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EL JUICIO DE DIOS, EL INFIERNO Y LA SALVACIÓN

EL JUICIO DE DIOS, EL INFIERNO Y LA SALVACIÓN

EL JUICIO DE DIOS, EL INFIERNO Y LA SALVACIÓN

 

Durante la primera parte del Adviento la liturgia hace referencia en repetidas ocasiones a la segunda venida del Señor. Asociada a esta realidad aparece otra, el Juicio Universal, y ésta a la vez a la persona del Señor Jesús como juez de vivos y muertos.

La predicación sobre este pasaje del final de los tiempos y del juicio consiguiente, durante generaciones ha amedrentado a los creyentes, hasta el punto de que el sólo hecho de mencionar el Juicio Final hiciera temblar a más de uno. Incluso de algunos santos se cuenta que sintieron verdadero horror al pensarlo. Sin duda, el origen de este horror hay que buscarlo en el hecho de confundir el santo temor de Dios, con el miedo a Dios. No cabe la menor duda de que eso es lo más absurdo que se pueda imaginar. Llegar a tener miedo a nuestro propio Padre es algo que jamás debería haber ocurrido.

El origen de este miedo hay que buscarlo en la formación religiosa que hemos recibido. Sin duda tiene mucho que ver la definición que sobre Dios nos enseñaron de pequeños, y que decía, más o menos, que “Dios era un ser bueno, sabio, todopoderoso… premiador de buenos y castigador de malos.” Con esta definición, se equiparaba la justicia divina a la justicia humana. Sin embargo, esta manera de pensar es errónea, porque la justicia divina, muy diferente a la justicia humana, consiste en hacer justos a los injustos. Esto, nuestro Padre del cielo, lo llevó a cabo en la Cruz del Señor Jesús, porque, con el derramamiento de su Sangre, todos nosotros, injustos y pecadores, fuimos lavados de nuestros pecados y constituidos justos a los ojos de Dios nuestro Padre.

Esta justificación y salvación es universal, quiere esto decir que abarca a la humanidad entera. San Pablo dice en su Carta a los Romanos que, «si por el delito de uno sólo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos». También podemos citar al respecto las palabras de la Escritura en las que se dice: «Dios no hace acepción de personas». Su salvación es universal, de acuerdo también con lo afirmado por san Pablo en su primera carta a Timoteo: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

Lo afirmado anteriormente podría poner en entredicho el Juicio universal y también la existencia del Infierno. Sin embargo, nada más lejos de esto. Con referencia al juicio, San Juan dice en su evangelio: «Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Y el Hijo, preguntamos, ¿cómo ha llevado a término este juicio? En su evangelio, san Juan pone en boca del Señor Jesús: «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios».

El Hijo, sin ninguna duda, ha llevado a cabo este juicio en la Cruz, de manera que todos nuestros pecados, que merecían la condenación, han quedado clavados en ella. Desde la Cruz, el Señor Jesús ha derramado abundantemente su misericordia, de manera que todas nuestras miserias y rebeldías han sido lavadas en su Sangre. Todo aquel que acepta esta misericordia y esta salvación no es juzgado, porque ya se halla libre de pecado. Sin embargo, en aquel que rechaza libremente la misericordia del Señor, los pecados permanecen y no puede, por tanto, experimentar la salvación.

De todo esto se deduce que el Juicio Universal será mucho más sencillo de lo que podamos imaginar. Aquellos que se hayan acogido a la misericordia de Dios, y estén libres de toda culpa por los méritos de Jesucristo, escucharán de labios del Señor aquellas palabras: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, y heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo». Sin embargo, aquellos que libremente hayan rechazado la misericordia de Dios y su salvación, escucharán de labios del justo Juez: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles».

De esta última frase se deduce, con toda seguridad, la existencia del infierno. Siempre se ha afirmado que la existencia del infierno es fruto de la justicia del Dios, ya que sería injusto que aquellos que no practicaron la justicia, aquellos que oprimieron al débil, o aquellos no respetaron la vida de los demás, etc., recibieran al final el mismo trato de parte del Señor, que los que obraron rectamente. Esta manera de razonar es propia de aquellos que entienden la justicia Dios, como semejante a la justicia de los hombres.

Creemos, sin embargo, que la manera de obrar del Señor al respecto es otra. El Señor es el que «hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos». El Señor, tanto a unos como a otros, les dio la vida para que tuvieran una existencia feliz unidos a Él por el amor. Además, y fruto de un amor sin límites a su criatura, les dio el don inconmensurable de la libertad. No quería ser amado a la fuerza.

