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DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO? 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 5-10 * St 2, 14-18 * Mc 8, 27-35

Jesús camina con sus discípulos  por la región de Cesarea de Filipo. De momento se detiene y, sin más, les pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos responden: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».

Tú y yo, discípulos del Señor, también caminamos con Él por la vida, aunque, con frecuencia, no acabemos de notar su presencia. Por eso también a nosotros, hoy, se nos formula esta pregunta: «¿Quién dices tú que soy yo?». ¿Te lo habías preguntado alguna vez?

Pedro, que es testigo de las obras del Señor, que ha estado desde el principio a su lado, no ha dudado en responder: «Tú eres el Mesías». Y tú, ¿qué respondes? ¿Tienes experiencia de haber visto al Señor actuando en tu vida, o necesitas recurrir a lo que aprendiste en el catecismo para responder? De lo que respondas depende tu felicidad en este mundo. Si tienes experiencia de que no caminas solo en la vida, de que el Señor, vivo y resucitado, está junto a ti para ayudarte, que lo has visto actuar en los momentos difíciles que has atravesado en la vida, podrás confesar como Pedro: «Tú eres el Mesías». Tú eres el enviado del Padre para mi salvación.

Es fácil que no tengamos la certeza de Pedro para responder a la pregunta del Señor. Que vengamos a la iglesia porque es lo que nos han enseñado nuestros padres, y porque en el fondo todos buscamos nuestra salvación. Sin embargo, es muy importante tener en cuenta que si somos creyentes, que si nos consideramos discípulos del Señor, es porque Él está vivo y resucitado. No vamos detrás de una idea y no seguimos a un fantasma. El Señor está ciertamente en el cielo, pero, como Él lo dijo, está junto a nosotros hasta el fin de los tiempos.

Está junto a ti y junto a mí, porque a causa de nuestros pecados, la vida sería insoportable sin su ayuda. ¿Quieres poder confesar como Pedro que Él es el Mesías? Llámale, invócale en los momentos de dificultad, en los momentos de soledad; en aquellos momentos en que se cierra el cielo y de nada nos sirven ni la familia ni los amigos. Verás como Él responde. Verás que, aunque la situación sea la misma, aunque el problema persista, no caerás en la desesperación y experimentarás paz interior. Entonces podrás decirle con Pedro: «Tú eres el Mesías». Tú eres mi salvador.

El Señor camina hacia Jerusalén. Sabe con certeza lo que va a ocurrirle y quiere que los acontecimientos no pillen desprevenidos a sus discípulos. Por eso les habla con claridad de los sufrimientos que le esperan. Padecerá lo indecible, será condenado y finalmente ejecutado, pero resucitará al tercer día. Pedro, no puede soportar estas palabras y lo reprende, pero el Señor no duda en llamar Satanás, a aquel que es uno de sus mejores amigos. Nada ha de impedir que lleve a cumplimiento lo que es la voluntad del Padre. Luego, llamando a sus discípulos les dice: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará».

El Señor con estas palabras nos invita a salir de nosotros mismos, a abandonar nuestro egoísmo. A cargar con la cruz de cada día, porque, a causa de nuestro pecado, la vida no es un camino de rosas. Él tuvo que soportar su peso solo. Nosotros tenemos la suerte de tenerle a nuestro lado para hacérnosla más llevadera. No queramos ser autosuficientes y pidámosle que nos ayude. Con toda seguridad, no quedaremos confundidos.

 

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«TODO LO HA HECHO BIEN: HACE OÍR A LOS SORDOS Y HABLAR A LOS MUDOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 4-7a * St 2, 1-5 * Mc 7, 31-37

 

San Marcos en el evangelio de hoy nos narra la curación de un sordo y casi mudo, que presentan al Señor Jesús para que le imponga las manos. El evangelista nos dice que el Señor apartándolo un poco de la gente le mete el dedo en los oídos, y luego con un poco de su saliva le toca la lengua al tiempo que dice: «Effetá (esto es, “ábrete”)». Al momento a aquel hombre se le abren los oídos, se le suelta la lengua, y empieza a hablar sin dificultad.

