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DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SEÑOR, SÁLVAME»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 9a.11-13a * Rom 9, 1-5 * Mt 14, 22-33

El evangelio de este domingo es un fiel reflejo de lo que ocurre en nuestra vida de fe. Encontramos al Señor Jesús a la orilla del mar inmediatamente después de la multiplicación de los panes y los peces. Para evitar que la gente se eche sobre los discípulos para agradecerles el milagro que ha hecho, les apremia a subir a la barca para dirigirse a la otra orilla, mientras él despide a toda la gente.

Cuando el Señor se queda a solas sube al monte para orar mientras cae la noche. Entre tanto, la barca, ya muy lejos de la orilla, se ve zarandeada y sacudida por las olas porque el viento es contrario. Hacia la cuarta vigilia, alrededor de las tres o las cuatro de la madrugada, se les acerca Jesús caminando sobre el mar. Ellos, gritando de miedo, lo confunden con un fantasma. El Señor, para tranquilizarles les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro, impulsivo, como siempre, le contesta: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Y el Señor le dice: «Ven».

Pedro, inmediatamente, baja de la barca y se dirige hacia Jesús caminando sobre el agua. Sin embargo, comprobando la violencia de las olas, siente miedo, empieza a hundirse, y grita: «Señor, sálvame». El Señor Jesús extiende el brazo, lo agarra y le dice: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

Hemos comenzado este comentario sobre el evangelio diciendo que era un fiel reflejo de lo que ocurre en nuestra vida de fe. Veamos en qué se parecen. Nuestra existencia es semejante a la barca en la que navegan los discípulos. Atravesamos períodos de bonanza, pero también nos toca enfrentarnos a borrascas en las que con frecuencia tenemos el peligro de naufragar. Aparecen enfermedades serias, problemas familiares difíciles de arrostrar. Complicaciones económicas o de trabajo que no sabemos cómo afrontar… Además, hay que añadir otros tipos de problemas de índole personal como defectos particulares, inclinaciones y vicios que nos cuesta confesar, indolencia en el trabajo, falta de arrojo y empuje a la hora de tomar decisiones graves… Todo esto puede arrastrarnos a caer, incluso, en depresión al comprobar que no está a nuestro alcance encontrar la solución.

Todas estas situaciones no podemos achacarlas a la decisión divina. No son provocadas por Dios. Sin embargo, sí que están permitidas por el Señor para domeñar nuestro orgullo, y también, como medio que nos lleve a constatar nuestra pobreza e impotencia, y la necesidad que tenemos en nuestra vida de su presencia. De manera que, cuando parece que todo está perdido, cuando nos envuelve la oscuridad, Él se hace presente para decirnos: ¡Ánimo! No temas. Yo estoy aquí, no te he dejado sólo en la vida, sino que camino junto a ti para ayudarte.

Si nos fijamos en el evangelio veremos que el Señor no calma la tempestad para que Pedro pueda caminar sin temor. Tampoco a nosotros nos quitará los problemas, sino   que nos ayudará a superarlos, a caminar sobre ellos. Sin embargo, fijémonos en una particularidad. Pedro no se hunde en tanto en cuanto camina mirando al Señor. Se hunde, sólo, cuando se mira a sí mismo, cuando mira su realidad y deja de mirar al Señor. Que esta experiencia nos sirva a ti y a mí. No miremos nuestras imperfecciones y pecados. Caminemos con la mirada puesta en el Señor. Su amor por nosotros hace que él nos vea perfectos. Nuestros pecados e infidelidades ya quedaron lavados por su Sangre.


LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

«ÉSTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO» 

 

CITAS BÍBLICAS: Dn 7,9-10.13-14 * 2Pe 1,16-19 * Mc 9, 2-10 

Este año por coincidir el Domingo XVIII de tiempo ordinario con la fiesta de la Transfiguración, la liturgia que celebramos es la que corresponde a esta fiesta del Señor.

