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SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -C-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO  -C-

«TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Gén 14, 18-20 * 1Cor 11, 13-26 * Lc 9, 11b-17

Después de celebrar el misterio de la Stma. Trinidad, la Iglesia trae a nuestra consideración un acontecimiento primordial para nuestra vida de fe. Muchos fueron los milagros que llevó a cabo el Señor Jesús durante su vida mortal, sin embargo ninguno de ellos puede compararse al que hoy nos hace presente la liturgia.

San Juan nos dice en su evangelio: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo  amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Nosotros podemos preguntarnos ¿cómo amó el Señor hasta el extremo a los suyos? Dos son fundamentalmente las pruebas que nos dio de su inmenso amor. En primer lugar, el hecho de entregarse a la muerte cargando con la cruz y sufriendo una pasión ignominiosa, para librarnos a nosotros de las consecuencias de nuestro pecado, es sin duda prueba fehaciente de hasta qué punto nos amaba.

Otra prueba inmensa de su amor podemos constatarla en el hecho de querer quedarse entre nosotros, bajo las especies de pan y vino. Él sabía que su partida era inminente, sin embargo, deseaba al mismo tiempo permanecer en medio de nosotros. Se resistía a dejar a su esposa, la Iglesia, sola en el mundo. Por eso, en la Última Cena, lleva a cabo el mayor milagro de todos los que realizó en su vida pública. Un milagro de tal dimensión, que supera con mucho al que llevó a cabo el Padre, cuando creó el universo. Hizo que aquel pan que tenía en la mano y que aquel vino que llenaba su copa, se convirtieran por su poder en su propia Carne y Sangre.

El Señor había dicho en la sinagoga de Cafarnaúm: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.  El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día». Hoy hace posible que nosotros, pecadores que no merecemos nada, podamos alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre. Quiere hacerlo porque está al corriente de nuestra debilidad. Sabe que somos incapaces de seguirle con solo nuestras fuerzas, por eso se convierte para nosotros en alimento de vida.

Estamos llamados por nuestra vocación cristiana a actualizar la figura y la obra del Señor en esta generación. Él desea hacer de nosotros otros cristos, por eso se nos ofrece como alimento, a fin de que nos vayamos transformando paulatinamente en sus propios miembros.

La Eucaristía se ha venido llamando el Pan  de los Ángeles, pero esta denominación es errónea. A los ángeles no les está permitido alimentarse con este manjar. Tampoco es el Pan de los fuertes. Todo lo contrario, la Eucaristía es el Pan de los débiles, el Pan de aquellos que no pueden, que están sin fuerzas a la hora de la batalla diaria contra el mal. Por eso es en nosotros en quienes pensó el Señor, que cada día palpamos nuestra impotencia para obrar el bien.

Quizá no somos capaces de valorar el inmenso don, la gracia extraordinaria que supone tener en nuestras manos al Hijo de Dios, con su cuerpo y con su sangre cada vez que nos disponemos a comulgar. ¿Qué mérito hemos hecho para que esto sea así? Ninguno. Es el premio que el Señor nos concede por nuestros muchos pecados. Al obrar así, es su deseo que también nosotros, con su poder, hagamos lo mismo por aquellos que nos rodean sin distinción alguna. Es necesario que para su salvación, tú y yo, nos dejemos comer por ellos. Esta es nuestra misión como miembros del Cuerpo de Cristo. Aunque la obra parece imposible, no lo es, porque es el mismo señor Jesús el que la lleva a cabo obrando desde nuestro interior. Dejémosle obrar y comprobaremos que la auténtica felicidad consiste en poderse dar a los demás sin condiciones.  


 

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -C-

«GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPIRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 8, 22-31 * Rm 5, 1-5 * Jn 16, 12-15

 

Acaba de terminar el Tiempo Pascual. Dentro de él hemos sido testigos de cómo se ha llevado a cabo el plan de salvación para el hombre, que Dios había diseñado desde toda la eternidad.