Nosotros nos podríamos quedar sin más,  admirados, contemplando el poder del Señor para devolver la salud a un enfermo. De ser así, ningún provecho sacaríamos para nuestra vida de fe. Nos quedaríamos como meros espectadores de un hecho realmente prodigioso. Sin embargo, este fragmento del evangelio, puede, con la ayuda del Espíritu, convertirse para nosotros en una noticia de salvación.

A muchos de nosotros, no a todos, cuando nuestros padres nos llevaron a la iglesia para recibir el bautismo, dentro de los ritos que corresponden a este sacramento, se nos realizó un signo que tenía como origen este pasaje del evangelio. El celebrante, después de haber derramado sobre nuestra cabeza las aguas bautismales, con su saliva nos tocó los oídos y la lengua al tiempo que decía: «Effetá, ábrete».

¿Cuál era el significado de este rito que hoy prácticamente está reservado para los catecúmenos que reciben el bautismo siendo ya adultos? Veámoslo. La fe es un don que recibimos del Señor a través de la Iglesia, mediante la escucha de la predicación de la Palabra de Dios. Quiere decir esto que la fe no crece en nosotros porque recemos mucho o hagamos obras de caridad. Estos actos ayudarán a fortalecerla cuando ya la poseamos, pero no pueden darla partiendo de cero. La fe, dice san Pablo en su carta a los Romanos, solo viene a través de la predicación, y la predicación encuentra su origen en la Palabra de Dios.

¿Qué es necesario para recibir la predicación? Sin duda, tener el oído abierto. Y, ¿qué significa tener el oído abierto? Tener el oído abierto significa llegar a descubrir que aquel acontecimiento que narra el evangelio, halla cumplimiento, se realiza, en nuestra propia vida. La Palabra proclamada, deja de ser una mera narración de hechos, para convertirse en un espejo donde queda reflejada la vida de aquellos que la escuchan. Ésta es la función de la homilía, como lo son también estos sencillos comentarios que hacemos cada semana de la Palabra del Evangelio.

Tú y yo, comprobamos que la figura del sordo de hoy es nuestra figura, porque oímos sin escuchar, de manera que la Palabra que se proclama no penetra en nuestro corazón, sino que resbala. Que aquel leproso que pide al Señor que lo limpie, somos tú y yo manchados por la lepra del pecado que necesitamos también ser limpiados. Que aquel ciego del camino que gritaba: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí», somos también nosotros que estamos ciegos para ver el amor de Dios, y que esa ceguera, nuestro egoísmo, nos impide ver a los demás para poder amarles. Tener el oído abierto hace, en fin, que al escuchar la Palabra tengamos el firme convencimiento de que es el Señor Jesús el que en ese momento nos está hablando personalmente.

Si logramos, con la ayuda del Señor, tener el oído abierto haciendo nuestra la Palabra proclamada, comprobaremos cómo nuestra fe crece y se fortalece, dando sentido a los acontecimientos buenos y adversos de nuestra vida. Veremos también a través de ellos la voluntad de Dios, que no es otra que nuestra propia salvación. Finalmente, viendo nuestra historia, nuestra vida y la actuación del Señor en ella, podremos exclamar con los discípulos: «Todo lo ha hecho bien».


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». 

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt, 1-2.6-8 * St 1, 17-18.21b-22.27 * Mc 7, 1-8.14-15.21-23

En el evangelio de hoy los judíos plantean al Señor una cuestión que para ellos tiene suma importancia. Se trata de lo que se conoce como la pureza legal. Para los judíos la limpieza corporal tiene una importancia extraordinaria que quiere ser reflejo de la limpieza interior. Lo que ocurre es que como en tantas otras prescripciones de la Ley, su cumplimiento se queda en lo meramente superficial, sin que implique una conversión de corazón.

Hoy, los escribas y fariseos al observar que los discípulos del Señor se sientan a la mesa sin lavarse las manos previamente, le preguntan: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» El Señor, conociendo su interior, que está muy lejos de reflejar lo que ellos pretenden al purificarse, les cita al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí».