Cuando el hombre pecó, el Señor puso de nuevo de manifiesto el inmenso amor que sentía hacia su criatura, haciendo que su Hijo se encarnara, anunciara su amor sin límites, y entregara su vida en rescate de los hombres. La salvación, como ya hemos apuntado, era universal, o sea, para todos los hombres sin distinción de raza, sexo, o religión. Sin embargo, una vez más, el Señor respetaba escrupulosamente la libertad del individuo, de manera que nadie se viera obligado a aceptar a la fuerza su salvación.

Vista esta realidad, y aunque repele a nuestra razón, afirmamos que la existencia del infierno es también un rasgo del amor de Dios. Era necesario crear un lugar en donde tuvieran cabida aquellos que rechazan su salvación y su misericordia, que blasfeman continuamente su Nombre, que lo consideran su enemigo y que sienten hacia él un odio rencoroso. Un lugar en donde pudieran continuar renegando de él e insultándolo por toda la eternidad.

Entendido así, el infierno no debe considerarse como un castigo, ya que ha sido una elección voluntaria de los condenados al rechazar la misericordia divina. Hay que considerarlo, pues, como la solución para aquellos que rechazan el amor Dios, su misericordia y la salvación que ha dispuesto para todos los hombres desde toda la eternidad.

Para los demás, para los que obran con recta intención, para los que se acogen a su misericordia, para aquellos que aun sin conocerle no rechazan conscientemente la salvación, el Señor, por caminos que sólo él conoce, hará que, por los méritos de Jesucristo, les alcance también la salvación eterna.

DOMINGO III DE ADVIENTO -C-

DOMINGO III DE  ADVIENTO -C-

«YO OS BAUTIZO CON AGUA... VIENE EL QUE OS BAUTIZARÁ CON ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: So 3, 14-18a * Flp 4, 4-7 * Lc 3, 10-18

Estamos en el tercer domingo de Adviento. La Palabra hasta ahora nos ha hablado de vigilancia, de conversión, de espera ilusionada de la venida del Señor. Es fácil que a nosotros nos ocurra lo mismo que a los que escuchaban la predicación de Juan el Bautista. A ellos, en el evangelio de hoy, los vemos acercarse a Juan para decirle: «Entonces, ¿qué hacemos?».     

También a nosotros nos gusta ir a lo práctico. A pesar de decir que somos amantes de la libertad, por comodidad nuestra, nos gustaría saber la fórmula práctica en cada caso. Tú dime, ¿qué tengo que hacer? Seríamos capaces de renunciar a nuestra libertad, para caer de nuevo en la esclavitud de la ley. De esta forma nuestra salvación dejaría de ser un regalo del Señor, para convertirse en un fruto de nuestro esfuerzo.

La respuesta de Juan no deja lugar a dudas. Resumiendo, les dice: Piensa más en los demás y vete olvidándote de ti mismo. Si nos fijamos, su respuesta encierra lo que nos dice la segunda parte del Shemá: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esto lo tenía muy claro san Juan. Lo vemos en su primera carta cuando nos dice: “Para llegar al amor de Dios, al que no vemos, el mejor camino que tenemos es el amor a los hermanos a los que vemos, y que están cerca de nosotros”.

Fijémonos como lo hace Juan el Bautista. En primer lugar, invita a la gente corriente a compartir con los necesitados vestido y comida. A los recaudadores, los publicanos, que se dedican a cobrar los impuestos les dice, que no exijan más de lo debido y que no se enriquezcan a costa de los demás. A unos militares que también le preguntan responde: «No hagáis extorsión a nadie. No abuséis de vuestra autoridad… ».

Como ya hemos dicho, Juan Bautista, con estas respuestas les ayuda a ver que, para recibir el Reino de Dios como es debido, la mejor fórmula es olvidarse de uno mismo y pensar más en los demás. Esto es, al fin y al cabo, vivir en conversión.

El pueblo, que en aquel entonces estaba expectante ante la posible aparición del Mesías, escuchando la predicación de Juan, llega a pensar si no sería él el Mesías. Pero Juan, que sólo es el testigo de la Verdad, sólo es el amigo del Novio que anuncia su llegada, niega esta posibilidad y, mostrando su humildad, dice que no es merecedor de desatar al Mesías la correa de sus sandalias. Es ésta, la persona extremadamente humilde, que conoce su misión y la lleva cabo a rajatabla.

