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DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

«VINO A SU CASA Y LOS SUYOS NO LA RECIBIERON»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-2.8-12 * Ef 1, 3-6. 15-18 * Jn 1, 1-18

Para este segundo domingo de Navidad, la Iglesia ha elegido el principio del evangelio según san Juan. En él se nos muestra como toda la creación ha tenido como origen a la Palabra. La Palabra de Dios es totalmente distinta de la nuestra. Nuestra palabra está formada por sonidos fruto de las vibraciones del aire, por lo que no contiene en sí misma ninguna clase de materia. Por el contrario, la Palabra de Dios tiene tal entidad, tal potencia, que ella misma engendra una nueva persona. Esa nueva persona es el Hijo.

La Palabra, nos dice san Juan, estaba junto a Dios desde toda la eternidad, y ella fue el origen de todo cuanto existe, de todo lo creado. Ella vino como luz que destruye las tinieblas, para alumbrar el camino de los hombres. Sin embargo, ellos la rechazaron, porque, como dice san Juan en otra parte de su evangelio, los hombres amaron más  las tinieblas que la luz, porque ella ponía de manifiesto que sus obras no eran buenas.

La Palabra vino al mundo que había sido hecho por ella, pero el mundo no la conoció. «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Sin embargo, «a aquellos que la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». ¿A quién se refiere san Juan cuando dice «Vino a su casa y los suyos no la recibieron»? Sin duda hace referencia al pueblo escogido, que, en su día, no reconoció al Señor como Mesías. Sin embargo, no debemos pensar por ello que esta palabra es ajena a nuestra vida. Esta historia se repite en cada generación. Por eso es importante que analicemos cuál es nuestra situación dentro de ella. ¿Somos de los que amamos más las tinieblas, para que nuestras faltas y pecados no queden al descubierto, o por el contrario abrimos el corazón a la Palabra, porque somos conscientes de que solo ella puede darnos la vida?

La Palabra dice que a aquellos que la reciben, a aquellos que creen en su poder salvador, les otorga la condición de ser hijos de Dios. ¿Somos conscientes de lo que esto significa? ¿Que tú y yo, miserables pecadores, que si algo merecemos es la condenación, por el hecho de creer sinceramente en el poder, eso significa nombre,  del Señor, nos veamos elevados a la categoría de hijos de Dios? Dios no nos exige nada a cambio. Su regalo es gratuito porque es fruto de su amor, es el fruto que pone al descubierto sus entrañas de misericordia hacia ti y hacia mí, que somos pecadores y nada merecemos.

San Juan sigue diciendo: «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria…». La Palabra, el Señor Jesús, no solo se limitó a darnos la vida al crearnos, sino que puso de manifiesto su inmenso amor hacia nosotros, haciéndose con nosotros uno de tantos. Quiso dar a Dios un rostro humano, para que no tuviéramos que imaginarnos cómo era. Su amor le hizo anonadarse hasta el extremo, renunciando en cierta manera a su condición de Dios, para vivir como tú y como yo. Quiso participar totalmente de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, de nuestros fracasos y de nuestras alegrías. Quiso por tanto, que nada de lo humano fuera ajeno para él. Solo en un aspecto fue distinto a nosotros, no compartió con nosotros nuestra condición pecadora. Sin embargo, su locura por ti y por mí, le hizo cargar con nuestros pecados, hasta el punto que el veneno que almacenaban, le destruyese por completo y le llevara a la  muerte.

 


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

«¿NO SABÍAIS QUE YO DEBÍA ESTAR EN LA CASA DE MI PADRE?»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 41-52

La Iglesia, en este primer domingo después de Navidad, nos invita a contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret. Lo hace así, porque quiere resaltar la importancia que para ella tiene la familia cristiana.

La familia cristiana es la base sobre la que se sustenta la propia Iglesia. La Familia de Nazaret es el embrión de lo que después será la Iglesia de Jesucristo. En ella el Niño Jesús es educado en la fe. Sus padres, María y José, le dan a conocer y le enseñan a amar a su Padre del Cielo.

