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DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20,19-23

Diez días después de la Ascensión del Señor celebramos la fiesta de Pentecostés. Tal y como había anunciado en diversas ocasiones el Señor Jesús, el Padre cumple la promesa de enviar sobre la naciente Iglesia el don del Espíritu Santo. Podemos decir con ello que, la Iglesia fundada por Jesucristo, alcanza la mayoría de edad.

Para que entendamos mejor cuál es la obra del Espíritu Santo en la Iglesia, vamos a poner un ejemplo tomado de la vida corriente. La Iglesia de Jesucristo ha sido fundada por el Señor Jesús. Él eligió a sus apóstoles, y él fue el que puso en sus manos la misión a llevar a cabo. Podríamos decir haciendo una comparación un tanto burda, pero esclarecedora, que el Señor monta un automóvil perfecto con todas las piezas correspondientes. Sin embargo, vemos con extrañeza que ese automóvil no puede ponerse en marcha. Le falta algo.

Esta situación es la misma que vive la Iglesia los cincuenta días primeros de su existencia. Están las personas, está la misión. Durante cuarenta días el Señor se les manifiesta, sin embargo, los discípulos no se significan en ningún acontecimiento especial que pueda destacarse en este principio de la vida de la Iglesia.

¿Qué le pasa al coche, o qué le pasa a la Iglesia? Sencillamente, le falta la gasolina, le falta el carburante para ponerse en marcha. De manera que, cuando en Pentecostés los discípulos reciben el don del Espíritu Santo, todo cambia radicalmente. Perdido el temor a los judíos, abren puertas y ventanas y se lanzan a anunciar a todos la Buena Nueva de la Resurrección del Señor Jesús. ¿Quién ha hecho el milagro? ¿Quién ha transformado sus vidas? Sin duda, el don que les ha enviado el Padre, el don del Espíritu Santo. Él será de ahora en adelante, en la vida de la Iglesia, el carburante, la fuerza que llevará adelante la misión que el Señor Jesús ha encomendado a su Iglesia.

Queremos hacer una aclaración. El Señor Jesús está siempre vivo y resucitado en su Iglesia, así nos lo prometió antes de subir al cielo. Sin embargo, no es él el que actúa directamente en la vida de la Iglesia. Los frutos que da la Iglesia no los realiza él. Cada una de las Tres Divinas Personas tiene en relación con nosotros una misión concreta. Dios-Padre es el Creador, el Señor Jesús es nuestro Redentor, que ya cumplió con su misión cargando con nuestros pecados, librándonos de la muerte y abriéndonos las puertas del cielo. Es él el que, como en una carrera de relevos, finalmente, entrega el testigo al Espíritu Santo que es el Santificador, y es el que hace posible que nosotros recibamos los dones del Padre y del Hijo.

Por tanto, todo lo que sucede en la vida de la Iglesia, santificación, perdón de los pecados, la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, las gracias que nos otorgan los restante sacramentos, la fuerza de la Palabra en la predicación, el gobierno de la Iglesia llevado a cabo por sus pastores, etc., todo, absolutamente todo, se debe a la acción del Espíritu Santo. Se le llamó en otro tiempo el gran desconocido, sin embargo, sin su continua presencia no sería posible la vida de la Iglesia. Será de justicia, pues, que en nuestra vida de fe les reservemos un lugar importante, para que en todo momento esté presente en nuestras vidas.


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