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DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 15, 5-12.17-18 * Flp 3, 17- 4,1 * Lc 9, 28b-36

En este segundo domingo de cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar un acontecimiento extraordinario de la vida del Señor Jesús: su Transfiguración.

San Lucas nos cuenta que el Señor tomó aparte a Pedro, Santiago y Juan, y subió con ellos a un monte alto para orar. Puesto en oración, su rostro se transfiguró y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. A su lado aparecieron Moisés y Elías que se pusieron a conversar con él.

Pedro y sus compañeros, admirados, pudieron contemplar la gloria del Señor. Pedro, tomando la palabra dice a Jesús: «Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otras para Moisés y otra para Elías». El evangelista afirma que no sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando una nube los envolvió y una voz desde la nube dijo: «Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo».

Este pasaje del evangelio tiene para nosotros una gran importancia, ya que nos anuncia nuestra propia transfiguración. San Juan afirma en su primera carta: «Somos hijos de Dios pero aún no se ha manifestado lo que seremos». También san Pablo en su primera carta a los Corintios anuncia que «nosotros seremos transformados».

No hemos sido creados por Dios para vivir una vida burguesa y chata. Hemos sido creados para vivir una vida plena y feliz, contemplando eternamente la hermosura de nuestro Dios. Hoy solo contemplamos nuestra naturaleza física. Nuestros ojos miopes no son capaces de llegar a imaginar, lo que el Señor nos reserva. Sin embargo esta vida que hoy disfrutamos, no es ni mucho menos la definitiva. No tiene comparación con lo que Dios nos reserva. Dirá san Pablo citando a la Escritura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman». En la transfiguración del Señor, pues, podemos atisbar hoy un poco lo que será nuestra propia transfiguración.

La felicidad que nos reportará la vida eterna, podemos ligeramente imaginarla al escuchar las palabras que Pedro dirige al Señor: «Maestro, qué hermoso es estar aquí…». Si sólo ser testigo de la transfiguración del Señor, hace que se olvide de todo y que desee que aquel momento no termine, podemos imaginar lo que será nuestra propia transfiguración.

Hay otro momento importantísimo en este pasaje. Dice san Lucas que cuando la nube los envolvió, se oyó la voz del Padre que decía: «Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Estas palabras que se escucharon entonces, han resonado aquí para cada uno de nosotros. Es Dios-Padre el que hoy nos llama hijos suyos, porque nosotros, unidos a Cristo por el bautismo, hemos recibido ser hijos de Dios por adopción. Sin embargo, hemos de hacer una salvedad. No todos los bautizados han recibido la filiación divina. El bautismo no es un sacramento que obre en nosotros de una manera mágica. Para ser hijos de Dios, es necesario que el espíritu de Cristo habite dentro de nosotros. Y, podemos preguntarnos, ¿cómo se comprueba eso? Se sabe que una persona posee el espíritu de Cristo, cuando hace las obras de Cristo. Cuando ama a Dios por encima del dinero y de los afectos, cuando no se defiende ante acusaciones injustas, y sobre todo, cuando es capaz de perdonar de corazón a sus enemigos y a todos aquellos que sin razón le ofenden.

El embrión de fe que la Iglesia sembró en nuestro bautismo es necesario que crezca y se desarrolle, hasta llegar a dar frutos de vida eterna. A ese embrión, lo único que lo hace crecer es la escucha de la Palabra de Dios y la predicación. Dios-Padre nos invita a escuchar a su Hijo. Es la Palabra escuchada y aceptada, la que es capaz de penetrar en nuestro corazón dañado por el pecado, transformándolo totalmente y haciéndolo capaz de amar a Dios sobre todas las cosas.    

 


 


 

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

DOMINGO I DE CUARESMA  -C-

«… NO TENTARÁS AL SEÑOR TU DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt  26, 4-10 * Rom 10, 8-13 * Lc 4, 1-13

En este primer domingo de Cuaresma vemos al Señor Jesús que, después de bautizado en el Jordán, es llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado. No debe causarnos extrañeza el hecho de que el Señor sea sometido a tentación. Hemos dicho en repetidas ocasiones que la naturaleza humana de Jesús, en nada se diferenciaba de la nuestra. Era hombre exactamente como tú y como yo. Por tanto, de la misma forma que tú y yo somos tentados por el maligno, así también Él, tuvo que soportar ser tentado por el diablo. Era indispensable que pasara como cualquiera de nosotros por esta experiencia. La única diferencia entre él y nosotros estriba, en que con frecuencia nosotros sucumbimos a la tentación y pecamos, mientras que Él no pudo en ninguna manera pecar.

