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DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL CIELO Y LA TIERRA PASARÁN, MIS PALABRAS NO PASARÁN»

 

CITAS BÍBLICAS: Dan 12, 1-3 * Heb 10, 11-14.18 * Mc 13, 24-32

Éste es el penúltimo domingo del año litúrgico. A través de los distintos domingos del año que está a punto de terminar, la Iglesia nos ha hecho recorrer toda la historia de salvación. Es lógico, pues, que el Señor Jesús en el evangelio de hoy nos hable de la parusía, de su segunda venida, que tendrá lugar al final de los tiempos.

Sabemos que el universo en el que vivimos no es eterno. En un determinado momento de la historia fue creado por Dios, y en otro que desconocemos llegará a su fin. Hoy el Señor Jesús anuncia su segunda venida. En la primera entró en la historia a través del vientre virginal de María, por obra del Espíritu Santo. Vino en humildad y pobreza tomando una carne mortal como la tuya y como la mía. Llevó a cabo la obra de salvación que el Padre le había encomendado, anunciando su amor y su misericordia, para finalmente entregar su vida en la Cruz, por mis pecados y los tuyos. Hoy, sin embargo, anuncia su segunda venida en poder y gloria, para devolver a Dios-Padre su reino.

El evangelio nos habla de las calamidades y tribulaciones que precederán a la segunda venida del Señor. Hasta ese momento los hombres habrán disfrutado de un larguísimo tiempo de gracia, para poder volver el rostro hacia Dios. Sin embargo, entonces, el Señor  se mostrará con poder para hacer justicia a los pobres, a los perseguidos, a los que han padecido hambre y sed, a los humildes que nadie ha tenido nunca en cuenta, etc., que serán reunidos por los ángeles de un extremo al otro de la tierra.

Ciertamente todo esto es interesante, sin embargo, quien más y quien menos, lo vemos como meros espectadores porque pensamos que todavía se halla lejos en el tiempo. Creemos que, de momento, no nos atañe demasiado. Pues estamos en un error. Lo más probable es que no seamos testigos del final de los tiempos que describe en este evangelio el Señor, pero, no lo dudemos, para cada uno de nosotros hay dispuesto un final, que va a tardar más o menos, pero que, necesariamente, llegará. Cuando se acerque, es posible que seamos conscientes de su proximidad, o que por el contrario llegue, como dice el Señor en otro lugar, como ladrón en la noche.

Seríamos necios si tratáramos de ignorar este hecho. Nuestra vida nos presenta un problema que necesariamente debemos resolver. Todo problema necesita para ser resuelto una serie de datos. Si uno de esos datos es falso, el resultado será también falso. Quiere decir esto que en el problema de tu vida y de la mía, hay un dato con el que debemos contar por necesidad, la muerte. Si no lo hacemos, el resultado final será necesariamente falso y el día en que se nos presente la muerte, nos llevaremos el susto del siglo.

Hemos de ser sagaces, hemos de estar alerta. El Señor, al final del evangelio nos invita a observar los signos de los tiempos. «Fijaos en la higuera, nos dice, cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca». No cerremos, pues, los ojos a los acontecimientos de cada día que nos hacen presente nuestra limitación, nuestra finitud. No vamos a quedarnos como simiente. También para nosotros existe el día D y la hora H. No lo perdamos de vista, pero al mismo tiempo no vivamos obsesionados por el hecho de que hemos de morir.

Tengamos en cuenta que para los creyentes la muerte es una puerta que se abre a la vida eterna, a la vida feliz que no tiene término, y donde, como dice el Apocalipsis, ya no hay muerte, ni llanto ni gritos, ni fatigas. Es la vida eterna que ha ganado para nosotros el Señor Jesús y que nos regala gratuitamente.


