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DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

«¿NO SABÍAIS QUE YO DEBÍA ESTAR EN LA CASA DE MI PADRE?» 

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 41-52 

La Iglesia, en este primer domingo después de Navidad, nos invita a contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret. Lo hace así, porque quiere resaltar la importancia que para ella tiene la familia cristiana.

La familia cristiana es la base sobre la que se sustenta la propia Iglesia. La Familia de Nazaret es el embrión de lo que después será la Iglesia de Jesucristo. En ella el Niño Jesús es educado en la fe. Sus padres, María y José, le enseñarán a conocer y amar a su Padre del Cielo.

Sería absurdo pensar que Jesús fuera consciente desde su infancia de su condición divina. La vida del niño, del adolescente y del joven Jesús de Nazaret, fue semejante a la de los jóvenes que conocemos. Pasó por todos los estadios del desarrollo humano como uno de tantos. Nada para él fue ajeno en su desarrollo. Caprichos infantiles, crisis de la pubertad, e incluso sana atracción hacia las jóvenes de su entorno, fueron hechos que le tocaron vivir como a cualquiera de nosotros. En lo único que fue totalmente distinto fue en lo relativo al pecado. Ni pecó, ni podía hacerlo.

Durante este tiempo de desarrollo físico y humano, fueron María y José los que se encargaron de educarle y de prepararle para que llegara a ser un miembro del pueblo de Dios, y al propio tiempo un ciudadano capaz de asumir sus obligaciones como tal. Fue en la escuela de la familia donde se preparó para llevar a término la misión que Dios-Padre le había encomendado.

Hoy la Iglesia quiere también que contemplemos a la Sagrada Familia de Nazaret, como paradigma de cada una de nuestras familias. Es necesario que los hijos aprendan a amar sintiéndose amados por sus padres. La familia cristiana es la primera escuela de la fe. Como sucedió en aquella familia, son los padres los que tienen el derecho y la obligación de transmitir la fe a sus hijos. La Parroquia y los colegios solo han de ser colaboradores de los padres, al prestarles ayuda para que lleven adelante su misión educadora.

Precisamente por ser la familia cristiana semillero de nuevos miembros de la Iglesia, se ve atacada por todos los flancos. La sociedad actual lleva a cabo acciones de acoso y derribo hacia la familia, porque sabe que es el mejor camino para lograr destruir a la Iglesia.

Divorcio exprés, aborto libre, ideología de género, uniones, que no matrimonios, homosexuales, el uso del genérico pareja que queda muy bien para los animales, pero que no es adecuado para las personas, y un largo etcétera, son las acciones que los gobiernos llevan a cabo sistemáticamente con objeto de minar a la familia, teniendo como único fin la destrucción de la Iglesia.

Esta política de tolerancia y de hechos consumados, está consiguiendo que gran parte de la sociedad esté aceptando como normal, situaciones que son inaceptables. Los medios de comunicación, radio, televisión y cine nos bombardean incesantemente practicando un auténtico lavado de cerebro, para que aceptemos lo negro como blanco y lo blanco como negro.

Es necesario que como creyentes volvamos nuestros ojos hacia la Familia de Nazaret, para que sea para nosotros punto de referencia. Que pidamos a Jesús, María y José, que protejan y bendigan nuestras familias, para que crezcan teniendo como imagen a aquella que formaron ellos.  

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

«DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO» 

 

CITAS BÍBLICAS: Miq 5, 1-4ª * Heb 10, 5-l * Lc 1, 39-45

Llegamos hoy al último domingo de Adviento que nos preparará a celebrar de una manera inmediata la manifestación del Niño Dios en Belén. Si en los primeros domingos del Adviento la liturgia nos invitaba a estar vigilantes y preparados ante la venida del Señor en los últimos tiempos, en estas dos últimas semanas nos empuja a celebrar la venida del Señor en humildad en Belén.

Hoy las protagonistas del evangelio serán por un lado María y por el otro su pariente Isabel. María ha recibido la visita del ángel, aceptando colaborar en los planes del Padre, acogiendo en su seno al mismo Hijo de Dios. Al mismo tiempo ha recibido del Ángel la noticia del embarazo de su pariente Isabel. Llena de gozo se apresura a ponerse en camino para felicitarla y a la vez hacerla partícipe de la obra que Dios está realizando en ella.