Tres han sido los protagonistas de este plan. En primer lugar, Dios-Padre, que por amor, y en función de aquel a quien estaba destinado, ha creado el universo y en él ha puesto para que lo disfrute y lo domine al hombre hecho a su imagen. En segundo lugar hemos contemplado la figura del Señor Jesús, que en un delirio de amor por el hombre, para salvarle, para librarle de la muerte en que se había precipitado por su insensatez, no duda en anonadarse hasta el extremo y se reviste de carne mortal. Siendo Él el Señor, se entrega a la muerte para librar al esclavo. Finalmente contemplamos al tercer protagonista, el Espíritu Santo, defensor del hombre redimido, cuya misión es consolidar la obra redentora del Hijo haciendo presente en cada momento de la historia, el inmenso amor de Dios hacia su criatura.

A estas tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, celebramos este domingo en el misterio que encierra la misma esencia de Dios: la Santísima Trinidad. Sería inútil pretender profundizar en este misterio. Esta labor la dejamos en manos de los expertos en la materia, aunque tenemos la certeza de que el crecimiento de nuestra fe, no guarda relación directa con los conocimientos que nos ofrecen las teologías, que pretenden bucear en la misma esencia de Dios.

Lo importante para ti y para mí, es tener experiencia de la obra que en nuestra vida llevan a cabo las tres divinas personas. Veamos. Hemos conocido al Padre, en quien creemos como creador, porque así nos lo ha dado a conocer el Señor Jesús que nos ha enseñado a llamarle Padre. También nos ha dado a conocer su misericordia y su paciencia sin límites, ante nuestras rebeldías y pecados.

Conocemos al Señor Jesús, porque obediente al Padre y en un derroche de amor, ha querido hacerse uno de nosotros. Con su encarnación le ha dado a Dios un rostro humano. Ya no es necesario recurrir a nuestra imaginación para saber cuál es el rostro de Dios. Cristo Jesús, Dios-hombre, ha querido hacerse uno de nosotros para conocer de primera mano nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestras luchas y dolores. No contento con esto, y conociendo que el origen de nuestros sufrimientos es la muerte que nos acarrea el pecado, ha cargado con el peso de nuestras culpas que lo han aplastado contra la Cruz. Con su resurrección, la muerte ha sido vencida quedando también rotas para nosotros sus ataduras.

Finalmente, ha sido la presencia del Espíritu Santo la que lleva adelante a la Iglesia fundada por el Señor Jesús. Sin la presencia y acción del Espíritu Santo, la Iglesia no hubiera podido llevar adelante su misión. Los apóstoles y los demás discípulos, a pesar de haber sido testigos de la resurrección del Señor, y de haber convivido con él durante cuarenta días, no pudieron dar testimonio de esa resurrección delante de los demás. El miedo los atenazaba. Fue necesario que el Espíritu en Pentecostés les diera fortaleza y sabiduría, para lanzarse sin temor anunciando por todas partes, que aquel que había colgado de la cruz, estaba vivo, que había resucitado.

Ese mismo Espíritu es el que permaneciendo en la Iglesia la santifica. Es Él, el que hace posible que pecadores como tú y como yo, podamos hacer presente en esta generación a la persona del Señor Jesús. Cuando tú y yo perdonamos al que conscientemente nos hace daño, cuando somos capaces de pedir perdón al que hemos ofendido, cuando compartimos nuestros bienes con los más necesitados, etc., estamos llevando a cabo las mismas obras que hizo el Señor Jesús. Lo estamos haciendo presente. Pero todo esto somos capaces de hacerlo, porque el Espíritu Santo, obra en nuestro interior. Es su fuerza la que nos convierte en otros cristos. Pidamos, pues, cada mañana su asistencia. Que Él con su sabiduría guíe nuestras vidas.   

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23 

Con este domingo damos fin al tiempo Pascual. El Señor Jesús antes de su ascensión al cielo había recomendado insistentemente a sus discípulos, como ya lo vimos en semanas pasadas, que no abandonaran la ciudad hasta que fueran revestidos de la fuerza de lo alto.

El Señor conocía la incapacidad de sus discípulos, para comprender los planes que el Padre había preparado para llevar a cabo la salvación de los hombres. Por eso en un momento dado les dice: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad os llevará a la verdad completa».

El Señor conoce el enorme peso que carga sobre los hombros de sus discípulos. Cuando él ya no esté, serán ellos los que tendrán que llevar adelante su obra. Ellos han de ser testigos delante de la gente de su resurrección y de su ascensión a los cielos, donde está sentado a la derecha de Dios. Sabe que son débiles, que lo van a negar como Pedro y lo van a abandonar a su suerte como el resto. Por eso promete enviarles desde el cielo al Espíritu Santo.

