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CARMEN HERNÁNDEZ HA PASADO AL PADRE

CARMEN HERNÁNDEZ HA PASADO AL PADRE

CARTA DE KIKO ARGÜELLO ANUNCIANDO LA MUERTE DE CARMEN

 

Queridos hermanos,

Os doy una gran noticia: hoy, a las 16:45, nuestra hermana Carmen ha partido para el cielo. Es seguro que Nuestro Señor Jesús ha venido para tomar su alma y llevársela con Él.

Mientras que sufrimos por su falta, sobretodo yo, estamos contentos de saber que Nuestro Señor Jesús se la ha llevado consigo.

Carmen, ¡qué enorme ayuda para el Camino! Nunca me aduló, siempre pensando en el bien de la Iglesia. ¡Qué mujer fuerte! Nunca he conocido a nadie parecido. En los anuncios, con los jóvenes, y con el Papa, como ahora en Cracovia, siempre les decía: «La mujer es lo más importante de la Iglesia, porque lleva en su seno la fábrica de la vida. Por eso en la primera página del Génesis hasta el final del Apocalipsis siempre el demonio persigue a la mujer». Y terminaba diciendo: «Al Kiko os lo regalo».

Espero morir pronto y reunirme con ella. Carmen ha sido para mí un acontecimiento maravilloso; la mujer, su genio grande, su carisma, su amor al Papa y sobretodo su amor a la Iglesia.

Bien hermanos, tengo el alma dolorida porque ya no está con nosotros. Mas la fe me ayuda y me afirma que está con Cristo. Rezad por ella. Podéis celebrar una Misa todos juntos en conmemoración de Carmen.

El arzobispo de Madrid ha aceptado que se haga el funeral de Carmen, con el cuerpo presente, en la Catedral, quizá lo pueda presidir el cardenal Rouco. Al funeral estáis invitados los itinerantes de Europa, si podéis venir.

Os diremos el día exacto.

¡Ánimo, que Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte por nosotros!

Para mí ha sido conmovedor que haya esperado a que yo llegara, la besara y le dijera: «Animo». Y después de darle un besito ha fallecido.

Kiko Argüello

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán».

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 1-10ª * Col 1, 24-28 * Lc 10, 38-42

Aunque san Lucas no lo especifica en su evangelio, la escena que hoy nos ofrece se sitúa en Betania en la casa que poseen los amigos de Jesús, Lázaro y sus hermanas María y Marta. Es un lugar cercano a Jerusalén en el que suele pasar algunas noches cuando con sus discípulos visita la ciudad.

Hoy vemos al Señor Jesús que ha sido invitado a comer por esta familia amiga. Lo encontramos hablando en el patio de la casa. A sus pies se encuentra María que no pierde ni una sola palabra de las que brotan de los labios del Señor. Marta, sin embargo, está atareada preparando la comida y dando órdenes a la servidumbre. No dice nada, pero pasa una y otra vez por el patio dejándose ver, como diríamos en términos taurinos.

Harta de que María no atienda sus insinuaciones, se dirige a Jesús diciéndole: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano». Sin duda, no esperaba en modo alguno la respuesta del Señor, que le dice: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa por tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán».

La Iglesia, tradicionalmente, ha querido ver  echa realidad en estas dos mujeres las dos formas que tenemos de vivir el evangelio: la vida activa y la vida contemplativa. Lo expresa de manera acertada el lema benedictino: “Ora et labora”. Trabaja y reza. Distinguiendo por un lado a aquellos miembros que se dedican a la vida activa y por otro a aquellos que lo hacen en la vida contemplativa.

Estas dos formas de vida no están contrapuestas, sino que más bien son complementarias. Una vida interior fuerte, respaldada por una oración continuada, nos llevará a realizar obras de vida eterna. Es difícil imaginar a un evangelizador que no sea un hombre o una mujer de oración.

Muchas veces llevamos a cabo en la Iglesia distintas actividades. Siempre nos encontramos en movimiento, sin encontrar tiempo para fortalecer nuestra vida interior con la oración. Es lo que le ocurre a Marta,  que no para, que no sosiega, y encima, esa forma de actuar le da pie a juzgar a su hermana María. Por eso el Señor le da un cariñoso tirón de orejas. «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa por tantas cosas: sólo una es necesaria… » María ha elegido la mejor parte. Bebe de labios del Señor Jesús. Toda su vida está volcada hacia el Señor. No le importa lo que ocurre a su alrededor.