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

«ESA POBRE VIUDA HA ECHADO EN EL CEPILLO MÁS QUE NADIE»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 17, 10-16 * Hb 9, 24-28 * Mc 12,38-44

Una vez más el Señor nos invita a la humildad. Hemos dicho en muchas ocasiones que por tener nuestro corazón vacío del amor de Dios a causa del pecado, buscamos con todas nuestras fuerzas, ser. Necesitamos afianzar nuestra personalidad. Necesitamos convencernos a nosotros mismos de nuestra valía y mostrarla delante de los demás. Eso no ocurriría si nuestro corazón se encontrara repleto del amor de Dios. Entonces nada de este mundo apeteceríamos. Tendríamos en nuestro interior la misma fuente de la felicidad. Para vivir así y no para otra cosa nos ha creado el Señor.

Quizá esto se entienda mejor con un ejemplo. Después de habernos saciado con una comida exquisita, variada y abundante, no nos apetece comer nada más, aunque nos lo ofrezcan. Estamos saciados. Ésta es la situación del cristiano cuando tiene el corazón repleto del amor de Dios. Nada necesita, al contrario, se encuentra siempre dispuesto a echar una mano a aquel que lo necesita.

También los escribas y fariseos a los que hoy critica el Señor Jesús, necesitan a toda costa que los consideren. Por eso, aparentan una santidad que no poseen. Quieren hacerse notar y destacar sobre los demás. De ahí los amplios ropajes que visten, el ansia de ocupar en los banquetes los primeros lugares, etc. Su actitud en la vida es totalmente contraria a la humildad, por eso el Señor no se complace en su forma de vida. El Señor se complace en el humilde, porque al ser consciente de su pequeñez y de su pobreza, acude a Él pidiéndole ayuda.

Esta manera de obrar del soberbio y del humilde, queda patente en la segunda parte del evangelio de hoy. El Señor Jesús se halla sentado enfrente del cepillo del templo. Observa a todos aquellos que van echando limosnas. Los ricos, obrando igual que los escribas y fariseos, echan grandes cantidades de dinero. Lo hacen, diríamos en lenguaje taurino, dejándose ver, para provocar así la admiración de los presentes. Es su forma de buscar el ser, de intentar llenar el corazón con el aprecio de los demás. Otros pasan desapercibidos, porque su aportación a las necesidades del templo es muy exigua. 

Entre estos últimos, se encuentra una pobre viuda que acercándose al cepillo, deposita solo dos reales. El Señor, que está observando, llama a sus discípulos y les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Recordamos aquí, una vez más, lo que dice la Escritura: «Dios se complace en el humilde pero mira desde lejos al soberbio». Por eso dirá el Señor en otro lugar del Evangelio refiriéndose a aquellos que se enaltecen obrando el bien para ser vistos por los demás: «Ya han recibido su recompensa».

Este evangelio, por una parte, nos llama a la humildad. La humildad es la verdad. La humildad consiste en reconocer sin temor nuestra pequeñez, nuestras limitaciones. Si lo hacemos así, adoptaremos en nuestra vida la actitud de los niños pequeños: Todo lo esperan de sus padres. Viven confiados porque tienen la certeza de que nada les va a faltar. Tú y yo, también tenemos un Padre que está atento a todas nuestras necesidades. Solo hace falta que nosotros lo creamos y pongamos nuestra confianza en Él.

Por otra parte, el evangelio de hoy nos invita a no juzgar por las apariencias. Somos muy dados a ello. Como creyentes no tenemos ningún derecho a juzgar el comportamiento de los demás, porque nos exponemos a ser injustos. Dejemos el juicio en manos de Dios, que ve nuestro corazón y, como dice el salmo, comprende todas sus acciones.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

«ESTOS SON LOS QUE VIENEN DE LA GRAN TRIBULACIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Ap 7, 2-4.9-14 * 1Jn 3, 1-3 * Mt 5, 1-12a

Celebramos hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Hacemos presente en este día a todos aquellos, padres, hijos, hermanos, parientes y conocidos nuestros, que sin haber sido canonizados oficialmente por la Iglesia, están disfrutando en el Cielo de la presencia de Dios, e interceden ante Él por todos nosotros que todavía nos encontramos en camino hacia la vida eterna.

Esta salvación última es la que nos ha ganado el Señor Jesús muriendo en la Cruz y resucitando del sepulcro al tercer día. Esta salvación es universal y gratuita, y alcanza a todos los hombres que han existido, que existen y que existirán. La única condición que el Señor pone para que sea efectiva, es que cada uno de nosotros la desee con todo su corazón. Hasta este punto respeta Dios nuestra libertad. A nadie de nosotros nos salvará a la fuerza.