Aunque muchas veces no les damos la importancia que tienen, tres son las grandes tentaciones a las que somos sometidos en nuestra vida. La primera tiene relación directa con la supervivencia. Tú y yo tenemos necesidad perentoria de asegurarnos la vida. Necesitamos, como se dice vulgarmente, asegurarnos los garbanzos. Queremos tener resueltas nuestras necesidades corporales, empezando por la alimentación. Para lograrlo, trabajamos, estudiamos, nos movemos y si es preciso, robamos.

La segunda tentación consiste en no aceptar nuestra historia. Las circunstancias en las que nos ha tocado vivir. Nunca estamos satisfechos con lo que tenemos. Si por un momento tuviéramos el poder de Dios lo cambiaríamos todo, desde nuestro físico, hasta nuestra familia, nuestro trabajo, la pobreza, las enfermedades… El mundo que dejaríamos no se parecería en nada al que ahora tenemos.

Finalmente, la tercera tentación es la que nos hace caer en la idolatría. Aunque no seamos demasiado conscientes, aquel al que nosotros pedimos la vida, no es ni mucho menos Dios. Todos, consciente o inconscientemente, pedimos la vida al ídolo del dinero. Guerras, abusos, enfrentamientos familiares, y multitud de problemas, encuentran su origen, en el amor desmedido que tenemos al dinero.

Con estas tres tentaciones el maligno tienta hoy al Señor. Ya fueron las mismas  a las que fue sometido el Pueblo de Israel, cuando caminaba por el desierto y se dirigía a la Tierra Prometida. Será, pues, muy importante para nosotros, ver cómo el Señor responde a cada una de estas tentaciones.

Después de cuarenta días de ayuno el Señor siente hambre, pero Él, tiene muy claro que no está la vida asegurada con los bienes materiales. Para ser feliz, no es lo primero tener satisfecho el estómago. Cuando uno come sacia el hambre física solo momentáneamente, pero luego tiene necesidad de volver comer. Sin embargo, hay un alimento que es capaz de saciar plenamente nuestro anhelo de felicidad. Ese alimento es «Toda Palabra que sale de la boca de Dios».   

En la segunda tentación el maligno invita al Señor a no aceptar su situación actual, le hace hacer ver, entre otras cosas, que su origen, Nazaret, y su aspecto físico no son los que debería presentar un profeta. Le sugiere, por tanto, que llame la atención realizando un milagro, para que la gente se fije en él y por consiguiente, crea en él. La respuesta de Señor es rotunda: «No tentarás al Señor tu Dios». O dicho de otra forma, no obligarás al Señor a hacer un milagro innecesario.

En la última tentación, que podemos llamar tentación de los ídolos, el maligno ofrece al Señor todas las riquezas de la tierra. Todos los ídolos ante los cuales doblan la rodilla los hombres pidiéndoles la felicidad. Dinero, poder, sexo, salud… etc. «Todo esto te daré si te arrodillas delante de mí y me adoras». El Señor Jesús rechaza la tentación afirmando: «Al Señor tu Dios adorarás  y a él sólo darás culto».

Estas respuestas del Señor, nos han de ayudar a no dejarnos embaucar por el demonio, que sólo busca nuestra perdición. 

 


 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

«… Y, DEJÁNDOLO TODO, LE SIGUIERON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 6, 1-2a.3-8 * 1Cor 15, 1-11 * Lc 5, 1-11

 En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús dando comienzo a la elección de sus primeros discípulos. San Lucas nos cuenta que estando a la orilla del mar de Galilea, seguido por una muchedumbre deseosa de escuchar su palabra, sube a la barca de Pedro que está lavando las redes con otros pescadores, y le ruega que la aparte un poco de la orilla. Sentado en la barca empieza a enseñar a la gente.

