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DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ESTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO, ESCUCHADLE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 5-12.17-18 * Flp 3,17—4,1 * Lc 9, 28b-36

El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos ha de llenar de gozo, por cuanto nos hace presente cuál es el destino que ha reservado para cada uno de nosotros nuestro Padre Dios.

Con frecuencia, las preocupaciones y los problemas a resolver que se nos presentan cada día, nos hacen vivir excesivamente centrados en las cosas de este mundo, relegando a un segundo término la razón última de nuestra existencia. Vivimos como si nuestra estancia en esta tierra fuera definitiva, olvidando que hemos sido creados para una vida eterna y feliz en el cielo, que es nuestra verdadera patria.

Hoy, el Señor Jesús en el evangelio, desea mostrar a sus discípulos, a Pedro, a Santiago y Juan, lo que se esconde debajo de su naturaleza humana. Es conveniente hacerlo porque se acercan acontecimientos que pueden hacer tambalear la fe de estos discípulos en su persona. Por eso, se los lleva a un monte alto y a su vista se transforma radicalmente. San Lucas nos dice que su rostro cambia y que sus vestidos brillan de blancos. Aparecen junto a Él Moisés y Elías, que hablan de la muerte que va a consumar en Jerusalén. Pedro, sin saber demasiado bien lo que dice, exclama: «Maestro, qué hermoso es estar aquí».

Dice el evangelio que, aún está hablando, cuando una nube los envuelve y que, asustados, escuchan una voz que dice: «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle». Momentos después, todo vuelve a la normalidad y se encuentran los cuatro solos en la cumbre del monte.

Hemos dicho al principio que este acontecimiento de la Transfiguración del Señor, ha de ser para nosotros motivo de gozo, porque de la misma manera que los discípulos ven transfigurada la figura del Maestro, así también, esta carne mortal que forma nuestro cuerpo, se verá transfigurada en la vida eterna y definitiva para la que hemos sido creados. Ahora, aunque somos ciudadanos del cielo, vivimos lejos de nuestra patria celestial. Somos extranjeros en este mundo en el que sólo estamos de paso.

Hemos de alegrarnos también porque las palabras del Padre, «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle», iban dirigidas en aquel momento al Señor Jesús, pero hoy, el Padre las ha repetido dirigiéndose a nosotros que somos sus hijos, y que tenemos la misión de que, como otros cristos, continuemos la obra evangelizadora que inició el Señor Jesús. Hoy ha sido a ti y a mí, a los que el Padre ha llamado hijos suyos escogidos. Desde luego, no ha mirado nuestros merecimientos que son nulos, sino que ha sido por los méritos del Señor Jesús, que ha recuperado para nosotros en la Cruz la filiación divina.

¿Qué más podemos pedir? Tú y yo, pecadores empedernidos, pero lavados con la Sangre del Cordero, escuchamos de la boca del Padre esas palabras en las que él muestra su complacencia hacia nosotros. Sólo podemos responder pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, para que nos conceda ser dóciles a la voluntad del Padre, estando dispuestos a llevar adelante la misión que él ha dejado en nuestras manos.


DOMINGO I DE CUARESMA -C-

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 26, 4-10 * Rm 10, 8-13 * Lc 4, 1-13 

Nos encontramos en el primer domingo de Cuaresma. Un tiempo fuerte que nos prepara y encamina hacia la celebración del acontecimiento primordial de nuestra fe: la Pascua del Señor Jesús. Serán cuarenta días intensos en los que la Iglesia, a través de la liturgia, nos hará presente el misterio de nuestra salvación, reviviendo la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, llevadas a cabo en la persona del Señor Jesús, a fin de reconciliarnos con el Padre.

En este primer domingo san Lucas nos presenta al Señor Jesús tentado por el diablo. Antes de seguir quisiéramos aclarar algunas dudas que pueden asaltarnos al pensar en el Señor. Hay muchas personas que, de buena fe, tienen idealizada la figura del Señor. Al observar la manera de comportarse suelen utilizarla expresión, “como él era Dios…”, queriendo significar que sus obras son algo inalcanzable para nosotros. Esta forma de pensar es errónea. El Señor era un hombre total, con toda la problemática que es inherente a la condición humana. Tuvo las mismas necesidades que tenemos tú y yo: hambre, sed, cansancio… Pudo sufrir, así mismo, problemas de salud y, sin duda, sintió una sana atracción normal hacia las jóvenes con las que se relacionaba. En todo era y sentía como tú y como yo. Sólo en un aspecto fue diferente, en su vida no tuvo cabida el pecado. Hoy, asemejándose a ti y a mí, es tentado por el diablo. Era necesario que pasara por esta circunstancia, para ser en todo igual a nosotros.