En el evangelio de hoy san Marcos nos dice que el Señor Jesús se lleva a Pedro, a Santiago y a Juan, y sube con ellos a un monte muy alto. Llegados a la cima se transfigura delante de ellos mostrando un rostro resplandeciente y unos vestidos de un blanco deslumbrador. Aparecen Moisés y Elías y se ponen a conversar con él.

Los discípulos presencian la escena con una mezcla de temor y asombro. Pedro, como siempre el más decidido, exclama: «¡Maestro, que bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía está hablando cuando una densa nube los envuelve y una voz que sale de la nube dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». Un instante después, todo vuelve a la normalidad.

Este acontecimiento tiene lugar cuando el Señor Jesús se dirige hacia Jerusalén con sus discípulos dispuesto a llevar a cabo su Pasión, cumpliendo de este modo la voluntad del Padre. Conoce de antemano todo lo que va a suceder, y sabe cuán débil es la fe de los suyos, para poder asumir unos acontecimientos tan trágicos. Precisamente por esto se transfigura ante ellos, para reafirmar así la fe en su persona. Bajando del monte, hará mención a su Pasión y Resurrección, al ordenarles que no cuenten a nadie lo sucedido.

Este pasaje del evangelio también viene en ayuda de nuestra poca fe. Es cierto que creemos en Dios, que creemos en su Hijo Jesucristo y que creemos en la vida eterna, pero lo cierto es que nos vemos limitados y dominados por el pecado. Con frecuencia los acontecimientos del día a día nos hacen sufrir y crean en nosotros dudas de fe. La fe nos dice que estamos llamados a la vida eterna, pero lo cierto es que nos vemos encerrados en un cuerpo mortal con muchas deficiencias y sometido a diversas esclavitudes. Por eso, en esta palabra, el Señor quiere mostrarnos a qué estamos llamados. Quiere poner en primer plano aquello a lo que nos tiene destinados. La fe nos dice que tú y yo, al igual que Jesucristo en el monte, veremos transformada por completo nuestra persona. Nuestro cuerpo, después de la muerte, no quedará definitivamente en la tumba. Seremos, como dice san Pablo, transformados. San Juan, en su primera carta nos lo explica a la perfección cuando dice: «Queridos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

En la Transfiguración del Señor se ha hecho presente el Padre cuando desde la nube ha afirmado: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». El Padre nos da testimonio de que aquel es su Hijo amado. Nos invita, por tanto, a escucharle porque su voluntad para nosotros es vida eterna, y la vida eterna solo la lograremos al encontrarnos con su Hijo Jesucristo. Esta voz sonó entonces en la montaña para el Señor Jesús y sus discípulos, pero hoy suena aquí para ti y para mí. Hoy, el Padre nos mira y se complace en nosotros, que unidos a su Hijo Jesucristo, hemos recibido por el Bautismo la filiación divina.

Para nosotros, escuchar al Hijo no ha de suponer una obligación, todo lo contrario, escuchar al Hijo ha de ser para ti y para mí una necesidad. De la misma forma que nuestro cuerpo necesita cada día alimentarse para poder desarrollarse y vivir, así nuestro espíritu tiene necesidad de la Palabra de Dios para crecer en la fe, que es la que nos da la certeza de que somos hijos de Dios.

Cuando sucede esto, es cuando el Padre se complace en nosotros y nos llama hijos amados, porque en nosotros, en ti y en mí, ve la persona de su Hijo Jesucristo.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DALES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21

La Iglesia nos ofrece hoy en la primera lectura un fragmento del Libro del Profeta Isaías. Se trata de una palabra muy corta y a la vez muy actual. Retrata la situación del hombre, la tuya y la mía, en esta vida. Destaca dos necesidades fundamentales de nuestra vida, la bebida y la comida, para hacernos ver que somos sedientos que vamos en busca de agua, y también hambrientos que gastamos nuestros bienes intentando cubrir estas necesidades.

