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LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA

Este segundo domingo de Pascua, por deseo de Juan Pablo II, nos hace presente de un modo singular la Misericordia de Dios. De ahí que él quiso que se denominara Domingo de la Divina Misericordia.

Nos encontramos celebrando durante este año por deseo del Papa Francisco, el Jubileo de la Misericordia. Estos dos pontífices han querido poner por encima de todos los atributos de Dios, su misericordia entrañable, su amor hacia todos aquellos que, como nosotros, nos apartamos de Él, buscando la felicidad en las cosas del mundo.

Hemos tenido ocasión de bucear en el corazón de Dios a través de la Parábola de Hijo Pródigo, y del pasaje de la mujer adúltera. En los dos casos, el Señor ha dejado claro que por encima de la ley está su misericordia. Es una suerte para nosotros tener un Dios así. De lo contrario ni para ti ni para mí, habría salvación posible.

Dios nos ama tiernamente. Su corazón es como el de una madre siempre dispuesta a dar la vida por su hijo. Cuando Dios observa nuestra conducta errada nunca piensa en el castigo. Hablando en lenguaje humano diríamos que Dios sufre por nuestras veleidades. Le sabe mal vernos padecer por habernos apartado de Él. Él, como buen Padre, aborrece todo aquello que nos hace sufrir, es decir aborrece el pecado que nos trae sufrimiento e infelicidad.

Dios, dice la Escritura, no hace acepción de personas, pero le ocurre algo parecido a nosotros. Nosotros, como padres, no nos preocupamos demasiado de los hijos dóciles que no nos producen problemas. Sin embargo tenemos puesta nuestra mirada en aquellos que son más rebeldes. Aquellos que se ponen en peligros más graves, nos preocupan mucho más. Dios ama a todos por igual. Sin embargo, haciendo un símil con la forma de comportarse de un padre en la tierra, tiene sus ojos puestos de un modo especial, en aquellos de nosotros que andamos más errados. Él, sin duda, amaba al hijo mayor de la parábola, pero su corazón estaba lejos acompañando a aquel hijo rebelde, que sufría por haberse apartado de su lado.

El amor de Dios, su misericordia por cada uno de nosotros, alcanza su culmen cuando decide, como dice la liturgia, entregar al Hijo a la muerte, para salvar al esclavo. Si Dios no ha dudado en entregar la vida de su Hijo por ti y por mí, ¿cómo podemos pensar que quiera castigarnos condenándonos para toda la eternidad? Eso es del todo imposible. Lo que ocurre es que nuestra necedad llega a tal extremo, que usando mal nuestra libertad, elegimos la condenación eterna en lugar de la salvación. Pero ten seguro que eso ocurre contra la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven.

 

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

«PAZ A VOSOTROS...  RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 5, 12-16 * Ap 1, 9-11a.12-13.17-19 * Jn 20, 19-31 

El evangelio de hoy nos sitúa en la tarde del domingo de la Resurrección del Señor. Los discípulos están reunidos en una casa, probablemente en el Cenáculo, con las puertas cerradas. Están conmocionados por todos los acontecimientos que han vivido en los días anteriores y tienen miedo a los judíos.

Aunque las mujeres y María Magdalena afirman haber visto al Señor Resucitado, el resto de discípulos no acaban de dar crédito a esta noticia. De repente, y sin necesidad de abrir ninguna puerta, aparece Jesús en medio y les saluda diciendo: «Paz a vosotros». A continuación les muestra sus manos y el costado como muestra de que efectivamente se trata de él. Ellos, dice el evangelista, se llenan de alegría al ver al Señor. Éste repite de nuevo su saludo: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Exhala su aliento sobre ellos y prosigue diciendo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Queremos destacar de este pasaje la actitud que adopta el Señor Jesús respecto a sus discípulos. De ocupar su lugar, con toda seguridad nuestra reacción hubiera sido totalmente distinta.  No hubiéramos resistido echarles en cara su cobardía al haberlo abandonado, sin intentar siquiera defenderlo ante los judíos. Pedro, el gran amigo, no se ha ruborizado al negar que le conocía, ante una simple criada. El resto, han huido como ratas cuando está a punto de hundirse el barco. Solo su Madre, unas cuantas mujeres y Juan han, estado con él al pie de la cruz.

