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DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TUS PECADOS ESTÁN PERDONADOS»

 

CITAS BÍBLICAS:   2Sam 12, 7-10.13 * Gál 2, 16. 19-21 * Lc 7, 36-8, 3

Estamos celebrando el Jubileo de la Misericordia, y tanto el evangelio de hoy como la primera lectura del Libro de Samuel, nos muestran el corazón misericordioso del señor, que no pone ninguna condición a la hora de manifestar su perdón al pecador.

Si de algo podemos estar seguros, es de que hagamos lo que hagamos y por grandes que puedan ser tus pecados y los míos, el Señor nunca apartará de nosotros su misericordia. Como dice el papa Francisco, “antes nos cansaremos nosotros de pedir perdón, que el Padre de perdonar”.

En la primera lectura vemos al profeta Natán que llama a conversión al rey David, porque no solo ha sido adúltero con la mujer de Urías que ha quedado embarazada, sino que, para evitar posibles complicaciones, ha cometido la vileza de ordenar que en la batalla lo colocaran en el lugar de más peligro, con objeto de que sucumbiera a manos de los enemigos. Como vemos cometió maldad sobre maldad, pero la respuesta del Señor ante su arrepentimiento, es siempre la misericordia y el perdón.

En el evangelio encontramos a Jesús sentado a la mesa en casa del fariseo Simón. De pronto, una mujer pecadora pública se echa a los pies del Señor, llora con amargura sus pecados, y no cesa de besar los pies ungiéndolos con perfume. La reacción de Simón es lógica, piensa: «Si éste fuera profeta, sabría quién esta mujer… una pecadora»

Ya hemos visto cuál ha sido la respuesta del Señor. Su corazón se ha enternecido viendo a aquella pobre mujer llorando amargamente sus pecados. Lo último que Jesús hubiera hecho, era dejar caer sobre ella el peso de la Ley como le pedía Simón. Aquella mujer demostraba tener mucho amor, y el amor tiene fuerza para borrar toda clase de pecados. El Señor Jesús no podía hacer otra cosa, ya que precisamente para eso había venido al mundo. Por eso, ante el escándalo de los presentes, se limita a decirle: «Tus pecados están perdonados... Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Con frecuencia, a nosotros nos pasa algo semejante a lo que le ocurre a Simón. Juzgamos por las apariencias. Juzgamos aquello que vemos, sin profundizar más. Y no solo juzgamos, sino que en nuestro atrevimiento llegamos a condenar. No obra así el Señor. Él ve lo que hay en nuestro corazón, él ve nuestros sufrimientos y nuestras luchas interiores. No nos ama por lo que aparentamos, nos ama por lo que realmente somos. Nosotros, como Simón, estamos muy atados a la ley, y creemos que es necesario cumplirla para alcanzar la salvación. Sin embargo eso es totalmente falso, porque el hombre no alcanza la justificación por el cumplimiento de la ley, sino por creer en Cristo Jesús. Así nos lo dice ya san Pablo en su carta a los Gálatas: «Hemos creído para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley».

Estando las cosas así podemos preguntarnos: ¿Cómo discípulos de Cristo a qué nos llama el Señor? Es muy sencillo. Si somos discípulos de Cristo es porque Él habita en nuestro interior. Él vive dentro de nosotros y lo que quiere es que miremos al pecador con sus propios ojos. Que le miremos con amor, con ojos de misericordia, que por otra parte es como el Señor nos mira a nosotros cada vez que pecamos.

 

 


 

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