Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14 – 23, 56

Celebramos este domingo la Entrada triunfal del Señor en Jerusalén. Con él damos comienzo a la Semana Mayor o Semana Santa, en la que viviremos actualizados los grandes misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, o sea, la Pascua del Señor Jesús.

Decimos de manera actualizada, para significar que en esta semana no nos limitamos a hacer un recuerdo de lo que hace más de dos mil años sucedió en Jerusalén, sino que todo lo que sucedió se hará presente en nuestra vida a través de la liturgia de la Iglesia.

Con esto queremos decir que no seremos meros espectadores, sino que entraremos a formar parte de esta historia como protagonistas. Hoy mismo formaremos parte de la multitud que aclama al Señor como al Mesías-Salvador, acompañándolo en su entrada triunfal en la Ciudad Santa.

El Señor viene decidido a culminar la obra de salvación que Dios-Padre ha dispuesto para toda la humanidad, para ti y para mí. Sabe perfectamente todo lo que le espera, y si en algún momento su humanidad flaquea, cosa que nos conforta al ver que su condición humana es idéntica a la nuestra, sabe sobreponerse y exclama: «¡Si para esto he venido!».

Hemos dicho que también nosotros seremos protagonistas, porque también el Señor nos sentará a su Mesa y nos alimentará, como a los apóstoles, con su Cuerpo y con su Sangre. Estaremos junto a Él en Getsemaní, porque también en nuestra vida tenemos momentos de profundo sufrimiento, y deseamos que el Señor aparte de nosotros aquello que nos mata y nos destruye. Como Judas y Pedro, con nuestro comportamiento, también nosotros lo traicionamos muchas veces volviéndole la espalda y dejándolo sólo.

Pediremos junto a la muchedumbre, no de palabra, pero sí con los hechos, que Pilato crucifique al Señor. Y, ¡ojalá! como Pedro, viendo nuestras infidelidades y pecados, lloremos pidiendo al Señor misericordia.

Veremos al Señor colgando de la Cruz y entregando por nosotros hasta la última gota de su sangre. Al besar esa Cruz de la que pende nuestra salvación, besaremos nuestras miserias y limitaciones, nuestras debilidades, fracasos, enfermedades e incomprensiones, todo aquello que nos hace presente que somos limitados y que necesitamos la ayuda del Señor para vivir.

Acompañaremos a la Virgen que, con el corazón traspasado por el dolor, al pie de la Cruz nos recibe como a hijos. Esa ha sido la voluntad del Señor. Hasta ese punto nos ha amado y ha querido cuidar de nosotros. Él ha experimentado en la Cruz la mayor soledad posible cuando ha dicho: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Por eso, conociendo nuestra debilidad, no ha querido dejarnos solos, sino que, en su Madre, nos ha dado una Madre que cuide de nosotros y que nos acompañe en el camino para llegar a encontrarnos con Él.

Finalmente, ¡ojalá! estemos todos como María junto al sepulcro y podamos ser testigos de que, con la resurrección del Señor, la muerte, nuestra muerte, ha sido vencida y han quedado abiertas para nosotros las puertas del Paraíso.

 

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

«YO TAMPOCO TE CONDENO. VETE EN PAZ Y NO PEQUES MÁS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11

Llegamos al quinto domingo de Cuaresma, el próximo será el Domingo de Ramos. El denominador común de los pasajes que la Iglesia nos ha ofrecido, en particular en el cuarto domingo y en el presente, ha sido poner de relieve el corazón de nuestro Dios. San Lucas nos lo mostraba como el Padre que ama con locura a su hijo y espera con ansia su regreso, cuando éste abandona la casa paterna para vivir su vida lejos de los suyos.

En aquella ocasión el Señor Jesús nos mostraba el interior del corazón del Padre. Nos mostraba a un Dios diferente. Un Dios que ama con locura al pecador, que no interfiere en absoluto en su libertad, que sabe esperar pacientemente su regreso y que, cuando éste se da, no pide explicación alguna. Para él es suficiente tener en sus brazos al hijo y llenarlo de besos.

