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DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«REMA MAR ADENTRO Y ECHA LAS REDES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 6, 1-2ª.3-8 * 1Cor 15, 1-11 * Lc 5, 1-11

 

El evangelio de este domingo es muy hermoso, y a la vez tiene para nuestra vida de fe una aplicación muy clara.

El Señor Jesús, seguido de una multitud considerable, anda predicando la Buena Noticia por las orillas del Mar de Galilea. Son tantos los que se acercan a escucharle, que decide subirse a una barca, la de Simón Pedro, para que, desde este púlpito improvisado, pueda llegar mejor su palabra a toda la gente.

Al terminar, dice a Simón: «Rema mar adentro y echad las redes para pescar». La respuesta de Simón no puede ser más clara: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada». Es la respuesta de un entendido en las artes de la pesca. Sabe que lo normal es la pesca nocturna porque los peces son atraídos por las luces de la barca. Pero, por encima de su razón no rechaza obedecer. Por eso sigue diciendo, «pero por tu palabra, echaré las redes».

También nosotros, tú y yo, somos como barcas que navegan por el mar de la vida. Un mar que algunas veces se encuentra tranquilo, pero que en otras ocasiones zarandea nuestra barca poniéndola en peligro. Un mar que en la oscuridad de la noche nos causa respeto. Todo aquello que no tenemos bajo control nos da miedo. Enfermedades, problemas económicos, problemas en la familia o en el trabajo, inclinaciones o vicios ocultos que nos dominan y que procuramos no se sepan, etc., nos causan respeto. Es el respeto o el temor a lo desconocido. Sin embargo, en estas circunstancias difíciles, cuando dudamos salir airosos en la resolución del problema, es cuando escuchamos de la boca del Señor una palabra: «Rema mar adentro». Lánzate, confía en mí.

Cuando esto suceda, no le demos vueltas. No queramos confiar en nuestra razón. No te mires a ti mismo. Mira a Aquel que te está hablando y hagamos nuestras las palabras de Simón: «Señor, por tu palabra, echaré las redes». Esta respuesta de Simón implica, por una parte, plena confianza en aquel que está hablando. Por otra parte, el convencimiento de que tiene poder para obrar. Queremos aprovechar la ocasión, para señalar que cuando Simón dice al Señor “por tu palabra”, no se esta refiriendo únicamente al sonido salido de sus labios. En la Escritura la expresión “por tu palabra”, equivalente a “por tu nombre” tiene el mismo significado que si decimos “por tu poder”. Quiere decir esto que, cuando Simón le ha dicho al Señor por tu palabra, está diciendo lo mismo que por tu poder.

Alegrémonos pues, tenemos un Dios cuya palabra es potente y realiza aquello que dice. Él conoce nuestra debilidad como conocía la de Simón-Pedro, por eso está siempre dispuesto a echarnos una mano.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NINGÚN PROFETA ES BIEN MIRADO EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 1, 4-5.17-19 * 1Cor 12,31—13, 13 * Lc 4, 21-30

El evangelio de este domingo es continuación del de la semana pasada. Vemos a Jesús que en la sinagoga ha proclamado la lectura del libro del profeta Isaías, y al terminar, dirigiéndose a la asamblea dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

Los presentes se admiran de las palabras de gracia que salen de sus labios, pero al mismo tiempo surge en su interior una duda: «¿No es éste el hijo de José?». Dicho de otro modo: ¿Cómo es posible que éste, al que todos conocemos, el hijo del carpintero, el hijo de José, hable así? En el fondo, dan mucha más importancia a la persona que habla que al contenido de su mensaje. Por eso, el Señor, viendo su actitud les dice: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “médico cúrate a ti mismo”. Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».

Esta actitud de los habitantes de Nazaret es muy común en nuestra sociedad. Con demasiada frecuencia nos dejamos llevar por las apariencias, sin tener en cuenta aquella frase que dice: “las apariencias engañan”. Esta actitud tuvo consecuencias negativas para los vecinos de Nazaret, que dieron más importancia al hecho de conocer personalmente al Señor, que el aceptar el mensaje que les traía.