Las tres tentaciones a las que lo somete el diablo, tienen que ver con tres situaciones por las que pasamos todos. En primer lugar y, aprovechándose de su debilidad porque ha estado ayunando 40 días, el maligno, le presenta la tentación del pan. «Si eres Hijo de Dios, di que esta piedra se convierta en pan». Para nosotros esta tentación sería dar prioridad a asegurarnos el pan material. Asegurarnos la vida. Jesús, tiene una visión distinta: «No sólo de pan vive el hombre». Dicho de otra manera, hay cosas en la vida, que, aunque parezca mentira, son más importantes que el pan. La abundancia de pan o de bienes materiales, no nos asegura la verdadera felicidad.

En la segunda tentación el maligno invita al Señor a no aceptar su realidad. Eres un trabajador manual en un pueblo perdido de Galilea. ¿Quién va a hacerte caso? Haz un prodigio para que todos lo vean y crean en ti. Jesús rechaza la tentación: No puedo obligar a Dios a hacer un milagro. También a ti y a mí nos tienta el diablo en este sentido. Todos cambiaríamos en algo nuestra historia, nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo…. Hasta en lo personal no estamos del todo de acuerdo. Cuando te miras al espejo, siempre hay algo que corregirías de tu físico. No estás de acuerdo con lo que el Señor te ha dado. Piensas, seguramente, que tú lo hubieras hecho mejor.

Finalmente, el atrevimiento del maligno no tiene medida. Se trata de la tentación de los ídolos: «Todo esto te daré, porque a mí me ha sido dado, si te postras y me adoras». Le invita a quitar a Dios de su corazón, y a pedir la vida a los ídolos del mundo: riquezas, poder, sexo… ¿Te suena esta tentación? Tú dirás que nunca te has arrodillado delante del diablo, piensa, sin embargo, que es cierto que cada día, aún inconscientemente, pides la vida al dinero, al poder, a los afectos, al sexo… Para ti y para mí, aunque no nos atrevamos a confesarlo, el Señor no ocupa el primer lugar en nuestra vida. Es a los ídolos del mundo a los que pedimos la felicidad. Que estas respuestas del Señor nos ayuden a hacer frente a las tentaciones del maligno.


DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«CADA ÁRBOL SE CONOCE POR SU FRUTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 4-7 * 1Cor 15, 54-58 * Lc 6, 39-45

El evangelio de hoy pertenece, como el de las semanas anteriores, al Sermón del Llano de san Lucas.

El Señor Jesús, mediante este discurso nos está mostrando una nueva forma de vivir, diametralmente opuesta a lo que cada día nos muestra el mundo. Por ejemplo, el mundo considera que perdonar, disculpar, etc., son muestras de debilidad. Para él lo importante es hacer justicia caiga quien caiga. Según el mundo, el que obra mal ha de cargar con su culpa. Lo correcto, por ejemplo, es que un padre, ante el abuso perpetrado a su hija, exija que el culpable vaya a la cárcel. Según el mundo, perdonar, impide que al culpable se le aplique la corrección que merece.

Nuestro espíritu, más que un espíritu justo, es un espíritu justiciero totalmente contrario a lo que hoy nos dice el Señor: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?». Somos muy dados a juzgar al otro pasando por alto nuestros propios defectos y pecados. Si el Señor actuara así con nosotros no tendríamos salvación posible. Por eso, a ti y a mí, que nos llamamos discípulos del Señor, nos conviene tener siempre presente nuestras debilidades y miserias, en primer lugar, para pedir perdón al Señor por ellas, y, en segundo lugar, para que viendo nuestra realidad, que no es mejor que la del otro, podamos evitar caer en el pecado del juicio.

