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DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO TENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rm 5, 12-15 * Mt 10, 26-33

El evangelio de hoy nos invita a que, cuando en nuestra vida nos encontremos en situaciones o vivamos acontecimientos que, teniendo una razón concreta, nos es difícil explicar o entender, remitamos la justicia a Dios.  Para estas ocasiones, el Señor viene a decirnos: No tengáis miedo, no os molestéis en dar explicaciones. Todo lo que hoy está oculto, llegará un día en que verá la luz. No temáis a los hombres. Vuestro temor ha de tenerme a mí como centro. Si algo tenéis que temer es que yo desaparezca de vuestras vidas. Ese es el santo temor de Dios.

Las palabras que siguen son ciertamente consoladoras. El Señor nos hace presente su providencia. Él cuida de todo y todo lo mantiene. En nuestra vida encontramos unos acontecimientos que nos parecen buenos y otros malos. Sin embargo, no es correcto pensar que Dios es el origen de estos acontecimientos. Todo, enfermedades, desgracias, y sufrimientos, así como todo lo que nos satisface y produce en nosotros alegría, sucede, desde luego, porque él lo permite. Sin embargo, nada malo nos llega de sus manos. Lo dice en el Libro de la Sabiduría: «Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes». Lo que sí es cierto, es que aprovecha todos estos acontecimientos para corregirnos y educarnos. Nada hay que para Él pase desapercibido. Hasta la venta de unos pajarillos, como dice hoy el evangelio. Por eso, para nuestra tranquilidad, para que podamos vivir sin ningún temor nos dice: “No tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.”

El Señor nos conoce tan profundamente que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza. Él sabe de nuestras necesidades, inquietudes, problemas, sufrimientos y debilidades. Nada de cuanto nos acontece le es extraño. Todo tiene su sentido y todo tiene su razón de ser. De manera que, para el cristiano, la casualidad o la suerte no existen. Ya hemos dicho que el Señor aprovecha todo lo que nos ocurre para educarnos y corregirnos. Por eso, es importante saber leer en los acontecimientos de cada día, lo que el Señor quiere decirnos.

La voluntad de Dios es, sin duda, la que Jesús expresa al final del Evangelio. Quiere que no tengamos miedo a confesar su nombre. Que, dejando aparte todo respeto humano, seamos capaces de manifestar que somos sus discípulos. Que en una sociedad que está dando la espalda a Dios, y aún más, que está negando su existencia, de palabra y de obra lo hagamos presente sin ningún reparo. De ser así, si nos ponemos de su parte delante de los hombres, tendremos la certeza de que Él, un día, ante Dios su Padre, también se pondrá de nuestra parte.


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SE COMPADECIÓ PORQUE ESTABAN COMO OVEJAS QUE NO TIENEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 19,2-6a * Rm 5, 6-11 * Mt 9, 36-10,8

En el inicio del evangelio de esta semana vemos al descubierto el corazón del Señor Jesús, al decir que viendo a las gentes sentía compasión de ellas porque estaban «como ovejas sin pastor». Por eso, dirigiéndose a sus discípulos les dice: «La mies es abundante pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»

Esta frase que pone hoy el Evangelio en boca de Jesús, puede inducirnos a error. Quizá pensamos al escucharla que Jesús se refiere a la necesidad que tiene el mundo, de la presencia de presbíteros y personas consagradas, que trabajen en la Iglesia y que se esfuercen por extender el Reino de Dios.

Sin duda, el Señor en un principio piensa en ellos. La prueba la encontramos en que el mismo, es el que a continuación envía a sus Apóstoles a anunciar la Buena Nueva del Reino. Esto, quizá, podría hacernos pensar que esta palabra no va con nosotros. Sin embargo, si hacemos una lectura más amplia del pasaje, descubriremos que todos los que por el Bautismo estamos incorporados a Cristo, no podemos en ningún modo vivir ajenos a la misión que este sacramento nos ha conferido. Todos hemos recibido por este Sacramento la misión de anunciar la Buena Nueva a los que nos rodean.

No somos cristianos para asegurar nuestra salvación personal. La misión que como miembros del cuerpo de Cristo tenemos, es hacerlo presente en la sociedad en la que vivimos. Es necesario hacer llegar su salvación a todos los hombres.  Extender el Reino nos incumbe también a nosotros. Es algo a lo que no podemos renunciar. Como discípulos del Señor, hoy somos su boca, sus brazos y sus manos, en medio de esta generación en la que nos ha tocado vivir. Los que nos rodean han de llegar a conocer al Señor a través de nuestra vida. Estamos llamados a ser sus testigos.

