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DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EL QUE NO RENUNCIA A TODOS SUS BIENES, NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Sb 9, 13-18 * Fil 9b-10.12-17 * Lc 14, 25-33

Nos encontramos ante un fragmento del evangelio que para muchos creyentes es difícil de entender. El Señor Jesús habla muy claro y de una manera que podemos considerar radical.

Al ver a la multitud que le sigue, se detiene y volviéndose a ellos les dice: «Si alguno viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Antes de seguir queremos hacer una aclaración. En esta frase se utiliza la expresión posponer, sin embargo, hay una traducción de la Biblia que, según los expertos, es una de las más fieles a los textos originales, la Biblia de Jerusalén, que es mucho más radical y que cambia la palabra posponer por la palabra odiar. Sin duda, no podemos entender esta palabra dándole el significado que tiene en el lenguaje común, pero nos ayudará a ser conscientes de que ha de nacer un rechazo frontal, a todo aquello que se interponga entre nosotros y la misión a la que nos llama el Señor, aunque se trate de nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos e incluso de nuestra propia vida.

Estoy seguro, de que muchos estamos en la Iglesia sin ser conscientes de la importancia de la misión que el Señor ha dejado en nuestras manos. De ti y de mí, depende que la salvación que el Señor Jesús nos ha ganado en la Cruz, alcance hasta el último, hombre o mujer, que habita en la superficie de la tierra. Estamos llamados a encarnar al mismo Cristo en medio de esta generación. Como es lógico, el Señor no quiere que haya nada que interfiera en esta misión.

Ser discípulos del Señor nos acarreará, por una parte, recibir gracias muy abundantes que los demás no recibirán. La cruz de cada día, fruto de nuestro pecado, no nos aplastará como a los demás porque tendremos a nuestro lado a un Cirineo que nos ayudará a llevarla. Además, empezaremos a vivir la vida eterna ya, experimentando aquella felicidad que es posible gozar en esta vida mortal. Por otra parte, y siguiendo los pasos del Maestro, abundarán en nuestra vida la persecución y el rechazo de los demás. Recordemos aquellas palabras de Jesús: «Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa!».

Ante este panorama, el Señor, que no quiere que le sigamos a ciegas, nos invita a calcular los gastos como hacen aquellos que se disponen a construir una casa. Consideremos los pros y los contras. ¿Merece la pena seguir al Señor, o nos parecen excesivas las condiciones que nos pone? Por mi parte, antes de tomar la decisión, te invito a que no te mires a ti mismo. Que no mires tu pobreza, tus debilidades y pecados, que el Señor conoce perfectamente, sino que lo mires a Él. Él es el primer interesado en que esta misión se lleva a cabo, y está dispuesto a volcarse en ti dándote todo la ayuda que necesitas.

El señor Jesús, para terminar, nos invita a no tener pegado el corazón a los bienes materiales, que lo único que hacen es hacer más lenta nuestra marcha, impidiéndonos, como discípulos, seguir sus pasos.  


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TODO EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO; Y EL SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 17-20.28-29 * Heb 12, 18-19.22-24ª * Lc 14, 1.7-14

Una vez más el evangelio pone de manifiesto un aspecto de nuestra vida, de nuestro carácter, que es como el leitmotiv de la existencia del hombre. Nadie podemos escapar a este impulso. Nos referimos al ansia, muchas veces incontrolada, que tenemos de ser, de destacar, de que se nos considere.

El origen de este impulso generalizado que tenemos, hay que buscarlo, lo hemos dicho muchas veces, en el pecado de origen, en aquel con el que nacemos todos. Cuando el Señor nos creó, puso en nuestro interior un corazón capaz de experimentar el amor que Él nos profesaba, y a la vez, capaz de devolverle ese amor. De tal manera que en esa relación de amor, estribara toda nuestra felicidad. Sin embargo, y queriendo llevar hasta el extremo el amor que sentía por nosotros, el Señor quiso hacernos el regalo de la libertad porque no toleraba que tuviéramos que amarle a la fuerza.

El uso desordenado de esa libertad nos condujo al extremo de apartarle de nuestra vida. Su amor dejó entonces un enorme hueco en nuestro corazón. De esta forma el Señor dejó de ser el centro de nuestra existencia. La situación en la que quedamos era complicada. Aparecía en nosotros la insatisfacción. No encontrábamos nuestra razón de ser, el motivo por el cual vivir. Por lo tanto, era necesario llenar a toda costa el hueco que el amor de Dios había dejado en nuestro corazón.