Hasta ahora ha sido el Señor el que ha estado trabajando con sus discípulos para fundar su Iglesia. De ahora en adelante será la presencia del Espíritu Santo, la que la consolide para que cumpla su misión en medio del mundo.

Hemos dicho en muchísimas ocasiones que nuestra misión consiste en hacer presente a los que nos rodean la figura del Señor Jesús. De nosotros depende que lo que viven alejados de la Iglesia sepan que también para ellos murió y resucitó el Señor. Esa es la principal misión que nos dejó como miembros de su Iglesia. Ciertamente, la salvación que nos ganó el Señor Jesús es universal, alcanza a todos los hombres. Sin embargo es necesario que nosotros, como otros cristos, hagamos presente esa salvación en esta generación.

¿Cómo puedo hacer presente esa salvación? te preguntarás. Llevando a cabo las mismas obras que el Señor Jesús realizó en su vida mortal: Amando a los que te hacen daño. Perdonando de corazón a tus enemigos. Haciendo felices a los que te rodean, olvidándote de ti mismo y procurando el bien para aquellos que viven contigo. No haciendo prevalecer tu razón aunque la tengas y compartiendo tus bienes con los que carecen de ellos… resumiendo, amando a los demás como tú te amas, y procurando para ellos todo el bien que deseas para ti.

Ya sé lo que estás pensando: “Eso no puede ser. Eso es imposible”. Si, ciertamente, es imposible, pero es necesario. Es indispensable para que todos conozcan el amor de Dios y la salvación que ha otorgado a todos los hombres en el Señor Jesús. Para eso precisamente nos envía el Padre al Espíritu Santo. Él hará posible aquello que para nosotros es imposible. Será nuestra fuerza en la debilidad. Será consuelo en nuestras luchas y sufrimientos. Será la sabiduría necesaria para poder discernir en cada situación de la vida cuál es la voluntad de Dios. Será nuestra defensa ante las tentaciones del maligno. Será Él, el que desde nuestro interior nos dará el convencimiento de que somos hijos de Dios. Sin su presencia en nuestra vida nada bueno seremos capaces de hacer.

Hagamos, por tanto, nuestra la oración de la Iglesia en la secuencia de este día de Pentecostés. Digámosle de corazón: “Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo y brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos…  Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro… “


DOMINGO VII DE PASCUA - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO VII DE PASCUA - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR -C-

«VOSOTROS SOIS TESTIGOS DE ESTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Lc 24, 46-53

En este séptimo domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión. El Señor, dicen los evangelios, después de Pascua estuvo apareciéndose a sus discípulos durante cuarenta días, mostrándoles cómo la muerte había sido vencida y haciéndoles testigos de su Resurrección.

Deberíamos haber celebrado esta solemnidad el jueves pasado, como se venía haciendo hasta que el jueves de la Ascensión, uno de los tres que relucen más que el sol según el Refranero, dejó de ser día festivo.

San Lucas nos cuenta en el evangelio de hoy, cómo el Señor hace ver a sus discípulos que todo aquello que las Escrituras anunciaban sobre el Mesías, ha hallado pleno cumplimiento en su persona, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección. Ellos, testigos de estos acontecimientos, tendrán como misión hacer llegar a todos los hombres la noticia de que en la muerte y Resurrección del Señor, los pecados han sido perdonados y la muerte ha sido vencida para siempre. «Vosotros, les dirá, sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que el Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto». Luego, saliendo fuera de Jerusalén camino de Betania, los bendijo y se separó de ellos subiendo hacia el cielo, donde está sentado a la derecha del poder de Dios.

El acontecimiento de la Ascensión del Señor tiene para nuestra vida de fe dos consecuencias de gran importancia. En primer lugar, hemos de tener presente que aquella misión de anunciar al mundo la Resurrección del Señor y el perdón de los pecados, la pone hoy el Señor en nuestras manos. Somos sus discípulos, y por lo tanto hemos de ser testigos de la victoria del Señor sobre la muerte, y del perdón de los pecados que en esa victoria, Dios-Padre nos ha otorgado.

