DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TRATAD A LOS DEMÁS COMO COMO QUERÉIS QUE ELLOS OS TRATEN»
CITAS BÍBLICAS: 1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23 *1Cor 15, 45-49* Lc 6, 27-38
Continuamos hoy, con el llamado Sermón del Llano de san Lucas. Lo que el Señor nos dice en esta parte del evangelio es humanamente imposible. Amar a mis enemigos, hacer el bien a aquel que me desea el mal, decir bien de aquellos que me maldicen… todo esto es inalcanzable para mí. Mi razón me dice todo lo contrario. Me dice además que es injusto obrar así. Que lo lógico es defenderme ante aquel que conscientemente viene a hacerme daño. Sin embargo, el Señor insiste diciendo que trate al otro como a mi me gusta que me traten. Puedo preguntarme, ¿cuál es el motivo de que mi razón rechace todo esto, y que el Señor me lo muestre como lo correcto y adecuado? La respuesta es sencilla. El Señor sabe que he sido creado para una vida eterna y feliz experimentando en mi corazón su amor. Que ese amor, que es la razón de mi existencia y de mi felicidad, me impulsa a amarle a él con todo el corazón, y a la vez amar a mis semejantes como yo mismo me amo. Sabe también que, por el pecado de origen, he rechazado ese amor y que ahora me encuentro vacío y no puedo hallar el sentido de mi vida. Que en esta situación me defiendo ante todo aquello que ataque mi persona. Necesito ser, afianzar mi yo ante todo aquello que merme mi personalidad.
Ante esta situación el Señor me muestra una forma de vivir totalmente distinta de la que me ofrece el mundo. En resumen, lo que hace es encender una luz que alumbre mi ceguera interior y me haga ver que la vida no se consigue respondiendo al mal con el mal. Que, obrando así, lo único que consigo es almacenar rencor y amargura en mi interior, impulsándome a tomar la revancha y aplicando la respuesta que considero que es justa. Sin embargo, Él, insiste en que el camino para alcanzar la verdadera felicidad es precisamente todo lo contrario. Que, aunque humanamente parezca absurdo, la solución radica en devolver bien por mal, en amar al enemigo sin desearle mal alguno, en perdonar de corazón las ofensas, en tratar, en fin, a los demás de la misma manera que yo deseo que me traten. Puedo preguntarme, ¿por qué esto es así cuando más bien repugna a mi razón? La respuesta que nos da el Señor es sencilla: porque para esto has sido creado. Porque la razón de tu existencia es el amor. Amor a Dios en primer lugar, y amor al prójimo como único camino a una auténtica felicidad. Dios así lo dispuso, pero fue la aparición del pecado quien dio al traste con este el plan primero de Dios. Por este motivo, es necesario rehacer lo que el pecado ha destruido en tu vida.
El Señor Jesús, con su muerte y resurrección, venció al pecado y a la muerte. Y Dios-Padre, padre amantísimo, derramando sobre nosotros la fuerza de su Espíritu Santo, hizo que fuera posible restaurar el orden primero, de manera que el mundo, a través de nuestra manera de obrar, llegara a conocerlo como Padre compasivo que no juzga ni condena, que nos perdona para que nosotros podamos perdonar, que no exige compensación a su amor, sino que nos ama gratuitamente. Como discípulos del Señor Jesús, estamos elegidos, en fin, para que los demás, llamados también a la salvación, lleguen a conocer su amor, viéndolo reflejado en nuestras vidas.
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