Para llenar ese hueco, que todos tenemos, pretendemos que los demás nos quieran, que nos respeten, que nos tengan en cuenta. Pensamos que eso es posible conseguirlo si logramos tener riquezas, si alcanzamos poder, si destacamos por encima de los demás. Eso es precisamente lo que pretenden los invitados a la boda que hoy nos narra el evangelio. Buscan los primeros puestos, buscan destacar, buscan ser más que los demás. Necesitan llenar su corazón con el aprecio y el respeto de los otros.

Como el plan de Dios para con nosotros es otro, sucede que ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., consiguen llenar el hueco que el amor de Dios ha dejado en nuestro corazón. De la misma manera que cuando tenemos sed, solo podemos apagarla bebiendo agua, así también, lo único que es capaz de llenar de nuevo nuestro corazón, es el amor de Dios.

San Agustín, en el Libro de las Confesiones, expresa esta circunstancia de una manera genial. Dice así: «Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti». Quiere decir esto que nada del mundo, ni el amor humano, ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., serán capaces nunca de devolvernos la felicidad que teníamos antes de haber pecado. Lo que nos ofrece el mundo son sucedáneos del amor. Son aguas turbias incapaces de saciar por completo nuestra sed. El dinero, el poder, el amor humano, el sexo, en vez de devolvernos la felicidad, nos esclavizan y nos exigen cada vez más, de manera que nunca llegamos a encontrarnos saciados.

Esta impotencia para alcanzar la felicidad, en apariencia parece una condenación, sin embargo, no es sino un rasgo más del amor inmenso que el Señor siente por ti y por mí. Él ha dispuesto, para que tengamos necesidad de buscarlo y logremos por tanto ser felices, que nada de este mundo sea capaz de llenar nuestro corazón.

No malgastemos, pues, nuestras energías, busquemos su rostro. Él está muy cerca de nosotros y está deseando que lo encontremos. No seamos obstinados pidiendo la vida al mundo. Volvámonos hacia Él, que como Padre amoroso nos espera con los brazos abiertos.

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

SEÑOR, ¿SON POCOS LOS QUE SE SALVAN?

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 18-21 * Hb 12, 5-7.11-13 * Lc 13, 22-30

El evangelio de hoy tiene como eje un tema de vital importancia: «¿Señor, serán pocos los que se salven? pregunta al Señor Jesús uno de los que le siguen. Con esta pregunta queda de manifiesto una inquietud que quizá en algún momento todos hemos tenido.

Antes de responder será muy interesante tener en cuenta una serie de consideraciones referidas al tema de la salvación. En un principio podemos preguntarnos, ¿Dios para qué me ha creado? La respuesta no ofrece ninguna duda. Dios ha creado al hombre, a ti y a mí, para disfrutar de una vida eterna plenamente feliz unidos a Él. Significa esto que la frase de san Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad», es totalmente cierta y actual. También es cierto que Dios no quiso que tuviéramos que aceptar ese regalo, su amor y su salvación, a la fuerza, por eso, junto con la vida, nos dio también el enorme regalo de la libertad, para que mediante él pudiéramos aceptar o no ese amor. Todos sabemos que, después, utilizando mal nuestra libertad, nos apartamos de Dios, caímos en los lazos de la muerte, y nos vimos privados de disfrutar de la vida eterna en el cielo.

Con nuestro pecado echamos totalmente a rodar el plan del Señor. Sin embargo, Él, no desistió de sus planes. Nos envió a su Hijo revestido de una naturaleza igual a la nuestra, para que absorbiendo por completo el veneno del pecado que nos destruía, y derramando hasta la última gota de su Sangre, lavara nuestras rebeldías y nos abriera de nuevo las puertas del cielo.

Hasta aquí, hemos hablado de la salvación última a la que están llamados absolutamente todos los hombres. Para lograrla, Dios-Padre, sólo ha puesto una condición: que aceptes libremente esa salvación, acogiéndote a la inmensa misericordia que ha manifestado en la Cruz, Muerte y Resurrección de su Hijo. Aquí viene muy bien recordar las palabras de san Agustín: “Dios, que no te pidió permiso para crearte, no te salvará en contra de tu voluntad”.