Si tú crees en la Resurrección del Señor, si has experimentado en tu vida el perdón de tus pecados y la gran misericordia que Dios ha tenido contigo, es necesario que hagas llegar esta buena noticia a aquellos que están a tu alrededor, y que quizá viven alejados de Dios. Para ellos también ha muerto y resucitado el Señor. También con ellos tiene misericordia Dios-Padre y les perdona sus pecados. Pero es necesario que haya testigos. Es necesario que tú, que conoces el don de Dios y has experimentado su amor, les hagas llegar de palabra y sobre todo con tu vida, la noticia de la salvación que Dios nos ha otorgado a todos los hombres en la Muerte y Resurrección del Señor.

La otra consecuencia que tiene para nosotros la Ascensión del Señor, es el hecho de que está en el cielo sentado a la derecha del poder de Dios. ¿Qué significa esto? Significa que un hombre como tú y como yo, que es a la vez la segunda Persona de la Santísima Trinidad, ha sido constituido Señor del Universo. Ha sido colocado por Dios- Padre por encima de todo poder y potestad, para que en Él encontremos nosotros, que somos sus hermanos pequeños, fortaleza en nuestra debilidad, ayuda en nuestros problemas cotidianos, salvación en la lucha diaria contra nuestro enemigo el demonio y fuerza para que nuestro hombre de la carne, pueda llevar a cabo obras de vida eterna.

De ahora en adelante tenemos a uno que abogue por nosotros ante el Padre. A uno a quien podemos invocar cuando nuestro hombre de la carne se resiste a perdonar al que sin razón nos ofende. A uno que es para nosotros fortaleza en la tentación, consuelo en la tristeza y compañía en la soledad. Por eso, podemos decir con San Pablo, que palpaba día a día su debilidad: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta». Nada hay imposible para aquel que se apoya en el Señor. 

 

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

DOMINGO VI DE PASCUA -C-

«LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 15, 1-2.22-29 * Ap 21,10-14.22-23 * Jn 14,23-29

El Señor Jesús continúa en el evangelio de hoy dando las últimas recomendaciones a sus discípulos, ante la inminencia de su partida. Hoy nos habla de la importancia que tiene escuchar su palabra y guardarla en el corazón. La Palabra de Dios no es igual que nuestra palabra. A nuestras palabras se las lleva el viento, mientras que la palabra de Dios permanece y actúa en la vida de aquel que la escucha, transformando poco a poco su vida.

Guardar la Palabra en el corazón supone aceptarla como palabra de vida. El Señor nos invita a guardarla porque nos encontramos ante la imposibilidad de llevarla a la práctica con sólo nuestro esfuerzo. Los evangelios, en particular el de san Lucas, nos dicen que a María también le sucedía algo semejante, y que por eso, guardaba todas estas cosas en el corazón. Seguramente también tenía dificultad para entender, por ejemplo, la respuesta que el Niño Jesús les da cuando lo encuentran en el Templo, después de haberlo buscado con angustia durante tres días.

La Palabra es viva y eficaz, pero no siempre es posible entender su significado. El Señor Jesús lo sabe, por eso promete enviar desde el Padre al Espíritu Santo, para que abriendo las mentes de los discípulos les enseñe todo, y les vaya recordando todo aquello que han escuchado de su boca.

Nos ocurre a nosotros lo mismo. Es necesario no cuestionar la Palabra o la predicación, pretendiendo interpretarla o entenderla con solo nuestra razón. Es necesario dejarla caer en nuestro corazón como lluvia fina que lo vaya empapando, para que llegue a dar fruto en el momento oportuno.

El Señor no solo nos habla por la Palabra o la predicación, lo hace también mediante los acontecimientos que tienen lugar en nuestra vida. Alegrías, disgustos, enfermedades, dificultades de todo tipo, etc., son aprovechadas por Dios para hablarnos en el día a día. En estos casos también es necesario tener el oído abierto para interpretar cuál es la voluntad de Dios, qué es lo que quiere decirnos a través de aquello que nos sucede. El discernimiento que necesitamos para ello, también se nos da en esta ocasión a través de la acción del Espíritu Santo.

En la última parte del evangelio el Señor dice a los discípulos: «La Paz os dejo, mi Paz os doy: No os la doy como la del mundo». Él, conoce las tribulaciones por las que van a pasar los discípulos. Sabe que van enfrentarse a acontecimientos difíciles de entender, por eso la Paz que les ofrece es totalmente distinta de aquella que ofrece el mundo. Viene a ser como si les dijera: no temáis, tened mi Paz. Mi Paz no viene de afuera, es una Paz que nace del corazón. 

