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DOMINGO IV DE PASCUA -A- Domingo del Buen Pastor

DOMINGO IV DE PASCUA -A- Domingo del Buen Pastor

«YO SOY LA PUERTA DE LAS OVEJAS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10 

A través de las páginas del evangelio vemos al Señor Jesús presentarse a los discípulos encarnando distintas figuras. Unas veces lo hace afirmando que es el Camino, o la Verdad, o la Vida. En otras nos dice que él es la luz del mundo, etc. Sin embargo, hay una figura muy especial que, tomada del Antiguo Testamento, hace referencia al mismo corazón del Señor. No referimos a la figura del pastor. Una figura entrañable que no requiere demasiadas explicaciones.

¿Por qué al Señor Jesús le gusta presentarse como al Buen Pastor? Lo hace porque el Pueblo de Israel, en su origen, era un pueblo de pastores que iba desplazándose de un lugar a otro, buscando agua y buenos pastos para el rebaño. Además, es significativa la especial relación entre el pastor y cada una de sus ovejas. Para el pastor cada oveja no es un número más. Conoce a cada una por su nombre. Está al corriente de su carácter. Está al tanto de sus caprichos y sabe en la alimentación lo que cada una prefiere y, además, gusta tener a los corderitos en su regazo. Resumiendo, pastor y rebaño forman como una gran familia.

Otra particularidad debemos señalar. El pastor defiende a su rebaño del ataque del lobo o de otras alimañas, hasta el extremo de exponer su vida y llegar a perderla, si llega el caso, defendiendo a sus ovejas.

Creo que después de todo lo expuesto, no es de extrañar que el Señor guste presentarse a los que le siguen encarnando la figura del Buen Pastor. En el evangelio de hoy lo hace diciendo: «El pastor llama a sus ovejas y las ovejas atienden su voz. Las llama a cada una por su nombre. Camina delante y ellas le siguen, porque conocen su voz. A un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».

Un poco más adelante el Señor Jesús afirma: «Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos… El ladrón entra para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». El Señor Jesús es para nosotros, el camino, la puerta segura para llegar al Padre. Así lo afirma en otra parte del evangelio cuando dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie puede ir al Padre si no es por mí». 

Si tú y yo estamos convencidos de pertenecer al rebaño del Señor, este evangelio hallará cumplimiento en nuestra vida. Nosotros somos esas ovejas por las que el Señor ha derramado hasta la última gota de su sangre. Nos ha amado hasta el extremo.

Hay una cosa, sin embargo, que no hemos de perder de vista. ¿Cuál es el comportamiento de las ovejas con su pastor? ¿Cómo le pagan sus desvelos y cuidados? De dos maneras: estando atentas a escuchar su voz, y siendo obedientes y dóciles ante sus indicaciones. Si estas condiciones se cumplen, sin duda, el Pastor las conducirá a fuentes tranquilas y pastos abundantes.

Celebramos hoy el Domingo del Buen Pastor. Celebramos que el Espíritu Santo ha dispuesto que la persona del Único Pastor, llegue hasta nosotros en la figura del Papa, de los Obispos y Presbíteros que, como el Señor Jesús, están dispuestos a entregar su vida si fuera necesario defendiéndonos de los ataques del Enemigo, y se esfuerzan para que no nos falte el alimento que nos haga crecer en la fe. Nosotros, debemos agradecerles sus desvelos, mediante la oración, la docilidad y la obediencia a sus indicaciones.   


DOMINGO III DE PASCUA -A-

DOMINGO III DE PASCUA -A-

«QUÉDATE CON NOSOTROS PORQUE ATARDECE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 2, 14. 22-23 * 1Pe 1, 17-21 * Lc 24, 13-35

Dentro de Tiempo Pascual en que nos encontramos, la Iglesia nos ofrece hoy uno de los pasaje del Evangelio más entrañables y con una aplicación a nuestras vidas que no tiene pérdida alguna.

Se trata del pasaje de los Discípulos de Emaús, que en la tarde del día de la Resurrección del Señor caminan hacia su aldea un tanto apesadumbrados, comentando los acontecimientos de los que acaban de ser testigos en Jerusalén. El Señor Jesús se pone a caminar con ellos, aunque ellos no le reconocen, y se interesa por la conversación que van llevando. Ellos se extrañan de que desconozca lo ocurrido al profeta Jesús de Nazaret, y que ellos no entienden, pues esperaban que fuera el libertador de Israel. Él les dice: «¡Qué necios y torpes sois para no creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Luego comenzando por Moisés y pasando por todos los profetas, les va explicando todo lo que a él se refiere en la Escritura.