La reacción de Jesús ante la actitud de sus convecinos es dura. Están rechazando sin ningún motivo formal la salvación que Él les trae de parte del Padre. «Os aseguro, les dice, que ningún profeta es bien mirado en su tierra». Y para demostrarlo les cita el caso de la viuda de Sarepta de Sidón en tiempos del profeta Elías, y el de Naamán el Sirio, leproso en tiempos del profeta Eliseo. Ninguno de los dos pertenecía al Pueblo de Dios. Los dos eran gentiles. Sin embargo, el Señor tuvo misericordia de la viuda salvándola de una muerte segura por falta de alimentos, y la tuvo también de Naamán librándolo de su lepra después de introducirse siete veces en el río Jordán.

Esta respuesta enfurece a los vecinos de Nazaret, que entienden perfectamente lo que el Señor quiere decirles, pero en vez de convertirse y reconocer su error, agarran a Jesús y a empujones lo sacan fuera del pueblo hasta un barranco, con intención de despeñarlo. San Lucas nos dice que Jesús se abre paso entre ellos y se aleja.

Nosotros tenemos también el peligro de obrar de una manera semejante. Damos más importancia al aspecto exterior de las personas que al mensaje que quieren transmitirnos. En la historia de salvación han sido contadas las ocasiones en que el Señor se ha manifestado al hombre mostrando signos extraordinarios. En el evangelio sólo lo ha hecho en una ocasión, en la Transfiguración. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Sencillamente, para no violentar nuestra libertad. Dicho de otra manera, para no obligarnos a creer en él a la fuerza. Para dejarnos libres a la hora de aceptarlo o rechazarlo.

Nosotros estamos en la Iglesia. Hemos nacido y crecido dentro de ella. Somos los primeros beneficiarios de los dones del Señor, pero tenemos el peligro de rechazar, como los habitantes de Nazaret, la salvación que se nos ofrece. Es necesario convertir nuestro corazón, reconocer nuestras limitaciones y pecados, y aceptar el amor y el perdón que el Señor gratuitamente nos brinda.


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10 * 1 Cor 12, 12-30 * Lc 1, 1-4; 4, 14-21

La Iglesia nos ofrece hoy el inicio del evangelio de san Lucas, que es el que corresponde al ciclo litúrgico C, que celebraremos durante el presente año.

De los cuatro evangelistas san Lucas es el único que no ha conocido al Señor Jesús. Es médico y ha acompañado a San Pablo en alguno de sus viajes. Es también el evangelista más culto. Escribe en griego y, como escucharemos hoy, se ha preocupado en investigar cuidadosamente la vida del Señor, a fin de poder transmitirla de la manera más fiel. Probablemente visitó a la Virgen María, de quien recibió información directa sobre la Anunciación, el Nacimiento y los primeros años de vida del Niño Jesús. Su evangelio, es denominado Evangelio de la Misericordia, porque son muchos los pasajes en los que destaca de una manera especial, el amor, la comprensión y la misericordia del Señor Jesús hacia los pecadores.

San Lucas nos presenta hoy el inicio de la predicación del Señor Jesús en Galilea. Lo vemos en la sinagoga de Nazaret, en donde se ha criado, participando en la celebración del Sabat. Puesto en pie para hacer la lectura le entregan el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encuentra el pasaje en que esta escrito:

            «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Devuelve el libro, mientras toda la asamblea tiene los ojos fijos en él, que empieza a hablar diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

            Isaías, en este pequeño párrafo de su libro, y más de doscientos años antes de Jesucristo, resume perfectamente la misión que el Señor ha recibido del Padre y para la que ha sido enviado a la tierra. Ha venido fundamentalmente a darnos a conocer una noticia que afecta directamente a la vida del hombre. Nos hace saber que, a pesar de que nosotros a causa de nuestros pecados hemos vuelto la espalda a Dios, y hemos dado culto a ídolos como el dinero, el poder, el sexo, etc., Dios-Padre, nunca ha dejado de amarnos y de preocuparse por nosotros. Por el pecado, nos hemos vuelto ciegos, pobres, hemos perdido nuestra libertad y hemos vivido oprimidos por el maligno.

            Para remediar todo esto, para darnos a conocer su amor que está muy por encima de todas nuestras miserias, Dios-Padre nos envió a su propio Hijo para testimoniarnos su amor y su perdón.

            La salvación que vino a traernos el Señor abarca a toda la humanidad, y por tanto ha de ser conocida por todos los hombres. Por eso, y aquí llega la razón por la que el Señor nos ha elegido a ti y a mí, hoy, que ya no vive físicamente en medio de los hombres, ha querido encarnarse en ti y en mí, haciendo de nosotros otros cristos, para que la Buena Noticia de su salvación sea conocida por todos. De manera que este evangelio, hoy, se refiere a ti y a mí, porque es a través de nosotros cómo ha de llegar a los demás la salvación del Señor. Hoy, somos nosotros los que por el Espíritu del Señor estamos llamados a abrir los ojos de los ciegos, a libertar a los cautivos y a anunciar a todos la salvación y la misericordia de Dios. El Señor, que camina junto a nosotros, nos ayudará, sin duda, a cumplir esta misión.


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HACED LO QUE ÉL OS DIGA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 62, 1-5 * 1Cor 12, 4-11 * Jn 2, 1-11

La Iglesia, para este segundo domingo del tiempo ordinario nos propone un fragmento del evangelio de san Juan, que no por ser muy conocido, tiene para nuestra vida de fe menos importancia. Se trata del pasaje de las Bodas de Caná y de la conversión del agua en vino. San Juan, gusta llamar a estos milagros signos, ya que es a través de ellos cómo el Señor rubrica su misión, y a la vez fortalece la fe de sus discípulos.

Veamos un poco lo que nos cuenta san Juan. Sitúa al Señor Jesús al principio de su misión. Ha acudido con su madre y un grupo de sus discípulos, a unas bodas que se celebran en una población próxima de Galilea llamada Caná. Las bodas en aquel tiempo eran un verdadero acontecimiento para toda la población. El festejo duraba varios días, y en ellos, como signo de la alegría, corría con abundancia el vino.

Todo se desarrollaba con normalidad, hasta que, en un momento dado, la Virgen, como mujer y buena observadora, se da cuenta de que el vino se está acabando. Esta contrariedad podía ser realmente grave para los esposos y sus familiares. Por muchos años que pasaran, los novios serían recordados como aquellos a los que faltó el vino en su boda. La Virgen quiere evitarles este bochorno, e intervine ante su Hijo Jesús diciéndole: «No tienen vino». La respuesta del Señor quizá sea para nosotros un tanto extraña: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». La Virgen, sin embargo, parece hacer poco caso a las palabras del Señor y, sin dudarlo, dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Y el milagro se realiza. El agua con que los sirvientes han llenado las seis tinajas destinadas a las purificaciones, se convierte en un vino que, al ser probado por el mayordomo, le hace exclamar ante el novio: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Dos cosas merecen ser destacadas en este pasaje. Sabemos que, poco antes de su muerte, el Señor nos entregó a María como madre, y una madre es aquella persona que, por amor, y sin esperar compensación alguna, se desvive por sus hijos hasta el extremo de estar dispuesta a dar la vida por ellos. Tenemos pues, una Madre, la del cielo, siempre atenta a nuestras necesidades. Siempre dispuesta a interceder por nosotros ante su Hijo, cuando observa que en nuestra vida se acaba el vino, se acaba la alegría. Hagamos para ella un hueco en nuestro corazón, y no olvidemos que es el camino seguro para llegar a su Hijo Jesús.

Otro aspecto a considerar y de gran importancia, son las palabras que la Virgen, nuestra madre, nos dirige en la persona de los sirvientes: «Haced lo que Él os diga». Lo hace así, porque sabe que nuestra vida, nuestra felicidad y nuestra salvación, depende de que sigamos las enseñanzas de su Hijo. Encontrarnos con el Señor Jesús es lo único que puede dar sentido a nuestra vida. Nuestra salvación aquí, y también la del último día, depende de que vivamos unidos a Él. Por eso, la preocupación de Ella, de nuestra Madre del Cielo, es llevarnos de la mano para presentarnos a su Hijo Jesús.

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

«TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Lc 3, 15-16.21-22

En este domingo después de la Epifanía celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor, dando fin de este modo al tiempo de Navidad e iniciando el tiempo ordinario.

            El acontecimiento que nos ofrece hoy la liturgia supone para el Señor Jesús, el fin de su vida oculta, el inicio de su vida pública, y a la vez el comienzo de su misión.

            El Señor ha venido a asumir una hora. Ha venido a destruir en su cuerpo al pecado y a la muerte y a darnos en su Resurrección nueva vida. Todo este proceso se ha iniciado el día de nuestro Bautismo. En ese día, por obra del Espíritu Santo y de igual manera que sucedió en María, anidó en nuestro interior un embrión. Un nuevo ser empezó a desarrollarse dentro de nosotros, para dar lugar a una criatura nueva, a un nuevo hijo de Dios.

            Para que esa nueva criatura alcanzara la edad adulta, hemos tenido que pasar por todos los estadios que pasó en su vida el Señor Jesús. Él, nació en Belén y fue creciendo bajo el cuidado de José y María. Vivió con ellos su infancia, su pubertad, su adolescencia, hasta llegar a la juventud y finalmente a la edad adulta. Todo ese largo espacio de tiempo fue para el Señor, como el catecumenado que le preparaba a llevar adelante la misión para la que el Padre le había enviado. Es el mismo proceso que seguimos nosotros recibiendo el cuidado de nuestra madre la Iglesia.

            También en nosotros, y desde nuestro Bautismo, el espíritu Santo viene trabajando en nuestra vida a través de su Iglesia. Hemos sido llamados a una misión que es primordial para que la salvación que Dios-Padre ha diseñado mediante la persona del Señor Jesús, alcance a todo el mundo.

            Quisiera, ahora, dejar una pregunta en el aire. ¿Somos conscientes de la misión para la que el Señor nos ha elegido? Quizá, no demasiado. Escuchemos lo que el Señor nos dice a través del profeta Isaías: «Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de las mazmorras a los que habitan en las tinieblas».

            Ciertamente, estas palabras las pronunció Isaías refiriéndose al Señor Jesús. Sin embargo, hoy, somos tú y yo, los que en medio de aquellos que nos rodean, encarnamos la figura del Señor. Somos, como dice san Pablo, otros cristos. Por eso, las palabras que el Padre ha pronunciado sobre el Señor después de ser bautizado, han resonado aquí para ti y para mí. Ha sido Dios-Padre el que nos ha mirado complacido y ha pronunciado sobre cada uno de nosotros las palabras: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».

            Hay alguien interesado en sembrar en tu corazón la duda para que no te apliques estas palabras. Lo quiere conseguir poniendo delante de ti tus pecados, tus deficiencias, tu pobreza. ¿Cómo es posible que el Señor diga esto de ti? Yo te digo, no entres en diálogo con el maligno. No permitas que te arrebate lo que la Sangre del Señor Jesús ganó para ti. No dudes del amor de Dios, dirige tu mirada hacia Él, y no te mires a ti mismo.  


DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

«LA PALABRA SE HIZO CARNE Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS:  Eclo 24, 1-2. 8-12 * Ef 1, 3-6. 15-18 * Jn 1, 1-18

 

En este domingo segundo de Navidad la Iglesia pone a nuestra consideración el mismo evangelio que se proclamó en la mañana del día de Navidad. Se trata del inicio del evangelio según san Juan. A este evangelista se le conoce como al evangelista teólogo, porque en sus escritos ha logrado penetrar con mayor profundidad que los otros tres, en el misterio de Dios.

Hoy nos habla de la Palabra que, nacida de la boca de Dios, acampa entre nosotros para darnos a conocer el amor sin límites del Padre. El Dios del Antiguo Testamento, es un Dios al que nadie puede ver y quedar con vida. Pero ese Dios quiere darse a conocer a su criatura, quiere dejarse encontrar por ella. Quiere que nosotros, que somos sus criaturas, podamos ponerle un rostro. Y ese rostro no es otro que el rostro del Señor Jesús. Recordemos cómo el mismo Jesús, se lo hace ver a a Felipe en otra parte del evangelio cuando le dice: «Felipe, el que me ha visto a mí, ha visto al Padre».

San Juan nos recuerda hoy, cómo esa Palabra del Padre que estaba junto a Él desde toda la eternidad, puso su tienda, su morada en medio de nosotros. En el Libro de los Proverbios se nos dice: “Yo estaba a su lado como un hijo querido… y mi delicia era estar con los hijos de los hombres.” Este deseo lo vemos realizado hoy cuando el evangelio nos dice: «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros».

Sin embargo, no todo sucedió de una manera tan simple. «La Palabra vino a los suyos, vino a su casa, pero los suyos no la recibieron». Esta afirmación, halla cumplimiento cuando observamos que aquel pueblo elegido por Dios para que su Hijo acampara entre ellos, dándoles a conocer su inmenso amor, no fue capaz de recibirlo, porque cuando vino, nadie le ofreció un lugar donde acampar, nadie lo reconoció. Habían suspirado durante siglos esperando su venida, y en el momento en que apareció en el mundo, nadie lo reconoció.

Este rechazo del Pueblo de Dios hacia la Palabra hecha carne, tiene unas consecuencias para ti y para mí, inesperadas. Tú y yo, no pertenecemos al Pueblo de Dios, procedemos de la gentilidad, pero también estamos llamados a la salvación. Por eso, el rechazo del Pueblo de Israel a la Palabra hecha carne, ha sido el motivo de nuestra salvación. Porque dice el evangelio hablando de la Palabra: «A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre»  

Alegrémonos, pues, porque hoy formamos parte de ese pueblo que ha reconocido en el Señor Jesús a su Salvador. Formamos, por la benevolencia de Dios, parte del Nuevo Israel. Parte de la Iglesia del Señor Jesús. Somos beneficiarios de su Nacimiento, Pasión, Muerte y Resurrección. Nosotros, por gracia de Dios, «no hemos nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios».

Seamos fieles a la elección que Dios-Padre ha hecho sobre cada uno de nosotros en la persona de su Hijo Jesús. Hoy, a través de Él, podemos dirigirnos a nuestro Dios, llamándole, “Papá”.

 


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

«BAJÓ CON ELLOS A NAZARET Y SIGUIÓ BAJO SU AUTORIDAD»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 41-52

En este domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar a la Familia de Jesús, María y José, a la Sagrada Familia, viviendo en Nazaret la vida de cualquier otra familia del lugar. Para Jesús, la vida oculta, fue un catecumenado, o un noviciado, como se dice en las órdenes religiosas, muy largo, de unos treinta años, que persiguió fundamentalmente dos objetivos. En primer lugar, la Sagrada Familia fue la escuela doméstica en la que María y José, o mejor dicho, José y María, si tenemos en cuenta las costumbres judías, transmitieron primero al Niño, luego al adolescente y finalmente al joven Jesús, la fe del Pueblo de Dios. Le enseñaron que sólo existía un único Dios, que debía ser el centro de su existencia y grabaron en su corazón el Shemá, para que lo amara por encima de todas las cosas.

Por otro lado, este largo período de la vida de Jesús, sirvió para que aprendiera a vivir como un miembro más de la comunidad. Aprendió con su padre un oficio para poder ganarse el pan, y vivió su vida, su relación con los demás, familia, amigos, vecinos, etc., de manera que en nada se diferenciaba de la de cualquiera de sus compañeros o familiares. Participaba en los juegos y entretenimientos propios de cualquier muchacho de Nazaret, asistía cada sábado a la sinagoga, y sin duda se sentía atraído por las muchachas de su edad.

Todo lo que estamos diciendo ha de servir para rechazar todo halo de tipo sobrenatural, con el que desde siempre se ha adornado la vida oculta del Señor. En nada se diferenciaba de tu vida y de la mía. Con toda seguridad en su niñez hubo risas, llantos, caprichos y también algún enfado. Sólo en un aspecto fue totalmente distinto a nosotros, no pudo pecar, aunque sí experimentar la tentación.

Para nosotros, la figura de la Sagrada Familia es fundamental dentro de nuestra vida de fe. Es en la familia cristiana donde se desarrollan nuevos hijos de Dios. Los padres cristianos son los maestros en la fe de sus hijos. Son ellos, como José y María, los encargados de transmitirles la fe. Sin la familia cristiana no existiría la Iglesia, por eso es el punto de mira de aquellos que desde los gobiernos pretenden dominar a la sociedad según sus turbios intereses. Puesto que la Iglesia molesta por ser defensora de la verdad, y el hecho de que la Iglesia esté formada por familias cristianas, pone a éstas en el punto de mira para atacarlas, e indirectamente atacar a la Iglesia.