También a nosotros nos ofrece el Señor su Paz. Una Paz que es capaz de hacernos pasar por encima de acontecimientos adversos, como enfermedades, muertes, disgustos familiares, paro, dificultades económicas, etc., etc., que son capaces de hacernos caer en tristeza y hasta en desesperación. Para esas situaciones de poco sirve lo que nos ofrece el mundo. Su paz es efímera. En cambio es el Señor el único capaz de darnos consuelo en esos momentos difíciles. Él es capaz de hacernos experimentar que todo lo que viene de su mano es bueno, y va orientado hacia nuestra salvación. Con Él, las cruces que cada día sufre todo el mundo a nosotros no nos aplastan, sino que sirven para experimentar que Él es el único capaz de hacernos caminar sobre las aguas encrespadas del mar de la vida, sin hundirnos. Esta experiencia ha de hacer que nosotros nos convirtamos en portadores de Paz. Ha de hacer que a través de nosotros, la Paz del Señor llegue a todos los que nos rodean.

DOMINGO V DE PASCUA

DOMINGO V DE PASCUA

«AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 14, 21b-27 * Ap 21,1-5a * Jn 31-33a.34-35 

La mayoría de nosotros, si nos preguntaran ¿cuál es la señal del cristiano?, responderíamos con lo que aprendimos de pequeños en el Catecismo: La señal del cristiano, diríamos, es la Santa Cruz. Ésta es la respuesta que dábamos a la primera pregunta que formulaban casi todos los catecismos de aquella época.

Si la Santa Cruz es señal distintiva de los cristianos, es porque encierra en sí un signo mucho más elocuente a la hora de distinguir a un cristiano de otra persona que no lo es. Los primeros cristianos decían al ver la Cruz, que en ella veían al rostro radiante del Padre, y ese rostro, no es otro que el rostro del amor. La Cruz es la señal del cristiano, en tanto en cuanto, a través de ella queda manifiesto el inmenso amor con que nos amó el Señor Jesús. No se ha dado en toda la historia de la humanidad, un acontecimiento más grande que la figura del Hijo de Dios colgando en la Cruz, y entregándose por amor a todos los hombres.

El amor ha sido, pues, desde los albores del cristianismo el signo distintivo de los cristianos. Es conocida la frase de los paganos que admirados por los lazos de amor que unían a los primeros cristianos exclamaban: «Mirad cómo se aman».

Hemos hecho estas consideraciones previas, para que nos ayuden a penetrar en el sentido del evangelio de hoy. El Señor Jesús está a punto de ser inmolado. Conoce que su fin está próximo, que su tiempo se acaba. Quiere, por tanto, dar a sus discípulos las últimas instrucciones antes de partir. Por eso les dice: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a los otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

No existe otro mandamiento mayor. Cuando tú y yo nos amamos y perdonamos, estamos haciendo presente a Dios, a aquellos que nos contemplan. Dios es amor, nos dice san Juan, y aquel que ama muestra a los demás el rostro del Padre.

El Señor nos dice: «Amaos como yo os he amado». Y, ¿cómo nos ha amado el Señor?, preguntamos. El Señor ha dado su vida hasta la última gota de sangre, por ti y por mí que éramos sus enemigos. Se ha dejado matar para que tú y yo, que no merecíamos vivir, pudiéramos encontrar la salvación. Nos ha amado sin condiciones, sin exigirnos cambiar. Su amor es tan grande que ha cubierto totalmente nuestras miserias.

Podemos preguntarnos: ¿Estamos cerca o estamos lejos de amar en esta dimensión? San Pablo, en su Carta a los Corintios, nos ayuda a entender cómo es ese amor. «El amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no busca su interés… todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta. No toma en cuenta el mal…» Así es como Dios se comporta contigo y conmigo. Así es como nos ha amado el Señor Jesús, y quiere ahora que también nosotros amemos así. Es posible que, ni tu mujer, ni tu marido, ni tus hijos, ni tus parientes, tus amigos o vecinos, hayan experimentado nunca ese amor. Quizá por eso conocen poco a Dios.