También el Señor nos ha llamado a ti y a mí para que en esta generación anunciemos su venida. La salvación y la felicidad de muchos, empezando por la de aquellos que nos rodean, depende de que, sin buscar protagonismo como Juan, hagamos llegar la Buena Nueva del Reino a todos aquellos que viven cerca de nosotros. A nuestros familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, etc. Nuestra misión, es anunciar con humildad que el Señor viene, que el Reino de Dios está cerca, que el Señor, que nos ama y nos perdona siempre, desea la felicidad para todos. Que no hemos de temer el encuentro con Él, que siempre que aparece en la vida del hombre, lo hace para salvar.

Vivimos en una generación descreída que se aleja Dios con gran rapidez. Que nunca ha oído hablar de que su perdón y su misericordia son universales. Una generación que al único Dios que conoce es aquel que aprendió en el Catecismo: «Premiador de buenos y castigador de malos». Un Dios que en breve veremos nacer pobre y humilde en Belén, y que un día vendrá glorioso a salvar a todos aquellos que se acojan a su misericordia, y no rechacen su salvación.


DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

«PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Ba 5, 1-9 * Flp 1, 4-6.8-11 * Lc 3, 1-6

Los tres personajes más importantes del Adviento son, la Virgen María, que espera con ilusión el nacimiento de su Hijo, el profeta Isaías que es el profeta del Adviento y que nos anuncia la llegada del Emmanuel, el Dios con Nosotros; finalmente, la tercera figura relevante de este tiempo es Juan el Bautista, que tiene como misión preparar al pueblo para la inminente manifestación del Mesías.

Hoy, san Lucas, nos habla de este último, Juan el Bautista, que recorre toda la orilla del Jordán predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados. Da cumplimiento de este modo a la profecía de Isaías que dice: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y las colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale».

Hoy, es a nosotros, a ti y a mí, a los que Juan llama a conversión. Nos llama a reconocer nuestros defectos y nuestros fallos. Ese es el camino para que se nos perdonen los pecados. Somos nosotros los que hemos de salir de nuestra burguesía, de nuestra modorra, de nuestra vida acomodada. Vivimos en esclavitud, pero nos hemos acostumbrado y procuramos llevarlo lo mejor posible. Juan quiere sacarnos de esta vida chata, para mostrarnos la llegada de Aquel que dará sentido a nuestra vida, haciéndola verdaderamente feliz.

Para esto nos llama a conversión, nos llama a preparar nuestro corazón a la venida del Mesías. Es necesario por tanto allanar sus caminos. Es necesario salir de los valles del desánimo que siembra en nuestro interior nuestro enemigo el Maligno. Su misión es convencernos de que no podemos salir, de que no podemos hacer nada frente a nuestros vicios y nuestras manías.

Allanar el camino al Señor implica también, rebajar los montes y las colinas. Los montes de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestro convencimiento de ser mejores que los demás, que nos lleva continuamente a juzgar a los otros creyéndonos superiores a ellos. El Señor viene humilde y se manifiesta a los humildes.

Con el Señor viene la salvación, pero, para poder experimentarla, hemos de reconocer primero nuestras limitaciones, nuestras faltas y pecados. Eso es convertirnos. Pero la conversión no es algo que dependa sólo de nuestro esfuerzo. Nosotros solos no podemos convertirnos. Es el Señor el que puede darnos la conversión, si nosotros estamos dispuestos a ello y se lo pedimos. El Adviento viene en nuestra ayuda. Nos recuerda que el Señor está próximo, que viene y viene para salvarnos.  


DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

«CUANDO SUCEDAN ESTAS COSAS, LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA; SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN»

 

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 33, 14-16 * 1Tes 3,12—4,2 * Lc 21, 25-28.34-36

Damos comienzo con este domingo al Adviento, y con él a un nuevo año litúrgico. La mayoría de las lecturas que la Iglesia nos ofrecerá estarán tomadas del evangelio de san Lucas, que es el que corresponde al ciclo litúrgico C, que es el que iniciamos hoy.

Las lecturas de este primer domingo de Adviento seguirán la misma línea, que las que vimos en el penúltimo domingo del año hace quince días. De este modo, el final del año y el inicio del nuevo, convergen al anunciar los dos, cada uno de un evangelista distinto, la segunda venida del Señor. Esta circunstancia es natural ya que, durante la primera parte de este tiempo litúrgico, hasta el día 17 de diciembre, la Iglesia nos hace presente la segunda, la última venida del Señor.