Para conseguir sus objetivos, defienden que los hijos pertenecen a la sociedad, al estado, y no a los padres, negándoles el derecho sagrado que tienen de educar a sus hijos según sus principios y creencias. Es necesario que los padres hagan frente a estas manipulaciones y nunca renuncien a tener el control total de la educación de sus hijos. Son ellos los únicos que tienen el derecho y a la vez la obligación de educarles convenientemente.

Pongamos a los nuestros bajo la protección de la Sagrada Familia. Ella, que conoció también las dificultades y la persecución llevada a cabo por los poderosos, saldrá, sin duda en nuestra ayuda, a la hora de comportarnos como padres de familia cristianos.


DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

«¡DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO!, PORQUE LO QUE HA DICHO EL SEÑOR SE CUMPLIRÁ» 

 

CITAS BÍBLICAS: Mi 5, 1-4a * Hb 10, 5-10 * Lc 1, 39-45

Entramos en la última semana del Adviento. Nos acercamos a la Navidad. La liturgia en estos días pone el acento en el inminente nacimiento del Señor Jesús en Belén.

El fragmento del evangelio de san Lucas que hoy no ofrece la Iglesia, es ciertamente entrañable. María, que ha recibido la visita del ángel anunciándole que ha sido elegida por Dios para ser madre del Mesías, ha conocido al mismo tiempo la noticia del embarazo de su pariente Isabel. Movida, sin duda, por la fuerza del Espíritu Santo, se pone presurosa en camino para compartir con ella estas buenas nuevas.

Al llegar a la casa de Zacarías y saludar a Isabel, ésta, llena del Espíritu Santo exclama a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!». «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». En esta escena se da un doble encuentro. Por un lado, se encuentran María e Isabel, y por otro, y este encuentro es mucho más importante, se encuentran Jesús y Juan, el Mesías y su Precursor. Isabel ha experimentado la presencia del Señor, porque, como ella misma afirma, en cuanto ha oído la voz de María, «la criatura saltó de alegría en mi vientre». Y añade: «¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

Es importante señalar que en la vida del cristiano este pasaje halla pleno cumplimiento. Somos testigos de que la Palabra de Dios proclamada en la asamblea litúrgica, en ocasiones, ha realizado en nuestro interior, en nuestro corazón, el mismo efecto que ha producido en Isabel el saludo de María. Esa nueva criatura, ese hombre nuevo que se empezó agestar en nuestro Bautismo, y que crece a impulsos de la Palabra, también se ha estremecido en nuestro interior al escuchar la Palabra de Dios. Ha sido para nosotros una Buena Noticia. Nos ha hablado quizá, del amor de Dios, del perdón de nuestros pecados o de la misericordia de Dios, y nuestro corazón ha entrado en sintonía con esa noticia y se ha ensanchado. Por esto, precisamente, es importantísimo tener el oído abierto, atender, cuando se proclama la Palabra de Dios.

La decisión de María al ponerse en camino inmediatamente después del anuncio del Ángel, tiene para nosotros una doble lectura. Por una parte, vemos en ella a la primera evangelizadora. Llena de Espíritu Santo, no puede hacer otra cosa que llevar a los demás, en este caso a su pariente, la Buena Noticia de la salvación. Es el Mesías, el Salvador, el que viene a visitarnos, el que ha empezado a engendrarse en su seno. Por otra parte, vemos en María el espíritu de servicio. No le importa dejar su casa y a los suyos durante una larga temporada. Marcha junto a su prima y estará con ella sirviéndola y ayudándola, todo el tiempo que falta, seis meses, hasta el nacimiento de Juan.

Hay algo que no debemos pasar por alto en este evangelio. Se trata de las palabras de Isabel: «¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». María ha creído desde el primer momento las palabras del ángel. No ha dudado. La única pregunta que ha hecho, y muy lógica es, cómo iba a tener lugar aquello si ella no había estado con ningún hombre. Isabel viene a decirle, que esa fe en las palabras de ángel, ha sido la garantía del cumplimiento de lo que se le ha anunciado. Esta actitud de María ha de ayudarnos a aceptar la Palabra, incluso cuando no la entendemos. La fe no es contraria a la razón, pero la fe no se razona. La mejor actitud ante la Palabra no es intentar razonarla y entenderla con nuestra inteligencia, sino aceptarla apoyándonos en la autoridad de aquel que nos la dice.