Independientemente de esa salvación última, existe otra salvación que se realiza durante nuestra vida mortal. Se trata de la salvación del día a día. Tú y yo, a causa de nuestro pecado, estamos sometidos continuamente a la esclavitud de la muerte. Todos tenemos sembrada en nuestro interior una semilla, un ansia de felicidad, que no logramos alcanzar. Nuestro corazón, hecho para experimentar el amor de Dios y a la vez amarle a Él y a nuestros hermanos, se encuentra imposibilitado para hacerlo por temor a la muerte. Amar significa darme totalmente al otro, estar dispuesto a morir por él, pero yo no puedo hacerlo porque no tengo el amor en el corazón y para vivir necesito también que el otro me quiera.

Este círculo vicioso ha sido roto por el Señor Jesús que, destruyendo en su cuerpo el pecado y la muerte, ha hecho posible que de nuevo tengamos el amor de Dios en nuestro corazón. Ésta es la buena noticia de la salvación actual. Que tú y yo, teniendo en nosotros el Espíritu de Dios, su amor, podamos darnos al hermano por completo sin temor a la muerte.

Esta nueva forma de vida, esa salvación actual, sólo es posible experimentarla en la Iglesia de Jesucristo, que ha recibido la misión de hacer llegar a todos los hombres la noticia de que, a través de la Sangre del Señor Jesús, Dios-Padre ha derramado su misericordia, perdonando a todos el pecado, librándolos de la muerte, y dando a todos los que voluntariamente se acojan a esa misericordia, la salvación y la vida eterna.


DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» 

 

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6. 8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

El evangelio de hoy supone una llamada a conversión, un aldabonazo, para aquellos que vivimos el cristianismo instalados en nuestra burguesía. A aquellos que hemos adaptado las enseñanzas del Señor Jesús, acomodándolas a nuestra conveniencia.

 

Hoy, podemos poner en boca del Señor aquellas palabras que pronunció el rey David en uno de sus salmos: «El celo por tu casa me devora». El Señor conoce perfectamente cuál es la misión que el Padre ha colocado en sus manos, y sabe también cuál es el precio que debe pagar para llevarla a cabo; sin embargo, no rehúye la misión. Desea ardientemente llevarla a término.

 

¿Cuál era esa misión? podemos preguntarnos. ¿Cuál era ese fuego del que habla el evangelio? Sin duda hace referencia al amor de Dios hacia ti y hacia mí que somos sus enemigos. A nosotros, que hemos despreciado ese amor entregando el nuestro a los afectos, a las riquezas y a los ídolos del mundo que no son capaces de darnos la felicidad. El corazón del Señor Jesús ardía en amor hacia los pecadores que como tú y como yo, tenemos necesidad de conocer que el Padre nos ama por encima de todo. Por encima de nuestras rebeldías e insensateces, y que perdona todas nuestras infidelidades.

 

Hay una expresión del Señor en este evangelio que quizá nos resulte extraña o por lo menos un tanto chocante: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que el Señor diga esto? ¿No es Él el príncipe de la paz? ¿No ha venido a pacificar desde la Cruz a los dos pueblos, judíos y gentiles? ¿Cómo dice que ha venido a traer división?

 

Cuando se anuncia la verdad, entre los que la escuchan se forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. De ahí que se afirme que la persona de Cristo haya sido desde siempre signo de contradicción. Lo vemos ya en la predicación del Señor. Los pobres, los sencillos, los incultos, etc. ven en Él al enviado de Dios, al Mesías. Los sabios, los cultos, los que se consideran conocedores de las Escrituras, lo condenan como hereje.

 

En la actualidad esta división que produce la verdad, sigue enfrentado a las personas. Por eso, a ti y a mí, discípulos de Cristo, que estamos llamados a hacer presente entre los que nos rodean la figura del Señor Jesús, que como Él defendemos la verdad, no ha de extrañarnos que cuando manifestamos nuestra posición ante temas como el aborto, la homosexualidad, los llamados matrimonios entre individuos del mismo sexo, la ideología de género, etc. se nos persiga, se nos trate de homófobos, de carcas o de intransigentes. Esto, sin embargo, no ha de ser óbice para que, de buenos modos, pero a la vez con firmeza, seamos decididos defensores de la verdad.