Al terminar dice a Pedro: «Rema mar adentro y echad las redes para pescar». Pedro, extrañado por estas palabras del Señor, se limita a contestar: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Para nuestra vida, la actitud de Pedro es de gran importancia. Pedro tenía todas las razones posibles para no hacer lo que le pedía el Señor. Era un pescador avezado con gran conocimiento de su trabajo, mientras que Jesús, no tenía ninguna experiencia en el campo de la pesca. Por otra parte, no era el momento oportuno. Si Pedro dice hemos pasado la noche bregando, es porque, es precisamente durante la noche cuando había que practicar este tipo de pesca. Ahora, la escena se desarrolla de día, razón por la cual, Pedro podía poner reparos a la indicación del Señor.

Con frecuencia también nosotros nos dejamos llevar por nuestra razón, sin darnos cuenta de que es más importante obedecer al Señor, que hacer lo que creemos correcto. Has recibido una ofensa. Te han tratado injustamente. Han hablado mal de ti. El Señor te dice: "Olvida esa ofensa, perdona". Tú, sin embargo, piensas: "No debe salirse con la suya. Es de justicia que se sepa la verdad. Y con la verdad destrozas al hermano y lo dejas en ridículo. Saca tú mismo la conclusión.

Pedro, obedece y pone su confianza en Aquel que le habla. El resultado es extraordinario. No solo llenan su barca, sino que es necesario llamar a sus compañeros para que acudan en su ayuda, y llenen también su barca. El asombro se apodera de Pedro que arrojándose a los pies del Señor le dice: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador».

Tú, como Pedro, obedece. En tu vida no tengas miedo. Confía en el Señor y lánzate mar adentro. No temas, confía en la palabra de aquel que te habla. Echa las redes. No seas como aquellos que, mezquinos, pretenden nadar y a la vez guardar la ropa. En nuestra vida ponemos muchas veces la confianza en los demás, y la experiencia nos dice que la mayoría de las veces, por no decir todas, nos fallan. La Escritura dice al respecto: «Maldito el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su apoyo» El Señor es el único en el que podemos confiar plenamente. Su palabra no falla nunca. Pero ocurre que como no acabamos de confiar y hacemos caso a nuestra razón, saboreamos en más de una ocasión el fracaso. Somos como aquel niño hijo de un multimillonario, que guardaba mendrugos de pan por su si padre le fallaba.

El Señor Jesús, viendo a Simón-Pedro a su pies, lo levanta y le dice: «No temas: desde ahora serás pescador de hombres». Pedro y sus compañeros Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, sacando las barcas a tierra y dejándolo todo, le siguieron.

También hoy, el Señor, sigue pasando y llamando a nuevos discípulos. Hoy nos llama a ti y a mí. Quiere que seamos testigos delante de nuestros familiares, de nuestros amigos y de nuestros compañeros de trabajo, de su amor y de la salvación que ha ganado para todos los hombres. No lo dudemos. No tengamos miedo. Rememos mar adentro. Abandonémonos en sus brazos y tengamos la convicción de que no nos va a defraudar. La vida que nos ofrece no tiene punto de comparación con la que cada día nos brinda el mundo. Aprovechemos la ocasión, no dejemos que pase de largo.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«NINGÚN PROFETA ES BIEN MIRADO EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Jer 1, 4-5.17-19 * 1Cor 12, 31-13,13 * Lc 4, 21-30

El evangelio de este domingo es continuación del que se proclamó la semana pasada. Vemos de nuevo al Señor Jesús en la sinagoga de Nazaret, en donde ha dado lectura al trozo del profeta Isaías que empieza diciendo: «El Espíritu del Señor está sobre mí… ». Al terminar la lectura, el Señor, dirigiéndose a la asamblea dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

Entre los asistentes, al escucharle, surgen dudas sobre la persona del Señor. Por una parte expresan su «aprobación por las palabras de gracia que salen de sus labios», pero al mismo tiempo manifiestan su extrañeza diciendo: «¿No es éste el hijo de José?» ¿Cómo viene ahora a darnos lecciones?