Sería absurdo pensar que Jesús fuera consciente desde su infancia de su condición de divina. La vida del niño, del adolescente y del joven Jesús de Nazaret, fue semejante a la de los jóvenes que conocemos o a la nuestra propia. Pasó por todos los estadios del desarrollo humano como uno de tantos. Nada para él fue ajeno en su desarrollo. Caprichos infantiles, crisis de la pubertad, en incluso sana atracción hacia las jóvenes de su entorno, fueron hechos que le tocaron vivir como a cualquiera de nosotros. En lo único que fue totalmente distinto fue en lo relativo al pecado. Ni pecó nunca ni tampoco podía hacerlo.

En todo este tiempo de desarrollo físico y humano, fueron María y José los que se encargaron de educarle y de prepararle para que llegara a ser un miembro del pueblo de Dios conocedor de las Escrituras, y al propio tiempo un ciudadano capaz de asumir sus obligaciones como tal. Fue en la escuela de la familia donde se preparó para llevar a término la misión que Dios-Padre le había encomendado, y para la que había asumido la condición humana.

Hoy la Iglesia quiere también que contemplemos a la Sagrada Familia de Nazaret, para que tengamos en ella un modelo a seguir en cada una de nuestras familias. Es necesario que los hijos aprendan a amar sintiéndose amados por sus padres. La familia cristiana es la primera escuela de la fe. Como sucedió en aquella familia, son los padres los que en la nuestra, han de ser los transmisores de la fe hacia los hijos. La Parroquia y los colegios solo han de ser en este terreno, colaboradores de los padres al prestarles ayuda para que lleven adelante su misión educadora.

Precisamente por ser la familia cristiana semillero de nuevos miembros de la Iglesia, se ve atacada por todos los flancos. La sociedad actual lleva a cabo acciones de acoso y derribo hacia la familia, porque sabe que es el mejor camino para lograr su objetivo de destruir a la Iglesia.

Divorcio exprés, aborto libre, ideología de género, uniones, que no matrimonios, homosexuales, y un largo etcétera, son las acciones que los gobiernos llevan a cabo sistemáticamente con objeto de minar a la familia, pretendiendo que sea la Iglesia la que se tambalee.

La política de tolerancia y de hechos consumados, está consiguiendo que gran parte de la sociedad esté aceptando como normal, situaciones que son a todas luces reprobables. Los medios de comunicación, radio, televisión y cine, nos bombardean incesantemente practicando un auténtico lavado de cerebro, para que aceptemos lo negro como blanco y lo blanco como negro.

Es necesario que como creyentes volvamos nuestros ojos hacia la Familia de Nazaret, para que sea para nosotros punto de referencia. Que pidamos a Jesús, María y José, que protejan y bendigan nuestras familias, para que crezcan teniendo como imagen a aquella que formaron ellos.  

 

 

¡¡¡ FELICES NAVIDADES 2015 !!!

¡¡¡ FELICES NAVIDADES 2015 !!!

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

DOMINGO IV DE ADVIENTO  -C-

«¡DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO!»

 

CITAS BÍBLICAS: Miq 5, 1-4a * Heb 10, 5-10 * Lc 1, 39-45

 

Estamos llegando al final del Adviento. Hasta ahora la liturgia nos ha preparado para la manifestación del Señor Jesús en su segunda venida. A partir del día 18, nos anuncia de una manera inmediata la llegada del Señor en humildad en Belén, tomando carne como uno de nosotros.

  María ha recibido del ángel Gabriel la noticia de que el Señor Dios la ha elegido para ser madre del Mesías. Gabriel, le ha comunicado también la gozosa noticia de que su pariente Isabel, en su ancianidad, ha concebido un hijo y que ya está de seis meses aquella que llamaban estéril.

  El impulso inmediato de María es ponerse en camino hacia Judea para visitar a su prima. Por una parte, quiere compartir con ella el gozo de la elección que el Señor ha hecho en su persona. Por otra, quiere congratularse con ella y felicitarla por la gracia del embarazo que Dios se ha dignado concederle.