El Señor dice, con razón, que la mies es mucha y pocos los trabajadores. Por tanto, es necesario que allí donde nos encontremos, familia, trabajo, amistades, vecindario, etc., lo hagamos presente con nuestra actitud. No podemos vivir en un divorcio entre lo que creemos y lo que practicamos. Es necesario que los demás vean en nosotros otros cristos. Quizá pensemos que esto es difícil. No es difícil, es imposible para nosotros, pero para Dios no hay nada imposible. Es él, el primer interesado en que esto se lleve a cabo. Por eso, a pesar de nuestra debilidad, si pedimos que su Espíritu habite en nosotros, Él, nos lo dará gratuitamente y nos concederá la fuerza para poder realizar la misión a la que como cristianos nos llama.

 


SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

«ÉSTE ES EL PAN QUE HA BAJADO DEL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3. 14b-16a. * 1 Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

     La Iglesia pone hoy a nuestra consideración, un acontecimiento de una magnitud mucho mayor que el propio hecho de la creación del mundo. La locura divina en favor de aquellos para los que no había salvación, alcanza niveles que sólo cabe situar en la imaginación de un Dios todo amor, que opta por quedarse en medio de nosotros, no sólo para que le demos culto, sino para convertirse en nuestro alimento.

    El Señor Jesús sabe que ha llegado su hora. Que ha de realizar el encargo que ha recibido del Padre. Juan nos dirá que, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Por eso, antes de entregar su vida en la Cruz, quiere perpetuar hasta el fin de los tiempos su presencia en medio de nosotros, llevando a cabo el milagro más grande que jamás se haya realizado. Mucho más grande, como decíamos al principio, que la propia creación del universo.

    En esta ocasión, no se revestirá de la naturaleza humana para hacerse uno de nosotros, sino que se rebajará hasta convertirse en nuestro alimento, a fin de que al comerlo seamos nosotros los que nos vayamos transformando en otros cristos. Como discípulos del Señor estamos llamados a eso, a hacer presente en esta generación al mismo Cristo encarnado en nosotros. Es la única forma de que aquellos que nos rodean se encuentren con el Señor Jesús

   Quizá nunca lleguemos a darnos cuenta de lo que supone tener en nuestras manos en el momento de comulgar, al propio Dios. Se nos concede entonces algo que está vedado a los ángeles. Necesitamos la capacidad de asombro de un niño, para ser conscientes del don que se nos otorga. Aquel que hizo el cielo, la tierra y el universo entero, se deja comer por aquellos que con sus pecados le han llevado a la Cruz. ¿Cabe locura mayor? Quiere de esta forma perpetuar, y al propio tiempo actualizar su obra redentora. Quiere que con este alimento recibamos la fuerza necesaria para amar como Él nos amó, y perdonar como Él lo hizo en la Cruz.

    El Pueblo de Israel exclama y con razón en uno de sus salmos: ¿Hay algún pueblo que tenga a sus dioses tan cerca, como lo está de nosotros nuestro Dios?  Nosotros, herederos de aquel pueblo, podemos asegurar que hemos recibido esa cercanía en plenitud, y que la promesa de Cristo Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, la ha cumplido quedándose entre nosotros en forma de Eucaristía.

    De nuestro corazón ha de nacer un sincero agradecimiento, porque, sin merecerlo, el Señor Jesús, no sólo nos sienta a su mesa, sino que Él mismo se convierte para nosotros en el alimento que nos lleva a la vida eterna.


DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

«ALABADA SEA LA TRINIDAD SANTA Y SU UNIDAD INDIVISA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6. 8-9 * 2Cor 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

Terminado el Tiempo Pascual, la Iglesia pone a nuestra consideración el Misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas pero que son un único Dios. Este misterio encierra la propia esencia de nuestro Dios. No es nuestra intención intentar profundizar en este misterio. Eso lo dejamos para los teólogos, aunque, sinceramente, y sin pretender escandalizar a los expertos, creemos que la salvación no depende de tener conocimientos más o menos amplios sobre este tema.