Lo malo es que gastamos nuestro dinero, nuestro salario, adquiriendo un agua que no calma la sed, y unos alimentos que no dan hartura. ¿Entiendes qué significa esto? Significa que en tu vida y en la mía gastamos muchas energías queriendo encontrar un poco de felicidad, queriendo encontrar la razón de nuestra existencia, algo que dé sentido a nuestra vida. Y, yo te pregunto, ¿todo lo que haces te complace, te llena, sacia tu corazón, o te deja un mal sabor de boca? ¿Experimentas hartura y plenitud, o por el contrario te das cuenta de que nada te satisface?

La solución a esta situación nos la da el Señor al final cuando dice: «Escuchad atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis». Sólo el Señor con su Palabra puede apagar nuestra sed y satisfacer nuestra hambre. Nada de lo que ofrece el mundo es capaz de llenarnos por completo. Por tanto, no seamos necios y no malgastemos nuestras energías buscando una felicidad fugaz, que al fin y al cabo lo único que produce en nosotros es una mayor insatisfacción.

Por lo general, la primera lectura de la misa y el evangelio llevan una misma línea y se complementan. Hoy ocurre así en el evangelio de san Mateo. El Señor Jesús ha tenido conocimiento de la muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes, y sale en barca buscando un lugar solitario para descansar. Sin embargo, la gente, que se da cuenta de esto, le sigue por tierra y se le adelanta, de manera que cuando desembarca se encuentra con un gran gentío que le espera. San mateo nos dice que, viendo a la multitud, le da lástima y se queda con ellos curando enfermos.

Está atardeciendo y los discípulos le apremian para que despida a la gente a fin de que encuentren cobijo y algo para comer. El Señor les sorprende diciendo: «Dadles vosotros de comer». Ellos, responden: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces…». El Señor Jesús alzando la mirada al cielo, pronuncia la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los repartan. Dice el evangelio: «Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras». Eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Hoy, la historia se repite. A tu alrededor y el mío hay una muchedumbre de gente hambrienta. Necesitan conocer para qué viven. Necesitan encontrar la razón de su existencia. No se conforman en pensar que el hombre, nace, crece, se reproduce y muere, sin más. No aceptan una vida así, que consideran un fracaso. Tienen ansia de permanencia. Quizá, sin ser demasiado conscientes, tienen necesidad de la vida eterna por la semilla de inmortalidad que Dios ha sembrado en su interior al crearles. Por eso, hoy, el Señor, también siente lástima de ellos y nos dice a ti y a mí, dadles vosotros de comer. Anunciadles mi amor y mi perdón. Anunciadles que les tengo reservada una vida eterna, sin sufrimientos, sin luchas, sin llantos. Una vida feliz a mi lado. Sólo necesito para dársela, que no duden de mi misericordia, que tengan la certeza de que los amo por encima de sus pecados y rebeldías.  


DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UNA PERLA DE GRAN VALOR...»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 3, 5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52 

En este domingo damos fin en el evangelio a las Parábolas del Reino. Van a ser tres las que nos proponga la Iglesia. Las dos primeras, la del tesoro escondido y la del comerciante en perlas finas, quizá nos recuerdan lo que nos ocurrió a muchos cuando escuchamos por primera vez, conscientemente, el anuncio de la Buena Noticia, el anuncio del Kerigma. Fue una auténtica novedad para nosotros, educados en el escuerzo, escuchar que el Señor nos amaba en nuestra realidad. Que no exigía para querernos que cambiáramos de vida. Que no se escandalizaba de nuestras debilidades y pecados. Que nos amaba gratuitamente sin pedirnos nada en compensación. Fue un verdadero revulsivo y a la vez una auténtica sorpresa tener conocimiento de un Dios que nos amaba de esa manera.

Nosotros nos llevamos la misma sorpresa que el trabajador que descubre en el campo un tesoro escondido, y que no tiene inconveniente en vender todo lo que posee, con tal de adquirir aquel campo. Ese tesoro ha sido para nosotros descubrir el inmenso amor con el que el Señor nos ama. Es la experiencia de los santos que, al descubrir en su vida el amor de Dios, ya no han tenido inconveniente en renunciar a todos sus bienes, con tal de experimentar ese amor. Es la experiencia del autor del Cantar de los Cantares cuando exclama: «Dar por ese amor todos los bienes de la casa, sería despreciarlo»

Descubrir a un Dios así, tuvo para nosotros el mismo efecto que lo que le ocurre al comerciante en perlas finas cuando, de repente, descubre una de un valor incalculable. No tiene inconveniente en deshacerse del resto de perlas, con tal de poder adquirir aquella tan maravillosa. También la Iglesia, a través de la predicación, abrió ante nosotros el cofre que contenía la perla preciosa, y nosotros, por un instante, quedamos extasiados.