Este encuentro es el que san Lucas nos narra hoy en su evangelio. María llega presurosa a la casa de Isabel, y ésta, sale a recibirla alborozada en cuanto oye su saludo. «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». Éstas son las palabras de Isabel. La respuesta de María, que no figura en el evangelio de hoy, es: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones…».

María es la primera evangelizadora. Por una parte, quiere hacer partícipe de la obra de Dios en ella a su pariente Isabel, y por otra parte quiere contemplar con sus propios ojos la obra del Altísimo en Isabel.   Varias son las aplicaciones que de este pasaje podemos sacar para nuestra vida. En primer lugar, la Virgen, que ha recorrido un montón de kilómetros hasta llegar a la casa de Isabel, nos invita a que, como ella, también nosotros nos hagamos portadores de la buena noticia; que demos a conocer a todos los que nos rodean, las misericordias del Señor para con nosotros. Que no nos venza el respeto humano. No tengamos vergüenza de hacer partícipes a los demás de la presencia del Señor en nuestras vidas. Como creyentes, estamos llamados a ser sus testigos delante de aquellos que no lo conocen, o que ya lo han olvidado. Es posible que si tú y yo, no les hablamos de Dios, ya no lo haga nadie por nosotros.

El Señor viene y viene para salvarnos. No dudemos al ver nuestras miserias y pecados. Lo importante es creer en su Palabra para que las palabras de Isabel a María: «Dichosa tú que has creído», tengan también aplicación en nuestra vida.


DOMINGO III DE ADVIENTO -C- GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -C-   GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -C-

(GAUDETE)

 

CITAS BÍBLICAS: Sof 3, 14-18a * Flp 4, 4-7 * Lc 3, 10-18

Llegamos al domingo tercero de Adviento, un domingo que recibe el sobrenombre de Gaudete porque en él, la liturgia, nos mueve a la alegría, ya que cada vez está más cerca la venida del Señor.

San Pablo en la epístola nos dice: «Estad siempre alegres en el señor; os lo repito, estad alegres». Sabemos que en la vida la alegría es contagiosa. Por eso nuestra alegría ha de tener la finalidad de empujar a los que nos rodean a estar también alegres. San Pablo añade: «Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca». Viene a salvarnos, viene a liberarnos de las esclavitudes y sufrimientos que son fruto de nuestros pecados. No es concebible ver a un cristiano triste. Como decía aquel santo: “Un santo triste es un triste santo”. Como signo patente de esa alegría de la Iglesia, veremos que hasta la liturgia cambia en los ornamentos el color morado, por el color rosa. Todo invita a la alegría y a la esperanza.

Para prepararnos adecuadamente a la venida del Señor, nosotros podemos preguntar, como aquellos que escuchaban a Juan: «¿Qué hacemos?». La respuesta de Juan nos invita a la conversión. La conversión implica un cambio de vida, un cambio de rumbo. Si hasta ahora hemos estado pendientes de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, de nuestros bienes, y de nuestras riquezas, es necesario arrojar de nuestro corazón todo egoísmo y compartir lo que tenemos con los más necesitados. Es necesario tratar a los que nos rodean de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros.

Juan dirá en el evangelio que él no es el Mesías, que él ha sido enviado a prepararle el camino. Que él quiere que al llegar encuentre un pueblo bien dispuesto. Esa es también nuestra misión como discípulos del Señor. Somos los amigos del novio que preparamos su venida. El Señor viene y nuestra misión es anunciar con alegría a los que nos rodean su llegada. Encarnamos en medio de esta generación, en medio de esta sociedad, la figura de Juan que hace presente al que ha de venir.

Llega el momento, como decía el Señor en el evangelio de la semana pasada, de levantar la cabeza, de vivir confiados, de no desesperar, porque con el Señor llega nuestra liberación.