Al llegar cerca de la posada el Señor muestra la intención de no detenerse. Ellos le apremian diciendo: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Jesús accede y entra con ellos en la posada. Sentados a la mesa Jesús toma el pan, pronuncia la bendición y se lo entrega. En ese momento ellos lo reconocen, pero desaparece de su presencia. Ellos comentan: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y dando media vuelta regresan a Jerusalén para hacer partícipes de su experiencia al resto de los discípulos, resaltando que le habían reconocido al partir el pan.

Hemos hablado al principio sobre las aplicaciones que este pasaje tiene en nuestras vidas. En primer lugar, nos da la certeza de que, en el camino de nuestra vida, el Señor Jesús, que está vivo y resucitado, camina junto a nosotros. Él sabe que nuestra felicidad radica en descubrir que no estamos solos, que Él está cercano y dispuesto a echarnos una mano en tantos y tantos problemas que nos agobian. No solo actúa en nuestra vida cuando nosotros lo invocamos. En el pasaje de los discípulos de Emaús, es Él el que sale a su encuentro y se deja encontrar.

Lo que sucede es que con frecuencia nuestros ojos no son capaces de descubrirlo. Nos pasa como a aquellos dos discípulos. El Señor se acerca a nosotros en la persona de ese mendigo que, cuando pasas delante de él te alarga la mano para que le ayudes. En esa persona anciana, o enferma, tu vecina o tu familiar, que te busca para contarte sus cuitas, sus problemas, sus enfermedades, sus recuerdos. Lo que busca en el fondo es que llenes un poco su soledad. El Señor te busca cuando tu hija, tu hijo o tu mujer, esperan un poquito de compresión por tu parte o una palabra de ánimo, ante sus errores, sus caídas o fracasos. ¿Sabemos descubrir en cada uno de ellos la figura del Señor?

Otra cosa importante de este pasaje es comprobar, cómo al Señor lo podemos descubrir en las Escrituras, en la predicación y sobre todo en la Eucaristía, en la Fracción del Pan. A través de estas presencias reales nos llegará su ayuda para afrontar todos los acontecimientos, favorables o adversos, de nuestra vida.

Finalmente, es importante hacer nuestra la oración de estos dos discípulos: «Quédate con nosotros, le dicen, porque atardece y el día va de caída». También para muchos de nosotros atardece en nuestra vida y el día va de caída, por eso es necesario experimentar a nuestro lado la presencia del Señor para que nos consuele, nos fortalezca, y sea su amor el que nos dé fuerzas para continuar viviendo.


DOMINGO II DE PASCUA -A-

DOMINGO II DE PASCUA -A-

«A QUIENES PERDONÉIS LOS PECADOS LES QUEDAN PERDONADOS»

 

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 42-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Con este domingo, el octavo día, se cierra la Octava de Pascua. Una semana importantísima que la liturgia ha considerado como un único día. Durante estos días hemos contemplado las diversas apariciones del Señor Resucitado a sus discípulos. Hoy lo veremos de nuevo al atardecer del primer día de la semana. Esta particularidad supondrá, de ahora en adelante, para los cristianos, la consagración del domingo como día del Señor, día de la resurrección de Jesucristo, marcando una diferencia con el Sábado, que en el Antiguo Testamento era el día que Yahveh había elegido para sí mismo, como día de descanso después de la creación del mundo.

Como deseo de san Juan Pablo II, este domingo será llamado Domingo de la Divina Misericordia. Es importante señalar que este atributo, el de la misericordia divina, es inherente al mismo ser de Dios, que, siendo perfecto, se ve inclinado a no tomar en cuenta nuestras transgresiones, perdonando nuestros pecados. La misericordia es la forma que Dios tiene de hacer visible el inmenso amor que siente por su criatura.

