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DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«ALEGRAOS PORQUE VUESTRA RECOMPENSA SERÁ GRANDE EN EL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 17, 5-8 * 1Cor 15, 12.16-20 * Lc 6, 17.20-26 

Si preguntáramos a la gente que es necesario para ser feliz, seguramente, la mayoría respondería que tener abundantes bienes materiales: dinero, joyas, riquezas de todo tipo. Sin embargo, vemos hoy en el evangelio que no es ese el pensamiento del Señor. Lo que él nos ofrece para alcanzar la verdadera felicidad, es radicalmente opuesto a lo que piensa el mundo.

A lo que el mundo desprecia y rechaza, a los pobres, a los hambrientos, a los que lloran, a los que son odiados, insultados o rechazados por causa del Hijo del Hombre, a esos, precisamente, el Señor llama dichosos.

La forma, pues, que nosotros tenemos de entender la felicidad en este mundo, difiere mucho de aquella que el Señor nos muestra en el evangelio de hoy.

La gente corriente nunca entenderá que los pobres, los que tienen hambre, los que lloran o los que se sienten perseguidos por causa del Evangelio, puedan ser felices. Sin embargo, esto es lo que el Señor Jesús nos da a conocer hoy a través de su Palabra.

Jesús sabe que son muchos los que sufren porque no disponen de lo más elemental para vivir. Sabe también, que otros nadan en la abundancia apropiándose de los muchos bienes que han recibido, sin compartirlos con los demás. Por eso, proclamará dichosos a los primeros haciéndoles poseedores del reino, y recordará a los segundos que ya han recibido su recompensa. «Dichosos, dirá el Señor, si ahora tenéis hambre, no sólo hambre física, sino hambre de justicia y de amor, porque seréis saciadosDichosos los que ahora lloráis porque seréis consolados. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». 

Sabemos que la verdadera felicidad para el hombre radica en el encuentro con el Señor Resucitado. Por eso, aquellos que ahora ríen, que tienen éxito, que se sienten ricos y autosuficientes, que no tienen necesidad de Él, ni lo buscarán ni encontrarán de verdad la vida. Los que, por el contrario, se encuentran vacíos, son pobres, lloran, o son perseguidos, encontrarán en el Señor a quien los llene, los enriquezca y los consuele. A estos, hoy, es a los que el Señor llama bienaventurados.

¿En qué grupo nos encontramos? ¿Somos de los pobres o de los ricos? ¿Reímos o lloramos? ¿Tenemos hambre o nos consideramos saciados? Si somos sinceros reconoceremos que, con frecuencia, nuestro egoísmo hace que nos encerremos en nosotros mismos y que nuestras preocupaciones sean motivo de que no tengamos en cuenta a los demás.

Llegados a este punto será bueno tener presente que, al final de nuestra vida lo único que nos preguntará el Señor es si hemos practicado el amor y la misericordia con los demás. Como dice san Juan de la Cruz, sólo seremos examinados en el amor.

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EN TU NOMBRE, SEÑOR, ECHARÉ LAS REDES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 6, 1-2a. 3-8 * 1 Cor 15, 1-11 * Lc 5, 1-11

El Señor Jesús ha iniciado ya su misión evangelizadora a la que acompañan signos extraordinarios. Son muchos los que le siguen. Hoy lo vemos caminando por la orilla del mar de Galilea seguido por la gente que se agolpa a su alrededor. En la orilla hay dos barcas. Los pescadores están lavando las redes. Una de las barcas pertenece a Simón. Jesús sube a ella y le pide que la aparte un poco de la orilla. Desde allí, sentado, haciendo de la barca un púlpito improvisado, enseña a la gente. Cuando termina de hablar dice a Simón: «Remad mar adentro y echad las redes para pescar». Simón, que es un pescador curtido y entendido, un tanto extrañado se atreve a decirle: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra echaré las redes para pescar».

Para nuestra vida, ver la actitud de Pedro es de gran importancia. Pedro tenía todas las razones posibles para no hacer lo que le pedía el Señor. Era un pescador avezado con gran conocimiento de su trabajo, mientras que el Señor no tenía ninguna experiencia en el campo de la pesca. Por otra parte, no era el momento oportuno porque la escena transcurre en pleno día. Si Pedro dice nos hemos pasado la noche bregando es, porque, es precisamente durante la noche cuando había que practicar este tipo de pesca.

