DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO, ESCUCHADLO».
CITAS BÍBLICAS: Gén 15, 5-12. 17-18 * Flp 3, 17 — 4, 1 * Lc 9, 28b-36
Jesús camina con sus discípulos hacia Jerusalén. Sabe que está próxima su hora y que va a ser inmolado para la salvación de los hombres. Sabe también que sus discípulos le siguen, porque ven en él al Mesías que ha de liberar a Israel del yugo de los dominadores romanos. Esperan que sea él, el que restaure el Reino de Israel.
Como conoce este error y quiere evitarles el escándalo que va a producirles su Pasión y Muerte, quiere fortalecer la fe en su persona mostrándoles un poco de su gloria. Por eso, nos dice el evangelista, coge a Pedro a Santiago y a su hermano Juan, y asciende con ellos a un monte alto. Una vez en la cima se transfigura mostrándoles lo que está oculto debajo de su naturaleza humana. Aparecen junto a Él Moisés y Elías que conversan sobre todo lo que va a sucederle en Jerusalén.
La figura de Moisés significa para el pueblo de Israel la Ley. Él fue quien la recibió de manos del Señor en el monte Sinaí. Elías representa a los profetas que han intervenido a lo largo de toda la historia llamando a conversión al Pueblo, y hablándole de parte de Dios. Los dos, Moisés y Elías, han hecho presente a Israel la promesa de un Mesías que va a salvar al hombre de sus pecados. Su presencia ahora en el monte Tabor pone de manifiesto que tanto la Ley como las reiteradas promesas de Dios, hallan su pleno cumplimiento en la persona del Señor Jesús.
A Pedro, Santiago y Juan, la escena les llena de temor, pero a la vez les hace experimentar un inmenso placer. De manera que Pedro fuera de sí exclama: «Maestro qué hermoso es estar aquí, hagamos tres tiendas…» Aún está hablando cuando una nube los envuelve y una voz exclama: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadlo».
Dos aspectos importantes a considerar en nuestra vida contiene este pasaje del evangelio. En primer lugar, nos hace presente que este cuerpo mortal que cada uno de nosotros tenemos, no está llamado a la destrucción y la muerte. El Señor dice en la Escritura: «Yo no he creado el mal ni me complazco en la muerte del pecador». Somos seres creados llamados a una vida eterna, que ciertamente hemos perdido al usar mal nuestra libertad pecando, pero que el Señor Jesús nos ha devuelto con su Muerte y Resurrección. No somos seres, pues, llamados a la destrucción. Hoy, el Señor, con su transfiguración, nos muestra la gloria que nos tiene reservada para toda una eternidad.
Por otra parte, el Padre, a través del Bautismo, ha hecho en nosotros una nueva creación. Ha destruido nuestro hombre de pecado y nos ha dado una nueva naturaleza. Nos ha adoptado como hijos en la persona del Señor Jesús. De manera que las palabras que resonaron en el monte referidas a su Hijo, hoy han resonado de nuevo en nuestra asamblea dirigidas a cada uno de nosotros. Hoy, el Padre, te ha dicho: «Tú eres mi hijo, el escogido».
Podemos preguntarnos, ¿para qué nos escoge o nos elige hoy el Señor? Nos llama a ser testigos de su amor y de su misericordia. Quiere que el mismo perdón y la misma misericordia que Él ha usado contigo, la tengas tú con los que te rodean y en especial con tus enemigos. Los demás se enterarán de que Dios los ama y perdona, si un hombre como tú, que no tenía salvación, es capaz de amarlos y perdonarlos. El Señor nos dice: ¿Ves lo que he hecho contigo, que no he sentido asco de tu miseria y tu pecado, sino que te he amado en tu realidad? Pues ahora, ve tú y haz lo mismo.
Esta misión, que para nosotros es imposible, solo podremos llevarla a cabo con la ayuda del Espíritu del Señor. Pidamos que sea Él el que la lleve adelante en nosotros, supliendo con su fortaleza nuestra debilidad e impotencia.
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