DOMINGO II DE ADVIENTO -- SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

DOMINGO II DE ADVIENTO -- SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

«ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gen 3, 9-15. 2 * Flp 1, 4-6. 8-11 * Lc 1, 26-38

Aunque la Iglesia Universal celebra hoy el segundo domingo de Adviento, para España, y dado que la Inmaculada Concepción es la Patrona de nuestra patria, excepcionalmente, la Congregación para el Culto Divino ha autorizado la celebración de esta solemnidad, en lugar del domingo segundo de adviento

El evangelio nos presenta hoy a una jovencita, María, que, en una aldea perdida de Galilea, Nazaret, recibe la visita de un enviado del Señor que le anuncia que, si ella lo consiente, va a ser la madre del Mesías, la madre del Hijo de Dios hecho hombre.

María, abandonándose a la que es la voluntad del Señor, accede. El Espíritu Santo la cubre y es por obra de ese Espíritu, por el que, desde aquel mismo instante, empieza a formarse en su seno una criatura que es a la vez Hijo del Altísimo e Hijo de María. La obra de salvación diseñada desde antiguo por Dios entra así en la recta final.

El ángel, en su anuncio, la llama “llena de gracia”. Llena de gracia por voluntad de Aquel que todo lo puede. María, desde su concepción, no fue contaminada por el pecado ni durante un solo instante. No podía ser de otra forma. ¿Cómo imaginar que aquella que había sido elegida desde toda la eternidad como madre del Hijo de Dios, iba a estar ni un solo segundo en poder de su enemigo mortal? Solo la idea de que esto fuera posible repugna por completo a la razón.

¿En qué medida nos afecta a ti y a mí este acontecimiento primordial de la historia de salvación? Aunque no lo parezca nos coge de lleno, no sólo porque este hecho supone el inicio del cumplimiento de la promesa hecha por Dios de enviarnos un Salvador, sino, porque lo ocurrido en María es el modelo de lo que Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros. La historia de María es tu historia y es mi historia. María eres tú y María soy yo.

Nosotros, los creyentes, estamos llamados a ver transformada nuestra naturaleza de pecado, en una naturaleza nueva, la de los hijos de Dios. Esto se lleva a cabo, como le ocurrió a María, en un proceso de gestación. A María fue el esperma del Espíritu el que la fecundó. A nosotros es el esperma de la Palabra, como la llaman los santos padres, el que penetrando en nuestro interior nos fecunda y hace que empiece en nosotros la gestación de un hijo de Dios.

¿Cuándo sucede esto? A nosotros, la gran noticia, el Kerigma, nos la ha dado la Iglesia al decirnos: “Dios te ama tal y como eres, con tus defectos, tus vicios, tus pecados y tus manías. Él no ha esperado a que cambies de vida para amarte, te ama tal y como eres, pecador. Él, para amarte, nunca te ha exigido que cambies de vida. Te ama con locura en tu realidad de pecado. No ama al pecado porque sabe que te hace infeliz, que te hace sufrir, pero a ti, pecador, te ama hasta el extremo de entregar a la muerte a su único Hijo, para liberarte de la muerte y, con su resurrección, devolverte a la vida. No contento con esto, lo ha constituido Señor y Kyrios de todo lo que para ti es imposible lograr, y que por no lograrlo te hace infeliz. Unido a Él, ya nada para ti es imposible”.

Esta palabra de salvación aceptada y guardada en el corazón, como hizo María, actúa como el esperma en el cuerpo de la mujer, y hace que se engendre en nosotros una nueva criatura, un Hijo de Dios. Esta criatura crecerá después de un período de gestación, que para nosotros es el catecumenado, hasta ser dada a luz en el bautismo. Advertimos que, en nuestro caso particular, y dado que se nos administró el bautismo de recién nacidos, es necesario realizar el catecumenado, siendo ya adultos.

DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

«VENDRÁ EL HIJO DEL HOMBRE CON GRAN PODER Y MAJESTAD»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 33, 14-16 * 1Tes 3,12—4,2 * Lc 21, 25-28.34-36

Si empezáramos este comentario utilizando la conocida frase de “Año nuevo, vida nueva”, algunos lectores pensarían que se trataba de un error. Pero no es así. Con este domingo, primero de Adviento, se inicia el nuevo Año Litúrgico.