 

El camino del cristiano nunca ha sido un camino de rosas, y mucho menos en nuestros días. Sabemos a dónde condujo al Señor la defensa de la verdad. Lo llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz. Sin embargo, esto sólo fue un paso más para llegar a la resurrección y a la vida eterna. En una ocasión dijo el Señor: «No está el discípulo por encima de su maestro. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! ...». 

 

Hoy la Iglesia, de la que tú y yo somos miembros, sufre persecución en diferentes frentes, pero en particular en lo que se refiere a la familia. El demonio sabe con certeza que el camino para destruir a la Iglesia pasa por destruir a la familia. Por eso hace que los suyos se ensañen atacando a la familia cristiana, a la familia tradicional, imponiendo a la fuerza otros modelos de familia y coartando la libertad de los que pensamos de otro modo.

 

Somos una vez más signo de contradicción. Sin embargo, hemos de estar tranquilos. Sabemos que vivir unidos la Señor Jesús, es la única forma de alcanzar aquella felicidad que es posible lograr en este mundo. Nadie ni nada, como dice san Pablo, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.  

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6. 8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

El evangelio de hoy supone una llamada a conversión, un aldabonazo, para aquellos que vivimos el cristianismo instalados en nuestra burguesía. A aquellos que hemos adaptado las enseñanzas del Señor Jesús, acomodándolas a nuestra conveniencia.

Hoy, podemos poner en boca del Señor aquellas palabras que pronunció el rey David en uno de sus salmos: «El celo por tu casa me devora». El Señor conoce perfectamente cuál es la misión que el Padre ha colocado en sus manos, y sabe también cuál es el precio que debe pagar para llevarla a cabo; sin embargo, no rehúye la misión. Desea ardientemente llevarla a término.

¿Cuál era esa misión? podemos preguntarnos. ¿Cuál era ese fuego del que habla el evangelio? Sin duda hace referencia al amor de Dios hacia ti y hacia mí que somos sus enemigos. A nosotros, que hemos despreciado ese amor entregando el nuestro a los afectos, a las riquezas y a los ídolos del mundo que no son capaces de darnos la felicidad. El corazón del Señor Jesús ardía en amor hacia los pecadores que como tú y como yo, tenemos necesidad de conocer que el Padre nos ama por encima de todo. Por encima de nuestras rebeldías e insensateces, y que perdona todas nuestras infidelidades.

Hay una expresión del Señor en este evangelio que quizá nos resulte extraña o por lo menos un tanto chocante: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que el Señor diga esto? ¿No es Él el príncipe de la paz? ¿No ha venido a pacificar desde la Cruz a los dos pueblos, judíos y gentiles? ¿Cómo dice que ha venido a traer división?

Cuando se anuncia la verdad, entre los que la escuchan se forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. De ahí que se afirme que la persona de Cristo haya sido desde siempre signo de contradicción. Lo vemos ya en la predicación del Señor. Los pobres, los sencillos, los incultos, etc. ven en Él al enviado de Dios, al Mesías. Los sabios, los cultos, los que se consideran conocedores de las Escrituras, lo condenan como hereje.

En la actualidad esta división que produce la verdad, sigue enfrentado a las personas. Por eso, a ti y a mí, discípulos de Cristo, que estamos llamados a hacer presente entre los que nos rodean la figura del Señor Jesús, que como Él defendemos la verdad, no ha de extrañarnos que cuando manifestamos nuestra posición ante temas como el aborto, la homosexualidad, los llamados matrimonios entre individuos del mismo sexo, la ideología de género, etc. se nos persiga, se nos trate de homófobos, de carcas o de intransigentes. Esto, sin embargo, no ha de ser óbice para que, de buenos modos, pero a la vez con firmeza, seamos decididos defensores de la verdad.

El camino del cristiano nunca ha sido un camino de rosas, y mucho menos en nuestros días. Sabemos a dónde condujo al Señor la defensa de la verdad. Lo llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz. Sin embargo, esto sólo fue un paso más para llegar a la resurrección y a la vida eterna. En una ocasión dijo el Señor: «No está el discípulo por encima de su maestro. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! ...».