Es necesario que entre los que nos llamamos discípulos de Cristo llegue a darse ese amor. Hoy, la gente que vive alejada de Dios no quiere escuchar palabras y se cierra a la predicación, pero, sin embargo, es sensible ante el testimonio de la vida. Es preciso que vean que tú y yo, que valemos poco, somos capaces de amarnos en una dimensión desconocida para ellos. Es necesario que vean que entre nosotros, que somos tan distintos, se da el verdadero perdón fruto del auténtico amor.

Quizá me digas que para ti esto es imposible. Cierto, es imposible para nosotros, pero aquí, el que tiene interés, el que quiere llevar adelante esta obra es Dios. Por eso será Él el que venga en nuestra ayuda dándonos su Espíritu, y haciendo posible aquello que para nosotros es imposible. Dejémosle obrar. No le pongamos impedimentos. 

DOMINGO IV DE PASCUA -C- Domingo del Buen Pastor

DOMINGO IV DE PASCUA -C- Domingo del Buen Pastor

«MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ Y YO LAS CONOZCO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 13, 14.43-52 * Ap 7, 9.14b-17 * Jn 10, 27-30

Llegamos al cuarto domingo de Pascua. Es el domingo que tradicionalmente se ha conocido en la Iglesia como Domingo del Buen Pastor. Los tres evangelios de los tres ciclos litúrgicos, nos presentan al Señor Jesús encarnando esta figura entrañable del Buen pastor.

El pueblo de Israel ha sido tradicionalmente un pueblo de pastores. Lo podemos comprobar en la figura del patriarca Abraham, que siguiendo las indicaciones de Dios, se establece en la Tierra de Canaán, él, su mujer, sus sirvientes y sus rebaños. También el  joven David es elegido por Dios como rey de Israel, cuando apacentaba el rebaño de su padre Jesé.

El hecho de ser un pueblo de pastores, hace que los israelitas conozcan de primera mano, la especial relación que existe entre el pastor y las ovejas de su rebaño. El pastor ama a sus ovejas. Las conoce a todas por su nombre. Las cuida con mimo buscando para ellas los mejores pastos, y los manantiales de aguas más limpias y frescas. Finalmente, las defiende de los lobos rapaces llegando incluso a dar la vida por ellas.

No es de extrañar, por tanto, que el Señor en el Antiguo Testamento, elija en distintas ocasiones esta relación para poner de manifiesto el amor que como pastor siente hacia las ovejas de su pueblo Israel. También el pueblo siente esta relación y se complace en presentar al Señor como a su pastor. Lo vemos, por ejemplo, en el salmo 23 cuando el salmista exclama: «El Señor es mi pastor, nada me falta»

No es extraño, pues, que el Señor Jesús, guste presentarse ante sus discípulos como el pastor que ama entrañablemente a sus ovejas, y que está dispuesto a entregar su vida por ellas. Al igual que el pastor, Él nos conoce a cada uno por nuestro nombre. Para Él no somos un número más. De manera que sabe cuáles son nuestras necesidades, nuestros sufrimientos, nuestros caprichos y nuestros pecados. Sabe también cómo a veces nos pesan los acontecimientos de nuestra vida, y está siempre dispuesto a echarnos una mano y a cargarnos sobre sus hombros, cuando las fuerzas nos abandonan. Él, en el sendero de nuestra vida camina delante. Va abriendo camino para que nosotros siguiendo sus huellas no nos extraviemos.

Hemos visto cuáles son los cuidados y los mimos que el Señor dedica a las ovejas de su rebaño. Ahora llega el momento de ver cuál ha de ser la respuesta de las ovejas a los cuidados y desvelos del Buen Pastor. La virtud principal que podemos observar en las ovejas es la docilidad. Las ovejas obedecen al pastor de una manera ciega. No cuestionan sus decisiones. Tienen plena confianza en él. ¿Podemos afirmar que tú y yo, ovejas del rebaño del Señor, seguimos sus huellas y nos dejamos llevar por Él sin poner en duda sus decisiones? ¿No actuamos, con frecuencia, como las cabras que quieren buscarse la vida y no les gusta someterse al pastor?