Con frecuencia también nosotros nos dejamos llevar por nuestra razón, sin darnos cuenta de que es más importante obedecer al Señor, que hacer lo que creemos correcto. Has recibido una ofensa. Te han tratado injustamente. Han hablado mal de ti. El Señor te dice: "Olvida esa ofensa, perdona". Tú, sin embargo, piensas: "No debe salirse con la suya. Es de justicia que se sepa la verdad. Y con la verdad destrozas al hermano y lo dejas en ridículo. Saca tú mismo la conclusión.

Pedro, obedece y pone su confianza en Aquel que le habla. El resultado es extraordinario. No solo llena su barca, sino que es necesario llamar a sus compañeros para que acudan en su ayuda, y llenen también la suya. El asombro se apodera de Simón Pedro que arrojándose a los pies del Señor le dice: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Jesús le responde: «No temas: desde ahora serás pescador de hombres» 

Hemos de aprender de Pedro a no mirarnos a nosotros mismos. Él tenía muchas razones para no obedecer la indicación del Señor, sin embargo, en vez de hacer valer sus razones, mira a Aquel que tiene delante confiando en su palabra. Tú, ante tus problemas y dificultades no te mires a ti mismo. Ni has de acudir a tus razones, ni mirar tus defectos y deficiencias. Mira a aquel que te llama y confía, porque dice la Escritura que «nadie que ponga en Él su confianza quedará defraudado», y también, «Dios no deja en vergüenza a los que confían en él». 

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

«LUZ PARA ALUMBRAR A LAS NACIONES Y GLORIA DE TU PUEBLO ISRAEL»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 1-4 * Heb 2, 14-18 * Lc 2, 22-40

Las lecturas de este domingo deberían ser las que corresponden al domingo cuarto de tiempo ordinario, sin embargo, como en este día celebramos una de las fiestas del Señor, la Presentación en el Templo, serán las lecturas correspondientes a esta festividad las que se proclamarán.

           San Lucas nos dice que siguiendo lo prescrito por la ley, cuarenta días después del nacimiento de Niño Jesús, sus padres lo llevan al Templo para ser presentado al Señor, haciendo entrega de la oblación correspondiente.

Al entrar en el templo, un anciano, Simeón, que aguardaba el consuelo de Israel, y que se había acercado al templo impulsado por el Espíritu Santo, cogiendo al Niño en brazos exclama: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Simeón ve así cumplida la promesa del Señor, de que no moriría sin ver antes al Mesías.

Simeón proclama que aquel Niño llega al mundo para alumbrar a las naciones. Esta afirmación de Simeón es de gran importancia, porque desvela cuál es la misión que Dios-Padre ha puesto en manos de aquel Niño, que el anciano sostiene en sus brazos.

De las palabras de Simeón deducimos que el mundo vive en oscuridad y tinieblas. En la Escritura abundan las referencias a esta oscuridad. San Juan dirá: «Dios es luz y en Él no existe tiniebla alguna». Si es así, ¿por qué, podemos preguntarnos, existe en el mundo esa oscuridad? La respuesta nos la da también san Juan: «Los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas».

Como vivimos inmersos en la luz, nos resulta difícil imaginar que el mundo vive en la oscuridad. Sin embargo, si tenemos en cuenta cuáles son las obras de las tinieblas, comprenderemos, en efecto, que la luz no esté presente en el mundo. Los hombres han apartado de su vida a Dios que es la luz, y han colocado en su lugar al dios Mammón, que es el dios que simboliza la avaricia material. Es el dios del dinero.

La avaricia nos ciega. Ella es la causa de las extorsiones, de los robos, de las guerras y de toda clase de abusos, que al final siempre sufren los más débiles. Quitar a Dios de la vida, como lo hacemos cuando buscamos nuestra conveniencia o capricho, cuando, en resumen, pecamos, es quitar la luz de nuestras vidas, es vivir ciegamente para nosotros mismos sin importarnos para nada los demás. Se hace realidad aquello de “primero yo, después yo y siempre yo”, que nos impide entregarnos de verdad a los otros. El egoísmo hace que el hombre se refugie en la sexualidad, buscando únicamente su propio placer. No es de extrañar, por tanto, que fracasen tantos matrimonios, porque cada uno de los contrayentes busca consciente o inconscientemente, que el otro lo haga feliz. No tenemos en cuenta que esa misma necesidad es la que experimenta la otra persona.