San Juan nos dice en el evangelio de hoy, que estando los discípulos, a falta de Tomás, en la tarde del domingo encerrados en una casa por miedo a los judíos, el Señor resucitado se hace presente en medio de ellos con este saludo: «Paz a vosotros». Este saludo es significativo. El Señor les desea la paz, que es lo que en ese momento más necesitan. Han sido testigos de todo lo que le ha sucedido a su Maestro y son conscientes de su cobardía al abandonarlo. Por eso, de la boca del Señor no sale ni un solo reproche, todo lo contario, les envía a la misión, transmitiéndoles el poder que él, como Dios, tiene de perdonar los pecados. «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.»

No es de extrañar que el tema del perdón de los pecados ocupe un lugar relevante en esta primera aparición del Señor a sus discípulos. No olvidemos que destruir el pecado, y con él la muerte que acarrea al hombre, ha sido la razón fundamental de su encarnación. Su corazón misericordioso, lo ha impulsado a manifestarnos hasta qué punto nos amaba. Por eso, es fundamental que ese corazón misericordioso continúe mostrando a los hombres su amor, borrando totalmente sus pecados a través de su Iglesia. Es ella la que, mediante el sacramento de la conversión, actualiza en cada generación y en cada uno de los cristianos, el perdón de Dios.

Hemos dicho que, en esta aparición del Señor, Tomás, uno de los apóstoles, no está presente. Cuando los demás le cuentan lo sucedido se resiste a creerles, hasta el extremo de afirmar que para creer necesita poner sus dedos en los agujeros de los clavos y su mano en el costado del Señor. Ocho días después, y en las mismas circunstancias, estando él con el resto de los discípulos vuelve a aparecerse el Señor, que le muestra sus manos y su costado. Rendido ante la evidencia, Tomás sólo puede exclamar: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dice: «¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

 Tú y yo, podemos, por tanto, considerarnos dichosos ya que, sin merecimiento por nuestra parte, hemos recibido el don gratuito de la fe que hace que san Pedro, viendo nuestra creencia en el Señor Jesús, exclame: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; No lo veis y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra propia salvación».   


DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

«HA RESUCITADO DEL SEPULCRO NUESTRO SALVADOR».   

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Lc 24,13-35

Después de cuarenta días de preparación con abundante Palabra de Dios, poniendo los signos de la limosna, la oración, y el ayuno ante el Señor, llegamos, por fin, al día más grande de la historia de la creación. La muerte ha tenido que doblegarse ante la Vida y ha sido destruida. El yugo que oprimía irremediablemente al hombre y que lo tenía esclavo de la muerte ha sido roto. La creación entera celebra hoy, la victoria de la Vida.

La historia de la humanidad gira en torno a este acontecimiento: Cristo, muerto en la Cruz, cargado con todas las iniquidades de los hombres y sepultado, ha resucitado del sepulcro venciendo las ataduras de la muerte. Es la gran noticia que durante muchos siglos ha deseado escuchar todo hombre.

Antes de la Resurrección del Señor, nuestra situación como hombres era totalmente anómala. Se daba el absurdo de que, habiendo sido creados para vivir felices eternamente, lo que cada día saboreábamos era la finitud y la muerte. La vida del hombre se había convertido en un sinsentido, y lo peor era que nos encontrábamos totalmente impotentes para cambiar esta realidad. Nosotros, que amamos como un don maravilloso nuestra libertad, estábamos sumidos en la esclavitud del pecado, sin poder librarnos de él.

Ante esta realidad, podemos proclamar con la Escritura que la misericordia de Dios es eterna. Dios-Padre, puso en marcha desde el principio un plan para sacarnos de la muerte que habíamos ganado con nuestro pecado, enviando al mundo a su Hijo, el único capaz de vencer a la muerte y devolvernos la vida. Lo hemos visto durante estos días, despreciado, abofeteado, con el cuerpo destrozado por los latigazos, coronado de espinas y derramando en la Cruz hasta la última gota de su sangre. Ha sido la mayor muestra de amor que nadie haya podido dar jamás. Y todo, para que tú y yo no recibiéramos el castigo que merecían nuestros pecados.

Celebramos hoy que Dios-Padre lo ha resucitado, lo ha exaltado y le ha dado el Nombre sobre todo nombre. Ha querido así evitar que nosotros cargáramos con la culpa de haber llevado a la muerte a un inocente. Además, para demostrarnos hasta dónde llegaba el amor por su criatura, nos ha asociado a esa victoria a fin de que también nosotros podamos resucitar con Él. 