Hoy, la Palabra, nos va a mostrar el interior del corazón del Señor Jesús. Lo hará a través del pasaje de la pecadora sorprendida en adulterio. Serán los letrados y fariseos quienes, para ponerle a prueba, la arrojarán a sus pies. «Esta mujer, le dirán, ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?». No obran así por amor a la ley. Persiguen, sin duda, poner a prueba al Señor, comprometerlo. Conocen su doctrina. El amor que manifiesta a los pobres, a los humildes, a los pecadores, con los que no tiene inconveniente en sentarse a la mesa. Quieren que se posicione, que manifieste si está con la ley o en contra de la ley.

El Señor calla. No responde. Se limita a escribir en el suelo. Ellos, ante esta actitud, insisten. Él se incorpora y les dice: «El que esté sin pecado que le tire la primera piedra». Ya conocemos la historia. Uno a uno, empezando por los más viejos, se retiran. El Señor Jesús le dice a la mujer: «¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». El Señor no podía hacer otra cosa. Tenía delante a una pecadora, y él, había venido al mundo, precisamente, por los pecadores. Su justicia era muy diferente a la nuestra y a la de los fariseos. Nosotros pensamos: el que la hace, la paga. Si el Señor pensara así, nadie alcanzaría la salvación.

Ese es el corazón del Señor Jesús. En él, lleno de amor, no tienen cabida ni el rencor, ni el deseo de hacer justicia a la manera humana. Su justicia consiste en hacer justos a aquellos que, como tú y yo, somos injustos.

Queremos señalar un último detalle que nos ayudará en nuestra vida de fe. Si cada uno de los letrados y fariseos se hubieran mirado a sí mismo antes de juzgar a la mujer, seguramente no lo habrían hecho. Obra tú de igual manera. Antes de juzgar y condenar al hermano, mírate sinceramente a ti mismo. Con toda certeza encontrarás muchos motivos, muchos fallos en tu vida, que te convencerán de la conveniencia de no juzgarlo y, mucho menos, condenarlo.   


DOMINGO IV DE CUARESMA -C- Laetare

DOMINGO IV DE CUARESMA -C- Laetare

«PADRE, HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jos 5, 9a. 10-12 * 2 Cor 5, 17-21 * Lc 15, 1-3. 11-32

Llegamos al cuarto domingo de Cuaresma que recibe el nombre de Domingo de Laetare. Esta palabra, que significa “alegraos”, hace referencia al inicio de la antífona de entrada: “alégrate, Jerusalén”, “alegraos los que por ella llevasteis luto”. Es como un oasis en el desierto, rompiendo un poco la austeridad penitencial de la Cuaresma. Es una palabra de ánimo porque la Pascua está más cerca. Veremos esto reflejado en la liturgia que cambiará el color morado de los ornamentos, por el color rosa.

Hay algo más que nos va a regalar la iglesia en este ciclo litúrgico C, en el que se proclama el evangelio según san Lucas. Se trata de la Parábola del Hijo Pródigo que es uno de los pasajes más entrañables y consoladores de todos los evangelios.

El Señor Jesús, que vino a la tierra para librarnos de la muerte y del pecado, vino también a darnos a conocer al Padre. Para ello, no encuentra mejor recurso que esta admirable parábola. En esta ocasión no se trata de una imagen como en otras parábolas, sino que la figura del padre es reflejo fidedigno de la figura de nuestro Padre Dios.

Empieza manifestando su amor hacia el hijo y el respeto exquisito a su libertad, cuando le reclama la parte de su herencia. Él conoce de antemano lo que va a suceder. Sabe que va a malgastar las riquezas enfangándose en el pecado, pero respeta hasta el extremo su libertad.