San Lucas nos narra con detalle los terribles acontecimientos que sucederán en toda la creación, y de cómo el miedo y la ansiedad se apoderará de los hombres. Serán días terribles que precederán a la venida del Hijo del Hombre, que se hará presente con gran poder y majestad.

En el evangelio, el Señor nos previene para que nos mantengamos alerta y que no nos dejemos arrastrar, ni por los placeres, ni por los agobios de la vida. El Señor vendrá de improviso y caerá como un lazo. Lo importante es que, «estemos despiertos pidiendo fuerza, para escapar de todo lo que está por venir, a fin de poder mantenernos en pie delante del Hijo del Hombre».

Aunque estos hechos parezcan sacados de una narración de ciencia ficción, no hay nada más cierto. El universo creado por Dios, no es eterno. Tuvo un principio y tendrá así mismo un fin. Cuando será, no podemos averiguarlo. Razón de más para mantenernos en constante alerta. No hemos de vivir con el corazón oprimido, pero tampoco podemos actuar como si estos hechos no fueran con nosotros.

Los creyentes, los que creemos en el Señor Jesús, tenemos una gran ventaja sobre el resto de los hombres. Sabemos por experiencia que, siempre que el Señor ha aparecido en nuestra vida lo ha hecho para salvar, y lo hará también cuando para nosotros venga, no al final de los tiempos, sino al final de nuestro tiempo, al final de nuestra vida. Un momento que no sabemos cuando tendrá lugar, pero tenemos la certeza de que antes o después llegará. Por gracia de Dios, para ti y para mí, esta circunstancia no debe amedrentarnos. Recordemos lo que nos dice san Pablo: «No hay condenación para los que están en Cristo Jesús». Por eso, si en vez de mirar nuestra miseria y nuestros pecados, lo miramos a Él, que es misericordia y amor, por esa misericordia y amor, podremos mantenernos en pie sin temor a su venida.

 


DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SE ME HA DADO TODO PODER EN EL CIELO Y EN LA TIERRA»

 

 

CITAS BÍBLICAS: Dn 7, 13-14 * Ap 1, 5-8 * Jn 18, 33b-37

Culminamos con este domingo el año litúrgico, y no podía terminar de otra manera que contemplando la figura de Cristo Rey del universo. San Pablo en su carta a los Colosenses nos dice que «Todo fue creado por Él y para él» y todo se mantiene en Él, que debe reinar hasta ver sometidos bajo sus pies a todos sus enemigos.

Vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios, un tiempo de gracia que otorga el Señor a los hombres para dar lugar a su conversión, pero este tiempo no tiene una duración indefinida, sino que un día llegará a su fin. Entonces la muerte será vencida y El Señor Jesús hará entrega de su reino a Dios Padre y se sentará a su derecha.

El Señor Jesús, en otra parte del evangelio, dirá: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Esto, para nosotros que somos débiles, que somos pecadores y que queriendo hacer el bien no podemos realizarlo, es una gran noticia. ¿Por qué? preguntas. Porque lo que tú con tu esfuerzo no puedes lograr, puedes alcanzarlo unido a Él. Él, que está sentado a la derecha del Padre, y que ha recibido todo poder, es Señor de todo lo que te oprime y te hace sufrir. Él, es más fuerte que tu egoísmo, es más fuerte que ese vicio que te domina y te hace infeliz. Es más fuerte que tus miedos y tus manías. Dios Padre lo ha puesto como Rey y Señor de todo lo creado.

En este día celebramos que el Señor Jesús, vencidos el pecado y la muerte, después de devolvernos la amistad con Dios y de recuperar para nosotros la filiación divina, se ha sentado en el cielo a la derecha de Dios-Padre con todo poder, dispuesto a suplir con su fortaleza nuestra debilidad. Podemos ahora exclamar con san Pablo en su carta a los Filipenses: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

Resumiendo, podemos preguntarnos, entonces, ¿cuál es la gran noticia que hoy nos da la Iglesia a través de esta solemnidad? La noticia que hoy te traemos es que esa situación particular a la que tú no puedes hacer frente, tiene solución. Dios-Padre, que te ha creado para ser feliz, ha dispuesto que allí donde tú no puedes llegar con tu esfuerzo, llegue el poder de su Hijo Jesucristo al que ha nombrado Rey del Universo. Rey de tu mal genio, rey de tu sexualidad descontrolada, rey de tu falta de trabajo, rey tu enfermedad y también rey de la muerte. Lo que para ti es imposible se vuelve posible con su ayuda. No estás solo. Él está a tu lado esperando que tú le digas: Señor, no puedo más, ayúdame. Haz la prueba. Invoca su nombre, su poder, y te aseguro que no quedarás confundido. 

 


DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ESTAD DESPIERTOS ESPERANDO LA LLEGADA DEL HIJO DEL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dn 12, 1-3 * Heb 10, 11-14.18 * Mc 13, 24-32

Llegamos al penúltimo domingo del Año Litúrgico. El evangelio nos hace presente la finitud de la creación. Todo lo que en ella observamos no es eterno. De la misma manera que fue creado por Dios, llegará un día en que indefectiblemente desaparecerá. También nuestra carne mortal está destinada a causa del pecado a desaparecer.

El hombre, tú y yo, separados de Dios por el pecado, estamos viviendo en el tiempo de la paciencia y de la misericordia del Señor. Se trata de un tiempo de gracia en el que ha de tener lugar la vuelta al plan original de Dios, cuando creó el universo y nos dio vida a nosotros. Su deseo era que, salidos de Él y después de un tiempo viviendo en el paraíso que había preparado para nosotros, volviéramos de nuevo a Él para disfrutar en su presencia por toda la eternidad.

Nosotros, usando mal del enorme regalo de la libertad, nos separamos de Dios y en vez de tenerle como al primero, dimos culto a las criaturas. Como consecuencia, separados de la Vida, nos vimos inmersos en la muerte. Como respuesta a esta situación de pecado, Dios-Padre envió al mundo a su Hijo, el Señor Jesús, que, revistiéndose de una carne mortal como la nuestra, asumió totalmente nuestra naturaleza excepto en lo referente al pecado. Vino en humildad para cargar con todos nuestros pecados y para destruir con su muerte nuestra muerte. Resucitado del sepulcro, derramó sobre nosotros su Espíritu y nos devolvió la filiación divina.

Hoy, en el evangelio, el Señor anuncia a sus discípulos la gran tribulación del final de los tiempos y su regreso, su segunda venida, que ya no será en humildad ni en relación con el pecado, sino que vendrá con gran poder y majestad.

Para nosotros, el anuncio de la segunda venida del Señor ha de llenarnos de gozo. Nada hemos de te temer. Vivimos en este mundo desterrados. Estamos lejos de nuestra mansión definitiva. Nuestra patria es el cielo. Por eso, este anuncio ha de servirnos para mantenernos vigilantes, esperando la liberación de nuestro cuerpo. El Señor nos lo dice en otra parte del evangelio: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

Hemos de estar atentos leyendo los signos de los tiempos, porque, como afirma el Señor Jesús, «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre». Por lo tanto, no podemos montar aquí nuestra tienda como lo hace el mundo, sino vivir vigilantes sabiendo que en el mundo sólo estamos de paso.

También tenemos que tener presente que, seguramente, nadie seremos testigos del final de los tiempos, pero que, con toda seguridad, tu final y mi final, llegará como un ladrón en la noche en el día menos esperado. No hemos de temer. El encuentro con el Señor siempre sucede para bien. No seamos rebeldes y dispongámonos cada día a ese encuentro que transformará por completo nuestra existencia.


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 17, 10-16 * Heb 9, 24-28 * Mc 12, 38-44 

Vimos la semana pasada que el Señor Jesús decía que el mandamiento principal de la Ley es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todo tu ser». Pues bien, hoy, el Señor, en el evangelio nos muestra esta palabra de vida encarnada en una pobre viuda.

Encontramos al Señor Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observando cómo los devotos van depositando sus ofrendas. Algunos, como los ricos, lo hacen en abundancia y de forma ostentosa. De momento, llega una pobre viuda y sólo echa en el cepillo dos reales. Nadie se ha fijado en ella, pero, de inmediato, el Señor llama a sus discípulos y les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir

Una forma práctica que tenemos para comprobar si amamos a Dios con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas, es observar nuestro comportamiento con las riquezas, con el dinero. Dice la Escritura que «no se puede servir a Dios y al dinero.» Yo ahora te pregunto: ¿Amas a Dios como la viuda del evangelio que, dejando aparte su situación precaria, no tiene inconveniente en desprenderse de esos dos reales que son todo lo que dispone para vivir?

Quizá, tú y yo hubiéramos actuado de manera diferente. Hubiéramos intentado cubrir nuestra necesidad de alimento en primer lugar, para luego darle al Señor las sobras, pensando que obrábamos de una manera lógica y justa. ¿Cómo podía el Señor permitir que muriéramos de hambre? Hasta ahí llega nuestra fe. Hasta ahí confiamos en nuestro Padre Dios. Hasta ahí tenemos nuestro corazón pegado al dinero.

Somos cristianos que practicamos aquello de “nadar y guardar la ropa”. Somos incapaces de depositar nuestra confianza en Aquel que dijo al hablar de la comida y del vestido: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.» Esa era, sin duda, la fe de la viuda pobre del evangelio.

Constatar que estamos lejos de tener esa fe no ha de hacernos caer en el desánimo, pero sí que ha de servir para no vivir alienados, para tocar nuestra pobreza, nuestra falta de fe, de manera que no nos creamos mejores que los demás. Mejores que los que viven alejados de la Iglesia. Conocer nuestra realidad nos ha de ayudar a no entrar en juicio con los otros. El Señor te ha llamado a su Iglesia y te ha colmado de sus dones. No los utilices en beneficio propio, como los escribas y fariseos, para considerarte superior. Bendice al Señor en tu corazón, dale gracias y pídele que aumente tu poca fe. Que te ayude a tenerle a Él como al primero por encima de la familia, de los amigos, del trabajo, de la salud, y sobre todo, por encima de las riquezas, del dinero. Él, no se deja ganar en generosidad, y nos ha prometido aquí en la tierra el ciento por uno y después vida eterna.


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ESCUCHA ISRAEL, EL SEÑOR NUESTRO DIOS ES EL ÚNICO SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 6,2-6 * Heb 7,23-28 * Mc 12,28b-34

El evangelio de este domingo arroja luz sobre una cuestión, o más bien, un problema, que todos tenemos necesidad de resolver. En el fondo de toda persona, hombre o mujer, existe un deseo que nos impulsa a encontrar una solución a fin de alcanzar la felicidad en nuestra vida.

No hemos sido creados para el sufrimiento, el dolor o el sinsentido. Nuestra vida está catapultada hacia la plenitud. Es el ansia que todos tenemos, aunque no lo confesemos. Lo que sucede es que nacemos todos con el pecado de origen, que ocupa en nuestro corazón el lugar del amor de Dios. Esta situación hace que busquemos en las criaturas satisfacer nuestro deseo de felicidad sin conseguirlo. Resumiendo, estamos creados para una vida plena y feliz, pero la realidad es que nos encontramos insatisfechos sin lograr alcanzar esa felicidad.

Para iluminar esta situación existencial del hombre, el Señor, en el Sinaí, entrega al hombre su Ley. Esta ley tiene como finalidad arrojar luz sobre este conflicto interno de la lucha interior. Esta ley muestra el camino de la verdadera felicidad. Por eso hoy, vemos en el evangelio a un letrado, un estudioso de la ley, que pregunta al Señor: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Responde Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “amarás a tu prójimo como a ti mismo.”»

El letrado, que se ha acercado al Señor con recta intención, replica: «Muy bien Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.».

Esta es la clave de tu felicidad y la mía. No hemos sido creados para otra cosa. Para ser inmensa y eternamente felices teniendo en el corazón el amor de Dios, y pudiendo a la vez amarle nosotros con todo nuestro ser.

Esto, que en principio parece tan sencillo, no está al alcance de nuestra mano. Para nosotros es imposible llevar a la práctica este primer mandamiento. Nosotros, por el pecado que llevamos dentro, no podemos amar de verdad. Lo que queremos es que nos amen, porque lo único que puede hacernos vivir plenamente es el amor. Pero no un amor cualquiera. Cada día experimentamos que lo que reina en nosotros, lo que nos domina, es el pecado que nos hace esclavos de la muerte, una muerte a la que no podemos vencer.

Precisamente, para vencer esa muerte, nuestro Padre Dios envió al mundo a su Hijo revestido de una carne mortal como la nuestra. Una carne que, a modo de esponja, absorbió el pecado de toda la humanidad. El veneno de ese pecado lo llevó a la muerte. Murió con el corazón destrozado por ti y por mí. Sin embargo, su condición de Dios lo hizo resucitar saliendo vencedor del sepulcro, haciéndonos partícipes por su Espíritu de su victoria sobre la muerte. De modo que, libres del pecado, recobráramos de nuevo la capacidad de amar.

Hoy, tú y yo, con el Espíritu del Señor Resucitado en nuestro interior, podemos llevar a la práctica el primer mandamiento, amando a Dios sobre todas las cosas, y experimentando en nuestro interior su amor, que nos hace plenamente felices.