iglesia pone ante nuestros ojos, nos han de ayudar a identificarnos con la persona del Señor Jesús, que se enfrenta a la culminación de la misión que el Padre le ha encomendado. El profeta Isaías, que escribe más de doscientos años antes de Jesucristo, nos muestra la docilidad del Señor, dispuesto a cargar sin rebelarse, sin una sola protesta, con los golpes, los insultos y los salivazos, que tú y yo merecíamos por nuestros pecados. Si puede hacerlo, es porque ha tenido abierto el oído a la voluntad de Dios, y ha tenido la certeza de que el Señor le ayudará para no quedar confundido. También tú y yo necesitamos que el Señor nos abra cada mañana el oído ante los acontecimientos que nos presente la vida, a fin de estar dispuestos a cumplir su voluntad.

San Pablo en su carta a los filipenses nos muestra al Señor Jesús que, renunciando a su categoría de Dios, se rebaja hasta tomar la condición de esclavo. Quiere asumir por completo nuestra condición de criaturas para que, haciéndose uno más de nosotros, vivir en su persona todo aquello que conlleva la naturaleza humana: hambre, sed, cansancio y sufrimientos de todo tipo. Quiere identificarse en todo con nosotros, excepto en el pecado. Por eso Dios, viendo su anonadamiento, lo eleva, por encima de toda criatura y le concede el «Nombre sobre todo nombre». De esta manera muestra el camino para que el Señor se complazca en nosotros, que no es otro que el de la humildad. Somos gratos al Señor cuando, reconociendo nuestra pequeñez y nuestra impotencia, recurrimos a Él. Así lo dice la Escritura: «El Señor se complace en el humilde y mira desde lejos al soberbio».

Finalmente, el evangelio de hoy narra con detalle toda la Pasión del Señor. La Iglesia quiere así que contemplemos todo lo que el Señor tuvo que sufrir, para limpiar nuestros pecados y con su muerte derrotar al señor de la muerte, al maligno. Veremos al Señor en la tremenda lucha que comporta asumir su Pasión. Lo veremos abandonado por los suyos, vilipendiado por la muchedumbre, con el cuerpo destrozado por los azotes, con su cabeza coronada de espinas y exangüe colgando de la cruz. Todo lo sufrió por amor a ti y a mí, que cada día le pagamos con nuestras ingratitudes.

La Iglesia nos invita a no ser meros espectadores de esta epopeya, sino a vivirla de una manera existencial, porque somos los beneficiarios de la obra salvadora del Señor. Si sufrió, murió y resucitó, lo hizo por ti y por mí. Por tanto, acompañémosle en su Pasión, para poder así participar también en el triunfo de su Resurrección.


DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

«EL QUE ESTÉ SIN PECADO, QUE LE TIRE LA PRIMERA PIEDRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11  

Si en el evangelio del domingo pasado veíamos el icono de la misericordia en la figura de Dios-Padre, esperando ansioso el regreso del hijo y recibiéndolo sin ningún reproche, todo lo contrario, festejando a lo grande tenerlo de nuevo con él, en el evangelio de hoy, podemos contemplar a la misma misericordia encarnada en el Señor Jesús.

Estos evangelios son un verdadero bálsamo para todos aquellos que, como el que escribe, vivimos abrumados al contemplar nuestra realidad de pecado, y a la vez la imposibilidad que tenemos de responder con fidelidad al amor de nuestro Dios. Entendemos perfectamente, porque lo sufrimos igual que él a san Pablo, cuando exclama: «Mi proceder, no lo comprendo…» Queremos hacer el bien, pero estropeamos todo lo que tocamos.

Lo cierto es que tener un Dios así es un verdadero regalo. Su amor por ti y por mí, es la garantía que tenemos de nuestra felicidad ahora, y mucho más de la que nos espera en la otra vida. Nunca agradeceremos bastante tener la certeza de que nuestro Dios no es un Dios inquisidor, que toma en cuenta todos nuestros pecados, como los judíos que presentan al Señor Jesús a la mujer sorprendida en adulterio.

