DOMINGO I DE CUARESMA -C-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE...»
CITAS BÍBLICAS: Dt 26, 4-10 * Rom 10, 8-13 * Lc 4, 1-13
En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús que regresa del Jordán después de ser bautizado por Juan. Se retira al desierto para prepararse, mediante el ayuno y la oración, al inicio de su vida pública, dando cumplimiento así a la misión que el Padre ha puesto en sus manos. Ayuna durante cuarenta días y al final, dice el evangelista, siente hambre. El maligno aprovecha la debilidad física del Señor, para someterlo a tentación. En primer lugar, le muestra unas piedras redondeadas semejantes a bollos de pan y le dice: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan». La respuesta del Señor es tajante: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”.
Dos tentaciones más lleva a cabo el maligno. En la primera, mostrándole todos los reinos y riquezas del mundo, se atreve a pedirle que se postre ante él y lo adore. En la última, finalmente, transportándolo al pináculo del templo, lo invita a echarse desde arriba, con la certeza de que los ángeles lo sostendrán con sus manos evitando que se haga mal alguno. La respuesta del Señor no se hace esperar. A la primera tentación responderá con la Escritura: «Está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él darás culto”». A la segunda, responde: «Esta mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”».
Vemos en este pasaje que el Señor, hombre como tú y como yo, con las mismas necesidades, y también las mismas debilidades que cada día se nos presentan, quiere ser también igual a nosotros sometiéndose a las tentaciones del maligno. Es tentado en tres aspectos fundamentales de la vida. En primer lugar, la tentación del pan. Es la misma que tenemos todos los hombres: asegurarnos la vida, asegurarnos la existencia representada en el pan. Todos queremos, como se dice vulgarmente, “asegurarnos los garbanzos”. La otra tentación tiene que ver con las riquezas. Desprovisto del amor de Dios por el pecado, el hombre necesita a toda costa llenar el hueco que ha dejado en su corazón. Pide la vida a las riquezas, al dinero y, sin darse cuenta se hace esclavo de los bienes materiales. Finalmente, la tercera tentación tiene que ver con la historia. El hombre no acepta la realidad de su vida. No acepta ser como es. Ni su físico, ni su carácter, ni su trabajo, ni su situación familiar… Creemos que, si tuviéramos poder, si estuviera en nuestras manos, no dejaríamos las cosas como están, sino que con toda seguridad cambiaríamos muchas cosas de nuestra vida.
Estas tres tentaciones que sufre el Señor Jesús, que como hemos visto no son diferentes a las nuestras, son las mismas que tuvo el Pueblo de Israel en el desierto, cuando después de salir de la esclavitud de Egipto se dirigía a la Tierra Prometida. Israel quería el pan y el agua, ya. Tentación del pan. Cayó en el culto a los ídolos. Recordemos el pasaje del Becerro de Oro y otros momentos en los que desea dar culto a los ídolos, como hacían los pueblos vecinos. Y, finalmente, los israelitas hablaron contra Dios porque no aceptaban la realidad de tener que caminar por el desierto, siguiendo no su voluntad, sino la del Señor.
Estas tentaciones no han desaparecido de nuestra vida. Son muy actuales. Tú y yo, queremos a toda costa tener asegurada la vida, tener asegurado el pan. Tú y yo, damos culto a las riquezas, nos apoyamos en ellas y, aunque deseemos disimularlo, les pedimos la vida. Finalmente, pensemos que, si por un instante tuviéramos durante tan sólo una hora el poder de Dios, empezando por nosotros, nuestro físico, nuestra salud, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos, nuestros bienes, la política y un largo etcétera, nada quedaría como ahora. Cambiaríamos radicalmente todo. En el fondo quedaría demostrado que son muchas las circunstancias y hechos de nuestra vida que no nos gustan y que con gusto cambiaríamos. Esto, sin embargo, no es una desgracia. Todo lo contrario. Es un don de Dios para que no tengamos más remedio que buscarlo a él. Sólo en Él hallará reposo y descanso nuestro corazón. Sólo Él es capaz de llenar nuestra vida, dándole plenitud.
0 comentarios