Ante este panorama tan poco halagüeño, hoy, el anciano Simeón, nos muestra a Aquel que viene a iluminar nuestras tinieblas. A aquel que, rompiendo la oscuridad de nuestra vida, nos hace ver que no estamos solos, que a nuestro lado viven seres que sufren, aman y sienten, y que tienen las mismas necesidades que tenemos nosotros. Viene a romper el caparazón del egoísmo que nos aísla. Viene a darnos por medio de su Espíritu, la fuerza para poder pasar del “yo”, al “tú”, ya que sabe que éste es verdaderamente el camino que lleva a la felicidad y a la vida.

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10 * 1 Cor 12, 12-30 * Lc 1, 1-4; 4, 14-21

La primera parte del evangelio de este domingo pertenece al inicio del evangelio según san Lucas, que es el que corresponde al ciclo C de la liturgia. San Lucas, que no formó parte del grupo de los doce, es un discípulo culto, médico de profesión, que escribe su evangelio en griego, y que, como él mismo nos dice, se ha preocupado en investigar cuidadosamente todo lo ocurrido a Jesús de Nazaret, con el fin de ofrecernos un relato fidedigno que afiance nuestra fe en la figura del Señor Jesús.

En el pasaje que nos ofrece hoy, vemos al Señor después de ser bautizado en el Jordán y de sufrir las tentaciones del maligno, que vuelve a Galilea por la fuerza del Espíritu. El sábado acude, según su costumbre, a la sinagoga de Nazaret y se dispone a hacer la lectura. Le entregan el Libro del Profeta Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista…» Terminada la lectura devuelve el libro y dirigiéndose a la asamblea dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

El Señor vuelve del Jordán. Su figura y su misión han sido refrendadas por las palabras del Padre. Sin embargo, en el desierto, el maligno viene a decirle: has escuchado que eres el Hijo de Dios, si esto es así, si eres Hijo de Dios, … y lo somete a las tres tentaciones que ya conocemos. Ahora, en la sinagoga, y ante sus convecinos, se presenta como aquel en quien se encarna la profecía de Isaías. Ungido por el Espíritu Santo viene a dar a los pobres, a aquellos que le escuchan, la Buena Noticia de la salvación. Viene a anunciar la liberación a los cautivos, a abrir los ojos de los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y a anunciar un año de gracia del Señor. Resumiendo, él, es el Mesías esperado.

Hoy, es a nosotros, a ti y a mí a los que viene a anunciarnos la salvación. ¿Te sientes pobre, cautivo en tus vicios y pecados e incapaz de liberarte de ellos? ¿Compruebas que estás ciego, hasta el punto de que tu ceguera y egoísmo te impiden ver a los demás? ¿Te sientes oprimido por tu entorno, en la familia, en tu trabajo, en la sociedad en la que vives, que condicionan tu conducta y hacen que te comportes de una manera distinta a lo que quisieras? ¿Reconoces que no eres libre? Pues, alégrate. El Señor ha venido a ayudar y a salvar a los que son como tú. A los que no pueden. Él viene enviado por el Padre a anunciar un año de gracia. A decirte que el Padre te ama gratis sin exigir nada a cambio. Lo único que te pide es que reconozcas tu pobreza y tu miseria y, a la vez, la necesidad que tienes de su ayuda. Si haces esto, experimentarás en ti la salvación y la liberación que ha venido a traernos el Señor Jesús.

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO LES QUEDA VINO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 62, 1-5 * 1 Cor 12, 4-11 * Jn 2, 1-11 

San Juan en el evangelio de este domingo nos narra un hecho entrañable en Caná de Galilea, al inicio de la vida pública del Señor. En esta población se celebraban las bodas de unos conocidos de la familia del Señor Jesús. Él, con María, su madre, y sus discípulos, estaban invitados a la fiesta. Es bueno saber que una boda en Israel, que implicaba prácticamente a toda una población, no tenía la duración que tiene una de las nuestras que, como mucho, reúne a los invitados la víspera y el día de la boda. La fiesta se prolongaba durante varios días en los que abundaban ricos manjares y corría con generosidad el vino.