Hoy la Iglesia, de la que tú y yo somos miembros, sufre persecución en diferentes frentes, pero en particular en lo que se refiere a la familia. El demonio sabe con certeza que el camino para destruir a la Iglesia pasa por destruir a la familia. Por eso hace que los suyos se ensañen atacando a la familia cristiana, a la familia tradicional, imponiendo a la fuerza otros modelos de familia y coartando la libertad de los que pensamos de otro modo.

Somos una vez más signo de contradicción. Sin embargo, hemos de estar tranquilos. Sabemos que vivir unidos la Señor Jesús, es la única forma de alcanzar aquella felicidad que es posible lograr en este mundo. Nadie ni nada, como dice san Pablo, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.  

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». 

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 18, 6-9 * Heb 11, 1-2. 8-19 * Lc 12, 32-48

El evangelio de hoy empieza con una frase del Señor Jesús capaz de ensanchar nuestro corazón y llenarlo de paz: «No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino».

¡Cuántas veces, ante lo que consideramos exigencias del Evangelio, caemos en tristeza al comprobar nuestra incapacidad para cumplirlo! Nos vemos muy lejos de lo que nos pide el Señor. Sin embargo, podemos estar seguros de que nada se nos pedirá que no hayamos recibido previamente de forma muy abundante. Arrojemos fuera de nosotros todo temor. Dios-Padre tiene reservado para cada uno de nosotros su reino.

Hablábamos la semana pasada de nuestro amor al dinero. De cómo intentamos llenar nuestro corazón vacío del amor de Dios con las riquezas, con los bienes materiales. Queremos asegurarnos el futuro, cuando el futuro no está en modo alguno en nuestras manos.

Hoy el Señor viene a decirnos que nos desprendamos de nuestros bienes, para hacer más ligera, más llevadera nuestra marcha hacia la vida eterna. Nos dice: «Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla». Mirad, «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Si tu tesoro está en la cartera, allí estará también tu corazón, pero si tu tesoro está en el cielo, sin duda, allí es donde estará tu corazón.

Nos invita a continuación a mantenernos alerta. A no dormirnos en los laureles. El Señor llega, está cerca, pero desconocemos por completo la hora de su venida. Es necesario estar en vela esperando la llegada del novio. Si cuando llega nos encuentra vigilantes, «se ceñirá, nos hará sentar a su mesa y nos servirá».

Este estar en vigilia esperando, no sólo se refiere a la venida del Señor al final de nuestra vida. Ciertamente, también, pero tenemos necesidad de mantenernos en vela todos los días y en cada momento. El Señor se presenta en nuestra vida en diversas ocasiones. Lo hace a través del niño, el anciano o el pobre, que se acerca a nosotros pidiéndonos ayuda. También nos habla, se hace presente, en todos los acontecimientos de nuestra vida, tanto en los buenos, como en los malos. Todo lo que nos sucede está permitido por Dios. De la misma forma que tú, padre o madre, estás continuamente al tanto de lo que le sucede a tu hijo, el Señor está pendiente de ti porque te ama, porque para Él, tú eres único.

La parábola final del evangelio nos invita a no vivir confiados en que la venida del Señor está lejana. No seamos como el empleado necio que dice: «Mi amo tarda en llegar», porque «llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles».

Cuando el Señor se presenta en nuestra vida lo hace siempre para salvarnos. Nunca lo hace para condenarnos. Somos nosotros los que vivimos muchas veces de espaldas al Señor y caemos por eso en sufrimiento y en depresión. No hemos de temer que el Señor vea nuestras manos llenas de pecados y vacías de buenas obras. Él conoce mejor que nosotros nuestra realidad y no se escandaliza. Nos ama siendo pecadores y no nos rechaza. Por eso derramó hasta la última gota de su sangre, para lavarnos del pecado y abrirnos las puertas del cielo.  