El hecho de haberlo conocido desde pequeño y de tenerlo como vecino, ciega sus mentes. No son capaces de ver en el Señor a un profeta enviado por Dios. Se dejan llevar por las apariencias y no saben discernir.

Esta reacción de los vecinos de Nazaret ha de ponernos alerta a nosotros. También nosotros nos dejamos llevar con frecuencia por las apariencias. Sería interesante averiguar cuál sería nuestra reacción, si hoy se acercara a nosotros el Señor Jesús con el aspecto que tenía cuando vivía en su aldea de Nazaret. Seguramente le haríamos poco caso. Sin embargo, si viniera a nosotros una persona de porte elegante, educada, bien vestida, de charla amena, ciertamente, nos dispondríamos de inmediato a escucharle.

No es lo más importante el aspecto físico de una persona que viene a darnos una buena noticia. Lo importante de verdad es la noticia. Ya lo pone de relieve la sabiduría popular cuando afirma que «Las apariencias engañan».

La reacción de Jesús ante la actitud de sus convecinos es dura. Están rechazando sin ningún motivo formal la salvación que Él les trae de parte del Padre. «Os aseguro, les dice, que ningún profeta es bien mirado en su tierra». Y para demostrarlo les cita el caso de la viuda de Sarepta de Sidón en tiempos del profeta Elías, y el de Naamán el Sirio, leproso en tiempos del profeta Eliseo. Ninguno de los dos pertenecía al Pueblo de Dios. Los dos eran gentiles. Sin embargo, el Señor tuvo misericordia de la viuda salvándola de una muerte segura por falta de alimentos, y la tuvo también de Naamán librándolo de su lepra después de introducirse siete veces en el río Jordán.

Esta respuesta enfurece a los vecinos de Nazaret, que entienden perfectamente lo que el Señor quiere decirles, pero en vez de convertirse y reconocer su error, agarran a Jesús y a empujones lo sacan fuera del pueblo hasta un barranco, con intención de despeñarlo. San Lucas nos dice que Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Los habitantes de Nazaret nunca podrán decir que no fueron los primeros en recibir de parte del Señor, el anunció la Buena Nueva. De ahora en adelante será en Cafarnaúm en donde Jesús fijará su residencia.

Nosotros estamos en la Iglesia. Hemos nacido y crecido dentro de ella. Somos los primeros beneficiarios de los dones del Señor, pero tenemos el peligro de rechazar, como los habitantes de Nazaret, la salvación que se nos ofrece. Es necesario convertir nuestro corazón, reconocer nuestras limitaciones y pecados, y aceptar el amor y el perdón que el Señor nos brinda. De lo contrario, se cumplirán las palabras del Señor Jesús cuando, en otra parte del Evangelio, dice: «Los publicanos y las prostitutas, os precederán en el Reino de Dios».  


 

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«EL ESPÍRITU DEL SEÑOR  ESTÁ SOBRE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Neh 8, 2-4a.5-6.8-10 * 1Cor 12, 12-30 * Lc 1, 1-4; 4, 14-21

 

 La primera parte del evangelio de este domingo está tomada del principio del evangelio según san Lucas. Su autor, médico y discípulo de san Pablo, al que acompaña en alguno de sus viajes, nos dice que empieza a escribir después de haber investigado cuidadosamente las fuentes, y de haber comprobado todo exactamente desde el principio.

Se basa fundamentalmente en las experiencias de aquellos que fueron testigos oculares desde el principio, y luego predicadores de la Palabra. Lucas nos dice que quiere narrar de una manera ordenada y fidedigna, todos los acontecimientos referentes a Jesús de Nazaret, de manera que quede demostrada la solidez de las enseñanzas que recibimos.

Es importante que tengamos en cuenta que san Lucas toma como referencia indiscutible, las experiencias de aquellos que fueron testigos oculares de los hechos, y  que luego fueron predicadores de la Buena Noticia. Quiere decir esto, que nuestra fe, no ha de estar basada en teorías, sino en hechos concretos que transcienden la predicación y que son fruto de la Palabra. Por tanto, son hoy tus experiencias personales y las mías sobre la actuación de Dios en nuestra vida, las que nos han de impulsar a testimoniar que Dios ha actuado y sigue actuando en la vida de los hombres.