Al decir que la muerte ha sido vencida, no pensemos únicamente en nuestra muerte física, que también, sino en la muerte de cada día. Aquella que nos amarga la vida continuamente y que nos hace infelices. Qué muerte es ésta, preguntas. La que nos produce cualquier sufrimiento que no somos capaces de evitar. La enfermedad, los problemas laborales, paro incluido; los enfrentamientos familiares, los juicios que, sin razón, hacen los demás de nosotros; los problemas económicos que con frecuencia nos quitan el sueño; la esclavitud a esos vicios inconfesables que solo cada uno conoce; la adicción al sexo, al juego o a las drogas. En fin, todo aquello que no tenemos bajo control, y frente a lo que nos encontramos impotentes. Esa es en verdad la muerte que nos aplasta cada día y que, a unos los hace caer en depresión, a otros los empuja al suicidio y a todos nos hace infelices.

El Señor, con su resurrección, destruye también esas muertes y nos concede la paz interior. Él solo quiere que nosotros lo invoquemos, que le pidamos, a gritos si hace falta, que nos ayude. El Padre le ha dado todo poder. Acudamos a él con humildad, reconociendo nuestra impotencia y nuestra debilidad. Si lo hacemos así, no quedaremos confundidos, porque Él se complace en ayudarnos.

 

DOMINGO DE RAMOS EN LA P. DEL SEÑOR -A-

DOMINGO DE RAMOS EN LA P. DEL SEÑOR -A-

«BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26, 14—27,66

Con este domingo damos comienzo a la Semana Santa. En ella podremos no sólo contemplar los grandes misterios de nuestra salvación, sino revivirlos de una manera existencial, ya que en la liturgia no somos meros espectadores, sino que unidos a Cristo a través de sus ministros, formamos parte de una Asamblea santa.

En este domingo veremos al Señor Jesús entrar triunfante en Jerusalén, dispuesto a cumplir a rajatabla la voluntad del Padre. La Iglesia nos muestra por una parte la figura del Señor Jesús, enaltecido y aclamado por la muchedumbre. Podríamos decir que se trata del éxito humano. Sin embargo en las lecturas de la misa, para que no nos llamemos a engaño, se hace referencia directa a su entrega total en la Pasión y Muerte. No cabe duda, que el camino verdadero de la glorificación no es otro, que el camino de la Cruz.

El Jueves Santo, y como inicio del Triduo Pascual, sabiendo llegada su hora, veremos al Señor  queriendo quedarse con nosotros como Pan de Vida, para darnos fortaleza en nuestro peregrinar en el mundo. Por fin, el Viernes Santo podremos contemplarlo despreciado, azotado, escupido, escarnecido, coronado de espinas y finalmente muerto en la Cruz, cargando con nuestros pecados y miserias. 

Acompañemos pues al Señor recorriendo con Él los grandes misterios de nuestra salvación. Contemplemos con admiración hasta qué punto nos ha amado nuestro Padre Dios, que no ha dudado en entregar a su Hijo a una muerte ignominiosa, para que tú y yo nos viéramos libres del pecado y de la muerte y pudiéramos recuperar, unidos a él, la condición de hijos de Dios.

Es posible que, en algunos momentos de nuestra vida, atribulados por distintos problemas, angustiados por el sufrimiento, o abrumados por nuestros pecados, el maligno nos tiente y nos haga dudar del amor de Dios. Si esto sucede, no tenemos más que mirar el rostro ensangrentado del Señor y decir: “Hasta este extremo me ha amado. No es cierto que no me quiera, sino todo lo contrario, tengo la certeza de que su amor nunca se apartará de mí”.


DOMINGO V DE CUARESMA -A-

DOMINGO V DE CUARESMA -A-

«YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 37, 12-14 * Rm 8, 8-11 * Jn 11, 1-45

La llegada de la Pascua es ya inminente. En ella vamos a celebrar la victoria del Señor Jesús sobre el pecado y la muerte. En el evangelio de hoy, el Señor da una solución total al problema principal de la existencia del hombre: la muerte. Afirmará de manera rotunda: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

En contra de lo que pudiéramos pensar, y aunque con frecuencia es un tema sobre el que intentamos pasar de puntillas, el problema principal a resolver en tu vida y en la mía, es el de la muerte. Hay algo en nuestro interior que se rebela ante este hecho incuestionable. Es lógico que así sea, porque no hemos sido creados para morir sino para vivir. Por eso intentamos obviar el tema de la muerte, como si fuera algo que no nos afecta.