Todos nosotros estamos llamados a ser, de los que, como dice el Apocalipsis, están con vestiduras blancas delante de Cordero. Por nuestros pecados quedaron manchadas nuestras túnicas, pero ha sido la Sangre del Cordero la que les ha devuelto la blancura original, dándonos la posibilidad de estar ante Él disfrutando de la vida eterna.

El evangelio de hoy es el de las Bienaventuranzas, según san Mateo. Si hemos prestado atención, habremos comprobado que el Señor Jesús llama dichosos a aquellos que el mundo desprecia. A los sencillos, a los humildes, a los pequeños. A los que lloran, a los hambrientos. A aquellos que practican la misericordia, que son limpios de corazón, que trabajan por la paz, o que son perseguidos por causa de la justicia. Todos  estos, nos dice el Señor, son dichosos, son bienaventurados. Sin embargo, para el mundo son unos fracasados, a los que se pisotea y menosprecia.

A los que obran según el evangelio, el mundo no los considera, porque su escala de valores es totalmente opuesta a la de Dios. El mundo es prepotente, egoísta, soberbio, y lascivo. Ama al dinero y admira al que pretende ser el primero. En cambio Dios, se complace en el humilde, en aquel que es consciente de su debilidad y pequeñez, y que, precisamente por esto, tiene puesta su confianza en Él.

El Señor en las Bienaventuranzas nos muestra el retrato del auténtico cristiano. De aquel que acomoda su vida a lo que es la voluntad de Dios, que se olvida de sí mismo  y que solo busca el bien de los demás.

Nosotros, ahora, podemos preguntarnos: ¿Es así mi vida? ¿Es ese mi retrato? Si somos sinceros reconoceremos que nuestra vida anda muy lejos de lo que dice el Señor. Amamos al dinero, nos gusta pasarlo bien, procuramos no complicarnos demasiado la vida y acallamos nuestra conciencia dando alguna que otra limosna. Esta es nuestra situación. Y yo ahora me pregunto, ¿pretendemos así ser felices? ¿Lo somos en realidad?

El Señor, en el evangelio, viene a sacarnos de nuestro error. Viene a decirnos que no nos fiemos de lo que dice el mundo. Nadie siguiendo sus dictados ha logrado ser feliz. Él, hoy, nos muestra el camino para lograrlo. Sabe, sin embargo, que somos pecadores incapaces de poder seguirlo, porque nadie que no tenga en su interior su Espíritu puede obrar así. Por eso está junto a nosotros, camina a nuestro lado. Está dispuesto a regalarnos ese Espíritu si nosotros se lo pedimos. Nos ha elegido precisamente para esto, para que los de fuera vean dónde está la verdad y para que también la Luz ilumine sus vidas. 


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 7-9 * Heb 5, 1-6 * Mc 10, 46-52

Cerca de 800 años antes de Cristo, el profeta Isaías ponía en boca del Señor refiriéndose al Mesías, las siguientes palabras: «Yo, Yahveh, te he llamado en justicia,   te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas». San Lucas, así mismo, en su evangelio, nos muestra al Señor Jesús en la sinagoga de Nazaret leyendo este pasaje del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos».

En las dos citas de Isaías podemos comprobar, cómo uno de los signos que harán presente al Mesías, es precisamente el hecho de devolver la vista a los ciegos. Esto lo sabe muy bien el ciego del evangelio de hoy, que está sentado a la entrada de Jericó pidiendo limosna. Probablemente no ha sido ciego durante toda su vida, ya que no se menciona que naciera ciego. Podemos imaginar también, que ha buscado remedio a su ceguera con todos los medios a su alcance, si lograr ver de nuevo. Hoy, al escuchar el tumulto de gente que se acerca al pueblo, pregunta: ¿Qué ocurre? ¿De qué se trata? Es Jesús Nazareno que pasa, le contestan.