Hoy la gente no acaba de comprender qué misión realizan en medio de la sociedad, aquellos religiosos o religiosas que, apartándose del mundo, dedican su vida a la oración y a la contemplación. Son, sin duda, como dice el Señor, los que han elegido la mejor parte. Sin embargo, llaman mucho más la atención de las gentes aquellos que dedican su vida al trabajo en hospitales o residencias de ancianos, o que se dedican a la educación de los niños. Estas actividades, si no son fruto de una intensa vida interior y no se ven reforzadas por la oración, no dejan de ser obras altruistas o de beneficencia, muy encomiables, pero que se quedan a un nivel meramente humano.

Como dice san Pablo, hemos de aspirar a los carismas superiores, a aquellos que nos unen más al Señor y por consiguiente a los hermanos. No hemos de tener miedo a que nos traten de “angelistas” porque dedicamos todos los días un rato a la oración y a la contemplación del Señor. Hoy el Señor Jesús nos confirma que elegir esa vida es elegir la mejor parte.


DOMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN...

HAZ ESTO Y VIVIRÁS»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 30,10-14 * Col 1, 15-20 * Lc 10, 25-37

El evangelio de hoy en su primera parte pone de relieve cuál ha de ser para nosotros el mandamiento principal, el más importante. La respuesta a la pregunta que el escriba da al Señor Jesús, no puede ser más acertada: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo».

En esta respuesta está encerrada la razón misma de nuestra existencia. Si tú y yo hoy existimos, no es para otra cosa que para que se haga realidad en nosotros este mandamiento. Hemos sido creados por Dios con esta finalidad, amarle y sentirnos amados por Él. Ésta es la clave de la verdadera felicidad del hombre sobre la tierra. No existe otra razón válida que justifique nuestra existencia. Nosotros vivimos y somos felices, en tanto en cuanto reside en nosotros el amor de Dios  

Lo que sucede es que el Señor no quiere que le amemos a la fuerza. Quiere que nuestro amor nazca de un acto voluntario de nuestro corazón. Por eso, junto al regalo de la vida nos ha hecho un segundo regalo de no menor importancia, nos ha hecho libres. Esa libertad hace que podamos aceptar o rechazar su amor.

La historia ya la conocemos. Nuestra ambición y nuestra soberbia acompañadas por nuestra necedad, nos han hecho sucumbir ante la tentación del maligno, que no tiene otro objetivo que separarnos del amor de Dios. Lo ha conseguido. Nos ha hecho caer en el pecado para que vivamos nuestra vida lejos del Señor.

Ante de seguir es necesario hacer una puntualización. Nosotros denominamos mandamiento a lo que está escrito en la Ley, con la consiguiente obligación de llevarlo a la práctica, de cumplirlo. Esta forma de pensar, fruto de una mente jurídica, es errónea. Nadie de nosotros es capaz de cumplir con su esfuerzo este mandamiento. El Pueblo Hebreo no ve esta frase como un mandamiento, sino como una palabra de vida. Una palabra a través de la cual el Señor nos muestra el camino para alcanzar la felicidad, para alcanzar la vida eterna.

En este mandamiento o palabra de vida, hay al final una parte que no se refiere directamente a Dios. Es la parte que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Amar al prójimo es una consecuencia clara de que tenemos en nuestro corazón el amor de Dios. Si tú amas a Dios, sin duda amarás a tu prójimo. Vamos a expresar esto de otra manera: si quieres saber hasta qué punto amas a Dios, fíjate primero si amas a tu prójimo. San Juan expresa esto con una gran sabiduría, cuando en su primera carta afirma: «Quien dice “yo amo a Dios” y odia a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, cómo puede amar a Dios a quien no ve».

La parábola del caminante que viaja a Jericó asaltado por unos bandidos y socorrido por un samaritano, pone de manifiesto quién es en nuestra vida es nuestro prójimo. Tu prójimo no es únicamente tu mujer, tus hijos, tus parientes o tus conocidos. Tu prójimo es todo aquel que, conocido o desconocido, necesita de tu ayuda en un momento dado. Al samaritano no le unía con aquel pobre hombre ningún lazo afectivo. Es más, aquel era para él su enemigo, ya que los samaritanos por motivos de religión, estaban enemistados con los judíos. Recordemos el evangelio de hace quince días, cuando los samaritanos se niegan a dar alojamiento al Señor, porque viaja hacia Jerusalén.

El amor hacia el prójimo que siente el samaritano, es muy superior a la enemistad manifiesta que existe entre judíos y samaritanos, y es a la vez signo de que el amor de Dios llena por completo su corazón.  