Como ya hemos hecho alusión otras veces, la liturgia nos brinda la ocasión de contemplar toda la historia de salvación desarrollada en el transcurso de un año. Por eso, durante la primera parte denominada Adviento, estamos centrados en la venida de Señor, tanto al final de los tiempos, como en su nacimiento en Belén. Durante este viaje nos acompañarán los textos del Evangelio según san Lucas.

La palabra Adviento procede del latín y tiene como significado “venida”. Para los creyentes supone un tiempo de gracia, un tiempo de espera a la venida del Señor. Sabemos que nuestra existencia tiene como origen y como meta a Dios. De Dios salimos y hacia Dios caminamos. Significa esto que es necesario tener en cuenta que toda nuestra vida es un continuo caminar hacia el encuentro con el Señor. La virtud teologal que nos ayuda a no perder de vista este fin es la esperanza.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús nos muestra cuáles serán los signos que anunciarán su segunda venida. Guerras, terremotos, desastres de todo tipo, persecuciones, angustia y mucho sufrimiento, precederán a su manifestación final. Serán signos que moverán a los elegidos, aquellos cuya vida se haya ajustado a la voluntad de Dios, a pedir con insistencia su manifestación.

A nosotros, que desconocemos el día y la hora, el Señor nos invita a esperar sin temor su venida. Viene para salvar a todos aquellos que durante su vida han esperado en él, y no han rechazado su amor y misericordia. Por eso nos dice: «Cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». 

Porque nada sabemos de cuándo va a suceder todo esto, el Señor nos invita a «estar despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, manteniéndonos en pie ante el Hijo del Hombre».

El Adviento, a través de la Palabra de Dios y la oración, nos ayudará a mantenernos vigilantes, a esperar con ansia la venida del Señor, que nos liberará de nuestras esclavitudes y llenará con su amor por completo nuestra existencia. 


DOMINGO XXXIV B - JESUCRISTO REY -

DOMINGO XXXIV  B - JESUCRISTO  REY -

«EL SEÑOR JESÚS REINA, VESTIDO DE MAJESTAD»

 

CITAS BÍBLICAS: Dn 7, 13-14 * Ap 1, 5-8 * Jn 18, 33b-37

Con la solemnidad de Cristo Rey que celebramos en este domingo, culmina el año litúrgico. El Año litúrgico es el desarrollo de los misterios de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Durante todo el año vivimos y no sólo recordamos toda la historia de la salvación.

Cristo es el centro del año litúrgico y de toda la vida de la Iglesia. En este domingo, último del año, como culmen de toda la historia de la salvación, la Iglesia pone a nuestra consideración la figura de Cristo Rey del Universo. La realeza de Cristo no es fruto de nuestra devoción. Sabemos con certeza que lo es, porque él mismo lo afirma, lo veremos en el evangelio de hoy, cuando responde a la pregunta de Pilato: «¿Luego tú eres rey?, diciéndole: Si, como dices, soy rey».

Dios-Padre ha constituido al Señor Jesús Rey de universo y, como dice san Pablo en su Carta a los Corintios, «Tiene que reinar hasta que Dios ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte». «Entonces llegará el fin, cuando Cristo entregue a Dios-Padre el Reino, después de haber destruido todo principado poder y potestad».

El Señor Jesús, siendo Dios, se humilló hasta el extremo. Tomó condición de esclavo y se sometió a la voluntad del Padre, hasta el punto de entregar su vida en una muerte ignominiosa. Por eso, dice san Pablo en su carta a los Filipenses, «Dios-Padre lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre. De manera que, al Nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, y toda lengua proclame que Jesús es Señor para gloria de Dios-Padre». La palabra Nombre, es empleada aquí, en la Escritura, con el significado de poder. Quiere decir, por eso, que el Señor Jesús ha recibido del Padre el dominio y el poder sobre todo lo creado.