Sería conveniente, partiendo de esta cita de Isaías, preguntarnos cuál es nuestra actitud en lo que se refiere al cumplimiento de la ley. Nosotros, que nos llamamos cristianos, acudimos los domingos a la eucaristía, comulgamos con cierta frecuencia, aunque somos menos asiduos a la hora de confesar nuestros pecados. Participamos con mayor o menor cuantía en las diversas colectas que la Iglesia propone, y aunque, no todos, tomamos parte en las manifestaciones religiosas que tienen lugar en las calles, como las procesiones, etc. Todo esto es estupendo, pero llega el momento de preguntarnos: ¿Nuestra vida en la familia, en el trabajo, en las relaciones con los demás, es consecuente con nuestras creencias? ¿Si alguien observara nuestro comportamiento podría deducir que tú y yo somos cristianos? En muchas ocasiones nuestra vida ordinaria está muy lejos de reflejar, de hacer patente, que somos discípulos del Señor, que pertenecemos a su Iglesia. Queda de manifiesto un divorcio entre la fe que decimos poseer y las obras que realizamos.

El Señor Jesús tomando pie de la actitud de los escribas y fariseos, aprovecha la ocasión para exponer lo que conocemos como doctrina de lo puro y de lo impuro. Dice así: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». ¿Cómo podemos entender esto? Es muy sencillo. Lo que entra en el hombre, la comida y la bebida, va directamente al estómago, es digerido y posteriormente va a parar al excusado. Sin embargo, lo que sale del corazón del hombre es lo que puede mancharlo. ¿De dónde si no salen los malos propósitos, envidias, robos, fornicaciones, orgullo, difamación, homicidios, etc.? Todo esto tiene como origen el corazón del hombre, y son precisamente estas acciones las que manchan al hombre, las que lo hacen impuro. Por tanto, cambia el corazón del hombre y cambiará radicalmente su vida.

Sin duda este cambio de corazón no está a nuestro alcance. Nuestro hombre viejo, el hombre de la carne, no conoce otro camino que el del egoísmo, el de buscar todo aquello que le construye sin preocuparse demasiado por los demás. Ha de ser el Señor el que a través de su Palabra vaya cambiando nuestro corazón de piedra, como dice el profeta Ezequiel, por uno de carne, capaz de amar, de perdonar y de preocuparse por el bien de los demás. 


DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«SEÑOR, SOLO TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Jos 24 1, 2a.15-17.18b * Ef 5, 21-32 * Jn 6, 61-70

Llegamos en este domingo al final del discurso del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaúm. Recordemos que fue la respuesta que el Señor dio a aquellos que habían comido de los panes y de los peces hasta saciarse, y que le seguían precisamente por esto. El Señor les había dicho: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura… el que os dará el Hijo del Hombre». Ellos no acababan de entender a qué pan se refería, por eso el Señor les dijo con toda claridad: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.

Más adelante, con el fin de disipar toda duda y dejando claro que está hablando de su propia persona, les dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo… Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».

No nos ha de extrañar la reacción de aquellos que siguen al Señor Jesús al escuchar estas palabras. Es quizá la misma que hubiéramos adoptado nosotros en su lugar, ya que chocan frontalmente con lo que nos dice nuestra razón. ¿Es posible, preguntaríamos, que esté hablando en serio? ¿Cómo nos propone comer su carne y beber su sangre? El Maestro desvaría, pensaríamos. Sin embargo, Jesús insiste una y otra vez. Sus palabras son claras y no cabe buscarles otras interpretaciones.

Esta es la situación que nos presenta el evangelio de hoy. Gente escandalizada que exclama: «Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?». Conociendo Jesús las críticas de sus propios discípulos les dice: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?... Por eso he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

San Juan dice que a partir de entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Es la misma reacción que nosotros adoptamos a veces ante lo que podemos llamar la radicalidad del Evangelio. El Evangelio dice: ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian, coge tus bienes y dáselos a los pobres… y nosotros decimos hacer esto no es justo. ¿Cómo perdonar a un asesino y no hacer justicia? ¿Cómo deshacerme de mis bienes si son fruto del trabajo honesto de toda mi vida? etc. En todas estas situaciones nos miramos a nosotros mismos. No miramos a Aquel que nos habla. No tenemos fe en su Palabra.

Para los discípulos que le abandonan no han sido suficientes todos los signos, los milagros que han presenciado y que han salido de las manos del Señor. Hacen prevalecer su razón, y su razón les dice que es imposible alimentarse con la carne y con la sangre del Señor.