 


DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«LA MIES ES ABUNDANTE Y LOS OBREROS POCOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 10-14c * Gál 6, 14-18 * Lc 10, 1-12.17-20

El evangelio de este domingo nos hace presente la misión que como cristianos ha puesto el Señor en nuestras manos. Si estamos en la Iglesia buscando nuestra salvación personal, andamos muy errados. No estás en la Iglesia para salvarte tú, estás en la Iglesia para que llegue a otros la noticia de la salvación del Señor Jesús.

El Señor te ha elegido a ti y me ha elegido a mí, para que en esta generación, seamos sus manos, su boca, sus ojos… Él ha dado su vida por todos los hombres sin distinción alguna de raza, sexo o condición, pero esa salvación se llevó acabo en un momento dado de la historia. Es necesario hacer llegar a  todos los que vivimos en esta generación, la Buena Noticia de que el Señor ha destruido la muerte y ha perdonado nuestros pecados, mostrándose misericordioso con aquellos que, como tú y como yo, somos incapaces de cumplir la ley y de hacer su voluntad.

Hoy, como a los setenta y dos discípulos de los que nos habla san Lucas, nos llama a ti y a mí a ponernos en camino, a hacer llegar a todos, empezando por los más  cercanos, la gran noticia de que tenemos un Dios que nos ama sin condición alguna. Que no nos exige de ninguna manera que seamos buenos para querernos. Nos ama, pues, tal y como somos sin exigirnos cambio alguno. Un Dios que es Padre, y que conoce todas nuestras deficiencias y debilidades y que está siempre dispuesto a echarnos una mano en cuanto nosotros se lo pidamos.

Es necesario, pues, que todos conozcan que los sufrimientos, los disgustos, las enfermedades e incluso la muerte, son fruto del pecado que se enseñorea en el mundo. No es Dios el que castiga y nos roba la felicidad, es el demonio, es el mundo y el pecado, los que nos hacen infelices y nos meten en el sufrimiento.

En el evangelio el Señor encarga a sus discípulos que anuncien que el Reino de Dios está cerca. Nosotros, sin embargo, anunciamos que el Reino de Dios ha llegado ya. Que está entre nosotros. Que el Reino de Dios en este mundo es la Iglesia y que en ella es el único lugar en donde el hombre puede hallar consuelo y fortaleza ante las luchas diarias a las que lo somete la vida.

Anunciar la Buena Noticia, anunciar la presencia del Reino de Dios, puede acarrearnos disgustos. Es muy posible que seamos rechazados y hasta perseguidos, pero eso no importa, sabemos cómo trataron al Maestro y nosotros estamos muy lejos de asemejarnos a Él. El demonio tratará con todas sus fuerzas de impedir que la gran noticia de la salvación arraigue en el corazón de los que nos rodean. Su misión es hacer fracasar el plan de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

 El Señor en esta misión estará siempre a nuestro lado. No seremos francotiradores. Él nos dará la fortaleza y la sabiduría necesarias para ser testigos de su amor delante de los hombres. En esta misión, si importante es la palabra, mucho más lo es el testimonio de la vida. Ver nuestra manera de obrar, nuestra entereza en el sufrimiento, la forma que tenemos de perdonar las ofensas y las acusaciones injustas, etc., será para los que nos observen mucho más eficaz que largas catequesis o sermones.

Quizá podemos preguntarnos: ¿Y cuál será la recompensa? La recompensa es el mismo anuncio de la Buena Noticia. Es experimentar como los demonios se rinden ante la fuerza de la Palabra.  Es comprobar la presencia casi física del Señor en nuestra vida, que produce una paz y una alegría interior que nadie puede arrebatarnos. Es tener la certeza de que, como dice el Señor, «nuestros nombres están inscritos en el cielo».


DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«VEN Y SÍGUEME»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 16b.19-21 * Gal 5, 1.13-18 * Lc 9, 51-62

En muchas ocasiones se ha hablado de la radicalidad del Evangelio. Y es que con frecuencia tenemos la tentación de añadirle un poco de aceite, como a los engranajes, para que se pueda digerir mejor, es decir, para poder aceptar las enseñanzas del Señor poniendo el mínimo de reparos.