La oveja que está junto al pastor es la que recibe sus cuidados y sus mimos. La cabra, sin embargo, es altiva, montaraz y no quiere someterse. Es orgullosa y autosuficiente. Como busca su vida lejos del pastor, difícilmente puede beneficiarse de sus cuidados. ¡Cuántas veces nosotros actuamos así! No nos gusta que nos digan lo que hemos de hacer. Nos consideramos personas adultas que saben perfectamente lo que han de hacer, sin necesidad de que nadie se lo diga. Obrando así, nos exponemos a no recibir ayuda en los momentos de dificultad. No seamos necios. No seamos como las cabras. Caminemos junto a nuestro Pastor y agradezcamos sus cuidados. 

DOMINGO III DE PASCUA -C-

DOMINGO III DE PASCUA -C-

«PEDRO, ¿ME AMAS MÁS QUE ESTOS?»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 5, 27b-32.40b-41 * Ap 5, 11-14 * Jn 21, 1-19

 Los apóstoles, a través de las mujeres y de María Magdalena, han recibido del Señor el encargo de marchar a Galilea: «Id, avisad a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán», les había dicho. Ellos siguiendo estas instrucciones han partido hacia Galilea y hoy les vemos junto al lago a la espera de acontecimientos.

De momento Pedro dice: «Me voy a pescar». Los demás responden: «Vamos nosotros contigo». Cuenta el evangelista que después de estar bregando toda la noche no consiguen pescar nada. Al amanecer cuando ya se acercan a la playa, un hombre desde la orilla les pregunta: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos responden que no. Entonces el desconocido les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Dicho y hecho. Echan la red y al sacarla hay tal abundancia de peces que amenaza romperse. Juan dice a Pedro: «Es el Señor». Pedro, sin pensarlo más, se ata la túnica y se arroja al mar.

Dos son las invitaciones que nos hace el Señor a través de este pasaje. Jesús, ha prometido a sus discípulos encontrarse con ellos en Galilea. ¿Qué significa Galilea? Galilea es la región de Israel más septentrional, más al norte. Ya casi es territorio de gentiles. El profeta Isaías la llama precisamente «Galilea de los gentiles». El Papa Francisco dirá que es el lugar idóneo para anunciar el Evangelio. El Señor, pues, nos invita a ser sus testigos entre los gentiles que nos rodean. Es precisamente en la evangelización donde nos vamos a encontrar con Él. Por eso, hoy, como entonces a Pedro, nos invita a echar las redes. No podemos permanecer indiferentes ante la multitud de personas, entre ellos muchos de nuestros amigos y familiares, que viven de espaldas a Dios. Es necesario que a través de nosotros, también a ellos les llegue la noticia de la salvación. A esto, precisamente, nos llama el Señor como a discípulos suyos.

En la segunda parte del evangelio san Juan nos muestra el diálogo que el Señor Jesús sostiene con Pedro. Por tres veces, recordándole sus tres negaciones, le pregunta: «Pedro, ¿me amas más que estos?». Ya conocemos el resto del diálogo. Para nosotros, lo importante es que también hoy el Señor nos pregunta: «Juan, María, Antonio, Lucía, José… ¿me amas? ¿Me amas más que éstos?». ¿Soy de verdad la persona más importante en tu vida, o sólo piensas en mí cuando me necesitas?

 

En la respuesta que demos a estas preguntas nos va la vida. Si nos detenemos y vamos analizando nuestros actos, nos daremos cuenta de cuántas veces al día el Señor no es para nosotros lo primero, lo más importante. Plantearnos esta pregunta quizá nos produzca, como al que esto escribe, desasosiego, porque, ciertamente queremos al Señor, pero, ¡son tantas las veces que lo que hacemos no está de acuerdo con lo que decimos con la boca! Pedro, cuando el Señor insiste por tercera vez, no tiene más remedio que reconocer que también él ha sido infiel al Señor, por eso, vencido, responde: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero».

Nuestras negaciones, pues, no han de hacernos desesperar. El Señor conoce demasiado cómo somos. Conoce nuestra debilidad, nuestras flaquezas, y no se escandaliza de nuestros fallos. Nos ama todavía más, precisamente, porque no somos perfectos. Por eso, nuestra respuesta a su pregunta ha de ser semejante a la de Pedro: “Señor, tú lo sabes todo. Tú conoces mis caídas y fracasos. Conoces cuántas veces por temor o por respeto humano no he salido en tu defensa; pero tú sabes, también, que en mi debilidad, en mi pobreza, al menos, quiero quererte, Señor. ¡Ayúdame!"