  Este encuentro es el que san Lucas nos narra hoy en su evangelio. María llega presurosa a la casa de Isabel, y ésta, sale a recibirla alborozada en cuanto oye su saludo. «Bendita tú entre la mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». Éstas son las palabras de Isabel. La respuesta de María, que no figura en el evangelio de hoy, es: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque se fijado en la pequeñez de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones…».

  Varias son las aplicaciones que de este pasaje podemos sacar para nuestra vida. En primer lugar, la Virgen, que ha recorrido un montón de kilómetros hasta llegar a la casa de Isabel, nos invita a que, como ella, también nosotros nos hagamos portadores de la buena noticia; que demos a conocer a todos los que nos rodean, las misericordias del Señor para con nosotros. Que no nos venza el respeto humano. No tengamos vergüenza de hacer partícipes a los demás de la presencia del Señor en nuestras vidas. Como creyentes, estamos llamados a ser sus testigos delante de aquellos que no lo conocen, o que ya lo han olvidado. Es posible que si tú y yo, no les hablamos de Dios, ya no lo haga nadie por nosotros.

Otra enseñanza que nos trae este pasaje, es la sorpresa y a la vez gratitud que Isabel muestra ante la presencia de María. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?», exclama. Y yo, te digo: ¿quién eres tú y quién soy yo, para que el Señor se fije en nosotros y nos esté llamando a vivir en su Iglesia? ¿Cuáles han sido nuestros méritos? Lo único que hemos aportado, nuestros únicos merecimientos, han sido y son, una serie de infidelidades, ingratitudes y  un montón de pecados.

  Sin embargo, tenemos que estar gozosos y agradecidos, porque nada de eso es motivo para que el Señor nos rechace. Él nos ama intensamente en nuestras miserias y en nuestros defectos. Nada hay que pueda hacer que Él retire de nosotros su gracia. Nos ama tal y como somos, y además lo hace gratuitamente, sin exigirnos nada. De ahí que podamos hacer nuestras las palabras de Isabel: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» ¿Quién soy yo para recibir tantos dones y tantos beneficios de parte del Señor?

  Para que esto sea una realidad, solo hace falta que, como María, también nosotros creamos en la obra del Señor, y merezcamos, por tanto, escuchar de labios de Isabel estas palabras: «¡Dichosa tú, que has creído!». ¡Dichoso tú que has creído lo que se te ha dicho de parte del Señor!

 

DOMINGO III DE ADVIENTO -GAUDETE- C

DOMINGO III DE ADVIENTO -GAUDETE-  C

«ESTAD SIEMPRE ALEGRES; EL SEÑOR ESTÁ CERCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sof 3, 14-18a * Flp 4, 4-7 * Lc 3, 10-18

Juan se encuentra a orillas del Jordán en el desierto de Judea anunciando la venida inminente del Mesías. Pide a todos los que le siguen que conviertan su corazón y que se  preparen a recibirlo. La gente que le escucha se acerca a Juan y le pregunta: «¿Entonces, qué hacemos?». 

La respuesta de Juan no se hace esperar: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, que haga lo mismo». A unos publicanos, que se dedican a recaudar impuestos, les responde: «No exijáis más de lo establecido». Finalmente, a unos militares que también preguntan les dice: «No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga».

Todas estas recomendaciones de Juan suponen para los que le escuchan un cambio radical de vida. A unos les invita a dejar de lado el egoísmo y practicar la caridad compartiendo los bienes. A otros les pide que sean justos a la hora de cobrar los impuestos sin aprovechase de su situación. Finalmente a los últimos les demanda no abusar de su autoridad, sino ejercerla como un servicio a los demás. Resumiendo, Juan invita a los que le escuchan a la conversión sincera de corazón.

Tú y yo, ocupamos hoy los lugares de aquellos que siguen a Juan. Por lo tanto, estas recomendaciones van dirigidas a cada uno de nosotros. Si verdaderamente deseamos que el Señor en su venida nos encuentre preparados, no debemos echar en saco roto las palabras de Juan. Aquellos que le seguían esperaban la liberación de su esclavitud y la salvación que había de traer el Mesías. Ahora bien, si tú también estas convencido de que eres esclavo de tus pasiones, de los condicionamientos sociales, de la salud, el trabajo o de la familia, comprenderás la necesidad perentoria de preparar la llegada de Aquel que viene a salvarte.