El Señor ha tenido a bien mediante su Iglesia darnos a conocer su amor. Somos agraciados con un don que no merecemos, porque no hemos hecho nada de nuestra parte. Lo único que Él desea es que seamos testigos ante los demás de ese amor incondicional, de ese amor sin límites, que él siente por cada uno de los hombres.

¿Cuál ha de ser nuestra respuesta ante tanta bondad? Yo diría en primer lugar, dejarnos amar. No rechazar ese amor gratuito que nos ofrece el Señor. Presentarnos con humildad ante Él, con nuestras miserias y pecados. Él conoce nuestra realidad, conoce que fuimos concebidos en pecado, y que con sólo nuestro esfuerzo somos totalmente incapaces de hacer el bien. Él necesita nuestra pequeñez, para hacer en nosotros lo que hizo con la Virgen. Elevarnos desde la nada a la categoría de hijos de Dios. Ese es su plan y esa es su voluntad para con nosotros, si por nuestra parte no ponemos ningún impedimento.

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«PARÁBOLAS DEL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12, 13.16-19 * Rom 8, 26-27 * Mt 13, 24-43

Antes de comentar el evangelio de este domingo queremos destacar unas frases de la primera lectura, que pertenecen al Libro de la Sabiduría. En primer lugar, se afirma: «Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo». Luego continúa diciendo: «Tu soberanía universal te hace perdonar a todos», y añade: «Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia», para decir al final: «Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».

Hemos querido destacar estas frases porque a través de ellas queda al descubierto el corazón de nuestro Padre Dios. Un corazón que nos ama tiernamente, aún dentro de nuestras rebeldías. Un corazón en el que no cabe la revancha ante nuestras malas acciones y que cierra los ojos a nuestros pecados. Finalmente, un corazón que espera pacientemente que reconozcamos nuestros errores y que, ya de antemano, está dispuesto a perdonarlos. Tener conocimiento de un Dios así, como el que nos muestra el Libro de la Sabiduría, aleja por completo el miedo y está muy lejos de lo que aprendíamos de pequeños al decir que “Dios era un ser que premia a los buenos y castiga a los malos”. Dios no castiga a nadie. Somos tú y yo los que, por el pecado, nos apartamos de él y experimentamos la muerte.

El evangelio nos ofrece varias de las parábolas conocidas por Parábolas del Reino. A través de ellas el Señor nos da a conocer lo que sucede en el Reino de Dios, que está en medio de nosotros, y que es la Iglesia. La parábola de la Cizaña nos hace presente la figura del enemigo, del maligno, que pretende sembrar en nuestro corazón la mala semilla, con el fin de dañar la buena que recibimos a través de la predicación. Es de admirar la paciencia del Señor que deja crecer al trigo y a la cizaña juntos. Es el tiempo de la paciencia de Dios. En la parábola del grano de mostaza, vemos que el Señor se complace en elegir al pequeño, al que pasa desapercibido, para que, con su ayuda lleve adelante la obra de la evangelización. Nunca podrá atribuirse el éxito, porque quedará patente que la obra es del Señor.

Otra parábola de las expuestas en esta ocasión es la parábola de la levadura. Se trata de una parábola que tiene una aplicación primordial en nuestra vida de fe. Una vez más el Señor elige a lo pequeño y débil: una pequeña porción de levadura. Te elige a ti y a mí que, aunque no estemos convencidos del todo, valemos poco. Quiere que, como la levadura, metida en una gran cantidad de harina, hagamos fermentar toda la masa. Quiere que, a través de nuestra vida, de nuestro comportamiento, los demás, los que nos rodean, lleguen a conocerlo a Él.


DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE TENGA OÍDOS QUE OIGA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

En el evangelio de este domingo la Iglesia nos ofrece una de las parábolas más conocidas: la Parábola del Sembrador.

Es una parábola muy relacionada con la evangelización. En nuestra vida, en nosotros, que nos consideramos discípulos del Señor, la Palabra de Dios tiene una importancia primordial porque, quizá, contra lo que se pueda pensar, es el único medio de que disponemos para hacer crecer nuestra fe. La fe no se adquiere ni con la oración, ni, incluso, con la práctica de los sacramentos. La única manera que tenemos de adquirirla es, mediante la Palabra de Dios y la predicación que sobre ella nos ofrece la Iglesia. Así lo afirma san Pablo en la carta a los Romanos: «la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo» 

Hoy, el Señor, en la Parábola del Sembrador, hará referencia a lo que estamos diciendo. La Palabra de Dios, recibida a través de su proclamación, y también, mediante la predicación, es como una semilla que cae sobre nosotros. Como ocurre con cualquier semilla al ser sembrada, es de vital importancia la tierra sobre la que se deposita. Si la tierra es fértil y está esponjosa, la semilla penetrará en ella y germinará con facilidad. Por el contrario, si la tierra está seca y árida, difícilmente podrá desarrollarse la semilla.

El Señor, hoy nos habla de tres tipos de tierra: aquella que está seca y árida como la de un camino, aquella en la que crecen espinos y abrojos, y aquella que es tierra fértil y bien cultivada, que desea recibir la semilla para que pueda dar fruto. Nuestra actitud ante la escucha de la Palabra es muy semejante a estos tres tipos de tierra. Podemos escuchar la Palabra con un corazón duro y seco que se queda indiferente o que incluso rechaza lo que a través de ella nos dice el Señor. Podemos recibirla también cargados de preocupaciones y problemas, que poco a poco ahogan la Palabra impidiendo que germine y pueda luego dar fruto. Finalmente, podemos en nuestro corazón necesitar escuchar una palabra de aliento y consuelo, frente a la historia de cada día, que enfrentamos con dificultad y que no podemos asumir con sólo nuestras fuerzas.

La Palabra de Dios escuchada con atención y recibida con un corazón dócil, tiene, como la semilla, la fuerza de germinar en nuestro interior para ir transformando nuestra vida, produciendo abundantes frutos de vida eterna. Mediante ella conocemos el amor que Dios nos tiene como a sus hijos, y nos enseña a amarle como Padre. Nos da fuerzas para aceptar los acontecimientos de nuestra vida, tanto los que consideramos buenos, como aquellos que nos desagradan. Es también un bálsamo que cura las heridas que produce en nosotros el pecado. Resumiendo, sin la escucha de la Palabra de Dios, nos es imposible ser cristianos, ser discípulos de Jesucristo. Es necesario, pues, poner los cinco sentidos cuando se proclama, teniendo la certeza de que es el mismo Señor Jesús el que nos está hablando.


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID A MÍ TODOS LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Zac 9, 9-10 * Rm 8,9.11-13 * Mt 11, 25-30 

En contra de lo que sucede en la sociedad, donde el objetivo de la mayoría es medrar y ocupar una situación dominante, en el Reino de los Cielos no caben los grandes y poderosos. Sólo está al alcance de los pobres, de los pequeños, de los humildes y de aquellos que se consideran los últimos. En éstos es, precisamente, en quienes se complace el Señor. Él gusta elegir lo que no vale, para confundir a los sabios y a los que están convencidos de su propio valer.

En el evangelio de hoy vemos como el Señor Jesús da gracias al Padre precisamente por esto, porque ha tenido a bien revelar los secretos del Reino, a los pobres, a los sencillos, a los humildes y a los que humanamente no valen.