 ¿Qué consecuencias tiene para nuestra vida este poder otorgado por el Padre al Señor Jesús? Hemos dicho en muchas ocasiones que nosotros estamos, a causa del pecado, incapacitados para obrar el bien, nos encontramos impotentes, queremos, pero no podemos. No podemos porque para nosotros, por ejemplo, es imposible perdonar de corazón, porque perdonar significa renunciar a lo que consideramos nuestros derechos, y eso sobrepasa nuestras fuerzas. También somos impotentes para liberarnos de las esclavitudes que nos oprimen. A unos nos domina el sexo, y aunque muchas veces no queremos, caemos una y otra vez en él. A otros la ambición nos ciega y somos capaces de vender nuestra alma con tal de ser y aparentar, etc. etc.

Pues bien, hay uno que hoy te dice: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados». Venid a mí los impotentes, los esclavos de vuestros vicios, los atribulados. Yo he sido constituido por el Padre, Señor de todo lo que te oprime y te hace infeliz. Nada escapa a mi poder. Conozco todo lo que te hace sufrir. Para mí no hay nada imposible. Invoca mi Nombre, mi poder. Estoy muy cerca de ti. Camino a tu lado. ¡Llámame! ¡Invócame! Y yo te ayudaré, porque lo que más me complace es verte feliz.

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL CIELO Y LA TIERRA PASARÁN, MIS PALABRAS NO PASARÁN»

 

CITAS BÍBLICAS: Dan 12, 1-3 * Heb 10, 11-14.18 * Mc 13, 24-32 

Éste es el penúltimo domingo del año litúrgico. A través de los distintos domingos del año que está a punto de terminar, la Iglesia nos ha hecho recorrer toda la historia de salvación. Es lógico, pues, que el Señor Jesús en el evangelio de hoy nos hable de la parusía, de su segunda venida, que tendrá lugar al final de los tiempos.

Sabemos que el universo en el que vivimos no es eterno. En un determinado momento de la historia fue creado por Dios, y en otro que desconocemos llegará a su fin. Hoy el Señor Jesús anuncia su segunda venida. En la primera entró en la historia a través del vientre virginal de María por obra del Espíritu Santo. Vino en humildad y pobreza tomando una carne mortal como la tuya y la mía. Llevó a cabo la obra de salvación que el Padre le había encomendado anunciando su amor y su misericordia, para finalmente entregar su vida en la Cruz por tus pecados y los míos. Hoy, sin embargo, anuncia su segunda venida en poder y gloria, para devolver a Dios-Padre su reino.

El evangelio nos habla de las calamidades y tribulaciones que precederán a la segunda venida del Señor. Hasta ese momento los hombres habrán disfrutado de un larguísimo tiempo de gracia, para poder volver el rostro hacia Dios. Sin embargo, entonces, el Señor se mostrará con poder para hacer justicia a los pobres, a los perseguidos, a los que han padecido hambre y sed, a los humildes que nadie ha tenido nunca en cuenta, etc., que serán reunidos por los ángeles de un extremo al otro de la tierra.

Cuando oímos hablar del final de los tiempos, es posible que lo consideremos como algo muy lejano. Creemos que, de momento, no nos atañe demasiado. Sin embargo, estamos en un error. Es fácil que nosotros no seamos testigos del final que anuncia el Señor. Sin embargo, no lo dudemos, para cada uno de nosotros hay dispuesto un final, que va a tardar más o menos pero que, necesariamente, llegará. Cuando se acerque es posible que nos demos cuenta de su proximidad, o que, por el contrario, llegue, como dice el Señor en otro lugar, como ladrón en la noche.

Seríamos necios si tratáramos de ignorar este hecho. La vida se nos presenta a todos como un problema que necesariamente tenemos que resolver. Para resolverlo necesitamos una serie de datos. Si uno de esos datos es falso el resultado será también falso. Quiere decir esto que, en el problema de nuestra vida, la tuya y la mía, hay un dato con el que debemos contar necesariamente, la muerte. Si no lo hacemos, el resultado final será totalmente falso, y el día en que se nos presente la muerte nos llevaremos el susto del siglo.

Hemos de ser sagaces. Hemos de estar alerta. El Señor, al final del evangelio nos invita a observar los signos de los tiempos. «Fijaos en la higuera, nos dice, cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca». No cerremos, pues, los ojos a los acontecimientos de cada día que nos hacen presente nuestra limitación, nuestra finitud. No vamos a quedarnos como simiente. También para nosotros existe el día D y la hora H. No lo perdamos de vista, pero al mismo tiempo no vivamos obsesionados por el hecho de que hemos de morir.

