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DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«AMA AL SEÑOR TU DIOS CON TODO EL CORAZÓN Y A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

 

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 30, 10-14 * Col 1, 15-20 * Lc 10, 25-37

En el evangelio de hoy un letrado hace al Señor una pregunta de enorme importancia: «¿Que tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Como respuesta, el Señor, a su vez, hace también al letrado una pregunta: «¿Qué esta escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» El escriba, que conoce muy bien la Ley, recita al Señor el Shemá: «Amar a Dios sobre todo, y al prójimo como a uno mismo».

Sin duda, estos dos primeros preceptos, nos muestran la gran sabiduría de Dios que es el origen y principio de toda la Ley. Dios ha dado al hombre estas dos normas que son las dos columnas fundamentales, sobre las que se basa la vida y la convivencia de los hombres.

Heredar la vida eterna significa alcanzar la salvación. Quizá algunos podrán pensar, así nos lo enseñaba el catecismo, que para salvarse es indispensable cumplir los Mandamientos. Sin embargo, me permito recordar lo que el mismo Catecismo decía después de haber enumerado los diez preceptos: «Estos diez mandamientos se encierran en dos: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo». Quiere decir esto que el que obedece a sus padres, no mata, no fornica, no roba, etc. lo que en el fondo está haciendo es amar al otro, querer al otro, evitando de todas todas, hacerle ningún daño.

Amar a Dios implica necesariamente amar al otro. A tu mujer, a tus hijos, a tus familiares y vecinos, a tus compañeros de trabajo, o al primer desconocido que se cruza en tu camino. Así lo entiende el samaritano de la parábola que el Señor propone al letrado, cuando éste le pregunta «¿quién es mi prójimo?» Para el samaritano, su prójimo era aquel pobre hombre que había caído en manos de los bandidos. Para él, era un extraño, no lo conocía de nada. Sin embargo, lo que estaba claro era que se trataba de alguien que necesitaba ayuda inmediata, y él no lo dudó. Hizo por él todo lo que pudo, y aún más, al hacerse cargo de los gastos que pudiera acarrear su cuidado.

De estos dos preceptos, amar a Dios y amar al prójimo, sin duda, el más importante, el primero, es amar a Dios sobre todas las cosas. Sucede, sin embargo, que el camino que nosotros hemos de recorrer para llegar a amar a Dios, pasa, necesariamente, por amar previamente al prójimo. No se puede amar a Dios, si, antes, no se ama al hermano. Esto lo expresa muy bien san Juan cuando en su primera carta dice: «Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve».

Este amar a Dios a través del amor al hermano no es una contradicción, todo lo contrario. Nosotros, para amar, necesitamos conocer el objeto de nuestro amor, y eso en nuestra relación con Dios es imposible. No en balde dice el mismo san Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Es el Hijo el que nos lo ha dado a conocer».

Para ti y para mí que queremos amar a Dios sobre todo, y que queremos que Él sea el primero en nuestra vida, el Señor ha puesto a nuestro alrededor personas a las que podamos amar, personas por las que, como el samaritano, podamos perder la vida. No desaprovechemos la ocasión, porque dándonos a esas personas, llegaremos a conocer el amor de Dios, que también las ama como a nosotros nos ama.


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«ALEGRAOS DE QUE VUESTROS NOMBRES ESTÉN INSCRITOS EN EL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 66, 10-14c * Ga 6, 14-18 * Lc 10, 1-12.17-20

En el evangelio de este domingo vemos al Señor Jesús que envía a la misión a setenta y dos de sus discípulos, mientras les dice: «La mies es abundante y los obreros pocos». Hoy, la situación de la sociedad no es mejor que aquella que nos muestra el evangelio. Vivimos en una sociedad materialista, hedonista, descristianizada. Hoy, quizá más que entonces, la mies es abundante pero los obreros escasos.

Dios, dice san Pablo, «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Precisamente por esto, envió Dios-Padre a su Hijo Jesucristo al mundo, para que hiciera llegar a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación. Deseaba que todos conocieran que su misericordia y su amor eran infinitamente más grandes que sus pecados.

De igual manera que entonces tuvo necesidad de enviar a sus discípulos a anunciar la Buena Nueva del Reino, también hoy pone en nuestras manos la misión de ser testigos de su amor y su misericordia, en medio de una sociedad que, o le ignora porque lo desconoce, o lo rechaza abiertamente. Sin embargo, su voluntad de que la salvación alcance a todos, continúa siendo la misma.

Si tú y yo hoy estamos en la Iglesia, no lo estamos para salvarnos individualmente. El Señor nos ha elegido para que seamos sus manos, sus pies, su boca. Quiere hacer llegar a través de nosotros a todos su salvación. Sin embargo, no puede hacerlo sin nuestra colaboración. A través de nuestra vida nos ha demostrado con acontecimientos, que sigue vivo y resucitado, que está presente y que quiere que los demás, viéndonos, viendo la obra de salvación que realiza en nuestra vida, lleguen también a conocerlo. San Pablo dice que estamos llamados a ser “otros cristos”, de manera que aquellos que nos rodean, a través de nosotros se encuentren con el Padre del cielo. O sea, que se hagan realidad las palabras del Señor Jesús cuando en el Sermón del Monte dice: «Para que los hombres, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo».

En este envío a los setenta y dos que nos recuerda que también nosotros somos enviados, el Señor nos muestra, por una parte, los peligros que encontraremos en la misión, y por otra parte nos recuerda cuál ha de ser nuestra actitud y disposición. No esperemos que la gente nos reciba con los brazos abiertos. El demonio hará todo lo posible para hacernos fracasar, y llegará a empujar a algunos para que nos persigan. El Señor Jesús lo advierte con claridad: «¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos».

El Señor también nos recuerda cuál ha de ser nuestro bagaje al dirigirnos a la misión. No podemos llevar nada que tengamos que defender: ni dinero en la talega, ni comida en la alforja, ni sandalias en los pies. Nuestra carga ha de ser el amor hacia aquellos a los que nos dirigimos, haciéndoles partícipes de nuestra paz y anunciándoles que: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios».

La paga que recibiremos será la alegría y la paz interior, al ser los primeros beneficiados del anuncio de la Buena Nueva. Sin embargo, como dice el Señor, lo que de verdad nos ha de alegrar, es que «nuestros nombres estén inscritos en el cielo».


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EL HIJO DEL HOMBRE NO TIENE DONDE RECLINAR LA CABEZA»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 16b.19-21 * Ga 5, 1.13-18 * Lc 9, 51-62

En la primera parte del evangelio de hoy, aparece, una vez más, la misericordia del Señor para con los pecadores. Jesús camina con sus discípulos desde Galilea hacia Jerusalén. En el trayecto han de pasar necesariamente por Samaria. En una de las aldeas de esta provincia se detienen con la intención de encontrar alojamiento. Los samaritanos se lo niegan porque no toleran que se dirija a Jerusalén. Juan y Santiago, muy enojados (recordemos que el Evangelio los llama “los hijos del trueno”), le dicen al Señor: “¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” Jesús les reprende y continúa su camino, esperando descansar en otro lugar.

Reflexionemos un poco sobre este fragmento del evangelio. Tu actitud, ¿de quién está más cerca, de Santiago y Juan, o del Señor? Nosotros, seguramente hubiéramos hecho lo mismo que los dos hermanos. No hubiéramos tolerado este desprecio. Esta es nuestra realidad, pero conocerla no ha de ser para nosotros motivo de escándalo. Ya es un don que comprobemos cómo la Palabra nos hace descubrir cómo somos. Nos hace ver lo que tenemos en nuestro interior. Pero al mismo tiempo hemos de ser conscientes de que la respuesta del cristiano, no ha de ser nunca la venganza sino el perdón.

En la segunda parte del evangelio de hoy, la actitud del Señor contrasta fuertemente con la que acabamos de ver. Quizá nos parezca demasiado exigente y demasiado duro. A uno que se acerca con la intención de seguirle le contesta sin más: “Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.” Podemos imaginar cómo se quedaría aquella persona.

A otro, le dice: “Sígueme”, a lo que él responde: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre.” Pero el Señor le contesta de inmediato: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.”

Finalmente, encuentra a otro que le dice: “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.” Jesús, le da por toda respuesta: “El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.” 

La única razón que encontramos para explicarnos este comportamiento del Señor, hay que buscarla en la trascendencia que tiene la misión de aquellos a los que Él llama. La salvación de muchos depende de su manera de actuar. No es posible andar con medias tintas. Es mucho lo que está en juego. Lo vemos claro en la entrega total del Señor Jesús que, por la salvación de los hombres, derramó en la cruz hasta la última gota de sangre. Cristo, con el corazón traspasado, exangüe y muerto en la cruz, nos muestra cómo a la empresa de salvar al hombre del pecado y de destruir la muerte que éste le ha acarreado, no se le puede anteponer absolutamente nada. Ni familia, ni amistades, ni bienes materiales, ni salud, etc., deben distraer nuestra atención. Primero buscar el Reino de Dios y su justicia trabajando para que la salvación alcance a todos los hombres. Luego vendrá todo lo demás que se nos dará por añadidura.

A esto nos llama el Señor. Él está dispuesto a suplir con su fortaleza nuestra debilidad. Ha derramado su Espíritu sobre nosotros. Está a nuestro lado para ayudarnos y quiere darnos como premio, empezar a saborear ya aquí la vida eterna, para después gozarla en plenitud.

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -C-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -C-

«ALABADO SEA EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 14, 18-20 * 1Cor 11, 23-26 * Lc 9, 11b-17

Con la fiesta del Corpus Christi completamos las cuatro solemnidades que la Iglesia celebra en este tiempo: Ascensión, Pentecostés, Santísima Trinidad y Corpus Christi.

Cuando este día era fiesta de precepto, el Corpus Christi se celebraba el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad. No es nuestro caso, y por eso, en vez del jueves, lo celebramos el domingo siguiente.

La institución de la Sagrada Eucaristía tuvo lugar el jueves antes de la Pasión del Señor en la Última Cena. Fue en aquella Cena Pascual donde el Señor Jesús, mostrando hasta donde llegaba su amor por sus discípulos, y en ellos, su amor por todos nosotros, llevó a cabo el milagro más grande de todos los realizados en su vida mortal. Sabía que había salido del Padre y al Padre volvía, pero no quería apartarse de nuestro lado de una manera definitiva. Quiso quedarse con nosotros bajo la forma física del pan y el vino. Quiso que su Cuerpo y su Sangre fueran para nosotros alimentos de vida.

Con el milagro de la Eucaristía, el Señor daba cumplimiento, por una parte, a la promesa hecha a sus discípulos antes de su Ascensión cuando les dijo: «Y ved, que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos». Sabemos que, ciertamente, el Señor Jesús está vivo y resucitado en medio de su Iglesia, pero lo está de una manera eminente en las Especies Eucarísticas. No está de una manera física, sino de una manera sacramental, que no es menos real que la presencia física.

Otro aspecto fundamental de la Eucaristía, es el hecho de que el Señor no eligiera para quedarse con nosotros un objeto de metal, piedra o madera, al estilo de los objetos piadosos de otras religiones. Quiso quedarse bajo las especies de dos alimentos muy corrientes: el pan y el vino. Él, en el discurso de la sinagoga de Cafarnaúm, había dicho: «Si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros». Ahora, en la Última Cena, hacía posible que diéramos cumplimiento a estas palabras.

Hay un aspecto de la Eucaristía que atañe a nuestra vida de una manera más importante. Nosotros, discípulos del Señor, hemos recibido de El la misión de hacerle presente en nuestra generación. Estamos llamados, como dice san Pablo, a ser otros cristos. Por tanto, hemos de ir transformándonos paulatinamente en su persona. ¿Cómo hacerlo, podemos preguntarnos? Sencillamente alimentándonos con su Cuerpo y con su Sangre.

Cuando nos alimentamos con el pan y el vino, estas sustancias, como todos los alimentos, son aprovechadas por nuestro organismo para generar energía, y para que nuestras células crezcan haciendo que nuestro cuerpo se desarrolle. No sucede lo mismo con el Alimento Eucarístico. Cuando comulgamos el Cuerpo y la Sangre del Señor, este alimento no se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que nos vamos transformando poco a poco en otros cristos. Nada de esto se debe a nuestros merecimientos. Ha sido por pura dignación del Señor que hemos sido elegidos para ser la boca, los brazos y sobre todo el corazón del Señor en esta generación. Pidamos al Espíritu Santo que nos haga dóciles para poder llevar a cabo la misión para la que nos ha elegido.

 

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

«BENDITA SEA LA SANTA E INDIVISA TRINIDAD»

 

CITAS BÍBLICAS: Pr 8, 22-31 * Rm 5, 1-5 * Jn 16, 12-15

En el domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia pone a nuestra consideración el Misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Hemos dicho en repetidas ocasiones que la materia, hablando un lenguaje meramente humano, de la que está formado Dios, es el amor. Dios es amor, nos dice una y otra vez el evangelista san Juan. Sin embargo, el amor no puede manifestarse ni residir en una única persona. Necesita por tanto para darse, la presencia de dos o más personas. Esta circunstancia, en el caso de Dios, nos lleva a considerar la figura de la Santísima Trinidad. La Palabra de Dios Padre, a diferencia de la palabra humana que sólo está hecha de sonidos fruto de la vibración del aire, tiene tal entidad, tiene tal fuerza, que engendra a una segunda persona, el Hijo, totalmente distinta al Padre. Finalmente, entre el Padre y el Hijo surge el amor, que es el origen de la tercera persona, el Espíritu Santo, también totalmente diferente al Padre y al Hijo.

Las tres divinas personas tienen en nuestra vida de fe funciones distintas. Al Padre lo conocemos como creador y a la vez como Padre amantísimo y misericordioso. Ha sido el Señor Jesús, la segunda persona de la Trinidad, el que nos lo ha dado a conocer. Nos ha enseñado a llamarle Padre y, a través de las parábolas del evangelio nos ha mostrado su corazón misericordioso. Lo ha hecho, por ejemplo, en la parábola del Hijo Pródigo, en donde lo vemos como un padre que, por amor, respeta hasta el extremo la libertad del hijo, y que, cuando éste regresa fracasado y pobre, no le pide explicaciones, sino que lo llena de besos y organiza en su honor un gran banquete. Nuestro Padre-Dios es también el que, en su locura de amor por nosotros, ha entregado a su propio Hijo a la Cruz para librarnos de la muerte.

A la Segunda Persona, el Hijo, es a la que más conocemos. Por ti y por mí descendió del cielo y se revistió de una carne mortal como la nuestra. Con su Muerte y Resurrección quiso librarnos de la esclavitud del pecado, devolviéndonos la filiación divina que habíamos perdido al separarnos de Dios. Durante más de treinta años vivió como tú y como yo, sometido al trabajo, a la enfermedad y a toda clase de contrariedades de la vida. Lo único que no conoció fue el pecado. Él fue el que desde el cielo envió a la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, para que permaneciera junto a nosotros hasta la consumación de los siglos.

Él Espíritu Santo es el que, después de la Ascensión del Señor Jesús, permanece junto a nosotros hasta el final de los tiempos. Él es el paráclito, es nuestro defensor. Él es el que mueve nuestra voluntad para que deseemos obrar el bien, y a la vez es el que nos ayuda a llevarlo a la práctica. Él es nuestro consuelo en los momentos de tristeza y soledad. Es el que nos da fortaleza para resistir las tentaciones y, cuando caemos, testifica en lo profundo el perdón de Dios. Él es el que, morando en nuestro interior, nos mueve a pedir perdón y a la vez a perdonar a los que conscientemente quieren hacernos daño. Finalmente, es el que, desde lo más hondo de nuestro ser, nos impulsa a llamar a Dios Papá.

Tengamos siempre presente en nuestra vida este gran misterio, porque en cada una de las tres divinas personas descubriremos siempre el amor y la misericordia de nuestro Dios.

 

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

Celebramos en este domingo el cumplimiento de la promesa del Señor Jesús que, momentos antes de ascender al cielo, había dicho a sus discípulos: «Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto».

El Señor, en varias ocasiones, anunció a los suyos el envío del Espíritu Santo con la misión de abrirles las mentes para que entendieran su doctrina. En la noche de la Última Cena les dijo: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa».

Esta promesa del Padre halla cumplimiento el día de Pentecostés, cincuenta días después de la resurrección del Señor. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, narra como sucedió. Los discípulos se hallan reunidos en el Cenáculo con las puertas y ventanas cerradas. Tienen miedo a los judíos. De repente, un viento recio recorre toda la estancia, mientras aparece sobre cada uno de ellos una llama de fuego. Todos quedan llenos del Espíritu Santo, que les libra de sus miedos y hace que salgan a la calle dispuestos a dar testimonio del Señor Jesús.

Es posible que no lleguemos a ser conscientes de la importancia que este acontecimiento tiene para la vida de la Iglesia, y para la vida de cada uno de nosotros como miembros de ella. La misión del Señor Jesús quedó completada con su Ascensión al Cielo. Desde ese momento es la persona del Espíritu Santo quien tomará el relevo, siendo su presencia continua, de manera que nada sucederá en la Iglesia si no es a impulsos del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo será de ahora en adelante, el motor que moverá la evangelización, el que inyectará a la Palabra de Dios su fuerza transformadora, el que dispondrá nuestro corazón a escuchar la predicación, el que aplicará la acción santificadora en cada uno de los sacramentos, el que nos moverá a obrar el bien, etc. Todo esto y mucho más, dependerá de la presencia del Espíritu Santo. Él es, como dice san Pablo, el que en cada uno de nosotros lleva a término el querer y el obrar.

Para la Iglesia, Pentecostés significa además llegar a la madurez. La Iglesia fue fundada por el Señor Jesús, pero fue la presencia del Espíritu Santo la que, utilizando una expresión corriente, diríamos, le hizo alcanzar la edad adulta. Significa esto que, con anterioridad, ningún fruto llegó a dar hasta que estuvo presente en ella el Espíritu Santo.

En nuestra vida corriente, y más en nuestra vida de fe, la acción del Espíritu Santo es fundamental. Por Él, por el discernimiento que nos otorga, podemos conocer cuál es en cada momento de nuestra vida la voluntad de Dios para con nosotros. Él es para ti y para mí, fortaleza en nuestra debilidad y consuelo en nuestras luchas. Él nos defiende del enemigo y nos hace experimentar el amor que Dios nos tiene. Él es, finalmente, el que desde nuestro interior nos testifica que somos hijos de Dios.

En la vida de la Iglesia, sin embargo, no ha ocupado plenamente el lugar que le correspondía. La gigantesca figura del Señor Jesús ha eclipsado la del Espíritu Santo, a pesar de que incluso la concepción virginal del Señor en el seno de María, ha sido obra suya. Por nuestra parte, acudamos a Él en nuestras luchas y sufrimientos y también en nuestras alegrías. Que Él esté siempre presente en nuestras vidas.


DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

«ASCENDIÓ AL CIELO Y SE SENTÓ A LA DERECHA DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Lc 24, 46-53

Aunque la solemnidad de la Ascensión del Señor correspondía celebrarla el jueves pasado, en muchas partes del mundo se traslada a este séptimo domingo de Pascua.

Con el acontecimiento de la Ascensión del Señor, cumplida la misión que le había encargado el Padre, se daba por terminada su presencia física en medio de los hombres. El Señor había dicho a sus discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». El señor regresaba al cielo para sentarse a la derecha de Dios, a la espera de que le fueran sometidos todos sus enemigos.

Existe el peligro de que consideremos la Ascensión como un acontecimiento más de la vida del Señor, sin embargo, no es así. La Ascensión tiene para nuestra vida una importancia primordial. Para nosotros, y debido a nuestros pecados, las puertas del cielo permanecían cerradas. Entonces, ¿qué hizo el Señor Jesús? Lo voy a decir con una expresión un tanto pintoresca que escuché hace unos días, pero que es muy gráfica. Decía así: El Señor subió al cielo y dejó la puerta abierta. De esta manera permitía que tú y yo no encontráramos ninguna dificultad para entrar en su gloria.

Otra manera de ver cómo la Ascensión del Señor afecta a nuestra vida de fe, la podemos entender si la comparamos al nacimiento de un niño. Todos sabemos que, en el momento del parto, en cuanto aparece la cabeza, el resto del cuerpo no encuentra ningún impedimento para salir por completo. Nosotros, por pertenecer a la Iglesia de Jesucristo somos su cuerpo, mientras que él es la cabeza. Si la cabeza ha entrado en el cielo, todo el cuerpo le seguirá y no encontrará ninguna dificultad para estar junto a Él en su gloria.

Más allá de lo que acabamos de comentar, la Ascensión del Señor tiene un aspecto de gran importancia para cada uno de nosotros. La Palabra dice que el señor ascendió a los cielos y se sentó a la derecha de Dios. ¿Qué significado tiene esta expresión estar sentado a la derecha de Dios? Quiere decir que, el Señor Jesús ha recibido todo poder tanto en la tierra como en el cielo. Está constituido, por tanto, como Señor y Kyrios. Señor de todo lo que a ti y a mí, pecadores, nos domina. Señor de todas aquellas inclinaciones que son más fuertes que nosotros y que nos esclavizan. Esta situación la expresa san Pablo, aunque, con otras palabras: Quiero hacer el bien, pero no puedo. La fuerza del pecado me domina. Es aquí, precisamente, en nuestra debilidad, donde se manifiesta el poder del Señor.