Intentaremos explicar con palabras sencillas la esencia de este misterio. Hemos dicho en repetidas ocasiones que el material, usando un expresión humana, del que está formado Dios, es el Amor. Cuando nosotros hablamos emitimos unos sonidos que se propagan al hacer vibrar la materia. Nuestras cuerdas vocales hacen vibrar el aire, y mediante esa vibración se va propagando el sonido, que no es un material, sino una forma de energía, que se extingue cuando cesa la vibración.

Este fenómeno no sucede de igual manera, cuando el que emite el sonido, la palabra, es Dios. En ese caso, tiene tal potencia que la Palabra del Padre engendra un ser totalmente diferente. Es el origen del Hijo. Por eso decimos que el Hijo es la Palabra del Padre. Finalmente, entre el Padre y el Hijo surge una intensa relación de amor, que tiene como resultado la aparición del Espíritu Santo.

  A nosotros lo que nos interesa conocer es, cuál es la acción que cada una de las tres Divinas Personas lleva a cabo en la historia de la salvación y, por tanto, en cada una de nuestras vidas. No debemos hablar de la Santísima Trinidad de una forma teórica o abstracta, porque cada una de las tres Personas, ha actuado de una manera directa en tu vida y en la mía. En primer lugar, tú y yo, somos consecuencia directa de la acción del Padre. Somos fruto de su amor, porque desde toda la eternidad pensó en cada uno de nosotros y nos amó tiernamente. Ese amor hizo que, en un momento dado de la historia, apareciéramos nosotros. Es para nosotros, pues, Creador. Por otra parte, heredamos, como todas las personas, el pecado de nuestro primer padre, que trajo como consecuencia el sufrimiento y la muerte. Es precisamente en este punto, donde tomó el relevo la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, que, adquiriendo una naturaleza como la nuestra se sometió al suplicio de la Cruz, a fin de penetrar en la muerte y destruirla resucitando. De esta manera, nos libró de la esclavitud del pecado rompiendo las ataduras de la muerte y abriéndonos las puertas del cielo. Cumplida su misión, el Señor Jesús, muerto y resucitado, entregó el testigo al Espíritu Santo, que, permaneciendo dentro de la Iglesia hasta la consumación de los siglos, la santifica, la fortalece y la defiende del enemigo. Es Él, el que da conciencia a nuestro espíritu del amor del Padre y del Hijo, y a la vez testifica en nuestro interior que somos hijos de Dios.

Unidos al Señor Jesús, y por el impulso del Espíritu Santo, demos gracias al Padre, porque ha tenido a bien revelarnos a nosotros, pequeños y pecadores, el misterio de su amor.


DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20,19-23

Diez días después de la Ascensión del Señor celebramos la fiesta de Pentecostés. Tal y como había anunciado en diversas ocasiones el Señor Jesús, el Padre cumple la promesa de enviar sobre la naciente Iglesia el don del Espíritu Santo. Podemos decir con ello que, la Iglesia fundada por Jesucristo, alcanza la mayoría de edad.

Para que entendamos mejor cuál es la obra del Espíritu Santo en la Iglesia, vamos a poner un ejemplo tomado de la vida corriente. La Iglesia de Jesucristo ha sido fundada por el Señor Jesús. Él eligió a sus apóstoles, y él fue el que puso en sus manos la misión a llevar a cabo. Podríamos decir haciendo una comparación un tanto burda, pero esclarecedora, que el Señor monta un automóvil perfecto con todas las piezas correspondientes. Sin embargo, vemos con extrañeza que ese automóvil no puede ponerse en marcha. Le falta algo.

Esta situación es la misma que vive la Iglesia los cincuenta días primeros de su existencia. Están las personas, está la misión. Durante cuarenta días el Señor se les manifiesta, sin embargo, los discípulos no se significan en ningún acontecimiento especial que pueda destacarse en este principio de la vida de la Iglesia.

¿Qué le pasa al coche, o qué le pasa a la Iglesia? Sencillamente, le falta la gasolina, le falta el carburante para ponerse en marcha. De manera que, cuando en Pentecostés los discípulos reciben el don del Espíritu Santo, todo cambia radicalmente. Perdido el temor a los judíos, abren puertas y ventanas y se lanzan a anunciar a todos la Buena Nueva de la Resurrección del Señor Jesús. ¿Quién ha hecho el milagro? ¿Quién ha transformado sus vidas? Sin duda, el don que les ha enviado el Padre, el don del Espíritu Santo. Él será de ahora en adelante, en la vida de la Iglesia, el carburante, la fuerza que llevará adelante la misión que el Señor Jesús ha encomendado a su Iglesia.

