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DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

«ASCENDIÓ AL CIELO Y SE SENTÓ A LA DERECHA DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Lc 24, 46-53

Aunque la solemnidad de la Ascensión del Señor correspondía celebrarla el jueves pasado, en muchas partes del mundo se traslada a este séptimo domingo de Pascua.

Con el acontecimiento de la Ascensión del Señor, cumplida la misión que le había encargado el Padre, se daba por terminada su presencia física en medio de los hombres. El Señor había dicho a sus discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». El señor regresaba al cielo para sentarse a la derecha de Dios, a la espera de que le fueran sometidos todos sus enemigos.

Existe el peligro de que consideremos la Ascensión como un acontecimiento más de la vida del Señor, sin embargo, no es así. La Ascensión tiene para nuestra vida una importancia primordial. Para nosotros, y debido a nuestros pecados, las puertas del cielo permanecían cerradas. Entonces, ¿qué hizo el Señor Jesús? Lo voy a decir con una expresión un tanto pintoresca que escuché hace unos días, pero que es muy gráfica. Decía así: El Señor subió al cielo y dejó la puerta abierta. De esta manera permitía que tú y yo no encontráramos ninguna dificultad para entrar en su gloria.

Otra manera de ver cómo la Ascensión del Señor afecta a nuestra vida de fe, la podemos entender si la comparamos al nacimiento de un niño. Todos sabemos que, en el momento del parto, en cuanto aparece la cabeza, el resto del cuerpo no encuentra ningún impedimento para salir por completo. Nosotros, por pertenecer a la Iglesia de Jesucristo somos su cuerpo, mientras que él es la cabeza. Si la cabeza ha entrado en el cielo, todo el cuerpo le seguirá y no encontrará ninguna dificultad para estar junto a Él en su gloria.

Más allá de lo que acabamos de comentar, la Ascensión del Señor tiene un aspecto de gran importancia para cada uno de nosotros. La Palabra dice que el señor ascendió a los cielos y se sentó a la derecha de Dios. ¿Qué significado tiene esta expresión estar sentado a la derecha de Dios? Quiere decir que, el Señor Jesús ha recibido todo poder tanto en la tierra como en el cielo. Está constituido, por tanto, como Señor y Kyrios. Señor de todo lo que a ti y a mí, pecadores, nos domina. Señor de todas aquellas inclinaciones que son más fuertes que nosotros y que nos esclavizan. Esta situación la expresa san Pablo, aunque, con otras palabras: Quiero hacer el bien, pero no puedo. La fuerza del pecado me domina. Es aquí, precisamente, en nuestra debilidad, donde se manifiesta el poder del Señor.

Cada día comprobamos que hacemos aquello que no quisiéramos hacer. Comprobamos que no podemos controlar nuestro genio. Que no podemos dejar de juzgar a los demás. Que tenemos la sexualidad descontrolada, ya sea de pensamiento o de hechos. Que nos es imposible perdonar a los que deliberadamente nos hacen daño, y tantas cosas más. Pues bien, precisamente en todas estas situaciones que nos desbordan y ante las que nos vemos impotentes, es donde se manifiesta el poder del Señor Jesús. Con Él nada hay imposible. Sólo hace falta que le invoquemos en nuestros momentos de debilidad. Que le gritemos, que le digamos: Señor Jesús, yo, si tú no me ayudas, no puedo hacer nada. Tengamos la certeza de que no nos fallará. Recordemos que la Escritura nos dice: «Todo el que invoque el Nombre (el poder) del Señor, no quedará confundido.»


DOMINGO VI DE PASCUA -C-

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

«EL QUE ME AMA GUARDARÁ MI PALABRA»

 

CITAS BIBLICAS: Hch 15, 1-2.22-29 * Ap 21, 10-14.22-23 * Jn 14, 23-29

Una de las formas más excelentes de manifestar el amor es la obediencia, ya que es el amor el que nos hace ceder ante la voluntad del otro. No hablamos de una obediencia ciega, sino de una obediencia basada en el amor. El que basa su obediencia en el amor pone de manifiesto dos cosas. En primer lugar, tiene la certeza de que aquel que le está mandando algo, lo hace porque le ama y lo hace para su bien. De la misma manera, el que obedece lo hace porque tiene fe en aquel que le está ordenando algo, o sea porque le ama.