Todo sucede según el padre suponía. Las riquezas atraen a aquellos que llevan a la perdición al joven. Su falsa e interesada amistad termina cuando las riquezas se acaban. Ahora se encuentra sólo, pobre y en un país extraño. El hijo rico y amado acaba en el campo cuidando una piara de cerdos. Esta situación le permite hacer una introspección que lo lleva a recordar la casa paterna: «Me pondré en camino adonde está mi padre…» 

Lejos está el padre que ama con locura al hijo, con un amor que se ve incrementado, si cabe, debido a la situación. Cada día, cada mañana, desde la terraza de la casa atisba el camino esperando con ansia ver la figura del hijo que regresa.

Cuando esto sucede, corre veloz al encuentro del hijo. Lo abraza, lo besa con efusión y, aunque el hijo intenta pedir perdón y darle explicaciones, él, no las atiende. No quiere saber nada. Sólo quiere disfrutar de la presencia del hijo, que estaba perdido y ha sido hallado. Que estaba muerto y ha resucitado.

Situémonos en la persona del hijo. ¡Cuántas veces hemos abandonado la casa paterna malgastando los dones recibidos y pidiendo la vida a los ídolos! ¡Cuántas veces hemos malgastado nuestra libertad y nos hemos encontrado deseando las bellotas que comen los puercos! Estos fallos, que son muchos, han de llevarnos, como al Hijo Pródigo, a volver la mirada hacia la casa paterna. Allí está el Padre esperándonos con los brazos abiertos. No nos va a pedir cuentas de nada. Él sólo desea nuestra felicidad y está dispuesto a esperar una y otra vez, hasta que nos demos cuenta de que sólo en la casa se vive bien. Él nunca ha esperado a que obráramos el bien para manifestarnos que nos quería. Conoce mejor que nosotros nuestras miserias y no siente asco de ellas. No seamos necios y hagamos nuestras las palabras del hijo: «Me pondré en camino adonde está mi padre…» 

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

«Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 3, 1-8a.13-15 * 1Cor 10, 1-6.10-12 * Lc 3, 1-9

Nosotros, los creyentes, podemos caer en la tentación de juzgar a aquellos que, según nuestra manera de pensar, no obran bien, ya sea en el terreno de la política, del trabajo o de las relaciones familiares. Nos creemos poseedores de la verdad, y desde nuestra atalaya nos tomamos la libertad de enjuiciar todo aquello que no está de acuerdo con nuestro criterio.

Por el hecho de pertenecer a la Iglesia y de ser practicantes, creemos tener derecho a opinar sobre el comportamiento de los demás. Pensamos, quizá, que somos mejores y que nunca caeríamos en los fallos en los que ellos caen. Ésta es precisamente la actitud de los que hoy, en el evangelio, van a contar a Jesús lo que Pilato ha hecho con unos galileos cuya sangre ha mezclado con la de sus sacrificios. La respuesta del Señor no puede ser más clara: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás?... ¿Piensas tú que eres mucho mejor que esos a los que criticas? ...Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo».

¿Qué conversión es la que el Señor nos pide? La de reconocer nuestra limitación y nuestra realidad de pecado. Si estamos en la Iglesia es por pura misericordia de Dios. Ningún mérito tenemos por nuestra parte. Esos a los que criticamos, seguramente, hubieran respondido mejor que nosotros a la llamada del Señor, si Él les hubiera llamado. Si todo lo que tenemos lo hemos recibido de manos del Señor gratuitamente, ¿a qué viene presumir o vanagloriarnos?

El Señor Jesús, a continuación, como una llamada a conversión, les expone la siguiente parábola: Un propietario tenía plantada una higuera en su viña. Durante tres años había acudido a buscar fruto sin obtenerlo. Cansado, ordena al viñador que la corte, pero éste le responde: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que vine la cortarás».

Lo primero que tenemos que advertir es que esta parábola no va dirigida a la gente del mundo. Va dirigida a aquellos que vivimos nuestra vida de fe en la Iglesia. El Señor, cuando nos llamó, puso en nuestras manos una importante misión: quería que, a través de nosotros, aquellos que viven alejados de su Iglesia, llegaran a conocerlo. ¿Cómo? podemos preguntarnos. Es muy sencillo. Si tú y yo, que somos pecadores, que somos egoístas, que no nos gusta que nos molesten… somos capaces de perdonar, de ayudar a los que conviven con nosotros, de compartir los bienes que tenemos con los necesitados, etc., sin duda, los que lo vean dirán: “No es posible. Yo conozco bien a ese, y sé que no es capaz de abrir la mano, ni pegándole con un martillo en el codo”.  Por eso, nuestro comportamiento le remitirá a Aquel que ha transformado nuestra manera de ser radicalmente. Dice el evangelio: «Para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo».