En esta ocasión estuvo a punto de ocurrir un percance que podía echar a rodar una celebración tan festiva, suponiendo a la vez un mal presagio para la vida del joven matrimonio. Se había calculado mal la cantidad de vino necesaria, hasta el punto de que empezaba a escasear. Quizá nadie, a excepción de los sirvientes, se había percatado de lo que estaba ocurriendo. María, sin embargo, buena observadora como mujer, se da cuenta de lo que está ocurriendo y sin más, se acerca a su Hijo y le dice: «No les queda vino». La respuesta del Señor es un tanto extraña: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». La Virgen, sin tomar en cuenta esta respuesta, dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». El evangelio sigue diciendo que había allí seis grandes tinajas de piedra de las empleadas para las purificaciones. El Señor ordena a los sirvientes llenarlas de agua. Lo hacen así y les manda llevar una muestra al maestresala para que dé su aprobación. Probada el agua convertida en vino dice el maestresala al novio: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora».

Hemos dicho al principio que nos encontrábamos ante un pasaje entrañable del Evangelio. Lo es, sobre todo, porque pone de manifiesto cómo es el corazón de aquella que el Señor en la Cruz nos dio como Madre. La Virgen no se queda impasible ante el sufrimiento y el ridículo que supone para los pobres novios quedarse sin vino. En los acontecimientos ocurridos en la historia de Caná, éste ocuparía un lugar destacado. Quizá ya ancianos, la gente aún recordaría que, en la boda de este matrimonio, faltó el vino.

Otro detalle entrañable lo constituyen las palabras de la Virgen a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». De la Virgen hemos recibido al autor de nuestra vida y de nuestra salvación, y hoy, como entonces, nos lo muestra para que a través de Él alcancemos la felicidad plena.

En nuestra vida aparecen acontecimientos desagradables que provocan sufrimientos superiores a nuestras fuerzas. Muchas veces nos quedamos sin vino, sin alegría, sin encontrar sentido a nuestra vida. Es entonces cuando la Virgen, siempre pendiente de nosotros, nos muestra a su Hijo como remedio de todos nuestros males y nos dice: «Haced lo que él os diga».

Tengamos la certeza de que la Virgen está siempre dispuesta a asumir la misión que el Señor Jesús le encargó desde la Cruz. Es nuestra Madre amorosa y conoce perfectamente todo aquello que nos sucede, tanto si son acontecimientos agradables como aquellos que nos reportan sufrimientos. Ella, a diferencia de nuestra madre de la tierra, no sólo nos ama, sino que además tiene poder y voluntad para librarnos del mal. Recurramos siempre a ella como hicimos de pequeños con nuestra madre de la tierra.

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

«TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Lc 3, 15-16.21-22

La Iglesia celebra hoy la Fiesta del Bautismo del Señor. Es el broche de oro que cierra el tiempo de Navidad. A partir de este mismo lunes, la liturgia volverá a lo que llamamos Tiempo Ordinario.

El Bautismo supone para la figura de Jesús de Nazaret, el fin de su vida oculta, de su vida privada, y el inicio de su vida pública. Jesús ha estado durante unos treinta años viviendo una vida semejante a la nuestra. Se ha ido desarrollando tanto en el aspecto físico, como en el espiritual. Han sido años en los que las enseñanzas de María y de José, y también aquellas recibidas en la sinagoga cada sábado, le han ido descubriendo y a la vez afianzando en el convencimiento de su condición divina. Esto que acabamos de afirmar no debe escandalizarnos. Aquel que nació en Belén y creció hasta la edad adulta en Nazaret sin duda era Dios, pero esa condición divina estaba por completo velada. Fue tal el anonadamiento de la Segunda Persona de la Trinidad, que en su condición humana llegó al extremo de ignorar su categoría de Dios. Fueron los acontecimientos que fue viviendo, los que, interpretados a la luz de las Escrituras, le llevaron al descubrimiento de su condición divina.

El hecho de conocer que Juan, su pariente, está bautizando en el Jordán, es un indicio que hace ver al Señor Jesús que es la hora de dar comienzo a la misión encomendada por el Padre. Lo ocurrido después de ser bautizado cuando se encuentra en oración, confirma que, ciertamente, el momento de iniciar su misión ha llegado. Será la voz del Padre al decirle «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto», la que ratifique esto.