En la segunda parte del evangelio, vemos a Jesús entrando en la sinagoga de Nazaret, lugar en el que ha pasado la mayor parte de su vida, y proclamando el trozo del libro del profeta Isaías que dice:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anuncia a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor».

Éste el programa de actuación que Dios traza al Señor Jesús a través del profeta, para que lo lleve a la práctica durante la vida pública que acaba de iniciar. Como simple comentario al terminar la lectura, el Señor únicamente dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

 

Él, es el enviado del Padre que trae para nosotros la Buena Noticia de nuestra liberación. Viene a desatar los lazos que nos impiden caminar. Viene a derrotar al maligno que nos tiene atados al pecado, amedrentándonos con la figura de la muerte. Él, que conoce nuestra cautividad y la imposibilidad que tenemos para salir de ella, viene a liberarnos. Viene a devolvernos la vista para que seamos capaces de discernir cuál es su voluntad, qué es lo que a Él le agrada, y que puede hacernos felices.

¿Cuál ha de ser nuestra actitud ante esta gran noticia? En primer lugar, reconocer nuestra debilidad y nuestro pecado. En segundo lugar, ver en Él, al enviado del Padre para sanar nuestras heridas, aquellas que son fruto de nuestro pecado. Ver en Él el inmenso amor del Padre que nunca nos rechaza y que quiere para nosotros una vida plena y feliz.

Finalmente, si nosotros llegamos a experimentar este inmenso amor del Padre, estamos llamados a ser testigos de su obra delante de los demás. Anunciarlo a aquellos que nos rodean con la certeza de que al igual que ha hecho con nosotros, hará con todos los que en su pobreza no lo conocen, y que por tanto viven sometidos a la esclavitud del pecado.

 

 

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HACED LO QUE ÉL DIGA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 62, 1-5 * 1Cor 12, 4-11 * Jn 2, 1-11

En este segundo domingo de tiempo ordinario, san Juan nos muestra a Jesús que con su madre y sus discípulos, acude a unas bodas que se celebran en Caná de Galilea. Las bodas, en aquel tiempo, eran todo un acontecimiento para los vecinos del pueblo, que acudían en masa. Todos estaban invitados. Durante la fiesta que se prolongaba varios días, se comía en abundancia y se bebía con no menos intensidad.

San Juan nos cuenta que llegado un momento determinado de la celebración, la Virgen observa que se está acabando el vino. El hecho de que no hubiera más vino que ofrecer a los invitados, revestía una gravedad inusitada. Suponía una humillación para los novios y para sus padres, que se prolongaría durante años en la vida de los esposos. Siempre serían recordados como aquellos en cuya boda no hubo suficiente vino.

A la Virgen, que es a la vez mujer y madre, no se le escapa el detalle de lo que está ocurriendo. Como mujer es mucho más observadora que los hombres, y como madre, se pone en el lugar de aquellos recién casados que se encuentran en un gran apuro. Se acerca a Jesús y discretamente le dice: «No les queda vino». La respuesta del Señor es un tanto desconcertante: «Mujer, déjame. Todavía no ha llegado mi hora». La Virgen, sin embargo, no se da por vencida, y dirigiéndose a los sirvientes les dice: «Haced lo que él diga». El resto del pasaje ya lo conocemos.

Este pasaje del evangelio pone de relieve la importancia de la figura de la Virgen en nuestra vida de fe. La Iglesia, ha visto siempre en ella a la medianera de todas las gracias. Ella es el canal que nos une a nosotros, que somos sus hijos, con su Hijo Jesucristo. A través de ella llegan hasta el Señor nuestras oraciones, y a través de ella recibimos nosotros las gracias que el Señor nos otorga. Quizá un día no muy lejano, podamos ver este atributo de la Virgen como doctrina de fe, formando el quinto y último dogma mariano.

De la misma manera que María está atenta a lo que sucede en las Bodas, lo está también de todo aquello que se refiere a nosotros, que somos sus hijos. Alegrías, penas, sufrimientos, desánimos, enfermedades y problemas de todas clases, no pasan desapercibidos para sus ojos de madre. Por eso continuamente vuelve su mirada hacia su Hijo para decirle: «No les queda vino». No les queda alegría. Ayúdales.