Al enterarse de que es Jesús el que se acerca, empieza a gritar con todas sus fuerzas una y otra vez: «Hijo de David, ten compasión de mí». Los que están a su lado intentan hacerle callar, pero él, grita aún con más fuerza. El Señor Jesús, en un principio no se detiene, pasa de largo, pero esto no resta ímpetu al ciego, que continúa gritando: «Hijo de David, ten compasión de mí». Al final el Señor se detiene y llama al ciego, que dejando el manto se postra a sus pies. «¿Qué quieres que te haga?» le pregunta. «Señor, que vea» contesta el ciego. «Anda, tu fe te ha curado» le dice Jesús.

Toda Palabra de Dios es viva y eficaz. Cuando se proclama busca a alguien que la acoja y la haga suya. También hoy sucede esto entre los que hemos escuchado este fragmento del evangelio de san Marcos. ¿Te sucede a ti como al ciego de Jericó? ¿Te has dado cuenta, en primer lugar, de que también tú estás ciego? ¿Qué eres incapaz de ver el amor de Dios en tu vida? ¿Qué tu egoísmo te impide ver a los demás, que sufren y que necesita tu ayuda y tu comprensión? ¿No es cierto de que en los asuntos de cada día haces en primer lugar aquello que a ti te conviene, sin importarte demasiado los intereses de los demás?

Si es así, estás de enhorabuena, porque Jesús, el Hijo de Dios, ha sido enviado por el Padre para devolver la vista a los que, como tú, solo saben mirarse el ombligo, y les tiene sin cuidado lo que ocurra a los demás.

Tú quieres ser feliz, pero tu egoísmo te impide experimentar la inmensa felicidad que produce ayudar a los demás, gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Es una felicidad que nunca podrá darte el mundo, ni aquellos que te rodean.

Te invito a hacer aquello que ha hecho el ciego. En primer lugar, reconoce en el Señor Jesús a aquel que puede curar tu ceguera de egoísmo, y luego, grítale. Dile que tenga compasión de ti que eres un pecador. Insiste en tu oración. Es fácil que al principio también el Señor pase de largo sin atenderte. Lo hace como acicate para que tú insistas en la oración sin desmayo. Verás que al final se detiene y te pregunta: «¿Qué quieres que te haga?». Dile entonces lo que necesitas. Dile que te abra los ojos para comprobar que no estás solo en el mundo, que hay otras personas que necesitan tu ayuda. Que te dé fuerzas para olvidarte de ti mismo en favor de los demás. Si lo haces así, te aseguro que luego sabrás lo que es la verdadera felicidad.

 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«EL HIJO DEL HOMBRE HA VENIDO A SERVIR, NO HA VENIDO PARA QUE LE SIRVAN »

 

CITAS BÍBLICAS: Is 53, 10-11 * Heb 4, 14-16 * Mc 10, 35-45

 Nos hemos referido en múltiples ocasiones a la necesidad que el hombre siente en su interior de ser, de no querer pasar desapercibido, de que los demás le consideren y le tengan en cuenta. Necesitamos reafirmar nuestro yo a toda costa. Este impulso, este deseo, lo experimenta el hombre a causa de su pecado.

Todos hemos sido creados para ser felices. Dios nos hubiera hecho un flaco favor si nos hubiera creado para vivir una vida de sufrimientos, enfermedades y continuos problemas. Nos ha creado para ser eternamente felices; pero solo podemos alcanzar esa felicidad si nuestro corazón rebosa del amor de Dios. El Señor, al crearnos nos ha hecho también el regalo de la libertad, de manera que no nos veamos obligados a amarle a la fuerza.

Lo que ha ocurrido es que tú y yo, usando mal de esa libertad, en vez de vivir unidos a Él, le hemos dado la espalda por el pecado y hemos perdido la razón de nuestra existencia. Aquel que nos daba la vida, que nos hacía felices, ha desaparecido, ya no le vemos por ninguna parte. Por eso buscamos en las criaturas la razón última de nuestro ser. Ya no es el amor de Dios el que llena nuestro corazón y nos hace sentir felices. Ahora es a los que nos rodean a los que pedimos la vida. Necesitamos ser los primeros, destacar entre los demás, buscar en su consideración y en su afecto llenar el hueco que en nuestro corazón ha dejado el amor de Dios.