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«GUARDAOS DE TODA CODICIA. LA VIDA NO DEPENDE DE LOS BIENES»

 

CITAS BÍBLICAS: Qo 1,2;2,21-23 * Col 3, 1-5.9-11 * Lc 12, 13-21

El hombre, separado de Dios por el pecado, necesita a toda costa encontrar la razón última de su existencia. Necesita encontrar algo que le devuelva la felicidad que le daba tener el amor de Dios en su corazón. Necesita llenar el hueco que ese amor ha dejado a causa del pecado. Para lograrlo busca el afecto de los demás. Se esfuerza para que los otros le consideren y lo quieran, pero se enfrenta a la dificultad de que a los demás les pasa exactamente lo mismo. Pone entonces todos sus esfuerzos en lograr almacenar el mayor número posible de riquezas, pensando que ellas le abrirán muchas puertas y logrará el reconocimiento que merece. Esta sed de riquezas absorberá por completo la existencia del hombre, hasta el punto de no importarle hacer daño a los demás si con ello consigue su objetivo.

En el evangelio de hoy podemos ver hasta qué punto las riquezas ciegan a los dos hermanos. Su dios no es otro más que el dinero. De ninguno de los dos podemos decir que tenga razón. Es fácil que en un principio nos pusiéramos de parte de aquel que se ha quedado sin herencia. Sin embargo, si nos fijamos, veremos que, si uno ha sido capaz de apoderarse de la herencia de su padre, sin dignarse repartirla con su hermano, el otro, no tiene inconveniente en acusarlo y denunciarle públicamente. Quiere decir esto, que los dos amaban las riquezas por encima de todo.

Esta situación y este enfrentamiento podemos encontrarlo en las relaciones entre las naciones y los pueblos. En el origen de todos los enfrentamientos y todas las guerras a través de la historia, siempre encontraremos como denominador común, el dinero y las riquezas. El hombre, por el pecado, ha retirado de su vida Dios y ha colocado en su lugar al dinero, y es al dinero, a las riquezas y al poder, a quienes pide la vida. Su egoísmo lo lleva a luchar, a extorsionar, e incluso a matar al otro, con tal de defender sus riquezas.

El Señor Jesús, para hacer patente este problema fundamental en la vida del hombre nos propone una parábola. Vemos al hombre rico que después de tener una gran cosecha sólo piensa en sí mismo: «Hombre, dice, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida». De esta manera demuestra que, para él, el dios que puede hacerlo feliz, que puede darle una vida placentera, es el dinero, las riquezas. No se da cuenta de que no es el dueño de su vida. De ahí, que el mismo Dios le tenga que decir: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?».

Este pasaje del evangelio puede ayudarnos a descubrir cuál es nuestra relación, la tuya y la mía con el dinero. Quizá somos de los que dicen, sin demasiado convencimiento, que el dinero no da la felicidad, y, sin embargo, añadimos, “pero ayuda”. Seguro que tenemos acontecimientos en la vida, en los que ha quedado patente que no hemos sido más felices cuando hemos tenido más dinero. Pero aún sabiéndolo, nuestro corazón una y otra vez se pega al dinero. Para demostrar que no damos culto al dinero, que el dinero no nos domina, es necesario, de vez en cuando, desprendernos de él, dando limosnas y ayudando con él a los demás. Nos conviene, como discípulos del Señor, tener siempre presente sus palabras: «No se puede servir a Dios y al dinero». 


DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«PEDID Y SE OS DARÁ, BUSCAD Y ENCONTRARÉIS, LLAMAD Y SE OS ABRIRÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18,20-32 * Col 2, 12-14 * Lc 11, 1-13

La semana pasada al comentar el pasaje del evangelio sobre Marta y María, hacíamos alusión a la necesidad vital que tiene todo discípulo del Señor, de dedicar cada día un tiempo a la oración y a la contemplación. Indicábamos también, como esta práctica era el motor que nos había de impulsar en la misión que tenemos de trabajar en la Iglesia, en la liturgia, en la acción caritativa y sobre todo en el terreno de la evangelización.

Hoy es Señor Jesús nos da un regalo al que no se puede poner precio. A petición de los discípulos que le piden que les enseñe a rezar, como Juan enseñó a los suyos, nos regala la oración por excelencia: El Padrenuestro. En ella nos muestra cómo debemos dirigirnos a nuestro Padre del Cielo. Lo más hermoso es que nos enseña a llamar Padre a nuestro Dios. Probablemente a nosotros no se nos hubiera ocurrido nunca dirigirnos así al Señor.