Por otra parte, también se dirige a nosotros mostrándonos a Aquel que tiene poder de librarnos de nuestros enemigos, y en particular del maligno, que hace todo lo posible para amargarnos la vida. Nos invita a mirar a su Hijo, que es Señor de todo lo que nos oprime y de todo lo que nos domina, de todo aquello que supera nuestras fuerzas y nos hace infelices. Disgustos familiares, falta de trabajo y de recursos para mantener a la familia. Odios, egoísmo, carácter violento, vicios ocultos que nos humillan… Ella sabe quién pude ayudarnos, quién puede hacer que recuperemos la paz interior. Por eso, como a los sirvientes de las Bodas de Caná, nos dice hoy: «Haced lo que Él diga».

Como ya hemos dicho, María es el camino seguro para llegar al Señor Jesús. Nada que ella pida le será negado. Las entrañas de María que llevaron al Señor son también para nosotros entrañas de madre, porque compartimos con Jesús su maternidad. Tengamos la certeza de que los mismos cuidados que ella prodigó a su Hijo, los tendrá para con nosotros. Por eso, hagamos como dice el evangelio que hizo Juan al pie de la Cruz: «Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» 


 


 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR  -C-

«TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO »

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Lc 3, 15-16.21-22

La Iglesia celebra hoy la Fiesta del Bautismo del Señor. Es el colofón que cierra el tiempo de Navidad. A partir de este mismo lunes, la liturgia volverá a lo que llamamos Tiempo Ordinario.

El Bautismo supone para la figura de Jesús de Nazaret, el fin de su vida oculta, de su vida privada, y el inicio de su vida pública. Jesús ha estado durante unos treinta años viviendo una vida semejante a la nuestra. Se ha ido desarrollando tanto en el aspecto físico, como en el espiritual. Han sido años en los que las enseñanzas de María y de José, y también aquellas recibidas en la sinagoga cada sábado, le han ido descubriendo y a la vez afianzando en el convencimiento de su condición divina. Esto que acabamos de afirmar no debe escandalizarnos. Aquel que nación en Belén y creció hasta la edad adulta en Nazaret, sin duda era Dios, pero esa condición divina estaba por completo velada. Fue tal el anonadamiento de la Segunda Persona de la Trinidad, que en su condición humana llegó al extremo de ignorar su categoría de Dios. Fueron los acontecimientos que fue viviendo, los que interpretados a la luz de las Escrituras, le llevaron al descubrimiento de su condición divina.

Hoy vemos a Jesús dispuesto a iniciar su vida pública para llevar a cabo la misión que el Padre le ha encomendado. Para esto se acerca al Jordán, donde Juan, su pariente, está administrando un bautismo de penitencia que prepare, precisamente, su venida. San Lucas nos narra este hecho diciendo que Jesús se bautizó en un bautismo general, y que mientras oraba se abrió el cielo y el Espíritu Santo se posó sobre él en forma de paloma, mientras se oía la voz del Padre que decía: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».

Este pasaje del Bautismo del Señor tiene para nuestra vida una significativa importancia. Nos hace presente nuestro propio bautismo. Nuestro paso por el Jordán tuvo lugar, para la mayoría de nosotros, en nuestra niñez. No fuimos nosotros los que elegimos, sino que fueron nuestros padres lo que decidieron que fuéramos  incorporados a la Iglesia de Jesucristo.

Entre nuestro bautismo y el de Jesucristo, hubo sin embargo, una diferencia sustancial. El Señor fue bautizado de adulto, después de haber vivido durante treinta años su particular catecumenado, o tiempo de preparación al Bautismo. Él, había llegado ya a la edad adulta en la fe. En nuestro caso se dispuso que nuestro catecumenado fuera un catecumenado postbautismal. Dicho de otra forma: que nuestro crecimiento particular en la fe, se fuera desarrollando poco a poco a través de los años.