Muchas veces la palabra del Señor produce escándalo. Por ejemplo cuando el Señor Jesús dice: «No se puede servir a Dios y al dinero» o cuando insiste en que: «Si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti… » o «Cuando te abofeteen en la mejilla derecha, presenta también la otra» o «Al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames». Estas y otras frases parecidas, producen en nosotros cierto rechazo porque nos vemos impotentes para llevarlas a la práctica. También les ocurrió lo mismo a muchos que escucharon en la sinagoga de Nazaret el discurso sobre el Pan Vivo. En aquella ocasión dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Y desde aquel momento dejaron de seguir a Jesús.

En estas ocasiones, sucede que siempre hay algún exégeta o estudioso de la Biblia, que gusta de buscar cinco pies al gato, es decir, pretenden interpretar las palabras del Señor buscando significados diferentes. “Aquí, dicen, lo que Jesús quería decir es que…” y añaden aceite a la Palabra, para que pueda pasar con mayor facilidad.

Hemos expuesto todo este largo preámbulo, porque en el evangelio de hoy, también el Señor usa de expresiones duras hacia aquellos que se acercan y que pretenden seguirle. A uno que ha manifestado el deseo de seguirle le responde: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro es él mismo el que le llama diciéndole: «Sígueme». Y ante la objeción que éste le pone: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre», el Señor le contesta: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». A muchos de nosotros esta respuesta nos hace pensar: ¡Qué poca consideración tuvo el Señor con este pobre hombre! Finalmente, a uno que le dice: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi padre», le responde: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios».  

¿Queremos mayor radicalidad que ésta? Hay una frase popular que ilustra perfectamente estas respuestas del Señor. Dice así: “Esto es como las lentejas, si quieres las tomas y si no, las dejas” Dicho de otro modo, es tal la importancia que tiene el anuncio del Evangelio para la vida de los hombres, que sus enseñanzas no pueden en modo alguno tomarse a la ligera. Ya lo dijo el Señor en otra ocasión: «El que no está conmigo, está contra mí y el que no recoge conmigo, desparrama».

Por eso, hoy, nos invita el Señor a ti y a mí, a tomarnos muy en serio la llamada que nos ha hecho para colaborar con Él, en la salvación de aquellos que nos rodean. Podemos pensar que sus palabras son a veces duras y difíciles de cumplir, pero el Evangelio no puede descafeinarse, no puede rebajarse. Nosotros podremos llevarlo a la práctica, si tenemos presente que Él está siempre a nuestro lado para ayudarnos en nuestra impotencia. No se trata de esforzarnos, se trata de pedir ayuda, de pedir fortaleza y sabiduría al Espíritu Santo, para que en nuestras deficiencias, incluso en nuestros pecados, sea Él el que actúe a través de nosotros. Sólo necesitamos ser dóciles y dejarnos llevar por sus inspiraciones.

 

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

 

CITAS BÍBLICAS: Za 12, 10-11; 13, 1 * Gal 3, 26-29 * Lc 9, 18-24 

San Lucas nos presenta hoy en el evangelio al Señor Jesús puesto en oración. Al terminar pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le dan diferentes respuestas: Juan el Bautista, Elías o alguno de los antiguos profetas que ha vuelto a la vida. El Señor no hace demasiado caso a estas respuestas, porque lo que realmente le interesa es saber qué piensan de Él sus propios discípulos. Por eso les pregunta sin más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Esta pregunta es fundamental para tu vida y para la mía. Juan, Antonia, María, José… ¿Quién dices tú que soy yo?  ¿Qué piensas de mí? Esta pregunta es la que hoy nos formula el Señor Jesús. ¿Por qué esta pregunta? En tiempos de Jesús unos esperaban al Mesías como salvador. Otros al pensar en él se lo imaginaban como un valiente guerrero que iba a expulsar de la nación, a los opresores romanos. Pocos, quizá, pensaban en él como aquel que iba a librarnos de nuestros pecados sacándonos de las garras de la muerte.

Y tú, ¿qué piensas hoy? ¿Te has planteado en serio en alguna ocasión esta pregunta? ¿A quién sigues? ¿Reconoces al Señor Jesús como el enviado del Padre para tu salvación? ¿Crees de verdad que está vivo y resucitado, y que nos da su Espíritu para que continuemos en el mundo su acción salvadora?