Yo te pregunto: ¿En qué lado consideras que estás tú? ¿Eres de los que se creen entendidos, de aquellos a los que la gente respeta y toma en cuenta, o más bien pasas desapercibido y nadie se preocupa demasiado de ti? Piénsalo bien, porque lo verdaderamente importante es que el Señor, viendo que eres poca cosa, que pocos cuentan contigo, te mire con ojos de bondad y se complazca en tu pequeñez. Así lo hizo con María. Miró la humillación de su esclava y la enalteció sobremanera.

En la segunda parte del evangelio, se manifiesta de una manera meridiana el corazón misericordioso del Señor. Él sabe que, por nuestra condición de pecadores, la vida, con frecuencia, se nos hace excesivamente pesada. Que nos ocurre como a los carros del Faraón cuando pretendían atravesar el Mar Rojo persiguiendo a los israelitas, nuestros pies se hunden en la arena y se nos hace muy difícil avanzar. Tenemos dificultades económicas. Surgen problemas serios en nuestra familia. Nos encontramos frente a enfermedades que nos hacen sufrir, y que a veces no tienen solución. Tenemos dificultades en el trabajo. Encontramos problemas en las relaciones con los demás. Nos dominan vicios que no nos atrevemos a confesar. Resumiendo, muchas veces la vida se nos hace poco menos que insoportable.

Ante esta situación, el Señor Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas».

El Señor sabe que la cruz de cada día, de la que no podemos escapar, se nos hace insoportable. Que con sólo nuestro esfuerzo no podemos cargar con ella. Por eso se brinda a ser nuestro Cirineo cargando sobre sus hombros nuestra cruz. Su hombro, es el hombro amigo donde podemos reclinar nuestra cabeza y encontrar reposo. Su ayuda es necesaria para que nuestro corazón encuentre descanso, se vea saciado, y a la vez, tú y yo, encontremos el verdadero sentido a la vida.


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE NO TOMA SU CRUZ Y ME SIGUE, NO ES DIGNO DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,8-11. 14-16ª * Rm 6,3-4.8-11 * Mt 10, 37- 42 

Cuando en una ocasión preguntan a Jesús sobre cuál es el primero y principal de los mandamientos, el responde: amarás al señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Hoy, el evangelio, nos da detalles de cómo entender este mandamiento. Jesús sabe que la verdadera felicidad para el hombre es experimentar en el corazón el amor de Dios, y poder a la vez amarle con todo el ser. Esto significa que nada ni nadie debe anteponerse a esta relación de amor entre el hombre y Dios.

El amor a Dios debe estar por encima del amor a los padres, del amor a los hijos, del amor entre los esposos, incluso por encima del amor que nos profesamos a nosotros mismos. Quizá esto nos lleve a pensar que el Señor es demasiado exigente. Que para nosotros resulta muy difícil, por no decir imposible, amarle de esta manera. Sin embargo, esta exigencia del Señor está llena de sabiduría, porque impide que sin darnos cuenta estemos pidiendo la vida, al amor de los padres, de los hijos, del esposo o de la esposa, de los amigos, etc., sin darnos cuenta de que el único que puede darnos la vida es él. Corremos el peligro de idolatrar a los nuestros, dejando de lado al único que puede llenar por completo nuestra vida.

Si de veras él es el primero en nuestra vida, no cabe duda de que podremos amar a los nuestros con un amor limpio y desinteresado.

Para que no nos llamemos a engaño, el señor Jesús también nos hace presente la cruz. Sin la cruz no puede haber salvación. Por eso el señor la permite en nuestra vida. Nosotros, sin embargo, la rehuimos constantemente. Queremos que aquellos acontecimientos que nos hacen presente el sufrimiento y la muerte desaparezcan de nuestras vidas, sin darnos cuenta de que precisamente en ellos es donde podremos constatar el poder y la ayuda de Cristo.

El sufrimiento es inherente a nuestra condición de pecadores. El pecado, como dice san Pablo, es el aguijón de la muerte, y nosotros, con sólo nuestras fuerzas, nada podemos contra él. Sin embargo, es a través de nuestra debilidad y de nuestra impotencia, como se manifiesta la fuerza de Cristo siempre dispuesto ayudarnos si nosotros lo invocamos.