 Aclarado este punto, no nos han de extrañar las palabras del Señor Jesús en el evangelio de este domingo: «El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en Él.» Esta afirmación la recalca aún más cuando dice: «El que no me ama no guardará mis palabras». Vemos pues, la estrecha relación entre la obediencia, guardar la Palabra, y el amor que se hace manifiesto en el que la guarda.

Los discípulos han estado recibiendo las enseñanzas del Señor de sus mismos labios, pero el sabe que su marcha al Padre es inminente, por eso les anuncia el envío del Espíritu Santo que abrirá sus mentes a entender todo aquello que él les ha ido enseñando. Nosotros no hemos escuchado la palabra del Señor de sus labios, sin embargo, la presencia continua del Espíritu Santo nos adoctrina y nos hace penetrar en las enseñanzas del Señor.

El Espíritu Santo no sólo abre nuestras mentes para entender las palabras del Señor, sino que nos da fuerza para ponerlas en práctica. Por el pecado de origen, nosotros somos incapaces de guardar y cumplir todo aquello que el Señor nos pide, sin embargo, el Espíritu Santo, morando en nuestro interior, hace posible aquello que para nosotros es imposible.

En la segunda parte del evangelio el Señor nos dice: «La Paz os dejo, mi Paz os doy: No os la doy como la del mundo». La paz que nos da el Señor es totalmente diferente a la del mundo. La paz que nos da el Señor es una paz que anida en nuestro interior y que, no se ve afectada por las persecuciones y las dificultades que provienen del mundo. Podemos preguntarnos, ¿cuáles son esas dificultades y persecuciones a las que alude el Señor? Lo dice él mismo un poco más adelante en el evangelio. El Señor Jesús dice a los discípulos, a ti y a mí: «Os lo digo para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas, e incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios».

Nada de esto debe extrañarnos. El Señor nos ha elegido para que ocupemos su lugar en este generación. Es preciso que tú y yo, otros cristos, como dice san Pablo, pongamos nuestra vida al servicio de la evangelización, porque el Señor nos necesita. Es necesario que los alejados, viéndonos a ti y a mí, se encuentren con aquel Cristo que hace dos mil años, por amor, entregó su vida en la cruz. Y esto, hermano mío, sin perder la paz interior.

Es lógico que ante este plan que el Señor nos presenta, nuestra débil naturaleza sienta miedo y quiera rebelarse, por eso son consoladoras las palabras del Señor Jesús cuando nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”». Por tanto, si el Señor y la fuerza de su Espíritu está en nosotros, nada debemos temer.  


DOMINGO V DE PASCUA -C-

DOMINGO V DE PASCUA -C-

«AMAOS COMO YO OS HE AMADO»

 

Lecturas bíblicas:   Hch 14, 21-27 * Ap 21, 1-5 * Jn 13, 31-35

San Juan nos dice en su primera epístola que Dios es Amor. No sé si llegamos a penetrar lo que esta afirmación o definición encierra. Todo lo que nos rodea y aún nosotros mismos está formado por materia, algo que se puede percibir mediante nuestros sentidos y que puede evaluarse o medirse con distintos instrumentos. Dios es espíritu y por lo tanto, inmaterial. Es algo que escapa a la forma que tenemos nosotros de percibir las cosas. Por eso, la frase de san Juan, viene en nuestra ayuda para descubrirnos cuál es la esencia de Dios. De qué está hecho, podríamos decir.

El amor es algo inmaterial, algo que nosotros no podemos constatar físicamente y del que únicamente podemos experimentar su manifestación, por las consecuencias que aparecen ante su presencia. Su fuerza, es algo imposible de ocultar, de manera que cuando vemos las obras que el amor lleva a término, aparece delante de nosotros Aquel que es el origen de ese amor.

Dejemos aparte estos razonamientos un tanto filosóficos y fijémonos en hechos concretos de nuestra vida ordinaria. Toda la creación es obra del Amor. Por eso, cuando contemplamos un hermosa puesta de sol, la furia del mar embravecido o la serenidad de una noche estrellada, si somos un poco sensibles y no nos encontramos embrutecidos por los afanes mundanos, nuestro espíritu se eleva y hace presente a Aquel que es el origen de tanta belleza.

Cuando en  la vida del hombre, herido por el pecado e incapaz de hacer el bien, se manifiestan obras como el perdón auténtico, aquel que es capaz de olvidar totalmente la ofensa; el amor al enemigo, a aquel que sabemos que deliberadamente viene a hacernos daño; la entrega total al otro sin condiciones olvidándose de uno mismo, etc., aparece de manera meridiana Aquel que es el origen, el motor de todas esas acciones.