El origen de este problema está en que, por haber utilizado mal el gran regalo de la libertad, hemos caído en el pecado. Caer en el pecado significa volver la espalda a Dios, sin darnos cuenta de que lo que hacemos es volver la espalda a la vida. De Dios has recibido la vida y de él depende que puedas disfrutar de ella. Decir no a Dios es decir no a la vida.

En el evangelio de hoy nos encontramos de frente ante la muerte. Lázaro, el amigo de Jesús de Betania ha caído enfermo. Marta y María, sus hermanas, mandan recado a Jesús para que acuda en su ayuda. Sin embargo, el Señor, de manera consciente se retrasa, de forma que cuando llega a Betania, hace ya cuatro días que lázaro ha sido enterrado. Jesús ha obrado así, para dar motivo a sus discípulos de que crean en él.  

Llevado delante del sepulcro y ante el desconsuelo de las hermanas, el Señor, que es humano como tú y como yo, se conmueve y se pone a llorar. «Quitad la losa», ordena. Marta, responde: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Jesús replica: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Se dirige al Padre dándole gracias y con voz potente ordena: «Lázaro, ven afuera». Ante el asombro de los presentes, el muerto sale con los pies y las manos atadas con vendas y el rostro cubierto por un sudario. «Desatadlo y dejadlo andar» dice el Señor.

Lázaro somos tú y yo, que somos unos inconscientes y andamos pidiendo la vida a los ídolos del mundo: al dinero, al sexo, al poder, al trabajo, a la salud, etc., y en vez de encontrar esa vida, nos encontramos sumergidos en la muerte. Como Lázaro, también nosotros tenemos las manos y los pies atados por el pecado que, como una pesada losa nos aplasta. El único que tiene poder para devolvernos la libertad y la vida es el Señor Jesús. Él, que ha dicho que es la resurrección y la vida, ha clavado en la Cruz todos nuestros pecados y ha penetrado en la muerte para destruirla. Lo ha hecho porque nos ama y no le importa que, como Lázaro, hagamos también mal olor. Quiere que tú y yo, libres de las ataduras del pecado y la muerte, gocemos de nuevo de la vida para la que hemos sido creados. Este misterio es el que celebraremos en la Pascua que se avecina, y a la que nos está preparando esta Cuaresma.


DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

DOMINGO IV DE CUARESMA -A-

«EL FUE A SILOÉ, SE LAVÓ Y VOLVIÓ VIENDO».

 

CITAS BÍBLICAS: 1 S 16, 1b.6-7.10-13a * Ef 5, 8-14 * Jn 9, 1-41

Este domingo, cuarto de Cuaresma, coincide con la Solemnidad de San José Esposo de la Virgen María. La liturgia, sin embargo, traslada esta solemnidad al lunes, dando preferencia así al tiempo de Cuaresma. Dentro de la liturgia, a este domingo se le denomina de “laetare”. Supone algo así como un alto en el camino penitencial de la Cuaresma. De luto aliviado, podríamos decir, por lo que cambiamos el color morado de los ornamentos, por el color rosa. Con esto, viene a decirnos, ánimo que la Pascua se acerca. Estad alegres.

Ya hemos podido comprobar la riqueza de los evangelios de estos domingos. Todos tienen un carácter netamente bautismal. No olvidemos que, en este tiempo, los catecúmenos que se han de bautizar la noche de Pascua, se preparan de una manera inmediata a recibir el Bautismo.

Hoy el evangelio nos muestra a un ciego de nacimiento que, de pronto y sin pretenderlo, se encuentra ante el Señor Jesús. Los discípulos preguntan: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?». Jesús responde: «Ni éste peco ni sus padres… Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios». A continuación, el Señor escupe en la tierra, hace un poco de barro con la saliva y se lo unta en los ojos al ciego, mientras le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». El evangelio sigue diciendo: «Él fue, se lavó, y volvió viendo».

La situación de este ciego es distinta a la del Ciego de Jericó. Nunca conoció lo que era la luz y, por lo tanto, tampoco tenía una necesidad perentoria de ser curado. Le ocurría lo que a ti y a mí que, como vemos, no tenemos consciencia de nuestra ceguera. No nos damos cuenta de que somos ciegos. De que somos incapaces de amar a los demás, sobre todo cuando ello supone negarnos a nosotros mismos. Somos ciegos, porque buscamos la felicidad en los ídolos del mundo: el dinero, el poder, el sexo, el trabajo, la familia, la salud, etc., sin darnos cuenta de que ninguno de ellos es capaz de llenar por completo nuestro corazón. Somos ciegos, finalmente, porque estamos convencidos de nuestra valía, que nos hace juzgar con facilidad a los demás, siéndonos muy difícil aceptar su corrección.