Quizá no seas consciente de tu esclavitud, de tu necesidad de ser salvado. Si es así, necesitas convertir tu corazón. Descubrir que no todo lo haces bien. Que, aunque intentas disimularlo, eres un egoísta integral que solo vas a la tuya. Que vives dominado  por el sexo, el dinero o la fama, etc. Necesitas mirar la verdad de tu vida sin temor, porque hay uno que te ama como eres, con tus vicios, con tus debilidades y pecados, y que nunca te rechazará. Te ama hasta el extremo de que siendo Dios no tiene asco de nacer por ti en un corral, en un pesebre lleno de suciedad y malos olores. Lo que Él siente por ti no tiene parangón alguno en el mundo, no solo es amor, sino verdadera locura de amor.

Él está próximo. Ya se acerca. Por eso la liturgia de hoy, domingo de gaudete, nos invita a estar alegres. Nos lo ha dicho el profeta Sofonías: «Regocíjate, hija de Sion, grita de júbilo, Israel… el Señor ha cancelado tu condena…». También san Pablo nos ha dicho: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres». Ha de ser la alegría de aquel que, estando en la cárcel, ha descubierto que su liberación es inminente. Nosotros no debemos olvidar que cuando el Señor se hace presente en nuestra vida, nunca lo hace para exigir y condenar. Todo lo contrario, viene siempre a salvarnos, a liberarnos de las esclavitudes a las que nos tiene sometidos el pecado.

Alegrémonos, que nuestra alegría sea contagiosa. Que llene a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo… Que esa alegría les haga llegar la noticia de nuestra salvación, de nuestra liberación, del inmenso amor que Dios siente por nosotros.

 


DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

«PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS »

 

CITAS BÍBLICAS: Ba 5, 1-9 * Flp 1,4-6.8-11 * Lc 3, 1-6

El evangelio de hoy perteneciente al ciclo litúrgico C y está tomado del principio del evangelio de san Lucas, concretamente del capítulo tercero. San Lucas es un hombre culto, es médico, y como él mismo explica al comienzo de su evangelio, pretende exponer de una manera ordenada, después de haber investigado a fondo el tema, todo aquello que se refiere a la figura de Jesús de Nazaret.

Hoy, en primer lugar, lo que hace en el fragmento que nos propone la Iglesia para este domingo, es situar geográfica e históricamente los acontecimientos y personajes que tendrán relación  con la figura, la vida y la obra del Señor Jesús. Nos dice que suceden el año quince del reinado del emperador romano Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador romano de Judea y Anás y Caifás sumos sacerdotes en Jerusalén. Pretende de este modo demostrar que todo aquello que en su evangelio va a exponer, ni es una leyenda ni tampoco es fruto de la imaginación de un escritor. Son todo hechos reales que pueden contrastase.

Después de este principio, el evangelista nos presenta a Juan. Él es el Precursor, es aquel de quien el profeta Malaquías dijo: «He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis». Juan es el amigo del novio, es aquel que anuncia su llegada, aquel que quiere que el Mesías encuentre un pueblo bien dispuesto. Por eso Invita a todos los que le escuchan a recibir un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

Las gentes llevan muchos siglos esperando este acontecimiento, esperando la manifestación del Mesías que viene a salvarlos, que viene a liberarlos de sus esclavitudes. La misión de Juan ya la había anunciado ochocientos años antes el profeta Isaías que dijo de él: «Una voz clama: En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado;  vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie».

Estas palabras de Isaías resuenan hoy para nosotros. Nosotros somos hoy el pueblo elegido. El pueblo en el que se han de cumplir las promesas. Esta voz es la voz de la Iglesia que clama en medio del desierto de un mundo que ha vuelto la espalda a Dios. Esta palabra se ha de cumplir en cada uno de nosotros. Quizá nuestro interior también es un desierto en el que abundan abrojos y espinos. Rencores, juicios, críticas, egoísmos, por eso la voz de la Iglesia viene a anunciarnos que llega aquel que es capaz de convertir nuestro desierto interior en un vergel.