Todo esto quiere decir que la forma más excelente que existe para que los hombres lleguen a descubrir la presencia de Dios, es hacer manifiestas las obras del amor. El Amor (con mayúscula) es una tarea totalmente inalcanzable para el hombre. Desde que por el pecado de origen el hombre expulsó de su corazón  el amor de Dios, hemos quedado encerrados en nuestro egoísmo, de manera que estamos incapacitados para poder darnos al otro sin condiciones. Por eso, cuando entre dos o más personas se da el amor auténtico, el amor sin restricciones, no tenemos más remedio que reconocer en este hecho la obra de Dios. Amar en esta dimensión, hace presente al mismo Dios en medio de los hombres.

De ahí que san Juan en el evangelio de hoy, dentro del discurso llamado de las despedidas, nos presente la última recomendación o consigna del Señor Jesús a sus discípulos. Les dirá: «Hijos míos, voy a estar ya muy poco con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros».

¿Cuál es pues la señal distintiva del cristiano? ¿Cómo haremos presente a Cristo en medio de esta generación? Sin duda, a través del amor. El Amor es Dios y cuando un grupo de hermanos, contra todo pronóstico, contra lo que sería lógico por su naturaleza de pecado, hacen presente el Amor, hacen presente a Dios. Esta señal, junto a la de la unidad, hace visible al mismo Cristo sobre la tierra. Estas dos señales son signos tangibles que llaman a los hombres a la fe, porque les interrogan al constatar que hombres y mujeres pecadores y egoístas, puedan, contra toda lógica, amarse sinceramente y perdonarse.

 

 


DOMINGO IV DE PASCUA -C-

DOMINGO IV DE PASCUA -C-

«YO CONOZCO A MIS OVEJAS Y ELLAS ME SIGUEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 13, 14.43-52 * Ap 7, 9.14b-17 * Jn 10, 27-30  

Este cuarto domingo de Pascua se ha denominado tradicionalmente “Domingo del Buen Pastor.”

Para los que somos de ciudad, urbanitas, nos resulta un poco difícil entender la especial relación que existe entre el pastor y las ovejas de su rebaño. Para el pastor, el rebaño no está formado por un conjunto de animales anónimos. El pastor ama a sus ovejas, conoce a cada una, la llama por su nombre y conoce sus preferencias y caprichos. Pastor y rebaño forman como una gran familia.

No es de extrañar, pues, que el Señor Jesús, con frecuencia, guste compararse al pastor, y se refiera a sus discípulos como a sus ovejas. Ya en el Antiguo Testamento se hace alusión a la figura de Dios-Padre, como la del pastor que apacienta a su rebaño. Lo vemos, por ejemplo, en el salmo 80 cuando se dice “Pastor de Israel, tú que guías a José como a un rebaño…” o en el salmo 22 donde el salmista dice: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”

Sin duda, esta alusión a Dios como pastor de su pueblo que el Señor Jesús usa repetidas veces, tiene como razón de ser el hecho de que el pueblo de Israel en sus orígenes era un pueblo nómada, que se dedicaba al pastoreo (recordemos a Abraham). Por tanto, sus gentes, conocen de primera mano la especial relación que existe entre el pastor y sus ovejas.

El paralelismo entre la figura del pastor y la figura del Señor Jesús es evidente. El pastor conoce a sus ovejas una a una y las llama por su nombre. También el Señor nos conoce a ti y a mí por nuestro nombre, y conoce también lo que necesitamos para ser felices. De la misma manera que el pastor busca pastos frescos para alimentar a sus ovejas, nuestro Pastor, nos alimenta con su Palabra y con los Sacramentos. El buen pastor arriesga su vida, e incluso llega a perderla, defendiendo a sus ovejas de los ataques de las fieras salvajes. También el Señor Jesús, para librarnos del maligno y del pecado, no tuvo inconveniente en entregar por nosotros hasta la última gota de su sangre.

Podemos preguntarnos, ¿cómo corresponden las ovejas a los cuidados del pastor? Con su obediencia, y con su docilidad. Veamos cómo nos lo dice hoy el Señor: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano.» Significa esto que, nuestra seguridad, nuestra salvación, depende de que tú y yo, estemos atentos a la voz del Pastor, y al mismo tiempo estemos dispuestos a obedecer aquello que nos indique. No es tarea fácil, porque por nuestro pecado, sin duda, no poseemos la docilidad de las ovejas. Sin embargo, es cierto que sabemos por experiencia que cuando más felices somos, es cuando más cerca estamos de nuestro Pastor.