Antes de juzgar y condenar, vale la pena echar una mirada al Señor Jesús en la Cruz. ¿Tienes en cuenta que no sólo está clavado por tus pecados y los míos, sino que lo está también por los pecados de aquel que te ha ofendido, te ha menospreciado o te ha infligido un daño físico? La salvación también alcanza a aquel que ha obrado así. No tienes ningún derecho a erigirte en su juez. El Señor, que te ha perdonado, también lo ha perdonado a Él.

Más adelante el Señor dice: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano». Nosotros, por el pecado de origen, deberíamos ser todos árboles dañados, pero, por la misericordia de Dios, a través de nuestro Bautismo, hemos sido injertados en el árbol de la Cruz que no puede dar frutos malos. Sin embargo, no debemos caer en la tentación de pensar que damos frutos buenos porque somos mejores que los demás. El único mérito que tenemos tú y yo es que, bajo la acción del Espíritu Santo, no nos hemos resistido a la gracia y hemos dejado al Señor obrar en nuestras vidas.

 Una forma que tenemos para agradecer tantos dones, es hacer lo que dice el Señor al final del evangelio: «De lo que rebosa el corazón, habla la boca». Seamos, pues, testigos delante de los demás de las obras que el Señor realiza en nosotros, porque si actúa así, lo hace para que demos a conocer a los demás su amor y su misericordia. Eso es evangelizar.


DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TRATAD A LOS DEMÁS COMO QUERÉIS QUE ELLOS OS TRATEN»

 

CITAS BÍBLICAS: 1S 26, 2.7-9-13.22-23 * 1Cor 15, 45-49 * Lc 6, 27-38

El evangelio de hoy pertenece como el de la semana pasada al Sermón del Llano de san Lucas. En este discurso, como en el de san Mateo en el Sermón de las Bienaventuranzas, el Señor Jesús expone lo más genuino, la esencia de su doctrina, que es diametralmente opuesta a lo que nos propone el mundo.

Habla del amor y del perdón. No podría ser de otra forma porque pone de manifiesto el interior del corazón de Dios-Padre. La esencia de Dios es el amor, que es lo mismo que decir, con una expresión humana, que el amor es la materia de la que está hecho Dios. De acuerdo con esta afirmación podemos decir que, a pesar de la omnipotencia divina, hay algo que para Él es imposible. Dios es incapaz de odiar. No puede en modo alguno sentir odio, dado que el odio es la antítesis del amor, de la misma manera que la luz es la antítesis de la oscuridad. Dicho de otro modo, todo lo que Dios hace con referencia a nosotros que somos sus criaturas, tiene como móvil, como único origen, su corazón de amor.

Como tema dominante o leitmotiv de todo este fragmento del evangelio, el Señor insiste resaltando la importancia del amor, manifestado en amar a nuestros enemigos, en bendecir a los que nos maldicen, en orar por los que nos injurian… Resumiendo, «tratando a los demás como queremos que ellos nos traten.» 

Esta forma de comportarnos como discípulos del Señor, la resume más adelante diciendo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.»

 No es difícil entender el interés del Señor, al insistir en que el signo distintivo de sus discípulos, de ti y de mí, ha de ser el amor. Todo hombre, para alcanzar la salvación ha de llegar al conocimiento del amor y la misericordia que Dios-Padre ha derramado superabundantemente sobre todos los hombres, en la Pascua del Señor Jesús. Para eso vino el Señor hace dos mil años. Cumplió su misión y subió al cielo, dejándonos a nosotros, que somos sus discípulos, la misión de perpetuar su obra, dando conocimiento de ese amor a todos los que nos rodean.

Hoy, en el evangelio, el Señor nos dice qué hemos de hacer y cómo hemos de actuar para llevar a cabo su obra. Ser hijos del Altísimo es hacer las obras del Altísimo: amar, perdonar, tener misericordia de todos. A esto nos llama el Señor.

Sin duda, esta tarea va mucho más allá de lo que podemos hacer con nuestras propias fuerzas. Sin embargo, dado que la empresa es del Señor, Él está dispuesto a fortalecernos con su Santo Espíritu, con el fin de que sea posible lo que para nosotros es imposible. Lo único que es necesario es que estemos dispuestos a colaborar en su obra. Recordemos las palabras del salmo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.»

Llevar a cabo la tarea encomendada por el Señor a nosotros, que somos sus discípulos, nos hará alcanzar, ahora, en esta vida, pese a dificultades, sufrimientos y persecuciones, la única felicidad posible en este mundo, y luego, la felicidad plena en el cielo.    


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«DICHOSOS LOS POBRES, PORQUE VUESTRO ES EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 17, 5-8 * 1Cor 15, 12.16-20 * Lc 6, 17.20-26

San Lucas en el evangelio de hoy da comienzo al Sermón del Llano, llamado así, porque nos dice que el Señor Jesús, bajando del monte con los Doce, se detiene en un llano con un grupo grande de discípulos y de gente del pueblo, procedente de toda Judea. Levantando los ojos empieza a hablarles así: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis…»

Vemos que las enseñanzas del Señor en esta ocasión, son similares a las que nos ofrece en el Sermón del Monte del evangelio de san Mateo. Los expertos opinan, sin embargo, que cada uno de estos discursos fueron hechos por el Señor en momentos distintos. Es lógico que el Señor repitiera en varias ocasiones lo que es la esencia fundamental de su doctrina. Aunque el anuncio del Evangelio va dirigido a todos los hombres en general, en esta ocasión, el Señor llama dichosos o bienaventurados a aquellos que en este momento concreto son pobres, pasan hambre, lloran, o son odiados y perseguidos por causa del Evangelio. Para todos ellos les dice: «Alegraos y saltad de gozo; porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Como novedad, que no aparece en el Sermón del Monte de san Mateo, el Señor continúa diciendo: «Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!»

El Señor al hablar de la pobreza se refiere no sólo a los que son pobres físicamente, sino también a aquellos que somos pobres en el espíritu. Que reconocemos que tenemos debilidad a la hora de resistir nuestras tentaciones, a la hora de practicar la virtud. Somos dichosos porque tenemos la ocasión de experimentar frente a nuestra debilidad, la fuerza del Señor. Sucede lo mismo cuando se refiere a los que tienen hambre. No se trata sólo del hambre física, sino también del hambre de que se nos haga justicia contra nuestro adversario que es mucho más fuerte que nosotros. Finalmente, vivimos en un valle de lágrimas, como dice la Salve, a causa de nuestros pecados e infidelidades, pero el Señor nos anuncia que será un sufrimiento pasajero, porque nos está reservada una alegría y felicidad eternas.

Por último, no hemos de lamentar que nos haya tocado vivir en una sociedad en la que cada vez abundan más la persecución y el odio hacia la Iglesia. No podía ser de otra forma si tenemos en cuenta, como dice el Maligno al Señor en las Tentaciones, que el mundo está todo en su poder: «Porque a mí me ha sido dado». Es necesario que esto suceda, para que tengamos ocasión de ser testigos del Señor, dando a conocer a todos su Nombre y su amor.

Por nuestra parte hemos de evitar ser justicieros cuando el Señor anuncia lo que está reservado a los ricos, a los que ríen o a los que están saciados. No debemos alegrarnos con su mal, y dejar el juicio en manos de Dios. De nosotros han de nacer sentimientos de gratitud, porque no ha tenido en cuenta nuestra pobreza y nuestras miserias, sino que se ha fijado en nosotros para que hoy y aquí, colaboremos con Él a la extensión de su Reino.  


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«REMA MAR ADENTRO Y ECHA LAS REDES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 6, 1-2ª.3-8 * 1Cor 15, 1-11 * Lc 5, 1-11

 

El evangelio de este domingo es muy hermoso, y a la vez tiene para nuestra vida de fe una aplicación muy clara.

El Señor Jesús, seguido de una multitud considerable, anda predicando la Buena Noticia por las orillas del Mar de Galilea. Son tantos los que se acercan a escucharle, que decide subirse a una barca, la de Simón Pedro, para que, desde este púlpito improvisado, pueda llegar mejor su palabra a toda la gente.

Al terminar, dice a Simón: «Rema mar adentro y echad las redes para pescar». La respuesta de Simón no puede ser más clara: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada». Es la respuesta de un entendido en las artes de la pesca. Sabe que lo normal es la pesca nocturna porque los peces son atraídos por las luces de la barca. Pero, por encima de su razón no rechaza obedecer. Por eso sigue diciendo, «pero por tu palabra, echaré las redes».