Queremos hacer una aclaración. El Señor Jesús está siempre vivo y resucitado en su Iglesia, así nos lo prometió antes de subir al cielo. Sin embargo, no es él el que actúa directamente en la vida de la Iglesia. Los frutos que da la Iglesia no los realiza él. Cada una de las Tres Divinas Personas tiene en relación con nosotros una misión concreta. Dios-Padre es el Creador, el Señor Jesús es nuestro Redentor, que ya cumplió con su misión cargando con nuestros pecados, librándonos de la muerte y abriéndonos las puertas del cielo. Es él el que, como en una carrera de relevos, finalmente, entrega el testigo al Espíritu Santo que es el Santificador, y es el que hace posible que nosotros recibamos los dones del Padre y del Hijo.

Por tanto, todo lo que sucede en la vida de la Iglesia, santificación, perdón de los pecados, la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, las gracias que nos otorgan los restante sacramentos, la fuerza de la Palabra en la predicación, el gobierno de la Iglesia llevado a cabo por sus pastores, etc., todo, absolutamente todo, se debe a la acción del Espíritu Santo. Se le llamó en otro tiempo el gran desconocido, sin embargo, sin su continua presencia no sería posible la vida de la Iglesia. Será de justicia, pues, que en nuestra vida de fe les reservemos un lugar importante, para que en todo momento esté presente en nuestras vidas.


DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

«TODO LO PUSO BAJO SUS PIES Y LO DIO A LA IGLESIA COMO CABEZA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11* Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

El Señor Jesús después de resucitado estuvo manifestándose durante cuarenta días a sus discípulos, fortaleciendo la fe en su persona y en el hecho mismo de la resurrección. Serán en la Iglesia naciente testigos de esa resurrección, afirmando, como lo hace Pedro en los Hechos de los Apóstoles, «Nosotros somos esos testigos, comimos y bebimos con él, después de que resucitó». 

Hoy, cuarenta días después de la resurrección, llega el momento de que el Señor regrese junto al Padre. Antes de hacerlo, el Señor Jesús reúne a sus discípulos y pone en sus manos la que será la misión primordial de la Iglesia. Les dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». 

San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos narra los últimos momentos de la estancia del Señor con sus discípulos, así como las recomendaciones que les hace. En primer lugar, les recomienda: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre de la que os he hablado... Juan bautizó con agua, vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo». Les anuncia de esta manera la inminente venida del Espíritu Santo, que hará de ellos «sus testigos en Jerusalén, en Samaría y hasta los confines de la tierra». Dicho esto, continúa san Lucas, «lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista».

Este pasaje es consolador y hace referencia directa a tu vida y a la mía. Hoy, esos discípulos de los que habla la Palabra, somos tú y yo. Por lo tanto, las palabras del señor Jesús se refieren a ti y a mí. Tú y yo, que hemos visto que el Señor Resucitado ha actuado muchas veces en nuestra vida, somos llamados a testimoniar delante de los que nos rodean, que Él vive entre nosotros, que no es una idea o una ilusión, que su presencia es real.

Somos testigos, también, de que ha recibido del Padre todo poder y que intercede ante él por todos nosotros. Que, en nuestras luchas, fracasos, tentaciones, enfermedades y alegrías, está junto a nosotros, que es el Señor, el Kyrios. Qué Él es la cabeza del cuerpo del que nosotros somos los miembros. Que esa cabeza está en el cielo, y que de la misma manera que en un parto en cuanto aparece la cabeza del niño le sigue todo el cuerpo, también a nosotros, Él, nos arrastrará y nos introducirá en el cielo.