Hoy no podemos gozar de la presencia física de nuestro Pastor, por eso él, conociendo esta circunstancia, ha dispuesto que otros pastores que le son fieles, ocupen su lugar y estén dispuestos también a entregar su vida por las ovejas. A nosotros corresponde ver en ellos la figura del único Pastor, estando dispuestos a obedecer aquellas indicaciones que, por amor y para nuestro bien, nos hagan.

 

DOMINGO III DE PASCUA -C-

DOMINGO III DE PASCUA -C-

«SIMÓN, HIJO DE JUAN, ¿ME AMAS MÁS QUE ESTOS?»

 

 CITAS BÍBLICAS:  Hch 5, 27b-32, 40b-41 * Ap 5, 11-14 * Jn 21, 1-19

San Juan nos narra en el evangelio de este domingo la tercera aparición del Señor Resucitado a sus discípulos. Pedro, Tomás, Natanael y los dos Zebedeos, Santiago y Juan, se encuentran a orillas del mar de Galilea. De pronto, Pedro dice: «Me voy a pescar». Los demás le dicen: «También nosotros vamos contigo».

            Se pasan la noche bregando sin conseguir pescar nada. Ya al amanecer, cuando se acercan a la playa, alguien desde la orilla les grita: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestan: «No», y él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Lo hacen así, y la red se llena de tantos peces que nos son capaces de sacarla. Juan, le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír estas palabras, Pedro, siempre tan impulsivo, se ata la túnica y se echa al mar.

            El resto de discípulos se acercan con la barca remolcando la red con los peces. El Señor, que tiene un fuego encendido y un pescado asándose, les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Pedro sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. El Señor Jesús les dice: «Vamos, almorzad». San Juan dice: nadie se atrevía a preguntarle quién eres, porque sabían que era el Señor.

            Es muy probable que, en más de una ocasión, en nuestra vida nos suceda algo semejante a lo que narra el evangelio. Los discípulos son incapaces de reconocer al Señor, como también nosotros lo somos cuando se acerca en la persona de un pobre que te alarga la mano, de un anciano o de un niño que se acerca pidiéndote ayuda, etc. No somos conscientes de que el Señor está de verdad resucitado y que camina junto a nosotros. Nos pasa como a los Discípulos de Emaús, está a nuestro lado y no somos capaces de verle. Ocurre lo que dijo a los discípulos en la noche de la Última Cena: «Me voy, pero volveré». Es cierto, se fue, pero ha vuelto para quedarse, para caminar a nuestro lado. Para ser nuestro compañero en el camino de la vida.

            En la segunda parte del evangelio vemos el diálogo que mantiene con Pedro. Por tres veces le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» Lo pregunta tres veces, porque por tres veces Pedro dijo que no lo conocía. También nosotros lo hemos negado muchas veces, si no de palabra, sin duda lo hemos hecho con nuestras obras. Sin embargo, como a Pedro, al que pone como cabeza de su Iglesia, tampoco a nosotros nos lo toma en cuenta. Conoce nuestra debilidad, nuestros miedos, el respeto humano que nos impide manifestar abiertamente lo que pensamos, pero no nos rechaza. Nos ama a pesar de todo.

            Hoy, a ti y a mí, nos hace la misma pregunta: José, María, Luís, Rosa… «¿me amas? ¿me amas más que estos?» Pensemos cuál es nuestra respuesta, sin engañarnos a nosotros mismos ni intentar engañarle a Él. No tengamos miedo en reconocer que le amamos, pero con un amor un tanto egoísta. No tengamos miedo de reconocerlo. Él no se escandaliza de nuestra debilidad y nos ama intensamente a pesar del poco amor que nosotros le manifestamos. En nuestra respuesta, digámosle: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que, por lo menos, quiero quererte.


DOMINGO II DE PASCUA -C-

DOMINGO II DE PASCUA -C-

«DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN VER»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 5, 12-16 * Ap 1, 9-11a.12-13.17-19 * Jn 20, 19-31

Con este domingo damos fin a la Octava de Pascua. La Palabra de hoy nos muestra a los discípulos en una casa con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. Es la tarde del primer día de la semana, o sea del domingo de la Resurrección del Señor.

De momento, el Señor se hace presente en medio de ellos saludándoles con la frase «Paz a vosotros», mientras les muestra sus manos con la herida de los clavos, y su costado con la herida de la lanza. Ellos le miran asombrados llenos de alegría. El Señor Jesús repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y a continuación, exhala su aliento sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos».