Quizá algunos piensen en el Señor como salvador para el final de su vida. Ignoran que cuando Él dijo aquellas palabras: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo», se refería a que es también nuestro salvador en el día a día. Tú y yo necesitamos ser salvados cada día. Son muchos los enemigos a los que debemos enfrentarnos continuamente. Con frecuencia somos conscientes de nuestra incapacidad a la hora de luchar contra nuestros bajos instintos. Nuestro hombre de la carne exige que le demos gusto en todo, y el demonio, aprovechando nuestra debilidad, nos esclaviza al hacernos ver como bueno todo lo que nos ofrece el mundo. Por eso necesitamos un Salvador, no solo para el final, sino para el día a día. Es para hoy para cuando necesitamos creer en Cristo Resucitado, vivo entre nosotros y siempre dispuesto a ayudarnos. Yo ahora te pregunto ¿es ese el Cristo en el que tú crees?

Pedro, a la pregunta del Señor, responde: «Tú eres el Mesías de Dios». Creer que Jesús es el Mesías, tiene para sus discípulos un grave peligro. El pueblo, espera a un Mesías libertador, que restaure el reino de Israel y le devuelva su pasado esplendor. Por eso, y para evitar que caigan en este error, el Señor se apresura a decirles: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos , sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.» Dicho de otro modo, les invita a no caer en el triunfalismo.

A continuación, les muestra el camino si quieren ser de verdad sus discípulos: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí causa, la salvará».

Esta frase del Señor encierra el secreto de la verdadera felicidad en este mundo. Es precisamente en nuestra cruz de cada día, o sea, en aquello que supera nuestras fuerzas, en donde vamos a encontrarnos con Él, con su ayuda. A causa del pecado nunca nos veremos libres del sufrimiento, por eso es vano pretender defender nuestra vida, hemos de dejar que sea Él el que la defienda.  


 

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TUS PECADOS ESTÁN PERDONADOS»

 

CITAS BÍBLICAS:   2Sam 12, 7-10.13 * Gál 2, 16. 19-21 * Lc 7, 36-8, 3

Estamos celebrando el Jubileo de la Misericordia, y tanto el evangelio de hoy como la primera lectura del Libro de Samuel, nos muestran el corazón misericordioso del señor, que no pone ninguna condición a la hora de manifestar su perdón al pecador.

Si de algo podemos estar seguros, es de que hagamos lo que hagamos y por grandes que puedan ser tus pecados y los míos, el Señor nunca apartará de nosotros su misericordia. Como dice el papa Francisco, “antes nos cansaremos nosotros de pedir perdón, que el Padre de perdonar”.

En la primera lectura vemos al profeta Natán que llama a conversión al rey David, porque no solo ha sido adúltero con la mujer de Urías que ha quedado embarazada, sino que, para evitar posibles complicaciones, ha cometido la vileza de ordenar que en la batalla lo colocaran en el lugar de más peligro, con objeto de que sucumbiera a manos de los enemigos. Como vemos cometió maldad sobre maldad, pero la respuesta del Señor ante su arrepentimiento, es siempre la misericordia y el perdón.

En el evangelio encontramos a Jesús sentado a la mesa en casa del fariseo Simón. De pronto, una mujer pecadora pública se echa a los pies del Señor, llora con amargura sus pecados, y no cesa de besar los pies ungiéndolos con perfume. La reacción de Simón es lógica, piensa: «Si éste fuera profeta, sabría quién esta mujer… una pecadora»

Ya hemos visto cuál ha sido la respuesta del Señor. Su corazón se ha enternecido viendo a aquella pobre mujer llorando amargamente sus pecados. Lo último que Jesús hubiera hecho, era dejar caer sobre ella el peso de la Ley como le pedía Simón. Aquella mujer demostraba tener mucho amor, y el amor tiene fuerza para borrar toda clase de pecados. El Señor Jesús no podía hacer otra cosa, ya que precisamente para eso había venido al mundo. Por eso, ante el escándalo de los presentes, se limita a decirle: «Tus pecados están perdonados... Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Con frecuencia, a nosotros nos pasa algo semejante a lo que le ocurre a Simón. Juzgamos por las apariencias. Juzgamos aquello que vemos, sin profundizar más. Y no solo juzgamos, sino que en nuestro atrevimiento llegamos a condenar. No obra así el Señor. Él ve lo que hay en nuestro corazón, él ve nuestros sufrimientos y nuestras luchas interiores. No nos ama por lo que aparentamos, nos ama por lo que realmente somos. Nosotros, como Simón, estamos muy atados a la ley, y creemos que es necesario cumplirla para alcanzar la salvación. Sin embargo eso es totalmente falso, porque el hombre no alcanza la justificación por el cumplimiento de la ley, sino por creer en Cristo Jesús. Así nos lo dice ya san Pablo en su carta a los Gálatas: «Hemos creído para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley».