Por suerte para los discípulos y también para nosotros, la actitud del Señor es totalmente distinta. En su corazón no cabe la revancha. Su corazón todo misericordia, se pone en el lugar de aquellos pobres hombres y comprende que el miedo ha podido más que el amor. Por eso, no les reprocha nada. Al contrario, les da el regalo del Espíritu Santo, haciéndoles partícipes de un don que es exclusivo de Dios: el perdón de los pecados. Deja en sus manos atar y desatar, perdonar y retener. ¡Podemos imaginar amor más grande!

Tú y yo, que nos llamamos cristianos, tenemos la misión de hacer presente en este mundo el perdón de Dios. ¿Cómo se enterarán tus familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, e incluso tus enemigos de que Dios les perdona? Si tú, que te llamas discípulo de Aquel que es todo misericordia, usas con ellos de misericordia, y en vez de exigirles les perdonas de corazón. Como ves, grande es nuestra responsabilidad. El Señor quiere que a través de nosotros hagamos visible su perdón, a aquellos que nos rodean. Nada podemos objetar a esta voluntad del Señor, porque hemos sido testigos una y mil veces de la misericordia que Él ha tenido de nosotros, cada vez que hemos pecado. Si el Señor te ha perdonado, haz tú lo mismo.

En la segunda parte del evangelio, san Juan nos dice que en esta primera aparición del Señor faltaba uno de los apóstoles, Tomás, que se niega a aceptar el testimonio de sus compañeros cuando le dicen que han visto al Señor resucitado.

Ocho días después vuelve a visitarles Jesús estando Tomás entre ellos. Tampoco hay para el incrédulo ningún reproche. El Señor le muestra sus manos y su costado con las señales de los clavos y la lanzada. Tomás exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dice: «¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Alegrémonos porque, sin duda, el Señor estaba pensando en nosotros y en tantos otros que han seguido sus huellas, sin haberle visto personalmente.

 

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«NO ESTÁ AQUÍ: HA RESUCITADO COMO HABÍA DICHO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

Después de la larga Cuaresma, al fin vamos a celebrar el acontecimiento primordial de nuestra vida de fe: la Resurrección del Señor Jesús. Este hecho es de tal magnitud para nuestra vida y para la de toda la Iglesia, que de no haber ocurrido, nuestra fe sería vana y la Iglesia no existiría.

La resurrección del Señor es el acontecimiento central de toda la historia de salvación. El hombre, sumergido en el pecado del orgullo desde los inicios, estaba condenado a vivir separado de Dios por toda la eternidad. Pero Dios no podía consentir que el engaño del maligno diera al traste con todo el plan que Él, amorosamente, había diseñado para el hombre. Era necesario sacarnos de la muerte en la que nos había sumido nuestra necedad. No era suficiente el perdón que como buen Padre ya nos había otorgado. Era necesario acabar con el veneno del pecado que nos conducía a la muerte. La muerte se había enseñoreado de la creación y era necesario que alguien con un poder superior al suyo nos arrancara de sus garras. Para destruir la muerte, era necesario que alguien con poder penetrara en ella, para después poder salir vencedor de la misma.

Ningún ser de la creación ostentaba ese poder. Solo Dios podía llevar adelante esta obra. Por eso, contra toda lógica y sin que existiera explicación posible, Dios-Padre decidió enviar al mundo a su Hijo para que revestido con una carne igual a la tuya y a la mía, asumiera la condición humana y con ella todo lo que es inherente a la misma incluida la muerte. Hombre como tú y como yo, saboreó penas, alegrías, enfermedades, sufrimientos y todas las necesidades vitales. Sólo en un aspecto fue distinto a nosotros, Él, no pudo en modo alguno caer en el pecado.

Su misión en esta tierra no fue otra que anunciarnos por el derecho y por el revés, el amor incondicional de Dios hacia ti y hacia mí que, empecatados hasta el extremo, no teníamos salvación alguna. Y Él, a pesar de nuestra condición pecadora, nos amó y, como dice san Juan, nos amó hasta el extremo. Absorbió en su cuerpo como en una esponja el veneno que nos mataba. Puso su cuerpo como cebo para que la muerte se ensañara en Él, sin darse cuenta que destruyendo aquella vida se destruía a sí misma. Luego, y después de permanecer tres días en el sepulcro, como dice san Pablo, resucitó para nuestra justificación.

Si tú y yo hoy podemos vivir, si podemos experimentar en nuestro ser el amor de Dios que es lo único que da vida y proporciona la auténtica felicidad, es porque el Señor Jesús nos ha sacado del dominio de la muerte, haciéndonos partícipes de su vida como resucitado.

Nuestra vida unida a la de Cristo se ve libre por completo de los lazos de la muerte. Hemos resucitado con Cristo y somos criaturas nuevas. Sin embargo, nunca nos veremos libres por completo del pecado, porque nuestro hombre viejo, nuestro hombre de pecado, no ha sido destruido por completo y cada día nos presentará sus exigencias. Tú, no temas. Tus pecados de ayer, los de hoy y aquellos en los que caerás mañana, están clavados en la Cruz del Señor. Tu factura está saldada. Sólo es necesario que no dudes nunca de su misericordia, y que con humildad reconozcas que, aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se te presenta.

Vivir unidos a Cristo Resucitado es para nosotros garantía de poder amar a nuestros enemigos, de poder perdonar a los que nos ofenden y de poder tener misericordia con los que se equivocan, porque también Dios-Padre ha tenido y tiene misericordia de nosotros en el Cruz de su Hijo Jesús.

 


 


DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14-23—23,56

Estamos terminando la Cuaresma. Con este domingo se abre para nosotros la Semana Grande o Semana Mayor. En ella no solo tenemos que ser espectadores de la gran epopeya de nuestra salvación, sino que necesitamos vernos implicados en ella, siendo testigos del inmenso amor y caridad del Señor y su gran misericordia, no solo hacia nosotros, sino hacia todos los hombres por los que entrega su vida.

El Señor Jesús había dicho: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén», por eso hoy lo vemos dirigiéndose desde Betania a Jerusalén, dispuesto a llevar a cabo la misión que el Padre le ha encomendado. Llega montado en un pollino para que se cumpla lo que dijo el profeta Zacarías: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila». El Señor sabe que el camino que lleva a la resurrección, pasa necesariamente por el sufrimiento y la muerte. Él, como ya dijo en otro momento, ha venido a asumir una hora, y su corazón misericordioso no cejará hasta ver en su muerte, destruida a la muerte que cada día nos atenaza y nos hace sufrir.

Es por ti y por mí, por los que está dispuesto a arrostrar los enormes sufrimientos que va a padecer en los días que se aproximan. Para que tú y yo nos veamos libres de los pecados que nos conducen irremediablemente a la muerte, está dispuesto a hacer suyos esos pecados y el castigo que conllevan.

En la primera lectura de la misa de hoy, el profeta Isaías, ochocientos años ante de Jesucristo, nos narra con una clarividencia total, los sufrimientos que el Siervo de Yahvé, que nos es otro que el Señor Jesús, tiene que arrostrar para lograr nuestra salvación. Él viene a dar una palabra de aliento a los pobres y abatidos que somos tú y yo, que cargados de pecados nos encontramos sin fuerzas. Él, dirá Isaías, por ti y por mí se deja golpear, recibe en su rostro insultos y salivazos y se entrega por completo a la muerte.

También nosotros, discípulos del Señor, caminamos hacia Jerusalén con Él. Él, para mostrarnos hasta dónde llega su amor se dejará clavar los brazos a la cruz, para que estén de continuo abiertos hacia nosotros, mostrándonos hasta dónde llega su amor y su misericordia. Son los brazos del Padre del Hijo Pródigo siempre abiertos para recibirnos, cuando conscientes de nuestro desvarío volvemos nuestros rostro hacia Él.

Su voluntad es que nuestra existencia como discípulos, sea una vida en la que también los demás, en particular aquellos que viven su vida lejos de Él, encuentren siempre nuestros brazos abiertos dispuestos a perdonar. Si hemos experimentado el perdón de Dios, ese perdón ha de llegar a través de nosotros a todos los demás. Somos nosotros los que encarnando ahora al Hijo de Dios, hemos de hacer llegar su amor a los que viven alejados. De esta manera haremos que su sacrificio, que su muerte en Cruz y la victoria de su resurrección, alcance a aquellos que no lo conocen o que han elegido vivir su vida lejos de él.

En esta misión no estamos solos. Cristo ha dicho por boca del profeta Isaías: «Mi Señor me ayudaba». También nosotros necesitamos esa ayuda. Sin ella no podrás sufrir lo más mínimo por tu mujer, por tus hijos, tus padres, tus vecinos o tus compañeros de trabajo. No podrás soportar estar en el paro o cargar con esa enfermedad que te produce tanto sufrimiento. Para cargar con estas cruces necesitamos un Cirineo, necesitamos al Señor Jesús para que nos haga caminar por encima de estos sufrimientos,  de estas muertes, contra las que nosotros no podemos luchar con solo nuestras fuerzas. 

 

 


 

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA  -C-

... TAMPOCO YO TE CONDENO. ANDA Y NO PEQUES MÁS

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11

La Iglesia en estos domingos de Cuaresma nos está ofreciendo unos evangelios que son un verdadero bálsamo para nuestra vida de fe. Tenemos la tendencia de reducir nuestra relación con Dios al hecho de cumplir o no cumplir la ley. Tenemos grabado a fuego por la educación recibida, en particular los que somos mayores, la convicción de que la salvación es fruto de nuestro esfuerzo. Para salvarte, pensamos, es necesario cumplir la ley, y aquel que no lo haga tendrá que dar cumplida cuenta a Dios en el momento del juicio.

Esta manera de pensar es errónea. No es cierto que el premio de nuestro esfuerzo por cumplir la ley, sea lograr la salvación personal. Si tú y yo nos salvamos es por pura gracia de Dios, y cuando digo gracia, quiero decir regalo. Es la misericordia de Dios que desborda por completo su corazón, la que otorga la salvación a personas como tú y como yo, que no tienen salvación.

Para ratificar todo lo que estamos afirmando, la Iglesia nos presentó la semana pasada la parábola del Hijo Pródigo. Una parábola que, a nuestro entender, tiene un título no demasiado acertado, porque aunque nos presenta la figura del hijo, lo que el Señor Jesús quería resaltar en ella era la figura del Padre, verdadero protagonista que nos muestra su corazón derramando abundante misericordia sobre los dos hijos. Vimos en la parábola que no hubo ninguna exigencia del padre hacia el hijo, todo lo contrario, lo que hubo fue una sobreabundancia de amor que anuló por completo al pecado.

Hoy vemos al Señor Jesús ante una mujer sorprendida en adulterio. Pecado gravísimo que se pagaba con la muerte por lapidación. Son los escribas y fariseos los que, erigiéndose como jueces, quieren arrancar del Señor la condena que aquella pobre mujer merece por su pecado. Sin embargo, el Señor, que lee los corazones, conoce muy bien a aquellos que acusan a la mujer. Por eso, se limita a decirles: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». El evangelista nos cuenta que poco a poco se van escabullendo empezando por los más viejos, hasta dejar a la mujer sola ante el Señor. «¿Nadie te ha condenado? le pregunta. Nadie, Señor, responde ella. Tampoco yo te condeno, dice Jesús. Anda, y en adelante no peques más».

Ahora podemos preguntarnos, ¿qué lugar ocupo yo, el de los escribas y fariseos o el de la mujer pecadora? Si somos sinceros nos identificaremos, seguramente, con los primeros. Veamos, si no. ¿Cuántas veces te has escandalizado al escuchar noticias sobre abusos a menores, o sobre políticos corruptos o terroristas que mata sin discriminación a personas inocentes? ¿Qué ha nacido de tu interior, la misericordia y el perdón o aplicar la ley y hacer justicia? En estos casos y en otros semejantes, únicamente vemos personas malvadas a las que hay que corregir. Los ojos del Señor, sin embargo, no ven lo mismo. Ven a personas pobres y miserables, dominadas por el odio y el egoísmo o esclavas de sus bajas pasiones, que no son capaces de otra cosa que de hacer el mal. Personas que quizá nunca se han sentido amadas de verdad. Nosotros las miramos con ojos justicieros, mientras que el Señor los mira con ojos de misericordia.

Si tú y yo, que nos confesamos cristianos, discípulos de Cristo, no somos capaces de amarles y perdonarles, ¿quién lo hará por nosotros? No podemos condenarles sin más. No hemos de tener miedo de pasarnos a la hora de tener misericordia. Cuando al padre Leopoldo Mandic, santo capuchino canonizado por Juan Pablo II que dedicó su vida al ministerio de la reconciliación, le acusaban de ser muy permisivo, respondía: «Si el Crucificado me reprochara que soy de manga ancha, le diría: «Ese mal ejemplo me lo has enseñado tú». ¿Se puede pecar por exceso de misericordia?»

No olvidemos las palabras del Señor: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros». Si el Señor te ama y te perdona sin condiciones, con su ayuda, haz tú lo mismo.

 


 


DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

«PADRE, HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI»

 

CITAS BÍBLICAS:  Jos 5, 9a.10-12 * 2Cor 5, 17-21 * Lc 15, 1-3.11-32

Durante todo el presente año estamos celebrando el Jubileo de la Misericordia. El Papa Francisco al proclamar este año jubilar extraordinario, ha querido dejar al descubierto el interior del corazón de Dios. Si la esencia Dios es el amor, como dice san Juan, el corazón de ese amor es la misericordia.                                                                                                  

Iniciamos el comentario del evangelio de este domingo con esta introducción, porque la palabra que pone la Iglesia a nuestra consideración, es aquella en la que queda al descubierto de manera eminente, la forma de actuar de nuestro Padre-Dios, ante las infidelidades y desplantes que nosotros cometemos con él, haciendo mal uso del don más preciado que, después de la vida, hemos recibido de sus manos: la libertad.

Vamos a intentar ver cómo actúa Dios cuando nosotros, que somos hijos pródigos, decidimos separarnos de Él. El padre de la parábola, cuando el hijo le ha exigido la parte de la herencia que según él le corresponde, no ha puesto ninguna objeción. Estaba en su derecho decirle que ya se la daría más adelante, sin embargo no lo hace así. Aún a sabiendas de que el hijo no va a saber administrar sus bienes, sino que va a dilapidarlos, le entrega sin más la parte correspondiente.

También a nosotros nos ha entregado el Señor multitud de bienes, y entre ellos, como ya hemos dicho, nos ha dado la libertad. Él sabe de antemano que nosotros, siguiendo nuestras bajas pasiones y la necedad propia de los ignorantes, vamos a utilizar mal estos bienes. Sin embargo no quiere violentar nuestra libertad y quiere al mismo tiempo aprovechar nuestra actuación, para dejar al descubierto sus entrañas de misericordia.

¿Qué hace el Padre del Hijo Pródigo mientras él, lejos de la casa paterna, dilapida todos sus bienes? Espera, más que con paciencia, con impaciencia su regreso. Podemos verle subir cada día a la azotea de la casa para mirar con ansiedad el camino, esperando vislumbrar a lo lejos la figura del hijo que regresa. Y cuando esto sucede, no le espera a la puerta de la casa. Se lanza corriendo por el camino para abrazar y llenar de besos a aquel hijo que tanto le ha hecho sufrir. No atiende a sus excusas y ni pide explicaciones. Es feliz, y lo que verdaderamente le importa es volver a tenerlo en sus brazos.

¿Nos hemos parado a pensar en alguna ocasión que ese hijo pródigo somos tú y yo? ¿Somos conscientes de la misericordia que siente hacia nosotros nuestro Padre-Dios, que espera con ansiedad nuestro regreso, cuando haciendo mal uso de nuestra libertad buscamos la vida en los ídolos que nos ofrece el mundo? Abandonamos la fuente de agua viva, para saciar nuestra sed, como dice el profeta, en cisternas agrietadas que no son capaces de retener el agua.

El Señor, lejos de condenar nuestra actuación, lejos de querer castigarnos,  se muestra en todo momento compasivo y misericordioso. Él conoce de qué materia estamos hechos. Sabe que nos hizo de barro, y, como el padre de la parábola, mantiene constantemente su brazos abiertos para estrecharnos contra su corazón, si nosotros, después de experimentar lo mal que se vive fuera de su casa, regresamos a Él pidiéndole perdón.

Finalmente, es importante vivir alerta para no adoptar la postura del hijo mayor. Que no se nos ocurra juzgar sin compasión a los demás. No nos creamos poseedores de la verdad por estar en la Iglesia. Aprendamos a disfrutar de los bienes del Señor. No vivamos encorsetados por la ley como el hijo mayor. La ley no salva de nada, solo sirve para condenar. Lo que verdaderamente salva es la misericordia, el amor y el perdón hacia quien se equivoca y nos ofende. Dios te ama y te perdona sin límites. Haz tú lo mismo con los demás, ayudado por su gracia. 

 


 

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

DOMINGO III DE CUARESMA  -C-

«SI NO OS CONVERTÍS, TODOS PERECERÉIS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 3, 1-8a.13-15 * 1Cor 10, 1-6.10-12 * Lc 3, 1-9

Con frecuencia, los creyentes, podemos caer en la tentación de juzgar a aquellos que según nuestra manera de pensar no obran bien, ya sea en el terreno de la política, del trabajo o de las relaciones familiares. Nos creemos poseedores de la verdad, y desde nuestra atalaya nos tomamos la libertad de enjuiciar todo aquello que no se acomoda a nuestro criterio.

Por el hecho de pertenecer a la Iglesia y de ser practicantes, creemos tener derecho a opinar sobre el comportamiento de los demás. Pensamos, quizá, que somos mejores y que nunca caeríamos en los fallos en los que ellos caen. Ésta es precisamente la actitud de los que hoy, en el evangelio, van a contar a Jesús lo que Pilato ha hecho con unos galileos cuya sangre ha mezclado con la de sus sacrificios. La respuesta del Señor no puede ser más clara: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás?...¿Piensas tú que eres mucho mejor que esos a los que criticas? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo».

¿Qué conversión es la que el Señor nos pide? La de reconocer nuestra limitación y nuestra realidad de pecado. Si estamos en la Iglesia es por pura misericordia de Dios. Ningún mérito tenemos por nuestra parte. Esos a los que criticamos, seguramente, hubieran respondido mejor que nosotros a la llamada del Señor, si Él les hubiera llamado. Si todo lo que tenemos lo hemos recibido de manos del Señor gratuitamente, ¿a qué viene presumir o vanagloriarnos?

El Señor Jesús, a continuación, como una llamada a conversión, les expone la siguiente parábola: Un propietario tenía plantada una higuera en su viña. Durante tres años había acudido a buscar fruto sin obtenerlo. Cansado, ordena al viñador que la corte, pero éste le responde: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que vine la cortarás».

Lo primero que tenemos que advertir es que esta parábola no va dirigida a la gente del mundo. Va dirigida a aquellos que vivimos nuestra vida de fe en la Iglesia. El Señor, cuando nos llamó, puso en nuestras manos una importante misión: quería que a través de nosotros, aquellos que viven alejados de su Iglesia, llegaran a conocerlo. ¿Cómo? podemos preguntarnos. Es muy sencillo. Si tú y yo, que somos pecadores, que somos egoístas, que no nos gusta que nos molesten… somos capaces de perdonar, de ayudar a los que conviven con nosotros, de compartir los bienes que tenemos con los necesitados, etc., sin duda, los que lo vean dirán: “No es posible. Yo conozco bien a ese, y sé que no es capaz de abrir la mano, ni pegándole con un martillo en el codo”.  Por eso, nuestro comportamiento le remitirá a Aquel que ha transformado nuestra manera ser radicalmente. Dice el evangelio: «Para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo».

¿Cuántas veces se habrá acercado el Señor a nuestra vida buscando frutos? Seguramente muchas, más de tres. ¿Y qué ha encontrado? Egoísmo, vanidad, rencor, chismorreos, críticas y juicios. Esos son nuestros frutos las más de las veces. Nuestra suerte es que el Señor tiene con nosotros mucha más paciencia que el propietario de la higuera, y no se cansa de enviarnos acontecimientos y gracias para que nosotros volviendo la mirada hacia Él, nos convirtamos.

Hasta tal punto llega su paciencia y su misericordia, que se conforma con que nosotros reconozcamos nuestra nulidad y nuestra incapacidad para hacer el bien, y le pidamos ayuda: “Señor, haz tú en mí lo que yo no puedo hacer, a pesar de que lo deseo”.  

 


LA MISERICORDIA DE DIOS Y LA SALVACIÓN

LA MISERICORDIA DE DIOS Y LA SALVACIÓN

LA MISERICORDIA DE DIOS Y LA SALVACIÓN

 

Según san Pablo es voluntad de Dios que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Por la educación que hemos recibido, en particular las personas mayores, tenemos un concepto distorsionado del hecho de nuestra salvación. Hemos recibido una educación que ha puesto desde siempre el acento en nuestro propio esfuerzo. Éramos nosotros los que a base de esforzarnos teníamos que lograr salvarnos.

Con esta manera de pensar, lo que debería ser una virtud, el santo temor de Dios, lo hemos transformado en miedo a Dios. Esta actitud es radicalmente opuesta a lo que el Señor desea de nosotros. Si trasladamos nuestra relación con Dios, a la relación humana de un padre con su hijo, comprenderemos lo absurdo que sería que un hijo sintiera pánico o sintiera miedo ante la presencia de su padre. Pues, exactamente esa es la sensación que tiene el Señor cuando nosotros en vez de dirigirnos a él como Padre, sólo tememos su reprensión o castigo.

El amor es misma esencia de Dios. Nosotros, podemos preguntarnos ¿cuál es la manifestación más eminente de ese amor? Sin duda alguna, la misericordia. Dios tiene corazón de padre y entrañas de madre. Ama a su criatura, a ti y a mí, con una intensidad rayana en la locura. Nada de lo que nosotros hagamos le es indiferente. Nada de lo que nosotros hagamos puede provocar en Él ningún escándalo. Dice el salmo 32: «Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones».

Si esto es así, ¿cómo puedo pensar, ni remotamente, que Dios desee castigarme? Me hizo libre para que le ame libremente, y al mismo tiempo lo hizo con la certeza de que usando mal mi libertad le sería infiel. Así se comprenden las palabras de san Pablo en la epístola a los Romanos: «Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia». No me hizo pecador, pero dándome la libertad tenía la certeza de que caería en los lazos del pecado, y de esta forma podría mostrarme su misericordia, perdonando sin límite todas mis faltas.

El hecho de nuestra salvación es pura misericordia de Dios. Nada hemos hecho y nada es posible hacer para merecerla. Ningún mérito tenemos ni podemos presentar. No depende de nosotros. Los únicos méritos que podemos aplicarnos, son los que ha ganado para nosotros el Señor Jesús, muriendo en la Cruz y resucitando para nuestra justificación.

Llegados a este punto podemos preguntarnos: Si esto es así, ¿dónde queda la condenación? La respuesta es evidente. El infierno existe y por lo tanto la condenación es posible. Sin embargo, también es cierto que Dios no condena a nadie. Dios, como buen padre, aconseja y reprende a sus hijos. Lo hace porque les ama y porque desea su salvación, pero nunca lo hace hasta el extremo de forzar su voluntad. Somos tú y yo los que voluntariamente elegimos la condenación. La condenación es la máxima expresión de nuestra libertad, y al mismo tiempo es expresión del amor de Dios, que de ningún modo violentará jamás nuestra libertad.

Llegados a este punto podríamos preguntarnos a qué salvación nos estamos refiriendo, sin duda a la salvación final, a la del último día. Sin embargo hay que tener en cuenta que existe otra salvación, la del día a día. De ésta, hablaremos D. m. en otra ocasión.