Tengamos en cuenta que para los creyentes la muerte es una puerta que se abre a la vida eterna, a una vida feliz que no tiene término. En ella, como dice el Apocalipsis, ya no habrá ni muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas. Es la vida eterna que ha ganado para nosotros el Señor Jesús, y que se nos regala gratuitamente.

 

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

ESA POBRE VIUDA HA ECHADO EN EL CEPILLO MÁS QUE NADIE»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 17, 10-16 * Hb 9, 24-28 * Mc 12,38-44

En el evangelio de este domingo, una vez más, el Señor nos invita a la humildad. Ya hemos afirmado en muchas ocasiones que, por tener nuestro corazón vacío del amor de Dios a causa del pecado, buscamos con todas nuestras fuerzas, ser. Necesitamos afianzar nuestra personalidad. Necesitamos convencernos a nosotros mismos de nuestra valía y mostrarla delante de los demás. Eso no ocurriría si nuestro corazón se encontrara repleto del amor de Dios, pues entonces, nada de este mundo apeteceríamos, teniendo en nuestro interior la misma fuente de la felicidad.

Quizá esto se entienda mejor con un ejemplo. Después de habernos saciado con una comida exquisita, variada y abundante, no nos apetece comer nada más. Estamos saciados. Ésta es la situación del cristiano cuando tiene el corazón repleto del amor de Dios. Nada necesita, y por el contrario, se encuentra dispuesto a ayudar al prójimo en su necesidad.

También los escribas y fariseos a los que hoy critica el Señor Jesús necesitan a toda costa que los consideren. Por eso, aparentan una santidad que no poseen. Quieren hacerse notar y destacar sobre los demás. De ahí los amplios ropajes que visten, el ansia de ocupar en los banquetes los primeros lugares, etc. Su actitud en la vida es totalmente contraria a la humildad, por eso el Señor no se complace en su forma de vida. El Señor se complace en el humilde que, al ser consciente de su pequeñez y de su pobreza, acude a Él pidiéndole ayuda.

Esta manera de obrar del soberbio y del humilde, queda patente en la segunda parte del evangelio de hoy. El Señor Jesús se halla sentado enfrente del cepillo del templo. Observa a todos aquellos que van echando limosnas. Los ricos, obrando igual que los escribas y fariseos, echan grandes cantidades de dinero. Lo hacen, diríamos en lenguaje taurino, dejándose ver, para provocar así la admiración de los presentes. Es su forma de buscar el ser, de intentar llenar el corazón con el aprecio de los demás. Otros, sin embargo, pasan desapercibidos porque su aportación a las necesidades del templo es muy pequeña. 

Entre estos últimos se encuentra una pobre viuda que, acercándose al cepillo, deposita solo dos reales. El Señor, que está observando, llama a sus discípulos y les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Recordamos aquí, una vez más, lo que dice la Escritura: «Dios se complace en el humilde, pero mira desde lejos al soberbio». Por eso dirá el Señor en otro lugar del Evangelio refiriéndose a aquellos que se enaltecen obrando el bien para ser vistos por los demás: «Ya han recibido su recompensa».

Este evangelio, por una parte, nos llama a la humildad. ¿Qué es la humildad? La humildad es la verdad. La humildad consiste en reconocer sin temor nuestra pequeñez, nuestras limitaciones. Si lo hacemos así adoptaremos en nuestra vida la actitud de los niños pequeños que todo lo esperan de sus padres. Viven confiados porque tienen la certeza de que nada les va a faltar. Tú y yo, también tenemos un Padre que está atento a todas nuestras necesidades. Solo hace falta que nosotros lo creamos y pongamos nuestra confianza en Él.

Por otra parte, el evangelio de hoy nos invita a no juzgar por las apariencias. Somos muy dados a ello. Como creyentes no tenemos ningún derecho a juzgar el comportamiento de los demás, porque nos exponemos a ser injustos. Dejemos el juicio en manos de Dios, que ve nuestro corazón y, como dice el salmo, comprende todas sus acciones.