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DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

«YO TAMPOCO TE CONDENO. VETE EN PAZ Y NO PEQUES MÁS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11

Llegamos al quinto domingo de Cuaresma, el próximo será el Domingo de Ramos. El denominador común de los pasajes que la Iglesia nos ha ofrecido, en particular en el cuarto domingo y en el presente, ha sido poner de relieve el corazón de nuestro Dios. San Lucas nos lo mostraba como el Padre que ama con locura a su hijo y espera con ansia su regreso, cuando éste abandona la casa paterna para vivir su vida lejos de los suyos.

En aquella ocasión el Señor Jesús nos mostraba el interior del corazón del Padre. Nos mostraba a un Dios diferente. Un Dios que ama con locura al pecador, que no interfiere en absoluto en su libertad, que sabe esperar pacientemente su regreso y que, cuando éste se da, no pide explicación alguna. Para él es suficiente tener en sus brazos al hijo y llenarlo de besos.

Hoy, la Palabra, nos va a mostrar el interior del corazón del Señor Jesús. Lo hará a través del pasaje de la pecadora sorprendida en adulterio. Serán los letrados y fariseos quienes, para ponerle a prueba, la arrojarán a sus pies. «Esta mujer, le dirán, ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?». No obran así por amor a la ley. Persiguen, sin duda, poner a prueba al Señor, comprometerlo. Conocen su doctrina. El amor que manifiesta a los pobres, a los humildes, a los pecadores, con los que no tiene inconveniente en sentarse a la mesa. Quieren que se posicione, que manifieste si está con la ley o en contra de la ley.

El Señor calla. No responde. Se limita a escribir en el suelo. Ellos, ante esta actitud, insisten. Él se incorpora y les dice: «El que esté sin pecado que le tire la primera piedra». Ya conocemos la historia. Uno a uno, empezando por los más viejos, se retiran. El Señor Jesús le dice a la mujer: «¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». El Señor no podía hacer otra cosa. Tenía delante a una pecadora, y él, había venido al mundo, precisamente, por los pecadores. Su justicia era muy diferente a la nuestra y a la de los fariseos. Nosotros pensamos: el que la hace, la paga. Si el Señor pensara así, nadie alcanzaría la salvación.

Ese es el corazón del Señor Jesús. En él, lleno de amor, no tienen cabida ni el rencor, ni el deseo de hacer justicia a la manera humana. Su justicia consiste en hacer justos a aquellos que, como tú y yo, somos injustos.

Queremos señalar un último detalle que nos ayudará en nuestra vida de fe. Si cada uno de los letrados y fariseos se hubieran mirado a sí mismo antes de juzgar a la mujer, seguramente no lo habrían hecho. Obra tú de igual manera. Antes de juzgar y condenar al hermano, mírate sinceramente a ti mismo. Con toda certeza encontrarás muchos motivos, muchos fallos en tu vida, que te convencerán de la conveniencia de no juzgarlo y, mucho menos, condenarlo.   


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