Una vez más es de notar la comprensión y la misericordia del Señor, hacia aquellos que, unos días atrás, en los momentos más duros de su vida, le han abandonado o, como Pedro, han sido capaces de negarlo. Está claro que el Señor, que nos conoce mucho mejor que nosotros nos conocemos, nunca toma en cuenta nuestras debilidades y pecados, sino que la magnitud de su amor cubre por completo todas nuestras infidelidades y miserias. Como dice el salmo, su misericordia llena la tierra.

La misericordia del Señor va mucho más allá. No sólo no toma en cuenta la cobardía de sus discípulos, sino que les hace partícipes del don de perdonar los pecados, que es potestativo de Dios.

El Señor ha venido al mundo para destruir el pecado que nos hace infelices, y que nos lleva a la muerte. Precisamente por esto, hace partícipes a sus discípulos del poder que únicamente Él tiene. De esta forma, la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, hace efectivo en la vida del hombre, en la tuya y en la mía, el perdón de los pecados que Cristo nos ganó con su Sangre.

Dice el evangelio que Tomás, uno de los Doce, no estaba presente cuando se apareció el Señor. Por más que los demás le aseguran haberlo visto, él no cree. Para creer pone como condición ver las señales de los clavos y meter la mano en el costado del Señor. ¡Cuántas veces hemos hecho nosotros lo mismo, no aceptando el testimonio de los demás!

Ocho días después se repite la escena anterior. En esta ocasión si que está Tomás. El Señor después de saludarles con las palabras «Paz a vosotros», se dirige a Tomás y le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás, asombrado le dice: «¡Señor mío y Dios mío!». El Señor le contesta: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Estas últimas palabras del Señor han de llenarnos de gozo. Tú y yo, somos de los que no hemos visto al Señor en persona, sin embargo, creemos en Él. Creemos en su Palabra. Sabemos por experiencia que, a pesar de no verlo físicamente, el está a nuestro lado, que, como les ocurrió a los Discípulos de Emaús, camina junto a nosotros.

Esa certeza ha de hacer que afrontemos con paz interior los acontecimientos de la vida, buenos y malos, sabiendo que Él está vivo y resucitado, que está a nuestro lado siempre dispuesto a ayudarnos.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR -C-

«NO ESTÁ AQUÍ. HA RESUCITADO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

El problema más grande que se le ha presentado al hombre desde el principio de los tiempos es la muerte. Se trata de un problema ante el cual no encuentra solución alguna, y que además, genera en él una enorme insatisfacción. La razón de esta insatisfacción hay que buscarla en el hecho de que, en el plan de Dios para el hombre, no aparecía la muerte. Dios, desde el principio, creó al hombre para la vida. Fue el mal uso que hizo el hombre de su libertad, la causa de que se hiciera presente en su vida la muerte.

Dios, que amaba a su criatura en extremo, no podía consentir que estuviera sometida a la tiranía de la muerte y del pecado. Por eso, ya que era el único que poseía poder para vencerla arrancando al hombre de sus redes, diseñó un plan de salvación. Dispuso que su Hijo, Dios como él, se revistiera de la naturaleza humana, sometida como la de cualquier otro hombre a la muerte. Dice san Pablo que se humilló y no retuvo ávidamente su condición divina. Quiso, no sólo parecerse a cualquier otro hombre, sino ser uno de tantos entre los hombres. Sólo en un aspecto fue distinto a los demás, nunca en su vida conoció el pecado.

¿Cuál fue la misión principal del Hijo de Dios hecho hombre? En primer lugar, dar conocimiento a la criatura del amor de un Dios, que no toma en cuenta tus pecados y los míos, y que no exige ningún cambio de actitud para seguir amándonos. Dios derrama sobre el hombre su amor, sin ponerle condiciones previas. En segundo lugar, cargar sobre sus hombros todos nuestros pecados que son el origen de nuestra muerte. El pecado es un veneno que mata, que destruye al que lo comete. El Señor Jesús sabía que cargar sobre sus hombros todos nuestros pecados le llevaría indefectiblemente a la muerte. Pero no se hizo atrás, y entregó su vida por tu vida y por la mía. La muerte destruyó la naturaleza humana del Señor Jesús, pero en aquel cuerpo exánime que pendía de la Cruz se hallaba oculta la vida.

