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DOMINGO XXIV DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIV DE TIEMPO ORDINARIO  -C-

«ÉSTE ACOGE A LOS PECADORES Y COME CON ELLOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 32, 7-11.13-14*1Tm 1, 12-17*Lc 15, 1-32

La Iglesia nos propone para hoy uno de los pasajes más hermosos y entrañables del Evangelio. En ellos queda al descubierto el corazón de Dios. Un corazón que por encima de todo es amor y misericordia para con el pecador. Para ti y para mí, que por nuestra conducta y nuestro empecinamiento en buscar la vida y la felicidad a nuestro aire sin tener en cuenta a Dios, no tenemos salvación.

Estamos celebrando en este año el Jubileo de la Misericordia, y en el evangelio de hoy el Señor Jesús nos habla precisamente de cuál es la actitud que adopta Dios frente a nosotros que somos pecadores, porque con frecuencia le volvemos la espalda y obramos según nuestra voluntad. Lo hace porque aquellos que se consideraban santos, justos e impecables, los escribas y fariseos, se toman la libertad de juzgarle, porque «acoge a los pecadores y come con ellos».

Con dos parábolas, la de la oveja y la moneda perdidas, les hace ver que la fiesta y la alegría que hay en el cielo, es mucho más grande por cada pecador que cambia de vida y se convierte, que por muchos justos que no necesitan hacer penitencia. Les propone a continuación, la que sin lugar a duda es la parábola más hermosa del evangelio, la parábola del Hijo Pródigo. No disponemos de tiempo suficiente para hacer el comentario que esta parábola requiere, pero daremos unas pinceladas que nos ayuden, partiendo de nuestra condición de pecadores.

En primer lugar cabe destacar la actitud del padre cuando el hijo menor le reclama su parte en la herencia. El padre conoce demasiado al hijo y sabe los peligros que le acecharán, cuando joven e inexperto, tenga en sus manos aquella fortuna. Sin embargo, no pone objeción alguna y, respetando su libertad, accede a su petición.

Así obra también Dios-Padre contigo y conmigo, cuando a pesar de que sabe que vamos a  malgastar los dones que pone en nuestras manos, nos regala la libertad. Se expone de este modo a que, como de hecho hacemos, le volvamos la espalda y vivamos la vida a nuestro aire, lejos de la felicidad que Él desea para todos nosotros.

Cumpliendo las expectativas, el hijo menor, lo mismo que tú y yo, vive lejos de su padre derrochando la herencia y entregándose a toda clase de vicios y pecados. Cuando la experiencia le hace ver que de nada le han servido las riquezas, los banquetes, los falsos amigos y toda clase desmadres para conseguir la felicidad, vuelve sus ojos hacia su padre, desanda el camino de perdición y dirige sus pasos hacia la casa paterna.

Entre tanto, el padre, espera con ansia el regreso del hijo, y cada día, sin desmayo, desde la terraza, dirige sus ojos cansados hacia el horizonte en el camino que lleva a la casa. Cuando, por fin, un día, adivina a lo lejos la silueta del hijo, baja gozoso y con los brazos abiertos corre a abrazarlo y a llenarlo de besos. El hijo pretende explicarse, pero él no atiende a razones. Le abraza una y otra vez y ordena a la servidumbre que lo laven, lo vistan y organicen una gran fiesta en su honor.

El Señor Jesús pretende con esta parábola, que tú y yo nos veamos ocupando el lugar del Hijo Prodigo. Que contemplemos sin temor nuestra vida cargada de pecados. No importa ni su cantidad ni su gravedad. Robos, adulterios, juicios temerarios fornicaciones, actos terroristas, odio hacia el hermano y todo aquello que somos capaces de hacer, cuando lejos de Dios, buscamos nuestra felicidad por encima de todo y de todos.

Dios no se escandaliza de nada de lo que hacemos. No mira nuestros pecados, sino el sufrimiento que nos provocan, y, como el padre de la parábola, espera paciente nuestro regreso dispuesto a no echarnos nada en cara, y a abrazarnos y besarnos gozoso por tenernos de nuevo a su lado. Ese es nuestro Dios. El Dios que nos ha dado a conocer el Señor Jesús.

 


DOMINGO XXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío».

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 9, 13-18 * Flm 9b-10.12-17 * Lc 14, 25-33

Hay una serie de preguntas que cada uno de nosotros podríamos formularnos. ¿Yo para qué estoy en la Iglesia? ¿Qué busco en ella? ¿Para qué confieso que soy cristiano, discípulo de Cristo? ¿Conozco con certeza lo que supone para mi vida seguir a Jesucristo?

Quizá tengamos que reconocer que si hoy estamos en la Iglesia es porque así nos lo transmitieron nuestros padres. Nacimos en una familia católica y hemos crecido viviendo nuestra fe en la Iglesia. No hay ninguna razón que nos obligue a abandonarla. Seguimos en ella por inercia.

Esto mismo ocurría a muchos de los que seguían a Jesucristo. Habían visto milagros, se habían saciado con el pan y los peces, les gustaba la forma de hablar del Señor, etc. Jesús esto lo sabía y deseaba que la gente no le siguiera a ciegas. Que todos conocieran cuál era la misión a la que les estaba invitando, y las consecuencias que comportaba ser discípulo de Cristo. No podían estar engañados.

Seguir a Jesucristo comporta una serie de exigencias. El Señor dice hoy: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Quiere decir esto que no es posible seguir a Jesucristo, si no lo ponemos como lo más importante de nuestra vida. Él ha de ser el primero, por delante de nuestros intereses, de nuestra familia y aún de nuestra propia vida. Es tan importante esta condición, que en algunas traducciones de la Biblia, no se utiliza la palabra “posponer” sino la palabra “odiar”, porque hay que odiar a todo auello que pueda apartarnos del Señor, de manera que nada en absoluto puede tener más importancia en la vida de un discípulo, que el hecho de seguir al Señor Jesús y obedecerle.

El Señor sigue diciendo: «Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío». Significa esto que precisamente en aquello que el mundo odia y quiere evitar, la cruz, se  encuentra la salvación. Para el cristiano la cruz es el signo que pone de manifiesto el inmenso amor de Dios hacia el hombre. ¿Cómo se entiende esto si la cruz de nuestra vida es lo que nos hace presente el sufrimiento y la muerte?

La cruz, representada principalmente en la enfermedad, en el sufrimiento y en toda clase de fracasos, es algo de lo que nadie puede escapar. Tiene su origen en el pecado, y es la consecuencia de que tú y yo nos separemos de Dios, buscando la felicidad en aquello que nos ofrece el mundo. La cruz nos hace presente nuestra impotencia. Ni podemos huir de ella ni podemos hacerle frente con solo nuestras fuerzas. Si esto es así, ¿cómo es posible que el Señor nos ponga como condición para seguirle, cargar con nuestra cruz?

El Señor desea que experimentemos que aquello que al mundo lo aplasta y lo mata, que aquello que nadie puede soportar, y de lo que es imposible huir, es posible afrontarlo teniendo su ayuda. «Cargad con mi yugo, (con mi cruz), dirá en otro lugar, porque mi yugo es suave y mi carga ligera». Nuestra cruz de cada día, aquella que nadie puede soportar, se hace llevadera cuando tenemos a nuestro lado un Cirineo que es el que verdaderamente carga con el peso de esa cruz. Ahora se comprende que sin cruz, sin sufrimientos, es imposible la salvación, porque es imposible experimentar el poder de Dios y su amor, que nos permite caminar por encima de la muerte.

El Señor Jesús nos hace una recomendación final. Para saber si verdaderamente nos interesa lo que nos ofrece, nos invita a renunciar a todos nuestros bienes. Nada puede interponerse entre Él y nosotros. Es necesario renunciar a todo aquello, en particular las riquezas, que puedan provocar que Él deje de ser el primero en nuestra vida. 


DOMINGO XXII DE TIEMPO ODINARIO -C

DOMINGO XXII DE TIEMPO ODINARIO  -C

«TODO EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO; Y EL QUE SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO».

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 17-18.20.28-29 * Heb 12, 18-19. 22-24a * Lc 14, 1.7-14

Uno de los problemas más importantes a los que tiene que enfrentarse un hombre, es el deseo de notoriedad, es decir, el deseo de no pasar desapercibido. El deseo de que los demás le tengan en cuenta, que cuenten con él.

Este problema tiene su origen en hecho de que todos somos pecadores. Quizá, esto, dicho así, no acabe de entenderse demasiado, pero tiene una explicación harto sencilla. Tú y yo, hemos sido creados por Dios para disfrutar de una existencia feliz. Lejos del pensamiento del Creador, cargarnos con una vida llena de problemas de sufrimientos y de dolor. Experimentar en nuestro corazón el amor infinito de Dios, el amor de un padre que ama con locura a su hijo, era más que suficiente para que fuéramos inmensamente felices.

Junto al don de la vida y de su amor, Dios quiso hacernos otro regalo. Nos hizo libres para que pudiéramos aceptar o rechazar su amor y la felicidad que ese amor nos brindaba. Nos hizo libres para amar y libres para vivir alejados de Él. Lo que ocurrió y sigue ocurriendo cada día, es que nosotros quisimos vivir nuestra vida al margen de nuestro Creador. Quisimos buscarnos la vida, como vulgarmente se dice, y nuestro corazón vacío del amor de Dios, buscó llenarse de los afectos, las riquezas y todo aquello que el mundo brinda. Resultado: tuvimos necesidad del afecto, la consideración, el aprecio, el respeto de aquellos que nos rodeaban, porque necesitábamos a toda costa ser, necesitábamos que los demás nos tuvieran en cuenta.

Ésta es la razón por la que los convidados a la mesa del fariseo que invitó a Jesús, del evangelio de hoy, buscaran los primeros puestos. Buscaran la notoriedad. Buscaran que el resto de invitados se fijaran en ellos y que incluso llegaran a envidiar su posición. Si su vida hubiera estado plena, si hubieran estado satisfechos con su historia, igual les hubiera dado ocupar el primer lugar que el último. Aquel que tiene el corazón repleto del amor de Dios, y que por lo tanto es plenamente feliz, no tiene necesidad alguna de que los demás le consideren. Es feliz en sí mismo.

No son los honores del mundo, ni los afectos, ni las riquezas, los que proporcionan la felicidad auténtica. La grandeza del hombre reside precisamente en reconocer su limitación. En reconocer sus imperfecciones y en experimentar que hay Uno que le ama inmensamente en su realidad, en su pequeñez y en su pecado. Se entiende ahora la frase de la Escritura que dice: «Dios se complace en el humilde y mira de lejos al soberbio».

En el evangelio de hoy el Señor Jesús resume acertadamente todo lo que estamos exponiendo cuando dice: «Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Querer ser dioses de nuestra vida solo nos acarreará sufrimientos y dolores. Es necio querer ocupar el lugar de Dios. Tu lugar y el mío está en reconocer nuestras limitaciones, nuestra pobreza y nuestra impotencia para obrar el bien. El orgulloso y el soberbio nunca pedirá ayuda, se cree suficiente. Nosotros, tú y yo, si tenemos presente nuestra realidad, nuestra pequeñez, estaremos en disposición de ponernos delante del Señor y decirle: “Señor, ayúdame, porque yo no puedo”. Y Aquel que se complace en el humilde, que solo quiere nuestra felicidad, vendrá, sin duda, en ayuda nuestra.  

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«SEÑOR, ¿SERÁN POCOS LOS QUE SE SALVEN?»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 18-21 *Heb 12, 5-7.11-13 * Lc 13, 22-30

«Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Con esta pregunta, formulada por uno de los que acompañan al Señor, empieza el evangelio de hoy.

Esta pregunta encierra una cuestión de vital importancia para todos nosotros, ya que toca un tema candente para nuestra vida de fe. Si preguntáramos a muchos de los que este domingo asistirán a la eucaristía dominical, e incluso a alguno de nosotros ¿qué es lo que buscas en la Iglesia?, responderían sin duda: mi salvación. Todos tenemos más o menos presente en la vida nuestra salvación.

Si continuáramos preguntando, ¿para cuándo esa salvación?, la inmensa mayoría respondería: para cuando me muera. Nosotros nos preguntamos, ¿es eso cierto? Sí y no. Veamos. ¿Cuál es la voluntad de Dios al respecto? San Pablo dice: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Significa esto, que la voluntad salvífica de Dios es universal.

El impedimento que existía para que esa salvación alcanzara a todos los hombres, era el hecho de que todos eran pecadores. Este “hándicap”, como dicen los ingleses, Dios lo resolvió clavando en la Cruz de su Hijo la factura que tú y yo éramos incapaces de pagarle. El Señor derramó en la Cruz hasta la última gota de su sangre, para abrir a TODOS los hombres las puertas del cielo. Pero, para que esa salvación sea efectiva, Dios-Padre ha puesto una sola condición: que nosotros deseemos esa salvación. Ni tú ni yo seremos salvados por Dios a la fuerza. Dios nunca violentará nuestra libertad, por tanto, hemos de aceptar libremente esa salvación. Que Dios-Padre haya dispuesto que las cosas sean así, y siendo su voluntad que todos los hombres se salven, podemos afirmar que cada condenación supone un fracaso del plan de Dios para con el hombre.

Pensar en la salvación sólo para cuando nos muramos, hemos dicho antes que no es del todo cierto ni del todo falso. ¿Por qué?, podemos preguntarnos. Ciertamente es importante tener presente la salvación del último día, pero no es esa la única salvación que nos ofrece el Señor. Este mundo fue creado por Dios como un paraíso para que en él residiera felizmente el hombre, su criatura. Sin embargo, nuestra soberbia, nuestro egoísmo, resumiendo, nuestra necedad, hizo que nos separáramos de Dios y que convirtiéramos el paraíso en un lugar de sufrimiento, en un valle de lágrimas como dice la oración a la Virgen.

Vivir expuestos a la enfermedad, al dolor y a toda clase de sufrimientos, hace que necesitemos no sólo ser salvados al final de nuestra existencia en este mundo, sino cada vez que nos reconocemos impotentes ante los problemas que nos plantea la vida, ante tentaciones del demonio o ante exigencias o inclinaciones perversas de nuestro hombre viejo. Cada vez que el rencor te impide perdonar y amar; cada vez que compruebas que eres incapaz de devolver el bien por el mal o de resistir a una tentación del mundo, etc., necesitas a alguien que te salve, que ante tu debilidad te dé fortaleza, que te anime a seguir luchando o a aceptar la voluntad de Dios aunque no la entiendas.

Ese salvador es el Señor Jesús, que no solo está en el cielo, sino que sigue y seguirá junto a nosotros, como Él nos prometió, hasta el final de los tiempos. Él, es el Señor de tu impotencia, de tus vicios ocultos, de tu mal carácter, de tus problemas familiares o económicos. Él camina siempre junto a nosotros esperando que lo invoquemos, que le pidamos ayuda. La Escritura dice que «todo el que invoque su nombre no quedará confundido… todo el que invoque el nombre del Señor se salvará». Esa salvación no es sólo la del último día, esa salvación es la del día a día. Es la salvación que nos hace presente la salvación final. Es la que nos hace esperar que si hoy el Señor nos salva, también lo hará en nuestro último momento. 


DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO HE VENIDO A TRAER PAZ, SINO DIVISIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6. 8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

El evangelio de hoy supone una llamada a conversión, un aldabonazo para aquellos que vivimos el cristianismo instalados en nuestra burguesía. A aquellos que hemos adaptado las enseñanzas del Señor Jesús acomodándolas a nuestra conveniencia.

Hoy podríamos poner en boca del Señor aquellas palabras que pronunció el rey David en uno de sus salmos: «El celo por tu casa me devora». El Señor conocía perfectamente cuál era la misión que el Padre había colocado en sus manos, y sabía también cuál era el precio que debía pagar para llevarla a cabo; sin embargo, no rehúye la misión. Desea ardientemente llevarla a término.

¿Cuál era esa misión? podemos preguntarnos. ¿Cuál era ese fuego del que habla el evangelio? Sin duda hace referencia al amor de Dios hacia ti y hacia mí que somos sus enemigos. Que hemos despreciado ese amor, entregando el nuestro a los afectos, a las riquezas y a los ídolos del mundo que no son capaces de darnos la felicidad. El corazón del Señor Jesús ardía en amor hacia los pecadores que como tú y como yo, teníamos necesidad de conocer que el Padre nos ama por encima de todo, por encima de nuestras rebeldías e insensateces, y que perdona todas nuestras infidelidades.

Hay una expresión del Señor en este evangelio que quizá nos resulte extraña o por lo menos un tanto chocante: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que el Señor diga esto? ¿No es Él el príncipe de la paz? ¿No ha venido a pacificar desde la Cruz a los dos pueblos, judíos y gentiles? ¿Cómo dice que ha venido a traer división?

Cuando se anuncia la verdad, los que la escuchan forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. De ahí que se afirme que la figura de Cristo haya sido desde siempre signo de contradicción. Lo vemos ya en la predicación del Señor. Los pobres, los sencillos, los incultos, etc. ven en Él al enviado de Dios, al Mesías. Los sabios, los cultos, los que se consideran conocedores de las Escrituras, lo condenan como hereje.

En la actualidad esta división que produce la verdad, sigue enfrentado a las personas. Por eso, a ti y a mí, discípulos de Cristo, que estamos llamados a hacer presente entre los que nos rodean la figura del Señor Jesús, que como Él defendemos la verdad, no ha de extrañarnos que cuando manifestamos nuestra posición ante temas como el aborto, la homosexualidad, los llamados matrimonios entre individuos del mismo sexo, la ideología de género, etc. se nos persiga, se nos trate de homófobos, de carcas o de intransigentes. Esto, sin embargo, no ha de ser óbice para que de buenos modos, pero a la vez con firmeza, seamos decididos defensores de la verdad.

El camino del cristiano nunca ha sido un camino de rosas, y mucho menos en nuestros días. Sabemos a dónde condujo al Señor la defensa de la verdad. Lo llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz. Sin embargo esto sólo fue un paso más para llegar a la resurrección y a la vida eterna. En una ocasión dijo el Señor: «No está el discípulo por encima de su maestro. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! ...».

Hoy la Iglesia, de la que tú y yo somos miembros, sufre persecución en diferentes frentes, pero en particular en lo que se refiere a la familia. El demonio sabe con certeza que el camino para destruir a la Iglesia, pasa por destruir a la familia. Por eso hace que los suyos se ensañen atacando a la familia cristiana, a la familia tradicional, imponiendo a la fuerza otros modelos de familia y coartando la libertad de los que pensamos de otro modo.

Somos una vez más signo de contradicción. Sin embargo hemos de estar tranquilos. Sabemos que vivir unidos la Señor Jesús, es la única forma de ser todo lo felices que es posible en este mundo. Nadie ni nada, como dice san Pablo, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.  


DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 18, 6-9 * Heb 11, 1-2. 8-19 * Lc 12, 32-48

El evangelio de hoy empieza con una frase del Señor Jesús capaz de ensanchar nuestro corazón y de llenarlo de paz: «No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino».

¡Cuántas veces ante lo que consideramos exigencias del Evangelio, caemos en tristeza al comprobar nuestra incapacidad para cumplirlo! Nos vemos muy lejos de lo que nos pide el Señor. Sin embargo, podemos estar seguros de que nada se nos pedirá que no hayamos recibido previamente de forma muy abundante. Arrojemos fuera de nosotros todo temor. Dios-Padre tiene reservado para cada uno de nosotros su reino.

Hablábamos la semana pasada de nuestro amor al dinero. De cómo intentamos llenar nuestro corazón vacío del amor de Dios con las riquezas, con los bienes materiales. Queremos asegurarnos el futuro, cuando el futuro no está en modo alguno en nuestras manos.

Hoy el Señor viene a decirnos que nos desprendamos de nuestros bienes, para hacer más ligera, más llevadera nuestra marcha hacia la vida eterna. Nos dice: «Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla». Mirad, «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Si tu tesoro está en la cartera, allí estará también tu corazón, pero si tu tesoro está en el cielo, sin duda, allí es donde estará tu corazón.

Nos invita a continuación a mantenernos alerta. A no dormirnos en los laureles. El Señor llega, está cerca, pero desconocemos por completo la hora de su venida. Es necesario estar en vela esperando la llegada del novio. Si cuando llega nos encuentra vigilantes, «se ceñirá, nos hará sentarnos a su mesa y nos servirá».

Este estar en vigilia esperando, no sólo se refiere a la venida del Señor al final de nuestra vida. Ciertamente, también, pero tenemos necesidad de mantenernos en vela todos los días y en cada momento. El Señor se presenta en nuestra vida en diversas ocasiones. Lo hace a través del niño, el anciano o el pobre, que se acerca a nosotros pidiéndonos ayuda. También nos habla, se hace presente, en todos los acontecimientos de nuestra vida, tanto en los buenos, como en los malos. Nada que nos ocurra es ajeno a la voluntad de Dios. De la misma forma que tú, padre o madre, estás continuamente al tanto de lo que le sucede a tu hijo, el Señor está pendiente de ti porque te ama, porque para Él, tú eres único.

La parábola final del evangelio nos invita a no vivir confiados en que la venida del Señor está lejana. No seamos como el empleado necio que dice: «Mi amo tarda en llegar», porque «llegará el amo de ese criado el día y a la hora  que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles».

Cuando el Señor se presenta en nuestra vida lo hace siempre para salvarnos. Nunca lo hace para condenarnos. Somos nosotros los que vivimos muchas veces de espaldas al Señor y caemos por eso en sufrimiento y en depresión. No hemos de temer que el Señor vea nuestras manos llenas de pecados y vacías de buenas obras. Él conoce mejor que nosotros nuestra realidad y no se escandaliza. Nos ama siendo pecadores y no nos rechaza. Por eso derramó hasta la última gota de su sangre, para lavarnos del pecado y abrirnos las puertas del cielo.  

 

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO  -C-

«GUARDAOS DE TODA CLASE DE CODICIA...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ecl 1, 2; 2, 21-23 * Col 3, 1-5. 9-11 * Lc 12, 13-21

Hoy el evangelio se centra en un tema que nos afecta a todos. Trata de las riquezas. Nosotros, que por el pecado hemos abandonado a Dios, ponemos las más de las veces nuestra seguridad en el dinero. Quizá nos parezca exagerado decir que pedimos la vida al dinero, a las riquezas, pero sin embargo no hay nada más cierto. Cuando el amor de  Dios desaparece del corazón del hombre, deja un hueco que hay que llenar necesariamente. El hombre, tú y yo, necesita encontrar la seguridad, la razón última de la vida, que ha perdido al pecar y al separarse de Dios.

Cuando en el corazón del hombre rebosa el amor de Dios, todo lo que le rodea, en particular las riquezas y las cosas materiales, pierde por completo su importancia. Nada hace falta, nada es indispensable. El amor de Dios cubre por completo todas las necesidades del hombre, ya sean de orden material o espiritual. Dirá santa Teresa al respecto: «…Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta».

El pasaje del evangelio de hoy nos hará ver hasta qué punto las riquezas dominan nuestras vidas. Un hombre se presenta ante el Señor pidiéndole que interceda ante su hermano para que reparta con él la herencia. La petición es, sin duda, justa. El hermano se ha apoderado de la herencia de los padres dejándole a él en la miseria. El Señor, que lee los corazones de los hombres, se limita a responderle: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y dirigiéndose a la gente dice:  «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

¿Qué es lo que ha visto el Señor en este asunto para que responda de esta manera? Es muy fácil adivinarlo. Los dos hermanos tienen por dios al dinero. El que se ha quedado con la herencia, por amor al dinero, no ha tenido inconveniente en dejar a su hermano hundido en la miseria. Y a aquel que pide justicia al Señor, no le ha importado, por amor al dinero, acusar a su hermano públicamente de ser un ladrón, por haberle robado la herencia. Ha sido la codicia, por encima del amor fraterno, la que ha movido a estos hermanos a actuar buscando cada uno su propio interés.

La parábola que a continuación propone el Señor a los que le escuchan, pone de manifiesto cómo nosotros hacemos cálculos con nuestra vida, cuando no tenemos la menor certeza de lo que nos puede ocurrir, tan solo unos minutos después. El hombre de la parábola se afana al comprobar el enorme volumen de la cosecha que van a dar sus campos. Trabaja día y noche derribando sus viejos graneros y construyendo unos nuevos. Tiene la mirada puesta en la cosecha que espera pensando disfrutar de sus riquezas. La verdad es que actúa como un necio y un insensato. Hace planes con algo que no está en sus manos: la vida. Pretende tenerla asegurada por sus bienes, sin darse cuenta que la puede perder en un instante.

¡A cuántas personas que conocemos e incluso a nosotros mismos nos pasa esto! En vez de vivir el día a día disfrutando de lo que el Señor nos regala, vivimos proyectados en un futuro que no sabemos si podremos disfrutar. Cuánto afán de ahorrar para el mañana, quizá pasando hoy estrecheces, cuando no tenemos la certeza de llegar a vivir ese futuro. Quien así vive, ni disfruta del presente ni tampoco llega a disfrutar el futuro.

Todo esto nos ocurre porque aunque decimos que Dios es nuestro Padre, nuestra confianza en él dista mucho de ser la de un niño pequeño, que tiene la certeza de que su padre nunca le fallará. Somos los hijos de un hombre riquísimo que nos vamos guardando mendrugos de pan, por si un día nuestro padre nos falla. 


DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«CUANDO ORÉIS DECID: PADRE, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE...»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 18, 20-32 * Col 2, 12-14 * Lc 11, 1-13   

Hoy el Señor Jesús a petición de sus discípulos nos muestra cómo dirigirnos al Padre. Nos enseña la oración por excelencia: el padrenuestro. Juan enseñó a sus discípulos a orar, les enseñó a ponerse en contacto con Dios mediante la oración. Hoy es el mismo Hijo el que haciéndonos sus hermanos, nos invita a llamar Padre a su propio Padre.

Si no fuera porque es el mismo Hijo el que nos enseña a dirigirnos a Dios como padre, hacerlo sería un verdadero atrevimiento. ¿Cómo llegar a pensar que tú y yo, pequeñas criaturas, pudiéramos dirigirnos a Dios llamándole Padre? Nunca se nos hubiera imaginado hacerlo. Por eso, esta circunstancia nos hace presente una vez más hasta dónde llega el amor y la misericordia de Dios hacia su criatura.

El Señor, conociendo también nuestra debilidad, sabiendo con certeza que muchas veces seremos infieles y que nuestras obras no serán las dignas de un hijo de Dios, nos da a conocer el perdón que Dios, nuestro Padre, está dispuesto a otorgarnos sin limitación alguna. Solo pone una condición. El hecho de que Dios sea tu padre y que también sea mi padre, sin duda pone de manifiesto que tú y yo somos hermanos. Por eso, la condición que Dios pone para otorgarnos su perdón sin limitación alguna, es que, con su ayuda, estemos también nosotros dispuestos a perdonarnos mutuamente.

Después de enseñarnos el padrenuestro, el Señor Jesús pone una parábola para darnos a conocer cómo debemos rezar. Nuestra oración ha de ser confiada e insistente. El personaje que pide los tres panes sabe de antemano que su amigo acabará ayudándole, a pesar de la hora intempestiva y de las circunstancias en las que él le pide ayuda. Ha de ser a la vez insistente. Es necesario poner de manifiesto que aquello que pedimos tiene gran importancia para nuestra vida.

Muchas veces nos da la sensación de que el Señor pone oídos sordos ante nuestra plegaria. Sin embargo eso no es así. Lo que ocurre es que el Señor nos pone a prueba para comprobar hasta qué punto llega nuestro interés, y hasta qué punto necesitamos lo que pedimos. Si el protagonista de la parábola se hubiera dado por vencido ante las primeras negativas de su amigo, nunca hubiera conseguido que le ayudara. Por eso, necesitamos acercarnos al Señor con la confianza de que obtendremos lo que pedimos, y a la vez pedirlo con insistencia.

También puede suceder lo que nos dice san Pablo en su Carta a los Romanos. Nos advierte que si no obtenemos lo que pedimos, es porque no sabemos pedir como conviene. De la misma forma que nosotros, padres, no estamos dispuestos a dar a nuestros hijos nada que sepamos que va a hacerles daño, tampoco Dios nos dará nada que sea contrario a nuestra salvación. Si pedimos algo inconveniente no lo obtendremos, pero nuestra oración no se perderá. Recibiremos del Señor otras gracias que Él sabe no son necesarias.

El Señor pone en nuestras manos un arma poderosa, la oración. Seguramente no acabamos de valorar la fuerza y la importancia que tiene. Baste recordar, como lo demuestran varios pasajes de la Escritura, que es lo único capaz de hacer que el Señor cambie sus planes hacia nosotros. La oración todo puede alcanzarlo, y más, si se hace con confianza y a la vez con insistencia.