Estando las cosas así podemos preguntarnos: ¿Cómo discípulos de Cristo a qué nos llama el Señor? Es muy sencillo. Si somos discípulos de Cristo es porque Él habita en nuestro interior. Él vive dentro de nosotros y lo que quiere es que miremos al pecador con sus propios ojos. Que le miremos con amor, con ojos de misericordia, que por otra parte es como el Señor nos mira a nosotros cada vez que pecamos.

 

 


 

DOMINGO X DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO X DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

 

CITAS BÍBLICAS:  1Re 17, 17-24 * Gál 1, 11-19 * Lc 7, 11-17

La devoción popular quiere ver en el Señor Jesús un ser con unas cualidades fantásticas y un poder extraordinario, ya que en Él se une la naturaleza divina con la naturaleza humana. Sin embargo, nosotros hemos afirmado en muchas ocasiones que, aunque era Dios, el Señor Jesús se despojó por completo de la naturaleza divina, es decir, que al verlo, solo destacaba la naturaleza humana. Aunque Dios, era auténticamente un hombre como tú y como yo. No sólo era un hombre verdadero, sino un hombre “como los demás”, que participaba de las debilidades de la condición humana, excepto en el pecado.

Decimos esto, porque hoy lo vemos acercarse a la ciudad de Naín, cuando sacan a enterrar a un joven hijo único de su madre que era viuda. La escena es ciertamente desgarradora. La madre hecha un mar de lágrimas, camina a duras penas cogida al féretro de su hijo. La acompaña en su dolor una gran multitud. Al Señor se le hace un nudo en la garganta y  siente como se le comprime el corazón ante el sufrimiento de aquella mujer. Aunque nadie le ha pedido nada, no pude contenerse y se acerca a la comitiva y dice a la madre: «No llores». Los que llevan el féretro se detienen. Él acercándose al ataúd, dice: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» Ante el asombro general el joven se incorpora, y Él, tomándolo de la mano, se lo entrega a su madre.

Si somos sinceros, comprobaremos que esta escena también tiene que ver con nuestra vida. No hemos de tener miedo en aceptar que con frecuencia ocupamos el lugar del joven que sacan a enterrar. Aparentemente estamos vivos, nos movemos y nos relacionamos con los demás, sin embargo en nuestro interior estamos muertos a causa de nuestros pecados. De la misma manera que aquel joven era incapaz de hacer nada, también nosotros nos vemos incapacitados para obrar el bien. ¿Cuántas veces hemos comprobado que queriendo perdonar a un hijo, a un familiar, a un amigo o conocido, sentimos en nuestro interior una mano que nos oprime y que nos impide perdonar de corazón? Pues mira, el que guarda rencor, el que no perdona, el que dice “perdono pero no olvido”, el que busca su vida sin que le importen demasiado los problemas de los demás, demuestra que no hay amor en su vida, que solo hay egoísmo. Y si el amor es la vida, aquel vive encerrado en uno mismo, está, aunque no lo acepte, viviendo en la muerte.

Además del egoísmo y del rencor, tenemos otros pecados que nos amargan la vida. Para unos será tener demasiado amor al dinero, para otros será comprobar como el cuerpo, en particular el sexo, los esclaviza y nunca se sienten satisfechos. Otros tienen vicios ocultos que intentan esconder, porque, de conocerse, les harían avergonzarse delante de los demás, etc. Esta es más o menos nuestra situación. Sin embargo, reconocer que somos muertos ambulantes, es ya el primer paso para encontrar solución a nuestra vida.

También para nosotros pasa hoy el Señor Jesús. Él, de la misma manera que se apiadó de aquel joven y de la amargura de su madre, está pendiente de todos nuestros sufrimientos. Él nos ama con verdadera locura y quiere la felicidad y la vida para cada uno de nosotros. Por eso hoy nos dirige las mismas palabras que al joven: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» Juan, María, Francisco, José o Lola, a ti te lo digo, levántate. Abandona esa vida de pecado que solo te produce sufrimiento. Tú y yo, no podemos, pero Él es la Vida, es el vencedor de la muerte y está dispuesto a cogernos de la mano y a sacarnos de nuestra tumba, de nuestras muertes de cada día. Sólo hace falta que tú creas en su poder, que te dejes abrazar por su misericordia, que no tengas vergüenza de gritarle, de pedirle ayuda. Ten por cierto que, como dice la Escritura, «Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará». No tengas miedo y haz tú la prueba.