También los Apóstoles tenían ese problema. Lo vemos en el evangelio de hoy, donde Santiago y Juan, piden al Señor sentarse en su gloria uno a su derecha y otro a su izquierda. ¡Casi nada! El Señor Jesús les dice: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Ellos responden: «Lo somos», pero el Señor les dice que el cáliz lo van a beber y va a ser bautizados con su mismo bautismo, pero que no le corresponde a él, asignar los lugares que ellos pretenden ocupar.

Quizá a bote pronto, juzguemos mal a estos dos hermanos pensando que son unos egoístas, pero nos equivocamos. No son peores que los demás. No son peores que tú y que yo. El resto de los discípulos al conocer las pretensiones de Santiago y Juan, se indignan contra ellos. Pero no nos equivoquemos, su indignación se debe a que también a ellos les apetece ocupar esos primeros puestos.

El Señor los reúne y aprovecha la ocasión para decirles: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser el primero, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos».     

Esta es la regla de oro del cristiano; que del mismo modo que el Señor, siendo Dios, se abajó hasta nuestra miseria, así también él, el cristiano, se convierta en servidor de todos los hombres. Piensa, si no, ¿qué necesidad tendremos tú y yo de honores y cargos, cuando nuestro  corazón esté lleno del amor de Dios que es la fuente de la plenitud y la felicidad? Nada necesitaremos. Nada apeteceremos.

Si comprobamos que esto no es así, que todavía buscamos en las riquezas, en los afectos y en las cosas materiales nuestra razón de ser, es porque nuestra fe es muy débil, es porque nuestro corazón todavía está lleno de ídolos a los que pedimos la vida, aunque son incapaces de darnos la felicidad. De todas formas, no nos desanimemos. Pidamos, pues, al Espíritu Santo que realice en nosotros el milagro de llenar nuestro corazón con su amor, de manera que nada de este mundo nos apetezca, y que seamos capaces de experimentar, la satisfacción, la alegría profunda que da el servir a los demás.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«VENDE LO QUE TIENES, DÁSELO A LOS POBRES Y LUEGO VEN Y SÍGUEME »

 

CITAS BÍBLICAS:  Gén 2, 18-24 * Heb 2, 9-11 * Mc 10, 2-16 

San Marcos nos cuenta hoy que un joven se acerca al Señor y le dice: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». El Señor Jesús en vez de responder a la pregunta dice al joven: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios».

¿Qué pretende el Señor al contestar así? Le está diciendo al joven: Si me llamas bueno y sabes que solo Dios es bueno, es porque reconoces en mí a Dios. O sea, reconoces la veracidad de mis palabras. Sabes que lo que te conteste será la verdad.

Después de una manera un tanto astuta, pregunta al joven, enumerándolos, si cumple los mandamientos de la Ley. Le pregunta si mata, si roba, si comete adulterio, si da falso testimonio, y si honra a su padre y a su madre. Hemos dicho que pregunta con astucia, porque los dos mandamientos más importantes, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, los omite, no los dice.

Hemos escuchado la respuesta del joven: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Dice el evangelista que el Señor al oír la respuesta, se queda mirando con cariño al joven y le dice: «Una cosa te falta: anda vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y así tendrá un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme». El muchacho, frunce el ceño, baja la cabeza y se marcha. Resulta que era muy rico.

Al escuchar esta palabra podemos caer en la tentación de pensar que este evangelio es solo para gente selecta, para aquellas personas, curas, frailes y monjas, que dejando todo siguen a Jesucristo. Debemos desechar esta idea. Entre los que escuchaban al Señor no había ni curas ni monjas, ni nada parecido. La mayoría eran gentes sencillas que iban detrás del Señor atraídas por su predicación, y por lo signos y milagros, que realizaba.