Ese crecimiento todavía hoy sigue en marcha, porque constatamos que la mayoría no hemos llegado a la edad adulta en la fe. A aquella fe que da como frutos el amor a Dios por encima del dinero y de la familia, y el amor al prójimo hasta el extremo de perdonar de corazón a nuestros enemigos, a aquellos que buscan con todas sus fuerzas hacernos daño.

Para que nuestra débil fe se desarrolle y crezca, es necesario tener el oído abierto a la Palabra de Dios y a la predicación de la Iglesia, porque son los únicos medios capaces para hacer que nuestra fe se acreciente.

El Señor nos llama a ser otros cristos. A hacerle presente ante los demás mediante nuestra vida. Quiere que las palabras que ha pronunciado el Padre: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto», resuenen, hoy, para cada uno de nosotros.

 

 

 


 


 

DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

«VINO A SU CASA Y LOS SUYOS NO LA RECIBIERON»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 24, 1-2.8-12 * Ef 1, 3-6. 15-18 * Jn 1, 1-18

Para este segundo domingo de Navidad, la Iglesia ha elegido el principio del evangelio según san Juan. En él se nos muestra como toda la creación ha tenido como origen a la Palabra. La Palabra de Dios es totalmente distinta de la nuestra. Nuestra palabra está formada por sonidos fruto de las vibraciones del aire, por lo que no contiene en sí misma ninguna clase de materia. Por el contrario, la Palabra de Dios tiene tal entidad, tal potencia, que ella misma engendra una nueva persona. Esa nueva persona es el Hijo.

La Palabra, nos dice san Juan, estaba junto a Dios desde toda la eternidad, y ella fue el origen de todo cuanto existe, de todo lo creado. Ella vino como luz que destruye las tinieblas, para alumbrar el camino de los hombres. Sin embargo, ellos la rechazaron, porque, como dice san Juan en otra parte de su evangelio, los hombres amaron más  las tinieblas que la luz, porque ella ponía de manifiesto que sus obras no eran buenas.

La Palabra vino al mundo que había sido hecho por ella, pero el mundo no la conoció. «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Sin embargo, «a aquellos que la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». ¿A quién se refiere san Juan cuando dice «Vino a su casa y los suyos no la recibieron»? Sin duda hace referencia al pueblo escogido, que, en su día, no reconoció al Señor como Mesías. Sin embargo, no debemos pensar por ello que esta palabra es ajena a nuestra vida. Esta historia se repite en cada generación. Por eso es importante que analicemos cuál es nuestra situación dentro de ella. ¿Somos de los que amamos más las tinieblas, para que nuestras faltas y pecados no queden al descubierto, o por el contrario abrimos el corazón a la Palabra, porque somos conscientes de que solo ella puede darnos la vida?

La Palabra dice que a aquellos que la reciben, a aquellos que creen en su poder salvador, les otorga la condición de ser hijos de Dios. ¿Somos conscientes de lo que esto significa? ¿Que tú y yo, miserables pecadores, que si algo merecemos es la condenación, por el hecho de creer sinceramente en el poder, eso significa nombre,  del Señor, nos veamos elevados a la categoría de hijos de Dios? Dios no nos exige nada a cambio. Su regalo es gratuito porque es fruto de su amor, es el fruto que pone al descubierto sus entrañas de misericordia hacia ti y hacia mí, que somos pecadores y nada merecemos.

San Juan sigue diciendo: «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria…». La Palabra, el Señor Jesús, no solo se limitó a darnos la vida al crearnos, sino que puso de manifiesto su inmenso amor hacia nosotros, haciéndose con nosotros uno de tantos. Quiso dar a Dios un rostro humano, para que no tuviéramos que imaginarnos cómo era. Su amor le hizo anonadarse hasta el extremo, renunciando en cierta manera a su condición de Dios, para vivir como tú y como yo. Quiso participar totalmente de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, de nuestros fracasos y de nuestras alegrías. Quiso por tanto, que nada de lo humano fuera ajeno para él. Solo en un aspecto fue distinto a nosotros, no compartió con nosotros nuestra condición pecadora. Sin embargo, su locura por ti y por mí, le hizo cargar con nuestros pecados, hasta el punto que el veneno que almacenaban, le destruyese por completo y le llevara a la  muerte.