Cada día comprobamos que hacemos aquello que no quisiéramos hacer. Comprobamos que no podemos controlar nuestro genio. Que no podemos dejar de juzgar a los demás. Que tenemos la sexualidad descontrolada, ya sea de pensamiento o de hechos. Que nos es imposible perdonar a los que deliberadamente nos hacen daño, y tantas cosas más. Pues bien, precisamente en todas estas situaciones que nos desbordan y ante las que nos vemos impotentes, es donde se manifiesta el poder del Señor Jesús. Con Él nada hay imposible. Sólo hace falta que le invoquemos en nuestros momentos de debilidad. Que le gritemos, que le digamos: Señor Jesús, yo, si tú no me ayudas, no puedo hacer nada. Tengamos la certeza de que no nos fallará. Recordemos que la Escritura nos dice: «Todo el que invoque el Nombre (el poder) del Señor, no quedará confundido.»


DOMINGO VI DE PASCUA -C-

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

«EL QUE ME AMA GUARDARÁ MI PALABRA»

 

CITAS BIBLICAS: Hch 15, 1-2.22-29 * Ap 21, 10-14.22-23 * Jn 14, 23-29

Una de las formas más excelentes de manifestar el amor es la obediencia, ya que es el amor el que nos hace ceder ante la voluntad del otro. No hablamos de una obediencia ciega, sino de una obediencia basada en el amor. El que basa su obediencia en el amor pone de manifiesto dos cosas. En primer lugar, tiene la certeza de que aquel que le está mandando algo, lo hace porque le ama y lo hace para su bien. De la misma manera, el que obedece lo hace porque tiene fe en aquel que le está ordenando algo, o sea porque le ama.

 Aclarado este punto, no nos han de extrañar las palabras del Señor Jesús en el evangelio de este domingo: «El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en Él.» Esta afirmación la recalca aún más cuando dice: «El que no me ama no guardará mis palabras». Vemos pues, la estrecha relación entre la obediencia, guardar la Palabra, y el amor que se hace manifiesto en el que la guarda.

Los discípulos han estado recibiendo las enseñanzas del Señor de sus mismos labios, pero el sabe que su marcha al Padre es inminente, por eso les anuncia el envío del Espíritu Santo que abrirá sus mentes a entender todo aquello que él les ha ido enseñando. Nosotros no hemos escuchado la palabra del Señor de sus labios, sin embargo, la presencia continua del Espíritu Santo nos adoctrina y nos hace penetrar en las enseñanzas del Señor.

El Espíritu Santo no sólo abre nuestras mentes para entender las palabras del Señor, sino que nos da fuerza para ponerlas en práctica. Por el pecado de origen, nosotros somos incapaces de guardar y cumplir todo aquello que el Señor nos pide, sin embargo, el Espíritu Santo, morando en nuestro interior, hace posible aquello que para nosotros es imposible.

En la segunda parte del evangelio el Señor nos dice: «La Paz os dejo, mi Paz os doy: No os la doy como la del mundo». La paz que nos da el Señor es totalmente diferente a la del mundo. La paz que nos da el Señor es una paz que anida en nuestro interior y que, no se ve afectada por las persecuciones y las dificultades que provienen del mundo. Podemos preguntarnos, ¿cuáles son esas dificultades y persecuciones a las que alude el Señor? Lo dice él mismo un poco más adelante en el evangelio. El Señor Jesús dice a los discípulos, a ti y a mí: «Os lo digo para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas, e incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios».

Nada de esto debe extrañarnos. El Señor nos ha elegido para que ocupemos su lugar en este generación. Es preciso que tú y yo, otros cristos, como dice san Pablo, pongamos nuestra vida al servicio de la evangelización, porque el Señor nos necesita. Es necesario que los alejados, viéndonos a ti y a mí, se encuentren con aquel Cristo que hace dos mil años, por amor, entregó su vida en la cruz. Y esto, hermano mío, sin perder la paz interior.

Es lógico que ante este plan que el Señor nos presenta, nuestra débil naturaleza sienta miedo y quiera rebelarse, por eso son consoladoras las palabras del Señor Jesús cuando nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”». Por tanto, si el Señor y la fuerza de su Espíritu está en nosotros, nada debemos temer.