También nosotros, tú y yo, somos como barcas que navegan por el mar de la vida. Un mar que algunas veces se encuentra tranquilo, pero que en otras ocasiones zarandea nuestra barca poniéndola en peligro. Un mar que en la oscuridad de la noche nos causa respeto. Todo aquello que no tenemos bajo control nos da miedo. Enfermedades, problemas económicos, problemas en la familia o en el trabajo, inclinaciones o vicios ocultos que nos dominan y que procuramos no se sepan, etc., nos causan respeto. Es el respeto o el temor a lo desconocido. Sin embargo, en estas circunstancias difíciles, cuando dudamos salir airosos en la resolución del problema, es cuando escuchamos de la boca del Señor una palabra: «Rema mar adentro». Lánzate, confía en mí.

Cuando esto suceda, no le demos vueltas. No queramos confiar en nuestra razón. No te mires a ti mismo. Mira a Aquel que te está hablando y hagamos nuestras las palabras de Simón: «Señor, por tu palabra, echaré las redes». Esta respuesta de Simón implica, por una parte, plena confianza en aquel que está hablando. Por otra parte, el convencimiento de que tiene poder para obrar. Queremos aprovechar la ocasión, para señalar que cuando Simón dice al Señor “por tu palabra”, no se esta refiriendo únicamente al sonido salido de sus labios. En la Escritura la expresión “por tu palabra”, equivalente a “por tu nombre” tiene el mismo significado que si decimos “por tu poder”. Quiere decir esto que, cuando Simón le ha dicho al Señor por tu palabra, está diciendo lo mismo que por tu poder.

Alegrémonos pues, tenemos un Dios cuya palabra es potente y realiza aquello que dice. Él conoce nuestra debilidad como conocía la de Simón-Pedro, por eso está siempre dispuesto a echarnos una mano.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NINGÚN PROFETA ES BIEN MIRADO EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 1, 4-5.17-19 * 1Cor 12,31—13, 13 * Lc 4, 21-30

El evangelio de este domingo es continuación del de la semana pasada. Vemos a Jesús que en la sinagoga ha proclamado la lectura del libro del profeta Isaías, y al terminar, dirigiéndose a la asamblea dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

Los presentes se admiran de las palabras de gracia que salen de sus labios, pero al mismo tiempo surge en su interior una duda: «¿No es éste el hijo de José?». Dicho de otro modo: ¿Cómo es posible que éste, al que todos conocemos, el hijo del carpintero, el hijo de José, hable así? En el fondo, dan mucha más importancia a la persona que habla que al contenido de su mensaje. Por eso, el Señor, viendo su actitud les dice: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “médico cúrate a ti mismo”. Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».

Esta actitud de los habitantes de Nazaret es muy común en nuestra sociedad. Con demasiada frecuencia nos dejamos llevar por las apariencias, sin tener en cuenta aquella frase que dice: “las apariencias engañan”. Esta actitud tuvo consecuencias negativas para los vecinos de Nazaret, que dieron más importancia al hecho de conocer personalmente al Señor, que el aceptar el mensaje que les traía.

La reacción de Jesús ante la actitud de sus convecinos es dura. Están rechazando sin ningún motivo formal la salvación que Él les trae de parte del Padre. «Os aseguro, les dice, que ningún profeta es bien mirado en su tierra». Y para demostrarlo les cita el caso de la viuda de Sarepta de Sidón en tiempos del profeta Elías, y el de Naamán el Sirio, leproso en tiempos del profeta Eliseo. Ninguno de los dos pertenecía al Pueblo de Dios. Los dos eran gentiles. Sin embargo, el Señor tuvo misericordia de la viuda salvándola de una muerte segura por falta de alimentos, y la tuvo también de Naamán librándolo de su lepra después de introducirse siete veces en el río Jordán.

Esta respuesta enfurece a los vecinos de Nazaret, que entienden perfectamente lo que el Señor quiere decirles, pero en vez de convertirse y reconocer su error, agarran a Jesús y a empujones lo sacan fuera del pueblo hasta un barranco, con intención de despeñarlo. San Lucas nos dice que Jesús se abre paso entre ellos y se aleja.