Ante esta situación el Señor dice a sus Apóstoles: «¿También vosotros queréis marcharos? Pedro, haciéndose eco del sentir del resto de sus compañeros, le contesta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

También nosotros podemos sentir tentaciones de vivir nuestra vida al margen de las enseñanzas del Señor. Son muchos los años que llevamos en la Iglesia, y viendo a los de fuera podemos pensar que son felices sin tener necesidad de tanto cumplimiento. Sin embargo, si tenemos ocasión de experimentar qué clase de felicidad nos ofrece el mundo, nos daremos cuenta que es solo un espejismo, que es grande el sufrimiento de la gente, porque no han tenido la suerte de conocer lo que es sentirse querido de verdad, lo que proporciona encontrarse con el Señor. Por eso, también nosotros podemos hacer nuestras las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

 


DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«EL QUE COME ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Prv 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 6, 51-59 

En el evangelio de hoy continuamos en la sinagoga de Cafarnaúm. El Señor Jesús sigue haciendo referencia al pan de vida que, a diferencia del pan material, que solo sacia el hambre momentáneamente, es capaz de satisfacer plenamente a aquellos que lo comen, sin que de nuevo sientan la necesidad de volver a comer.

Este pan, además, es totalmente distinto a aquel que comieron los padres en el desierto, porque ellos lo comieron y murieron. Sin embargo, este pan, además de saciar por completo a los que lo comen, tiene la virtud de librarlos de los lazos de la muerte.

¿A qué pan se refiere el Señor? Veamos lo que dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo».

Estas palabras, como es lógico, producen en el auditorio un gran escándalo. Los judíos se preguntan: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Sin embargo, el Señor insiste diciéndoles: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día».

Como decíamos la semana pasada, todo esto que dice el Señor, sobrepasa por completo aquello que nuestra razón es capaz de entender. No es raro, pues, que los judíos reaccionaran casi con violencia ante estas palabras. A nosotros, discípulos del Señor Jesús, se nos ha regalado el don de comprender por completo cuáles son sus planes.

Tú y yo, como dice san Pablo, hemos sido elegidos por el Señor para encarnar su persona en esta generación. Quiere decir esto que es voluntad de Dios-Padre que cuando las gentes nos vean a ti y a mí, vean en nosotros a su Hijo Jesucristo. ¿Cómo se puede llevar a cabo esta transformación? San Agustín lo explica de una manera magistral. Dice al efecto: cuando nos alimentamos del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sucede en nosotros el proceso contrario que tiene lugar, cuando comemos otra clase de alimentos. El alimento corriente hace que nuestro cuerpo se desarrolle y obtenga la energía necesaria para vivir. El alimento, pues, pasa a formar parte de nuestros miembros. Sin embargo, cuando nos alimentamos con el Cuerpo y con la Sangre del Señor, somos nosotros mismos los que nos transformamos en otros cristos.

Por otra parte alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre del Señor, como el mismo afirma, nos concede la inmortalidad. Es el mismo Señor que encarnado en nosotros, nos hace vencedores de la muerte. Nuestra condición humana y pecadora, nos lleva indefectiblemente a la muerte, pero el espíritu del Señor habitando en nosotros, es prenda de nuestra futura resurrección.

Es posible que no seamos conscientes del inmenso regalo que es para nosotros este don del Señor. Lograr ser unos con Él comprobando cómo se cumplen sus palabras: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él». Nada de esto merecemos. Nada es fruto de nuestro esfuerzo. Todo es obra de su amor hacia ti y hacia mí. Seamos agradecidos.


 


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO: EL QUE COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Prv 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 6, 51-59 

En el evangelio del domingo pasado el Señor Jesús decía a los judíos: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Hoy estas palabras escandalizan profundamente a los que le escuchan, y más aún, cuando se atreve a afirmar: «Yo soy el pan bajado del cielo». La reacción es parecida a la de los habitantes de Nazaret cuando visitó su sinagoga. Dicen: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

La actitud de los judíos se entiende si tenemos en cuenta que la fe es un don, un regalo del Señor que no está al alcance de todos. Tener fe no depende de la voluntad o del esfuerzo del hombre. La fe es un don que Dios-Padre regala a aquellos que elige para una misión muy concreta: hacer llegar a todos la noticia de la salvación que Dios ha otorgado a los hombres por medio de su Hijo Jesucristo, porque la voluntad de Dios-Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Se entienden ahora las palabras del Señor: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». En este sentido hay que entender también la frase del Señor cuando, en otra parte del Evangelio, afirma: «Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos». Muchos son los que escuchan la predicación, pero solo en unos pocos arraiga la semilla que un día dará fruto abundante.

La Buena Noticia es necesario recibirla desde una actitud humilde, desde un corazón sencillo que no desea pasar por la razón todo lo que escucha. Es una actitud totalmente opuesta a la que adoptan los judíos en este pasaje que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm. No ha sido suficiente para ellos ser testigos del signo, del milagro realizado por el Señor dando de comer con cinco panes y dos peces a más de cinco mil personas. Se dejan llevar por las apariencias y solo ven en el Señor Jesús al hijo del carpintero. Su orgullo les impide aceptar que aquel que tienen delante es el enviado de Dios para su salvación.

Es necesario estar con humildad a la escucha de lo que dice el Padre. Ciertamente, como dice el Señor, nadie ha visto al Padre, sin embargo, no necesitamos verle físicamente, sino que es suficiente tener los ojos abiertos ante sus obras. Con frecuencia en nuestra vida achacamos a la buena o mala suerte, acontecimientos a los que no encontramos explicación lógica. Somos reacios a admitir que el Señor actúa en nuestras vidas; por eso la realidad de la vida eterna está ausente en nuestro día a día. Es la consecuencia de nuestra falta de fe, de nuestra débil fe.

Descubrir esta realidad, esta falta de fe, no debe hacernos caer en desánimo. El Señor conoce nuestra debilidad, nuestra impotencia y aún a veces nuestra apatía. Por eso, al igual que un día alimentó a su pueblo con el maná, hoy, en este evangelio, nos promete alimentarnos con su propio cuerpo. Nos dice: «Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el coma de este pan vivirá para siempre».

Estas palabras del Señor van contra de toda lógica. Es imposible entenderlas desde la razón. Por eso en vez de intentar buscarles una explicación, debemos mirar a aquel que las pronuncia. Él es la Verdad, y todo lo que nos ha anunciado ha hallado cumplimiento. Tener fe, consiste precisamente en esto, en comprobar como cada una de las palabras del Señor se cumple en nuestra vida.     


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«YO SOY EL PAN DE VIDA»


CITAS BÍBLICAS: Ex 16, 2-4.12-15 * Ef 4,17.20-24 * Jn 6, 24-35

La semana pasada vimos en el evangelio la multiplicación de los panes y de los peces. Hoy vemos al Señor que huyendo del éxito humano, llega con sus discípulos a Cafarnaúm. Allí, los que lo encuentran se apresuran a preguntarle: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». El Señor, en vez de darles respuesta, se limita a decirles: «Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre».

Esta respuesta del Señor Jesús nos lleva a su vez, a plantearnos unas preguntas que tú y yo deberíamos responder: ¿Yo para que sigo a Jesucristo? ¿Qué me mueve a ser contado entre sus discípulos? ¿Qué busco siendo uno de sus seguidores? Estas preguntas parecen obvias, sin embargo, en la respuesta que demos está la clave de nuestra felicidad y el sentido último de nuestra vida.

Al Señor se le puede seguir por inercia, por temor o por haber descubierto que caminar con Él es la mejor forma de vivir esta vida. Le siguen por inercia aquellos que están en la Iglesia por costumbre, porque lo recibieron de sus padres y nunca se han planteado cambiar en este aspecto. Son católicos, van a misa y comulgan, pero solo confiesan en raras ocasiones. Por lo general sus creencias influyen poco en su manera de actuar en la vida.

Los que le siguen por temor están un tanto obsesionados por su salvación. Temen condenarse. Han recibido una formación muy estricta, que les oprime a modo de corsé. No han descubierto en Dios al Padre que ama y perdona sin medida. En su vida de fe no aparece la alegría. Suelen ser exigentes consigo mismo y con los demás. Muchos acaban abandonando la Iglesia y poniéndose en contra de ella.

Finalmente están los que reconociendo su  pequeñez, su condición de pecadores, su impotencia para obrar el bien, han descubierto en Dios al Padre que les ama sin condiciones. Al Padre que nunca exige, que es paciente, que respeta su libertad y que no pide explicaciones cuando después de haber obrado mal, vuelven su rostro hacia Él. Han conocido a Dios por medio de Jesucristo y comprueban que con Él la vida tiene razón de ser y que merece vivirse.