Necesitamos, como el ciego, que el Señor Jesús, su Iglesia, pase por nuestra vida, y ponga barro en nuestros ojos, para que tengamos necesidad de ir a Siloé, a la piscina del Bautismo, y también a la de la Penitencia, a fin de lavar nuestros pecados y recobrar la vista necesaria para ver que en el mundo no estamos solos, que no somos el ombligo del mundo, que somos mucho más débiles y más pobres de lo que nosotros nos creemos. Descubriremos también, que hay uno que no se escandaliza de nuestra pobreza, de nuestras miserias y pecados, y que nos quiere con locura en nuestra debilidad. Uno que no desea que demos la talla para enamorarse de nosotros.

Todo esto nos preparará a vivir intensamente la Pascua, celebrando la victoria del Señor Jesús sobre el pecado y la muerte, y experimentando que esa victoria es también la nuestra. El Señor morirá para que no mueras tú, y resucitará para que también tú resucites con Él, vencedor de la muerte y el pecado.

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

DOMINGO III DE CUARESMA -A-

«SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS, Y QUIEN ES EL QUE TE PIDE DE BEBER...» 

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 17, 3-7 * Rm 5, 1- 2.5.5-8 * Jn 4, 5-42

El evangelio de este domingo es, ciertamente bello, y puede sernos de gran ayuda durante este tiempo de Cuaresma.

Vemos al Señor Jesús sentado junto al Pozo de Jacob, descansando de sus correrías evangélicas. Por la manera de desarrollarse el pasaje, podríamos ver en él, al esposo que pacientemente está esperando a la esposa.

Llega una mujer de Samaría a coger agua y, en contra de la costumbre entre samaritanos y judíos, el Señor le pide de beber. Ella extrañada le dice: «¿cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» La respuesta del Señor es un tanto enigmática: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Ante la extrañeza de la mujer dado que el Señor no dispone de cuerda ni pozal para sacar el agua, el Señor continúa diciendo: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed…». La mujer, sin poner en duda las palabras de Jesús, exclama: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla».

La Iglesia ve en el Pozo de Jacob, la oración. Es el lugar de encuentro entre el Amado y la amada. Tú y yo somos la amada. No nos ha de extrañar decir esto. Nuestra alma es femenina y siente una natural atracción hacia el Señor Jesús que es el Amado. En nuestra vida, como dice el profeta Jeremías, hemos querido saciar nuestra sed buscando agua en vasijas agrietadas que no pueden retenerla. Tú y yo tenemos sed de felicidad y andamos de aquí para allá intentando apagar esa sed. Sin embargo, el agua que bebemos, la que nos da el mundo, es un agua que, en vez de saciarnos, provoca en nosotros más sed.

El agua capaz de saciarnos es la que, en el Pozo de Jacob, en el pozo de la oración, nos da el Señor Jesús. Es el Espíritu Santo que es capaz de llenar por completo nuestro corazón, saciando nuestros deseos de vida y felicidad.

El Señor, como a la samaritana, nos espera junto al pozo de la oración. La felicidad del Esposo radica en el encuentro con la esposa, con la amada. Él, se encuentra feliz cuando ve a la amada feliz. Con frecuencia somos nosotros los que nos hacemos los remolones y, buscando otras fuentes de felicidad, dejamos al Esposo de lado.

Estamos viviendo un tiempo especial. Nos preparamos durante la Cuaresma a celebrar la Pascua. La mejor preparación nos la proporciona el Señor en la oración. Allí, y de un modo especial en el Sagrario, el Señor espera la llegada de la amada. Como sucede a los novios enamorados, no es preciso hablar mucho. Puede ayudarnos aquella anécdota de la monjita que pasaba ante el Santísimo, todo el tiempo que le permitían sus obligaciones. Ante la pregunta de las demás religiosas sobre lo que hacía en este tiempo, ella, respondía: Nada. Yo le miro, y Él me mira. No hace falta nada más.