Es necesario que preparemos el camino al Señor que viene a salvarnos. ¿Qué podemos hacer? Lo dice Isaías: «Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie». Eso es convertirnos, es decir, reconocer que en nuestras vidas hay muchas cosas que necesitan corregirse. Que no todo es trigo limpio. Que los montes de nuestro orgullo y nuestro egoísmo, han de ser rebajados y que para eso es necesario pedir al Señor que nos conceda la humildad. Ser humilde no es ir por calle con el cuello torcido y las manos juntas. La humildad es reconocer que no hacemos las cosas bien, que cada día fallamos muchas veces. Que nos es difícil perdonar a los que nos hacen daño sin razón, etc. Es necesario también que lo escabroso, tu genio, tu carácter violento, se rebaje, se amanse. Es cierto que para nosotros todos estos cambios son imposibles si solo confiamos en nuestro esfuerzo, pero no hemos de preocuparnos. Es suficiente con que nosotros le digamos al Señor que lo deseamos, que deseamos cambiar. Él viene precisamente para aquellos que quieren y no pueden. Viene a salvar todo lo que está perdido.

 


 

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO -C-

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO -C-

«LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA, SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN »

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 33, 14-16 * 1Tes 3, 12-4,2 * Lc 21, 25-28.34-36

Con este domingo primero de Adviento damos comienzo a un nuevo año litúrgico. Si durante el año que acabamos de terminar fueron las lecturas del evangelio de san Marcos las que nos propuso la Iglesia, durante el presente van a ser las que se tomarán del evangelio según san Lucas.

Hace quince días san Marcos nos hacía presente la escatología, los hechos que tendrán lugar al final de los tiempos, y que culminarán con la segunda venida de nuestro señor Jesús. Hoy, cuando damos comienzo a un nuevo año, san Lucas pone en boca del Señor la descripción de los acontecimientos terribles que precederán a su segunda venida.

Todos tenemos la certeza de que el universo en el que vivimos no es eterno, que camina, como afirman los científicos, de una manera implacable hacia su destrucción. Signos en el sol, la luna y las estrellas, un mar embravecido, terremotos y otros fenómenos físicos, anunciarán la llegada inminente del Señor, que se manifestará a todos los hombres con gran poder y gloria. La Escritura nos dice: «Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron… porque como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su Día».

¿Sucederá esto en nuestra generación? ¿Seremos nosotros testigos de estos acontecimientos? No lo sabemos. Como dijo hace quince días el Señor a sus discípulos, «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre». De lo que sí tenemos certeza es que estas palabras del Señor, hallarán cumplimiento un día. Es importante, por tanto, atender a la recomendación del Señor: «Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre».

El Señor no quiere crear en nosotros inquietud, pero tampoco desea que vivamos nuestra vida como si nunca tuviera que terminar. Nuestra vida terrestre es un accidente temporal. No fuimos creados para este mundo, sino para el Cielo. Sin embargo, con frecuencia sentimos la tentación de montar definitivamente nuestra tienda en este mundo, por eso las palabras del Señor no pretenden amedrentarnos, sino llamarnos la atención sobre la vida eterna para la que hemos sido creados, y a la que estamos destinados.

En cada generación suceden con mayor o menor intensidad las señales que anuncian el final de los tiempos. Terremotos, guerras, fenómenos atmosféricos, persecuciones, falsos mesías que proponen caminos de felicidad erróneos… es necesario que esto sea así, porque también para cada generación hay un final que es preludio de aquel al que se refiere el Señor en este evangelio.

El Señor nos invita a permanecer alerta, a estar despiertos, a evitar que nuestra mente se embote con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, y que aquel día, el que Él nos tiene reservado para cada uno, nos encuentre desprevenidos y caiga sobre nosotros como un lazo. Quiere también que no nos acobardemos ante los acontecimientos adversos. Nos dice: «Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación». No temamos, pues, su venida. Cuando venga a por nosotros lo hará para salvarnos. Mantengámonos de pie con la cabeza levantada. Esa es la postura del resucitado, no por nuestros méritos, sino por su amor y misericordia. Es Él, el que nos ayuda a estar en pie esperando su venida.