Sería muy conveniente que analizáramos con sinceridad a qué grupo de los anteriores pertenecemos. Situarnos en uno de ellos servirá de ayuda para conocernos un poco mejor, y para pedir al Señor que nos ayude a cambiar de actitud, si nuestra postura no es muy correcta.

Siguiendo con el evangelio, vemos que el Señor ha dicho a los judíos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre». ¿Cuál es ese alimento, podemos preguntarnos? Los hebreos comieron en el desierto el maná: «Pan del cielo les dio a comer» dice la Escritura, pero a ¿qué pan se refiere ahora el Señor? Él mismo nos lo aclara: «Es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo. Ante esta respuesta los judíos le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan». A lo que el Señor responde: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará  nunca sed».

Con esta frase, el Señor nos anuncia el gran don que tiene previsto darnos. Quiere ser para nosotros alimento que nos fortalezca en nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, hacia la vida eterna.

 

 

 


 

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«YO SOY EL PAN DE VIDA»


CITAS BÍBLICAS: Ex 16, 2-4.12-15 * Ef 4,17.20-24 * Jn 6, 24-35

La semana pasada vimos en el evangelio la multiplicación de los panes y de los peces. Hoy vemos al Señor que huyendo del éxito humano, llega con sus discípulos a Cafarnaúm. Allí, los que lo encuentran se apresuran a preguntarle: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». El Señor, en vez de darles respuesta, se limita a decirles: «Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre».

Esta respuesta del Señor Jesús nos lleva a su vez, a plantearnos unas preguntas que tú y yo deberíamos responder: ¿Yo para que sigo a Jesucristo? ¿Qué me mueve a ser contado entre sus discípulos? ¿Qué busco siendo uno de sus seguidores? Estas preguntas parecen obvias, sin embargo, en la respuesta que demos está la clave de nuestra felicidad y el sentido último de nuestra vida.

Al Señor se le puede seguir por inercia, por temor o por haber descubierto que caminar con Él es la mejor forma de vivir esta vida. Le siguen por inercia aquellos que están en la Iglesia por costumbre, porque lo recibieron de sus padres y nunca se han planteado cambiar en este aspecto. Son católicos, van a misa y comulgan, pero solo confiesan en raras ocasiones. Por lo general sus creencias influyen poco en su manera de actuar en la vida.

Los que le siguen por temor están un tanto obsesionados por su salvación. Temen condenarse. Han recibido una formación muy estricta, que les oprime a modo de corsé. No han descubierto en Dios al Padre que ama y perdona sin medida. En su vida de fe no aparece la alegría. Suelen ser exigentes consigo mismo y con los demás. Muchos acaban abandonando la Iglesia y poniéndose en contra de ella.

Finalmente están los que reconociendo su  pequeñez, su condición de pecadores, su impotencia para obrar el bien, han descubierto en Dios al Padre que les ama sin condiciones. Al Padre que nunca exige, que es paciente, que respeta su libertad y que no pide explicaciones cuando después de haber obrado mal, vuelven su rostro hacia Él. Han conocido a Dios por medio de Jesucristo y comprueban que con Él la vida tiene razón de ser y que merece vivirse.

Sería muy conveniente que analizáramos con sinceridad a qué grupo de los anteriores pertenecemos. Situarnos en uno de ellos servirá de ayuda para conocernos un poco mejor, y para pedir al Señor que nos ayude a cambiar de actitud, si nuestra postura no es muy correcta.

Siguiendo con el evangelio, vemos que el Señor ha dicho a los judíos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre». ¿Cuál es ese alimento, podemos preguntarnos? Los hebreos comieron en el desierto el maná: «Pan del cielo les dio a comer» dice la Escritura, pero a ¿qué pan se refiere ahora el Señor? Él mismo nos lo aclara: «Es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo. Ante esta respuesta los judíos le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan». A lo que el Señor responde: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará  nunca sed».

Con esta frase, el Señor nos anuncia el gran don que tiene previsto darnos. Quiere ser para nosotros alimento que nos fortalezca en nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, hacia la vida eterna.