Ésta es una palabra para ti y para mí. Tú y yo somos ese joven. También nosotros queremos alcanzar la salvación. Para ello nos esforzamos y, no robamos, no matamos, apartamos de nosotros la fornicación, honramos a nuestros padres, etc., etc., pero, y esto es lo más importante, ¿amamos a Dios por encima de nuestro dinero, de nuestros bienes materiales, de nuestro intereses particulares...? ¿No es cierto, aunque nos esforcemos en afirmar lo contrario, que estamos pegados a ellos, en particular al dinero y somos incapaces de desprendernos de él? ¿Seríamos capaces de entregar nuestros bienes  por amor a Dios y a nuestros hermanos?

No tengamos miedo en reconocer la verdad. Tampoco debemos escandalizarnos al comprobar que nuestro corazón está pegado al dinero. Esto el Señor lo sabe. Por eso nos habla hoy a través del evangelio, y viene en nuestra ayuda para que reconozcamos que Él, no es el primero en nuestra vida. Reconocerlo es el primer paso para poder enmendarlo, para poder corregirlo.

Si pedimos la vida y la felicidad al dinero somos unos idólatras, y no hemos de olvidar que el dinero es un ídolo mudo que por más que se lo pidamos, no puede satisfacer plenamente nuestros deseos de felicidad. La felicidad consiste en tener en el corazón el Amor de Dios, pero ese amor se marcha, abandona el corazón, cuando penetra en él, el ídolo del dinero. Entonces en vez de servir a Dios, amamos al dinero, y ya sabemos lo que el Señor dice en otra parte del evangelio: «No se puede servir a Dios y al dinero». Comprendemos ahora, por qué, para heredar la vida eterna, que es lo que el joven pide al Señor, es indispensable no tener el corazón pegado al dinero.

  

 


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«LO QUE DIOS HA UNIDO, QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE »

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Heb 2, 9-11 * Mc 10, 2-16   

El evangelio de este domingo trae a nuestra consideración un tema de palpitante actualidad, y más aún, ante la proximidad del Sínodo de los Obispos sobre la Familia, que reanudará sus sesiones en el presente mes.

Los fariseos, siempre dispuestos a plantear al Señor temas comprometedores, hoy, le preguntan: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?». El Señor a su vez, les pregunta: «¿Qué os ha mandado Moisés? Ellos contestan que Moisés permitió al hombre divorciarse de su mujer, dándole acta de repudio. El Señor les responde: «Por vuestra terquedad, por vuestra dureza de cabeza, dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Esta respuesta del Señor a los fariseos no tiene más que una interpretación. El Señor Jesús deja zanjada la discusión sobre la indisolubilidad del matrimonio. Podía hablar más alto, pero no más claro.

Dos son principalmente los aspectos del matrimonio, que, tomando como base las palabras del Señor, no admiten discusión. En primer lugar, cuando dice «al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer», quedan descartadas otro tipo de uniones que no sean la de un hombre con una mujer. Por supuesto, sabemos que la legislación de muchos países, incluido el nuestro, contemplan otros tipos de unión. Sin embargo, no debemos olvidar que esas leyes son obra de hombres, y que la ley divina está por encima de la ley humana.

El segundo aspecto a tener en cuenta partiendo de las palabras del Señor, hace referencia a la indisolubilidad del matrimonio. El Señor dice: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Dios, en su providencia, dispuso que esto fuera así buscando el bien de los contrayentes en primer lugar, y el de los hijos del matrimonio en segundo lugar. Nadie, pues, tiene autoridad para enmendar lo que, sin duda, es la voluntad de Dios. Las leyes humanas dirán lo contrario, pero ésta es la única doctrina que como creyentes debemos aceptar. Eso sí, dejamos en manos de los expertos estudiar si en un matrimonio hubo defectos formales que invalidan la unión.

Todo lo expuesto es aplicable a toda unión de hombre y mujer, que podríamos denominar natural. Por encima de estas uniones existe otra unión que es la unión sacramental entre dos cristianos, en la que no son dos los que se unen, sino tres. Es el Señor Jesús el que en medio de los dos esposos, hace posible la entrega total del esposo a la esposa y viceversa, sin que ninguno de los dos exija por ello al otro, compensación alguna.  Esta entrega total  --serán los dos una sola carne--  que exige la unión matrimonial, no puede llevarse a cabo, por el egoísmo del hombre a causa de su pecado, de ahí la necesidad de la presencia del Señor Jesús entre los esposos, que hace a su vez que entre esposos cristianos, no haya lugar al divorcio.