Este pasaje del Bautismo del Señor tiene para nuestra vida una significativa importancia. Nos hace presente nuestro propio bautismo. Nuestro paso por el Jordán tuvo lugar, para la mayoría de nosotros, en nuestra niñez. No fuimos nosotros los que elegimos, sino que fueron nuestros padres los que decidieron que fuéramos incorporados a la Iglesia de Jesucristo. Por eso, entre los dos bautismos existe una diferencia sustancial. El Señor fue bautizado de adulto, después de haber vivido durante treinta años su particular catecumenado, o tiempo de preparación al Bautismo. Él, había llegado ya a la edad adulta en la fe. En nuestro caso no fue así, y se dispuso que nuestro catecumenado fuera un catecumenado postbautismal. Dicho de otra forma: que nuestro crecimiento particular en la fe se fuera desarrollando poco a poco a través de los años.

Ese crecimiento todavía hoy sigue en marcha porque constatamos que la mayoría no hemos llegado a la edad adulta en la fe. A aquella fe que da como frutos el amor a Dios por encima del dinero y de la familia, y el amor al prójimo hasta el extremo de perdonar de corazón a nuestros enemigos, a pesar de que buscan con todas sus fuerzas hacernos daño.

Para que nuestra débil fe se desarrolle y crezca, es necesario tener el oído abierto a la Palabra de Dios y a la predicación de la Iglesia, porque son los únicos medios capaces de hacer que nuestra fe se acreciente.

El Señor nos llama a ser otros cristos. A hacerle presente ante los demás mediante nuestra vida. Quiere que las palabras que ha pronunciado el Padre: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto», resuenen, hoy, para cada uno de nosotros.

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD

«VINO A SU CASA Y LOS SUYOS NO LA RECIBIERON»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-2.8-12 * Ef 1, 3-6. 15-18 * Jn 1, 1-18

Para este segundo domingo de Navidad, la Iglesia ha elegido el principio del evangelio según san Juan. En él se nos muestra como toda la creación ha tenido como origen a la Palabra. La Palabra de Dios es totalmente distinta de la nuestra. Nuestra palabra está formada por sonidos generados por las vibraciones de nuestras cuerdas vocales, transmitidos por el aire, y no contienen ninguna clase de materia. Por el contrario, la Palabra de Dios, tiene tal entidad, tal potencia, que es capaz de engendrar una nueva persona. Esa nueva persona es el Hijo.

La Palabra, nos dice san Juan, estaba junto a Dios desde toda la eternidad, y ella fue el origen de todo lo creado. Vino como luz que destruye las tinieblas para alumbrar el camino de los hombres. Sin embargo, ellos, nosotros, la rechazaron, porque amaron más las tinieblas que la luz, que ponía de manifiesto que sus obras eran malas.

La Palabra vino al mundo que había sido hecho por ella, pero el mundo no la conoció. «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Sin embargo, «a aquellos que la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». ¿A quién se refiere san Juan cuando dice «Vino a su casa y los suyos no la recibieron»? Sin duda hace referencia al pueblo escogido, que, en su día, no reconoció al Señor Jesús como Mesías. Sin embargo, no debemos pensar que esta palabra sea ajena a nuestra vida. Esta historia se repite en cada generación. Por eso es importante que analicemos cuál es nuestra situación dentro de ella. ¿Somos de los que amamos más las tinieblas, para que nuestras faltas y pecados no queden al descubierto, o por el contrario abrimos el corazón a la Palabra, porque somos conscientes de que solo ella puede darnos la vida?

La Palabra dice que aquellos que la reciben, que aquellos que creen en su poder salvador, reciben la condición de hijos de Dios. ¿Somos conscientes de lo que esto significa? ¿Que tú y yo, miserables pecadores, que sólo merecemos la condenación, por el hecho de creer sinceramente en el poder, eso significa nombre, del Señor, nos veamos elevados a la categoría de hijos de Dios? Dios no nos exige nada a cambio. Su regalo es gratuito porque es fruto de su amor, es el fruto que pone al descubierto sus entrañas de misericordia hacia ti y hacia mí, que somos pecadores y nada merecemos.

San Juan sigue diciendo: «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria…». La Palabra, el Señor Jesús, no solo se limitó a darnos la vida al crearnos, sino que puso de manifiesto su inmenso amor hacia nosotros, haciéndose con nosotros uno de tantos. Quiso dar a Dios un rostro humano, para que no tuviéramos que imaginarnos cómo era. Su amor le hizo anonadarse hasta el extremo, renunciando en cierta manera a su condición de Dios, para vivir como tú y como yo. Quiso participar totalmente de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, de nuestros fracasos y de nuestras alegrías. Quiso, por tanto, que nada de lo humano fuera ajeno para él. Solo en un aspecto fue distinto a nosotros, no compartió con nosotros nuestra condición pecadora. Sin embargo, su locura por ti y por mí, le hizo cargar con nuestros pecados hasta el punto de que el veneno que almacenaban le destruyese por completo y le llevara a la muerte.

 


 


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

«¿NO SABÍAIS QUE YO DEBÍA ESTAR EN LA CASA DE MI PADRE?» 

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 41-52 

La Iglesia, en este primer domingo después de Navidad, nos invita a contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret. Lo hace así, porque quiere resaltar la importancia que para ella tiene la familia cristiana.

La familia cristiana es la base sobre la que se sustenta la propia Iglesia. La Familia de Nazaret es el embrión de lo que después será la Iglesia de Jesucristo. En ella el Niño Jesús es educado en la fe. Sus padres, María y José, le enseñarán a conocer y amar a su Padre del Cielo.

Sería absurdo pensar que Jesús fuera consciente desde su infancia de su condición divina. La vida del niño, del adolescente y del joven Jesús de Nazaret, fue semejante a la de los jóvenes que conocemos. Pasó por todos los estadios del desarrollo humano como uno de tantos. Nada para él fue ajeno en su desarrollo. Caprichos infantiles, crisis de la pubertad, e incluso sana atracción hacia las jóvenes de su entorno, fueron hechos que le tocaron vivir como a cualquiera de nosotros. En lo único que fue totalmente distinto fue en lo relativo al pecado. Ni pecó, ni podía hacerlo.

Durante este tiempo de desarrollo físico y humano, fueron María y José los que se encargaron de educarle y de prepararle para que llegara a ser un miembro del pueblo de Dios, y al propio tiempo un ciudadano capaz de asumir sus obligaciones como tal. Fue en la escuela de la familia donde se preparó para llevar a término la misión que Dios-Padre le había encomendado.

Hoy la Iglesia quiere también que contemplemos a la Sagrada Familia de Nazaret, como paradigma de cada una de nuestras familias. Es necesario que los hijos aprendan a amar sintiéndose amados por sus padres. La familia cristiana es la primera escuela de la fe. Como sucedió en aquella familia, son los padres los que tienen el derecho y la obligación de transmitir la fe a sus hijos. La Parroquia y los colegios solo han de ser colaboradores de los padres, al prestarles ayuda para que lleven adelante su misión educadora.

Precisamente por ser la familia cristiana semillero de nuevos miembros de la Iglesia, se ve atacada por todos los flancos. La sociedad actual lleva a cabo acciones de acoso y derribo hacia la familia, porque sabe que es el mejor camino para lograr destruir a la Iglesia.

Divorcio exprés, aborto libre, ideología de género, uniones, que no matrimonios, homosexuales, el uso del genérico pareja que queda muy bien para los animales, pero que no es adecuado para las personas, y un largo etcétera, son las acciones que los gobiernos llevan a cabo sistemáticamente con objeto de minar a la familia, teniendo como único fin la destrucción de la Iglesia.

Esta política de tolerancia y de hechos consumados, está consiguiendo que gran parte de la sociedad esté aceptando como normal, situaciones que son inaceptables. Los medios de comunicación, radio, televisión y cine nos bombardean incesantemente practicando un auténtico lavado de cerebro, para que aceptemos lo negro como blanco y lo blanco como negro.

Es necesario que como creyentes volvamos nuestros ojos hacia la Familia de Nazaret, para que sea para nosotros punto de referencia. Que pidamos a Jesús, María y José, que protejan y bendigan nuestras familias, para que crezcan teniendo como imagen a aquella que formaron ellos.