Nosotros tenemos también el peligro de obrar de una manera semejante. Damos más importancia al aspecto exterior de las personas que al mensaje que quieren transmitirnos. En la historia de salvación han sido contadas las ocasiones en que el Señor se ha manifestado al hombre mostrando signos extraordinarios. En el evangelio sólo lo ha hecho en una ocasión, en la Transfiguración. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Sencillamente, para no violentar nuestra libertad. Dicho de otra manera, para no obligarnos a creer en él a la fuerza. Para dejarnos libres a la hora de aceptarlo o rechazarlo.

Nosotros estamos en la Iglesia. Hemos nacido y crecido dentro de ella. Somos los primeros beneficiarios de los dones del Señor, pero tenemos el peligro de rechazar, como los habitantes de Nazaret, la salvación que se nos ofrece. Es necesario convertir nuestro corazón, reconocer nuestras limitaciones y pecados, y aceptar el amor y el perdón que el Señor gratuitamente nos brinda.


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10 * 1 Cor 12, 12-30 * Lc 1, 1-4; 4, 14-21

La Iglesia nos ofrece hoy el inicio del evangelio de san Lucas, que es el que corresponde al ciclo litúrgico C, que celebraremos durante el presente año.

De los cuatro evangelistas san Lucas es el único que no ha conocido al Señor Jesús. Es médico y ha acompañado a San Pablo en alguno de sus viajes. Es también el evangelista más culto. Escribe en griego y, como escucharemos hoy, se ha preocupado en investigar cuidadosamente la vida del Señor, a fin de poder transmitirla de la manera más fiel. Probablemente visitó a la Virgen María, de quien recibió información directa sobre la Anunciación, el Nacimiento y los primeros años de vida del Niño Jesús. Su evangelio, es denominado Evangelio de la Misericordia, porque son muchos los pasajes en los que destaca de una manera especial, el amor, la comprensión y la misericordia del Señor Jesús hacia los pecadores.

San Lucas nos presenta hoy el inicio de la predicación del Señor Jesús en Galilea. Lo vemos en la sinagoga de Nazaret, en donde se ha criado, participando en la celebración del Sabat. Puesto en pie para hacer la lectura le entregan el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encuentra el pasaje en que esta escrito:

            «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Devuelve el libro, mientras toda la asamblea tiene los ojos fijos en él, que empieza a hablar diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

            Isaías, en este pequeño párrafo de su libro, y más de doscientos años antes de Jesucristo, resume perfectamente la misión que el Señor ha recibido del Padre y para la que ha sido enviado a la tierra. Ha venido fundamentalmente a darnos a conocer una noticia que afecta directamente a la vida del hombre. Nos hace saber que, a pesar de que nosotros a causa de nuestros pecados hemos vuelto la espalda a Dios, y hemos dado culto a ídolos como el dinero, el poder, el sexo, etc., Dios-Padre, nunca ha dejado de amarnos y de preocuparse por nosotros. Por el pecado, nos hemos vuelto ciegos, pobres, hemos perdido nuestra libertad y hemos vivido oprimidos por el maligno.

            Para remediar todo esto, para darnos a conocer su amor que está muy por encima de todas nuestras miserias, Dios-Padre nos envió a su propio Hijo para testimoniarnos su amor y su perdón.

            La salvación que vino a traernos el Señor abarca a toda la humanidad, y por tanto ha de ser conocida por todos los hombres. Por eso, y aquí llega la razón por la que el Señor nos ha elegido a ti y a mí, hoy, que ya no vive físicamente en medio de los hombres, ha querido encarnarse en ti y en mí, haciendo de nosotros otros cristos, para que la Buena Noticia de su salvación sea conocida por todos. De manera que este evangelio, hoy, se refiere a ti y a mí, porque es a través de nosotros cómo ha de llegar a los demás la salvación del Señor. Hoy, somos nosotros los que por el Espíritu del Señor estamos llamados a abrir los ojos de los ciegos, a libertar a los cautivos y a anunciar a todos la salvación y la misericordia de Dios. El Señor, que camina junto a nosotros, nos ayudará, sin duda, a cumplir esta misión.