Por eso, en este domingo celebramos cómo esa vida escondida en el cuerpo del Señor Jesús, le hizo romper las ataduras de la muerte, resucitando y volviendo a la vida. Celebramos, pues, que la muerte ha sido vencida, no sólo en la persona del Señor Jesús, sino en la tuya y en la mía. Por su resurrección, también tú y yo participamos de una nueva vida. Quedamos exentos de pagar nuestro tributo a la muerte. Seguimos siendo objeto del amor de Dios que nos ama en la persona del Señor Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.

¿Qué más podemos pedir? Sin ningún mérito de nuestra parte, el mismo Espíritu que resucitó a Jesús, nos devuelve la vida que perdimos por el pecado, haciendo en nosotros una nueva creación. Somos criaturas nuevas, hermanos del Señor Jesús y, por tanto, hijos de nuestro Padre Dios.

De nuestro corazón ha de brotar una alabanza agradecida hacia el Señor porque, a ti y a mí, pecadores, infieles, que nada merecemos, nos hace objeto de su amor. Un amor que no conoce límites y que, por otro lado, derrama sobre nosotros sin ninguna exigencia por su parte.


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

«POR TI Y POR MÍ TOMÓ CONDICIÓN DE ESCLAVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14—23, 56

Damos comienzo con este domingo a la Semana Mayor, a la Semana Santa. En ella tendremos ocasión de revivir junto al Señor Jesús su Pasión y Muerte. Van a ser acontecimientos que pondrán de manifiesto ante nuestros ojos la magnitud inconmensurable del Amor de Dios por ti y por mí, que no hemos hecho ningún mérito para ser objeto de ese amor, sino todo lo contrario. Vivir estos acontecimientos nos llevará a celebrar con inmenso gozo la victoria del Señor sobre la muerte, que será a la vez su victoria sobre tu muerte y mi muerte.

Los fragmentos de la Escritura que en este domingo la Iglesia pone ante nuestros ojos, nos han de ayudar a identificarnos con la persona del Señor Jesús, que se enfrenta a la culminación de la misión que el Padre le ha encomendado. El profeta Isaías, que escribe más de doscientos años antes de Jesucristo, nos muestra la docilidad del Señor, dispuesto a cargar sin rebelarse, sin una sola protesta, con los golpes, los insultos y los salivazos, que tú y yo merecíamos por nuestros pecados. Si puede hacerlo, es porque ha tenido abierto el oído a la voluntad de Dios, y ha tenido la certeza de que el Señor le ayudará para no quedar confundido. También tú y yo necesitamos que el Señor nos abra cada mañana el oído ante los acontecimientos que nos presente la vida, a fin de estar dispuestos a cumplir su voluntad.

San Pablo en su carta a los filipenses nos muestra al Señor Jesús que, renunciando a su categoría de Dios, se rebaja hasta tomar la condición de esclavo. Quiere asumir por completo nuestra condición de criaturas para que, haciéndose uno más de nosotros, vivir en su persona todo aquello que conlleva la naturaleza humana: hambre, sed, cansancio y sufrimientos de todo tipo. Quiere identificarse en todo con nosotros, excepto en el pecado. Por eso Dios, viendo su anonadamiento, lo eleva, por encima de toda criatura y le concede el «Nombre sobre todo nombre». De esta manera muestra el camino para que el Señor se complazca en nosotros, que no es otro que el de la humildad. Somos gratos al Señor cuando, reconociendo nuestra pequeñez y nuestra impotencia, recurrimos a Él. Así lo dice la Escritura: «El Señor se complace en el humilde y mira desde lejos al soberbio».

Finalmente, el evangelio de hoy narra con detalle toda la Pasión del Señor. La Iglesia quiere así que contemplemos todo lo que el Señor tuvo que sufrir, para limpiar nuestros pecados y con su muerte derrotar al señor de la muerte, al maligno. Veremos al Señor en la tremenda lucha que comporta asumir su Pasión. Lo veremos abandonado por los suyos, vilipendiado por la muchedumbre, con el cuerpo destrozado por los azotes, con su cabeza coronada de espinas y exangüe colgando de la cruz. Todo lo sufrió por amor a ti y a mí, que cada día le pagamos con nuestras ingratitudes.

La Iglesia nos invita a no ser meros espectadores de esta epopeya, sino a vivirla de una manera existencial, porque somos los beneficiarios de la obra salvadora del Señor. Si sufrió, murió y resucitó, lo hizo por ti y por mí. Por tanto, acompañémosle en su Pasión, para poder así participar también en el triunfo de su Resurrección.