El Señor también nos hace otra recomendación importante: «No os alejéis de Jerusalén», que equivale a decirnos: no os alejéis de la Iglesia, porque en ella encontraréis la fuerza y el consuelo del Espíritu Santo para hacer frente a todas las dificultades y luchas de la vida. Y vivid sin temor, «porque yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«NO OS DEJARÉ DESAMPARADOS, VOLVERÉ»

 

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21

Continuamos hoy con el Discurso de las Despedidas del evangelio de san Juan. El Señor Jesús, que conoce la debilidad de aquellos a los que ha elegido, y ante el hecho ya inminente de su partida, les hace una gran promesa: «Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros». Anuncia, pues, el envío del Espíritu Santo, que será el encargado de abrirles las mentes y dar testimonio en su interior, de todo lo que él les ha mostrado, dándoles la certeza de su continua presencia en medio de ellos.

La inquietud de los discípulos al considerar la marcha del Maestro, es lógica, y rompe por completo el esquema que ellos se han trazado con respecto a la misión del Señor Jesús en el mundo. Ellos esperan un liberador, un salvador que restaure la hegemonía del pueblo. No acaban de entender que esa liberación, esa salvación, está referida principalmente al pecado. No es la esclavitud física o el dominio que los romanos ejercen sobre los israelitas, agobiados por los impuestos, lo que los hace infelices. Es el pecado y su fruto que es la muerte, lo que de verdad amarga al hombre y lo esclaviza.

El Señor Jesús, que ama intensamente a sus discípulos, quiere apartar de ellos toda inquietud. «No os dejaré desamparados, volveré», les dice. Y añade a continuación: «Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

Todo este pasaje es profundamente consolador también para nosotros, que no hemos conocido físicamente al Señor Jesús, pero que somos testigos de lo que cada día obra en nuestras vidas. Sabemos que está continuamente junto a nosotros vivo y resucitado, y que también está con nosotros el Espíritu Santo que ilumina nuestras vidas y nos defiende de las tentaciones del maligno.

Actuando en nuestro interior abre nuestros ojos dándonos discernimiento para ver la obra del Señor en nuestra vida. Algo que está vedado al mundo. Por eso también se cumplen en nosotros las palabras del Señor Jesús: «el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

Nosotros no podemos acceder directamente al Padre, sin embargo, nos es posible hacerlo a través de la persona del Señor Jesús que está unido al Padre. Po eso es él, el que hoy nos dice: «Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros».

Ahora podemos pensar nosotros, ¿cómo pagaremos al Señor todos estos mimos que nos da sin merecerlos? ¿Cómo demostrarle que lo queremos? El mismo no da la solución: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».


DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA -A-

«QUIEN ME HA VISTO A MÍ HA VISTO AL PADRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6,1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12

El fragmento del evangelio de este domingo está tomado de los Discursos de Despedida del evangelio de san Juan. El Señor Jesús sabe que su estancia en la tierra está llegando a su fin, y que pronto regresará junto al Padre. La inquietud de los discípulos es lógica, por eso lo primero que les dice es: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí…  me voy a prepararos sitio». «Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás, que no acaba de estar demasiado de acuerdo con lo que dice el Señor, replica: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿cómo podemos conocer el camino?». La respuesta del Señor Jesús es rotunda: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora lo conocéis y lo habéis visto».

Ante estas palabras de Jesús, es ahora Felipe el que interviene: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». El Señor, quizá mirándolo con cariño y moviendo la cabeza, le dice: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces Felipe? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?». «Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mí».

Este diálogo del Señor con sus discípulos, lo tiene hoy contigo y conmigo. En nosotros que, viendo los acontecimientos que suceden en la sociedad, y recibiendo cada día el bombardeo continuo del mundo ofreciéndonos una felicidad pasajera y barata, surgen dudas que siembran en nuestro corazón la intranquilidad. Comprobamos también, cómo aquellos que han vuelto la espalda a Dios y siguen sus apetencias viviendo según sus criterios, aparentemente prosperan y son felices. ¿Cómo es posible esto, nos preguntamos?

También a ti y a mí el Señor Jesús nos responde hoy: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí…» No os dejéis arrastrar por esos espejismos del mundo. Todo son apariencias. La felicidad que os brinda el mundo es pasajera y falsa. Es posible que, como Tomás, también nosotros preguntemos al Señor: entonces, ¿cuál es el camino para encontrar esa felicidad y esa paz verdaderas? La respuesta no se hace esperar, y el Señor Jesús nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Éste es, pues, el camino seguro a seguir. El único que lleva a la verdadera felicidad, porque también a nosotros el Señor nos ha preparado un sitio y, como les dijo a sus discípulos, quiere que donde él esté, estemos también nosotros.