Un padre ama con locura a sus hijos y está dispuesto a todo, incluso a entregar su vida por ellos. Un padre ama de una manera desinteresada, sin pedir nada a cambio por su amor. Un padre comprende los fallos y debilidades de su hijo, y está dispuesto a perdonarlos cuantas veces sea necesario sin pedir ninguna compensación. Si un padre humano es capaz de amar así, podemos preguntarnos, ¿qué no hará nuestro Padre del Cielo por cada uno de nosotros?

Tener a Dios por Padre tiene una consecuencia que no debemos pasar por alto. La filiación divina, el que tú y yo tengamos un mismo Padre, implica necesariamente que tú y yo seamos hermanos. Las consecuencias de esta fraternidad son muy grandes y no las desconocemos, aunque no sea éste el momento de enumerarlas.

El Señor Jesús, no sólo nos enseña a orar, sino que además nos dice cómo ha de ser nuestra oración. Para ello nos propone la parábola del amigo importuno, que no tiene inconveniente, cuando llega la dificultad, de pedir ayuda en horas intempestivas a su amigo de una manera insistente. Para rezar toda hora es buena, y si nos enfrentamos a un problema serio, es conveniente dirigirnos al Padre incluso a altas horas de la noche, como vemos que lo hacía el Señor Jesús. No lo olvidemos pues, nuestra oración ha de ser importuna e insistente, dos características que pondrán de manifiesto el interés que tenemos en lo que pedimos.

El Señor Jesús, que conoce la fuerza y la importancia de la oración, insiste al final del evangelio, a fin de que, para nosotros, rezar, no sea una actividad esporádica, sino todo lo contrario, una costumbra arraigada. Por eso, nos dice: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe; quien busca, halla; y al que llama, se le abre».

Si no rezamos, hemos de pensar que, o no creemos en la fuerza y eficacia de la oración, o, sencillamente, no estamos necesitados.

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«MARÍA HA ESCOGIDO LA PARTE MEJOR, Y NO SE LA QUITARÁN»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 1-10a * Col 1, 24-28 * Lc 10, 38-42

La escena del evangelio de este domingo se sitúa en Betania. Una aldea que se halla aproximadamente a dos kilómetros y medio de Jerusalén. Allí viven Lázaro y sus hermanas Marta y María, que mantienen con el Señor Jesús un estrecha amistad, hasta el punto de ser el lugar que él elige con frecuencia, para pasar la noche cuando visita Jerusalén.

En esta ocasión, Marta, está muy atareada dirigiendo a la servidumbre con el fin de poder agasajar al Señor, que se halla descansando en el patio de la casa. A sus pies, sentada en el suelo, se encuentra María que no pierde detalle de todo lo que dice el Señor.

Podemos figurarnos la actitud de Marta al comprobar que sólo ella se preocupa del trabajo, mientras María vive pendiente de los labios del Señor. Seguramente haría como los toreros ante el toro. Pasando una y otra vez, se dejaría ver, pero sin resultado positivo. Viendo que sus idas y venidas no surten efecto alguno, se hace el ánimo y se lanza en tromba diciéndole al Señor: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.» 

Si Marta hubiera imaginado la respuesta del Señor, no le hubiera planteado la cuestión. Jesús, mirándola, se limita a decirle: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

Ahora podemos preguntarnos, ¿soy como Marta o como María? ¿Ando metido en mil actividades, incluso en la Parroquia, que con frecuencia me impiden dedicar el tiempo necesario a la oración y a la contemplación del Señor? ¿Soy de los que andan de aquí para allá sin reposar ni un solo instante?

Sin ninguna duda mantenernos activos en la vida es necesario. Esta actividad también es necesaria en la vida de fe, ya que es mucho el trabajo que hay que desarrollar. No podemos cruzarnos de brazos esperando que sean los otros los que lo lleven a cabo. Sin embargo, no hay que perder de vista que, si debajo de toda actividad no hay una vida interior que la sustente, podemos convertir al trabajo en un fin y no en un medio.

La actividad ha de ser el fruto de una vida interior intensa. Si a través de la oración y la contemplación tenemos la experiencia de encontrarnos con el Señor, no podremos guardarnos ese tesoro para nosotros solos, sino que nos lanzaremos a anunciarlo a los demás, haciéndoles partícipes de ese regalo del Señor.

Lo que hace Marta es bueno y necesario, pero ha de ser fruto de un encuentro personal con el Señor Jesús. María, sin duda, ha escogido la mejor parte.