¿Cuántas veces se habrá acercado el Señor a nuestra vida buscando frutos? Seguramente muchas, más de tres. ¿Y qué ha encontrado? Egoísmo, vanidad, rencor, chismorreos, críticas y juicios. Esos son nuestros frutos las más de las veces. Nuestra suerte es que el Señor tiene con nosotros mucha más paciencia que el propietario de la higuera, y no se cansa de enviarnos acontecimientos y gracias para que nosotros volviendo la mirada hacia Él nos convirtamos.

Hasta tal punto llega su paciencia y su misericordia, que se conforma con que nosotros reconozcamos nuestra nulidad y nuestra incapacidad para hacer el bien, y le pidamos ayuda: “Señor, haz tú en mí lo que yo no puedo hacer, a pesar de que lo deseo”.  

 

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO, ESCUCHADLO».

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 15, 5-12. 17-18 * Flp 3, 17 — 4, 1 * Lc 9, 28b-36 

Jesús camina con sus discípulos hacia Jerusalén. Sabe que está próxima su hora y que va a ser inmolado para la salvación de los hombres. Sabe también que sus discípulos le siguen, porque ven en él al Mesías que ha de liberar a Israel del yugo de los dominadores romanos. Esperan que sea él, el que restaure el Reino de Israel.

Como conoce este error y quiere evitarles el escándalo que va a producirles su Pasión y Muerte, quiere fortalecer la fe en su persona mostrándoles un poco de su gloria. Por eso, nos dice el evangelista, coge a Pedro a Santiago y a su hermano Juan, y asciende con ellos a un monte alto. Una vez en la cima se transfigura mostrándoles lo que está oculto debajo de su naturaleza humana. Aparecen junto a Él Moisés y Elías que conversan sobre todo lo que va a sucederle en Jerusalén.

La figura de Moisés significa para el pueblo de Israel la Ley. Él fue quien la recibió de manos del Señor en el monte Sinaí. Elías representa a los profetas que han intervenido a lo largo de toda la historia llamando a conversión al Pueblo, y hablándole de parte de Dios. Los dos, Moisés y Elías, han hecho presente a Israel la promesa de un Mesías que va a salvar al hombre de sus pecados. Su presencia ahora en el monte Tabor pone de manifiesto que tanto la Ley como las reiteradas promesas de Dios, hallan su pleno cumplimiento en la persona del Señor Jesús.

  A Pedro, Santiago y Juan, la escena les llena de temor, pero a la vez les hace experimentar un inmenso placer. De manera que Pedro fuera de sí exclama: «Maestro qué hermoso es estar aquí, hagamos tres tiendas…» Aún está hablando cuando una nube los envuelve y una voz exclama: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadlo».

  Dos aspectos importantes a considerar en nuestra vida contiene este pasaje del evangelio. En primer lugar, nos hace presente que este cuerpo mortal que cada uno de nosotros tenemos, no está llamado a la destrucción y la muerte. El Señor dice en la Escritura: «Yo no he creado el mal ni me complazco en la muerte del pecador». Somos seres creados llamados a una vida eterna, que ciertamente hemos perdido al usar mal nuestra libertad pecando, pero que el Señor Jesús nos ha devuelto con su Muerte y Resurrección. No somos seres, pues, llamados a la destrucción. Hoy, el Señor, con su transfiguración, nos muestra la gloria que nos tiene reservada para toda una eternidad.

Por otra parte, el Padre, a través del Bautismo, ha hecho en nosotros una nueva creación. Ha destruido nuestro hombre de pecado y nos ha dado una nueva naturaleza. Nos ha adoptado como hijos en la persona del Señor Jesús. De manera que las palabras que resonaron en el monte referidas a su Hijo, hoy han resonado de nuevo en nuestra asamblea dirigidas a cada uno de nosotros. Hoy, el Padre, te ha dicho: «Tú eres mi hijo, el escogido».

  Podemos preguntarnos, ¿para qué nos escoge o nos elige hoy el Señor? Nos llama a ser testigos de su amor y de su misericordia. Quiere que el mismo perdón y la misma misericordia que Él ha usado contigo, la tengas tú con los que te rodean y en especial con tus enemigos. Los demás se enterarán de que Dios los ama y perdona, si un hombre como tú, que no tenía salvación, es capaz de amarlos y perdonarlos. El Señor nos dice: ¿Ves lo que he hecho contigo, que no he sentido asco de tu miseria y tu pecado, sino que te he amado en tu realidad? Pues ahora, ve tú y haz lo mismo.

  Esta misión, que para nosotros es imposible, solo podremos llevarla a cabo con la ayuda del Espíritu del Señor. Pidamos que sea Él el que la lleve adelante en nosotros, supliendo con su fortaleza nuestra debilidad e impotencia.     

 

 

 

 

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE...»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 26, 4-10 * Rom 10, 8-13 * Lc 4, 1-13

En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús que regresa del Jordán después de ser bautizado por Juan. Se retira al desierto para prepararse, mediante el ayuno y la oración, al inicio de su vida pública, dando cumplimiento así a la misión que el Padre ha puesto en sus manos. Ayuna durante cuarenta días y al final, dice el evangelista, siente hambre. El maligno aprovecha la debilidad física del Señor, para someterlo a tentación. En primer lugar, le muestra unas piedras redondeadas semejantes a bollos de pan y le dice: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan». La respuesta del Señor es tajante: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”.

            Dos tentaciones más lleva a cabo el maligno. En la primera, mostrándole todos los reinos y riquezas del mundo, se atreve a pedirle que se postre ante él y lo adore. En la última, finalmente, transportándolo al pináculo del templo, lo invita a echarse desde arriba, con la certeza de que los ángeles lo sostendrán con sus manos evitando que se haga mal alguno. La respuesta del Señor no se hace esperar. A la primera tentación responderá con la Escritura: «Está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él darás culto”». A la segunda, responde: «Esta mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”».

            Vemos en este pasaje que el Señor, hombre como tú y como yo, con las mismas necesidades, y también las mismas debilidades que cada día se nos presentan, quiere ser también igual a nosotros sometiéndose a las tentaciones del maligno. Es tentado en tres aspectos fundamentales de la vida. En primer lugar, la tentación del pan. Es la misma que tenemos todos los hombres: asegurarnos la vida, asegurarnos la existencia representada en el pan. Todos queremos, como se dice vulgarmente, “asegurarnos los garbanzos”. La otra tentación tiene que ver con las riquezas. Desprovisto del amor de Dios por el pecado, el hombre necesita a toda costa llenar el hueco que ha dejado en su corazón. Pide la vida a las riquezas, al dinero y, sin darse cuenta se hace esclavo de los bienes materiales. Finalmente, la tercera tentación tiene que ver con la historia. El hombre no acepta la realidad de su vida. No acepta ser como es. Ni su físico, ni su carácter, ni su trabajo, ni su situación familiar… Creemos que, si tuviéramos poder, si estuviera en nuestras manos, no dejaríamos las cosas como están, sino que con toda seguridad cambiaríamos muchas cosas de nuestra vida.

            Estas tres tentaciones que sufre el Señor Jesús, que como hemos visto no son diferentes a las nuestras, son las mismas que tuvo el Pueblo de Israel en el desierto, cuando después de salir de la esclavitud de Egipto se dirigía a la Tierra Prometida. Israel quería el pan y el agua, ya. Tentación del pan. Cayó en el culto a los ídolos. Recordemos el pasaje del Becerro de Oro y otros momentos en los que desea dar culto a los ídolos, como hacían los pueblos vecinos. Y, finalmente, los israelitas hablaron contra Dios porque no aceptaban la realidad de tener que caminar por el desierto, siguiendo no su voluntad, sino la del Señor.

            Estas tentaciones no han desaparecido de nuestra vida. Son muy actuales. Tú y yo, queremos a toda costa tener asegurada la vida, tener asegurado el pan. Tú y yo, damos culto a las riquezas, nos apoyamos en ellas y, aunque deseemos disimularlo, les pedimos la vida. Finalmente, pensemos que, si por un instante tuviéramos durante tan sólo una hora el poder de Dios, empezando por nosotros, nuestro físico, nuestra salud, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos, nuestros bienes, la política y un largo etcétera, nada quedaría como ahora. Cambiaríamos radicalmente todo. En el fondo quedaría demostrado que son muchas las circunstancias y hechos de nuestra vida que no nos gustan y que con gusto cambiaríamos. Esto, sin embargo, no es una desgracia. Todo lo contrario. Es un don de Dios para que no tengamos más remedio que buscarlo a él. Sólo en Él hallará reposo y descanso nuestro corazón. Sólo Él es capaz de llenar nuestra vida, dándole plenitud.


DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¿ACASO PUEDE UN CIEGO GUIAR A OTRO CIEGO?» 

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 4-7 * 1Cor 15, 54-58 * Lc 6, 39-45

Este domingo finaliza la primera parte del tiempo ordinario. En el próximo, si Dios quiere, daremos comienzo a los domingos de Cuaresma.

En la vida cristiana es fundamental tener conocimiento de nuestra limitación y de nuestros muchos fallos. Es muy fácil caer en la tentación de creernos superiores a los demás, y, como consecuencia, erigirnos en jueces de sus obras.

La presunción y engreimiento pueden dañarnos a nosotros mismos, y dañar también a aquellos que nos rodean. De ahí que el Señor nos prevenga de ese mal, cuando hoy nos dice: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?». Yo te digo ¿Quién te crees tú para ir dando consejos? ¿Acaso te consideras superior a los demás? Antes de erigirte en maestro será conveniente que tengas muy presente tus fallos, tus defectos, tu ignorancia.

A la hora de juzgar a los demás será bueno tener en cuenta, que podemos ver sus defectos porque los tenemos delante, sin embargo, no podemos evaluar los nuestros, porque los llevamos a la espalda como en una mochila. Por eso el Señor nos dice: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

El Señor sigue diciendo: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano». Tú y yo, o cualquier hombre, a causa del pecado original somos un árbol dañado. Significa esto que el pecado de origen nos incapacita para dar frutos buenos. Dicho de otra manera, por más que nos esforcemos, sin la ayuda del Señor no podemos obrar el bien. El motor que mueve nuestros actos, aunque a veces no nos demos cuenta, es el egoísmo. Queremos, al precio que sea, alcanzar la felicidad. Es lo que nos pide el corazón.

Esta ansia de ser, de destacar, tiene como origen el hueco que ha dejado en nuestro corazón el amor de Dios, a causa del pecado. Nada de lo que nos rodea, familia, dinero, sexo, poder, diversión, etc., puede dar satisfacción a nuestro corazón. Estamos condenados a vivir insatisfechos. Lo único que conseguimos, como mucho, es vivir alienados.

Para mejor comprensión ponemos un ejemplo. Imaginemos una bombilla que pudiera razonar. Está fabricada para dar luz siempre que esté unida a la corriente. Quedará por tanto frustrada, si se le corta la corriente. Se convertirá en un objeto inservible, en un trasto. Eso mismo le ocurre al hombre. Dios lo ha creado con un corazón hecho para amar y para ser amado. Si en un momento dado se encuentra imposibilitado de amar, experimentará el fracaso y no encontrará sentido a su vida.

Esta es la situación del hombre después del pecado. Hemos cortado la corriente. Hemos roto el lazo de amor que nos unía a Dios. Le hemos vuelto la espalda y ya no encontramos una razón por la que valga la pena vivir. Sin embargo, Dios, no se da por vencido. Él nos ha creado para una existencia feliz y no puede consentir que las fuerzas del mal se alcen victoriosas. Por eso ha dispuesto realizar en nosotros una nueva creación. Lo ha hecho cancelando la deuda que por el pecado habíamos contraído con él. Ha sido el Señor Jesús el que con su sangre ha pagado nuestra factura, y nos ha sacado del dominio de la muerte. Su Espíritu, dentro de nosotros, ha restaurado el lazo que nos unía a Dios, devolviendo el sentido a nuestra vida y llenando de nuevo nuestro corazón de su amor.

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TRATAD A LOS DEMÁS COMO COMO QUERÉIS QUE ELLOS OS TRATEN»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23 *1Cor 15, 45-49* Lc 6, 27-38

Continuamos hoy, con el llamado Sermón del Llano de san Lucas. Lo que el Señor nos dice en esta parte del evangelio es humanamente imposible. Amar a mis enemigos, hacer el bien a aquel que me desea el mal, decir bien de aquellos que me maldicen… todo esto es inalcanzable para mí. Mi razón me dice todo lo contrario. Me dice además que es injusto obrar así. Que lo lógico es defenderme ante aquel que conscientemente viene a hacerme daño. Sin embargo, el Señor insiste diciendo que trate al otro como a mi me gusta que me traten. Puedo preguntarme, ¿cuál es el motivo de que mi razón rechace todo esto, y que el Señor me lo muestre como lo correcto y adecuado? La respuesta es sencilla. El Señor sabe que he sido creado para una vida eterna y feliz experimentando en mi corazón su amor. Que ese amor, que es la razón de mi existencia y de mi felicidad, me impulsa a amarle a él con todo el corazón, y a la vez amar a mis semejantes como yo mismo me amo. Sabe también que, por el pecado de origen, he rechazado ese amor y que ahora me encuentro vacío y no puedo hallar el sentido de mi vida. Que en esta situación me defiendo ante todo aquello que ataque mi persona. Necesito ser, afianzar mi yo ante todo aquello que merme mi personalidad.

Ante esta situación el Señor me muestra una forma de vivir totalmente distinta de la que me ofrece el mundo. En resumen, lo que hace es encender una luz que alumbre mi ceguera interior y me haga ver que la vida no se consigue respondiendo al mal con el mal. Que, obrando así, lo único que consigo es almacenar rencor y amargura en mi interior, impulsándome a tomar la revancha y aplicando la respuesta que considero que es justa. Sin embargo, Él, insiste en que el camino para alcanzar la verdadera felicidad es precisamente todo lo contrario. Que, aunque humanamente parezca absurdo, la solución radica en devolver bien por mal, en amar al enemigo sin desearle mal alguno, en perdonar de corazón las ofensas, en tratar, en fin, a los demás de la misma manera que yo deseo que me traten. Puedo preguntarme, ¿por qué esto es así cuando más bien repugna a mi razón? La respuesta que nos da el Señor es sencilla: porque para esto has sido creado. Porque la razón de tu existencia es el amor. Amor a Dios en primer lugar, y amor al prójimo como único camino a una auténtica felicidad. Dios así lo dispuso, pero fue la aparición del pecado quien dio al traste con este el plan primero de Dios. Por este motivo, es necesario rehacer lo que el pecado ha destruido en tu vida.

El Señor Jesús, con su muerte y resurrección, venció al pecado y a la muerte. Y Dios-Padre, padre amantísimo, derramando sobre nosotros la fuerza de su Espíritu Santo, hizo que fuera posible restaurar el orden primero, de manera que el mundo, a través de nuestra manera de obrar, llegara a conocerlo como Padre compasivo que no juzga ni condena, que nos perdona para que nosotros podamos perdonar, que no exige compensación a su amor, sino que nos ama gratuitamente. Como discípulos del Señor Jesús, estamos elegidos, en fin, para que los demás, llamados también a la salvación, lleguen a conocer su amor, viéndolo reflejado en nuestras vidas.