Los judíos hoy, esgrimen ante el Señor la ley para castigar a la adúltera, sin ser conscientes de que esa misma ley sería la que les condenaría a ellos por todos sus pecados. Por eso, el Señor, sin acusarles, con una gran delicadeza, les abre los ojos al decirles: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

Es muy posible que, si nosotros tuviéramos presentes nuestros fallos, nuestras infidelidades y pecados a la hora de juzgar al hermano, cerraríamos la boca. Si Dios actuara con nosotros como nosotros actuamos con los demás, no habría para nosotros salvación posible. Recordemos las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten».

Finalmente, es enternecedor el diálogo del Señor con la pecadora: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? … Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Apliquemos a nuestras vidas estas palabras del Señor. El único que podría condenarnos nos dice: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». No peques más, porque no está la felicidad en lo que el mundo y el maligno te ofrecen. No peques más, porque el pecado tiene como fruto el sufrimiento, la infelicidad y la muerte.


DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

«PADRE, HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jos 5, 9a.10-12 * 2Cor 5, 17-21 * Lc 15, 1-3.11-32

La liturgia de este domingo nos brinda uno de los pasajes más hermosos y reconfortantes de los evangelios que, junto a las enseñanzas que nos ofrece, pone al descubierto el auténtico corazón de Dios-Padre. Se trata de la Parábola del Hijo Pródigo. Un título que se le ha dado desde siempre, pero que debería ser sustituido por otro mucho más adecuado. A esta parábola deberíamos llamarla la Parábola del Padre del Hijo Pródigo. Sólo el Señor Jesús, Dios como el Padre, podía desvelarnos, podía darnos a conocer, los secretos que encierra el corazón de nuestro Padre-Dios.

El Señor Jesús hace referencia en esta parábola a una situación que puede darse con frecuencia en nuestra sociedad. Vemos a un padre de familia rico y con dos hijos, al que, en un momento dado, el hijo menor pide la parte de la herencia que le corresponde. El padre, sin poner ninguna objeción, cumple con el deseo expresado por el hijo y le entrega su parte de herencia.

El hijo, juntando todo lo suyo, emigra a un lejano país y allí dilapida toda su fortuna. Pobre y sin amigos, recurre para poder comer a un habitante del lugar, que lo envía al campo encargándole cuidar de sus cerdos. Viene entonces a su mente la casa del padre, en donde hasta el último sirviente tiene comida en abundancia. Decide por eso volver, y pedir a su padre que lo considere como a uno de sus criados.

El padre, que cada día desde la terraza de la casa atisba el camino para ver si el hijo regresa, viéndolo a lo lejos, corre hacia él, y se le echa al cuello llenándolo de besos, sin pedirle explicación alguna.

Hay varios aspectos de esta parábola que merecen destacarse. En primer lugar, el comportamiento exquisito del padre que, a pesar de conocer los peligros a los que va a exponerse el hijo, respeta su libertad hasta el extremo. También Dios-Padre a ti y a mí, nos hizo el regalo de la libertad, aún sabiendo que íbamos a usar mal de ella.

Otro aspecto a tener en cuenta es que, a diferencia de lo que nosotros solemos hacer, Dios-Padre ni pide ni exige explicaciones, cuando, reconociendo nuestro error, volvemos el rostro hacia él. Siempre espera pacientemente nuestro regreso.

El Dios que nos da a conocer el Señor Jesús en esta parábola, no es el Dios de la exigencia y del temor, es el Dios todo amor y misericordia. Un Dios que ni castiga ni condena. Un Dios que, utilizando el lenguaje humano, sufre al vernos sufrir, porque, como padre nuestro que es, está al corriente del daño que producen en nosotros nuestros desvaríos y pecados.

No tengamos ningún miedo en regresar a la casa del Padre. Es el único lugar en donde encontraremos comprensión y amor, sin que se nos exija nada a cambio. Dios-Padre nos conoce mucho mejor de lo que nosotros nos conocemos. Él nunca se escandaliza de nuestra pobreza y de nuestros pecados. Formó nuestro corazón y conoce sus defectos y malas inclinaciones. Si volvemos el rostro hacia Él reconociendo nuestros pecados, sólo encontraremos cariño, compresión y amor, sin ninguna exigencia.

Finalmente, evitemos comportarnos como el hijo mayor, que no sabe disfrutar de todos los bienes de la casa de su padre, y juzga sin misericordia a su hermano.