Para aceptar todo lo que hemos dicho, es necesario tener un corazón limpio y sencillo semejante al de un niño pequeño. Al niño pequeño le resulta muy fácil creer a pie juntillas todo aquello que dice su padre, porque tiene puesta en él toda su confianza. Entenderemos ahora, que todo aquel que no se haga como niño, o sea, que como niño crea todo lo que sale de la boca del Señor, sin cuestionarlo, no entrará en el Reino de Dios. Así nos lo dice el Señor al final del evangelio: «Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él»

 

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIEN NO ESTÁ CONTRA NOSOSTROS ESTÁ A NUESTRO FAVOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Núm 11, 25-29 * Sant 5, 1-6 * Mc 9, 38-43. 45. 47-48

 

 En el evangelio de hoy vemos a Juan un tanto escandalizado por lo que acaban de presenciar. Nada menos que uno que no pertenece al grupo de los discípulos, se ha atrevido a echar demonios invocando el nombre, el poder, de Jesús. Ellos han querido impedírselo, y así se lo han comunicado al Señor.

Juan y los que le acompañaban estaban un tanto celosos, porque creían tener la exclusiva, sin darse cuenta que aquel que realizaba prodigios en nombre del Señor Jesús, lo hacía, porque creía en Él. Por eso, La respuesta del Señor les deja, quizá, un tanto desconcertados. Jesús les dice: «No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a nuestro favor».

También en nuestra vida de fe puede darse esta situación. Tenemos el peligro de creernos poseedores de la verdad, pensando que tenemos la exclusiva, y por ello llegar a juzgar o menospreciar a otros que no viven su fe como nosotros. Hemos de darnos cuenta que los caminos que dentro de la Iglesia llevan al Señor son muy diversos. El Señor llama a cada uno de un modo diferente. Lo importante es atender a esa llamada, teniendo en cuenta que hemos de seguirle a través del carisma, del don concreto, para el que nos llama. Todos trabajamos en la misma viña, por lo tanto todos debemos respetar el trabajo de los demás, viendo en él, la obra del Señor.

Después de esta primera parte del evangelio de hoy, el Señor nos habla de un peligro muy grande que tenemos los creyentes. Se trata de estar prevenidos para que nuestro comportamiento no escandalice a los más débiles en la fe. El Señor dice: «El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar». Quizá pienses, ¿De qué pequeñuelos les habla? Los pequeñuelos a los que hace referencia el Señor, son aquellos que están dentro de la Iglesia pero que poseen una fe muy endeble, y también aquellos que han  vivido su vida fuera de la Iglesia, y que ahora, quizá porque han visto un signo en un creyente o en algún acontecimiento de la vida, se están acercando a la Iglesia y empiezan a interesarse por las cosas de Dios.

El peligro que tenemos es que, unos y otros, vean en nuestro comportamiento algo que no es digno de la vida de un cristiano, y saquen la conclusión de que, como dice el refrán, “predicar no es dar trigo”. El resultado final es que escandalizados se apartan definitivamente de la Iglesia. Nuestra responsabilidad es pues, muy grande. Quizá no somos conscientes de cómo los de fuera de la Iglesia observan nuestro comportamiento, para comprobar si nuestras obras coinciden con las creencias que decimos profesar.

El Señor para estos casos utiliza expresiones muy duras: «Si tu pie te hace caer, córtatelo… Si tu ojo te hace caer, sácatelo… Mejor es entrar cojo o ciego en el Reino de Dios, que ser echado al abismo con los dos ojos o los dos pies».

No olvidemos cuántos dones nos ha regalado el Señor sin merecerlo. Nosotros somos los primeros en disfrutar de ellos, pero si lo ha hecho así, ha sido para que a través de nosotros, otros puedan aprovecharse de esos dones. Estemos, pues, alerta, y no perdamos de vista las palabras del Señor: «A quien más se le dio más se le exigirá».

 

 

 

CITAS BÍBLICAS: Núm 11, 25-29 * Sant 5, 1-6 * Mc 9, 38-43. 45. 47-48