DOMINGO XXXIV -SOLEMNIDAD DE CRISTO REY- B

DOMINGO XXXIV -SOLEMNIDAD DE CRISTO REY- B

«A él se le dio poder honor y reino… Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará».

 

CITAS BÍBLICAS:  Dn 7, 3-14 * Ap 1, 5-8 * Jn 18, 33b-37

El año litúrgico finaliza con este domingo en el que contemplamos, no podía ser de otro modo, la figura de Jesucristo Rey del Universo. San Pablo en su carta a los Colosenses nos dice: «Todo fue creado por él y para él… todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia… Así es el primero en todo». El profeta Daniel, a su vez, nos ha dicho en la primera lectura: «A él se le dio poder honor y reino… Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará».

La figura de Cristo Rey nos hace presente la parusía, el final de los tiempos con su segunda venida. Ahora todos nosotros estamos viviendo un tiempo de gracia. Un tiempo en el que se hace presente la misericordia de Dios hacia todos los hombres. Algunos autores dicen que vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios, nosotros preferimos referirnos a este tiempo como el tiempo en que se muestran las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, que tiene corazón de padre, y que espera pacientemente el regreso del hijo pródigo que somos cada uno de nosotros.

Podemos preguntarnos qué importancia tiene para nuestra vida de fe la figura de Cristo Rey. El Padre ha puesto a su Hijo Jesucristo como Señor de todo Principado, Poder y Potestad. Todo lo ha sometido bajo sus pies. Significa esto que ha sido constituido Señor de todo el universo. Nosotros, por nuestra desobediencia vivimos esclavos del pecado, por el temor que tenemos a la muerte. Por no morir, dando la razón al otro, y buscando en todo momento que los demás nos consideren y nos aprecien, perdemos nuestra libertad y hacemos aquello que no nos gusta. Cuando consideramos que tenemos la razón, somos incapaces de perdonar porque creemos que eso hace que el otro se salga con la suya. Somos esclavos de la afectividad y de las circunstancias, y no tenemos fuerzas para romper este cerco.

Somos también esclavos del pecado por nuestras bajas pasiones. Para unos será tener un genio como la pólvora, para otros será la ambición por el dinero y el deseo de dominar sobre los demás. A  muchos es el sexo el que los esclaviza y no les permite ser dueños de sí mismos. Otros viven dominados por las drogas, el alcohol, o el juego, etc. En todas estas esclavitudes y en otras de otra índole, nos encontramos impotentes. Quisiéramos cambiar, ser libres, pero no podemos. La inclinación al pecado tiene una fuerza que es superior a nuestra voluntad.

En esta situación es cuando se manifiesta el inmenso amor que Dios nos tiene. No nos ha abandonado a nuestra suerte. No ha dicho ya que te apartas de mí, carga con las consecuencias. Dios-Padre ha constituido a su Hijo Jesucristo, como dueño y Señor de todo aquello que nos oprime, nos esclaviza y nos hace infelices. De manera que cuando en la lucha diaria contra nuestras inclinaciones pecaminosas, contra todo aquello que nos destruye y nos mata, nos encontramos inermes e impotentes, es cuando Cristo, Señor de todo, muestra su poder si nosotros creemos en Él y lo invocamos.

Él es Señor de tu orgullo, de tu soberbia, de tu lujuria, de esos defectos y vicios ocultos que solo tu conoces. Es Señor de la imposibilidad que tienes de perdonar y amar al que te hace daño, ya sea tu mujer, tu marido, tus hijos, tus vecinos o tus compañeros de trabajo. Es Señor del paro, que hace que tengas dificultades para atender a tu familia. Es Señor, en fin, de tu salud y de todo aquello que te hace sufrir.

Cristo es la respuesta del Padre a todas tus preocupaciones y sufrimientos. Llámalo, grítale, invócalo. Cuéntale tus padecimientos. Pídele ayuda y no olvides lo que dice san Pablo citando las Escrituras: «Todo el que invoque el nombre del Señor, no será confundido. Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará»